Rosas

Rosas
Mostrando entradas con la etiqueta Lavalleja Juan Antonio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lavalleja Juan Antonio. Mostrar todas las entradas

martes, 31 de enero de 2023

20 de Febrero de 1827_ Ituzaingó, la batalla de las desobediencias....

Por el Prof. Julio R. Otaño
Para entender la PRIMERA GUERRA CONTRA EL IMPERIO DEL BRASIL entre 1825 y 1828 hay que remontarse a un hecho muy concreto en la historia compartida por argentinos y orientales. Ocupada la Banda Oriental desde varios años antes por portugueses (y tras la independencia del Brasil, por brasileños), un nutrido grupo de orientales refugiados en Buenos Aires emprendieron una campaña para recuperar el control político sobre su territorio. Fueron los famosos “33 Orientales”, quienes liderados por Antonio de Lavalleja y Manuel Oribe (Y financiados por argentinos como Juan Manuel de Rosas) y tras desembarcar en la playa de la Agraciada reunieron el Congreso de la Florida que el 25 de agosto de 1825 declaró la independencia de la Banda Oriental respecto del Brasil y su reincorporación a las Provincias Unidas del Río de la Plata. El Congreso Nacional aceptó el pedido de reincorporación, lo que desencadenó que el Brasil declarara formalmente la Guerra. Se da comienzo así al primer conflicto bélico entre las Provincias Unidas y el Imperio del Brasil. El Ejército Argentino-oriental llamado de Operaciones, una vez instalado en la Banda Oriental, pasó a llamarse “Ejército Republicano”. Hacia fines de 1826, el impulso de Alvear había dado sus frutos. Jefes probados como Soler, Chilavert, Angel Pacheco, Lavalle, Mansilla, Paz, Brandsen, Olavarria e Iriarte integraban la oficialidad; Luis Beltrán, el colaborador de San Martín, estaba encargado del parque. El ejército contaba con unos 5.500 hombres. Alvear, desdeñó sitiar las plazas fortificadas de Colonia y Montevideo y se lanzó directamente hacia el noreste, para hacer del territorio enemigo el teatro de la guerra.  Se marchaba cubriendo unos 13 kilómetros diarios, en una época calurosa y seca en la que abundaban los incendios de campos. El suelo era yermo, sin ganado ni cultivos, y el único alimento de la tropa era la carne. La escasez de agua dificultaba la marcha- 
Por su parte, el ejército imperial estaba distribuido en varios puntos de la frontera con la Banda Oriental.Contaba con más de 15.000 hombres a las órdenes del marqués de Barbacena, cuyo objetivo era expulsar a los republicanos al otro lado del río Uruguay, para atacar Entre Ríos y obligarlos a firmar la paz. Hubo encuentros parciales como el de Bacacay, en febrero de 1827, en el que Lavalle atacó la división de Bentos Manuel, que debió retirarse, y el de Ombú, dos días después, cuando Mansilla cayó sobre los enemigos que lo perseguían.   Carlos de Alvear Jefe Nominal del llamado Ejercito Republicano atrajo al grueso de las fuerzas imperiales, mandadas por el marqués de Barbacena, a un enfrentamiento en la vera del río Santa María. El Santa María separaba el territorio montañoso (donde las caballadas aliadas poco valor táctico tenían) de los terrenos más llanos con buenos pastizales al sur del río. El ejército aliado buscaba campos con forraje adecuado, mas la imposibilidad de vadear el río por estar crecido obligó a efectuar una contramarcha de veinte kilómetros en la noche previa a la batalla recorriendo un camino ascendente que permitía posicionar al ejército aliado en igualdad de condiciones con el oponente. La enemistad entre los generales republicanos y a las diferencias tácticas y estratégicas militares, produjo múltiples desobediencias del lado republicano en el campo de batalla. A la formación inglesa de las tropas imperiales se oponía la marcada influencia francesa de Alvear, gran admirador de Napoleón. Pero la profusa formación militar de Alvear contrastaba con el estilo de guerra gaucha entre jinete y jinete de Juan Antonio Lavalleja. Es precisamente Lavalleja quien comete la primera desobediencia de muchas que se darían ese día. El caudillo había recibido órdenes de posicionarse a la derecha del centro republicano y atacar el flanco izquierdo brasileño. Pero no obedeció, excusándose en la oscuridad de la noche y el desconocimiento del terreno, y ubicándose en el centro del campo de batalla. El historiador Vicente Fidel López confirma esta versión, basándose en un testimonio según el cual, al recibir la orden de Alvear, Lavalleja “prorrumpió en palabras descompuestas contra el general; vociferando que todas esas estratégicas eran farsas, que para ganar una batalla no se necesitaba sino pararse frente al enemigo ir derecho a él, atropellarlo con denuedo y vencer o morir”. La terquedad de Lavalleja comprometería seriamente el triunfo del ejército republicano.
Como los brasileños estimaron erróneamente que los aliados habían cruzado el río en la tarde anterior su marcha fue descuidada y desprolija. Barbacena envió el grueso de su infantería en tres columnas a atacar el primer cuerpo del ejército aliado, comandado por Lavalleja, que estaba ubicado con la artillería en el centro del campo de batalla. Una vez próximos a éste, Alvear ordenó la carga de la caballería, hasta entonces oculta, sobre el flanco izquierdo de los brasileños. Posicionados sorpresivamente frente a un ejército bien formado y dispuesto para la batalla, los voluntarios que componían este flanco, al mando del Mariscal José de Abreu Mena Barreto, se desbandaron. El flanco derecho imperial se replegó también, cruzando el río por el vado, y dejando sólo a la columna central, entre los que se contaban 2.000 mercenarios experimentados de origen austríaco y prusiano, para resistir las sucesivas cargas dirigidas por el Teniente Coronel Federico Brandsen, y el General Juan Galo de Lavalle, que fueron decisivas. Alvear envió deliberadamente a la muerte a este último: teniente coronel Charles Louis Frederic de Brandsen ya que era una locura lo que le pedía: atacar a una fuerza de 2000 mercenarios austríacos y alemanes y y defendida por un foso….Ya tenía 41 años. (Había nacido en París en 1785. Hijo de un médico holandés y luego de recibir educación en el Liceo Imperial de Francia, Brandsen ingresó en el ejército. Tras la abdicación de Napoleón en 1814, Brandsen regresó a Francia. En 1815, intervino en la campaña de los Cien Días que culminó con la batalla de Waterloo donde resultó herido. Llego a Bs As, destinado al Regimiento de Granaderos a Caballo, como capitán de caballería en Las Tablas, cerca de Valparaíso, Chile y que combatía bajo las órdenes del general San Martín. Entre 1818 y 1819, Brandsen participó en la segunda campaña al sur del país trasandino que culminaría con la victoria de Bío Bío. Posteriormente, formó parte de la expedición libertadora al Perú. Participando en Nazca junto al mayor Juan Lavalle. Tampoco olvidó ese 8 de noviembre de 1820, en Chancay cuando con 36 Cazadores vencieron a una fuerza realista de casi 200 hombres. Así, ascendió a sargento mayor. San Martín lo puso al frente del regimiento de Húsares de la Legión Peruana de la Guardia con el grado de teniente coronel y con el que triunfó en Zepita. Luego, con la Caballería de la Vanguardia del Ejército del Perú intervino en Sica-Sica y en Ayo-Ayo donde contuvo la persecución enemiga para salvar los restos del ejército derrotado en esos encuentros. Entre 1822 y 1823 participó en otras operaciones contra los realistas. Encarcelado, desterrado y luego liberado por Simón Bolívar, el 5 de marzo de 1825 embarcó con su familia en el buque Livonia, a Santiago de Chile. Tras una breve permanencia en esa ciudad, regresó al Río de la Plata. El 23 de enero de 1826 el gobierno lo designó jefe del Regimiento 1 de Caballería con las jinetas de teniente coronel y se preparó parta luchar contra el Imperio del Brasil.) Finalmente, llegó el 20 de febrero de 1827- Tal como lo había previsto, el ataque fracasó y la metralla enemiga rápidamente terminó con su vida y la de varios de sus soldados, entre ellos un hermano de Juan Lavalle.  Sin embargo, luego de varios intentos, el empeño patriota dio resultados. Tras 5 y 6 horas de combate, las tropas imperiales tocaron a retirada. El triunfo de las fuerzas de la República es total. Las cargas encabezadas por Juan Lavalleja, Estanislao Soler, Lucio Mansilla y Angel Pacheco, entre otros, fueron decisivas. Finalizada las acciones, el propio Juan Lavalle recorrió la zona y encontró el cadáver de Brandsen entremezclado entre los cuerpos de sus hombres. Estaba completamente desnudo porque en su huída, los imperiales le habían quitado el uniforme y sus medallas. El valiente guerrero fue promovido póstumamente a coronel y sus restos descansan en el cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires. Su sepultura fue declarada Monumento Histórico Nacional. Lamentablemente, los brasileños lograron retirarse, dado que la caballada republicana estaba agotada. Sin embargo, se pudo destruir la mayor parte de la fuerza enemiga y se capturaron el parque y los trofeos. En realidad, la batalla se libró sin una adecuada dirección por parte de Alvear, y los triunfadores –como escribiría Paz- fueron los jefes de cuerpo, que siguieron sus “inspiraciones del momento”. Paz agrega que Ituzaingó “puede llamarse la batalla de las desobediencias pues allí todos mandanos, todos combatimos y todos vencimos guiados por nuestras propias inspiraciones”.  Los jefes subalternos pelearon de acuerdo a su propia iniciativa, mientras el generalísimo Alvear y Soler no sabían que hacer en el campo.  Tampoco el resultado de la batalla de Ituzaíngó adquirió un valor políticamente decisivo, Alvear se dedico a saquear los despojos de los imperiales; dejaba huir a los brasileños con su artillería y la fuerza militar intacta. "La paz se habría firmado dictando el vencedor las condiciones: la evacuación de Montevideo y de todo el territorio oriental ocupado por las tropas del Imperio, su incorporación a la República Argentina", dice Iriarte en sus Memorias.  El generalísimo se apoderó de la vajilla de plata del marqués de Barbacena abandonada en la precipitada huida, mientras el general Soler "aligeraba los baúles del marqués". Hasta el nombre de la batalla es una invención de Alvear: "Estuvo dos días buscando en la carta un nombre bien sonante, y el de Ituzaingó fue el que más satisfizo su oído. Con más propiedad los enemigos la llaman "batalla del Paso del Rosario". (ituzaingo significa cascada de agua).  
El ejército imperial sufrió 200 muertos, entre ellos el mariscal Abreu y 150 prisioneros. Las Provincias Unidas sufrieron 139 bajas de caballería y 9 de los Cazadores de Infantería. Entre los efectos abandonados por los brasileños en su huida luego de la derrota de Ituzaingó, figuró una valija que contiene un manojo de partituras musicales. En una de ellas y en caracteres de gran tamaño podía leerse: “Para ser ejecutada después de la primera gran victoria que alcancen las tropas imperiales, debiendo darse a esta marcha el nombre del campo en que se libre la batalla”, Dicha misteriosa partitura -cuya composición siempre se atribuyó al mismísimo Pedro I, Emperador del Brasil- pensada para ser tocada por los brasileños en su desfile triunfal por las calles de Buenos Aires, pasó en cambio a incorporarse al repertorio musical del Ejército Argentino y es actualmente la marcha presidencial, es decir, la que se ejecutaba a la llegada del Presidente de la Nación a un acto oficial.
En abril, en Camacuá, Pacheco y Paz triunfaron de manera tan rotunda que el marqués de Barbacena fue destituido. En mayo, en Yerbal, Lavalle logró la victoria, aunque debió ser reemplazado por Olavaria a causa de sus heridas.   Al comenzar la estación lluviosa, el Ejército Republicano dejó el territorio de Río Grande y se estacionó en Cerro Largo. El estado de las caballadas era tan lamentable que para llegar a destino los jinetes debían andar a pie a razón de un día de marcha por dos de descanso. Además, el creciente malestar que causaba Alvear entre los oficiales minaba la unidad del ejército. Así le escribía San Martín a Tomás Guido: “Este joven (Alvear) ha declarado odio eterno a todos los jefes y oficiales que han pertenecido al Ejército de los Andes”, y alegaba que como era un ignorante del oficio militar, no quería tener a su lado a los probados veteranos de las guerras emancipadoras.
En julio de 1827, el general Alvear fue relevado por el encargado de las relaciones exteriores, Manuel Dorrego, pues Rivadavia había renunciado a la presidencia de la República y cada provincia había recuperado su autonomía. El nuevo jefe del ejército fue el general Lavalleja, que tampoco contaba con el beneplácito de la oficialidad argentina. La guerra languidecía por agotamiento de los contendientes; las únicas batallas que se libran eran navales y sus protagonistas mayoritariamente ingleses. El jefe de la escuadra bloqueadora del Río de la Plata era inglés y, curiosamente, el almirante de la flota republicana había nacido en Irlanda, aunque Brown era un criollo de alma y por sentimiento.
Siete meses permaneció el ejército republicano en Cerro Largo. Su situación, pese a las victorias obtenidas, era lamentable. No había recursos materiales y tanto los oficiales como la tropa debían soportar la miseria más increíble. Dorrego envió remesas de vestuario, monturas, armamento y municiones, pero no en cantidad suficiente, como para reiniciar una campaña. Entonces, como último recurso, las autoridades de Buenos Aires ordenaron la creación de un escuadrón de caballería al mando de Estanislao López, gobernador de Santa Fe, con la misión de invadir las antiguas misiones brasileñas. Fructuoso Rivera, ya enemistado con Lavalleja, se le adelantó y ocupó la región. Al enterarse, Dorrego no tuvo más remedio que homologar la iniciativa de Rivera, disponiendo la unificación de fuerzas, pero López no soportó la situación y optó por retirarse a Santa Fe y regresar las tropas que le había enviado.  Después de las victorias de Juncal e Ituzaingó, el presidente Rivadavia envió a su ministro Manuel J. García a iniciar tratativas de paz. El momento estaba bien elegido, pues los triunfos argentinos colocaban a la República en una situación de superioridad, y aunque el bloqueo naval brasileño seguía estrangulando a nuestro país, los enormes gastos de la guerra preocupaban también al gabinete imperial.  A Rivadavia, a pesar de que las victorias hubieran permitido imaginar un triunfal avance hasta el inerme y desmoralizado Río de Janeiro, no le interesa ganar la guerra porque su atención está ocupada en las vicisitudes de su constitución unitaria, unánimemente rechazada por los gobernadores provinciales que se unen en una liga dirigida por el cordobés Bustos, cuyo objetivo es expulsarlo del poder y continuar el conflicto armado que tan favorable se presentaba.  García, firmó un tratado vergonzoso en el que se reconocía a la Banda Oriental como parte del Brasil y se renunciaba a toda reivindicación ulterior; además, la República debía pagar una indemnización por los daños causados por los corsarios, a quienes el gobierno argentino había autorizado guerrear. Se perdió en la mesa de negociaciones lo que se había logrado en el campo de batalla. Esta actitud claudicante de García se debía al temor que el ministro compartía con los hombres de Buenos Aires respecto de las consecuencias internas de la continuación de la guerra con el Imperio. La posibilidad de que la autoridad central se derrumbara y se vieran forzados a entregar su poder a caudillos del Interior, que ellos consideraban salvajes, los estremecía, y era un mal que querían evitar a cualquier precio. Rivadavia presenta entonces la renuncia con su habitual petulancia: “Me es penoso no poder exponer a la faz del Mundo los motivos que justifican mi irrevocable resolución”. La primera magistratura fue asumida provisoriamente y por poco tiempo por Vicente López y Planes. El Congreso se disolvió.
Bibliografia
Beverina Juan "Guerra contra el imperio del Brasil"
Busaniche Jose #Historia Argentina"
Ferla Salvador "Historia Argentina con humor"
Leven e Ricardo "Historia Argentina"
Palacio Ernesto "Historia Argentina"
Paz Jose María "Memorias"
Pérez Amuchástegui "Crónica Histórica Argentina"
Perrone Jorge "Diario de la Historia Argentina"
Rosa José María "Historia Argentina"
Sierra Vicente "Historia Argentina"

martes, 5 de febrero de 2019

JUAN ANTONIO LAVALLEJA

por Antonino Reyes

Nació en Minas, Uruguay el 24 de junio de 1784. Hijo de Manuel Pérez de La Valleja, español originario de Huesca, estanciero acomodado, y de Ramona Justina de la Torre, española también. Después de acompañar a su padre en las tareas rurales se Inició en la carrera de las armas en 1811. Combatió en Las Piedras al mando de Artigas, a quien permaneció fiel cuando éste entró en conflicto con el Directorio. En 1815 vigilaba los movimientos de Dorrego y en Guayabos, en unión con Rivera, decidió la batalla a cargas de lanza. En la segunda penetración portuguesa de 1816 se batió con éxito contra los invasores en Minas y Florida, y en 1817 mandó la Izquierda de Rivera en el Paso del Cuello y en el combate de Pueblo Viejo del Pintado. Al frente de la extrema vanguardia de Artigas, en 1818, cayó prisionero de los portugueses. Este mismo año, durante la guerra con Brasil, fue hecho prisionero y enviado a la Isla de las Cobras, en Río de Janeiro hasta 1821.  
Resultado de imagen para juan antonio lavalleja
En 1823, se unió al movimiento revolucionario iniciado por la logia "Caballeros Orientales" y el Cabildo de Montevideo para obtener la independencia de Brasil pero, fracasado ese intento, partió al exilio en Buenos Aires. Allí preparó y dirigió la llamada Cruzada Libertadora de los Treinta y tres Orientales, que buscaba liberar a la Banda Oriental de la dominación brasileña.   "Amigos, estamos en nuestra Patria. Dios ayudará nuestros esfuerzos y si hemos de morir, moriremos como buenos en nuestra propia tierra". Así, hincado en el suelo, habló Lavalleja a sus compañeros de aventura. Los Treinta y Tres Orientales acababan de desembarcar en La Agraciada e iniciaban la épica hazaña de arrojar a los brasileños de la Cisplatina. En Paso del Rey apresó a Borda y a 300 hombres; apresó la guarnición brasileña de San José, ocupó Canelones, asegurando a los brasileños avecindados respeto a sus personas y haciendas. Dejó establecido el cerco de Montevideo, encabezó el ataque a Colonia y venció en Sarandí a las fuerzas imperiales del coronel Bentos Manuel Ribeiro.
Declarada la guerra entre el Brasil y las Provincias Unidas combatió a las órdenes de Alvear en Ituzaingó y Camacuá. Sustituyó a Alvear en el mando y, terminada la guerra y declarada la Independencia oriental, fue, sucesivamente, jefe de Estado Mayor, ministro de Guerra y Marina y de Relaciones Exteriores. En 1830, elegido Rivera presidente, Lavalleja se alzó contra su autoridad e Inició una serie de insurrecciones que azotaron el suelo uruguayo. Derrotado por Manuel Oribe en 1832, fue dado de baja del ejército y borrado de la lista de los Treinta y Tres.  En 1834, con apoyo argentino, invadió el Estado oriental y, derrotado nuevamente, huyó a nado, internándose en el Brasil. A las órdenes del nuevo presidente Oribe, venció a su vez a Rivera. Caído Oribe en 1838, Lavalleja retornó a la Argentina, estuvo al servicio de Rosas e invadió el Uruguay por tercera vez, junto con el general Echagüe, siendo ambos vencidos en Cagancha.
Durante el sitio de Montevideo, Lavalleja figuró en el ejército sitiador desde 1843 a 1851. Al producirse la caída del presidente Giró, con motivo de un movimiento revolucionario, integró el Triunvirato que se hizo cargo del poder. Allí se desempeñaba cuando lo sorprendió la muerte repentinamente, el 22 de octubre de 1853, mientras firmaba un despacho en la casa de gobierno.

viernes, 28 de febrero de 2014

ROSAS Y LOS TREINTA Y TRES ORIENTALES

Escribe: Juan Carlos Serqueiros
El suceso histórico conocido como la Revolución o Cruzada Libertadora de los Treinta y Tres Orientales, se originó en Buenos Aires, cuando corría el año 1825.
En apretadísima síntesis, el contexto era el siguiente: Había un marcado desapego (y en algunos casos deplorables, algo peor que el desapego: la traición lisa y llana) por parte de los sucesivos gobiernos porteños a la hora de ocuparse del asunto (por entonces urgente y estratégico) de la Provincia Oriental (a la sazón invadida por las fuerzas imperialistas del Brasil, al mando del general portugués Carlos Lecor).
No es el objeto de estas líneas el puntualizar y analizar las causas por las cuales ese cuadro de situación se producía, ni de quiénes eran los responsables de que las cosas se dieran de ese modo; baste por ahora con fijar a grandes rasgos el escenario general en el cual se estaba por desarrollar el acontecimiento.
Residía en Buenos Aires un grupo de emigrados orientales, que no cejaba en su empeño de cambiar ese status quo, para poder liberar su tierra, tan cara a los sentimientos de todos los patriotas, expulsando al invasor luso-brasilero. Todo lo tenían en contra: el general Artigas, después de las muchas traiciones e ingratitudes que había sufrido (Rondeau, Hereñú, Ramírez, Rivera, y una larguísima lista de lamentables etcéteras más); ya se encontraba asilado en el Paraguay del doctor Francia. Del Comandante Andresito, nada se sabía (ni se sabría nunca), desaparecido misteriosamente (con fuertes indicios en el sentido de que lo habrían asesinado por envenenamiento) luego de la terrible prisión que soportó en Ilha das Cobras (y dicho sea de paso y ya que estamos, señor Canciller, si lee esto, en medio del fárrago de su actividad y sus altas responsabilidades, por lo que más quiera encuentre un tiempito para indagar respecto del pedido de informes que nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores cursó oportunamente -tengo entendido que van para 4 años o algo así; si la información que manejo es inexacta en cuanto al tiempo transcurrido, sepa disculpar, soy un ciudadano común y corriente nomás-; a su similar brasilero de Itamaraty, acerca de qué ocurrió con el general indio Andrés Guacurarí y Artigas, en qué circunstancias se ocasionó su muerte, y dónde se hallan sus restos).
 
Pero si bien ya no estaba Don José Artigas, la pródiga tierra charrúa, fecunda y siempre generosa en héroes, proveería otro jefe: Juan Antonio Lavalleja (que también había estado prisionero de los portugueses en Ilha das Cobras, junto a Leonardo Olivera, su hermano Manuel Artigas, Bernabé Rivera y otros; y que había logrado su liberación, cometido este para el cual no escasa importancia habían tenido esos últimos 4.000 pesos que el general José Artigas llevaba en sus alforjas hasta el último instante previo a su ingreso al Paraguay; y que con su habitual magnanimidad, ordenó le fueran enviados a Lavalleja por medio del soldado Francisco de los Santos, para paliar en parte la desgraciada situación de sus compañeros presos ¡Oh, Artigas, qué grande eras y cuánta nobleza había en tu alma! Cuando se dan, en nuestra riquísima historia latinoamericana, hechos como ese; uno no puede menos que preguntarse: ¿Habrá tenido Don José, además de su genio inmenso, una percepción extraordinaria de lo que vendría, y que lo llevó a mandarle esos 4.000 pesos a Lavalleja?).
Ahora lo tenemos a Juan Antonio Lavalleja reunido en Buenos Aires con otros oficiales orientales emigrados: su propio hermano Manuel Lavalleja; Pablo Zufriategui, Manuel Oribe, Simón del Pino, y Manuel Meléndez. Todos ellos, más el comerciante Luis Ceferino de la Torre, fueron los iniciadores de la empresa que culminaría en la gesta heroica de la Cruzada Libertadora de los Treinta y Tres Orientales, firmando un juramento escrito de sacrificar sus vidas, por lograr la libertad de su patria.
Si bien los sucesivos gobiernos se habían desentendido de la cuestión oriental, entre otros motivos, por oposición a lo que consideraban la “infección” del artiguismo; sí había en los sectores populares de la población (las capas bajas de la sociedad: orilleros, quinteros, etc.; los afectos al partido del coronel Manuel Dorrego) una marcada adhesión a la idea de recuperar la Banda Oriental para las Provincias Unidas del Río de la Plata. Asimismo, los ganaderos y los industriales saladeros, apoyaban dicha idea. En ese contexto, a principios de enero de 1825, llegó a Buenos Aires la noticia de la gran victoria patriota del mariscal Sucre en la batalla de Ayacucho, ocurrida el 9 de diciembre de 1824; que marcaría el fin de las guerras independentistas hispanoamericanas. La ciudad fue una apoteosis, y el entusiasmo popular alcanzó el climax. Los festejos públicos fueron grandiosos, y se producían entre vivas a Sucre y a Bolívar. Lavalleja y los suyos, adoptaron entonces la firme decisión de invadir la Provincia Oriental, contasen o no con el apoyo del gobierno porteño.
Una añeja amistad unía a Lavalleja con Don Juan Manuel de Rosas, que ya figuraba entre los hombres más influyentes de Buenos Aires, y que después alcanzaría la gobernación de su provincia, y con ella, la primera magistratura del país, al crear la Confederación Argentina y encargarse de sus relaciones exteriores. Los dos amigos convinieron en reunirse en la casa de Nicolás de Anchorena, con una serie de ganaderos y saladeristas, y allí se resolvió llevar adelante el plan; aportando Rosas la mayor parte del dinero necesario, y sus amigos el resto. Ahora bien ¿en qué consistía dicho plan? A grandes rasgos, lo que se perseguía era la intención de poner al gobierno del general Las Heras frente a un hecho consumado, que lo forzara a decidirse por la guerra contra el Imperio del Brasil. Por ello, la empresa debía aparecer como una iniciativa exclusivamente particular, y de ninguna manera oficial. Y así se hizo, en efecto.
Pero restaba aún una dificultad por vencer: alguien debía trasladarse a la Banda Oriental, para recabar la opinión de los patriotas que allí habían quedado, para calibrar el número y estado de las tropas brasileras y para movilizar a la campaña en favor de los emigrados, de tal modo que cuando éstos desembarcasen, encontraran apoyo. Ese alguien, debía tener una excepcional templanza de carácter, un coraje a toda prueba y óptimas condiciones en cuanto a tacto y prudencia; es decir, debía ser un agente secreto consumado, un espía. Y obviamente, ese alguien no podía salir de entre Lavalleja y los suyos, ya que todos eran vastamente conocidos en su tierra. Todas las miradas se volvieron entonces hacia el futuro Restaurador de las Leyes: ese alguien no podía ser otro que él. Y de esa manera, allá fue Don Juan Manuel de Rosas. Con la astucia criolla que lo caracterizaba, Rosas declaró públicamente y por distintos conductos, que se disponía a emprender un viaje por las provincias de Santa Fé, Entre Ríos y la Banda Oriental, con el propósito de adquirir campos; despejando con ese ardid, cualquier sospecha que pudiera abrigar el invasor brasilero (que tenía espías en Buenos Aires, el principal de ellos, de nombre –falso, por supuesto- Guillermo Gil), originada en el hecho de que se dirigiese a tierra charrúa, lo cual se disimulaba con la incursión por Santa Fé y Entre Ríos. Llegado a la Banda Oriental, Rosas se entrevistó en Durazno con Fructuoso Rivera, a quien le entregó una carta procedente de Lavalleja (algunos historiadores uruguayos afirman –erróneamente, en mi humilde opinión- que en realidad, con quien se entrevistó Rosas fue con la esposa de Rivera, Doña Bernardina Fragoso).
 
El propio Rosas, de su puño y letra, redactaría en 1868, en su exilio de Southampton, un manuscrito que añadiría a su archivo, y que luego reproduciría Adolfo Saldías en su Historia de la Confederación Argentina. El mismo rezaba:

“Recuerdo, al fijarme en los sucesos de la República Oriental, la parte que tuve en la empresa de los 33 patriotas ... Ello creó una trampa armada a las autoridades brasileras en esa Provincia, para que no sospecharan el verdadero importante objeto de mi viaje, que era conocer personalmente la opinión de los patriotas, comprometerlos a que apoyasen la empresa, y a ver el estado y numero de las fuerzas brasileras. Así procedí de acuerdo en un todo con el ilustre general Don Juan Antonio Lavalleja; y fui también quien facilitó una gran parte del dinero necesario para la empresa de los 33...".

Tal fue la activa, arriesgada, patriótica y desinteresada participación que en ese acontecimiento histórico le cupo a Don Juan Manuel de Rosas.
En la medianoche del 15 de abril de 1825, Lavalleja y los suyos, se embarcaron en un alejado paraje de la costa de San Isidro, conocido como Puerto Sánchez, en razón del apellido del propietario de las tierras de esa zona, Cecilio Sánchez (punto situado en lo que es hoy el Club Naútico San Isidro). Desde allí partieron los gloriosos cruzados, los Treinta y Tres Orientales (que no eran 33, ni tampoco eran todos orientales; pero esa es otra parte de la historia).

miércoles, 31 de julio de 2013

UNA ORIGINAL INVITACIÓN A CAGARSE A TROMPADAS

Por Juan Carlos Serqueiros

El 27 de julio de 1828, Juan Antonio Lavalleja (o La Balleja), le escribía a Fructuoso Rivera (o Ribera); una carta que se conocería a través de la copia que el destinatario (o sea, Rivera), con más que dudosísima caballerosidad e hidalguía, hizo publicar en un periódico montevideano; con la indisimulable intención de perjudicar ante el imaginario colectivo al remitente (Lavalleja). Pero a ver... ¿era ese el verdadero móvil que conducía a Rivera a incurrir en un acto semejante?
Leamos primero la carta, que si bien seguramente no introducirá mayores variantes en la opinión que cada uno de nosotros se haya formado acerca de estos dos personajes de nuestra Historia; sí muy probablemente contribuirá a que comprendamos más acabadamente (si ello fuese posible) sus índoles personales:

“Señor Don Fructuoso Rivera. Cerro Largo, julio 27 de 1828.

Mi estimado compadre: Ayer he escrito a usted por mano secreta, y ahora lo hago de mi puño para decirle las cuatro verdades del barquero. Esto es hablando como amigo, y como usted mejor que nadie me conoce, y lo que usted no conoce de mi, es porque no quiere, o porque no le trae cuenta. En esta confianza voy a hablarle con la franqueza que siempre me ha caracterizado. Usted no podrá negar que ha sido mi amigo y que yo lo he sido suyo, en el extremo que los dos hemos sido una misma persona. Los acontecimientos políticos en la época desde que los portugueses tomaron posesión de la provincia, usted ha visto de un modo distinto las cosas: si su política ha sido la de gambetearles a los portugueses, yo nunca he estado por ésta y sino díganlo los acontecimientos del año 22 y 23. Seguí con mi empeño adelante hasta el 25 que la emprendí. Usted es un testigo ocular de los acontecimientos ocurridos hasta mediados del 26. Los motivos que le dieron mérito a separarse o ausentarse de la provincia para la de Buenos Aires, los ignoro; yo he seguido constantemente trabajando por la libertad de la provincia, y tendré que hacerlo sea del modo que fuese. Usted recordará que a su propartida del Durazno para el Uruguay le supliqué no lo hiciera; y sordo a la justicia y amistad, tomó el partido que mejor le agradó o le convino: resultó que fue a Buenos Aires y de allí a Santa Fe: yo no quise saber más de usted y continué en la lucha de concluir con los portugueses, y le confieso compadre que me había propuesto de nunca jamás tomar la pluma para usted. Yo le hablo con esta franqueza, porque soy incapaz de marchar contra mis sentimientos ínterin ni estoy convencido de lo contrario, y como usted mejor que nadie me conoce, se lo pongo de manifiesto. Usted sabe que soy un diablo, pero usted es con uñas, patas y astas; y desgraciadamente de nuestras incomodidades resultan males de mucha gravedad a nuestra patria: nada sería que a usted o a mi nos llevase tipa y media de diablos, sino causáramos males a nuestras compatriotas, nuestros hijos, nuestras familias, y últimamente que seamos detestados por todos los hombres sensatos.
Le confieso como amigo que el mayor deseo que he tenido en este mundo ha sido el tener una entrevista con usted pero los dos solos en un cuarto a puerta cerrada, y que nos diéramos más trompadas que mentiras ha echado usted en esta vida, y después que saliéramos de amigos, y que mientras no estuviésemos convencidos de esta justicia, nos hicieran morir emparedados allí. Yo me alegro que haya j... (Nota mía: el original debe haber dicho "jodido", de joder, como sinónimo de "coger", del acto sexual; y Rivera -o más probablemente algún escribiente del periódico-, al reproducir la carta en la prensa, queriendo aparentar una urbanidad, unas buenas maneras y melindres para utilizar "malas palabras" que jamás tuvo el "pardejón", habrá reemplazado "jodido" por "j...") bien en lo que ha rodado bien por esas provincias para que vea lo que es el mundo; y si algún día se ofrece otra, tenga más moderación y pulso en sus cosas. Yo lo he pasado primero que usted y se muy bien lo que es, C… (Nota mía: Consideraciones idem anterior. Infiero que en el original habrá estado escrito "carajo")
Ya le he hablado a usted la verdad en un tono que usted dirá lo de siempre “estas son las rabietas de mi compadre”; pero son verdades, que si fuera a hablar todo lo que debía no bastaría una resma de papel, si usted quiere volver a nuestra amistad antigua, yo le prometo bajo el nombre sagrado de amigo, que lo seré suyo, y en todas las circunstancias; y sino seremos bien hablantes. Acuérdese, C… (Nota mía: Consideraciones idem anteriores. El original debe haber dicho "carajo") los piojos que hemos muertos juntos por salvar nuestra patria. Recuerde la amistad; traiga a la memoria la noche de Arerunguá, -que Lavalleja era su amigo en los brazos de quien usted derramó lágrimas-. Tengamos más mundo, hemos padecido lo bastante y vamos a unir nuestros corazones, y que no se rían de nuestras miserias; y que otros disfruten de las glorias que hemos adquirido con nuestros esfuerzos en obsequio de la libertad de nuestra patria. Si usted conviene en esto, vamos a trabajar por conciliar todo, tanto entre amigos, como familias, y nosotros particularmente. En tanto le desea a usted toda felicidad su afectísimo compadre
Lavalleja
P.D. Mándeme una chinita linda, y le mandaré a su tuerta Juana la consabida.

Es copia del original a que me remite.
Rivera"

(Resaltados y subrayados míos)
Entrando en materia, Lavalleja y Rivera habían sido ambos, además de amigos personales, oficiales de Artigas y compadres entre sí. Más aún: cuando en 1817 Lavalleja se casó con Ana Monterroso, lo hizo por poder, dada la férrea oposición que sus padres (los del novio, Lavalleja, digo) hacían de esa boda a la cual reputaban como inconveniente; y su apoderado en esa oportunidad fue nada menos que... Rivera, que por ese entonces era su oficial superior, su jefe inmediato en la milicia. Caracteres disímiles (frontal, exaltado, gritón, extrovertido, audaz hasta la temeridad y a menudo ingenuo el uno -Lavalleja-; taimado, ladino, astuto, calculador, pícaro, arrogante, insolente y hasta ofensivo muchas veces el otro -Rivera-) y celos profesionales (parece que frecuentemente Lavalleja actuó hacia Rivera, movido por esas emociones); no habían conseguido mellar del todo el aprecio que ambos se tenían, que siempre terminaba por imponerse y que les permitía la prolongación de una amistosa camaradería; que continuaba a despecho de la sorda rivalidad que se incubaba en sus pechos, a los distintos procederes que ambos evidenciaban y a las distintas opiniones que sustentaban. Quizá ayudaba también al sostenimiento del sentimiento fraterno entre esos dos hombres tan distintos y a la vez tan similares en algunas carencias (la intelectual era una de ellas, aunque más iletrado aún, era Rivera -cuasi analfabeto y que leía y escribía a duras penas y con enormes dificultades- que Lavalleja), la condición común que detentaban de profundos conocedores de la geografía oriental y de las gentes de la campaña, considerados ambos extraordinarios baqueanos, tal como lo dice de Rivera, Sarmiento en ese su "Facundo" tan lleno de "inexactitudes a designio", según lo afirmara el propio sincericida. Como sea que haya sido, se las arreglaron para mantener una cordial relación, hasta que el diablo metió la cola, en la forma de la invasión luso-brasilera a la Provincia Oriental; y allí todo se iría adonde Rivera -o el escribiente del periódico- no quisieron estipular lisa y llanamente, esto es, al carajo.
Lavalleja se mantuvo leal a Artigas (y hasta caería prisionero de los luso-brasileros, que lo recluyeron en Ilha das Cobras, frente a Río de Janeiro), mientras que Rivera comenzó a patentizar una cada vez más frecuente desobediencia a las órdenes del Protector, llegando en 1820 (algunos sostienen que mucho antes, lo cual es más que posible, probable) a perpetrar la traición desembozada de pasarse a las filas del invasor portugués. No obstante ello, pareciera que habría habido -si bien no constituye una disculpa a su infernal conducta- algo de calculada intención en evidenciar una actitud colaboracionista hacia el enemigo por parte de Rivera; pero con miras a algo ulterior, a sacudírselo de encima después, digamos ("su política ha sido la de gambetearles a los portugueses", le escribe Lavalleja creyéndolo así en efecto). Y en obsequio a la verdad histórica, es menester decir también que, si bien Lavalleja se mantuvo firme junto a Artigas; mucho después de la caída de éste y ya estando el Protector exilado en el Paraguay del doctor Francia, le escribiría a Alvear el 18 de junio de 1826 estas repudiables frases (que mucho mejor hubiera sido para su gloria póstuma abstenerse de volcar al papel); acerca de las tropas que comandaba: "no serán destinadas a renovar la funesta época del Caudillo Artigas... El que suscribe no puede menos que tomar en agravio personal un parangón que le degrada...". En fin, lo de siempre: las miserias que afloran en los hombres cuando se obra al calor de la pasión política desenfrenada y no se tiene una psique capaz del renunciamiento. Sin embargo, preciso es convenir en que la gaffe de Lavalleja en esa oportunidad, no es en modo alguno comparable a la flagrante traición de Rivera. Y es precisamente eso lo que le reprocha en el párrafo: "... y sino díganlo los acontecimientos del año 22 y 23. Seguí con mi empeño adelante hasta el 25 que la emprendí (Nota mía: Lavalleja se refiere aquí a la epopeya de Los Treinta y Tres Orientales). Usted es un testigo ocular de los acontecimientos ocurridos hasta mediados del 26 (Nota mía: Lavalleja tiene aquí la delicadeza para con Rivera de usar el eufemismo "usted es testigo ocular", en lugar de recordarle derechamente que tuvo que amenazarlo con el fusilamiento por traición, para que el "pardejón", aterrado y suplicando que se le conserve la vida, se decidiera por fin a tomar partido por quienes sostenían la causa patriota; lo cual la historiografía mentirosa trocaría después en un supuesto "abrazo del Monzón" que jamás existió). Los motivos que le dieron mérito a separarse o ausentarse de la provincia para la de Buenos Aires, los ignoro; yo he seguido constantemente trabajando por la libertad de la provincia, y tendré que hacerlo sea del modo que fuese. Usted recordará que a su propartida del Durazno para el Uruguay le supliqué no lo hiciera; y sordo a la justicia y amistad, tomó el partido que mejor le agradó o le convino: resultó que fue a Buenos Aires y de allí a Santa Fe: yo no quise saber más de usted y continué en la lucha de concluir con los portugueses...". 
La carta de Lavalleja rezuma sinceridad y en ella reconoce las fallas de carácter que pueda tener ("usted sabe que soy un diablo", le dice a Rivera; para a continuación espetarle un rotundo "pero usted es con uñas, patas y astas" -en lo cual por cierto, no le faltaba razón a Lavalleja-).
Seguidamente, lo invita a pelear a trompadas, encerrados ambos en un cuarto, para no salir hasta que no queden completamente zanjadas las diferencias, lo cual viene a demostrar que, a pesar de todas las trastadas que se mandó Rivera; Lavalleja, si bien enojado, no llegaba a odiarlo; por eso lo desafía a pelear a trompadas y no lo reta a un duelo a muerte; y por eso también, se empeña en arreglarse definitivamente con el antiguo amigo (y de paso, nos permite entender hasta qué punto llegaba la ingenuidad de Lavalleja; porque suponer un cambio en semejante individuo como Rivera, sólo podía hacerlo un completo crédulo -y debo decir asimismo que el candor de Lavalleja era tanto más sorprendente, cuanto que no ignoraba en modo alguno que el mote de "pardejón" le había sido endilgado a Rivera por Rosas, precisamente por ser como ciertas crías de mula que jamás se amansan y de las cuales siempre debe desconfiarse, so pena de recibir sus coces en el momento más impensado-).
Y concluye Lavalleja, expresando en la más completa y despreocupada camaradería a quien le supone -errónea e ingenuamente- iguales sentimientos que los que a él lo animan, que si le manda alguna "chinita linda"; el le enviará asimismo a "su tuerta Juana la consabida", refiriéndose a alguna geisha criolla pródiga en dispensar sus favores sexuales, de los que el "pardejón" ya había disfrutado antes, de allí el uso del pronombre posesivo "su" que hace Lavalleja. Y en este punto quisiera detenerme unos instantes, para expresar modesta y humildemente mi desacuerdo con algunos historiadores que suponen que la publicación en la prensa que dispuso Rivera de esta carta, perseguía el propósito de opacar ante la gente la imagen de Lavalleja, exhibiendo su promiscuidad en materia de mujeres. Discrepo con ese criterio, para mí, los móviles que guiaban a ese gaucho taimado que era el "pardejón", eran muy otros...; creo que lo que buscaba era, sabedor de la infamante condición de traidor a la patria a que se había hecho acreedor a través de sus muchas fechorías; instalar en sus coetáneos la idea de que su adhesión al invasor luso-brasilero era sólo una máscara que ocultaba sus móviles de "abnegado patriota". Y Lavalleja, en su infinita ingenuidad, le dió (seguramente, sin quererlo) pie para ello.
Y me gustaría terminar resaltando algo que está explícitamente indicado en la carta de Lavalleja: que éste en modo alguno buscaba por entonces la independencia de la Banda Oriental, pretendiendo erigirla en un estado separado del resto de las provincias argentinas. Habrán notado ustedes, imagino, que escribe invariablemente "provincia",  y "libertad de esta provincia", dejando en claro que no la concebía como un nacionalidad aparte de sus hermanas argentinas. Y que si después Lavalleja terminó por aceptar la independencia de su patria chica, ello se debió a que lo forzaron (a él y a otros orientales, o a la mayoría de ellos) las circunstancias (la influencia británica y especialmente el DESAPEGO DE LOS MALOS ARGENTINOS, de esos que lo son sólo de nombre). Por ellos, perdimos esa porción de territorio patrio. NO OLVIDAR.