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martes, 31 de enero de 2023

Alvear: entre Rivadavia y Rosas...

Por el Prof. Jbismarck
Su exilio en 1815, fue por demás discutible. Su viejo rival en el Sitio de Montevideo, Gaspar de Vigodet, también acababa de arribar a Río de Janeiro y buscaba venganza. Alvear se vio forzado a asociarse con Andrés Villalba, encargado de negocios de la Corona Española en la Corte Imperial portuguesa. Al parecer, a cambio de sus favores, le proporcionó información acerca de los movimientos de los ejércitos independentistas, de su armamento y de su grado de instrucción. Además, publicó en la prensa un “descargo” sobre su actuación durante el Sitio de Montevideo. En 1818 se instaló en la Banda Oriental, que estaba ocupada por los portugueses y, desde allí, se alió con el general chileno José Miguel Carrera, enemigo declarado de Bernardo de O’Higgins y de San Martín. En 1819 se unió a los federales Estanislao López de Santa Fe y Francisco Ramírez de Entre Ríos, pese a que ambos mantenían excelentes relaciones con Artigas, para formar un ejército que, tras vencer en la batalla de Cepeda (1 de febrero de 1820), consiguió derrocar al director supremo José Rondeau y disolver el Congreso. Estos hechos provocaron el cese de todas las autoridades nacionales y abrieron un período histórico de inestabilidad.  A las disputas entre federales y unitarios, se sumaron las fuertes discrepancias en el interior de cada bando. Perseguido por representantes de ambos partidos, Alvear fue derrotado en San Nicolás de los Arroyos por Manuel Dorrego y debió refugiarse una vez más en Montevideo. Después de siete años de exilio, regresó a Buenos Aires en 1822, gracias a la Ley de Olvido dictada por el gobernador Martín Rodríguez. Fue en esta época cuando Alvear se inició en la actividad diplomática, representando al Gobierno en distintos destinos en el exterior. Su primera misión fue ante la Corte británica, donde tomó contacto con el secretario de relaciones exteriores George Canning. Las instrucciones que recibió eran, por un lado, buscar el reconocimiento de la independencia de las Provincias del Sud y, por el otro, plantear el reclamo de soberanía sobre la Banda Oriental que los lusitanos, y después los brasileños, mantenían ocupada desde 1817
Con el argumento de que las Provincias Unidas eran de facto independientes y que tenían un gobierno estable, Alvear consiguió que el gabinete inglés reconociera la independencia. A mediados de 1824 desembarcó en los Estados Unidos. Allí se entrevistó con el presidente James Monroe y con el secretario de estado John Quincy Adams, interiorizándose acerca de los alcances de la famosa Doctrina Monroe y procurando también conseguir el favor norteamericano en las discusiones sobre el territorio oriental. Al año siguiente y acompañado por José Miguel Díaz Vélez, se presentó ante Simón Bolívar, recientemente victorioso en la decisiva batalla de Ayacucho (9 de diciembre de 1824). El 28 de enero de 1825, Juan Gregorio de Las Heras lo nombró Ministro Plenipotenciario ante la Gran Colombia. Si bien el objetivo oficial era trasmitir al venezolano las felicitaciones por el resultado de la contienda, los motivos principales reclamar la restitución de la provincia de Tarija, bajo control de Bolivia y del comandante Sucre y, segundo, conseguir el acompañamiento del líder de la Gran Colombia en las pretensiones de las Provincias Unidas sobre la Banda Oriental. En el primer caso, aunque Bolívar ordenó la devolución, en la propia Tarija estalló una revuelta que habría de colocarla definitivamente bajo el dominio boliviano; en el segundo caso, si bien Bolívar estaba de acuerdo, se negó a involucrarse personalmente, quizás para no incomodar a los británicos, cuya ayuda le había resultado vital durante el transcurso de la guerra. Vuelto a Buenos Aires durante la presidencia de Bernardino Rivadavia, fue designado Ministro de Guerra y Marina. Debido a la probabilidad cada vez más cierta de un enfrentamiento con el Imperio del Brasil, dedicó todo el año 1826 al rearme del Ejército. En diciembre y ya en medio del conflicto bélico, una crisis interna en las fuerzas armadas forzó a Rivadavia a designarlo como Jefe de Operaciones. Su experiencia, tanto militar como diplomática, fue capaz de compensar sus ambivalentes lealtades políticas. No sin polémica, las tropas a su mando lograron importantes victorias en Bacacay (13 de febrero de 1827), Ombú (16 de febrero de 1827), Ituzaingó (20 de febrero de 1827) y Camacuá (23 de abril de 1827). Sin embargo, no consiguió vencer completamente al ejército enemigo que, aunque se desbandó, pudo finalmente escapar. Algunos lo responsabilizaron directamente por su inacción; mientras que otros culparon al Gobierno porteño por la falta de apoyo. Después de la última de estas batallas renunció y se retiró a Buenos Aires, dejando la conducción del Ejército en manos de José María Paz. La guerra, ganada en el ámbito militar, se perdió en las negociaciones diplomáticas. Prevaleció la posición británica en favor de la independencia del Estado oriental. La caída de Rivadavia, tras la firma del Tratado de Paz, abrió otro período de grandes convulsiones políticas. La posición de Alvear quedó muy debilitada hasta que, en 1832, Juan Manuel de Rosas lo nombró embajador en Estados Unidos con instrucciones para negociar en el diferendo por las Islas Malvinas. No obstante, su mala salud y un cambio de gobierno, motivaron que esta designación quedara en suspenso. Pero tras el asesinato del caudillo riojano en Barranca Yaco (16 de febrero de 1835), de la aprobación de las facultades extraordinarias y de la suma del poder público en favor del Gobernador de Buenos Aires y, ante el complot que Alvear estaba urdiendo para derrocar al Gobierno con la participación del presidente de la Confederación Perú-boliviana, el mariscal Andrés de Santa Cruz, el propio Rosas optó por sacarlo de la escena política, volviendo a nombrarlo Ministro Plenipotenciario en los Estados Unidos. Esta vez, y en medio del bloqueo francés, Alvear partió por fin hacia Washington y retuvo este cargo hasta su muerte en 1852. Durante esos años desplegó una prolífica tarea diplomática, negociando tanto con países americanos como con europeos en los conflictos internacionales del Gobierno rosista, entre otros, los bloqueos francés (1838-1840) y anglo-francés (1845-1850), la oposición argentina a la independencia paraguaya, la pugna con Bolivia por la provincia de Tarija y la persecución del uruguayo Fructuoso Rivera. Los documentos lo muestran como un político hábil, capaz de establecer buenas relaciones con sus pares extranjeros. A la caída de Rosas, Urquiza primero intentó desplazarlo, pero dos semanas después dio marcha atrás y resolvió confirmarlo en el cargo. Alvear falleció en Nueva York el 3 de noviembre de 1852. Sus restos fueron repatriados en 1854 por el almirante Guillermo Brown y trasladados al Cementerio de la Recoleta. El 17 de octubre de 1926 se inauguró en Buenos Aires un monumento en su homenaje, realizado por un discípulo de Rodin, el escultor Antoine Bourdelle.

sábado, 31 de octubre de 2020

ÚLTIMOS MOMENTOS DEL GENERAL JOSÉ MIGUEL CARRERA

 El ejército que lo había vencido en el Médano, formado en la plaza, pidió a gritos su muerte. El 4 de septiembre un consejo de guerra lo sentenció a ella. El 5 por la mañana se la notificaron, anunciándole que, en cuanto se confesase, sería pasado por las armas. Yo fui nombrado para auxiliarlo en su última hora.  Entré en el calabozo y lo hallé escribiendo. El oficial que mandaba la escolta era aquel célebre Pardo Barcala, que llegó a coronel y que fué fusilado en el mismo lugar que Carrera en 1834. Según la orden que recibió, le quitó el tintero y el papel en que escribía, para que no perdiera momentos que eran muy preciosos. Carrera cedió con resignación y me suplicó que concluyera la carta. 

Era dirigida a don Francisco Martínez Matta [Nieto], y comenzaba poco más o menos así: «El 31 de agosto di una batalla en el Médano y fui completamente vencido. Entregado por algunos de mis propios oficiales, me van a fusilar en este mismo momento».   La letra estaba trazada con pulso firme. «Agregue más, me dijo, que le recomiendo a Martínez mi mujer, y que mis hijos sean enviados al colegio de… (me nombró una ciudad de Estados Unidos) para que sean educados». Le prometí hacerlo, pero el oficial se llevó la carta que nunca volvió a mi poder, y no me fué posible, en consecuencia, cumplir mi promesa.

Se retiró el oficial con la carta comenzada y Carrera empezó a quejarse de la injusticia de sus enemigos, O’Higgins, San Martín y Luzuriaga; yo le dije que no era tiempo de eso y procuré traerlo al camino de la religión y del arrepentimiento, como era mi deber. He aquí, poco más o menos, el diálogo que sostuvimos:

Yo. —No, usted no es inocente como dice, sino muy culpado. Voy a demostrárselo a usted. No dudo que usted reconocerá la verdad de nuestra religión, la santidad de su autor, de quien el mismo Rousseau ha dicho que su Evangelio era demasiado divino para ser obra de un hombre. La oración del Padre Nuestro es una de las más bellas oraciones de ese Evangelio. ¿No dice él, perdónanos, Señor, nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores? Perdone, usted, pues, para que Dios le perdone los infinitos males que usted ha cometido. Permanezca usted un breve momento en una dolorosa contemplación de sus culpas y tendrá usted mi absolución; mire usted que los momentos son preciosos; cada uno que pasa lleva consigo un siglo de gloria.

Así lo hizo Carrera, y acabado este acto, le invité para que marchase con recogimiento cristiano al suplicio y que al sentarse en el banquillo pidiese perdón al pueblo de Mendoza por los daños que le había causado. Así me lo prometió y seguimos pocos instantes después al oficial que vino a anunciar que era tiempo de marchar.

—Y ¿cómo se va a esta ceremonia? —me preguntó—, ¿Con el sombrero puesto o quitado?

—Con el sombrero quitado —le dije—, porque se debe reverencia a este crucifijo que lleva usted en la mano, imagen de su Dios.

Entonces se lo quitó con unos guantes y suplicó que se lo entregasen como una memoria a su buen amigo el coronel Benavente, que estaba preso en la misma cárcel.

Entraron en ese momento los reverendos padres mercedarios y le pusieron el escapulario de su orden.


Llegamos al umbral de la cárcel. Había que bajar unos escalones y yo le ofrecí mi brazo. «No, me dijo, dirían que tengo miedo». Y a pesar de los gruesos grillos que le oprimían los pies, de un salto los salvó; yo que tenía desembarazados los míos no me habría atrevido a darlo. Si hubiéramos marchado directamente al sitio de la ejecución, el tránsito habría sido de pocos pasos, pero, sin duda, con el objeto de que Carrera recorriese el cuadro, hicimos un rodeo. Durante él Carrera caminaba con la vista alta y mirando con desdeñosa sonrisa a las tropas que estaban formadas. Me acerqué a él y le recordé que ése no era el modo de la contrición cristiana, que fijase la vista en el crucifijo.

—Padre —me contestó—, no se canse usted, no me ha de hacer abandonar mis principios—. No quise, en consecuencia, hacerle más observaciones sobre este punto, pero no había pasado un minuto cuando uno de los padres mercedarios de la comitiva salió de entre sus compañeros y le dijo:

—Hermano mío, clave usted los ojos en la imagen de Nuestro Señor Jesucristo.

— ¡Qué Padre tan afligido! —le replicó Carrera, y el mercedario se retiró con la cara ardiendo.

Cuando avistamos los banquillos, un joven soldado que estaba acusado de haber sido el que mató al general Morón y que, a la par que el coronel Álvarez, era vecino de Córdoba, que había encabezado una insurrección en el Fraile Muerto en favor de Carrera, debía ser fusilado con éste, no pudo resistir este espectáculo y se desmayó. Entonces Carrera dijo:

—¡Qué muchacho!… tan valiente en la guerra y se desmaya ante la sombra de la muerte.

—En la guerra —le contesté—, el que combate está libre y no engrillado como ese pobre joven, tiene la esperanza de vencer y no la horrible realidad de una muerte infalible.

Llegado al banquillo, Carrera se opuso a que le vendaran los ojos y pidió mandar él la ejecución. Nada de esto se le concedió. Entonces se quitó y doblé) un rico poncho que llevaba puesto, y se limpió de las mangas de la chaqueta algunas ligeras motas de pelusa. Se acercó el alguacil como pidiéndole el poncho y Carrera le dijo:

—No, lo destino para el hermano de mi suegra, a quien me harán el favor de entregarlo—. Se senté) en el banquillo, y en vez de demandar perdón al pueblo de Mendoza como yo se lo había aconsejado, dijo en voz altísima—: ¡Muero por la libertad de América!

Me retiraba yo de su lado cuando me llamó para entregarme su reloj y un nudo de su pelo para que se remitiese a su esposa como una memoria suya. Mal me había separado de él, cuando la escolta descargó sus armas sobre Carrera, corriendo yo gran riesgo de ser herido por las balas que iban dirigidas a él y a sus dos compañeros. Cayó sin vida y el doctor don Clemente Godoy, que estaba a mi lado, me dijo:

—Ha muerto como un filósofo.

JOSÉ BENITO LAMAS.

(Revista Chilena de Historia y Geografía. Año XI, t. XL.).

JOSÉ BENITO LAMAS. — Sacerdote, profesor y político uruguayo. Nació en Montevideo en 1787 y murió en la misma ciudad en 1857. A los diez y seis años ingresó en la orden de San Francisco. Fué expulsado de Montevideo por Elío en 1811, a causa de sus actividades en favor de la independencia. En el Colegio de Buenos Aires enseñó filosofía y latinidad, distinguiéndose por su profunda versación en el idioma del Lacio. Con Larrañaga dirigió la enseñanza en Montevideo y tomó parte en la organización de la Biblioteca Pública (1815-1816). Recorrió las provincias del interior argentino, predicando en las principales ciudades. Se hallaba en Mendoza, en 1821, cuando se produjo el fusilamiento de José Miguel Carrera. Lamas le acompañó en sus últimos momentos y le prestó auxilios espirituales. Más tarde en Montevideo fué cura de la Matriz, vicario de la República y Senador.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Francisco Ramírez (1786-1821)


Por Ernesto Palacio
Había debido retirarse del sitio de Buenos Aires a raíz de su ruptura con Artigas. Instalado en Entre Ríos, éste le había reprochado violentamente la firma, sin su consentimiento, del Tratado del Pilar, que no tenía otro objeto —afirmaba— que "confabularse con los portugueses para destuir la obra de los pueblos y traicionar al jefe supremo que éstos se habían dado".    Ramírez le replicó negándole autoridad y marchó sobre Entre Ríos.  Después de algunos combates en que la suerte le fue desfavorable, el entrerriano infligió a su antiguo jefe una seria derrota que lo obligó a replegarse en desorden. Desde ese momento no le dio tregua para reponer sus fuerzas, y en una violenta y rápida persecución lo llevó hasta los confines de Corrientes. El Protector de los Pueblos Libres se vio forzado a cruzar el río y a pedir asilo al Paraguay, cuyo dictador don Gaspar Francia lo confinó en la villa de Caraguataí. Allí debía permanecer hasta su muerte, a los 85 años, a quien le corresponde sin disputa el título de fundador de nuestro federalismo republicano y que fue un valiente guerrero y un gran patriota.
Pero su ciclo había terminado, por mera acción del tiempo. Ramírez, en cambio, no menos patriota ni valiente, era joven, lleno de bríos y se hallaba exento de la huraña obsesión localista que achicaba la visión y había vuelto rutinaria y estéril la acción del Protector.  Enriquecido por la experiencia de su campaña reciente contra Buenos Aires, en la que había humillado el orgullo porteño, entrando con sus montoneras hasta el Fuerte, oteaba un horizonte más amplio.  Sin esfuerzo, asumió la sucesión del caudillo oriental. Tenía bajo su mando toda la región mesopotámica y ramificaciones en la otra banda, entre las guerrillas artiguistas. El 30 de noviembre, en la capilla de Nuestra Señora del Rosario de la localidad del Tala, proclamó  la República de Entre Ríos.   Además de los recursos militares de la zona, disponía de la escuadrilla que le había cedido Buenos Aires a raíz del Tratado del Pilar, a la que unió las embarcaciones quitadas al Protector.  Se propuso entonces llevar a cabo el gran propósito que había inspirado la acción contra el directorio y que los acontecimientos posteriores amenazaban frustrar:  la guerra decisiva contra el invasor portugués.   El Tratado de Benegas nada decía sobre este punto. Al tal efecto, dirigió una nota al gobierno de Buenos Aires, en la que condenaba la política dilatoria de esta provincia frente a la ocupación de una fracción del territorio nacional por el tradicional enemigo; se manifestaba dispuesto a llevar adelante la guerra hasta desalojarlo, y expresaba su confianza en que se le prestaría para este objeto toda la ayuda necesaria, en tropas, armas y dinero.   El general don Marcos Balcarce, que actuaba en ese momento como gobernador delegado, le contestó en una nota de tono mesurado en la que le expresaba un completo acuerdo en principio sobre la finalidad propuesta; pero le advertía que todas las fuerzas militares de la provincia estaban comprometidas en la campaña que el gobernador titular, general Rodríguez, había emprendido contra los indios, quienes capitaneados por don José Miguel Carrera asaltaban las poblaciones del sur; y que por lo demás consideraba que correspondía al próximo- congreso decidir sobre esa guerra, cuyo término feliz haría necesario el concurso de todas las fuerzas de la nación. El general Carrera, en efecto, obligado por López a salir de Santa Fe con sus chilenos, acudía a los medios desesperados a que lo llevaban las circunstancias, con el fin de abrirse paso con fuerzas y recursos suficientes hasta la cordillera y ganar su tierra natal. Se había corrido hasta el desierto y aliado a tribus pampas y ranqueles, asaltado el pueblo de Salto, donde los indios mataron y saquearon, llevándose cautivas y hasta los vasos sagrados de las iglesias. Evidentemente, el caudillo chileno, urgido por proveerse de recursos, no lograba disciplinar los elementos incontrolables a quienes lo unía la fatalidad, ni evitar sus tropelías.   Rodríguez había salido a campaña para perseguirlo, con el auxilio de las milicias de Rosas.   EL  general don Francisco Ramírez, jefe de Entre Ríos —o Supremo Entrerriano, como se le llamaba— había concebido un vasto proyecto de unificación nacional bajo su influencia, sobre la base de la empresa común contra el enemigo histórico. — Pensó en el primer momento en llevar una campaña contra el Paraguay, para obtener los recursos de esa provincia, principalmente en hombres de guerra; luego, en un ataque inmediato a las misiones, ocupadas por los portugueses desde la derrota de "Andresito".  Pero ambas acciones significaban dejar a las espaldas enemigos, o amigos dudosos. Se decidió por intentar primero la realización de la unidad interna bajo su hegemonía. Las circunstancias se presentaban favorables gracias a la impopularidad notoria del sistema de Buenos Aires. A ello lo impulsaban los refugiados en su provincia a raíz del motín de Pagola, como el doctor Agrelo; y los emigrados a la Banda Oriental, como Alvear, antes enemigos y a la sazón reconciliados contra el adversario común y que esperaban las noticias del primer éxito para precipitarse a la capital, según lo cuenta Iriarte, que vivió esos días de esperanzas, zozobras y decepciones.   Pero quedaba para Ramírez una incógnita que previamente debía resolver: el caudillo de Santa Fe. Este había ganado todos sus galones en la lucha contra los ataques de los porteños y se hallaba unido al entrerriano por viejos pactos que seguían vigentes. Sus antecedentes lo obligaban a secundar la empresa, cuyas posibilidades de éxito habrían sido entonces incontrastables, y su intervención debía, si no arrastrar a Bustos, por lo menos  neutralizarlo. Ramírez lo invitó a que se le uniera Para derribar al gobierno de Buenos Aires (que por sí mismo constituía una violación irritante del Tratado del Pilar), provocar su reemplazo y llevar adelante la campaña contra los portugueses por la recuperación de la Banda Oriental. López le replicó invocando los pactos que acababa de firmar con Buenos Aires y Córdoba (y cuya violación ya estaba preparando la otra parte).  
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Los mediocres intereses localistas se sobrepusieron, en- el ánimo del mediocre personaje, a los grandes objetivos nacionales: sacrificaba a su aliado en los principios por las pingües achuras de las vacas de Rosas.   El gobernador Rodríguez, por su parte, se aprestó para resistir. El 3 de marzo de 1821 publicó un bando por el que se obligaba a todos los habitantes de la ciudad, incluso españoles y extranjeros, a tomar las armas. Como Ramírez dominaba los ríos con su escuadrilla, debió formar otra, que puso a las órdenes del coronel Zapiola, cerró las comunicaciones con Entre Ríos y formó un ejército de vanguardia al mando de Lamadrid, mientras él mismo se situaba en Luján con el resto de las fuerzas. Envió también dinero y armas al gobernador López, que reorganizaba su ejército en Santa Fe.   El general. Carrera había atravesado entre tanto la pampa con 400 hombres, la mayor parte indios, internándose en la provincia de Córdoba.   Allí recibió una comunicación de Ramírez, invitándolo a que se le uniese para invadir Buenos Aires. Resolvió aceptar. Al pasar Carrera por Córdoba, Bustos se replegó sobre la ciudad eludiendo el combate. Carrera saqueó la campaña y se dirigió al encuentro del entrerriano. El campamento de Ramírez estaba en Punta Gorda. De allí mandó un destacamento de vanguardia que cruzara el Paraná, tomara el pueblo de Coronda y se proveyea de caballadas; y a la escuadrilla del coronel Mansilla, con tropas de desembarco, a ocupar la ciudad de Santa Fe. Luego invadió él mismo la provincia, al frente de una fuerte columna de caballería.    El general Ramírez había llegado ya a Rosario donde enfrentó a una división de caballería santafesina que le salía al encuentro, dispersándola, y se dirigió a Coronda, donde esperaba que se le uniría Carrera. Sin embargo la carrera victoriosa del Supremo Entrerriano había llegado a su fin. Dos días después entraría en batalla con el grueso de las fuerzas de López, en posición desfavorable y terreno desventajoso, y sería derrotado con grandes pérdidas al cabo de un encarnizado combate.   Con poco más de 400 hombres se replegó hacia Córdoba. El 7 de junio se encontró con el destacamento errante de Carrera en Río Segundo, a diez leguas de la capital de la provincia.  Desde ese momento la suerte les fue adversa. Ambos compañeros parecían signados por la fatalidad. Decidieron atacar a Bustos, para copar sus tropas y llevar una nueva campaña contra Santa Fe. Pero Bustos se había fortificado en Cruz Alta, donde lo atacaron el 16 y fueron rechazados con grandes bajas, debiendo retirarse., Fraile Muerto se separarían, por no ponerse de acuerdo sobre el rumbo que habrían de seguir: a cada uno le tiraba su tierra. Carrera marchó en dirección a Cuyo, y Ramírez hacia el norte, buscando el rumbo de Entre Ríos por el Chaco.   Sus enemigos despacharon dos columnas en su persecución. Con este objeto había salido de Córdoba una división de caballería al mando del gobernador delegado coronel Bedoya. Después de una marcha tenaz, alcanzó el 10 de julio al resto de las tropas del caudillo entrerriano en Río Seco, donde las destrozó completamente. Ramírez lograba escapar, gracias a la superioridad de su montado, seguido de unos pocos soldados y de su compañera "la Delfina", que vestida de oficial lo acompañaba en todas sus campañas. Un tiro de boleadoras hizo  rodar el caballo de ésta, que cayó en manos de sus perseguidores. Ramírez volvió grupas y atropelló a lanzazos al tropel enemigo, en un intento desesperado por salvarla, en cuya circunstancia fue muerto de un pistoletazo en el pecho.        
El varón cabal perece
dichoso en la adversidad,
si le abren sus puertas de oro
patria, amor y libertad.                                     
Leopoldo Lugones ha cantado el episodio y comenta así esa muerte envidiable.

lunes, 2 de septiembre de 2019

ÚLTIMOS MOMENTOS DEL GENERAL JOSÉ MIGUEL CARRERA 1821

Por JOSÉ BENITO LAMAS.
El ejército que lo había vencido en el Médano, formado en la plaza, pidió a gritos su muerte. El 4 de septiembre un consejo de guerra lo sentenció a ella.  El 5 por la mañana se la notificaron, anunciándole que, en cuanto se confesase, sería pasado por las armas. Yo fui nombrado para auxiliarlo en su última hora.  Entré en el calabozo y lo hallé escribiendo. El oficial que mandaba la escolta era aquel célebre pardo Barcala, que llegó a coronel y que fué fusilado en el mismo lugar que Carrera en 1834. Según la orden que recibió, le quitó el tintero y el papel en que escribía, para que no perdiera momentos que eran muy preciosos. Carrera cedió con resignación y me suplicó que concluyera la carta. Era dirigida a don Francisco Martínez Matta [Nieto], y comenzaba poco más o menos así: «El 31 de agosto di una batalla en el Médano y fui completamente vencido. Entregado por algunos de mis propios oficiales, me van a fusilar en este mismo momento».
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La letra estaba trazada con pulso firme. «Agregue más, me dijo, que le recomiendo a Martínez mi mujer, y que mis hijos sean enviados al colegio de… (me nombró una ciudad de Estados Unidos) para que sean educados». Le prometí hacerlo, pero el oficial se llevó la carta que nunca volvió a mi poder, y no me fué posible, en consecuencia, cumplir mi promesa.  Se retiró el oficial con la carta comenzada y Carrera empezó a quejarse de la injusticia de sus enemigos, O’Higgins, San Martín y  luzuriaga; yo le dije que no era tiempo de eso y procuré traerlo al camino de la religión y del arrepentimiento, como era mi deber. He aquí, poco más o menos, el diálogo que sostuvimos:
Yo. —No, usted no es inocente como dice, sino muy culpado. Voy a demostrárselo a usted. No dudo que usted reconocerá la verdad de nuestra religión, la santidad de su autor, de quien el mismo Rousseau ha dicho que su Evangelio era demasiado divino para ser obra de un hombre. La oración del Padre Nuestro es una de las más bellas oraciones de ese Evangelio. ¿No dice él, perdónanos, Señor, nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores? Perdone, usted, pues, para que Dios le perdone los infinitos males que usted ha cometido. Permanezca usted un breve momento en una dolorosa contemplación de sus culpas y tendrá usted mi absolución; mire usted que los momentos son preciosos; cada uno que pasa lleva consigo un siglo de gloria.
Así lo hizo Carrera, y acabado este acto, le invité para que marchase con recogimiento cristiano al suplicio y que al sentarse en el banquillo pidiese perdón al pueblo de Mendoza por los daños que le había causado. Así me lo prometió y seguimos pocos instantes después al oficial que vino a anunciar que era tiempo de marchar. —Y ¿cómo se va a esta ceremonia? —me preguntó—, ¿Con el sombrero puesto o quitado? —Con el sombrero quitado —le dije—, porque se debe reverencia a este
crucifijo que lleva usted en la mano, imagen de su Dios.
Entonces se lo quitó con unos guantes y suplicó que se lo entregasen como una memoria a su buen amigo el coronel Benavente, que estaba preso en la misma cárcel.  Entraron en ese momento los reverendos padres mercedarios y le pusieron el escapulario de su orden.  Llegamos al umbral de la cárcel. Había que bajar unos escalones y yo le ofrecí mi brazo. «No, me dijo, dirían que tengo miedo». Y a pesar de los gruesos grillos que le oprimían los pies, de un salto los salvó; yo que tenía
desembarazados los míos no me habría atrevido a darlo. Si hubiéramos marchado directamente al sitio de la ejecución, el tránsito habría sido de pocos pasos, pero, sin duda, con el objeto de que Carrera recorriese el cuadro, hicimos un rodeo. Durante él Carrera caminaba con la vista alta y mirando con desdeñosa sonrisa a las tropas que estaban formadas. Me acerqué a él y le recordé que ése no era el modo de la contrición cristiana, que fijase la vista en el crucifijo.
—Padre —me contestó—, no se canse usted, no me ha de hacer abandonar mis principios—. No quise, en consecuencia, hacerle más observaciones sobre este punto, pero no había pasado un minuto cuando uno de los padres mercedarios de la comitiva salió de entre sus compañeros y le dijo:—
Hermano mío, clave usted los ojos en la imagen de Nuestro Señor Jesucristo.
— ¡Qué Padre tan afligido! —le replicó Carrera, y el mercedario se retiró con la cara ardiendo.
Cuando avistamos los banquillos, un joven soldado que estaba acusado de haber sido el que mató al general Morón y que, a la par que el coronel Álvarez, era vecino de Córdoba, que había encabezado una insurrección en el Fraile Muerto en favor de Carrera, debía ser fusilado con éste, no pudo resistir este espectáculo y se desmayó. Entonces Carrera dijo:
—¡Qué muchacho!… tan valiente en la guerra y se desmaya ante la sombra de la muerte.
—En la guerra —le contesté—, el que combate está libre y no engrillado como ese pobre joven, tiene la esperanza de vencer y no la horrible realidad de una muerte infalible.
Llegado al banquillo, Carrera se opuso a que le vendaran los ojos y pidió mandar él la ejecución. Nada de esto se le concedió. Entonces se quitó y doblé un rico poncho que llevaba puesto, y se limpió de las mangas de la chaqueta algunas ligeras motas de pelusa. Se acercó el alguacil como pidiéndole el poncho y Carrera le dijo: 
—No, lo destino para el hermano de mi suegra, a quien me harán el favor de entregarlo—. Se senté) en el banquillo, y en vez de demandar perdón al pueblo de Mendoza como yo se lo había aconsejado, dijo en voz altísima—:
¡Muero por la libertad de América!
Me retiraba yo de su lado cuando me llamó para entregarme su reloj y un nudo de su pelo para que se remitiese a su esposa como una memoria suya. Mal me había separado de él, cuando la escolta descargó sus armas sobre Carrera, corriendo yo gran riesgo de ser herido por las balas que iban dirigidas a él y a sus dos compañeros. Cayó sin vida y el doctor don Clemente Godoy, que estaba a mi lado, me dijo:  —Ha muerto como un filósofo.

(Revista Chilena de Historia y Geografía. Año XI, t. XL.).
JOSÉ BENITO LAMAS. — Sacerdote, profesor y político uruguayo. Nació en Montevideo en 1787
y murió en la misma ciudad en 1857. A los diez y seis años ingresó en la orden de San Francisco. Fué
expulsado de Montevideo por Elío en 1811, a causa de sus actividades en favor de la independencia. En el Colegio de Buenos Aires enseñó filosofía y latinidad, distinguiéndose por su profunda versación en el idioma del Lacio. Con Larrañaga dirigió la enseñanza en Montevideo y tomó parte en la organización de la Biblioteca Pública (1815-1816). Recorrió las provincias del interior argentino, predicando en las principales ciudades. Se hallaba en Mendoza, en 1821, cuando se produjo el fusilamiento de José Miguel Carrera. Lamas le acompañó en sus últimos momentos y le prestó auxilios espirituales. Más tarde en Montevideo fué cura de la Matriz, vicario de la República

extraido de Busaniche "Estampas del Pasado"

sábado, 22 de septiembre de 2018

El bandolerismo en Buenos Aires


Por Raúl Fradkin
Desde la década de 1770 se puede observar en la documentación crecientes referencias al accionar de bandas de salteadores. En su mayor parte provienen de la Banda Oriental y en menor medida de otras zonas del área rioplatense y en general se referían a corambreros o changadores dedicadas al tráfico ilegal de cueros. Hacia la década de 1790 pareciera que la situación empieza a cambiar y las referencias se acrecientan en Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba y, en menor medida, en Buenos Aires. Así, en 1793, una Junta de Hacendados de Buenos Aires y Santa Fe reclamaba por la cantidad de “vagos y malhechores, salteadores y ladrones de ganado de la campaña” pero también por algunas gavillas que andaban “salteando y saqueando casas” en el norte de la campaña bonaerense (en Areco, Fontezuelas, Arrecifes, Tala y Arroyos). 
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Poco después también eran abundantes las quejas que llegaban desde Entre Ríos  donde entre 1798 y 1799 varias bandas de salteadores asolaron pueblos, pulperías y estancias robando ganados pero también mujeres en las costas entrerrianas del Paraná y del Uruguay; al parecer, la más numerosa estaba integrada por varios desertores del cuerpo de Blandengues. A su vez, entre 1800 y 1801, otra importante gavilla asaltó algunos poblados entrerrianos y extendió sus acciones también sobre el pueblo de Las Víboras en la Banda Oriental, un área donde el accionar de los salteadores parece no haber dejado de crecer desde entonces. Aunque no estamos en condiciones todavía de trazar un cuadro preciso del bandolerismo a fines período colonial en el conjunto del área rioplatense las evidencias disponibles sugieren que las gavillas de salteadores eran frecuentes, que muchas veces se reclutaban entre desertores y perseguidos de la justicia y que su patrón de actividades incluía desde el contrabando de cueros y ganados al Brasil hasta el saqueo de pulperías y poblados y que no era infrecuente el “robo” de mujeres.   A su vez, estas evidencias sugieren que las gavillas sólo ocasionalmente actuaron en territorio bonaerense. En todo caso, algo es bastante claro: hasta fines de la colonia los salteadores no eran vistos como una seria amenaza para un orden social cuyo centro estaba en la ciudad y que atendía poco (y mal) lo que sucedía en las campañas. Aquí la situación comenzó a cambiar a partir de 1810. Un puntilloso observador de la época no dejó de anotar que a principios de octubre de 1811 abundaban en la ciudad las partidas de veintenas de hombres armados que efectuaban asaltos “valiéndose del nombre de la justicia”. Así, hacia 1812 el gobierno revolucionario tomaba medidas extremas para afrontar "la escandalosa multitud de robos y asesinatos que á todas horas y diariamente se cometen en esta ciudad y extramuros, por partidas grandes de ladrones" y organizó una fuerza militar para detener a quienes tuvieran “fama de salteador” y que según su comandante “abundan en estas campañas“. En sus memorias, Pedro J. Agrelo, integrante de la comisión especial de justicia que se organizó ese año describió con claridad las dos preocupaciones centrales que ella tenía. Por un lado, la persecución de los individuos y grupos contrarios al gobierno revolucionario y sobre los cuales recayó una durísima represión en julio con decenas de condenados a muerte y centenares de deportados. Por otro, “los robos y violencias a que quería declinar insensiblemente la multitud en las clases inferiores”. En opinión de Agrelo mientras que “en tiempos tranquilos [] siempre son menos los delitos y de menos trascendencia, que en los principios de una revolución en que rotos de repente todos los vínculos de la sociedad y alterado el orden de las ocupaciones ordinarias de los ciudadanos, los pueblos se desmoralizan y cada uno se considera autorizado para tomarse mayores licencias, con el nombre de libertad […] Tal era, pues, el estado al que iba deslizándose la plebe aprovechando la contracción de todas las autoridades a los objetos preferentes de la revolución”. La situación debe haber empeorado hacia 1817 cuando el Director Supremo decidió la "suspensión al giro ordinario de las fórmulas judiciales" organizando una "comisión militar para conocer sumariamente en las causas". El reclamo de “vindicta pública” se propagó inmediatamente a la justicia y los fiscales exigían “castigar y escarmentar esta clase de delincuentes de que tanto abunda el Pays”. Era otra manifestación del giro crecientemente conservador y autoritario de una elite revolucionaria cada vez más basada en su poder militar y en un reclutamiento compulsivo efectuado en el mundo rural.   Como es sabido, la guerra de independencia dio curso a una guerra civil que adoptó la forma de una “guerra de recursos” con el saqueo de la población como práctica generalizada. En Buenos Aires, la situación se tornó crítica desde octubre de 1819 cuando las tropas de Estanislao López, gobernador de Santa Fe, unidas a las del exiliado chileno José  M. Carrera atacaron y saquearon el pueblo de Pergamino. Esta situación se generalizó tras la batalla de Cepeda en febrero de 1820.  Era una crisis sin precedentes para el grupo revolucionario que se había hecho del poder diez años antes: no sólo significó el desmonoramiento del poder central que había intentado sustituir al poder virreinal sino también una situación de casi permanente beligerancia (tanto entre Buenos Aires y Santa Fe como entre esta provincia y su antigua aliada Entre Ríos) con reiteradas incursiones militares a lo largo de todo ese año. Pero, además, abrió una fenomenal crisis política en Buenos Aires que no se apaciguó sino después del mes de octubre y que acrecentó el temor de la elite a una sublevación de la plebe urbana. En estas condiciones el accionar de las gavillas de salteadores parece haberse multiplicado en la ciudad. En la campaña los pueblos fueron asolados por las incursiones de fuerzas militares y la inquietud se propagaba entre los vecinos que se armaban para contener a las partidas de ladrones que “se habían diseminado por todos los Partidos”. Aunque la crisis política comenzó superarse en octubre de 1820, el accionar de las gavillas no se detuvo. Esta inercia sugiere que los efectos de la crisis en el plano social tendían a prolongarse por más tiempo que en el plano político e institucional. Así, en diciembre la Junta de Representantes advertía acerca de "la multiplicación de crímenes, que desgraciadamente han escandalizado al público en estos últimos tiempos y siguen escandalizándolo".  Mientras tanto, desde mediados de la década de 1810 se hacía evidente que la paz relativa que imperaba en la frontera con las sociedades indígenas pampeanas estaba llegando a su fin y que estas parcialidades indígenas se transformaban cada vez más en un actor de la política criolla. La alarma llegó al paroxismo cuando el 3 de diciembre de 1820 José M. Carrera y más de 2000 indios saquearon el pueblo de Salto.   La represalia gubernamental abrió un ciclo de extrema tensión interétnica en la frontera y en los años siguientes varios pueblos fueron atacados por contingentes indígenas.   En todo caso, la restauración del orden institucional no parece haber disciplinado al mundo rural. Por el contrario, a mediados de 1821 el periódico oficial se hacía eco del “clamor general” existente en la campaña y en agosto describía una "general insubordinación y desprecio de la autoridad de la justicia”, se quejaba porque se había extinguido “la obediencia habitual" y para fundamentarlo relataba un entredicho con un demandado quién habría contestado la intimación del oficial de justicia de modo insolente: “vaya la cámara enhoramala, que su autoridad ha caducado, porque estamos en anarquía; y lo repulsó con armas". A su vez se reclamaba que “la campaña sea purgada de centenares de malhechores que la infestan” y algunos periódicos no dejaban de advertir que "el número de ladrones en la campaña se aumenta cada vez más; porque el número de pobres sin recursos también se aumenta, como el de los haraganes y jugadores”. Los reclamos también provenían de las autoridades locales: en febrero de 1825 el Juez de Paz de Morón denunciaba como “abundantísimo el número de los malvados que perturban la tranquilidad" y quejas semejantes llegaban de casi todos los pueblos.   En la elite urbana imperaba una visión pesimista del mundo rural. Un lugar preferente en este diagnóstico lo tenían las gavillas de salteadores en la medida, consideradas como la manifestación más agresiva de una criminalidad tan extendida como tolerada. Desde su perspectiva era imperioso realizar una reforma profunda del mundo social y sus costumbres a las que se atribuían las causas de la amenaza criminal. La elite porteña propugnó la construcción de un orden institucional más sólido en la campaña en el cual los Juzgados de Paz y las Comisarías de Campaña debían tener un lugar privilegiado. Se buscaba disciplinar una población a la que se calificaba de díscola e insolente para obtener la afirmación de los derechos de propiedad. Las consecuencias fueron inmediatas. Por un lado, se operó un creciente distanciamiento entre las concepciones y valores que la elite gubernamental impulsaba y la mayor parte de la sociedad rural en la media que antiguas y arraigadas prácticas consuetudinarias iban cayendo bajo el influjo de la criminalización. Por otro, se exacerbó la persecución de la vagancia se amplió a una variedad mayor de sujetos y prácticas y terminó por ser aplicada no sólo a individuos sueltos sino también a familias.  Esta situación adquirió ribetes más dramáticos durante la presidencia de Rivadavia mientras se realizaba la guerra con Brasil y cuyo resultado inmediato fue un aumento sin precedentes de la presión enroladora del estado sobre la población rural bonaerense. Rápidamente se generalizó la deserción, aumentó el bandidaje y las quejas crecieron vertiginosamente. En octubre de 1826 el Gobierno le recomendaba al máximo Tribunal de Justicia que “las causas criminales de robos sean terminadas con la prontitud que demanda la tranquilidad y seguridad pública” dado que “los desórdenes y robos se aumentan continuamente extendiéndose así la desmoralización más funesta y poniendo en sobresalto las personas y las fortunas y en peligro la tranquilidad pública”. Todo ello en un marco de creciente disputa política donde tomó forma el enfrentamiento entre unitarios y federales.      Con la llegada al gobierno provincial de los federales liderados por Manuel Dorrego el accionar de las gavillas parece haber decrecido aunque no desapareció. Por entonces, un fiscal reclamaba un “castigo ejemplar que afirme la tranquilidad de los hacendados” y sostenía que “Si en algunos delitos es casi necesario no ser escrupulosos en las formas judiciales es en los que se conoce en los asaltos de las casas de campo pues solamente un castigo cierto y pronto puede contener a los malvados de cometerlos".   En estas condiciones, el 1º de diciembre de 1828 se produjo el golpe de estado comandado por Juan Lavalle, jefe del ejército de la Banda Oriental, y propiciado por los unitarios que depuso y fusiló al gobernador Dorrego. El resultado inmediato fue el estallido de la guerra civil en territorio bonaerense sostenida por un fenomenal alzamiento de la población rural contra los insurrectos y que sólo meses después terminará por quedar bajo el liderazgo de Juan Manuel de Rosas. Entre diciembre de 1828 y abril de 1829 en el alzamiento tuvieron intervención una amplia variedad de actores: la mayor parte de las milicias rurales de las que Rosas era el Comandante General, los peones de sus estancias, algunos contingentes del ejército regular que desobedecieron a sus mandos y en general los soldados que desertaban y se pasaban a las fuerzas federales, las llamadas “tribus amigas” con las que Rosas había establecido una estrecha alianza, milicianos santafesinos suministrados por López y una serie de bandas armadas algunas de las cuales estaban lideradas por varios “ladrones famosos”. Estas bandas tuvieron un protagonismo decisivo adoptando una estrategia que combinaba el hostigamiento a las fuerzas unitarias, el saqueo de estancias, la ocupación y asalto de los poblados rurales y hasta llegaron a cercar la ciudad e incursionar en sus arrabales. Mientras la campaña se alzaba detrás de las banderas federales las quejas por el accionar de los salteadores se multiplicaron como nunca antes. Los voceros del gobierno y su prensa adicta no dudaron en calificarlas como partidas de “anarquistas” y postularon que su acción estaba dirigida y orientada  por Rosas.     Es dudoso que sea la única explicación. Lo cierto es que después de terminada la contienda los asaltos continuaron.  Más aún, las gavillas continuaron después de la llegada de Rosas al poder en diciembre de 1829.  Así se puede registrar en las tramitaciones judiciales que devuelven una imagen mucho más dificultosa de la restauración del orden de lo que pretendía la propaganda gubernamental y ha aceptado la historiografía. El 4 de marzo de 1830 un fiscal propuso el careo entre un comisario y los acusados de un robo en gavilla para indagar los violentos procedimientos de aquel; sin embargo, el juez desestimó inmediatamente el pedido argumentando: “no estando obligado el comisionado a justificar la justicia estricta de sus procedimientos en cuanto a la prisión de los individuos contenidos en el sumario pues debe haber nacido de algún aviso, que en las presentes circunstancias de desorden de la plebe no debe despreciarse, no ha lugar a lo pedido por el agente”   Para marzo de 1831, un fiscal seguía quejándose “del número de esos malévolos que infestan nuestro territorio de modo que no hay seguridad ni en los caminos ni dentro de las murallas domésticas” y en mayo la pena de azotes a unos reos que la Cámara de Justicia dispuso que se efectuara en el pueblo de San Vicente no pudo cumplirse dada “La total escasez de salvaguardias en que se halla en el día la campaña pues en las postas ni puede proporcionarse a los chasques” según dijo el Jefe de Policía.   Como puede registrarse las impresiones de los miembros de la elite tienden a ser redundantes. Casi siempre la situación era presentada como peligrosa y los salteadores como una auténtica plaga que infestaba el cuerpo social. Por cierto que estas expresiones nos dicen más de sus temores y preocupaciones (y de su modo de percibir el mundo rural y popular y la criminalidad) que de la magnitud efectiva de las gavillas.   Se trataba de una sociedad rural profundamente mercantilizada y en la cual la capacidad efectiva de control del territorio y la población era muy reducida tanto para las autoridades como para los propietarios. No sólo contaba con fronteras jurisdiccionales difusas, permeables y en proceso de definición (como las que tenía con las provincias de Santa Fe y Entre Ríos) sino también con una vasta e insegura frontera con sociedades indígenas que no habían sido sometidas. La estructura de poder institucional no sólo era reducida y débil sino que su despliegue fue una de las tareas principales del estado durante estas décadas. Para ello el estado reclutó las autoridades locales entre los propios vecinos, de modo que ellas debían fungir a un mismo tiempo como emisarios del poder central, portavoces de las comunidades vecinales y mediadores entre ambos sin que llegaran a separarse efectivamente de la sociedad local. En tales condiciones, la persecución de los bandidos era necesariamente limitada, estaba sometida a múltiples restricciones sociales y el gobierno no podía impedir cierta tolerancia hacia los bandidos tanto por parte de estas autoridades como (y sobre todo) de los paisanos y vecinos que les brindaban abrigo o, al menos, consentimiento. Por otra parte, se estaba produciendo desde el estado una transformación del marco normativo de las relaciones sociales agrarias que tendía a remover costumbres y prácticas arraigadas y que implicaba una creciente distancia entre las nociones y los valores que pretendían imponer las elites y las que primaban en la sociedad rural. En un contexto de sistemas normativos heterogéneos (cuando no directamente contradictorios) las consideraciones sociales acerca de la ley, la justicia y el delito estaban claramente en tensión. La proliferación del bandolerismo y su aceptación social era una de las manifestaciones de estas tensiones.   Los bandoleros se reclutaron preferentemente entre peones y labradores. Las evidencias ofrecidas en cuanto a los primeros indican que el salteamiento puede ser considerado a veces como una instancia decisiva dentro una trayectoria de fricciones y disputas previas entre patrones y peones en el cual la resistencia cotidiana, opaca y oculta, se transmutaba en un enfrentamiento violento y abierto. Esa resistencia cotidiana parece haber incluido una serie de prácticas, desde el abandono del trabajo hasta el robo menudo generalmente de una prenda o el carneo de una res. Sin embargo, esta forma de delito menudo, cotidiano y reiterado, no era como en otros contextos la expresión de una disconformidad que no tenía posibilidades de expresarse a través de la rebelión o el bandolerismo. Por el contrario, en el contexto bonaerense esta forma de robo era la expresión tanto de resentimientos como de una creciente insubordinación de los peones y los criados y su transformación en bandidos era una posibilidad cierta y abierta.  La campaña bonaerse en estas décadas ofrece un ejemplo sugestivo de una sociedad rural que al mismo tiempo estaba viviendo una transformación de su estructura económica, el intento de construir una estructura de poder institucional efectiva y un proceso de movilización y politización acelerada. Pero, correr del centro del análisis las motivaciones personales de los bandidos no implica eludir sus implicancias políticas ni concluir que los propios bandidos no tuvieran nociones políticas. Ellas eran las que imperaban en su medio social tras siglos de sistema colonial y fueron transformadas por las experiencias y los discursos que dos décadas de revolución y guerra habían traído a la campaña bonaerense. En cierto sentido, los vínculos que los bandidos terminaron teniendo con la lucha política puede calificarse provisoriamente como transaccionales. Ellos suponían una serie de intervenciones que no se sustentaban en una lealtad inalterable derivados de vínculos de dependencia personal previos sino que estaban sujetos a adhesiones que debían obtenerse mediante transacciones, de un modo no demasiado distinto al que intervenían en las elecciones el común de los paisanos.

domingo, 31 de julio de 2016

EL AÑO XX: JOSÉ ARTIGAS, PANCHO RAMÍREZ Y ESTANISLAO LÓPEZ.

POR JOSÉ LUIS BUSANICHE
Francisco Ramírez, había firmado el tratado del Pilar a sabiendas de que traería su rompimiento con Artigas. En efecto: Ramírez firmaba como gobernador de Entre Ríos y en rigor era el Comandante General del ejército artiguista y en ese carácter había cruzado la provincia de Santa Fe, y teniéndolo como tal se le incorporó con sus tropas el gobernador de esta última provincia. Por eso comandó Ramírez y no López el ejército en Cepeda y por eso el comandante dio a su jefe Artigas inmediata cuenta de la victoria.   Pero pocos días antes de firmarse el tratado llegó a Buenos Aires la noticia de la destrucción de las armas artiguistas en la Banda Oriental, cumplida por los .portugueses en la batalla de Tacuarembó, con el añadido de que el Protector había pasado a Entre Ríos con los restos de su ejército en derrota. Tal suceso, en aquellas circunstancias, despertó la ambición del vencedor de Cepeda decidiéndolo a tratar por su propia cuenta y acaso imaginar una seductora hegemonía. López se hallaba en otra situación. Aunque adicto a la Liga Federal (liga de hecho, también, porque no existían patios formales) no se debía por entero al Protector, como Ramírez, ni se había formado como este último en sus ejércitos. Lo cierto es que, una vez conocida la derrota de Artigas, Ramírez, ni consultó a su jefe, ni firmó ad-referendum como comandante de las armas orientales, sino como gobernador de Entre Ríos y no podían ocultársele las graves consecuencias que debían sobrevenir. Por eso, una vez agasajados los vencedores en el cabildo de Buenos Aires, y percibidos algunos auxilios en armas (indemnizaciones de la campaña militar), se dispusieron a volver a sus provincias como lo establecía el tratado Pero hubieron de permanecer días más en la capital para asegurar en el poder a Sarratea porque el coronel Juan Ramón Balcarce, jefe directorial salvado con su división en Cepeda, trató de arrebatar el poder al flamante gobernador apenas los federales anunciaron su partida. Sarratea fue afirmado en el mando, se inició proceso contra los autores del proyecto monárquico y fueron publicadas en folleto las actas secretas que daban testimonio del negociado . 
López se retiró con sus tropas en el mes de marzo. Ramírez en los primeros días de abril. Apenas llegado este último a su provincia, Artigas le pidió cuenta de su conducta. Ya había firmado en Ávalos (Corrientes), un convenio entre diputados de la Banda Oriental, Corrientes y Misiones que importaba el desconocimiento del tratado del Pilar y una alianza de tendencia artiguista. “El objeto y los fines de la convención del Pilar —escribió Artigas a Ramírez— sin mi autorización ni conocimiento, no han sido otros que confabularse con los enemigos de los pueblos libres para destruir su obra y atacar al jefe supremo que ellos se han dado para que los protegiese y esto sin hacer méritos de muchos otros pormenores maliciosos que contienen las cláusulas de esa inicua convención y que prueban la apostasía y la traición de V.S. Al ver este atentadono he podido vacilar y he corrido a salvar la provincia entrerriana de la influencia ominosa de V.S. y de la facción directorial entronizada en Buenos Aires”. Ramírez contestó con la misma arrogancia: “Vuestra Señoría ataca ahora mi provincia y ha llegado el caso de preguntarle: ¿Qué especie de poderes tiene V.S. de los pueblos federados para darles la ley a su antojo; para introducir fuerza armada cuando no se le pide y para intervenir como absoluto en sus menores operaciones internas?. . ” Los oficios se cruzan, contundentes, anunciando la guerra que no tardará en sobrevenir.
Artigas ha reconvenido también a López, pero en otros términos que fueron contestados así: "Cuando he leído las reconvenciones que V.S. me hace no puedo formarme otra idea sino.de que V.S. no estará completamente impuesto del actual estado y circunstancias de las provincias de la unión. ¿Cómo he de persuadirme de que V.S. menosprecia la felicidad común de ellas? Ello exigía con la mayor urgencia la convención que se ha logrado”.
La indignación de Artigas se descarga sobre su teniente de Entre Ríos, sobre todo cuando este último responde sarcásticamente a sus oficios. Avanza el Protector por la costa del Uruguay hacia el sur, se apodera del arroyo de la China venciendo la resistencia de López Jordán y sigue hasta Gualeguay donde, en el punto denominado las Guachas, choca con el mismo Ramírez y lo derrota. Pero el entrerriano se repliega hasta Paraná donde el oficial porteño Lucio Mansilla, enviado por Sarratea, le facilita oportunos auxilios, pone concierto en la tropa y la deja bien dispuesta para una próxima batalla. No tarda en llegar el Protector a quien le está reservada una completa derrota en el lugar denominado Las Tunas, cerca de Paraná.. (24 de junio). Aquellos pobres campesinos peleaban casi desnudos. Con la promesa de diez pesos (!) y un vestuario de los llevados por Mansilla fueron animados durante el combate los vencedores. Ramírez inició una persecución encarnizada, implacable.
En los meses de julio y agosto corre por Entre Ríos y Corrientes en demanda de su presa; en el mes de septiembre derrota nuevamente al Protector, ya cerca del Paraguay, y el vencido prefiere pedir asilo en esta república donde ha de sobrevivirse todavía treinta años. Pero ¿qué hubiera sido de él en manos de Ramírez?. . . Este último, sediento de venganza, exige con insistencia la entrega del vencido al dictador Francia, y aun amenaza con invadir su territorio. Pero desiste por último y se apodera de la ciudad de Corrientes donde disuelve el cabildo, ejerce cruelísimas venganzas y funda la República Entrerriana con Misiones, Corrientes y Entre Ríos, aprovechando los auxilios que le ha proporcionado Sarratea. Sojuzgada Corrientes, vuelve Ramírez a su provincia v escribe a su teniente del norte: “Poco importa que los correntinos ladren si no pueden morder, A usted le corresponde aplicar correctivos”. Había sacado de Corrientes. 20.000 caballos y 70.000 cabezas de ganado.
El Supremo celebró en Paraná .el fausto acontecimiento. En carta a un amigo, hizo breve y bien trazada reseña de la ceremonia: “Amigo: Voy a dar a usted una idea de la gran función que se está disfrutando de ella (sic) hoy día: primeramente una gran plaza para una gran corrida de toros que dura todos los días de Pascua; plaza de todo lujo con palcos correspondientes; hay unas grandes carreras, hay otras de títeres; hay unos bailes de un rango nunca conocido; hay unas grandes riñas de gallos; hay tres días de despojos en la plaza con infantería de morenos y correntinos; no tengo tiempo para dar a usted un detalle de cuanto va a haber de tanta función emprendida por todas partes. En fin, confórmese con el olor, como yo hago lo propio porque me ha probado mal el Paraná”.
Del jolgorio participaban oficiales porteños, de los enviados por Sarratea para terminar con Artigas, entre ellos el que no mucho después será gobernador de Entre Ríos, Mansilla.
El gobernante que había contribuido desde Buenos Aires a la eliminación del Protector, ya no estaba en el poder.   Apenas retirados Ramírez, y López de Buenos Aires en abril de 1820, viose obligado a convocar a elecciones; lo hizo en mayo y como en las elecciones aquellas, de gente decente de fraque o levita (la que había decidido todo en la ciudad desde 1810, la llamada “parte principal y más sana del vecindario", doscientos vecinos a lo más), eligio para el cargo a don Ildefonso Ramos Mexía.
 El nuevo, gobernador se apresuró a poner en libertad a los congresistas presos, debían responder a la acusación de haber pretendido entregar el país al príncipe de Luca. Con esta medida y otras análogas, recrudeció la lucha de facciones en Buenos Aires y otra guerra civil se desató en el litoral argentino López, gobernador de una provincia lindante con la que, ahora había caído en manos de los directoriales, se dispuso a intervenir antes de ser atacado.
Incitábanlo a ello dos personajes que en mala hora fueron acogidos en su ejército porque —pescadores en rio revuelto— no buscaban otra cosa que el desorden para lograr el poder: eran Alvear y José Miguel Carrera.  Ambos habían llegado de Montevideo para incorporarse a los federales: el primero con el designio de volver al gobierno después, de haber sido expulsado como lo fue en 1815. El segundo había logrado que Sarratea pusiera bajo sus órdenes una división de chilenos llegada después del desastre trasandino de 1814, que le serviría de base —así lo proyectaba él— para armar un ejército, cruzar la cordillera y desalojar a O’Higgins del poder. Le empujaba un fierón sentimiento de venganza por la muerte de sus hermanos. Carrera era hombre de buen entendimiento, de mucho atractivo personal y extraordinaria  osadía.  López recelaba —y con razón— que la facción directorial terminara en poco tiempo con los sacrificios que habían culminado en Cepeda y en el tratado del Pilar.  Por otra parte, los términos del tratado no se cumplían mientras las provincias daban —todas menos Buenos Aires— testimonio de adhesión a la causa federal. Santiago del Estero, separándose de su antigua intendencia, Tucumán, había declarado en el mes de abril: “Art. 19 Declaramos por la presente acta nuestra jurisdicción de Santiago del Estero uno de los territorios unidos de la Confederación del Río de la Plata. Art. 20 No reconoceremos otra soberanía ni superioridad sino la del congreso de nuestros co estados, que va a reunirse para organizar nuestra confederación. Art. 21 Ordenamos que se nombre una junta constitucional para formar la constitución provisoria y organizar la economía interior de nuestro territorio según el sistema provincial de los Estados Unidos de la América del Norte... etc:.”.
Decía López: “Los representantes de Buenos Aires elogian públicamente al congreso disuelto; no se cumplían las estipulaciones del Pilar; no ha concurrido el diputado a San Lorenzo porque Buenos Aires teme perder el monopolio comercial y proyecta quitar a las provincias el poder adquirido a fuerza de fatigas”.
En junio se puso López en campaña con Alvear y Carrera. Paralelamente, las facciones políticas y los caudillos militares, disputábanse el poder en Buenos Aires. Soler se levantó contra el gobernador Ramos Mexia; éste entregó el mando al cabildo de...Buenos Aires y a su vez el cabildo de Luján designó gobernador al jefe sublevado. El cabildo de Buenos Aires confirmó a Soler. (20 de junio de 1820..muerte del Gral Belgrano)   Era natural que Soler, gobernador ahora y jefe del ejército, se opusiera a las tropas de López que pisaban ya la provincia. Chocaron en la Cañada de la Cruz. Soler sufrió una completa derrota y_huyó a Montevideo.

El cabildo de Luján eligió gobernador a Alvear pero una “junta electoral” formada en Buenos Aires,' eligió para el mismo cargo a Dorrego que al frente de un nuevo ejército hizo retroceder a las fuerzas federales hasta San Nicolás. Después derrotó a López, en Pavón; pero, repuesto el santafecino, le infligió tremendo castigo en la sangrienta batalla del Gamonal el 2 de septiembre de 1820