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sábado, 30 de julio de 2022

Los Degolladores

Por Juan Manuel Vigo

Como se degollaba, don Pascasio?
Esta pregunta se la oímos hacer hace medio siglo a don Pascasio Rivas, un cordobés que anduvo en muchas y que también vio muchas ,
—Y... lo más fácil. Se le metía el cuchillo debajo de la oreja, detrás de la carretilla y se lo hacia bandear al otro lado. Después no había más que cortar p’adelante. Igual que a las ovejas.
El famoso gaucho alzado Ledesma, un temible asesino que, por el destino, fue a morir en duelo criollo a manos de un pobre agente de policía (allá por mil ochocientos noventa y tantos), contaba en los fogones de las islas de Verde, frente a Saladero Cabal:
—Yo he degoyau de todo y a veces por curiosidá. M’entretenia hasta con loj perroj y cualisquier bicho. Y dispuej loj soltaba pa ver ande iban a parar. El que va a cáir maj le Jo ej el cristiano'*.
En nuestra historia del siglo pasado abundan los casos de degüellos, tal vez porque fuimos durante ese lapso un pueblo eminentemente ganadero. La mayor industria que tuvimos en el litoral, por no decir la única importante, el saladero, era una verdadera orgia de sangre. Al animal se lo enlazaba, desjarretaba y degollaba en medio de una batahola de gritos y perros, y entre charcos de sangre y pisando achuras y residuos. La muchachada de la ciudad y de los pueblos iba a los saladeros y mataderos a entretenerse viendo degollar reses. Se simulaban yerras, y naturalmente se “degollaban reses”, para lo cual no faltaban los que se prestaban a ser novillos y los que la oficiaban de “degolladores”.
Alguna vez oimos a nuestras abuelas referirse a los tiempos en que eran niñas: —“Teníamos que esconder las muñecas porque los muchachos las degollaban para jugar”.
Cuando habla que sacrificar un animal no se pensaba sino en degollarlo, aunque se tratase de un caballo de carrera que habla sufrido una quebradura incurable. El dueño lo mandaba degollar, porque asi lo determinaba la costumbre. Y no se le ocurría abreviarle a la pobre bestia los sufrimientos pegándole un tiro, aunque estuviese con el revólver en el cinto y los ojos llenos de lágrimas.
Un tal Argumedo, hijo de un comandante entrerriano, contaba.
—“Mi padre me enseñó a degollar. La primera volada me la dio cuando tenia catorce años. Al principio cuesta y uno se embadurna entero. Pero después se hace baquiano”.
Ha sido precisamente un pintor entrerriano, Cesáreo Bernardo de Quirós, quien ha dejado uno de los documentos más dramáticos de esos tiempos. Se trata de los cuadros “Los degolladores y “El matadero’, que se exhiben en el Museo Nacional de Bellas Artes. El de “Los degolladores”, sobre todo, horroriza por su tremendo realismo, acentuado por el violento colorido, con predominio del rojo, como casi toda la obra de ese artista. Allí se ve también una manta extendida sobre los pastos, donde se han ido arrojando las prendas de plata quitadas a los condenados. Era el pago que a veces recibían los degolladores para cumplir su oficio.
Cesáreo Bernaldo de Quirós tuvo buenos motivos de inspiración en su tierra natal, sobre todo con los procedimientos de don Justo José de Urquiza, que, según la tradición, mandaba degollar a los ladrones. Se cuenta que hubo quien perdió la cabeza por haberle robado una sandía. A Santa Fe fue a parar uno que se escapó arañando de que don Justo lo hiciese degollar por uno de estos delitos. Cayó a la ciudad de Estanislao López ostentando un gran claro sobre la frente, donde no le había quedado sino uno que otro pelito. Tomado firmemente de los cabellos, en el momento en que le arrimaron el cuchillo dio un tremendo cabezazo hacia atrás y escapó. El frustrado degollador se quedó bramando de indignación con el mechón entre los dedos, mientras el otro ganaba el monte con tan buenas ganas de disparar que no lo alcanzaron ni con perros. “Jamás volveré a degoyar sin haberlos maneado antes”, fue el amargo comentario del burlado...
No es para extrañarse de que aquél dejase el jopo en manos de su presunto degollador. En trance de morir, el ser humano suele adquirir fuerzas descomunales. Cuando degollaron en Cayastá, siglo pasado, al conde Tessieres de Bois Bertrand con toda una numerosa familia, en uno de los hechos más dramáticos que es posible imaginar, un muchacho de catorce años, en un descuido de los asesinos que habían cerrado todas las puertas de la residencia para no dejar uno vivo, escapó a través de una sólida reja doblando los hierros. Cuando después se hizo la reconstrucción del crimen, el pobre chico no pudo hacer pasar siquiera la cabeza por el sitio por donde él mismo había escapado en un momento de desesperación.
Muchas veces, por circunstancias especiales —venganzas personales, odios políticos profundos, etc.-— los degolladores prolongaban el suplicio. Tal es lo que ocurrió en Tucumán con el doctor Marco Avellaneda. Dicen que lo ultimaron con un cuchillo desafilado y mellado, y como el degollador, probablemente a propósito, demoraba la faena, el doctor Avellaneda le gritó: “Apure, apure. ”
Degüello también por venganza fue el que ocurrió en La Cimbra (Santa Fe> con el hotelero suizo Antonio von Will, quien había venido de Nueva York para atender un negocio de su hermano, que debia viajar a Suiza. En esos días se produjo la revolución de 1893 y los radicales tomaron el pueblo de Helvecia, distante 16 kilómetros de Cayastá. El gobierno mandó tropas, a las que se agregaron varios cientos de irregulares y merodeadores. Von Will aprovechó que se detuvieron en las proximidades de Cayastá y corrió a avisar a Helvecia. Allí los revolucionarios esperaron prevenidos a sus adversarios y les hicieron treinta muerto, entre los que cayó el comandante de milicias Camilo Romero. Retomado más tarde el gobierno, su hermano Benito, también comandante, sacó una noche sigilosamente a von Will y lo hizo degollar junto a un arroyo. En venganza por la muerte de su hermano —y también, sin duda, por ser gringo y meterse en las cosas nuestras— ordenó al victimario:
—Degoyalo a lo chancho y removele el cuchiyo.
Es decir, que le clavara el cuchillo en la garganta, hacia abajo, y le hurgara la herida hasta verlo morir.
En condiciones también muy crueles —si es que se puede agregar mayor crueldad a un degüello— fue muerto el coronel Santa Coloma, apenas terminó la batalla de Caseros.
No bien cayó prisionero, fue llevado a presencia del traidor Urquiza, quien ordenó secamente:
—Deguellenló por la nuca. Asi paga las que ha hecho.
No era faena fácil eso de degollar por la nuca. Había que cortar primero los músculos de la parte posterior del cuello, para abrir camino hasta la columna vertebral. Alli, con el filo del cuchillo, se buscaba una articulación de las vértebras para seccionar la columna y llegar luego a la garganta. Si el degollador le erraba a la articulación en los primeros intentos o se ponia nervioso, como el verdugo que, según Maurois, decapitó a María Estuardo, el trabajo se prolongaba. Lo más probable entonces, era que se decidiese a cortar en cualquier parte hachando a machetazos el espinazo. La sección de la médula abreviaba la agonía.
En su historia de Corrientes, el doctor Florencio Mantilla relata las alternativas del degüello de Pago Largo, de acuerdo a lo que le refiriera un testigo. Dice que alinearon a los prisioneros y los fueron contando. Cada diez sacaban uno y lo degollaban. Cuando llegaron al otro extremo, comenzaron de nuevo en sentido Inverso. La oficialidad de las fuerzas entrerrianas presenciaba el espectáculo, festejando lo que le causaba gracia. También andaba entreverado el mayor Calventos, quien se paseaba sobando cuidadosamente una lonja de, piel fresca:
-Esta se la saqué del lomo a Berón de Astrada.. .
Se dice que con ella fabricó una manea que mandó a Rosas.
En el cuadro de Quirós los degollados aparece con las manos atadas a la espalda y los pies también amagados. Asi se los degollaba más fácil, pues los prisioneros —sobre todo si eran de agallas se defendían como podían.
Por ejemplo, el valiente coronel Chllavert, que murió atacando a sus verdugos a puñetazos y puntapiés, había sido jefe de la artillería rosista en Caseros. Pero Chllavert se resistió por un motivo distinto; Urquiza quiso hacerlo fusilar por la espalda. Cayó acribillado a bayonetazos, golpes de sable y culatazos. Pero no le dio a Urquiza, el gran traidor, el gusto de que lo vieran morir como un traidor, que nunca lo había sido y menos a su Patria. Todo lo que se acaba de relatar causa horror y no es para menos. Pero ello no ha sido algo exclusivo de los argentinos y menos de “los tiempos del rosismo”. Tampoco nuestros comandantes de campaña eran tan refinados cómo para inventar suplicios como los que los hombres de toga mandaron aplicar a Tupac Amarú, condenándolo a ser descuartizado atando sus miembros a cuatro caballos, mientras mandaron cortar la lengua y después degollar a su esposa, sus hijitos y todos los parientes más o menos cercanos. El caballero don Martín de Alzaga, héroe durante las Invasiones Inglesas, mandó aplicar tormento a un pobre infeliz acusado de difundir noticias de la Revolución Francesa. Rodeado de toda la aparatosidad legal y procesal de circunstancias, el verdugo le amarró las manos y le fue introduciendo cuñas de hierro debajo de cada uña. La sesión indagatoria se repitió dos veces. En la primera se le destrozaron las uñas de los dedos de una mano; en la segunda se le mutiló la otra. Encima resultó que el pobre prójimo era inocente.
El ambiente en que se vivió durante el siglo pasado en nuestro país bien pudo producir gente insensible y bárbara. Pero de alguna pasta muy buena debe estar amasado el espíritu de nuestro pueblo cuando, a pesar de ello, jamás permitió un linchamiento ni acepta la pena de muerte y ni siquiera admite que se realicen corridas de toros... No deja de ser alentador este largo camino recorrido por los argentinos desde la frecuentación de esos degüellos que hemos relatado y el respeto por la vida ajena que actualmente forma parte de nuestra modalidad nacional.

lunes, 27 de febrero de 2017

Batalla del "Quebracho" 4 de junio de 1846

Por el Dr. Julio Otaño
El 4 de junio de 1846, las tropas de la Confederación Argentina, a cargo del general Lucio Mansilla, en una batalla que duró más de tres horas, derrotaron a una escuadra anglo-francesa que navegaba río arriba para abrir paso a una flota mercante.  La Batalla del Quebracho (de Punta Quebracho o de la Angostura del Quebracho) contra la escuadra invasora anglo-francesa, ocurrió a una legua al norte de  San Lorenzo; hoy cercanías de la  localidad de Puerto General San Martín, a 35 km. aguas arriba de Rosario, en la provincia de Santa Fe. Las naves anglo-francesas volvían hacia el Río de la Plata después de haber sido su campaña un total fracaso económico y militar, ocho meses después de haber forzado el paso hacia el norte en la Vuelta de Obligado.
 
El 2 de junio de 1846, las autoridades de Goya, Provincia de Corrientes, la que se encontraba enfrentada con la Confederación Argentina liderada por el Brigadier General Juan Manuel de Rosas, ofrecieron una recepción y  baile de despedida  en honor de la flota Anglo-Francesa. Esta última partió con 95 navíos escoltados por 16 barcos de guerra británicos y franceses incluyendo el vapor HMS Gorgon totalizando 37 cañones.
El 4 de junio la avanzada de la flota compuesta por 12 navíos y 95 barcos mercantes llenos de mercaderías, trataron de forzar su paso a través del Paso Angostura del Quebracho.
Los primeros barcos de guerra aparecieron a las 10.30 de la mañana: el  HMS Firebrand, HMS Gorgon y el  HMS Alecto seguidos del San Martin, HMS Fanny y el Prócida, en la retaguardia la Corbeta Coquette y los Vapores Lizard y Harpy.
Las fuerzas confederadas del General Lucio Norberto Mansilla, tenían tres baterías con 17 cañones lideradas por el Coronel Manuel Virto, en el centro estaba el Coronel de Marina Juan Bautista Thorne con dos baterías y dos compañías de infantería y, en el otro lado, los Cuerpos de  Santa Fe, comandados por el Coronel Martín Isidoro de Santa Coloma y Lezica.
Aproximadamente a 300 metros del canal se encontraban agazapados, 750 hombres de la Confederación Argentina.
A las 10.45 hs el Ayudante Mayor de Marina Álvaro Alzogaray abrió  fuego sobre el HMS Gorgon con cohetes Congreve. Después de 2 horas de combate la flota Anglo-Francesa debió retroceder para cubrir a los mercantes restantes. El HMS Harpy fue seriamente dañado, también fueron hundidos dos barcos mercantes y otros 4 fueron incendiados para no ser capturados por las fuerzas de la Confederación. La flota Anglo-Francesa sufrió 60 bajas y las fuerzas de la Confederación tuvieron un solo hombre muerto y cuatro heridos entre ellos a Juan Bautista Thorne quien sufrió de una herida de metralla en su espalda.
El encuentro del Quebracho, aparte de su enorme importancia militar y política, fue el sello definitivo del desastre económico-comercial de una empresa injusta y prepotente, llevada a cabo por quienes, seguros de su enorme superioridad material y atropellando sin consideraciones humanas ni jurídicas todos los derechos de la Confederación Argentina, se proponían un cuantioso dividendo.
Parte de Guerra del Paraná - Combate de Punta del Quebracho:
Fecha: 4 de junio de 1846.
Lugar: Río Paraná - Una legua al Norte de San Lorenzo - Prov. de Santa Fe.
Resultado: Victoria de la Confederación Argentina.
Beligerantes: Confederación Argentina - Reino Unido + Francia.
Comandantes: Gral. Lucio Norberto Mansilla + Cnel. de Marina Juan Bautista Thorne.
Fuerzas Argentinas en combate: 17 cañones + 600 infantes + 150 carabineros.
Bajas: 1 muerto - 2 heridos.
Fuerzas Invasoras Anglo francesas: 6 buques hundidos y 60 muertos.
Consecuencias:
Como resultado de esta acción se termina la invasión de las fuerzas navales anglo-francesas en el río Paraná, y poco después, el 13 de julio de 1846, Sir Samuel Thomas Hood, con plenos poderes de los gobiernos de Inglaterra y Francia, presenta humildemente ante Juan Manuel de Rosas el pedido de:
  "el más honorable retiro posible de la intervención naval conjunta anglo francesa".
  El gobierno argentino consigue de esta forma:
  Poner fin al bloqueo naval de Francia e Inglaterra a los puertos argentinos y al Río de la Plata.
Recuperar la Flota Argentina capturada ilegalmente durante tratativas diplomáticas de los beligerantes frente a Montevideo.
Recuperar la Isla Martín García.
Recibir frente a Buenos Aires, un saludo de 21 cañonazos a la Bandera Argentina por parte de cada una de las Flotas invasoras.
El reconocimiento a la Soberanía de Argentina y a sus derechos exclusivos sobre la navegación de los ríos interiores.
  http://www.sinmordaza.com/imagesnueva/noticias/grandes/64047_cordon-industrial.jpg
Otras consecuencias:
El 13 de julio de 1846 arribó la misión de Thomas Samuel Hood abordo del navío HMS “Devastation” la cual acepto que nuestros ríos fueran sometidos a las reglamentaciones argentinas, aunque la tendencia europea de la época era permitir la libre navegación de todas las banderas tal el caso del río Rin, presentado en el Congreso de Viena de 1815.
A William Gore Ouseley y al barón francés Defaudis se les ordenó volver a Europa.
Los Almirantes Laine (Francia) e Inglefield (Inglaterra), fueron reemplazados por los Almirantes Lepredour y Herber, respectivamente.
En mayo de 1847 arribaron a la Argentina los comisionados conde Alexandre Joseph Colonna-Walewski (Francia) y  Lord Howden (Inglaterra) y el 14 de julio de 1847 cesó el bloqueo británico al Río de la Plata. Francia cesó el bloqueo el 16 de junio de 1848.
En noviembre de 1848 arribó a Buenos Aires el comisionado británico Southern. Las fuerzas británicas evacuaron la isla Martín García, devolvieron nuestros barcos capturados ilegalmente y rindieron homenaje a la bandera de la Confederación Argentina.
El Almirante británico Reynold arribo a bordo del HMS Southampton y devolvió nuestro Bergantín ARA  “25 de Mayo” el cual vino remolcado por el vapor HMS Harpy.
El 6 de marzo de 1849 se firmo el pacto Arana-Southern y en 1851 el Arana-Lepredour.
En 1851, los franceses devolvieron al Bergantín ARA Maipú.
Los nacionalistas consideran a esta batalla como un hito en la lucha por "la independencia y la soberanía que sostenía Juan Manuel de Rosas", cuando las pretensiones anglofrancesas eran navegar y comerciar sin controles las aguas de los ríos interiores.
 Los triunfos diplomáticos mas importantes de toda la Historia Argentina.