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sábado, 22 de septiembre de 2018

El bandolerismo en Buenos Aires


Por Raúl Fradkin
Desde la década de 1770 se puede observar en la documentación crecientes referencias al accionar de bandas de salteadores. En su mayor parte provienen de la Banda Oriental y en menor medida de otras zonas del área rioplatense y en general se referían a corambreros o changadores dedicadas al tráfico ilegal de cueros. Hacia la década de 1790 pareciera que la situación empieza a cambiar y las referencias se acrecientan en Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba y, en menor medida, en Buenos Aires. Así, en 1793, una Junta de Hacendados de Buenos Aires y Santa Fe reclamaba por la cantidad de “vagos y malhechores, salteadores y ladrones de ganado de la campaña” pero también por algunas gavillas que andaban “salteando y saqueando casas” en el norte de la campaña bonaerense (en Areco, Fontezuelas, Arrecifes, Tala y Arroyos). 
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Poco después también eran abundantes las quejas que llegaban desde Entre Ríos  donde entre 1798 y 1799 varias bandas de salteadores asolaron pueblos, pulperías y estancias robando ganados pero también mujeres en las costas entrerrianas del Paraná y del Uruguay; al parecer, la más numerosa estaba integrada por varios desertores del cuerpo de Blandengues. A su vez, entre 1800 y 1801, otra importante gavilla asaltó algunos poblados entrerrianos y extendió sus acciones también sobre el pueblo de Las Víboras en la Banda Oriental, un área donde el accionar de los salteadores parece no haber dejado de crecer desde entonces. Aunque no estamos en condiciones todavía de trazar un cuadro preciso del bandolerismo a fines período colonial en el conjunto del área rioplatense las evidencias disponibles sugieren que las gavillas de salteadores eran frecuentes, que muchas veces se reclutaban entre desertores y perseguidos de la justicia y que su patrón de actividades incluía desde el contrabando de cueros y ganados al Brasil hasta el saqueo de pulperías y poblados y que no era infrecuente el “robo” de mujeres.   A su vez, estas evidencias sugieren que las gavillas sólo ocasionalmente actuaron en territorio bonaerense. En todo caso, algo es bastante claro: hasta fines de la colonia los salteadores no eran vistos como una seria amenaza para un orden social cuyo centro estaba en la ciudad y que atendía poco (y mal) lo que sucedía en las campañas. Aquí la situación comenzó a cambiar a partir de 1810. Un puntilloso observador de la época no dejó de anotar que a principios de octubre de 1811 abundaban en la ciudad las partidas de veintenas de hombres armados que efectuaban asaltos “valiéndose del nombre de la justicia”. Así, hacia 1812 el gobierno revolucionario tomaba medidas extremas para afrontar "la escandalosa multitud de robos y asesinatos que á todas horas y diariamente se cometen en esta ciudad y extramuros, por partidas grandes de ladrones" y organizó una fuerza militar para detener a quienes tuvieran “fama de salteador” y que según su comandante “abundan en estas campañas“. En sus memorias, Pedro J. Agrelo, integrante de la comisión especial de justicia que se organizó ese año describió con claridad las dos preocupaciones centrales que ella tenía. Por un lado, la persecución de los individuos y grupos contrarios al gobierno revolucionario y sobre los cuales recayó una durísima represión en julio con decenas de condenados a muerte y centenares de deportados. Por otro, “los robos y violencias a que quería declinar insensiblemente la multitud en las clases inferiores”. En opinión de Agrelo mientras que “en tiempos tranquilos [] siempre son menos los delitos y de menos trascendencia, que en los principios de una revolución en que rotos de repente todos los vínculos de la sociedad y alterado el orden de las ocupaciones ordinarias de los ciudadanos, los pueblos se desmoralizan y cada uno se considera autorizado para tomarse mayores licencias, con el nombre de libertad […] Tal era, pues, el estado al que iba deslizándose la plebe aprovechando la contracción de todas las autoridades a los objetos preferentes de la revolución”. La situación debe haber empeorado hacia 1817 cuando el Director Supremo decidió la "suspensión al giro ordinario de las fórmulas judiciales" organizando una "comisión militar para conocer sumariamente en las causas". El reclamo de “vindicta pública” se propagó inmediatamente a la justicia y los fiscales exigían “castigar y escarmentar esta clase de delincuentes de que tanto abunda el Pays”. Era otra manifestación del giro crecientemente conservador y autoritario de una elite revolucionaria cada vez más basada en su poder militar y en un reclutamiento compulsivo efectuado en el mundo rural.   Como es sabido, la guerra de independencia dio curso a una guerra civil que adoptó la forma de una “guerra de recursos” con el saqueo de la población como práctica generalizada. En Buenos Aires, la situación se tornó crítica desde octubre de 1819 cuando las tropas de Estanislao López, gobernador de Santa Fe, unidas a las del exiliado chileno José  M. Carrera atacaron y saquearon el pueblo de Pergamino. Esta situación se generalizó tras la batalla de Cepeda en febrero de 1820.  Era una crisis sin precedentes para el grupo revolucionario que se había hecho del poder diez años antes: no sólo significó el desmonoramiento del poder central que había intentado sustituir al poder virreinal sino también una situación de casi permanente beligerancia (tanto entre Buenos Aires y Santa Fe como entre esta provincia y su antigua aliada Entre Ríos) con reiteradas incursiones militares a lo largo de todo ese año. Pero, además, abrió una fenomenal crisis política en Buenos Aires que no se apaciguó sino después del mes de octubre y que acrecentó el temor de la elite a una sublevación de la plebe urbana. En estas condiciones el accionar de las gavillas de salteadores parece haberse multiplicado en la ciudad. En la campaña los pueblos fueron asolados por las incursiones de fuerzas militares y la inquietud se propagaba entre los vecinos que se armaban para contener a las partidas de ladrones que “se habían diseminado por todos los Partidos”. Aunque la crisis política comenzó superarse en octubre de 1820, el accionar de las gavillas no se detuvo. Esta inercia sugiere que los efectos de la crisis en el plano social tendían a prolongarse por más tiempo que en el plano político e institucional. Así, en diciembre la Junta de Representantes advertía acerca de "la multiplicación de crímenes, que desgraciadamente han escandalizado al público en estos últimos tiempos y siguen escandalizándolo".  Mientras tanto, desde mediados de la década de 1810 se hacía evidente que la paz relativa que imperaba en la frontera con las sociedades indígenas pampeanas estaba llegando a su fin y que estas parcialidades indígenas se transformaban cada vez más en un actor de la política criolla. La alarma llegó al paroxismo cuando el 3 de diciembre de 1820 José M. Carrera y más de 2000 indios saquearon el pueblo de Salto.   La represalia gubernamental abrió un ciclo de extrema tensión interétnica en la frontera y en los años siguientes varios pueblos fueron atacados por contingentes indígenas.   En todo caso, la restauración del orden institucional no parece haber disciplinado al mundo rural. Por el contrario, a mediados de 1821 el periódico oficial se hacía eco del “clamor general” existente en la campaña y en agosto describía una "general insubordinación y desprecio de la autoridad de la justicia”, se quejaba porque se había extinguido “la obediencia habitual" y para fundamentarlo relataba un entredicho con un demandado quién habría contestado la intimación del oficial de justicia de modo insolente: “vaya la cámara enhoramala, que su autoridad ha caducado, porque estamos en anarquía; y lo repulsó con armas". A su vez se reclamaba que “la campaña sea purgada de centenares de malhechores que la infestan” y algunos periódicos no dejaban de advertir que "el número de ladrones en la campaña se aumenta cada vez más; porque el número de pobres sin recursos también se aumenta, como el de los haraganes y jugadores”. Los reclamos también provenían de las autoridades locales: en febrero de 1825 el Juez de Paz de Morón denunciaba como “abundantísimo el número de los malvados que perturban la tranquilidad" y quejas semejantes llegaban de casi todos los pueblos.   En la elite urbana imperaba una visión pesimista del mundo rural. Un lugar preferente en este diagnóstico lo tenían las gavillas de salteadores en la medida, consideradas como la manifestación más agresiva de una criminalidad tan extendida como tolerada. Desde su perspectiva era imperioso realizar una reforma profunda del mundo social y sus costumbres a las que se atribuían las causas de la amenaza criminal. La elite porteña propugnó la construcción de un orden institucional más sólido en la campaña en el cual los Juzgados de Paz y las Comisarías de Campaña debían tener un lugar privilegiado. Se buscaba disciplinar una población a la que se calificaba de díscola e insolente para obtener la afirmación de los derechos de propiedad. Las consecuencias fueron inmediatas. Por un lado, se operó un creciente distanciamiento entre las concepciones y valores que la elite gubernamental impulsaba y la mayor parte de la sociedad rural en la media que antiguas y arraigadas prácticas consuetudinarias iban cayendo bajo el influjo de la criminalización. Por otro, se exacerbó la persecución de la vagancia se amplió a una variedad mayor de sujetos y prácticas y terminó por ser aplicada no sólo a individuos sueltos sino también a familias.  Esta situación adquirió ribetes más dramáticos durante la presidencia de Rivadavia mientras se realizaba la guerra con Brasil y cuyo resultado inmediato fue un aumento sin precedentes de la presión enroladora del estado sobre la población rural bonaerense. Rápidamente se generalizó la deserción, aumentó el bandidaje y las quejas crecieron vertiginosamente. En octubre de 1826 el Gobierno le recomendaba al máximo Tribunal de Justicia que “las causas criminales de robos sean terminadas con la prontitud que demanda la tranquilidad y seguridad pública” dado que “los desórdenes y robos se aumentan continuamente extendiéndose así la desmoralización más funesta y poniendo en sobresalto las personas y las fortunas y en peligro la tranquilidad pública”. Todo ello en un marco de creciente disputa política donde tomó forma el enfrentamiento entre unitarios y federales.      Con la llegada al gobierno provincial de los federales liderados por Manuel Dorrego el accionar de las gavillas parece haber decrecido aunque no desapareció. Por entonces, un fiscal reclamaba un “castigo ejemplar que afirme la tranquilidad de los hacendados” y sostenía que “Si en algunos delitos es casi necesario no ser escrupulosos en las formas judiciales es en los que se conoce en los asaltos de las casas de campo pues solamente un castigo cierto y pronto puede contener a los malvados de cometerlos".   En estas condiciones, el 1º de diciembre de 1828 se produjo el golpe de estado comandado por Juan Lavalle, jefe del ejército de la Banda Oriental, y propiciado por los unitarios que depuso y fusiló al gobernador Dorrego. El resultado inmediato fue el estallido de la guerra civil en territorio bonaerense sostenida por un fenomenal alzamiento de la población rural contra los insurrectos y que sólo meses después terminará por quedar bajo el liderazgo de Juan Manuel de Rosas. Entre diciembre de 1828 y abril de 1829 en el alzamiento tuvieron intervención una amplia variedad de actores: la mayor parte de las milicias rurales de las que Rosas era el Comandante General, los peones de sus estancias, algunos contingentes del ejército regular que desobedecieron a sus mandos y en general los soldados que desertaban y se pasaban a las fuerzas federales, las llamadas “tribus amigas” con las que Rosas había establecido una estrecha alianza, milicianos santafesinos suministrados por López y una serie de bandas armadas algunas de las cuales estaban lideradas por varios “ladrones famosos”. Estas bandas tuvieron un protagonismo decisivo adoptando una estrategia que combinaba el hostigamiento a las fuerzas unitarias, el saqueo de estancias, la ocupación y asalto de los poblados rurales y hasta llegaron a cercar la ciudad e incursionar en sus arrabales. Mientras la campaña se alzaba detrás de las banderas federales las quejas por el accionar de los salteadores se multiplicaron como nunca antes. Los voceros del gobierno y su prensa adicta no dudaron en calificarlas como partidas de “anarquistas” y postularon que su acción estaba dirigida y orientada  por Rosas.     Es dudoso que sea la única explicación. Lo cierto es que después de terminada la contienda los asaltos continuaron.  Más aún, las gavillas continuaron después de la llegada de Rosas al poder en diciembre de 1829.  Así se puede registrar en las tramitaciones judiciales que devuelven una imagen mucho más dificultosa de la restauración del orden de lo que pretendía la propaganda gubernamental y ha aceptado la historiografía. El 4 de marzo de 1830 un fiscal propuso el careo entre un comisario y los acusados de un robo en gavilla para indagar los violentos procedimientos de aquel; sin embargo, el juez desestimó inmediatamente el pedido argumentando: “no estando obligado el comisionado a justificar la justicia estricta de sus procedimientos en cuanto a la prisión de los individuos contenidos en el sumario pues debe haber nacido de algún aviso, que en las presentes circunstancias de desorden de la plebe no debe despreciarse, no ha lugar a lo pedido por el agente”   Para marzo de 1831, un fiscal seguía quejándose “del número de esos malévolos que infestan nuestro territorio de modo que no hay seguridad ni en los caminos ni dentro de las murallas domésticas” y en mayo la pena de azotes a unos reos que la Cámara de Justicia dispuso que se efectuara en el pueblo de San Vicente no pudo cumplirse dada “La total escasez de salvaguardias en que se halla en el día la campaña pues en las postas ni puede proporcionarse a los chasques” según dijo el Jefe de Policía.   Como puede registrarse las impresiones de los miembros de la elite tienden a ser redundantes. Casi siempre la situación era presentada como peligrosa y los salteadores como una auténtica plaga que infestaba el cuerpo social. Por cierto que estas expresiones nos dicen más de sus temores y preocupaciones (y de su modo de percibir el mundo rural y popular y la criminalidad) que de la magnitud efectiva de las gavillas.   Se trataba de una sociedad rural profundamente mercantilizada y en la cual la capacidad efectiva de control del territorio y la población era muy reducida tanto para las autoridades como para los propietarios. No sólo contaba con fronteras jurisdiccionales difusas, permeables y en proceso de definición (como las que tenía con las provincias de Santa Fe y Entre Ríos) sino también con una vasta e insegura frontera con sociedades indígenas que no habían sido sometidas. La estructura de poder institucional no sólo era reducida y débil sino que su despliegue fue una de las tareas principales del estado durante estas décadas. Para ello el estado reclutó las autoridades locales entre los propios vecinos, de modo que ellas debían fungir a un mismo tiempo como emisarios del poder central, portavoces de las comunidades vecinales y mediadores entre ambos sin que llegaran a separarse efectivamente de la sociedad local. En tales condiciones, la persecución de los bandidos era necesariamente limitada, estaba sometida a múltiples restricciones sociales y el gobierno no podía impedir cierta tolerancia hacia los bandidos tanto por parte de estas autoridades como (y sobre todo) de los paisanos y vecinos que les brindaban abrigo o, al menos, consentimiento. Por otra parte, se estaba produciendo desde el estado una transformación del marco normativo de las relaciones sociales agrarias que tendía a remover costumbres y prácticas arraigadas y que implicaba una creciente distancia entre las nociones y los valores que pretendían imponer las elites y las que primaban en la sociedad rural. En un contexto de sistemas normativos heterogéneos (cuando no directamente contradictorios) las consideraciones sociales acerca de la ley, la justicia y el delito estaban claramente en tensión. La proliferación del bandolerismo y su aceptación social era una de las manifestaciones de estas tensiones.   Los bandoleros se reclutaron preferentemente entre peones y labradores. Las evidencias ofrecidas en cuanto a los primeros indican que el salteamiento puede ser considerado a veces como una instancia decisiva dentro una trayectoria de fricciones y disputas previas entre patrones y peones en el cual la resistencia cotidiana, opaca y oculta, se transmutaba en un enfrentamiento violento y abierto. Esa resistencia cotidiana parece haber incluido una serie de prácticas, desde el abandono del trabajo hasta el robo menudo generalmente de una prenda o el carneo de una res. Sin embargo, esta forma de delito menudo, cotidiano y reiterado, no era como en otros contextos la expresión de una disconformidad que no tenía posibilidades de expresarse a través de la rebelión o el bandolerismo. Por el contrario, en el contexto bonaerense esta forma de robo era la expresión tanto de resentimientos como de una creciente insubordinación de los peones y los criados y su transformación en bandidos era una posibilidad cierta y abierta.  La campaña bonaerse en estas décadas ofrece un ejemplo sugestivo de una sociedad rural que al mismo tiempo estaba viviendo una transformación de su estructura económica, el intento de construir una estructura de poder institucional efectiva y un proceso de movilización y politización acelerada. Pero, correr del centro del análisis las motivaciones personales de los bandidos no implica eludir sus implicancias políticas ni concluir que los propios bandidos no tuvieran nociones políticas. Ellas eran las que imperaban en su medio social tras siglos de sistema colonial y fueron transformadas por las experiencias y los discursos que dos décadas de revolución y guerra habían traído a la campaña bonaerense. En cierto sentido, los vínculos que los bandidos terminaron teniendo con la lucha política puede calificarse provisoriamente como transaccionales. Ellos suponían una serie de intervenciones que no se sustentaban en una lealtad inalterable derivados de vínculos de dependencia personal previos sino que estaban sujetos a adhesiones que debían obtenerse mediante transacciones, de un modo no demasiado distinto al que intervenían en las elecciones el común de los paisanos.

martes, 31 de mayo de 2016

¿Para que otra vez Rosas?

Por Raúl O. Fradkin y Jorge Gelman
“No sé si Rosas
fue sólo un ávido puñal como los abuelos decían;
creo que fue como tú y yo
un hecho entre los hechos
que vivió en la zozobra cotidiana
y que dirigió para exaltaciones y penas
la incertidumbre de otros.”
“Rosas”, Jorge Luis Borges,
Fervor de Buenos Aires, 1923
¿Qué más puede decirse sobre Rosas? La pregunta puede resultarle inevitable al lector más o menos informado de los avatares de la historiografía argentina que se tope con este libro. Tanto se ha escrito y discutido al respecto que no resulta sencillo ofrecerle una nueva versión. Así, si se repasan los libros más importantes dedicados a Rosas y a la época en que se convirtió en una figura central de la política rioplatense, no sólo se registrarán las apasionadas controversias que se suscitaron; también ese lector podrá advertir que ellos nos dicen hoy en día mucho más acerca del clima de ideas y las controversias políticas y culturales imperantes cuando fueron escritos que de la historia del propio Rosas e, incluso, de su época. Las imágenes de Rosas que tendrá disponibles serán tan variadas y tan disímiles que más de una le resultará irreconocible.
Cierto es que a comienzos del siglo XXI algunas de las cuestiones referidas a Rosas que tanto dividieron y desgarraron a la sociedad argentina durante mucho tiempo no concitan las mismas pasiones. No se trata de que estén saldadas y se haya producido el veredicto de la historia, tan invocado como imposible. Tampoco que exista un consenso generalizado. Simplemente que la virulencia de esas cuestiones se ha amortiguado sensiblemente, aunque nunca podrá descartarse que vuelva a recrudecer. “Disfruta del presente, que el porvenir es nuestro / Y entonces ni tus huesos la América tendrá”: la maldición lanzada por José Mármol, ferviente antirrosista, en 1843 ha perdido, por cierto, la vigencia que tuvo por tanto tiempo.1 En todo caso, fue en 1989 cuando sus restos fueron repatriados y desde entonces su nombre integra la nomenclatura de calles y avenidas de muchas ciudades del país, se han erigido estatuas en su honor, su imagen aparece en billetes de curso legal, una estación de subterráneo lleva su nombre y hasta se ha sumado un feriado nacional dedicado a recordar la batalla de la Vuelta de Obligado de 1845, evocada como un momento clave de la épica antiimperialista o anticolonial en nuestro país y postulando a Rosas como su inclaudicable defensor.
Piénsese lo que se quiera de Rosas y de las obras de aquellos que tanto énfasis pusieron en reivindicarlo como en denostarlo postreramente, pero no podrán eludirse dos reconocimientos: Rosas fue la única figura del siglo XIX argentino en torno de la cual se forjó y se desplegó una heterogénea, multiforme y cambiante manera de ver, pensar e imaginar el pasado, el llamado revisionismo histórico. Algunos de sus tópicos más emblemáticos y característicos atravesaron los ámbitos historiográficos en que se formaron para diseminarse e impregnar en buena medida ese conjunto difuso de creencias y saberes que bien podría calificarse como el sentido común que la sociedad argentina actual tiene sobre su pasado. De esta manera Rosas, tópico y símbolo, se convirtió en parte decisiva de una batalla política y cultural que signó a la Argentina del siglo XX así como el mismo Rosas había marcado la del XIX. Pero, visto retrospectivamente el desarrollo de esa batalla por el sentido común de la sociedad, no puede dejar de reconocerse que ya había sido ganada por esa corriente de pensamiento y reflexión antes que su éxito fuera consagrado por instancias oficiales del Estado.
Nos resulta imposible tratar aquí el desarrollo de esta larga controversia que sólo parcialmente fue y es historiográfica, pues su consideración ameritaría un libro tanto o más voluminoso como el que aquí se ofrece. Pero, aun así, nos parece necesario hacer algunas puntualizaciones.
Por lo pronto, no debería deducirse de lo apuntado que exista algún tipo de consenso entre los historiadores ni que la investigación sobre “Rosas y su época” se haya detenido: paradójicamente, estos años de cierta amortiguación de la controversia pública sobre Rosas han sido quizá los más fructíferos en la producción de nuevos y más precisos conocimientos sobre su época. Rosas y su época: la expresión que habría de convertirse en un lugar común fue empleada por Adolfo Saldías para subtitular su Historia de la Confederación Argentina publicada entre 1881 y 1888, un texto disonante en el clima de ideas imperante en esa coyuntura y que aún resulta de indispensable consulta, aun cuando los trazos que ofrecía de la biografía terminaban por diluirse en una documentada narrativa de su acción política y de gobierno. Pocos años después, en 1898, Ernesto Quesada ofrecía un texto con pretensiones más sociológicas que específicamente históricas o biográficas y que llevaba por título La época de Rosas. Su verdadero carácter histórico.
Estas obras se desplegaron en un contexto en el cual primaban visiones coherentemente negativas sobre Rosas y el rosismo. Éstas habían sido moldeadas esencialmente por los intelectuales de la Generación del 37, quienes al calor del combate contra su gobierno habían forjado una visión de él en la que la barbarie rural, la violencia, la arbitrariedad y el desconocimiento de toda legalidad constituían los rasgos básicos que atribuían al régimen de caudillos y, sobre todo, al más sanguinario y consistente de todos, el de Juan Manuel de Rosas. La llegada al poder de esta generación tras la batalla de Caseros y la vindicta pública del destituido gobernador convirtieron esas interpretaciones en un canon que parecía por el momento indiscutible. La difusión de obras maestras como el Facundo de Sarmiento y de novelas comoAmalia de Mármol, o un cuento como El matadero de Echeverría, constituye quizás el mejor ejemplo de una vasta obra que incluía desde notas periodísticas hasta ensayos, libros de texto para las escuelas, obras de teatro, que fueron fijando un sentido sobre el gobierno de Rosas y sobre el llamado régimen de caudillos en general. En ese marco obras como las de Saldías o Quesada parecen ofrecer un contrapunto que no haría más que crecer en las décadas siguientes.
Ahora bien, si se quiere comprender más acabadamente el clima de ideas imperante debe considerarse que, mientras desde las elites culturales y políticas se estaba construyendo una narrativa de la historia de Rosas, el recuerdo de las tensiones sociales que incubaron al rosismo y de los temores que traían consigo estaba todavía muy presente. En tal sentido conviene recordar, por ejemplo, que la difusión pública de El matadero se produjo recién a comienzos de los años 1870 y que en ese relato Rosas no era el protagonista sino que ese rol lo tenían los grupos plebeyos y su violencia. Era, se ha dicho con precisión, una narración de la violencia de la confrontación de un modo paranoico y alucinante.2 De este modo, servía para rememorar los antagonismos sociales que habían hecho posible al rosismo y la violencia que podían desplegar las clases bajas convirtiéndose en “un banco de prueba de la representación del pueblo y sus peligros”. 3 Del mismo modo, siguiendo las líneas trazadas por Mármol en Amalia, memoriosos como Vicente Quesada recordaban que durante el gobierno de Rosas a los criados “no se podía ni reconvenirles ni mirarlos con severidad; la tiranía estaba en los de abajo”,4 y otros como José A. Wilde no dejaban de recordar que las negras se habían hecho tan altaneras e insolentes que “las señoras” llegaron a temerles tanto o más que a la Mazorca. 5
Pero no era sólo una cuestión del pasado sino también del presente y del futuro. Para 1860, por ejemplo, desde las páginas de los Anales de la Educación Común se reproducía una circular de Rosas que registraba “la opinión de los pobres por la santa causa de la Federación” para abogar acerca de la necesidad perentoria “de hacer sentir las ventajas de la educación de nuestros paisanos de la campaña”, reconociendo que esa opinión de los pobres a favor de la Federación era “una amonestación a los que tienen propiedad”. 6 Según José María Ramos Mejía, en ese mismo momento “los candombes” guardaban un discreto silencio pero conservaban, sin embargo, la oculta devoción íntima por el “grande hombre”; para entonces, decía, un “rumor sordo” solía levantarse y la “negrada federal” que ya no podía hacer sus desfiles por las calles lo hacía en un antiguo sitio, “gesticulando su admiración por el amo viejo, ausente de cuerpo pero viviente dentro del espíritu fanatizado, que no lo olvidó jamás”. 7
No era para la comunidad de afroporteños un problema menor pues el estigma de la colaboración que había prestado a Rosas la signó en los años posteriores a Caseros y, en particular, a las mujeres: así, todavía para 1878 desde las páginas de uno de sus periódicos, La Juventud, se afirmaba que “a cada ultraje recibido, sus hijos, sus hijos saben exclamar eso ya pasó”. 8 Ello explica que las nuevas generaciones afroporteñas buscaran distanciarse al mismo tiempo de Rosas y de su pasado negro y africano, abandonando el candombe y también las asociaciones9.De ese modo, cuando la elite porteña volvió legítima la festividad del Carnaval a partir de 1854 para convertirla en multiétnica y multiclasista, aparecieron algunas comparsas que ya no eran los antiguos candombes sino asociaciones musicales y cuyas denominaciones demostraban claramente la pretensión de ser aceptadas e integradas al nuevo orden: “Hijos del Orden”, “Progreso del Plata” o “Negros Liberales”. 10

Otros testimonios apuntan evidencias de que la memoria de Rosas no había desaparecido a pesar de su ostracismo político. Por ejemplo, hacia 1875 el ingeniero francés Alfredo Ebelot registraba una sugestiva anécdota entre los indios fronterizos: “¡Ah, si don Juan Manuel pudiera volver!; hemos oído la expresión en los toldos. Jamás hubo un deseo más sincero”; para Ebelot la conclusión era taxativa: los indios seguían refiriéndose a Rosas con “respetuosa simpatía” y había para ello motivos valederos: era, concluía, “el tipo cumplido del justiciero”. 11
Y en un registro muy diferente, a comienzos de los años ochenta era Eduardo Gutiérrez el que afirmaba que “esta adoración a pesar del tiempo y de los acontecimientos se conserva hoy mismo en los gauchos de esa época que aún viven. Cuando agarran una tranca de no te muevas, como ellos dicen, el primer grito que se les ocurre para expresar su alegría, es el de ¡viva Rosas! No hay hombre del pueblo de aquellos tiempos, que no emplee la mejor parte de su borrachera en hacer la apología de aquel hombre. Es que Rosas había sobrepuesto a sus paisanos sobre los hombres decentes a quienes trataba con las frases más despreciativas y humillantes”. 12
Estos indicios sugieren que la figura de Rosas no había desaparecido de la escena pública aunque él ya no fuera un actor en ella. Todavía falta una investigación que devele de qué maneras la memoria de Rosas y del
rosismo perduró en las clases populares en las décadas post Caseros, pero lo dicho alcanza para apuntar que los debates historiográficos que iban surgiendo lo hacían en un ambiente social y cultural que debe de haber estado predispuesto a prestarles atención, debates que no dejaron de ocupar recurrentemente el centro de la escena desde que Saldías diera a conocer sus estudios.
No resulta casual, entonces, que para 1907 fuera el mismo Ramos Mejía quien incursionara en un análisis sociológico y psicológico de Rosas y del rosismo signado por la preocupación que ya había demostrado años antes por prestarle preferente atención al papel que jugaron las “multitudes argentinas” en la historia nacional. Su modo de plantear el tema era distinto de algunos pocos precedentes, como aquel que en 1868 había esbozado Manuel Bilbao y que había titulado tan sóloHistoria de Rosas. Era también distinto de la mirada que sobre el tema habían ofrecido otros autores que incursionaban a su propio modo en tan controvertida cuestión, como las narraciones que ofreció Lucio V. Mansilla, sobrino de Rosas, entre 1898 y 1904, combinando testimonios de primera mano, recuerdos personales y familiares y sagaces observaciones interpretativas que le permitieron presentar en 1898 su Rosas, ensayo histórico-psicológico.
Si este repaso tiene alguna utilidad, ésta reside en mostrar que en pocos años la historia o la biografía de Rosas devino tanto en intentos de escudriñar zonas oscuras e insondables del personaje como en un modo de pensarlo, por el cual resultaba tan inseparable de la sociedad en la que había imperado que terminaba por confundirse con ella. De esta manera, el siglo XX recibió un legado que habría de demostrarse perdurable y que se expresaba en esa fórmula de enunciación que se tornaría un lugar común: “Rosas y su tiempo” o “Rosas y su época”. Y ello es importante pues desde entonces fueron mucho más persistentes los intentos de conocer y entender a Rosas que aquellos que se desplegaron para conocer y entender la sociedad de su época y sus transformaciones. Por supuesto, para que se produjera este resultado tenían franca incidencia las condiciones imperantes para la producción de conocimiento histórico hasta comienzos del siglo XX. Una de esas condiciones provenía de la fragmentación y dispersión del conjunto documental necesario, aun para esbozar aunque más no fuera una trayectoria mínimamente fundamentada de su vida y acción política. De allí el peso notable que tuvieron en estas primeras aproximaciones los archivos privados de los historiadores. Así, Bilbao había intentado infructuosamente acceder al archivo personal de Rosas, lo que en cambio sí consiguió Saldías a través de su hija Manuela, y también del conjunto de documentos que le suministrara la familia de Hilario Lagos o Ramos Mejía, que pudo emplear los que le proporcionaron los descendientes de José María Roxas y Patrón. 13
Sin embargo, para entonces la biografía de Rosas les parecía completamente clara a la mayor parte de estos ensayistas. Y ello remite a la segunda condición determinante del modo en que era pensado Rosas. Estos textos a los que hemos hecho referencia no fueron los primeros en aproximarse a su biografía sino que, por el contrario, recogían tradiciones preexistentes que se habían conformado en la misma coyuntura histórica en que se produjo su acceso al gobierno de la provincia de Buenos Aires, entre 1829 y 1830, y que se habían desarrollado profusamente durante el imperio de “su época”.
Así, no se había cumplido un año de su elección como gobernador y ya desde las mismas filas oficialistas se daban a conocer relatos de índole biográfica: uno se debía a la pluma del intelectual napolitano Pedro de Angelis y tuvo por título Ensayo histórico sobre la vida del Exmo. Dr. D. Juan Manuel de Rosas; el otro fue la “poesía biográfica” que Luis Pérez dio a conocer en entregas sucesivas desde las páginas de El Gaucho. 14 Eran muy diferentes, tanto en su factura como en los públicos a los que estaban dirigidos, pero no lo eran tanto en su contenido, y en ellos ya pueden registrarse algunos de los tópicos discursivos que serán característicos del rosismo gobernante en las dos décadas siguientes. A tal punto fue así que el esbozo de De Angelis fue reeditado en 1842, año en el cual fue la misma Sala de Representantes la que dio a conocer una compilación documental precedida por un breve relato de la vida de Rosas.
Ahora bien, estos textos fueron la respuesta a las imágenes de Rosas que había producido y estaba produciendo la prensa unitaria desde 1828, especialmente desde las páginas de los periódicos El Tiempo El Pampero. Importa subrayarlo porque estas producciones ya contenían varios de los tópicos más repetidos por la historiografía posterior, como la imputación de que Rosas había forjado un poder y una autoridad ilegítimos en sus estancias apelando al sometimiento de sus peones y abrigando a malhechores, delincuentes e indios hasta convertirlos en el séquito que lo llevaría al poder. Y lo mismo sucedió con aquellos que siguieron al pie de la letra la réplica de la prensa rosista: Rosas era la única autoridad legítima en la campaña tras el derrocamiento y fusilamiento de Dorrego, y con el apoyo que ella concitaba iba a dedicarse a restaurar el orden social y político.
Este registro no sólo advierte lo advierte lo añejo de algunas interpretaciones todavía vigentes sino que también permite subrayar que las imágenes y los relatos sobre Rosas y su trayectoria poblaron una pluralidad de textos que circulaban en esa sociedad y que alcanzaban a los públicos más diversos. Conviene enfatizarlo: oficialismo rosista y oposición no recurrieron sólo a textos con pretensiones eruditas sino que también difundieron imágenes contrapuestas de Rosas tanto entre las elites letradas como entre el público popular. Vista la cuestión retrospectivamente, algo no puede ser obviado: fue durante la década de 1840 que se produjeron una serie abigarrada de textos de muy distintas características formales pero que contribuyeron a construir todo un relato de la figura de Rosas y de su trayectoria, y fueron ellos los que suministraron las bases para el desarrollo historiográfico posterior, al menos hasta la década de 1980.
Aunque en el cambio de siglo estas aproximaciones biográficas, históricas e interpretativas variaron y adquirieron momentáneamente un sesgo hacia el análisis sociológico y psicológico, tuvieron una consecuencia primordial: inscribir la cuestión Rosas dentro del conjunto más amplio y controvertido del caudillismo. Pero explicar el caudillismo a través de la figura de Rosas era una tarea plagada de dificultades, y bien lo había advertido Sarmiento cuando eligió, en cambio, tomar el ejemplo de Quiroga para desentrañar los secretos del inquietante fenómeno social, político y cultural que se desplegaba ante sus ojos. Dado que las condiciones históricas de Buenos Aires eran sustancialmente diferentes del contexto en que habían emergido otros famosos caudillos, la cuestión que pasó a estar en primer plano fue aquella que se les atribuía como rasgo común: desentrañar las razones de sus amplios apoyos entre las clases populares. De esta forma, antes de alumbrar su ensayo sobre Rosas, Ramos Mejía propuso en 1899 un nuevo modo de entender “la Tiranía”: estudiar las muchedumbres de donde ella había salido. Sin embargo, este llamado a reponer la “función de la plebe” en la historia argentina desplazando el interés que se había puesto “en la acción personal de los grandes hombres” constituyó un momento sociológico del análisis histórico que quedó trunco y no prosperó. Más influyente, en cambio, fue otro tipo de aproximación, como la ensayada por José Ingenieros, que haciendo suyas ideas ya formuladas por Sarmiento y Echeverría les daba nueva forma para buscar la clave explicativa en el predominio latifundista y de la herencia colonial y feudal que supuestamente portaba. 15
A partir de entonces, los ensayos sobre muy diversos aspectos de la trayectoria y el gobierno de Rosas se multiplicaron, pero las biografías y los estudios más completos y documentados aparecieron bastante después. Y, sin duda, fue de la mano de ese heterogéneo revisionismo histórico, que optaba por tomarlo como punto cardinal de su revisión de la historia nacional, que su momento fueron las décadas posteriores a 1930.
Justamente tres de las más influyentes biografías de Rosas se produjeron por entonces: en 1930, Carlos Ibarguren daba a conocer un auténtico clásico, Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama y su tiempo. Y a comienzos de los años cuarenta aparecían Vida de Don Juan Manuel de Rosas,de Manuel Gálvez, y Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, de Julio Irazusta, o Defensa y pérdida de nuestra independencia económica, de José María Rosa en 1943, que ofrecía una clave muy diferente para leer el rosismo destinada a adquirir enorme predicamento en los años venideros.
Desde el agrupamiento conocido como Nueva Escuela Histórica, y que reunía sobre todo a un grupo de historiadores provenientes en su mayor parte del derecho y que pasarían a controlar la Academia Nacional de la Historia y las principales cátedras e institutos de la materia en las universidades, las respuestas no se hicieron esperar demasiado. En 1945 José Luis Busaniche publicaba su Rosas visto por sus contemporáneos y Emilio Ravignani, fundador y director del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad de Buenos Aires, daba a conocerInferencias sobre Juan Manuel de Rosas y otros ensayos. En 1950 era Ricardo Levene, por entonces presidente de la Academia Nacional de la Historia, quien publicaba El proceso histórico de Lavalle a RosasHistoria de un año: de diciembre de 1828 a diciembre de 1829, y en 1954 La anarquía de 1820 y la iniciación de la vida pública de Rosas. En 1951, mientras Ernesto Celesia publicaba Rosas. Aportes para su historia, Enrique Barba presentaba su Cómo llega Rosas al poder, que en 1958 completaría con una compilación significativa: Correspondencia entre Rosas, Quiroga y López.
Que el debate sobre Rosas adquiriera notable centralidad en esas décadas se explica por demasiadas razones que no podemos tratar aquí. Pero, como ha sugerido Tulio Halperín Donghi, ello estuvo relacionado con los intentos de buscar en el pasado las claves para entender la crisis que sacudía a la sociedad argentina así como orientaciones para superarla en el futuro. 16
A su vez, la voluminosa producción sobre Rosas y el rosismo –y cada vez con más asiduidad también sobre otros caudillos– alcanzaría su plenitud entre mediados de las décadas de los cincuenta y de los setenta, incluyendo textos tan diferentes como Unitarismo, federalismo, rosismo de Enrique Barba en 1972, Rosas, nuestro contemporáneoSus años de gobierno de José María Rosa en 1970, o La llegada de Rosas al poder de Andrés Carretero en 1972. 17 La saga es imposible siquiera de reseñar en esta apretada presentación. Sin embargo, una lectura de conjunto de esa vastísima literatura no puede eludir una constatación: la enorme distancia que se producía entre la vocación por el detalle para abordar las más diferentes facetas y momentos de la acción política de Rosas frente a lo rudimentario del conocimiento producido sobre la sociedad que produjo al rosismo. Tamaña distancia no pudo ser llenada siquiera por las variopintas contribuciones que se generaban desde la izquierda del arco político y cultural a pesar de algunas sugestivas intuiciones que podían hallarse en Rosas, el pequeño de Rodolfo Puiggrós de 1953, enEl otro Rosas de Luis Franco de 1956, en El paraíso terratenienteFederales y unitarios forjan la Civilización del Cuero de Milcíades Peña de 1957, en Las masas y las lanzas de Jorge A. Ramos también de ese año o en Rosas. Bases del Nacionalismo Popular de Eduardo Astesano en 1960.
¿Dónde estaba la mayor de las novedades? No habría que buscarla tanto en la misma producción historiográfica sino más bien en su recepción y sus usos. Y, en especial, en un fenómeno político-cultural de enorme incidencia: la fusión que se estaba produciendo entre revisionismo y peronismo; esa fusión, nunca completa y siempre inestable, fue un fenómeno posterior a la caída del gobierno de Perón en 1955 pero resulta decisiva a la hora de entender el éxito social del revisionismo. 18
Había, más allá de valoraciones y asignaciones de sentido notablemente contrapuestas, una serie de nociones y presupuestos que eran compartidos y provenían de tradiciones mucho más antiguas. Aun así, puede considerarse que los años setenta expresaron la culminación de todo un ciclo de producción historiográfica. Bien lo demuestra una biografía gestada en esos años y que puede ser considerada la última gran biografía de Rosas, la que ofreció John Lynch al despuntar los años ochenta. 19 La obra de Lynch era tradicional y novedosa a la vez: tradicional, porque retomaba y hacía suyos buena parte de los postulados forjados por la tradición interpretativa post Caseros y en este sentido puede ser leída como la cima de esa tradición; novedosa, porque intentaba introducir en su análisis algunos de los temas para entonces en boga en la historiografía y las ciencias sociales latinoamericanistas. Así, de manera especial, Lynch venía a postular una asociación íntima e indisoluble entre caudillismo y clientelismo. Aunque intentaba eludir los peligros de lo que consideraba una interpretación demasiado estructural del caudillismo que impidiera apreciar las diferentes fases del fenómeno, esa asociación se sustentaba en un presupuesto: la “anarquía” y el presunto “vacío institucional” eran la clave que permitiría explicar su emergencia y preeminencia. Y, desde ella, se derivaban otras asociaciones de modo que el caudillismo de Rosas –como el de todos los demás caudillos– no podía ser entendido sino como resultado de la oposición entre fuerzas “nacionales” y locales y entre formaciones armadas regulares e irregulares y, por tanto, se postulaba una relación simbiótica entre caudillismo, clientelismo y bandolerismo a la hora de buscar una posible explicación de sus apoyos populares. Había mucho de Sarmiento en esa interpretación, pero en un aspecto se apartaba de ese legado interpretativo: si la clave para entender a Rosas y los caudillos había que buscarla en el tipo de relaciones forjadas en la estancia –tal como había hecho Sarmiento–, el caudillismo no era sino una reproducción ampliada del mismo tipo de poder omnímodo, personal, que venía a cubrir un vacío institucional; pero, aun así, ningún proyecto de construcción estatal podía prescindir de los caudillos pues ellos habrían jugado una función de garantes del orden social en tanto sus gendarmes necesarios. 20
Otras contribuciones de esa época también indican que se podía abrir un nuevo ciclo de investigaciones al respecto. Aunque sin afrontar el desafío de escribir una biografía de Rosas, Tulio Halperín Donghi contribuyó a situar de un nuevo modo su figura en el devenir histórico de la sociedad rioplatense posrevolucionaria. Entre las múltiples novedades que contenía su propuesta, tres no pueden ser soslayadas: por un lado, Halperín volvía a dar relevancia a un fenómeno social que Rosas y sus contemporáneos habían tenido muy en cuenta pero que el desarrollo historiográfico posterior había terminado por menoscabar o simplificar al extremo: el acceso de Rosas al poder había sido posible por lo que Halperín denominaba en 1972 “el alzamiento campesino de 1829, que cambia el destino de la provincia y el país; no el primero ni el último, pero sí el más intenso entre los que en la Argentina protagonizaron poblaciones rurales hartas de guerra”. Por otro lado, porque permitía asignar un significado histórico al rosismo que venía a superar una discusión tan intensa como estéril: para Halperín el rosismo había sido una solución política lentamente preparada por la crisis desatada por la revolución, la guerra y la ruptura del orden económico virreinal hasta transformarse “en la hija legítima de la revolución de 1810”. Por último, porque contenía una nueva manera de explicar la formación de la clase terrateniente porteña a la que en los años siguientes introduciría nuevas variaciones y que implicaba una nueva y más compleja mirada sobre sus relaciones con Rosas. 21
Sin embargo, el impacto de la contribución halperiniana tardó en manifestarse en nuestra historiografía. Y si hubiera que identificar su principal efecto, éste debe buscarse en las puertas que abrió para indagar con una renovada profundidad y precisión la economía y la sociedad de la que emergió Rosas y a la que gobernó, y sólo más tarde en la esfera específicamente política y cultural. Tantas han sido las novedades al respecto desde los años ochenta que puede decirse que ellas terminaron por revisar muchos de los postulados y de las explicaciones del propio Halperín, en particular en lo que hace a la sociedad y la economía rurales.
En realidad, se trata de una cuestión de más vastos alcances y que hace referencia a las formas que adoptaron los desarrollos historiográficos no sólo en la Argentina sino en casi toda Latinoamérica. De manera extremadamente simplificada y esquemática puede decirse que hasta los años sesenta los temas centrales de la historia social no eran desconocidos para la historiografía, pero tendía a considerárselos relativamente secundarios y, por tanto, no eran estudiados sistemáticamente. Algo parecido sucedía con la historia económica a pesar de importantes precedentes. El cambio de perspectivas comenzó a hacerse evidente en los años setenta y adquirió notable intensidad en nuestro país desde los ochenta, y en parte se debió a un efecto por cierto no deseado de la dictadura militar: mientras ésta clausuraba casi por completo las posibilidades de innovación historiográfica en la Argentina, la diáspora del exilio contribuyó decididamente a internacionalizar la historiografía argentina y a hacerla mucho más permeable a las innovaciones de métodos y temas que se producían en otros ámbitos. El resultado de estos cambios se advirtió primero para la historia colonial, pero a poco empezó a cambiar radicalmente el panorama de la producción de conocimientos sobre el siglo XIX.
A fuerza de ser sintéticos cabe señalar cuatro líneas de investigación que han enriquecido sustancialmente el conocimiento histórico sobre la llamada “época de Rosas”, y que han contribuido a hacer novedosa la forma en que hemos podido encarar esta nueva biografía. Desde nuestro punto de vista serían las siguientes. Primero, la renovación de la historia política que trajo consigo el decidido cuestionamiento del supuesto vacío institucional y los replanteos sobre los modos de explicar el caudillismo. Si en este terreno los trabajos de José Carlos Chiaramonte han jugado un papel decisivo, son numerosos los aportes que han contribuido a renovar sustancialmente los análisis sobre la transición del orden colonial al republicano en la región y en Iberoamérica en general.22 Segundo, la renovación de la historia económica y social y las nuevas imágenes que permitió construir de la economía y la sociedad agraria –y, por ende, de la estancia–, que vinieron a erosionar por completo aquellas que habían servido de sustento a las explicaciones del rosismo. Si la mayoría de ellas derivaban del poder del caudillo, y en especial de Rosas, del peso excluyente de la gran estancia en esa sociedad, la pérdida de centralidad del estanciero en el paisaje social y económico bonaerense obligaba a repensar un conjunto de supuestos sobre su gobierno. 23 Tercero, una renovación sustantiva de los estudios sobre las sociedades indígenas pampeanas que obligaron a revisar completamente el modo de explicar sus relaciones con Rosas. Y, por último y más recientemente, la renovación de las perspectivas sobre la historia de las clases populares y su protagonismo político. 24 Es en este contexto historiográfico que se sitúa este libro y define su principal interrogante: si la imagen de la sociedad en la que emergió y primó la figura de Rosas es hoy radicalmente diferente –cuando no en muchos aspectos abiertamente opuesta– a la que se tenía en mente cuando se construyeron la mayor parte de los relatos sobre Rosas, ¿cómo debe cambiar la explicación de su emergencia, su trayectoria y su significado?
En este sentido, lo que nos proponemos no es estrictamente una biografía y menos aún una biografía convencional. Por cierto, la biografía ocupa un lugar peculiar en el campo historiográfico pues, si bien es claro que se trata de una de las formas más antiguas del conocimiento histórico,25 también lo es que en los últimos años ha recuperado una notable vitalidad en la historiografía internacional, siendo uno de los “retornos” que la caracterizan. 26 Como se ha señalado, esta suerte de redescubrimiento de la biografía no es ajena a algunas utopías y está plagada de incertidumbres. 27 Sin embargo, se ha reconocido que a pesar de sus dificultades el enfoque biográfico ofrece algunas posibilidades sugestivas en la medida en que posibilita internarse en las opciones y estrategias de los sujetos, sus modos de movilizar los recursos disponibles o acrecentarlos y las maneras de moverse entre los quiebres y contradicciones de los sistemas normativos vigentes. 28 Las opciones que afrontaron los sujetos biografiados no eran ineluctables pero tampoco infinitas y, por tanto, sólo puede haber dos o más biografías idénticas en un plano de muy alta abstracción, aun cuando se trate de sujetos que portaran una herencia análoga y se movieran en un contexto compartido. Su mundo relacional habría sido diferente, y sobre todo porque lo habría sido su inserción en ese mundo relacional. Se trata, por tanto, de prestarles atención simultáneamente tanto a la especificidad con que cada individualidad se relacionaba con su entorno social como a los modos en que ese mundo social plasmaba esa individualidad con base en toda una gama de relaciones. 29 Pero no es el único desafío que se afronta, y la cuestión es tan intrincada que no osaremos siquiera intentar resolverla, pues ya ilustres y brillantes pensadores se han ocupado de ella. Al leerlos le queda claro al investigador los peligros que lo acechan de quedar aprisionado en lo que Pierre Bourdieu llamó la “ilusión biográfica”. Advertía muy claramente el sociólogo francés que tratar la vida como una narración coherente de una secuencia significante y orientada de acontecimientos sería someterse a una ilusión retórica forjada por toda una tradición literaria. Por eso sostenía que “tratar de comprender una vida como una serie única y suficiente en sí de acontecimientos sucesivos sin más vínculo que la asociación a un ‘sujeto’ cuya constancia no es sin duda más que la de un nombre propio es más o menos igual de absurdo que tratar de dar razón de un trayecto en el metro sin tener en cuenta la estructura de la red, es decir, la matriz de las relaciones objetivas entre las diferentes estaciones”.30
¿Hay algo más que pueda decirse sobre Rosas a comienzos del siglo XXI después de tanto que se ha escrito y discutido? Obviamente, los autores de este libro pensamos que sí, en la medida en que seamos capaces de inscribir al sujeto en su mundo relacional y en sus mutaciones, y reconstruir lo mejor que sea posible esa matriz de relaciones objetivas en la que estuvo inmerso. Rosas pudo tener aspiraciones, deseos, expectativas sobre su futuro, pero su vida histórica en sociedad no puede ser entendida como el producto de un plan prefijado o de un devenir inevitable que sólo se haría inteligible visto retrospectivamente.
Sin embargo, las advertencias no resuelven los problemas pues, como en su momento señalara ese gran historiador que fuera Marc Bloch, un hombre es menos hijo de su padre que de su época. Pero, ¿alcanza con conocer más y mejor una época para conocer a un hombre? Bloch no se engañaba, y subrayaba que “los exploradores del pasado no son hombres del todo libres” y, por eso, una parte de la historia tiene inevitablemente “el aspecto, algo exangüe, de un mundo sin individuos”.31
Rosas no fue siempre el mismo, como no lo fue la sociedad en la que vivió ni lo fue ese fenómeno social y político que denominamos rosismo. No fue sólo lo que quiso ser sino también lo que otros creyeron que era y quisieron que fuera. En ese sentido, quizás acertaba mucho su ilustre sobrino: para poder entender a Rosas y a su época “es siempre interesante seguirle la pista á una creencia popular, ya sea que perjudique o favorezca”.32 Quizá podamos entender mejor a Rosas si seguimos las misteriosas pistas de esas creencias.
Referencias:
1 José Mármol, Poesías, Buenos Aires, Imprenta Americana, 1854, pp. 107-108.
2 Ricardo Piglia, “Echeverría y el lugar de la ficción”, en La Argentina en pedazos, Montevideo, Ediciones de la Urraca, 1993, pp. 8-19.
3 Cristina Iglesia, “Mártires o libres: un dilema estético. Las víctimas de la cultura en ‘El Matadero’ de Echeverría y en sus reescrituras”, en Cristina Iglesia (comp.), Letras y divisas: ensayos sobre literatura y rosismo, Buenos Aires, Eudeba, 1998, pp. 25-35.
4 Citado en Gabriel Di Meglio, “La participación política popular en la provincia de Buenos Aires, 1820-1890”, en Raúl O. Fradkin y Gabriel Di Meglio (comps.), Hacer política. La participación política en el siglo XIX rioplatense, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2013, p. 286.
5 José Wilde, Buenos Aires desde setenta años atrás, Buenos Aires, Eudeba, 1960, Cap. XVIII.
6 Anales de la Educación Común, Vol. II, 1860, p. 465.
7 José María Ramos Mejía, Rosas y su tiempo, Buenos Aires, Emecé, 2001, p. 25.
8 Citado en Lea Geler, Andares negros, caminos blancos. Afroporteños, Estado y Nación Argentina a fines del siglo XIX, Rosario, Prohistoria/TEIAA, 2010, p. 179.
9 George Reid Andrews, Los afroargentinos de Buenos Aires, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1989, p. 227.
10 Oscar Chamosa, “Lúbolos, Tenorios y Moreiras: reforma liberal y cultura popular en el carnaval de Buenos Aires de la segunda mitad del siglo XIX”, en Hilda Sabato y Alberto Lettieri (comps.): La vida política en la Argentina. Armas, votos y voces, Buenos Aires, FCE, 2003, pp. 115-135.
11 Alfredo Ebelot, Recuerdos y relatos de la guerra de fronteras, Buenos Aires, Plus Ultra, 1968, p. 23.
12 Eduardo Gutiérrez, Historia de Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, J. C. Rovira Editor, 1932, p. 182.
13 Análisis al respecto en Pablo Buchbinder: “Vínculos privados, instituciones públicas y reglas profesionales en los orígenes de la historiografía argentina”, en Boletín Ravignani, No13, 1996, pp. 59-82; y Fabio Wasserman, Entre Clío y la Polis: conocimiento histórico y representaciones del pasado en el Río de La Plata (1830-1860), Buenos Aires, Teseo, 2008.
14 Ricardo Rodríguez Molas, Luis Pérez y la biografía de Rosas escrita en verso en 1830, Buenos Aires, Clío, 1957.
15 José María Ramos Mejía, Las multitudes argentinas, Buenos Aires, Kraft, 1952; José Ingenieros,Sociología Argentina, Buenos Aires, Lajouane, 1908.
16 Tulio Halperín Donghi: “Un cuarto de siglo en la historiografía argentina (1960-1985)”, en Desarrollo Económico, Vol. XXV, Nº100, 1986.
17 El lector interesado en estos temas hallará un útil compendio hasta los años sesenta del siglo XX en Hebe Clementi: Rosas en la historia nacional, Buenos Aires, La Pléyade, 1970.
18 Véanse Alejandro Cattaruzza, “El revisionismo: itinerario de cuatro décadas”, en Alejandro Cattaruzza y Alejandro Eujanián, Políticas de la historia. Argentina 1860-1960, Madrid/Buenos Aires, Alianza Editorial, 2003, pp. 143-182; Diana Quatrocci-Woison, Los males de la memoria. Historia y política en la Argentina, Buenos Aires, Emecé, 1995; y Michael Goebel, La Argentina partida. Nacionalismos y políticas de la historia, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2013.
19 John Lynch, Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Emecé, 1984 (cuya primera edición en inglés fue en 1981) y, Caudillos en Hispanoamérica, 1800-1850, Madrid, Mapfre, 1993.
20 John Lynch: “El gendarme necesario: el caudillo como agente del orden social 1810-1850”, en Revista de la Universidad Nacional, Vol. II, Nos8-9, 1986, pp. 18-30.
21 Tulio Halperín Donghi: De la revolución de independencia a la confederación rosista, Buenos Aires, Paidós, 1972, pp. 262-263; Revolución y guerra. Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972, p. 419. Para este último aspecto véase nuestra compilación de textos de Halperín y un análisis al respecto en Raúl Fradkin, La formación de la clase terrateniente bonaerense en el siglo XIX, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2007.
22 Citamos aquí apenas uno de los libros importantes de José Carlos Chiaramonte: Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina (1800-1846), Buenos Aires, Ariel, 1997.
23 La bibliografía sobre esta cuestión es abrumadora desde mediados de los años 1980. Remitimos a alguno de los balances bibliográficos: Raúl O. Fradkin y Jorge Gelman: “Recorridos y desafíos de una historiografía. Escalas de observación y fuentes en la historia rural rioplatense”, en Beatriz Bragoni (ed.): Microanálisis. Ensayos de historiografía argentina, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2004, pp. 31-54.
24 No hacemos aquí referencia a los textos que expresan estos cambios historiográficos, pues de ellos se dará cuenta en el desarrollo del libro.
25 Arnaldo Momigliano: Génesis y desarrollo de la biografía en Grecia, México, Fondo de Cultura Económica, 1986.
26 Jacques Le Goff: “Los retornos en la historiografía francesa actual”, en Prohistoria, Año I, Nº 1, 1997, pp. 35-44; Isabel Burdiel (ed.): “Dossier. Los retos de la biografía”, en Ayer, Nº 93, 2014, pp. 13-135.
27 Adriana Barreto de Souza y Fábio Henrique Lopes: “Entrevista com Sabina Loriga: a biografia como problema”, en História da Historiografía, Nº9, 2012, pp. 26-37.
28 Giovanni Levi: “Les Usages de la biographie”, en Annales. Économies, Sociétés, Civilisations, Vol. 44, Nº6, 1989, pp. 1325-1336.
29 “Antropología y microhistoria: conversación con Giovanni Levi”, en Manuscrits, Nº11, 1993, pp. 15-28.
30 Pierre Bourdieu, Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción, Barcelona, Anagrama, 1997, pp. 74-83.
31 Marc Bloch, Apología para la historia o el oficio del historiador, México, Fondo de Cultura Económica, 2001, pp. 82-83.
32 Lucio V. Mansilla, Rozas. Ensayo histórico-psicológico, Buenos Aires, La Cultura Argentina, 1925, p. 124.