Rosas
domingo, 16 de febrero de 2025
a 190 AÑOS DE LA MUERTE DEL GRAN CAUDILLO DE LOS LLANOS DE LA RIOJA..JUAN FACUNDO QUIROGA. LE BRINDAMOS UN HOMENAJE EN BARRANCA YACO
sábado, 21 de septiembre de 2024
Hacienda de Figueroa - Encuentro entre el Restaurador y el Tigre de los Llanos.
domingo, 15 de septiembre de 2024
jueves, 8 de febrero de 2024
martes, 31 de enero de 2023
Quiroga frente a Paz: Oncativo y sus repercusiones....
sábado, 27 de agosto de 2022
Rosas frente al magnicidio de Facundo Quiroga
Por Julio R. Otaño
Facundo había sido muerto por una partida de las milicias de Tulumba mandada por el capitán Santas Pérez. Éste fue llamado a Córdoba por el coronel Francisco y José Antonio Reínafé para reiterarle la orden de matar a Quiroga. Le dieron dinero para decidirlo. Éste llamó a la gente (treinta y dos hombres: 28 soldados y 4 oficiales) para ejecutar lo que se le había ordenado. Estaba instruido de simular un asalto a la diligencia por ladrones: de allí el innecesario saqueo y la masacre de los acompañantes. Al saber en Córdoba la muerte de Quiroga, el gobernador, José Vicente, delegó el mando y partió a la Villa del Rosario. “Esperemos el bostezo de los pueblos sobre el acontecimiento del finado general Quiroga, el que creo que quede en papeles”. Las comunicaciones decían que Quiroga había- sido atacado y muerto por bandoleros. Pero el correo de Quiroga, Agustín Marín, que había galopado con retraso detrás de la galera y visto lo ocurrido, denunciaba lo realmente ocurrido al juez de paz de Sinsacate. Guillermo Reinafé tuvo el cinismo de encomendar la investigación y persecución al mismo Santos Pérez, que lo hace con la partida asesina. Acusan a milicianos santiagueños; Ibarra indignado escribe “antes de la salida-del finado general se supo que en la de Córdoba lo esperaban para matarlo, estando la ejecución encargada al llamado Santos Pérez .. ”, y agrega que “trabajará hasta descubrir a los verdaderos culpables y arrastrarlos a un tribunal nacional cuyo fallo, no será impotente”. Para cubrir las formas, y ante la denuncia de Ibarra, se ordena un rápido juicio a Santos Pérez “acusado injustamente por el Excmo. señor gobernador de Santiago del Estero”. Se lo absuelve de culpa y cargo declarándolo “benemérito de la patria en grado heroico”. La impresión era que se echaba tierra y todo quedaría en el olvido. Juan Manuel de Rosas con la suma de poderes, toma en sus enérgicas manos el esclarecimiento del crimen. Se precipitan las cosas. El fraile Aldao, comandante de armas de Mendoza, informa a Rosas una propuesta de Francisco Reinafé para una alianza de Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, el Estado Oriental y los descontentos de Buenos Aires”, que desencadenaría la guerra civil si “Buenos Aires movía fuerzas contra Córdoba”. – Rosas ''la hace saber a López, al tiempo de preguntarle si" es “de mi propia opinión respecto a que los unitarios -son los autores y los Reinafé los ejecutores” de la muerte de Quiroga. López guarda silencio, y Rosas lo conmina el 23 de junio que ha de anunciar públicamente “hallamos usted y yo conformes en que los unitarios son los autores y los Reinafé; los ejecutores de: la muerte de Quiroga”. Si López estuvo complicado en la muerte de Quiroga, fue un secreto que Rosas no quiso ni dejó revelar. O creyó en la inocencia de López, o simuló: creerla ofreciéndole la impunidad si abandonaba a los Reinafé. Otra cosa hubiera significado una guerra civil contra la mitad de la Confederación (Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos y Comentes), donde López era fuerte, y desde luego contra los unitarios y lomonegros. Este proceder, si era López partícipe de la muerte de Quiroga, no sería de estricta justicia pero otra cosa no se podía hacer. No procedió contra López y Cullen, pero los separó de sus aliados de Montevideo, que desconfiarán de ellos en adelante. Rosas conminó al “gobierno de Córdoba” a entregar antes de los treinta días a los cuatro hermanos Reinafé, para ser juzgados ‘por el tribunal que designen las provincias confederadas”. Pasan los treinta días, y como nada se hace, cierra las fronteras con Córdoba y obliga a las demás provincias, incluso Santa Fe, a tomar igual medida." Él “cierre, de las fronteras” exteriorizaba la ruptura con el gobierno de una provincia confederada, previa a la guerra que todas debían. llevarle: no habría correos, ni se permitiría el cruce de pasajeros, no reconocerían los actos y documentos de su gobierno. La legislatura de Córdóba elige gobernador provisorio a Pedro Nolasco Rodríguez (hijo dé Victoriano Rodríguez, fusilado junto a Liniers en Cabeza del Tigre.), de antecedentes unitarios y suegro de José Antonio Reinafé. Santiago Derqui, ligado con los Reinafé y presidente de la nueva legislatura cordobesa, informa a Buenos Aires la deposición de José Vicente y haberse nombrado conjueces “para Juzgar a los cuatro hermanos acusados. Rodríguez ordena su captura; pero Francisco escapa a Montevideo, José Antonio a Bolivia y Guillermo se esconde en -la sierra. Santos Pérez, será incitado a huir. El único detenido es José Vicente, que cuenta con la coartada de haber delegado, el gobierno, el día posterior a la muerte de Quiroga. Rosas monta en cólera. Pide que las cosas se lleven seriamente, quejándose a López que el nuevo gobierno cordobés “está lleno de unitarios”. Rodríguez mete presos a los componentes de, la partida secuestrándoles la ropa de los asesinados que se habían repartido. Encuentra a Guillermo cerca de Barranca Yaco, en un refugio silvestre de troncos y ramas; -que, abatido, confiesa él crimen ordenado por su hermano Francisco. Días después se entrega Santos Pérez: no se tiene por culpable porque ha matado a Quiroga en misión y orden oficial. José Antonio ha escapado por a Bolivia y Alejandro Heredia (puntal de Rosas) sin preocuparle trámites procesales, ni invasión de territorio extranjero, lo saca con una partida tucumana entregándolo al gobierno-de Córdoba. Francisco ha sido recibido en Montevideo por los unitarios como un exilado político. Rosas, con la anuencia de López, pide al congreso provincial que elija gobernador al comandante de Pampayasta Manuel López. Manuel López (alias Quebracho) es caudillo rural de Pampayasta. Se lo tiene por amigo de Estanislao López. Rosas lo sabe un federal íntegro, no ligado con los Reinafé. Como el nombre de Quebracho ha salido de Santa Fe, se reserva indicar al ministro y señala al Dr. Calixto María González, hombre, —según sus palabras a Santa Fe— de “fidelidad, de firmeza y de aversión a nuestros enemigos”. Rodríguez y Santiago Derqui buscan rechazar la candidatura de Quebracho. No resulta porque los hombres fuertes del interior —Ibarra en Santiago, Heredia en Tucumán, Aldao en Mendoza— ya giran en la órbita de Rosas. Este ordena a Quebracho adelantar sus milicias desdé Río Tercero y asumir el mando desbaratando a todos. A Buenos Aires han ido presos los tres Reinafé habidos, Aguirre, Santos Pérez y la gente de la partida ejecutora. Por resolución de las provincias, Rosas debe juzgarlos. Delega el sumario y la sentencia en Manuel Vicente Maza, reservándose “revisarla". Pérez confiesa la autoría de “la ejecución” ordenada por Francisco, José Antonio y Guillermo Reinafé que le garantizaron era “cosa convenida con los señores López y Rosas”. Guillermo niega y asegura que “son cosas de Francisco”; lo mismo dicen José Vicente y José Antonio. Pero los tres aceptan que supieron el crimen y nada hicieron por evitarlo. Se da al juicio las apariencias legales: los 'procesados nombran sus defensores. Uno de ellos, Marcelo Gamboa, presenta un largo escrito: no hace una defensa de fondo sino una requisitoria contra la falta de constitución escrita. Los Reinafé, a su entender, no podían ser juzgados por una delegación de los gobernadores provinciales en el de Buenos Aires: sería necesario una constitución escrita y las leyes que creasen el fuero federal. Impugna como juez a Rosas que ha prejuzgado la culpabilidad de sus defendidos en las comunicaciones cursadas a las provincias. Pide al mismo Rosas que le conceda autorización para publicar la defensa,
Rosas se molesta con duro lenguaje: “Sólo un atrevido,
insolente, picaro, impío, legista y unitario” ha podido presentarle, bajo la
apariencia de ejercer el derecho de defensa, un pedido de' publicar un escrito
de propaganda política”. Lo condenaba a “no cargar la divisa federal, ni
ponerse, ni usar en público los colores federales”. Si no cumpliese, sería
“paseado por las calles de Buenos Aires en un burro celeste”. Maza se pronuncia aconsejando el
fusilamiento de Santos Pérez y los cuatro oficiales de la partida por autores
materiales, de Guillermo y Francisco (ausente) por ordenar el crimen y de José
Vicente y José Antonio (éste acaba de morir en la prisión) por cómplices;
también debería fusilarse a 17 de los 28 soldados de la partida eligiéndolos
por sorteo. A distintas penas, a los, demás y considera exentos el ex gobernador
Rodríguez. y José Roque Funes. Pasa la sentencia a Rosas que pide dictamen al
asesor de Estado, doctor Lahitte, quien solicita su confirmación. Rosas lo hace el 27 de mayo. Los defensores (entre ellos
Gamboa, a quien se ha levantado la inhibición) piden que se conmuten las penas.
Rosas solicita 'informes a Maza y Lahitte, que se pronuncian por el
cumplimiento de la sentencia, pero aconsejan. que el gobernador rebaje los soldados
sorteados. En la sentencia definitiva, del 9 de octubre, se reducen éstos a
tres. El juicio duró dos años; fueron
condenados a muerte y sus bienes confiscados. José Antonio murió en la cárcel,
pero Pérez y los dos hermanos restantes sufrieron la sentencia el 25 de octubre
de 1837. El último hermano, Francisco, murió en 1840, luchando contra el
hermano y sucesor de Estanislao López, Juan Pablo López, en el mismo combate en
que también murió el antecesor de don Estanislao, Mariano Vera.
Andrienne Macaire, Ejecución de Vicente y Guillermo Reynafé
y de Santos Pérez, 1837, litografía, 46 x 41 cm, Museo Histórico Nacional, Buenos
Aires. Escasos días antes, precisamente
el día 25 de octubre, Vicente y Guillermo Reynafé, junto con Santos Pérez
habían sido colgados en la Plaza de la Victoria. La litografía de Macaire es
posiblemente la imagen más compleja que nos ha llegado de su vasta producción. En
la semiesfera ubicada en la parte superior del eje central se desarrolla el
fusilamiento de los acusados. Es una escena cargada de tensión, dinamizada por
el ritmo de las figuras de los soldados y sus armas. Los cuerpos de los acusados
se presentan vendados y sumisos frente a los arcos del Cabildo. El otro
espacio, el principal, es el verdadero núcleo de la imagen, dividido de la
viñeta del fusilamiento por una cadena que remite de modo claro a la condena y
el castigo. Es un espacio heterogéneo, con escalas divergentes, donde se
desarrolla el desenlace de la primera acción: la sentencia indicaba que debían
" suspenderse sus cadáveres por seis horas, en la misma plaza " (La
Gaceta Mercantil, 1837).
Bibliografía
Busaniche José Luis "Historia Argentina"
Crónica Argentina, dirigida por A. J. Pérez Amuchástegui
Gálvez Manuel "El General Quiroga"
Levene Ricardo "Historia Argentina"
Palacio Ernesto "Historia Argentina"
Revista Todo es Historia Nro 3 Proceso a los asesinos de Quiroga
Rosa José María "Historia Argentina" tomo 4
Sierra Vicente "Historia Argentina"
sábado, 30 de julio de 2022
COSAS DE LAMADRID
miércoles, 16 de febrero de 2022
Homenaje al Brigadier General Juan Facundo Quiroga, palabras del Prof. Dr. Julio R. Otaño
domingo, 31 de octubre de 2021
Los Capiangos de Facundo Quiroga
Por el Prof. Jbismarck
Según Adolfo Saldías el general Facundo Quiroga era, un hombre “valeroso hasta la temeridad, sagaz hasta lo increíble, fecundo en expedientes singulares, tremendo en las victorias, más tremendo todavía en las derrotas, y con chispas de genio para sacar provecho de las dificultades que le suscitasen”. Producto seguramente de la mezcla de una personalidad singular con el momento histórico de los enfrentamientos intestinos y el paisaje agreste de su tierra en los que le tocó actuar, “un espíritu sacudido por el frenesí de las luchas estupendas, en las cuales se agrandaba como se agranda un turbión cuando más recia es la borrasca que lo levanta”. Paz era en cambio, según la pluma del mismo autor, un general “rígido y grave”, un hombre culto y correcto sin afectación, dueño de una timidez que “llegaban al punto de que se ruborizaba en el trato con las gentes”, “parco en la palabra”, al que le faltaba un brazo, y que no sabía montar a caballo, “lo que era un fenómeno tratándose de un general argentino”
José María Paz, en sus Memorias póstumas escribió: “En las creencias populares, con respecto a Quiroga, hallé también un enemigo fuerte a quien combatir; cuando digo populares, hablo de la campaña, donde esas creencias habían echado raíces en algunas partes, y no solo afectaban a la última clase de la sociedad. Quiroga era tenido por un hombre inspirado; tenía espíritus familiares que penetraban en todas partes y obedecían sus mandatos; tenía un célebre caballo moro (así llaman al caballo de un color gris), que a semejanza de la sierva de Lertorio, le revelaba las cosas más ocultas, y le daba los más saludables consejos; tenía escuadrones de hombres, que cuando los ordenaba se convertían en fieras, y otros mil absurdos de este género. Citaré algunos hechos ligeramente, que prueban lo que he indicado.
Conversando un día con un paisano de la campaña, y queriendo
disuadirlo de su error, me dijo: “Señor, piense usted lo que quiera, pero la
experiencia de años nos enseña que el señor Quiroga es invencible en la
guerra, en el juego, y bajando la voz, añadió, en el amor. Así es que, no
hay ejemplar de batalla que no haya ganado; partida de juego, que haya perdido;
y volviendo a bajar la voz, ni mujer que haya solicitado, a quien no haya
vencido”. Como era consiguiente, me eché a reír con muy buenas ganas; pero el
paisano ni perdió su seriedad, ni cedió un punto de su creencia.
Cuando me preparaba para esperar a Quiroga, antes de la Tablada, ordené al comandante don Camilo Isleño, que trajese un escuadrón a reunirse al ejército, que se hallaba a la sazón en el Ojo de Agua, porque por esa parte amagaba el enemigo. A muy corta distancia, y la noche antes de incorporárseme, se desertaron ciento veinte hombres de él, quedando solamente treinta, con los que se me incorporó al otro día. Cuando le pregunté la causa de un proceder tan extraño, lo atribuyó al miedo de los milicianos a las tropas de Quiroga. Habiéndole dicho que de qué provenía ese miedo, siendo así que los cordobeses tenían dos brazos y un corazón como los riojanos, balbuceó algunas expresiones, cuya explicación quería absolutamente saber. Me contestó que habían hecho concebir a los paisanos, que Quiroga traía entre sus tropas cuatrocientos capiangos, lo que no podía menos que hacer temblar a aquellos. Nuevo asombro por mi parte, nuevo embarazo por la suya, otra vez exigencia por la mía, y finalmente, la explicación que le pedía. Los capiangos, según él, o según lo entendían los milicianos, eran unos hombres que tenían la sobre-humana facultad de convertirse, cuando lo querían, en ferocísimos tigres, “y ya ve usted”, añadía el candoroso comandante, “que cuatrocientas fieras lanzadas de noche a un campamento, acabarán con él irremediablemente”. Tan solemne y grosero desatino no tenía más contestación que el desprecio, o el ridículo; ambas cosas empleé, pero Isleño conservó su impasibilidad, sin que pudiese conjeturar si él participaba de la creencia de sus soldados, o si sólo manifestaba dar algún valor a la especie, para disimular la participación que pudo haber tenido en su deserción: todo pudo ser. Un sujeto de los principales de la Sierra, comandante de milicias, Güemes Campero, había hecho toda la campaña que precedió a la acción de la Tablada, con Bustos y Quiroga; vencidos estos, se había retirado a su departamento, y después de algún tiempo que se conservó en rebeldía, fue hecho prisionero y cayó en mi poder. Un día estando comiendo, algunos oficiales tocaron el punto de la pretendida inteligencia de Quiroga con seres sobre-humanos, que le revelaban las cosas secretas, y vaticinaban el futuro. Todos se reían, tanto más, cuanto Güemes Campero, callaba, evitando decir su modo de pensar. Rodando la conversación, en que yo también tomé parte, vino a caer en el célebre caballo moro, confidente, consejero, y adivino de dicho General. Entonces fue general la carcajada y la mofa, en términos, que picó a Güemes Campero, que ya no pudo continuar con su estudiada reserva; se revistió, pues, de toda la formalidad de que era capaz, y tomando el tono más solemne, dijo: “Señores, digan ustedes lo que quieran, rían cuanto se les antoje, pero lo que yo puedo asegurar, es que el CABALLO MORO se indispuso terriblemente con su amo, el día de la acción de la Tablada, porque no siguió el consejo que le dio, de evitar la batalla ese día; y en prueba de ello, soy testigo ocular, que habiendo querido poco después del combate, mudar caballo y montarlo [el general Quiroga no cabalgó el moro en esa batalla), no permitió que lo enfrenasen por más esfuerzos que se hicieron, siendo yo mismo uno de los que procuré hacerlo, y todo esto, era para manifestar su irritación por el desprecio que el General hizo de sus avisos”. Traté de aumentar algunas palabras para desengañar aquel buen hombre, pero estaba tan preocupado, que me persuadí de que era por entonces imposible.
A vista de lo que acabo de decir, (…) fácil es comprender
cuánto se hubiera robustecido el prestigio de este hombre no común, si hubiese
sido vencedor en la Tablada. Las creencias vulgares se hubieran fortificado
hasta tal punto, que hubiera podido erigirse en un sectario, ser un nuevo
Mahoma, y en unos países tan católicos, ser el fundador de una nueva religión,
o abolir la que profesamos. A tanto sin duda hubiera llegado su poder,
poder ya fundado con el terror, cimentado sobre la ignorancia crasa de las
masas, y robustecido con la superstición, una o dos victorias más, y ese poder
era omnipotente, irresistible. Adviértase que esa victoria que no obtuvo, le
hubiera dado una gran extensión a su influencia, y que si antes, además de la
Rioja, la ejercía en algunas provincias solamente, entonces hubiera sido
general en todo el interior de la República. …..”
miércoles, 31 de marzo de 2021
El "Tigre de los Llanos"
Por Julio R. Otaño
"Se había despojado de toda su ropa, menos de los calzoncillos que llevaba arremangados y atados alrededor de sus muslos. Ambos a dos, él y su caballo, estaban cubiertos de sangre, y presentaban un aspecto que no podía ser comparado con ninguna cosa humana. Enfurecido con la perspectiva de la derrota, saltaba de aquí para allá, derribando con su propio sable a aquellos soldados suyos que flaqueaban o miraban por sus vidas, y enviando destacamentos a lo más recio de la pelea. Desnudo como estaba, surcado por rayas de sangre coagulada con que lo salpicaron sus víctimas, parecía un verdadero demonio dominando la matanza"
Así vio el comandante J. Antonio King a Ouiroga, el Tigre de Los Llanos, durante la batalla de La Tablada, en la que su derroche de valor no impidió que fuera derrotado por las fuerzas de José María Paz.
Juan Facundo Ouiroga nació en 1778, en San Antonio, Departamento de Los Llanos, provincia de La Rioja. A los 16 años comenzó a conducir las arrias de su padre, el estanciero José Prudencio Ouiroga. Tras un breve paso como voluntario por el Regimiento de Granaderos a Caballo, en Buenos Aires, regresó en 1816 a La Rioja, donde colaboró activamente con el ejército del norte que luchaba contra los realistas, proveyéndolo de ganado y tropas. En 1818 recibió de Pueyrredón el título de "benemérito de la Patria" y a fines de ese año intervino destacadamente para sofocar un motín de prisioneros españoles en San Luis.
A partir de 1820, con el cargo de jefe de las milicias de Los Llanos, se inició en La Rioja la preponderancia de Ouiroga. Convertido en árbitro de la situación riojana, contribuyó a colocar en el gobierno provincial a Nicolás Dávila, quien en ausencia de Ouiroga intentó apoderarse de la artillería y el parque de Los Llanos. El caudillo derrotó al gobernador en el combate de El Puesto y aunque asumió la gobernación sólo por tres meses —28 de marzo al 28 de junio de 1823— continuó siendo, en los hechos, la suprema autoridad riojana.
Ouiroga brindó su apoyo entusiasta al Congreso de 1824 reunido en Buenos Aires, pero pronto se produjo su ruptura con los unitarios porteños. En esos momentos, el gobierno de La Rioja se asoció con un grupo de capitalistas nacionales encabezados por Braulio Costa, a quien se otorgó la concesión para explotar las minas de plata del cerro de Famatina. Facundo, como comandante del Departamento, fue también accionista de la compañía y, por el convenio, quedó encargado de asegurar la explotación, con cuyo producto se acuñaría moneda a través del Banco de Rescate y la Casa de Moneda de La Rioja. Sin embargo, la designación de Rivadavia como presidente de la República, en 1826, alteró estos planes. El presidente, que durante su permanencia en Inglaterra había promovido la formación de una compañía minera, nacionalizó la riqueza del subsuelo y también la moneda, prohibiendo la acuñación a toda institución que no fuera el Banco Nacional, por él creado. La reacción de Ouiroga fue inmediata. Junto a los otros gobernadores que resistían la política centralista de Rivadavia que culminó con la sanción de la Constitución unitaria, se levantó en armas contra el presidente, enarbolando su famoso lema de Religión o Muerte. Su lucha contra los unitarios había comenzado, en realidad, en 1825, cuando Quiroga derrotó a La Madrid —usurpador del gobierno de Tucumán— en El Tala y Rincón de Valladares.
Caído Rivadavia, Ouiroga apoyó la efímera gestión de Dorrego, cuyo fusilamiento volvió a encender la chispa de la guerra civil. Facundo se convirtió entonces en figura descollante del movimiento federal y, en el interior, enfrentó a las fuerzas unitarias del general Paz. El Tigre de Los Llanos, como lo llamaban amigos y adversarios, cayó derrotado en La Tablada y en Oncativo. En Buenos Aires, con la ayuda de Rosas, formó una nueva fuerza, llamada División de Los' Andes. Al frente de ella ocupó San Luis y Mendoza, en Córdoba persiguió a La Madrid —el jefe de las fuerzas unitarias después de la captura de Paz— y, ya en tierra tucumana, lo derrotó completamente en La Ciudadela. En esos momentos su poder y su prestigio alcanzaban el punto más alto. Después de participar en la etapa preparatoria de la campaña del desierto realizada por Rosas, permaneció con su familia en Buenos Aires durante un tiempo. En 1834, a pedido de Maza, gobernador de Buenos Aires, y del propio Rosas, medió en un conflicto entre Salta y Tucumán. En Santiago del Estero se enteró del asesinato de de la Torre, gobernador salteño. Cumplida su misión en el norte, Quiroga emprendió el regreso hacia Buenos Aires, desoyendo las advertencias sobre la posibilidad de que se lo intentara asesinar y rechazando el ofrecimiento de protección que le hizo Ibarra, el gobernador santiagueño. Su coraje lo condujo, una vez más, a enfrentarse con la muerte. Pero en esta oportunidad, el Tigre perdió la partida: en Barranca Yaco fue ultimado por un grupo de asesinos enviados por los hermanos Reynafé, a la sazón dueños del gobierno de Córdoba.
martes, 29 de diciembre de 2020
Carta de López a Quiroga, poco conocida, y que constituye también un apunte sobre Rosas visto del natural y por un contemporáneo
EN ROSARIO (1831)
… Todo lo relativo a la guerra que, según el tratado de 4 de enero debía ser del resorte de la Comisión Representativa, no puede convenirse con ella a causa de que, habiéndose retirado el diputado de Buenos Aires, ha más de seis meses, pretextando enfermedad, aquel gobierno no ha llenado este déficit, y esto ha ocasionado que hoy no exista más diputado que el de esta provincia. El relato que acabo de hacer, persuadirá a usted de la justicia con que he solicitado abdicar el mando del Ejército y lo convencerá de la exactitud de mi cálculo cuando he dicho que siempre juzgué que tal nombramiento era puramente nominal, como que en realidad lo es. Protesto a usted, que la principal razón que me decidió a pasar por todo, fue el convencimiento de que ésta era la oportunidad más favorable para llenar los constantes y suspirados votos de los pueblos y sacarlos de la espantosa miseria y degradación en que ha tanto tiempo están sumidos: La organización de nuestra patria. Pero, cuál no habrá sido mi asombro y desaliento, mi buen amigo, cuando, llamado a Rosario con instancia por el señor Rosas y cuando yo juzgaba que el objeto de esa entrevista debía ser allanar los obstáculos que pudiera haber a la asecución[11] de aquel sagrado e importantísimo objeto, me dice el señor Rosas, la primera vez que allí hablamos sobre este negocio: Éste no es tiempo de constituir el país y es preciso, compañero, que prescindamos de Comisión Representativa…
Tal explicación hizo que aquel amigo tuviese muy luego una entrevista conmigo en la que convino que nombraría sin demora el diputado por Buenos Aires y lo mandaría a Santa Fe; en que también mandaría sin ninguna postergación al señor Corvalán, nombrado diputado por Mendoza y en que si logobiernos del interior, a quienes yo había escrito a este respecto, estaban por la constitución del país, y en consecuencia porque siguiese la Comisión hasta llenar las atribuciones estipuladas en el tratado del 4 de enero, él secundaría el voto de los demás en igual sentido. Esto fue lo único de que allí hablamos de importancia y quedó convenido. Mas usted conocerá que, desde que el señor Rosas opinó por la no constitución del país y desde que tengo motivo para creer que en este mismo sentido se ha escrito al interior para que obre de igual modo, yo no puedo dejar de estar alarmado y extremadamente disgustado, al ver una cosa que nunca pude ni debí esperar, y al contemplar cuán estériles e infructuosos han si do todos los esfuerzos y sacrificios que tan heroicamente han prodigado los pueblos, hasta ponerse en actitud de pensar en lo único útil que les resta que alcanzar, como único medio de reparar sus pasadas desgracias. En medio de todo esto, observo con sentimiento que en el interior se tiene una idea equivocada respecto a mi posición, y que en lo general se cree que me hallo con bastante poder para evitar los males que nos amenazan; mas usted conocerá, por todo lo comprendido en esta carta, que «te juicio es inexacto, y sentiría que él diese lugar a conjeturas desagradables, partiendo (yo) del invariable principio de que todo aquello que se depare de la organización de nuestra patria, es ajeno de mí y que jamás prestaré mi deferencia a tales ideas. Después del bosquejo que hago a usted del estado actual de nuestros negocios, réstame hacerle una observación que no puede usted desconocer y que espero confiadamente no desatenderá: usted, por su posición y mil poderosas razones que sería cansado detallar, aparece con justicia a la cabeza de los negocios del interior. Mientras usted permanezca en esta posición, no creo difícil que arribemos a la suspirada organización; pero si usted se separa, va infaliblemente a resultar una espantosa divergencia en las opiniones, y de aquí partirá el pretexto de que en otras ocasiones se han valido nuestros antagonistas para cruzar los empeñosos esfuerzos que se han hecho para organizamos.
Dije a usted, al principio, que le hablaría con toda franqueza de mi carácter. Reproduciendo ahora lo mismo y en la confianza que me inspira su amistad, le diré: Que juzgo que usted no debe absolutamente dejar el mando del ejército que está a sus órdenes, ni abandonar los pueblos a su política particular. Usted conoce el desquicio espantoso en que ellos han quedado y no es fácil calcular los graves males que van a pesar sobre ellos si no hay un punto de dirección. Es usted únicamente quien en el interior puede darlo. En fin, espero lleno de confianza, que, haciendo usted un gran esfuerzo, querrá hacer al país el bien de continuar siquiera hasta que hayamos puesto el primer plantel a nuestra organización, la cual, prestando usted su cooperación, no presentará grandes dificultades, porque a pesar de todo lo anterior dicho, estoy penetrado que nuestro común amigo el señor Rosas es un buen hijo de la tierra y un buen amante de las libertades públicas, y lo único que yo juzgo que puede haber en sus opiniones, es: o extravíos en sus ideas, sin conocerlo, o sugestiones hábilmente manejadas por los que nunca podrían ser amigos de la prosperidad de los pueblos, por considerarla incompatible con la de Buenos Aires.
Estanislao López
Muy mal correspondió Quiroga a la confianza de López porque hizo llegar la carta a manos de Rosas, que debió de agradecer de corazón aquel testimonio de amistad… Quiroga ejercía gran influjo en el interior y Rosas pudo estar seguro de que la organización federal sería combatida por el caudillo riojano dentro de una extensa zona política. Por eso envió nuevamente sin muchos recelos, el diputado a la Comisión Representativa de Santa Fe. Pero apenas se dejó sentir en el seno de la misma Comisión una política de principios y se hicieron algunas gestiones en el interior, Rosas calificó de anárquicas aquellas ideas, retiró al diputado, y Quiroga amenazó al delegado de Córdoba con hacerlo aparecer «colgado». Ya se había firmado el pacto de 1831. Después de este golpe político en el orden nacional, Rosas rehusó ser reelegido gobernador, porque la Legislatura no le dio las facultades extraordinarias que apatecía (diciembre de 1832). Elegido gobernador el general Juan Ramón Balcarce, Rosas llevó a cabo la expedición al desierto en 1833 con el fin de ampliar las fronteras y asegurar la tranquilidad de los pobladores del sur.
sábado, 5 de septiembre de 2020
Proceso a los magnicidas de Facundo Quiroga: el Dr. Marcelo Gamboa
Por el Prof. Julio R. Otaño
El 3 de marzo de 1835 Rosas recibe la noticia del asesinato
de Facundo Quiroga en Barranca Yaco. Ese día, escribió al capataz de una de sus
estancias:
“San Martín. Marzo 3 de 1835 Mi querido Don Juan José: Esta sólo tiene por objeto prevenirle que a Pascual me le entregue veinte bueyes aparentes y como para las carretas. Deseo que le haya ido bien en su viaje. Política: El señor Dorregó fue fusilado en Navarro por los unitarios. El general Villafañe, compañero del general Quiroga, lo fue en su tránsito de Chile para Mendoza por los mismos. El general Latorre lo ha sido a lanza después de rendido y preso en la cárcel de Salta, sin darle un minuto de tiempo para que se dispusiera, lo mismo que al general Aguilera que corrió igual suerte. El general Quiroga fue degollado en su tránsito de regreso para ésta el 16 del pasado último Febrero, 18 leguas antes de llegar a Córdoba. Esta misma suerte corrió el coronel José Santos Ortiz, y toda la comitiva que en número de 16, escapando sólo el correo que venía, y un ordenanza que fugaron entre la espesura del monte. ¡Qué tal! ¿He conocido o no el verdadero estado de la tierra? ¡Pero ni esto ha de ser bastante para los hombres de las luces y los principios! ¡Miserables! ¡Y yo insensato que me metí con semejantes botarates! Ya lo verán ahora. El sacudimiento será espantoso, y la sangre argentina correrá en porciones. Siempre deseando la salud de Ud. como su afectísimo patrón. Juan Manuel de Rosas ”
Resuelto a no dejar impune el crimen de Barranca Yaco, Rosas hace que todos los inculpados sean conducidos a Buenos Aires. Así es como llegan a la ciudad el gobernador de Córdoba, don José Antonio Reynafé, con dos de sus hermanos, y el capitán Santos Pérez con los demás soldados de su partida, además de algunos otros importantes funcionarios del gobierno de Córdoba. Rosas se preocupa porque el juicio se ajuste estrictamente a las normas legales. Los acusados pueden ejercer el derecho de defensa y elegir abogados. Se respetarán los procedimientos jurídicos: declaraciones, pruebas, plazos y alegatos. Rosas, haciendo uso de las facultades extraordinarias que le han sido concedidas por la Legislatura, nombra juez especial a don Manuel Vicente Maza y se reserva el derecho de fallar en última instancia.El abogado de los Reynafé, doctor Marcelo Gamboa,
impugna, en el transcurso del proceso, las facultades de Rosas y del juez
comisionado, Vicente Maza, para
entender en la entre otras objeciones, que los acusados debían ser juzgados
por una ley que perteneciera a un
sistema constitucional, y que dicha constitución no existía. Esta declaración significa, de hecho, un abierto
desconocimiento de la autoridad de Rosas, quien por decisión de la Legislatura, refrendada por plebiscito popular, se
hallaba investido de la suma del poder público y, por lo tanto, facultado
para dictar leyes y firmar sentencias prescindiendo de los organismos
legislativos y judiciales. Gamboa no
se limita a plantear este alegato, sino que además solicita al gobierno que se le permita publicarlo en la prensa,
separándolo del expediente del proceso.
La reacción de Rosas es inmediata
y colérica. Dicta una orden a
Manuel Corvalán, su edecán general, en la cual —después de señalar "que sólo un atrevido, insolente, picaro,
impío, logista y unitario ha podido cometer el avance de interrumpir las altas
y delicadas atenciones del Gobierno con semejante tan sin fortuna atrevida
solicitud’'—, dispone que “en pena de su descarada insolencia, en el
acto sobrerraye por su propia mano uno por uno todos los renglones de su
atrevida representación". Además, Rosas resuelve aplicar a Gamboa
el siguiente castigo:
"Primero: Que hasta
nueva resolución superior no debe salir más distancia que veinte cuadras de la
plaza de /a Victoria
Segundo: Que no debe
ejercer su oficio de abogado, ni hacer escrito alguno de ninguna laya por mas
simple e inocente que sea. Tercero: Que no debe cargar la divisa
federal, ni ponerse, ni usar, ni en público ni en privado, los colores
federales.
Cuarto: Que por cualquier infracción de las tres prevenciones anteriores será paseado
por las calles de Buenos Aires en un
burro celeste y castigado además según el tamaño de la falta.
Quinto: Que si tratase de
fugar del país, luego que sea aprehendido será inmediatamente
fusilado."
Como principal fundamento
de esta orden, Rosas declara lo siguiente:
“Que sólo un hombre a quien los decretos de la Divina providencia
hayan colocado en la senda de su fin funesto... ha podido pedir a la suprema
autoridad el permiso de una publicación separada de la causa, como si la
justicia de la opinión pública tuviera una sola oreja para oír y juzgar los
delitos de los unitarios, por las obras de defensas en su favor, o que en el
país existiese la ley del embudo dándole lo ancho para ellos y lo angosto para
los federales y el orden social
Sarmiento, en su célebre Facundo; resume así el espectáculo:
“El Gobierno de Buenos Aires dio un aparato solemne a la ejecución de los
asesinos de Juan Facundo Quiroga; la galera ensangrentada y acribillada de
balazos estuvo largo tiempo expuesta al examen del pueblo, y el retrato de
Quiroga, como la vista del patíbulo y de los ajusticiados, fueron litografiados
y distribuidos por millares, como también extractos del proceso, que se dio a
la luz en un volumen en folio”.
Al año siguiente, Rosas
hace publicar en un volumen la “Causa Criminal” seguida contra los
asesinos de Quiroga. En el volumen está
incluido, en su totalidad, el alegato de Gamboa, junto con las demás piezas
documentales del proceso.
Marcelo Gamboa no fue perseguido y mucho menos
encarcelado…con el tiempo recuperó su matrícula.
sábado, 29 de febrero de 2020
"Piojo" el legendario "Moro" de Facundo Quiroga

viernes, 6 de diciembre de 2019
El bronce tardío de los federales


De Paoli, Pedro y Mercado, Manuel G. “Proceso a los montoneros y Guerra del Paraguay”, Editorial Eudeba, 1973.
Diario “La Nación”, edición del 8 de marzo de 2009.
Lappas, Alcibíades. “La Masonería en la Argentina a través de sus Hombres”, Primera Edición, Octubre 1958.
Portal www.revisionistas.com.ar
Vedoya, Juan Carlos. “Estatuas y Masones”, Revista Todo es Historia, N° 123, Año XI, Agosto de 1977.
sábado, 30 de noviembre de 2019
Tiempo y espacio en el Facundo II



