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miércoles, 15 de diciembre de 2021

Década de 1930: Nacionalismo y Revisionismo Histórico Argentino

Por el Prof. Jbismarck 

Los nacionalistas que algunos autores llamarán nacionalismo «de derecha», «clerical», «aristocrático», «oligárquico» (para compararlos con los nacionalistas “populares” “democráticos” etc) se afianzan en los tiempos previos al golpe de setiembre de 1930. Entre los nombres importantes estarán el poeta Leopoldo Lugones, lejos de su socialismo de principios de siglo, y Carlos Ibarguren, y una influencia externa a destacar será la del francés Charles Maurras.  Ibarguren, hombre de confianza de Uriburu al igual que Juan E. Canilla (otro nacionalista septembrino de trayectoria inusitada), ha dejado en sus memorias testimonios valiosos sobre los nacionalistas. Así, con respecto a la herencia del movimiento encabezado por Uriburu, Ibarguren manifiesta: «La revolución significó un salto detenido por la acción de los grupos políticos que impidieron se realizara el programa que su jefe quiso darle, lo que no se pudo alcanzar por la falta de una poderosa fuerza cívica organizada y coherente que apoyara el nuevo orden proclamado por el general Uriburu. Pero esta revolución engendró una consecuencia fundamental: la corriente ideológica nacionalista que consiguió marcar, diez años después, una línea nueva en la evolución histórica argentina. El jefe de la revolución de setiembre lo vaticinó como un presentimiento, cuando se retiró del gobierno, al periodista señor Espigares Moreno: “Yo creo y espero —dijo— que el germen de la revolución no se perderá y que irá a la historia, más allá de los intereses puramente políticos”». (Extraido de “La Historia que he vivido”)

 

Existe una crítica dura al Estado liberal y a los partidos tradicionales. «los partidos políticos no representan los valores nacionales y que se apoderan del Estado por intermedio del sufragio universal ciego e irresponsable” La influencia de Mussolini, y luego de la guerra civil española también la de Franco son evidentes.   Marcelo Sánchez Sorondo dice: «Así, nuestra convicción comenzó siendo religiosa. Después, fuimos fascistas, acérrimos fascistas”.  Por supuesto fundamental la formación católica, y resulta conocida la actitud adoptada por la Iglesia Católica —después del pacto de Letrán— frente al fascismo de Mussolini: encíclica Quadragesimo anno, Acción Católica, etc.   Para Jorge Abelardo Ramos: «Poseídos de un fervor ultramontano, los nacionalistas condenaban al liberalismo agonizante en nombre del feudalismo sepultado». Algunos se incorporarán al peronismo donde de alguna manera se diluirá su «nacionalismo» de élites. Alguno de ellos, como el historiador Ernesto Palacio, llegará a diputado nacional por la conjunción de fuerzas triunfantes en 1946.  Otros como el gran historiador Vicente D. Sierra ocupan cargos fundamentales en cultura y educación.

La Nueva República organo principal del nacionalismo contó con Rodolfo Irazusta como director, Ernesto Palacio como jefe de redacción y Juan E. Carulla, Julio Irazusta, Mario Lassaga, César Pico y Tomás Casares como colaboradores. También desde la revista Criterio, que se lanzó en 1928 con la dirección de Atilio Dell’ Oro Maini, se expresaron las plumas nacionalistas católicas. A los citados Casares, Pico y Palacio, se agregaron Ignacio Braulio Anzoátegui, Manuel Gálvez, Enrique Pedro Osés, y los sacerdotes Leonardo Castellani y Julio Meinvielle, entre otros.  Las consecuencias del Pacto Roca-Runciman, no pasaron desapercibidas para el revisionismo católico. Al año siguiente a la firma del Pacto se editó La Argentina y el imperialismo británico, de Julio y Rodolfo Irazusta. Allí se analizaban las características coloniales del acuerdo y cómo se repetía la dependencia desde la época de Rivadavia. Del lado de los clérigos revisionistas se destacaron los sacerdotes Guillermo Furlong y Leonardo Castellani, notable escritor, quien tuvo presente a Rosas en sus cancioneros y escritos periodísticos. Pero hubo sacerdotes y laicos cuya preocupación se centró más en la amenaza del comunismo, la Guerra Civil Española, el III Reich y la cuestión judía.  Los más representativos fueron los sacerdotes Julio Menvielle y Virgilio Filippo y el escritor Gustavo Martínez Zuviría, en sus novelas El kahal (1935), Oro (1935), y 666 (1942), abordó la revisión de la influencia judía en nuestro país.

 

El 16 de junio de 1938, se reunieron en el restaurante Edelweiss de Buenos Aires Alberto Contreras, Juan Bautista Ithurbide, Ernesto Palacio, los hermanos Irazusta, Evaristo Ramírez Juárez, Pedro Vignale, Alberto Ezcurra Medrano, Isidoro García Santillán, Raúl de Labougle y Roberto de Laferrere. Su idea era “provocar un movimiento de revisión histórica”, y para eso crearon una entidad destinada a investigar sobre el período rosista. Unas semanas después, el 6 de agosto, se creó el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, con el general Ithurbide como primer presidente. Fue un momento rutilante, con reediciones de obras de Carlos Ibarguren y difusión de la producción de Ernesto Palacio, Julio Irazusta, Vicente Sierra y Manuel Gálvez. Ernesto Palacio publicó Catilina (1935), La Historia falsificada (1939) y, muy posteriormente, su Historia de la Argentina (1954). Julio Irazusta, en paralelo, emprendió la edición de Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, de ocho tomos, en 1941.  Vicente Sierra comenzó su producción revisionista con El descubrimiento de América ante la conciencia católica (1944), El sentido misional de la conquista de América (1942) y Rosas (1943). Manuel Gálvez, por su parte, se destacó con La vida de Don Juan Manuel de Rosas (1940), que llegó a ser un éxito de ventas.

En general los nacionalistas no se han referido a los obreros más que para ubicarlos en alguna concepción corporativa que permitiese a las élites un manejo más descansado de la cosa política. Por eso su rechazo al proyecto de Juan D. Perón «Las ideas que preocupaban a Perón eran, por una parte, constituir una gran fuerza política y, por la otra, atraerse a los sectores obreros dificil concebir que un coronel sin experiencia en la vida civil pudiera constituirse en leader de las masas proletarias” (Carlos Ibarguren op. Cit).  Los nacionalistas son «antimarxistas». Las críticas al liberalismo se trasladan al marxismo, y califican a cualquier idea o a cualquier persona de liberal-marxista sin distinciones ideológicas.   El «nacionalismo», pues, adviene formalmente apoyando a una revolución que muy pronto deja de ser suya (la del 6 de setiembre de 1930), y se desarrolla durante el período que va desde 1931 a 1943 multiplicando las publicaciones periódicas (algunos nombres: Baluarte, Nuevo Orden, Crisol, La Nueva República, Sol y Luna, Nueva Política, El Fortín, Nuestro Tiempo, Balcón, los diarios El Pampero y El Federal…) y desarrollando una eficaz campaña proselitista en algunos medios (militar, universitario). Para el 4 de junio de 1943, en ocasión del golpe castrense, los nacionalistas ven llegar su segunda oportunidad. Participan como ideólogos del movimiento contra Castillo, una vez que las tropas han derrocado al anciano presidente. Marcelo Sánchez Sorondo aconseja en el «Discurso a los militares»: “El cuatro de junio es la fecha decisiva de un año decisivo. Ya está jugado el país. O se logra la unidad nacional o nos consume la anarquía. Vosotros, militares, tenéis ahora todos los mandos. Vosotros, militares, que hacéis de vuestra vida profesión de honor, habéis hecho, el cuatro de junio, profesión de fe»

Los nacionalistas consolidarán sus posiciones en el campo de la enseñanza, la administración pública, las relaciones exteriores, los nacionalistas mantuvieron puestos claves en la administración y particularmente en la docencia. A ella habían entrado pisando fuerte.  Apoyaron las medidas de obligatoriedad de la enseñanza religiosa en las escuelas, la disolución de los partidos políticos y el mantenimiento de la neutralidad Hombres como Baldrich, Genta, Olmedo u Obligado, cuyas características eran la reivindicación de Rosas como “Señor de horca y cuchillo”, asi como los tiempos de la conquista y colonización hispánica y su respeto por valores tradicionales y religiosos.  También se formarán grupos de choque, dedicados a la acción directa, entre los que podemos mencionar a la Legión Cívica Argentina y a la Alianza Libertadora Nacionalista, uno en los primeros tiempos del período, el otro sobre los años cuarenta y cinco y siguientes.   La Legión Cívica Argentina llegó a contar con reconocimiento oficial de las autoridades (20 de mayo de 1931), y obtuvo además personería jurídica (11 de enero de 1932). Ibarguren, la vincula con Mariano Moreno, el Congreso de Tucumán, el Directorio y la Confederación, y rechaza con energía los presuntos orígenes mussolinianos. Según sus estatutos, la Legión Cívica estaba compuesta por «hombres patriotas» que condensaban «el espíritu de la revolución de setiembre y que moral y materialmente estaban dispuestos a cooperar a la reconstrucción institucional del país»; el gobierno autorizaba a sus integrantes para que «concurran los días domingos y feriados a los cuarteles a recibir instrucción militar y prácticas de tiro». El organismo fue denunciado públicamente en numerosas ocasiones por diversos sectores de opinión, lo mismo que otros grupos análogos de más reducido ámbito.

Ibarguren nos recuerda la existencia de otros nucleamientos: «Además de las agrupaciones existentes desde la revolución de 1930: “Liga Republicana”, “Legión Cívica” y “Legión de Mayo”, formáronse otras nuevas: “Acción Nacionalista Argentina”, dirigida por el destacado escritor y profesor Juan P. Ramos; “Guardia Argentina”, organizada por el poeta ilustre y gran patriota Leopoldo Lugones; “Legión Colegio Militar”. “Milicia Cívica Nacionalista” y muchas otras más. Estas distintas entidades no pudieron concertar firmemente un acuerdo que las unificara, a pesar de perseguir los mismos propósitos inspirados en idéntica ideología. La agrupación con mayor número de afiliados era, acaso la “Legión Cívica Argentina”, que derivó luego en “Alianza de la Juventud Nacionalista”, cuyo conductor inicial fue el general Juan Bautista Molina».[118] De ésta a la Alianza Libertadora Nacionalista —Juan Queraltó, más adelante Guillermo Patricio Kelly— hay sólo un paso.   La Alianza se constituirá en cierto modo como un grupo de choque del peronismo, actuará en el campo político y universitario, gozará del patrocinio oficial y se caracterizará en esa época como fuertemente xenófoba y racista. La A.L.N. fue precursora, a su modo, de «Tacuara» y otros núcleos activistas del nacionalismo desde fines del cincuenta.

 

Hernández Arregui, dice que el nacionalismo se apoyó en la historia pasada pero se anquilosó en la historia del presente. El presente como retorno a lo viejo, le cerró a la filosofía conservadora del nacionalismo el entronque con un porvenir que se despliega ante un mundo estremecido por la revolución.  En la década de 1940, la figura del coronel Juan Perón fue tomando distancia del resto. Los nacionalistas vieron en él a un defensor de la Doctrina Social de la Iglesia y a alguien emparentado con la obra de los sindicatos católicos. Aunque también notaban el pulso modernista, plebeyo y herético del peronismo. Ambas características estallarían con los años en un conflicto inusitado. 

 

Bibliografía

 

BUCHRUCKER, Cristian. Nacionalismo y Peronismo

 

DEVOTO Fernando - Barbero María Inés. Los Nacionalistas

 

HERNÁNDEZ ARREGUI Nacionalismo y Liberación

 

IBARGUREN, Carlos, La Historia que he vivido

 

IRAZUSTA, Julio, Balance de siglo y medio

 

NAVARRO GERASSI, Marysa, Los nacionalistas

 

PALACIO ERNESTO, Historia Argentina

 

RAPOPORT, Mario. Historia Económica, política y social de la Argentina

 

ROCK, David, La Argentina autoritaria

 

SÁNCHEZ SORONDO, Marcelo, La Revolución que anunciamos

 

ZULETA ALVAREZ, Enrique, El nacionalismo argentino

miércoles, 28 de julio de 2021

LORIS ZANATTA: UN ENEMIGO OBSESIVO DEL NACIONALISMO

 Por: Edgardo Atilio Moreno*

            Loris Zanatta es un prestigiado historiador italiano, autor de obras muy difundidas en nuestro país como “Perón y el mito de la nación católica”, o “Del estado liberal a la nación católica”; además de numerosos artículos en la misma línea, en los que aborda la temática del catolicismo, el nacionalismo y el peronismo. Es el creador de la teoría según la cual en los años 30 los nacionalistas inventaron el mito de que la Argentina era católica, teoría a la que no cesa de sacarle el jugo (y junto con él una legión de repetidores académicos); aunque historiadores de fuste como Enrique Diaz Araujo la refutaron ampliamente.  Hace unos días, en la edición del 10 de julio de 2021 del diario La Nación, se publicó un artículo suyo titulado “El nacionalismo, el dogmatismo y la fe ciega matan”, en el que acusa al gobierno argentino de no comprar las vacunas producidas en EE.UU. por manejarse con “criterios ideológicos”; comparándolo con “aquellos que no beben Coca-Cola ni escuchan rock porque son imperiales”.

Esa decisión, que habría condenado a la muerte a miles de personas, sería la consecuencia de que el actual gobierno profesa –según Zanatta- un nacionalismo que “desde que el mundo es mundo mata”. Y como ejemplo de ello están todas “las guerras, genocidios, depuraciones étnicas, purgas, cruzadas”, etc., que registra la historia.  De ser correctas estas afirmaciones, no serían ya las múltiples consecuencias del pecado original el hontanar de todos los males que pesan sobre la humanidad, sino el nacionalismo; convertido este en el Mal absoluto. Tamaña acusación merece al menos un par de párrafos de respuesta.   Lo primero que hay que decir de este artículo es que sus dichos no nos sorprenden para nada, carecen de toda originalidad y no son más que la reiteración de la vieja falacia utilizada por todos los enemigos del nacionalismo, que consiste en tergiversar y falsificar a este movimiento político para así decir sobre él lo que venga en ganas.  En efecto, el punto de partida de nuestro articulista consiste en confundir, ex profeso y maliciosamente, lo que es una actitud chauvinista con el nacionalismo.  El chauvinismo es un subproducto de la Revolución Francesa (hito histórico ensalzado por el liberalismo) que adquiere la forma de un patrioterismo irracional, que odia a todo lo extranjero y considera a lo propio superior y destinado a someter a los demás; de ahí que el chauvinismo va de la mano con la xenofobia y el imperialismo.

En cambio el nacionalismo es simplemente la expresión política del amor a la patria que se concreta en la defensa de los intereses nacionales y de la identidad nacional. Por ende el nacionalista no odia lo extranjero, por ser extranjero, es más, entiende el nacionalismo de otros pues sabe que estos aman a su patria como la ama el mismo. El nacionalismo solo reacciona frente a la pretensión hegemónica del extranjero que intenta someternos o perjudicarnos.

No es este el lugar para hacer mayores especificaciones sobre este movimiento, y distinguir lo que es la nación real, que congrega a lo largo de la historia a una estirpe, y a la que nuestro nacionalismo defiende; de la nación moderna, entelequia mítico - política de tendencias absorbentes y merecedora de ciertas críticas. Ni para hacer mayores precisiones sobre las diferencias existentes entre el nacionalismo liberal, del principio de las nacionalidades, nacido con la paz de Westfalia; y el nacionalismo inspirado en el Magisterio tradicional y auténtico de la Iglesia, antiliberal y antimarxista. Basta aquí con señalar que nuestro nacionalismo recepciona y está abierto a todos aquellos valores universales que no van en detrimento de nuestra cultura fundacional y de nuestra identidad nacional.  Y no nos referimos solo a los valores provenientes de la rama de la Cristiandad en la que se origina nuestra nación, sino incluso a aquellos valores positivos que nos vienen de la vieja cultura grecorromana pagana.  

De modo que nadie que estudie seria y objetivamente al nacionalismo, al sano y verdadero, no a sus patologías o tergiversaciones, puede confundirlo con el chauvinismo y la xenofobia.

Tal es así esto que los nacionalistas argentinos ni siquiera somos anglófobos, siendo que con Inglaterra tenemos tantas cuentas pendientes. Y no lo somos porque sabemos bien que la Inglaterra que es nuestra enemiga es la Incalaperra apostata e imperialista, no la vieja Inglaterra católica de Tomas Moro, o lo que queda de ella. Por eso es que podemos leer con gran placer a escritores geniales como Chersterton; o a historiadores lucidos como Hilare Belloc, o hemos aprendido mucho de políticos como Edmund Burke. Todos ellos ingleses. A la par que estamos orgullosos de nuestros mejores exponentes culturales, de hombres como José Hernandez, Leopoldo Lugones, Hugo Wast o Leonardo Castellani.

Y por eso también, es que aun vistos en la necesidad de hacer frente a la injerencia y a los ataques ingleses, lo hacemos sin odio y sin fobia alguna.

Pero en su artículo, Zanatta se burla de todo esto y dice que el nacionalismo “es la transfiguración de una emoción personal en religión política, en catecismo comunitario, en ritual totalitario. Es síntoma de un complejo no resuelto, una deficiencia emocional, una enfermedad infantil no curada. Una estupidez dogmática”.

Dejando de lado los epítetos que pródigamente lanza el historiador italiano contra el nacionalismo; lo segundo que queremos decir del artículo que comentamos es que todo su discurso tiene un propósito claro: convencer a los argentinos de que toda idea de independencia política, toda pretensión de soberanía, lejos de ser una aspiración legítima, una “épica”, es en realidad “grotesca”; y que por ende nos debemos quedar tranquilos en nuestro lugar de país subordinado y empobrecido porque la verdad es que no tenemos ningún enemigo. Nadie se lleva nuestros recursos y el fruto de nuestro trabajo. Toda injerencia extranjera y toda satrapía local a su servicio, no es más que una imaginación de los nacionalistas.   Para Zanatta, no existe en los países poderosos ninguna intención hegemónica sobre los países débiles, ni existe el deber y la vocación de defender a la patria. Por eso afirma con ironía que los nacionalistas “creen obedecer, a las leyes de la historia que piensan custodiar, a la “liberación” que anuncian como profetas. ¿Liberación de quién? ¿Profetas de qué?”

Soslayando el hecho de que todos los países que se convirtieron en potencias lo hicieron con políticas nacionalistas, asegura que las ideas nacionalista logran “el efecto contrario al anunciado: muerte en lugar de vida, dependencia en lugar de soberanía, injusticia en lugar de equidad, pobreza en lugar de prosperidad.”   Nuestra aspiración de un destino mejor es para Zanatta “el eterno retorno del mito de la Argentina potencia en perenne guerra contra sinarquías imaginarias, víctima de tramas inventadas, blanco de enemigos en realidad indiferentes.”

Y paramos aquí porque refutar todos sus dichos tomaría más que un artículo. Por el momento basta con dejar en evidencia que todo lo dicho por este prestigioso académico es una diatriba que nace de una falacia madre, es decir que parte y se sostiene de un error, de una conceptualización falsa del nacionalismo, que le permiten sostener toda la retahíla de ganzadas y de acusaciones falsas que dice sobre el nacionalismo. Como por ejemplo la de sostener que estos gobiernos kirchneristas, que atacan todo lo que el nacionalismo defiende, tienen algo que ver con el nacionalismo.

En conclusión digamos que, como señaló con toda propiedad el historiador Javier Ruffino, al ocuparse de una de los libros de Zanatta, toda la obra de este académico tan reputado, es pura “sanata”, es decir puro discurso aburrido e insolvente. El problema es que en un país subordinado ideológicamente (como dice Marcelo Gullo) la sanata paga y se torna interminable.


*Abogado y Profesor de historia.

Publicado en revista Gladius N° 111 


domingo, 29 de abril de 2018

Nacionalismo y peronismo

Por el Profesor Jbismarck
No podemos evitar comenzar por una invocación de lo que significó Perón para los nacionalistas que entusiastamente habían creído en el proyecto de restauración nacional de la revolución del ‘43 y que adhirieron al peronismo, tal como lo relata Mario Amadeo, como una opción con una buena dosis de disgusto y mucho de oportunismo político, pues pretendían encarnar sus ideas en un liderazgo que para sorpresa de muchos, crecía en una popularidad inédita hasta el momento.  En este sentido, los relatos que dan cuenta del entusiasmo que despertó el golpe del ‘43 y posteriormente la candidatura de Juan Domingo Perón en el heterogéneo conglomerado católico nacional, convocados tanto por la campaña de enseñanza religiosa iniciada por el famoso decreto del gobierno de facto, como por de la capacidad del líder militar de impregnar en las masas obreras los contenidos de la doctrina social de la Iglesia que la alejaban del peligro de la izquierda; pretendían dar una imagen de adhesión unívoca no del todo cierta. En efecto, la convergencia coyuntural traía en germen futuros conflictos que ya entonces parecían advertirse, más allá de las proyecciones que el conocido desenlace puede hacer atribuir a los inicios.  Se percibía por el lado católico el peligro de que la Iglesia quedara amañada a un orden cristiano conducido por Perón, marginando a los católicos democráticos con tendencias pluralistas y laicas de filiaciones conservadoras o radicales, muy vinculados a la jerarquía eclesiástica representada entonces por Monseñor De Andrea.  A pesar de estos incipientes indicios de conflicto, nada parecía poder detenerlos frente a la inevitable inercia política provocada por veinte años de prédica en búsqueda de la nación católica, y ante la evidencia arrolladora de que un conductor no esperado usara en sus discursos de campaña el mito de la restauración argentinista fundada en una doctrina revolucionaria. Esto evidenciaba hasta qué punto los presupuestos del nacionalismo y del catolicismo popular se habían desligado, en alguna medida de sus propios productores y constituían parte de un imaginario político que encontraba múltiples y variadas resonancias contra la denominada argentina liberal. 
 Resultado de imagen para nacionalismo y peronismo Más allá del potencial comprensivo que puede aportar esta imagen mítica de la nación católica, ha sido una constante de los estudios sobre el tema, subrayar los nutrientes nacionalistas que configuraron gran parte de la doctrina peronista, haciendo hincapié más en los componentes discursivos y en las estrategias de los actores que en los procesos sociales que lo configuraron.  Así lo aseguraban protagonistas y autores de distinto signo. Bonifacio del Carril señalaba la utilización que Perón haría del nacionalismo como el ingrediente intelectual… que nutriría a su movimiento de una vibración nacional, criolla y tradicionalista . Enrique Zuleta Álvarez iba mucho más allá cuando afirmaba que el programa nacionalista- sobre todo el nacionalista
republicano- pasó casi sin variaciones a convertirse en el del movimiento que luego sería el
peronismo. Carlos Altamirano más moderadamente sostiene que Perón extrajo de la cantera del
nacionalismo varios de sus temas y consignas.   Por otro lado, desde el punto de vista historiográfico mientras que Tulio Halperín Donghi destacaba que la visión revisionista de la historia acuñada por los nacionalistas no fue recogida por Perón durante su mandato, Diana Quattrocchi Woisson asevera que el peronismo constituyó finalmente la sede o domicilio del revisionismo a partir de 1957 cuando Perón impugne la línea Mayo - Caseros de los denominados Libertadores, dando un nuevo aliento a aquellos que pretendían rescatar la línea nacional, que luego del peronismo sería irremediablemente popular, y después del ‘55 dudosamente democrática.  Evidentemente, las relaciones entre peronismo y nacionalismo no fueron unívocas. Así lo manifiestan también las publicaciones nacionalistas de la época. Mientras que algunas mostraban los lazos que vinculaban al peronismo con sectores nacionalistas como Tribuna dirigida por L.Durañona y Vedia, Política dirigida por Ernesto Palacio y El Pueblo de orientación católica; otras líneas evidenciaban un fuerte tono opositor.  En efecto la reacción intelectual más fuerte contra el peronismo provino de los sectores liderados por Julio Meinvielle, identificados con un catolicismo integrista y reaccionario que se expresaba en publicaciones como Nuestro Tiempo, Balcón, Presencia, desde donde sostuvieron un fuerte cuestionamiento tanto del peronismo como de los sectores liberales democráticos, al mismo tiempo que iniciaban los combates contra el progresismo.  Pero además el grupo de los Irazusta, conocidos como republicanos o neorrepublicanos manifestaron su fuerte antiperonismo a través de la expansión de su tesis sobre la dependencia de la Argentina del imperialismo británico, encontrando en Perón al más lúcido ejecutor de esa política de sumisión bajo lo que entendían como una perversa apropiación de las ideas nacionalistas.  La polémica no quedó en el marco de las publicaciones sino que se extendió a la arena política. Los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta fundaron en Córdoba el 11 de octubre de 1942 el Partido Libertador desde el cual cuestionaron el golpe militar de junio del ‘43, postulando su vocación democrática y su escepticismo frente a las contradicciones entre los postulados y las políticas del gobierno golpista, denunciando el continuismo en materia económica y la demagogia en materia social. Luego emprendieron una confrontación más abierta con el peronismo, al que cuestionaban no sólo por su política económica sino por su institucionalidad antirrepublicana.  Mientras tanto otras expresiones partidarias reflejaron el acercamiento entre nacionalismo y peronismo, como por ejemplo Alianza Libertadora Nacionalista cuando a partir de 1953 bajo la dirección Patricio Kelly dió un giro a la conducción antiperonista de Juan Queraltó. Otros partidos más pequeños como el Partido Patriótico 4 de junio, o los de orientación católica Unión Popular Cristiana y el Partido Laborista Popular parecían evidenciar más sinceramente su adhesión al peronismo.  La inclusión de personalidades de trayectoria nacionalista dentro del escenario político peronista completa esta imagen variopinta. No sólo un sector del nacionalismo católico e hispanista oriundo del interior como Joaquín Díaz de Vivar o Raúl Bustos Fierro, sino personajes militantes del nacionalismo de décadas anteriores como Bonifacio Lastra, Juan Pablo Oliver, Basilio Serrano, Carlos y Federico Ibarguren formaban parte del entorno, del que incluso salieron candidaturas destacadas como la del historiador Ernesto Palacio, quien en las elecciones de 1946 fue candidato a diputado nacional por el Partido Laborista de Capital Federal, y el jesuita Leonardo Castellani, Julio Meinvielle fue uno de los organizadores en 1934 de la Acción Católica. Formó parte de la sociedad Tomista Argentina con Tomás Casares, Octavio Derisi, Nimio de Anquín, y se constituyó en los años ’60 en el adalidad espiritual del grupo Tacuara. Además,
algunas personalidades del nacionalismo como Jordán Bruno Genta o Rómulo Etcheverry Boneo
que no se identificaban con el peronismo apoyaron las candidaturas peronistas o manifestaran su
adhesión electoral, buscando evitar su propia marginación sin dejar de expresar sus dudas, en una
actitud de apoyo crítico. Esta muestra difusa en sus contornos que requiere de un estudio pormenorizado de las trayectorias individuales y grupales, nos revela un espectro muy variado que complejiza la idea de la capacidad de absorción y homogeneización del peronismo frente a las distintas posiciones del nacionalismo.  Por otra parte la experiencia de gobierno dio lugar a que muchos de los más incautos adherentes padecieron sucesivas decepciones. Las primeras, asociadas al giro que en política internacional significó la ruptura de relaciones y la declaración de la guerra al Eje. Las siguientes vinculadas a las imágenes de oportunismo, incapacidad y corrupción del grupo gobernante, así como el personalismo del líder, junto con la desconfianza que despertaron las políticas de apertura hacia los Estados Unidos. Las terceras vinculadas a la decepción por el lugar marginal que ocuparon los nacionalistas en el ámbito estatal y en el complejo cultural, tanto en lo que refiere a la ocupación de cargos públicos como a la escasa inclusión de la versión revisionista de la historia que no fue incluida en la liturgia peronista. Todas ellas abonaron el marco de decepción y alejamiento que cristalizó en un proceso de ruptura tras los intentos de Perón de sujetar a la Iglesia, imponiendo por sobre la armonía social el odio de clases.  En efecto cada una de estas situaciones y percepciones venía despojando de liderazgo al promisorio caudillo de la revolución del 4 de junio, y promovía por parte del nacionalismo católico un nuevo abandono de la expectativa de realización del mito lugoniano, el de la posibilidad de encontrar el líder al estilo Salazar o Primo de Rivera, que tanto admiraban. Con el trascurso del tiempo, el desprecio que la figura de Perón iría despertando en los
nacionalistas, tanto por su relación con Eva y un entorno de escaso prestigio social y moral, como por lo que consideraban un estilo de liderazgo personalista y demagógico que subvertía el sentidode la igualdad de la dignidad humana, pues oponía la jerarquía y el prestigio social a un igualitarismo que suponía la supremacía de las mayorías convertidas en masas irracionales y manipulables. Sumado a ello, el temor que una inflamante retórica populista despertara la posibilidad de un conflicto de clases, cuando ya en términos de Julio Irazusta las tradiciones republicanas, los principios morales y el respeto por los derechos individuales habían sido socavados.  para sintetizar, dentro de este proceso de ilusión / desencanto no todos reaccionaron igual. Mientras algunos permanecieron dentro de las filas del peronismo sin mucho nivel de exposición como Ernesto Palacio, otros como Patricio Kelly a través de la Alianza Libertadora, cobraron un perfil más combativo en la lucha contra los sectores antiperonistas. Los sectores más moderados como Marcelo Sánchez Sorondo o Mario Amadeo, retirados de la escena pública, sólo reaccionaron en la medida que el conflicto con la Iglesia se desataba., mientras que los antiperonistas de la primera hora no variaron su animadversión por Perón.
Más allá de los diversos itinerarios y momentos de la relación entre el nacionalismo y el peronismo, el golpe del ‘55 si bien encontró en principio gran parte del espectro nacionalista aglutinado dentro del arco antiperonista a raíz del efecto catalizador producido por el enfrentamiento con la Iglesia en el año ‘54, no tardó en reeditar ese sentimiento de decepción que les provocara la institucionalización de los regímenes resultantes de los golpes militares. En efecto, así como la experiencia militar del ‘30 dio paso a la restauración de gobiernos considerados oligárquicos y pro británicos, y las expectativas del ‘43 desembocaron en la emergencia de un liderazgo dictatorial y demagógico; el golpe del ‘55 continuó con la política antinacional propia del liberalismo confirmando una constante en los grupos nacionalistas, nunca refutada sino expresamente reconocida por ellos mismos: la admirable capacidad para inspirar golpes de estado que después serían capitalizados por otros, debido a su dificultad para crear y conservar espacios de poder propios. La recurrente frustración en la expectativa de que los liderazgos castrenses se harían eco de su prédica y que se les reconocería su auto adjudicado rol político como maîtres à penser del proyecto nacional; así como la dificultad parar crear entidades con arraigo social, más allá del pulular de numerosas aunque efímeras y circunstanciales agrupaciones que carecerían de un sostén basado en redes sociales de intereses que no fueran más allá de la comunión de ciertos ideales; parecían disolver al nacionalismo en un espacio público poblado de voces y de la ausencia de instituciones. Cabe entonces preguntarnos ¿qué quedaba del nacionalismo luego de los sucesivos fracasos recortados tras las imágenes fallidas de Uriburu, Ramírez, Perón, y Lonardi? El contraste entre las expectativas revolucionarias de la hora de la espada del ‘30, la revolución restauradora del ‘43 y la revolución libertadora del ‘55 con los resultados de las salidas electorales: la década infame, la dictadura demagógica y el autoritarismo liberal, daban cuenta de los sucesivos fracasos que parecían provocar la disolución del proyecto nacionalista. Sin embargo, una serie de creencias, valores y actitudes dispersas en distintos ámbitos nos permiten negar esa disolución y dar cuenta de una sobrevivencia que formuló una agenda de debate político y que logró engrosar una lista de demandas públicas formuladas como proyectos alternativos, que por momentos alcanzaron a constituirse en identidades culturales, políticas e incluso partidarias con una escasa llegada al escenario estatal. Adelantando conclusiones se trataba de una pervivencia que siguió siendo minoritaria a pesar de los esfuerzos por encontrarse con lo popular. Con un ecléctico abanico de proposiciones y actitudes políticas e ideológicas de difícil reductibilidad, aunque siempre cruzadas con el catolicismo y cierto tradicionalismo, y con una retórica de moral militante que pretendía permear los poros de una sociedad en la convocatoria a una lucha por la nación, contra los excesos del liberalismo y contra los peligros del comunismo, abrieron la discusión política, dando lugar a una
interpretación compleja del fenómeno peronista