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jueves, 30 de marzo de 2023

Alberdi, admirador de Rosas

 Corvalán Posse E. T.

“Desde mi punto de vista personal, creo que nunca mejor que ahora debe reverse el juicio histórico sobre Rosas”.  “He dicho que el Rosas de la tradición se nos ofrece hoy como un Rosas adulterado, pero estoy muy lejos de afirmar que ya tenemos conocido al que va a reemplazarlo. Nada de eso. Lo que sí puede concretarse, en definitiva, es que se hace necesario desechar todo lo que se afirma sobre Rosas y estudiarlo a él y a su época totalmente de nuevo, sin más afán que el de la verdad, cualquiera que sea la que se nos vaya evidenciando”. Rómulo D. Carbia. (Año 1927)   Disconforme y como protesta contra la dictadura de Rosas y aceptando los ruegos de su amigo don Miguel Cané, para colaborar con “El Nacional” de Montevideo, don Juan Bautista Alberdi emigró del país luego de solicitar su pasaporte en Noviembre de 1838, siendo acompañado hasta el puerto por sus amigos los señores Posadas y Echeverría. Era un emigrado y no un perseguido el que se alejaba. (1)   “Historiadores” fabulistas y “escritores” cuentistas, cuando nos hablan o se ocupan de la vida de Alberdi se refieren al destierro de éste durante la época de Rosas, pero guardan el más llamativo y enigmático silencio sobre el otro ostracismo de Alberdi, el sufrido después de la caída de Rosas en 1852. Ese extrañamiento no existe para ellos, porque ocurrió en épocas de “libertad”. Alberdi, después de esa fecha, fue perseguido, calumniado y hasta dejaron de abonarle sus sueldos como embajador argentino ante las cortes europeas para crearle de ese modo toda clase de dificultades y todo género de contratiempos; y cuando en períodos de “libertades” quiso regresar a su patria, se le amenazó con procesos. Esto no es cuento, ni literatura terrorífica, ni fábula de mala ley, como las que se hacen correr sobre don Juan Manuel de Rosas. A don Juan Bautista Alberdi, le dejamos la palabra, si se nos permite la frase, para probar lo que afirmamos. En carta enviada al doctor Quesada, Alberdi le decía: “… Ya he dejado de ser; soy una sombra que espera la muerte. (pág. 4) El martirio que he sufrido pocos lo comprenden; usted mismo no tiene aún la experiencia suficiente para sospecharlo. No conozco entre nosotros hombre alguno a quien sus contemporáneos hayan hecho víctima de igual ferocidad y calculada crueldad”. Más crudas, elocuentes y desgarradoras, no pueden ser las palabras de Alberdi.
En el año 1863 Alberdi se quejaba de que no le habían abonado los sueldos que como embajador argentino debía haber percibido por los años 1859 y 1860. He aquí su lamento:
“París 30 de Abril de 1863. - Señor Máximo Terrero. Mi querido señor y amigo: No quiero dejar pasar ni un día sin cumplimentarle y darle gracias por su espiritual y brillante carta que acabo de recibir: brillante, sí, por el lujo de nobles sentimientos que rebosa en ella”.
“La idea que por sus escritos diplomáticos tengo del personaje aludido, corresponde de tal modo a la que me da usted de su persona y conducta privada cerca de la familia del General Rosas, que se puede decir que usted la describe por completo. En carta que me ha escrito últimamente –(semioficial porque no le conozco de otro modo) – ha tenido la bondad de decirme, “que no es este gobierno sino el otro”, el que me debe mis sueldos; que yo debí cobrarlos a su tiempo y que viendo que no me los pagaban, yo debí renunciar”.
“Para apreciar mejor el alcance de esta moral política, es preciso que usted sepa que los sueldos que me deben corresponden a los años 1859 y 1860, en que hice mis dos últimos viajes a España, el uno para negociar el tratado de reconocimiento de nuestra independencia nacional, y el otro para canjear las ratificaciones”.
“Sabrá usted que al mismo tiempo que así ultraja el nombre del General Rosas –(porque “La Nación” es periódico semioficial)– el señor Elizalde ha entrado en sus últimos trabajos diplomáticos con la misma política exterior que el General Rosas tuvo antes que conociera la Europa. Fiel a su destino, se ve que Elizalde marcha siempre a raya del General Rosas. ¡Ah! ¡Si al menos imitaran su energía y dignidad!. Alberdi”.
Todavía en el año 1869, cuando don Juan Bautista Alberdi, redacta su testamento (en París, el 11 de Julio) se le adeudaban sus sueldos, pues al disponer de los pocos bienes que tenía en ese tiempo, entre lo que dice que deja, expresa en la cláusula décima primera del mismo, lo siguiente: “…y siete mil pesos fuertes que me adeuda la República Argentina por resto de mis sueldos atrasados…”.
Así trataron a don Juan Bautista Alberdi, autor de las “Bases” y de “El crimen de la guerra”, algunos gobiernos posteriores a Rosas, haciéndole pasar necesidades y tal vez vergüenzas.
Debemos recordar que Alberdi murió desamparado y en la miseria el 18 de Julio de 1884, en una Casa de Sanidad, en Neuilly y que “en la pieza mortuoria, donde expiró, apenas había una pobrísima cama, donde estaban tendidos sus restos; sobre una silla había una lamparita medio apagada. Estos restos del más eminente argentino, se encontraban abandonados, encerrados bajo llave en una pieza en dicho establecimiento, envuelto en sábanas sucias…”
Y refiriéndose Alberdi al destierro de Rosas y al suyo, escribió:
“St. André, 26 de Noviembre de1876.- Señor Máximo Terrero. Apreciable amigo y señor mío: Están en mi poder sus dos atentas cartas del 18 y 23, y le confieso que me ha sorprendido la noticia que contiene la última de su inminente viaje a la patria, no porque en sí sea muy natural y comprensible, sino porque no lo esperaba. Soy de opinión, por demás, que su presencia en Buenos Aires influirá favorablemente en la gestión de sus reclamos que, según he (pág. 5) oído con mucho gusto, están en manos de mi amigo el doctor Fidel López y después que obtenga usted los bienes de su señora como es de esperar, será llegado el día de trabajar en remover las dificultades, que la política más que la justicia impidió el regreso del señor General a su país nativo. Habría una afectación mentida de liberalismo en mantener obstinadamente su proscripción, hasta el fin de sus días. Al menos es de creerlo en hombres, que, en el fondo no profesan ni sostienen sino lo mismo que sostuvo el General Rosas en lo sustancial de nuestra política interior. ¿No tiene usted la prueba de ello en su actitud a mi respecto? ¿Estoy menos proscripto que el General por haber sido el opositor de su gobierno? ¿No es curioso que los dos estemos en Europa, llevando nuestra vida solitaria, el Canal de la Mancha, de por medio, uno por haber sostenido el pro y el otro el contra de los mismos problemas? Yo no he sido condenado es verdad; pero sin estar condenado, mi seguridad habría sido menor en mi país, que lo sería la del General Rosas no obstante su condenación de mera parada en gran parte”.
Usted que ha pasado su proscripción voluntaria en el país libre por excelencia, sabe que la más viva divergencia de opiniones políticas, es del todo conciliable con el mutuo respeto y aprecio personal. Así no le costará convenir que mis tradiciones de opositor a la administración del General Rosas no incluye mis simpatías por sus padecimientos y la sinceridad de mis votos por verlos terminados”.
Doña Manuelita se muestra digna de su rango y de la admiración que no dejará de excitar su partido de quedar al lado de su señor padre, durante la ausencia de usted; pues bien que esa determinación es la más natural del mundo no es poca virtud el respetar la naturaleza de los grandes deberes que su moral nos impone. Hágame el gusto de saludarla de mi parte, lo mismo que al señor General, y a sus interesantes jóvenes”.
“Muy agradecido de las órdenes que me pide para Buenos Aires, recibiré con gusto en Europa las que quiera usted dejarme, mientras no nos veamos por allá, como es posible que suceda antes que tal vez lo piensa usted”.
“Créame entretanto su afmo. S. S. y amigo. J. B. Alberdi”.
Hemos dicho que cuando intentó volver al país fue amenazado con procesos. He aquí las propias afirmaciones de Alberdi: “…Bajo el mismo gobierno de Sarmiento yo hubiese vuelto a nuestro país; pero usted oyó o leyó en los diarios que me amenazó con procesos, cediendo a viejos y pobres rencores literarios”. (De Alberdi a don Máximo Terrero, en carta fechada en Caen el 6 de Julio de 1874).
Como se ve, parece que después de la época de Rosas, también se pretendía perseguir y molestar a los hombres, y, en este caso, nada menos que al padre de la Constitución Nacional, a don Juan Bautista Alberdi, que todavía espera su estatua, no obstante que otros con menos títulos que él ya están parados en el bronce de las suyas.  Y, cuando por fin resuelve regresar a su patria, empezó a recibir en París, con una precisión y continuidad sorprendente, libelos y cartas difamatorias. ¡Adiós promesas de dichas, esperanzas de quietud en el seno de la propia tierra! Los rescoldos del odio habíanse avivado de pronto. ¿Quién escribía o inspiraba esos libelos? Alberdi creyó reconocer la mano experta en el manejo de la maza, según lo expresa en carta fechada el 5 de Abril de 1879. Dice Alberdi: “Al momento comprendí que esos envíos no provocados, venidos de un agresor frío, eran calculados para intimidarme; terrorismo estratégico de la escuela de los Facundo, de la cual es (pág. 6) propia la “doctrina de que sólo en teoría son vedados los medios ilegítimos”. Era la moral de Troppmann, cuando usaba el ácido prúsico para ganar fortuna. Tampoco dudé que fueran ajenos a Tucumán los que me insultan (2).Al momento reconocí la inspiración y la pluma que había escrito en Chile los “Ciento y una” –libelos más sucios y salvajes que esos artículos– doce años antes de la guerra del Paraguay, es decir, de la pretendida traición a la patria”. (3) Y siguen las desdichas e infortunios de Alberdi. Cuando el General Roca llegó a la Presidencia de la República, dictó un decreto con fecha 12 de Noviembre de 1880, ordenando la publicación de las obras completas de Alberdi y es entonces cuando este comprende definitivamente que está de más en su propia patria, que es un extranjero en ella, y en plena época de libertad se ve obligado a emigrar de nuevo, como en la época de Rosas, pues a raíz de ese decreto, el General Mitre, con fecha 16 de Noviembre de 1880, “inició en su diario una serie de artículos con el fin de criticar las ideas de Alberdi y de establecer el alcance del inoportuno decreto, “muestra clásica de la ignorancia –decía– y la falta de conciencia de la administración que lo ha formulado, dándole la solemnidad de un acto trascendental”. “Y de seguida el hombre el hombre múltiple, militar, historiógrafo, periodista y traductor del Dante, ensayaba una crítica destinada a demostrar la falta de originalidad de las ideas de Alberdi, algunos de cuyos más afamados postulados eran patrimonio de Rousseau cuando no del jurisconsulto helvético Rossi. Ese y otros ataques maduraron en Alberdi la idea de marcharse. ¿Para qué había venido? Su casa de Paris, sus horas afables y tranquilas, sus libros y objetos familiares presentáronsele de pronto con la fuerza de una incitación irrenunciable. Comunicó su determinación a los amigos. El hombre con el alma cruzada de heridas, anhela el silencio, la soledad bienhechora, el contacto escaso de unos pocos amigos. Y así se aleja, como vencido, después de la ruda lección recibida. La hospitalidad es cosa relativa, fruto máximo de los espíritus selectos, y nadie como los griegos supieron practicarla con más inteligencia y alegría de alma. Alberdi, por la vez última, desde el barco que ha de volverse a Europa, contempla la ciudad todavía colonial, la gran aldea de Lucio López con sus casas blancas y bajas y las torres desiguales de sus iglesias provincianas. . .” (4)
Esta vez Alberdi, al embarcarse, no tuvo necesidad, como en 1838, de sacarse del ojal de la levita “la divisa roja que a todos nos ponía el gobierno ese tiempo” y que Alberdi echó “al agua con algunas palabras bromistas que dieron risa a los testigos”, como él mismo escribiría después.
– “Mire usted, que pueden verlo desde tierra y detener el bote, –me dijo el señor Balcarce–, que era uno de los compañeros de embarcación. El señor Balcarce emigraba para servir en el extranjero al tirano en su país; yo para combatirlo. Esto debía valer un día a mi compañero la simpatía, y a mí la aversión y persecución de los liberales de mi país”. (5)
Después de la caída de Rosas, no tuvo Alberdi necesidad de hacer esas “bromas”, pero, sí, emigrar de nuevo, volver al ostracismo, a ese ostracismo ignorado del cual los “historiadores” “fabulistas” y “escritores” cuentistas no dicen (pág. 7) palabra. No figuran en las páginas de la “historia” o de sus libros, los años amargos en que Alberdi estuvo exiliado en el extranjero después de los sucesos relatados.


Se fue triste y desconsolado, con su espíritu aplastado, el cual ya no estaba para “bromas”. El desengaño fue grande, tremendo. “La desventura moral pronto iría acompañada de la desventura física. En llegando a Burdeos sufrió las consecuencia de un ataque de parálisis”.


Y todavía “más allá de la tumba” le sigue la saña de Sarmiento que, 1886, intenta lapidarlo desde las columnas de “El Censor”. Pero ¿por qué entrañarse si en 1912, en oportunidad de dársele el nombre de Alberdi a una calle de Buenos Aires. “La Nación” saltará a la arena articulando el mismo rencor?”


“Bajo epígrafe”: “Un premio a la traición”, “dijo el gran diario muy crueles palabras sobre Alberdi, reprochándoles a las autoridades edilicias de Buenos Aires que recordaran su nombre en una calle, aún secundaria”: “Después de la lectura de las siguientes manifestaciones, podrá pensarse que el concejo habrá hecho un flaco servicio a la memoria del doctor Alberdi, ya que cada chapa de su calle, a medida que la historia se vaya haciendo de tan sólidos materiales como los presente habrá de asemejarse día por día a una lápida”.


“En seguida reproduce “La Nación”, a dos columnas varias cartas cambiadas entre el Presidente López –(del Paraguay)– y su Ministro en Francia, don Cándido Barreiro. Fechadas todas antes de la guerra, aluden a Alberdi y Urquiza y en nada ofenden su fama de patriotas. ¡La montaña parió un ratón! Nada lesivo brota de los papeles con acritud tanta remozados”.


“En coro rechazó la prensa argentina el gratuito agravio”.


Uno de los diarios de época, decía: “Para resucitar esta tremenda acusación, que ha sido desmentida definitivamente hace rato: para lanzar una especie semejante sobre el nombre de un patricio, “La Nación” se apoya en varias cartas que nada prueban ni nada agregan a lo conocido al respecto. Esas cartas no son sino un pretexto para renovar el dicterio”.


Corroboró “La Razón”: “¿Cuáles son las nuevas pruebas? Fragmentos de cartas del presidente López al representante del Paraguay, señor Barreiro, suministradas por “un historiador residente entre nosotros”. En un juicio, nadie, absolutamente nadie, llegaría a presentar como pruebas de un delito, del delito de traición a la patria! – tales elementos fragmentarios. Si Alberdi tuviera sucesión o esa sucesión tuviera un diario, nadie arrojaría sobre su nombre de prócer la oscuridad de esta mancha”. (6)
Esas fueron algunas de las muchas vicisitudes que tuvo que soportar Alberdi en sus destierros y en su patria, después de la caída de Rosas, vicisitudes sobre las cuales nadie nos habla. (7)
Presumimos que ese mal trato dado y ocasionado a don Juan Bautista Alberdi, se debe en gran parte a los juicios serenos y favorables a don Juan Manuel de Rosas, emitidos desde el año 1837, cuando publica su “Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho”, dedicado al Gobernador y Capitán General de la Provincia de Tucumán, don (pág. 8) Alejandro Heredia, y donde puede leerse el siguiente párrafo:
“…por lo demás, aquí no se trata de calificar nuestra situación actual: sería arrogarnos una prerrogativa de la historia. Es normal, y basta: es porque es, y porque no puede no ser. Llegará tal vez un día en que no sea como es, y entonces sería tal vez tan natural como hoy. El Sr. Rosas, considerado filosóficamente, no es un déspota que duerme sobre bayonetas mercenarias. Es un representante que descansa sobre la buena fe, sobre el corazón del pueblo. Y por el pueblo no entendemos aquí la clase pensadora, la clase propietaria únicamente, sino también la universidad, la mayoría, la multitud, la plebe. Lo comprendemos como Aristóteles, como Montesquieu, como Rousseau, como Volney, como Moisés y Jesucristo. Así, si el despotismo pudiera tener lugar entre nosotros, no sería el despotismo de un pueblo: sería la libertad déspota de sí misma; sería la libertad esclava de la libertad. Pero nadie se esclaviza por designio, sino por error. En tal caso, ilustrar la libertad, moralizar la libertad, sería emancipar la libertad”.
“Y séanos permitido creer también en nombre de la filosofía, que nuestra patria, tal cual hoy existe, está, bajo ese aspecto, más avanzada que los otros Estados meridionales”.
Diez años más tarde, sin dejar de ser enemigo de la dictadura, escribía: “Aunque opuesto a Rosas como hombre de partido, he dicho que escribo esto con colores argentinos”.
“Rosas no es un simple tirano, a mis ojos. Si en su mano hay una vara sangrienta de fierro, también veo en su cabeza la escarapela de Belgrano. No me ciega tanto el amor del partido para no reconocer lo que es Rosas bajo ciertos aspectos”: (J. B. Alberdi, “La República Argentina 37 años después de la revolución de Mayo”. Año 1847).
Y es Alberdi, por último el que declara sin ambages: “Para mí, la vida del general Rosas tiene dos grandes fases: en una de ellas como jefe supremo de Buenos Aires, he sido su opositor; en la otra de refugiado en Inglaterra, SOY SU ADMIRADOR”. (De la carta enviada a don Máximo Terrero, en el año 1865).
Y así seguiría dando opiniones favorables a don Juan Manuel de Rosas, hasta varios años después de la muerte de éste, ocurrida en el año 1877.
Por eso creemos que al ocuparnos de Rosas debemos remontarnos siempre a la época en que le tocó actuar, sin olvidar que esos años “eran de bronce y que no hay que aplicarles los principios morales de nuestros tiempos” y que no se trata de defender tiranías ni dictaduras, sino de la verdad histórica, que es cosa bien distinta, por cierto.
NOTAS:
(1) Una versión muy en boga es el de las persecuciones de Rosas a los principales hombres de la época, escritores, literatos, etc. ”que se vieron obligados a dejar el país por esas causas”. Nada más incierto. ¿Quién afirma que eso es incierto? ¡Pues algunos de los que se fueron! Veamos lo que dice Alberdi en “La Revista del Plata”, por él fundada en Montevideo: “Emigrados espontáneamente, sin ofensas, sin odios, sin motivos personales, nada más que por odio a la tiranía como millares de argentinos hubiesen venido también si los hubiesen podido efectuar, nuestras palabras jamás tendrán por resorte motivo alguno personal”.
En el año 1874 al publicar en parís su folleto “Palabras de un ausente”, ratifica rotundamente lo expresado anteriormente. Con posterioridad, en una carta a sus compatriotas de Salta, Alberdi, les decía: “Nunca tuve el honor de ser desterrado por la tiranía de mi país”. . .¿Qué los emigrados pasaron penurias y miserias? Otro exiliado lo desmiente. Don Félix Frías, unitario, tuvo el valor de declarar en 1857, en plena legislatura de Buenos Aires, lo siguiente: “…que muchos que emigraron se fueron a comer el pan amargo de la emigración, saturado con vino champagne y buenas ostras”…
(2) Como se ha visto, también en el año 1879, se insultaba a los próceres.
(3) Ricardo Sáenz Hayes. – “El último viaje de Alberdi y su muerte”. “La Prensa”, 16 de febrero de 1930.
(4) Del mismo artículo
(5) J. B. Alberdi: “Autobiografía”
(6) En el año 1912, también se acusaba de traidores a los próceres.
(7) “Alberdi no pudo, pues, regresar al país durante las presidencias de Mitre y de Sarmiento”. …”Hacía 41 años que había salido de su país”… (José Nicolás Matienzo. De la conferencia dada en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, celebrando el centenario del nacimiento de Alberdi). Catorce años duró el exilio de Alberdi durante la dictadura de Rosas, de 1838 a 1852 y veintisiete años de sufrido, después de la caída de éste, o sea de 1852 a 1879.

lunes, 25 de abril de 2022

ALBERDI Y ROSAS SE CONOCEN…

Por Ricardo Geraci del Campo Ríos

El 17 de octubre de 1857 en la casa de un banquero inglés, Mr Dickson, don Juan Manuel de Rosas y Juan Bautista Alberdi se encontraban por primera vez personalmente en Londres.
Entre estos dos, hubo idas y vueltas propios de los vaivenes lógicos de la historia argentina del siglo XIX, pero que se podrían de buena fe, analizar cada uno en su contexto. Alberdi ni Rosas eran los mismos en aquel 1857, de lo que fueron veinte años atrás. Aun así, hay algunas confluencias interesantes entre ambos ya hacia 1837, de manera indirecta.
El folleto u opúsculo (*) titulado “Fragmento preliminar al estudio del Derecho” de Juan Bautista Alberdi, editado en Buenos Aires hacia 1837, que sirvió justamente de base para “Las Bases…” y que plantea de forma esquemática los hechos ocurridos en el país desde el 25 de Mayo de 1810 y analiza la independencia americana y el rol del entonces gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas. En uno de los párrafos hace mención al caudillo bonaerense, y afirma:
…” No es (Rosas) un déspota que duerme sobre bayonetas mercenarias. Es un representante que descansa sobre la buena fe, sobre el corazón del pueblo. Y por pueblo no entendemos aquí la clase pensadora, la clase propietaria únicamente, sino también la universalidad, la mayoría, la multitud, la plebe”.
Hay otra confluencia interesante que mencionar entre el intelectual y el estanciero, a causa de las “Bases…”, que tan buen servicio si se quiere prestaran a la Convención Constituyente, Urquiza decidió que Alberdi serviría mejor fuera del país que dentro del mismo. Por ello, aun con la imposibilidad del intelectual de volver a la patria, el entrerriano lo nombró Encargado de Negocios de la Confederación Argentina en Paris y Londres.
Para ese 1857, Rosas y Urquiza ya tenían un fluído intercambio epistolar desde 1852 cuando luego de las confiscaciones de los bienes del Restaurador, Rosas imposibilitado económicamente para poder valerse en el exilio, reclama de buenos modos, diría Alberdi al escribirle a Urquiza: “… indudablemente el general Rosas se conduce mejor como vencido, que lo hacía como vencedor”, sobre la ilegal tarea a la que estuvo casi obligado Urquiza de confiscarle los bienes. San Nicolás de los Arroyos fue a mi modo de ver, el guiño de Urquiza a Rosas de que el “rosismo” no había sido sepultado, por el hecho de tener a su máximo representante, exiliado. Don Justo José convoco a los gobernadores que en su mayoría fueron gente de Rosas, a firmar un acuerdo que, en definitiva, reconoce en suma lo realizado por el gaucho de los Cerrillos.
Hay una confluencia entre Rosas, Alberdi y Urquiza aquí. El Restaurador buscó a su manera, reconociendo el gobierno de la Confederación y a su jefe, un buen resultado que le permita de hacerse de la venta de algunos de sus bienes y de esa manera, poder tener algo de dinero para la subsistencia en Inglaterra. Esto lo digo, más allá de que uno puede percibir en el trato epistolar con Urquiza y su trato con Alberdi al poder conocerlo personalmente, que Rosas no actuaba. Sus palabras parecen la de un hombre derrotado, con el orgullo herido por andar pidiendo en definitiva lo que legalmente le correspondía, pero consiente de ser un vencido y con la humildad de quien sabe reconocer en los otros las conquistas, pero absolutamente se lo percibe honesto. Rosas podía en una oración o en algún pasaje de alguna charla pasar de la picardía de quien maneja bien el lenguaje, los tiempos y los climas, a ser severamente brutal desde la honestidad sin percatarse inclusive de incurrir hasta en alguna grosería.
Alberdi como Encargado de Negocios de Urquiza, le va a visitar y naturalmente no lo hace en función de ese cargo. El tucumano, residía en Paris y los viajes a Londres por temas que le eran obligatorios, lo llevaron a entrevistarse con Rosas. Este último conservaba el opúsculo de Alberdi en un lugar de su biblioteca que fue descubierta tras la batalla de Caseros. Con esto no puedo afirmar a ciencia cierta si Rosas había o no leído la obra de Alberdi, pero no se puede negar que había consideraciones de todo tipo y no solamente la antinomia propuesta por algunos, descontextualizando al personaje y condicionando su obra, a interpretaciones obsecuentes y para nada verosímiles.
Lo siguiente parte de lo que don Juan Bautista Alberdi remite de manera minuciosa y descriptiva a Urquiza, sobre su visita en Londres al ex Gobernador de la provincia de Buenos Aires.
“Londres, 18 de octubre de 1857”
Anoche conocí a Rosas. Consentí en encontrarme con él en casa de Mr Dickson, por sus actuales circunstancias. Procesado sin discernimiento, ni derecho, quise protestar en cierto modo contra eso, tratándole. Su actitud respetuosa a la nación y a su gobierno nacional, me han hecho menos receloso hacia él.
Hablaba inglés con las damas cuando yo entre. El señor Dickson nos presentó, y me dio la mano con palabras corteses. Poco después me habló aparte, sentándonos en sillas puestas por él ambas. Me encargó de asegurar al general Urquiza la verdad de lo que me decía como a su representante en estas cortes: “que estaba intensamente reconocido por su conducta recta y justa hacia él; que, si algo poseía hoy para vivir, a él se lo debía”. Me renovó a mí sus palabras de respeto y sumisión al gobierno nacional.
Al verle le hallé más viejo que lo creía, y se lo dije. Me observó que no era para menos, pues tenía sesenta y cuatro años.
Al ver su figura toda, le hallé menos culpable a él que a Buenos Aires por su dominación, porque es la de uno de esos locos y medianos hombres en que abunda Buenos Aires, deliberados, audaces para la acción y poco juiciosos. Buenos Aires es el que pierde de concepto a los ojos del que ve a Rosas de cerca. ¿Cómo ha podido este hombre dominar ese pueblo a tanto extremo? es lo que uno se repite dentro de sí al conocerle.
Habló mucho. Habla inglés, mal, pero sin detenerse, con facilidad. Es jovial y atento en sociedad.
Después de la mesa, cuando se alejaron las señoras, habló mucho de política: casi siempre se dirigió a mí, y varias veces vino a mi lado. Me llamaba señor ministro y a veces paisano; otras por mi nombre.
Habló mucho de caballos, de perros, de sus simpatías por la vida inglesa, de su pobreza actual, de sus economías, de su caballo y de los caballos ingleses.
No es ordinario. Está bien en sociedad. Tiene la fácil y suelta expedición de un hombre acostumbrado a ver desde alto el mundo. Y sin embargo, no es fanfarrón, ni arrogante, tal vez por eso mismo, como sucede con los lores de Inglaterra, las más suaves y amables gentes de este país.
Su fisonomía no es mala. Se parece poco a sus retratos. La cabeza es chica, y la frente, echada atrás, es bien formada más bien que alta. Los ojos son chicos. Está cano. No tenía bigotes ni patilla. No estaba bien vestido: no tenía ropa en Londres. Ha venido por quinces días a imprimir y publicar su protesta. (nota mía: la protesta fue la carta que Rosas publicó en diarios franceses e ingleses sobre el tema de sus confiscaciones, para que el gobierno de Buenos Aires reconsidere el asunto).
Me dijo que no había sacado plata de Buenos Aires, pero sí, todos sus papeles históricos, en cuya autoridad descansaba. Él dice que guarda sus opiniones sin perjuicio de su respeto por la autoridad de su nación.
Recordó que él no había echado a Rivadavia, ni hubiera rehusado recibirlo. Fue bajo Viamonte, según dijo, el destierro de aquel.
Después de Balcarce, ningún porteño en Europa, me ha tratado mejor que Rosas, anoche, como a representante de la Confederación Argentina.
Otra de las peculiares cuestiones que unieron si se quiere a estos dos hombres de la historia argentina, fue el intercambio epistolar entre Alberdi e Ignacia Gómez de Cáneva, viuda y hermana de la fiel amiga del Restaurador y de Manuelita, Josefa “pepa” Gómez, que tuvo un largo y nutrido intercambio con el tucumano y residió durante un tiempo en casa de Manuelita en Londres. Leyendo solamente algunos pasajes de ese intercambio, queda clarísimo que en cada documento válido y fidedigno se esconde muchísima información de primera mano, acerca de elementos que pintaban en este caso a Manuelita, como generosa, buena madre, buena esposa, sincera, afectuosa y sublime. Marca una distancia entre su amiga y Eduarda Mansilla, a la que, en muchos pasajes de sus cartas con Alberdi, la crítica por su maldad, por vivir en una irrealidad incapaz de hacer feliz siquiera a su esposo. Estas palabras que compartía con Alberdi, le daban aún más al hombre de Las Bases descripciones sobre la familia Rosas y por sobre todo hablaba de por sí del hombre que años antes había sido el más poderoso de la América del Sud.
Si bien fue la única vez donde Dickson en que Alberdi y Rosas tuvieron contacto cara a cara, los intercambios de mensajes fueron sucediendo y aquí remitiré uno del 3 de noviembre de 1857 en donde JB le escribe a Urquiza sobre sus impresiones sobre Rosas:
“Yo no creo insignificantes la adhesión y respeto que Rosas profesa hoy al gobierno nacional argentino. Prescindo de lo que él pueda valer en nuestro país. En Inglaterra hay preocupaciones en su favor; y las simpatías inglesas no son un elemento de desdeñar. Lord Palmerston , Lord Aberdeen, el banquero Baring, y gentes así, le visitan y reciben con distinción. El espectáculo de la vida libre en Inglaterra le ha enseñado a conocer que se puede pensar en oposición con el gobierno sin ser enemigo del país y digno del cadalso. Cinco años de esta escuela y de la de su desgracia, han influido en él, indudablemente, y yo creo que su respeto al gobierno parlamentario que ha organizado V.E no es del todo afectado. Es más o menos el sistema de gobierno que él ve ahora en Inglaterra”.
Luego hay más intercambios entre el Encargado de los Negocios en el Exterior de la Confederación Argentina y Urquiza, que datan del 7 de abril de 1858 y otra del 7 de mayo.
No hay intención alguna de evitar coincidir con aquellos que antagonizan a estos dos personajes de nuestra historia, es quizás la manera de entender también que descontextualizar al personaje, utilizando artilugios tales como agarrar una frase y enjuiciar con tan solo elementos que no determinan absolutamente nada, sino se los engloba como parte del proceso natural que las personas experimentamos a lo largo de nuestras vidas. Nunca somos lo mismo, ni año a año, ni mucho menos en décadas. Lo que no intento aquí es indultar a Alberdi (como si hubiera que hacerlo) ni hacer lo mismo con Rosas.
Es simplemente la coincidencia si se quiere de dos hombres con diferencias notables, pero que en algún punto en situaciones donde los encuentra diametralmente opuestos (uno como plenipotenciario y el otro exiliado) confluyen y logran acercar posiciones que en definitiva son la prueba cabal de que no todo en la historia se puede medir desde “el aguante”. No se puede tomar posición por uno u otro, porque tal cosa no existe. Los hombres de nuestro pasado aun con diferencia, podían diferenciar entre Ser y Parecer, se era patriota o no, en consecuencia, a eso, se actuaba. Rosas fue más bien un hombre de acción, como inclusive lo pinta Alberdi cuando no ve en Rosas nada distinto a esos hombres desprejuiciados de Buenos Aires, de pocas palabras y mucho entusiasmo. Rosas se dirigió a Alberdi sin distinciones, y con el respeto debido, más que al hombre de letras o al genio escritor, al funcionario nacional. Entre ambos escribieron a su modo parte fundamental de los hechos más destacados de nuestra historia nacional.
(*) opúsculo: Tratado científico o literario de corta extensión.
Ricardo Geraci.
Fuentes consultadas: Cartas de una dama porteña a Juan Bautista Alberdi. PDF
Alberto Moreno: Correspondencia entre Rosas y Urquiza. PDF
Beatriz Doallo: El Exilio del Restaurador.

lunes, 28 de febrero de 2022

"Los funerales de la Argentina federal"

 Por Pepe Muñoz Azpiri

        "Como órgano del pueblo y de la multitud popular, el caudillo es del tipo opuesto al militar, que es por esencia órgano del gobierno, de quien siempre depende.

            El caudillo supone la democracia, es decir, que no hay caudillo popular sino donde el pueblo es soberano, mientras que el militar es de todos los gobiernos, y especialmente del despótico y monárquico. 

 

            El caudillaje que apareció en América con la democracia, no puede ser denigrado por los que se dicen partidarios de la democracia, sin el más torpe contrasentido (...)"

 

                                                                                   Juan Bautista Alberdi

 

Desde la aparición en el escenario universal de nuestra nación como nación independiente, coexisten dos proyectos de país antagónicos. Tanto en el plano político como económico, dos realidades se enfrentaron sangrientamente. Esta contradicción subsiste hasta el día de hoy. "La división argentina, no es política, es geográfica, no son dos partidos, son dos países" reflexionó amargamente el tucumano Juan Bautista Alberdi, al analizar el federalismo de los caudillos y la política unitaria de los grupos portuarios.

            Buenos Aires desarrolló un modelo hegemónico, basado en una burguesía mercantil, con el propósito de establecer un modelo librecambista que favoreciera su crecimiento económico. Su sustento ideológico era el racionalismo de la ilustración, las "luces" de la "civilización" que llegaban de Europa, a las cuales el país debía amoldarse. Esta teoría ahistórica del "progreso indefinido" fue impuesta al resto del país mediante bayonetas y expediciones punitivas. Se pretendió encajonar a la Argentina es esquema teóricos importados "en la filosofía sensualista de Condillac - decía José María Rosa - la ética utilitaria de Bentham, el liberalismo constitucional de Constant" como si la realidad histórica de un país se desarrollara en base a postulados predeterminados.

            Este fue un esquema de país, el puerto importador de manufacturas y la pampa productora de materia prima. La "granja próspera", la factoría "elegante" para la cual el resto del país no importaba

            La otra realidad fue el país real, el interior, cuyo incipiente desarrollo artesanal ya sufría la retracción económica producida por la apertura a las mercaderías británicas decretada por la administración borbónica.

            Su concepción de nacionalidad era telúrica, basada en el arraigo a la tradición de las antiguas comunas castellanas (Patria es el lugar donde se nace) y, en consecuencia, diametralmente opuesta a las concepciones intelectuales de los cenáculos portuarios.

            "El tema del espacio fue siempre vital para los federales. Parecían condicionados por definiciones geopolíticas precisas, - comenta Marcelo R. Lascano - animados por la previsión enunciada por Montesquieu. El espacio es destino, según el pensador, luego el alma de una nación cambia en la misma proporción en que su extensión aumenta o disminuye, en que se ensanchan o se estrechan sus fronteras"

            La rapidez con que, después de Caseros, se aprueban los tratados suscriptos el 10 de julio de 1853 con Gran Bretaña y Francia sobre libre navegación de los ríos demuestra, inobjetablemente, que el espacio para los unitarios jamás constituyó una prioridad nacional, como lo fueron las definiciones estratégicas de Chile y Brasil para circunscribir la cuestión a la región.

            En 1835, tres caudillos se destacaban en el país: Facundo Quiroga, asentado en el Norte y Cuyo, Estanislao López en el Litoral y Córdoba y Juan Manuel de Rosas en la provincia de Buenos Aires.

            Tanto Rosas como Quiroga y López representaban la oposición al "progreso", no por la supuesta barbarie con la que los estigmatizó Sarmiento, sino porque advertían que tras el romanticismo de los salones literarios y las declamaciones de los apologistas del libre cambio, se agazapaba la injerencia de los intereses foráneos.  trascendía el marco de la patria chica y se insertaba en un contexto continental. La concepción política de los caudillos (que en carácter de tal constituían la expresión máxima de la democracia) trascendía el marco de la patria chica y se insertaba en el contexto continental. Al igual que José de San Martín, se llamaban a sí mismos "americanos" pues subsistía en ellos el espíritu de unidad de la antigua anfictionía hispánica.

            Lejos de lo que la falsificación histórica del liberalismo ha difundido, el período de la Confederación Argentina constituyó no solo un proyecto de desarrollo (Ley de Aduanas de 1835, Banco de la Provincia de Buenos Aires, Ley Agraria, desarrollo de manufacturas, etc.) sino también de afianzamiento de la unidad nacional y desarrollo de la cultura. Al respecto, basta la lectura de la "Carta de la Hacienda e Figueroa" del propio Rosas y los trabajos del maestro Fermín Chávez sobre la cultura durante el predominio federal.

            Al contrario, la enunciación y los métodos de los partidarios del iluminismo adquiría, a veces, visos de ingenuidad y desconocimiento de la realidad americana y en otras oportunidades se revestía de racismo y metodologías terroristas que hubieran espantado a os mismos protagonistas de la Revolución Francesa. Un testigo de la época, refiriéndose a Sarmiento lo describe diametralmente diferente al retrato de la mitología liberal:

             "El Sr. Sarmiento, que tanto se jacta de imitar a los norteamericanos, parece inspirarse más bien en las ideas de Rosseau que de Jefferson: Es partidario de la intolerancia política, es un inquisidor, un Robespierre, un Torquemada político. Es Un civilizador a cañonazos bayonetazos" ( Alejo Peyret, "Cartas sobre la intervención a la provincia de Entre Ríos", publicadas con el seudónimo "Un extranjero". Buenos Aires.1873).

            El 3 de febrero de 1852, con la derrota nacional de Caseros, se derrumbó el gran proyecto de la Confederación. El aparato político forjado por Juan Manuel de Rosas, bajo la advocación del federalismo, que había constituído la génesis de un Estado Nacional es desmantelado por constitucionalistas exasperados que ya habían colaborado con las intervenciones anglo-francesas desde Montevideo. Paradójicamente, el mal llamado "Período de organización nacional" se transforma en el de la desorganización nacional. Nuevamente Buenos Aires por un lado y el resto del país por el otro, la tajante opción de civilización o barbarie creada por Sarmiento impedía establecer un diálogo entre provincianos y porteños.

            Bartolomé Mitre - hombre clave del unitarismo en la década del 60 - tras la defección de Urquiza en Pavón, asume las riendas del país. Su gobierno se caracterizará por el absoluto control de nuestra política exterior por parte del Imperio Británico, por el brutal sometimiento y represión en las provincias y por la cruenta guerra de la Triple Alianza.

            El aislamiento del Paraguay, iniciado por Gaspar Rodríguez de Francia y continuado hasta Francisco Solano López había evolucionado a un estado autártiquico que transformó a la nación guaraní en generadora de manufacturas y bienes artesanales.

            El Paraguay construyó arsenales y astilleros, flotas fluviales y de ultramar, telégrafos, fábricas de pólvora, papel. loza, azufre y tintes. Estableció fundiciones en Ibicuy para el tratamiento de carbón de madera y mineral de hierro. Desarrolló el primer ferrocarril de América del Sur. Alcanzó un alto grado de alfabetización y monopolizó en manos del Estado el comercio exterior. Es decir, estableció un modelo de nación independiente, absolutamente inverso al nos impuso posteriormente la celebrada generación de 1880. En consecuencia, y más allá de su cuestionable autoritarismo y sistema dictatorial, la dirección elegida en el terreno económico constituía un ejemplo peligroso de imitar por las naciones vecinas. Su proceso de desarrollo independiente desarticulaba la política comercial británica, que necesitaba imperiosamente de mercados externos para colocar los excedentes del maquinismo industrial. Sin la existencia de la India y de las naciones hispanoamericanas como mercados de consumo, el desarrollo capitalista de Inglaterra hubiera sido imposible.

            Mitre, fiel representante de los intereses británicos, elaboró una política de provocaciones que culminó en la guerra del Paraguay. No tuvo escrúpulos en declarar públicamente sus razones:

             "Cuando nuestros guerreros vuelvan de su larga y gloriosa campaña, a recibir la merecida ovación que el pueblo les consagre, podrá el comercio ver inscriptos en sus banderas los grandes principios que los apóstoles del libre cambio han proclamado para mayor felicidad de los hombres"

 

Miles de argentinos regaron de sangre las trincheras y los esteros paraguayos para que los obreros de Manchester y Liverpool no perdieran sus fuentes de trabajo, al igual que hace cuarenta años los soldados se congelaban en las turberas de Malvinas mientras los representantes de la Trilateral Commission regían el destino económico del país.

En nombre de la civilización; Brasil, con sus cuatro millones de  esclavos y la Argentina, que degollaba a las montoneras en las provincias, arrasaron con el último proyecto americano de envergadura. Semejante crimen histórico, en el que los "voluntarios" debían ser enviados engrillados al frente de batalla, fue resistido por los últimos representantes de la Argentina Federal: Ángel Vicente Peñaloza - el Chacho - Felipe Varela y Ricardo López Jordán.

            Es inexacto que redujeron el país a mezquinas concepciones localistas. Estos caudillos se levantaron por la unidad nacional y americana, no contra ella. Constituyeron el último resplandor de la memoria orgánica de la América Hispana otrora unida y ya descuartizada. Sus manifiestos aún resultan proféticos.; Felipe Varela, en 1863, durante la inauguración de la Sociedad de la Unión Americana en Sucre, proclamó:

 

            "¡Si, señores! Ambas aves cuentan numerosas victorias, ambas son el emblema de la gloria, pero hay una diferencia. Cuantas veces el águila imperial remontándose a las alturas, ha tendido la vista sobre el hemisferio, ha sido solo para divisar donde hay un pueblo indefenso que desgarrar. Al contrario, cuantas veces el cóndor republicano, desde las cumbres de Los Andes ha tendido su vista sobre el continente, solo ha sido para ver donde hay un pueblo oprimido que liberar. El águila es el representante del pasado y el cóndor es del presente y el provenir; aquel anuncia conquistas, éste libertad. El águila representa la usurpación y el cóndor el derecho".

 

            ¿Era este el pensamiento de la anarquía y el atraso? ¿Era éste el testimonio de la barbarie? Tal vez, si consideramos que en los países periféricos determinados conceptos deben considerarse a la inversa del significado que le atribuyen las usinas centrales que las emiten. La "barbarie montonera se transformó posteriormente en la "chusma radical" y el "aluvión zoológico" peronista. Alem fue "el hijo del mazorquero", Yrigoyen el paladín de la chusma y Perón el "tirano depuesto", el "gran corruptor", categorías que en el leguaje político de la oligarquía se aplican a quienes representan las luchas de los pueblos por su autoconciencia.

           

 

 

                                                                                               Pepe Muñoz Azpiri.

 

domingo, 31 de octubre de 2021

Juan Bautista Alberdi y el Restaurador:

 Por el Prof. Jbismarck

Alberdi, con su Memoria descriptiva sobre Tucumán: (1834), con sus publicaciones en el periódico La Moda (1837) y otros, habría inaugurado en el Río de la Plata, los tres grandes temas sobre los que se organizaría el "americanismo literario": el paisaje, las costumbres y las tradiciones.  A los 25 años Juan Bautista Alberdi, formaba parte de Asociación de Mayo; jóvenes románticos, idealistas y liberales, obnubilados por las nuevas corrientes filosóficas y encandilados los “las luces” de Europa, creen poder convencer a Rosas de sus ideas. Alberdi lo llama “el Gran Rosas”. Hacia 1837 Buenos Aires era el lugar donde la anhelante juventud estudiosa de una nueva generación, recibía y asimilaba las doctrinas europeas. Era el auge del romanticismo literario y político. Las ideas de los siglos XVII y XVIII imponían su sello característico: junto a Montesquieu y Rousseau, se leía a Hobbes y Locke, a Vico, Cousin, Lerminier y Saint Simon.   Pronto, al ver que Rosas no está en camino de aplicar las libertades ni filosofías de la Revolución Francesa, serán sus enemigos. Alberdi publica artículos en “La Moda” de crítica costumbrista, con el seudónimo de Figarillo. Este grupo de jóvenes afrancesados se sienten en cierta forma amenazados y Alberdi, temeroso, pide audiencia a Rosas: “Más tolerante que sus consejeros, me dispensó de ella, mandándome palabras calmantes por medio de Mariño” confesará Alberdi.   Según ellos mismos lo dijeron, querían el progreso del país, en base a la libertad. La primera exposición de las ideas y propósitos de esta nueva generación, fue expuesta por Juan Bautista Alberdi, en su libro “Fragmento preliminar al estudio del derecho”, editado en Buenos Aires y que fuera dedicado al gobernador de Tucumán y protector del autor, el “Indio” Alejandro Heredia.   Alberdi indica que saber leyes no es saber derecho, que la jurisprudencia es filosofía y no arte mecánica y que atenerse a la intención lógica y no a la gramatical, para interpretar las leyes es lo correcto. Y que un pueblo, para ser independiente, además de ser civilizado, deberá tener una conciencia nacional, por medio de una filosofía propia.

Critica en consecuencia las imitaciones extranjerizantes hechas en el país y cree que la libertad de la razón debe ser amplia y en todo: en el obrar, en el creer y en el actuar.     Estos atributos del pueblo, deben lograrse por la misión de la juventud en forma de un desarrollo pacífico; y para ello “Nosotros hemos debido suponer en la persona grande y poderosa que preside nuestros destinos públicos, una fuerte intuición de estas verdades”. Es decir que Alberdi y con él la generación de 1837, se creyó compenetrada con la actuación de Juan Manuel de Rosas, a la sazón Gobernador de la Provincia de Buenos Aires y Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina. Era en la época, la justificación de la política de Rosas y de cómo entendía este que debía organizarse el país, ideas que expresara a Juan Facundo Quiroga en su famosa carta de la hacienda de Figueroa, enviada al riojano cuando este comenzaba el viaje a Santiago del Estero, que posteriormente lo llevaría a ser asesinado en febrero de 1835. O sea que para constituir un país, la elaboración debería ser lenta y progresiva, tratando de unir voluntades en una política de coincidencias, la que debería estar de acuerdo a las características propias de la nacionalidad.   Alberdi cree que la popularidad es el signo de la legitimidad de los gobiernos y que cuando estos tienen tal cualidad, no caen.   ¿Y qué límites y restricciones deberán de tener los gobiernos? Y Alberdi afirma tajantemente: “El límite de que aquí se trata, ya sea que este derecho resida escrito en la carta constitucional de la nación, ya en la razón del pueblo, o solamente en la conciencia del gefe supremo del Estado, como sucede entre nosotros. En este sentido cuantas veces se ha dicho que el poder del Sr.Rosas no tiene límites, se ha despojado aunque de buena fe, a este ilustre personage del título glorioso de Restaurador de las Leyes: porque las leyes, no siendo otra cosa que la razón o el derecho, restaurar las leyes es restaurar la razón o el derecho, es decir, un límite que había sido derrocado por los gobiernos despóticos, y que hoy vive indeleble en la conciencia enérgica del gran general que tuvo la gloria de restaurarle. No es pues ilimitado el poder que nos rige, y sólo el crimen debe temblar bajo su brazo. Tiene un límite, sin duda, que por una exigencia desgraciada pero real, de nuestra patria, reside en una conciencia, en vez de residir en una carta. Pero una conciencia garantida por más de cuarenta años de una moralidad irrecusable y fuerte, no es una conciencia temible”.  Sin embargo al poco tiempo cambia de opinión; Emigrado en Montevideo (1838), junto a otros jóvenes se dedicará a combatir a Rosas. Alberdi reconoce que emigran espontáneamente, sin ofensas ni odios ni sin motivos personales, y solo por combatir la “tiranía”. Desde “El Nacional” predica la alianza entre los emigrados y la escuadra francesa que bloquea y ataca. A la confederación. Cuales son los argumentos? “nosotros no somos hijos de nuestra tierra sino de la Humanidad” (...) “para los espíritus vastos y serios que saben no estacionarse en el círculo estrecho de la Nación, la patria es la Humanidad”. Dice Alberdi.  . Si bien estuvo en el exilio (voluntario) varios años y colaboró con la emigración, algún tiempo después continuaría con sus ideas ya manifestadas, al escribir “La República Argentina treinta y siete años después de su Revolución de Mayo”    En 1847 Chile, publica en Chile “La Republica Argentina luego de 37 años después de la revolución de Mayo” donde dice ...”Rosas es un mal y un remedio a la vez”… “Bolívar no ocupó tanto el mundo con su nombre como el actual gobernador de Buenos Aires “….”el nombre de Washington es adorado en el mundo, pero no más conocido”….”los Estados Unidos, a pesar de su celeridad, no tienen hoy un hombre público más expectable que el General Rosas” ...”se habla de él popularmente de un cabo al otro de América”…”no hay lugar en el mundo donde se ignore su nombre....”porque no hay uno a donde no llegue la prensa inglesa y francésa que hace diez años lo repiten día por día”... ”que orador, que escritor célebre del siglo XIX no le ha nombrado, no ha hablado de él muchas veces? Guizot, Thiers, O´Connell, Lamartine, Palmerston, Aberdeen. ¿Cuál es la celeridad parlamentaria de esta época que no se haya ocupado de él”...  A pesar de ser un enemigo político de Rosas, dice honestamente ...”Si se pidiesen títulos de Rosas a la nacionalidad argentina, yo contribuiría con un sacrificio no pequeño al logro de su rescate”...”El primer partido de América que haya repelido a los estados de Europa, es el de Rosas”   

En 1857 Alberdi era Ministro de la Confederación en Londres. En una reunión privada se encuentran Rosas y Alberdi, los dos viejos adversarios.  Alberdi mismo relatará el encuentro. Dice que cuando entró encontró a Rosas hablando con las damas en ingles, y lo describe como “un hombre entretenido y de cierta distinción”. Se dan la mano “con palabras corteses”, sin odios ni rencores. Conversan privadamente. ¿De que hablan ?  Según Alberdi, Rosas le pide decirle al general Urquiza que le está ...”intensamente agradecido por su conducta recta y justa hacia él; que si algo poseía hoy para vivir, a él se lo debía”... Reitera sus palabras de...”respeto y sumisión al gobierno nacional”... y “habla con moderación y respeto de todos sus adversarios”.   Con Alberdi hablan de cosas de la vida cotidiana en Inglaterra, de caballos ingleses y de su caballo, de su difícil situación económica, y le declara no haber traído dinero de Buenos Aires, pero sí todos sus papeles históricos en cuya autoridad descansa...”El dice que guarda sus opiniones, sin perjuicio de su respeto por la autoridad de la Nacion”   Dice Alberdi que Rosas no es fanfarrón ni arrogante, y que se muestra “juvenil y atento” a pesar que a sus 74 años se encuentra en el destierro y en la pobreza, abandonado de todos, calumniado e injuriado.    Esta entrevista inicia una amistad entre los dos hombres, y Alberdi llegará a comprender a Rosas.      En 1863, en correspondencia posterior Alberdi le dice a Máximo Terrero: ”...el señor Elizalde ha entrado en sus últimos trabajos diplomáticos con la misma política exterior que el general Rosas tuvo antes que conociera la Europa. Fiel a su destino se ve que Elizalde marcha siempre a raya del general Rosas ¡ Ah, si al menos imitasen su energía y dignidad” ”que justificación solemne recibe con todo esto el general Rosas”...    Le expresa que no quiere molestarlo..”en su retiro digno y laborioso”...y que Rosas “está dando lecciones a los generales americanos que la demagogia echa a las playas europeas, llenos de plata y ávidos de placeres” (1 de octubre de 1863)     En carta a Manuelita (13-01-1864) le dice que ...”difícilmente se puede dar cabeza que exprese la posesión de un talento superior tan elocuente como la de nuestro antiguo Jefe Supremo del Río de La Plata”... y agrega que “lord Byron habría envidiado la fascinación irresistible de su mirada”.  A Terrero, el 19 de julio de 1863 ...” En el mismo lugar en que debiera tributarse elogio y respeto al general Rosas, que tuvo tan alto el estandarte de San Martín, lo ultrajan del modo más cobarde e ingrato”...” Me gusta mucho oírle a Ud. que el general Urquiza contempla y respeta al general Rosas, en lo que prueba cordura y sensatez”.   Y todo esto no lo dice un “fanático Federal”. Lo dice un antigua adversario y enemigo político, en su madurez intelectual y despojado de pasiones.  Al saber del incendio de la chacra de Rosas, le escribe a Terrero diciendo que “ teme sea obra de los enemigos de Rosas con el fin de hacer desaparecer sus papeles” y el 8 de agosto de 1863, desde Caen...”La causa real del general Rosas se halla triunfante y respetada hasta en esos puntos más vulnerables, por sus enemigos; y él ¿es acusado criminalmente?”... Luego se pregunta porque ha sido procesado Rosas...”el único que lleva vida digna y se tiene en una reserva llena de decoro y de honor”.  Habla luego de su proyecto de una defensa de Rosas, y cree que ...”una corta Memoria, bien acompañada de una masa de documentos, sería más eficaz que un grueso libro”...y pidiendo disculpas de no haberlo visitado añade...…”El ejemplo de moderación y dignidad que está dando a nuestra América, despedazada por la anarquía, es para mí, una prenda segura de que le esperan días más felices que los actuales”    

El 14 de agosto de1864, en carta que contiene el plan de la Memoria propuesto por Alberdi, el mismo agrega que ...” El ejemplo de Rosas, de refugiado digno, resignado. Laborioso, en Europa, no tiene ejemplo sino el de la vieja Roma” ...y comparándolo con otros generales desterrados en Europa, dice ...”solo él no ha conspirado para recuperar el poder, ni ha hecho la corte a los reyes, ni buscado espectabilidad, ni ruido. Solo él ha vivido del sudor de su trabajo de labrador, sin admitir favores de extraños”...”Es indigno y vergonzoso atacar a un hombre semejante y en semejante situación”...y opina que la “Memoria debe ser sin frases y reducirse a cifras, documentos y hechos: valor de la moneda en tiempo de Rosas y en la actualidad; la deuda de entonces y al de hoy; la ley que dio el poder a Rosas; sus renuncias; las aprobaciones Legislativas de sus actos; los títulos y honores recibidos; las fronteras de entonces y las de hoy; la fortuna que tuvo Rosas y la que tiene hoy”... y haciendo referencia al sable de la independencia agrega... ...”no hay que olvidar el testamento de San Martín”...”como vive en Europa y las atenciones de que es objeto”.    Cree que Rosas “debe defenderse hasta por patriotismo, por decoro de su país. …Callar sería dar la razón al que habla, aunque no la tenga”   En 1865 en carta a Terrero le dice que ...”Cuando veo la nación sin gobierno, yo le preguntaría a Urquiza ¿para que volteó a Rosas? ¿no dijo que Ud que era para organizar y constituir un gobierno nacional regular? Lo que hoy existe ¿es gobierno regular?    El 13 de marzo de 1866, hablándole a Terrero de su folleto “Crisis de 1866”...”Había una página en que parangonaba los gobiernos, o , más bien, las personas del general Rosas y del General Mitre, para hacer resaltar la enorme superioridad del primero.” ... y preocupado por la salud de Rosas ...”Hoy es necesaria su vida, no solo para ustedes y muchos amigos, sino para la historia y tal vez para el porvenir inmediato de nuestro País”  En 1867 dice Alberdi...”Mi pasado político me gobierna un poco, pero él no me impedirá, llegada la oportunidad que ha de venir, de tributar a la justicia histórica, en obsequio de muchos títulos que le asisten a él, el testimonio público de mis convicciones al su respecto”


Alberdi dirá también que “Mientras se levantan altares a San Martín su espada está en Southamptom, sirviendo de trofeo monumental a la tumba de Rosas, puesta en ella por la manos mismas del héroe de Chacabuco y Maipú” y agrega: “Su conducta en Europa no ha sido inferior a la de San Martín”.   Afirma que su respeto al vencedor, “sin coacción ni motivo de temor, es tenido en todo país civilizado como respeto liberal a la Ley. Este solo antecedente lo hace merecedor de que sea la tierra clásica de la libertad la que pese ligera sobre sus restos mortales”. Y en un rasgo de noble arrepentimiento exclama: “Yo combatí su gobierno. Lo recuerdo con disgusto”.  Alberdi comprende finalmente su error y trata de enmendarlo. Una verdadera honestidad intelectual de este hombre singular, que reconoce los méritos de su viejo adversario, sin rencores ni pasiones. Otros en cambio terminaron escribiendo una “historia oficial” totalmente tergiversada y escrita con rencores y odios.

 

Bibliografía:

Alberdi, Juan bautista “Obras Completas”

Gonzalez Arzac, Alberto “Alberdi el argentino ausente” en revista Todo es Historia Nro 39

Las cartas rosistas de Alberdi / Comentaric de Adolfo Saldias

Oliver Juan Pablo "El verdadero Alberdi"

Rosa, José María “Historia Argentina”

Sierra Vicente D. "Historia Argentina"

jueves, 30 de enero de 2020

EL GENERAL SAN MARTÍN EN 1843


Por Juan Bautista Alberdi
París, 14 de septiembre de 1843
El primero de septiembre, a eso de las 11 de la mañana, estaba yo en casa de mi amigo, el señor don M. J. de Guerrico, con quien debíamos asistir al entierro de una hija del señor Ochoa (poeta español) en el cementerio de Montmartre. Yo me ocupaba, en tanto que esperábamos la hora de la partida, de la lectura de una traducción de Lamartine, cuando Guerrico se levantó exclamando: «¡El general San Martín!».
Me paré lleno de agradable sorpresa, a ver la gran celebridad americana que tanto ansiaba conocer. Mis ojos, clavados en la puerta por donde debía entrar, esperaban con impaciencia el momento de su aparición. Entró, por fin, con su sombrero en la mano, con la modestia y apocamiento de un hombre común. ¡Qué diferente le hallé del tipo que yo me había formado, oyendo las descripciones hiperbólicas que me habían hecho de él sus admiradores en América! Por ejemplo: yo le esperaba más alto y no es sino un poco más alto que los hombres de mediana estatura. Yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado; y no es más que un hombre de color moreno, de los temperamentos biliosos. Yo lo suponía grueso, y, sin embargo de que lo está más que cuando hacía la guerra en América, me ha parecido más bien delgado; yo creía que su aspecto y porte debían tener algo de grave y solemne, pero le hallé vivo y fácil en sus ademanes, y su marcha, aunque grave, desnuda de todo viso de afectación. Me llamó la atención su metal de voz, notablemente gruesa y varonil. Habla sin la menor afectación, con toda la llanura de un hombre común.
Al ver el modo cómo se considera él mismo, se diría que este hombre no había hecho nada de notable en el mundo, porque parece que él es el primero en creerlo así. Yo había oído que su salud padecía mucho, pero quedé sorprendido al verle más joven y más ágil, que todos cuantos generales he conocido de la guerra de nuestra independencia, sin excluir al general Alvear, el más joven de todos. El general San Martín padece en su salud, cuando está en inacción y se cura con sólo ponerse en movimiento. De aquí puede inferirse la fiebre de acción de que este hombre extraordinario debió estar poseído en los años de su tempestuosa juventud. Su bonita y bien proporcionada cabeza, que no es grande, conserva todos sus cabellos, blancos hoy casi totalmente; no usa patilla ni bigote a pesar de que hoy los llevan por moda hasta los más pacíficos ancianos. Su frente, que no anuncia un gran pensador, promete, sin embargo, una inteligencia clara y despejada, un espíritu deliberado y audaz. Sus grandes cejas negras suben hasta el medio de la frente, cada vez que se abren sus ojos, llenos aún del fuego de la juventud. La nariz es larga y aguileña, la boca pequeña y ricamente dentada es graciosa cuando sonríe; la barba es aguda.
Estaba vestido con sencillez y propiedad, corbata negra atada con negligencia, chaleco de seda negro, levita del mismo color, pantalón mezcla celeste, zapatos grandes. Cuando se paró para despedirse, acepté y cerré con mis dos manos la derecha del grande hombre que había hecho vibrar la espada libertadora de Chile y el Perú. En ese momento se despedía para uno de los largos viajes que hace en el interior de la Francia en la estación del verano.
No obstante su larga residencia en España, su acento es el mismo de nuestros hombres de América, coetáneos suyos. En su casa habla alternativamente el español y francés, y muchas veces mezcla palabras de los dos idiomas, lo que le hace decir, con mucha gracia, que llegará un día en que se verá privado de uno y otro, o tendrá que hablar un patois de su propia invención. Rara vez, o nunca, habla de política. Jamás trae a la conversación, con personas indiferentes, sus campañas de Sud América; sin embargo, en general le gusta hablar de empresas militares.
Yo había sido invitado por su excelente hijo político, el señor don Mariano Balcarce, a pasar un día en su casa de campo, en Grandbourg, como seis leguas y media de París. Este paseo debía ser para mí tanto más ameno cuanto que debía hacerlo por el camino de hierro en que nunca había andado. A las once del día señalado, nos trasladamos con mi amigo el señor Guerrico al establecimiento de carruajes de vapor de la línea de Orleans, detrás del Jardín de Plantas…
A eso de la una de la tarde, se detuvo el convoy en Ris; de allí a la casa del general San Martín hay una media hora, que anduvimos en un carruaje enviado en busca nuestra por el señor Balcarce. La casa del general San Martín está circundada de calles estériles y tristes, que forman los muros de las heredades vecinas. Se compone de un área de terreno igual, con poca diferencia, a una cuadra cuadrada nuestra. El edificio es de un solo cuerpo y dos pisos altos. Sus paredes blanqueadas con esmero, contrastan con el negro de la pizarra que cubre el techo, de forma irregular. Una hermosa acacia blanca da su sombra al alegre patio de la habitación. El terreno que forma el resto de la posesión está cultivado con esmero y gusto exquisito; no hay un punto donde no se alce una planta estimable o un árbol frutal. Dalias de mil colores, con una profusión extraordinaria llenan de alegría aquel recinto delicioso. Todo en el interior de la casa respira orden, conveniencia y buen tono. La digna hija del general San Martín, la señora Balcarce, cuya fisonomía recuerda con mucha vivacidad la del padre, es la que ha sabido dar a la distribución doméstica de aquella casa, el buen tono que distingue su esmerada educación. El general ocupa las habitaciones altas que miran al norte. He visitado su gabinete, lleno de la sencillez y método de un filósofo. Allí, en un ángulo de la habitación, descansaba impasible, colgada al muro la gloriosa espada que cambió un día la faz de la América occidental. Tuve el placer de tocarla y verla a mi gusto; es excesivamente curva, algo corta, el puño sin guarnición; en una palabra: de la forma denominada vulgarmente moruna. Está admirablemente conservada: sus grandes virolas son amarillas, labradas, y la vaina que la sostiene es de un cuero negro graneado semejante al del jabalí. La hoja es blanca enteramente, sin pavón ni ornamento alguno. A su lado estaban también las pistolas grandes, inglesas, con que nuestro guerrero hizo la campaña del Pacífico.
Vista la espada, se venía naturalmente el deseo de conocer el trofeo con ella conquistado. Tuve, pues, el gusto de examinar muy despacio el famoso estandarte de Pizarro que el Cabildo de Lima regaló al general San Martín, en remuneración de sus brillantes hechos. Abierto completamente sobre el piso del salón, lo vi en todas sus partes y dimensiones. Es como de nueve cuartas nuestras de largo; y su ancho como de siete cuartas. El fleco de seda y oro ha desaparecido casi totalmente. Se puede decir que del estandarte primitivo se conservan apenas algunos fragmentos adheridos con esmero a un fondo de seda amarillo. El pedazo más grande es el del centro, especie de chapón donde sin duda estaba el escudo de armas de España, y en que hoy no se ve sino un tejido azul confuso y sin idea ni pensamiento inteligibles. Sobre el fondo amarillo o caña del actual estandarte se ven diferentes letreros, hechos con tinta negra, en que se manifiestan las diferentes ocasiones en que ha sido sacado a las procesiones solemnes por los alféreces reales que allí mismo se mencionan.
¿Quién si no el general San Martín debía poseer este brillante gaje de una dominación que había abatido con su espada? Se puede decir con verdad que el general San Martín es el vencedor de Pizarro: ¿a quién, pues, mejor que al vencedor tocaba la bandera del vencido? La envolvió a su espada y se retiró a la vida oscura, dejando a su gran colega de Colombia la gloria de concluir la obra que él había casi llevado hasta su fin…
No hay ejemplo (que nosotros sepamos) de que el general San Martín haya facilitado datos ni notas para servir a redacciones que hubieran podido serle muy honrosas; y difícilmente tendremos hombre público que haya sido solicitado más que él para darlas… Se me ha dicho que cuando la aparición de la Memoria sobre el general Arenales, publicada por su hijo, un hombre público de nuestro país escribió al general San Martín solicitando de él algunos datos y su consentimiento para refutar al coronel Arenales en algunos puntos en que no se apreciaba con la bastante latitud los hechos esclarecidos del Libertador de Lima. El general San Martín rehusó los datos y hasta el permiso de refutar a nadie en provecho de su celebridad.
El actual Rey de Francia, que es conocedor de la historia americana, habiendo hecho reminiscencia del general San Martín, en presencia de un agente público de América, con quien hablaba a la sazón, supo que se hallaba en París desde largo tiempo. Y como el Rey aceptase la oferta que le fué hecha inmediatamente de presentar ante S. M. al general americano, no tardó en ser solicitado con el fin referido; pero el modesto general, que nada tiene que hacer con los reyes, y que no gusta de hacer la corte, ni de que se la hagan a él, que no aspira ni ambiciona a distinciones humanas, pues que está en Europa, se puede decir, huyendo de los homenajes de catorce repúblicas, libres en gran parte por su espada, que si no tiene corona regia, la lleva de frondosos laureles, en nada menos pensó que en aceptar el honor de ser recibido por S. M. y no seré yo el que diga que hubiese hecho mal en esto.
Antes que el señor marqués Aguado verificase en España el paseo que le acarreó su fin, hizo las más vehementes instancias a su amigo el general San Martín para que le acompañase al otro lado del Pirineo. El general se resistió, observándole que su calidad de general argentino le estorbaba entrar en un país con el cual el suyo había estado en guerra sin que hasta hoy tratado alguno de paz hubiese puesto fin al entredicho que había sucedido a las hostilidades: y que en calidad de simple ciudadano le era absolutamente imposible aparecer en España, por vivos que fuesen los deseos que tenía por acompañarle. El señor de Aguado, no considerando invencible este obstáculo, hizo la tentativa de hacer venir de la corte de Madrid el allanamiento de la dificultad. Pero fué en vano porque el gobierno español, al paso que manifestó absoluta deferencia por la entrada del general San Martín cómo hombre privado, se opuso a que lo verificase en su rango de general argentino. El Libertador de Chile y el Perú, que se dejaría tener por hombre oscuro en todos los pueblos de la tierra, se guardó bien de presentarse ante sus viejos rivales, de otro modo que con su casaca de Maipo y Callao: se abstuvo, pues, de acompañar a su antiguo camarada. El señor de Aguado marchó sin su amigo y fué la última vez que le vió en la vida. Nombrado testamentario y tutor de los hijos del rico banquero de París, ha tenido que dejar hasta cierto punto las habitudes de la vida inactiva que eran tan funestas a su salud. La confianza de la administración de una de las más notables fortunas de Francia, hecha a nuestro ilustre soldado por un hombre que le conocía desde la juventud, hace tanto honor a las prendas de su carácter privado, como sus hechos de armas ilustran su vida pública. El general San Martín habla a menudo de la América en sus conversaciones íntimas, con el más animado placer: hombres, sucesos, escenas públicas y personales, todo lo recuerda con admirable exactitud. Dudo, sin embargo, que alguna vez se resuelva a cambiar los placeres estériles del suelo extranjero por los peligros e inquietos goces de su peligroso país. Por otra parte, ¿será posible que sus adioses de 1829, hayan de ser los últimos que deba dirigir a la América, el país de su cuna y de sus grandes hazañas?
J. B. ALBERDI.

martes, 24 de diciembre de 2019

Alberdi: El Capital y la libre Navegación de los ríos.

Por José María Rosa
El capital extranjero:   No era fácil eliminar a todo un pueblo de su tierra: de allí el indispensable apoyo foráneo para la patriótica tarea. Las garantías individuales de la futura Constitución tendrían objeto cuidar al extranjero, al capital de afuera, y por eso no era conveniente dejarlas libradas a gobiernos que podrían tener la fuerza de aplicarlas a favor de los criollos, o sacudirse, como Rosas, en alguna crisis de exaltación nacionalista. Había que hacerlas inviolables “bajo el protectorado del cañón de todos los pueblos”, firmando “tratados con el extranjero en que déis garantías de que sus derechos serán respetados. Estos tratados serán la más bella parte de la Constitución”  Frente a ese cañón constitucional, ¿qué derechos, qué garantías, qué declaraciones podían invocar los nativos desarmados, disminuidos, despreciados, ahuyentados?. La patria no sería de ellos, que carecerían de bienes materiales; la patria sería ahora de los gringos:  ‘‘Hace dos mil años que se dijo esta palabra que forma la divisa de este siglo: Ubi bene ubi patrio”.
El cañón extranjero serviría a la nueva Patria mejor que el cañón de Obligado. Como acudiría a defender sus intereses, el cañón extranjero defendería la Constitución: ‘‘Proteged empresas particulares (fiscales ¡jamás!) para la construcción de ferrocarriles. Colmadlas de ventajas, de privilegios, de todo favor imaginable sin deteneros en medios. Preferid este expediente a cualquier otro ... Entregad todo a los capitales extranjeros. Dejad que los tesoros de fuera como los hombres, se domicilien en nuestro suelo. Rodead de inmunidades y de privilegios el tesoro extranjero para que se naturalice entre nosotros”
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La naturalización que decía no era la asimilación del capital o de los hombres foráneos al país, sino precisamente la inversa: la identidad del país con los hombres y las riquezas de afuera. No era que las empresas prescindieran de su nacionalidad de origen, tampoco que los directorios antepusieran las conveniencias argentinas a sus propios intereses, o que los accionistas perdieran su mentalidad extranjera por el hecho de cobrar dividendos argentinos. Esa no era la naturalización de Alberdi: era la del país, que al atarse al extranjero se extranjerizaría: se convertiría en colonia, en factoría. Con mentalidad de colonia, que él llamaba “mentalidad civilizada
Libre navegación  Había de renunciarse a la soberanía de los ríos navegables. porque "Dios no los ha hecho grandes como mares para que solo se naveguen por una familia"   Rosas había luchado - y triunfado - contra Inglaterra y Francia por la soberanía Argentina de los ríos, reconocida en los tratados de 1849 y 1850. Pero la libre navegación - es decir: la renuncia a la soberanía Argentina - fue una de las condiciones impuestas por Brasil y acababa de hablarse de ella en el acuerdo de San Nicolás. Alberdi, abogado de causas triunfantes, se encargaría de dar la explicación del desgarramiento: por los ríos "penetraría la civilización europea" y convenía entregarlos a la ley de los mares", (14) considerarlos constitucionalmente como cosas ajenas. Que:  “...cada afluente navegable reciba los reflejos civilizadores de la bandera de Albión: que en las márgenes del Pilcomayo y el Bermejo brillen confundidas las mismas banderas de todas partes que alegran las aguas del Támesis, río de Inglaterra y del universo"
No habría visto el Támesis en su estada en Londres, pues no hay otra bandera que la inglesa. No había estudiado el origen del poderío marítimo inglés porque ignoraba el Acta de Navegación de Cronwell que cerraba los puertos a los barcos extranjeros.
Moral de "Bases".  Había que entregar todo al gringo. No solamente la tierra, no solamente la historia, no solamente la vida: también “el encanto que nuestras hermosas y amables mujeres recibieron de su origen andaluz", que serían mejor fecundadas por ellos que por nosotros. Eso era moral, eso era inteligente; los hombres de antes no habrían comprendido el gran secreto de la prosperidad: San Martín y Rosas tenían ideas atrasadas sobre la manera de vivir:
“Nuestros patriotas de la primera época (de la Independencia y la Restauración) no son los que poseen ideas más acertadas sobre el modo de hacer prosperar esta América ... Las ficciones del patriotismo, el artificio de una causa puramente americana de que se valieron como medio de guerra, los dominan y poseen hasta hoy mismo. Así hemos visto a Bolívar hasta 1826 provocar, ligar, para contener a la Europa, y al general San Martín aplaudir en 1844 la resistencia de Rosas a las reclamaciones accidentales (?) de algunos estados europeos ... La gloria militar que absorbió sus vidas los preocupa todavía más que el progreso ... Pero nosotros más fijos en la obra de la civilización que en la del patriotismo de cierta época, vemos venir sin pavor todo cuanto la América puede producir en acontecimientos grandes".
La gloria, ¿cuanto vale?... “La gloria es la plaga de nuestra pobre América del Sur” (18) ... “La paz nos vale el doble que la gloria”, con la paz habría dinero: desde luego que en manos foráneas, pero algunas migajas podrían recoger los nativos que se amoldaran al nuevo orden de cosas y sirvieran lealmente los intereses de los dueños nuevos. “El laurel es planta estéril en América", que no da dinero como el trigo:
“Vale más la espiga de la paz, que es de oro, no en el lenguaje del poeta sino del economista. Ha pasado la época de los héroes, entramos hoy en la edad del buen sentido" .
Nada de guerras, nada de luchas. Aunque la prepotencia extranjera lo exigiera, valía más bajar la cabeza que recurrir a la espada. No porque el extranjero fuera imbatible: Rosas había demostrado que los argentinos sabían vencerlo. Pero las victorias criollas serían mal miradas en Europa:
“Ante los reclamos europeos por inobservancia de los tratados que firméis, no corráis a la espada ni gritéis: ¡Conquista! No va bien tanta susceptibilidad a pueblos nuevos, que para prosperar necesitan de todo el mundo. Cada edad tiene su honor peculiar. Comprendamos el que nos corresponde. Mirémonos mucho antes de desnudar la espada; no porque seamos débiles, sino porque nuestra inexperiencia y desorden normales nos dan la presunción de culpabilidad ante el mundo de nuestros caminos externos; y sobre todo porque la paz nos vale el doble que la gloria”   
Vivir sin honor, pero con dinero. O no vivir de ninguna manera: extinguirse patrióticamente para que el extranjero diligente y hábil fecundara nuestras mujeres e hiciera prosperar la tierra: he aquí el porvenir que dejaba Bases a los argentinos” .