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sábado, 21 de septiembre de 2024

Hacienda de Figueroa - Encuentro entre el Restaurador y el Tigre de los Llanos.

Estancia de Mauricio Figueroa, la que se encuentra hoy como ese 20 de diciembre de 1834 en que Juan Manuel y Facundo se despidieron para siempre....las ideas referentes a la Constitución del Restaurador en esa época y coyuntura.

 

martes, 31 de enero de 2023

Quiroga frente a Paz: Oncativo y sus repercusiones....

por Julio R. Otaño
El combate de Laguna largo u Oncativo librado el 25 de marzo de 1830...entre las fuerzas unitarias de José M. Paz y las nacionales o federales de facundo Quiroga se enmarca en las luchas civiles que comenzaron en 1828 luego del golpe unitario de Lavalle y paz y el posterior fusilamiento del gobernador legítimo y legal Manuel Dorrego. Se realiza en Córdoba donde el ejercito de Paz se habia apoderado del Gobierno y creado el supremo Poder Militar. Paz era militar de carrera y tenia soldados disciplinados y con un armamento muy superior, fusiles y cañones. Facundo Quiroga fue una figura mistica y prestigiosa del federalismo, un caudillo popular y carismático..quien se lanza contra el golpista. Las fuerzas de Quiroga eran similares en numero pero la mayoria eran simples paisanos armados con chuzas (lanzas) y facones. La Historia oficial a sobredimensionado al Gral Paz..un hombre de firmes convicciones unitarias y oligarquicas, y de palabra tan falsa como dólar anaranjado....  El combate se desarrollo entre la laguna Larga y la llanura de Oncativo y como lo vengo explicando, las fuerzas unitarias eran notablemente superiores en preparación y armamento. Facundo Quiroga se retira y Paz ordena a lamadrid su persecusion y que lo capture vivo o muerto.  Así era paz..quien se destacó en represiones y fusilamientos y cuando fue capturado...Rosas en lugar de hacer lo cotidiano en el manco...es decir mandarlo al pelotón de fusilamiento, le perdona la vida y BAJO JURAMENTO (que no cumplio) es destinado a la ciudad de Luján..  NO A LA CARCEL O ENCADENADO COMO ALGUNOS SOSTIENEN....allí llegó Margarita Weild...su sobrina (hija de su hermana) y esposa....en lujan naceran sus dos primeros hijos. Luego de la huida nocturna de paz y su esposa en barcos franceses, el manco retomó las armas contra la Confederación y venció en Caa Guazú a los federales de echague. exiliado en brasil. margarita morirá a los 33 años pariendo su ultimo hijo...sus restos estuvieron en recoleta y en la actualidad estan en la catedral de córdoba.
Luego de sucesivos intentos de rearmar sus tropas, Quiroga emprendió la huida. Según relata Lamadrid, él y Pringles entraron en la línea federal acuchillando y lanceando a sus adversarios, hasta que los alcanzó Paz y les ordenó que se dedicaran a capturar a Quiroga.  Lo quería ver ingresar ridiculizado en un burro celeste....al igual que lo había hecho con el Padre Aldao. 
Es que civilizado, europeo y oligarca "Manco" Paz...era así.  Lo llamaban manco porque no podia utilizar ni antebrazo ni mano...no es que carecía de ellos. 
Un grupo de soldados de la escolta de Quiroga fueron alcanzados por Lamadrid, quien los interrogó acerca de dónde se encontraba el caudillo, ...dichos tres hombres un pequeño grupo que corría hacia el naciente, y a cuatro o cinco cuadras de distancia, y díchome allí va señor, les pregunté todavía cual es el pelo del caballo que monta, y habiéndome contestado que era un overo ordené que lo lanceen....   El propio Lamadrid relató que en dos oportunidades ordenó la ejecución de los soldados federales que le daban la información. Sin embargo, no se logró alcanzar a Quiroga, quien tomó por el camino de las postas, en dirección hacia Paso de Ferreira, donde actualmente se ubica villa María.
Finalmente, el día 28 se hace saber desde Fraile Muerto (hoy Bel Ville) que Quiroga había llegado a destino el día anterior a las 12.00 y que los diputados de Buenos Aires, llevaron a Facundo en un coche con destino a la ciudad de Santa Fé, El Gral Paz continuó ordenando fusilamientos y represiones.  Después de la batalla, Quiroga pierde Córdoba para siempre, Villafañe y su columna se retiran a La Rioja para quedar para reserva..ya que sabían que Facundo era indomable.​ Se efectúa en Buenos Aires el nombramiento de Anchorena, el oráculo de Rosas y el decreto contra los golpistas decembristas y fusiladores intensificándose en las zonas federales EL MISMO ACCIONAR QUE LOS UNITARIOS.  El general Paz dividió su ejército, enviando divisiones a la conquista de las provincias del oeste y del noroeste, quedando la Argentina desde entonces dividida en dos estados beligerantes.  El gobernador federal Rosas prepara un ejército para enfrentar a Paz. El jefe cordobés inicia la ofensiva. Se generaliza la guerra.
Quiroga regresa con 400 presos que Rosas le entrega..pero se le incorporan miles de voluntarios..la sangre encendida por Lavalle, Paz y sus cómplices causaba represalias, cruza el sur de Córdoba y reconquista Cuyo. El gobernador federal santafesino López emplea una táctica de desgaste contra Paz, con federales cordobeses, como los Reynafe.  Paz cae sorpresivamente prisionero en las cercanías del fortín de El Tío, y comienza a desmoronarse su sector.  López no lo fusila y lo entregará luego a Rosas...quien piensa aún en la reconciliación con el mas sangriento represor unitario...a quien Mitre y la historia oficial lo pretendió convertir en un caballero cruzado....Estanislao López y Balcarce entran con su ejército en la ciudad de Córdoba el 1º de junio de 1831.  Lamadrid el ladrón, torturador de la madre y esposa de Facundo Quiroga es derrotado por éste en Ciudadela de Tucumán —entonces un bastión- Quiroga concluye triunfalmente oficialmente la guerra que tuvo su punto culminante en Oncativo.  Las provincias se incorporar al Pacto Federal. Es el gran triunfo de ese jugador de ese hombre práctico, realista, afirmado en su tierra...Don Juan Manuel de Rosas

sábado, 27 de agosto de 2022

Rosas frente al magnicidio de Facundo Quiroga

 Por Julio R. Otaño

Facundo había sido muerto por una partida de las milicias de Tulumba mandada por el capitán Santas Pérez.   Éste fue llamado a Córdoba por el coronel Francisco y José Antonio Reínafé para reiterarle la orden de matar a Quiroga. Le dieron dinero para decidirlo. Éste llamó a la gente (treinta y dos hombres: 28 soldados y 4 oficiales) para ejecutar lo que se le había ordenado. Estaba instruido de simular un asalto a la diligencia por ladrones: de allí el innecesario saqueo y la masacre de los acompañantes.   Al saber en Córdoba la muerte de Quiroga, el gobernador, José Vicente, delegó el mando y partió a la Villa del Rosario.  “Esperemos el bostezo de los pueblos sobre el acontecimiento del finado general Quiroga, el que creo que quede en papeles”.  Las comunicaciones decían que Quiroga había- sido atacado y muerto por bandoleros. Pero el correo de Quiroga, Agustín Marín, que había galopado con retraso detrás de la galera y visto lo ocurrido, denunciaba lo realmente ocurrido al juez de paz de Sinsacate. Guillermo Reinafé tuvo el cinismo de encomendar la investigación y persecución al mismo Santos Pérez, que lo hace con la partida asesina. Acusan a milicianos santiagueños; Ibarra indignado escribe “antes de la salida-del finado general se supo que en la de Córdoba lo esperaban para matarlo, estando la ejecución encargada al llamado Santos Pérez .. ”, y agrega que “trabajará hasta descubrir a los verdaderos culpables y arrastrarlos a un tribunal nacional cuyo fallo, no será impotente”.  Para cubrir las formas, y ante la denuncia de Ibarra, se ordena un rápido juicio a Santos Pérez “acusado injustamente por el Excmo. señor gobernador de Santiago del Estero”. Se lo absuelve de culpa y cargo declarándolo “benemérito de la patria en grado heroico”.  La impresión era que se echaba tierra y todo quedaría en el olvido.    Juan Manuel de Rosas con la suma de poderes, toma en sus enérgicas manos el esclarecimiento del crimen. Se precipitan las cosas. El fraile Aldao, comandante de armas de Mendoza, informa a Rosas una propuesta de Francisco Reinafé para una alianza de Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, el Estado Oriental y los descontentos de Buenos Aires”, que desencadenaría la guerra civil si “Buenos Aires movía fuerzas contra Córdoba”. – Rosas ''la hace saber a López, al tiempo de preguntarle si" es “de mi propia opinión respecto a que los unitarios -son los autores y los Reinafé los ejecutores” de la muerte de Quiroga. López guarda silencio, y Rosas lo conmina el 23 de junio que ha de anunciar públicamente “hallamos usted y yo conformes en que los unitarios son los autores y los Reinafé; los ejecutores de: la muerte de Quiroga”.   Si López estuvo complicado en la muerte de Quiroga, fue un secreto que Rosas no quiso ni dejó revelar. O creyó en la inocencia de López, o simuló: creerla ofreciéndole la impunidad si abandonaba a los Reinafé.  Otra cosa hubiera significado una guerra civil contra la mitad de la Confederación (Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos y Comentes), donde López era fuerte, y desde luego contra los unitarios y lomonegros. Este proceder, si era López partícipe de la muerte de Quiroga, no sería de estricta justicia pero otra cosa no se podía hacer. No procedió contra López y Cullen, pero los separó de sus aliados de Montevideo, que desconfiarán de ellos en adelante.  Rosas conminó al “gobierno de Córdoba” a entregar antes de los treinta días a los cuatro hermanos Reinafé, para ser juzgados ‘por el tribunal que designen las provincias confederadas”.   Pasan los treinta días, y como nada se hace, cierra las fronteras con Córdoba y obliga a las demás provincias, incluso Santa Fe, a tomar igual medida."   Él “cierre, de las fronteras” exteriorizaba la ruptura con el gobierno de una provincia confederada, previa a la guerra que todas debían. llevarle: no habría correos, ni se permitiría el cruce de pasajeros, no reconocerían los actos y documentos de su gobierno.   La legislatura de Córdóba elige gobernador provisorio a Pedro Nolasco Rodríguez (hijo dé Victoriano Rodríguez, fusilado junto a Liniers en Cabeza del Tigre.), de antecedentes unitarios y suegro de José Antonio Reinafé.    Santiago Derqui, ligado con los Reinafé y presidente de la nueva legislatura cordobesa, informa a Buenos Aires la deposición de José Vicente y haberse nombrado conjueces “para Juzgar a los cuatro hermanos acusados. Rodríguez ordena su captura; pero Francisco escapa a Montevideo, José Antonio a Bolivia y Guillermo se esconde en -la sierra. Santos Pérez, será incitado a huir. El único detenido es José Vicente, que cuenta con la coartada de haber delegado, el gobierno, el día posterior a la muerte de Quiroga.           Rosas monta en cólera. Pide que las cosas se lleven seriamente, quejándose a López que el nuevo gobierno cordobés “está lleno de unitarios”.  Rodríguez mete presos a los componentes de, la partida secuestrándoles la ropa de los asesinados que se habían repartido. Encuentra a Guillermo cerca de Barranca Yaco, en un refugio silvestre de troncos y ramas; -que, abatido, confiesa él crimen ordenado por su hermano Francisco. Días después se entrega Santos Pérez: no se tiene por culpable porque ha matado a Quiroga en misión y orden oficial. José Antonio ha escapado por a Bolivia y Alejandro Heredia (puntal de Rosas) sin preocuparle trámites procesales, ni invasión de territorio extranjero, lo saca con una partida tucumana entregándolo al gobierno-de Córdoba.   Francisco ha sido recibido en Montevideo por los unitarios como un exilado político.     Rosas, con la anuencia de López, pide al congreso provincial que elija gobernador al comandante de Pampayasta Manuel López.  Manuel López (alias Quebracho) es caudillo rural de Pampayasta. Se lo tiene por amigo de Estanislao López. Rosas lo sabe un federal íntegro, no ligado con los Reinafé.   Como el nombre de Quebracho ha salido de Santa Fe, se reserva indicar al ministro y señala al Dr. Calixto María González, hombre, —según sus palabras a Santa Fe— de “fidelidad, de firmeza y de aversión a nuestros enemigos”. Rodríguez y Santiago Derqui buscan rechazar la candidatura de Quebracho.  No resulta porque los hombres fuertes del interior —Ibarra en Santiago, Heredia en Tucumán, Aldao en Mendoza— ya giran en la órbita de Rosas. Este ordena a Quebracho adelantar sus milicias desdé Río Tercero y asumir el mando desbaratando a todos.  A Buenos Aires han ido presos los tres Reinafé habidos, Aguirre, Santos Pérez y la gente de la partida ejecutora. Por resolución de las provincias, Rosas debe juzgarlos. Delega el sumario y la sentencia en Manuel Vicente Maza, reservándose “revisarla".   Pérez confiesa la autoría de “la ejecución” ordenada por Francisco, José Antonio y Guillermo Reinafé que le garantizaron era “cosa convenida con los señores López y Rosas”. Guillermo niega y asegura que “son cosas de Francisco”; lo mismo dicen José Vicente y José Antonio. Pero los tres aceptan que supieron el crimen y nada hicieron por evitarlo. Se da al juicio las apariencias legales: los 'procesados nombran sus defensores. Uno de ellos, Marcelo Gamboa, presenta un largo escrito: no hace una defensa de fondo sino una requisitoria contra la falta de constitución escrita. Los Reinafé, a su entender, no podían ser juzgados por una delegación de los gobernadores provinciales en el de Buenos Aires: sería necesario una constitución escrita y las leyes que creasen el fuero federal. Impugna como juez a Rosas que ha prejuzgado la culpabilidad de sus defendidos en las comunicaciones cursadas a las provincias. Pide al mismo Rosas que le conceda autorización para publicar la defensa,

Rosas se molesta con duro lenguaje: “Sólo un atrevido, insolente, picaro, impío, legista y unitario” ha podido presentarle, bajo la apariencia de ejercer el derecho de defensa, un pedido de' publicar un escrito de propaganda política”. Lo condenaba a “no cargar la divisa federal, ni ponerse, ni usar en público los colores federales”. Si no cumpliese, sería “paseado por las calles de Buenos Aires en un burro celeste”.   Maza se pronuncia aconsejando el fusilamiento de Santos Pérez y los cuatro oficiales de la partida por autores materiales, de Guillermo y Francisco (ausente) por ordenar el crimen y de José Vicente y José Antonio (éste acaba de morir en la prisión) por cómplices; también debería fusilarse a 17 de los 28 soldados de la partida eligiéndolos por sorteo. A distintas penas, a los, demás  y considera exentos el ex gobernador Rodríguez. y José Roque Funes. Pasa la sentencia a Rosas que pide dictamen al asesor de Estado, doctor Lahitte, quien solicita su confirmación. Rosas lo hace el 27 de mayo. Los defensores (entre ellos Gamboa, a quien se ha levantado la inhibición) piden que se conmuten las penas. Rosas solicita 'informes a Maza y Lahitte, que se pronuncian por el cumplimiento de la sentencia, pero aconsejan. que el gobernador rebaje los soldados sorteados. En la sentencia definitiva, del 9 de octubre, se reducen éstos a tres.  El juicio duró dos años; fueron condenados a muerte y sus bienes confiscados. José Antonio murió en la cárcel, pero Pérez y los dos hermanos restantes sufrieron la sentencia el 25 de octubre de 1837. El último hermano, Francisco, murió en 1840, luchando contra el hermano y sucesor de Estanislao López, Juan Pablo López, en el mismo combate en que también murió el antecesor de don Estanislao, Mariano Vera.

Andrienne Macaire, Ejecución de Vicente y Guillermo Reynafé y de Santos Pérez, 1837, litografía, 46 x 41 cm, Museo Histórico Nacional, Buenos Aires.  Escasos días antes, precisamente el día 25 de octubre, Vicente y Guillermo Reynafé, junto con Santos Pérez habían sido colgados en la Plaza de la Victoria. La litografía de Macaire es posiblemente la imagen más compleja que nos ha llegado de su vasta producción. En la semiesfera ubicada en la parte superior del eje central se desarrolla el fusilamiento de los acusados. Es una escena cargada de tensión, dinamizada por el ritmo de las figuras de los soldados y sus armas. Los cuerpos de los acusados se presentan vendados y sumisos frente a los arcos del Cabildo. El otro espacio, el principal, es el verdadero núcleo de la imagen, dividido de la viñeta del fusilamiento por una cadena que remite de modo claro a la condena y el castigo. Es un espacio heterogéneo, con escalas divergentes, donde se desarrolla el desenlace de la primera acción: la sentencia indicaba que debían " suspenderse sus cadáveres por seis horas, en la misma plaza " (La Gaceta Mercantil, 1837).   

Bibliografía

Busaniche José Luis "Historia Argentina"

Crónica Argentina, dirigida por A. J. Pérez Amuchástegui

Gálvez Manuel "El General Quiroga"

Levene Ricardo "Historia Argentina"

Palacio Ernesto "Historia Argentina"

Revista Todo es Historia Nro 3 Proceso a los asesinos de Quiroga

Rosa José María "Historia Argentina" tomo 4

Sierra Vicente "Historia Argentina"

sábado, 30 de julio de 2022

COSAS DE LAMADRID

Por el Prof. Jbismarck
Después de la derrota de Oncativo, Facundo Quiroga se alejó hacia Buenos Aires dejando su provincia a merced de los vencedores. El general Paz dispuso entonces que fuera Lamadrid quien ocupara La Rioja y asumiera el gobierno de dicha provincia.  La medida fue bien recibida por los oficiales unitarios y no faltó quien hizo llegar congratulaciones como ésta al famoso coronel tucumano: “Estoy contento de saber que usted va a pacificar para siempre ese país qe gentes que parecían incapaces de ser personas, pero usted con sus vidalitas y modo de tratarlos, bien soy seguro hará de esos hombres una porción de buenos patriotas”.   A Lamadrid la misión que se le confiaba no le hizo mucha gracia, a juzgar por una carta:
"He recibido su apreciable del 4 no de muy buena gana, pues ella me ha hecho reir a carcajadas, pero no de gusto. ¿Sabe usted que han descubierto un bonito y el más lindo modo de embromarme? Cuando quieren conseguir de mi algún sacrificio, al instante me presentan a la Patria en necesidad de exigirlos y con esto han dicho todo. Yo bien conozco que podría ser útil en aquel país por mi genio y el tal cual concepto que tengo para atraer esas gentes y echarle una vaina a ño Facundo, pero esto sería para mi la mayor de las piadoras, y de ningún modo deseo descansar en ella. Trabajen ustedes lo que quieran que yo no abriré los labios a este respecto. Lo que si me comprometo es (a) servir de ordenanza si es preciso al gobernador qué allí se nombre, mientras mi presencia pueda ser útil y necesaria para que ese Pueblo se tranquilice y ordene, pero de ningún modo hacerme cargo de su gobierno porque esto sería enterrarme a vivir entre iteras para amansarlas. No crea usted por esto que yo me niego a servir a mi Patria, muy lejos de eso, es difícil encuentre usted un hombre más decidido! Si sus habitantes exigiesen de mi este sacrificio, yo lo haría aunque de muy mala gana, pero me desprendería de él tan luego como los viere tranquilos.”
Más adelante Lamadrid pide al gobierno tabuco, papel y cuchillos. “Ya no hay quien pite en la División”, dice; y agrega: ‘‘Cuando queremos tomar un asado andamos con los sables a las vueltas”. ‘‘Plata no pido —añade más adelante — porque ésa la buscaré en las minas, pues estoy más cerca que ustedes”. Y anunciando, en fin, su inminente entrada en la Rioja, dice: “El catorce estaré en el Bagual y bien montado para seguir mis operaciones donde sea necesario”. Esta carta, que el remitente escribió en el Bañado de Quines el 10 de abril de 1830, y que se encuentra en el Archivo Histórico de Córdoba, presenta sólo dos párrafos intercalados en clave, cuya interpretación aquí transcribimos en forma destacada.
Señalemos que Lamadrid, en sus Memorias, recuerda su envío a La Rioja como una misión que realizó contra su voluntad; la carta trascripta ratifica esa afirmación, así como pone de manifiesto su desprecio por “esas fieras”, que vivían en la áspera tierra de “Ño Facundo”. .. Por su parte, el general Paz refutó agriamente en sus “Memorias Postumas” lo afirmado por su antiguo subordinado Lamadrid, asegurando que éste marchó de muy buen grado a La Rioja e insinuando que los tesoros ocultos de Quiroga eran una de las atracciones que llevaban a aquél a hacerse cargo de esa expedición... Este tipo de precisiones pueden hacerse ahora mediante la clave de las cartas de Paz a sus jefes y viceversa, que se presenta aquí por primera vez. Ahora, cualquier investigador puede, con un poco de paciencia, descifrar la copiosa correspondencia existente en los archivos cordobeses, sobre ese alborotado periodo de nuestra historia Sin duda la apertura de esos documentos, cerrados hasta ahora a la curiosidad de los estudiosos, aportará esclarecimientos importantes y, su confrontación con documentaciones ya conocidas y memoriales como los que escribieron Paz y Lamadrid serán susceptibles de corroborar o rectificar muchas páginas de historia. Con cifra o sin ella, el mármol de la gloria póstuma ha recogido la efigie del general José Maria Paz.  Quien no tenía el coraje de Lavalle ni el carisma de Lamadrid.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Homenaje al Brigadier General Juan Facundo Quiroga, palabras del Prof. Dr. Julio R. Otaño

Organizado por el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, presente a través de su Presidente Dr. Alberto Gelly Cantilo y comisión Directiva: Lic. Vázquez. Dr. Sandro Olaza Pallero y Pepe Muñoz Azpiri y el Instituto Juan Facundo Quiroga con su presidente Lic. Miguel Angel Lentino. Con la Adhesión del Instituto Juan Domingo Perón a traves del Diputado Lorenzo Pepe y del Instituto Juan Manuel de Rosas de Gral San Martín presidido por el Dr. Carlos De Santis. Palabras del Prof. Otaño refiriendose al Brigadier Quiroga como Caudillo, como militar, su relación con Juan Manuel de Rosas, su muerte y los misterios de su sepultura. GRACIAS A MATÍAS RIVERO POR LA FILMACIÓN

 

domingo, 31 de octubre de 2021

Los Capiangos de Facundo Quiroga

 Por el Prof. Jbismarck

Según Adolfo Saldías el general Facundo Quiroga era, un hombre “valeroso hasta la temeridad, sagaz hasta lo increíble, fecundo en expedientes singulares, tremendo en las victorias, más tremendo todavía en las derrotas, y con chispas de genio para sacar provecho de las dificultades que le suscitasen”. Producto seguramente de la mezcla de una personalidad singular con el momento histórico de los enfrentamientos intestinos y el paisaje agreste de su tierra en los que le tocó actuar, “un espíritu sacudido por el frenesí de las luchas estupendas, en las cuales se agrandaba como se agranda un turbión cuando más recia es la borrasca que lo levanta”.   Paz era en cambio, según la pluma del mismo autor, un general “rígido y grave”, un hombre culto y correcto sin afectación, dueño de una timidez que “llegaban al punto  de que se ruborizaba en el trato con las gentes”, “parco en la palabra”, al que le faltaba un brazo, y que no sabía montar a caballo, “lo que era un fenómeno tratándose  de un general argentino”

José María Paz,  en sus Memorias póstumas escribió:  “En las creencias populares, con respecto a Quiroga, hallé también un enemigo fuerte a quien combatir; cuando digo populares, hablo de la campaña, donde esas creencias habían echado raíces en algunas partes, y no solo afectaban a la última clase de la sociedad. Quiroga era tenido por un hombre inspirado; tenía espíritus familiares que penetraban en todas partes y obedecían sus mandatos; tenía un célebre caballo moro (así llaman al caballo de un color gris), que a semejanza de la sierva de Lertorio, le revelaba las cosas más ocultas, y le daba los más saludables consejos; tenía escuadrones de hombres, que cuando los ordenaba se convertían en fieras, y otros mil absurdos de este género. Citaré algunos hechos ligeramente, que prueban lo que he indicado.

Conversando un día con un paisano de la campaña, y queriendo disuadirlo de su error, me dijo: “Señor, piense usted lo que quiera, pero la experiencia de años nos enseña que el señor Quiroga es invencible en la guerra, en el juego, y bajando la voz, añadió, en el amor. Así es que, no hay ejemplar de batalla que no haya ganado; partida de juego, que haya perdido; y volviendo a bajar la voz, ni mujer que haya solicitado, a quien no haya vencido”. Como era consiguiente, me eché a reír con muy buenas ganas; pero el paisano ni perdió su seriedad, ni cedió un punto de su creencia.

Cuando me preparaba para esperar a Quiroga, antes de la Tablada, ordené al comandante don Camilo Isleño, que trajese un escuadrón a reunirse al ejército, que se hallaba a la sazón en el Ojo de Agua, porque por esa parte amagaba el enemigo. A muy corta distancia, y la noche antes de incorporárseme, se desertaron ciento veinte hombres de él, quedando solamente treinta, con los que se me incorporó al otro día. Cuando le pregunté la causa de un proceder tan extraño, lo atribuyó al miedo de los milicianos a las tropas de Quiroga. Habiéndole dicho que de qué provenía ese miedo, siendo así que los cordobeses tenían dos brazos y un corazón como los riojanos, balbuceó algunas expresiones, cuya explicación quería absolutamente saber. Me contestó que habían hecho concebir a los paisanos, que Quiroga traía entre sus tropas cuatrocientos capiangos, lo que no podía menos que hacer temblar a aquellos. Nuevo asombro por mi parte, nuevo embarazo por la suya, otra vez exigencia por la mía, y finalmente, la explicación que le pedía. Los capiangos, según él, o según lo entendían los milicianos, eran unos hombres que tenían la sobre-humana facultad de convertirse, cuando lo querían, en ferocísimos tigres, “y ya ve usted”, añadía el candoroso comandante, “que cuatrocientas fieras lanzadas de noche a un campamento, acabarán con él irremediablemente”.   Tan solemne y grosero desatino no tenía más contestación que el desprecio, o el ridículo; ambas cosas empleé, pero Isleño conservó su impasibilidad, sin que pudiese conjeturar si él participaba de la creencia de sus soldados, o si sólo manifestaba dar algún valor a la especie, para disimular la participación que pudo haber tenido en su deserción: todo pudo ser.  Un sujeto de los principales de la Sierra, comandante de milicias, Güemes Campero, había hecho toda la campaña que precedió a la acción de la Tablada, con Bustos y Quiroga; vencidos estos, se había retirado a su departamento, y después de algún tiempo que se conservó en rebeldía, fue hecho prisionero y cayó en mi poder. Un día estando comiendo, algunos oficiales tocaron el punto de la pretendida inteligencia de Quiroga con seres sobre-humanos, que le revelaban las cosas secretas, y vaticinaban el futuro. Todos se reían, tanto más, cuanto Güemes Campero, callaba, evitando decir su modo de pensar. Rodando la conversación, en que yo también tomé parte, vino a caer en el célebre caballo moro, confidente, consejero, y adivino de dicho General. Entonces fue general la carcajada y la mofa, en términos, que picó a Güemes Campero, que ya no pudo continuar con su estudiada reserva; se revistió, pues, de toda la formalidad de que era capaz, y tomando el tono más solemne, dijo: “Señores, digan ustedes lo que quieran, rían cuanto se les antoje, pero lo que yo puedo asegurar, es que el CABALLO MORO se indispuso terriblemente con su amo, el día de la acción de la Tablada, porque no siguió el consejo que le dio, de evitar la batalla ese día; y en prueba de ello, soy testigo ocular, que habiendo querido poco después del combate, mudar caballo y montarlo [el general Quiroga no cabalgó el moro en esa batalla), no permitió que lo enfrenasen por más esfuerzos que se hicieron, siendo yo mismo uno de los que procuré hacerlo, y todo esto, era para manifestar su irritación por el desprecio que el General hizo de sus avisos”. Traté de aumentar algunas palabras para desengañar aquel buen hombre, pero estaba tan preocupado, que me persuadí de que era por entonces imposible.

A vista de lo que acabo de decir, (…) fácil es comprender cuánto se hubiera robustecido el prestigio de este hombre no común, si hubiese sido vencedor en la Tablada. Las creencias vulgares se hubieran fortificado hasta tal punto, que hubiera podido erigirse en un sectario, ser un nuevo Mahoma, y en unos países tan católicos, ser el fundador de una nueva religión, o abolir la que profesamos. A tanto sin duda hubiera llegado su poder, poder ya fundado con el terror, cimentado sobre la ignorancia crasa de las masas, y robustecido con la superstición, una o dos victorias más, y ese poder era omnipotente, irresistible. Adviértase que esa victoria que no obtuvo, le hubiera dado una gran extensión a su influencia, y que si antes, además de la Rioja, la ejercía en algunas provincias solamente, entonces hubiera sido general en todo el interior de la República. …..”

miércoles, 31 de marzo de 2021

El "Tigre de los Llanos"

Por Julio R. Otaño

"Se había despojado de toda su ropa, menos de los calzoncillos que llevaba arremangados y atados alrededor de sus muslos. Ambos a dos, él y su caballo, estaban cubiertos de sangre, y presentaban un aspecto que no podía ser comparado con ninguna cosa humana. Enfurecido con la perspectiva de la derrota, saltaba de aquí para allá, derribando con su propio sable a aquellos soldados suyos que flaqueaban o miraban por sus vidas, y enviando destacamentos a lo más recio de la pelea. Desnudo como estaba, surcado por rayas de sangre coagulada con que lo salpicaron sus víctimas, parecía un verdadero demonio dominando la matanza"

Así vio el comandante J. Antonio King a Ouiroga, el Tigre de Los Llanos, durante la batalla de La Tablada, en la que su derroche de valor no impidió que fuera derrotado por las fuerzas de José María Paz.

Juan Facundo Ouiroga nació en 1778, en San Antonio, Departamento de Los Llanos, provincia de La Rioja. A los 16 años comenzó a conducir las arrias de su padre, el estanciero José Prudencio Ouiroga. Tras un breve paso como voluntario por el Regimiento de Granaderos a Caballo, en Buenos Aires, regresó en 1816 a La Rioja, donde colaboró activamente con el ejército del norte que luchaba contra los realistas, proveyéndolo de ganado y tropas. En 1818 recibió de Pueyrredón el título de "benemérito de la Patria" y a fines de ese año intervino destacadamente para sofocar un motín de prisioneros españoles en San Luis.

A partir de 1820, con el cargo de jefe de las milicias de Los Llanos, se inició en La Rioja la preponderancia de Ouiroga. Convertido en árbitro de la situación riojana, contribuyó a colocar en el gobierno provincial a Nicolás Dávila, quien en ausencia de Ouiroga intentó apoderarse de la artillería y el parque de Los Llanos. El caudillo derrotó al gobernador en el combate de El Puesto y aunque asumió la gobernación sólo por tres meses —28 de marzo al 28 de junio de 1823— continuó siendo, en los hechos, la suprema autoridad riojana.

Ouiroga brindó su apoyo entusiasta al Congreso de 1824 reunido en Buenos Aires, pero pronto se produjo su ruptura con los unitarios porteños. En esos momentos, el gobierno de La Rioja se asoció con un grupo de capitalistas nacionales encabezados por Braulio Costa, a quien se otorgó la concesión para explotar las minas de plata del cerro de Famatina. Facundo, como comandante del Departamento, fue también accionista de la compañía y, por el convenio, quedó encargado de asegurar la explotación, con cuyo producto se acuñaría moneda a través del Banco de Rescate y la Casa de Moneda de La Rioja. Sin embargo, la designación de Rivadavia como presidente de la República, en 1826, alteró estos planes. El presidente, que durante su permanencia en Inglaterra había promovido la formación de una compañía minera, nacionalizó la riqueza del subsuelo y también la moneda, prohibiendo la acuñación a toda institución que no fuera el Banco Nacional, por él creado. La reacción de Ouiroga fue inmediata. Junto a los otros gobernadores que resistían la política centralista de Rivadavia que culminó con la sanción de la Constitución unitaria, se levantó en armas contra el presidente, enarbolando su famoso lema de Religión o Muerte. Su lucha contra los unitarios había comenzado, en realidad, en 1825, cuando Quiroga derrotó a La Madrid —usurpador del gobierno de Tucumán— en El Tala y Rincón de Valladares.

Caído Rivadavia, Ouiroga apoyó la efímera gestión de Dorrego, cuyo fusilamiento volvió a encender la chispa de la guerra civil. Facundo se convirtió entonces en figura descollante del movimiento federal y, en el interior, enfrentó a las fuerzas unitarias del general Paz. El Tigre de Los Llanos, como lo llamaban amigos y adversarios, cayó derrotado en La Tablada y en Oncativo. En Buenos Aires, con la ayuda de Rosas, formó una nueva fuerza, llamada División de Los' Andes. Al frente de ella ocupó San Luis y Mendoza, en Córdoba persiguió a La Madrid —el jefe de las fuerzas unitarias después de la captura de Paz— y, ya en tierra tucumana, lo derrotó completamente en La Ciudadela. En esos momentos su poder y su prestigio alcanzaban el punto más alto. Después de participar en la etapa preparatoria de la campaña del desierto realizada por Rosas, permaneció con su familia en Buenos Aires durante un tiempo. En 1834, a pedido de Maza, gobernador de Buenos Aires, y del propio Rosas, medió en un conflicto entre Salta y Tucumán. En Santiago del Estero se enteró del asesinato de de la Torre, gobernador salteño. Cumplida su misión en el norte, Quiroga emprendió el regreso hacia Buenos Aires, desoyendo las advertencias sobre la posibilidad de que se lo intentara asesinar y rechazando el ofrecimiento de protección que le hizo Ibarra, el gobernador santiagueño. Su coraje lo condujo, una vez más, a enfrentarse con la muerte. Pero en esta oportunidad, el Tigre perdió la partida: en Barranca Yaco fue ultimado por un grupo de asesinos enviados por los hermanos Reynafé, a la sazón dueños del gobierno de Córdoba.


martes, 29 de diciembre de 2020

Carta de López a Quiroga, poco conocida, y que constituye también un apunte sobre Rosas visto del natural y por un contemporáneo

 EN ROSARIO (1831)

… Todo lo relativo a la guerra que, según el tratado de 4 de enero debía ser del resorte de la Comisión Representativa, no puede convenirse con ella a causa de que, habiéndose retirado el diputado de Buenos Aires, ha más de seis meses, pretextando enfermedad, aquel gobierno no ha llenado este déficit, y esto ha ocasionado que hoy no exista más diputado que el de esta provincia. El relato que acabo de hacer, persuadirá a usted de la justicia con que he solicitado abdicar el mando del Ejército y lo convencerá de la exactitud de mi cálculo cuando he dicho que siempre juzgué que tal nombramiento era puramente nominal, como que en realidad lo es. Protesto a usted, que la principal razón que me decidió a pasar por todo, fue el convencimiento de que ésta era la oportunidad más favorable para llenar los constantes y suspirados votos de los pueblos y sacarlos de la espantosa miseria y degradación en que ha tanto tiempo están sumidos:  La organización de nuestra patria. Pero, cuál no habrá sido mi asombro y desaliento, mi buen amigo, cuando, llamado a Rosario con instancia por el señor Rosas y cuando yo juzgaba que el objeto de esa entrevista debía ser allanar los obstáculos que pudiera haber a la asecución[11] de aquel sagrado e importantísimo objeto, me dice el señor Rosas, la primera vez que allí hablamos sobre este negocio: Éste no es tiempo de constituir el país y es preciso, compañero, que prescindamos de Comisión Representativa…

Aseguro a usted que, hasta la fecha, no se ha separado de mí el estupor que aquellas expresiones causaron en mi ánimo, y que lo primero que en aquel desagradable momento me ocurrió, fue que esto causaría más males a la República que los que le han originado los unitarios mismos. Después que oí este modo de opinar del señor Rosas, me retiré a mi casa, llamé a su secretario, le manifesté lo que había ocurrido, le signifiqué mi desagrado, la irrevocable resolución en que estaba de no pasar por tal cosa y de no separarme absolutamente del voto tan pronunciado por los pueblos, de constituir el país, encargando comunicase todo esto al señor Rosas, de mi parte.

Tal explicación hizo que aquel amigo tuviese muy luego una entrevista conmigo en la que convino que nombraría sin demora el diputado por Buenos Aires y lo mandaría a Santa Fe; en que también mandaría sin ninguna postergación al señor Corvalán, nombrado diputado por Mendoza y en que si logobiernos del interior, a quienes yo había escrito a este respecto, estaban por la constitución del país, y en consecuencia porque siguiese la Comisión hasta llenar las atribuciones estipuladas en el tratado del 4 de enero, él secundaría el voto de los demás en igual sentido. Esto fue lo único de que allí hablamos de importancia y quedó convenido. Mas usted conocerá que, desde que el señor Rosas opinó por la no constitución del país y desde que tengo motivo para creer que en este mismo sentido se ha escrito al interior para que obre de igual modo, yo no puedo dejar de estar alarmado y extremadamente disgustado, al ver una cosa que nunca pude ni debí esperar, y al contemplar cuán estériles e infructuosos han si do todos los esfuerzos y sacrificios que tan heroicamente han prodigado los pueblos, hasta ponerse en actitud de pensar en lo único útil que les resta que alcanzar, como único medio de reparar sus pasadas desgracias.  En medio de todo esto, observo con sentimiento que en el interior se tiene una idea equivocada respecto a mi posición, y que en lo general se cree que me hallo con bastante poder para evitar los males que nos amenazan; mas usted conocerá, por todo lo comprendido en esta carta, que «te juicio es inexacto, y sentiría que él diese lugar a conjeturas desagradables, partiendo (yo) del invariable principio de que todo aquello que se depare de la organización de nuestra patria, es ajeno de mí y que jamás prestaré mi deferencia a tales ideas.  Después del bosquejo que hago a usted del estado actual de nuestros negocios, réstame hacerle una observación que no puede usted desconocer y que espero confiadamente no desatenderá: usted, por su posición y mil poderosas razones que sería cansado detallar, aparece con justicia a la cabeza de los negocios del interior. Mientras usted permanezca en esta posición, no creo difícil que arribemos a la suspirada organización; pero si usted se separa, va infaliblemente a resultar una espantosa divergencia en las opiniones, y de aquí partirá el pretexto de que en otras ocasiones se han valido nuestros antagonistas para cruzar los empeñosos esfuerzos que se han hecho para organizamos.

Dije a usted, al principio, que le hablaría con toda franqueza de mi carácter. Reproduciendo ahora lo mismo y en la confianza que me inspira su amistad, le diré: Que juzgo que usted no debe absolutamente dejar el mando del ejército que está a sus órdenes, ni abandonar los pueblos a su política particular. Usted conoce el desquicio espantoso en que ellos han quedado y no es fácil calcular los graves males que van a pesar sobre ellos si no hay un punto de dirección. Es usted únicamente quien en el interior puede darlo. En fin, espero lleno de confianza, que, haciendo usted un gran esfuerzo, querrá hacer al país el bien de continuar siquiera hasta que hayamos puesto el primer plantel a nuestra organización, la cual, prestando usted su cooperación, no presentará grandes dificultades, porque a pesar de todo lo anterior dicho, estoy penetrado que nuestro común amigo el señor Rosas es un buen hijo de la tierra y un buen amante de las libertades públicas, y lo único que yo juzgo que puede haber en sus opiniones, es: o extravíos en sus ideas, sin conocerlo, o sugestiones hábilmente manejadas por los que nunca podrían ser amigos de la prosperidad de los pueblos, por considerarla incompatible con la de Buenos Aires.

Estanislao López

Muy mal correspondió Quiroga a la confianza de López porque hizo llegar la carta a manos de Rosas, que debió de agradecer de corazón aquel testimonio de amistad… Quiroga ejercía gran influjo en el interior y Rosas pudo estar seguro de que la organización federal sería combatida por el caudillo riojano dentro de una extensa zona política. Por eso envió nuevamente sin muchos recelos, el diputado a la Comisión Representativa de Santa Fe. Pero apenas se dejó sentir en el seno de la misma Comisión una política de principios y se hicieron algunas gestiones en el interior, Rosas calificó de anárquicas aquellas ideas, retiró al diputado, y Quiroga amenazó al delegado de Córdoba con hacerlo aparecer «colgado». Ya se había firmado el pacto de 1831. Después de este golpe político en el orden nacional, Rosas rehusó ser reelegido gobernador, porque la Legislatura no le dio las facultades extraordinarias que apatecía (diciembre de 1832). Elegido gobernador el general Juan Ramón Balcarce, Rosas llevó a cabo la expedición al desierto en 1833 con el fin de ampliar las fronteras y asegurar la tranquilidad de los pobladores del sur. 

sábado, 5 de septiembre de 2020

Proceso a los magnicidas de Facundo Quiroga: el Dr. Marcelo Gamboa

 Por el Prof. Julio R. Otaño

El 3 de marzo de 1835 Rosas recibe la noticia del asesinato de Facundo Quiroga en Barranca Yaco. Ese día, escribió al capataz de una de sus estancias:

“San Martín. Marzo 3 de 1835 Mi querido Don Juan José: Esta sólo tiene por objeto prevenirle que a Pascual me le entregue veinte bueyes aparentes y como para las carretas.  Deseo que le haya ido bien en su viaje.   Política:  El señor Dorregó fue fusilado en Navarro por los unitarios. El general Villafañe, compañero del general Quiroga, lo fue en su tránsito de Chile para Mendoza por los mismos. El general Latorre lo ha sido a lanza después de rendido y preso en la cárcel de Salta, sin darle un minuto de tiempo para que se dispusiera, lo mismo que al general Aguilera que corrió igual suerte. El general Quiroga fue degollado en su tránsito de regreso para ésta el 16 del pasado último Febrero, 18 leguas antes de llegar a Córdoba. Esta misma suerte corrió el coronel José Santos Ortiz, y toda la comitiva que en número de 16, escapando sólo el correo que venía, y un ordenanza que fugaron entre la espesura del monte. ¡Qué tal! ¿He conocido o no el verdadero estado de la tierra? ¡Pero ni esto ha de ser bastante para los hombres de las luces y los principios! ¡Miserables! ¡Y yo insensato que me metí con semejantes botarates! Ya lo verán ahora. El sacudimiento será espantoso, y la sangre argentina correrá en por­ciones.  Siempre deseando la salud de Ud. como su afectísimo patrón.   Juan Manuel de Rosas ”

Resuelto a no dejar impune el crimen de Barranca Yaco, Rosas hace que todos los in­culpados sean conducidos a Buenos Aires. Así es como llegan a la ciudad el gober­nador de Córdoba, don José Antonio Reynafé, con dos de sus hermanos, y el capitán Santos Pérez con los demás soldados de su partida, ade­más de algunos otros impor­tantes funcionarios del go­bierno de Córdoba. Rosas se preocupa porque el juicio se ajuste estrictamente a las normas legales. Los acusados pueden ejercer el derecho de defensa y elegir abogados. Se respetarán los procedi­mientos jurídicos: declara­ciones, pruebas, plazos y ale­gatos.  Rosas, haciendo uso de las facultades extraordinarias que le han sido con­cedidas por la Legislatura, nombra juez especial a don Manuel Vicente Maza y se reserva el derecho de fallar en última instancia.

El abogado de los Reynafé, doctor Marcelo Gamboa, impugna, en el transcurso del proceso, las facultades de Rosas y del juez comisionado, Vicente Maza, para entender en la entre otras objeciones, que los acusados debían ser juz­gados por una ley que perteneciera a un sistema cons­titucional, y que dicha consti­tución no existía. Esta decla­ración significa, de hecho, un abierto desconocimiento de la autoridad de Rosas, quien por decisión de la Legisla­tura, refrendada por plebis­cito popular, se hallaba investido de la suma del poder público y, por lo tanto, fa­cultado para dictar leyes y firmar sentencias prescin­diendo de los organismos legislativos y judiciales. Gam­boa no se limita a plantear este alegato, sino que ade­más solicita al gobierno que se le permita publicarlo en la prensa, separándolo del expediente del proceso.

La reacción de Rosas es in­mediata y colérica.  Dicta una orden a Manuel Corvalán, su edecán general, en la cual —después de señalar "que sólo un atrevido, insolente, picaro, impío, logista y uni­tario ha podido cometer el avance de interrumpir las al­tas y delicadas atenciones del Gobierno con semejante tan sin fortuna atrevida solici­tud’'—, dispone que “en pe­na de su descarada insolen­cia, en el acto sobrerraye por su propia mano uno por uno todos los renglones de su atrevida representación". Además, Rosas resuelve apli­car a Gamboa el siguiente castigo:

"Primero: Que hasta nueva resolución superior no debe salir más distancia que vein­te cuadras de la plaza de /a Victoria

Segundo: Que no debe ejercer su oficio de abogado, ni hacer escrito alguno de ninguna laya por mas sim­ple e inocente que sea. Tercero: Que no debe car­gar la divisa federal, ni po­nerse, ni usar, ni en público ni en privado, los colores federales.

Cuarto: Que   por cualquier infracción de las tres pre­venciones anteriores será paseado por las calles de Buenos Aires en un burro celeste y castigado además según el tamaño de la falta.

Quinto: Que si tratase de fugar del país, luego que sea aprehendido será inmediata­mente fusilado."

Como principal fundamento de esta orden, Rosas decla­ra lo siguiente:

“Que sólo un hombre a quien los decretos de la Divina pro­videncia hayan colocado en la senda de su fin funesto... ha podido pedir a la supre­ma autoridad el permiso de una publicación separada de la causa, como si la justicia de la opinión pública tuviera una sola oreja para oír y juz­gar los delitos de los unita­rios, por las obras de defen­sas en su favor, o que en el país existiese la ley del embudo dándole lo ancho para ellos y lo angosto para los federales y el orden so­cial

Era el Derecho existente en el siglo XIX y Rosas castigó la pretensión de publicar aparte una sola pieza de un proceso incompleto. Por ejmplo hasta 1856 no se permitió en Gran Bretaña que un abogado pudiese dirigirse al jurado en defensa de un delincuente. Y la posible pena del paseo en burro celeste…podemos recordar que el culto y civilizado General José María Paz hizo desfilar en un burro celeste (previo arrojo de excrementos) al Gral José Félix Aldao en Córdoba (1830)…. 
El proceso siguió su marcha. El doctor Maza se expidió el 12 de abril de 1837, en un extenso escrito: contesta las defensas, califica los delitos y pone a la causa en estado de sentencia. El 18 de abril de 1837 Rosas ordena que el proceso pase a vista del Fiscal, doctor Láhitte, quien se expide en notable dictamen, que confirma en su mayor parte el dispositivo del pronunciamiento hecho por el doctor Maza, aunque difiriendo con algunos de sus fundamentos, el 8 de mayo de 1837. El Dr. Ramón J. Cárcano escribe: “Ninguno de los Reinafé, ni ente los jueces ni ante la corte, acusan a Rosas ni a López. Se acusan entre ellos mismos. El silencio en aquellos días pulveriza la calumnia”.
Rosas dictó sentencia el 9 de octubre de 1837. La sentencia de muerte involucra al autor material y a los instigadores del crimen.   El 26 de octubre de 1837 en la plaza de la Victoria, Santos Pérez y los dos Reinafé, José Vicente y Guillermo, son fusilados y luego colgados en las horcas. La plaza está rodeada de tropas, al mando del general Agustín Pinedo. Una inmensa multitud de espectadores, entre los que hay no pocas mujeres, espera en todos los edificios de la plaza, en el pórtico de la Catedral y en las calles.   El espectáculo no es nuevo en Buenos Aires (señala José María Rosa): Rivadavia, veinticinco años atrás, hizo fusilar y colgar allí mismo a los treinta y tres implicados en la fracasada conjuración de los españoles, entre los que había hombres eminentes y hasta un sacerdote.

“Los condenados a muerte fueron ejecutados exactamente dos semanas después del fallo de Rosas. La sentencia ordenaba que la ejecución de los Reinafé y de Santos Pérez debía realizarse en la Plaza de la Victoria, ubicada en centro de la Ciudad, frente al Cabildo y la Catedral, debiendo enseguida de la ejecución suspenderse sus cadáveres por seis horas, en la misma plaza”, en tanto que el resto de los condenados a muerte debían ser ejecutados en la Plaza de Marte, sin especificarse nada en cuanto a la exposición pública de los cuerpos. 

Sarmiento, en su célebre Facundo; resume así el espectáculo: “El Gobierno de Buenos Aires dio un aparato solemne a la ejecución de los asesinos de Juan Facundo Quiroga; la galera ensangrentada y acribillada de balazos estuvo largo tiempo expuesta al examen del pueblo, y el retrato de Quiroga, como la vista del patíbulo y de los ajusticiados, fueron litografiados y distribuidos por millares, como también extractos del proceso, que se dio a la luz en un volumen en folio”.

Al año siguiente, Rosas hace publicar en un volumen la “Causa Criminal” seguida contra los asesinos de Quiroga. En el volumen está incluido, en su totalidad, el alegato de Gamboa, junto con las demás piezas documentales del proceso.

Marcelo Gamboa no fue perseguido y mucho menos encarcelado…con el tiempo recuperó su matrícula.

 Bibliografía

Busaniche José Luis "Historia Argentina"

Irazusta Julio "Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia"

Palacio Ernesto "Historia Argentina"

Pérez Amuchástegui A. J. "Crónica Histórica Argentina"

Rosa José María "Historia Argentina"

 

sábado, 29 de febrero de 2020

"Piojo" el legendario "Moro" de Facundo Quiroga


Por Ancafilú
La animosidad de Quiroga contra López se había extendido después de Oncativo.  Rosas consiguió apaciguar al Tigre de los Llanos y  Quiroga había aceptado el mando de la División de los Andes que lo subordinaba a López, general en jefe del ejército federal. Pero sea por recelo a sus resonantes triunfos en Río Cuarto, Río Quinto, San Luis y Rodeo del Chacón, en vez de ir contra Lamadrid con la totalidad del ejército federal, le encomendó al Tigre de los Llanos, la tarea de aniquilar a los unitarios de Lamadrid en Tucumán, lo que hizo el 4 de noviembre de 1831, pero presentó al día siguiente su renuncia del ejército.  Había otro motivo, al que Quiroga daba mucha importancia: Lamadrid se apoderó en La Rioja del famoso caballo moro de Facundo y ´ste haía caido finalmente en manos de López.  De este caballo habla Paz en sus Memorias al mencionar las creencias populares sobre Facundo: “Tenía (Quiroga) un célebre caballo moro que a semejanza de la cierva de Sertorio le revelaba las cosas más ocultas y le daba los más saludables consejos...”. 
Facundo Quiroga, Estanislao López y un caballo mágico ...
El 7 de noviembre de 1831, tres días después de Ciudadela, Huiz Huidobro escribió a Mansilla el disgusto de Quiroga por “un caballo oscuro que él estimaba mucho (que) se lo tomó Lamadrid en San Juan y ahora se halla en poder del señor López... (Quiroga) desde que le dieron la noticia no halla cómo desahogarse del disgusto: quiso retirarse en el acto del ejército, y no conformó en no hacerlo por causa de don Juan Manuel hasta dar una batalla. Ahora se dispone a hacerlo... recelo otros resultados que quizás nos pongan de peor condición que (la que) hemos estado hasta aquí porque él me dice que no quiere morir sin venganza ni darle al general López dos días de gusto, y eso debe calcular usted lo que significa”.
Se quejó Quiroga ante Rosas, quien escribió a López que devolviese el moro y tranquilizó a Quiroga: "Suponiendo fuese cierto que el general López tiene el caballo, y éste es el oscuro, ha estado muy lejos de la intención de agraviarle reteniendo al animal que sólo él puede montar y lo mira como una alhaja de un amigo recobrada del enemigo para ponerlo en sus manos en la ocasión que creyese conveniente hacerlo”.
López se extrañó por la historia de ese maldito caballo ‘‘que puedo asegurarle, compañero —la carta es a Rosas—, que doble mejores se compran a cuatro pesos donde quiera. . no puede ser el decantado caballo del general Quiroga porque éste es infame en todas sus partes”.
Sin embargo no lo devolvió. Tomás Manuel de Anchorena viendo que López no se desprendía del moro, escribió a Quiroga que desistiese de reclamarlo y no hiciera de esa cuestión minúscula un asunto que podía perturbar la marcha de la República, comprometiéndose a pagar su valor, Enfureciclo Quiroga contestó el 12 de enero: ‘‘Estoy seguro que pasarán muchos siglos de años para que salga en la República otro caballo igual, y también le protesto a usted de buena fe que no soy capaz de recibir en cambio de ese caballo el valor que contiene la República Argentina, (por eso) es que me hallo disgustado más allá de lo posible”. 
Mientras Quiroga quedaba tremendamente resentido con López. Rosas invitaba a éste a reunírsele en Rosario para ponerse de acuerdo en las emergencias del fin de la guerra. Informó a Quiroga que los dos problemas fundamentales a debatirse eran: establecer definitivamente que no se reuniría el Congreso Federativo (López había insistido) y disolver la Comisión Representativa que había empezado a convertirse en él “semillero de intrigas” como Rosas había supuesto.
Sarmiento en Facundo menciona el incidente: “Sabe (Quiroga) que López tiene en su poder su caballo moro sin mandárselo y Quiroga se enfurece con la noticia. ¡Gaucho ladrón de vacasl —exclama—, ¡caro te va a costar el montar en bueno…”

viernes, 6 de diciembre de 2019

El bronce tardío de los federales

Por Gabriel Turone
Muertos los caudillos que sostuvieron el federalismo desde 1816 y hasta 1874, sus rostros y sus proezas no fueron esculpidos ni aun en los pueblos que los vieron nacer o gestarse. Los lugares públicos y los edificios históricos tuvieron, a partir del silencio de la última montonera, el bronce de los que intentaron “civilizar” el país tomando recetas desarraigadas, extrañas y criminales. Este fenómeno se dio con mayor vigor luego de la batalla de Pavón (1861), donde los recordatorios y los homenajes se volvieron exclusivos para aquellos que pactaron con el extranjero nueve años antes, en Caseros, y para quienes el libre comercio resultaba ser la redención necesaria para dejar nuestras afirmaciones y valores autóctonos.  Leemos en una de las primeras editoriales de la publicación Todo es Historia: “La etapa de la idolatría fue iniciada en nuestra historiografía por Mitre. Después se fueron sacralizando una serie de personajes menores y discutibles. Así se fue elaborando una versión de la historia nuestra muy rígida, poco convincente y falaz en muchos casos”. Como vemos, los homenajes de dudosa reputación entreveraron con descaro el relato de la historia argentina, y con ello se ha postergado el desarrollo y la plenitud de la conciencia nacional.
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Mientras se le negaba el reconocimiento broncíneo a los federales, se gastaban inmensas sumas de dinero para homenajear a figuras –nacionales y extranjeras- que hicieron lo imposible para postergar las aspiraciones argentinas. Veamos algunos ejemplos: 
27 de Septiembre de 1869: En esta fecha, se dispuso, por disposición de la Legislatura de Buenos Aires, levantar una estatua en memoria de Valentín Alsina, ex gobernador bonaerense que en 1823 ingresó en la Logia masónica Valeper, y que para 1853 fundara la Logia Concordia.
24 de Septiembre de 1873: Bajo el gobierno del masón Domingo Faustino Sarmiento, se inauguró un monumento en honor del carbonario José Mazzini, quien había fallecido en 1872. El costo de esta estatua fue de 60.000 francos.
13 de Diciembre de 1878: La Legislatura de la provincia de Buenos Aires vota una ley que autoriza el emplazamiento de una estatua en honor a George Canning, luego de saldada la deuda que adquirió nuestro país con Inglaterra por el empréstito de la Baring Brothers en 1824.
18 de Diciembre de 1887: Inauguración de la estatua del general Juan Lavalle con su alta columna. El ex gobernador de la provincia de Buenos Aires inició, luego de mandar fusilar a Manuel Dorrego, la larga guerra civil argentina. En 1840 invadió la patria con dinero francés.
25 de Mayo de 1900: Luego de la demolición de la quinta San Benito de Palermo (residencia que fuera de Rosas), en el Parque 3 de Febrero se inauguró el monumento a Domingo F. Sarmiento. Está emplazado en el mismo sitial donde estaba el dormitorio del Restaurador de las Leyes. Era presidente el general Julio Argentino Roca.
11 de Noviembre de 1904: También bajo la presidencia de Roca, quedó en el bronce un antiguo saqueador de pueblos argentinos en tiempos de Rosas y luego ‘Emperador-Papa’ de la masonería universal: José Garibaldi. Una salva de 21 cañonazos saludó la caída de la tela que cubría el monumento.
Parece mentira que Juan Facundo Quiroga, siendo una figura trascendental de nuestra historia, recién haya tenido su primer homenaje 107 años luego de su muerte, a través de un decreto, y no antes.
Ese primer homenaje oficial fue concretado por iniciativa del gobierno de La Rioja en 1942, y no se trató de la erección de monumento alguno sino de la colocación de su retrato –y el del “Chacho” Peñaloza- en la Casa de Gobierno de aquella provincia. Parte del decreto, dice:
“Que siendo oportuno, con motivo del 107° aniversario reciente de la muerte del brigadier general don Juan Facundo Quiroga, rendir por el P. E. este primer homenaje oficial a su memoria, y a la de su digno continuador, el general don Ángel Vicente Peñaloza, asignando a sus retratos ubicación honrosa en la Casa de Gobierno;
“EL GOBERNADOR DE LA PROVINCIA DECRETA:
“Artículo 1° – En homenaje al brigadier general don Juan Facundo Quiroga y general don Ángel Vicente Peñaloza, colóquese sus retratos en el salón de recepciones.
“Artículo 2° – En el acto público de colocación, se procederá a dar lectura del presente y de los trabajos que las Instituciones y las personas adheridas hayan preparado al respecto.
“Art. 3° – Comuníquese, publíquese, etc.
“Firmado: DE LA FUENTE Gobernador
“G. KAMMERATH GORDILLO Ministro de Gobierno e Instrucción Pública”.
La Rioja y la apropiación del espacio público
El paraje de Barranca Yaco, provincia de Córdoba, donde fuera salvajemente emboscado y asesinado tampoco pareció un punto de recordación u homenaje hacia su figura. Es por eso, que debieron transcurrir 174 años de aquel suceso para que un gobierno cordobés levantara el monumento largamente esperado. Ocurrió el 15 de febrero de 2009. En el lugar también se recordó a los otros nueve compañeros que murieron junto con el caudillo riojano el 15 de febrero de 1835, colocándose idéntica cantidad de cruces. Finalmente, un busto del “Tigre de los Llanos” se alza en la zona boscosa, con su vestimenta de brigadier general y su barba federal.
Una amenaza unitaria y masónica pudo haber profanado la bóveda-monumento donde descansan los restos de Quiroga, en el cementerio de la Recoleta. Un descendiente del riojano, el doctor Eduardo Gaffarot, publicó en su obra “Civilización y Barbarie o sea Compadres y Gauchos” (1905), lo que sigue: “Ciertos compadritos civilizados por Sarmiento, llegaron a creer que la familia de Quiroga tenía que consultarlos respecto a cuál era el epitafio que más convenía escribir sobre la tumba; y las cosas llegaron a tal punto, que ha tenido que optar la familia por no poner inscripción alguna en la bóveda de su propiedad…”. Tal vez, esta afirmación nos da una idea de por qué hasta no hace tanto la bóveda del general Quiroga no tenía placas de bronce que la identifiquen como tal.
Dorrego: cara a cara con su matador
Veamos las vueltas que dieron nuestras autoridades para darle el primer bronce al coronel federal Manuel Dorrego, ex gobernador de la provincia de Buenos Aires de 1827-1828:
“Un siglo hubo de transcurrir, antes que se resolviera a perpetuar la imagen del fusilado de Navarro en el bronce. Cierto que la ley 4666 la autorizó el 4 de septiembre de 1905 y que dos años después la 5137 aprobara la entrega de los $ 10.000 necesarios para materializar el proyecto. Pero también es cierto que el proyecto anduvo veinte años más perdido por los cajones y recién en 1928, la estatua ecuestre fue inaugurada en la Plazoleta Dorrego de Defensa y Humberto 1° -previo traslado del “Canto al Trabajo” de Rogelio Irurtia-, donde se irguió hasta que en medio de una gran polémica pública movida por los descendientes de unitarios, se trasladó a su ubicación actual en Viamonte y Suipacha (Buenos Aires). Desde allí se enrostra con la facie de quien ordenó su ejecución, elevado sobre un alto pedestal en la Plaza Lavalle, como si aún no estuviera dirimido el viejo antagonismo”.
La pirámide federal de Tucumán
En 1840, Rosas designa a Manuel Oribe para que se encargue de eliminar a los elementos unitarios que habían formado la Coalición del Norte, y también para que persiga al fugitivo general Lavalle. El jefe oriental, entonces, a partir de ese año y hasta 1843 va a desarrollar su carrera militar por el noroeste argentino, obteniendo rotundas victorias en batallas decisivas que diezmaron las acciones de los unitarios y masones que por allí se ubicaban.
La provincia de Tucumán, acaso el epicentro más reconocido de Oribe durante su campaña militar en la Confederación Argentina, tras la victoria federal de Famaillá (19 de septiembre de 1841) vivió un momento de tranquilidad como hacía años no tenía. El asesinado gobernador Alejandro Heredia había sido vengado, y ahora, vuelta la calma, Tucumán era gobernada nuevamente por un federal, el general Celedonio Gutiérrez. Movido éste por un sentimiento de alborozo, el 24 de enero de 1842 resolvió mediante un decreto levantar un monumento en honor de Juan Manuel de Rosas y del general Manuel Oribe.
En el cuerpo del decreto quedaba especificado que “la grande obra de la Libertad Argentina es debida al Heroico Defensor de la Independencia Americana, Nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes, Brigadier General D. Juan Manuel de Rosas”, y que “el ejército unido de vanguardia de la Confederación Argentina ha cumplido gloriosamente la noble misión de libertar a la República de la atroz, sangrienta e insoportable tiranía de los brutales salvajes unitarios impíos enemigos de Dios y de los hombres”. Sobre Manuel Oribe decía que se “ha hecho acreedor a la eterna gratitud y bendiciones de los buenos Argentinos por sus brillantes hechos de armas”.
La construcción del monumento, que tenía forma piramidal, se emplazó en la plaza Central (hoy Independencia) de San Miguel de Tucumán. Pero no obstante el reconocimiento de los tucumanos para con sus libertadores federales, llegó el 3 de febrero de 1852, pero la pirámide no se destruyó. Pero diez años más tarde, el 9 de julio de 1862, el entonces gobernador tucumano, presbítero José María del Campo, unitario fanático, sacó el Decreto N° 381 por el cual mandaba demoler la pirámide federal, “recuerdo de oprobio cuya permanencia lastima el honor de Tucumán”, según reza con excesivo rencor. El monumento rememora “triunfos (…) manchados por crímenes horribles”, agrega el documento. Por eso, el Artículo 1° aclaraba que “el día 13 del presente mes de Julio será demolida la pirámide de la plaza de esta ciudad”, y en el siguiente artículo, decía: “En su lugar, eríjase un monumento consagrado al recuerdo de las víctimas del año 40”. Nunca más se reivindicó la campaña de Manuel Oribe por la provincia de Tucumán y alrededores.
La Expedición desconocida
El 9 de febrero de 1834 se dispuso elevar un monumento en la margen del Río Colorado, para conmemorar el Ejército Expedicionario al Desierto. Debía llevar cuatro mármoles que recordaran a las Divisiones de la derecha y del Centro, al ilustre General D. Juan Facundo Quiroga, al Brigadier D. Juan Manuel de Rosas, y la cuarta de agradecimiento del Gobierno Supremo de la Provincia, que en honor y gratitud reconocía los servicios prestados.
Debajo de la piedra fundamental debía depositarse el Diario de la Expedición y chapas de cobre con los nombres grabados de todos los Jefes y Oficiales que habían participado. Pero Rosas, tan acusado de ególatra, no quiso levantarse un monumento en vida, seguramente confiando en un agradecimiento póstumo, agradecimiento que jamás ha llegado todavía.

Bibliografía
Barros, Marcelo. “Rosas y sus Monumentos”, Revista del Instituto Juan Manuel de Rosas de Investigaciones Históricas, Buenos Aires, Agosto-Septiembre 1951.
De Paoli, Pedro y Mercado, Manuel G. “Proceso a los montoneros y Guerra del Paraguay”, Editorial Eudeba, 1973.
Diario “La Nación”, edición del 8 de marzo de 2009.
Lappas, Alcibíades. “La Masonería en la Argentina a través de sus Hombres”, Primera Edición, Octubre 1958.
Portal www.revisionistas.com.ar
Vedoya, Juan Carlos. “Estatuas y Masones”, Revista Todo es Historia, N° 123, Año XI, Agosto de 1977.
Pirámide Federal, San Miguel de Tucumán

sábado, 30 de noviembre de 2019

Tiempo y espacio en el Facundo II


Por Alberto JUlián Pérez
Para Sarmiento no había conciliación posible entre dos tiempos y dos modos de vida: la civilización tenía que destruir a la barbarie, es decir al gaucho y lo que él representaba. Podemos leer el Facundo como una profecía (y una elegía) de lo que habría de pasar en la lucha de predominio entre las distintas fuerzas sociales a la caída de Rosas, y como una obra de propaganda política en que el autor propone (en el último capítulo del libro) un programa de gobierno, que comparte con muchos de los proscriptos que  Rosas, aunque no fue escritor de ensayos doctrinarios, más allá de sus opiniones diseminadas en documentos y cartas, escribió sin embargo una gramática y un diccionario de la lengua de los indios pampas, con quienes alternó en sus estancias ganaderas. 
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Así lo indica Valentín Alsina en la nota 26 al Facundo en que hace una semblanza de Dorrego.  En La vida de Dominguito, por ejemplo, publicado en 1886, Sarmiento firma: “D. F. Sarmiento General de División”. Gálvez refiere el poco aprecio que sienten los militares durante la campaña del Ejército Grande contra Rosas ante las supuestas dotes militares que Sarmiento cree que posee. El General Urquiza lo nombra Boletinero del Ejército pero no requiere su consejo militar, lo cual ofende a Sarmiento.  Pertenecía a la Asociación de Mayo, y cuyos puntos fundamentales eran: la libre navegación de los ríos, la inmigración europea, la educación popular, el libre comercio, la sanción de una constitución nacional. Sarmiento no supo (no pudo) concebir el mundo como una unidad posible de instinto y razón, civilización y “barbarie”, yo y los otros. Para Sarmiento el Otro, el diferente, era un enemigo que amenazaba la subsistencia del yo. Y esto justificaba su guerra a muerte contra el otro, contra el “bárbaro”, defendiéndose de la presunta agresión del otro contra su yo. Para el político “gaucho” de su época, para un Estanislao López, un Quiroga, un Rosas, el sector letrado que representaba Sarmiento, que quería marginarlos de la política nacional, tenía que recordarles otra situación anterior la muy reducida participación de los criollos en la administración económica y política española durante la colonia . Debido a esto, la “sociabilidad democrática”, componente ideológico fundamental en las luchas independentistas, como nos lo indica José Luis Romero, no se había desarrollado en las ciudades, centros administrativos del poder colonial, sino en la campaña, donde los criollos se habían visto libres de la tutela directa de la corona española. Esto explicaba la desconfianza de la campaña hacia los criollos comerciantes y profesionales, que habían sido colaboradores directos o indirectos de la administración colonial y querían adjudicarse la dirección de la Revolución con prescindencia de la campaña gaucha. Para los representantes de este último sector, con intereses bien definidos, el núcleo urbano de elite reproducía la odiosa división social que había existido durante la colonia entre los que tenían acceso al poder y los cargos públicos y los que, por un problema de origen y nacimiento, no lo tenían. ¿No estaban los unitarios opositores tratando de repetir aquella dolorosa exclusión, marginando de las decisiones y el poder político a la campaña y al gaucho, representantes de un modo de vida local original y americana? Especialmente J. B. Alberdi, Vicente F. López, J. M. Gutiérrez y Bartolomé Mitre.  Sarmiento mismo reconoce en el Facundo que Rosas representaba un modo de ser y de sentir americano, y acusaba su posición “civilizadora” como extranjerizante y enemiga de la soberanía nacional. De hecho que así pareció cuando los emigrados argentinos enemigos del tirano apoyaron el bloqueo de Francia al puerto de Buenos Aires y la eventual invasión del territorio argentino.  Para Sarmiento, y los jóvenes escritores y pensadores que integraron la Generación argentina del 37: Echeverría, Mármol, V. F. López, Gutiérrez, Alberdi, la etapa del rosismo significó un itsmo histórico, tiempo muerto que ellos usaron muy bien para proyectar el país deseado, la nación que querían tener; en cambio, para Quiroga, Estanislao López y Rosas, representantes de una democracia gaucha que culminó desgraciadamente en la tiranía de este último una vez desaparecidos los anteriores de la escena política (Quiroga fue asesinado en 1835, y Estanislao López murió de muerte natural en 1838), ése fue su tiempo histórico, el momento en que las masas rurales y los sectores populares se sintieron partícipes del poder político. A eso se debió seguramente el que esas masas dieran tanto apoyo al régimen rosista, al que defendieron con denuedo, como lo reconoció Sarmiento (Facundo 311). Sarmiento, en su crítica, se sentía animado por un sentimiento de superioridad política: no reconocía la ley del Otro, la ley del gaucho, la ley de Facundo. Por eso justificó que el General Lavalle hubiera fusilado al Gobernador Dorrego (Facundo 212- 4), en una situación de abierta insurrección militar contra el poder civil legítimamente constituido, uso de la fuerza que tantas veces se repetiría en la historia argentina y en otras sociedades de América Latina situadas ante disyuntivas similares. Para Sarmiento el caudillismo no tenía legitimidad política ninguna, a pesar de haber sido los caudillos auténticos líderes populares. En cambio, un gobierno de las elites ilustradas, que marginara a los sectores populares, que él consideraba incapaces de una elección política acertada, y aún apoyara la extinción del gaucho, por lo que éste significaba, como representante de un tipo de vida bárbara, le parecían procederes perfectamente legítimos y de justo sentido moral. Justificó así mismo la intervención de poderes extranjeros en su país para destruir la tiranía de Rosas, aún cuando esto pudiera implicar un peligroso precio político a pagar a los países aliados una vez obtenido el triunfo (Facundo 347-8). La visión de mundo de Sarmiento se apoya en la necesidad de la exclusión del Otro para salvar a la patria y juega con la idea de “sacrificio”. Para él, Facundo termina siendo el caudillo sacrificado por Rosas en beneficio de su poder personal. Si se deseaba alumbrar la sociedad liberal futura, consideraba Sarmiento, era indispensable, así mismo, sacrificar la organización social vigente en las campañas pastoras. Además del gaucho, también había que sacrificar al indio, y se alegra de que las guerras civiles hubieran ya acabado con los negros, que apoyaban incondicionalmente el régimen de Rosas (334-5). Evidentemente, para Sarmiento, había tipos humanos superiores e inferiores: superiores eran su “yo” y los “doctores”, los hombres ilustrados, los europeos (con excepción de los españoles) y los norteamericanos; inferiores, los gauchos ignorantes, los hijos “naturales”, no educados, del suelo y los españoles, su civilización y cultura. El autor de Facundo nos legó una imagen singularmente dramática y violenta de su sociedad (no por nada lo publicó originalmente en la sección de “Folletín” del periódico chileno El progreso). Valentín Alsina le indicó la “exageración” de su visión de mundo (Facundo 381-2), exageración, claro, que hace a la esencia de la literatura, y es parte integral de la noticia sensacionalista periodística.  Si nuestro escritor luchó tanto por separar la civilización de la barbarie es porque íntimamente sabía que en su sociedad y en él mismo ambas estaban demasiado cerca. La conciencia que tenía de su defectuosa formación autodidacta, su sentimiento de inferioridad por su falta de títulos académicos, su sentido de la improvisación, la tiranía de su temperamento fogoso y dogmático, su manera vehemente y atropellada de escribir, nos muestran a un hombre que, comparado a aquellos intelectuales europeos que él trataba de emular y que confrontó personalmente en sus Viajes, fue irremisiblemente y por fatalidad de su destino el Otro americano. La enérgica condena sarmientina de la barbarie se une a la fascinación ante el personaje de Quiroga, el hijo de las llanuras salvajes de América, al que elevan los vientos de la historia. La misma ambigüedad siente en ocasiones frente a la sociedad casi colonial en que se crió: el rechazo de la barbarie primitiva y medieval de su región se transforma en amor cuando tiene que hablar de la etapa colonial de su familia, de su madre y sus tíos eclesiásticos. Sarmiento vivió desgarrado entre dos sociedades y dos tiempos. Su escritura, paradójicamente, fundó el presente político de la literatura argentina. Como periodista, habló a los nuevos lectores de un mundo en transición, de un hecho actual inédito y contemporáneo: el caudillismo y las guerras civiles de su patria. En el Facundo, su primer libro, encontramos al país, su geografía, su gente, el arte gauchesco, la sicología del hombre rural, el cuadro de las ideas de los hombres ilustrados, los ideales europeístas de las elites educadas argentinas. Y encontramos al escritor Sarmiento como espectador y personaje hablándole directamente al lector de su presente político, en el que participa como militante. Precisamente porque habla desde un interregno, temporal, espacial y también literario (la nueva literatura de su patria estaba en formación en esos años ), Sarmiento debe crear su propio tiempo “poético”, apropiarse de un espacio literario inédito: está explicando una situación social y humana absolutamente original y tratando de describir al Otro. Es el mundo del Otro americano el que emerge del texto: el mundo de Facundo, el caudillo bárbaro, y el discurso y la voz del argentino Sarmiento, el escritor nuevo, que está forjando su literatura. Como dice en Recuerdos de provincia: “A mi progenie, me sucedo yo.” (254). Es éste el momento en que Sarmiento da substantividad a su yo y lo sitúa en el presente político, ante un mundo aún por hacerse: ese yo y esa voz fundan una conciencia político-literaria nuestra (que se parece a nosotros). Por eso la seguimos escuchando, aún nos habla. Desgarrados hoy por muchas de las dicotomías que angustiaban a Sarmiento, todavía percibimos en la sociedad en que vivimos esa simultaneidad de atraso y de progreso que describía el sanjuanino.