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miércoles, 30 de noviembre de 2022

Rincón de López

 Por el Prof. Jbismarck

Agustina Teresa López de Osornio, hija de Clemente López de Osornio, sargento mayor de milicias, comandante de fronteras y rico hacendado en el pago de la Magdalena (provincia de Buenos Aires), dueño de la estancia “El Rincón de López”, heredada luego por su hija y donde se criaron Juan Manuel de Rosas y sus nueve hermanos vivos (los otros diez murieron).  “El Rincón de López” ha trascendido por ser una de las primeras estancias de frontera sobre el río Salado. Clemente López de Osornio fue capitán del Cuerpo de Blandengues, creado en 1752 para el cuidado de la frontera. De esta manera, adquirió tierras dentro de los campos reales que la Junta Gubernativa de Hacienda facilitaba a todo aquel que quisiera explotarlas para el abastecimiento de la ciudad de Buenos Aires. Su vida transcurrió entre su casa de la calle Santa Lucía, las guardias de la frontera y sus campos, “La Vigilancia” y “Las Víboras”, también en el pago de la Magdalena. Pronto, obtuvo autorización para fundar una nueva estancia-fuerte denominada “La del Medio” y posteriormente otra, el “Rincón del Salado”, que habría de completar así una inmensa faja de tierras en la frontera sur. Dicha faja comprendió tierras ubicadas desde el pago de la Magdalena hasta las márgenes del río Salado, alcanzando unas noventa leguas cuadradas. El trabajo en el campo prosperaba y, en 1765, Clemente López, junto con Juan Noario Fernández y Juan Blanco, solicitaron y obtuvieron del Cabildo la concesión exclusiva para proveer el abastecimiento de carnes a la ciudad de Buenos Aires. También criaba mulas, que eran enviadas a Tucumán a cambio de carretas y, con esas carretas, se transportaban a sus campos de la Magdalena las vituallas necesarias para sostener a la población allí existente. Solía llevar una manada de yeguas y dos mulas cargueras con sendos fardos de azúcar y yerba para los indios amigos. Con el paso del tiempo, logró que se le concediera la posesión de las tierras colindantes a las suyas hasta llegar al “Rincón del Salado”; de esta manera, la reducción jesuíta Nuestra Señora en el Misterio de su Concepción de los pampas quedó bajo su custodia, y se estableció que, si sus descendientes defendían esas tierras hasta cumplir los cuarenta años de posesión, pasarían a ser de su propiedad. Ese fue uno de los motivos por el cual se estableció de manera definitiva y la estancia pasó a ser conocida como “El Rincón de López”.   Esta estancia fue heredada por la hija mayor de Clemente López, Agustina, casada con León Ortiz de Rozas, quienes obtuvieron la propiedad en 1811. Allí, hicieron construir una casa de forma rectangular, con paredes anchas de barro, entre 45 cm y 60 cm, que solo permitían sostener una azotea (que fue agregada en 1900) para otear el horizonte, y tres escalones circundantes. Tenía un techo de tejas a cuatro aguas, sustentado por columnas que formaba una alta y ancha galería, rodeada de un monte de talas. Allí transcurrió gran parte de la infancia y juventud de los hermanos Ortiz de Rozas.  La estancia “El Rincón de López” se convirtió, para Juan Manuel de Rosas, en su cuna de formación de estanciero. Aprendizaje que volcará, posteriormente, en la escritura de sus “Instrucciones para la administración de estancias”, donde evidencia el profundo conocimiento que había adquirido sobre las tareas rurales. Allí, dedica un capítulo entero a la administración del campo, otro a las poblaciones y el personal, y los demás al cuidado de las especies caballar, vacuna, lanar y demás. La buena observancia de estas reglas permitiría una marcha segura y exitosa de los negocios.  
El ambiente familiar de Juan Manuel estuvo signado, según la visión de su sobrino Lucio V. Mansilla, por la presencia materna. Agustina López de Osornio, mujer de carácter altivo y autoritario, mandó a su hijo a aprender las primeras letras (leer, escribir y contar) a la escuela particular de Francisco Xavier de Argerich, una de las mejores de la época, pero no al colegio para formarse en alguna de las profesiones liberales de entonces. Luego, lo colocó en una tienda para que aprendiera el oficio, pero no duró mucho tiempo, lo cual generó un enfrentamiento con su madre, de quien seguramente había heredado su carácter. Castigado por la desobediencia, decidió escapar de su casa paterna a la de sus primos Anchorena, aunque luego le fue reconocida su vocación por el trabajo de campo. Para Carlos Ibarguren, Rosas fue un autodidacta “que no tuvo apego a las teorías.; la vida tal cual era, en su fuerza elemental y áspera, fue su gran maestra”. Mansilla nos cuenta que: “Siendo sus padres pudientes, y hacendados por añadidura, en cuanto eso implica en el Río de la Plata tener estancia [...] era candidato natural para reemplazar a sus padres en el gobierno administrativo de las propiedades rurales que poseían”. En 1811, a la edad de 18 años, y lejos de la efervescencia política de la Buenos Aires independiente, pasó, por orden de su padre, a dirigir la estancia “El Rincón”. Así lo hizo durante un tiempo, pero las desavenencias con su madre signaron su camino hacia la independencia definitiva. Años más tarde, ya en el exilio, le diría a Josefa Gómez, su amiga, lo siguiente: “Ningún capital quise recibir de mis padres [...] lo que tengo lo debo puramente al trabajo de mi industria y al crédito de mi honradez. El fruto de ese trabajo es lo que me han confiscado mis contrarios políticos. Entregué las estancias a mis padres cuando mi hermano Prudencio estuvo por su edad y conducta en estado capaz de administrarlas” Si bien la familia vivía en la ciudad y su casa era visitada por las múltiples relaciones, producto de los cruzados parentescos (Anchorena, García de Zúñiga, Arana, Aguirre, Pueyrredón, Beláustegui y otras) y del cultivo de amistades con las grandes familias de entonces (Terrero, Dorrego, Ezcurra, Costa, Pacheco, Guido, Alvear, Olaguer Feliú, Pinedo, Maza, Soler, Viamonte, Sáenz Peña, Alzaga y otras), también pasaba largas temporadas en la estancia “El Rincón”, donde hasta su misma madre, Agustina López, montaba a caballo, mandaba a parar rodeo, contaba e inspeccionaba la hacienda, ordenaba los apartes y llevaba cuenta de la administración de todo el establecimiento. Incluso, ya anciana y tullida, cuenta su nieto Lucio V. Mansilla, seguía ocupándose de todo: de la casa, de la familia, de los parientes, de las relaciones y de los intereses, compraba y vendía casas, mandaba a construir y a reedificar, descontaba dinero, hacía obras de caridad y amparaba a cuantos podía en su casa.  En las tertulias organizadas por los Rozas, se concertaron los matrimonios de casi todos sus hijos. Gregoria se casó con Felipe Ignacio Ezcurra y Arguibel (nieto de Felipe Arguibel, el albacea de la sucesión de López de Osornio) y tuvieron cuatro hijos; Andrea con Francisco Saguí (condiscípulo de Juan Manuel en la escuela de Francisco Argerich), y Juan Manuel con Encarnación Ezcurra (hermana de Felipe Ignacio). Estos tres enlaces, dice María Sáenz Quesada (2005, p. 25), tuvieron lugar entre 1813 y 1815, años más tarde se concretarían el de Prudencio con Catalina Almada, en primeras nupcias, con quien tuvo once hijos, y con Etelvina Romero, en segundas nupcias, con quien tuvo un hijo más; María Dominga (Mariquita) se casó con Tristán Ñuño Valdez y Silva, oriundo de Colonia del Sacramento, con quien tuvo tres hijos; Manuela con Henry William Bond (un médico estadounidense proveniente de Maryland que se instaló en el Río de la Plata en 1820) y tuvieron tres hijos; Mercedes con Miguel Rivera (proveniente del Alto Perú, estudió Medicina y llegó a ser cirujano mayor del ejército y profesor en la universidad), con quien tuvo cinco hijos; y Agustina con el general Lucio N. Mansilla, que era viudo y padre de tres hijos. Las excepciones fueron Gervasio y Juana de la Cruz que permanecieron solteros. Las tertulias continuaron durante el gobierno de Rosas. Así, mientras este atendía los asuntos de Estado en casa de sus suegros los Ezcurra, Encarnación y su hermana María Josefa atendían la amistad que les propiciaba Pascuala Beláustegui, esposa del jurisconsulto Felipe Arana, Estanislada Arana, hermana de este último y esposa de Nicolás Anchorena, Paulita y Jacobita Torres Agüero, hermanas de Eustaquio y Lorenzo Torres Agüero, ambos también jurisconsultos, entre tantas otras.


jueves, 13 de octubre de 2022

MISIA ENCARNACIÓN

Ricardo Geraci Del Campo Ríos
Mujer sublime, autoritaria, humilde , leal, práctica y por sobre todo una política nata. Misia Encarnación Ezcurra (*) "no inventó a Rosas" como afirma Vera Pichel quien fuera autora de una biografía de la Heroína de la Federación de la que hay cuestiones interesantes para rescatar, aunque casi toda su interpretación se basa en una mirada cuasi exótica del contexto y coyuntura de esa primera mitad del siglo XIX en un territorio (el de ese entonces) que para la historia universal poco y nada se dijo y se sabe aún.
De todas formas publicaré una parte en la segunda entrega, que nos permitirá advertir su mirada y conceptos sobre solo UN elemento que conformó a doña Encarnación y que la posa sobre sus inicios en el amorío con don Juan Manuel y la relación con doña Agustina (madre del caudillo y suegra de Encarnación) que siendo éstas dos mujeres de <<armas tomar>> con carácteres muy similares, con grandes dotes de mando y una fuerza arrolladora que solían imponer con tan solo una mirada, aún en estas coincidencias, hubo diferencias y en ese centro aparecía el hombre que regiría por más de veinte años la política continental de la América del Sur.
Una diferencia importante entre la madre de Rosas y su fiel compañera, fue que Encarnación supo atravesar su administración en el plano privado, como madre y ejecutora del esquema organizativo en el hogar de los Rosas y lograr grandes influencia en el plano público. Misia Agustina López de Osornio y Gamiz fue una dictadora en su hogar. Fue la que realmente hoy uno conoce vulgarmente como la que "llevaba los pantalones" en la casa. No porque don León Ortiz de Rozas (padre del caudillo) fuese un hombre flojo o de espíritus vagos; el alma arrolladora, metódica y de matrona indómita eran propios de doña Agustina. Contra eso, ni su marido ni su primer hijo Juan Manuel pudieron hacer nada más que "someterse" a los deseos y designios de esa mujer tan conservadora como revolucionaria.
Encarnación con menor autoritarismo, pero no menos severa en ciertos aspectos, llevó también adelante un hogar, cuando éste no contaba con la presencia del jefe. De ese plano privado, empezó a demostrar sin estudio alguno sobre las ciencias políticas ni siendo letrada ni mucho menos, una capacidad innata para pergeñar y ejecutar planes en la esfera política que le permitieron en algún modo a don Juan Manuel de Rosas llegar a su primer gobierno en 1829. Esto no se reduce al concepto de ser la "inventora del Rosas político". Encarnación estuvo al frente cuando su esposo tenía que cumplir tareas en el medio rural que tanto tiempo, dedicación y esfuerzo le demandaba. Cuando Rosas partió (luego de su primer gobierno al frente de la Primera Magistratura de la Prov de Bs As 1829-1832) hacia el desierto en busca de nuevas tierras para anexarlas al conjunto de provincias y poder formar un territorio homogéneo, pacificar las relaciones con los indios y buscar el usufructo de la tierra en función de una matriz productiva agroganadera y agropecuaria, su mujer no descuido la política que se dirimía en la tan chiquita ciudad y su gran influencia a lo largo y ancho de las Provincias Unidas. Encarnación ante la ausencia patriótica de su marido, volcó toda su capacidad natural de política y logró reunir el poder necesario para dejar en claro dentro del Partido Federal, cuales eran las intenciones políticas del modelo rosista para la administración del naciente país. Logró legitimar una idea con la fuerza y astucia necesaria teniendo en cuenta la coyuntura anarquica en la que se veía envuelta la nación. A la vuelta de su socio político, esposo, amante y leal compañero, lo "persuadio" para que tome el mando del control político de la provincia, pero Rosas era un hombre personalista, poco acostumbrado a recibir órdenes y metódico para evitar que las diferencias estropeen sus objetivos. Objetivos que eran los mismos de su mujer, pero en diferentes tiempos de ejecución. De todas formas, ambos lograron amasar un poder que lograron con mucha inteligencia desarrollar por pasos y atados a las circunstancias del momento. La construcción de ese poder fue una obra fantástica, maquiavelica y astuta de una sociedad (la familia) de trabajo, disciplina y patriotismo. El apego a lo argentino (al terruño) que tuvieron Rosas y Encarnación fue genuino y estaba contrapuesto con el advenimiento del positivismo en las Provincias Unidas del Río de la Plata. La defensa de la propiedad privada con el agregado de fomentar las buenas costumbres y los hábitos de desarrollo en sus estancias, establecimientos o dependencias hizo que toda las clases populares (indios, mulatos, negros, orilleros, gauchos) tuvieran un lugar donde poder romper con las necesidades que por siglos padecieron. Eran un sistema de tipo paternalista que tenía un elemento fundamental para poder sostener semejantes funciones. El alma social, política y hasta espiritual tenía nombre y apellido: Encarnación Ezcurra.
En esta primera parte publicaré de la rubrica de Misia Encarnación dos momentos fundamentales para advertir en sus palabras y actos, a la mujer política tanto en el plano público como en el privado.
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CONTEXTO: Rosas en plena Campaña del Desierto recibe de su mujer y socia, una carta donde lo previene de lo que sucede en Buenos Aires dentro del Partido Federal aún después de la caída de Balcarce debido al movimiento más extraordinario de esta mujer intempestiva pero sumamente inteligente, que fue la Revolución de los Restauradores. Lo siguiente no refiere a una politóloga, ni a una socióloga, sino a una mujer de innata sabiduría para lo que significa HACER POLÍTICA. Anteriormente hice referencia a "hacer política" en lo público y en lo privado. La construcción social, biológica y de territorio de aquel siglo XIX, era manifiesta en que cada familia funcionaba como un pequeño pueblo. Su administración no era sencilla, se requería de dotes de mando y una implacable autoridad para que la orquesta funcione. En el plano público, esta mujer tomó tal notoriedad tanto para apostólicos como cismaticos, etc. Tejió una red de leales y un sistema de tipo partidario con pocos recursos y mucha persuacion de las bases. Supo atacar a sus enemigos y supo también recibir con total templanza los ataques.
El 14 de mayo de 1834 escribe a su Juan Manuel:
__"Tu posición es hoy terrible: si tomás ingerencia en la política es malo, si nó sucumbe el país por las infinitas aspiraciones que hay y los poquísimos capaces de dar dirección a la nave del gobierno. Por ahora nada más te digo, sino que mires bien lo que hacés."
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El otro escrito de doña Encarnación remite a un momento bisagra en la vida de la joven pareja. Encarnación suspiraba por Juan Manuel y la falta de éste por estar abocado a la administración de las haciendas familiares y la poca visita a la ciudad que tanto desdeñaba, hacían la vida de esta mujer, una vida estancada; en un sin sentido que se contradecía con un espíritu de conquista y lucha. Por ello le escribe a Rosas unos de esos días sobre la necesidad de casarse. El caudillo que la amaba aceptó y fue maquinando en su disciplinado pensar, la posibilidad de formar familia (tenía 18 años). Naturalmente para esa época, y más aun por el poder que su madre tenía en decisiones de ese tipo, consultaron a doña Agustina que no aceptó por inferir "ser muy jóvenes y tener tiempo". La verdad es que la celosa madre del caudillo no quería a Encarnación. La futura esposa de Rosas lo sabía y planearon juntos un plan para que ello termine por efectuarse (el casamiento). Escribieron una nota donde se suponía que Encarnación le comunicaba a Juan Manuel su embarazo. Rosas dejaría ese papel en la casa de la madre en la ciudad, en su habitación a sabiendas que al retirarse de nuevo al campo, su madre que ordenaba con prolija pulcritud todos los ambientes, entrometida hasta el tuétano, agarraría el papel y descubriría tal noticia. Ellos sabían que los iban a obligar a casarse ya que el no hacerlo con un hijo por venir, era una deshonra que ninguna de las dos familias iban a aceptar. Lo siguiente es ese párrafo donde Encarnación le hace saber a su amante aquello que deseaban que se sepa, y que idearon como un plan que sería antecedente de lo que estaba por venir:
__ "Mi Juan Manuel:
No sé como decírtelo. Pero por favor, apresurá nuestro casamiento porque estoy embarazada. Te quiero mucho. Encarnación." __
• - En la segunda parte, la interpretación en la pluma de Pichel sobre situaciones que atañen a esta primera parte y que son absolutamente imperdibles.
La humilde idea es un aporte a los aspectos psicosociales de la formación tanto de Risas como de Misia Encarnación. Esa construcción que luego se haría carne en aspectos de nuestra historia política y militar, como lo fue entre otras "La Batalla de la Vuelta de Obligado" pronto a su recordatorio.
Fuente de las dos notas:
/ Vera Pichel
Encarnación Ezcurra
(La mujer que inventó a Rosas)
(*) Tratamiento de cortesía o respeto equivalente a mi señora que se emplea en el habla popular de numerosas regiones y que antecede al nombre de la mujer a la que se refiere.

viernes, 7 de enero de 2022

Los Padres del Restaurador

Por Ricardo Geraci Del Campo Ríos


Un 12 de diciembre de 1845 partía hacia latitudes celestiales doña Agustina López de Osornio, madre de J. M de Rosas. En este caso y como hechos anécdoticos, repasaré algunos elementos de la vida cotidiana del matrimonio que dará al país a uno de los hombres más determinantes de la historia. Aclarar la fuente en este caso me parece importante debido a que el sobrino de Rosas, Lucio V. Mansilla, hijo de Agustina Rozas y Mansilla y el gran general patriota Lucio N Mansilla fue en definitiva un hombre más de la <<Generación del 80>> que hacia 1898 escribe un ensayo histórico-psicológico sobre su tio Juan Manuel con un tipo de narrativa coloquial, breve y plagada de interpretaciones de tinte psicológico , absolutamente exageradas y errantes. Tuvo de hecho critícas por esta osada forma de escribir de los intelectuales de su tiempo. Como hombre de esa generación de rosistas arrepentidos o liberales conspicuos, Lucio fue polifacético: militar, gobernador, escritor, Presidente de la Cámara de Diputados, orador, etc. Aún asi fue un hombre inflado por su propio ego y era un dandy de modos un tanto teatrales.
Su conocimiento de la familia a la cual pertenecía no se sirvieron tanto de sus propias experiencias sino del relato de familiares y supo conocer algunas cuestiones del andar cotidiano de los padres de su madre, es decir sus abuelos ( Don León Ortiz de Rozas y Doña Agustina López de Osornio ) y hacer una breve semblanza de lo que allí en Rincón de López acontecía.
Su madre le habrá contado- como aquellas historias que se le cuentan a los niños- muchisímas anécdotas y cuestiones que le dieron a Lucio una idea que después definitivamente deforma con sus elocuentes interpretaciones psicológicas. De todos modos, aquello que cuenta en su obra sobre Rosas lo interpretaré bajo mi criterio, pero solo aquello en lo que puede uno percibir como descriptivamente importante, para disfrutar de una semblanza sobre los progenitores de Juan Manuel y sus hábitos cotidianos.
LOS PADRES DE J. M DE ROSAS, SU LINAJE Y HÁBITOS ALIMENTICIOS
"LA CULTURA DEL COMER ABUNDANTE" : Don León Ortiz de Rozas descendía de una familia de nobiliarios y linajes distintos al de su amada esposa Agustina. La naturaleza de estos apellidos, su composición e historia también lo serían. Doña Agustina solía referirse al linaje del esposo como plebeyo de origen y en alguna disputa por el estilo llegó a decirle: "Y tú quién eres? , un aventurero ennoblecido, por otro que tal (se refería a don Gonzalo de Córdoba, del cual fue soldado el primer Ortiz, don León había sido capitán del Rey) mientras que yo desciendo de los duques de Normandía; y, mira, Rozas, si me apuras mucho, he de probarte que soy pariente de María Santísima" ¹
En los modos orgullosos de abolengo de la madre del Restaurador, hay una diferencia importante con otros apellidos de alcurnia del país. Por ejemplo las tertulias que ofrecía doña Agustina a sus parientes o amigos ( todas familias patricias ) se desenvolvían en un ambiente de decoración austera y hábitos católicos, asistían los Pueyrredón, Necochea, Las Heras, Olavarría, Guido, Alvear, Balcarce, Saavedra, Olaguer y Feliú, los Azcuénaga y los Álzaga, pero claramente distaba el matrimonio Ortiz de Rozas y López de Osornio de aquellas costumbres nuevas que las uniones de parentesco tradicionales adoptaban en relación a la comida francesa y los hábitos de consumo:
"El pan cotidiano era siempre abundante y suculento. Aunque llegaran de improviso los parientes y amigos que llegaren, siempre sobraba lo suficiente para la numerosa servidumbre de tan larga familia. No había muchos adornos en la mesa, de cuando en cuando algunas flores. Vino se tomaba poco. Los niños no lo probaron. El lujo de doña Agustina consistía en la pulcritud del mantel y limpieza de los cubiertos de plata maciza. Nada de fuentes con tapa, todo estaba a la vista; “pocos platos, pero sanos, era su divisa, y que el que quiera repita”. Así solía decir: “Déjame, hija, de comer en casa de Marica (se refería a la célebre misia María Thompson de Mandeville), que allí todo se vuelven tapas lustrosas y cuatro papas a la inglesa, siendo lo único abundante su amabilidad. La quiero mucho; pero más quiero el estómago de Rozas". ²
RELACIÓN DEL MATRIMONIO
Asi como expuse que pensaba doña Agustina sobre su posición de alcurnia superior a la de su marido, es correcto precisar que la relación entre ambos fue de mucha cordialidad y respeto. Se llevaban bien en un hogar muy austero, de modos cristianos y costumbres criollas. Según Lucio, Doña Agustina se ocupaba de su marido y lo cuidaba con esmero, pero hay que comprender que estuvo más ocupada en la crianza de sus hijos ya que por año lograba con precisa fecundidad dar a luz a un niño o niña, ( 20 hijos ). Juan Manuel de Rosas es el segundo y primer varón del matrimonio. Doña Gregoria fue la unica hermana mayor de Rosas y ambos lograron enlazarze con otra familia de abolengo de Buenos Aires; los Ezcurra.
En esta relación de familia laboriosa, numerosa y de tradiciones bien criollas, don León era el hombre tranquilo, bondadoso, paciente, aunque de vez en cuando tenía sus arranques como suele describir Lucio V Mansilla en su obra.
El padre de Rosas, vivía sano, contento, leía poco y jugaba al truco, presidiendo la mesa con solemnidad y solía en medio de la partida recitar algunos versos que él mismo inventaba:
"Tienes un grande barreno
En jugar al truquiflor;
Yo te he de bajar al talle
Y has de quedar de mirón" ³
Se puede llegar a confundir uno, en creer, como suele decirse ,en que la madre de Rosas llevaba los pantalones en la casa. No fue asi, o por lo menos, no del todo. "Atendía al marido como los de su época, ella misma le hacía el moño de los zapatos de paño negro, de lo más fino, y el nudo de la ancha blanca corbata; y después de mirarse en la reluciente pechera de la camisa brillante como un espejo, le ponía con gracia el sombrero alto de copa, y le presentaba el bastón de caña de junco con puño de oro". ⁴
El carácter dominante de dóna Agustina contrastaba con cierta pasividad de don León, de allí da claramente la sensación del poder adjudicado a la madre de Rosas en la relación. Otro factor importante, es que el aporte de la ampulosidad económica la dio absolutamente la López de Osornio , y el poder laborioso del conocimiento en el trabajo rural pasado de generación en generación, sobre todo desde Rincón de López y la fortuna del padre don Clemente López. Dicho esto es necesario aunque ello implique caer en repeticiones, que más allá de lo dicho arriba, no debe deducirse que don León Ortiz de Rozas fuera un hombre debil o adocenado como describe Lucio...su aparente docilidad eran condescendencia y amor. Agustina de cualidades sólidas era la cara más activa y altiva de la pareja; "diligente, activa, movediza, trabajadora, ordenada, económica, caritativa , y a la vez imperiosa" ⁵
Una anécdota de indiscutible autenticidad para Lucio V Mansilla, es aquella que a continuación se podrá leer.
" Una noche, viviendo en la calle de la Defensa ahora, la casa está intacta , serían así como las dos de la mañana, se sintió ruido en las azoteas. Es de advertir que don León y doña Agustina tenían aposentos separados; criando ella casi siempre, no quería que su marido fuera turbado en su sueño. Sentir el ruido, poner el oído, pensar ¡ladrones! y llamar a una huérfana que la acompañaba, diciéndole "anda y cierra la puerta de Rozas no sea que oiga y que se moleste", fue todo uno. Encarnación, que así se llamaba la muchacha, obedeció callandito. Y doña Agustina se levantó, tomó de un rincón la vara de medir (en casi todas las casas la había), y, sin más armas, subió por una escalera del fondo y puso en fuga a dos pájaros que, en efecto, parecían dispuestos a descolgarse. Sólo al día siguiente se supo lo acontecido. He ahi un rasgo caracteristico de doña Agustina, que todos los viernes hacía enganchar el coche grande, guiado por un alto cochero mulato, excelente hombre, llamado Francisco, para irse por los suburbios a distribuir limosna entre los menesterosos reales y traerse a su casa, donde había una sala hospital, alguna enferma de lo más asqueroso, que colocaba en el coche al lado mismo de una de sus hijas, la que estaba de turno, y a la cual le incumbía el cuidado de la desgraciada hasta el momento en que sanaba o el cielo disponía otra cosa" ⁶
En conclusión es un tema largo donde desde la pluma de Lucio se desprenden un sin fín de historias, algunas de las cuales pasaron por el modo exagerado del sobrino de Rosas de teatralizar todo. Quizas eventualmente desde sentido práctico que se debe tener si se quiere relatar aquello que encumbre a personajes históricos relevantes, me pregunto yo a estas alturas ¿no será que todo lo és?. En la historia una cosa siempre lleva a la otra, y eh aquí un pequeñisimo aporte de hábitos y costumbres de personajes que vivieron hace unos doscientos años atrás, como si ello no fuera relevante. Doña Agustina Lopez de Osornio a 176 años de su desaparición física, son de esos personajes importantísimos de nuestra historia que explican aunque sea desde una referencia, ¿que sucedía?, ¿como se vivía?, ¿en que se pensaba? y ¿como se actuaba? en aquellos tiempos coloniales. De este modo coloquial espero haberles hecho llegar una pequeña descripción de lo que a muchos amantes de la historia nos importa; los usos y costumbres de nuestros antepasados.
Finalmente, doña Agustina se vale por si misma en el plano del analisis histórico, dejando de lado su condición de madre de J.M de Rosas, para ganar protagonismo como ejemplo de criollismo y laboriosidad.
Bibliografía: Lucio V. Mansilla / Rozas, Ensayo Histórico- Psicológico
AZ editora.
¹ ² ³ ⁴ ⁵ ⁶ (*)
(*) Textual de la obra de Lucio V. Mansilla

jueves, 31 de enero de 2019

Juan Manuel de Rosas y el origen de la Catedral de Bahía Blanca

Por Oscar Rimondi
Nuestra Catedral cumple 185 años de su fundación, bajo la advocación de la virgen de la Merced. Este templo resguarda los restos de quienes fueron los fundadores y consolidadores de la Fortaleza Protectora Argentina. Conociendo las raíces de la herencia paterna y materna de Don Juan Manual de Rosas se podrá entender mejor el origen de algunos episodios determinantes de su trayectoria político-militar y su vínculo con esa obra.
Conociendo las raíces de la herencia paterna y materna de Don Juan Manuel de Rosas se podrá entender mejor el origen de algunos episodios determinantes de su trayectoria político-militar y su vínculo con esa obra.
Fue su bisabuelo materno, Francisco López de Osornio, Duque de Normandía, nacido en Córdoba, España. Por vocación siguió la carrera militar. Se graduó en 1689. 
 En 1697, fue alférez del Ejército de las Lanzas, y a su vez distinguido como "Alférez del Rey", distinción que lo obligaba a vivir en Palacio.
 Súbitamente fue designado para un puesto en la Colonia del Sacramento pero con asiento en el fuerte de Santa María de los Buenos Ayres.
 En Buenos Aires contrajo matrimonio con María Games de las Cuevas en la iglesia de la Merced, el 11 de Septiembre de 1701. Tuvieron ocho hijos, todos de muy honrada trayectoria.
Entre ellos, Clemente López de Osornio, nacido en Buenos Aires el 25 de Noviembre de 1720. Se casó en primeras nupcias con Martina Arroyo en el año 1757. Ella falleció en marzo de 1760, dejándole dos hijos, Catalina y Andrés.
 En 1766, Clemente se casó en segundas nupcias, siempre en la iglesia de la Merced, con María Manuela de Rubio, nieta del caballero hijodalgo José de Rubio y Muros de Soria.
 Clemente y Manuela fueron padres de Agustina López de Osornio, nacida en Buenos Aires, quien en 1790 se convirtió en la esposa de León Ortiz de Rozas y por lo tanto madre de Don Juan Manuel.
 Doña Agustina fue madre de 20 hijos, cinco murieron al nacer y otros cinco en la niñez. Era una matrona de carácter fuerte y autoritario que prácticamente ejercía la jefatura del hogar. Hasta sus últimos días, ya tullida y en cama, continuó disponiendo del destino de sus hijos y nietos, menos del de Juan Manuel que había heredado buena parte de su carácter.
 Don Clemente fue Sargento Mayor de Milicias y por sus funciones era el tercer hombre en la cadena de mando de la gobernación de Buenos Aires, también Comandante General de Campaña en el año 1765, Jefe Expedicionario a Misiones, Caudillo de los paisanos y cabeza principal del Gremio de los Hacendados, de quienes tuvo, durante muchos años, la representación con el cargo de apoderado ante las autoridades del Virreinato.
 Había heredado de su padre una gran extensión de tierras en la Ensenada del Río de la Plata. Algunas de estas tierras fueron en 1882, parte del área municipal de la nueva ciudad de La Plata.
 Formó grandes establecimientos rurales, siendo uno de los más poderosos estancieros de la Provincia de Buenos Aires.
Su estancia preferida era "Rincón del Salado", ubicada donde ese río desemboca en el golfo de Samborombón.
 En la madrugada del 13 de Diciembre de 1783 fueron sorprendidos por un ataque indígena y Don Clemente, su hijo Andrés y varios peones fueron lanceados y degollados durante la defensa de esa estancia que hoy es el histórico Rincón de López.
 Fue hacia el año 910, durante el reinado del Infante Don Pelayo, donde Ortiz, un hermano del Duque de Normandía, se destacó en la guerra contra los moros.
 A su regreso se radicó en el valle de Carriedo, arzobispado de Burgos y también en el Valle de Soba, en tierras de Castilla.
 Como en ese valle mandó a rozar el pasto y las malezas, le quedó el nombre de Rozas agregado al de Ortiz.
 En Madrid, en 1713, luego de varias generaciones, Bartolomé Ortiz de Rozas se casa con Manuela Antonia de Rodillo y Brizuela; de esa unión nacerá Domingo Ortiz de Rozas y Rodillo, que desde su niñez siguió la carrera militar, recibiendo los despachos de cadete en 1730.
 El rey de España lo designó edecán de su tío, el destacado militar Domingo Ortiz de Rozas y García Villasuso.
Este sería designado en 1742, capitán general y gobernador de Buenos Aires.
 Su gestión fue muy activa, enfrentó a los contrabandistas portugueses y logró la contención de los malones indígenas que asolaban las pequeñas guardias cercanas a Buenos Aires, mediante tratados.
 En 1746, pasó a Santiago de Chile con el mismo cargo y la misma exitosa gestión, pero su sobrino Domingo quedó en Buenos Aires, donde contrajo matrimonio con Catalina de la Cuadra, criolla de la más pura cepa, pues era nieta en sexta generación de Domingo Martínez de Irala, primer gobernador de Paraguay y Río de la Plata, surgido de una elección popular en Asunción, (1544), casado con la india guaraní, Leonor Mokirasé.  
 Del matrimonio de Domingo y Catalina nació León Ortiz de Rozas, en Buenos Aires, el 11 de Abril de 1760 y naturalmente él también siguió la carrera militar.
  En 1785, siendo teniente formó parte de la expedición de los pilotos de la Real Armada España, Juan de la Piedra y Basilio Villarino, contra los indios Tehuelches, iniciada desde la naciente Carmen de Patagones.
 La expedición fracasó y los caciques dieron muerte a Villarino y De la Piedra, en cercanías de la actual ciudad de Tornquist.
 León Ortiz de Rozas, junto a otros jóvenes oficiales, quedó prisioneros y salvó su vida, porque los caciques recordaban el buen trato que les había dispensado, su tío abuelo, el capitán general Domingo Ortiz de Rozas.
 León volvió a Buenos Aires, y desposó a Agustina López de Osornio. Fueron padres de Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas, quien por una rencilla familiar cambió su nombre por Juan Manuel de Rosas, que nació en Buenos Aires el 30 de marzo 1793.
La hazaña del Colorado y Bahía Blanca
 De regreso de su expedición al río Colorado, a mediados de Febrero de 1834, D. Juan Manuel de Rosas llegó el arroyo Napostá, donde se encontraba el grueso de su ejercito.
 Previo a otras medidas de carácter militar, ordenó el emplazamiento de la futura capilla, hoy Catedral Arzobispal de Bahía Blanca, amnistiando en tan magno acontecimiento a todos los presos del fuerte.
 También Rosas había concluido por esos días, una operación de rescate que permitió recuperar del infierno de las tolderías 707 almas entre mujeres y niños.
 Las cautivas fueron reconfortadas é identificadas, y en su gran mayoría, devueltas a sus familias.
 Pero otras permanecieron en la Fortaleza, protegidas por el comandante Martiniano Rodríguez, quien en poco tiempo, legalizó la desgraciada situación de estas mujeres, devolviéndoles la honra y la dignidad, al concertar casamientos con los militares solteros de la guarnición.
 Fue una genuina Acción de Gracias, que Juan Manuel como fiel devoto, ofrendó a N. S., La Redentora de los Cautivos Cristianos.
 Por eso, cuando aquel 23 de febrero de 1834, se rezó por primera vez el Rosario en el solar reservado para la futura capilla, quedó entronizada como Patrona de Bahía Blanca, N. S. De la Merced.
 Tanto los López de Osornio como los Ortiz de Rozas trajeron desde España, su devoción por N. S. de la Merced.
 Un sobrino de Don Juan Manuel, Alejandro Valdés Rozas que lo visitó en 1873 en su chacra de Burgess Street, a unos 10 Kms. de Southampton, recuerda el regocijado encuentro, la alegría en la indigencia, describe la cantidad de libros papeles y documentos que cubrían la larga mesa, la cálida chimenea y sobre ella la imagen de N. S. de la Merced.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Un 16 de marzo pero hace 205 años..se casaban Encarnación y Juan Manuel...

Por daniel Balmaceda
Juan Manuel de Rosas tenía 19 años y había decidido que era tiempo de formalizar su relación con Encarnación Ezcurra, de 17. Los chicos venían entusiasmados, querían comprometerse y casarse o, en forma más expeditiva, casarse directamente. Hay que tener en cuenta que en aquellos años la fiesta de compromiso era, como actividad social, más importante que el propio casamiento en la iglesia. La primera consistía en invitar a los parientes, amigos y relaciones a la casa, donde se agasajaba a la pareja. En cambio, luego de la ceremonia nupcial en la iglesia, sólo se realizaba un reunión íntima.
En este caso, los novios se topaban con la negativa de doña Agustina López de Osornio, madre del enamorado Juan Manuel. La señora alegaba que aún eran jóvenes y nada los corría como para tener que casarse a las apuradas. Esa era la respuesta para salir del paso. No era que no lo pensara, pero sobre todo consideraba que su hijo estaba apresurándose al elegir su compañera.
 
El recio carácter de la madre de Rosas era conocido, pero la candidata a nuera no se quedaba atrás. Como lo demostraría en toda su vida, Encarnación no era de las que se dejaban manejar. E ideó un plan.
Le escribió una carta a su amado, informándole que estaba embarazada y que deberían casarse, por más que él se negara. Le advertía que si él no tomaba la decisión de llevarla al altar, ella armaría un escándalo. ¿Se preocupó el joven Rosas? No, porque conocía la trama y se abocó a la parte que a él le correspondía: dejar el sobre con la carta en una mesa, muy a la vista de su madre. Sabía que ella la leería en cuanto tuviera oportunidad. Y así ocurrió. Porque madre hay una sola; pero madres curiosas, hay miles.
Luego de conocer el escandaloso contenido de la carta, Agustina López se reunió con doña Teodora de Arguibel, la madre de Encarnación, y le comentó lo que había descubierto. Misia Teodora y misia Agustina celebraron un cónclave y sin muchas vueltas arribaron a una conclusión: los jóvenes debían casarse para disimular el escándalo.
Encarnación Ezcurra y Juan Manuel de Rosas lograron su cometido: tres semanas después, el martes 16 de marzo de 1813, eran marido y mujer. Fueron padrinos del casamiento, celebrado en la Catedral de Buenos Aires, el padre del novio (don León Ortiz de Rozas) y la madre de la novia (doña Teodora). La ceremonia tuvo lugar en medio de la algarabía general debida al arribo de las banderas realistas que habían sido tomadas en el combate de Salta (20 de febrero de 1813), donde triunfaron las fuerzas patriotas comandadas por el general Manuel Belgrano, novio secreto de Josefa Ezcurra, la hermana de Encarnación.
En cuanto a las señales del supuesto embarazo, nunca aparecieron, ya que todo era una escena montada a propósito para que las suegras mordieran el anzuelo. De todas maneras, la pareja convirtió en abuelas a las señoras. Juan Bautista Pedro, el primer hijo del matrimonio Rosas-Ezcurra, nació el 30 de junio de 1814.