Rosas
viernes, 26 de julio de 2024
CONFESIONES DE UNA MASCARA_ JOSÉ LUIS MUÑOZ AZPIRI Y JULIO R. OTAÑO
martes, 10 de mayo de 2022
Panel Homenaje a los Miembros del Cuerpo Académico del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas, fallecidos
Por Claudia Alejandra Heredia
En el día de ayer se realizó un sentido homenaje a los Miembros del Cuerpo Académico y amigos del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas fallecidos en los últimos años. Se contó con la presencia de familiares y amigos a quienes fueron dirigidas emotivas palabras de recuerdos y anécdotas personales que nos permitieron, a quienes no tuvimos el placer de conocerlos personalmente, tener un acercamiento a sus ideas y trayectorias , despertando la inquietud y el deseo por profundizar en su obra y transmitirla. Fueron los oradores el Presidente del Instituto Nacional Dr. Alberto Gelly Cantilo quien dedicó unas palabras sobre los historiadores Omar Kraiker, Antonio Testa y para finalizar su experiencia personal como amigo del Prof. Jorge Oscar Sulé. Seguidamente, el Dr. Carlos De Santis se refirió al Profesor Carlos Barbera, fallecido a los 94 años. El Licenciado José Luis Muñoz Azpiri (H) hizo lo propio con el Licenciado Héctor Alberto Flores; el Dr. Julio R. Otaño, con notable orgullo y emoción, compartió con los presentes su experiencia como alumno del Profesor Dr. Arturo Pellet Lastra, finalizando su exposición con unas palabras de reconocimiento al mencionado historiador Jorge Oscar Sulé, y un especial agradecimiento a la generosidad de sus familiares, quiénes donaron su biblioteca personal a los Institutos Nacional de Investigaciones Juan Manuel de Rosas y de San Martín, cumpliéndose su voluntad de ser aprovechada por las futuras generaciones.
lunes, 28 de febrero de 2022
"Los funerales de la Argentina federal"
Por Pepe Muñoz Azpiri
"Como órgano del pueblo y de la multitud popular, el caudillo es del tipo opuesto al militar, que es por esencia órgano del gobierno, de quien siempre depende.
El caudillo supone la democracia, es decir, que no hay caudillo popular sino donde el pueblo es soberano, mientras que el militar es de todos los gobiernos, y especialmente del despótico y monárquico.
El caudillaje que apareció en
América con la democracia, no puede ser denigrado por los que se dicen
partidarios de la democracia, sin el más torpe contrasentido (...)"
Juan
Bautista Alberdi
Desde la
aparición en el escenario universal de nuestra nación como nación
independiente, coexisten dos proyectos de país antagónicos. Tanto en el plano
político como económico, dos realidades se enfrentaron sangrientamente. Esta
contradicción subsiste hasta el día de hoy. "La división argentina, no es
política, es geográfica, no son dos partidos, son dos países" reflexionó
amargamente el tucumano Juan Bautista Alberdi, al analizar el federalismo de
los caudillos y la política unitaria de los grupos portuarios.
Buenos
Aires desarrolló un modelo hegemónico, basado en una burguesía mercantil, con
el propósito de establecer un modelo librecambista que favoreciera su
crecimiento económico. Su sustento ideológico era el racionalismo de la
ilustración, las "luces" de la "civilización" que llegaban
de Europa, a las cuales el país debía amoldarse. Esta teoría ahistórica del
"progreso indefinido" fue impuesta al resto del país mediante
bayonetas y expediciones punitivas. Se pretendió encajonar a la Argentina es
esquema teóricos importados "en la
filosofía sensualista de Condillac - decía José María Rosa - la ética utilitaria de Bentham, el
liberalismo constitucional de Constant" como si la realidad histórica
de un país se desarrollara en base a postulados predeterminados.
Este fue
un esquema de país, el puerto importador de manufacturas y la pampa productora
de materia prima. La "granja próspera", la factoría "elegante"
para la cual el resto del país no importaba
La otra
realidad fue el país real, el interior, cuyo incipiente desarrollo artesanal ya
sufría la retracción económica producida por la apertura a las mercaderías
británicas decretada por la administración borbónica.
Su
concepción de nacionalidad era telúrica, basada en el arraigo a la tradición de
las antiguas comunas castellanas (Patria es el lugar donde se nace) y, en
consecuencia, diametralmente opuesta a las concepciones intelectuales de los
cenáculos portuarios.
"El
tema del espacio fue siempre vital para los federales. Parecían condicionados
por definiciones geopolíticas precisas, - comenta Marcelo R. Lascano - animados
por la previsión enunciada por Montesquieu. El espacio es destino, según el
pensador, luego el alma de una nación cambia en la misma proporción en que su
extensión aumenta o disminuye, en que se ensanchan o se estrechan sus
fronteras"
La
rapidez con que, después de Caseros, se aprueban los tratados suscriptos el 10
de julio de 1853 con Gran Bretaña y Francia sobre libre navegación de los ríos
demuestra, inobjetablemente, que el espacio para los unitarios jamás constituyó
una prioridad nacional, como lo fueron las definiciones estratégicas de Chile y
Brasil para circunscribir la cuestión a la región.
En 1835,
tres caudillos se destacaban en el país: Facundo Quiroga, asentado en el Norte
y Cuyo, Estanislao López en el Litoral y Córdoba y Juan Manuel de Rosas en la
provincia de Buenos Aires.
Tanto
Rosas como Quiroga y López representaban la oposición al "progreso",
no por la supuesta barbarie con la que los estigmatizó Sarmiento, sino porque
advertían que tras el romanticismo de los salones literarios y las
declamaciones de los apologistas del libre cambio, se agazapaba la injerencia
de los intereses foráneos. trascendía el
marco de la patria chica y se insertaba en un contexto continental. La
concepción política de los caudillos (que en carácter de tal constituían la
expresión máxima de la democracia) trascendía el marco de la patria chica y se
insertaba en el contexto continental. Al igual que José de San Martín, se
llamaban a sí mismos "americanos" pues subsistía en ellos el espíritu
de unidad de la antigua anfictionía hispánica.
Lejos de
lo que la falsificación histórica del liberalismo ha difundido, el período de
la Confederación Argentina constituyó no solo un proyecto de desarrollo (Ley de
Aduanas de 1835, Banco de la Provincia de Buenos Aires, Ley Agraria, desarrollo
de manufacturas, etc.) sino también de afianzamiento de la unidad nacional y
desarrollo de la cultura. Al respecto, basta la lectura de la "Carta de la
Hacienda e Figueroa" del propio Rosas y los trabajos del maestro Fermín
Chávez sobre la cultura durante el predominio federal.
Al
contrario, la enunciación y los métodos de los partidarios del iluminismo
adquiría, a veces, visos de ingenuidad y desconocimiento de la realidad
americana y en otras oportunidades se revestía de racismo y metodologías
terroristas que hubieran espantado a os mismos protagonistas de la Revolución
Francesa. Un testigo de la época, refiriéndose a Sarmiento lo describe
diametralmente diferente al retrato de la mitología liberal:
El 3 de
febrero de 1852, con la derrota nacional
de Caseros, se derrumbó el gran proyecto de la Confederación. El aparato
político forjado por Juan Manuel de Rosas, bajo la advocación del federalismo,
que había constituído la génesis de un Estado Nacional es desmantelado por
constitucionalistas exasperados que ya habían colaborado con las intervenciones
anglo-francesas desde Montevideo. Paradójicamente, el mal llamado "Período
de organización nacional" se transforma en el de la desorganización
nacional. Nuevamente Buenos Aires por un lado y el resto del país por el otro,
la tajante opción de civilización o barbarie creada por Sarmiento impedía
establecer un diálogo entre provincianos y porteños.
Bartolomé
Mitre - hombre clave del unitarismo en la década del 60 - tras la defección de
Urquiza en Pavón, asume las riendas del país. Su gobierno se caracterizará por
el absoluto control de nuestra política exterior por parte del Imperio
Británico, por el brutal sometimiento y represión en las provincias y por la
cruenta guerra de la Triple Alianza.
El
aislamiento del Paraguay, iniciado por Gaspar Rodríguez de Francia y continuado
hasta Francisco Solano López había evolucionado a un estado autártiquico que
transformó a la nación guaraní en generadora de manufacturas y bienes
artesanales.
El
Paraguay construyó arsenales y astilleros, flotas fluviales y de ultramar,
telégrafos, fábricas de pólvora, papel. loza, azufre y tintes. Estableció
fundiciones en Ibicuy para el tratamiento de carbón de madera y mineral de
hierro. Desarrolló el primer ferrocarril de América del Sur. Alcanzó un alto
grado de alfabetización y monopolizó en manos del Estado el comercio exterior.
Es decir, estableció un modelo de nación independiente, absolutamente inverso
al nos impuso posteriormente la celebrada generación de 1880. En consecuencia,
y más allá de su cuestionable autoritarismo y sistema dictatorial, la dirección
elegida en el terreno económico constituía un ejemplo peligroso de imitar por
las naciones vecinas. Su proceso de desarrollo independiente desarticulaba la
política comercial británica, que necesitaba imperiosamente de mercados
externos para colocar los excedentes del maquinismo industrial. Sin la
existencia de la India y de las naciones hispanoamericanas como mercados de
consumo, el desarrollo capitalista de Inglaterra hubiera sido imposible.
Mitre,
fiel representante de los intereses británicos, elaboró una política de
provocaciones que culminó en la guerra del Paraguay. No tuvo escrúpulos en
declarar públicamente sus razones:
Miles
de argentinos regaron de sangre las trincheras y los esteros paraguayos para que
los obreros de Manchester y Liverpool no perdieran sus fuentes de trabajo, al
igual que hace cuarenta años los soldados se congelaban en las turberas de
Malvinas mientras los representantes de la Trilateral Commission regían el
destino económico del país.
En
nombre de la civilización; Brasil, con sus cuatro millones de esclavos y la Argentina, que degollaba a las
montoneras en las provincias, arrasaron con el último proyecto americano de
envergadura. Semejante crimen histórico, en el que los "voluntarios"
debían ser enviados engrillados al frente de batalla, fue resistido por los
últimos representantes de la Argentina Federal: Ángel Vicente Peñaloza - el
Chacho - Felipe Varela y Ricardo López Jordán.
Es
inexacto que redujeron el país a mezquinas concepciones localistas. Estos
caudillos se levantaron por la unidad nacional y americana, no contra ella.
Constituyeron el último resplandor de la memoria orgánica de la América Hispana
otrora unida y ya descuartizada. Sus manifiestos aún resultan proféticos.; Felipe
Varela, en 1863, durante la inauguración de la Sociedad de la Unión Americana
en Sucre, proclamó:
"¡Si, señores! Ambas aves
cuentan numerosas victorias, ambas son el emblema de la gloria, pero hay una
diferencia. Cuantas veces el águila imperial remontándose a las alturas, ha
tendido la vista sobre el hemisferio, ha sido solo para divisar donde hay un
pueblo indefenso que desgarrar. Al contrario, cuantas veces el cóndor
republicano, desde las cumbres de Los Andes ha tendido su vista sobre el
continente, solo ha sido para ver donde hay un pueblo oprimido que liberar. El
águila es el representante del pasado y el cóndor es del presente y el
provenir; aquel anuncia conquistas, éste libertad. El águila representa la
usurpación y el cóndor el derecho".
¿Era
este el pensamiento de la anarquía y el atraso? ¿Era éste el testimonio de la
barbarie? Tal vez, si consideramos que en los países periféricos determinados
conceptos deben considerarse a la inversa del significado que le atribuyen las
usinas centrales que las emiten. La "barbarie montonera se transformó
posteriormente en la "chusma radical" y el "aluvión
zoológico" peronista. Alem fue "el hijo del mazorquero",
Yrigoyen el paladín de la chusma y Perón el "tirano depuesto", el
"gran corruptor", categorías que en el leguaje político de la
oligarquía se aplican a quienes representan las luchas de los pueblos por su
autoconciencia.
Pepe
Muñoz Azpiri.
jueves, 10 de febrero de 2022
22 de Febrero, Día de La Antártida Argentina
Por José Luis Muñoz Azpiri (h)
Este es un homenaje a todos nuestros compatriotas que con esfuerzo y sacrificio han estado o están ahora, ejerciendo soberanía en la Artántida por 121 años. Un enorme abrazo a los integrantes de la Dotaciones de Base Marambio, Matienzo, Brown, Orcadas, Melchior, Petrel, Sobral, entre otras. El polo Sur es un lugar solitario. En todas las direcciones se dilata un escenario de absoluta desolación, una extensión plana de hielo y nieve barrida por los vientos, cegadoramente blanca bajo el claro verano del Ártico, envuelta en la sombra impenetrable durante la larga noche antártica. Repelente. Inhóspita. Y desafiante. No obstante, cuando en julio de 1816 nuestro país declaró la independencia de España, se constituyó de hecho en heredero de esos territorios que correspondían a la Madre Patria, dentro de los límites del Virreinato del Río de la Plata y que llegaban hasta el mismo Polo Sur en virtud de las Bulas Intercaeteras del año 1493 y el Tratado de Tordesillas.
sábado, 30 de octubre de 2021
"Rosas y sus relaciones con los indios"...volvio el Gran Pepe Muñoz Azpiri
jueves, 30 de septiembre de 2021
La Batalla de la DIGNIDAD
por José Luis Muñoz Azpiri (h)
El principal episodio bélico de la intervención anglo-francesa de 1845 fue la batalla de la Vuelta de Obligado, empeñado en el Paraná el 20 de noviembre de 1845, a los pocos meses de haberse roto las hostilidades. La victoria favoreció a los invasores. Los cañones atacantes eran de mayor alcance que las baterías patriotas y transformaron el combate, durante algún tiempo, en una carnicería impune. Los primeros defensores murieron en las barrancas cantando el Himno Nacional; los últimos, faltos ya de municiones, tras ocho horas de combate, cayeron contraatacando a las tropas de desembarco. Fue el episodio más heroico y más dramático de la historia argentina. José de San Martín, telamón de la patria, escribió a Rosas desde Europa, al conocer el denuedo de la jornada: “Los interventores habrán visto que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca…. Es contienda es en mi opinión, de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de España”.
Florencio Varela y otros iniciadores de la tradición autolesionista que aún nos aflige, saludaron como un triunfo de la civilización la derrota y el luto de Obligado. Sin embargo, debieron confesar que nunca, desde la paz napoleónica, la “Grande Paix”, como se decía entonces, los ingleses y franceses habían hallado tal resistencia ante un ataque armado. En nombre de los argentinos expatriados en el Uruguay, Varela había viajado precisamente a Europa para solicitar la intervención armada contra sus compatriotas, ofreciendo en pago la creación de un Estado mesopotámico libre que mantendría vínculos comerciales directos con Londres, a través de los ríos liberados.
El 28 de septiembre de 1845 los almirantes de las escuadras interventoras Inglefield y Lainé bloquearon los puertos y costas de la provincia de Buenos Aires y se dispusieron a abrir a cañonazos la navegación del Paraná, para llevar auxilios a Corrientes, aliada de Montevideo, y en guerra, a la sazón, contra Buenos Aires. Era deseo de éstos franquear por la fuerza una vía libre hacia el lejano Paraguay, especie de Eldorado para la imaginación europea de aquel entonces. Las naves extranjeras recorrían ya a título de soberanas las aguas del río Uruguay y habían conseguido ocupar con mercenarios italianos la isla de Martín García, llave de los ríos, además de asaltar e incendiar a Gualeguaychú – repugnaba a los ingleses saquear en persona a sus connacionales que eran dueños del comercio -, cosechando un botín de decenas de miles de libras.
“Who by murder earn their bread and by robbery
British lads so sharp and keen
Gringos too, so base and mean
To count the money yet unseen and shame defy”
(¿Quiénes mediante el crimen y el robo ganan su pan con el escándalo y la vergüenza? Pues jóvenes británicos, ladinos y ansiosos, junto con gringos tan bajos y ruines como para contar las monedas de un botín que todavía no ha caído en sus manos).
Esta letrilla apareció publicada en el “British Packet” del 14 de febrero de 1846.
Rosas se propuso detener o entorpecer el avance de las fuerzas navales aliadas a través del Paraná y con tal propósito, ordeno emplazar una treintena de cañones, en baterías improvisadas, en la Vuelta de Obligado, punto del distrito bonaerense de San Pedro donde el río tiene una anchura de unos ochocientos metros y forma un codo acentuado, en dirección norte, muy difícil de remontar con la navegación a vela. Dispuso, a la vez, tender de costa a costa una cadena sostenida por veinte lanchones, botes y chatas, no tanto con el propósito de que sirvieran de obstáculo al paso de los barcos enemigos cuanto para demostrar simbólicamente que la llave de los ríos era argentina y sólo podría manejarla el extranjero mediante el uso de la violencia.
La escuadra invasora, fuerte de diez barcos, cuatro de ellos vapores, armada con cien cañones y proyectiles novísimos, como el obús “Paixhan”, protegía un convoy de noventa naves, organizado en Montevideo para transportar artículos comerciales y pertrechos y armas a Corrientes y el Paraguay. El río debía abrirse por la fuerza, conforme a órdenes recibidas por el capitán Charles Hothman, jefe, en la ocasión, de las fuerza inglesas, y R. Tréhouart, de las de Francia. En la antevíspera del encuentro, el general Lucio Mansilla, héroe de la independencia y hermano político de Rosas que comandaba la defensa del paso, redactó una arenga de tono encendido y contenido preciso, en la recordaba que “los insignificantes restos de salvajes unitarios que han podido salvar de la persecución de los victoriosos ejércitos de la Confederación y Orientales Libres en las memorables batallas de Arroyo Grande, India Muerta, y otras… han procedido infame y brutalmente y son el origen de la intervención armada con que los marinos de Francia e Inglaterra vienen navegando las aguas del Gran Paraná, sobre cuyas costas estamos para privar la navegación bajo de otra bandera que no sea la nacional”.
La locución señalaba con exactitud el origen de la intervención, la doctrina de los ríos y el deber del patriotismo nacional.
Se repetía la historia de Trafalgar, donde las naves españolas eran cazadas y hundidas a distancia por bocas de fuego de mayor alcance. Después de ocho horas de rudo cañoneo, cuando las granadas aliadas habían producido una horrorosa mortandad y no quedaban ya proyectiles a la defensa, ésta última cedió y la marinería inglesa desembarcó en la costa. Los atacados, con su jefe a la cabeza cumplieron entonces “un último y desesperado esfuerzo”, según el corresponsal de guerra de “El Nacional” de Montevideo que fue testigo del encuentro. El general Mansilla, resuelto evidentemente a no sobrevivir al desastre, encabezó un ataque a la bayoneta y cayó herido en el vientre, por una granada, antes de poder superar la barrera de proyectiles. Prácticamente todos los defensores de las baterías murieron en sus puestos, inclusive varias mujeres cantineras que se negaron a abandonar a sus esposos, hijos o hermanos al iniciarse el bombardeo. El río, la costa, el talud, la barranca, el monte, se transformaron virtualmente en un cementerio de cadáveres insepultos.
El parte del almirante aliado rindió involuntariamente testimonio del heroísmo de los defensores al declarar: “Siento vivamente que esta gallarda proeza se haya logrado a costa de tal pérdida de vidas – se refería a las bajas del atacante -; pero, considerada la fuerte posición del enemigo y la obstinación con que fue defendida, debemos agradecer a la Providencia que no haya sido mayor”.
Por la mañana se efectuó un nuevo desembarco con participación de la infantería de marina francesa, la cual conquistó algunas banderolas que se alzaban al frente de las tiendas y fueron exhibidas hasta no hace mucho, como trofeo de guerra, junto al sepulcro de Napoleón, en París, y llevó prisioneros a un sargento semimoribundo y varias mujeres heridas. Un cuadro dantesco se descubrió ante uno de los oficiales que pisó tierra: “Nuestros hombres vieron más de quinientos cadáveres; el sitio estaba completamente cubierto de muertos, gran número de los cuales yacía hecho trizas por efecto de las bombas”, el mismo testigo calculó que el número de heridos superaba el millar.
La escuadra prosiguió su avance hacia el Norte. Al llegar a San Nicolás, en el paso del Tonelero, fue cañoneada nuevamente, esta vez con éxito, y el bombardeo se repitió en san Lorenzo, frente al campo de batalla de San Martín. Toda la ribera, hasta el río Paraguay, se mostró hostil a los invasores; día a día resonaba la metralla entre el juncal y los talas. La operación comercial resultó un “fiasco” clamoroso en Corrientes y Asunción, donde Hotham y sus intérpretes se esforzaron en demostrar inútilmente que los ríos quedaban abiertos a la navegación; pero, ¿quién habría de arriesgarse a mantener y solventar un tráfico que necesitaba, para sostenerse, del apoyo de toda una flota de cien cañones?
Al fracaso comercial se unió, posteriormente, el militar. Al pasar la armada de vuelta, por Quebracho, la fuerza de Mansilla le disparó mil cuatrocientos cañonazos y más de veinte mil tiros de fusil, consiguiendo desorganizar el convoy e incendiar siete barcos, con las únicas bajas de un muerto y cuatro heridos. Para entonces Urquiza derrotaba en Laguna Limpia a la vanguardia correntina del general Paz, director de la guerra contra Rosas, que había firmado un convenio secreto con el Paraguay, mediante el cual se comprometía a despojar a Corrientes de parte de su territorio a cambio de diez mil soldados.
La escuadra encontróse de retorno en Montevideo, al año de la partida, diezmada por el hambre, el fuego, el escorbuto y el desaliento producido por el fracaso de la operación comercial. A partir de entonces, ni una sola barca se atrevió a remontar los ríos.
La consecuencia más importante de la batalla de Obligado y encuentros conexos, según asegura un estudioso norteamericano, fue exaltar el patriotismo del pueblo argentino hasta un grado sin precedentes, pues, como dijo San Martín, “todas las facciones se unieron para oponerse a los extranjeros que trataban de desmembrar el país.”
La batalla se libró en 1845, el mismo año de la aparición del “Facundo” y la instalación del primer molino de harina y primer alambrado. Las fuerzas nacionales defendieron el principio de la soberanía de los ríos, actualmente reconocido por el derecho internacional y aplicado en la jurisdicción del territorio bajo su dominio. Fue un combate librado contra un enemigo externo, que hizo declarar al Libertador su estupor, al no poder concebir “que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar su patria… Una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”, a las órdenes de un guerrero de la Independencia, que comandaba tropas del ejército y la armada y de los partidos del norte de la provincia. La batalla no resultó un triunfo, pero si la guerra de la cual Obligado fue el episodio culminante: Mansilla y San Pedro ganaron, en realidad, la Guerra del Paraná. En tal modo debemos festejar esta guerra como una victoria argentina ¿No se celebran acaso como fastos nacionales la campaña paraguaya de Belgrano y el triunfo de Mitre sobre López, al recordar las gloriosas derrotas de Tacuarí y Curupaytí?
La guerra de 1845 terminó, en efecto, con las victoriosas convenciones Arana-Southern y Arana-Lepredour, por las cuales el invasor reconocía los derechos argentinos y se comprometía respetarlos en lo sucesivo, saludando con 21 añonazos la bandera adversaria. Los triunfos argentinos en los combates de San Lorenzo, Quebracho y Costa Brava, a más de la gran victoria moral de Obligado y la inteligente guerra diplomática empeñada por el canciller Arana, decidieron ese resultado.
Al igual que en Malvinas, esperemos que ese grito de “O juremos con gloria a morir”; que aún sobrevive en esas voces acalladas por la metralla injusta y cuyo eco decidiera la guerra de Obligado y Malvinas, concite el sentimiento patriótico argentino en este nuevo aniversario de la batalla y borre con el oportuno desagravio el trazado de la infausta política del “realismo periférico” que no hace mucho ha injuriado los sepulcros y la memoria de nuestros muertos.
sábado, 22 de agosto de 2020
"Extremos"
por José Luis Muñoz Azpiri (Buenos Aires. Argentina)
viernes, 16 de agosto de 2019
“La Victoria de la Raza”
que va en el barco el capitán Cervantes
y arriba flota el pabellón de Cristo”
Así contempló Darío a la galera de la Raza. Marchaba a través de la tormenta hacia la Atlántida española. Vio también el símbolo de la Cruz sobre la arboladura del barco a la manera del viejo marinero de la balada de Coleridge transfigurado por la visión del manto de la Virgen sobre la nao condenada. Fe e idioma nos salvarán. A una la representa la cruz. Al otro, Cervantes. El idioma es el “pneuma”, es decir, el soplo de Dios, el espíritu. Cervantes elevó a pobres y desgraciados al sitial de protagonistas de la literatura universal. La plebe bárbara, la “santa canalla”, ingresa en el arte merced a su pluma. Europa vivía en la mentira y el Quijote arrasó con la inmoralidad de la patraña o el embuste. Pero esta historia de un desgraciado narrada por otro desgraciado, es, a su vez, paradójica. Al elevar los episodios de la vida cotidiana de hombres humildes y oscuros a la dignidad de la epopeya, el escritor imagina un libro de caballería similar a aquellos que intentaba desterrar. Mejor dicho, compone la novela de caballería definitiva y triunfante. La gran locura de la redención humana nace de los sueños y actos de los hombres que deben todo a sí mismos. Esto es la revolución.
Es curioso que comparada con otras colonizaciones similares, la colonización portuguesa, nunca ha sido fuente de debate en la medida en que lo ha sido la española, pese a integrar las dos el universo católico y como tal, en Portugal también existió la Inquisición, también fueron expulsados los judíos, la esclavitud fue mucho más importante que en las colonias hispanas, existieron protagonistas violentos como Alfonso de Albuquerque y gobernadores brutales como Mem de Sá. Es probable que la larga amistad entre Portugal e Inglaterra permita explicar la visión indulgente a su expansión ultramarina contrariamente a la española, escarnecida y maldecida por la llamada leyenda Negra, cuyos ecos resonaron en las inmediaciones de la Casa Rosada cuando se desmontaba el monumento al navegante genovés.
Pocas leyendas apócrifas como la que crearon los clérigos y políticos de la Reforma, ha tenido tal persistencia en el tiempo. Los ecos de la Leyenda Negra aún resuenan en nuestra época. Philip Wayne Powell, en su libro “Tree of hate” (El árbol del odio) afirma que la cultura norteamericana ha heredado la leyenda negra de la colonización británica. Estos prejuicios anglosajones contra los españoles, se transfirieron contra los mexicanos en el siglo XIX. Hay quien afirma que los medios de comunicación y el gobierno de Estados Unidos han propagado la leyenda para justificar las acciones norteamericanas contra España y América Latina, como en las guerras de México, España o la colonización de las Filipinas tras la guerra contra España. Todavía en 1985, estando en Nicaragua bajo el gobierno Sandinista, tuvimos oportunidad de enterarnos que los Misquitos, Sumos y Ramas de la Costa Mosquito que operaban para la “contra” financiados por la CIA, denominaban a los integrantes del gobierno contra los cuales combatían como “los españoles” (En realidad así llaman a la población de la zona Occidental del país) y a los sacerdotes que integraban la Junta de Gobierno como “los Inquisidores”.
El historiador norteamericano William S. Maltby comenta en su libro de 1982″ “The Black Legend in England” (La leyenda negra en Inglaterra): “Como muchos otros norteamericanos, he absorbido en anti-hispanismo de películas y de la literatura folklórica mucho antes de que el prejuicio fuera contrastado con un punto de vista distinto en las obras de historiadores competentes, que sorpresa más grande para mí; cuando llegué a conocer las obras de los hispanistas, mi curiosidad no tuvo límites. Los hispanistas han achacado siempre a los enemigos de España la tergiversación de los hechos históricos y los prejuicios contra España en el mundo”.
Decía Salvador de Madariaga que antihispanismo de los propios hispanoamericanos no había que buscarlo en una Sociología de la Cultura sino en un tratado de Psicología. Porque las causas que advertía eran dos: el mestizaje y el separatismo.
El mestizo es un español prisionero de un indio; y un indio prisionero de un español. Esta situación crea entre la dos vertientes de su ser una tensión constante. Así se explica, la diferencia con Inglaterra y con Portugal; porque Inglaterra aniquila a los indígenas; y Portugal, por las condiciones especiales del Brasil, construye un Imperio mucho más mulato que mestizo. Añádase que, en los casos más importantes, los españoles se encuentran con naciones indias más consolidadas y conscientes que la que encontraron otros pueblos conquistadores.
En el Río de la Plata, un indigenismo de mercado de carácter inédito, dado que ha cobrado bríos en las últimas décadas, es agitado por escritores de apellidos y nombres profundamente “originarios” como Eduardo Galeano Hughes y Osvaldo Bayer, con un objeto más cultural que social: la demolición de la tradición histórica. Y entendemos la tradición como el impulso que el río humano que llamamos pueblo o nación, recibe del pasado y transmite al provenir. En ella se cimenta la construcción de nacionalidad y ciudadanía. Ya no se trata de Cristóbal Colón, los encomenderos, los conquistadores y fundadores. Ahora se trata de quitar el nombre a la Plaza de los Virreyes, reemplazar el monumento a Roca por el de la “mujer originaria”, eliminar la bandera de la ciudad de Buenos Aires porque porta un símbolo religioso, rebajar la figura de Rosas a la de un “Restaurador” (pero del orden colonial), acusar a Yrigoyen de asesino de obreros y a Perón de fascista camuflado que engañó a un pueblo de “cabecitas negras” (evidenciando un racismo larvado), definir el malón como una “empresa económica” y no como un latrocinio instrumentado por intereses foráneos (y huincas) y hasta acusar de ladrón y asesino al benemérito Francisco Pascasio Moreno. Se denigra al soldado, se exalta al partisano, se degradan arquetipos y como resultado de semejante devastación – convenientemente financiada por los aportes de ONGs del exterior – nos quedamos huérfanos y dueños de la nada.
En las últimas décadas se desarrolló en el subcontinente una nueva categoría de intervención encubierta: los “golpes blandos” generalmente instrumentados para mantener la balcanización y de esa forma imponer formas neoliberales de administración económica en su versión más cruda y salvaje. Para instrumentar esta maniobra se han perfeccionado sutiles herramientas que operan como ONGs trasnacionales con filiales locales.
Ecologistas, indigenistas, defensores de la “diversidad” (étnica, sexual, religiosa, etc.) en versiones extremas, operan, muchas “sin saberlo” como arietes de las potencias anglosajonas, del GT y de la Unión Europea, para perpetuar el subdesarrollo crónico, prefabricar divisiones y profundizar e incluso inventar odios internos en el tejido de nuevos pueblos. Y la prueba palmaria es que mientras se habla de recorrer nuevamente la senda de los Libertadores, de reconstituir la Patria Grande, de borrar fronteras y terminar con los colonialismos internos, surgen organizaciones e “intelectuales” que atizan conflictos invocando reclamos legítimos, como el acceso a la tierra, pero no en su condición de compatriotas y campesinos desplazados, sino como integrantes de grupos étnicos que ya estaban integrados al torrente sanguíneo de las poblaciones nacionales o que son directamente inventados y manipulados desde el exterior. Uno de los pueblos originarios más promocionados a nivel internacional es la “nación” mapuche, la que tiene su sede en 6 Lodge Street, Bristol, Inglaterra. Su Secretario General es Reinaldo Maniqueo, de origen araucano, mientras que el resto de los integrantes absolutamente británicos (ver www.mapuche-nation.org/). No es casual que la sede de la “nación Mapuche" funcione en el Reino Unido, que tienen vitales intereses geopolíticos en el Atlántico Sur, razón por la que, gracias a su poderío atómico y al de la OTAN, ocupa las islas Malvinas, Sándwich y Georgias del Sur, que pertenecen a la nación del Plata. Cabe añadir los enormes intereses empresariales de USA y Gran Bretaña en la zona cordillerana. Los araucanos, hoy denominados mapuches, llegaron de Chile a territorio argentino a partir del siglo XVII. Este proceso, conocido como “araucanización de la pampa”, ocasionó el casi exterminio de los puelches, tehuelches, ranqueles y pampas. Por esta razón, testigos de la época como Estanislao Severo Zeballos, Lucio Mansilla o Manuel Prado, no mencionan a los mapuches como pueblo originario de la Argentina. Todo parece que se quiere englobar a los pueblos aborígenes de la región para impulsar una “nación mapuche”, en territorios argentinos y chilenos, dentro de los planes trazados en Bristol y apoyados por las Embajadas británicas en Chile y la Argentina “¿Cuál sería la reacción británica – se preguntaba el boliviano Andrés Solís Rada – si el gobierno argentino propiciara en Buenos Aires el funcionamiento de la sede central de separatistas irlandeses del Reino Unido y proyectara sus actividades a territorio británico?”
Al respecto, vale recordar que un magnífico escritor, que porta en su ADN más genes originarios que todos los indigenistas de marquesina que pululan por esta latitudes, el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, ya decía hace más de medio siglo:
“Las sangres indígenas e ibéricas y todas las llegadas a nuestro crisol se añejan como el vino y muestran ya unidad y pujanza en las creaciones nacionales y en la lucha antiimperialista para conquistar la segunda emancipación. Somos el equilibrio de lo indígena y lo español, la fusión de dos ríos inmersos en nosotros. Yo no defiendo ninguna sangre sino la razón. El cauce fue forjándose y las sangres mezclaron sus fuerzas contrarias en nuevo rumbo favorable. La nacionalidad se ha ido forjando por conciencia del pasado, de mitos vernáculos y creaciones y aspiraciones comunes. Conquista y fundación de ciudades, y lengua y religión hasta llegar al mestizo. Yo no hablo del quiché, del cakchiquel y del español como de un extranjero, sino como uno de mis antepasados. Ambos, son mis compatriotas y yo soy, y quiero ser, sólo guatemalteco. Odiar a España es tan necio como odiar al indígena. Injuriar a España es mentarnos la madre. José Carlos Mariátegui recuerda que no renegamos de la herencia española, sino de la herencia feudal. Yo no pienso como indio, ni como criollo, mestizo o español sino, simplemente, como guatemalteco. Ninguna oriundez es limitación, sino una realidad accidental que nos desborda cuanto más dueños somos de la herencia de todos. Si lo guatemalteco fuera tan específicamente singular que pudiera llegar a ser extraño a las otras culturas ¿qué diablos tendríamos? Pero esto es una absurda fantasía. Y nuestro patrimonio es el universo. Y para nadie existe la evasión, y los intentos fallidos siempre, son una manera pusilánime de vivir los hechos. No deseo idea preconcebida sobre el espíritu nacional, ni sobre el guatemalteco: lo sé y lo ignoro viviéndolo cada día. Comienza a evidenciarse la confianza, la espontaneidad, sin preocuparnos de cánones yanquis o europeos, sacudiéndonos la sumisión afirmada hasta en el resentimiento. Primeros pasos hacia una Guatemala integral. El pueblo ha sabido impulsar a sus guías, ser protagonista con imprecisa conciencia algunas veces, pero con experiencia real, sangrante de sus problemas, por el profundo desgarramiento de su vida. Por obra y acción de tradiciones. Y si exaltamos la nacionalidad es por natural etapa de crecimiento para defender lo nuestro: desde la raíz de la personalidad y la cultura, hasta la propia existencia libre y soberana. Anhelo de responsabilidad y definido propósito de maduración. No me afano sólo en que el guatemalteco sea guatemalteco, sino en que su destino sea el de Hombre” (2)
Confieso que al repasar estas líneas no dejo de pensar en los vaivenes y las tragedias políticas argentinas. El autor mexicano citado anteriormente, que visitó nuestro país en reiteradas oportunidades, la última de las cuales durante la presidencia del general Perón, como participante del Congreso de Filosofía de Mendoza, opinó sobre la crisis política de 1955 – en el periódico montevideano “Marcha” – que ésta se había generado al extraviar nuestro país la línea nacional que supo seguir durante sus épocas más prósperas y vigorosas. El nacionalismo integral del argentino era para Vasconcelos una suerte de categoría aristotélica de nuestro intelecto, ahora corroída por una iconoclastia que, tras la derrota de Malvinas, arrasa todo sin propósito cierto, por desilusión, nihilismo o porque sirve a intereses ajenos. Días atrás recibimos comunicación de Santiago de Chile del muy querido profesor Pedro Godoy: Su reflexión no pudo ser más atinada: “Antaño se expresaba Fiesta de la Raza. No faltaba quién preguntara ¿Cuál Raza? Había que explicarle que era la nuestra. Esa que comienza a plasmarse con la hazaña de Isabel y Colón en 1492. La conmemoración la repudian indígenas e “indigenistas”. Sin embargo, en toda nuestra América los que se autodenominan “pueblos originarios” no pasan del 5% y de ese contingente apenas el 25% habla su dialecto. Lo predominante de la Patagonia a México es la condición mestiza de los tres componentes fundantes: ibérico, amerindio y afronegro.
Estados Unidos da trascendencia al día de Acción de Gracias – comienzo del poblamiento británico – más que al 4 de julio – Día de la Independencia. Ello quizá explica la sólida personalidad del Coloso del Norte. Pese a sus millones de inmigrantes, consolida su perfil. No reniega de sus semillas sino que las exalta. Esto no es un detalle de calendario, sino un dato duro que, contrario sensu, podría explicar nuestro naufragio identitario. Se expresa en autodenigración, es decir, en un complejo de inferioridad y desconocimiento o desprecio, por nuestras raíces. Ello reafirma el error de creernos nacidos en 1810 desconociendo o abominando, de los tres siglos que lo anteceden”.
Nada más real. Hispanoamérica nació el 12 de octubre de 1492, cuando un continente habitado aproximadamente por 15.000.000 de habitantes según los cálculos del historiador argentino Ángel Rosemblat, fue hollado en Guanahani por los hombres que habían navegado las aguas procelosas del Mar Tenebroso y que, al cabo de meses de encierro llegaban a una tierra paradisíaca. No es errado pensar que es día mismo se engendraron los primeros mestizos., los primeros hispanoamericanos, cuando aquellos varones que habían dejado sus mujeres en España se fundieron con otra raza, cuyo buen porte y mansedumbre Colón describió en su Diario de Navegación. En ese momento comenzó a existir una estirpe nueva en el planeta, dado el carácter universalistas de las tripulaciones mediterráneas. En su momento destacó el venezolano Arturo Uslar Pietri:
“Haber logrado que en no mucho más de medio siglo las poblaciones indígenas y africanas se hicieran cristianas, hablaran español y entraran a formar parte de una nueva realidad social es un hecho sin paralelo en la historia moderna, que constituye el rasgo más importantes y original de la historia americana”. Sin embargo se sigue repitiendo a machamartillo “la destrucción de las culturas precolombinas”, hecho indudable que si bien lamentamos también lo consideramos inevitable, dada las prácticas tanáticas de estas civilizaciones que las habían conducido a un definitivo “rigor mortis”. Lo que no impidió la supervivencia de estas culturas -muchas signadas por el primitivismo – fue precisamente lo que se le achaca a España: el sincretismo. Los españoles aculturalizaban a los indígenas de sus territorios, los franceses los expulsaban de sus territorios y los ingleses directamente aniquilaban a los indígenas de sus territorios. Y esta es la característica que define a la “Raza” tal como la concebimos o como la consideran mexicanos que viven en el territorio usurpado por la América anglosajona: la fusión.
De modo que quién habla castellano, reza a Jesucristo y está acostumbrado a decir “si” o “no” a tiempo y con firmeza, cualesquiera sea el tinte de su piel o la región donde haya nacido (La Pampa, California, el País Vasco o Filipinas, blanco, cobrizo, talago o mulato) integra legítimamente esa raza de la que hablamos. Entendemos que el decreto del Día de la Raza de Hipólito Yrigoyen, quién no era protagonista de ningún Walhalla wagneriano ni aspiró nunca a asumir la categoría de héroe de Gobineau, está concebido en el cuadro de la amplitud de criterio que comentamos. “Castilla”, “católico” y “no importa” son sinónimos o metáforas de universalismo. Martín Fierro hablaba la lengua de Santa Teresa, se santiguaba y asumía el castellano sentimiento caballeresco de la vida. Pertenecía al pueblo de Cervantes, a la comunidad de la raza. No es poco.
(1) Hernández Arregui, Juan José “¿Qué es el ser nacional” Buenos Aires. Plus Ultra. 1973
(2) Cardoza y Aragón, Luis “Guatemala, las líneas de su mano” México. FCE. 1955

