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sábado, 5 de agosto de 2023

EL REVISIONISMO NACIONAL Y POPULAR

 Por el Prof. Julio R. Otaño

FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) fue una corriente interna del radicalismo fundada, en 1935, por Arturo Jauretche, Y Homero Manzi. Se integra con irigoyenistas  Y PROPONEN profundizar la vocación revolucionaria del yrigoyenismo, otorgándole un programa de claro contenido antiimperialista. Bajo el lema "Somos una Argentina colonial; queremos ser una Argentina libre”, Scalabrini Ortiz aporta las ideas fundamentales provenientes de sus investigaciones acerca de la opresión del imperialismo inglés sobre la Argentina; Esta revisión se distingue netamente de la formulada por "los nacionalistas católicos”: es antiimperialista y popular (Jauretche habla de "nacional” y "no nacionalista”) Scalabrini critica la libre importación, el empréstito Baring Brothers y la segregación de la Banda Oriental, así como el trazado ferroviario impuesto por las compañías británicas, base de la "granja” productora de carnes y cereales para su Graciosa Majestad. Los forjistas dice que "La historia es un arma para manejar los pueblos, para someterlos a los designios de los vencedores, y que los capitales extranjeros, predominantemente ingleses, que endeudan y esclavizan la Patria, no son más que el producto del trabajo y de la riqueza argentina, capitalizados a su favor por la astucia europea” 

En esta misma línea, Homero Manzi levanta la figura de los caudillos populares, exaltando a Rosas en tanto defensor ante la agresión anglofrancesa y líder popular. Arturo Jauretche dijo "La falsificación de la historia ha perseguido, precisamente, esta finalidad: impedir, a través de la desfiguración del pasado, que los argentinos poseamos la técnica, la aptitud para concebir y realizar una política nacional... lo que se nos ha presentado como historia es una política de la historia... Y esa política de la historia falsificada es y fue la política de la antinación, de la negación de ser y de las posibilidades propias” 

En esos años, comienza a adquirir importancia la obra revisionista de José María Rosa (1906-1991) Hacia 1964, Rosa acomete una “Historia Argentina”, de 13 tomos que deja inconclusa a su muerte. La obra de Rosa es muy leída, especialmente a fines de la década del sesenta, por una juventud que descree de los viejos textos liberales y busca una posición política nacional. Cabe señalar que la influencia del peronismo opera, sobre J. M. Rosa y otros revisionistas, de ahi el sentido “Nacional y Popular”.  Rosas ya no es exaltado como un gran señor de horca y cuchillo, terrateniente patriarcal que garantiza el orden social, sino como defensor de la soberanía. De cualquier modo, el esfuerzo de Rosa, como el de Palacio, por ofrecer una visión general de la Historia Argentina distinta a la Oficial, resulta meritorio y favorece el proceso de formación de una conciencia nacional.  Rosas defensor de los negros, los gauchos y los indios es para ellos el único gobierno popular del siglo XIX. 

A partir de 1955, recién logra repercusión masiva este revisionismo. Después del ’55, lleva a las mayorías populares a identificar a Rosas con Perón, ambos víctimas de las injurias del liberalismo oligárquico. Por eso, Jauretche sostiene irónicamente que quien más hizo por difundir el revisionismo histórico fue el Alte. Rojas con su implacable odio a las masas peronistas, ligado a su fervorosa admiración por Rivadavia y Mitre. Así, el efecto es la quiebra, a nivel popular, de la confianza en la Historia Liberal, como no lo habían logrado los revisionistas con s vasta obra desde los años treinta.  Fermín Chávez otro historiador nacional y popular reivindica a los caudillos federales del interior y a quienes podríamos llamar sus intelectuales orgánicos (Alberdi y Hernández). El revisionismo rosista-peronista alcanza su auge a partir de 1968, al calor de la nacionalización de las clases medias. En los últimos años, el vigor polémico y la producción del revisionismo rosista han decaído, en parte, quizás, por el agotamiento político del peronismo y por motivos hasta biológicos. Se repatriaron los restos de Rosas, aparece en la moneda nacional,  en el nomenclador de las calles, hay monumentos, y su posición paulatinamente cambió. El Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas pero ahora de carácter “NACIONAL” subsiste . 

 

martes, 30 de junio de 2015

FORJA 80 AÑOS DE VIDA

Por Ernesto Jauretche
Es el lunes 24 de junio. Seguro que frío y nublado.
  A la tardecita.
  En el café El Foro, de Corrientes y Uruguay, se reunió una treintena de hombres maduros, abogados, ingenieros, médicos, periodistas, escritores, artistas, todos notables militantes del partido fundado por Leandro Alem, con el propósito de lanzar una nueva agrupación política como corriente de pensamiento irigoyenista dentro de la UCR.
 
Bajo la dirección inicial de Juan B. Fleitas y Manuel Ortiz Pereyra, el grupo que unos días más tarde daría origen a la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina –
 
FORJA estaba integrado por Arturo Jauretche, Homero Manzione (Manzi), Félix García Ramírez, José María Cané, Oscar López Serrot, José Constantino Barro, Juan Luis Alvarado, Conrado Míguez, Abel Sánchez Uncal, Amable Gutiérrez Diez, Juan Molas Teran, Germán Pais, Ismael Segovia, Atilio García Mellid, Gabriel del Mazo, José Peco, Jorge Walter Perkins, Carlos Menica, Luis Dellepiane, Silvano Santander, Martín Irigoyen, Manuel Belnicoff, Rodolfo Alvarez Prado, Camilo Stanchina, Ernesto Laclau, Jorge Luis Borges, Ernesto Vatteone, Guillermo y Carlos Maya, Oscar Correa, Angel y Nestor Banfi, Jorge del Río, Oscar Meana, Orlando Paoletta y los hermanos Fernando, Carlos y Ubaldo Estrada, entre otros.
 
Raúl Scalabrini Ortíz participa pero no adhirió por no cumplir con la condición de ser afiliado radical.
Ese mismo día.
 
Al anochecer. Las voces del canillita disuelvieron la reunión.
 
Crítica: titular en tipografía catástrofe.
 
Carlos Gardel muere en un accidente aéreo en Medellín.
 
Conmoción y congoja nacional.
 
Manzi le escribe un epitafio imperecedero: “...en esta Patria que tiene un pueblo sentimental como una novia, derecho como una daga y amigo como un poncho, a Gardel se lo considera un compañero más”.
29 de junio de 1935. Sábado. En un sótano de Corrientes 1778, se lanzó, por fin, la “Fuerza de Orientación Radical de la Nueva Argentina”, FORJA. Presidían la primera reunión Jauretche, Manzi, Alvarado, Dellepiane, del Río, Correa y Molas Terán.
 
El nombre de la agrupación, inspirado en un concepto atribuido a Yrigoyen, describía a la vez el panorama pavoroso de la década infame y la oportunidad luminosa que animaba los jóvenes militantes del nacionalismo popular y democrático de aquellos tiempos: “Todo taller de forja parece un mundo que se derrumba”.
FORJA, a partir de esa definición fundacional, fue una experiencia inédita en la política nacional: “De los nacionalistas, compartimos la exaltación patriótica y de los comunistas, su conocimiento del fenómeno imperialista.
 
Pero el patriotismo de símbolos de los nacionalistas fue, en nosotros, amor a la sustancia de lo argentino y no su expresión abstracta, y de la concepción doctrinaria de los segundos, apreciamos las generalizaciones y el aspecto mecánico del capitalismo, para abocarnos al conocimiento y soluciones de nuestra realidad...
 
Los socialistas pretenden excluir la realidad para cambiarla, en lugar de comprenderla para superarla.
 
Así han fracasado en el interior, al rechazar a las masas por incultas, ineptas, etc...
 
Las masas se saben desapreciadas por la petulancia socialista...
 
El partido socialista es el de los hombres que no quieren que pase nada.
 
A los nacionalistas les dije: el nacionalismo de ustedes se parece al amor del hijo junto a la tumba de su padre.
 
El nuestro, se parece al amor del padre, junto a la cuna del hijo y ésta es la sustancial diferencia.
 
Para ustedes, la Nación se realizó y fue derogada; para nosotros, todavía sigue naciendo”.[1]
Jauretche declina la presidencia, que a propuesta de Manzi recae en Luis Dellepiane.
Ese pequeño grupo marginado de la llamada política grande consagró términos que luego serían cotidianos, como “vendepatria” y “cipayo”, y desnudó  "Estatuto legal del coloniaje" que dio el carácter de “infame” a la década.
 
Pero lo más importante: fue el primer intento orgánico de ver la Argentina con ojos argentinos y de crear categorías propias de análisis para entender la realidad nacional.
 
 
Desde entonces hasta hoy las definiciones forjistas constituyen el piso conceptual en que se asienta todo proyecto nacional, popular y democrático.
“Hasta entonces se había procedido así: dada tal doctrina, es necesario que la realidad se someta a ella.
 
Nosotros nos propusimos que dada nuestra realidad, resultase una doctrina que sirviera a nuestros intereses y no a los ajenos. Hasta entonces habíamos ido al almacén con el "manual del perfecto comprador", pero escrito por el almacenero.
 
Empezamos por estudiar, libres de las anteojeras, algunos problemas de nuestro presente y de nuestro pasado.
 
De su conocimiento resultaron conclusiones que siguen dando frutos.
 
Del conjunto de esas conclusiones han resultado puntos de vista generales que, ahora sí, permiten deducciones propias y auténticas.
 
Se era liberal, marxista o nacionalista, partiendo del supuesto que el país debía adoptar el liberalismo, el socialismo o el nacionalismo y adaptarse a él, partiendo del supuesto doctrinario importado, reproduciéndolo y forzando a la naturaleza a condicionarse a él.
 
La tarea de FORJA no fue hacer ni liberalismo, ni marxismo ni nacionalismo, sino contribuir a una comprensión en que el proceso fuera inverso y que las ideas universales se tomaran sólo en su valor universal, pero según las necesidades del país y según su momento histórico las reclamasen, como creaciones propias del mismo, en su marcha ascendente.
 
En una palabra, utilizar las doctrinas y las ideologías y no ser utilizado”[2].
De esa época es el siguiente texto, que denota la vocación latinoamericanista revolucionaria del nuevo grupo:
 
 “Como en 1810, sólo por la acción de los pueblos, la Argentina y los países indoamericanos conquistarán la emancipación económica.
 
Ciudadano, no se resigne. Luche.
 
Oponga la rebelión de su conciencia a la fuerza de los usurpadores”.
Juan José Hernández Arregui describe el momento:
 
“Jauretche no fue solamente uno de los fundadores de FORJA, sino su activista panfletario...
 
A diferencia de los fantasmas hinchados por la oligarquía, Arturo prefirió al narcisismo literario el folleto anónimo, el volante insurrecto, el fragor callejero y el puñetazo, en medio del terrible muro de silencio, cuestionado por economistas universitarios y escritores lacayos del imperialismo y, por eso, famosos.
 
La antipatria le cerró a Jauretche y a su generación, todos los caminos.
 
Me alegro.
 
En un país colonial, el patriotismo es eso.
 
Mirar a la Patria, olvidarse de uno y darle al pueblo lo mejor de si mismo”:
Un volante de FORJA convoca, para el miércoles 31 de marzo de 1940, a un GRAN MITIN DEL SALON AUGUSTEO, templo de los bailarines de tango de la época (¡qué paradoja!: otro 29 de junio, pero de 2006, un incendio provocó graves daños en el salón).
Titula: LOS PROBLEMAS DE LA PATRIA –la corrupción de las direcciones políticas; su traición a la democracia; la colonización económica; el caos social; SERAN DENUNCIADOS POR FORJA, con claridad, con franqueza, con energía. UNA CITA RADICAL Y ARGENTINA.
Serán ORADORES: Atilio García Mellid, Homero Manzione, Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortíz, Luis Dellepiane.
Otro volante de FORJA, que adelanta la definición de conceptos que el peronismo convertirá en sus banderas una década y media después, dice: “En el territorio más rico de la tierra vive un pueblo pobre, mal nutrido y con salarios de hambre. Hasta que los argentinos no recuperemos para la Nación y el Pueblo el dominio de nuestras riquezas, no seremos una Nación soberana ni un pueblo feliz. Hay que sentir y obrar como argentinos.
 
Contra todos los vendepatrias nativos y contra todo imperialismo.
 
La restauración argentina sólo podrá cumplirse sobre la base de la soberanía popular, la emancipación económica y el imperio de la justicia”.
Manzi escribe la “Milonga de FORJA”: “Forjista que estás de guardia/si te preguntan, contesta,/que estás de guardia en la noche/esperando que amanezca./ Bajo la luz del crucero,/signo plateado de estrellas,/el sol del Inca y de Mayo/dora tu afán en la espera./ Está velando la noche/en que Argentina despierta:/mañana cuando haya sol/será libre nuestra América./ Bajo la luz del crucero/ si alguno a caer acierta;/¡un laurel para su frente/y adelante los que quedan./ Que se rompa y no se doble/ésa es la voz de tu espera./¡Qué lindo será mañana,/mañana cuando amanezca ”
Recién el 2 de setiembre se dio a conocer el Manifiesto liminar de FORJA, puesto a consideración en la reunión fundacional del 29 de junio: “Somos una Argentina colonial. Queremos ser una Argentina libre”.
 
Estas palabras, ahora en boca de los forjistas, hubieran sonado inverosímiles antes de la crisis de los años 30.
 
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Sin embargo, en esos momentos, desnudaban la realidad: la orgullosa Argentina del Centenario, con gran impudicia, confesaba su dependencia del Imperio Británico.
En su Preámbulo, el Manifiesto denunciaba a las direcciones de la UCR “que tienden a destruirla por el abandono de los ideales que le dieron origen y por el debilitamiento de los valores morales que han definido al movimiento histórico del radicalismo...” y las acusa de “colaborar con las oligarquías económicas entregadas al capital extranjero...” (hace casi un siglo y nada nuevo, no?)
El documento de la Asamblea Constituyente de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina, consideraba: “Que el proceso histórico argentino en particular y Latinoamericano en general, revelan la existencia de una lucha permanente del pueblo en procura de la Soberanía Popular, para la realización de los fines emancipadores de la Revolución Americana, contra las oligarquías como agentes de los imperialismos en su penetración económica, política y cultural, que se oponen al total cumplimiento de los destinos de América...”, declara:
 
“Que la tarea de la nueva emancipación sólo puede realizarse por la acción de los pueblos... consumando hasta la totalidad la obra truncada por la desaparición de Hipólito Yrigoyen... única forma de cumplir incorruptiblemente los ideales que le dieron vida y determinan su perduración histórica al servicio de la Nación Argentina”, y “abre sus puertas a todos los radicales y particularmente a los jóvenes que aspiren a intervenir en la construcción de la Argentina grande y libre soñada por Hipólito Yrigoyen”.
 
Y concluye: “Por el radicalismo a la soberanía popular. Por la soberanía nacional a la emancipación del pueblo argentino”.
Se fijaron como objetivo revelar el silencio de radicales alvearistas y socialistas frente a lo que denominaban “El estatuto legal del coloniaje”:
1.- la entrega a Otto Niemeyer del Banco Central;
2.- la unificación de los impuestos internos;
3.- la Coordinación de Transportes;
4.- las Juntas Reguladoras;
5.- el Tratado de Londres (Pacto Roca-Runciman);
6.- el abandono de la neutralidad internacional de Yrigoyen;
7.- el Régimen de Cambios;
8.- la Política Petrolífera;
9.- la sujeción de la enseñanza a organizaciones extranjeras;
10.- la participación en intervenciones militares en América Latina;
11.- la restricción de las libertades de palabra y asociación;
12.- leyes que otorgan facultades discrecionales al Poder Ejecutivo;
13.- las graves irregularidades con la venta de armamentos, la política frigorífica y la venta de carnes comprobadas en la investigación parlamentaria y el asesinato del senador Bordabehere;
14.- la implantación de la censura previa y,
15.- la complicidad del Poder Judicial.
Sus  consignas reclamarán: “Patria, Pan y Poder al Pueblo”, “Ni plutocracia ni nazifascismo”, y después del golpe de Estado del 4 de junio del 43, “Radicalizar la revolución y revolucionar al radicalismo”.
Hacia 1940, la facción liderada por Dellepiane y Del Mazo pactó su reintegración a la conducción nacional de la UCR, y abandonó el movimiento.
 
Esto favoreció a la línea más radicalizada, que representaba Scalabrini Ortiz —quien se incorporó formalmente al eliminarse la obligatoria adhesión a la UCR—, y colocó a Jauretche al frente del grupo.
“Se prepara una revolución radical”, anunciaba el coronel Pomar a sus amigos forjistas.
 
Aludía a las reuniones que oficiales del GOU sostienían con el general Arturo Rawson en Campo de Mayo.
 
A un llamado, los muchachos de FORJA se juntaron en el sótano de la calle Lavalle, uniformados, de boina blanca y bajo el liderazgo de Darío Alessandro.
 
Jauretche concurrió al Edelweiss de la calle Libertad, lugar habitual de reunión de nacionalistas y forjistas y allí, por boca de un mensajero de los conjurados, confirmó la partida de las tropas.
 
Trescientos forjistas marcharon hacia el Congreso para sumarse a la columna militar que baja por la avenida Rivadavia.
 
Diez mil hombres convergieron desde todos los rumbos sobre la Plaza de Mayo.
El movimiento castrense del 4 de junio de 1943 derrocó al presidente Castillo.
 
El general Arturo Rawson ocupó el sillón presidencial sin resistencia alguna.
 
 
El primer decreto del gobierno revolucionario nombró a oficiales del GOU en los comandos de los regimientos y de la policía.
 
El  segundo disuelvió el Congreso y los partidos políticos.
Con un comunicado, FORJA caracterizaba al nuevo gobierno militar como el fin de la década infame: “FORJA declara que contempla con serenidad no exenta de esperanza la constitución de las nuevas autoridades nacionales, en cuanto las mismas surgen de un movimiento que derroca al ‘régimen’ y han adquirido el compromiso de reparar la disolución moral en que se debatía nuestra política y de crear un sistema basado en normas éticas y en claros principios de responsabilidad y soberanía. FORJA... ratifica su demanda total de emancipación nacional y soberanía política...”.
El nuevo jefe de gobierno, general Arturo Rawson, que ha firmado un decreto rompiendo relaciones con el Eje que no llega a publicarse, mantuvo una entrevista con Jauretche: “Con esas ideas, le dice, no va a ser presidente por mucho tiempo”.
El general Pedro Pablo Ramírez, de posición neutralista, desplazó al belicista Rawson y nombró a Farrell secretario de Guerra y éste a Perón en la subsecretaría. Los logistas instalaron otros integrantes del GOU en puestos clave de gobierno. Los forjistas miraban con esperanza el avance de los viejos conocidos y especialmente de Perón, en el que reconocen un lector de sus “Cuadernos”, los libros de José Luis Torres y  la “Historia de los ferrocarriles” de Raúl Scalabrini.
Sin embargo, FORJA no cesaba su combate desde las bases.
El frente de trabajo universitario de FORJA había alcanzado para esas fechas importantes conquistas: el presidente de la FUA, Francisco J. Capelli, provenía de las filas forjistas de la ciudad de La Plata. Carlos Maya era presidente del Centro de Derecho de la UBA y Mario Pascale era delegado a la FUBA. En Córdoba, el forjista José Cafasso y Mario Roberto, vinculado a Sabattini, constituían una agrupación de  gran relieve: la Unión Federalista Revolucionaria Argentina, que defendía posiciones federalistas y latinoamericanas. En Tucumán, Celestino Gelsi (que llegó a ser Gobernador de la provincia en la década del 50), en Mendoza Mathus Hoyos, en Santa Fe Alejandro Greca, en Salta Juan Carlos Cornejo Linares (también de distinguida actuación política más tarde) y en La Rioja Ramón Torres Molina eran militantes forjistas e importantes dirigentes universitarios. En todas las facultades de la Universidad de La Plata había forjistas que ocupaban cargos dirigentes.
A causa de la suspensión de los partidos políticos decretada por el gobierno de facto, FORJA funcionó como “Club Argentino” en Florida 334. 
 
Ante ciertas actitudes autoritarias y ultramontanas de sectores del gobierno (como la prohibición del lunfardo en las letras de tango) y una serie de medidas inspiradas en el nacionalismo oligárquico, FORJA emitió un pronunciamiento: “La revolución del 4 de junio ha abierto un paréntesis en la política argentina y ese paréntesis se ha poblado de interrogantes...
La única salida del movimiento de junio es alinearse junto a la voluntad de las grandes mayorías sin sectarismos de estilo, subordinándose a un movimiento nacional que está en la calle y en las fábricas a la espera de canales políticos que lo interpreten...
Lo que en FORJA llamamos voluntad nacional, es cosa distinta a la simple y ocasional suma de voluntades que se da en oportunidades electorales...
Y no puede construirse desde arriba sino trabajando en el seno del pueblo”.
 
En octubre del 43 el gobierno dió a conocer como decreto-ley el “Estatuto del peón”, lo que despiertó un violento rechazo de todo el establishment económico y político, encabezado por la Sociedad Rural y la “prensa seria”.
 
La serie de normas legales que tenían por objeto proteger a los trabajadores del campo, manejados hasta entonces como parias, había sido diseñada por Jauretche. Perón respondió con un discurso de neta hechura jauretcheana: “Hoy llegamos con el Estatuto del Peón.
 
Se bien que ello no agrada a algunos explotadores sin conciencia.
 
Se también que será motivo de crítica por parte de algunos merodeadores de las grandes empresas y escribas sin escrúpulos al servicio de los vacunos, que ya han visto mal que yo defienda con más entusiasmo el perfeccionamiento de la raza humana que la de los toros y los perros argentinos”.
 
El 16 de diciembre apareció el primer número del semanario “La Víspera”, un tabloid que dirige Francisco J. Capelli.
 
El primer editorial escrito por Jauretche decía: “La Víspera es una publicación modesta.
 
Saldrá una vez por semana.
 
El sábado... Del sábado inglés La Víspera aspira a hacer un sábado argentino...
 
No es La Víspera una voz nueva.
 
Viene desde el fondo de la historia... porque el pueblo está en la raíz de lo nacional...
 
En lo grande no se han equivocado nunca ni el pueblo de la emancipación ni el de los caudillos federales, ni el de Yrigoyen. Los doctorcitos son los que se equivocan...
 
Por eso no somos maestros de nada.
 
Nos dimos cuenta, simplemente, de lo que verdaderamente intuíamos hasta hacerlo pensamiento primero que otros, y nada más.
 
Ahora queremos ayudar a que ese descubrimiento de la verdad de cada uno se haga en todos.
 
Cuando ello haya ocurrido habrá dejado de ser La Víspera. Será el día”.
 
El periódico sobrevivirá a las graves penurias financieras y a la ofensiva reaccionaria hasta el 24 de marzo de 1945.
 
Adquirió la apariencia de vocero forjista, no siéndolo oficialmente.
 
Escribieron en sus páginas un nutrido grupo de intelectuales jóvenes que con los años se destacarán en la política y en la academia universitaria: José Aralda, Guillermo Borda, Miguel López Francés, Mario Pascale, Carlos Maya, César Bunge, Roque Raúl Aragón, Basilio Ruiz, Vicente Trípoli, Atilio García Mellid, Juan Pastor y los latinoamericanos Natalicio González, paraguayo, Tulio Cestero Burgos, puertorriqueño, Isa Carballo, cubano, etc. Publican poemas de Andrés Bello, Guido Spano, Rafael Alberti, Rubén Darío y, entre otros, de Julián Barrientos, seudónimo de Jauretche.
 
Algunos títulos de las principales notas son indicativos de la línea editorial del periódico: “El imperialismo: historia y utopía”, de Abel Cardelicchio; “La Tercera Posición”, de Alejandro Greca; “Rehabilitación de la figura revolucionaria de Castelli”, de Guillermo Borda; “¿Adónde va indoamérica”, de Cestero Burgos; “Valores estéticos en la música popular”, de Vicente Demarco; “Iniciativa privada y librecomercio: bases del predominio yanqui”, de López Francés, etc.
 
“La Víspera” defiendía la neutralidad argentina frente a la guerra mundial. Jauretche tituló su nota: “General Farrell: queremos morir aquí” .
 
El presidente Farrell clausuró entonces el periódico y el Club Argentino.
 
Al tiempo que el gobierno declara la guerra al Eje, EEUU envía al embajador designado para atender los asuntos argentinos: Spruille Braden.
De allí en adelante los forjistas, contando con la anuencia y apoyo de Perón, empiezaron a recorrer el país.
 
En Villa María, Jauretche se entrevistó todas las semanas, durante todo un año, con Amadeo Sabattini, la más caracterizada figura del radicalismo de entonces.
 
Le planteó organizar un movimiento de solidaridad con la gestión de la flamante Secretaría de Trabajo y Previsión.
 
Sabattini, sin rechazar la propuesta, quedó en que lo pensaría, lo que dio lugar a otros numerosos encuentros. “... todos estaban de acuerdo, pero no se animaban a dar el primer paso.
 Los radicales son enfermos de timidez”, acusará Jauretche admitiendo el fracaso de intentar hacer converger en un único movimiento político al radicalismo con la emergente fuerza histórica.
 
En otoño López Francés y René Orsi viajaron desde la Plata a la casa de Moisés Lebensohn en Junín con el mismo propósito.
 
A Lebensohn no le disgustaba la posibilidad de apoyar el Secretario de Trabajo, pero disentía con su posición de neutralidad frente a la guerra.
 
Al fin, solicitó tiempo para consultar con don Amadeo para fijar posición conjunta, lo que nunca se concretó.
 
Jauretche  declina el ofrecimiento de Perón de ser nombrado Interventor Federal en la provincia de Buenos Aires.
 
En cambio, acepta comprometer a varios de sus compañeros forjistas para integrar el gabinete de gobierno del interventor militar designado: el general Juan Carlos Sanguinetti.
 
El acuerdo consistía en que la casa de gobierno de La Plata pasaría a ser el nódulo central de la política sustentada por FORJA.
 
Pero Sanguinetti no respeta el acuerdo y Jauretche se distancia entonces de Perón considerando que no ha hecho todo lo necesario para llevar a cabo el cumplimiento de su palabra.
 
E interrumpe sus visitas al coronel.
 
El mismo Jauretche le puso fecha a esta separación: “En julio del `44 me disgusté con Perón”.
 
El lunes 8 de octubre de 1945 Perón cumplía 50 años: una jornada turbulenta.
 
En la mañana siguiente renunciará a todos sus cargos: secretario de Trabajo y Previsión, ministro de Guerra y vicepresidente de la República.
 
La noticia sacudió al país.
 
En su despedida de los afligidos trabajadores que lo aclamaron cuando se retiraba de la Secretaría que él mismo había creado, Perón pronunció frases que quedaron para siempre grabadas en la conciencia proletaria: "Los trabajadores sólo deben confiar en sí mismos y recordar que la emancipación de la clase obrera está en el propio obrero".
El 11 de octubre Jauretche se entrevistó con el dirigente radical intransigente Amadeo Sabattini solicitándole que asuma el gobierno.
 
Pero los radicales insistieron con la entrega del gobierno a la Corte.
 
“Ya no hay otra alternativa para el país que Perón o la oligarquía –expresa Jauretche. Nosotros nos vamos con Perón”.
 
Entre los forjistas el 17 de octubre provocó un terremoto.
 
Unos iniciaron su emigración hacia el Partido Laborista; otros creyeron que eliminando la palabra Radical de la sigla, FORJA  podría subsistir; los menos se aprestarán a regresar al radicalismo atemorizados por las masas en la calle.
 
El 15 de diciembre, FORJA se disuelvió:
 
“...el pensamiento y las finalidades perseguidas por FORJA están cumplidas al definirse un movimiento popular en condiciones políticas y sociales que son la expresión de una voluntad nacional de realización...
Las ideas que habíamos sembrado habían madurado y percibíamos su eclosión en el movimiento en marcha.
La bandera de las clases medias que el radicalismo irigoyenista no ha sabido sostener pasó a manos de los trabajadores que la llevaron a la victoria”.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Forja

Por Arturo Jauretche
En 1935 nosotros vimos lo que iba a ocurrir y nos propusimos crear un cauce, un substitutivo; mejor todavía, la continuidad histórica de radicalismo, y para eso creamos F.O.R.J.A.
Sabíamos que íbamos a ser combatidos y difamados y hemos sido acusados alternativamente, de comunistas o nazis, según los intereses de las finanzas y sus incondicionales aliados, esos tipos de revolucionarios sociales que pelean en todas las batallas de las antípodas, pero jamás con el vigilante de la esquina. Como somos radicales de verdad y además, de buena memoria, que es cosa que suele andar mal en el radicalismo, no nos hemos olvidado de que a Yrigoyen lo llamaron fascista o algo por el estilo -ya que el fascismo no existía-, cuando la semana de enero, anarquista por las huelgas ferroviarias y germanófilo por la neutralidad. A los radicales que gritaban viva el Dr. Ortiz y que defienden tanto esa normalidad institucional, hay que recordarles que el 11 de noviembre de 1918 hubo que meterles balas en la Avenida de Mayo a los que pretendían celebrar el triunfo aliado colgándolo a Yrigoyen y que el Comité de Ruptura de entonces era la Acción Argentina de ahora.  El buen argentino no tiene que hacer caso de estas imputaciones y debe seguir adelante sirviendo a su país, pues la propaganda trata de crear complejos de inferioridad para que el hombre no exprese lo que siente. Por ejemplo, ¿puede Ud. admitir, Dr. Abalos, que yo, que lo he acompañando a Ud. con las armas en la mano para defender las libertades públicas sea menos demócrata que Pastor, Culaciati o el general Justo?. La cosa es sencilla: nos quiere hacer pasar por democracia el mantenimiento del parlamento, la justicia, las instituciones, en una palabra, es decir, lo formal que el Régimen maneja. Para nosotros, la democracia es el gobierno del pueblo con o sin parlamento, con o sin jueces, y si el pueblo no gobierna, las instituciones no son más que las alcahuetas de la entrega.   Bueno, Dr. Abalos. Quiero llegar a ésto: hay dos Argentinas, una conservadora, que no quiere que ocurra nada, y en la cual está incluido el actual radicalismo. Esa Argentina tiene una apariencia poderosa porque maneja las estructuras oficiales de los partidos, el periodismo, la radiotelefonía, los gobiernos, pero esa Argentina no tiene vitalidad ninguna, es un edificio caduco, subsiste por inercia porque en ella ya no creen ni los que la forman. Y hay una Argentina subterránea, joven, vigorosa, caótica aún, pero que pronto se va a orientar, que se está orientando a pesar del desorden que introducen banderías extrañas en su seno, como el comunismo y el fascismo; la mayoría de los jóvenes que se creen comunistas o fascistas no son tal cosa; son radicales que no han encontrado al radicalismo y con ellos trabaja F.O.R.J.A., orientándolos poco a poco.  Una organización sistemática de silencio y la falta de recursos económicos ha retardado nuestro avance que tampoco hemos querido precipitar, porque se debe operar sobre la madurez de la conciencia. El año que viene esa Argentina joven y vigorosa va a ponerse en marcha, si la bandera que nosotros hemos levantado cuenta con el apoyo de unos pocos brazos de prestigio ya consolidado. El Régimen le va a ofrecer al país alternativas repugnantes y el Comité Nacional no cuenta ya para el pleito presidencial, como no se resigne a ser furgón de cola.
El ejército no va a apoyar ninguna de esa soluciones, porque el Régimen ya ha prescindido del ejército desde que el país se pacificó. El ejército lógicamente no hará nada, pero no será sostén del Régimen si la bandera existe y reúne las dos condiciones que reúne la bandera de F.O.R.J.A.: nacionalista por la reivindicación de lo nacional y de conciliación con el pueblo por la reivindicación de lo popular. Los fascistas pretenden ofrecerle la primera parte, pero les cierran el camino a la segunda que es una obsesión de la milicia; el radicalismo a secas podría ofrecerle lo segundo, pero no le ofrece lo primero, porque se Ha olvidado de su postura inicial. Son tan torpes los dirigentes que asustados por J.B. Molina y algunos fantasmones que el mismo Régimen levanta para impedir una formación nacionalista auténtica que, acaso de Fresco también, se ponen en antimilitaristas y gritan: el ejercito a los cuarteles, que es lo que precisamente les conviene a los gobiernos.  Recuerdo que Yrigoyen, a la vuelta de Martín García, me dijo una vez que para el 4 de febrero el radicalismo era más fuerte en número de hombres en las filas del ejército que en las del pueblo, agregando que en este sentido se contó casi exclusivamente con mozos estancieros del Sud de Buenos Aires.  Me parece que el caso F.O.R.J.A. es el mismo, porque nosotros nos hemos ocupado de radicalizar a los no radicales mientras el Comité Nacional se dedicaba a desradicalizar a los que ya lo eran, tolerando la infiltración de ideologías, slogans, etc., extraños al sentido nacionalista del radicalismo. Es muy fácil a través del nacionalismo hacer comprender a Yrigoyen y comprendido Yrigoyen, todo nacionalismo deviene radical.
 
Por el proceso inverso, a un hombre lleno de inquietud social, es fácil ver que el problema previo a la distribución justa de los bienes es que seamos dueños de ellos, de manera que la primera pelea no tiene que ser entre nosotros sino con quien los llevará, así toda demanda de justicia social se identifica con el nacionalismo y no hay posible concepción nacionalista en un país colonial que no lleve implícita la demanda de justicia social.   ¡Parece mentira, Dr. Abalos!. Esto que decimos en F.O.R.J.A. en 1942 era lo que se decía en todas las tribunas radicales en 1926 y 1927. Recuerde Ud. y verá como es grave la crisis del Partido. Y no puedo acusar a los hombres del antipersonalismo que al fin y al cabo han sido leales a su pensamiento de fondo. Mosca en 1942 piensa como Mosca en 1927. Son los yrigoyenistas lo que se han vuelto atrás para poder hablar el mismo lenguaje que Mosca y los suyos.   Ahora hay radicales que no se atreven a decir que la U.C.R. no es un partido político sino la unión civil de los argentinos para realizar la Nación por encima de las facciones del Régimen que son los partidos. Encuentran eso totalitario olvidando que en todo caso serán los fascistas los que se han copiado de Yrigoyen. La definición era perfecta y no encuentro que haya habido nunca una fuerza revolucionaria que no fuese totalitaria, es decir que negase totalmente a cualquier facción al constituirse ella en la Nación misma porque, así es totalitaria la Revolución de Mayo, la Francesa y la Rusa tanto como la Alemana o la Italiana.
Lo que distingue no es el método revolucionario sino el fin y el del radicalismo y el de F.O.R.J.A. es inverso al totalitarismo europeo; mientras aquéllos se proponen hacer del hombre un instrumento del Estado, como en Italia, o de la raza como en Alemania o de una categoría histórica como en Rusia, nosotros nos proponemos hacer un Estado defensor de la libertad del hombre para que éste se realice en plenitud, es decir, lo que dije al principio: dar vuelta al vigilante para que en lugar de cuidar que la libertad del hombre no lesione a los dueños de lo económico, cuide de que los dueños de la economía no lesionen la libertad del hombre.  Tanto esperamos en Ud. que ni en esa provincia ni en Córdoba hemos querido actuar porque allí hay reservas que pueden moverse espontáneamente. Pero Santa Fe está en situación distinta a Córdoba. Córdoba vuelve a tener la preminencia respecto del interior, que tuvo cien años atrás y puede ser el eje de un movimiento paralelo que empalme en la hora histórica con el movimiento del litoral. En el interior, que Córdoba preside, los movimientos políticos son más lentos y las bruscas conmociones más difíciles, por lo que Córdoba debe ser esencialmente fuerza de equilibrio aprovechando que puede conservar la permanencia de lo radical.  En el Litoral, en cambio, y particularmente en su ciudad, como en la nuestra, los cambios populares se harán bruscamente y el control de la juventud que el radicalismo ha perdido puede ser tomado por fuerzas ocasionales ajenas por completo a nuestro destino. Eso nos hace pensar en la urgencia de una movilización en ésa. Sin pedirle un compromiso político yo le sugeriría una experiencia para demostrale que en su ciudad existe ya el nuevo país de que he hablado. Denos Ud. la oportunidad de una movilización con gente forjista de aquí en ésa, de sólo quince días, y verá Ud. el viejo fervor de las multitudes argentinas que cree apagado.  Pidiéndole perdón por la extensión de estas líneas cuya única disculpa es mi preocupación por supuesto en la gran empresa de la Patria, salúdalo con la cordialidad de siempre:
Su affmo.
Arturo M. Jauretche.

lunes, 30 de junio de 2014

Conferencia sobre "Forja y la Década Infame"

El Dr Julio R. Otaño exponiendo sobre el grupo Forja y sus luchas por instaurar la "conciencia nacional"

lunes, 20 de enero de 2014

Hernández Arregui, ese lanzallamas


Por José Luis Muñoz Azpiri (h)

Martín Lafforgue, en un libro hoy inhallable, Antiborges (Javier Vergara Editor, 1999), realiza una ajusta definición del nacionalismo popular: “El nacionalismo popular como corriente de pensamiento comienza a gestarse en la década de los veinte a partir de las ideas de un conjunto de políticos, periodistas e intelectuales: el socialista antiimperialista Manuel Ugarte; el general ingeniero Alonso Baldrich, del grupo fundador de Yacimientos Petrolíferos Fiscales; el precursor de las corrientes económico-desarrollistas en el radicalismo Manuel Ortiz Pereyra y periodistas como José Luis Torres, a quién le debemos la acertada expresión de “Década infame”.
En 1935 tras fracasar en su intento de desplazar a la dirección alvearista (moderada) del viejo partido de Irigoyen, un grupo de jóvenes militantes decide escindirse, recoger las preocupaciones de los arriba citados, con ellas renovar y profundizar el “credo yrigoyenista” y construir una nueva forma de organización: nace la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA). En su primer manifiesto atacan a las “oligarquías” e “imperialismos”, exigen la restauración de la “soberanía del pueblo” y se proclaman los únicos continuadores del yrigoyenismo. El ideólogo del grupo es el ya reconocido ensayista de temas nacionales Raúl Scalabrini Ortiz y forman su núcleo dirigente, entre los más conocidos, el escritor Arturo Jauretche, Luis Dellepiane, hijo de un ex ministro de Irigoyen y el poeta y músico Homero Manzi.
Aún cuando FORJA no logra un caudal significativo de adherentes ni una organización sólida, sus innumerables volantes y conferencias y sus vehementes pero bien documentadas publicaciones logran penetrar e influir en vastos sectores de la opinión pública. Para los forjistas la “oligarquía” conservadora era responsable de la crisis que se vivía; se consideraba que para sostener sus privilegios había traicionado al país entregándolo al “imperialismo británico”; se denunciaba a la “dictadura política” al servicio de minorías, impuesta mediante la corrupción más escandalosa y el fraude generalizado y a una “tiranía económica” al servicio del capital extranjero. “El proceso histórico -dice uno de sus documentos- revela una lucha permanente del pueblo en procurar su soberanía popular”. De alcanzarse este cometido, será el fin de la dependencia y el sometimiento.
La influencia de FORJA sobre el pensamiento de Perón y sus más estrechos colaboradores está bien documentada. Tanto el Grupo de Oficiales Unidos (GOU) -logia militar de decisiva influencia en la primera mitad de los años cuarenta- como Perón leyeron y estudiaron el material forjista y los libros de Scalabrini Ortiz y de Torres, por lo menos desde 1936 y años más tarde se sucedieron encuentros personales. Las principales ideas, temas y categorías del nacionalismo popular fueron incorporadas al peronismo: la postura antioligárquica y antiimperialista, los objetivos de autonomía económica y justicia social, la fe en el pueblo instalado como sujeto privilegiado del cambio, un cierto menosprecio hacia las formalidades legal-institucional. En 1945 el forjismo se disuelve y la mayoría de sus miembros se incorpora al naciente peronismo. Muchos de ellos pasan a ocupar cargos oficiales en el gobierno nacional y en el de la Provincia de Buenos Aires.
Julio Cortázar dijo que se tuvo que ir de la Argentina porque el tronar de los bombos peronistas no le dejaban disfrutar de los conciertos de Bela Bartók. Borges, en cambio, no parece haber tenido inconvenientes, en esos años, para escribir sus textos más personales y reconocidos. En 1944 habría de publicar Ficciones, cinco años después El Aleph, en 1951 la selección de cuentos que conforman La muerte y la brújula y al año siguiente el volumen ensayístico Otras inquisiciones. De este período son también buena parte de sus obras en colaboración -El Martín Fierro con Margarita Guerrero, Antiguas literaturas germánicas con Delia Ingenieros, entre otras- y de las antologías y volúmenes de cuentos realizados con Adolfo Bioy Casares. Esta intensa producción literaria, sin embargo le dejó tiempo para comenzar una tardía pero exitosa carrera docente en la Asociación Argentina de Cultura Inglesa y en el Colegio Libre de Estudios Superiores, ejercer la dirección de la revista Anales de Buenos Aires e, incluso, para la actividad gremial (fue presidente de la SADE. entre 1950 y 1953). Derroche de energía realizado en la opresiva y lúgubre atmósfera de la Segunda Sangrienta Tiranía. No tuvieron igual suerte los intelectuales de la década del setenta, signada por la tutela de los que él denominó caballeros militares .
La caída del gobierno peronista (1955), calurosamente apoyada por los sectores medios, la intelectualidad y los sectores dominantes, encuentra a los escasos grupos que se reconocen en la experiencia peronista cuestionando nuevamente las orientaciones políticas y económicas gubernamentales. Pero ya no alcanza con analizar el pasado histórico y la estructura económica del país: se deben encontrar las causas que posibilitaron esta oposición acérrima, muchas veces más cultural y valorativa que directamente social o económica. Surge, entonces la corriente nacionalista popular. En ella hemos englobado -continúa Lafforgue- un espectro bastante amplio de pensadores que reúnen las características reseñadas. En un análisis más fino es posible establecer diversas diferenciaciones; la más frecuente es entre “izquierda nacional” (provenientes de las agrupaciones tradicionales de la izquierda, pero que se distancian a partir de su visceral rechazo a la tradición liberal y una lectura positiva del fenómeno peronista) y nacionalismo popular con una variante reformista y otra revolucionaria.
Comienza un vasto programa de revisión del pensamiento y la literatura argentina a partir de una doble vía explicativa: la primera partía de la tesitura, deudora de un materialismo algo rústico, de que “a la estructura material de un país dependiente corresponde una superestructura cultural destinada a impedir el conocimiento de esa dependencia”; la segunda se elaboró a partir de la incorporación de buena parte de la relectura de la historia nacional que el revisionismo histórico venía haciendo desde los años treinta. Esta escuela sostenía que en la Argentina había habido desde sus inicios un enfrentamiento permanente entre dos antagonistas irreconciliables: un proyecto de país liberal y dependiente consagrado por la historiografía tradicional y legitimado por la “superestructura cultural; y el país “auténtico”, por fuera de las superestructuras culturales dominantes, resguardado por la memoria popular y al que esta escuela historiográfica viene a rescatar, sistematizar y presentar en un cuadro completo. El objetivo del nacionalismo popular, entonces, pasa a ser demostrar como la “colonización pedagógica” había provocado que los intelectuales liberales -que por cierto incluía a pensadores de procedencia muy dispar- evaluaran erróneamente, o aún mintieran deliberadamente, en sus interpretaciones de la realidad nacional. Los “profetas del odio”, según los definiera Jauretche, no podían entender al país real; lo que los llevaba a despreciar y rechazar todo aquello identificado con el campo de la “barbarie”: el gauchaje, el yrigoyenismo, el peronismo y, en general, todas sus producciones culturales.
Ante el panorama actual de la política nacional, caracterizado por la inercia mental, la importación de teorías pergeñadas por las usinas de propaganda del hemisferio norte y la vocinglería de “analistas” condenados al pensamiento de sirga, Juan José Hernández Arregui representa el más dramático encuentro del intelectual argentino con el hecho nacional. Con una cultura inexistente en otros representantes de la izquierda de nuestro país, supo subordinar la teoría marxista y el método histórico- cultural al análisis de la realidad concreta que examinaba y con la que se hallaba raigalmente comprometido desde su militancia peronista que no abandonó hasta su muerte. Sus afirmaciones, no siempre exentas de polémica, continúan siendo hoy referencias ineludibles para pensar el “ser nacional” sin caer en utopías frustrantes o alineaciones coloniales. Incursionó en la narrativa con los cuentos Siete notas extrañas (1935) celebradas por la crítica en su momento. Las corrientes históricas durante el siglo XIX (1951), El siglo XVI y el nacimiento del espíritu moderno (1952), Introducción a la historia (1953), son algunas de sus producciones de cátedra, que precedieron a sus formidables ensayos.
Para quienes comenzamos nuestra militancia política en el peronismo y nos habíamos formado doctrinariamente en las fuentes del nacionalismo revisionista, que nos ofrecía una respuesta a falsificación de la historia que denunciara Ernesto Palacio y a su vez; por razones familiares conocíamos en carne propia las purgas ejemplificadoras del terrorismo liberal-gorila, Hernández Arregui nos brindó las herramientas conceptuales para desenmascarar los basamentos de una realidad ficticia, colonial y cipaya.
Herramientas que trascendían el marco del revisionismo histórico, nacido al fragor de la lucha para denunciar la leyenda negra (las calumnias contra España), la leyenda roja (las calumnias contra Rosas y los caudillos) y la leyenda rosa (la supuesta realidad de ese color que se desarrolló en la Argentina a partir de Caseros), pero insuficientes para analizar el complejo marco, nacional e internacional, de las últimas décadas del siglo XX. Antes de ahondar en las mismas, es necesario destacar su formación e historia de vida, hasta 1955, dado que a partir de esa fecha publica sus obras cardinales.
Juan José Hernández Arregui nació en Pergamino, provincia de Buenos Aires el 29 de septiembre de 1912, donde pasó sus primeros años de vida; luego su madre ya viuda, lo trajo consigo a la Capital y aquí realizó sus estudios para ingresar a la facultad de Derecho. Norberto Galasso en una discutible biografía -ya desde el título: “J. J. Hernández Arregui: del peronismo al socialismo”- habla de un abandono por parte de su padre que, supuestamente, lo sumiría el resto de su vida en una profunda melancolía. Aparte de innecesaria, esta mención nos recuerda una metáfora del querido y poco recordado Salvador Ferla:
En el mundo antiguo circuló en diversas versiones una leyenda significativa, la del niño desvalido que se vuelve poderoso. Un niño abandonado en las orillas del Tíber llega a ser el fundador de Roma; otro niño, depositado en una canasta en la ribera del Nilo se convierte, ya adulto, en el libertador del pueblo israelita. Y el bebé a quien Herodes quería asesinar, resultó nada menos que el hijo de Dios. La moraleja es: ¡cuidado con maltratar al débil, al pequeño, al indefenso!... ¡Puede ser un genio, un rey, o el mismísimo Dios!... Esta simbología del débil que se levanta triunfal de la abyección en que injustamente fuera arrojado por la arrogancia y la sensualidad de los poderosos, nos indica cuál debe ser nuestra principal pauta valorativa en materia histórica. La civilización nació enferma del complejo de culpa. La historiografía debe ayudar a curarla concientizándola sobre las causas de ese complejo.
Personalmente, no compartimos este tipo de interpretaciones psicologistas, reduccionistas, que circunscriben el talento y la creación a circunstanciales incidentes externos. Al morir su madre, un tío, amigo del caudillo Amadeo Sabattini, se lo lleva consigo a Villa María (Córdoba). Ahí trabaja de bibliotecario y comienza a colaborar en periódicos locales y en 1931 se afilia a la UCR yrigoyenista y escribe en sus órganos periodísticos Debate, Doctrina radical y Libertad. Reinició sus estudios universitarios durante la década de 1940 en la Facultad de Filosofía y Letras de la capital cordobesa, en la que tuvo como principal maestro al insigne Rodolfo Mondolfo, y allá se graduó con una tesis sobre “Las bases sociológicas de la cultura griega” en 1944.
Comenta Eduardo Romano en un meduloso artículo (CREAR, Nº 14, junio 1983) que sus primeros enfrentamientos con la conducción partidaria se produjeron a consecuencia de la revolución militar de aquel año, pues su prédica a favor de la misma no halló eco entre sus correligionarios. De todas maneras él colabora en la Corporación Nacional de Transporte, a cargo de Santiago H. Del Castillo, porque ve en las medidas económicas del nuevo gobierno un corte respecto de la política de entrega irrestricta de nuestro patrimonio a los intereses británicos. Congresal por la provincia de Córdoba, en 1945 se opone fervorosamente a la participación del radicalismo en el engendro político que fue la Unión Democrática. Después de las elecciones que consagraron a Juan D. Perón presidente, contra dicha coalición, sus relaciones con el radicalismo se volvieron francamente irreconciliables y decidió renunciar a ese partido ante el Presidente del Comité de la provincia, Dr. Arturo Illia. Dice en un pasaje de su carta fechada el 10 de febrero de 1947:
“El conflicto entre intransigentes y unionistas, en lo esencial, no ha sido un mero antagonismo de núcleos, sino la lucha en profundidad entre dos concepciones irreductibles, antinómicas e irreconciliables de lo radical y argentino, en cuanto a ideales populares insertos en el sentido propio de lo nacional. Es superfluo, pues, tratar de salvar la unidad del partido, inmolando esta ilusión casuística y formal, el contenido concreto mismo de la doctrina radical, que es la expresión genuina del sentimiento emancipador de las multitudes argentinas, empeñadas desde Mayo en el ideal vigoroso de la plena autodeterminación nacional. Eran estas síntesis oscuras que germinaban en lo colectivo histórico de las masas, lo que el radicalismo debió convertir en conceptuaciones políticas de lucha. Al no hacerlo, su derrota estaba sellada. La gran frustración de lo radical ha sido consumada. Y nada contrarrestará mientras tanto, el poderío de las fuerzas políticas que triunfaron con Perón, gracias al error de perspectiva -nacional e internacional- de aquellos que al influjo de factores foráneos, cayeron en una imperdonable desviación de la línea del partido, traicionando los postulados históricos de la UCR”.
En 1947, se produjo su primer acercamiento al peronismo, de la mano de Arturo Jauretche, quien lo llevó a colaborar en el gobierno bonaerense, como Director de Publicaciones y Prensa del Ministerio de Hacienda. Por ese entonces disertó sobre “La Universidad y la Reforma del 18”, en vísperas de sancionarse una Ley Universitaria. En 1948 empieza su labor docente en la Universidad Nacional de La Plata, como Profesor Adjunto de Introducción a los Estudios Históricos, que amplía con incursiones por la sociología, la historia del arte, la literatura, etc, y en la Facultad de Ciencias Económicas de Buenos Aires, hasta el golpe septembrino de 1955. Ante la coyuntura, se convierte en ideólogo de la Resistencia Peronista y si bien no participa directamente en política, es detenido un mes en San Martín cuando el levantamiento patriótico del general Juan José Valle contra el gobierno de facto, que había desatado una cruenta represión contra las fuerzas populares.
En 1957, un año después de Civilización y Barbarie. El liberalismo y el mayismo en la historia de la cultura argentina, de Fermín Chávez y el mismo año de Los profetas del odio de Arturo Jauretche, aparece Imperialismo y Cultura. Estos tres libros constituyen un dique conceptual contra los intentos de retrotraer la situación nacional a lo que era antes de 1943, avalados por una intelectualidad cipaya, cuyo paradigma era Borges, escritor cosmopolita, de un europeísmo afectado y erudición esotérica, ajeno a los problemas nacionales. Prueba de ello es el Nº 237 de la revista Sur en que Victoria Ocampo, Eduardo González Lanuza y Guillermo de Torre, entre otros, tratan de demostrar que el “verdadero” pueblo argentino no participó de la experiencia peronista, argumento que, con otros basamentos teóricos, emplea Juan José Sebrelli en el Nº 7/8 de la revista Contorno. Sea por derecha o por izquierda, el objetivo consistía en negar al sector popular todo protagonismo histórico.
En Imperialismo y Cultura, Hernández Arregui analiza descarnadamente la cultura oficial y la dependencia, la deificación de todo lo extranjero, la falta de proyecto nacional en gran parte de la dirigencia argentina, el uso de las corrientes filosóficas nacidas en Europa sin comprensión del país real. Encuadra las relaciones entre imperialismo y cultura dentro del contexto europeo a lo largo del siglo XiX, así como sus consecuencias para la formación de una literatura “mundial”, inexistente antes de la era imperialista, en la primera mitad de nuestro siglo. Juzga toda producción y actividad culturales a través de una contradicción básica de una país de pendiente (Romano dixit) “lo nacional liberado vs. Lo mimético sumiso”. Según su criterio, la cultura nacional se apoya siempre en componentes folklóricos de raíz hispano-indígena, reelaborados luego por artistas individuales con los criterios de la cultura cultivada. Por eso exalta la obra de Lugones y la opone a la de quienes se dejaron seducir por modelos sin arraigo telúrico. A partir de la polémica lectura que Borges hiciese del Martín Fierro de José Hernández, realiza una lectura demoledora. Este paradigma de intelectual cosmopolita, de un europeismo afectado y una erudición esotérica es considerado en Nacionalismo y Liberación (1969) como el arquetipo del eunuco escriba, hechizado por mundos inexistentes:
“Hay un pensamiento nacional y un antipensamiento colonial. Un escritor nacional tipo es Raúl Scalabrini Ortiz. Un escritor colonial -más perfecto que una esfera musical en la mente de Pitágoras- es Jorge Luis Borges. De un Pitágoras que nunca existió. Y en esto se parece a Borges. Que ha caído en la farolería de hablar de Pitágoras sin conocer la filosofía griega. En rigor, Borges, pájaro nocturno de la cultura colonizada, desde el punto de vista argentino es más fantasmagórico que el Pitágoras de la leyenda órfica. Un Borges -ese “cadáver vivo de sus fríos versos” que dijera Lope de Vega- hinchado todos los días por la prensa imperialista. Y que ni siquiera merecería ser citado aquí, sino fuese porque es la entalladura poética de ese colonialismo literario afeminado y sin tierra al que hacemos referencia. Poeta del Imperio Británico, condecorado por Isabel II de Inglaterra, ha declarado hace poco: “Si cumpliese con mi deber de argentino debería haber matado a Perón”. El desmán sería para reírse, sino fuese, como lo hemos expresado en otra parte “porque detrás de estas palabras pierrotescas se mueven las miasmas oscuras del coloniaje”. Así habla la “inteligencia pura” de este ancestro hermafrodita de la poesía universal fuera del mundo que, como una orquídea sin alma, llora en la mayoría de sus poemas, su “muerte propia” a la manera de Rilke.
Sí. Todos hemos de morir. Borges también. Y con él, se irá un andrajo del colonato mental. A diferencia de ellos, bufones literarios de la oligarquía, mensajeros afamados del imperialismo, cuando a los grandes hombres de América les llega la hora de la muerte, en ese mismo y supremo instante, la eternidad de la historia, la única y luminosa inmortalidad que le es dable esperar a la criatura humana en su tránsito terreno, los amortaja en una estela de gloria con las palabras de los verdaderos poetas nacionales: “Hay una lágrima para todos aquellos que mueren, un duelo sobre la tumba más humilde, pero cuando los grandes patriotas sucumben, las naciones lanzan el grito fúnebre y la victoria llora”.
Según Fermín Chávez en su prólogo al ¿Qué es el ser nacional? (Catálogos, 2002) esta resignación agnóstica dio paso, en el viaje que realizaron a Toledo, al surgimiento de una sensibilidad religiosa.
Los capítulos dedicados al nacimiento de la revista Sur, y la caracterización de sus mentores y adláteres, tienen vigencia hasta hoy.
En 1960 aparece un segundo libro, cardinal y corrosivo hasta hoy: La formación de la conciencia nacional (1930-1960). “Esta es la crítica -dice en el Prólogo- inspirada en un profundo amor al país y fe en el destino nacional de la humanidad, contra la izquierda argentina sin conciencia nacional y el nacionalismo de derecha, con conciencia nacional y sin amor al pueblo”. Entre esas falsas opciones analiza y documenta el surgimiento de FORJA primero y sintetiza luego todos los aspectos socializadores de los gobiernos peronistas, desde una perspectiva no partidaria, “pues el autor -añade- carece de compromisos políticos, salvo con las masas argentinas depositarias del destino nacional”.
Juan Perón, en carta del 10 de diciembre de 1969 en el que le agradece el envío de sus libros, formula un cálido elogio de toda su obra. En uno de los párrafos le dice:
“Por todo lo que hacen ustedes allí con la difusión de la verdad tantos años oculta, yo deseo como argentinos hacerles llegar, junto con mi encomio más entusiasta, mi felicitación más sincera. La causa de la revolución necesita de algunos realizadores, pero no mucho menos de muchos miles de predicadores que, empeñados en la tarea de persuadir, no cejen en el empeño de incendiarlo todo si es preciso. ...He visto que el Peronismo está despertando entre los “intelectuales” el deseo de escribir sobre él, unas veces con fines leales a la Nación y otras buscando lo contrario. El profesor Gonzalo Cárdenas sé que lo ha hecho bien y de buena fe, que es lo que interesa. Otros como Félix Luna lo han hecho a su manera, a lo que ya estamos acostumbrados.”
¿Qué es el ser nacional? (1963) resulta de una conferencia y de cursillos realizado en universidades del interior (noroeste, Tucumán, Santiago del Estero) y profundiza observaciones anteriores sobre política y cultura de ámbito iberoamericano, para lo cual replantea las vicisitudes históricas atravesadas por el continente. Más de un marxista se verá sorprendido por tesis expuestas por quien vulgarmente aparece asociado al marxismo tradicional o, lo que es peor, un progresista “trucho”, tan en boga en estos tiempos, que desconoce la obra del Júpiter tonante que escribía en la biblioteca del Museo Británico. Ya el propio Marx lo decía: “Yo no soy marxista” (y no conocía la Argentina):
“El menosprecio hacia España arranca en los siglos XVII y XVIII como parte de la política nacional de Inglaterra. Es un desprestigio que se inicia con la traducción al inglés, muy difundida en la Europa de entonces, del libro de Bartolomé de las Casas Lágrimas de los Indios: relación verídica e histórica de las crueles matanzas y asesinatos cometidos en veinte millones de gentes inocentes por los españoles. El título lo dice todo. Un libelo”
El análisis de nuestro autor sobre el intelectual pequeño burgués, dista diametralmente de la izquierda internacionalista, su definición se asienta en la realidad, sin idealizaciones; ya que si bien usaba las categorías del análisis marxista, contó una historia de la que nunca habló el Partido Comunista argentino:
“La clase media tiende a la formación de grupos intelectuales que fluctúan, por motivos diversos, entre las “élites” que miran hacia arriba y los “ghettos” espirituales que miran hacia abajo. Esto explica la abundancia de intelectuales de izquierda que se pasan a la derecha ideológica, al conservatismo social. En realidad, los intelectuales son los que sienten más vivamente esta situación incierta que ocupan en la sociedad. Mientras la perspectiva de descender les lleva a la comprensión de la lucha que libra la clase trabajadora por otra parte les estimula a no caer en ella.”
Hernández Arregui nos estimuló para que repensemos y redefinamos toda la cultura argentina desde sus orígenes. Y también a denunciar la mistificación del intelectualismo que se dice progresista sin entender nada de los movimientos populares que surgen no de los libros sino de las tradiciones de un pueblo:
“En la escuela le enseñaron a preferir el inmigrante al nativo, en el colegio nacional que el capital extranjero es civilizador, en la Universidad que la Constitución ha hecho la grandeza de la Nación o que la inestabilidad política del país es la recidiva de la montonera o de la molicie del criollo. Este estado de espíritu, fomentado sutilmente por la clase alta aliada al imperialismo, distorsiona la conciencia de estos grupos, cuyo escepticismo frente al país favorece el pasivo sometimiento espiritual”.
Dirigentes obreros de San Juan, Tucumán, Mar del Plata y Rosario fueron sus interlocutores, pero su prédica se abrió a otros, aparentemente menos permeables a este tipo de ideas. En septiembre de 1969, el Director del Colegio Militar, general Mariano de Nevares, sancionó con diversas penas a unos cuarenta oficiales del ejército en un sumario secreto. Encabezaba esa lista el teniente Licastro, acusado de “mantener vinculaciones y vincular a otros oficiales con un ideólogo de izquierda conocido por él, formular comentarios favorables al mismo y defender sus ideas ante sus camaradas” y sancionado con cincuenta días de arresto y su pase a disponibilidad. A partir de ese momento, Hernández Arregui pasó a integrar la lista de los que años después se conocerían como “desaparecidos”. En octubre de 1972 y tras varios allanamientos, un “caño” explota en su casa y lesiona gravemente a su mujer. Tal desastre no lo arredra y en 1973 publica Peronismo y Socialismo, aclarando en el prólogo que contrariamente a sus obras anteriores, es “un libro de divulgación”, con “un lenguaje más bien periodístico”, pero “cuidando, no obstante, en la medida de lo posible, encuadrar los diversos temas abordados dentro de un nivel intelectual adecuado para quienes buscan una visión resumida de la realidad nacional”, Su título, por otra parte no debe llevar a la confusión, se trataba una perfecta delimitación del socialismo nacional del que hablaba Perón en las Pautas de actualización doctrinaria (1972) de manera tal de evitar las confusiones de los peronistas oportunistas de la época (añadiríamos también, de la actualidad). Esto está claro en los artículos firmados en la revista Peronismo y Liberación, al explicar el cambio de denominación de la publicación. (anteriormente, en 1973, era Peronismo y Socialismo). Pues así definía la actualidad del momento:
“No habrá alternativas pretendidamente socialistas frente a la política peronista. El peronismo tiene en su seno todo el peronismo posible, al poseer un programa liberador, único eje de la unidad nacional contra el imperialismo, y por sostenerse fundamentalmente en el apoyo que le da la clase obrera”.
La izquierda cipaya jamás le perdonó su compromiso nacional ni la derecha reaccionaria su formación marxista. Unos intentan encuadrarlo con extrañas alquimias en una posición que nunca compartió, otros, lo acusan de haber agitado el “inmundo trapo rojo”, sin percatarse como cretinos que son, que por más de una década flameó en el firmamento de la república una bandera roja... de remate. Este pensador argentino, en 1973, al ser distinguido como Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires, expresó categóricamente: “He pertenecido, pertenezco y perteneceré al Movimiento Nacional Peronista”.
Nada más podemos agregar.