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miércoles, 29 de mayo de 2019

Belgrano y la Bandera Nacional

Por el Prof. Jbismarck
El Triunvirato decidió establecer dos baterías a la altura de Rosario para protección contra esas incursiones. Y nombró a Belgrano para hacerse cargo de ellas.  En esas circunstancias, Belgrano solicitó permiso del gobierno para que sus soldados llevasen un distintivo que los diferenciara de los enemigos y logró que un decreto del Triunvirato, del 18 de febrero de 1812, autorice la creación de la escarapela, «de dos colores, blanco y azul celeste», siguiendo el diseño propuesto por Belgrano.  El Triunvirato y, en especial, su secretario Bernardino Rivadavia estaban más interesados en las relaciones con Gran Bretaña (aliada de España contra Napoleón: el embajador inglés en Río de Janeiro, lord Strangford, no aceptaría ninguna nueva independencia)
 
Belgrano el 27 de febrero de 1812 hizo enarbolar en ella una bandera, cosida por doña María Catalina Echeverría, una vecina de Rosario, con los mismos colores de la escarapela. 
Todo parece indicar que la primera bandera tenía dos franjas verticales, una blanca y una azul celeste, como tendría luego la del Ejército de los Andes, que usará San Martín en sus campañas libertadoras. En Buenos Aires y el Litoral, a partir de 1813, la bandera cambiará su forma y su color.   Comenzará a usarse una con tres franjas horizontales: celeste, blanca y celeste. Estos eran los colores de la casa de Borbón, a la que pertenecía Fernando VII, y su adopción parecía una demostración de fidelidad al «rey cautivo», pero también, el celeste era el color de los morenistas y de la Sociedad Patriótica. Le comunicaba al gobierno: En este momento que son las seis y media de la tarde se ha hecho salva en la Batería de la Independencia y queda con la dotación competente para los tres cañones que se han colocado, las municiones y la guarnición.Siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola la mandé hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional, espero que sea de la aprobación de V.E. Cuando la noticia llegó a Buenos Aires, Rivadavia se puso furioso y le escribió:  "Ha dispuesto este gobierno que haga pasar como un rasgo de entusiasmo el enarbolamiento de la bandera blanca y celeste, ocultándola disimuladamente y sustituyéndola con la que se le envía, que es la que hasta ahora se usa en esta fortaleza; procurando en adelante no prevenir las deliberaciones del gobierno en materia de tanta importancia. El gobierno deja a la prudencia de V. S. mismo la reparación de tamaño desorden, pero debe prevenirle que esta será la última vez que sacrificará hasta tan alto punto los respetos de su autoridad y los intereses de la nación que preside y forma, los que jamás podrán estar en oposición a la uniformidad y orden. V. S. a vuelta de correo dará cuenta exacta de lo que haya hecho en cumplimiento de esta superior resolución. 
La bandera que acompañaba esta «misiva» no era otra que la española, que el Triunvirato seguía izando en el fuerte de Buenos Aires, sede del gobierno.
Belgrano no llegó a enterarse de esta resolución rivadaviana hasta varios meses después y siguió usando la bandera nacional.

lunes, 23 de enero de 2017

LA DIPLOMACIA INGLESA RESORTE OCULTO DE NUESTRA HISTORIA


Por Raúl Scalabrini Ortíz
La diplomacia inglesa es el instrumento ejecutivo que en sus relaciones con el extranjero, tiene la necesidad de expansión y la voluntad de dominio del Imperio de la Gran Bretaña. Donde hay un pequeño interés presente o futuro, la diplomacia inglesa tiende sus redes invisibles de conocimiento, de sondeo, de preparación o de incautación.  La acción de la diplomacia inglesa está generalmente imantada en un sentido favorable al lucro de las compañías inglesas, pero no soldada a sus minúsculos problemas de codicia o de sordidez ocasional. La diplomacia inglesa no descuida lo pequeño y circunstancial, pero vela ante todo por la grandeza permanente del imperio en que todo lo británico halla amparo.  Más influencia y territorios conquistó Inglaterra con su diplomacia que con sus tropas o sus flotas. Nosotros mismos, argentinos, somos un ejemplo irrefutable y doloroso. Supimos rechazar sus regimientos invasores, pero no supimos resistir a la penetración económica y a su disgregación diplomática.  Las hazañas de la diplomacia inglesa en el mundo son innumerables.
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 Su relato constituiría la mejor lección que se puede proporcionar a un pueblo desaprensivo como el nuestro. La historia contemporánea es en gran parte la historia de las acciones originadas por la diplomacia inglesa. Ella está seccionando, instigando rivalidad, suscitando recelos entre iguales, socavando a sus rivales posibles, aunando a los débiles contra los fuertes eventuales, en una palabra, recomponiendo constantemente la estabilidad y la solidez de su supremacía.  La diplomacia inglesa no reconoce amigos ni la cohiben los agradecimientos naturales. Quien se apoye en ella para medrar pagará muy caro el apoyo. Bernardino Rivadavia fue un procer que en nuestra tierra facilitó en mucho la tarea diplomática de Inglaterra. Cuando Rivadavia vio «su final de su presidencia que la compulsión inglesa lo había arrastrado hasta la más terrible impopularidad y se sintió precipitar al vacío irremediablemente, aprovechó las últimas energías para vengarse, e instruir al país en los peligros de la diplomacia inglesa. La diplomacia inglesa no lo perdonó nunca y fue implacable con él. El 15 de julio de 1827 lord Ponsomby escribía a Canning: «Los diarios propagados por el señor Rivadavia difamaban constantemente a la legación de S. M., insinuando contra ella las peores sospechas y describiendo sus actos como dirigidos a acarrear deshonor y agravio a la República.»  En realidad Rivadavia sólo trataba de disculparse a sí mismo mostrando que la paz firmada con el Brasil, que el país consideraba deshonrosa, era impuesta por la diplomacia inglesa. Poco después, el 20 de julio de 1827, Ponsomby escribía a Canning: «Confio en que esta aparente prevención contra Inglaterra cesará cuando la influencia y el ejemplo del señor Rivadavia sean completamente extinguidos.» Cinco días después, Rivadavia renunciaba a la presidencia y se disolvía para siempre en el silencio histórico. No se conocen papeles posteriores a su presidencia. ¿No quiso reivindicarse ante la posteridad? ¿No escribió sus memorias? No lo sabemos. Vivió aislado en el anónimo. Cuando quiso actuar se lo desterró. Estuvo en la Isla de las Ratas frente a Montevideo.  De allí lo exilaron a Santa Catalina, pequeña isla del sur del Brasil.  Más tarde se refugió en Río de Janeiro, después en Cádiz, donde murió olvidado a los 65 años de edad el 2 de septiembre de 1845. ¡Había sido aniquilado! Las normas habituales de caballerosidad no amilanan a la diplomacia inglesa. Ella va a su fin por cualquier atajo. Acaba de publicarse un libro de laudes a lord Strangford, que según el señor Ruiz Guiñazú resultaría otro de nuestros benefactores. Lord Strangford era representante de Inglaterra ante la Corte de Portugal. Una anécdota bastará para filiar la calidad de su moral. La traducimos literalmente de la Historia do Brasil, del escritor brasilero Joáo Ribeiro: «Cuando Napoleón decretó el bloqueo continental contra Inglaterra, Portugal se alió a Inglaterra. En marcha forzada a través de España, las tropas francesas penetraron en Portugal. El Rey, llorando en secreto, aceptó el consejo del ministro inglés lord Strangford y decidió huir al Brasil con su corte... Tradiciones que indirectamente remontan a Tomás Antonio de Vila Nova refieren que la noche del 28 de noviembre, lord Strangford fue a bordo de la nave Medusa y entró a proponer condiciones interesadas e insoportables en base de las cuales, únicamente, el comandante inglés del bloqueo, Sidney Smith, consentiría en la salida de la corte portuguesa para el Brasil. Una de esas condiciones era la apertura de los puertos del Brasil a la concurrencia libre y reservada de Inglatérra marcándole, desde luego, una tarifa de derechos insignificante y, además, que uno de los puertos del Brasil fuese entregado a Inglaterra.» Esta deslealtad al aliado en desgracia, este aprovechamiento de una situación crítica, de la que son beneficiarios y consejeros, para obtener beneficios aún mayores, es de una impiedad tan impudente que ni siquiera se puede comentar. La dejamos para enseñanza en su desnudez esquemática.  El arma más terrible que la diplomacia inglesa blande para dominar los pueblos es el soborno. Así se inició su grandeza y han sido fieles a la tradición. En la documentada biografía de María Estuardo, Stefan Zweig nos cuenta con frases descarnadas los métodos de la gran Isabel de Inglaterra. «Más de 200.000 libras ha sacrificado ya Isabel, tan parsimoniosa en general, para arrancar a Escocia, por medio de sublevaciones y campañas bélicas, del poder de los católicos Estuardos, y aun después de una paz solemnemente concertada, una gran parte de los subditos de María Estuardo está secretamente a sueldo de la reina extranjera...».  «Pero Isabel desea algo más que una pura protesta contra la nueva pareja real. Quiere una rebelión y así lo solicita del descontento Hamilton». «Con el severo encargo de no comprometerla a ella misma, "in the most secret way", según sus palabras, por el conducto más secreto, confia a uno de sus agentes la comisión de apoyar a los lores con tropas y dinero», «como si lo hiciera por su cuenta y nada supiera de ello la reina inglesa». «Ni el secretario íntimo de María Estuardo se mostró capaz de resistir el contagio de la enfermedad epidémica de la corte escocesa: el soborno de Inglaterra y la reina tuvo que despedirlo de su servicio.». Desde aquellas lejanas épocas, los métodos ingleses persisten perfeccionados.  Son idénticos en la India, en Persia, en Egipto y en la República Argentina. Por eso Inglaterra es, ante todo, enemiga de los valores morales que se obstinan en servir al pueblo en que nacieron. Por eso Inglaterra, que indudablemente vio la maniobra preparatoria del 6 de septiembre, colaboró gustosa con su silencio, y quizá con alguna complicidad menos inerte, a la caída del presidente Yrigoyen. Inglaterra no teme a los hombres inteligentes. Teme a los dirigentes probos. Una de las características más temibles de la diplomacia inglesa, porque dificulta enormemente el inducir en qué dirección está trabajando, es la de operar a largo plazo. Asombra conocer los planes ingleses trazados a principio del siglo pasado y comprobar la meticulosidad con que se han llevado a cabo. Lord Liverpool decía en 1824, refiriéndose a la América Hispana: «El mayor y favorito objeto de la política británica durante un plazo quizámayor de cuatro siglos debe ser el de crear y estimular nuestra navegación y el de establecer bases seguras para nuestro poder marítimo.» Esta idea central era glosada y aplicada por Canning: «La disposición, decía, de los nuevos estados americanos es altamente favorable para Inglaterra. Si nosotros sacamos ventaja de esta disposición podremos establecer por medio de nuestra influencia en ellos un eficiente contrapeso contra los poderes combinados de Estados Unidos y de Francia, con quienes tarde o temprano tendremos contienda. No dejemos, pues, perder la dorada oportunidad. Puede ser que no dure mucho tiempo la ocasión de oponer una poderosa barrera a la influencia de Estados Unidos. Pero si vacilamos en actuar, todos los nuevos estados serán conducidos a concluir que nosotros rechazamos sus amistades mutuas por principio, como un peligroso y revolucionario carácter...» C. K. Webster: The Foreing Policy of Castlereagh. Crear bases marítimas, instigar a unos estados contra otros, mantenerlos en mutuos recelos, impedir la unión de las dos fracciones continentales, la América del Norte y la América del Sur, tal es justamente la obra perniciosa desarrollada en silencio por Inglaterra. Su resultado más visible es el collar de bases marítimas que rodea a América. Las Malvinas, que es actualmente una estación naval de primer orden, construida especialmente para la defensa de los intereses británicos en Sud América, según los términos textuales de la Conferencia Naval de Singapur, realizada en 1932. Las Malvinas en el Sud. Las islas de Trinidad, San Vicente, Barbados, Jamaica, Bahamas y Bermudas en el Centro y en Norte de la América, además de las posesiones continentales de Guayanas y de la Hondura Británica. ¡Con cuanta razón escribía Canning a Granville, poco después del reconocimiento de los nuevos estados americanos, en 1825: «Los hechos están ejecutados, la cuña está impelida. Hispano América es libre y si nosotros sentamos rectamente nuestros negocios ella será inglesa, she is English». Harold Temperley: The Foreing Policy ofCanning. Si no tenemos presente la compulsión constante y astuta con que la diplomacia inglesa lleva a estos pueblos a los destinos prefijados en sus planes y los mantiene en ellos, las historias americanas y sus fenómenos sociales són narraciones absurdas en que los acontecimientos más graves explotan sin antecedentes y concluyen sin consecuencia. En ellas actúan arcángeles o demonios, pero no hombres. En su apreciable libro Glanz undEUndSüd America, el observador alemán Kasimir Edschmidt sintetiza de esta manera sus impresiones personales: «Nada es durable en este continente. Cuando tienen dictaduras quieren democracias. Cuando tienen democracia buscan dictaduras. Trabajan para imponer un orden, articularse, organizarse y configurarse, pero en definitiva, vuelven a combatir entre ellos. No pueden soportar a nadie sobre ellos. Si hubieran tenido un Cristo o un Napoleón lo hubieran aniquilado. La observación puede ser exacta, pero la explicación causal es desacertada. No se trata de un continente histérico. Se trata de un continente sistemáticamente desorganizado por las intrigas de la diplomacia que a toda costa quieren doblegarlo y anularlo. Se trata de un continente sostenido por tan altas miras y por una idea tan noble, que no desmaya en la obra de reconstruir los caminos que lo conducen al cumplimiento de su presentida misión. A la tenacidad destructiva de las codicias extranjeras, América opone con terquedad irreductible una confianza en sí misma inquebrantable. Los historiadores oficiales se ven en figurillas para dar una explicación razonable de sucesos que están cronológicamente concatenados, pero que sin la mención de las intrigas extranjeras son deshilvanados e inexplicables. No hablamos de esos textos plagados de fraudulencias con que los señores Levene y Vedia y Mitre envenenan la mentalidad tierna de los adolescentes. Tomemos un libro que debía llenar todos los requisitos de seriedad y fidelidad. Es un libro escrito por un militar para uso de militares. Es La Guerra del Paraguay del Teniente Coronel Juan Beverina. Según el comandante Beverina, la República Oriental del Uruguay es libre nada más que porque nos cansamos de defenderla. Oigamos esta monstruosidad. «La severa lección dada al Imperio de Brasil en Ituzaingo, 20 de febrero de 1827, lo alejaba momentáneamente de la Provincia Cisplatina. Pero el Gobierno argentino que, cansado de tanta lucha, quería la paz y la tranquilidad a todo trance, no trepidaba, un año más tarde, en conceder a la Banda Oriental su independencia.» ¡Un país que se cansa de defender sus fronteras! Este es el tipo de enseñanza que se imparte a nuestros oficiales. La historia oficial argentina es una obra de imaginación en que los hechos han sido consciente y deliberadamente deformados, falseados y concadenados de acuerdo a un plan preconcebido que tiende a disimular la obra de intriga cumplida por la diplomacia inglesa, promotora subterránea de los principales acontecimientos ocurridos en este continente.  La política inglesa que se caracteriza en la historia universal contemporánea por su egoísmo tenaz y por su habilidad implacable, se presenta ante nosotros, en los textos oficiales, animada por sentimientos tan inmaculadamente desinteresados que son más propios de santos que de seres humanos. La historia que nos enseñaron desde pequeños, la historia que nos inculcaron como una verdad que ya no se analiza, presupone que el territorio argentino flotaba beatíficamente en el seno de una materia angélica. No nos rodeaban ni avideces ni codicias extrañas. Todo lo malo que sucedía entre nosotros, entre nosotros mismos se engendraba. Los procesos de absorción que ocurrieron en todas las épocas, del más pequeño por el más fuerte, del menos dotado por el más inteligente, no ocurrieron entre nosotros, de acuerdo a la historia oficial. Las luchas diplomáticas y sus arterías estuvieron ausentes de nuestras contiendas. Sólo tuvimos amigos en el orden internacional extra americano. Los conductores de más garra y de menos pudicia, los constructores de los imperios más grandes de que haya noticia, se amansaban milagrosamente en nuestra contigüidad y se avenían a trabajar sin retribución por nuestro propio bien. Canning fue nuestro amigo desinteresado. Palmerston y Guizot, también. Disraeü y Gladstone, nuestros protectores, casi. Las tentativas de conquista de 1806 y 1807 fueron errores de algunos marinos y guerreros que, al fin, nos fueron útiles al difundir ideas de libertad. Muy del gusto de los ingleses es, por ejemplo, la interpretación que con aire solemne hace de nuestra historia José Ingenieros, quien trata de resumir los conflictos argentinos como el resultado de la lucha de dos intereses domésticos: el latifundista tura! y el porteño aduanero. ¿Es que no hay un tercer factor obrando en la disidencia, por lo menos? ¡Qué fácil es, en cambio, la historia argentina, en la franqueza simplota deAlberdi, cuando éste confiesa que la invasión que Lavalle llevó en 1840 contra don Juan Manuel de Rosas, se hizo con dinero francés! El dinero francés fue lo importante, lo demás, lo secundario. Textualmente dice Alberdi en sus Escritos Postumos (tomo XV, pág. 505, edición de 1900): «Cuando los fondos estuvieron listos y la opinión preparada, el ejército se formó en un día». Para eludir la responsabilidad de los verdaderos instigadores, la historia argentina adopta ese aire de ficción en que los protagonistas se mueven sin relación con las duras realidades de esta vida. Las revoluciones se explican como simples explosiones pasionales y ocurren sin que nadie provea fondos, vituallas, municiones, armas, equipajes. El dinero no está presente en ellas, porque rastreando las huellas del dinero se puede llegar a descubrir a los principales movilizadores revolucionarios. Una historia construida con tales aberraciones es un magnífico retablo para formar el ámbito de ese ídolo insaciable que se denomina capital extranjero. Esa historia es la mayor inhibición que pesa sobre nosotros. La reconstrucción de la historia argentina es, por eso, urgencia ineludible e impostergable. Esta nueva historia nos mostrará que los llamados «capitales invertidos» no son más que el producto de la riqueza y del trabajo argentinos contabilizados a favor de Gran Bretaña. Cuando hablamos de textos oficiales nos referimos a los textos habituales en los colegios nacionales y en las escuelas normales, porque son ellos los que difunden un conocimiento que se asienta, finalmente, como sentimiento en las clases intelectuales dirigentes del país. A modo de ejemplo y para que el lector pueda luego deducir toda la culpable irrealidad de la historia argentina, en que la acción de la diplomacia inglesa ha sido disimulada o borrada por completo, vamos a analizar tres puntos básicos del decenio 1820-1830, que precede a la aparición de Rosas en el escenario público y que tantas semejanzas tiene con el decenio 1930-1940. En el transcurso de esos años, los ingleses crean un banco emisor para manejar discrecionalmente la economía de las Provincias Unidas, muy semejante en facultades y propósitos al actual Banco Central de la República. Nos endosan un empréstito ficticio con el que encadenan las finanzas locales y se aseguran bases comerciales y militares, seccionando a su entera voluntad el territorio del virreinato. La historia del primer empréstito argentino, la historia del Banco Nacional y la historia de la creación de la República Oriental del Uruguay, nos revelarán documentalmente algunas de las acciones nefastas para la salud colectiva acometidas por la diplomacia inglesa en el Río de la Plata.

viernes, 27 de diciembre de 2013

El día que Argentina se independizó de Uruguay

por Alberto Umpiérrez

Desde principios de 1815, fracasados los repetidos intentos de los centralistas porteños por vencer a las milicias federales Orientales y de las Provincias del Litoral, el entonces Director Supremo Carlos María de Alvear le ofrece a José Artigas el reconocimiento de la independencia absoluta de la Provincia Oriental. Lo hace primero por intermedio de su Secretario Nicolás Herrera y luego a través del coronel Elías Galván, propuestas que Artigas rechaza terminantemente. Ya derrocado y exiliado Alvear, el nuevo Director Supremo General Ignacio Alvarez Thomas reitera la misma iniciativa porteña enviando ante Artigas en Paysandú la misión del coronel Blas Pico y el Dr. Bruno Rivarola. Ya constituida la Liga Federal de los Pueblos Libres, Artigas vuelve a negarse.
Viendo entonces que los pueblos de las Provincias Unidas, incluyendo el de Buenos Aires, muestran cada vez mayor simpatía y adhesión a la causa Federal representada por el caudillo Oriental, resuelven que una de las alternativas posibles es negociar la intervención del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarves. Otra alternativa explorada fue someter las Provincias Unidas del Río de la Plata al Protectorado del Imperio Británico, pero Lord Strangford, representante inglés en Río de Janeiro, la desestimó de plano en atención a los compromisos existentes entre Gran Bretaña y España en el marco de la restauración monárquica.
También se intentó en 1815 mediante una misión a Europa de Manuel Belgrano y Bernardino Rivadavia, llegar a un acuerdo con Fernando VII, pero este ni siquiera se molestó en recibirlos. Así es que se dirigen a Roma para negociar con Carlos IV la eventual coronación de su hijo menor el Infante Francisco de Paula de Borbón, como Rey de las Provincias Unidas. Pero considerando los riesgos y las seguras resistencias de las monarquías europeas, se termina rechazando esta opción por inviable.
En Rio de Janeiro estaban ya orquestando la invasión, por el lado porteño Carlos María de Alvear y su secretario montevideano Nicolás Herrera, a los que se sumaba el designado Embajador Plenipotenciario de las Provincias Unidas Manuel José García. Por el lado portugués comenzaron a llegar desde Lisboa las tropas de elite de veteranos de las guerras napoleónicas al mando del General Carlos Federico Lecor y del general inglés William Carr Beresford (que ya había sido derrotado durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807), a quien el propio Regente portugués Joao VI le impuso el grado de Mariscal.
En diciembre de 1815 los agentes de Artigas en Rio de Janeiro le informan sobre los movimientos de tropas y las intenciones que se estaban gestando:
"Amigo mío: ... Ahora es muy justo que entremos en las cosas por acá. Hoy hay revista en la playa grande de los 1.500 que vinieron días pasados de Lisboa y después salen para Santa Catalina a seguir por tierra para estos lados; lo mismo sucederá con los otros que se esperan a mas tardar por enero y tendrán ustedes en esta por abril o mayo el placer de verlos, pues así esta decretado, según las mejores noticias, aunque mejor es esperar a lo que de el tiempo; pero en lo que no hay interpretación en que van a tomar posesión de la Banda Oriental. Hay un manejo de intrigas que asombra, en las que yo creo comprendidos los de Buenos Aires. De estos malditos diplomáticos no se puede sacar sino palabras preñadas que nada significan..."

Para enero de 1816 Artigas ya está prevenido y le notifica al caudillo guaraní Andresito Guacurarí:
“Los portugueses se mueven contra nosotros según las noticias privadas que tengo y esa ultima carta que se ha recibido de Río de Janeiro. En consecuencia es preciso irnos preparando poco a poco y ponernos en términos de contener los esfuerzos de esta potencia, a quien como tan vecina debemos suponerla más enemiga por la experiencia que tenemos de sus procedimientos inicuos, y mayoritariamente cuando se que su plan es decidido a ocupar todo lo que divide la costa oriental del Paraná. Por lo mismo desde esta fecha prohíbame usted todo transito del otro lado a este y de este a aquel, impidiendo absolutamente el transito a todo portugués que venga o vaya a diligencias."

En julio de 1816 se reúne el Congreso de Tucumán y entre otras cosas discuten "off the records" sobre las alternativas ya mencionadas más arriba. Obviamente las Provincias del Litoral organizadas en la Liga Federal no envían ningún diputado y no reconocen a este Congreso auspiciado por los centralistas porteños cómplices de la invasión que ya está en marcha. Al firmarse la Declaración de Independencia el único de los diputados asistentes que deja expresa constancia de su oposición a la negociación de cualquier Protectorado británico o portugués, es Pedro Medrano, diputado por Buenos Aires pero nacido en la Banda Oriental, más precisamente en la isla Gorriti. Éste, a continuación de la expresión "una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli" agrega "y de toda otra dominación extranjera". Pero una golondrina no hace verano.
El 13 de mayo de 1816, día del cumpleaños del Regente de Portugal y Brasil, Don Joao VI, pasa revista en Rio de Janeiro a las tropas destinadas a la invasión de la Provincia Oriental y la Mesopotamia. Seguramente estarían a su lado el Embajador de las Provincias Unidas, el Embajador de España, el Embajador de Inglaterra, Carlos María de Alvear y su leal secretario Nicolás Herrera. Este último ofició además como asesor del General Lecor, acompañándolo durante todo el viaje hasta Montevideo, donde sería recibido con honores de Libertador.
Artigas pidió el apoyo de las Provincias Unidas contra la invasión portuguesa, pero no esperaba nada, ya sabía del acuerdo entre Buenos Aires y Rio de Janeiro. Y mientras defendía la frontera contra la invasión portuguesa, los porteños organizan un ejército para atacarlo por la retaguardia.
Cabe recordar que José Artigas había planteado ya en 1813, en las Instrucciones a los diputados orientales enviados a la Asamblea General Constituyente de las Provincias Unidas los siguientes principios, entre otros:
"Primeramente pedirá la declaración de la independencia absoluta de estas Colonias, que ellas estén absueltas de toda obligación de fidelidad a la Corona de España y familia de los Borbones y que toda conexión política entre ellas y el Estado de la España es y debe ser totalmente disuelta."

"No admitirá otro sistema que el de confederación para el pacto recíproco con las Provincias que forman nuestro Estado."
"El Gobierno Supremo entenderá solamente en los negocios generales del Estado. El resto es peculiar al Gobierno de cada Provincia."
"Que precisa e indispensable sea fuera de Buenos Aires, donde reside el sitio del Gobierno de las Provincias Unidas."
"La Constitución garantirá a las Provincias Unidas una forma de gobierno republicana; y que asegure a cada una de ellas de las violencias domésticas, usurpación de sus Derechos, libertad y seguridad de su soberanía que con la fuerza armada intente alguna de ellas sofocar los principios proclamados. Y asimismo prestará toda su atención, honor, fidelidad y religiosidad a todo cuanto crea o juzgue necesario para preservar a esta Provincia las ventajas de la Libertad y mantener un Gobierno libre, de piedad, justicia, moderación e industria."

Evidentemente era pedir demasiado. Resulta claro entonces que una de las posibles lecturas de lo ocurrido en el Congreso de Tucumán el 9 de Julio de 1816, es que las Provincias Unidas del Río de la Plata se independizaron de la Provincia Oriental.