Rosas

Rosas
Mostrando entradas con la etiqueta San Martín y la Masonería. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta San Martín y la Masonería. Mostrar todas las entradas

viernes, 31 de diciembre de 2021

EL GENERAL SAN MARTIN ¿MASÓN - CATÓLICO — DEÍSTA?

 Por GUILLERMO FURLONG S.J.

Armando Tonelli, en su bien documentado libro sobre El General San Martín y la Masonería, trata a fondo, lo referente a la religiosidad del héroe de Maipú, y no titubea en considerarle católico y católico práctico; el doctor Horacio F. Delfino, es el autor de un substancioso artículo sobre la Religiosidad del General San Martín, aparecido en Cátedra, Buenos Aires, 23 de abril de 1943, no trepida en considerarle como católico apostólico; coincide con Tonelli y Delfino, el coronel Juan Beverina y otro tanto hemos de decir del señor J. Luis Trenti Rocamora, quien consagró al general San Martín el primero y el más interesante de los capítulos de su libro Las convicciones religiosas de los proceres argentinos. Sobre el mismo platillo, sobre el que pesa la autoridad de estos escritores, menos conocidos, pero no menos autorizados, en lo que respecta a las ideas religiosas y a la conducta religiosa del general San Martín, pues han estudiado ex profeso este aspecto sanmartiniano. San Martín fue un católico, y un católico práctico.  

Ni un solo hecho nos autoriza a considerar a San Martín como un deísta; nada nos autoriza a aceptar que fue un católico despreocupado de su religión. Mucho menos, claro está, el considerarle masón. Por otra parte:

1) Si consideramos que no hay en toda su vida, ni un solo acto, ni un solo escrito, ni una sola frase, que acuse o indique irreligiosidad, o que denote desprecio o despreocupación religiosa;

2) Si consideramos que siempre que, en el andar de su existencia, vino en contacto con prácticas o manifestaciones religiosas, obró como católico, sin ambages y sin reticencias de ninguna índole;

3) Si consideramos que en su vida pública, lo mismo que en la privada, se atuvo rigurosamente a la moral católica, habiendo superado a Belgrano, en ese respecto;

4) Si consideramos que, por su propia iniciativa sólo o principalmente, por motivos religiosos, prohibió el duelo o desafío entre militares, y la blasfemia contra Dios y contra la Virgen, y los santos;

5) Si consideramos que, aun fuera de las épocas prescriptas por la Iglesia, se acercó a la recepción de los sacramentos, y mandó cantar o rezar misas por los soldados muertos en Ios campos de batalla;

6) Si consideramos que era, tan íntima como sincera, su devoción a la Madre de Dios, como va hemos expuesto, y bastaría para comprobar este aserto, aquellas frases de su carta a Guido: "Cuénteme lo que haya de Europa, y dedique para su amigo media hora cada correo, que Dios y Nuestra Madre de Mercedes se lo recompensarán";

Si consideramos todo esto, hemos de aseverar que San Martín no sólo fue un católico práctico o militante, sino que fue, además, un católico ferviente y hasta apostólico.

Nada hay en la vida privada y pública del general San Martín, esto es, en su pensar, querer y obrar, de que tengamos los católicos que avergonzarnos, y sobre lo que una patriótica consideración o una religiosa piedad nos impele a echar el manto del olvido. Como hombre, y hombre de grandes concepciones y de grandes realizaciones, pudo tener sus debilidades y sus caídas, pero su robusta personalidad y acendrado espíritu religioso le redimieron de esas fallas, si es que las tuvo, y le llevaron al plano de los varones fuertes y cristianos que viven habitualmente de acuerdo a los postulados de la conciencia y a las leyes de Dios. "Nadie es malo, a no ser que se pruebe", dice el viejo adagio jurídico, e históricamente no es posible probarle a San Martín una sola falla de carácter moral. Esto no implica el que declaremos a nuestro prócer máximo un hombre santo, ya que santo es aquel que, en grado heroico posee y ejercita, o se esfuerza en poseer y ejercitar, todas las virtudes y, según se lo permitan las circunstancias, se esfuerza en propagar la doctrina y la moral católicas. El objetivo de nuestro estudio no ha sido el poner de manifiesto la "santidad" sino la "catolicidad" del general José de San Martín, y opinamos que, por lo que a esta respecta, le corresponde el primer lugar si no en el orden de méritos, ciertamente en el orden cronológico, en el elenco de los grandes católicos del laicado argentino:  San Martín, Belgrano, Pueyrredón, Dorrego, Félix Frías, José Manuel Estrada, Pedro Goyena, Tristán Achaval Rodríguez, Juan Thompson, Emilio Lamarca, Juan B.Estrada, Bernardino Bilbao, Juan B. Terán, Rafael García, José María Cantilo, Ernesto Padilla, Gustavo Martínez Zuviría, Pedro Chutro, Guillermo Basombrío, Enrique Udaondo, y tantos otros, ni pocos en número, felizmente, ni mediocres en su vida cristiana.

jueves, 2 de enero de 2020

José de San Martín: ¿indolencia bélica?

Por Enrique Díaz Araujo
Repitiendo antiguas consejas, los chatarreros aseveran que San Martín en el Perú se dejó estar sin combatir.Ya sea por sus vicios alcohólicos o de drogadicción, por sus voluptuosidades con Rosita
Campusano, por el regodeo con el lujo limeño, o por sus arreglos masónicos con los militares  españoles, lo cierto es -dicen que se mantuvo inactivo, sin librar batallas decisivas para vencer el poderío realista.  Tal vez ellos no lo sepan, pero fue el mismísimo Lord Filibustero Cochrane, quien lanzó esa especie, alegando que San Martín vivía inactivo «sahumándose vanidosamente con el incienso del Protectorado».
Resultado de imagen para san martín y cochrane
A este respecto, daremos una sola y breve información.  El Coronel Leopoldo R.Ornstein, en su estudio sobre la guerra terrestre en el Perú, apunta que el Virrey Pezuela contaba con:
«Un ejército de 6.244 hombres de las tres armas en Lima, a órdenes directas del Virrey.
Un ejército de 6.000 hombres, aproximadamente, en el Alto Perú, al mando del general Juan Ramírez...Un ejército de reserva de 1.380 hombres en Arequipa, bajo el comando del general Mariano Ricafort.
Además, guarnecían las provincias del norte unos 3.000 hombres y cubrían la costa diversos destacamentos, emplazados en una extensión de más de 1.000 kilómetros y cuyos efectivos sumaban
1.263 hombres. 
El total de las fuerzas realistas del Perú, incluyendo las unidades milicianas y la guarnición del Callao, ascendía a 23.000 hombres».   El General Ernesto Florit, fundado en los datos recopilados
por el Coronel Carlos A.Salas, ofrecía una pequeña corrección, a saber:
«Pezuela había formado tres agrupaciones de defensa costera (al Norte, entre Guayaquil y Trujillo, 3.100 hombres; en el centro, entre Supe, Lima y Pisco, 11.384 hombres; al Sud, entre Acari, Arica y Arequipa, 2.438 hombres), más una agrupación de seguridad en el Alto Perú ( 6.200 hombres) ... total 23.122 hombres
Bueno: 23.000 Ó 23.122 eran las fuerzas terrestres del Virrey.  ¿Cuáles eran las de San Martín?
Según el Coronel Ornstein, 4.314 hombres; conforme al General Florit, 4.118 hombres.
Es decir, que si tomamos como números redondos 23.000 y 4.200, obtenemos una proporción de 5,4 veces de superioridad de los realistas sobre los patriotas. Esto, claro, sin contar la acción
de las «tercianas» o fiebre amarilla en el campamento del Huaura,  que redujo casi a la mitad los efectivos patriotas (cuyas filas debieron ser rellenadas con reclutas negros libertos de las haciendas
peruanas, de escaso valor combativo).  Entonces, digamos con mero sentido común, que si uno se
halla en una situación de cinco veces de inferioridad respecto de su enemigo, algún tipo de cautela debe tener. Eso es, precisamente, lo que le dijo San Martín a O'Higgins, en su carta del 23 de
diciembre de 1820:  «Yo me voy con pies de plomo, sin querer comprometer una acción general. Mi plan es bloquear a Pezuela... con paciencia y sin precipitación...».
Más explícito, en una carta probablemente enviada en 1843 en respuesta a preguntas del General William Miller, el Libertador explicaba los objetivos de su plan peruano, y acotaba:
«pero nunca entró en el cálculo del general San Martín, con las fuerzas que se componía el ejército y el estado de disciplina, ya corrompida por las revoluciones de las Provincias Unidas y los partidos de Chile, atacar, a viva fuerza, la capital del Perú».  Esa es la base fáctica del tema castrense.
Sin embargo, corno los chatarreros saben del arte militar lo que nosotros de capar monos, se hacen eco de los infundios más descabellados.  Por eso, quedan en ridículo, vuelta a vuelta.