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viernes, 15 de diciembre de 2023

EL TRANVIA QUE CAYO AL RIACHUELO

Desplegando largas banderas argentinas y luciendo enormes escarapelas en las solapas de sus sobretodos, una entusiasta multitud se lanzó a las calles de Buenos Aires a desafiar el frío. Era el 9 de julio de 1930 y, al verlos pasar por la calle Rivadavia, alguien hizo notar la inusitada expresión de patriotismo que convocaba a tanta gente: "¡Por fin las fiestas patrias se festejan como merecen!”, se regocijó uno de los radicales que solía tomar su café en la vereda del Tortoni, cerca del edificio del diario oficialista La Epoca. "Ma' que fiestas patrias... ¡Van todos a despedir al combinado argentino!", le respondió el lustrabotas del café. En ese momento empezaron a oírse los primeros estribillos que auguraban los goles de Manuel Nolo Ferreyra. "¡Ar-gen-tina! ¡Ar-gen-tina!", gritaban todos entusiasmados mientras se dirigían al puerto. Allí se embarcarían los jugadores que iban a disputar el primer campeonato mundial de fútbol en el flamante Estadio Centenario de Montevideo.

EL PUENTE. Ese entusiasmo se iba a convertir después en una gran expectativa por el debut del equipo argentino, anunciado para cinco días después. Pero en la víspera, el sábado 12 de julio, la atención sería desviada inesperadamente por el episodio más dramático del año. En esa lluviosa madrugada, Manuel José Rodríguez, un español de 58 años encargado de manejar el puente levadizo Bosch, que la Compañía de Tranvías Eléctricos del Sur había tendido sobre el Riachuelo, fue como todos los días a “tomar servicio”. Llegó a las 6 en punto, cuando aún no había aclarado y la neblina se extendía en una densa capa sobre las calles de la ciudad. A los cinco minutos de acomodarse en su garita de mando, Rodríguez recibió una señal de la chata petrolera Itaca II, reclamándole paso. “Lo primero que hice fue encender las luces de peligro —contaría después—, para evitar que algún tranvía intentara cruzar en ese momento. Luego puse en marcha el mecanismo y el puente empezó a elevarse. En ese momento me pareció escuchar el ruido de un tranvía y sentí un sudor frío. Me asomé por la ventana de mi garita y vi, entre la niebla, las luces de las ventanillas de un vehículo que acababa de entrar al puente. Medio desesperado, empecé a gritar para que el motorman me escuchara, pero fue inútil. Era el tranvía 105, que venía muy ligero. El conductor no podía escucharme; creo que tampoco tenía tiempo ya de frenar. Pasó debajo mío como una tromba y lo vi caer al vacío en forma espectacular, hasta que se hundió completamente en el río; en ese momento se apagaron los chirridos de las ruedas y se sintió claramente el ruido del impacto con el agua. Después todo fue silencio. Un silencio aterrador. Bajé de la garita y me encontré con otras personas que también habían presenciado la escena y empezamos a planear el auxilio, a pensar cómo diablos podríamos sacar a esa gente de allí dentro”.
El patético relato del guardapuentes sería recogido esa misma tarde en las columnas de Critica, donde en gruesa tipografía se anunciaba la tragedia a toda página: "Un tranvía cayó al Riachuelo. Hay 80 muertos". La noticia se apresuraba a exagerar las cifras, porque los pasajeros del tranvía eran 60. Pero es que esa tarde Critica iba a lanzar una de sus mayores tiradas y necesitaba golpear en su mejor estilo; además, como en ese momento Natalio Botana, su director, se había embarcado en una conspiración política contra el gobierno, aprovechó para culparlo de la catástrofe. “Todo esto ocurre —decía el diario— porque falla la organización de los poderes estatales y se permite que las empresas de servicios públicos estén anarquizadas. ¿Qué hace el señor Yrigoyen?”.

EL TRANVIA. "Yo viajaba sentado en uno de los asientos delanteros —contó Remigio Benadasi—, del lado de la ventanilla. Todas estaban cerradas por el frío y el pasillo estaba repleto de pasajeros. Cuando el tranvía dio vuelta para llegar al puente, vi las luces rojas de peligro y me extrañó que no se detuviera. De repente sentí una sensación parecida a la de los ascensores que bajan rápido y me encontré en el agua. Todavía no me explico como salí del tranvía. Debe haberse roto el vidrio de mi ventanilla, porque tengo una herida en la frente y otra en la mano izquierda. La cuestión es que sin saber nadar, estuve chapoteando un rato hasta que me sacaron”. El testimonio de Benadasi —un mecánico italiano de la Compañía General Fabril que había tomado el 105 en la esquina de San Carlos y Pavón, de Lanús— fue acompañado de aparatosas gesticulaciones. Aún no imaginaba cómo había salvado su vida y se sentía casi un héroe.
El manejo de ese tranvía 105, que unía Lanús con Constitución, había sido confiado a otro italiano. Se trataba de Juan Vescio, un motorman de 31 años, en quien no confiaba ni su propio acompañante, el joven guarda José Angel Rodríguez, de 23 años. “Mi hijo —explicó aquella mañana el padre del guarda— presintió lo que le iba a pasar, porque hoy, antes de salir de casa, le dijo a mi mujer que no sabía si volvería. ¿Y saben por qué dijo eso? Lo dijo porque tenía miedo de que el motorman hiciera alguna macana. Varias veces le oí decir en casa que su compañero era un potrillo manejando y que iba a pedir que lo cambiaran de turno”.
El recorrido del 105 —que había partido de Lanús a las 5 de la mañana— era clave a esa hora. En Gerli primero y en Avellaneda después, el tranvía se llenó de obreros que Iban a trabajar, en su mayoría a Barracas. La fina llovizna hizo que todos se apretujaran en su interior, colmando el pasillo, para eludir la plataforma, y eso impidió que algunos pudieran salir rápido de allí dentro. “Murieron como ratas —imaginó uno de los cronistas de Crítica—, en una confusión horrorosa, en una lucha breve desesperada, en un simultáneo reventar de pulmones y corazones”.
De los 60 pasajeros sólo se salvaron cuatro: Remigio Benadasi, José Hohe, Buenaventura Arlia y Gabina Carrera. Esta última no supo explicar si había salido del tranvía antes o después de que se hundiera: estaba totalmente confundida. Arlia dijo que al quedar con los pies sobre la ventanilla, rompió el vidrio de un golpe y salió en seguida, y Hohe explicó que se sintió de pronto flotando dentro del vehículo y tocando el techo con la cabeza. Como estos dos sabían nadar un poco, pudieron zafarse de la trampa.

EL RESCATE. Las operaciones de rescate fueron confiadas al personal policial de la comisaría 32ª y a un cuerpo de bomberos, pero como ninguno de ellos podía meterse en el Riachuelo para extraer los cadáveres, hubo que recurrir a los buzos del Ministerio de Obras Públicas. Cuando la noticia de este operativo fue dada a conocer, de los suburbios de Buenos Aires comenzaron a concentrarse millares de personas. Se volvió a Juntar una multitud parecida a la que cuatro días antes había ido al puerto a despedir a los futbolistas. Todos se aglomeraron al borde del Riachuelo, para ver de cerca el trabajo de los buzos.
"Yo estaba de guardia en los talleres que el ministerio tiene instalados al borde del Riachuelo, cuando me llamaron de urgencia para esa tarea", dijo con cierta displicencia Antonio Splaguñías, un griego con suficiente experiencia en el buceo. Sin excitarse, el veterano Splaguñías se vistió de buzo y llegó con la escafandra en la mano hasta el lugar, ante la curiosa mirada de los espectadores que balconeaban la escena desde el puente Bosch. Una vez preparado para la inmersión, descendió en el lugar exacto, marcado por el trole que asomaba en la superficie.
"Al penetrar en la plataforma delantera —dice su frío relato— encontré el primer cuerpo. Después supe que se trataba del motorman Vescio. La puerta interna estaba cerrada y me costó abrirla, pero cuando lo hice se me vinieron encima varios cadáveres amontonados. Entonces empecé a atarlos uno por uno, para que se los pudiera sacar mejor. De esa forma recuperamos el primer lote. Después revisé bien el pasillo y aparecieron más, algunos enganchados entre los asientos y otros con los brazos en las ventanillas. Me di cuenta de que estos últimos habían tratado de romper los vidrios para escapar, pero seguramente en la confusión no tuvieron tiempo y se ahogaron enseguida. Estuve largo rato trabajando con el otro buzo, Anastaxis Fotis, griego como yo, con quien sacamos 28 cadáveres a la superficie".
Pero el rescate no había sido completo, porque se sabía que faltaban por lo menos unos veinte cuerpos más. En esa tarea trabajó solo Fotis, quien después contó su aventura con menos aplomo que su colega. "Antes que yo —dijo— bajó otro buzo, Pedro Kodasky, pero como se horrorizó del espectáculo, se puso nervioso y se cortó con un vidrio. Hubo que sacarlo a la superficie porque estaba muy excitado y lastimado. Después bajé yo y me encontré con varios cuerpos enredados en la plataforma trasera, tal vez por la desesperación de salir de allí a tiempo. Colaboré un rato en esa tarea y saqué todos los cadáveres que pude, pero después empecé a sentirme mal y me descompuse. Entonces pedí que me alzaran. Recuerdo que el primer cuerpo que toqué estaba con los brazos extendidos y el agua lo movió hacia adelante de tal manera que se me colgó prácticamente del cuello, como si estuviera aún con vida. Jamás olvidaré ese instante tan terrible para mí”.
Al día siguiente, cuando los ojos de los argentinos volvían a entornarse hacia Montevideo, con la esperanza puesta en el gran equipo de fútbol, todavía quedaba gente en los alrededores del puente Bosch. Eran los que querían presenciar el último acto del drama: el rescate del tranvía 105. A la una y media de la tarde, la gigantesca grúa del Ministerio de Obras Públicas hundió su brazo en el Riachuelo y extrajo el desvencijado vehículo, con sus ventanas rotas y sus ruedas colgando. El peritaje determinó, poco tiempo después, que la responsabilidad del accidente era totalmente de la empresa tranviaria, porque su personal no era idóneo. Las culpas recaían sobre el motorman Vescio, quien dejaba en el desamparo a cuatro hijos y a una viuda embarazada. Sólo hubo una controversia: ¿había sonado la campana de alarma del puente? Nadie la escuchó. Pero las luces rojas estaban encendidas y eso no eximía de culpas al conductor del tranvía.
El único saldo positivo de aquella tragedia fue el dividendo económico que obtuvieron los vendedores ambulantes de pizza y caramelos, quienes trabajaron "como en un día de fiesta" —según sus propias palabras—, y la propaganda que hizo la fábrica de anilinas Sirio al obsequiar a los familiares de las víctimas con 150 paquetes de colorante negro para sus ropas, “como una contribución desinteresada".
Copyright Panorama, 1970.


miércoles, 11 de octubre de 2023

cuanto valía la cabeza de José Hernández para Sarmiento?

Por el Prof. Jbismarck
José Hernández (nacido como José Rafael Hernández y Pueyrredón el 10 de noviembre de 1834 fallecido el 21 de octubre de 1886) fue un militar, periodista, poeta y político. En su homenaje, el 10 de noviembre —aniversario de su nacimiento— se festeja en la Argentina el Día de la Tradición. Los Hernández militaban en el federalismo; uno de sus tíos Juan José moriría en Caseros vivando al Restaurador.  En 1843 falleció su madre. El niño padecía un problema en el pecho, que por prescripción médica debía ser tratado con un cambio de clima, lo que lo obligó en 1846 a abandonar sus estudios y trasladarse a las pampas de la provincia de Buenos Aires. Se fue con su padre, que era mayordomo de las estancias del gobernador Rosas en la zona de Camarones y laguna de los padres. Esto le permitió entrar en contacto con los Gauchos; aprendió a andar a caballo y a realizar todas las tareas que éstos realizaban. Además fue la base de sus profundos conocimientos de la vida rural y del cariño por el paisano que demostró en todos sus actos. En ese período tuvo una visión directa de la realidad del hombre de campo, donde pudo «captar el sistema de valores, lealtades y habilidades que cohesionaban a la sociedad rural»    Participó junto con su hermano Rafael en la carnicería de Cañada de Gómez en la que también fueron derrotados por los mitristas.  En Entre Ríos formó parte de la ultima rebelión gaucha que intentó defender la autonomía de esa provincia contra los embates del presidente Sarmiento. Fue liderada por Ricardo López Jordán, y su primer acto fue el homicidio de Urquiza. José Hernández mostró a lo largo de su vida una especial preocupación por los sectores menos favorecidos de la sociedad. Ya fuera como poeta, como periodista o volcándose de lleno a la arena política y militar, el autor del Martín Fierro consagró su vida a mejorar la situación de los gauchos y a la defensa de las ideas federales.  Domingo F. Sarmiento, quien pronto elevaría un proyecto de ley poniendo precio a las cabezas de los sublevados, entre ellas, la de Hernández, que fue valuada en mil pesos fuertes.
Sarmiento, luego del abrazo con Urquiza, y creyendo que contaría de ahí en más con el prestigio y las lanzas del caudillo entrerriano para fortalecer el poder central, inicia una ofensiva desde la prensa porteña contra la oposición mitrista. Pero Justo José de Urquiza ya no era respaldo; su entrega a la burguesía comercial de la ciudad puerto era harto evidente. El 11 de abril de 1870 las ilusiones del sanjuanino estallaban en el aire ante la conmoción de esta noticia: el caudillo entrerriano había sido muerto de un trabucazo en su palacio de San José. El ex gobernador de Córdoba, Simón Luengo, y un grupo de federales exaltados por su traición a la causa, son los que lo ultiman. Ante los críticos acontecimientos la Legislatura entrerriana nombra gobernador al general Ricardo López Jordán, hijo del hermanastro del caudillo Francisco Ramírez. El nuevo magistrado, de cuarenta y seis años, era un veterano de las lides guerreras: Arroyo Grande, Caseros, Cepeda y Pavón, atestiguaban su coraje y pericia. Diputado de su provincia, presidente de la Legislatura, todo menos gobernador del recelo de don Justo a su federalismo consecuente. En la proclama que dirigió a los entrerrianos afirmó que había hecho la revolución en la que desgraciadamente había muerto Urquiza, bajo las banderas de la libertad, el federalismo y la autonomía provincial. La mayoría del pueblo, que el sacrificio de San José no conmovió, respaldará desde el primer momento a López Jordán.  Sarmiento, presa de cólera y de los consejos de Mitre, interviene a Entre Ríos el 14 de abril: “El Gobierno Nacional estará entre vosotros con todo su poder, para evitar que el mal se agrave…No deis oídos a sugestiones de ambiciosos oscuros e ignorantes; para quienes el odio es un principio, el crimen un medio”.
Aunque resistido y mirado con desconfianza por la oligarquía porteña, Sarmiento llega a un acuerdo con ella frente a la cuestión de Entre Ríos; nombra al general Emilio Mitre jefe del Ejército de Observaciones, “que vigilará las costas del Uruguay”. Detrás de esta miserable fachada se pretendía ocultar el verdadero fin de la invasión militar a la provincia.
Desde las columnas de El Río de la Plata, Hernández alertará bajo una nueva faz sobre los peligros de la política iniciada: “Nos hemos pronunciado abiertamente contra el asesinato del general Urquiza, porque aparte del hecho mismo, no creemos que sobre la sangre pueda cimentarse jamás nada sólido ni duradero… Pero estamos también en contra de la intervención armada… Se cae en el error profundo de considerar el movimiento revolucionario de Entre Ríos, como un propósito de reacción contra el orden existente en la República, y se le coloca al Gobierno Nacional frente de uno de ellos para sofocar supuestas tentativas del otro… Para nosotros no se trata de una lucha interior, de partidos, sino de la desmembración o integración de la República. Y porque, desde que Entre Ríos no ha requerido la intervención del Gobierno Nacional, al verse amenazado y envuelto en una guerra desastrosa, no será extraño que en sus mismas plazas públicas firme el acta de su independencia… La muerte del general Urquiza, la segregación de esas provincias o su destrucción por la guerra, coloca al Brasil en posesión quieta, segura y perdurable de la asolada República Paraguaya, y si él no ha sido instigador… ¿habrá quién no reconozca que él va a cosechar espléndidos resultados de esos hechos?”  Fracasadas las gestiones de conciliación iniciadas por los jordanistas, la Legislatura entrerriana rechaza la arbitraria intervención, autorizando al gobernador López Jordán a repelerla con la fuerza provincial. Convocado el pueblo, 14 mil hombres se reunieron prontamente para enfrentar a los 16 mil de las fuerzas interventoras.  Gran parte de los recursos del gobierno central son destinados a financiar el aplastamiento de Entre Ríos. Mientras tanto, desde el interior del país, llegaban partes dando cuenta de la sublevación de batallones en solidaridad con la causa jordanista. Pero Buenos Aires estaba preparada. Ya la tacuara montonera debía enfrentarse a los remingstons adquiridos en el extranjero. Por gestión del general Gainza – “Don Ganza”, como lo llamara Martín Fierro – todo el ejército nacional es provisto del moderno armamento. Este hecho, inserto en el contexto histórico de la época, marcará la declinación final del paisanaje montonero. Las cargas triunfales de la caballería gaucha se volverán eco en la historia.
Sauce, Concepción del Uruguay, Santa Rosa, Don Cristóbal, fueron campos de combate y de muerte. López Jordán “tenía conquistada la libertad de ir a donde quisiera, en una guerra de cansancio, lo que no impedía que la prensa porteña, aleccionada cuando el gobierno nacional no ganaba un combate, la sacara “empardada”, siendo el caso que en Sauce, Santa Rosa, y Don Cristóbal los ejércitos nacionales quedaron estáticos, petrificados, inmovilizados sin caballadas, formando cuadros irreductibles cañones Krupp, recientemente introducidos al país” (Aníbal S., Vázquez, José Hernández en los entreveros jordanistas). En esta lucha, como miliciano, se enrolará el más grande escritor de nuestra historia: José Hernández.   El 26 de enero de 1871 en laguna Ñaembé, Corrientes, tras una cruenta batalla, -en la que el paisanaje federal no pudo superar la efectividad de la artillería de Viejobueno y del 7 de línea al mando de Roca-, las fuerzas de Buenos Aires lograron un triunfo completo: las fuerzas jordanistas se dispersaron deshechas . “Junto a López Jordán estuvieron ese día Francisco F. Fernández, Pedro C. Reina, Evaristo López, José V. Díaz, Anastasio Cardáis, el “tigre” Villanueva, Pedro Ezeiza y José Hernández.” (Fermín Chávez, José Hernández- Periodista, político y poeta).    Cabalgando en fuga, con la derrota a su espalda, pasarán el río Uruguay por el Rincón de Santa Eloísa, buscando la frontera salvadora.   López Jordán, Hernández, y un puñado de hombres hallarán refugio en Santa Ana do Libramento, en Brasil. En el exilio político se gestará Martín Fierro.  Diez meses permaneció Hernández en Santa Ana do Libramento, desde abril de 1871 a enero del siguiente año, compartiendo con el caudillo entrerriano y otros federales los avatares del exilio.  
El primer día de mayo de 1873 el general Ricardo López Jordán, insistiendo en su lucha, pasó a Entre Ríos por el Alto Uruguay. Mientras esto ocurre, Hernández, ante una orden de prisión dictada contra él por el gobierno, se refugia en Montevideo. Hacia fines del mes señalado Sarmiento remite un proyecto de ley a la Legislatura poniendo precio a las cabezas dirigentes de la revolución entrerriana: 100 mil pesos fuertes para la de López Jordán, 10 mil para la de Mariano Querencio, y mil para las de los demás alzados principales, entre ellos se encuentra el autor del Martín Fierro.  A poco de concluir el gobierno de Sarmiento, el país se enfrentaba al dilema de la sucesión presidencial. Mitre ya había anticipado los trabajos de su candidatura, concitando el invariable apoyo de los comerciantes, importadores, burgueses del puerto y socios de la rubia Albión. La intelligentzia, en la antípoda hernandiana, se veía representada por él. Adolfo Alsina, gobernador de la provincia, cabeza del partido autonomista, de los “crudos” –prolongación de los “chupandinos” de hacía dos décadas- se constituirá en el adversario político del mitrismo. Describe Ramos: “Alsina, hijo del cerrado don Valentín, aquél prototipo del rivadaviano, encarna otras fuerzas y otras ideas de su padre Adolfo Alsina orador nato, de arrastre popular, tiene su base en los barrios pobres de la ciudad, en los grande ganaderos de tradición federal de la provincia y en el peonaje bonaerense”. Aristóbulo del Valle, Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen, abrazarán las banderas del autonomismo; más tarde lo hará Hernández.   Puestas en el tapete las postulaciones presidenciales, se vio que Avellaneda concitaba el apoyo de diez provincias; Alsina el de la provincia bonaerense, y Mitre, a su turno, el de la parte céntrica de la ciudad de Buenos Aires, su “tribuna de doctrina”, ciertos sectores de oficiales porteños del ejército y las provincias de San Juan, Santiago del Estero y Corrientes, en manos de su círculo. Es entonces que Alsina vuelca su apoyo a la fórmula Avellaneda-Acosta, hecho que resultará decisivo y constituirá al mismo tiempo el empalme del Partido Autonomista Nacional, esto es la fusión de la débil burguesía terrateniente provinciana con el pobrerío del puerto, las peonadas y ganaderos bonaerenses de tradición federal. Es por entonces que aparece en Buenos Aires la primera fábrica de tejidos de lana (en el sentido capitalista de la palabra). …el interior se empobrece cada vez más.
Con el apoyo mayoritario de las provincias triunfa la fórmula Nicolás Avellaneda-Mariano Acosta, con 146 lectores, contra 79 del binomio Mitre-Torrent. El fallo comicial no fue aceptado por el mitrismo, que acusó al autonomismo de fraude en complicidad con el gobierno. Es entonces que el candidato vencido proclama la revolución y se traslada a Montevideo. Desde La Patria, Hernández comentará los hechos.  Así las cosas, Mitre logra por fin desembarcar en el puerto del Tuyú, dirigiendo al país una de sus caracterizadas proclamas. Este documento merecerá el tratamiento hernandiano.   Sarmiento, con la ayuda de los coroneles José Inocencio Arias y Julio Argentino Roca vence rápidamente la revuelta mitrista. La plana mayor de los insurrectos es tomada prisionera. Mitre será condenado a muerte, pero Avellaneda, al asumir la presidencia de la República, conmutará la pena. Tan sólo cuatro meses estará preso el jefe de los sediciosos. Cabe sí, lo dicho por Hernández: “Mereció ser juzgado en Sierra Chica, mereció ser acusado y procesado por las fechorías que ordenó o consintió en el interior: mereció un consejo de guerra, en Curupayty, y alguna vez ha de llegar el día en que la Justicia Nacional se cumpla”.
Ya el comandante Arias había contenido con sólo 600 hombres al ejército encantado de Mitre, en la batalla de La Verde: el coronel Roca había deshecho las tropas de Arredondo en Santa Rosa; la revolución iniciada y epilogada en tal forma era la comidilla sarcástica de los hombres de entonces cuando Avellaneda se colocaba la banda presidencial.   Sarmiento, al entregarle el mando le manifestó: “Sois el primer presidente que no sabe manejar una pistola”. Seis años más tarde, en 1880, el apacible intelectual tucumano calzaba revólver. Había aprendido que a Buenos Aires no se le podía someter sólo con discursos.  Hernández publica a mediados del 75 la segunda edición de su Vida del Chacho, en momentos en que en la prensa y en el parlamento la discusión entre los defensores del federalismo y los del unitarismo alcanzaba un tono inusitado. Esta nueva edición no llevará el prólogo del 63, que comenzaba: “Los salvajes unitarios están de fiesta…”, seguramente por considerarlo anacrónico o impolítico por el momento que se vivía.  Puesto el “Chacho” nuevamente en la lucha, el diario de los Varela, La Tribuna, lo recibirá con un chispeante comentario en el que refulgía el odio de la facción porteña.   Tres días más tarde la misma Tribuna publicaba un suelto titulado “La reacción” en donde transcribía el prólogo suprimido de la edición del 63, y acusaba a Hernández de jordanista y partidario de la “situación”, esto es partidario de Avellaneda y del Partido Autonomista Nacional.
El imponente hombretón de cuarenta y un años utilizará entonces las columnas del diario La Libertad de Buenos Aires – dirigido por el chileno Manuel Bilbao – para enviarle un dardo de su estado al redactor de La Tribuna, que pensaba que era el ex presidente, bajo el título: “Señor Sarmiento: porque mataron1!    “Dice Ud., como un sarcasmo, que Avellaneda debería comprar una cantidad de folletos de la vida de Peñaloza y repartirlos en las oficinas y yo le digo que esa ironía no me hiere, porque recuerdo que bajo tres presidentes he vivido sin garantías, que bajo la presidencia de Sarmiento fui perseguido seis años y desde que soy hombre, el único gobierno bajo el que vivo tranquilo, con mis opiniones buenas o malas, es el del Dr. Avellaneda, y de ahí que soy partidario de la situación, como usted me llama.
“Cuando los que mataban, los que aplaudían la matanza y los que predicaban la justicia me llamaban a mí mazorquero porque condenaba aquellos excesos y defendía en tantos desgraciados el derecho de vivir, yo no podía ni debía quedarme sin retribuir el sangriento apóstrofe. Era una injuria recíproca. Recibía una y le devolvía otra que era correlativa.
“Pero los que mataron, Sr. Sarmiento, los que mataron son más culpables, cualquiera que sea la forma en que lo hicieron, que los que condenaron a los matadores, cualesquiera que sean los términos en que escribieron… Si no querían oír la condenación, señor Sarmiento, ¿por qué lo mataron…?”

viernes, 29 de septiembre de 2023

Extinción de la deuda del Paraguay – Hipólito Yrigoyen (1922)

 

El Poder Ejecutivo Nacional

Buenos Aires, setiembre 19 de 1922

Al Honorable Congreso de la Nación:

Con el profundo convencimiento de que ha desaparecido para siempre toda posibilidad de vicisitudes entre nuestra Nación y cualquiera otra de America, creo que es imperativo borrar, cuando menos la materialidad de todo recuerdo doloroso, para vivir tan solo identificados en los ideales de mutuo engrandecimiento y de solidaridad hacia nuestros comunes destinos.

Existe pendiente con la Republica del Paraguay su deuda, emergente de la guerra, estipulada en el artículo 39 del Tratado de Paz de 3 de febrero de 1876.

Por los fundamentos que inspiran este mensaje, cuya sola enunciación basta para que sean debidamente consagrados, debe declararse extinguida esa deuda.

El Poder Ejecutivo seguro de interpretar el sentimiento nacional, somete a V. H. esta condigna solución histórica.

Dios guarde a V H.

Hipólito Yrigoyen – Honorio Pueyrredon

 

El Senado y Cámara de Diputados, etc., sancionan con fuerza de Ley:

Articulo 1° — Declarase extinguida la deuda publica que, por el tratado definitivo de Paz de 3 de febrero de 1876, la Republica del Paraguay reconoció y acepto abonar a la Republica Argentina, en concepto de las indemnizaciones por los gastos de guerra (art. 3°, inciso 1); por los daños causados a las propiedades publicas (inciso 2); como asimismo los intereses previstos en el articulo 49, inciso 4 del referido Tratado.

Art. 2°: Comuniquese, etc.

Honorio Pueyrredon

 

Fuentes:

Historia y Doctrina de la UCR

Hipólito Yrigoyen Pueblo y Gobierno Tomo IV, Volumen I Americanismo,Recopilacion hecha por los señores José Nicolas Scala, Jorge Rodolfo Barilari, Germán Winox Berraondo y Luis A. Chicote, Editorial Raigal 1955


jueves, 30 de septiembre de 2021

Roque Sáenz Peña en la Presidencia

 Por Natalio Botana ("El Orden Conservador")

Figueroa Alcorta —escribe Miguel Angel Cárcano— «no tenía en el círculo de sus amigos una personalidad de tanta notoriedad y relieve como Sáenz Peña». La sucesión estaba en marcha. Ya habíamos subrayado —adrede— el papel de Sáenz Peña en el autonomismo pellegrinista. Pero su antirroquismo venía de antigua data. Se había formado en su juventud en el viejo alsinismo; defensor de Avellaneda, luego «Juarista» (uno de los últimos ministros del presidente derrotado en el noventa), Sáenz Peña encabezó el movimiento modernista, impulsado desde la provincia de Buenos Aires por el gobernador Julio Costa, que lo hizo candidato firme en las elecciones presidenciales de 1892 y que sólo pudo desbaratar Roca, logrando la adhesión del P. A. N. y del mitrismo a la candidatura de su padre. Elegido senador por la provincia renunció poco tiempo después. Retomó a la actividad pública para participar en la coalición opositora que alentó la política de las paralelas en 1898. Cuatro años más tarde, Sáenz Peña encabezó la lista «demócrata» de 1902; acompañó a C. Pellegrini en la Convención de Notables de 1904 y en 1906 fue electo diputado por la «Coalición Popular». No asumió la banca y aceptó un cargo diplomático de ministro plenipotenciario ante los gobiernos de España, Portugal, Suiza e Italia, prolongando así una exitosa carrera en el campo de las relaciones exteriores, que alcanzó momentos culminantes hacia fines de la década del ochenta con motivo de la Conferencia Panamericana en 1889.

La trayectoria de Sáenz Peña evoca, en gran medida, el perfil de un opositor interno frente al predominio de la fracción roquista en la política nacional: una actitud de distanciamiento y de intentos frustrados durante los veintiséis años que transcurrieron entre 1890 y 1916. Dentro de la clase gobernante, Sáenz Peña rompía lanzas con la hegemonía gubernamental sin emigrar jamás hacia las fuerzas políticas que, al situarse fuera del cuadro establecido, impugnaban la legitimidad del régimen desde la oposición externa. Más bien, su acción pública revela las reglas no escritas del control institucional que un grupo gobernante, percibido como oligárquico, ejercía sobre aquéllos dispuestos a participar en un hipotético juego competitivo.

Sáenz Peña programó su candidatura desde Europa.  Allí se puso de acuerdo con Indalecio Gómez, viejo colega en el movimiento modernista del 91, acerca de la estrategia del próximo gobierno. Gómez era también un consecuente antirroquista. Una fiel amistad con J. M. Estrada, a la cual no eran ajenas convicciones comunes, motivó su incorporación, en 1889, a la Unión Católica. En 1892 Gómez fue electo diputado por Salta, su provincia natal; obtuvo su reelección en 1896 y a caballo entre ambos períodos llegó a ocupar la vicepresidencia segunda de la Cámara entre 1894 y 1897. Permaneció, pues, en el parlamento hasta el filo del siglo. En 1904, I. Gómez era ferviente pellegrinista; un año después, M. Quintana, le confió la representación diplomática, con sede en Berlín, ante Alemania, Austria-Hungría y Rusia.   Modernismo, política de las paralelas, pellegrinismo: tres momentos opositores compartidos por un antiguo juarista y un militante católico. El movimiento reformista del centenario cobraba cuerpo en Roque Sáenz Peña e Indalecio Gómez: juntos en la ciudad de Lucerna, el futuro presidente y su ministro del Interior trazaron los lineamientos de la reforma política de 1912.

La campaña electoral se organizó en torno de la «Unión Nacional», un movimiento que en poco tiempo cubrió todo el país sin sufrir fisura alguna. Frente a esta coalición de origen bonaerense, bien apoyada, de inmediato, por los gobiernos de provincia, apenas despuntó la simbólica oposición de los republicanos-mitristas que levantaron la candidatura de E. Udaondo.   El clima de la campaña, los discursos y las propuestas que se desgranaron en los actos públicos, poco desmintieron el sesgo optimista del centenario. La candidatura de Sáenz Peña nacía como un intento, de cuyo éxito nadie dudaba, que tenía el «sugestivo poder de borrar /…/ las líneas divisorias que nos habían dejado las antiguas luchas». El candidato arrastraba consigo el apoyo de los que «desde hace largos años concentran a su alrededor los prestigios de la intelectualidad, de la fortuna y del trabajo»; su figura, engarzada con una larga tradición venía a redimir de males una peculiar época oscura, hecha a la medida de personajes reprochables como «el general Roca ha sido precisamente después de realizada la Unión Nacional, el más ilustre enemigo de la democracia argentina». (A. Beccar Varela. La reforma electoral. Contribución a su estudio. Bs. As. Imprenta de la Prisión Nacional, 1911)

Para hacer más eficaz el contraste, se resaltaba la presencia en la Unión Nacional de los «sobrevivientes de la junta revolucionaria de 1890», de Romero, Goyena y Demaría que, lejos esta vez de las lilas de la Unión Cívica pretendidamente alineada tras Udaondo, desmentían las críticas provenientes del bando republicano acerca del pasado juarista de Sáenz Peña.

La justificación de la candidatura exime de mayores comentarios. La propaganda electoral proponía a Sáenz Peña como un conciliador de tendencias, cobijadas bajo la percepción de una Argentina «favorecida por un clima privilegiado, con los frutos óptimos de todas las zonas, regida por leyes sabias y con una constitución admirable, dirigida por gobernantes mancomunados en un solo propósito patriótico…». Exultaciones que, sin embargo, no debían favorecer excesos en un país amparado, «hasta que llegue el mayor grado de su desarrollo, por una política que basada en los principios e inspirada en los fines liberales de nuestra constitución liberal, reúna todas las características de una democracia conservadora». Entre los prolijos análisis de la política económica que efectuaba Federico Pinedo (padre) y algún devaneo retórico inspirado en una visión cósmica del desarrollo constitucional, la campaña afrontaba la oposición de importantes diarios porteños y no eludía advertencias para precaverse de enemigos amenazantes.

Esas amenazas se encamaban en el radicalismo, formado por los restos de aquel gran partido que ha veinte años fundaron Del Valle y Alem …que proclama la revolución, levantando un programa de sufrimiento y de muerte», cuya dirección interna, irresponsable y absoluta, es una triste muestra de lo que sería su gobierno real.  La lectura de los discursos electorales y las formas de organización y de reclutamiento, califican a la Unión Nacional con el signo de una fuerza política de carácter tradicional. Como el P. A. N., la Unión Nacional constituía un eficaz vehículo para comunicar oligarquías locales y gobiernos provinciales bajo la protección de una presidencia que no escatimaba recursos —la intervención federal, la clausura del Congreso, el estado de sitio— para hacer efectivo su poder y su influencia electoral. Pero mientras los viejos arreglos, que gestaban candidaturas, manipulaban una ideología funcional con la estructura política, la Unión Nacional reorientó, con un brusco golpe de timón, ese mensaje ideológico y contradijo el sistema electoral vigente mediante un proyecto reformista, que Sáenz Peña proclamó en su discurso-programa pronunciado en la plaza Retiro en el mes de agosto de 1909. Allí manifestó sus propósitos institucionales y los tradujo en un lenguaje que mucho recuerda la profesión de fe de un creyente. «Dejadme creer —dijo en aquella circunstancia— que soy pretexto para la fundación del partido orgánico y doctrinario que exige la grandeza argentina; dejadme la confianza de que acabaron los personalismos y volvemos a darnos a las ideas».

Sáenz Peña regresó a Europa desde donde impuso la candidatura de Victorino de la Plaza para la vicepresidencia. A fin de año tuvo lugar la proclamación oficial. El resto de los cargos, en el orden nacional y en las provincias, se adjudicaron sin consultar a las asambleas o a las convenciones de las agrupaciones de distritos. Tres meses después, en abril de 1910, las listas de la Unión Nacional se impusieron en todo el país sin atisbo alguno de resistencia electoral, pese a la participación del P. Socialista (en la Capital) y de la fracción cívica-republicana que apoyó la candidatura de Udaondo. Los radicales permanecieron en la abstención.

Acallados los festejos del Centenario, no decrecieron los signos inquietantes. El temor de una conspiración radical, presentida por los gobernantes, acompañó el regreso de Sáenz Peña, ya electo presidente. Desembarcó en Buenos Aires de noche, sin pública acogida y fuertemente custodiado. De inmediato rompió la incomunicación y buscó entrevistarse con el personaje que despistaba los servicios de seguridad y evocaba las mayores amenazas: Hipólito Yrigoyen y Roque Sáenz Peña conversaron días antes que tuviera lugar la asunción del mando.  Yrigoyen rechazó la propuesta de integrar un gabinete de coalición en el próximo gobierno y mantuvo invariable su exigencia acerca de la modificación del registro y de la ley electoral, decisiones, ambas, que debían implementarse con intervenciones federales en todas las provincias para garantizar los nuevos comicios. Sáenz Peña no aceptó el temperamento intervencionista, pero ambos coincidieron en la necesidad impostergable de la reforma electoral.

Juró el cargo de Presidente el 12 de Octubre de 1910. Ausente la legitimidad de origen, Sáenz Peña justificó el proceso electoral que lo llevó a la primera magistratura, magnificando la participación de votantes en la Capital Federal: «son pocos, lo reconozco, pero nunca se vieron más ciudadanos». Casi una excusa, como él mismo lo reconoció, «que he necesitado hacer para fundar mi autoridad de gobernante, autoridad que procede de esa fuente democrática de imperfección universal, discutida eternamente bajo todos los sistemas representativos».   Los reformadores emprendían un plan que poco desmentiría el ritmo vertiginoso, o la velocidad de los cambios a los cuales estaba habituada la Argentina de ese entonces. Inmersos en una sociedad distinta, aquejados por la mala conciencia derivada de una política distante de los valores que hacía suyos la crítica moral, los nuevos gobernantes asumían la tarea de reparar una fórmula y un régimen. Buscaron un método: la reforma deliberada; quizá, definieron una meta: la conservación del poder y de su posición social, ambas cosas reconciliadas, esta vez, con una práctica institucional menos imperfecta o más coherente con los principios proclamados. En todo caso, se apresuraron a materializar las intenciones y emprendieron los estudios para reformar la ley electoral. Conocían estos menesteres; entendían de antecedentes y de legislación comparada y sabían que, desde hacía ya una década, el país había penetrado, a tientas y con frustraciones sucesivas, en un territorio donde la inocencia de los propósitos debía chocar, necesariamente, con la predicción estratégica acerca de los resultados.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Juan Hipólito del Sagrado Corazón de Jesús Yrigoyen Alem

Por Miguel Landro Lamoureaux
Siguiendo a su tío, Leandro N. Alem , comienzan su vida política como miembros del Partido Autonomista, conducido por Adolfo Alsina. 
Nació el 12 de julio de 1852 y falleció el 3 de julio de 1933. Hijo de Martín Yrigoyen y de Marcelina Alem. Su padre era un inmigrante de origen vasco francés que se casó con la hija de Leandro Alem , padre de Leandro N. Alem y abuelo de Hipólito Yrigoyen.
Juan Hipólito nació y se crió en el suburbio de Balvanera, cuidad de Buenos Aires.
Siguiendo a su tío, Leandro N. Alem , comienzan su vida política como miembros del Partido Autonomista, conducido por Adolfo Alsina. Un partido de base popular enfrentado al Partido Nacional de Bartolomé Mitre. En 1872, cuando Alem es elegido diputado provincial, Hipólito Yrigoyen, con 20 años, fue nombrado gracias a la influencia de su tío, Comisario (Policía) de Balvanera. En 1877 Alem e Yrigoyen se enfrentan con el sector oficial del Partido Autonomista, llevando como candidato propio a Aristóbulo del Valle y sosteniendo una actitud de intransigente oposición a los acuerdos entre dirigentes.
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El enfrentamiento interno termina con la exoneración de Yrigoyen. Al año siguiente Yrigoyen es elegido diputado provincial por el Partido Republicano, pero muerto Alsina, retorna al autonomismo. Yrigoyen ingresó también a la masonería de la mano de su tío.
Al federalizarse Buenos Aires y frente a la llegada de Julio A. Roca a la presidencia, Alem abandona la política, en tanto que Yrigoyen acepta la federalización y resulta elegido diputado nacional por el ahora reorganizado Partido Autonomista Nacional en 1880, siguiendo a Roca. Dos años más tarde , desencantado de Roca, abandona la política.
Para 1882, Yrigoyen había finalizado las materias teóricas de la carrera de Abogacía en la Universidad de Buenos Aires .Años atrás había trabajado en el estudio jurídico que compartían Leandro Alem y Aristóbulo del Valle, pero nunca disfrutó la abogacía.
Con 30 años, era una persona de escasos recursos, que había comenzado a trabajar como profesor de Historia Argentina, Instrucción Cívica y Filosofía en el Colegio Normal de Maestras, designado por Sarmiento, y que seguía viviendo en la casa de su tío. Los salarios que percibía eran donados al Hospital de Niños.
En ese momento descubre el pensamiento filosófico de Krause, a través de los krausistas españoles: Ahrens y Giner de los Ríos, que influirán considerablemente en sus ideologías.
En 1883 emprende su negocio propio dedicándose enteramente a la invernada de vacunos.
Compró tres estancias: El trigo ( provincia de Buenos Aires), La Seña ( San Luis) y El quemado ( cerca de Bahía Blanca). Yrigoyen realizó una verdadera fortuna de varios millones de pesos que fueron utilizados casi completamente en la actividad política.
Su relación con las mujeres ha sido sumamente discutida y atacada públicamente por sus opositores. Yrigoyen mantuvo una gran cantidad de aventuras amorosas.
En una de esas relaciones informales tuvo una hija que lo acompañó en toda su vida: Elena Irigoyen.Nunca admitió tener otros hijos, aunque se sabe que tuvo muchos más, al menos seis. mudó a su propia casa, frente a lo que hoy es la Plaza de los dos Congresos en la Ciudad de Buenos Aires, en la calle que lleva su nombre, al 1.600.
Por esa época entabla una profunda amistad con Carlos Pelegrini y Roque Sáenz Peña. 
Participó activamente en la Revolución de 1890 y en la de 1893. En esta última organizó, condujo y financió un ejército radical de 8.000 hombres.Fue uno de los fundadores, siguiendo a su tío y a Aristóbulo del Valle, tanto de la Unión Cívica como de la Unión Cívica Radical .A pesar del afecto que sentía por su tío, desconfiaba de sus condiciones para el liderazgo, lo que lo llevó a enfrentarse políticamente y a organizar la Unión Cívica Radical de la provincia de Buenos Aires como un partido político autónomo.ras el suicidio de su tío Leandro Alem y la muerte de Aristóbulo del Valle( 1886), Hipólito Yrigoyen, profundamente en desacuerdo con la orientación acuerdista que le impone Bernardo de Irigoyen, disuelve el Comité de la UCR de la provincia de Buenos Aires, debido a lo cual el partido radical dejó prácticamente de existir. En 1903 Yrigoyen comienza a reorganizar la UCR y financia las campañas políticas con su propio dinero, como la Revolución de 1905, que fracasa. Sin embargo, el miedo a un nuevo levantamiento armado de Yrigoyen, lleva a su amigo y presidente de la Nación, Roque Sáenz Peña, a sancionar la Ley del Voto Secreto en 1912, más conocida como Ley Sáenz Peña, que lo llevará a la presidencia en 1916. 
  presidencia de Yrigoyen (1916-1922)
El impulso inicial de la conquista de los derechos democráticos se ve frenado al no controlar el Senado y la gobernación de muchas provincias. Yrigoyen recurre a la intervención federal, ahondando el enfrentamiento con los sectores conservadores. En lo económico, el gobierno de Yrigoyen se caracterizó por su "Plan de Tierra y Petróleo", en el que el Estado se reserva un rol de intervención decisivo.El radicalismo mostró una tendencia económica que se apartaba del liberalismo clásico, a partir de la idea de intervención del Estado en la economía. En los fundamentos al voto de la ley ferroviaria de 1920, Yrigoyen dice:"La política del P.E. es mantener en poder del Estado la explotación de fuentes naturales de riqueza, cuyos productos son elementos vitales del desarrollo del país. El Estado debe adquirir una posición cada día más preponderante en las actividades industriales que respondan principalmente a la realización de servicios públicos".
La decisión más destacada y de la cual el radicalismo habría de hacer una bandera, fue la creación en 1922 de la empresa estatal petrolera Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) , que en el futuro sería la más grande del país con 50.000 empleados, designando al General Enrique Mosconi al frente de la misma y abriendo toda una línea de políticas económicas nacionalistas. También se llevan a cabo una serie de leyes de arrendamientos rurales para proteger a los colonos y chacareros frente a los grandes propietarios de tierra. Se reorganiza el Banco Hipotecario Nacional para que apoye crediticiamente a los pequeños propietarios rurales. En 1918, por primera vez, el Estado interviene como vendedor único de la cosecha de cereales al exterior.Adicionalmente, se crea la Marina Mercante Nacional.
Yrigoyen impulsó una política de expansión y fortalecimiento de los ferrocarriles estatales y se enfrentó con las poderosas empresas ferroviarias extranjeras, al vetar la ley de formación de una empresa de ferrocarriles mixta, sancionada por la oposición.
Construye el conocido Tren de las Nubes (Huaytiquina), del Ferrocarril General Belgrano, conectando Salta con el océano Pacífico en Antofagasta (Chile).
En cuanto a la educación, estalla en Córdoba el movimiento de Reforma Universitaria de 1918.Yrigoyen apoya los reclamos de autonomía universitaria y aprueba los primeros estatutos reformistas.
La política internacional de Yrigoyen fue motivo de fuertes discusiones, incluso en el seno del radicalismo. Yrigoyen básicamente sostuvo una política de fuerte acento sobre la independencia e igualdad de las naciones frente a las grandes potencias, que la oposición interna y extrapartidaria criticaba sosteniendo que llevaría al aislamiento del país .
Sobre esa base:
– Mantuvo la neutralidad en la Primera Guerra Mundial pero con fuertes reclamos de los países beligerantes de ambos bandos.
– En 1917 convocó a un Congreso de Naciones Latinoamericanas no beligerantes para fijar una posición común frente a la Primera Guerra Mundial, que fracasó debido a la fuerte oposición de Estados Unidos.
– Frente al Tratado de Versalles y la creación de la Liga de las Naciones, la posición argentina del gobierno radical sostuvo la separación entre ambos actos: el Tratado era una cuestión que debería limitarse a los países que lucharon, la Liga de las Naciones, por el contrario, debería ser una asociación igualitaria y voluntaria de todas las naciones del mundo, hecho que llevó a un polémico retiro de la delegación argentina.
La política laboral del gobierno radical fue sumamente contradictoria.
Por un lado impulsó la sanción de leyes laborales y envió al Congreso un proyecto de Código de Trabajo, reclamado por los socialistas y el movimiento obrero.
Actuó como mediador en numerosos conflictos laborales, promoviendo la negociación de acuerdos basados en la justicia social.
Pero, por otro lado, mantuvo relaciones muy conflictivas con el Partido Socialista, que tenía una importante representación parlamentaria, y con el sector mayoritario del movimiento obrero, negándole a la FORA su derecho de representar a los trabajadores argentinos en el acto de constitución de la OIT (1919), por lo que el gobierno argentino fue seriamente reprendido por el organismo internacional.
Se disolvió la Federación de Obreros Petroleros (FOP) y reprimió las protestas en YPF.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Hipólito Yrigoyen. Un promotor de la democracia

Por Félix Luna
¿Qué misterioso hechizo cautivó el alma de tantos argentinos durante tantos años a la figura de Hipólito Yrigoyen? Jamás pronunció discursos, escribía farragosamente, no se mostraba en público, detestaba ser fotografiado. En las escasas campañas electorales en que estuvo presente, se encerraba en un hotel y sólo salía de allí para regresar. No pisó nunca la mayor parte del territorio argentino. Administraba su silencio: eso sí, magistralmente. Siempre rechazó el apoyo de partidos ajenos, no buscó el arrimo de fuerzas económicas, grupos sociales o grandes diarios. Un asesor de relaciones públicas, de esos que hoy pululan al lado de dirigentes y candidatos, se volvería loco si hubiera tenido que asistir a este hombre desapegado de cualquier truco publicitario. Cualquier analista que lo hubiera observado a fines del siglo XIX, cuando tenía casi cincuenta años, no hubiera apostado un centavo por el futuro de este solterón de amables modales, parco en su conversación, dueño de un lenguaje entre criollo y castizo, aparentemente destinado a ocupar sólo posiciones secundarias, a la sombra de su tío Leandro. ¿Cuál habrá sido, entonces, la rara química que se dio entre Yrigoyen y vastos sectores del pueblo, ese soporte multitudinario de amor, admiración y fe que le permitió ser jefe de un gran partido político, dos veces presidente de la Nación e inspirador, aun después de muerto, de sólidas corrientes ideológicas? En la actualidad, cuando la política está tan desconceptuada y los que la practican merecen el repudio, justificado o no, de muchos sectores de la ciudadanía, merece alguna conjetura la vigencia de este político nacido hace ciento cincuenta años en el suburbio porteño de Balvanera.
  Después de la desaparición de Leandro Alem, en 1896, Yrigoyen se volcó totalmente a la reconstrucción de su partido. Sus antecedentes en este terreno eran poco recordables: actuación secundaria en el alsinismo, diputado a la Legislatura bonaerense (1878-80), diputado nacional (1880-82), efímero jefe de policía durante la Revolución del Parque.  

De humilde origen, se había recibido de abogado, aunque nunca ejerció su profesión y su fortuna la hizo en el campo, como invernador. Desde 1890 hace política activamente y su baluarte es el Comité de la Provincia de Buenos Aires, cuya organización y fuerza asombrarán cuando, de un día para otro, a mediados de 1893, conquista revolucionariamente las principales ciudades bonaerenses. Desde entonces crece su prestigio, y a partir de 1898 es considerado el líder indiscutido de la Unión Cívica Radical.
Un partido antipolítico Pero su tarea de entonces presenta matices curiosos. Por empezar, no considera al radicalismo un partido político sino un movimiento, una especie de suma de lo mejor del país destinada a lograr su regeneración. En consecuencia, su estrategia sería atípica y habría de basarse en tres actitudes: la revolución, la intransigencia y la abstención. Lo primero significaba romper las reglas de juego vigentes; lo segundo implicaba el rechazo de la interminable calesita de alianzas y coaliciones de repartija que caracterizaba al roquismo; la abstención, en fin, desdeñaba llegar al poder por la vía electoral. En síntesis, bajo la jefatura de Yrigoyen, el radicalismo era la antipolítica. Y, sin embargo, el éxito de esta rara cruzada cívica fue rotundo. Así se comprobó con la revolución de 1905, "trueno en un día claro" que conmovió, entre otros, a Carlos Pellegrini por el reclamo de limpieza que contenía y el sacrificio personal de sus dirigentes. Y después se confirmó a partir de 1912 con las victorias electorales al amparo de la ley Sáenz Peña. ¿Cuál era, pues, la clave de estos éxitos? A mi juicio, el sentido ético que revestía la acción de Yrigoyen y los suyos. La opulenta Argentina de principios del siglo XX exigía blanquear el único agujero negro que oscurecía su triunfante realidad, ese vergonzoso chalaneo político que era habitual en aquella época. La postura de Yrigoyen, su rechazo a ocupar posiciones públicas y su permanente exigencia de que se hiciera efectiva la soberanía popular, marcaba un valor moral que la gente común aplaudía silenciosamente. Pero la mutación de esta actitud a las que requerían las luchas de los comicios se hizo inevitable al sancionarse la nueva ley electoral.   Hay una anécdota que revela el íntimo drama de Yrigoyen al verse obligado a pasar a la lucha electoral. Despedía a sus correligionarios santafecinos, que regresaban a su provincia eufóricos por haber obtenido la autorización del Comité Nacional para participar en las futuras elecciones, las primeras bajo la nueva ley. -Hasta ahora -les dijo Yrigoyen según un testigo presencial- el radicalismo ha sido un reducido grupo de amigos que compartían sueños comunes, ideales levantados. Ahora, en cambio, iremos a una lucha donde necesitamos todos los apoyos posibles. Tendremos que marchar al lado de hombres decentes pero también de despreciables pilletes. En esta instancia, sólo les pido una cosa... Y después de un momento, pensativo y como en íntima confidencia, murmuró:
-¡Transen lo menos posible con la realidad!
No creo que Yrigoyen haya sido insincero cuando declinó su candidatura presidencial, en 1916. Para este antiguo profesor de filosofía, imbuido del idealismo krausista, un gobierno era sólo "una realidad tangible", mientras que un apostolado -como consideraba que era el suyo- significaba "un ciclo de proyecciones infinitas". Y él no quería transar con la realidad. Pero tuvo que acatarla: la Convención Nacional de la UCR rechazó su renuncia por aclamación y finalmente el caudillo aceptó.

"Que se pierdan mil gobiernos..."
Y entonces tuvo lugar un ejemplo más del valor ético de su empeño. Sucedía que el radicalismo había triunfado ampliamente en las elecciones presidenciales de abril de 1916, pero para homologar su victoria en el Colegio Electoral necesitaba trece votos. Por lógica, ellos deberían provenir de los electores por Santa Fe, que eran radicales pero, por una disidencia interna, estaban enfrentados con la autoridad partidaria. Los conservadores se lanzaron entonces en un frenético despliegue de recursos para seducir a estos santafecinos descontentos. Yrigoyen, en cambio, se negó a cualquier negociación.
-Que se pierdan mil gobiernos antes que vulnerar nuestros principios...
Dijo, y se encerró en uno de sus campos, dando estrictas órdenes de no dejar pasar a nadie. Y los electores disidentes, sin transas ni promesas, votaron por el viejo jefe y lo consagraron presidente. La lección inauguraba dignamente la nueva etapa. "Era un estado de nobleza colectiva, de salud nacional", diría Eduardo Mallea años más tarde, refiriéndose a la actitud espiritual de los argentinos en aquel año inaugural.
Yrigoyen no llegó al poder para cambiar esa realidad, sino para "repararla". Era un hombre del 80 y como tal no podía ver mal la forma en que se había estructurado el país, aunque su prédica abundara en denuestos contra "el Régimen falaz y descreído". No tocó, por caso, el sistema de propiedad de la tierra, del que dependía esa oligarquía que tanto lo atacó, sino que se limitó a corregir algunas concesiones y ventas irregulares, y a poner cuidado para que estos abusos no se repitieran. No modificó el papel neutral del Estado en el mercado, pero con las leyes de alquileres y de expropiación del azúcar marcó una tendencia hacia una moderada intervención estatal en la vida económica, así como una nueva actitud gubernativa en favor de algunas justas reivindicaciones obreras. No cambió la relación con los capitales extranjeros, pero les impuso ciertos controles, como la definición de la "cuenta capital" de los ferrocarriles británicos para establecer si sus tarifas eran justas y razonables. Obró así sabiamente: si el país andaba bien sobre las bases que existían, ¿para qué desmantelarlas?
Se equivocó mucho en cosas chicas, sobre todo cuando tuvo que crear en el Congreso y en las provincias una mayoría de la que carecía al llegar al gobierno. Pero en las cosas importantes, en los temas de fondo que hacían al destino del país, en eso siempre acertó: neutralidad en la guerra europea, solidaridad latinoamericana, exigencia de una Liga de las Naciones abierta y universal, reforma universitaria, impulso a la educación primaria, nacionalización del petróleo, defensa de la tierra y el subsuelo contra la voracidad de propios y extraños, creación de YPF y del ferrocarril a Huaytiquina, legislación social, convenios comerciales de nación a nación, con Gran Bretaña primero y luego, en su segundo mandato, con la URSS.
Su gobierno fue austero, independiente de intereses sectoriales*.* Administró los bienes del país con el buen criterio de un conocedor de las cosas de su tierra y también de la naturaleza humana. Es cierto que fue clientelístico, pero no hipertrofió el aparato del Estado y sus presupuestos fueron ejemplares. Durante su primera gestión estalló en Buenos Aires la Semana Trágica y se reprimió severamente en Santa Cruz a los obreros rurales en huelga. Pero no tuvo responsabilidad directa en estos excesos, que, en todo caso, no marcaron una tendencia porque fueron excepcionales.
El legado
Había llegado al poder sin un programa, como no podía ser de otro modo en una fuerza esencialmente movimientista como la que él lideraba. Pero frente a las disyuntivas que se le iban presentando eligió siempre la opción más patriótica y conveniente, más progresista, de mayor proyección. Por eso, el saldo de sus gobiernos fue una ideología consistente, popular, defensora de lo propio y, sobre todo, profundamente democrática e igualitaria.
-Era un criollo de esos cuya palabra valía tanto como su firma -me dijo una vez Perón, refiriéndose al hombre al que había contribuido a derrocar en 1930.
Por eso el pueblo se sintió amparado mientras duró su jefatura.
Su segunda candidatura, en 1928, acaso fue un error. Pero su derrocamiento fue una verdadera catástrofe institucional. La división del radicalismo y la inexistencia de un partido de centroderecha legalista fueron algunos motivos de fondo de lo que ocurrió en 1930, el comienzo de la era del fraude electoral, de los gobiernos civiles vulnerables por ilegítimos y de gobiernos militares sin apego por la democracia.
Pero la memoria de Yrigoyen sobrevivió a su desaparición, en 1933. Nutrió la lucha juvenil de Forja y de las corrientes que en la década del 30 rescataron su legado para oponerse a la conducción alvearista, que a juicio de ellas era claudicante y conformista. Y todavía enriqueció al Movimiento de Intransigencia y Renovación, que desde 1945, y durante el régimen de Perón, presentó al país un programa novedoso y transformador, estimulante (aunque nunca cumplido), y volvió a dar al radicalismo la antigua mística de su lucha por las libertades públicas.
Desde luego, la rara personalidad de Yrigoyen es irrepetible. Sus métodos proselitistas, ese infatigable diálogo que le permitió forjar una fuerza, en su tiempo elemento formidable de unidad nacional, ahora son impracticables. Sus actos de gobierno pueden discutirse porque el mundo en que vivió y el país que aclamó su capitanía son ahora muy diferentes. Pero su concepción de la política como una propuesta ética, una actividad de servicio asentada en valores superiores, ésa no ha de esfumarse: permanece siempre en el espíritu de los argentinos mejores.
En nuestra amarga realidad contemporánea, cuando los hombres y mujeres de nuestro país amado sólo parecen moverse si les tocan los bolsillos, es bueno recordar a este caudillo manso, promotor de la transición de las formas republicanas a una democracia auténtica, protagonista mayor de medio siglo de historia.