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viernes, 14 de enero de 2022

Julio Irazusta y la condición antinacional de la oligarquía

 Andrés Kozel

No es excesivo sostener que La Argentina y el imperialismo británico, libro publicado por Rodolfo y Julio Irazusta en 1934, contribuyó de un modo decisivo a la fijación de una nueva clave para interpretar la historia argentina.  Afirmar esto significa reconocer el rol fundamental de Rodolfo en la formación de las ideas de Julio; interrogarse sobre cómo fue que ambos llegaron al “momento 1934” -para lo cual será necesario considerar su origen social y su utillaje intelectual y cultural, así como la cambiante coyuntura política en torno a 1930—; y entender la obra posterior de Julio, mayormente historiográfica, como una extensa variación del argumento expuesto en aquel libro liminar.  Desde una perspectiva sociológica, es importante atender al hecho de que, contrariamente a lo que los Irazusta podrían haber deseado en su juventud, en cierto momento que cabe fijar justo en tomo a la coyuntura en que fue concebido La Argentina y el imperialismo británico quedaron descolocados en el campo político, y no les resultó posible recentrarse después. Historia de un historiador a la fuerza es el subtítulo de las Memorias dadas a conocer por Julio. Hay, desde luego, una pista importante en esa fórmula. Quien por origen social, preparación intelectual y disposición vocacional pudo haberse sentido preparado para ser, por ejemplo, canciller de un gobierno “a la altura de las circunstancias”, debió aceptar como destino personal la “condena” de volverse historiador. No cualquier historiador, sino uno consagrado a mostrar a sus compatriotas el camino recto para un país que, en una fase determinable de su pasado, había comenzado a recorrer la senda que eventualmente lo llevaría a la grandeza y que luego, por razones que los Irazusta buscaron desentrañar, extravió el camino.  Este entramado hipotético no aspira a ser original ni mucho menos definitivo. Se ha dicho, y es cierto, que la Argentina es un país que está abundantemente “escrito”; desde luego, también lo está su historia ideológico-cultural. Ocupando un lugar central en dicha historia, la figura de Julio Irazusta, y las corrientes ideológico-intelectuales con las que usualmente se la asocia -el nacionalismo, el revisionismo histórico-, han sido visitadas con recurrencia por analistas de distinta orientación, varios de los cuales serán mencionados en lo que sigue.

 Así, al “Irazusta histórico” se le han ido sobreponiendo otros, emergentes de sucesivos asedios, que no necesariamente componen una figura única, ni siquiera una galería armoniosa de retratos. En esa dinámica se han ido desplegando, como una galería de espejos a la que periódicamente se le van agregando secciones, renovados afanes de actualización, bajo los signos distintos de la admiración, el rechazo, la recuperación parcial, a veces inconfesa. En tales condiciones, sería ingenuo pretender ofrecer una imagen despojada de toda mediación, y ahora sí “verdadera”, de un pensador como Irazusta. 

Rodolfo y Julio Irazusta nacieron en Gualeguaychú, Entre Ríos, en el seno de una familia ganadera tradicional. No por consabidas estas coordenadas dejan de tener importancia, enseguida veremos por qué. Rodolfo vivió entre 1897 y 1967; Julio, entre 1899 y 1982. En el tramo final de la década del diez, ambos comenzaron estudios de derecho en Buenos Aires. Más atraídos por la literatura, la filosofía y -sobre todo Rodolfo- por “la política práctica”, ninguno llegó a concluir dichos estudios. En los años veinte ambos estuvieron en Europa. Según deja saber Julio en sus Memorias, fue Rodolfo quien lo puso en contacto con la obra de Charles Maurras. Además de seducirlo estéticamente, la prosa de Maurras despertó en Julio “un interés por las cosas de la práctica” que hasta ese momento no había experimentado. Julio aclara, sin embargo, que su acuerdo con las ideas políticas de Maurras nunca fue total. Siempre tendió a pensar que era más lo que les debía a las enseñanzas de Benedetto Croce y de Jorge Santayana: desde temprano, estas lecturas lo situaron en la tradición del realismo político, a distancia de la ideología liberal.

Más acá del autodeslinde con respecto a Maurras, no deja de ser cierto que el “sentido” de la empresa historiográfica de Julio guarda una profunda relación de analogía con la orientación general de la empresa maurrasiana. En la sección que sigue veremos en qué sentido y cuán hondamente. Los autores mencionados no agotan las lecturas juveniles de Julio. En su evocación de aquella etapa nombra a “los clásicos”, a Walter Pater y a Charles Gide; también, a los “hispanistas extranjeros” Francisco García Calderón y Carlos Pereyra.  Habiendo sido, al igual que su padre, simpatizantes de la Unión Cívica Radical, en el tercio final de la década de 1920 los Irazusta fueron animadores de la campaña favorable al derrocamiento del presidente Hipólito Yrigoyen, caudillo de aquella agrupación política. Esta paradójica disposición se vehiculizó en las páginas de La Nueva República, periódico publicado entre fines de 1927 y principios de 1932. Según refiere Julio, su participación en aquella aventura tuvo algo de inesperado; hasta entonces, daba la impresión de que sus inquietudes lo llevarían a transitar terrenos más relacionados con la cultura que con la política. La Nueva República cultivó una prédica tradicionalista, conservadora e incipientemente nacionalista. Como ha establecido Enrique Zuleta Alvarez, las principales referencias del periódico eran varios pensadores clásicos y modernos leídos en clave tradicionalista y contrarrevolucionaria, los conservadores españoles decimonónicos, la también española generación del 98 y Maurras y sus seguidores.   Dentro de la experiencia neorrepublicana, cabe distinguir dos grandes etapas, separadas entre sí por una breve fase transicional ubicable en torno al golpe de Estado de septiembre de 1930. Tal como ha indicado Fernando Devoto, si hasta mediados del año 1930 la prédica incipientemente nacionalista parecía una variante específica dentro de la más amplia sensibilidad conservadora antiyrigoyenista, a partir de ese momento se constata su radicalización, consonante con la creciente efervescencia del campo político, aunque con particularidades.6 Consideremos esto con algún detalle.  Antes del golpe, los neorrepublicanos reivindicaban la tradición liberal y la Constitución de 1853. Sin embargo, no sucedía lo mismo con la democracia; de hecho, exigían la reforma de la Ley Sáenz Peña. El matiz liberalizante distinguía al grupo de prédicas afines aunque más exaltadas, como las de Leopoldo Lugones y Benjamín Villafañe.

Después del golpe, los neorrepublicanos no sólo intensificaron su antiyrigoyenismo -disposición pronto rectificada-, sino también la ruptura con el mundo liberal-conservador. Si esta propensión era clara en el momento del golpe, se profundizó poco después, al tomarse evidente que el gobierno de José Félix Uriburu no estaba dispuesto a enfrentarse a aquel mundo -el mundo de la oligarquía- con la radicalidad solicitada por los neorrepublicanos.  Sobre ese telón de fondo ha de situarse el “viraje” de Rodolfo Irazusta, protagonista central de la experiencia neorrepublicana. Oportunamente destacado por Zuleta, dicho viraje es clave para comprender la gestación y el sentido del libro de 1934.  El hito puede fijarse en octubre de 1931, cuando en las páginas de La Nueva República apareció el artículo titulado “La filiación histórica”. Todo aparece ahí “patas arriba”. Llaman la atención el encono con Uriburu, la recuperación de la figura de Yrigoyen, la condena del liberalismo y de la Constitución de 1853. Sobresale asimismo la incitación dirigida a los dirigentes radicales para que asuman frontalmente su verdadera tradición política. Zuleta tuvo razón en destacar la hondura del viraje, aun si quizá -como lo advirtió Cristian Buchrucker- tendió a sobreestimar su significación desde el punto de vista de la historia ideológico- cultural general. Como sea, antes del viraje de Rodolfo, y más allá de alguna excepción específica recordada por Zuleta, no se aprecia en la prédica neorrepublicana huella alguna de que se estuviera fraguando una reivindicación de la figura de Juan Manuel de Rosas ni, todavía menos, una nueva mirada sobre el pasado nacional. Todo sería diferente después de “La filiación histórica”.

TEMA PRINCIPAL. EN EL NOMBRE DEL PADRE  En sus Memorias, Julio Irazusta inscribe la aparición de La Argentina y el imperialismo británico en un clima más amplio, “especie de eclosión de conciencia nueva sobre la realidad nacional”. Se creaba la comisión para repatriar los restos de Rosas; Ernesto Palacio daba a conocer Catilina. La revolución contra la plutocracia en Roma; se gestaba la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA); tenía lugar la investigación sobre el comercio de carnes que acabaría en la tragedia de julio de 1935. Así, junto con otras fuentes, el testimonio retrospectivo de Julio ha alimentado una imagen generalmente aceptada por los especialistas, según la cual la emergencia del revisionismo histórico argentino ha de inscribirse en el clima de desazón e incertidumbre que siguió a la crisis económica y política de 1929-1932.  Julio recuerda que el proceso concreto de gestación del libro se inició en el Café Royal de Gualeguaychú, en una de cuyas mesas, la noche del 3 de mayo de 1933, Luis Doello Jurado, Rodolfo y él mismo conversaron animadamente sobre las estipulaciones del acuerdo angloargentino conocido como “Pacto Roca-Runciman”.  Había transcurrido apenas un año y medio entre el viraje de Rodolfo y la ideación del libro. Varias cosas se movieron en ese lapso. Una tiene que ver con los avatares del Frigorífico Gualeguaychú. Esa experiencia, vivida con intensidad dado el origen social de los Irazusta, les permitió advertir que, si “los dos radicalismos” -el de Alvear y el de Yrigoyen- habían favorecido a aquella entidad con el crédito oficial, los conservadores no hicieron lo mismo: enemigos del monopolio extranjero cuando eran oposición, terminaron sirviéndolo abyectamente desde el gobierno. Los nombres de Mariano Fragueiro y Raúl Scalabrini Ortiz se daban cita en esos pasajes: “A la luz de estas comprobaciones se nos aclaró el pasado local y nacional”.

Otro cambio alude a lecturas y ajustes interpretativos. Al parecer, fue en ese mismo lapso que los Irazusta tomaron contacto con la obra de Adolfo Saldías sobre Rosas, así como con la correspondencia de José de San Martín. Enriquecidos por la experiencia del frigorífico y provistos de este instrumental interpretativo, pudieron ajustar su apropiación de las ideas de Charles Maurras, tomándola más consistente. No porque se volviesen monárquicos como el ideólogo de la Action Frangaise, sino porque, aplicando el criterio maurrasiano de la “grandeza nacional” para juzgar la experiencia histórica, quedaron “listos” para identificar el tramo histórico en el cual el país había estado más cerca de realizarse cabalmente: la “experiencia feliz” de la Argentina había sido la época de Rosas. Otros temas clásicamente maurrasianos pasaron a integrar el ensamblaje: destacan entre ellos el rechazo de la plutocracia y el énfasis en la soberanía del Estado.

La Argentina y el imperialismo británico recibió elogios de Manuel Gálvez, Ramón Dolí, Enrique Larreta, Eduardo Mallea y Emilio Ravignani. Ramiro de Maeztu le dedicó un comentario en España. Según Julio Irazusta, no alcanzó a obtener el premio municipal de 1934 debido a la intervención directa del intendente Mariano de Vedia y Mitre, quien lo consideró “potencialmente subversivo”.

El libro se divide en tres partes. Una está dedicada a la misión Roca; otra, al tratado; la última, a la oligarquía argentina vista en perspectiva histórica. De acuerdo con los Irazusta, el resultado de la misión Roca había sido reforzar la dependencia del país respecto de Gran Bretaña. Varias eran las razones por las cuales los autores diferían del criterio seguido por los enviados argentinos en la negociación. En primer lugar, consideraban que el país podía haber negociado no como lo hizo, sino desde una posición de relativa fortaleza. En segundo, intuían que Gran Bretaña no estaba en condiciones de prescindir de las carnes argentinas. Finalmente, juzgaban innecesarias las concesiones discursivas que se realizaron (ejemplo conspicuo fue el de la sobrevaloración del papel desempeñado por Gran Bretaña en la independencia hispanoamericana) . Para los Irazusta, el acuerdo obturaba el único camino disponible para contrarrestar la dependencia. Ese camino era la industrialización, un motivo que venían cultivando, desde la década anterior, entre otros, Alejandro Bunge y Leopoldo Lugones. De este modo, el pacto resultó ser un arreglo contrario al interés nacional.

A los ojos de los Irazusta, las causas de los errores, del miedo y de la frustración de los enviados debían buscarse no en alguna deficiencia personal, sino en la historia de la oligarquía argentina. ¿Qué enseña la versión irazustiana de esa historia, concebida, en lo primordial, por Rodolfo? Ante todo, tematiza el carácter antinacional de la oligarquía argentina. Sin embargo, esto no se vincula a un cuestionamiento a la dominación oligárquica en tanto tal. Para los Irazusta hay, conviene recordarlo, “oligarquías benéficas”. La objeción es de carácter histórico: el problema es esta oligarquía en particular, tal como quedó conformada a lo largo de un proceso concreto. De acuerdo con los Irazusta, la oligarquía argentina se constituyó ‘como tal” tras el triunfo de una de las facciones del viejo partido de la independencia sobre la otra. Si en el origen ese triunfo fue provisional (1826), un cuarto de siglo después resultó definitivo (1852):

[Rivadavia] pertenecía [...] a la facción que podría llamarse del progreso, en oposición a la que podría llamarse de la independencia. El principio de esta era “patriotismo sobre todo”; el de aquella, “habilidad o riqueza”. Admitamos que motivos personales movieron a López (el del “Himno”), que llega a hablar de revolución y contrarrevolución, a establecer aquella nomenclatura de los partidos argentinos de 1810 a 1830. Los hechos la confirman.  Este crucial pasaje muestra de qué manera los Irazusta se apropiaron de la interpretación del siglo XIX argentino que late en una carta de Vicente López y Planes a San Martín, fechada el 4 de enero de 1831. La tributación es evidente; también lo es que los corresponsales de 1831 concordaban en que la causa del partido del patriotismo era cualitativamente superior a la de la riqueza. Más allá, la puesta de relieve de la disposición favorable del Libertador hacia Rosas formaría parte del corazón de la economía discursiva del Julio Irazusta historiador; en esta línea, la cuestión de la cesión testamentaria del sable jugaría un papel central. Toda la empresa de revisión de la experiencia nacional quedó fundada, así, bajo la mirada aprobatoria del Padre de la Patria.

“Complicidad en el error”, “complicidad en el crimen”, “traición a la patria”, tales los cargos que los Irazusta le dirigen a la oligarquía. La era de Rosas fue, a su juicio, un paréntesis afortunado. Sus triunfos delinearon el espectro, insoportable para Inglaterra, de “una gran potencia sudamericana”, y dejaron al país en una situación auspiciosa. Sin embargo, todo se perdió con la caída del dictador. El desenlace de 1852 fue trágico, pero no definitivo: “Nos quedaría lo suficiente para libertarnos del todo cuando lo queramos”.

Sobre el período post-Rosas, el libro perfila una valoración global negativa. Sin embargo, dentro de lo ominoso del cuadro despuntan matices, algunos importantes: Urquiza, Mitre, Roca no salen tan mal parados del juicio. La crisis de 1890 y los gobiernos radicales son vistos como reacciones de la sociedad o como pasos espontáneos hacia la liberación. El golpe de Estado de 1930, al que ellos habían apoyado y promovido poco antes, es redefinido ahora como “lo más parecido que darse pudiera a una restauración de la oligarquía” —que, habría que agregar, es, en el caso argentino, una oligarquía antinacional—. Así fue como, del procesamiento franco de una decepción política -con Uriburu, con lo que le siguió, con la experiencia del frigorífico- y de la incorporación de nuevas referencias y de los ajustes interpretativos derivados, surgió, un par de años después del “viraje” de Rodolfo, una clave nueva para interpretar la historia del país. Se trata además, como vemos, de una clave que se “sobrelegitima” al hallar respaldo en la voz y en los gestos del Libertador.

En 1935 Julio Irazusta dio a conocer su Ensayo sobre Rosas y la suma del poder. Prolongación directa de aristas ya comentadas, el Ensayo presenta tres ideas principales.

La primera señala que la dictadura de Rosas no fue una aberración, sino una consecuencia de las circunstancias. La segunda consigna que, en su tiempo, Rosas vino a llenar el ideal del buen gobierno: su política restauradora y empírica habría asegurado la unidad del país en un trance delicadísimo. La tercera sostiene que la caída de Rosas acarreó consecuencias nefastas para el país, sumiéndolo en una concatenación de desgracias que evitaron que se convirtiera en potencia mundial. El punto de fuga abierto por la tematización explícita de lo contrafáctico desempeña un papel crucial aquí. Aunque objetable, esta propensión, sumada a la no menos objetable disposición a enjuiciar a todos los actores históricos en clave moral, otorga a los desarrollos irazustianos un vuelo interpretativo que es a la vez singular y clásico.  Señala Irazusta que la caída de Rosas se explica primordialmente por la “soledad intelectual” del dictador. La imagen empalma con la del carácter antinacional de la prédica de dos generaciones de intelectuales emigrados. Argumentalmente se combina con otros motivos, como el de la falta de genio militar del dictador y el del carácter desfavorable del espíritu del siglo -nacionalista en Europa, extranjerizante en Sudamérica, liberal en todas partes—. No todo es completamente nuevo aquí. Varios de los elementos mencionados habían aparecido en las obras de Adolfo Saldías y de Ernesto Quesada, así como en las elaboraciones de Carlos Ibarguren y Emilio Ravignani. Por lo demás, zonas fundamentales de la argumentación enlazan con el “Discurso sobre la dictadura”, de Juan Donoso Cortés, lectura irazustiana predilecta.

Recuerda Julio que, tras leer su Ensayo sobre Rosas, Manuel Gálvez lo instó a escribir una obra de mayor aliento sobre Rosas y su época.19 En 1938 Julio participó, junto a Ernesto Palacio, Ramón Dolí, Manuel Gálvez, José María Rosa, Vicente Sierra y otros, de la fundación del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas (IIHJMR), que acabaría siendo, por largos años, el “cuartel general” del revisionismo histórico argentino. El caso de un país con dos grandes versiones de la historia, cada una con variantes y subvariantes, quedó así formalizado institucionalmente: ¿es excesivo pensar que se expresa allí un imaginario escindido, fracturado?

En los primeros números de la Revista del IIHJMR se publicó el ensayo de Julio Irazusta sobre Alberdi. En sus páginas se profundiza el tratamiento asignado en 1934 y 1935 a la coyuntura de 1838, en particular, al papel jugado en ella por los jóvenes intelectuales. Para Irazusta, el viraje alberdiano de 1838 prefiguró la coalición definitiva de 1851-1852.

Noriko Mutsuki puso de relieve que, en algunas contribuciones breves dadas a conocer por Julio iniciada la Segunda Guerra Mundial, aparecen dos elementos novedosos. El primero es la idea según la cual había que ver en el eventual colapso británico una oportunidad emancipatoria. El segundo es el perfilamiento de la contraposición entre los orbes protestante y católico, motivo que, üempo después, le sería útil para asignarle mayor densidad a la reivindicación de la figura de Rosas. Poco después, elementos tomados de la obra de Amold J. Toynbee se integrarían a la trama hispanizante. Julio Irazusta se detuvo en el tratamiento de estos temas en su ensayo sobre Tomás Manuel de Anchorena, pieza clave. Frente al golpe de Estado de 1943, la actitud de los Irazusta fue análoga a la que manifestaron en 1930 y a la que desplegarían en 1955: transcurrido un tiempo, su entusiasmo inicial se trocó en decepción. Enseguida, y a diferencia de varios de sus compañeros revisionistas, no se sintieron atraídos por el peronismo.

La obra mayor de Julio Irazusta es Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, compuesta por ocho volúmenes publicados entre 1941 y 1969. Desconozco si Vida política colmó las expectativas de Gálvez, aunque es, sin duda y por múltiples razones, una obra notable. En términos generales, puede caracterizarse como un largo contrapunteo polémico con la “leyenda roja antirrosista”. Según Irazusta, dicha leyenda fue foijada por los antirrosistas contemporáneos del dictador (Florencio Varela, Sarmiento, Alberdi, Echeverría, Rivera Indarte, Lamas, etc.), para ser desarrollada luego por la “historiografía oficial subvencionada de cuño liberal” (en parte, Vicente Fidel López; más nítidamente, José María Ramos Mejía y Paul Groussac; más cerca, el doctor Celesia). A lo largo de miles de páginas, Irazusta dispone rigurosamente, enhebrándolas con lúcidos comentarios, incontables voces rescatadas de los archivos. El coro es numeroso, y varios “solistas” van alternándose para acompañar la voz principal, que es, obviamente, la del propio Rosas. Pero en el ensamblado es crucial el papel desempeñado por San Martín. El constante apoyo que el dictador recibiera del Padre de la Patria, en aquellos años radicado en Francia, es ilustrado y puesto de relieve con resolución. Sin ser demasiadas, las intervenciones de San Martín poseen un “peso específico” muy considerable desde el punto de vista retórico.

Se aprecia en ello, sin duda, un explícito afán de robustecimiento del gesto de invocación al Padre que habíamos detectado al analizar el libro de 1934. La voz del Libertador es una “carta” de valor especialísimo; esgrimiéndola, parece que el autor puede sobreponerse a las vacilaciones, puede superar las escabrosidades, puede, en suma, salir victorioso en todos los contrapunteos polémicos.  Vida política es el aporte mayor de Julio Irazusta, aunque no es el único. En estudios de menor extensión abordó otras figuras y momentos de la historia del país. Ya mencionamos la importancia de su ensayo sobre Anchorena. Insistamos en que, vistos de cerca, sus juicios sobre las etapas que siguieron a la caída de Rosas no constituyen una “condena en bloque”, sino que dejan apreciar matices.

En 1950 Julio dejó de pertenecer al IIHJMR. De acuerdo con Quattrocchi, el paso se explica por su disgusto frente a la “creciente peronización” de la entidad, así como por su desacuerdo con la adopción de ciertos “métodos de divulgación popular” del conocimiento. En 1956, Julio dio a conocer Perón y la crisis argentina, áspero enjuiciamiento de la década y del caudillo.

La mirada de Julio Irazusta sobre la historia del país desarrolla en múltiples planos el boceto delineado por su hermano Rodolfo a fines de 1931 y reafirmado por ambos en el libro seminal de 1934. Sus ejes vertebradores son el de la “condición antinacional de la oligarquía” (condición debida, a sus ojos, al triunfo de una facción sobre otra y, en última instancia, a la deficiencia cultural de la facción triunfante), y el de la época de Rosas como “edad feliz” de la historia argentina.

Un razonamiento simple aunque atendible indicaría que, al ser la deficiencia de índole cultural, asociada, en particular, a un déficit de comprensión histórica, es natural que la propuesta de remediación busque situarse precisamente en ese registro, el de la (re) escritura de la historia. El propósito último de la empresa sería no tanto ganar voluntades mayoritarias (para que se movilicen o sufraguen de una determinada manera) cuanto crear las condiciones de aparición, ascenso y perduración de un gran estadista de visión preclara. Se trataría, en suma, de producir algo así como un nuevo Rosas.

De inspiración primordialmente maurrasiana, la labor de reescritura emprendida por Julio Irazusta sólo en principio quedó circunscripta al ámbito de la historia nacional. Pronto, el tópico del fracaso argentino se expandió y pasó a abarcar nuevas esferas. Interpretado desde una clave hispanista, no desprovista de algún matiz toynbeeano incorporado más tarde, el fracaso del país pasó a ser pensado como la causa eventual de un fracaso civilizatorio global que, conceptuado de manera algo borrosa, es punto de fuga y, a la vez, non plus ultra de sus planteamientos. Por esta vía, las deficiencias de la oligarquía argentina figurarían entre las razones de los desbalances geopolíticos del mundo de mediados del siglo XX. En virtud de este tipo de remisiones, autores como Irazusta, o como el mencionado Carlos Pereyra, pueden ser leídos, no sólo como prototípicos o ilustrativos de una sensibilidad iberoamericanista derechizante, sino además en clave “civilizacional”.

La figura retórica que tal vez mejor condensa la “naturaleza última” de la ecuación irazustiana es la de la proliferación de encrucijadas mal resueltas en el pasado. En efecto, en la obra de Julio, los dirigentes argentinos desaprovechan, vez tras vez, las oportunidades doradas que se les presentan, optando ineludiblemente por seguir las alternativas más distantes del verdadero interés nacional. El acento en la proliferación y en los matices no debe conducir a perder de vista que, para Irazusta, el fracaso argentino es, en lo fundamental, consecuencia de las resoluciones desfavorables de las encrucijadas de 1838 y 1852.

Intelectuales más o menos contemporáneos a los Irazusta, como Benjamín Villafañe o Leopoldo Lugones, también cultivaron la figura de la encrucijada. Sin embargo, las disyunciones tematizadas en sus elaboraciones no se situaban en el pasado, sino en el presente de la enunciación e, incluso, en ese momento, tan difícil de apresar, en que el presente se desgrana para tomarse futuro. La disposición de Julio Irazusta a hacer visibles encrucijadas mal resueltas en el pasado singulariza sus elaboraciones, dotándolas de una definida coloración decadentista y melancólica

Es, como mínimo, tentador postular una conexión entre la experiencia de descentramiento político y la disposición decadentista/melancólica. Sin embargo, y pese a ostentar tan marcadas disposiciones pesimistas, Julio Irazusta no permitió que su pluma se deslizase hacia planteamientos fatalistas. Lejos de ello, en ningún momento dejó de concebir el futuro como algo dependiente de la voluntad y de la actividad humanas y, en consecuencia, como algo abierto. Tampoco llegó a abandonar del todo la imagen del “destino de grandeza” que supuestamente le aguardaría a la Argentina. Esto obliga a matizar, o a pensar más a fondo, la conexión postulada, así como las imputaciones de inhistoricidad y de clausura que hemos insinuado.

En casos como este, el sentido de evocar una imagen como la del destino de grandeza es ambivalente: por una parte, permite que discurran ciertas filtraciones optimistas en un cuerpo de pensamiento que es característicamente de signo contrario; por la otra, al operar más como un “deber ser” de muy difícil acceso que como un desenlace necesario y tranquilizador, contribuye a poner de relieve, por la vía del doble contraste -con la época valorada y con el futuro deseable (que, pese a todo, no es descartado como posibilidad)-, las tremendas insuficiencias del presente. Establecer los efectos que una operación así puede tener sobre unos lectores más o menos empáticos es difícil y rebasa los alcances de este aporte; no deja de constituir, sin embargo, un fascinante horizonte de indagación.

sábado, 14 de julio de 2018

"Hortensio Quijano" - 2da parte


Por Cecilia González Espul
SEGUNDA ETAPA (1935-1943)  La conducción de Alvear convirtió al partido radical en un mero organismo para ganar elecciones. Sólo veía la realidad del país a través del cumplimiento o no
del sufragio universal, era una cuestión que tenía sólo en cuenta el funcionamiento político formal, pero dejando de lado las cuestiones económicas y sociales, y no tomando conciencia de la incidencia de factores externos como el del imperialismo. Para Alvear, como para los hombres del régimen, no había que oponerse a los grandes poderes internacionales, negando a los argentinos la posibilidad de una independencia económica. Por ello la participación en los gobiernos del régimen, no sólo significó la convalidación del fraude, como el de Fresco en Buenos Aires, sino también la complicidad con todas las leyes de entrega y negociados que se realizaron. Pacto Roca-Runciman. Creación del Banco Central, la Chade, negociados de los frigoríficos ingleses denunciados por Lisandro de la Torre. De las tierras de El Palomar, de la corporación del transporte,  política petrolera que  abandonó la defensa de nacionalización y monopolio del Estado del petróleo por formas de explotación mixta. Ingreso a la Liga de las naciones. 
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 Alvear creía que no se podía gobernar el país sin la aquiescencia de los grandes poderes internacionales, sin ver la acción corruptora que ejercían en defensa de sus intereses y en detrimento de los nacionales. En ello coincidía con el ministro de la Concordancia Pinedo que decía: "Somos pequeños satélites en la órbita de las grandes naciones mundiales."  Al respecto sostiene John W. Cooke en "Apuntes para la militancia": "El radicalismo claudicó ante la invasión imperialista por dos razones: en parte, porque los defensores del interés británico escalaron posiciones y fueron copando los altos organismos partidarios; pero esto fue posible, en gran medida, porque el partido no tenía conciencia del problema imperialista (no tenía conciencia siquiera de que era un problema). Constantemente los ingleses extendían su control en los puntos clave de la economía: el radicalismo no alertó a la opinión, no se escandalizó, no vio que la Nación estaba siendo desgarrada. Los grupos entreguistas se encumbraron e impusieron una línea cada vez de mayor acuerdo  con el gobierno conservador: había reacción interna contra el contubernio" y contra algunos casos flagrantes de participación en escándalos notorios, pero enjuiciados como transgresiones éticas y principistas, no como atentados contra la soberanía del país."   Esta coparticipación con el régimen recibió muchas críticas de los viejos yrigoyenistas que fueron siendo desplazados del partido. Ricardo Rojas y Adolfo Güemes declinaron sus candidaturas a diputados por estas razones.  En el caso de Hortencio Quijano, vemos que como delegado por Corrientes ante el Comité Nacional del partido, tuvo decidida participación en el mantenimiento de una postura intransigente, cuando ya habían claudicado la mayoría de las otras provincias. Así en los comicios de marzo de 1938 para elegir diputados en 13 provincias, Corrientes fue la única,  ante lo inevitable del fraude, en negarse a concurrir a las elecciones, la única en continuar con la abstención electoral.    Hubo sin embargo muchos radicales que formaron grupos opositores a la conducción alvearista, pero el que más se destacó fue el de Forja, Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina, que se constituyó en junio de 1935, bajo la dirección del doctor Luis Dellepiane, y que integraron entre otros Arturo Jauretche, Gabriel del Mazo, Homero Manzi, Atilio García Mellid, Oscar Cuzzani, Conrado Míguez, René Orsi.  Su primer manifiesto del 2 de septiembre de 1935 denunciaba que se había impuesto en la República " una tiranía económica en beneficio de capitalistas extranjeros, a quienes se les había acordado derechos y bienes de la Nación Argentina, y acusó a las autoridades del radicalismo por mantener en silencio estos graves problemas, por el abandono de la intransigencia histórica con que sostuvo la soberanía popular contra la dominación de las compañías explotadoras extranjeras y contra la dominación política  de las oligarquías internas que sirven a aquellas organizaciones".    "Hoy el Radicalismo está sumido en la arrebatiña en que algunos de sus representantes subalternizan sus esfuerzos, a la vez que procuran corromper a la juventud radical, sustituyendo en su mente todo ideal de redención nacional por la esperanza de enriquecimiento personal a cualquier precio." Para pertenecer a Forja había que ser afiliado radical. En 1940 se derogó esta condición, y la entidad entró en crisis. Algunos radicales como Dellepiane aun confiaban en que se podía cambiar el partido luchando desde adentro. Sin embargo su influjo en la formación de una conciencia nacional antiimperialista fue enorme.  Con la llegada del peronismo se disolvió, y la mayoría de sus miembros apoyaron este movimiento. El levantamiento de la abstención ocurrió cuando aun no había concluido el gobierno de Justo. La consecuencia fue el logro de bancas en la legislatura y en el Concejo Deliberante de la ciudad de Buenos Aires, donde obtuvieron una representación mayoritaria. En 1936 dichos concejales votaron favorablemente junto a los conservadores el proyecto por el que se legitimaban los abusos y transgresiones cometidas por la CHADE, compañía inglesa de electricidad, y se prorrogaba por 25 años más la concesión.   Alvear ordenó votar favorablemente. La Compañía sobornó a los concejales para que votaran a su favor. La campaña electoral del radicalismo y la construcción de la Casa Radical se financió con dineros provenientes de la coima. Alvear protegió a los concejales chadistas y no se opuso a que fueran promovidos a jerarquías políticas superiores.   Mientras tanto las mafias, el juego, la prostitución y la inmoralidad se enseñoreaban en las grandes ciudades del país. En las elecciones de 1938 triunfó la fórmula de la Concordancia, Roberto M. Ortiz- Ramón Castillo, el primero radical antipersonalista, abogado de las empresas británicas, el segundo conservador, en comicios fraudulentos, como los ocurridos en las elecciones a diputados en las provincias, donde participaron los radicales, avalando el fraude. La única provincia que se mantuvo en la abstención electoral fue Corrientes. Su delegado ante la Convención radical era Hortencio Quijano.     Pero no sólo cometieron fraude los conservadores, la corrupción había llegado también al seno del partido, produciéndose el fraude en las elecciones internas del partido radical de la capital federal. Era la "trenza radical" que se beneficiaba con la obtención de canonjías y puestos públicos en la Municipalidad.  Dos fueron las cuestiones que ocuparon a los líderes radicales durante el gobierno de Ortiz. La primera consistía en la posibilidad que había abierto Ortiz  de restablecer la normalidad electoral. Que lo llevó a intervenir la provincia de Buenos Aires, gobernada por Fresco, ejemplo del fraude más desembozado. 
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Por lo tanto era preferible esperar a las elecciones generales de mayo de 1940 y postergar todo debate ideológico y todo tipo de lucha, para concentrarse solamente en  la obtención de todos aquellos cargos que les dejara el fraude, ante la creencia de un cambio que se produciría desde las esferas del poder. El otro tema se refiere al estallido de la segunda guerra mundial en 1939, que dividió al país en aliadófilos y germanófilos, siendo los partidarios de la neutralidad, posición ya sostenida por Yrigoyen en la primera guerra, considerados como partidarios de Alemania, y acusados de nazis. Alvear, como no podía ser de otra manera, era apasionadamente aliadófilo. Esta posibilidad que el abogado de las empresas británicas Ortiz ofrecía a los radicales está también ligada a las conveniencias de Inglaterra.  Sostiene Félix Luna: "Inglaterra busca fortalecer los lazos con Argentina proveedora de trigo y carnes.   Conviene un gobierno legal y no sostenido por el fraude, y un gobierno radical no resultaba peligroso a los intereses británicos."   Pero para desdicha de las ilusiones de Alvear, Ortiz enfermó gravemente, era diabético, y tuvo que pedir licencia, y posteriormente renunciar al cargo de presidente, falleciendo al poco tiempo, siendo reemplazado por el conservador Castillo. Las cosas cambiaron. Con Castillo se volvió al fraude, cometido a favor de los conservadores en Santa Fe a fines de 1940,  en Mendoza, a  principios de 1941, y en Buenos Aires en diciembre de 1941. A pesar de estos hechos  y a pesar de las voces de protesta dentro del partido continuó la colaboración radical con el oficialismo en la tarea parlamentaria. Pero los concejales implicados en el caso de la Chade fueron absueltos. En el negociado de la venta de las tierras de El Palomar tres legisladores radicales fueron cómplices, uno se suicida. Cada vez es mayor el desprestigio del radicalismo bajo la conducción de Alvear. Y en mayo de 1942 pierde las elecciones en la capital federal a manos del socialismo.    Al poco tiempo muere Alvear, quien abandonando la política yrigoyenista, convirtió al radicalismo en un partido liberal, pro británico, envuelto en hechos de corrupción y convalidando el fraude.  La jefatura del partido pasó a Gabriel Oddone de Córdoba, que marcaba la gravitación del radicalismo cordobés bajo el liderazgo de Amadeo Sabattini, de un tinte más nacional e intransigente, que había sido gobernador de Córdoba de 1935 a 1940. Aun así para las próximas elecciones presidenciales surgieron dos posturas: una que propugnaba la unión con otros partidos para enfrentar al oficialismo, y que no trepidó en propiciar la mismísima  candidatura de Justo, que en enero de 1943 murió, o la de Ramírez, ministro de Castillo. El Movimiento de Intransigencia y Renovación surgido en Córdoba y del que participaba Arturo Frondizi, se opuso a la formación de una Unión Democrática (alianza con el partido Demócrata Progresista y el partido Socialista)propiciando la proclamación de una fórmula sólo con radicales.  Pero triunfó la postura unionista.   En los años anteriores a 1943 llegaron del interior 800.000 personas. Y en ese mismo año el valor de la producción industrial había superado al de la producción agrícola.  Dentro de este contexto Castillo tomó medidas que tuvieron un tinte nacionalista. Durante su mandato se adquirieron dieciséis naves italianas, cuatro danesas y tres alemanas para la marina mercante nacional, fue nacionalizado el puerto de Rosario y el gas. En la Conferencia de Río de Janeiro  de 1942, la delegación argentina mantuvo la política de neutralidad frente a la guerra mundial, a pesar de la presión de los Estados Unidos que habiendo entrado en la guerra después del ataque japonés a Pearl Harbor, buscaba que todos los países de América rompieran relaciones con las potencias del Eje. Castillo es un caso que merece un estudio más detenido. Dice de él Félix Luna: "Procedente de viejas cepas conservadoras, desdeñoso de la democracia, terco y autoritario, Castillo era un nacionalista intuitivo cuya política se cifraba en dos claves: mantener la neutralidad y no entregar el poder a los radicales." Sin embargo Castillo prohijó la candidatura del conservador salteño Patrón Costas decidido defensor de la causa aliada. En estas circunstancias se produjo el golpe militar que depuso a Castillo, el 4 de junio de 1943.- La logia militar GOU (Grupo de Oficiales Unidos) de tinte nacionalista, de la que formaba parte, el coronel Perón, tuvo una influencia decisiva en la revolución del 43.   Dos fueron sus jefes iniciales, uno por dos días, el general Rawson, y el otro por casi nueve meses, el general Pedro Pablo Ramírez. Este se vio obligado a abandonar la postura neutralista frente a la guerra, y decretar la ruptura de relaciones con las potencias del Eje. Falto de apoyo fue reemplazado por el ministro de Guerra, el general Farrell. La figura más relevante de su gobierno fue la de Perón como Secretario de Trabajo y Previsión, que reemplazó al Departamento Nacional del Trabajo, cargo desde el que llevó adelante una legislación a favor del obrero, y logró unificar la CGT. Fue además  ministro de guerra y vicepresidente. Su política obrera y la acumulación de poder pusieron en su contra a los partidos tradicionales, radicales, socialistas, conservadores, comunistas, y a las clases altas, la Bolsa de Comercio, la Unión industrial, los ganaderos, la prensa,  quienes contaron con el apoyo del embajador de Estados Unidos, Braden y a ciertos grupos en el ejército. Finalmente lo deponen y lo envían preso a Martín García.  Sin embargo dentro del radicalismo yrigoyenistas Perón encontró adeptos, y el gobierno de Farrell cuando fueron desplazados los nacionalistas más recalcitrantes, formó un gabinete con hombres de esa corriente. Armando G.Antille, ministro de Hacienda, Juan I. Cooke, de Relaciones Exteriores y Hortencio Quijano de Interior, quien reemplazó al general Perlinger opositor de Perón. Fue por el brevísimo tiempo de tres meses, de agosto a octubre de 1945.  Esto les valió ser expulsados del partido.  Quijano se propuso buscar adeptos radicales hacia el gobierno de facto, pero sin mucho éxito, pues era un poco un salto al vacío, y conllevaba el ser considerado traidor por sus correligionarios. Félix Luna transcribe un discurso de Perón , ya presidente electo, en mayo de 1946, donde nos relata como inició los contactos con Quijano. "Hace un año y ocho meses se trataba de dar orientación  política a la revolución. Buscamos darle la orientación del viejo Partido Radical que se había mantenido puro en los últimos quince años. Así procuramos formar una fuerza en ese sentido dentro del gabinete, pero debíamos librar una verdadera batalla dentro del mismo e hicimos luego un acercamiento con hombres del radicalismo. Comencé a hablar con políticos de nuestro país y, después de eso, tras muchas conversaciones con los más capacitados, me tocó elegir al que debía ocupar el Ministerio del Interior.    Fue el doctor Quijano, con quien conversé por tercera vez en el despacho del Ministerio de Guerra. Confieso que no había encontrado político más identificado con el pensamiento revolucionario." Perón intentó también atraer a uno de los  más relevantes radicales, el dirigente cordobés y gobernador de esa provincia Amadeo Sabattini, pero sin éxito. Perón, en una entrevista en el despacho del administrador de Ferrocarriles del Estado, mayor Juan Cuaranta, le ofrece que el radicalismo ocupe todos los cuerpos electivos del próximo gobierno, de vicepresidente para abajo, con la condición que el candidato a presidente fuera propuesto por el ejército. Sabattini quedó en contestar, cosa que no hizo. Su postura era que el candidato a presidente tenía que salir del radicalismo.  El comentario de Perón ante sus colaboradores, según cuenta Félix Luna, fue: "¡Este Sabattini no entiende nada y su cerebro cabe en una caja de fósforos!"    Y en un relato de la entrevista sostiene: ...no me pude entender con él: era totalmente impermeable. Era un hombre frío que no tenía ninguna posibilidad de entrar en una cosa como la nuestra...Él estaba en los viejos cánones....era un hombre que estaba con las fórmulas viejas; y en primer lugar él estaba ...¡con Sabattini!  Por su parte este admirado dirigente radical por el autor del libro citado consideraba al gobierno de facto como: "una dictadura fascista regenteada por los jesuitas eso no lo duda nadie ni lo he dudado desde la primera hora".   Era imposible que ante ese juicio pudiera acercarse a Perón. Sabattini, consideraba un contubernio una alianza con los conservadores y más aun con los comunistas.   El aconsejaba la alianza con las otras fuerzas democráticas solamente para voltear al gobierno militar, paro luego presentarse con banderas y candidatos propios a las elecciones. Sin embargo a pesar del respeto y admiración de muchos de su partido no pudo imponer sus ideas.  La mesa directiva de la UCR, siguiendo la tradición alvearista, apoyó la unión con las restantes fuerzas opositoras: los conservadores, los socialistas, los demócratas progresistas y los comunistas, dando origen más adelante a la Unión Democrática, que contaba con el público apoyo del embajador de Estados Unidos, Spruille Braden. Era el contubernio oligárquico-comunista. De ella dirá Belloni: "olla podrida donde se encontraba de todo, desde las olímpicas damas de beneficencia hasta embajadores extranjeros." Sin embargo es interesante conocer cuáles fueron los argumentos de aquellos que se acercaron a Perón, al que consideraban un continuador de Yrigoyen,  ante la claudicación del partido, que los consideró colaboracionistas y los expulsó.   Un miembro de la convención nacional de la Unión Cívica Radical, el doctor Antonio Lilué, presentó al comité central del partido un proyecto de declaración  el 3 de agosto de 1946, por el cual sostenía que el partido radical, "demócrata  de masas, nacionalista y argentinista, reafirma los postulados de  justicia social, recuperación económica y soberanía nacional, ante el peligro inminente que representa la conjunción de las fuerzas reaccionarias, nacionales e imperialistas ... apoya al gobierno del general Juan D. Perón, en  tanto no se desvíe de esos propósitos...No apoyar la obra de gobierno, por la cual hemos estado luchando durante tantos años, porque no haya sido efectuada por un gobierno surgido del seno de nuestro partido, significará haber realizado la mayor traición al pueblo y al partido."    El proyecto no fue considerado y el autor fue expulsado del partido. Lo mismo le ocurrió a Quijano, Antille y demás participantes radicales del gobierno revolucionario. Los sucesos de octubre de 1945, que marcaron el comienzo de una nueva época en la historia argentina, no son tema de este artículo. Sólo haré referencia a la actuación que le cupo a Quijano como ministro del Interior en esas cruciales circunstancias, en las que permaneció en su cargo, mientras otros renunciaban , y defendió a Perón todo lo que pudo.   
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En la reunión en Campo de Mayo que tuvo el general Farrell con el jefe del regimiento el general Avalos, y demás oficiales, donde se le exigió el alejamiento de Perón de todos sus cargos, estaba presente también el ministro Quijano. Este fue el encargado de comunicar a la prensa lo sucedido, pero presentó los hechos de tal modo, que la defenestración de Perón quedaba como un espontáneo renunciamiento con el objeto de facilitar el próximo llamado a elecciones para el 7 de abril de 1946, con el que se había comprometido el gobierno. Mientras tanto Sabattini, "el único dirigente opositor que en ese momento entendía el país", según Félix Luna, llegó a Buenos Aires llamado por el general Ávalos, en tratativas para formar una eventual fórmula Sabattini-Ávalos, comprometiéndose a rodear con radicales yrigoyenistas al gobierno de facto, en caso de que Perón fuera desplazado. Perón había expresado a sus íntimos, según cuenta Eduardo Colom: "Todo esto es cosa de ese tanito de Villa María... Lo ha enloquecido a Ávalos. Le prometió la Vicepresidencia y ese irresponsable ha jugado el destino de la Revolución." Perdió una oportunidad histórica, como le señalaron oportunamente tanto Frondizi como Jauretche, quienes le aconsejaron que aceptara el ofrecimiento de Ávalos para evitar que volvieran los conservadores. Ello se debió a una interpretación equivocada de la realidad. Pensaba que Perón, ya detenido en Martín García, estaba terminado.   La cuestión fue que Sabattini y los que integraron la Unión Democrática no imaginaron ni comprendieron la significación del 17 de octubre, y el protagonismo que tuvo un elemento con que los radicales creían contar, y que a los conservadores no les interesaba contar: el pueblo.  Ese pueblo que cambió la historia ese 17 de octubre de 1945 aclamaba a Perón en la plaza con cánticos fervorosos, y entre ellos uno también dedicado a nuestro personaje: "¡Perón encontró un hermano, Hortencio Jota Quiijano!"Ahora había llegado el momento de la preparación para la lucha electoral, una lucha bastante desigual, teniendo en cuenta la coalición de fuerzas e intereses que debía enfrentar, a pesar del apoyo evidente del gobierno de facto. La Unión Democrática con su fórmula de la bosta, como la llamaban los muchachos peronistas, "Tambo, orín y mosca", fórmula antipersonalista, tenía como lema de campaña: Democracia contra nazifascismo, como contrapartida Braden o Perón, cuatro palabras que sintetizaban dos formas diferentes de comprender la realidad nacional.  En octubre de 1945, radicales yrigoyenistas constituyeron la Junta Reorganizadora de la UCR, con dos delegados por distrito presidida por Quijano, que luego pasó a denominarse Junta Renovadora. Hubo una reñida puja entre Antille y Quijano por la postulación a la vicepresidencia de la que salió triunfante Quijano por aclamación, método según Luna no reglamentario. Además de los radicales yrigoyenistas, apoyaron a Perón el Partido Laborista de Cipriano Reyes, del que Perón fue su primer afiliado, los nacionalistas, los forjistas, y también algunos conservadores y socialistas. Hay en Félix Luna, quien refleja la actitud de los antiperonistas o gorilas como el mismo reconoce que fue en su juventud, un juicio no sólo peyorativo sino también erróneo sobre Hortencio Quiijano. El juicio erróneo, que lleva implícito un tiro por elevación a Perón, es el de considerarlo como un alvearista. Perón sólo podía tener afinidad con los radicales de tradición yrigoyenista, como lo fue en realidad Quijano. Su militancia en el radicalismo de Corrientes fue durante la primera presidencia de Yrigoyen, donde integró la fórmula radical para gobernador de la provincia que fue vencida. Luna sostiene erróneamente que era una disidencia antipersonalista, cuando ésta surgió después, durante la presidencia de Alvear. En ese tiempo Quijano se dedicó a la actividad privada. Participó nuevamente de la política partidaria, luego de la caída de Yrigoyen, durante la jefatura de Alvear, pero eso no significa que fuera antipersonalista o alvearista. Vimos como Corrientes se mantuvo en la abstención electoral, ya abandonada por el partido, cuando Quijano era delegado de dicha provincia ante el Comité Nacional.   Por eso consideramos una interpretación falsa o mal intencionada cuando dice: "...los radicales de la Junta Renovadora...sólo podían aportar la exaltación de la tradición yrigoyenista, lo que en muchos casos resultaba insincero como ocurría con Quijano, que siempre fue alvearista." Para completar su desvalorización de esos radicales que se jugaron por Perón, en un momento nada fácil, sostiene: "Los nacionalistas podían portar a su campaña el ingrediente intelectual que no podían darle los caudillejos radicales de Quijano ni los dirigentes sindicales"  . Creo que Félix Luna los subestima. En febrero de 1946 se realizaron las elecciones y triunfó la fórmula peronista. Otra visión de Quijano daban los primeros peronistas de entonces. El periódico "Oratoria, una voz llana y lisa del pueblo que no se vende", vocero del Centro de Oradores Juan D.Perón", dirigido por Atilio Pingitore, en su N°1 del 4 de junio de 1946, retrata al vicepresidente de la Nación de la siguiente manera: "Identificado con la Revolución desde el primer momento,....puso no sólo su energía extraordinaria al servicio de la "Causa", sino también su lucidez, serenidad, su inteligencia y hasta vertió en ella toda la magnanimidad de su corazón gaucho y patriota.  Verdadero piloto de tormenta, como se le dio en llamar, el doctor Quijano ha sido una revelación para el país. ...Confiémos en él, augurémosle en la nueva etapa de la Revolución, que el acierto lo premie y lo distinga ante Dios y la Patria." pág.4  En el ejercicio de la vicepresidencia presidió la misión especial argentina a la transmisión del mando presidencial en Chile, donde fue distinguido con la Gran Cruz de la orden del Mérito de ese país. De acuerdo con la política de Perón de integración hispanoamericana, se destacó en la profundización de las relaciones con Brasil para crear el ABC.   Como presidente del senado, en 1947, participó en el juicio político a los jueces de la Suprema corte de Justicia y en la destitución de los jueces Antonio Sagarna, Benito Nazar Anchorena y Francisco Ramos Mejía, jueces de la oligarquía. La defensa del juez Sagarna estuvo a cargo de Alfredo Palacios. En un entredicho con Quijano, éste niega al diputado socialista ingresar al recinto y lo obliga a presenciar la sesión desde el palco. La oposición buscó siempre ridiculizarlo y Américo Ghioldi desde el periódico La Vanguardia, lo apodó Jazmín, en alusión a su nombre de pila. En 1947 le fue encomendada la presidencia de la campaña contra el agio, la especulación y los precios abusivos. En 1952 integró nuevamente la fórmula encabezada por Perón, ante el histórico renunciamiento de Evita, que triunfó en los comicios sobre la fórmula radical Balbín-Frondizi. Pero su salud estaba peor que la de Eva. Murió poco tiempo antes que ella, a los 68 años, el 3 de abril de 1952. Ocurriendo la paradoja, que le tocara a Evita ocupar su lugar en las ceremonias de asunción del mando.   En las honras fúnebres el ministro del Interior Angel Borlenghi expresó: "Con el doctor Quijano parten casi setenta años de argentina vivencia, de gaucho sentir. De cepa criolla... fiel a su destino de criollo, de hombre íntimamente ligado por su urdimbre temperamental a las cosas de esta tierra, que el quería entrañablemente." El presidente del Senado, contraalmirante Tessaire coincidía al decir: "expresión noble y auténtica de las más puras esencias de nuestra tierra."  
 CONCLUSIÓN:  La política de pactos, acuerdos y alianzas ha sido una constante en la historia política argentina. Uno de los más recordados fue el Acuerdo entre Roca, Mitre y Pellegrini, el mismo consistía en evitar la lucha electoral repartiéndose los cargos antes del comicio. Contra esa burla a la voluntad popular se levantó la voz intransigente de Alem, lo que dio origen a la división de la Unión Cívica y la creación de la Unión Cívica Radical, en 1892.  Otro hecho semejante fue la alianza de los diputados "galeritas" o antipersonalistas con los conservadores, en contra de los personalistas o yrigoyenistas, durante el gobierno de Alvear. Esa alianza con los hombres del régimen "falaz y descreído", Yrigoyen la denominó "contubernio". Estos mismos hombres luego de la caída del viejo líder, se unirán a los conservadores en la llamada Concordancia. Triunfaban sólo por el fraude o por la abstención del radicalismo tradicional. La conducción de Alvear eliminó a los seguidores de Yrigoyen del partido, y abandonó sus principios. Lo importante era ganar elecciones y obtener cargos, participar del festín en el que se rifaba la patria. No todos los radicales quisieron formar parte de esa comparsa, algunos pretendieron luchar desde adentro, y otros fueron expulsados del partido cuando participaron del gobierno revolucionario del 43, como fue el caso de Quijano, Antille, Cooke(p), quienes luego ocuparan distintos cargos en el gobierno de  Perón. Fueron hombres que no estaban guiados por intereses personales, por la ambición de los cargos y las prebendas, no fueron fruto de especulaciones partidarias y componendas, de contubernios como diría Yrigoyen. En la actualidad no se usa ya la palabra acuerdo, sino consenso, o concertación plural, pero el tema sigue siendo el mismo: ¿cómo ganar las elecciones? No se busca someterse a la voluntad soberana, a lo que el pueblo quiera. Se busca por medios artificiales, por componendas o contubernios lograr el objetivo que todos los que están en la carrera política quieren: los cargos y en definitiva el poder. Los discursos de los que tienen posibilidad de triunfar son intercambiables, por eso pueden formar parte del gobierno, o de las listas de candidatos,  hombres provenientes de diferentes partidos.  Muy distinta fue la actitud de hombres como Hortencio Quijano, que apoyaron la formación de un nuevo partido, o movimiento, que muy bien puede considerarse la continuación del iniciado por Yrigoyen en 1916, expresión de un nacionalismo popular. La situación actual nos muestra la disolución de los dos grandes partidos políticos tradicionales: el radicalismo y el peronismo. Ambos están fragmentados y realizan diferentes alianzas en que todo está mezclado como el Cambalache de Discépolo, obra que escribió en plena Década Infame. ¿Quiénes actúan como concordancistas, quiénes cómo alvearistas? Al que le quepa el sayo que se lo ponga. Pero los argentinos debemos encontrar un nuevo camino como el que marcó Forja y José Luis Torres en su momento, y que tuvo en Hortencio Quijano a uno de sus ejecutores.

viernes, 11 de agosto de 2017

El Ferrocarril durante el siglo XX: de los "crotos" a Alfonsín..

Por Armando Luchina
Se produce en EEUU, la debacle económica de 1929. la bolsa de Nueva York se desplomó y desató la crisis capitalista que azotó al mundo. “La gran depresión”, “el crack de Nueva York”, “La caída de Wall Street” y “La Década Infame” son las frases que marcarían una época de misería, corrupción y desesperanza.  Bancos, industrias, comercios comenzaron a quebrar. Los precios de los productos agrícolas bajaron notablemente y los países comenzaron a adoptar medidas de protección que redujo el comercio internacional.
Argentina no quedó a salvo, y especialmente por su condición de país exportador se vio tremendamente afectada por la disminución del comercio exterior. El precio internacional del trigo y la carne cayeron en un 64 por ciento. También bajó la producción industrial. El Estado comenzó a cesantear a los empleados públicos. Nuestro país que siempre tuvo el problema de la escasez de mano de obra, que se suplía con la inmigración golondrina, de pronto se vio con un ejército de desocupados que emprendieron el camino obligado a la miseria. El 28% de los trabajadores, 350.000 personas, quedaron en la calle.
Linyeras, crotos, cirujas y atorrantes En 1912 los inmigrantes habían estrenado el Hotel de Inmigrantes en Retiro, en la dársena Norte. “Allí podían quedarse hasta cinco días sin pagar un peso: era el tiempo que se calculaba para obtener un trabajo en la Argentina. Cinco días, como máximo, para conseguir "patrón". Y detrás un trabajo estable, un salario, una casita con patio y parra. Nada tan parecido a lo que venían a buscar quienes hacían fila en los puertos de Europa. Filas para venir.”(10) Esos mismos extranjeros, ahora desocupados, regresaban al puerto a buscar un sitio para estar y mendrugos de comida para subsistir. En Puerto Nuevo se comenzaron a asentar cientos y cientos de chozas, de chapa y cartón (ni siquiera eran ranchos) que se dio en llamar “Villa Desocupación”, sus calles tenían nombres como “Calle de la Esperanza”, “Calle de la Miseria”, y otros por el estilo. Allí en el puerto, los desocupados, “provistos de un tachito y un cordel, y a modo de pacientes pescadores lo dejaban caer sobre un remolcador o una barcaza y esperaban que los cocineros u otros tripulantes depositaran allí los restos de comida. Cuando eso ocurría, el filántropo de turno sacudía el cordel, por si el desocupado se había quedado dormido en la espera”. Debajo de los puentes de los ferrocarriles que iban desde Puente Alsina al Dock Sud, pasando por Avellaneda, se atestaba la gente sin trabajo. 
Comenzaron a instalarse ollas populares donde “los desocupados hacían cola con sus tachitos de lata, esperando una sopa lavada” y la enfermedad de la pobreza, la tuberculosis comenzó a hacer estragos.  Los linyeras (nombre que tomaban de la “lingerie”, el atado de ropas que llevaban colgado de un palo sobre su hombro), inmigrantes golondrinas –generalmente italianos- que empalmaban la cosecha de su país con las del nuestro, fueron desplazados por el nuevo ejército de desocupados criollos: los crotos. La miseria devoraba a los más pobres. “El país, los ferrocarriles, se llenaron de crotos. Los cargueros los llevaban con rumbo diverso –generalmente a la zona maicera- de a decenas por vagón, de a cientos por tren, de a miles por riel”.  Arturo Jauretche en su libro “Los profetas del odio”, explicaba la razón del nombre “croto” que se le daba al pobre peón criollo: “Siendo Gobernador de Buenos Aires don José Camilo Croto, se le quejaron los ingleses de los ferrocarriles por la cantidad de paisanos que se “colaban” en los trenes de carga. Don José Camilo resolvió salamónicamente el entredicho, limitando a 12 los “colados” en el tren de carga, y aplicando esta disposición policial, cuando los oficiales de policía en la recorrida controlaban el número de “pasajeros”, contaban hasta doce haciendo bajar el resto. “Ustedes siguen por Crotto”, decían. Y de crotos les quedó el nombre.” 
Ya que estamos de crotos, linyeras y otros pobres de solemnidad, comentemos un episodio que dio origen a otro sinónimo de pobre. Cuando la empresa Obras Sanitarias se hallaba realizando la construcción de las obras de desagüe de la ciudad, utilizaba grandes caños de cemento que al quedar en la vía pública era aprovechado por los vagos como lugar para dormir y como estos caños eran construidos por la firma “A. Torrent”, por una deformación de ese nombre, los vagos se transformaron en “atorrantes”. “Ir a parar a los caños”, era tomar la condición de atorrantes, de vagos.  Esta legión de desocupados era tan numerosa, que “la policía montada organizaba razzias y los embarcaban en trenes cargueros que los llevaban al Norte”.  La crisis continuaría hasta 1937 y quedaría grabada en la memoria de los argentinos y reflejada en la literatura y en los tangos de la época. El 6 de septiembre de 1930 un golpe de estado voltea al gobierno de Hipólito Irigoyen, que había amenazado los capitales extranjeros mediante la fiscalización de los ferrocarriles, el intento de nacionalizar el petróleo y la creación de la marina mercante. La Ley de Vialidad que perjudicaba al ferrocarril, pues abría caminos y le plantaba la competencia, se solucionó entregando poco después el transporte automotor a los capitales ingleses. Los seguidores del “peludo” acusaban al golpe comandado por el general Uriburu de “oler a petróleo”. La compañía norteamericana Standard Oil, que según los rumores participó en la realización del golpe, comenzaba a mover los hilos para apoderarse del petróleo.
Resultado de imagen para ferrocarriles argentinos  Mientras el país se debatía en la miseria, el ferrocarril se quedaba con un porcentaje del 40 al 60% de los cereales transportados, en concepto de flete y alquiler de galpones. Las tarifas de los ferrocarriles argentinos eran 50% más elevadas que las de Estados Unidos y 100% más que las de Canadá. La situación de los hombres de campo se agravaba por los costos tan elevados de estas tarifas y se reflejaba en los volantes que se repartían con la leyenda: “El hombre de campo argentino trabaja afanosamente para alimentar a la cruel sanguijuela de la Nación, que es el ferrocarril inglés”.
Damián Menéndez en su obra “Recuerdos de Córdoba” respecto a las tarifas ferroviarias dice: “Tal afán de lucro inmediato domina a las empresas ferrocarrileras, que las ha inducido a imponer tarifas mostruosas para los transportes, y en vez de ser un estímulo para la producción y fomento de los artículos regionales, constituyen un obstáculo insalvable para que sean aceptados y consumidos en cualquier mercado. (...) No es posible aquí el cultivo de cereales, no porque el suelo no los pueda producir, sino porque no deja utilidad pagando los enormes gastos del transporte.” Pocos días después del golpe revolucionario se crea la Confederación General del Trabajo. Esta central obrera carecía de local, no tenía fondos ni empleados y era una unión de algunos gremios, principalmente de los ferroviarios, nucleados en la Unión Ferroviaria. El ferroviario Luis Cerutti ocupaba la secretaría general de la central obrera. Entre las medidas que impulsaban en una época de desocupación que afectaba a todo el país, estaba la jornada laboral de 40 horas y la implantación del “sábado inglés”.
Participar en las pérdidas, nunca en las ganancias
En 1931 las empresas ferroviarias británicas del Ferrocarril Oeste y el Central Córdoba, dispusieron suspender el escalafón vigente y rebajar los sueldos del personal “como consecuencia de la difícil situación financiera por que atraviesan”. Las medidas tuvieron que ser aceptadas por la Fraternidad y la Unión Ferroviaria. En 1933 se producen nuevas rebajas de sueldos, esta vez en el Ferrocarril Sud, con el pretexto de “equilibrar la economía (del ferrocarril) que se ve afectada por la disminución de ingresos”. Sin embargo una noticia aparecida unos meses antes, desmentía la supuesta crisis financiera por la que atravesaban las empresas: “Abonarán dividendos los Ferrocarriles del Sud y del Oeste de Buenos Aires,. La noticia causó gran satisfacción en el mercado londinense...”   Pero no sólo las empresas ferroviarias, en medio de la crisis, seguían obteniendo beneficios: la sucursal local del National City Bank of New York duplicó su capital en 5 años. “Molinos Harineros y Elevadores de Granos del Río de la Plata”, en el balance de 1930 anotaba una utilidad que representaba el 71% el capital nominal. Durante 1932, según un folleto confidencial de la Cámara Inglesa de los Comunes, los frigoríficos que industrializaban la carne argentina obtuvieron beneficios de 93,42%... Al mismo tiempo que la crisis capitalista azotaba al mundo, las empresas extranjeras y sus socios vernáculos continuaban embolsando sus ganancias... a costa de la miseria del país.
El pacto de la entrega
En agosto de 1932 se realizó en Ottawa, Canadá, una Conferencia entre Gran Bretaña y sus dominios en la cual se resolvió aumentar los derechos que gravaban a los productos de otros países, como la Argentina e incluso imponía cuotas de importación a los mismos.
El presidente Justo, envió inmediatamente una delegación a Londres, encabezada por el vicepresidente de la Nación Julio A. Roca, para solicitar que esas restricciones no le fueran aplicadas a los productos argentinos. Roca llego a decir en una de las reuniones que la Argentina “es desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio Británico”  El vicepresidente argentino Julio Roca (h) firma en Londres con el ministro de comercio británico Runciman, el 1° de mayo de 1933 el Tratado Roca-Runciman por el cual la Argentina evita la restricción de la compra de sus carnes pero “asegurando un trato benévolo” a las inversiones británicas. “Por la cláusula 5 de ese tratado nefasto los frigoríficos “argentinos” de capital inglés y norteamericano serán en adelante regulados y controlados con absoluta prescindencia del gobierno argentino”. Será el gobierno inglés quien dirá qué cantidad de animales deberá faenar cada uno, controlando así el comercio de carnes argentinas. La cláusula prohíbe además que el Estado argentino o capitales privados argentinos construyan frigoríficos que elaboren más del 15% del caudal de carne. 
Gran Bretaña exigía también el control de la moneda , el control de los créditos, el control del transporte automotor, el control de la electricidad... como decía Roca: la Argentina es parte del Imperio Británico.  El 28 de diciembre de 1933 estalló una revolución dirigida por uno de los oficiales más prestigiosos del ejército, el coronel Francisco Bosch, que fue sofocada. Uno de los propósitos de los revolucionarios era denunciar el pacto económico con Inglaterra. El gobierno se muestra preocupado por la competencia perjudicial de los ómnibus hacia el ferrocarril, lo que terminó con la cesión del transporte automotor al capital inglés.  El plan llevado a cabo en Estados Unidos para superar la crisis económica, conocido como el New Deal, que consistía en producir ocupación a través de la obra pública, fue practicado en nuestro país por el gobierno de Justo. Poco a poco la actividad comenzó a recuperarse y nuevas fuentes de trabajo comenzaron a absorber al ejército de desocupados. 
Después de 1935 se produjo la reactivación industrial. En el año 1937 la desocupación prácticamente desapareció. Los grandes contingentes de desocupados rurales que habían llegado las ciudades de Rosario, Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires en busca de un trabajo durante la crisis, ahora pasaban a ser obreros las nuevas industrias. Y otros nuevos se sumaban, especialmente a Buenos Aires, atraídos por la apertura de nuevas industrias. “De este modo los criollos de las provincias tradicionales sustituían la mano de obra extranjera cuya inmigración había disminuido abruptamente.” Comenzaba el fenómeno de los “cabecitas negras” invadiendo la ciudad de Buenos Aires, que no fue un proceso social creado por el peronismo, se produjo con anterioridad. El gobierno justicialista lo que hizo diez años después fue multiplicarlo gracias a un desarrollo industrial que requirió de gran cantidad de mano de obra e impulsó la llegada de gente del interior en busca de trabajo.
De acuerdo a las cláusulas del pacto, en 1934 el gobierno compra sobrevaluado el Ferrocarril Central Británico de Córdoba (en 1948 pasa a llamarse Ferrocarril Gral. Belgrano) y se negocia el monopolio del transporte urbano, que por ley pasa a una compañía británica. Esto da lugar a una huelga de colectiveros en septiembre de 1936. A pesar de la medida la ley fue sancionada y se creó la Corporación de Transportes de Bs. As. Que daba lugar al monopolio del transporte urbano y ferroviario a las compañías británicas. 
El tema de las nacionalizaciones no sólo eran parte del Tratado Roca-Runciman, era un interés general. En 1937 la Unión Ferroviaria había pedido al gobierno la nacionalización del Ferrocarril Central. En 1938 se programa un plan de nacionalización de las inversiones británicas deficitarias en Argentina, propuesto por el ministro Pinedo al Congreso que consistía en ”nacionalizar las empresas británicas de ferrocarriles, cuyos gerentes estaban muy interesados en venderlas al gobierno argentino. (...) se trataba de una venta inconveniente para los intereses argentinos, tanto por el precio que se pagaría por los ferrocarriles, como por la demora con que el Estado sería dueño efectivo de estas empresas, que sólo se recuperarían por completo en el año 2.000”. Y en ese mismo año los socialistas presentaron un plan de defensa nacional que contemplaba la nacionalización de los ferrocarriles, petróleo, electricidad, gas, teléfonos y otros servicios.  Este proceso culminará luego de la guerra con la compra de los ferrocarriles por parte del Estado, operación efectuada para cobrar de alguna manera los créditos que a favor de Argentina estaban bloqueados en Londres. En 1947, cuando se produce la nacionalización de los ferrocarriles, el Gral. Perón expresaba: “Este hecho significa el 50% de la liberación de nuestra economía. Los transportes terrestres, marítimos y aéreos representarán en el futuro una parte del patrimonio indivisible de la Nación, cuyo control y responsabilidad técnica y comercial estarán definitivamente en manos argentinas.” y señalaba que la toma de las compañías de transporte, era el comienzo, “Tomar estas medidas para asegurar la independencia económica era la primera etapa; ahora la etapa de consolidación es tomar el gobierno económico”. El 1 de marzo de 1948, frente a la Estación Retiro se realiza el traspaso de los ferrocarriles. Sobre la terminal se alzaba una tarima sobre la que colocaron a la locomotora La Porteña. y el palco, donde se instalaron las autoridades del gobierno y la primera dama: Eva Perón.
Mario Rapopport en su  “Historia económica, política y social de la Argentina” paginas 339 y 340 nos explica que el precio que pretendían los ingleses era de 3.000 millones m$n mientras que Argentina se planto en 2.000 millones. Finalmente se pagaron 135 millones de libras esterlinas más 15 millones por las compañías colaterales, en total 150 millones de libras esterlinas equivalentes a 2.029 millones  de m$n; algo más que el valor de mercado, pero notoriamente inferior al valor nominal de 250 millones de libras esterlinas (3.375 millones de m$n)
El arreglo era pagar con los saldos bloqueados en Londres de unos 130 millones de libras esterlinas y el saldo con los excedentes en la balanza comercial.
En agosto de 1947, a raíz de la suspensión de la convertibilidad  de la libras, es que se acuerda pagarlos con libras no convertibles, resultado del superávit  que teníamos en el comercio con Gran Bretaña.  Finalmente por el “Pacto de los Andes” (12/02/1948) se formalizo la compra mediante un adelanto de 100 millones de libras esterlinas que hizo el Gobierno Ingles a cuenta de las exportaciones de carne de 1948, por el cual pagaríamos un interés del 0,5%, más 10 millones que Gran Bretaña acredito por la diferencia de precio de productos ya exportados.  El saldo de 40 millones se pagaron con libras esterlinas bloqueadas en el Banco de Inglaterra.  Los 80 ó 90 millones de libras garantidas quedaron a disposición del Gobierno Argentino para pagar compras en el área  de la libra.  Gracias a la nacionalización  se incorporaron al patrimonio nacional 4.720.950 m2 de tierras a lo largo de 24.453 kms. de vías férreas; terrenos que valuados a 20 centavos m$n el m2, representan 944 millones de pesos. A esto tenemos que sumarle empresas de transporte, eléctricas,  de aguas, compañías de tierras e inmobiliarias, hoteles, frigoríficos,  tiendas y puertos (Dock Sud, San Nicolás, El Dorado, Zarate, Arroyo Las Parejas,  Puerto Galván, Ing. White,  San Isidro, Madryn, Bajada Grande,  Ibicuy y Villa Constitución)    A valor de mercado, los terrenos, rieles, postes, alambrados, etc (sin contar el material rodante) estaban valuados en 2.927 millones de pesos contra 2.028 pagados quedándonos gratis las empresas subsidiarias, quedando a cargo del Gobierno Argentino todos los gastos inherentes a la transferencia.
A través de la nacionalización del transporte, esbozada en el 2° Plan Quinquenal del gobierno del Gral. Perón, se intentaba ahorrar los enormes suplementos de los fletes que se pagaban al extranjero, expandir el comercio: “en uno, o dos años, con sus propios fletes, pagan su costo, y luego, durante veinte o treinta años, producirán divisas para el país, sin que éste tenga que rendir vasallaje a nadie para transportar sus productos”.
El Estado (nacional, provincial y municipal) se convirtió en un gran empleador. Las nacionalizaciones que se llevaron a cabo: ferrocarriles, gas, transportes de Buenos Aires, flotas fluviales y marítimas, líneas aéreas, demandaban gran cantidad de trabajadores y la oferta de empleo en los primeros años del gobierno fue elevada. La no inclusión de la Argentina en el Plan Marshall de ayuda a la Europa de posguerra, hizo que sus productos agrarios no tuvieran colocación, y a pesar del optimismo y de las buenas perspectivas que se tenían debido a la gran cantidad de reservas que el país había acumulado durante la guerra, la mala administración y errores cometidos llevó a comienzos de 1950, a la cesación de pagos en las deudas con el extranjero.  El gobierno debido a la escasez de dólares del Banco Central tuvo que aceptar un empréstito de 125 millones de dólares de EEUU
De la Dictadura a la tiranía privatizadora
El ferrocarril fue cayendo como resultado de una política económica impulsada a sangre y fuego, y que privilegiaba otros medios de transporte.  A mediados de 1978 el gobierno de la dictadura resolvió eliminar la mayoría de los trenes de pasajeros del interior aduciendo razones económicas, clausuró unos 4 mil kilómetros de ramales y echó a la calle unos 38.000 trabajadores.  El escritor Rodolfo Walsh entrevió lo criminal de esta política y la denunció en su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”:
“Estos hechos que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor, que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.
Como en el siglo XIX, el general Lavalle, heroico granadero del Ejército de los Andes, fue la “espada sin cabeza” que sirvió a la salvaje política unitaria, y la traición de Urquiza facilitó la instalación de la economía librecambista y la penetración de los capitales ingleses; la Junta Militar del 76 fue el ejército de ocupación que arrasó con todo y guardia pretoriana del verdadero amo, el poder económico. Pero ni aún con toda su violencia, el poder militar logró imponer la política liberal en toda su plenitud. Irónicamente, el neliberalismo se implantó en su forma más feroz con un gobierno democrático y de la mano de un partido popular. Con Carlos Menem en la presidencia se privatizaron las empresas del Estado, se reglamentó el derecho de huelga, se despidieron miles y miles de obreros. No era la primera vez que la fuerza de las armas era insuficiente para instaurar un régimen económico: en 1806 y 1807, dos expediciones inglesas invadieron la ciudad de Buenos Aires y ambas fueron derrotadas. Con el tiempo los comerciantes ingleses lograron lo que sus tropas no pudieron hacer. 
El déficit ferrocarrilero. El sinceramiento contable 
En el año 1983 el general (R) Juan Carlos de Marchi, titular de la Asociación del Congreso Panamericano del Ferrocarril afirmaba que “la idea deficitaria del ferrocarril es una mentira, ya que no se pueden medir los beneficios que presta como servicio público a través de la contabilidad convencional que deja de lado importantes parámetros”, y señalaba que “en el congreso ferroviario de Lima postulamos el sinceramiento contable, que es una idea de ingenieros argentinos que está recorriendo el mundo. No se tienen en cuenta por ejemplo que en los ferrocarriles el número de muertes por accidentes es solo un tercio de las que se producen en las carreteras, no se consideran los tiempos de espera y de viaje, el mayor consumo de combustibles, etc.”, “de todos los servicios públicos que la nación presta a la comunidad, todos tienen un titular a quien se le piden los resultados, al camino no y su explotación es un misterio.” En mayo de 1987 el presidente del Directorio de Empresas Públicas (DEP), más conocido como el Holding de empresas Publicas, Enrique Olivera declaraba al diario Crónica que Ferrocarriles Argentinos arrojó una déficit promedio anual de 1.221 millones de dólares, entre 1980 y 1986. Unos 3,3 millones de dólares diarios (el informe fue preparado por el empresario de FATE y Aluar, Manuel Madanes). Lo que produciría en un breve plazo, el colapso de ferrocarriles. El vicepresidente de FF.CC. Héctor Hugo Zanelli sin embargo manifestó que “el déficit operativo de FF.CC. asciende a entre 1,2 y 1,5 millones de dólares diarios. Desconozco cómo es que Olivera llegó a esa cifra”. Y además informaba que “el negocio ferroviario pasa por el transporte de cargas y no de pasajeros” (las líneas diseñadas por los ingleses se tendieron sobre ese concepto).
En esos momentos la empresa contaba con una red troncal y primaria de 16.100 kilómetros y otra secundaria y simplificada de unos 19.700 kilómetros.
En 1987 en Francia y Alemania occidental, los balances financieros del ferrocarril observaban un gran déficit que superaba diez veces el déficit argentino.
Sin embargo en ese año había obras ferroviarias en ejecución en 53 países por un total de 14.500 kilómetros. En 74 grandes ciudades de 28 países hay nuevas líneas y extensiones de las existentes, de los ferrocarriles de pasajeros metropolitanos (Viena, Bruselas, Montreal, Praga, Berlín, Munich, Budapest, Calcuta, Milán, Nápoles, Roma, México, Bucarest, Singapur, Barcelona, Baltimore, Chicago, Los Angeles, Kiev, Leningrado, Moscú, Caracas, etc.)
La contabilidad engañosa. El balance social
El director de Ferrocarriles Argentinos de ese entonces, Agr. Jorge Alfredo Gripi decía que “la contabilidad tradicional induce a equívocos cuando se trata de juzgar la actividad real de mantener vías y correr trenes.” Desde 1983 la Empresa Ferrocarriles Argentinos había incorporado un balance social que señalaba el beneficio público del servicio.
Este beneficio era igual a la diferencia entre el gasto necesario para transportar por otros medios el tráfico realizado por los trenes de ferrocarriles argentinos y el propio gasto ferroviario. Este gasto denominado “gasto alterno” se establecía a partir del costo de movilidad de camiones y ómnibus, restando utilidades e impuestos finales e incrementados por lo que no paga el autotransporte por ser empresa de movilidad desatendida del camino, señalización, comunicaciones, gastos por accidente, etc.
El gasto ferroviario incluyó el costo de servicio, gastos administrativos, déficit de ramales, pérdidas y gastos por accidentes. Las cifras finales arrojaban un beneficio público cercano al 25%, que era la diferencia entre el gasto alterno (887.636 millones de australes) y el gasto del ferrocarril (666.976 millones de australes). 
La mentira del déficit ferroviario, tenía la finalidad de eliminar las resistencias para su venta y desguace. Era necesaria la privatización para lograr la eficiencia y rentabilidad del sector. 
El diputado Lorenzo Pepe, señalaba que en 1987 el 50 por ciento de las locomotoras Diesel estaba fuera de servicio y también el 55 por ciento del total del parque de vagones de carga. La obsolescencia en los rieles oscilaban entre el 35 y el 40 por ciento, a ello se debían las bajas velocidades de los trenes y la razón por la cual muchos vagones descarrilaban. Se llegaron a privatizar los talleres de reparación, que eran el corazón del servicio ferroviario. Además se habían expulsado a casi 50.000 agentes.