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domingo, 9 de octubre de 2022

GALO (1797-1841), sus dos caras: de granadero bizarro a fusilador

Por el Dr. Julio R. Otaño
“Todo estaba en su mano y lo ha perdido/ Lavalle, es una espada sin cabeza. / Sobre nosotros, entretanto, pesa / su prestigio fatal, y obrando inerte / nos lleva a la derrota y a la muerte! / Lavalle, el precursor de las derrotas. / Oh, Lavalle! Lavalle, muy chico era / para echar sobre sí cosas tan grandes”. Esteban Echeverría
Juan Galo Lavalle nació en Buenos Aires el 17 de octubre de 1797. Era el cuarto hijo de Manuel José de la Valle y Mercedes González. Lavalle ingresó como cadete en el Regimiento de Granaderos a Caballo en 1812. La influencia del General San Martín en la modelación espiritual de los jóvenes oficiales habría de ser de decisiva gravitación. 19 generales salieron de sus filas, sus escuadrones lucharon en San Lorenzo, Montevideo, Tucumán, Chacabuco, Talcahuano, Maipú, Río Bamba y Ayacucho. Los Granaderos a Caballo fueron en sí mismos, una epopeya en su dimensión Americana. En mayo de 1813 pidió al general Alvear ser enviado al frente. Ascendido a teniente en 1813, pasó en 1814 al ejército sitiador de Montevideo, a órdenes de Alvear. Luchó contra Artigas, y al mando de Dorrego combatió en la batalla de Guayabos. 
En 1816, con su regimiento, ingresó al Ejército de los Andes que San Martín preparaba en Mendoza. Allí, en uno de los convites organizados por Remedios de Escalada de San Martín, la joven esposa del Libertador, Lavalle conoció a su futura esposa, María de los Dolores Correas. El 4 de febrero de 1817, tuvo destacada actuación en Achupallas donde una patrulla de Granaderos venció a fuerzas realistas superiores que trataban de impedir la marcha de las tropas argentinas. En Chacabuco fue ascendido a capitán. En Maipú mandó una compañía de Granaderos que con los regimientos de Zapiola y Freire pusieron fuera de combate a la caballería realista. Combatió en el sur contra los restos del ejército español. En Nazca, Perú, el 15 de octubre de 1820, al frente de la caballería patriota avanzó a todo galope sobre el campo realista, causando una completa sorpresa. En 1822, Bolívar se halla con sus fuerzas detenido y en inactividad, 4.000 realistas se encuentran desplegados en el área general de Quito, Cuenca y Pasco, entre aquél y las fuerzas de San Martín, a su mando está el nuevo Virrey de Nueva Granada, el General Juan de Cruz Mungeón, compañero de San Martín en la Batalla de Bailén. En tales circunstancias el Libertador refuerza con una división a Sucre, permitiéndole de esa manera iniciar operaciones hacia el Norte, a fin de facilitar el acceso de Bolívar, desde esa dirección. Dicha división fue puesta al mando del Coronel Santa Cruz en reemplazo del Coronel Arenales a la sazón enfermo. La integraron con el Batallón II Trujillo, a las órdenes de Olazábal, el Batallón IV Piura, a las órdenes del Teniente Coronel Villa; dos escuadrones de Cazadores a Caballo bajo el mando del Teniente Coronel Antonio Sánchez; y un escuadrón de Granaderos a caballo a las órdenes del Comandante Juan Lavalle. En total 1.500 hombres a las órdenes de jefes argentinos. Es el 21 de abril de 1822, que se inicia el drama de la acción de Río Bamba. Los 96 Granaderos al mando de Lavalle atravesaron sin inconvenientes la Villa de Río Bamba y al alcanzar una altura al norte de ésta, descubren caballería enemiga avanzando hacia el Sud en amplio frente. Esa fue, la oportunidad en la que Lavalle lanza sus granaderos a la carga y sorprende y bate totalmente a los enemigos que encabezaban el franqueo del callejón, los que al huir desorganizan y arrastran en la fuga a las propias fuerzas que le seguían en el pasaje. Lavalle y sus granaderos los persiguen sable en mano hasta las posiciones que ocupa en la retaguardia, la infantería realista, a cubierto de la cual el enemigo en derrota buscó reunirse y reorganizarse. Lavalle regresó con sus fuerzas al trote hacia Río Bamba. Durante el trayecto se le reunieron 30 Dragones de Colombia, a los que destacó como seguridad en el flanco. La caballería realista ya reorganizada y animada por la comprobación de los escasos efectivos patriotas avanza ahora sobre los Granaderos. Lavalle fría la sangre y firme el corazón, continúa al trote con sus fuerzas. Ahora, cuando ya ha alejado a los realistas de la protección de su Infantería y están a menos de cien metros de distancia manda: GRANADEROS, vuelvan caras y luego... ¡¡ a la carga!! El choque con los Húsares y Carabineros reales fue terrible y el entrevero sangriento. Empero la suerte se inclina rápidamente en favor de los Granaderos de Lavalle. La caballería enemiga huyó en desorden, abandonando en el Campo de Combate 92 jinetes muertos o heridos; los Granaderos por su parte sufrieron 22 bajas, de éstos 20 heridos. En Pasco, el 6 de diciembre, cargó poniendo en fuga a la caballería enemiga. En Jauja se le entregó prisionero el teniente coronel Andrés de Santa Cruz, futuro presidente de la Confederación peruano- boliviana. Intervino en Pichincha, en el desastre de Torata y en la retirada de Moquegua, donde con 300 Granaderos contuvo a un ejército varias veces superior. Juan Lavalle retornó a las Provincias Unidas en 1823, y tras un breve paso por Mendoza, donde visitó a su prometida, emprendió la marcha hacia la capital del antiguo Virreinato. El gobierno de Martín Rodríguez lo recibió con honores. Lavalle cumplió su promesa y regresó a Mendoza, donde contrajo matrimonio con María de los Dolores en abril de 1824. Regresó a Buenos Aires junto con su esposa y fue nombrado jefe del Cuarto Regimiento de Infantería, cuyo objetivo era cubrir la frontera sur del río Salado, con el fin de avanzar sobre el territorio dominado por los indígenas, un problema que comenzaba a inquietar fuertemente al gobierno. Se pretendía demarcar una nueva línea de frontera que debía estar comprendida entre las costas del mar y las orillas del río Las Flores, pasaría por Balcarce y Tandil y avanzaría hacia el oeste, hacia el límite con Santa Fe. Allí trabajó codo con codo con Juan Manuel de Rosas. En febrero de 1826, Bernardino Rivadavia fue designado presidente de las Provincias Unidas, por una farsa de congreso dirigido por la Logia Unitaria y desconocido por las provincias. En tanto, comenzó a destacarse entre los opositores la figura de Manuel Dorrego, que desde las páginas del diario El Tribuno hostigaba continuamente al poder Ejecutivo representado por Rivadavia y criticaba su proyecto de ley electoral en estos términos: «…Y si se excluye a los jornaleros, domésticos asalariados y empleados también, ¿entonces quién queda? “ Juan Lavalle fue enviado a integrarse al ejército en la guerra con el Brasil, donde nuevamente se destacó por sus dotes militares. En febrero de 1827 venció a una columna de 1.200 hombres en Bacacay. En ltuzaingó, en audaz y calculaba maniobra, arrolló a las fuerzas del general Abreu, siendo ascendido a general. 
En tanto, en Buenos Aires en 1826, las gestiones diplomáticas para concluir la guerra con Brasil, nada favorables para las Provincias Unidas, y la sanción de una Constitución unitaria y centralista, pusieron en jaque al gobierno de Rivadavia, quien debió renunciar. El fracaso unitario facilitó la llegada a la gobernación de Buenos Aires del federal Manuel Dorrego, lo cual produjo una fuerte inquietud en el círculo oligárquico de la ciudad, que apoyaba al sistema unitario. Así escribía el unitario Julián Segundo de Agüero a Vicente López en ocasión de la asunción de Dorrego: «No se esfuerce usted en atajarle el camino a Dorrego: déjelo usted que se haga gobernador, que impere aquí como Bustos en Córdoba: o tendrá que hacer la paz con el Brasil con el deshonor que nosotros no hemos querido hacerla; o tendrá que hacerla de acuerdo con las instrucciones que le dimos a García, haciendo intervenir el apoyo de Canning y de Ponsonby. La Casa Baring lo ayudará pero sea lo que sea, hecha la paz, el ejército volverá al país y entonces veremos si hemos sido vencidos.». Dorrego tuvo que firmar la paz con Brasil aceptando la mediación inglesa que impuso la independencia de la Banda Oriental. Así nacía la república Oriental del Uruguay en agosto de 1828. La derrota diplomática de la guerra con el Brasil y el descontento de las tropas que regresaban desmoralizadas fueron utilizados como excusa por los unitarios para conspirar contra el gobernador Dorrego. El 1º de diciembre de 1828, un golpe de estado encabezado por el General Lavalle derrocó a Dorrego. Salvador María del Carril le escribía a Lavalle el 12 de diciembre de 1828: «La prisión del General Dorrego es una circunstancia desagradable, lo conozco; ella lo pone a usted en un conflicto difícil. La disimulación en este caso después de ser injuriosa será perfectamente inútil al objeto que me propongo. Hablo del fusilamiento de Dorrego. Hemos estado de acuerdo en ella antes de ahora. Ha llegado el momento de ejecutarla. Prescindamos del corazón en este caso. La Ley es que una revolución es un juego de azar, en la que se gana la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella. Nada queda en la República para un hombre de corazón.”  La nefasta influencia de Del Carril se aprecia en esta carta de Lavalle a Brown: «Desde que emprendí esta obra, tomé la resolución de cortar la cabeza de la hidra…….y al sacrificar al coronel Dorrego, lo hago en la persuasión de que así lo exigen los intereses de un gran pueblo. Estoy seguro de que a nuestra vista no le quedará a vuestra excelencia la menor duda de que la existencia del coronel Dorrego y la tranquilidad de este país son incompatibles».  
Por su parte Brown y Díaz Vélez escriben a Lavalle interesándose por Dorrego: aquél da su opinión de aceptarle la fianza ofrecida y desterrario a Norteamérica; Díaz Vélez, que algo sabe de lo tramado en la logia, dice a Lavalle “estoy persuadido, mi amigo, que Dorrego no debe morir”. Lavalle contesta a Brown con palabras que toma a Carril: “Yo, mi respetado general, en la posición que estoy colocado no debo tener corazón” (“¡Desdichado! —acota Irazusta—, se privaba de lo único qne tenía”).
EL general Lavalle decide fusilar a Dorrego el 13 de diciembre. El gobernador derrocado se despedía de sus seres queridos: «Mi querida Angelita: En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro por qué; más la Providencia Divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí. De los cien mil pesos de fondos públicos que me adeuda el Estado, sólo recibirás las dos terceras partes; el resto lo dejarás al Estado. Mi vida, educa a esas amables criaturas, sé feliz, ya que no has podido ser en compañía del desgraciado».
Lavalle para evitar toda reacción federal, impone el terror (ocultado por los escribas de la historia oficial liberal, que es totalmente “tuerta” al analiza esta época). El Pampero aconsejaba a Lavalle "degollar por lo menos cuatro mil federales”. Una locura homicida se apoderó de los más dignos militares. Dorrego fue fusilado por orden de Lavalle el 13 de diciembre; Juan Apóstol Martínez, un héroe de la Independencia, recorre la campaña matando gauchos a los que hace cavar sus propias fosas; Estomba, otro héroe, mata tantos federales que acabará enloquecido, dejándose morir de hambre en el manicomio. "Comisiones especiales" de civiles se encargan de eliminar a la chusma federal. Era el general don Juan Lavalle el tipo del soldado caballero, que se había creado fama singular con su sable corvo de granaderos a caballo, batallando por la independencia de América desde las riberas del Paraná hasta las montañas de Ecuador. Distinguíase por el orgullo que tenía de su valor, y por la altivez. El entusiasmo fácil se apoderaba de su espíritu impresionable, y se diría que actuaba como un explosivo. Cuando Bolívar estaba en el apogeo de su gloria, Lavalle, mayor entonces, osó replicarle con entereza. “Estoy habituado a fusilar generales insubordinados”, díjole colérico el libertador. “Esos generales, exclamó Lavalle, no tenía espada como ésta.” En la persecución de Chacabuco, trabóse en singular combate con un arrogante granadero español; y en Río Bamba, repelido tres veces por un enemigo muy superior, llevó todavía otra carga hasta quedar vencedor. Tal era el hombre que, utilizado por la logia unitaria, por primera vez en su vida debía mandar a sus gloriosos soldados a derramar sangre de los hermanos y a morir a manos de éstos.     Son tantos los crímenes ese año trágico, que 1829 es el único en la demografía de Buenos Aires donde las defunciones superaron a los nacimientos: hubo 4.658 muertes, cuando en 1827 fueron 1.904 y en 1828, 1.788. La expresión salvajes unitarios no fue antojadiza. Pero la reacción unitaria fracasa. Los unitarios tratan vanamente que San Martín, que está en Montevideo, acepte el gobierno y los cubra con una amnistía. "En el estado de exaltación a que han llegado las pasiones – explica el general a O'Higgins – ... no queda otro arbitrio que el exterminio de uno de los dos partidos".
Lavalle acaba por capitular con Rosas, a quien las circunstancias han convertido en jefe del partido federal porteño. Quedará en el poder Viamonte, apolítico, para llamar a elecciones. A partir de entonces, la situación de Lavalle en Buenos Aires se volvió insostenible y debió exiliarse en la Banda Oriental. Allí lo encontró la noticia del ascenso de Rosas a la gobernación, como consecuencia de una fuerte campaña de prensa en la cual Don Juan Manuel hablaba de Manuel Dorrego como un mártir de la patria y de Lavalle como un salvaje asesino. Éste desde Colonia, promovió dos fracasadas insurrecciones en Entre Ríos. Tomó partido por Rivera en su campaña contra Lavalleja, sublevado, y rechazó el nombramiento de brigadier general diciendo que "no había dejado ni dejaría de ser general argentino. En 1839, con apoyo de los emigrados unitarios y de los franceses, pasó con una división a Entre Ríos, donde combatió con suerte varia. Derrotado por Echagüe en Sauce Grande, cruzó el Paraná en embarcaciones francesas y con 1.100 hombres estuvo en 15 días en Luján. Rosas había organizado un ejército de 12.000 hombres, y Lavalle, sin apoyo, se retiró, tomando a Santa Fe en setiembre de 1840. Perseguido por tres ejércitos, trató de reunirse con La Madrid. A marchas forzadas Oribe lo alcanzó el 28 de noviembre en Quebracho Herrado, en donde quedó liquidado el ejército de Lavalle. Trató de organizar la guerra de partidas. Fracasó y, con menos de 1.000 hombres para contener a los 5.000 de Aldao, se dirigió a Chilecito, tratando de atraer sobre él a los federales, dando así tiempo a La Madrid para organizarse en Tucumán. Lo consiguó por algunos meses, y el 10 de junio de 1841, ante la proximidad de Aldao, buscó a La Madrid en Catamarca. Pasó luego a Tucumán, uniéndose a Marco Avellaneda, gobernador allí desde marzo de 1841, marchando ambos a Salta. Oribe, desde Río Hondo, amagó entonces sobre Tucumán. Marco Avellaneda había sido el primero en iniciar el desbande, había ido con su fuga más pronto hacia la muerte, porque su misma escolta acabó por traicionarlo entregándolo a los federales.  Lavalle, con un puñado de hombres, se dispuso a vender cara la derrota. Reorganizó sus efectivos, abandonó Tucumán, donde había llegado, pero donde no podía sostenerse, y cuando la prudencia le aconsejaba retirarse se decidió por la ofensiva, atacando al poderoso ejército de Oribe. En la noche del 19 de setiembre de 1841 cruzó el río Famaillá, amaneciendo formado en batalla a espaldas del enemigo. Después de una hora de combate, el ejército de Lavalle se desbandó. La derrota de Famaillá concluyó con la coalición del norte, y Lavalle regresó a Salta, pensando aún en resistir. Su plan consistía en atraer a Oribe, alejarlo de su teatro principal de operaciones para que, en su ausencia, desarrollaran libremente su acción los generales Paz y La Madrid.
El general Juan Esteban Pedernera, dejo unas memorias muy interesantes “Han pasado más de 40 años de los hechos que voy a referir, y con todo siento gran pena en declarar hoy, libre de todo prejuicio, que a Lavalle se le había pasado el momento. No es lo mismo mandar que obedecer: una cosa es maniobrar con una Compañía, con un Escuadrón, con un Cuerpo de un arma combatiente, y otra cosa es mandar una División, y aún más difícil es organizar y mover un cuerpo de Ejército; y las dificultades son aún mayores si a esto se agregan los trabajos de la preparación de una campaña, en la que se deben tener presentes factores muy diversos y cada uno con sus menores detalles, cualquiera de los que desatendidos, fácilmente puede conducirnos a un terrible fracaso. Aquel «León que se debía tener en la jaula y soltarlo el día del combate» ya no era el mismo, ya no era el joven impetuoso y ágil de los tiempos pasados. Todo había cambiado: esa estrella se hallaba en el ocaso. Durante nuestro viaje, o retirada de La Rioja, Córdoba, Catamarca, Santiago del Estero, en diferentes pequeñas acciones de las avanzadas, como finalmente en los preparativos para el Combate de Famaillá, se cometieron errores muy graves que yo no detallaré pues no quiero censurar desde el borde de la tumba la memoria de mi querido Jefe y amigo. La disciplina estaba olvidada en la tropa y no se guardó el respeto debido a los moradores de la campaña atravesada. Después del desastre, mientras nos dirigíamos a Jujuy, en una rinconada del río Juramento, Lavalle sintió silbar las balas sobre su cabeza, pero las miraba tranquilamente con desprecio, pues jamás perdió ni decayó su valor legendario.” En Salta abandonarían a Lavalle sus viejos compañeros, los comandantes Ocampo y Hornos ya resueltos a cruzar el Chaco e ir a Corrientes para ponerse a las órdenes de Paz. Fue el “sálvese quien pueda” para los unitarios de Salta. El poderoso Ejército Libertador había quedado reducido a doscientos hombres: Lavalle dejaba Salta para intentar una imposible resistencia en las quebradas de Jujuy. Lavalle no quería dejar la guerra mientras Paz luchaba en Corrientes y Lamadrid en Mendoza (nada sabía, nada supo jamás de la completa derrota de éste en Rodeo del Medio): “debemos de ser los últimos en abandonar la tierra Argentina” Félix Frías, su secretario. cuenta que el natural taciturno de Lavalle, y melancólico después de la retirada de Buenos Aires, cambió súbitamente al acercarse a Jujuy. “Me llamó varias veces para reírse de algunas ocurrencias de esos días. Esta alegría tan extraña en esos momentos tan críticos, era para mí el anuncio de una grandísima desgracia”. Cabalgaba triste y abatido al frente a sus hombres, que no llegaban a 200. Estaba enfermo de paludismo y lo atacaban vómitos de sangre que los provocaba el polvo de corteza de quina que tomaba para esa enfermedad. La tradición oral asegura que lo acompañaba Damasita Boedo, una joven de 23 años de ojos azules que había abandonado el hogar federal solo para seguirlo. Era sobrina de Mariano Boedo, congresista de Tucumán y su hermano, el coronel federal José Francisco Boedo, había sido fusilado en Campo Santo por orden del propio Lavalle. Se piensa que decidió acompañar al general solo para encontrar la oportunidad de vengar la muerte de su hermano pero que terminó enamorándose de él. El 7 de octubre de 1841 a la altura del río del Sauce, hizo adelantar al comandante Lacasa, su ayudante de campo, para que le comunicase al gobernador de su llegada. Pero Lacasa volvió con la novedad de que todas las autoridades y militares habían huido a Bolivia ante la proximidad de los federales. Le insistieron rumbear directamente hacia la Quebrada de Humahuaca, sin detenerse en la ciudad. Era demasiado peligroso. Pero Lavalle insistió y se hizo acompañar de su secretario Félix Frías, su ayudante de campo Pedro Lacasa y de ocho hombres al mando de Celedonio Alvarez a la ciudad a buscar una casa para pasar la noche.  Eligieron la vivienda que pertenecía a Ramón Alvarado y que la alquilaba el doctor Andrés Zenarrusa, quien ya había partido al exilio. Hasta el día anterior la había ocupado Elías Bedoya. Un centinela quedó en el portón de entrada. En las habitaciones se alojaron Frías y Lacasa y en el patio los soldados. Luego de la sala había otra habitación, que fue la que ocupó Lavalle. En el amanecer del 9 de octubre, el centinela sorprendió con un “quién vive” a una partida al mando del teniente coronel Fortunato Blanco. Eran cuatro tiradores y nueve lanceros. Al escuchar los gritos, el edecán Lacasa se asomó por la ventana. El jefe federal lo intimó a rendirse. Lacasa corrió hacia adentro gritando “¡Tiradores! ¡A las armas!”. Alertó a Lavalle de que los enemigos estaban frente a la casa. Cuando le dijeron que eran una veintena de paisanos, los tranquilizó. Mandó ensillar y se propuso abrirse paso. Lavalle no imaginó que en la calle un piquete de soldados enemigos, pie a tierra, apuntaban hacia la puerta. Y cuando cruzaba el primer patio hacia la calle, se produjo una descarga de fusiles. Fueron tres disparos contra la puerta, apuntando hacia la cerradura. Un proyectil que habría rebotado en el filo de la puerta o que ¿tal vez entró por el agujero de la cerradura? fue a dar a su garganta. Lavalle cayó al piso y trató de arrastrarse unos metros. Y quedó ahí. Sus acompañantes fugaron por los fondos de la casa. Su supuesto matador, José Bracho, entró a la casa, vio el cuerpo de Lavalle pero no lo reconoció. Volvió a salir para sumarse a buscar a los soldados que acampaban en las afueras. José María Rosa, el gran historiador revisionista, desarrolla una atrapante investigación sobre la muerte de Lavalle y contradice puntillosamente la versión oficial sobre la misma. En "El cóndor ciego" expone su análisis sobre las condiciones anímicas y políticas en las que Lavalle llegó a su hora suprema, y aventura su propia y sorprendente interpretación sobre lo ocurrido en la noche de Jujuy. Acosado por la culpa de sus desvíos Lavalle fue cayendo en un profundo estado depresivo. Pesaba sobre su alma el fusilamiento de Dorrego; también el haber conducido un ejército y matado compatriotas al servicio de los intereses de la logia de notables con el pretexto de luchar por la "libertad" (auxiliado por el Imperio Francés económica y bélicamente). Pero Lavalle, tan pronto ingresa al territorio argentino advierte que, a despecho de lo que le decía la Comisión Argentina en Montevideo, la opinión pública era favorable a Rosas y no iba a acompañar revolución alguna. Esta comprobación, el recuerdo de Dorrego y la humillación del dinero francés le atravesaron el alma. Fue por todo ello que, finalmente, en la jujeña casa de Zenarruza, el cóndor ciego plegó las alas y se dejó caer hacia la muerte, suicidándose. En el patio quedó el cuerpo del general, con su cabello rubio, rizado, barba larga y canosa. Sus ojos azules estaban abiertos. Sus soldados rescataron su cuerpo. Un grupo fue hasta la casa, donde muchos curiosos se habían acercado para contemplar al muerto. Le quitaron las botas, le taparon el rostro con un lienzo y lo subieron a un caballo, con la cabeza y los brazos colgando hacia un lado y las piernas al otro. 
Lo taparon con un poncho azul y se fueron del pueblo. Para evitar que su cadáver fuera profanado, sus compañeros de armas, al mando del general Juan Esteban Pedernera, decidieron proteger sus restos. El trágico cortejo, acechado y perseguido, esquivando y burlando a sus enemigos. Al cadáver lo subieron al tordillo de pelea de su jefe y lo cubrieron con la bandera argentina que las damas de Montevideo habían bordado. Con esa bandera soñaba Lavalle entrar un día a Buenos Aires. Sus restos comenzaron a descomponerse y el calor contribuyo a eso... Había que salvar lo que se podía salvar... Danel era un francés que había perdido un ojo -se lo conocía como “el tuerto”- y además de militar había estudiado medicina en su país. Llegó al Río de la Plata en la campaña de reclutamiento que hizo Bernardino Rivadavia para incorporar a oficiales europeos experimentados al ejército. En un rancho ocupado por la familia Salas pidió un cuero y salmuera, y solo con su cuchillo emprendió la tarea. Fue a orillas del arroyo Huancalera y mientras separaba carne y vísceras, el cabo Segundo Luna lavaba los huesos que acomodó en una caja con arena fina. La cabeza fue envuelta en un pañuelo blanco y su corazón fue puesto en un frasco con aguardiente. El 23 la urna con sus huesos, la cabeza y el corazón fueron sepultados en la catedral de Potosí. El general Oribe mandó una partida a perseguirlos. Quería el cadáver de Lavalle para hacerse del trofeo más preciado, su cabeza. Un mes después de su muerte, la noticia se supo en Buenos Aires y Rosas dispuso salvas de cañones disparados desde el Fuerte, repique de campanas de las iglesias y muchos vivas a la santa federación. El soldado José Bracho, el que dijo que lo había matado, tuvo su premio. Era un pardo soltero que vivía en Buenos Aires, en el barrio de La Piedad. El 13 de noviembre de 1842 Rosas lo declaró benemérito de la Patria en grado heroico, teniente de caballería de línea, con goce de 300 pesos mensuales y 3 leguas cuadradas de terreno, 600 cabezas de ganado vacuno y 1000 lanares. Rosas dispuso que el arma que usó fuera al museo de la ciudad, y no se sabe qué pasó con ella. Dicen que Damasita Boedo no pudo o no quiso regresar a su hogar. Vivió en distintas ciudades de Bolivia, Perú y Ecuador y cuando conoció a Guillermo Billinghurst, ministro peruano, fueron a vivir juntos a Chile. Finalmente regresó a Salta donde falleció el 5 de septiembre de 1880. Se fue con su historia de misterios, que comenzó cuando una bala -vaya uno a saber cómo- atravesó una puerta y mató a un general enfermo, triste y derrotado. El 19 de enero de 1861 fueron inhumados en el Cementerio de la Recoleta, en lo que fuera la bóveda de Bernardino Rivadavia, donde en 1950 se construyó el mausoleo donde descansa el Teniente General Pablo Riccheri en el centro del cementerio. Desde abril de 1918 sus restos descansan en su mausoleo en la parte final del cementerio, decorado con una escultura de bronce de un granadero, obra del escultor Luis Perlotti
   

Bibliografia

Carranza Angel J. “El general Lavalle ante la justicia póstuma”

Levene Ricardo “Historia Argentina”

Palacio Ernesto “Historia Argentina”

Pasquali Patricia “Juan Lavalle. Un guerrero en tiempos de revolución y dictadura”

Quesada, Ernesto, Lavalle y la batalla de Quebracho Herrado

Rosa, José María. El cóndor ciego. La extraña muerte de Lavalle

Rosa José maría “Historia Argentina”

Sabato Ernesto “Sobre héroes y tumbas: romance de la muerte de Juan Lavalle”

Saldías Adolfo “Historia de la Confederación Argentina”

Sierra Vicente “Historia Argentina”

Sosa de Newton, Lily, “Lavalle”

viernes, 19 de agosto de 2022

El Restaurador en el exilio: LEALES Y MISERABLES...la Confiscación de sus bienes.

Por el Profesor Jbismarck
Su principal colaboradora epistolar es Josefa Gómez, y los temas claves su indignación por la confiscación de sus bienes en Buenos Aires; su situación de pobreza económica, falto de recursos, y su necesidad de ayuda departe de sus amigos; Pepita era ama de llaves de Felipe Elortondo y Palacio, deán del Cabildo Eclesiástico. En 1843, nace una hija, Juana Josefa (Pepita), a la que le pone el apellido de su difunto marido y hace figurar como adoptada.  La confiscación de los bienes de Rosas Por Decreto del gobernador provisional de la provincia de Buenos Aires, presidente del Superior Tribunal de Justicia, Dr. Vicente López y Planes, nombrado por el general vencedor en Caseros, Justo J. de Urquiza, y su ministro Valentín Alsina, ordenan la confiscación de todos los bienes del general Rosas declarándolos de propiedad pública. 
Inmediatamente, varios de los amigos de Rosas, Juan N. Terrero, Josefa Gómez y José M. Roxas y Patrón, le escriben al general Urquiza, quien somete esta cuestión a diversos estudiosos Tomás Guido, analizando el origen social y legal del gobierno de Rosas, opina que: Si el general Rosas ha hecho mal uso de la suma del poder […] sería responsable no sólo el general Rosas, sino la Junta de Representantes y toda la provincia, que expresa o individualmente le confirió ese poder, y toda la nación que lo sostuvo con su propia fuerza y aún lo estimuló con vivos y prolongados aplausos.   
Salvador María del Carril, aquel que aconsejó al general Lavalle el fusilamiento del gobernador Dorrego en 1828, dijo: Opino por la devolución de los bienes detenidos a don Juan Manuel de Rosas porque aun cuando él ha aturdido a la generación contemporánea con sus horribles crímenes, no debe olvidarse que estaba investido del mando supremo e irresponsable de esta nación sobre la que ha imperado un cuarto de siglo, dominándola con sus propios elementos y recursos y sujetándola con las fuerzas físicas y morales que ella encierra. 
Urquiza ordena, con fecha de 7 de agosto de 1852, la devolución de los bienes del general Rosas a su apoderado Juan N. Terrero y nombrar como defensor de oficio a Tiburcio de la Cárcova, antiguo partidario del general. Rosas le escribe a Urquiza el 3 de noviembre de 1852 agradeciendo su consideración. Pero esto no se concretaría. El 4 de septiembre de 1852, Urquiza delega el gobierno de la provincia en el general José Miguel Galán, con el objeto de ocuparse de los preparativos del Congreso Constituyente que se llevaría a cabo en la ciudad de Santa Fe. En su ausencia, estalla la revolución del 11 de septiembre de 1852, conducida por Valentín Alsina (inmundo unitario), quien asume como gobernador y separa a la provincia de Buenos Aires de la Confederación hasta el 23 de septiembre de 1860. El nuevo gobierno de Buenos Aires, por ley del 21 de septiembre de 1852, deja sin efecto todas las disposiciones que se habían tomado bajo el gobierno de Urquiza. Con fecha de 18 de diciembre de 1853, Rosas eleva, al nuevo gobierno, su reclamo, que no fue considerado ni contestado. 
El 12 de abril de 1854 Buenos Aires promulga su Constitución, por medio de la cual Pastor Obligado (ex secretario de Ciriaco Cuitiño) fue elegido gobernador y en 1857 nuevamente V. Alsina. En 1856, el gobierno de Buenos Aires decide someter a proceso público a Juan Manuel de Rosas. El 28 de julio de 1857 se sanciona la ley por la cual se declara a Rosas reo de lesa patria por la tiranía sangrienta que ejerció sobre el pueblo durante el período de su dictadura y traidor a la independencia de su patria, se le vuelven a confiscar todos sus bienes, los cuales fueron declarados de propiedad pública. Desde este punto de vista, las tierras se venderían en pública subasta y los inmuebles de la ciudad, incluida la Quinta de Palermo, pasarían al poder municipal. En la vereda de los acusadores se encontraban tanto antiguos partidarios del Restaurador como sus enemigos de siempre. De la mano del Dr. Rufino de Elizalde, se lo enjuicia en ausencia, condenándolo en rebeldía a la pena de muerte en calidad de aleve. Rosas redacta su defensa en tres idiomas (español, inglés y francés). Considera que ese juicio solo compete a Dios y a la historia. “No hay Ley anteriór que prescríba, ni la sustáncia del juício, ni las fórmas que déban observarse. Porqué no pueden constituírse en jueces, los enemigos, ni los amígos de Rósas, las mísmas víctimas que se dícen, ni las que pueden ser tachádas de complicidad en los delítos” (Carta de J.M. de Rosas a J.M. Roxas y Patrón) Ante la falta de tribunales de apelación y revisión, a Rosas solo le quedan las cartas para protestar contra los actos de deshonor, las acusaciones y el despojo de sus bienes. Los defensores de Rosas en Buenos Aires Josefa Gómez, Juan N. Terrero y José María Roxas y Patrón se convierten en los defensores del honor, los derechos y la protesta del general Rosas en Buenos Aires. En 1857 reanuda el intercambio epistolar con Urquiza y le manda copia de su protesta. Lo mismo hace con Juan Bautista Alberdi. Urquiza le contesta a Rosas el 24 de agosto de 1858 en donde vierte importantes conceptos. Allí le dice que recibió algunos ejemplares de la protesta que publicó en Europa respecto a “las injustas y violentas medidas tomadas contra sus propiedades y las de sus hijos, por el Gobierno Irregular de Buenos Aires”. Urquiza se compromete a enviarle anualmente y mientras pueda 1.000 libras para su socorro. Si bien él mismo contribuyó a su caída, sin embargo no olvida la consideración que se le debe en razón del servicio que hizo en defensa de los derechos de soberanía e independencia nacional. Rosas nunca dejó de agradecer este reconocimiento, además de su ayuda. Él mismo relata en estos términos su situación actual: No fumo, no tomo rapé, vino ní lícor algúno, no asísto a comídas, no hago visítas, ni las recíbo, no paséo, ni asisto a teatros, ni a diversiones de clase algúna. Mi rópa es la de un hombre común. Mis mános y mi cara son bien que mádas y bién acredítan cuál y como es mi trabajo diario incesante, para en algo ayudarme. Mi comída es un pedazo de carne asáda, y mi mate, Náda mas En la granja que arrendaba, instaló un tambo, con vacas, caballos y útiles, que subarrendaba, y lo producido semanalmente por ésta le servía para costear el cultivo del resto de la chacra.  Informa que en su testamento dejó claras instrucciones sobre cómo tiene que ser su funeral, sin pompa ni aparato, y dónde deben descansar sus restos. Posteriormente en 1873 agrega en un condicilio, que sería “hasta que en mi patria se reconozca y acuerde por el gobierno la justicia debida a mis servicios”.Pide que sus restos sean repatriados a Buenos Aires y puestos a la par de los restos de su compañera Encarnación y los de sus padres.
Rosas sufre EN EL EXILIO LA MISERIA DE LOS HOMBRES A QUIENES ENCUMBRÓ Y LE comenta a Josefa Gómez la iniciativa de su yerno, Máximo Terrero, y de su amigo y consuegro, Juan N. Terrero, de hacer una suscripción en Buenos Aires para ayudarlo en el destierro. “Así se sabrá si tengo o no tengo amigos, y si los tengo, quienes, y como son […] porqué se sabrá ó empezará ya también á conocer que los que se decían mis amigos, al morir, ni antes, nada, absolutamente nada, me han dejado” (Carta de J.M. de Rosas a J. Gómez, Southampton, 22/05/1866) Aquí se refiere a Nicolás Anchorena, quien nunca le escribió ni pagó los más de 60.000 pesos fuertes metálicos que le debía. Tampoco su esposa, Estanislada Arana, ni sus hijos se hicieron cargo de la deuda. También menciona a sus cuñados, María Josefa y José María Ezcurra, y a su hermano, Gervasio Rozas, que murieron sin pagar sus deudas. En su auxilio no solo acudió el general Urquiza y José María Roxas y Patrón, sino también Juan N. Terrero y su esposa, Juanita Rábago, quienes le enviaban 500 libras anuales (Carta de J.M. de Rosas a J. Gómez, Southampton, 20/09/1866). Rosas le envía a Josefa Gómez los nombres de algunas personas que puede contactar, entre ellos, Margarita y Juanita Ezcurra, Petrona Ezcurra de Urquiola y Mariquita Ezcurra, Andrés Costa Arguibel (sus sobrinos), Alejandro Baldez (su sobrino), Dolores Fernández de Quiroga, Federico Terrero (hijo de Juan N. Terrero), Mateo García de Zúñiga, Antonino Reyes, hijos del coronel Santiago Villamayor. Quienes fueron respondiendo uno a uno con envíos de letras a nombre del general Rosas. Otros se sumaron voluntariamente a medida que se enteraban como el coronel Prudencio Arnold, Leonardo Pereyra, Gregorio y Marcelino Rodríguez, Carlos Ohlsen (secretario de Urquiza). Su compromiso era devolver el dinero una vez que el gobierno de Buenos Aires le reintegrara sus propiedades. Dentro de este grupo es necesario señalar la incondicionalidad de las hermanas Ezcurra, a quienes Rosas consideraba como suyas propias- Lo mismo puede decirse de los Terrero, ya que a la muerte de Juan N. Terrero, su viuda, Juanita Rábago, seguía auxiliándolo; cuando esta fallece en 1872, lo hacen sus hijos. La misma actitud vale encontrar en Roxas y Patrón, quien deja una cláusula en su testamento de continuar socorriendo al general Rosas en el destierro hasta su muerte o hasta cuando este lo indique. También es importante resaltar la presencia de Petrona Villegas, quien formaba parte del círculo íntimo de Manuelita Rosas junto a Juanita Sosa, Pepita Gómez y Rosa Arana, con quienes mantuvo una asidua correspondencia. El grupo que compartía veladas de cabalgatas y guitarreadas en Palermo se componía además de Micaela y Juana Cascallares; Máxima González; Dolores, Mercedes y Rosa Fuentes; Carmen Zelaya; Telésfora Sánchez; Marica Mariño y Sofía Frank. Muchos otros no contestaron, como Laureano Ramírez, Andrea Ortiz de Rozas de Saguí (quien fallece en 1868), Isabel Fuentes de Ezcurra (su ahijada). En este punto, hace referencia a su nuera Mercedes Fuentes y a la indiferencia con que educó a su único hijo, llamado también Juan Manuel y que jamás recordó a su abuelo. Manifiesta sentir la indiferencia de muchas personas. También se siente apenado por la ausencia de su amigo Mateo García de Zúñiga, hasta que se entera que había sufrido quebrantos económicos, como tantos otros que no pudieron aportar nada, o que tuvieron que interrumpir la ayuda o reducirla. También hubo decepciones, como Carlos Horne, en Montevideo, quien dudó ante Josefa Gómez de la letra y firma del general Rosas. En carta del 27 de noviembre de 1861, Roxas y Patrón comparte con Rosas la decepción por aquellos que en su momento fueron considerados amigos, hombres ricos como Nicolás Anchorena o Felipe Vela, cuyas fortunas fueron promovidas por la política económica, y en especial de tierras, de Rosas y, ante la desgracia y el infortunio, miraron hacia otro lado. Dn. Nicolas se declaró mi enemigo, y qdo. Se encontraba conmigo hombro á hombro en la calle, hacía la vista á un lado en señal de desprecio. Por último, es importante remarcar las ausencias. Entre las más importantes, la de su hijo, Juan Bautista Ortiz de Rozas, quien si bien partió con su padre y hermana hacia Southampton en 1852, a los tres años decidió regresar al Río de la Plata con su esposa, Mercedes Fuentes, y su hijo Juan Manuel. Primero se estableció un tiempo en Santa Catarina (Brasil) y en 1859 llega a Buenos Aires, donde se establece y fallece en 1870. Tampoco se sabe nada de su hermano Prudencio Ortiz de Rozas, quien había sido un estrecho colaborador de su gobierno, en donde tuvo una destacada actuación militar. Después de Caseros, Prudencio vende todas sus propiedades y emigra a España, instalándose en Sevilla, donde lleva una vida cómoda y holgada. Es muy extraño que no haya habido correspondencia entre los hermanos y que Prudencio, que se dedicó a viajar, jamás haya ido a visitar a Rosas en Southampton, Urquiza se pregunta “¿qué se han hecho los amigos del general Rosas, a quienes colmó de fortuna en su época? Entre los primeros que cambiaron de postura se encuentran los Anchorena. También el Dr. Rufino de Elizalde, rosista en su tiempo, asiduo concurrente de las fiestas de Palermo, compuso la “Canción Federal” que bajo tapas de terciopelo rojo le dedicó y entregó a Manuelita Rosas, fue diputado provincial, pero después de Caseros se pasó al bando contrario y fue fiscal de estado. Curiosamente, hombres que habían militado en las filas unitarias, como Salvador María del Carril, Félix Frías o el Dr. Carlos Tejedor, se opusieron al juicio contra Rosas. Para Frías, “a los hombres de principios no les es permitido todo contra los tiranos; no les es permitido imitarlos”. Para Tejedor, La lista de cómplices de Rosas es muy grande y supone castigar a un pueblo entero. De todos modos, la causa de Rosas pasó a la justicia ordinaria y los jueces ratificaron la condena, la cual debería ejecutarse en Palermo habida la ausencia de Rosas en el país e imponiéndole, además, la obligación de restituir lo robado al tesoro público. ¿Cuál no habrá sido la sorpresa del hombre de todos los poderes cuando vio que sus principales acusadores habían sido partícipes de sus veladas en Palermo? Algunos, incluso, integrantes de su gobierno; otros, agraciados con favores, vieron aumentadas sus fortunas y propiedades. Así sucedió con el Dr. Dalmacio Vélez Sarsfield, amigo. Honor, prosperidad y protección, Incluso, inician un intercambio epistolar, con afectuosas expresiones de amistad, hasta que esta se corta abruptamente al enterarse Manuela de que Vélez se había convertido en uno de los principales perseguidores de su padre y que llegó a acusarlo de la muerte del Dr. Maza. Por el intercambio epistolar entre ambas amigas, se sabe que cuando a Rosas le confiscaron sus bienes, el Dr. Vélez Sarsfield le pidió a Máximo Terrero poderes para iniciar la defensa judicial, algo que Terrero no podía otorgar. Ante esto, Manuela Rosas escribe a Josefa Gómez: “Si en 1852, y aún después, el señor Vélez creía justo defender nuestros intereses, yo no sé qué nuevas faltas pueden imputarse por nuestra parte para haber vuelto de uno que se decía amigo celoso, en un enemigo rencoroso, y lo que es peor aún calumniante a sabiendas, sin corazón y sin conciencia”.También se pregunta cómo es que “muchos de los personajes de la actualidad, frecuentaban mi sociedad, bailar y divertirse en ellas sin causarles horror las supuestas mutilaciones de las víctimas, cuya piel desollada, cuyas orejas curtidas, cuyas cabezas sangrientas servían de adorno en los salones del reo? A fe que tú misma veías a Elizalde y muchos otros visitar esos salones noche a noche y al mismo doctor Vélez, que tantas veces se llamó mi amigo”   Para Rosas, según le hace saber a su amiga Josefa Gómez en carta del 19 de enero de 1870,“Sabido es, que el Señor Doctor Velez, ha sido siempre mi enemigo, tanto más injusto, cuánto más alta ha sido su posición entre los hombres distinguidos que han ocupado, y ocupan el poder”.  Más allá de todo, en el interior de la pampa, seguían resonando los ¡vivas! a Rosas
Bibliografia
dellepiane, Rosas en el destierro
Fitte Ernesto Confiscación de los bienes de Rosas
Fradkin,Gelman "Rosas, la construccción..."
Irazusta Julio "Vida de Juan Manuel de Rosas"
Lynch John "Juan Manuel de Rosas"
Raed José "Cartas del exilio"
Reguera Andre "Testamento de Rosas"
Ternavasiao Marcela "Correspondencia de Rosas"

viernes, 31 de julio de 2020

La Corte Suprema de la Nación ¿es independiente? ¿siempre fue así?

Por Ignacio Cloppet
Desde antaño, es moneda corriente que los Gobiernos que asumen el poder pretendan cambiar la Corte Suprema de Justicia, ya sea reemplazando a sus miembros o, como hemos sido testigos, aumentando el número de integrantes del tribunal.  Esto sucede desde que la Corte fue inaugurada el 18 de octubre de 1862, durante la presidencia de Bartolomé Mitre, quien supo elegir a destacados juristas, pero con la particularidad de que algunos de ellos eran afines a su gobierno.  Esta práctica se instaló como normal, como una constante. Es una clara demostración de la injerencia que tiene el Poder Ejecutivo sobre el Poder Judicial desde su origen; lo que revela la falta de independencia entre estos dos poderes.  
La revolución del 4 de junio de 1943 fue una reacción necesaria para poner fin a la llamada “Década Infame”, que ejerció el poder en forma despótica, con fraude y de espaldas a la voluntad popular.  En ese momento, la Corte estaba integrada por 5 miembros: Roberto Repetto (nombrado en el gobierno de Marcelo T. de Alvear), Antonio Sagarna (nombrado por Hipólito Yrigoyen), Benito Nazar Anchorena y Luis Linares (nombrados por Agustín P. Justo), y Francisco Ramos Mejía (nombrado por Roberto M. Ortíz). El 1 de julio de 1944 Luis Linares se jubiló, y el gobierno militar lo reemplazó con Tomás D. Casares, que fue el único miembro que designó.  Esta fue la integración de la Corte durante el gobierno militar. Denota el respeto que el régimen de facto tuvo con el Poder Judicial. En ningún momento se le pasó por la cabeza a los presidentes Ramírez y Farrell, echar mano en la composición de la Corte.  Debemos reconocer que esta Corte “conservadora”, siguió beneficiando a los poderosos y fue funcional a la oligarquía. Emitió muchos fallos que irritaron al gobierno, sin perjuicio de lo cual no promovieron la renuncia de ninguno de sus integrantes.  Un dato para destacar es que todos los miembros nombrados, desde el prestigioso Francisco de las Carreras (primer presidente de la Corte) en 1862 hasta abril de 1947, renunciaron, se jubilaron o fallecieron en el ejercicio de sus funciones.  El principal motivo que empleaba el Poder Ejecutivo para la remoción de los jueces, era la renuncia, que muchas veces forzaba, y de ese modo eludía las herramientas normativas prescriptas en la Constitución.  
El 24 de febrero la fórmula Perón-Quijano ganó las elecciones; y el 4 de junio de 1946 Perón asumió como presidente constitucional. En nuestro país comenzaba una nueva etapa que iba producir cambios sustanciales.  El Peronismo se instaló para poner fin a la Argentina liberal y oligárquica. Entre los muchos proyectos y planes delineados, estaba la reforma de la Justicia. Perón sabía muy bien que para lograr su objetivo necesitaba una Corte con jueces que estuvieran a la altura de las transformaciones sociales, políticas y económicas. Algo que no se podía esperar de la Corte “conservadora”.  Por lo pronto, en su discurso pronunciado el 4 de junio de 1946, ante la Asamblea Legislativa, Perón se refirió a la Justicia: “Pongo el espíritu de justicia por encima del Poder Judicial, que es requisito indispensable para la prosperidad de las naciones; pero entiendo que la justicia, además de independiente, ha de ser eficaz, y que no puede ser eficaz si sus ideas y sus conceptos no marchan al compás del sentimiento público. Muchos alaban en los tribunales de justicia su sentimiento conservador, entiendo por ello que defienden lo tradicional por el sólo hecho de serlo. Lo considero un error peligroso, tanto porque puede poner en opresión a la justicia con el sentimiento popular, cuanto porque a la larga produce un organismo anquilosado. La justicia, en sus doctrinas, ha de ser dinámica y no estática. De otro modo se frustran los anhelos populares y se entorpece el desenvolvimiento social con graves perjuicios para las clases obreras. Estas, que son naturalmente, las menos conservadoras en el sentido usual de la palabra, al ver como se les cierran los caminos del derecho, no tienen más remedio que poner su fe en los procedimientos de la violencia”. Estas palabras, cargadas de un sentimiento de justicia más inclusiva, son las que provocaron un punto de inflexión entre el gobierno de Perón y la Corte. El ministro de Justicia e Instrucción Pública designado por Perón fue Belisario Gaché Pirán, un hombre de su confianza.  Teniendo en cuenta estas circunstancias, el presidente de la Cámara de Diputados, Ricardo C. Guardo, instruyó al diputado nacional Rodolfo A. Decker a que promueva el pedido de juicio político -el 8 de julio de 1946- contra cuatro miembros de la Corte: Sagarna, Nazar Anchorena, Ramos Mejía y Repetto (presidente del Tribunal), y también contra el procurador general Juan Álvarez. El único que quedó exento del procedimiento constitucional fue Tomás D. Casares, que había sido nombrado por el presidente Farrell en 1944, y que desde la primera hora adhirió al Peronismo.  El 29 de agosto de 1946, la Cámara de Diputados aprobó oficialmente el pedido de juicio político. El proceso fue llevado a cabo ante el Senado de la Nación, conforme lo prescribe la Constitución.  
La Corte Suprema de Justicia suspendió la feria judicial de ...
La Comisión acusadora estaba integrada por los diputados nacionales Rodolfo A. Decker, José E. Visca, Raúl Bustos Fierro, Eduardo Beretta y Alcídes Montiel. En octubre de 1946 enviaron al Senado los fundamentos de la acusación, que dividieron en dos capítulos, donde se les imputaba: (i) abuso de autoridad y violación de los deberes de funcionario público; y (ii) mal desempeño del cargo (artículo 45 de la Constitución).  Los antecedentes que se ponderaron fueron: los fallos de los jueces; las opiniones de dos destacados académicos: Daniel Antokoletz y Vicente Gallo; y denuncias de abogados de la matrícula y de asociaciones de profesionales.   Los magistrados Sagarna, Nazar Anchorena y Ramos Mejía, fueron declarados culpables el 30 de abril de 1947 (artículo 52 de la Constitución Nacional), por mayoría de los dos tercios de los miembros del Senado por nueve cargos, y por mayoría absoluta con relación a tres cargos. Al procurador Álvarez se lo declaró también culpable por actuar en política en el ejercicio de su cargo, y por haber aceptado formar parte de un gobierno en octubre de 1945. Es de destacar que el juez Repetto, que había iniciado los trámites de jubilación en abril de 1946, presentó su renuncia antes de la sentencia.  Los argumentos centrales de la condena fueron la Acordada del 9 de septiembre de 1930, dictada tres días después del golpe militar de Uriburu, donde la Corte había legitimado y legitimaría hacia el futuro, todos los golpes de Estado. Entre los firmantes de la misma estaban Sagarna y Repetto; y la Acordada del 7 de junio de 1943, que remitió a la de 1930, para legitimar el pronunciamiento militar.  De esta forma el gobierno peronista, si bien promovió un procedimiento que removió de sus cargos a tres de los jueces de la Corte y al procurador, siguió estrictamente lo que establece la Constitución Nacional.   Finalizado el juicio político, asumieron como nuevos ministros Felipe Santiago Pérez, Justo L. Álvarez Rodríguez, Luis Longhi y Rodolfo Valenzuela. El quinto miembro, Tomás D. Casares, había sido confirmado como ministro de la Corte por Decreto del 2 de agosto de 1946, previo acuerdo del Senado. Casares se transformaría en el flamante presidente del nuevo Tribunal. Fue designado procurador general, Carlos Gabriel Delfino.  Los miembros de esta Corte nombrada por Perón, estaban todos estrechamente vinculados al Peronismo y eran representantes de su ideario de justicia. Es evidente, que desde ese momento se modificó la forma de interpretar la doctrina de la Constitución. Dos años más tarde, sus miembros fueron Convencionales Constituyentes en la Asamblea que elaboró la reforma constitucional de 1949.  El único cambio que sufrió la Corte durante el Peronismo, se produjo con el nombramiento de Atilio Pessagno, que reemplazó a Álvarez Rodríguez, fallecido el 2 de agosto de 1949.   En 158 años de historia de la Corte, 113 jueces la integraron, entre los cuales hubo solamente 3 mujeres. Además de este juicio político de 1947 que destituyó a 3 magistrados, hubo otros 2 casos: Eduardo Moliné O’Connor (2003) y el de Antonio Boggiano (2005); 17 cesaron por gobiernos de facto; 5 cesaron por asumir un gobierno constitucional; 5 se jubilaron, 49 renunciaron y 21 fallecieron.  El gobierno militar que derrocó a Perón clausuró el Congreso Nacional. Por el Decreto 415 del 6 de octubre de 1955, dejó cesante a los 5 magistrados de la Corte y al procurador general, y nombró a los nuevos jueces de facto.  Fue la primera vez en la historia que los ministros de la Corte Suprema de Justicia fueron cesanteados por un Decreto del Poder Ejecutivo, y que fue renovada sin el procedimiento constitucional.    La “Revolución Libertadora” violó por decreto la independencia del Poder Judicial y la inamovilidad de los jueces desapareció para siempre. De esta forma se perdió el respeto por la Constitución.
Además de las transgresiones a las normas que se impusieron desde 1955, a lo largo de los años, se produjeron cambios en el número de sus miembros.  El primer caso se dio durante el gobierno de Frondizi, que aumentó de 5 a 7 la cantidad de integrantes. Esa misma constitución la mantuvieron los otros dos gobiernos radicales (Guido e Illia).    Será el caso de otro radical, Raúl Alfonsín, quien tuvo la oportunidad única de crear su propia Corte, pues venía de un gobierno militar y nombró a todos los integrantes, quienes respaldaron políticas fundamentales para su gobierno, particularmente en cuestiones militares y económicas.   Quién también aumentó la cantidad de miembros fue Carlos S. Menem, que elevó de 5 a 9 los integrantes, construyendo un Tribunal a su medida, conocido bajo el nombre de “mayoría automática”. La ampliación coadyuvó a que, en la mayor parte de los casos polémicos, los votos de los nuevos jueces coincidieran con la posición del gobierno.  El que vuelve a reducir gradualmente la cantidad de miembros fue Eduardo Duhalde, y luego los presidentes que lo sucedieron mantuvieron el mismo criterio hasta llegar a 5.  Hay un hecho insólito que ocurrió durante la presidencia de Macri. Una de sus primeras medidas fue designar en comisión, a 2 ministros de la Corte por medio del Decreto 83 de fecha 14 de diciembre de 2015, durante el receso legislativo y sin haber convocado a sesión extraordinaria, por lo tanto, sin acuerdo del Senado. Esta medida fue criticada por gran parte del arco político, por juristas y constitucionalistas de renombre, quienes consideraron que constituyó un “grave retroceso institucional”.  En estos días, el gobierno de Alberto Fernández presentó su proyecto que representa una amplia reforma judicial. Entre marchas y contramarchas, habría negado pretender ampliar la cantidad de miembros de la Corte Suprema de Justicia, al afirmar: "Toda mi vida he dicho que el problema de la Corte no está en el número, con cinco miembros puede funcionar. Lo que sí digo es que así está funcionando mal. Con cualquiera que usted hable le dice que la Corte está virtualmente paralizada". Como dijimos al comienzo, la independencia del Poder Judicial es muy relativa. Prácticamente nació contaminada desde el vamos y así ha permanecido a lo largo de la historia. El Poder Ejecutivo siempre ha influenciado directa o indirectamente en la designación de los jueces en la Corte Suprema y en los tribunales inferiores. Por ese motivo, nuestra República está tuerta, y que yo sepa solamente un milagro podría subsanar ese defecto. ¡Alea iacta est!
*El autor es abogado, miembro de la Academia Argentina de la Historia y autor de “Perón íntimo. Historias desconocidas”

sábado, 21 de julio de 2018

Lavalle ante la justicia póstuma


Por Julio Irazusta
(...) Entregado por Acha al día siguiente de su derrota, Dorrego fue encaminado  hacia Buenos Aires por su entregador. Antes de llegar a la ciudad escribió al gobernador delegado, Brown, y al ministro general Díaz Vélez, pidiendo se lo dejase salir al extranjero, bajo fianza. Pasado el primer instante de malhumor ante la resistencia de Dorrego, Brown volvió a sentimientos humanitarios de que se apartara momentáneamente e intercedió por el prisionero, lo mismo que Díaz Vélez. Pero los extremistas velaban. No bien enterados de la aproximación de Dorrego a la ciudad maniobraron para que se lo mandase al campamento de Lavalle, y para que éste no retrocediera ante el compromiso de fusilarlo, como ellos decían tenerlo convenido con el general. El Tiempo propuso que el vencido de Navarro fuese llevado a ver los cadáveres de aquellos que había hecho morir dando “intervención a los salvajes del desierto y acogiéndose a la sombra de un caudillo feroz (Rosas)”.  
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El ex ministro de Rivadavia, Salvador María del Carril, actuó más eficazmente, como se desprende de la siguiente carta:  
 Buenos Aires, 12 de diciembre de 1828
Señor General Don Juan Lavalle
Querido General:  Dorrego preso en poder de Escribano, escribe a Díaz Vélez lo que sigue: “Al fin estoy prisionero en manos del jefe de este regimiento. Marcho a Buenos Aires y suplico a Vd. tenga la bondad (...)de verme antes de entrar allí. Haré a Vd., indicaciones que podrán” contentar y cortar las cuestiones del día y a los que las sostienen. No olvide Vd., la lenidad que he usado en todo el curso de mi administración, etc.   Ha escrito también a Brown; no sé qué le dirá. La noticia de la prisión de Dorrego y su aproximación a la ciudad, ha causado una fuerte emoción; por una parte, se emplean todos los manejos acostumbrados para que se excuse un escarmiento y  las víctimas de Navarro queden (...)sin venganza.  No se sabe bien cuánto puede hacer el partido de Dorrego en este lance; él se compone de la canalla más desesperada. Sin embargo, puede anticiparse, que si sus esfuerzos son impotentes para turbar la tranquilidad pública, son suficientes por lo que he visto, para intimidar o enternecer a las almas débiles de su ministro y sustituto. El señor Díaz Vélez había determinado que Dorrego entrase a la ciudad; pero yo, de acuerdo con el Sr. A. le hemos dicho, que dando ese paso  él abusaría de sus facultades, porque es indudable que la naturaleza misma de tal medida coartaba la facultad de obrar en el caso, al único hombre que debiera disponer de los destinos de Dorrego, es decir, al que había cargado sobre sí con la responsabilidad de la revolución; por consiguiente, que el M. [ministro]debía mandar que lo encaminasen donde está Vd. Esto se ha determinado y se hace,  supongo, en este momento.  Ahora bien, General, prescindamos del corazón en este caso. Un hombre valiente no puede ser vengativo ni cruel. Yo estoy seguro, que Vd., no es ni lo primero ni  lo último. Creo, que Vd., es, además, un hombre de genio y entonces no  puedo figurármelo sin la firmeza necesaria para prescindir de los sentimientos y considerar obrando en política, todos los actos de cualesquiera naturaleza que sean, como medios que conducen o desvían de un fin. Así, considere Vd. la suerte de Dorrego. Mire Vd., que este país se fatiga, 18 años hace, en revoluciones, sin que una sola haya producido un escarmiento. Considere Vd., el origen innoble de esta impureza de nuestra vida histórica y lo encontrará en los miserables intereses que han movido a los que las han ejecutado. El general Lavalle no debe parecerse a ninguno de ellos; porque de él esperamos más. En tal caso, la ley es que una revolución es un juego de azar, en el que se gana hasta la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella. Haciendo la aplicación de este principio de una evidencia práctica la cuestión me parece de fácilresolución. Si Vd., general, la aborda así, a sangre fría, la decide; sino, yo habré importunado a Vd.; habré escrito inútilmente, y lo que es más sensible, habrá Vd., perdido la ocasión de cortar la primera cabeza a la hidra y no cortará Vd., las restantes. ¿Entonces, qué gloria puede recogerse en este campo desolado por estas fieras?... Nada queda en la República para un hombre de corazón.
Salvador María del Carril
Es el hipnotizador asesino ante el sujeto que le va a servir de instrumento criminal. Nada falta en la escena. Las bocanadas de incienso envuelven a la pobre víctima destinada a convertirse en verdugo. El artero embaucador echa el resto con sus juegos de manos, sus bolas de cristal, sus palabras prestigiosas. Su conocimiento del sujeto es maravilloso. Para matar los últimos reflejos de la salud, en el organismo moral cuyos repliegues no tienen secreto para él, no confía en un trabajo sencillo de embaucamiento. Continúa ejerciendo sus malas artes hasta saber a ciencia cierta que su instrumento le ha obedecido.
Buenos Aires, 14 de diciembre de 1828
Señor Don Juan Lavalle
Mi querido general:
He escrito a Vd., dos cartas y siempre en el último minuto de la despedida de los conductores... La prisión de Dorrego, es una circunstancia desagradable, lo conozco; ella lo pone a Vd., en un conflicto difícil. Cualquiera que sea el partido que Vd., tome, lo deja en una posición espinosa y delicada; no quiero ocultárselo. La disimulación en este caso después de ser injuriosa, sería perfectamente inútil al objeto que me propongo. Hablo de la fusilación de Dorrego: hemos estado de acuerdo en ella antes de ahora. Ha llegado el momento de ejecutarla, y Vd., que va a hacerse responsable de la sangre de un hombre, puede sin inconsecuencia, variar un acuerdo que le impone obligaciones, que a nadie debe Vd., ceder la facultad de pesar y distinguir.  Dejando a Vd., pues, general, toda la integridad de su libre albedrío... Hecho el prolijo examen de su posición, estoy seguro, que sin otro consejero que su genio, no fluctuará mucho tiempo sin decidirse por los deberes que ella le impone a mi modo de ver... Siempre, siempre los estorbos que interrumpen la carrera de los que aspiran a distinguirse, son obstáculos que una vez quitados, todos sienten que cada uno podría hacerlo y que uno solo sin embargo adivinó. Siempre, siempre son o el nudo gordiano que Alejandro desata con el alfanje, o el huevo que Colón para por la punta, quebrándolo. Esta es una consideración muy triste, que aflige por el honor de la humanidad; pero, ¿quién tiene la culpa si los hombres son generalmente imbéciles ... Hace 18 años que estamos en revolución y en anarquía. Si estos diez y ocho años se dividen en tantos períodos, cuantas revoluciones sucesivas han tenido lugar en ellos, no verá Vd., en cada una de esas épocas sino la influencia más o menos prolongada según haya sido su duración, del partido o del hombre que ejecutó la última revolución para subir al poder. ¿Cuál ha sido el objeto de todos, hombres o partidos de los que han figurado en este certamen? Mantenerse en el poder que habían conquistado. Buen deseo: porque un poder permanente, sólido y respetable por largo tiempo, es lo que en todo el universo se llama, si no un perfecto orden social, según los teóricos, al menos un buen orden social, según los hombres sensatos de todo el mundo. ¿Cuáles son los medios de que se han valido nuestros hombres o nuestros partidos, para llegar a aquel fin bueno en si mismo? Exclusivamente, unos, de la novedad de las ideas y de las formas; otros, de la capitulación con los vicios dominantes, o más propiamente de la repartición y de la dependencia del poder. Si una carta permitiera los detalles, que me veo forzado a evitar, yo haría ver, que desde el pacto social hasta la idea de la federación de 1827, hay una serie de ideas que a su vez han tenido la novedad de su lado y han sido empleadas como medios de gobierno por los mismos; hasta la palabra principios ha tenido su época, y no la menos larga ni la menos brillante; pero hoy empieza o ha concluido con la secta, la apostasía que se hacía de ella. Asimismo haría ver que todas las logias desde la de D. Carlos Alvear; que todos los gobiernos personales, partiendo o llegando rápidamente hasta el de Pueyrredón que fue el más bien organizado de esta clase, deteniéndonos en el de Dorrego y pasando en revista los de todos los caciques, han sido y son el sistema práctico de las capitulaciones con los vicios dominantes; o con más claridad, el sistema de hacer depender el poder, dividiéndolo entre todos aquellos que loexplotan y ayudan a conservarlo...La debilidad es el fondo de cualesquiera de los dos arbitrios, que se han practicado hasta aquí y quedan indicados. El 1º recibiendo su fuerza de lasilusiones y del engaño, es esencialmente flaco. El 2º es debilísimo de suyo, y absurdo también porque degrada la autoridad. El poder es necesario para apartar los obstáculos que los hombres encontrarían en vivir juntos y no podrá llenar sus funciones sin la independencia conveniente (...)El poder viene de la necesidad en las sociedades humanas; es establecido y divinizado según la moda de los tiempos por la costumbre de sometérsele y por la voluntad fuerte del que lo ejerce, encaminando a los hombres a su bienestar, que es la tranquilidad pública, y a su prosperidad que es el libre ejercicio de sus facultades inocentes. La energía es necesaria en la ocasión, o como el ensayo de conformidad de nuestros caracteres como por este, y así es que un nuevo modo de gobierno, o como un instrumento absolutamente necesario siempre. Entre los que han combatido por el poder ninguno ha sido sacrificado hasta ahora entre nosotros; no por esto han dejado de morir muchos. El campo de Navarro está sembrado de cadáveres; pero así un loco y un poltrón pueden ser perturbadores impunemente.  Los Anchorena desde su casa y Dorrego exponiéndose en una batalla a una suerte entre 99. Así ha acontecido durante el fatigante período de nuestra revolución... Así las debilidades de los que gobiernan, que dejándonos de teorías, causan la ruina de nuestra patria, por el largo período de 18 años, que se fatiga en las convulsiones de una anarquía estacionaria. Este hecho desagradable no tiene otra causa asignable. ¿Quién ejerció la autoridad dignamente? ¿Quién sacrificó el momento al porvenir? ¿Cuál de los innumerables con pretensiones de héroes, sintió en su corazón la noble osadía de vivir acabando el trabajo comenzado y de morir a la heroica siendo necesario?...Querido general: yo sé muy bien que no necesita consejeros el que ha sabido llegar a necesitarlos o al puesto en donde parece que se necesitan; no escribo a Vd. por convencerlo ni por disuadirlo, porque en tal situación todo lo que no se hace por inspiraciones felices, no se hace. El genio de las circunstancias, ve y ejecuta...En otra carta, he dicho a Vd. que todas las cuestiones se decidieron el 9 de diciembre. Créame Vd., todo está decidido. Pero al mismo tiempo, como le dirá a V. el señor Gelly, que todos esperamos de Vd. una obra completa; lo que quiere decir, que todos esperamos que Vd., fije la cuestión, y nos dé con el poder de su brazo, una República de cuya existencia no se dispute más. De tal manera lo espero yo, especialmente cuanto que estoy convencido, que si este resultado no nos viene de la omnipotencia de la espada, la omnipotencia de Dios mismo, no se dignará hacerlo.  Salvador María del Carril.
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Imposible comentar debidamente, en el espacio de que se dispone en una publicación de esta especie, las dos cartas de Carril. Dejemos de lado la habilidad que en ambas se exhibe para convertir la adulación en una obra de arte; para instigar el crimen desligándose de toda responsabilidad; para despertar en el instrumento instigado la ambición de ser el único responsable. El objeto de las extensas transcripciones es mostrar el pensamiento político de los autores de la revolución de diciembre, su brutal concepción de la fuerza como única base  posible de un gobierno estable, su maquiavelismo inculto y trasnochado.   Téngase en cuenta que don Salvador María del Carril preconizaba iniciar la era de la violencia, mientras Rosas la emplearía poco después para responder a las que habían cometido los decembrinos por persuasión de aquél; sólo así se podrá deslindar responsabilidades en los excesos de nuestra historia. En 1828, un partido entero, que se pretende haber sido fundador de un Estado de derecho, estableció la teoría del imperio absoluto de la fuerza, y desató en el país una ola de violencia que arrebató de entre sus filas el mayor número de víctimas. Se ha debido olvidar esa circunstancia decisiva para arrojar una condenación sin atenuantes sobre el hombre que se vio obligado a manejar aquella violencia, y que en ningún momento teorizó su empleo con la crudeza y el cinismo del prócer unitario. Pero volvamos a los antecedentes de la ejecución de Dorrego. Carril no fue su único instigador, Juan Cruz Varela se había en ese sentido adelantado a su correligionario, como se verá por la siguiente carta:
Diciembre 12 de 1828 10 de la noche
Señor Don Juan Lavalle
Mi general:
Por supuesto que ya sabe Vd., que Dorrego ha caído preso: en este momento están en consulta el Ministro y Brown sobre si lo harán venir o no a Buenos Aires. Vd. sabe si yo y mil otros están comprometidos en un asunto de que va la suerte del país; en un movimiento que puede importar mucho o nada, según se manejan los resultados. Después de la sangre que se ha derramado en Navarro, el proceso del que la ha hecho correr, está formado: ésta es la opinión de todos sus amigos  de Vd.; esto será lo que decida de la revolución; sobre todo, si andamos a medias... En fin, Vd., piense que 200 y más muertos y 500 heridos deben hacer entender a Vd. cuál es su deber. Se ha resuelto en este momento, que el coronel Dorrego sea remitido al cuartel general de Vd. Estará allí de mañana a pasado: este pueblo espera todo de Vd., y Vd., debe darle todo.  Cartas como éstas se rompen, y en circunstancias como las presentes se dispensan estas confianzas a los que Vd. , sabe que no lo engañan, como su atento amigo y servidor
Q. S. M. B.
Juan Cruz Varela.
Entretanto, Brown y Díaz Vélez habían escrito a Lavalle intercediendo por la vida del prisionero que le remitían. El primero dice ser de opinión que se le acepte la fianza ofrecida; el segundo: “
Yo estoy persuadido, mi amigo, que Dorrego no debe morir”. En vano. La opinión de los extremistas debía prevalecer. Lavalle contestaría a Brown hasta con palabras de Carril: “Yo, mi respetado General, en la posición en que estoy colocado, no debo tener corazón”. ¡Desdichado! Se privaba de lo único que tenía, y cuyos impulsos nobles le habrían impedido cometer el acto imperdonable, para hacer el político de cabeza fría con las ideas sugeridas por irresponsables presuntuosos. Estos no habían dado toda su medida en la instigación al crimen. Se superarían en el comentario de la ejecución.   El periodista Varela acometió en su hoja El Tiempo, la tarea de justificar la ejecución de Dorrego con razones deducidas de los hechos posteriores a la revolución de diciembre, pese a tener la conciencia de que la ejecución se decretó antes de aquella. El político Del Carril fue más lejos. Escribió esta carta:
Buenos Aires, 15 de diciembre de 1828
Señor General Don Juan Lavalle
Mi querido general:
Hemos sabido la fusilación de Dorrego. Este hecho abre en el país una nueva era... Me tomo la libertad de prevenirle, que es conveniente recoja Vd., una acta del consejo verbal que debe haber precedido a la fusilación. Un instrumento de esta clase, redactado con destreza, será un documento histórico muy importante para su vida póstuma. El señor Gelly se portará bien en esto: qué lo firmen todos los jefes y que aparezca Vd., confirmándolo...Todo lo demás que se piensa aquí, es, que sin cuidarse de la Junta de R se  disponga de todo para marchar sobre Córdoba y Santa Fe a un tiempo, El Sr. D. J. A. (¿Julián Agüero?) y Don B. R. (¿Bernardino Rivadavia?) son de esta opinión y creen, que lo que se ha hecho, no se completa sino se hace triunfar en todas las partes la causa de la civilización contra el salvajismo. Esta es la opinión uniforme de Buenos Aires. El general Lavalle, dicen todos, con todo el valor, la constancia y el carácter necesario, organizando la República, está destinado a ser su primera reputación, su primer héroe...  Salvador María del Carril    Aquí vemos aparecer la antítesis sobre civilización y barbarie en su forma prístina, de la “civilización contra el salvajismo”. Y es el momento oportuno para comprenderla en su verdadero significado, que no tiene nada que ver con un criterio filosófico acerca de los conceptos opuestos en la antitética fórmula. En efecto, en esta carta, como en las anteriores, vemos a del Carril razonar como un salvaje que no respeta ninguna ley divina ni humana, que no cree en el derecho ni por asomo, sino en la fuerza bruta aplicada sin discriminación de oportunidad ni de justicia, que aconseja fríamente falsificar una sentencia de muerte que no ha precedido la ejecución; que después de precipitar al crimen a otro, rehuyendo él mismo toda responsabilidad, quiere salvar la de su instrumento y le insinúa imitarlo, arrojar todo el peso de la culpa sobre nuevos inocentes. Y sin embargo lo vemos también invocar la defensa de la civilización. Como no creía en nada tenía que llegar a identificar la civilización con su persona. En otra carta sobre el mismo asunto, Carril decía:
Buenos Aires, 20 de diciembre de 1828
Señor General Don Juan Lavalle
Mi querido General:
Aleccionado muy especialmente a Vd., y sin perder de vista la utilidad del momento, no me ha sido posible dejar de insistir, con alguna tenacidad sobre este punto, de que se ha prescindido ya general y fácilmente. Por lo demás, querido General, incrédulo como soy de la imparcialidad que se atribuye a la Posteridad; persuadido como estoy, de que esta gratuita atribución no es más que un consuelo engañoso de la inocencia, o una lisonja que se hace nuestro amor propio, o nuestro miedo; cierto como estoy, por último, por el testimonio que me da toda la historia, de que la posteridad consagra y recibe las disposiciones del fuerte o del impostor que venció, sedujo y sobrevinieron, y que sofoca los reclamos y las protestas del débil que sucumbió y del hombre sincero que no fue creído; juro y protesto que colocado en un puesto elevado como Vd., no dejaría de hacer nada de útil por vanos temores.  Al objeto: y si para llevar siendo digno de un alma noble, es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad, se embrolla; y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos  según dice Maquiavelo verdad es, que así se puede hacer el bien y el mal; pero es por lo mismo que hay tan poco grande entre las dos líneas. Los hombres son generalmente gobernados por las ilusiones, como las llamas de los indios, por hilos colorados. General, a Vd. no le gusta fingir, ni a mí tampoco, y creo por ningún punto se aproxima tanto la conformidad de nuestros caracteres como por éste, y así es que Ud. fusilando a Dorrego y yo escribiendo, decimos verdades que aunque nos pueden acreditar de verídicos, no querríamos que se nos aplicasen ¡voto a Dios de ninguna manera...Si Vd. pudiera en un instante volar al Salto, Areco, Rojas, San Nicolás y Luján dar la mano a todos los paisanos y rascarles la espalda con el lomo del cuchillo, haría Vd. una gran cosa; pero si Vd. pudiera multiplicándose, estar en la capital, haría una cosa soberana. Es necesario que vuele, que quiera Vd. que se le haga una entrada bulliciosa y militar; porque la imaginación móvil de este pueblo, necesita ser distraída de la muerte de Dorrego, y para esto basta bulla, ruido, cohetes, música y cañonazos. Por otra parte el gobierno necesita ya más regularidad y las ranas empiezan a treparse sobre el Rey de palo o el frasco de esencia popular, como dice el Ministro (por Brown), empieza a disiparse...Mucha gentuza a las honras de Dorrego; litografías de sus cartas y retratos; luego se trovará la carta del Desgraciado en las pulperías, como las de todos los desgraciados que se cantan en las tabernas. Esto es bueno; porque así el padre de los pobres será payado con el capitán Juan Quiroga y los demás forajidos de su calaña. ¡Qué suerte! vivir y morir indignamente y siempre con la canalla...Salvador María del Carril  Esas chocarrerías macabras arrojan suficiente luz sobre el temperamento profundamente antipopular y anticristiano de los unitarios. El triunfo había mareado de tal manera a esas lamentables cabezas que no advertían siquiera los peligros revelados por las expresiones de su torpe insolencia. Bailaban una danza macabra... sobre un volcán. Y se creían dueños del porvenir.
Entretanto Rosas se hallaba en Rosario, donde llegara del modo que nos refiere esta carta:
Hacienda de Rodríguez, diciembre 12 de 1828 
Amigo querido don Estanislao López
Solo salí de Buenos Aires el día de la sublevación, y a los cuatro días tuve conmigo dos mil hombres; pero esos mismos grupos de hombres, que por instantes se me reunían llenos de entusiasmo, causaban un completo desorden,  que se aumentaba porque estando conmigo dorrego yo no podía obrar conforme con mis deseos y con mis opiniones, en el todo o en la parte principal.  Por otra parte, como el señor gobernador a pesar de lo que trabajaban los enemigos tenía en manos de éstos todos los principales recursos, que son las armas y el Banco, y la gente que se me reunía toda, era sin armas y sin moneda, cuando nuestros enemigos tenían, estas dos poderosas armas en abundancia. En fin, los enemigos nos estrecharon y obligaron a presentarle acción, y por causa  que diré a usted a la vista, la perdimos.  Pude haber reunido la gente toda, pero cansado de sufrir disparates, quise más bien venirme a saber la voluntad del gobierno de esta provincia y de la Convención. Por esto no quise traer la gente, ni decirles que venía, y a pesar de esto y de que he procurado venir escondido, se han venido varios jefes de los regimientos, alguna tropa y oficiales, y vendrán cuantos se quieran, si se les llama. En esta vez, se ha uniformado el sistema federal, a mi ver, de un modo sólido absolutamente. Todas las clases pobres de la ciudad y campaña están en contra de los sublevados, y mucha parte de los hombres de posibles. Sólo creo que están con ellos los quebrados y agiotistas que forman esta aristocracia mercantil. Al gobernador le prendieron los Húsares, siendo el autor de ello el oficial Acha, que es un malvado pero, para mí, la tropa de los Húsares será nuestra. Los sublevados no cuentan más que con 800 hombres, que es la caballería que vino de la provincia oriental. Nada más, y nada más, porque, repito que todas las clases pobres de la ciudad y campaña están contra los sublevados y dispuestas con entusiasmo a castigar el atentado y sostener las leyes. Lo que interesa sobremanera es el que usted venga para que hablemos, pues yo, sin saber la voluntad de la provincia de Santa Fe y Convención, repito que nada quiero resolver, pues respecto de la provincia de Buenos Aires, ya hice aún más de lo que era posible. Digo que interesa y urge, porque decida la provincia de Santa Fe y Convención; yo empezaré a trabajar activamente, antes que desarmen toda la milicia, lo que han de hacer precipitadamente, luego que sepan que yo he pasado a. esta provincia. Hoy mismo hay en el Pergamino 240 milicianos bien armados y 2 piezas de artillería. Y como no puedo deliberar, resultará que la desarmarán. En fin, amigo, por no demorar el chasque, no soy más largo, y van en desorden estas ideas, pero como nos hemos de ver, dio para entonces decirle lo mucho que es preciso sepa.  Salud desea a usted su amigo, “Juan Manuel de Rosas”.  (Tomada de Manuel Bilbao, Historia de Rosas, Buenos Aires, 1934)