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sábado, 26 de mayo de 2018

Congreso de Tucumán: Las dificultades de la Patria. Sus congresales.

Por Carlos Pistelli

Al inaugurarse el Congreso el 24 de marzo de 1816, las Provincias Unidas eran un berenjenal de conflictos; un quilombo de la san madre.

  Artigas en Purificación, amenazado por los portugueses, mandando sobre la Provincia Oriental, Corrientes, las Misiones y Entre Ríos; Gaspar de Francia separado con Paraguay; Rondeau vs Güemes y los españoles bajando. El Congreso tucumano, mediando en todo, y sin resolver entre José Moldes o Pueyrredón; San Martín en Cuyo; Díaz con Córdoba y La Rioja; Santa Fe dividida y en guerra; Buenos Aires sacudida; Belgrano y su ilustre porte poniendo los puntos sobres las íes..
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  El Congreso fue convocado a instancias del Director Interino Ignacio Álvarez Thomas, precisamente para declarar la independencia, que duda cabe. Se eligió Tucumán, como recompensa al patriotismo de sus fieles luchadores, como el lugar central de la República, y como punto equidistante de Buenos Aires, pa’ que Artigas convergiera de una puta vez hacia una Unión “Nacional”.

  Los diputados electos que inauguraron las sesiones fueron 33. Un número bastante masónico. Se sorteó la Presidencia de las deliberaciones, uno por mes. Al sanjuanino Laprida, le tocaba presidir, el mes de julio.
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Los Congresales. 

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  • Por Buenos Aires:Tomás Manuel de Anchorena (nacido en 1783), doctor en leyes de Chuquisaca, miembro de una familia muy importante, ligada a don Juan Manuel de Rosas, participó en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810. Secretario de Belgrano en la Campaña al Norte de 1812-1813. Sus hermanos Nicolás y Juan José cumplieron su rol en el rosismo. Él también. Era uno de los exponentes principales del Congreso.
    José Darragueira (1771), nacido circunstancialmente en Perú, vivió en Buenos Aires, donde estudió en el Real Colegio San Carlos, actual Colegio Nacional, como Anchorena. Se recibió de doctor en leyes en Chuquisaca. Participó activamente en la Semana de Mayo, cumpliendo rol como jurista. Vinculado al grupo ‘morenista’ y luego unitario, tendría duros debates con los diputados provinciales ‘federalistas’. Fue asesor de Pueyrredón hasta su temprana muerte en mayo de 1817.
    Esteban Gascón (Oruro, 1764), otro que estudia en el San Carlos, colega de Castelli, y doctor en Leyes en Charcas. Participa en la Revolución altoperuana de 1809, liberado por Castelli de la cárcel en 1811. Participa en la batalla de Salta, y se vincula a la Logia Lautaro en el grupo adicto a Pueyrredón, tenaz artiguista.
    Pedro Medrano (Isla Gorriti, frente a Punta del Este, 1769), estudió en el Colegio Monserrat de Córdoba, y se doctoró en Leyes en el Alto Perú. Participó del Cabildo del 22, y tiene distintos puestos públicos. Terminó sus días como diputado rosista.
    Cayetano Rodríguez (San Pedro, 1761), cura y profesor de las órdenes franciscanas, amén de poeta. Vinculado a Mariano Moreno, primer director de la Biblioteca Pública, confrontó con Rivadavia por sus leyes de reforma religiosa.
    Antonio Sáenz (Buenos Aires, 1780), otro egresado del San Carlos, bachiller en Leyes en Chuquisaca, donde tomó las órdenes religiosas. Participó del Cabildo del 22, fue colega de don Bernardo de Monteagudo, se le acusa de haber matado al obispo Lué, con quien le unían viejas querellas. Presidente del Congreso tras su traslado a Bs. As., vinculado a Rivadavia, fue promotor de la Universidad porteña.
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  Juan José Passo (1758), nacido en Buenos Aires, el taimado y patriota Jota Jota fue actor principal de cuanto congreso se realizó en aquellos años. Estudió en el colegio Monserrat, donde entabló amistad con Castelli, recibiéndose de doctor en Leyes en la casa de estudios cordobesa, como Gaspar Rodríguez de Francia. Profesor del San Carlos, amigo del rector Chorroarín. Salvador del debate del Cabildo del 22, no concurre con su voto con el resto de la representación patriota. Así y todo, fue electo Secretario de la Junta. Tuvo papel preponderante en esos años, miembro de los Triunviratos. Al tener conocimiento de una Logia llamada Lautaro, Passo, o al menos sus hermanos, intentaron hacer una asonada para desprenderse de una logia a la que interpretaban como proinglesa. Electo congresal, Passo tiene el honor de leer para su juramento, el Acta de la Independencia. Seguirá jodiendo, jeh, fiel a su personalidad, muchos años más.

paso
Guiño de Passo.
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  • Por Catamarca:.
    Manuel Acevedo (Salta, 1770), cura y abogado egresado del Colegio Monserrat. Realizó carrera eclesiástica, y elegido al Congreso de Tucumán, donde abogó por la Monarquía Incaica, y presidente del Congreso en Bs. As. Cumplió rol político preponderante en Catamarca. Luego sería congresal en 1824,
    José Colombres (Tucumán, 1778), cura y doctor en leyes de la Universidad de Córdoba, adalid de la instalación de ingenios en su provincia. Por prestar servicios en Catamarca, fue electo diputado. Corriendo el tiempo, participaría de la Coalición del Norte.
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  • Por Córdoba:.
    José Antonio Cabrera (Córdoba, 1768), descendiente del fundador de Córdoba, y sobrino del Deán Funes, licenciado en jurisprudencia en la Universidad de su Ciudad. Tiene el honor de haber participado en los dos congresos independentistas. Vinculado al grupo federal del Congreso, del cual era su líder ‘parlamentario’, y vinculado a los federales de su provincia, se negó al traslado del Congreso a Bs. As. y fue expulsado.
    Eduardo Pérez Bulnes (Córdoba, 1785), egresado del Colegio Monserrat. Su hermano es Juan Pablo, caudillo artiguista. A diferencia de su hermano, que se mantuvo federal, don Eduardo penduló desde su enfrentamiento al grupo logista en Tucumán, defensor de Díaz contra el levantamiento de Juan Pablo, primero bustista y luego junto a Paz, congresal cordobés en 1826 pero liado al grupo rivadaviano.
    Miguel Calixto Del Corro, (Córdoba 1775) egresado del Colegio Monserrat, doctor en teología, rector de su Universidad, el cura Del Corro fue pieza fundamental en su pcia. Fue electo al Congreso en reemplazo del Deán Funes y fue enviado para conciliar términos con los artiguistas. Rodeó a Artigas largo tiempo. No firmó el acta independentista, y fue expulsado del Congreso. Tuvo alguna actuación posterior junto al ‘Manco’ Paz.
    Jerónimo Salguero Cabrera y Cabrera (Córdoba, 1774), egresado del Colegio Monserrat, doctor en jurisprudencia, miembro del equipo del Gobernador federal José Javier Díaz. Salguero prefirió ir a Buenos Aires. Luego sería colaborador de Bustos y compañero de bancadas de Dorrego en el Congreso de 1826.
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  • Por Charcas:  (la provincia de Charcas se refiere al actual departamento de Chuquisaca, en donde se encuentra Sucre, la actual capital legislativa de Bolivia, y la famosa Universidad donde egresaron varios de los patriotas mencionados).
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    José Severo Malabia (Charcas, 1787), Doctor en jurisprudencia de su ciudad, participa de la Revolución de 1809, junto a su colega y amigo Bernardo de Monteagudo. Personaje, que a la par de don Bernardo, era rápido para el entrevero dialéctico, polémico y complicado. Difamó a Montes, otro trigo limpio, y fue fervoroso partidario de la Monarquía Incaica. Pasó el resto de sus días de aquí pa’ya haciendo de las suyas,
    Mariano Sánchez de Loria (Chuquisaca, 1774), doctor en jurisprudencia en su ciudad, y luego clérigo. Apoyó la Revolución de 1809 y la instalación del monarca inca en Tucumán.
    Mariano Serrano (Potosí, 1788), Redactor del Acta de la Independencia. Fue la figura principal del Congreso según los historiadores. Partidario de la monarquía, pero no de la incaica, arrastrando viejos recelos. Abogado y partícipe de la Revolución de 1809, y luego hombre de Pueyrredón. Finalmente participó de la vida política altoperuana, firmante y presidente del congreso independentista boliviano. Raro privilegio el del mocito Serrano.
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  • Por Chichas: (provincia del sur boliviano, cuya capital era Tupiza, reclamada por los argentinos largos años)
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    José Andrés Pacheco de Melo (Salta, 1779), cura y amigo de Martín Güemes. A él le debe haber sido electo.
    Juan José Fernández Campero, Marquez de Yavi o del Valle del Toxo (Javi, actual pcia. de Jujuy, 1777), uno de los prohombres de la Guerra Gaucha, primo de Güemes y otros capitanes de la guerra, como los Pérez Uriondo. Es de los pocos con títulos nobiliarios al servicio patriótico. No llegó a participar del Congreso, estando en combate, donde fue tomado prisionero, torturado y enviado a Lima. Falleció entre los tantos traslados, quebrantada su salud. San Martín, Belgrano y Güemes pidieron por él, pero los realistas hicieron oídos sordos.
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  • Por Jujuy:.
    Teodoro Sánchez de Bustamante (Jujuy, 1778), doctor en leyes en Chuquisaca, participó de la Revolución de 1809. Como jujeño realizó una sorda oposición a Güemes, quien igualmente lo hizo elegir diputado. Perteneció a la bancada ‘belgraniana’, del cual fue estrecho colaborador.
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  • Por La Rioja:.
    Pedro Castro Barros (Chuquis, La Rioja, 1777), Chusquis es una pequeña población riojana que tiene el honor de tener a su hijo ilustre como nacido en sus tierras. Doctor en Teología en Córdoba, donde es cura. Miembro de la Asamblea del Año XIII, es elegido al Congreso. Tuvo actuación política posterior como principal consejero de Facundo Quiroga, a pesar de estar vinculado a los unitarios de las provincias. Rector de la Universidad de Córdoba, opuesto a las reformas rivadavianas, expulsado del país por orden de López y Rozas. Se dice que no se caracterizaba por la prudencia.
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  • Por Mendoza:
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    Tomás Godoy Cruz (Mendoza, 1791), se graduó de Bachiller en Leyes y Filosofía en Chile. Fue el hombre de San Martín en el Congreso. En 1820 será Gobernador Provincial.
    Juan Agustín Maza (Mendoza, 1784), docto en Derecho Civil en Chile. Se dice que era republicano, y combatió en el bando federal, donde encontró la muerte traicioneramente por indios que respondían a los Pincheira.
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  • Por Mizque:  (ubicada en las cercanías de Cochabamba, era una ciudad importante en su tiempo)
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    Pedro Ignacio Rivera (Mizque 1753) El “veterano” del Congreso. Abogado en 1793 en Chuquisaca, participa en la Revolución de 1809, de la que dejó unas memorias. Proclamó en el Congreso por los auxilios al Alto Perú, por la Independencia y por la erección de una Monarquía Temperada, bajo la dinastía inca.
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  • Por Salta:.
    Mariano Boedo (Salta, 1782), Abogado en Chuquisaca, es amigo de Mariano Moreno. Se vinculó a Pueyrredón y luego a Güemes, quien lo hace elegir diputado. Venía de familia de alcurnia, y cumplió cierto papel en la política.
    José Ignacio Gorriti (Jujuy, 1770), notable exponente de la ciudad de Jujuy, como sus dos hermanos, el “Lancero” de Güemes ‘Pachi’ y el cura unitario Juan Ignacio, reacio a don Martín, hombres de la Guerra por la Independencia y la Guerra Gaucha. José tuvo destacada actuación junto a Güemes y en el propio Congreso, en los debates políticos; Tras renunciar para seguir las luchas independentistas, será tres veces gobernador de Salta, del bando más bien unitario. Fue doctor en el Derecho Canónigo.
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 José Moldes (Salta, 1785), era hijo de uno de los tipos más ricos de Sudamérica. Eso le dio un status para desenvolverse en la política. Moldes fue uno de los pilares revolucionarios de Salta y América y, como fugaz intendente de Mendoza, precursor de la bandera azul y blanca. Tenía un carácter brioso que le terminaba jugando en contra, altanero dada su posición social. En España luchó contra los franceses en compañía de otro salteño importante como Gurruchaga. Anduvo en las tertulias para la conformación de una Logia Independendista con Pueyrredón. Peleó en la batalla de Tucumán, pero debió ser separado del mando de tropa por el rechazo que generaba. Fue el candidato de Güemes y los cordobeses a Director Supremo. Pero no pudo participar del Congreso separado del mismo (no llegó a actuar) por los grupos que reconocían el liderazgo de Buenos Aires.

Moldes
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  • Por San Juan:.
    Fray Justo Santa María de Oro, (San Juan, 1772), sacerdote domínico al que se lo presenta como crítico de la monarquía elegida por los congresales. Impulsó la declaración independendista pero era adversario de la preponderancia porteña. Era tío de Domingo Faustino Sarmiento.
    Francisco Narciso de Laprida, (San Juan, 1786), presidió la Jura de la Independencia. Licenciado en Leyes en Chile. Laprida se vinculó al partido unitario y fue muerto en las guerras civiles argentinas. Borges, que era lejano descendiente, le dedicó el “Poema Conjetural”, en 1943:
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Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre,
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me acecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca
con jinetes, con belfos y con lanzas.
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.
Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí… Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.
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  • Por San Luis:.
    Juan Martín de Pueyrredón (Buenos Aires, 1777), San Martín hace elegir a Pueyrredón congresal, pues había padecido destierro en San Luis unos años. Pueyrredón figura entre los principales políticos y revolucionarios de su tiempo. Fue electo Director Supremo, y ya describiremos su actuación en notas siguientes.
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  • Por Santiago del Estero:.
    Pedro León Gallo (Santiago, 1782), Cura del Colegio Monserrat, donde cursó estudios, recibiéndose de Maestro de Filosofía. Cumplió destacado papel en el Congreso y luego como asesor del Gobernador y Caudillo Felipe Ibarra.
    Pedro Uriarte (Santiago, 1758), cura y Doctor en Derecho Canónigo por la Universidad de Córdoba. Fue representante de su ciudad en la Junta Grande, y luego se volcó al partido unitario. Ibarra lo metió en cana y luego lo rajó de Santiago.
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  • Por Tucumán:.
    Pedro Aráoz (Tucumán, 1759), miembro de esa poderosa familia tucumana. Era tío de Gregorio Aráoz de Lamadrid y de don Bernabé, caudillo tucumano. Se ordenó de sacerdote y doctor en teología en Córdoba. El “padre perico” fue un reconocido colaborador de Belgrano y sus sobrinos en política. Y logró mediar, junto a Gallo y Pacheco de Melo en los conflictos con Santiago en 1821. Su sobrino Lamadrid lo recuerda cariñosamente en sus Memorias.
    José Ignacio Thames (Tucumán, 1762), Doctor en teología y Cura recibido en Córdoba. Fue partidario de la Revolución y de la Monarquía Incaica, pues a su pedido, precisamente se trató el tema.
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  Las provincias altoperuanas ocupadas o en guerra con España no mandaron congresales, como algunas lo harán luego (Cochabamba, ejemplo). Y tampoco participaron las provincias del Litoral (Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, Misiones) ni la Banda Oriental, dentro de los Pueblos Libres. Como tampoco el Paraguay, donde la muñeca de Rodríguez de Francia aíslo a la región. Trataremos a continuación porque las provincias artiguistas no participaron del Congreso.


viernes, 9 de junio de 2017

El General José de San Martín y la Declaración de la Independencia

Por el Prof. Alejandro Sanfilippo

A juzgar por lo que nos dice la historiografía liberal argentina y nuestras maestras, la vida, obra y pensamiento del Capitán General José Francisco de San Martín son tan simples como absurdas. Recorrió medio mundo a los sablazos, expuso su tranquilidad material y espiritual por su tierra natal, cuando en realidad vivía en ella. Es más, cuando anduvo por América no visitó nunca su entrañable Yapeyú, actitud propia de esas tiernas almas románticas que pueblan el mundo, a excepción de los ejércitos y sus cuerpos de oficiales, lugares por donde transitó su existencia.
San Martín no es un tema fácil históricamente hablando, y esta es nuestra primera afirmación. En él concurren los más altos intereses políticos de nuestra nacionalidad y por ello, históricos culturales, sometiéndolo a un forcejeo que no hubiese tolerado en vida. El material existente sobre su persona es casi infinito, hay de todos los tamaños y pelajes, radicando allí una importante dificultad. Se comienza a leer, consultar e investigar y en vez de ingresar en un recto y caudaloso río, lo hacemos a un delta de innumerables cursos, para desembocar finalmente en un inmenso océano, donde desaparece a primera vista cualquier posibilidad de síntesis. Fundamentalmente se transforma en costosa empresa dar una conclusión categórica para un trabajo como el presente, donde la extensión debe compatibilizarse con el interés de una lectura numerosa.
Como inicio, establezcamos los límites del trabajo: este se focaliza en los años en que San Martín fue Gobernador Intendente de Cuyo (1814-1816); basándose en los escritos autógrafos y éditos que se hallan en la colección DOCUMENTOS DEL ARCHIVO DE SAN MARTIN, Tomo V, Comisión Nacional del Centenario, 1910, Buenos Aires, existente en la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, en los cuales hace mención de su pensamiento político en dicha oportunidad y circunstancia.
Desde el primer momento debemos sostener que lo aquí expresado se halla sujeto a revisión. Pues, habiendo sido realizado el presente con la mayor de las seriedades, conciencia y aplicación, es honesto, intelectualmente, confesar que el campo abierto supera el punto de vista actual del autor. Creemos profundamente, que se trata de un vacío historiográfico nacional la cuestión San Martín, no solo de quien suscribe, aunque parezca un contrasentido frente a la cantidad.
Cuando un grande en todos los campos (menos en lo militar), como lo fue el General Bartolomé Mitre, hace y escribe historia transfiere, haciendo extensiva su grandeza a ella, así falte a la verdad intencionalmente o solo se equivoque de modo involuntario. Bartolomé Mitre dejó un San Martín que se ha transmitido escolar y masivamente a todos los argentinos. Desde su manejo directo y exclusivo en primer momento de los archivos del personaje, contra la voluntad del propio prócer, ordenados por este con esmero e intencionalidad, como la desaparición de las memorias que afirmaba haber escrito, prometiéndoselas a su escudero amigo Tomás Guido, el Divus Bartolus construyó un San Martín de muy fácil comercialización y muy difícil desguace.
Sesudos autores de nuestra historiografía han trabajado sobre él, pero no se han visto coronado por el éxito como el General que escribía historia y no ganaba ninguna batalla. Una cantidad de puntos oscuros rodea al Gran Capitán de Los Andes, aún frente a los ríos de tinta que su figura ha producido y produce. La primer pregunta sobre San Martín desata el problema prematuramente: ¿Por qué vino a América?. Raúl Roque Aragón, al igual que el Dr. Enrique Díaz Araujo dicen que lo hizo para salvar la tradición hispana, la religión católica y su cosmovisión y con esa precisa afirmación, Bartolomé Mitre, casi saliendo de su tumba, no pararía de gritar ¡Blasfemia! San Martín vino a realizar una revolución republicana, liberal y democrática. A.J. Pérez Amuchástegui sostiene que llegó para alcanzar la independencia y unidad de un país poderoso, rico y prometedor, como era la América española, cuyas relaciones comerciales interesaban positivamente a la Gran Bretaña, tarea común de los cofrades de la Gran Reunión Americana. El Dr. Rodolfo Terragno, por su parte, sumará a este último el plan continental (fraude heurístico de Fidel López) diseñado por Maitland en 1800. Así como estos, podríamos citar tantos otros autores y sus respuestas, únicamente para la primer pregunta, que el mismo protagonista cuando tuvo que satisfacerla dijo: “Con destino a Lima, a arreglar mis intereses”. Es decir, si en la más elemental de las preguntas el bulto le gana a la claridad, imaginemos el resto, como el tema de la masonería, sus medios y modos de vida en Europa, etc.
En definitiva, el General San Martín era un hombre austero, sencillo y honesto, pero es difícil para la historia porque en ella aparece enigmático, reservado y como remate cúlmine de una construcción por él forjada y conducida. Reiteremos que la documentación original, tal cual la había ordenado y prometido, nos llegó tras la intervención o filtrado indebida de Mitre, de cuyos intereses políticos muchos desconfían pero nadie duda.
Para el presente trabajo, como se tiene dicho, trabajaremos a partir de las expresiones documentadas, manifestadas durante la Gobernación Intendencia de Cuyo. Recurriremos a otras, para auxiliar las referidas a los años 1814-1816, realizadas anterior o posteriormente que son las más al respecto, solo cuando sea estrictamente necesario.
Empecemos por la llegada a Cuyo, más precisamente a la ciudad de Mendoza. Gracias al gran embuste de Fidel López, acerca de la apócrifa carta de San Martín a Rodríguez Peña en la cual le transmite confidencialmente “su secreto”, se ha generalizado la creencia que vino a ejecutar su premeditado (o plagiado a Mr. Maitland, según Terragno) Plan Continental. Luego de los debates entre Mitre y López e incorporado a la obra liminar de la historiografía argentina, sino fuese por el trabajo esclarecedor de Pérez Amuchástegui, continuaríamos creyendo en dicha carta.
A juzgar por los hechos, la documentación y la bibliografía más reciente, San Martín luego de organizar defensivamente el territorio norteño, Salta, Jujuy y Tucumán, con el Ejército del Norte y los gauchos de Güemes, se retiró a Córdoba a restablecer su quebrantada salud, porque los generales a veces también se enferman. Según algunos autores sus dolencias, hemorragias incluidas, derivaban de la herida recibida en Cádiz cuando el atentado al general Solano. Como fuere que haya sido, se trasladó a Córdoba en busqueda de descanso y recuperación, que le brindaría el clima serrano. 
Su estadía en el territorio cordobés fue escasa y partió para Cuyo, gracias al nombramiento de Gobernador Intendente fechado el 10 de agosto de 1814. Recapitulemos entonces, a fines de enero de 1814 fue nombrado Jefe del Ejército del Norte, el 25 de abril del mismo año sufre sus primeras indisposiciones graves y el 29 de mayo iba llegando a los límites de Córdoba, buscando altura y menor humedad ambiente. El 10 de agosto del mismo 1814 se lo nombró Gobernador Intendente de Cuyo “... a solicitud suya con el doble objeto de continuar los distinguidos servicios que tiene hechos al país y el de lograr la reparación de su quebrantada salud en aquella deliciosa temperatura.” Es decir, si el plan continental de F. López no existe documentalmente, si se retiró por enfermedad y buscaba altura y sequedad, podemos decir, que a Mendoza llego buscando salud. No existía todavía el afamado Plan Continental. Se lo nombró Gobernador Intendente para que siguiese aportando a la revolución, para no marginarlo, pues, el ascenso alvearista se consignaba a pasos agigantados y podía mal interpretarse, provocando reacciones o desequilibrios en el seno de la Logia y por ende, en el gobierno, mientras que el lugar asignado le permitía un protagonismo público distendido (Cuyo contaba con 40.000 almas apenas, según Mitre) junto a las menores preocupaciones, mayor altura y sequedad. San Martín se reponía, sin perderse, en la “ínsula Cuyana”.
Con la caída de la revolución en Chile y la llegada masiva de emigrados transandinos, los rumores y temores de invasión ultramontana, San Martín se vio obligado, como Gobernador Intendente y soldado a prever y organizar la defensa de Cuyo, primero, y la de la sobreviviente revolución platense, frente a la caída del resto y el amago fernandino. En ese momento comenzó la organización militar, pero más defensiva que ofensiva. Debió llegar el año 1816 para encontrar una carta que tenga origen en “Campo de instrucción en Mendoza. 19 de enero de 1816”, frente al resto de las enviadas que encabeza con “Mendoza” y diga que retornó la actividad en El Plumerillo. A la vez que solicita esfuerzos a Pueyrredón y su autorización para la invasión a Chile y luego, unidos los americanos de ambos lados de la cordillera, al Perú.
Fue durante su estancia en Cuyo, producto de la caída del Director Supremo Carlos María de Alvear y su círculo, junto a la influyente presión sanmartiniana, cuando se convocó a Congreso en Tucumán, tan nombrado como inexactamente conocido e intencionalmente deformado. Reunido el Congreso, este elige como Director Supremo a Juan Martín de Pueyrredón, diputado a la sazón por la ciudad de San Luis, por lo tanto representante de Cuyo y a Narciso Laprida como presidente del propio Congreso, casualmente diputado por la ciudad de San Juan, también componente de la misma gobernación de intendencia. O sea, la casualidad obraba a favor de San Martín o este trabajaba con eficacia a partir de la nueva situación política en el único reducto revolucionario que todavía sobrevivía.  
Para militar sin aspiraciones políticas, como lo tipifica Mitre, le salía todo al revés. El Gobernador Intendente de Cuyo también se daba tiempo por esta época para mantener una profusa y clarificadora correspondencia con estos afortunados de la política, donde poco es azar, para expresarles sus ideas políticas del momento. Quizá, como muchas otras personas en todo tiempo y lugar, las haya mudado luego o tal vez poseía otras anteriormente, pero lo cierto es que las cartas remitidas desde Cuyo en general, ocasionalmente desde Córdoba, entre los años 1814 a 1816, y especialmente durante 1816, año en que ya sesiona el congreso, manifestaban la sistemática pretensión de declaración de la independencia sudamericana y la preferencia por el sistema monárquico de gobierno.
Sobre la necesidada de declarar la independencia se lo hacía conocer así al Dr. Tomás Godoy Cruz, su vocero en el congreso:
“¡Hasta cuando esperamos declarar nuestra independencia! No le parece a usted una cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener el pabellón y cocarda nacional y por último hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos. ¿Qué nos falta para decirlo? ... Los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos... Veamos claro, mi amigo, si no hace el congreso es nulo en todas sus partes, porque reasumiendo este la soberanía, es una usurpación que se hace al que se cree verdadero, es decir, a Fernandito.” 
(Carta de San Martín a Godoy Cruz. Mendoza, 12 de abril de 1816.)..
“Ha dado el congreso el golpe magistral con la declaración de la Independencia...” 
(Carta de San Martín a Godoy Cruz. Córdoba, 16 de julio de 1816.). 
Con respecto al sistema de gobierno más apropiado para las circunstancias bélicas, culturales y fundamentalmente políticas de la América española, no dudará un momento en sostener el gobierno monárquico, o de uno como regente hasta se materializan los proyectos en danza para coronar algún príncipe americano o europeo: 
“Ya digo a Laprida lo admirable que me parece el plan de un inca a la cabeza, las ventajas son geométricas, pero por la patria les suplico no nos metan en una regencia de personas; en el momento que pase de una todo se paraliza y nos lleva el diablo; al efecto, no hay más que variar de nombre a nuestro director y queda un regente: esto es lo seguro para que salgamos a puerto de salvación” 
(Carta de San Martín a Godoy Cruz. Córdoba, 22 de julio de 1816.) 
A título de excepción, solo cabría destacar la epístola del 24 de mayo de 1816, que dice:
“... un americano republicano por principios e inclinación, pero que sacrifica estas mismas por el bien de su suelo...” “1º Los americanos de las Provincias Unidas no han tenido otro objeto en su revolución que la emancipación del mando del fierro español y pertenecer a una nación.” “2º ¿Podremos constituirnos República sin una oposición formal del Brasil (pues a la verdad no es muy buena vecina para un país monárquico) sin artes, ciencias, agricultura, población y con una extensión de tierra que con más propiedad puede llamarse desierto?” “3º ... gobierno puramente popular,... tiene este una tendencia a destruir nuestra religión...” 
(Carta de San Martín a Godoy Cruz. Mendoza, 24 de mayo de 1816.) 
Si los principios e inclinación republicanas eran reales, como afirma en esta, los sacrifica por la independencia, que suplica se declare y por el orden, que añora para las Provincias Unidas y mantiene en Cuyo. Por el contexto de la carta, por lo inmediatamente anterior y posterior, aparentemente fue una concesión discursiva efectista, destinada a realzar su opinión con un renunciamiento íntimo y principista. Pero aún cuando fuese verídico, hizo renuncia al republicanismo “por el bien de su suelo”. 
En síntesis y a modo de conclusión, digamos que el padre de la Independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica, tal como se declaró solemnemente aquel 9 de julio de 1816, por lo menos mientras fue Gobernador Intendente de Cuyo se confesó independentista y monárquico. 
En cuanto al gobierno de la jurisdicción a su cargo, siguiendo lo dicho por el General Bartolomé Mitre, no alteró el sistema de Gobernación de Intendencia, con injerencia en las cuatro causas, heredada de la tradición virreinal y monarquista por concepción filosófica. A excepción del duro esfuerzo al que sometió al pueblo cuyano y a la fisonomía cuartelera que adquirió Mendoza cuando la expedición libertadora de Chile se confirmó, el resto parece encuadrarse dentro de la tradición hispana de las Gobernaciones de Intendencias. Posiblemente con mayor dinámica que otras gobernaciones cuyanas anteriores, pero sin alteración de la estructura vertical jerárquica del gobierno. San Martín era un político y un militar de profesión, no un ideólogo. Vino a Cuyo a reponerse sin ausentarse de escena y aquí, al compás de las necesidades, de su objetivo que era la independencia y de los hechos, gobernaba, dando nacimiento a un plan político militar, que pasó de lo defensivo a lo ofensivo. 
Si con anterioridad, el Libertador apreció cualidades más propicias en otra forma de gobierno o si más tarde desistió de la monarquía excede a los límites de este trabajo, aunque no al interés de quien suscribe.

martes, 19 de julio de 2016

PEDRO FERRE

Por José María Rosa
¡Hombre difícil el calafate.' Llevaba gravados en su sangre catalana la independencia y el amor propio de los suyos. Se llevó mal con todo el mundo y su vida fue un continuo deshacer amistades. No hubo hombre con quien el testarudo Ferré no acertara a encontrar rozamientos o descubrir enconos : toda su larga carrera pública —de 1821 hasta su muerte en 1867— fue una polémica contra alguien: Rivadavia, Rosas, Lavalle, Paz, Rivera, Madariaga, Urquiza, Derqui o Mitre. 

Su terquedad era imbatible. Sería el único diputado echado del Congreso, por intemperante, a pesar de sus años y de sus grandes servicios a la causa antirrosista.
Corrientes no fue en la primera mitad del siglo XIX —como Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires y el resto de la Confederación— una tierra propicia para caudillos. Su autonomía había sido la obra de los vecinos afincados de la ciudad, y las resistencias a Rosas preparadas en las casonas urbanas o en las estancias de la clase señorial. En Corrientes no hubo “pueblo” hasta bien entrada la mitad del siglo XIX, y por lo tanto faltó el caudillo que se hiciera intérprete del espíritu popular, seguido fanáticamente por los suyos y con igual exaltación odiado por los adversarios. Corrientes fue una oligarquía, porque no podía ser otra cosa dado el bajo estado económico y cultural de sus clases inferiores; y por eso resultó la, excepción en el mapa político de la Argentina.
Pedro Ferré fue el jefe de esa oligarquía. No el señor feudal a lo López o Ramírez sino el preboste entre sus iguales los demás señores de la sala capitular. Y eso que no era de familia con abolengo en la fundación de San Juan de Vera de las Siete Corrientes como los Lagraña o los Cossío, pues sus padres fueron catalanes modestos e industriosos. Pero en el medio enervado por la molicie de los hijos de familia que se quedaban en la ciudad, y la rudeza de aquellos que vivían en el campo, Pedro Ferré, dueño de un astillero y con inteligencia y hábitos de trabajo, debía necesariamente imponerse. La clase aristocrática correntina encontró en la honestidad del calafate la mejor conducción para la defensa de sus intereses.
Cinco veces gobernador de Corrientes, su jefatura no entusiasmaba a nadie; pero era la única posible. Había laboriosidad, firmeza y sobre todo amor a la tierra en los actos del gobernante. Desgraciadamente este “primus ínter pares” tenía terquedades y enconos que sólo pueden permitirse los auténticos caudillos. Sus paisanos lo deponían, lo expatriaban, confiscaban sus bienes; pero a la larga volvían a llamarlo. Retomaba sin modificar uno solo de sus puntos de vista. Era una gran verdad que no había otro como Ferré: el viejo Atienza, con su bonhomía e ingenuidad, había sido envuelto en las habilidades de Rosas; y la falta de tino del joven Berón de Astrada traído el desastre de Pago Largo. Solamente el desconfiado Ferré era el hombre para Corrientes. ¡Pero qué inaguantable era! Paz cuenta la paciencia que debía acumular para su trato con él. Siempre quería salirse con la suya y la menor disposición del Manco encontraba los reparos más imprevisibles: sobre un reparto de aguardiente a la tropa anduvo rezongando días y días. Menos mal que las necesidades del gobierno no le dejaban pasarse la vida en el campamento pero entonces la polémica se hacía epistolar: “Nunca he escrito tanto en mi vida y sobre tantas minucias”, dice resignado el general.
No era hombre de confesarse vencido.  A Derqui, su asesor de gobierno, le sostuvo cotidianamente durante meses que el tratado con Inglaterra de 1825 no obligaba a Corrientes: al anochecer los argumentos de Derqui parecían abrumarlo y agachaba la cabeza, pero a la mañana siguiente volvía a la carga con nuevos bríos y los mismos argumentos. El calmoso Derqui acabó por ponerse en tal estado de nervios que la sola presencia del gobernador lo crispaba.  Las animosidades e intemperancias de Ferré quedaron famosas: a Lavalle, por cruzar el Paraná después de Sauce Grande lo calificará de traidor, desertor, malvado, cuyo nombre no manchará más a Corrientes, etc., en proclama que hizo repartir por toda la provincia; a Paz por haberse hecho gobernador de Entre Ríos, lo acusará de desertor retirándole el comando del ejército de Caaguazú.  A Rosas, Quiroga, López, Madariaga, a todos fustiga con duros términos cuando media un punto de amor propio rozado.   Hasta a Manuel Leiva, el más consecuente de sus amigos —que andando el tiempo lo haría elegir constituyente— trata en su Memoria, por haberle dado la razón a Paz en una discusión sin importancia, de traidor y de ingrato.
Estas reacciones violentas de su temperamento guiaron más la conducta pública de Ferré que sus propios ideales políticos. De ahí la paradoja de que sus actos tendieran precisamente a impedir el cumplimiento de sus propósitos. Patriota de noble integridad, tanto que en su  Memoria —escrita en su época de más fervoroso antirrosismo— reconoce a Rosas “la firmeza de su carácter en sostener los derechos de la Nación contra miras extrañas”; pero andaría (por estar contra Rosas) aliado a esas miras y extrañas de las que llegará a solicitar y recibir dinero.   Partidario de la protección industrial hasta el extremo de negarse a suscribir el Pacto de 1831 porque nada decía de la defensa de les talleres artesanales, su alianza con Rivera y con Francia fue precisamente la causa de la ruina de los obrajes correntínos, pues debió abrir la provincia a la producción extranjera mientras el resto de la confederación vivía un extraordinario florecimiento industrial por la ley proteccionista de Rosas.   Líder de la libre navegación de los ríos en 1830 y 1842, cuando Rosas no la quería, fue expulsado del Congreso por sus palabras contra los tratados de San José de Flores que la establecieron definitivamente. Partidario de una constitución en 1831, tal vez porque Rosas la tenía por inoportuna; se opuso a ella en 1852, quizá porque Urquiza la creía oportuna. Y provinciano, el más localista de nuestra historia —su Patria, con mayúscula, era Corrientes—, llegó por oposición a Derqui a colaborar en 1861 con la hegemonía porteña de Mitre que terminaría con las autonomías provincianas. Toda su vida anduvo a contramano, haciendo, por impulso de amor propio, lo opuesto a sus íntimas convicciones.
Hijo de catalanes establecidos en Corrientes, Pedro Ferré nace en 1780: su niñez transcurre entre los maderos de la carpintería de ribera de su padre y la escuela del convento' de San Francisco, donde aprende primeras letras.
Como todos los jóvenes sienta plaza en las milicias urbanas, que después de llevar Belgrano los veteranos al Paraguay, suplieron el orden en la ciudad y la vigilancia en las fincas rurales. Su carrera militar íntegra transcurriría en las milicias de reserva: será capitán en 1819, coronel en 1825 y brigadier general en 1833.    Defiende el orden contra las incursiones de los misioneros de Andresito y toma una parte decisiva en la revolución que quiebra la República Federal Entrerriana de que es parte Corrientes.  Su compañía de milicias es la mejor y más disciplinada y  poco después de la muerte del Supremo ocupará en 1821, en premio a su actuación, un escaño en el restablecido y señorial Cabildo de Corrientes. El hijo del calafate podía codearse con los hidalgos de sangre noble y actividad nula, que custodiaban los propios y distribuían justicia en la ciudad de las Siete Corrientes.
En diciembre de 1824 lo hacen gobernador. El orgulloso. Congreso Provincial, nombre oficial de la legislatura, lo ha designado por las excelentes prendas de inteligencia y laboriosidad acreditadas en el cabildo. Reunía las dos condiciones de la carta de 1821 para el cargo: correntino de nación e “hijo de legítimo matrimonio ’ Pero es su incansable actividad y desinterés total, lo que mueve a los aristócratas a llevarlo al gobierno. Y gran laboriosidad fue la suya: funda Mercedes, Bella Vista, Empedrado, San Luis, San Cosme y veinte pueblos más.  Construye escuelas, trae una imprenta, impone disciplina en las anarquizadas milicias y díscolos cuerpos veteranos. No se contenta con los límites comunes de Corrientes y se anexa Misiones “donde no hay pueblos ni autoridades”. Con sobrada razón podrá decir años después: “¡Yo formé esta provincia!”.
Al tiempo de asumir Ferré el gobierno de Corrientes, en Buenos Aires se abrían las sesiones del Congreso Nacional. A Comentes la representa el doctor José Francisco de Acosta, nativo, pero vecino de vieja data de Buenos Aires y miembro importante del partido de los principios o de las luces que dentro de poco se llamará “unitario”.
Las “'luces” son las luces del siglo, los resplandores intermitentes que alumbraron en el siglo XVII las postrimerías del antiguo régimen en París y habían vuelto con los emigrados en las primeras horas de la Restauración, la fracción iluminada descreía de oscurantismo y esperaba todo de una Ciencia, escrita con mayuscula, elaborada entre las probetas de Fausto y los sortilegios de Cagliostro.   Los principios eran la Ciencia de la política  y tenían su nombre mágico de alquimia: se llamaban contituciones y harían la felicidad de los pueblos como el elixir de Bálsami la felicidad de los hombres.
Eran pocos los alumbrados argentinos que refractaban directamente las luces de París: el señor Rivadavia, por haber pasado seis años allí, entre ellos. Los demás fulguraban por reflejo oblicuo: destellaban las lumbres españolas de los últimos Carlos que, pese a Fernando VII, refulgieron nuevamente en las jornadas de Riego y la reverberación constitucional. Pero radiación directa o indirecta del resplandor ilustrado, los luminares criollos de 1824, como las lumbreras del XVIII, sólo sabían de palabras y de fórmulas para exorcizar la realidad.   Más tarde se llamaron “unitarios”: la palabra no significaba unión sino exclusividad; gobierno por un mayorazgo que no por una cabeza. No había luces en todas partes: de allí el predominio de los hombres de Buenos Aires o de algunas aldeas que refulgían con menor opacidad: San Juan, Salta, tal vez Tucumán. De ninguna manera Córdoba, foco de luz negra, o las conventuales Rioja o Catamarca. Menos, mucho menos, los aduares del litoral, como Corrientes, donde persistía el espíritu nativo de Artigas.
Ferré era el jefe de la oligarquía de Corrientes pero no se lo puede considerar un hombre de luces. Su espíritu era más dado a la reflexión que a las lecturas.
Contrastaba con Ferré, el diputado José Francisco de Acosta. Correntino de alto nacimiento, se había ido a vivir a Buenos Aires para rozarse con hombres, como dice en sus cartas, menguando el medio selvático donde naciera. Era el unitario típico del año 25, que Sarmiento sabía distinguir “entre cien argentinos”. Vestido severamente de negro, marchaba derecho, la cabeza alta sin darla vuelta “aunque se desplomara un edificio”, hablaba con desdén y sus gestos eran concluyentes. Razonaba, pero no oía razones. Leía a Voltaire y creía en el porvenir maravilloso. Se consideraba el “luminar” por antonomasia, aunque nacido en Corrientes, y tenía por gran mérito “vivir en Buenos Aires”.
De ahí que chocara con Ferré —discípulo del franciscano José de la Quintana, y testarudo en todas sus convicciones— para quien la Patria era Corrientes, y amaba el medio donde naciera. El motivo de la ruptura fue la designación de diputado por Corrientes del presbítero Pedro Ignacio Castro Barros, cuya elocuencia admiraba Ferré desde los días del congreso de Tucumán. El presbítero era enemigo de la logia gobernante en Buenos Aires: su elección, por supuesto, disgustó al partido de los principios; Narciso Laprida lo hace notar a Acosta:
“...¡Qué dolor, mi amigo, yo casi no lo creo! jEs cierto que Corrientes ha nombrado al doctor Castro Barros?... Prescindo del carácter fanático, aspirante, faccioso y turbulento del doctor Castro... sin duda en Corrientes no tienen el menor conocimiento de un hombre tan desacreditado... sin duda en Corrientes no saben que el doctor Castro es un enemigo declarado de los principios ... Hasta se ha atrevido con una insensatez maligna y ridícula a calumniar a don Bernardino Rivadavia, el hombre más acreditado de todas las provincias unidas...”.
Acosta retiene el diploma de Castro Barros. Envía a Ferré la carta del ex colega de Castro en Tucumán, y sin gramática pero gráficamente da orden al gobernador: “Hay que c... esa elección por inoperante”  Lo instruye en la manera de modificar el acta “teniendo la H. Representación en cuenta circunstancias que no tuvo presente al tiempo de la elección del doctor Pedro Ignacio de Castro Barros...”. Le pide reserva “para no comprometerlo”.  No sabía de la testarudez de Ferré; lo supo en seguida: “Es demasiado grande el interés que deben tener allí en desacreditar la elección del Doctor Castro Barros... Siento por esta vez el disgusto de no haber contribuido al mejor éxito de su ideal"  Mantiene al electo aun cuando no le guste a Acosta ni a Laprida, ni a los Cossío o Bedoya de Corrientes. 
No obstante la Ley Fundamental, proyectada por Acosta, el 7 de febrero de 1826 Rivadavia es elegido presidente “permanente” de las Provincias Unidas. Ferré aplaude el nombramiento del “benemérito y digno ciudadano que reanima las esperanzas de la patria”.
Esa buena concordia no podía durar mucho. Rivadavia llegaba poseído de la importancia de su cargo, y Ferré no-cedía en lo que respecta al suyo. “Aún no había calentado la silla” (la frase es de Ferré) cuando se produjo un grave rozamiento: el 11 de febrero Rivadavia delega en Ferré la comandancia de las milicias y fuerzas veteranas de la provincia, pero Ferré no acepta que le deleguen lo que él entiende es suyo.  No hubo arreglo. Tanto Rivadavia y Ferré estaban de acuerdo en que las tropas correntinas deberían estar bajo el mando del gobernador, pero la formalidad de que fuera por delegación o por derecho propio produjo el conflicto.
La ruptura final la hizo Acosta. Tuvo la poco feliz ocurrencia de tomar a Corrientes como ejemplo de la imposibilidad de las provincias para gobernar con sus hombres: dijo en el Congreso que el gobernador apenas si entendía de maderas, el cura asesoraba jurídicamente a los alcaldes del cabildo, el congreso provincial no estaba formado por gente instruida: “si no tiene hombres, démoselos” clamaba el ex correntino en el Congreso nacional... Con unos cuantos porteños de luces se alumbraría todo.    La indignación de Ferré fue apocalíptica. De un plumazo dejó cesante a Acosta: “Es deber de todo diputado —rugía el decreto— defender al pueblo que representa con la energía, la firmeza, el carácter y más que nada la integridad que requiere una comisión tan delicada. Habiendo faltado a estos compromisos sagrados el señor Acosta, olvidándose de su tierra natal, sofocando en su corazón todo sentimiento de honor, patriotismo, gratitud y lealtad... ha tenido la osadía de insultar groseramente a sus propios conciudadanos por quienes fue llamado a defenderlos...
Desde ese momento abandonó el partido de las luces y se adhirió al federalismo. Es cierto que la bandera punzó recordaba los años plebeyos de Andresito y Perrugorría, pero era preferible la hermandad con la chusma que el tutelaje presuntuoso de Rivadavia o Acosta. El 28 de noviembre (1826) Ferré llamó a plebiscito para rectificar el voto sobre sistema de gobierno: resultó casi unanimidad en favor de que ‘ ‘ Corrientes no admitía forma alguna de gobierno nacional que no fuera republicana federal”. Hubo solamente tres votos en disidencia: Angel Rolón, que reservó el suyo, Angel Mariano Bedoya que “lo subrogó al pronunciamiento del Congreso de Corrientes”, y José Ignacio Rolón, el único partidario de la unidad. Hasta el Dr. García de Cossío votó ahora por la forma federal “porque la solución en contrario sentido es impolítica y peligrosa en ocasión de la presente guerra”.
Corrientes retiró sus diputados del Congreso y no aceptó la Constitución de 1826. El 17 de mayo (1827) se. adhiere al convenio iniciado por Bustos (y apoyado por ledas las provincias) para:
“Desechar la constitución” (art. IV).
“Poner todos sus recursos para destruir las autoridades nacionales que están causando los males de que todo el país se resiente” (4’).
“Formar un nuevo congreso que constituyera el país bajo la forma federal”.
“Seguir la guerra contra el Imperio de Brasil”.
“Repartir entre las provincias los impuestos de aduana” (20)9.
En 1827 la nación apenas si existía como voluntad latente. Al Congreso y al presidente no los obedece nadie. Ferré asume el título de Gobernador, Intendente y Capitán General de Corrientes para expresar la totalidad de poderes de su cargo, y se maneja solo en la guerra con Brasil.   Rechaza la invasión que Bentos Manuel lleva a las Misiones Occidentales y se sitúa en Curuzú-Cuatiá a la expectativa de la reconquista de las Misiones Orientales que está haciendo Fructuoso Rivera. En julio le lleva la noticia de la paz a “todo trance” concluida por Manuel José García a nombre del Congreso y presidente in partibus. Hace declarar por la legislatura que el Congreso nacional (el presidente ya había sido desconocido):

“...no ha hecho otra cosa que activar el fuego devorador de la discordia, ha dado la lección terrible de la desorganización o insubordinación a las autoridades legítimamente constituidas (las provincias) para sostener el capricho o el engrandecimiento de una facción entronizada con ruina y menosprecio del bien público... no coopera sino autorizando los pasos rastreros, y anárquicos del presidente nominado de la república...” y no reconocerá por lo tanto ‘ ‘ acto alguno del congreso titulado nacional contraído con otro Estado o que contraiga en lo futuro Ya para entonces Rivadavia se había dado cuenta de que sus “servicios no pueden en lo sucesivo ser de utilidad alguna” y el 27 de junio renunciaba la Presidencia lamentando “no poder satisfacer al mundo los motivos irresistibles que justifican esta decidida resolución”. El Congreso la acepta obligado, por “el poder de acontecimientos singulares y la combinación extraordinaria de circunstancias”.