Por GUILLERMO FURLONG S.J.
Armando Tonelli, en su bien documentado libro sobre El General San Martín y la Masonería, trata a fondo, lo referente a la religiosidad del héroe de Maipú, y no titubea en considerarle católico y católico práctico; el doctor Horacio F. Delfino, es el autor de un substancioso artículo sobre la Religiosidad del General San Martín, aparecido en Cátedra, Buenos Aires, 23 de abril de 1943, no trepida en considerarle como católico apostólico; coincide con Tonelli y Delfino, el coronel Juan Beverina y otro tanto hemos de decir del señor J. Luis Trenti Rocamora, quien consagró al general San Martín el primero y el más interesante de los capítulos de su libro Las convicciones religiosas de los proceres argentinos. Sobre el mismo platillo, sobre el que pesa la autoridad de estos escritores, menos conocidos, pero no menos autorizados, en lo que respecta a las ideas religiosas y a la conducta religiosa del general San Martín, pues han estudiado ex profeso este aspecto sanmartiniano. San Martín fue un católico, y un católico práctico.
Ni un solo hecho nos autoriza a considerar a
San Martín como un deísta; nada nos autoriza a aceptar que fue un católico
despreocupado de su religión. Mucho menos, claro está, el considerarle masón.
Por otra parte:
1) Si consideramos que no hay en toda su vida, ni un solo
acto, ni un solo escrito, ni una sola frase, que acuse o indique
irreligiosidad, o que denote desprecio o despreocupación religiosa;
2) Si consideramos que siempre que, en el andar de su
existencia, vino en contacto con prácticas o manifestaciones religiosas, obró
como católico, sin ambages y sin reticencias de ninguna índole;
3) Si consideramos que en su vida pública, lo mismo que en
la privada, se atuvo rigurosamente a la moral católica, habiendo superado a
Belgrano, en ese respecto;
4) Si consideramos que, por su propia iniciativa sólo o
principalmente, por motivos religiosos, prohibió el duelo o desafío entre
militares, y la blasfemia contra Dios y contra la Virgen, y los santos;
5) Si consideramos que, aun fuera de las épocas prescriptas por
la Iglesia, se acercó a la recepción de los sacramentos, y mandó cantar o rezar
misas por los soldados muertos en Ios campos de batalla;
6) Si consideramos que era, tan íntima como sincera, su
devoción a la Madre de Dios, como va hemos expuesto, y bastaría para comprobar
este aserto, aquellas frases de su carta a Guido: "Cuénteme lo que haya de
Europa, y dedique para su amigo media hora cada correo, que Dios y Nuestra
Madre de Mercedes se lo recompensarán";
Si consideramos todo esto, hemos de aseverar que San Martín
no sólo fue un católico práctico o militante, sino que fue, además, un católico
ferviente y hasta apostólico.
Nada hay en la vida privada y pública del general San
Martín, esto es, en su pensar, querer y obrar, de que tengamos los católicos
que avergonzarnos, y sobre lo que una patriótica consideración o una religiosa
piedad nos impele a echar el manto del olvido. Como hombre, y hombre de grandes
concepciones y de grandes realizaciones, pudo tener sus debilidades y sus
caídas, pero su robusta personalidad y acendrado espíritu religioso le
redimieron de esas fallas, si es que las tuvo, y le llevaron al plano de los
varones fuertes y cristianos que viven habitualmente de acuerdo a los
postulados de la conciencia y a las leyes de Dios. "Nadie es malo, a no
ser que se pruebe", dice el viejo adagio jurídico, e históricamente no es
posible probarle a San Martín una sola falla de carácter moral. Esto no implica
el que declaremos a nuestro prócer máximo un hombre santo, ya que santo es
aquel que, en grado heroico posee y ejercita, o se esfuerza en poseer y
ejercitar, todas las virtudes y, según se lo permitan las circunstancias, se
esfuerza en propagar la doctrina y la moral católicas. El objetivo de nuestro estudio no ha sido el poner de manifiesto la
"santidad" sino la "catolicidad" del general José de San
Martín, y opinamos que, por lo que a esta respecta, le corresponde el primer
lugar si no en el orden de méritos, ciertamente en el orden cronológico, en el elenco
de los grandes católicos del laicado argentino:
San Martín, Belgrano, Pueyrredón, Dorrego, Félix Frías, José Manuel
Estrada, Pedro Goyena, Tristán Achaval Rodríguez, Juan Thompson, Emilio
Lamarca, Juan B.Estrada, Bernardino Bilbao, Juan B. Terán, Rafael García, José
María Cantilo, Ernesto Padilla, Gustavo Martínez Zuviría, Pedro Chutro,
Guillermo Basombrío, Enrique Udaondo, y tantos otros, ni pocos en número,
felizmente, ni mediocres en su vida cristiana.
