Rosas

Rosas
Mostrando entradas con la etiqueta Ezcurra Medrano Alberto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ezcurra Medrano Alberto. Mostrar todas las entradas

viernes, 30 de septiembre de 2022

Las otras tablas de sangre

Por: Alberto Ezcurra Medrano
En 1826 se designó presidente a Rivadavia, se decretó el cese de la provincia de Buenos Aires y se sancionó la constitución unitaria. El triunfo rivadaviano fué amplio, pero breve, y su juicio lo hace acertadamente González Calderón en los siguientes términos:
“Hay que decir, respecto de la actuación del señor Rivadavia y del Congreso Constituyente de 1826, que arrastraron a la nación a la más espantosa guerra civil, cuya consecuencia fue la dictadura sangrienta. ¿Que se equivocaron de buena fe? ¿Que el país no estaba preparado para practicar las instituciones teóricamente buenas que pretendieron establecer? No se trata de eso cuando hay que discernir la responsabilidad de nuestros antepasados por los acontecimientos o por los hechos que su conducta ocasionó si se equivocaron; debe pensarse, lógicamente, que carecieron de la visión genial del verdadero estadista; si concibieron instituciones inadaptables a la idiosincrasia del país, debe creerse, con fundamente que no tuvieron conciencia de lo que sus deberes les exigían. Faltáronles a Rivadavia y al lucido círculo que lo rodeaba esa visión nítida y exacta que caracteriza a los grandes hombres de Estado y también el necesario dominio de las condiciones en que debían legislar. Cuando desaparecieron de las elevadas esferas oficiales, todo el edificio que se propusieron construir se deshizo estrepitosamente, porque sus cimientos sólo se habían apoyado en el terreno peligroso de las utopías políticas.”
Antes de dictar la constitución de 1826, los unitarios trataron de preparar el terreno para su aceptación unitarizando por la fuerza algunas provincias. Tal fue la misión de Lamadrid, “gobernador intruso” de Tucumán, como lo reconoce Zinny, y agente político de la mayoría del Congreso, como dice González Calderón. Para cumplir el fin que se había propuesto, Lamadrid inició una sangrienta campaña, teniendo por aliados a Arenales en Salta y a Gutiérrez en Catamarca. Utilizó en ella un grupo de desertores del ejército de Sucre, conocidos entonces bajo el epíteto de “colombianos”, que a las órdenes del coronel Domingo López Matute se habían puesto a su servicio. La actuación de estos hombres en la batalla de Rincón fué cruel y sanguinaria, y después de la derrota invadieron a Santiago del Estero cometiendo allí una larga serie de incendios, degüellos y atrocidades de toda índole.  “La bandera -comenta Bernardo Frías- cargó con el fruto de la máquina de que se servía, y, ya en aquel año tan atrasado a Rosas, hemos leído en papeles de la fecha, salidos del rincón lejano de Catamarca, aquello de salvajes unitarios.” 
Terminada la guerra con el Brasil, los unitarios, que no habían aprendido nada con el fracaso de su tentativa de 1826, procuraron imponerse por la fuerza y volvieron a encender la guerra civil. Lavalle asumió la dictadura y fusiló a Dorrego y a todos los oficiales tomados prisioneros en Navarro y Las Palmitas.  Paul Groussac, historiador netamente antirrosista, comenta así este gobierno: “A la víctima ilustre de Navarro siguieron muchas otras, y la sentencia que precedió a las ejecuciones de Mesa, Manrique, Cano y otros prisioneros de guerra no borra su iniquidad. Mientras los diarios de Lavalle pisoteaban el cadáver de Dorrego y ultrajaban odiosamente a sus amigos, los redactores de La Gaceta Mercantil eran llevados a un pontón, por un acróstico . Se deportaba a los generales Balcarce, Martínez, Iriarte; a los ciudadanos Anchorena, Aguirre, García Zúñiga, Wright, etcétera, por delitos de opinión. El Pampero denunciaba al gobierno y, en su defecto, a los furores de la plebe del arrabal, las propiedades de Rosas y demás . Y luego añade Groussac el siguiente resumen y comentario: “Delaciones, adulaciones, destierros, fusilamientos de adversarios, conato de despojo, distribución de los dineros públicos entre los amigos de la causa; se ve que Lavalle en materia de abusos -y aparte de su número y tamaño-, poco dejaba que innovar al sucesor. Sin comparar, pues, la inconsciencia del uno a la perversidad del otro, ni una dictadura de seis meses a una tiranía de veinte años, queda explicado el doble fenómeno del despotismo creciente, por desarrollo natural, al par que el de su impresión decreciente en las almas pasivas, de muy antes desmoralizadas por la semejanza de los actos, fuera cual fuera la diferencia de las personas.” 
Dejando a un lado las sutiles diferenciaciones entre inconsciencia y perversidad, dictadura y tiranía, según se trate de Lavalle o de Rosas, nos parece ridículo pretender que en veinte años se hubiesen cometido menos atrocidades que en seis meses. Sería preciso ver lo que habría hechos Lavalle si hubiera tenido que gobernar veinte años en las circunstancias en que gobernó Rosas. Y si nos atenemos estrictamente a comparar los seis meses que gobernó Lavalle con seis meses tomados al azar en el gobierno de Rosas, no creemos que el primero salga muy favorecido.
“El año de gobierno de los unitarios militares -dice Eliseo F. Lestrade- se caracteriza, para la demografía, como el año aciago, pues no se vuelve a producir en lo sucesivo el hecho de morir mayor número que el de nacidos.” En efecto, en 1829 mueren en la ciudad de Buenos Aires 883 personas más de las que nacen; mientras que en 1840 y 1842, los años trágicos de la dictadura rosista, el aumento vegetativo de la población es de 1.180 y 730 almas, respectivamente. 
Si esto ocurría en la ciudad, la campaña bonaerense no era más favorecida. El coronel Estomba, hombre cuya exaltación concluyó en locura, y que había sido enviado por Lavalle para unitarizar la provincia, la recorría fusilando federales. Acerca de sus procedimientos nos ilustra Manuel Bilbao cuando dice que dicho coronel “recorría la campaña dominado de un furor tal que las ejecuciones las ordenaba a cañón, poniendo a las víctimas en la boca de las piezas y disparando con ellas.”  Así murió Segura, mayordomo de la estancia “Las Víboras”, de los Anchorena, “por el delito de ignorar la situación de cierta partida federal.” A otros ciudadanos, por el mismo delito, los mata a hachazos por sus propias manos.
El fusilamiento a cañón, por otra parte, no era procedimiento exclusivo de Estomba. He ahí el caso, referido por Arnold y otros, y citado por Gálvez, del coronel Juan Apóstol Martínez, quien “hace atar a la boca de un cañón a un paisano, que muere hecho pedazos, y cavar sus propias fosas a varios prisioneros.” 
“Las tropas mandadas por Rauch -dice más adelante Gálvez- matan a los hombres que encuentran en las calles de los pueblitos. Calcúlese que más de mil hombres aparecen asesinados. Sólo en el caserío llamado dejan siete fusilados. En la ciudad, en una tienda de la Recova, un oficial unitario desenvuelve un papel y, sacando una oreja humana, dice que es del manco Castro, y que tendrán igual suerte las de otros federales. A una criatura de siete años la matan porque lleva una divisa”.
Y a todo esto, el “sanguinario” Rosas aun no gobernaba.

miércoles, 21 de octubre de 2020

ROSAS EN LOS ALTARES

Por Alberto Ezcurra Medrano

Nada más difícil de desarraigar que las mentiras de la historia. Casi siempre han tenido su origen en esas épocas en que el desborde de las pasiones arrastra a hombres respetables a decir que “si para llegar es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad, se embrolla: y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos”. Y como la posteridad no siempre atina a independizarse de las pasiones de antaño, suele aceptar sin beneficio de inventario, la leyenda que se dejó en herencia con el título de historia.  Tal ha sucedido en gran parte con la época de Rosas. Y uno de los mitos más arraigados acerca de ese oscurecido período de nuestra historia es el que afirma que en las fiestas parroquiales celebradas allá por el año de 1839 con motivo del fracaso de la conspiración de Maza, el retrato de Rosas fue colocado en el altar mayor de las iglesias.

Es curiosa la casi unanimidad que existe al respecto entre los historiadores y novelistas, así como la seguridad con que cada uno de ellos lanza su afirmación, a pesar de que no siempre coinciden en los detalles. Ya desde las lejanas épocas en que la emigración unitaria despotricaba contra Don Juan Manuel, Rivera Indarte escribía en “El Nacional” de Montevideo que “en el pórtico de cada templo, el clero vestido de sobrepelliz, sonando el órgano e iluminado el templo, recibía bajo palio el retrato de Rosas, y colocándolo en el altar mayor le tributaban un culto “bestial”. Florencio Varela, haciéndose eco de esta afirmación repetía el 6 de marzo de 1846 en “El Comercio del Plata” que Rosas había sido “igualado en el culto exterior al ser que no tiene igual”. Félix Frías, dice también, refiriéndose a Rosas, que “profana con sus retratos los altares”. Y otro contemporáneo de los nombrados, Santiago Calzadilla, que incidentalmente se refiere a Rosas, en una conocida obra suya, expresa que “los miembros del partido federal, con la Mazorca a la cabeza, llevaban en brazos en un gran marco el retrato , al óleo, del “gran Rozas” que entrando al templo, lo colocaban en el altar mayor, cual si fuere efigie cuya función religiosa se solemnizase así, ni más ni menos”.

Historiadores posteriores han recogido estas afirmaciones. Para nombrar uno, citaremos a Pelliza, que en su estudio de la dictadura, después de describir una de aquellas funciones religiosas, añade “que volvía a emprenderse la marcha llevando el retrato a otra iglesia donde se repetía el sacrilegio de colocarlo en el altar mayor, mientras se le hacían las demostraciones correspondientes a los santos . Pero no se crea que solo los historiadores de tendencia unitaria son los que opinan de esta manera. De los llamados rosistas, desde Saldías a Fernández García, se empeñan en que el retrato de Rosas se depositó en el altar mayor. Y precisamente son algunos autores pertenecientes a esta tendencia los que han incurrido en mayores exageraciones. Así, Dermidio T. González, autor de una pésima apología de Rosas, afirma que “llegó a ser adorada en los altares de los templos la estampa del mandatario”. Y Martín V. Lascano dice que se “llegó hasta el sacrilegio de hacer descansar el cuadro con su estampa sobre el cáliz que guardaba la forma sagrada”.

Demás está decir que los autores de textos escolares no se han substraído a la opinión general. La casi totalidad de esos textos están –salvo honrosas excepciones en estos últimos tiempos- a la altura de las Tablas de Sangre de Rivera Indarte. Y en lo que respecta al asunto del retrato, comenzaremos a citar al inefable Grosso, que después de relatar horrorizado como las víctimas de la Mazorca eran “degolladas en medio de las carcajadas de los asesinos”, nos cuenta entre otras “locuras” de aquella “época de ingrata memoria”, la de pasear por las calles el retrato de Rosas y “colocarlo en los altares de las iglesias para que se le tributasen los mismos honores que al de un santo”.  Los señores Astolfi y Migone anotan entre los factores que ayudaron a consolidar la dictadura, “la explotación del misticismo político que presentaba a Rosa como un enviado providencial, cuya imagen, incorporada a la liturgia católica, era objeto de un verdadero culto”  Y el doctor Ricardo Levene, que es toda una autoridad en la materia, sostiene que “!en las iglesias se colocaba el retrato en el altar, y los sacerdotes, desde el púlpito, exhortaban a la adoración y el culto a Rosas”. Como una de esas honrosas excepciones de que hablábamos, citaremos el texto de Cobos Daract, quien al describir las fiestas parroquiales, a pesar de presentársele una ocasión de desahogar su fobia masónica contra los representantes de la iglesia, pasa por alto el asunto del retrato, sin duda porque lo conocía mejor que sus predecesores.  Tampoco los novelistas se han independizado de la fábula. Solo citaremos a Martínez Zuviría, autor de “La Corbata celeste”, cuyo protagonista ve “los dos retratos –el de Rosas y el de su esposa– que entraban a la iglesia entre ciriales y bajo el palio de oro, para ser colocados sobre el altar, a uno y otro lado del sagrario” .

Podríamos aumentar las citas, pero ¿a qué seguir? Con las que hemos transcripto se demuestra la casi unanimidad que existe entre los autores en afirmar el hecho que calificamos de fábula. El por qué de esa unanimidad es lo que no sabemos ni nos explicamos, porque los polemistas, historiadores y novelistas, al hacer sus afirmaciones, no siempre citan las fuentes donde las han recogido. En cuanto a los que las han citado, probaremos que por descuido o por mala voluntad, no las han sabido interpretar. Y con respecto a la afirmación en sí, diremos que no la autorizan ni la tradición, ni los grabados, ni las crónicas de la época.

No la autoriza la tradición. Y por tradición entendemos, no la falsa leyenda difundida en el pueblo por los escritores unitarios y frecuentemente invocada como tal, sino la tradición autorizada por la calidad de las personas que la transmiten y su conocimiento directo de los hechos. Un venerable sacerdote que vive actualmente, nos afirma que tanto el canónico Doctor Felipe Elortondo y Palacio, como el P. José Sató, Superior de los Padres jesuitas y otros sacerdotes de la época, le han asegurado repetidas veces que el retrato de Rosas nunca se colocó en los altares. Lo que hubo, a estar a la tradición directamente transmitida por esos respetables sacerdotes, es que no pudiendo el dictador asistir a las ceremonias por causa de sus múltiples ocupaciones, consentía en que se trasladase su retrato y se colocase en la silla que a él personalmente le estaba destinada.

Tampoco dicen otra cosa los grabados y pinturas. En la Iconografía de Rosas, de Juan A. Pradére, página 220, aparece un óleo de Martín L. Boneo, que representa una ceremonia religiosa en la Iglesia de la Piedad. Allí está el retrato de Rosas; mas no sobre el altar, sino a su izquierda, en el presbiterio.

Pero lo más categórico al respecto son las crónicas aparecidas en los números de “La Gaceta Mercantil” correspondientes a los últimos meses del año 1839. Allí está la descripción detallada de las funciones parroquiales, que iremos transcribiendo en la parte pertinente al retrato:

Comenzaremos por el número correspondiente al 1° de setiembre, que describe la fiesta realizada el 1° de dicho mes en la Catedral. “En la entrada del templo se agrupaba un numeroso gentío y saliendo a la puerta el senado del Clero, fue introducido al templo el retrato de S.E. y colocado luego bajo el pabellón que le estaba preparado sobre el presbiterio”. No puede ser más claro: el presbítero no es el altar. Quizá por eso, Mármol, que transmite en su Amalia parte de esa crónica y que luego se horroriza porque el retrato era “colocado en el altar al lado del Dios crucificado por los hombres”, reemplaza la frase subrayada por un prudente etcétera.   La Gaceta del 27 de setiembre describe la fiesta celebrada el 14 en la parroquia del Socorro. Transcribimos la parte correspondiente. El retrato de S.E. fue recibido en brazos en a puerta del Templo por nuestro respetable federal provisor y el Sr. cura de la parroquia con otros Sres. Sacerdotes, vestidos de sobre-pelliz y colocado entre adornos federales de gran elegancia en el Presbiterio al lado del Evangelio”. Esto lo dice un testigo presencial, lo cual no impide que el protagonista de “La Corbata Celeste” de Martínez Zuviría, vea entrar en la Iglesia del Socorro “los dos retratos –el de Rosas y el de su esposa– entre ciriales, y bajo el palio de oro, para ser colocado sobre el altar a uno y otro lado del sagrario”.

“La Gaceta Mercantil” del 28 de septiembre, se ocupa de la función celebrada el 15 por la parroquia de la Catedral, sección Norte, en la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced y dice: “El Sr. Provisor, el Sr. Cura Don Juan Antonio Argerich y otros Señores sacerdotes recibieron en el atrio del templo el interesante cuadro, y fue colocado cerca del Altar Mayor entre federales magníficos adornos”. Saldías, que se documenta precisamente en “La Gaceta”, al describir esta función olvida el cerca y dice que el retrato fue depositado “en el altar mayor”.

Lo mismo, con pocas variantes, se repite, en las demás parroquias. En ninguna aparece el retrato en el altar. En San Telmo, “La Gaceta” no especifica detalles; pero en Monserrat nos dice que se colocó “en el lugar destinado y como se retirase la comitiva por no empezar a función de iglesia se dejaron dos tenientes alcaldes, uno a cada lado del retrato, haciéndole guardia”. Igualmente en Balbanera el retrato es conducido “hasta colocarlo atado en el lugar que le corresponde y donde permaneció con dos centinelas”. En la función dedicada por los empleados de Aduana y resguardo y celebrada en la iglesia de Nuestra Señora de la merced, el retrato es acompañado “hasta un hermoso dosel que le estaba preparado y donde fue colocado por el Sr. provisor y el sr. Cura”. En San Miguel “fue recibido en el atrio por el Sr. Cura y otros eclesiásticos y colocado dentro del templo al lado del Evangelio”. En el Pilar se colocaron los retratos de Rosas y su esposa “en el distinguido asiento que les estaba preparado al lado del Evangelio del Altar Mayor”. Y en San Nicolás, es llevado en triunfo hasta colocarlo “en la Iglesia en un elevado asiento al lado del Evangelio”.

Pero las personas no muy versadas en el lenguaje litúrgico quizás haya dado lugar a falsas interpretaciones la expresión al lado del Evangelio. Ella no significa en el altar, sino que equivale a decir a la izquierda del altar, así como al lado de la Epístola no tiene otro significado que a la derecha del altar. Ello se comprueba comparando unas crónicas con otras. Así la crónica de “La Gaceta” del 7 de noviembre, referente a la función celebrada el 11 de octubre en la parroquia de la Catedral, sección Sur, leemos: “Allí fue depositado el retrato de S.E. y de su ilustre esposa en un magnífico asiento colocado cerca del Altar Mayor al lado del Evangelio”. Si estas últimas cuatro palabras significase en el altar, habría una contradicción evidente con las anteriores, que dicen que fue colocado cerca del altar.

Si pasamos ahora a las ceremonias parroquiales de las ciudades y pueblos de la Provincia, no haremos sino reforzar nuestra demostración. En la ciudad de San Nicolás, el retrato fue colocado “en el lugar correspondiente”. En Dolores, “en el lugar que se había preparado para colocarlo. En la Ensenada “se acomodó en la Iglesia en un magnífico asiento que se le había preparado al lado del Evangelio del Altar”. En Quilmes, “a la izquierda del altar mayor bajo un dosel de damasco punzó”. En Morón, “en un elegante dosel que de antemano estaba preparado en el templo”. Y en Lobos, “en una mesa que al efecto se hallaba federalmente adornada”. Todos estos detalles pueden leerse en los números de “La Gaceta Mercantil” correspondientes a los meses de agosto, setiembre, octubre y noviembre del año 1839.

De todo lo anteriormente dicho se desprende una conclusión: el retrato de Rosas no se colocaba en el altar sino, por lo general, en un asiento, en el presbiterio, cerca del altar, del lado del Evangelio. El hecho podrá ser criticado o no, según el criterio con que se juzgue a Rosas; pero lo indiscutible es que no constituyó profanación ni sacrilegio. Si bien es cierto que muchos concilios y pontífices prohibieron severamente a los legos o seglares el entrar en el presbiterio o coro, especialmente durante la celebración de la Santa Misa, también lo es que ya el Concilio trullano, exceptuaba el caso en que el emperador se acerque a presentar su ofrenda, y que “posteriormente la Iglesia fue dispensando en esto, concedió a las autoridades seglares, especialmente a los reyes y príncipes, el poder entrar y sentarse en el presbiterio”. Hoy figura entre los privilegios concedido a los príncipes el de ser recibidos en las iglesias “con solemnidad por los prelados y el clero, bajo palio”, y el de darles “un lugar preeminente en el presbiterio, como a los príncipes de la Iglesia”. No pudiendo asistir Rosas, ocupado en su abrumadora tarea diaria, se colocaba en su lugar el retrato. Y eso fue todo.

Queda con esto destruida una fábula que injustamente ha ensombrecido el prestigio, no solo de Rosas, sino del ilustre clero argentino de esa época, del cual formaron parte sacerdotes de la virtud e ilustración del Obispo Medrano y de los canónicos Zavaleta, García, Segurola, Pereda Saravia, Elortondo y Palacio, Argerich y otros. Ese clero, que acababa de salir de la tormenta rivadaviana que había visto a Rosas restablecer relaciones con la Silla Apostólica y favorecer en toda forma al culto católico, lo apoyó como gobernador legítimo, en quien vía además al enemigo mortal del liberalismo y al hombre que tenía la suma del poder público, sin más restricción –aparte de la de sostener la causa federal- que la de “conservar, defender y proteger la Religión Católica, Apostólica y Romana”. Por haberlo apoyado mereció la calumnia de muchos argentinos, enceguecidos por la pasión política. El tiempo, que a la larga impone la verdad, se encargará de que esas calumnias perjudiquen tan solo el prestigio de sus autores

 Fuente: Revista de Cultura "Revisión", Año 1, N° 4, Buenos Aires, diciembre de 1959, página 8.

 


sábado, 11 de agosto de 2018

EL JUICIO HISTORICO SOBRE ROSAS

Por Alberto Ezcurra Medrano
Lenta, pero firmemente, la verdad sobre Rosas se abre camino.  La causa de esa lentitud se explica. A Rosas le tocó actuar en pleno auge del romanticismo y del liberalismo. Sus enemigos, libres de la pesada tarea de gobernar, empuñaron la pluma e “inundaron el mundo -como dice Ernesto Quesada- con un maëlstrom de libros, folletos, opúsculos, hojas sueltas, periódicos, diarios y cuantas formas de publicidad existen.” Supieron explotar la sensiblería romántica dando a ciertas ejecuciones y asesinatos una importancia que no les corresponde dentro del cuadro histórico de la época. Los famosos degüellos de octubre del año 40 y abril del 42 pasaron a la historia hipertrofiados, como si los 20 años de gobierno de Rosas se hubiesen reducido a esos dos meses y como si su acción gubernativa no hubiese sido otra que ordenar o tolerar degüellos. Rosas, para ellos, fué un monstruo, y desde este punto de vista, que no permiten discutir, juzgan su época, sus hechos y sus intenciones.

Resultado de imagen para alberto ezcurra medrano  Resultado de imagen para alberto ezcurra medrano
Si Rosas fusiló, no fue porque lo creyó necesario, sino para satisfacer su sed de sangre.  Si luchó -aunque sea con el extranjero-, no fue por patriotismo, sino por ambición personal, o para distraer la atención del pueblo y mantenerse en el poder. Si expedicionó al desierto, fue para formarse un ejército. Si efectuó un censo, fue para catalogar unitarios y perseguirlos. Si ordenó una matanza de perros, que se habían multiplicado terriblemente en la ciudad, lo hizo para instigar una matanza de unitarios. Y así, mil cosas más. Naturalmente, de todo esto resultó un Rosas gigantesco por su maldad, “un Calígula del siglo XIX”, es decir, el Rosas terrible que necesitaban los unitarios para justificar sus derrotas y sus traiciones.  Como la historia la escribieron los emigrados que regresaron después de Caseros, ese Rosas pasó a la posteridad, y desde entonces todas las generaciones han aprendido a odiarlo desde la escuela. Sólo así se explica que aun perdure en el pueblo el prejuicio fruto del manual de Grosso y de las horripilantes escenas de la Mazorca conocidas a través de Amalia o de alguna recopilación de “diabluras del Tirano.”  Afortunadamente, en la pequeña minoría que estudia la historia se evidencia una reacción. Los libros nuevos que tratan seriamente el debatido tema lo hacen con un criterio cada vez más imparcial. Tal es el caso de las interesantes obras publicadas en 1930 por Carlos Ibarguren y Alfredo Fernández García. “Donde hay un hombre, hay una luz y una sombra”, se ha dicho. Rosas, como hombre que fue, cometió errores, pero no crímenes, porque “el delito -como él mismo escribió en su juventud- lo constituye la voluntad de delinquir”, y es absolutamente infundada la afirmación de que él la tuvo. Cuando se habla de su reivindicación, no se trata de presentarlo sin mancha a los ojos de la posteridad, como han querido presentarse sus enemigos, ni tampoco de “disculparlo”, como dicen algunos con cierto retintín cada vez que oyen hablar de cualquiera de sus innegables aciertos. El perdón supone el crimen, y la facultad de concederlo no pertenece a la historia, sino a Dios. De lo que se trata es, simplemente, de presentarlo tal cual fué, con sus errores y con sus aciertos, ya que los primeros no tienen la propiedad de borrar los segundos, tal como los numerosos fusilamientos ordenados por Lavalle y Lamadrid en sus campañas no extinguen ni una partícula de la gloria que les corresponde por el valor legendario de que dieron pruebas en la guerra de la independencia. La vida pública de esos hombres no es un todo indivisible que se pueda condenar o glorificar en globo. Por eso es absurda en nuestros días esa fobia oficial antirrosista que, haciéndose cómplice de lo que podríamos llamar conspiración del olvido, excluye sistemáticamente el nombre de Rosas de las calles y paseos públicos mientras se le concede ese honor a una porción de personajes anodinos, cuando no traidores o enemigos de la patria. (*) La “tiranía” no fue un hombre sino una época en que todos emplearon cuando pudieron los mismos métodos. Rosas no “abrió el torrente de la demagogia popular”, como se ha dicho con más literatura que acierto. Lo tomó desbordado como estaba, tal como no quisieron tomarlo ni San Martín ni otros hombres de valer; lo encauzó.  Es muy cómodo, pero muy injusto, cargar sobre Rosas toda la responsabilidad de una época semejante.  Cuando se habla del terror, de los abusos, de los crímenes, es preciso averiguar, no sólo lo que hizo Rosas, sino también lo que hicieron sus enemigos, algo de lo cual hemos de bosquejar en el presente ensayo. Dentro de lo hecho en el campo federal, hay que delimitar bien lo que ordenó Rosas, lo que se hizo con su tolerancia y lo que se hizo contra su voluntad. Y finalmente, dentro de lo que ordenó Rosas, es preciso establecer cuándo hubo abuso, cuándo obró justamente -porque al fin y al cabo, era autoridad legal (*)- y cuándo obró de manera que sería condenable en circunstancias normales, pero que en las suyas era una legítima defensa contra iguales métodos de sus contrarios. Sólo así tendremos la base sobre la cual se ha de asentar el juicio definitivo. Con repetir a priori que Rosas fué el “principal responsable”, nos habremos ahorrado ese trabajo previo, pero no probaremos nada. Además, por encima de esa investigación imparcial, es necesario que varíe el criterio con que se juzga esa época. Antes se la juzgaba con criterio romántico y liberal.  Una cosa es el fusilamiento ordenado por quien ha sido investido por la ley con la suma del poder público y desempeña el gobierno cumpliendo la misión que se le encomendó, y otra es el fusilamiento por orden de un general levantado en armas contra la autoridad legítima. Cuando Rosas, los gobernadores de provincias o los generales gubernistas en campaña daban muerte a los unitarios sublevados, no hacían más que aplicar los artículos de las ordenanzas españolas, que establecían lo siguiente:  “Art.26- Los que emprendieren cualquier sedición, conspiración o motín, o indujeron a cometer estos delitos contra mi real servicio, seguridad de las plazas y países de mis dominios, contra la tropa, su comandante u oficiales, serán ahorcados, en cualquier número que sean.” (Colón reformado, tomo III, pág. 278)
“Art.168.- Los que induciendo y determinando a los rebeldes hubieren promovido o sostuvieren la
rebelión, y los caudillos principales de ésta, serán castigados con la pena de muerte.” (Colón reformado, tomo III, pág. 43.)  Igual pena establecían las ordenanzas para los desertores.  Esas eran las leyes penales que regían entonces. Y Rosas -autoridad legal con la suma del poder público- las aplicaba. Pero sus detractores parecen creer que en esos tiempos estaba en vigencia el Código Penal de 1921.  Por eso, al juzgar a Rosas, muchos creen condenarlo, y en realidad condenan, no al hombre, sino al sistema: la dictadura. No se contentan con juzgar lo que hizo Rosas, sino que le señalan también lo que debió hacer, y como tienen prejuicios liberales, concluyen: Rosas debió dar al país una constitución liberal y democrática. Pudo hacerlo y no lo hizo. Luego: su gobierno fué estéril. Tal razonamiento es muy discutible. Sería preciso averiguar si Rosas realmente hubiera podido constituir al país. Y suponiendo que hubiera podido, aún quedaría por averiguar si hubiese debido hacerlo. Para los liberales, eso no admite dudas. Para los que creen que era preciso consumar previamente la unidad política y geográfica del país y dejar luego que la tradición presidiese su constitución natural, la cuestión varía de aspecto.  No condenemos, pues, a Rosas por haber omitido hacer lo que el liberalismo juzga que debió haber hecho. Juzguémoslo a través de lo que hizo: consolidar la unión nacional y mantener la integridad del territorio, preparándolo para la organización definitiva. Ésa es su gloria. Cuando se lo juzgue con simple buen sentido y, por consiguiente, sin prejuicios liberales, le será reconocida.

viernes, 27 de abril de 2018

Reflexiones sobre Rosas

 Por Alberto Ezcurra Medrano
C
reo que Rosas fue el prócer más grande de la Argentina. Y digo esto sin desmedro de San Martín, que fue, junto con Bolívar uno de los grandes próceres de América. Pero creo que Rosas fue más netamente un prócer argentino. Es un error suponer que cuando Rosas asumió el gobierno existía una República Argentina, al menos tal como la conocemos ahora. Ya se había desmembrado bastante el  Antiguo Virreynato. Y en lo que quedaba no había unión. Las ‘Provincias Unidas de Sud América’ estaban en realidad profundamente desunidas. Tal es así que en el Congreso que declaró su independencia faltaron cuatro de ellas.  Los Caudillos, con sentimientos más localistas que nacionales, lucharon entre sí. Y no faltaron más adelante quienes quisieron  que San Juan y Mendoza se incorporaran a Chile; Salta, Jujuy, Tucumán y Catamarca a Bolivia; y que Entre Ríos, y Corrientes, junto con el Uruguay, formaran una república independiente. Esa era la realidad. El Poder Ejecutivo de Rivadavia no fue más que una ficción. Rivadavia sólo gobernó en Buenos Aires, donde pretendió implantar la civilización europea, y desconoció en absoluto la realidad del interior, que naturalmente lo rechazó.  En tales condiciones Rosas recibió el gobierno. Sobre la base del Pacto Federal de 1831 y la delegación del manejo de las relaciones exteriores que le hicieron las provincias, organizó la Confederación Argentina. Rechazando la obsesión constitucionalista de los teorizadores se tuvo a la realidad y emprendió una larga lucha por la ‘restauración’ de la unidad y de la autoridad. “No se sabe bien –dice Julio Irazusta- hasta que punto esa maniobra es admirable en su mezcla  de inteligencia, fuerza y derecho”. La reconoce el propio Sarmiento cuando dice, en carta íntima al doctor García, que Rosas ‘reincorporó la Nación’. Cuando cayó el país estaba naturalmente constituido y por eso fue posible darle una constitución escrita, y quizás porque se la dio demasiado pronto y no del todo adecuada  a su constitución natural, hubo de soportar aun varios años de división y de guerra civil.
Resultado de imagen para alberto ezcurra medrano  Resultado de imagen para alberto ezcurra medrano
P
ero no sólo logro Rosas la unión y la autoridad. Un país en plena disolución como era el que recibió al asumir el gobierno, no podía dejar de tentar a las grandes potencias imperialistas de Europa, entonces en pleno tren de expansión. A esto se debieron los conflictos con Francia primero y luego con Francia e Inglaterra. La forma admirable –extraordinaria combinación de diplomacia y de fuerza con que Rosas supo defender  y hacer triunfar la soberanía nacional, quizás aun no ha sido suficientemente valorada en todo su alcance, como no lo fue en su tiempo, aun para muchos de sus amigos y partidarios.
N
aturalmente Rosas, para consumar tan titanica obra no pudo usar siempre guantes blancos, como no lo hizo ningún forjador de naciones. Hubo rebeldes, y muchos de ellos fueron además traidores a la patria naciente. No hay porqué hacer de Rosas el ‘chivo emisario’ de una época en que todos empleaban los mismos métodos, salvo la traición a la patria, que fue obra exclusiva de sus adversarios. San Martín, con profética  clarividencia preció y justificó a Rosas, aun antes de que este asumiera su segundo gobierno. En carta a Tomás Guido, de fecha 1º de febrero 1834, cuyos subrayados son del propio San Martín, expresa lo siguiente: 
“Maldita sea la tal libertad, no será hijo de mi madre el que vaya a gozar de los beneficios que ella proporciona. Hasta que no sea establecido un gobierno que los demagogo llaman tirano y que me proteja contra los bienes que brinda la actual libertad… el hombre que establezca el orden en nuestra patria, sean cuales sean los métodos que para ello emplea, es él sólo que merecerá el noble título de Libertador”.
H

e aquí como San Martín previó a Rosas, supo que le llamarían tirano, le cedió en cuanto a la Argentina respecta su título de Libertador, y lo confirmó más tarde con el legado de su sable. ¡Qué admirable lección para los antirrosistas de todos los tiempos!+