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martes, 2 de noviembre de 2021

2 de noviembre: Día de los muertos por la Patria

 Por Carlos Pesado Palmieri *

La Patria "es un dolor que no tiene bautismo", y el amor a Dios y a la Patria no son dos sentimientos, sino uno solo, en la apretada síntesis que une el decir de dos grandes poetas argentinos: Leopoldo Marechal y Leonardo Castellani.

Dar la vida por la Patria no solo es un acto inaudito de coraje y templanza, sino, a la vez, la más alta expresión del sacrificio personal en aras de su defensa.

En la tradición religiosa del catolicismo, la conmemoración del Día de Difuntos es de antigua data: más de diez siglos en Francia, y adoptada universalmente por el papado en el siglo XVI.

En el Occidente cristiano, quienes perdieron su vida por la Patria son recordados, por ejemplo, en el Arco de Triunfo de Francia, en la Abadía de Westminster de Gran Bretaña, en el Altar de la Patria de Italia, en el Cementerio Nacional de Arlington de Estados Unidos.

En nuestro país, el Día de los Muertos por la Patria se debió a la iniciativa, en 1908, del profesor correntino Dr. José Alfredo Ferreira. Justo ha sido ese noble homenaje, rendido año tras año, desde entonces.

La Argentina era un sonoro nombre desde el siglo XVI; pero sus gestas por la libertad y la soberanía fueron, desde los inicios del siglo XIX, una constante de nuestra identidad independiente, lograda por la sangre de soldados ciudadanos que ofrendaron sus bienes y sus vidas.

Nuestros próceres, los conocidos y los anónimos, simbólicamente están presentes en las tumbas y cenotafios monumentales, como el del Soldado Desconocido de nuestra Independencia que yace junto a los restos del Libertador, erigido en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires.

En la fachada del templo, se señala la siguiente frase: Aquí descansan los restos del Capitán General D. José de San Martín y del Soldado Desconocido de la Independencia. ¡Salúdalos!.

La Argentina épica, cuya última efeméride se remonta al conflicto armado de 1982, tuvo héroes por sobre opiniones incalificables de pseudo periodistas. Héroes, la mayoría jóvenes, que fueron hombres aguerridos, no niños; porque otra es su dimensión, desde el Tambor de Tacuarí hasta el más adolescente de los soldados que allí cayeron defendiendo el suelo patrio.

En muchas ciudades de nuestro país, hay cenotafios, monumentos y placas que recuerdan a nuestros caídos en esa gesta; y, más allá de aquellos cuyos restos mortales pudieron ser reconocidos en los últimos años, se hallan, en la aún no redimida tierra malvinense, los que yacen en el cementerio militar argentino de Darwin, por defender el pabellón patrio.

En noviembre del año 2000, mediante la Ley 25.370, el día 2 de abril fue declarado Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas.

Nuestro eximio poeta Orlando Mario Punzí, oficial de nuestro Ejército, portabandera de cadete, coronel de la Nación, maestro, ingeniero militar y abogado, pudo, en versos inefables, escribir en su "Canción de los muertos por la Patria": "Llámanos Patria / Piel de jaguar colgada de los hombros de América. / No te pedimos nada / moriremos por ti de mil maneras, / fusilados de frente, / clavados en las rojas bayonetas / o atados a los bárbaros cañones / por el dios ancestral de la pelea. / (...) Por los soldados muertos / que amamanta la leche de tu tierra, /llámanos Patria: Piel de Jaguar colgada de los hombros de América".





sábado, 23 de marzo de 2019

Don Vicente D. Sierra: un paradigma de la Hispanidad

Por Carlos Pesado Palmieri
El Tata Sierra a quien le rindo vasallaje intelectual y con el que me he sentido ligado desde mi juventud a su magisterio católico, hispánico y nacionalista, en el enriquecedor y caudaloso cauce de la tradición argentina.   Me place frente a ustedes afirmar, y a en retiro efectivo del magisterio, que el más antiguo de mis alumnos, como el último de ellos, en todas mis cátedras superiores de Historia Argentina y Americana, al cabo de 54 años de docencia, ha tenido como bibliografía obligatoria al silenciado arquetipo de la Hispanidad: Don Vicente Sierra Como miembro de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina, del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, y como viejo docente de Historia en la Universidad del Salvador ,instituciones en las que se destacaron sus aportes historiográficos, enaltecido participo hoy aquí, brindándoles mis aproximaciones  a su personalidad y algunas confidencias personales sobre el querido e inolvidable maestro.  Mis palabras vienen pues a confiar en altavoz, ante amigos comprometidos con la Fe cristiana y el honor patrio, el justo reconocimiento a quien los sirviera con insobornable lealtad. 
 
Vicente Dionisio Sierra, porteño de vida y muerte, nació en esta ciudad que hoy pese a seguir siendo nuestra Capital Federal no es conocida ya  como de la “Santísima Trinidad y puerto de Santa María del Buen Ayre”, sino como Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el 9 de enero de 1893, y murió en ella, treinta y cinco años atrás, a los 89 años de edad, el 29 de julio de 1982.  Sus padres eran Vicente Sierra y Francisca Quintana, su esposa María Luisa Larotonda, su hija, María Luisa, y el domicilio último donde lo visitábamos: Billinghurst  al 1700.-  Tiempo ha dejé inconcluso un trabajo que me encomendara oportunamente la Fundación Nuestra Historia, sobre la Bibliografía de Vicente Sierra, tarea que inicié, cuando en ocasión del Quinto Centenario, le hicimos un homenaje en el muy querido Instituto de Cultura Hispánica, dirigido entonces por el Dr. Ángel Centeno. Mis manuscritos de entonces no los he hallado más, dado mi Archivo-Biblioteca anárquico y mis limitaciones temporales de siempre, pero recuerdo que abandoné aquel esfuerzo, un poco por las tareas docentes, entonces multiplicadas y por la numerosa cantidad de contribuciones que hasta  con seudónimos Sierra había efectuado como articulista, en infinidad de medios, a la vez que como conferencista y expositor en cursos y seminarios en cenáculos diversos. 

Lo recopilado ocupaba muchas carillas pero toda labor inconclusa es inútil, y está destinada desgraciadamente a perecer. En las biografías sumarias expuestas en la publicación de la Galería de Directores de la Biblioteca Nacional leemos: 1973-1976: “ VicenteD.Sierra(1893-1982), historiador y autor de una vasta historia de la Argentina, escrita desde una perspectiva católica y revisionista, fue director del Instituto de Investigaciones Históricas de la UBA durante la primera presidencia de Perón; en el transcurso de su tercer gobierno, fue designado como Director de la Biblioteca Nacional en reemplazo de Jorge Luis Borges”. En otra apostilla de autor desconocido, señalando su procedencia ideológica juvenil se destaca fuera militante socialista, autor de la mejor biografía del líder de ese partido, Juan B. Justo. Norberto Galasso, en su trabajo De la Historia Oficial al Revisionismo Rosista, le dedica a nuestro protagonista breve líneas: “Se trata de otra importante figura de aquel revisionismo. De posición marcadamente católica, Sierra rechaza la leyenda negra de la colonización española, pero, llevado de su fervor religioso, cae en el error simétrico idealizándola en el “Sentido misión al de la conquista. ”Lo califica sencillamente de historiador laborioso. Bueno, aceptémoslo ante tanta omisión desde nuestras propias filas, algo fue al menos el Tata Sierra, para el polémico publicista de orientación marxista. Pero bien se señala en el Nº204 de El historiador maldito de mayo de 2004: “que ignorado y menospreciado por la historiografía oficial, su obra constituye, sin embargo, un fenomenal aporte al estudio y la interpretación de nuestra historia”. Una digresión agrego aquí: Aquella individualizada historiografía oficial, nacida de las plumas liberales hoy merece desafectársela de ser la responsable única de dañar la verdad histórica. La Historia falsificada como bien la calificara Ernesto Palacio casi 80 años atrás, debiera tener un correlato justiciero: Se construyeron en el lapso transcurrido, tantas historias oficiales como regímenes hemos concebido. Prosigo ahora, la cita textual: “Autodidacta ejemplar inició su carrera académica como profesor en colegios secundarios del Gran Buenos Aires, privilegiando durante muchos años la tarea docente por sobre otras actividades. Luego, fue convocado para desempeñarse como director del Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y como profesor de Introducción a la Historia en la misma Facultad. Además, fue, profesor titular de la cátedra de Historia de la Ideas Políticas Argentinas en la Facultad de Ciencias Políticas de la USAL, siendo inicialmente profesor en el Colegio del Salvador. ”En el Quién es Quién en la Argentina, edición de 1968, se especifica su labor como funcionario público desde el año 1946 en que se hizo cargo de la Secretaría de Servicios Públicos, Abastecimientos y Limpieza de la Ciudad de Buenos Aires. Más tarde, fue secretario de la Comisión de Construcciones Universitarias y después Director Nacional en el Ministerio de Transporte de la Nación entre 1948 y 1957. Aportemos algunos datos biográficos más. Entre 1960 y 1966 presidió la Junta de Historia Eclesiástica. Dos palabras para ese estadio de nuestra JHEA. Del tomo 5° de enero/diciembre de 1961, de su clásica publicación: Archivum, extraigo,-no sin confesado pudor, la constitución de su Junta Directiva, y lo hago porque soy actual vocal de la misma en un segundo período y observo estos nombres: Presidente de Honor Excmo. Sr. Cardenal Antonio Caggiano, Presidente Vicente D. Sierra, Secretario R .P. Leopoldo J. Palacio, Pro Secretario Carlos Romero Sosa, Tesorero Prof. Junta de Historia Eclesiástica Argentina Boletín Digital Número 2-20176 Adolfo Ribera, Director de Publicaciones R.P. Guillermo Furlong S.J.; Vocales: Mons. José Alumni, Dr. José María Mariluz  Urquijo, R.P.Pedro Grenón, Mons. MiguelVergara, Sr.Enrique Udaondo, Pbro. Federico Compañy, Pbro. Ramón Rosa Olmos, Sr. Guillermo Gallardo. Dios mío! Que nombres de la intelectualidad católica argentina se aunaban medio siglo atrás en esta misión.  Y no leo la nómina de todos sus socios porque me empequeñecería aún más. Sierra termina el 23 de mayo de 1966, pasando a presidir la Junta Don Guillermo Gallardo, ésta crece en un número significativo de miembros activos y correspondientes en el interior del país y en el exterior aún denominados socios. Desde el número octavo de Archivum, la dirección de Publicaciones la comparte el Padre Furlong con el  aún llorado Prof. Don Enrique Mayocchi.   En la Crónica de ese año Don Guillermo Gallardo hizo un cálido elogio de sus predecesores en la presidencia: Mons. Fasolino, Tomás Solari y Vicente D. Sierra. Durante el período presidencial de Sierra, los articulistas de la Revista, siempre bajo la prolija supervisión del Padre Furlong, fueron entre otros autores: Pascual Paesa, Cayetano Bruno, Néstor Auza,  Manuel Cárdenas, Alfredo Díaz de Molina, Rubén P. González, Orestes Di Lullo, Guillermo Gallardo, Jorge María Ramallo,  Américo Tonda, Nicolás Fasolino, Ludovico García de Loydi, Pedro Santos Martínez, Emilio Breda, Guillermo Furlong, José Brunet, Raúl de Labougle y Oscar L.Ensick.   El 18 de octubre de 1973, Sierra sucedió a Jorge Luis Borges en el cargo de Director de la Biblioteca Nacional, que ejerciera hasta el 4 de marzo de 1976. Fue además miembro del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas desde sus inicios, e integró el Consejo Honorario de la Fundación Nuestra Historia. La Universidad del Salvador le otorgó el título de Dr. en Historia Honoris Causa y fallecido impuso al Aula Magna del rectorado su nombre.  Su bibliografía principal Razones de síntesis nos llevan a destacar sólo sus principales obras entre las que sobresalen : El sentido  misional de la conquista de América (1942) obra fundamental ésta que casual o causalmente cumple también 75años de existencia, firma su primera edición Don Vicente en Olivos, febrero del 42. Carlos Ibarguren hace un breve pero sustantivo  prólogo. El ejemplar que poseo es la 3ª edición y es de septiembre de 1944, en los primeros meses de ese año había aparecido la 2ª, fue una obra que conmovió entonces y se constituyó en el pilar del hispanismo lúcido de fuerte cosmovisión católica; Historia de las ideas políticas en la Argentina (1950); Así se hizo América (1952), que recibiera el Premio “Reyes Católicos”; Historia de la Argentina (en10 tomos, publicados entre 1956 y 1972), Los Reyes Católicos; En torno a las Bulas Alejandrinas de1493 (1953); La expansión de la Hispanidad en el s.XV y El hombre argentino y su historia, publicada en 1966. Merecen también ser recordados, sus trabajos sobre: Las doctrinas sociológicas de Echeverría; Los jesuitas germanos en la conquista espiritual de Hispano-américa (1944); El hombre, la sociedad y el estado en la doctrina peronista (1948, y Filiación ideológica de la Revolución de Mayo (1960).


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Este notable escritor de profunda y sincera religiosidad e historiador de fuste, hace años es sujeto de la conspiración del silencio que afecta también a las más relevantes plumas del revisionismo histórico tradicional argentino, por su raíz católica e hispánica. Ni se lo estudia, ni se lo discute. Es otro más de los “desaparecidos” intelectuales. No hay reediciones de sus obras y está ausente hasta de nuestros mismos círculos universitarios. La Argentina plural es un engaño y el pensamiento único su amo. Sabido es que esa obra fundamental de la que escribiera los 10 tomos iniciales, en un proyecto inconcluso de 12 volúmenes, fue dedicada “A mi Patria”, siendo su primera edición de julio de 1956, y la segunda que poseo, editada ocho años después en diciembre de 1964, año en que iniciara mi profesorado en Historia, en el Instituto del Obispado de Lomas de Zamora, “Pbro. Dr. Antonio Sáenz”, del que fui su director a partir de 1983 hasta2012.   En oportunidad que visitara a Don Vicente en su domicilio, siendo novel profesor con veinticincoaños, acercándole el trabajo histórico de Oscar Alende, vecino de Banfield y ex gobernador de Buenos Aires, “Marcha al Sur”, con su dedicatoria personal, llevé mi atesorado y marcado primer tomo y le pedí la suya.  El maestro, con su bonhomía proverbial, ojeó primero el ejemplar marcado en varios de sus capítulos sonriendo, y luego confirme, clara y elaborada caligrafía, en tinta azul de lapicera pluma dejó asentado: A Cárlos (con ese acento decimonónico que sigo usando), Pesado Palmieri, con el deseo que en su labor pedagógica trabaje para fortalecer la conciencia histórica de sus alumnos. Con el afecto de Vicente Sierra. Aunque bien se sabe he sido yo ajeno a todo contagio de materialismo histórico, vaya plusvalía que esas páginas encierran, para quiénes a mi muerte, no sepan qué hacer con la biblioteca que les dejo. En cambio, yo rescato en esta jornada de reminiscencias, destacada sin citaciones de su memorable Prólogo en la referida obra cumbre suya: “Los argentinos de hoy tienen un que hacer que no es el mismo del pasado; necesitan dominar su historia en función de ese que hacer con objeto de que les ilumine el futuro, para lo cual han de comprenderla con su mentalidad actual y no con la de sus compatriotas de ayer“   Hasta ayer eran vitales las fórmulas políticas; ahora lo vital es fortalecer la nacionalidad. ” “La vida es una unidad(...)No es concebible la auténtica historicidad sin la temporalidad; lo histórico necesitad el tiempo porque, como hemos dicho, viene a ser permanencia del pasado en el presente y proyección del presente en el futuro”. “Confiamos esta obra al amor del pueblo argentino por su pasado, el orgullo por su presente y a su fe en el porvenir”.  En ese primer tomo agradece en especial Sierra las colaboraciones de Luis Miracle(h), del R.P.Guillermo Furlong, del Dr. Raúl A. Molina y del Dr. Roberto H. Marfany.   

Al Tata Sierra lo había leído mucho y detenidamente antes de mis estudios sistemáticos de la disciplina.  Lo hacíamos, en reunión de amigos de la Juventud Católica Argentina a fines de la década de los ’50, lectura y discusión de los temas abordados en su monumental Historia de la Argentina.  De aquellos “convivium” en nuestra adolescencia proviene la adhesión al revisionismo histórico clásico, bien ajeno a las imposturas de mutantes ideológicos, ajenos al método y a la recta intención.  Luego asistimos a varias de sus conferencias y fuimos inicialmente presentados por un grupo de sus alumnos en el SaLvador.  Catolicismo e Hispanidad eran los núcleos fuertes vinculantes con su magisterio.  Mi primera visita a su domicilio llevándole el libro Marcha al Sur, ya la he relatado.   Recuerdo también nítidamente su conferencia en el Colegio Euskal Echea de Llavallol, cuando presentándole algunos de mis alumnos que me acompañaban a escucharlo, al querer halagarlo citándolo como un “padre de la Hispanidad”, nos contestó risueño: “No soy el padre sino el abuelo de la Hispanidad”.

Junto al Dr.MatíasSuárez,al que reemplacé en su cátedra de Historia de América en la Facultad de Historia y Letras de la USAL y fui su adjunto en igual materia en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata, pude años más tarde tratarlo más íntimamente, y ya fallecido, accedí a leer algunos de los capítulos originales del tomo XI, que Matías trabajaba y de cuya suerte final, no supe más nada, luego del  accidente en que perdiera la vida mi querido colega y amigo. Me hago un deber recordar aquí las evocaciones sensibles del maestro en pláticas con su hija María Luisa junto al Dr. Suárez y aquella Comisión de Homenaje a su figura y trayectoria, que convocara y presidiera el Ministro de Cultura y Educación. Prof. Antonio Salonia. De aquellos reconocimientos y reuniones recuerdo al menos un logro perdurable: el primer establecimiento educativo que llevó su nombre fue un Colegio de enseñanza secundaria ubicado en el Barrio San José del Partido de Lomas de Zamora.   Años después su hija donó la Biblioteca del querido maestro a la Pontificia Universidad Católica “Santa María de los Buenos Aires”, cuando aún estábamos en la sede de Bartolomé Mitre, con la Facultad de Filosofía y Letras y su Biblioteca. E importante legado lo recibió en nombre de la facultad el profesor del claustro Dr. Juan Carlos Zuretti, quien citó nuestras palabras “in memoriam”, que pronunciáramos en nombre de la Fundación Nuestra Historia, en la necrópolis de la Chacarita el 30 de junio de 1982. Fue sin duda ello, una decisión de sus descendientes. He sido profesor de ambas casas de altos estudios, pero sabido es la fuerte vinculación que Don Vicente Sierra tenía con la Universidad del Salvador, que a su fallecimiento, impuso al Aula Magna del Rectorado su nombre. Razones suficientes hubo, seguramente, para su destino final en la UCA. Es de lamentar la pobre valoración efectuada por terceros, años más tarde, del rico repositorio recibido, tanto como la omisión voluntaria de las obras de Vicente Sierra en varios de los programas analíticos pertinentes de la carrera en esta Casa, tanto como en la USAL, quizá para confirmar aquel aserto de “nadie es profeta en su tierra”.  Don Julio Irazusta fallecía en mayo, ondeando el pabellón nacional en las Islas y el Tata Sierra moría a fines de julio en medio de la impotencia y el dolor de la derrota, del escarnio y la vergüenza, precisamente en el Día de la Cultura Nacional que propiciara Julio César Gancedo en homenaje a Ricardo Rojas. Termino recordando valoraciones disímiles en nuestra crucificada Patria a la espera de su Resurrección, de la sociedad reflejada en sus medios de comunicación. La muerte de Vicente D. Sierra y la de Alcibíades Lappas, historiador de la Masonería argentina, censadas por los avisos fúnebres de La Nación, de la familia Mitre. No más de cinco para el primero, y el resto de la página para el segundo. Ciertamente no estuve en el sepelio de este último, recuerdo en cambio el medio centenar de argentinos que nos congregamos en la Chacarita donde efectuó el responso el Padre Sánchez Abelenda, pronunció palabras el Profesor Jorge M. Ramallo por la Junta de Historia Eclesiástica Argentina, recogidas en Archivum XIV, Buenos Aires, 1984, e hizo lo propio por la Fundación Nuestra Historia quien les habla, insertas en Nuestra Historia, Revista de Historia de Occidente, Nº30, de diciembre de 1982. Con ellas cierro esta corta pero sincera evocación de Don Vicente Sierra, un paradigma de la Hispanidad. Vicente D. Sierra: in Memoriam Oración fúnebre pronunciada por el miembro del Consejo Directivo de lo Fundación Nuestro Historia, Prof. Carlos Pesado Palmieri, en las exequias del Profesor Doctor Vicente D. Sierra, el 30 de julio de 1982. Venimos a despedir los restos mortales de Don Vicente Sierra en nombre de la Fundación Nuestro Historia, a cuyo Consejo Honorario perteneciera el maestro de la Hispanidad, desde los inicios de la institución El pensamiento nacional y la América católica, última posibilidad de sustantivar a Occidente, han perdido uno de sus más preclaros hombres. El maestro Sierra fue el argentino que en el campo historiográfico efectuó los aportes más lúcidos para la afirmación de la personalidad del mundo hispánico en la cultura occidental. Pensó e hizo la Patria por sobre      sus noches y derrotas, y supo enseñarnos que la Argentina forjada al través de la patria originante: España, plasmó su identidad nacional con dolorosos sacrificios. Que conoció la traición; el desarraigo y el egoísmo; que padeció a los débiles y a los tibios y que supo de odios y venganzas infecundos, y que aún signado su destino por eventuales vencedores, también supo el carácter nacional, cobijar el llanto del vencido. Cuando aún el corazón llora ausencias memorables,-noble Julio Irazusta-nos sorprende su ida para probar, aún más nuestra fortaleza.

El "tata” Sierra cavó los dentros de nuestra identidad, negada o mancillada; forjó discípulos con la grandeza del maestro, conocedor que tan sagrado ministerio requiere la colaboración del tiempo con la heroicidad. Y esa fue su nobleza. Fue un hombre de ejemplo que es de todos los apostolados, el de mayor fidelidad   evangélica y su conciencia de eternidad le permitió obrar, vocado por la unidad de destino de nuestro continente cultural, que supo desentrañar en sus esencias constitutivas. No estuvo tentado por los pecados de esta sociedad de provecho, que algunos todavía pretenden signarla como arquetípica. Fue protagonista e intérprete de la Argentina doliente, cuyos estadios históricos analizó con propiedad, seguro, como supo afirmarlo que “la Historia no es un proceso estático y que las definiciones no son posibles en las ciencias‘ empíricas como no son en las ideales". Solía repetir que“ podía definirse un triángulo, pero no la Revolución de Mayo. La Teología puede definir, la Historia no”. Nervio motor y clara inteligencia sumó su infatigable labor intelectual para el renacimiento del “sentido de una cultura que tiene la categoría de lo humano porque se fue constituyendo-en el decir de Carlos Pereyra por virtud del esfuerzo, la sangre y el espíritu de un pueblo, que tuvo a Dios por preocupación esencial y a la Gracia como el más alto de los dones”. Y lo hizo con esa sencillez ajena a todo desliz de soberbia, que se enraiza sólo en los grandes espíritus sabedores del mensaje dorsiano: “Todo pasa, pompas y vanidades, la nombradía como la oscuridad. Nada quedará de lo que ayer fue la dulzura o el dolor de nuestras horas, su fatiga o su satisfacción. Una sola cosa nos será contada y es la obra bien hecha. ”Quienes hoy nos sentimos conmovidos por su temporal alejamiento, damos fe que ha ganado la paz de su descanso eterno por su Obra Bien Hecha. Deudores de su magisterio y amistad lo despedimos, hasta que la Voluntad de Dios decida, nuestro postrer y definitivo encuentro. Posdata Requerido a entregar estas sencillas páginas el año pasado como introducción a trabajos de Don Vicente a ser nuevamente editados por la Fundación Hernandarias, y habiendo fallecido unos meses atrás nuestro querido amigo el Prof. Jorge M. Ramallo, creo justo evocar a ambos con el fragmento final de las palabras de despedida de este último al gran maestro, que se publicara como anteriormente hiciera referencia en la Revista Archivum de nuestra Junta de Historia Eclesiástica Argentina en el año 1984: “Sabemos todos los que aquí estamos y los que forman la legión de los que piensan como nosotros identificados en igual amor a Dios y a la Patria, que la pena que hoy nos embarga irá haciéndose respetuoso recuerdo, homenaje de veneración, afectuosa memoria. Recordaremos siempre a Vicente Sierra con admiración y reverencia, pero si su obra, como creemos firmemente, no ha pasado en vano, también la recordará el país, al que dedicó sus afanes con inteligencia, con patriotismo, con honrado corazón, desentrañando su origen y avizorando su destino, que quiso, como nosotros, que fuera de grandeza inmarcesible”.

viernes, 19 de octubre de 2018

LA EFEMÉRIDE DE LA SOBERANÍA NACIONAL: ¿UN EUFEMISMO?

por Carlos Pesado Palmieri (*)

En la evocación del glorioso acontecimiento en que celebramos los buenos argentinos el DÍA de la SOBERANÍA NACIONAL, en éste, el ara intelectual patrio de las justas reivindicaciones de la Verdad Histórica, que siempre vence, no me dedicaré en los quince minutos que requiero de vuestra atención, a memorar un hecho que los revisionistas clásicos tenemos sabido y asumido, sobre el Combate de Obligado en la Guerra del Paraná, conflicto bélico donde se jugó el honor y la independencia nacional. A corazón abierto honramos a todos los héroes de esa gesta en los tiempos áureos de la Confederación Argentina y de su Arquetipo por excelencia, el Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas. Quiero evitar los datos fácticos que conocemos, no referirme a esa estupidez de los liberales enemigos coetáneos del Restaurador, que minimizaron o directamente desconocieron esa epopeya, o de los necios de la misma escuela que se sorprenden ante la conmemoración solemne de una derrota, como si la afirmación de la lucha perenne por la soberanía, fuera un tema de feriado y fuegos de artificio.
 Nada menos que ellos, capaces de programar un carnaval histórico de festejos, con la infausta guerra que produjimos al Paraguay de Solano López, aquél que supo mediar ante el mismo Urquiza, para que no fuera sometida Buenos Aires después de la segunda Cepeda, en 1859, segregada por la insensatez de los unitarios como Alsina y Mitre.     No, hoy nuestra conmemoración me obliga a algunas ríspidas inquisiciones, como exordio de esta alegría que compartimos todos los presentes, con la incorporación y reconocimiento a Miembros de Número, de real prestigio en el campo de la investigación histórica y de la difusión de la historiografía comprometida con el Pensamiento Nacional.
Nuestro presente histórico se caracteriza por el supuesto erróneo de la agonía del Estado Nación, existiendo círculos áulicos de intelectualidad posmoderna, que ajenos a toda tradición, redefinen valores y desprecian el tramado entrañable de nuestro pasado histórico, que no es breve, ni simple, ni se adecua a manipulaciones ideológicas, explícitas o inconfesas.
Son todos aquellos extraños o indiferentes a la construcción épica de la nacionalidad, etapa fundacional de la Argentina independiente lograda a sangre, fuego y lágrimas en la primera mitad del siglo XIX.  Llevan ellos en su espíritu la coloración sepia de la Patria olvidada. He repetido varias veces que las Patrias no nacen por decreto, ni son clonadas ni surgen por generación espontánea. La Patria originaria venía de siglos. ARGENTINA era un nombre inmenso desde el siglo XVI. “Un monograma de sangre y fe bordado sobre el suelo”. 
Pero su nombre como Estado Nacional, nace, se afirma y se defiende contra las agresiones extranjeras de las dos potencias más grandes del mundo en tiempos de la Confederación Argentina. La historia de nuestra tierra costó torrentes de lágrimas, penas sin nombre, ríos de sangre. La Paz de nuestra Argentina épica fue bien ganada. Y una bien ganada paz es forja artífice de un pueblo, aunque padezcan los creadores de patrias de probeta, esa burda miopía propia de los indagadores de épocas aún con plenitudes bíblicas, las que no reconocen o se obstinan en desconocer.
Pero es claro que hubo una “Patria” primigenia de los “hijos de la tierra”, vivenciada hasta el paroxismo aún por aquellos no nacidos en este suelo.
Y la hay, y está viva en NOSOTROS, los que aquí la honramos con nuestra Fe, con nuestra conducta, con las familias que formamos y los hijos que concebimos, SÍ NOSOTROS, los aquí congregados que revivimos el fervoroso grito nacionalista, SOMOS LA PATRIA.
 “un temor que ha despertado...un amor en el umbral, un pimpollo terrible y un miedo que nos busca.” “La Patria, -decía Marechal-, es un peligro que florece...”
Sus riesgos, sus costos, su sacrificio y su gloria quedaron explícitos en las páginas de epopeya de nuestra historia nacional. Sí, esa Patria que como la cantara Marechal aún es en Nosotros
Porque convengamos amigos que esa PATRIA encarnada en nosotros es algo más superadora que la democracia débil de un presente, donde coexisten también otras bastardas realidades con defecciones entreguistas y claudicaciones institucionales y quiebre de afectos, lucha de intereses, corrupción evidente y juicios categóricos irreconciliables, aunque todos Nosotros seamos leales a la patria identitaria que encarnamos. 
Pero, sincerémosnos, ¿Aquella SOBERANÍA NACIONAL con tanta sangre, dolor, traiciones y llanto conseguidos, es un eufemismo en la actualidad?
¿Qué         palabra maldita es la que se reemplaza con su mención, porque a nadie le gusta reconocer como existente en la realidad que vivimos? El término justo, la herida profunda: ¡DEPENDENCIA!!!
No tengo voluntad en los pocos minutos que ocuparé vuestra atención, en lidiar con concepciones teóricas sobre la Soberanía.
De Jean Bodin a nuestros días se desarrollaron múltiples estudios e interpretaciones sobre la misma, más teniendo nosotros hombres de la magnitud intelectual de los doctores Bandieri o Frontera, por citar eruditos amigos presentes, abandono esa senda, presurosamente.
¿Qué Soberanía Nacional estamos evocando aquí históricamente? Sin duda: la POLÍTICA. Algunos de los miembros de número del Instituto dirán prestos: “La primera de las banderas que fueron lema del Justicialismo, otrora”.
Pero yo compendio tan noble concepto en algo más profundo, simple y elemental, como ese instinto primordial del hombre, de conservar su vida, y es la de estar unida a la defensa del terruño, del hogar en que se habita, con poca o mucha libertad. Soberanía territorial al fin que en dos palabras signan las encendidas gestas que en su defensa en los tiempos hispanos y en la Argentina Épica nos enfrentaron a portugueses, ingleses, franceses, brasileños, el estado tapón araucano, y a más de un trasnochado personaje del Olimpo liberal, con decididas acciones segregacionistas de la tierra heredada acorde al uti possidetis iuris. Para los gringos de corazón y de mente, que se creyeron a pie juntillas lo de los “argentinos descendimos de los barcos”, esos personajes tan atávicos como los prediluvianos indigenistas políticos, que nos consideran a todos extranjeros, y que en definitiva se han negado siempre a reconocer ambos, ser partes de un todo, descalificando ese grande nosotros que nos identifica, porque viven como todos aparte.
Todos esos personajes ignoran la ARGENTINA ÉPICA, la de la cerril defensa de su soberanía territorial que cuando previo a su génesis, en la patria original pelearon por el Rey de España como hispanoamericanos, y luego en esa Patria Nueva Originada, criollos, indios, mestizos y alguno que otro europeo asimilado, lucharon por la libertad y la emancipación.
Luchas por la Soberanía territorial de largo medio siglo antes de que la inmigración europea sumara en plenitud, su sangre y su laboriosidad a esta Grande Argentina que también tuvo su destino manifiesto, vergonzosamente abandonado.
                                      Y aquello no fue gratis. Para nada.
No se consiguió por acuerdo de cancillerías, este extenso y bendito país que Dios nos concediera, probándonos con algunos de nuestros llamémosle “Conciudadanos” jugando en contra de su destino.
Más bien cada vez que litigamos perdimos territorios.
Ya desde el tiempo de los españoles. Recuerden el Tratado de Permuta, el de San Ildefonso. Y en la Patria nueva, con excepción de Felipe Arana y la conducción de Don Juan Manuel, nuestras Relaciones Exteriores fueron de fracaso en fracaso.
Pero hubo muchas muertes, innumerables levas, pérdida de cuantiosos bienes, heroísmos anónimos múltiples para ganarnos la libertad, defendiendo en todos los siglos hispanos y en el siglo XIX, con uñas y dientes, con sangre derramada a caudales, Autonomía y Libertad.
En pocas palabras: ser dueños del lugar que nos era propio.
Cierto es que, en lo económico, en lo cultural y hasta en nuestras añejas tradiciones cada vez fuimos más dependientes de ideologías, sistemas económicos, y pautas culturales foráneas.
A lo que se sumaban los que vivían con “nostalgias de las patrias ajenas” como los calificara Pedro Goyena, y los cipayos de toda laya que nunca faltan, que nos entregaron sin arrepentimiento alguno, todo el siglo pasado y el presente a la voracidad extranjera.
 Más aún, algunos de esos promiscuos dirigentes que pulularon sin pudor, mientras nos vendían por el plato de lentejas de sus treinta monedas de oro, intentaron convencernos de una Argentina Soberana, que escribía las páginas históricas más brillantes de su historia moderna.
 Las generaciones pusilánimes y carentes de ideales jamás han sobrevivido a la indigencia moral; su memoria es oprobiosa. Quizá pertenezca quien esto dice a una de ellas, poblada por hombres con bisagras en lugar de vértebras en su espina dorsal, capaz de flexionarse tanto como se los doble.
Por asquearse de semejantes seres genuflexos algunos argentinos de bien, pegándose un tiro prefirieron romperse.
         Como afirmara Aníbal Fosbery:
“el honor justifica y hace perenne la vida de un Pueblo, aunque para sostenerlo deba éste sacrificar su comodidad, su riqueza y hasta su vida, que, además, también en el caso contrario, terminan siendo sacrificadas aunque sin sentido”
Pero compatriotas amigos míos, después de la segunda independencia   afirmada, por Don Juan Manuel de Rosas, y la extensión soberana de nuestro territorio nacional que consolidara, mal que les pese a algunos, Julio Argentino Roca, que cada cual elija los protagonistas de relieve en su sostenimiento, en los últimos ciento cuarenta años.
Han sido pocos.
Por eso es que nosotros tomamos como ancla sostén y vuelo incitador:
                             El 20 DE NOVIEMBRE DE 1845
Efeméride del Combate de la Vuelta de Obligado en la Guerra del Paraná
 Como:                    DÍA DE LA SOBERANÍA NACIONAL.
Que no aceptamos como eufemismo conformista que disfraza lisa y llanamente nuestras visibles Dependencias de la extranjería, en esta Aldea Global que nos limita y también hay que decirlo: nos oprime.
Que quizá sea válida y confortable para un numeroso grupo de habitantes censados en nuestra tierra, pero nunca para NOSOTROS
Ya que es una presencia viva, una poderosa fuerza colectiva latente en miles de Compatriotas milites en su Defensa.
Defensa de una ARGENTINIDAD alerta para mostrarle al Mundo la indomeñable voluntad forjada por el Pensamiento Nacional, y que, alentada por el ideario sanmartiniano y la ejemplaridad del Restaurador, nutre a este Pueblo, la de los hombres del Plata, que como reclamaba Lugones, poseen: “ojos mejores para ver su Patria”, sabiéndose no ser simples empanadas, que pueden ser comidas “en un abrir y cerrar de boca”
La Argentina encarnada como la llamo y vivo, se sintió espontáneamente congregada en torno a sus Bicentenarios fecunda simiente de nuestra heroica forja de la independencia nacional, que fuera reafirmada en la victoria final de la Guerra del Paraná.
Con justicia merecen tales hechos nuestro recuerdo y nuestra celebración, y merece lo hagamos en comunión, sin odios ni rencores, en defensa de un estilo de vida que debemos definitivamente recuperar para norte perenne de la nacionalidad.
Qué en nosotros, la ARGENTINA ENCARNADA tenga siempre, hálitos de eternidad. Que sea incitación permanente a la dignidad y al coraje, en medio del “revival” anarquista, el terrorismo, el FMI y el poderoso G-20, que espero solo nos visite sin dejarnos otro lastre más que los gastos que ocasione su estadía.  
Que podamos vivenciar esa ARGENTINA ENCARNADA por sobre nuestras debilidades cotidianas, su valerosa inseguridad, su probada honra, sus definiciones perdurables.
Que en verdad sintamos en nuestro corazón y en nuestros brazos el alborozado grito de la libertad prístina, concebida por una voluntad colectiva insobornable.
Y porque logremos albergar esa libertad dentro de cada uno de nosotros, en el júbilo y en el dolor, en el traspié como en los logros, en la fatiga y en el gozo, y al confundirse con nuestras propias lágrimas y alegrías, esté presente, en cada día nuevo de labor.
                                                                                                                  LAUS DEO

(*) Discurso pronunciado en el Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas el 20 de noviembre de 2018.