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sábado, 5 de agosto de 2023

EL REVISIONISMO NACIONAL Y POPULAR

 Por el Prof. Julio R. Otaño

FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) fue una corriente interna del radicalismo fundada, en 1935, por Arturo Jauretche, Y Homero Manzi. Se integra con irigoyenistas  Y PROPONEN profundizar la vocación revolucionaria del yrigoyenismo, otorgándole un programa de claro contenido antiimperialista. Bajo el lema "Somos una Argentina colonial; queremos ser una Argentina libre”, Scalabrini Ortiz aporta las ideas fundamentales provenientes de sus investigaciones acerca de la opresión del imperialismo inglés sobre la Argentina; Esta revisión se distingue netamente de la formulada por "los nacionalistas católicos”: es antiimperialista y popular (Jauretche habla de "nacional” y "no nacionalista”) Scalabrini critica la libre importación, el empréstito Baring Brothers y la segregación de la Banda Oriental, así como el trazado ferroviario impuesto por las compañías británicas, base de la "granja” productora de carnes y cereales para su Graciosa Majestad. Los forjistas dice que "La historia es un arma para manejar los pueblos, para someterlos a los designios de los vencedores, y que los capitales extranjeros, predominantemente ingleses, que endeudan y esclavizan la Patria, no son más que el producto del trabajo y de la riqueza argentina, capitalizados a su favor por la astucia europea” 

En esta misma línea, Homero Manzi levanta la figura de los caudillos populares, exaltando a Rosas en tanto defensor ante la agresión anglofrancesa y líder popular. Arturo Jauretche dijo "La falsificación de la historia ha perseguido, precisamente, esta finalidad: impedir, a través de la desfiguración del pasado, que los argentinos poseamos la técnica, la aptitud para concebir y realizar una política nacional... lo que se nos ha presentado como historia es una política de la historia... Y esa política de la historia falsificada es y fue la política de la antinación, de la negación de ser y de las posibilidades propias” 

En esos años, comienza a adquirir importancia la obra revisionista de José María Rosa (1906-1991) Hacia 1964, Rosa acomete una “Historia Argentina”, de 13 tomos que deja inconclusa a su muerte. La obra de Rosa es muy leída, especialmente a fines de la década del sesenta, por una juventud que descree de los viejos textos liberales y busca una posición política nacional. Cabe señalar que la influencia del peronismo opera, sobre J. M. Rosa y otros revisionistas, de ahi el sentido “Nacional y Popular”.  Rosas ya no es exaltado como un gran señor de horca y cuchillo, terrateniente patriarcal que garantiza el orden social, sino como defensor de la soberanía. De cualquier modo, el esfuerzo de Rosa, como el de Palacio, por ofrecer una visión general de la Historia Argentina distinta a la Oficial, resulta meritorio y favorece el proceso de formación de una conciencia nacional.  Rosas defensor de los negros, los gauchos y los indios es para ellos el único gobierno popular del siglo XIX. 

A partir de 1955, recién logra repercusión masiva este revisionismo. Después del ’55, lleva a las mayorías populares a identificar a Rosas con Perón, ambos víctimas de las injurias del liberalismo oligárquico. Por eso, Jauretche sostiene irónicamente que quien más hizo por difundir el revisionismo histórico fue el Alte. Rojas con su implacable odio a las masas peronistas, ligado a su fervorosa admiración por Rivadavia y Mitre. Así, el efecto es la quiebra, a nivel popular, de la confianza en la Historia Liberal, como no lo habían logrado los revisionistas con s vasta obra desde los años treinta.  Fermín Chávez otro historiador nacional y popular reivindica a los caudillos federales del interior y a quienes podríamos llamar sus intelectuales orgánicos (Alberdi y Hernández). El revisionismo rosista-peronista alcanza su auge a partir de 1968, al calor de la nacionalización de las clases medias. En los últimos años, el vigor polémico y la producción del revisionismo rosista han decaído, en parte, quizás, por el agotamiento político del peronismo y por motivos hasta biológicos. Se repatriaron los restos de Rosas, aparece en la moneda nacional,  en el nomenclador de las calles, hay monumentos, y su posición paulatinamente cambió. El Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas pero ahora de carácter “NACIONAL” subsiste . 

 

lunes, 10 de abril de 2023

ROSAS EN LOS ALTARES

Por José María Rosa
El retrato de Rosas no se puso jamás en los altares como objeto de culto religioso, ni con ningún otro propósito. Esa suposición, repetida por los enemigos de Rosas y copiada a la ligera por los libros de texto que desfiguran la historia, y aun por algunos que defienden a Rosas, debe desecharse como un infundio de la pasión política. Por lo demás el cargo no va tanto contra Rosas, sino contra los piadosos varones – el obispo Medrano, los canónigos Elortondo y Palacios, Argerich, Zavaleta, Segurola, etc.–, que regían la iglesia de Buenos Aires y habrían permitido tamaña profanación del culto, o al internuncio apostólico, enviado del Pontífice, llegado en 1850, que no encontró en el ritual de la iglesia porteña nada censurable. Sin embargo, la calumnia corre, como aquella otra de que Rosas ordenara la cesantía de San Martín de Tours como patrono de la ciudad de Buenos Aires “por mal francés y mal federal” sin que las rectificaciones del revisionismo o del mismo Rosas, que tuvo ocasión de ocuparse del falso decreto de “cesantía” a San Martín de Tours, conmovieran a nuestra historia oficial. 
Creo que el inventor de la especie fue Rivera Indarte en Rosas y sus opositores (t. II, pág. 188), al narrar una ceremonia de 1839 en Buenos Aires: “en el pórtico de cada templo el clero vestido de sobrepelliz, sonando el órgano e iluminando el templo, recibía bajo palio el retrato de Rosas y, colocándolo en el altar mayor, le tributaba un culto bestial”. Sin mayor examen la recogió Florencio Varela en el Comercio del Plata (6 de marzo de 1846), que muestra a Rosas “igualado en el culto exterior al Ser que no tiene igual” y la repite el ingenuo Félix Frías en La gloria del tirano Rosas . De allí la tomaron todos, todos, los historiadores, gacetilleros, novelistas y ensayistas que desahogaron contra la época de Rosas su rencor de extranjerizantes desplazados. Y lo repiten, por supuesto, los textos oficiales de historia, Argentina desde Grosso hasta Ricardo Levene. La leyenda nace de un hecho cierto, pero convenientemente tergiversado, que está lejos de constituir una profanación religiosa. En las fiestas cívicas, especialmente las suburbanas, el retrato de Rosas era llevado por las manifestaciones populares hasta la silla del presbiterio destinada a los gobernadores, supliéndose la ausencia de Rosas que no podía asistir a todos los tedéums o ceremonias religiosas efectuadas en Buenos Aires un mismo día. Pero el presbiterio no es el altar, ni la presencia del retrato de Rosas en ese sitio en suplencia de la persona del jefe de Estado, quiere decir que se lo adorase como 139 objeto de culto. También en nuestros días el presidente toma asiento en el presbiterio de la catedral rodeado de sus ministros, y a ningún peronista se le ha ocurrido decir que monseñor Caggiano lo presenta, a él o su equipo económico, a la adoración de los fieles devotos gorilas. Que el presidente vaya personalmente a la silla del presbiterio, mientras Rosas lo hacía en efigie y llevado por el entusiasmo popular, nada quita al hecho en sí. Solamente a la diferencia de prestigio popular entre uno y otro. O tal vez Rosas tuviera ocupaciones más absorbentes o quisieran los orilleros tener ceremonias religiosas en sus iglesias parroquiales con la presencia, aunque fuera en retrato, del querido gobernante que asistiría físicamente, tan solo a una. ¿Pruebas para terminar con el infundio? Aunque la prueba incumbe al que alega y jamás se ha probado la presencia del retrato de Rosas en los altares, recomiendo el documentado estudio de Alberto Ezcurra Medrano Rosas en los altares, que corre en el Nº 4 de la Revista del Instituto J. M. de Rosas, correspondiente a diciembre de 1939. Se traen allí: 1º) Las crónicas de las ceremonias parroquiales publicadas en La Gaceta Mercantil en 1839. En ellas se ve que el retrato de Rosas, llevado por los manifestantes, “era colocado en el pabellón que le estaba preparado sobre el presbiterio” (ceremonia de la Catedral). En algunos se habla “del hermoso dosel” que le estaba preparado “en el presbiterio” (La Merced); en otras “de la silla del presbiterio donde se depositaron los retratos de Rosas y su esposa” (el Socorro); en ocasiones, como si se tratara del mismo gobernador, “dos centinelas hacían guardia de honor al presbiterio” (Balvanera). En ninguna parte se dice que el retrato fuera colocado en el altar. Que el “retrato” de Rosas y el de doña Encarnación se colocasen en el presbiterio podrá criticarse o alabarse, pero no constituye profanación religiosa alguna. Demuestra solamente la inmensa popularidad del gobernante y de su finada esposa, cuyas efigies suplían sus presencias reales. Si en vez del retrato de Rosas hubiera asistido Rosas en persona a esas ceremonias, la obligación del cura párroco era recibirlos “con solemnidad, bajo palio y darles un lugar preeminente en el presbiterio”, según lo establecido por la liturgia católica para los jefes de Estado. 140 Por lo demás, el hecho de tratar a los retratos como si fuera el gobernante mismo, venía de los tiempos españoles. Era costumbre llevar las efigies de los reyes hasta las iglesias y ser recibidas allí por los prelados y clero bajo palio para ser conducidas al presbiterio. 
Bibliografía EZCURRA MEDRANO, Alberto: “Rosas en los altares”. (Rev. J M. de Rosas, Nº 4). EZCURRA MEDRANO, Alberto: “Sobre Rosas en los Altares”. (“Revisión”, Nº 4.) FITTE, Enrique J.: “Acotaciones Sobre la Efigie de Rosas en las Funciones Religiosas”. (“La Prensa”, 1º de noviembre de 1959.) LAFUENTE, Ramón: “Patronato y Concordato”. SANGUINETTI, Manuel J.: “La Representación Diplomática del Vaticano en los Países del Plata”. VELEZ SARSFIELD, Dalmacio: “Relaciones del Estado con la Iglesia

domingo, 27 de febrero de 2022

Don Emilio Ravignani: intuiciones y apriorismos ideológicos - Perón y el revisionismo (1946-1955)

 Por Antonio Caponnetto

Instalado de algún modo en el panorama historiográfico argentino bien que precaria e imprecisamente al principio el revisionismo comenzó a ser objeto de previsibles críticas. Mesuradas las menos, solapadas algunas (pues sus autores no querían concederle siquiera la entidad de materia discutible), y directas y frontales otras, surgieron en primer lugar del liberalismo, por ser el sector más visiblemente afectado.  Las razones del rechazo variaban en la intensidad y en el estilo, pero convergían y aún hoy convergen en el plano de los presupuestos filosóficos y políticos. Variaban asimismo los recursos y los medios opositores, pero volvían a coincidir en la necesidad de acabar con el naciente y amenazante enemigo.  Todo fue dicho así en contra del revisionismo: patología o pesadilla; rebeldía, improvisación e ignorancia; conspiración fascista encubierta al servicio de oscuras internacionales; movimiento a-científico e indocto, y hasta movilización del resentimiento inmigratorio enfrentado a la tradición nacional. Podríamos constatar aquí cada una de estas opiniones, sin olvidarnos de las más mitigadas que, con el tiempo, consistieron en aceptar la licitud del revisionismo a condición de que lo practicaran los mismos liberales. Bien estaba entonces revisar la historia, pero que otros, es decirlos mismos de siempre, fueran los cuidadosos responsables de tan riesgosa tarea. En manos “ajenas” ya estaba probada la “peligrosidad” del empeño. Si todo se dijo también todo se intentó. Desde la rígida e implacable conspiración de silencio de la que tanto se quejaba Julio Irazusta hasta la discriminación capciosa que impidió a hombres valiosos el acceso a cátedras e instituciones científicas; desde la omisión sistemática de sus obras y de sus autores en todo los niveles de la enseñanza, hasta el hábil montaje de reiteradas sospechas sobre la cordura de sus principales representantes; y en fin, desde la uniformización obligatoria de textos escolares, hasta la sanción de curiosas leyes que castigaban a los “insultadores de próceres”. 
   
Y tamaño despropósito del que el imponente liberalismo de nuestros días no quiere acordarse, y del que ni noticia tienen sus jóvenes y exitistas adherentes está minuciosamente documentado y ocurrió bajo gobiernos formalmente democráticos. El revisionismo parecía ser así la frontera de sus declamados principios, en él terminaba la vigencia de las libertades irrestrictas.  Pese a estos rasgos comunes en el decir y en el obrar, es necesario deslindar matices y posiciones. Pues así como caben distingos entre las corrientes  revisionistas sin que todas ellas nos parezcan atinadas hay también, como se verá, una distancia muy grande entre aquellos liberales, que siéndolo inevitablemente en política, columbraron no obstante la necesidad de rescatarla vera historia patria mirando con respeto a quienes se atrevían a ello, y los vulgares impugnadores movidos exclusivamente por un destemplado paroxismo. En unos, el liberalismo con el que se habían formado ideológicamente y por el que optaban en su praxis política personal lograba separarse relativamente de sus análisis históricos, o guardar una prudente distancia a la hora de escudriñar el pasado; en otros era una interferencia enceguecedora y condicionante. Algunos de los primeros llegaron incluso a posiciones similares o análogas a la de los mejores revisionistas; los segundos en cambio, sólo alimentaron su propia cerrilidad y suscitaron una réplica forzadamente sarcástica o panfletaria. Los nombres de José Luis Busaniche y José P. Barreiro bien podrían ilustrar sendas posturas.  Hacia 1927 ya había dictado don Carlos Ibarguren su célebre curso sobre Las Dictaduras Trascendentales, y superado Lugones su extravío socialista, y organizado el Nacionalismo, en gran parte bajo el influjo de aquella notable conversión, sus primeros grupos. Emilio Ravignani publica un breve y armonioso artículo sobre Los estudios históricos en la Argentina. Se queja allí, siguiendo a Orgaz, de la excesiva influencia de las escuelas extranjeras en nuestra propia historiografía, especialmente del “neoidealismo croceano”, de la adhesión casi nobista que tales posiciones han arrancado en cierta intelectualidad vernácula y de “la floración de librejos sobre la época de Rosas, que nada aportan [...] y sólo traducen audacia e ignorancia”.(1) Y pasa a justificar después, ampliamente, “la acción rosista que va de 1829 a 1852” sobre la cual “la pasión partidaria ha impuesto un salto” en el análisis histórico y un “exagerado estigma de barbarie”.(2) Su queja llega al fin a la vigencia de Mitre y de López, aún “no sustituídos”, y se trueca en un reclamo esperanzado de que nuevos rumbos hagan “madurar la obra general y comprensiva de la historia americana y argentina futura”.(3) Ravignani no abandonaba su liberalismo. Cree además erróneamente y lo dice de un modo expreso en el precitado artículo que Rosas había sido un mal necesario, una tesis engendradora de su antítesis, al modo hegeliano, un momento inevitable del devenir histórico.(4) No adhirió tampoco en años posteriores a ninguna iniciativa del revisionismo. Su transfondo político le inspiraba un profundo rechazo y sus manifestaciones más combativas violentaban su sentido de la equidad; y sensibilizado al final en la lucha partidaria contra el peronismo, lo asoció a él equivocadamente, como tantos otros, y le endilgó las acusaciones más duras, más injustas y más imprudentes. Expresión de “la antihistoria”, dio en llamarlo; de “un estudiado ocultamiento de la verdad” y de “una supina ignorancia”, que “signaba un momento aciago de la vida Argentina”, y que era preciso por lo tanto combatir airosamente, “encarrilando nuevamente a la juventud en la senda de la libertad”.(5) El maestro de tantas lecciones sobre la mesura se desjerarquizaba así mismo con tamaña simpleza; el predicador de la equidistancia y de la abstención de toda diatriba y de todo elogio inapropiado, se dejaba ganar por los lugares comunes de cierto periodismo; el académico acostumbrado a los discernimientos sutiles, no hacía aquí el más elemental de ellos, a saber, que de la circunstancial adhesión política de algunos revisionistas al gobierno peronista, no se seguía necesariamente que los principios y los fines de aquella escuela coincidieran con  él y fueran corresponsables de sus desaciertos. También dieron su adhesión Levene y Molinari y alguien supo recordar indiscretamente la de Enrique de Gandía sin que por ello se pueda involucrar a las corrientes historiográficas que representaban. De suyo, en el discutido interregno político que cubre la década 1945-1955, el revisionismo no integró la cultura oficial; no aparece exigido como criterio escolar en las resoluciones ministeriales pertinentes, y hasta se rechazó en n o pocas ocasiones a sus propagandistas y a sus campañas con la entonces frecuente acusación de “piantavotos”. Los diarios del 15 de diciembre de 1945 daban cuenta de unas declaraciones de Perón en contra de aquellos “sujetos irresponsables” que “al grito de ¡Viva Rosas! escudan su indignidad para sembrar la alarma y la confusión en distintos actos cívicos que se desarrollan normalmente”; para rematar sentenciando a continuación que quienes así proceden viven al margen de toda norma democrática “y no pueden integrar las filas de ninguna fuerza política Argentina”.  Estaba claro que el jefe del Movimiento que habría de regir desde entonces y por una década los destinos del país no asumía públicamente ni al revisionismo ni al rosismo; como quedaba igualmente en claro que no secundara sus iniciativas reivindicatorias, cuando ningún espaldarazo oficial se le dió a la Comisión Pro Repatriación de los Restos de Rosas que, presidida por don Carlos Ibarguren, inició una importante recolección de firmas durante 1953. Es que Perón que había sido alumno de Levene en la Escuela Superior de Guerra admiraba la historia mitrista, a la que consideraba una “obra maestra”, y de cuyo autor llegó a decir: “sólo ahora comprendo lo que importa tener un Mitre, capaz de darnos en los episodios medulares de nuestra historia, algo que puede ser norma y pauta para los investigadores del futuro”.(6)  Consecuentemente, Levene ponderaba tanto el punto de vista historiográfico de su antiguo alumno que le solicitó su colaboración para la redacción de varios capítulos en la historia de la Academia, la cual ya le había publicado en 1938 un ensayo sobre La idea estratégica y la idea operativa de San Martín en la Campaña de los Andes. Así, mientras los revisionistas fundaban sus institutos en Santa Fe y en Buenos Aires para oponerse al liberalismo histórico que tenía justamente en la Academia a su principal bastión, Perón colaboraba con la misma y era requerido intelectualmente por su Presidente; y según Pavón Pereyra su biógrafo y apologista, y ligado además a la escuela revisionista solía decir que “le cautivaba la idea de ser el Mitre del presente siglo”.(7) La relación de Perón con los revisionistas consistió en negarlos públicamente en tanto tales, en permitirles que se aproximaran calladamente en la medida que podían sumarse también ellos a la clientela electoral, y cuando muy tardíamente el vínculo se fundó en algunas afinidades intelectuales, sus preferencias inocultables se orientaron hacia el ala socialista y filomarxista de aquella escuela, ya por entonces alejada de sus orígenes fundacionales. Pero en los años de sus primeros gobiernos, no sólo ningún apoyo oficial recibió el revisionismo, sino “todo lo contrario”, según declara el mismo José M. Rosa. Es más, agrega el historiador, “el que después fue vicepresidente Tessaire, que era liberal y antirosista, prohibió a los afiliados peronistas inscribirse en institutos rosistas”, y “también nos perseguía el Ministro del Interior; Borlenghi”.(8) De hecho, en aquellos años, tanto los cargos en la Academia Nacional de Historia como los premios y apoyos oficiales a las producciones historiográficas, no recayeron nunca en destinatarios revisionistas, conservándose cuidadosamente todo el ritual de la efemeridografía liberal. La edición y difusión bibliográfica del revisionismo no contó con sostenimientos de organismo gubernamental alguno, pues Vicente Sierra, Julio Irazusta, Atilio García Mellid, Mario César Gras, Carlos Ibarguren, José María Rosa, Alberto Ezcurra Medrano y Pedro de Paoli, entre otros, publicaron sus obras por sus propios y respectivos medios, mientras con pie e imprenta de Universidades e Institutos Nacionales verían la luz en cambio, trabajos de Barba, Piccirilli y del precitado Levene.(9) Vicente Sierra tal vez uno de los pocos e ilustres revisionistas, de auténtica valía, que quiso confiar en el peronismo pronuncia una conferencia hacia 1949, en la que hace un esfuerzo denodado por convencer al gobierno de que debe asumir los postulados de la escuela revisionista, porque “no creo” dice “que se pueda ser peronista y tener como próceres a los representantes del liberalismo".  Pero toda su disertación, incluyendo la frase precitada, no es sino una sutil queja y un reproche entrelíneas al ver que está ocurriendo exactamente lo contrario. “La Revolución”, advierte, “no puede apoyarse en los mismos juicios históricos en que se apoyaba el régimen derribado [...] el revisionismo es un hecho implícito con la Revolución, aún cuando los propios revolucionarios [...] quieren postergarla [...] por razones de táctica política [...] pero mucho más malas que la de los adversarios”.(10)   Si nuestro movimiento” sigue presionando Sierra “responde a un sentido cristiano y social, no vemos cómo no comprende la importancia que para su futuro tiene el revisar los juicios [...de] la mentalidad histórica individualista de la escuela liberal”; “los requerimientos del presente momento argentino no están satisfechos, no pueden estarlo, con una historiografía en que los hechos vibran satisfaciendo requerimientos de un pasado que este presente repudia”.(11) Pero sus razones y sus pedidos no fueron escuchados. No podían serlo, pues el peronismo no venía a abolirla tradición liberal sino a completarla. Pero el n o advertirlo fue el gran error de Vicente Sierra, por lo demás, preclaro maestro. Al mismo tiempo, si algo surge explícitamente entre las irregulares páginas de los escasos números de la Revista del Instituto Juan Manuel de Rosas aparecidos entonces, es la precariedad extrema de recursos, el constante pedido de auxilio, y la protesta bien que atemperada a veces por la actitud neutra del Régimen, cuando no contrario y hostil a las banderas revisionistas. Es que no podía aceptarse que aquel gobierno, al que querían juzgar popular y nacional, festejase el Centenario del Pronunciamiento de Urquiza y el de la batalla de Caseros, prohibiese a través del Consejo Nacional de Educación que se enseñase el apoyo de San Martín a la política interna de Rosas, desatendiese sus reclamos y sus rectificaciones, y permaneciera ajeno, por ejemplo, a la ridícula campaña oficiosa del Instituto Nacional Sanmartiniano que, en 1950, con ocasión del Año del Libertador, decretara solemnemente la inexistencia de toda amistad entre San Martín y Rosas.(12) “Los hombres de la escuela revisionista” se lee en el Editorial del número correspondiente al año 1948, de aquella publicación que era la encarnación misma de la susodicha escuela “no han tenido en este último tiempo donde exponer sus ideas [...]. Cercados por una inaudita conspiración periodística [...] las actividades de nuestro Instituto fueron cuidadosamente silenciadas [...]. No faltaron zopencos que infiltrados en el partido gobernante y hasta ocupando altas posiciones rentadas, les hicieron el juego, introduciendo un confusionismo pernicioso”; y aunque algunos especulan con la analogía rosismo y peronismo para negar expresión al primero o apoyo al segundo, lo cierto es que tales “similitudes [...] con el pasado régimen rosista [...] son más aparentes que reales”.(13) Lo que prevalece en cambio y es otro lamento constante de los hombres de esta corriente es “la vigencia de un espíritu timorato, que so pretexto de permanecer neutral ante la polémica de revisionistas y antirevisionistas, en rigor, cierra las puertas a las verdades de los primeros para hacerse vehículo y cómplice de las falsedades y los errores sustanciales de los segundos”.(14) “El mundo de funcionarios y de historiadores [liberales] suele ser uno mismo”, sostenía con dureza Roberto de Laferrere en su discurso del 31 de agosto de 1950 pronunciado en una cena de camaradería del instituto Juan  Manuel de Rosas.(15) 
Resultan así completamente falaces, y digámoslo de paso, aquellas palabras del periodista Ginzo que, precisamente hacia la misma fecha sostenía que el revisionismo “se jacta de contar con entusiastas adeptos en el gobierno”, especificando para acentuar todavía más su error que “todo cuanto es, cuanto busca, cuanto dice y cuanto calla” el revisionismo histórico, “está en la actividad del denominado Instituto de Estudios Históricos Juan Manuel de Rosas”.(16) Falacia que repite también Dana Montaño cuando escribe que el antiliberalismo del revisionismo y su “justificación de la primera tiranía”, “explican el apoyo de Perón al mismo”.(17) Una simple información fidedigna sino una mirada más veraz y más limpia les hubiera demostrado exactamente lo contrario, a ellos y a tantísimos otros que repitieron hasta el cansancio semejante lugar común.(18) Se equivocaba, pues, y fieramente, don Emilio Ravignani. Como a casi todos sus pares, la hipótesis de “las dos tiranías” impuesta más tarde con carácter dogmático le obturaría la inteligibilidad del pasado y la severidad interpretativa, resultando además un penoso agravante la analogía rosismo-peronismo que con criterio afirmativo pero igualmente falaz, sostuvieron ya no los liberales sino los mismos partidarios del gobierno justicialista. El paralelo se difundió con más fuerza emocional y proselitista que de índole racional, y como desde Aristóteles se sabe que en toda comparación entre lo bueno y lo malo sufre lo bueno, los hombres como Ravignani no podían deducir la bondad del gobierno cuyo deterioro y caída habían presenciado, sino la perversidad de aquel con que se lo asemejaba y a la vez la de sus fervorosos panegiristas. El revisionismo era, pues, la antihistoria y el encubrimiento de la verdad. Pero volvía a equivocarse. Y si la historia se hubiera impuesto no ya sobre la política que, como se sabe, suele ir legítimamente adjunta sino sobre las pasiones del momento, hubiera advertido que no había una juventud por rescatar de las manos del revisionismo sino de la confusión impuesta por sus oponentes. Y que si la claridad que aquella escuela historiográfica echaba, a través de sus más distinguidos expositores, se hubiese extendido al cuerpo social y al poder político, podrían haberse evitado asimismo todo “momento aciago” y toda pérdida de la libertad. Más allá de estas limitaciones y de estas contradicciones graves, le cabe a Ravignani el mérito de una crítica que, aunque hecha desde el liberalismo, proponía acabar a la vez con esa concepción de la historia como “bien de familia” (de la cual hablaría después alguien tan lejano a él como Jauretche) y “quebrar los moldes hasta ahora establecidos”, para fundar una ciencia del pasado más objetiva y más nacional. No todos los de su condición supieron tener la misma enjundia y el mismo celo”.
NOTAS

1. Emilio Ravignani, Los estudios históricos en la Argentina, en Síntesis, nº 1,

Buenos Aires, 1927, p. 52, 55 y 59.

2. Ibidem, p. 61-62.

3. Ibidem, p. 67.

4. Véase también Emilio Ravignani, Rosas, interpretación real y moderna,

Buenos Aires, Plenamar, 1970.

5. Emilio Ravignani a José P. Barreiro, en José P. Barreiro, El espíritu de Mayo

y el revisionismo histórico, 2º ed., Buenos Aires, Antonio Zamora, 1955, p.

475.

6. Carta de Juan Domingo Perón, Santiago de Chile, 21-08-1936. cit. por

Enrique Pavón Pereyra, Perón (1895-1942), Buenos Aires, Espiño, 1953, p.

153-154. El calificativo de “obra maestra” aplicado a la de Mitre aparece en

otra carta, fechada el 18 de enero de 1950, y que Pavón Pereyra cita en la

obra mencionada, p. 156.

7. Así dice textualmente Pavón Pereyra en su obra precitada, p. 171. Este

autor aporta también los detalles sobre la relación Levene-Perón en su

Perón (1895-1942), cap. VII, Perón y la enseñanza de la historia y cap. VIII,

Perón historiador.

8. Pablo J. Hernández, Conversaciones con José M. Rosa, Buenos Aires,

Colihue-Hachette, 1978, p. 127. Rosa, volcado después a la activa

militancia peronista, cuenta sus propias peripecias de revisionista en esta

época y cómo “fui más bien perjudicado”. Pero con una ubicuidad

desconcertante, disculpa y justifica la marginación en que tuvo Perón a los

nacionalistas, pues “el gobierno del cual era la figura central en esos

momentos, tenía que acercarse a los vencedores de la guerra” (p. 114). Si

este fuera el criterio ético-político adecuado, debería haber visto una grave

improcedencia en Rosas, pues no sólo no proscribió a los patriotas federales

para acercarse a los poderosos imperios vencedores de entonces, sino que

se rodeó de ellos, a contracorriente de los aires ideológicos dominantes en

el resto del mundo.

9. Está pendiente aún una catalogación exhaustiva con los consiguientes

análisis que de ella se sucederían de la bibliografía histórica argentina

correspondiente al período 1945-1955. No obstante, hemos consultado con

provecho el excelente Handbook of Latin American Studies, vol. 12 a 20,

correspondientes a los años 1946-1955, del que se infiere ampliamente la

afirmación que apuntábamos arriba sobre la dirección ideológico-

historiográfica de los apoyos oficiales.

10. Vicente Sierra, Revisionismo Histórico. Conferencia pronunciada en la Liga

de los Derechos del Trabajador el 19 de octubre de 1949, Buenos Aires,

1949, p. 19.

11. Ibidem, p. 19-20.

12. Cfr. La declaración del Consejo Superior del Instituto Nacional

Sanmartiniano, la adhesión de la Academia de la Historia y un Editorial de

La Nación, artículo firmado por La Redacción en la Revista del Instituto

Juan Manuel de Rosas de Investigaciones Históricas, nº 14, Buenos Aires,

1949, p. 11-20. El sectarismo y la religiosidad laical de los liberales

llegaban aquí a tal extremo que el Director del Instituto Nacional

Sanmartiniano, Julio César Raffo de la Reta, consideraba que todo intento

demostrativo de la amistad San Martín-Rosas debía reprobarse por

perjudicar al procerato del primero y ser un modo de “tomar su santo

nombre en vano”.

13. De nuevo en la lid, en Revista del Instituto Juan Manuel de Rosas de

Investigaciones Históricas, nº 13, Buenos Aires, 1948, p. 3-4.

14. La Información periodística, en Revista del Instituto Juan Manuel de Rosas

de Investigaciones Históricas, nº 15-16, Buenos Aires, 1951, p. 2O1. Los

subrayados son propios en todos los casos que venimos citando.

15. Revista del Instituto Juan Manuel de Rosas de Investigaciones Históricas, nº

15-16, Buenos Aires, 1951, p. 211-212.

16. José Antonio (Tristán) Ginzo, Qué es, qué pretende, qué oculta el llamado

revisionismo histórico. Conferencia pronunciada el 9 de agosto de 1951 bajo

el patrocinio de la Comisión de Cultura del Partido Socialista, y publicada

bajo el mismo título en Buenos Aires, Publicaciones Socialistas nº 4. Editada

también posteriormente con el nombre de En torno a Rosas y el

revisionismo, Buenos Aires, Bases, 1954. Los párrafos aquí citados

corresponden a la primera de las ediciones mencionadas, p. 10 y 23

respectivamente.

17. Salvador Dana Montaño, Tres ensayos de historia de las ideas políticas,

Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral, 1967, p. 89.

18. Ya en un trabajo anterior, Dana Montaño repetía el argumento sin

fundamentación alguna; y acusaba entonces a los revisionistas en

complicidad con “el régimen depuesto” (según el obligado neologismo ad

usum para referirse al peronismo), de “una maquiavélica maniobra [...] de

descrédito de nuestra ley fundamental [...] sin detenerse siquiera ante la

figura prócer de los constituyentes”, etc., etc. Salvador Dana Montaño, La

crisis argentina y la educación común superior, Buenos Aires, Emecé, 1963,

p. 35 y 45.

19. Emilio Ravignani, Ni con Rosas ni contra Rosas, en 32 escritores con Rosas o

contra Rosas, Buenos Aires, Ediciones Federales, 1989, p. 101-106.



viernes, 17 de diciembre de 2021

Mitre Jefe Militar en la Guerra "del Paraguay".....

por José María Rosa

Rendido Estigarribia en Uruguayana, López ordenó el repliegue de todos los ejércitos paraguayos. Haría la guerra defensiva, la dura lucha sosteniendo palmo a palmo el suelo natal. Contra la opinión de Mitre, el ejército aliado quedó dividido en dos cuerpos. Uno al mando de Mitre iniciaría la invasión a Paraguay por Paso de la Patria; otro — exclusivamente brasileño— quedaría en el alto Paraná bajo la jefatura de Márquez de Souza. Antes de cruzar por el Paso de la Patria, Mitre hizo una extraña operación en la costa correntina; digo extraña, porque mandó combatir a enemigos cuyo número no conocía y con armamento que ignoraba a la División de Guardias Nacionales de Infantería, formada por gauchos reclutados en la campaña de Buenos Aires, «que hubieran sido excelentes soldados de caballería, pero que costaba mucho hacerlos infantes». Esta División, dirigida por el general Conesa y compuesta de 1751 hombres de tropa, fue estrellada contra un fuerte contingente paraguayo guarecido en un monte. Aquéllos, por la desproporción de armamentos, resultó una carnicería de gauchos, que Mitre — acampado a poca distancia— no se preocupó en socorrer: «¡Cómo sería el lance de desigual —comenta Carlos D’Amico en 1890— cuando la división tuvo fuera de combate el 75 por ciento, cuando con las armas que se usaban la regla era del 8 ó 10 por ciento en los hechos de armas más sangrientos!… ¡Cómo sería, que tuvieron que hacer de oficiales los sargentos, porque la mayor parte de aquéllos estaba fuera de combate!». Pehuajó fue un crimen, calificaba D’Amico ese combate. Nadie quiso creer en una impericia de Mitre, sino en el propósito deliberado de aniquilar a los gauchos y a sus oficiales —entre ellos Dardo Rocha, milagrosamente ileso en la masacre , que eran enemigos políticos suyos: «La prensa de Buenos Aires dijo entonces que Mitre habría querido deshacerse de numerosos e influyentes enemigos políticos, mandando a esa división a tan peligrosa acción de guerra, en vez de una división de línea. 

Tengámoslo como una impericia, una tremenda y trágica impericia, como muchas otras que habría de cometer Mitre en esa guerra jalonada de sangrientos errores. En Pehuajó hubo un número impresionante de muertos argentinos sin que los paraguayos tuvieran mayores bajas y sin haberse obtenido beneficio alguno en la posición. Mitre, para descargarse de esa hecatombe (que no sería la única ni la mayor producida bajo sus órdenes) le echó la culpa a los muertos y moribundos del combate. En su orden del día, después de felicitar a los sobrevivientes enviados al matadero, les recomienda que «en los futuros combates sean menos pródigos de su ardor generoso y de su valor fogoso». Todo su propósito en esos primeros meses de 1866 está en ocupar Tuyuty. Ni se le ocurre —como planean los brasileños— una operación envolvente por el Chaco, que conduciría por mejor terreno hasta Asunción. Ha pasado más de un año desde la iniciación de la guerra, y los diarios porteños, transcurrido el primer momento de entusiasmo bélico, empiezan a burlarse de su frase «en seis meses en Asunción». Para descargarse, Mitre escribe dolorido al vicepresidente Marcos Paz: «¿Quién no sabe que los traidores alentaron al Paraguay a declararnos la guerra? Si la mitad de Corrientes no hubiera traicionado la causa nacional armándose en favor del enemigo; si Entre Ríos no se hubiere sublevado dos veces; si casi todos los contingentes incompletos de las provincias no se hubieran sublevado al venir a cumplir con su deber; si una opinión simpática al enemigo no hubiera alentado la traición, ¿quién duda que la guerra estaría terminada ya?» . No puede darse confesión más acabada de la impopularidad de la guerra. Contradiciendo sus proclamas henchidas de entusiasmo y retórica, acepta en carta particular que por lo menos la mitad de Corrientes, todo Entre Ríos y casi todo el interior «traicionaban la guerra». Buenos Aires, gobernada por su partido, no podía hacerlo y de allí exclusivamente llegaban contingentes de «voluntarios» que morirían heroica o inútilmente como en Pehuajó. Las virtudes estratégicas de Mitre empiezan a desconcertar a los jefes aliados. «Yo no sé qué será de nosotros» escribe Venancio Flores a su esposa el 3 de marzo, al día siguiente de un contraste que había costado «perder casi totalmente la División Oriental, y de veras que si a la crítica situación en que estamos se agrega la constante apatía del general Mitre, bien puede suceder que yendo por lana salgamos trasquilados».  El error de López en esta etapa de la guerra estuvo en replegar el grueso de sus tropas a Paso Pucú para arriesgar el todo por el todo en una sola batalla (que habría de ser en Tuyuty, según su plan). Una sola batalla puede ganarse o perderse por causas ajenas al mando en jefe o la calidad de las tropas, como sucedería precisamente en Tuyuty. López suponía condiciones militares a Mitre, por lo menos dignas del prestigio pregonado en La Nación Argentina. Cuando se dio cuenta, después de Curupayty, con qué clase de estratega tenía que habérselas, era tarde para ganar la guerra. También los brasileños habían comprendido los puntos que calzaba el General en Jefe; poco menos que exigirían más tarde su reemplazo por el duque de Caxias para que la guerra tuviese fin. El duque sabía perfectamente quién era Mitre, aunque por discreción brasileña no lo dijo en voz alta. Pero lo escribió a su gobierno. Sus cartas fueron publicadas en 1902, al conmemorarse el centenario del ilustre guerrero, y forman el cuaderno de cargos más graves contra las condiciones militares de Mitre. En una de ellas (del 20 de setiembre de 1867) Caxias imploraba su relevo para no servir sus desconcertantes órdenes: «¿Mas eu que fico fazendo aquí as ordens de um homem que todo poderá ser menos general?». En otra, de poco después: «Cada vez estou mais persuadido de que o Mitre não quer acabar a guerra… creio que ele todo poderá ser menos general». En 1902, al publicarse esas cartas, Mitre vivía aún. Desde La Nación, dolido por esa mancha sobre su prestigio, debatirá con el muerto sobre la conducción militar. Le dirá indignado a Caxias: «quien jamás tuvo la iniciativa ni siquiera la idea de ningún plan de operaciones nunca hubiera imaginado que falsificara la historia… si a alguno cuadra esta acusación es a él mismo [a Caxias], negando los títulos de general a quien daba lecciones militares…» «¡Qué lejos estamos de los héroes de la llíada!», comenta Luis Alberto de Herrera.

Curupayty (22 de setiembre) No obstante la promesa del 14 de Mitre a López de no «hacer modificación alguna en la situación de los beligerantes», el General en Jefe de los aliados dispuso el inmediato asalto a la formidable posición fortificada de Curupayty. Tal vez lo movió la emulación hacia Márquez de Souza, que con sus 12 000 brasileños había tomado el 3 de setiembre el vecino campo fortificado de Curuzú. Si Curuzú estaba en poder de Márquez de Souza, Curupayty sería de Mitre. Preparó su plan. El mismo día de prometer armisticio a López, Mitre desembarcaba en Curuzú, al oeste de Curupayty, con 9 000 soldados argentinos: la flor y nata del ejército. Junto con los 8 000 de Márquez de Souza tomarían en un paseo militar el campo atrincherado, acercándose a la poderosa fortaleza de Humaitá. Para mayor seguridad, el 17 —día fijado para el ataque— Polidoro y Venancio Flores vendrían de Tuyuty a cooperar en la batalla. También la escuadra brasileña ayudaría con un constante cañoneo. De toda la guerra, es ésta la primera batalla planeada por Mitre, y también la primera (y única) dirigida por él. Desgraciadamente para el historial de Mitre, López no había creído en su promesa de armisticio del 14 y estaba alerta. En Curupayty destinó a su mejor hombre de guerra, el general José Eduvigis Díaz, vencedor de Estero Bellaco y Boquerón, que había preparado en poco tiempo la defensa del campo: cortando árboles (abatíes) que, dispuestos con sus enormes raíces para afuera ocultarían sus 49 bocas de fuego. Y con siete batallones de infantería y cuatro escuadrones de caballería esperaba el ataque. No se dio la batalla el 17 por la lluvia, prolongada hasta el 20. Cesada ésta el 22, Mitre ordenó el ataque a la bayoneta a las fortificaciones, ante la estupefacción de Márquez de Souza, porque el terreno estaba convertido en un pantano. No obstante, el leal guerrero acató la insensata orden. En cuatro columnas se lanzaron los 17 000 argentinos y brasileños por un campo fangoso llevando la bayoneta en posición de ataque, mientras los 49 cañones paraguayos ocultos entre los abatíes hacían estragos en los atacantes. Todo anduvo mal. Tamandaré que había prometido «descangalhar tudo isso em duas horas», disparaba con excesiva elevación sus tiros, que no caían en las trincheras paraguayas; Polidoro y Flores se detuvieron a «churrasquear» y no llegaron a tiempo. Mientras tanto, los infantes argentinos y brasileños, calados de barro, chapoteaban sirviendo de blanco a los paraguayos. Mientras Mitre, poseído de una embriaguez heroica, ordenaba avanzar, avanzar siempre. Hasta que Márquez de Souza, muy respetuosa pero firmemente, le advirtió que aquello iba a ser la derrota mais grave de esta guerra, y de seguirse el heroico avance morirían todos los atacantes sin tocar las trincheras paraguayas. Consiguió dar el toque de retirada. «Cuando Mitre se encontró con esa defensa [las trincheras paraguayas protegidas por árboles], no se le ocurrió nada —dice D’Amico— y mandó atacar con ataque franco, a pesar de saber, dice en su parte, que esa posición era intomable cargándola a pecho descubierto. El resultado no podía ser dudoso. Los soldados argentinos sembraron el campo de cadáveres, llegaron a la zanja, soportaron un momento el fuego a boca de jarro de los paraguayos que ellos no veían y tuvieron que retroceder sembrando otra vez de cadáveres el campo de batalla». Diez mil muertos argentinos y brasileños quedaron tendidos en el fangal frente a Curupayty. Las bajas paraguayas fueron exactamente de 92. El emperador debió gestionar amistosamente de Mitre que volviese a su país porque revolucionarios «paraguayistas» se habían hecho dueños de las provincias del oeste: la montonera volvía a galopar por los llanos de La Rioja como en los tiempos de Facundo o los más recientes del Chacho enarbolando como bandera la alianza con Paraguay para combatir a Mitre. Nunca se supo si fue por este motivo o por alejarlo de los campos de batalla que le llegó a Mitre la insinuación de su licencia. Tomó el mando el duque de Caxias. Debió reponer al ejército de su tremenda derrota: catorce meses quedará inactivo.

martes, 24 de diciembre de 2019

Alberdi: El Capital y la libre Navegación de los ríos.

Por José María Rosa
El capital extranjero:   No era fácil eliminar a todo un pueblo de su tierra: de allí el indispensable apoyo foráneo para la patriótica tarea. Las garantías individuales de la futura Constitución tendrían objeto cuidar al extranjero, al capital de afuera, y por eso no era conveniente dejarlas libradas a gobiernos que podrían tener la fuerza de aplicarlas a favor de los criollos, o sacudirse, como Rosas, en alguna crisis de exaltación nacionalista. Había que hacerlas inviolables “bajo el protectorado del cañón de todos los pueblos”, firmando “tratados con el extranjero en que déis garantías de que sus derechos serán respetados. Estos tratados serán la más bella parte de la Constitución”  Frente a ese cañón constitucional, ¿qué derechos, qué garantías, qué declaraciones podían invocar los nativos desarmados, disminuidos, despreciados, ahuyentados?. La patria no sería de ellos, que carecerían de bienes materiales; la patria sería ahora de los gringos:  ‘‘Hace dos mil años que se dijo esta palabra que forma la divisa de este siglo: Ubi bene ubi patrio”.
El cañón extranjero serviría a la nueva Patria mejor que el cañón de Obligado. Como acudiría a defender sus intereses, el cañón extranjero defendería la Constitución: ‘‘Proteged empresas particulares (fiscales ¡jamás!) para la construcción de ferrocarriles. Colmadlas de ventajas, de privilegios, de todo favor imaginable sin deteneros en medios. Preferid este expediente a cualquier otro ... Entregad todo a los capitales extranjeros. Dejad que los tesoros de fuera como los hombres, se domicilien en nuestro suelo. Rodead de inmunidades y de privilegios el tesoro extranjero para que se naturalice entre nosotros”
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La naturalización que decía no era la asimilación del capital o de los hombres foráneos al país, sino precisamente la inversa: la identidad del país con los hombres y las riquezas de afuera. No era que las empresas prescindieran de su nacionalidad de origen, tampoco que los directorios antepusieran las conveniencias argentinas a sus propios intereses, o que los accionistas perdieran su mentalidad extranjera por el hecho de cobrar dividendos argentinos. Esa no era la naturalización de Alberdi: era la del país, que al atarse al extranjero se extranjerizaría: se convertiría en colonia, en factoría. Con mentalidad de colonia, que él llamaba “mentalidad civilizada
Libre navegación  Había de renunciarse a la soberanía de los ríos navegables. porque "Dios no los ha hecho grandes como mares para que solo se naveguen por una familia"   Rosas había luchado - y triunfado - contra Inglaterra y Francia por la soberanía Argentina de los ríos, reconocida en los tratados de 1849 y 1850. Pero la libre navegación - es decir: la renuncia a la soberanía Argentina - fue una de las condiciones impuestas por Brasil y acababa de hablarse de ella en el acuerdo de San Nicolás. Alberdi, abogado de causas triunfantes, se encargaría de dar la explicación del desgarramiento: por los ríos "penetraría la civilización europea" y convenía entregarlos a la ley de los mares", (14) considerarlos constitucionalmente como cosas ajenas. Que:  “...cada afluente navegable reciba los reflejos civilizadores de la bandera de Albión: que en las márgenes del Pilcomayo y el Bermejo brillen confundidas las mismas banderas de todas partes que alegran las aguas del Támesis, río de Inglaterra y del universo"
No habría visto el Támesis en su estada en Londres, pues no hay otra bandera que la inglesa. No había estudiado el origen del poderío marítimo inglés porque ignoraba el Acta de Navegación de Cronwell que cerraba los puertos a los barcos extranjeros.
Moral de "Bases".  Había que entregar todo al gringo. No solamente la tierra, no solamente la historia, no solamente la vida: también “el encanto que nuestras hermosas y amables mujeres recibieron de su origen andaluz", que serían mejor fecundadas por ellos que por nosotros. Eso era moral, eso era inteligente; los hombres de antes no habrían comprendido el gran secreto de la prosperidad: San Martín y Rosas tenían ideas atrasadas sobre la manera de vivir:
“Nuestros patriotas de la primera época (de la Independencia y la Restauración) no son los que poseen ideas más acertadas sobre el modo de hacer prosperar esta América ... Las ficciones del patriotismo, el artificio de una causa puramente americana de que se valieron como medio de guerra, los dominan y poseen hasta hoy mismo. Así hemos visto a Bolívar hasta 1826 provocar, ligar, para contener a la Europa, y al general San Martín aplaudir en 1844 la resistencia de Rosas a las reclamaciones accidentales (?) de algunos estados europeos ... La gloria militar que absorbió sus vidas los preocupa todavía más que el progreso ... Pero nosotros más fijos en la obra de la civilización que en la del patriotismo de cierta época, vemos venir sin pavor todo cuanto la América puede producir en acontecimientos grandes".
La gloria, ¿cuanto vale?... “La gloria es la plaga de nuestra pobre América del Sur” (18) ... “La paz nos vale el doble que la gloria”, con la paz habría dinero: desde luego que en manos foráneas, pero algunas migajas podrían recoger los nativos que se amoldaran al nuevo orden de cosas y sirvieran lealmente los intereses de los dueños nuevos. “El laurel es planta estéril en América", que no da dinero como el trigo:
“Vale más la espiga de la paz, que es de oro, no en el lenguaje del poeta sino del economista. Ha pasado la época de los héroes, entramos hoy en la edad del buen sentido" .
Nada de guerras, nada de luchas. Aunque la prepotencia extranjera lo exigiera, valía más bajar la cabeza que recurrir a la espada. No porque el extranjero fuera imbatible: Rosas había demostrado que los argentinos sabían vencerlo. Pero las victorias criollas serían mal miradas en Europa:
“Ante los reclamos europeos por inobservancia de los tratados que firméis, no corráis a la espada ni gritéis: ¡Conquista! No va bien tanta susceptibilidad a pueblos nuevos, que para prosperar necesitan de todo el mundo. Cada edad tiene su honor peculiar. Comprendamos el que nos corresponde. Mirémonos mucho antes de desnudar la espada; no porque seamos débiles, sino porque nuestra inexperiencia y desorden normales nos dan la presunción de culpabilidad ante el mundo de nuestros caminos externos; y sobre todo porque la paz nos vale el doble que la gloria”   
Vivir sin honor, pero con dinero. O no vivir de ninguna manera: extinguirse patrióticamente para que el extranjero diligente y hábil fecundara nuestras mujeres e hiciera prosperar la tierra: he aquí el porvenir que dejaba Bases a los argentinos” .

jueves, 19 de diciembre de 2019

Gobernar es poblar....con anglosajones..

Por José María Rosa
El 1º de mayo de 1852 Alberdi publicaba la primera edición de Bases y Puntos de Partida para la Organización de le República Argentina, Derivados de la Ley que Preside el Desarrollo de la Civilización y del Tratado Litoral de 1831. etc. La posteridad, que poco o nunca leyó el libro pero lo tendrá por uno de los monumentos de la gloria Argentina, lo ha condensado en la brevísima denominación Bases.  En contradicción con el historicismo de su Fragmento de 1837, Alberdi cree en Bases que debe dictarse una Constitución. Su gran afán había sido adelantarse un trecho al tiempo y adivinar hoy el pensamiento de mañana: por eso había sido rosista en 1837, mayo en 1838, riverista en 1839, según las posibilidades de cada posición; por eso en Chile había vuelto a estar contra Rosas cuando la intervención anglofranresa de 1845, y vuelto a alabarlo cuanto Inglaterra levantó el bloqueo en 1847. Sus convicciones ideológicas seguían la sístole y diástole de sus simpatías políticas: era romántico y no creía en la virtud de las constituciones escritas cuando Rosas se afirmaba; sin perjuicio de sentirse “clásico” si ocurría lo contrarío. Y ahora Rosas había caído en Caseros.
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“Constitución” había sido la palabra - fuerza de los viejos unitarios en los años del Directorio y la Presidencia: la retomaron los neo federales en los tiempos que siguieron a la revolución de diciembre. Era una expresión atractiva con virtudes de magia: bastaría pronunciarla para que cesaran los males del país. Como Rosas no creyó en ella, la Constitución fue la gran bandera para luchar contra el tirano, y era de ley que cada vez que Rosas se enzarzaba en una guerra extranjera algún general se aliaba al enemigo con el patriótico propósito de dar una Constitución a los argentinos. Así lo hizo Lavalle apoyando a los franceses en 1838. Paz en apoyo de los ingleses en 1845, y acababa de hacerlo Urquiza al pasarse a los brasileños en 1851.
En 1852 Alberdi se ha vuelto a sentir constitucionalista sin dejar por eso de ser historicista: sigue creyendo que las instituciones no pueden plagiarse ni importarse, puesto que son “la manera de ser, de los pueblos”, y por lo tanto no era posible aclimatar en el pueblo argentino las leyes políticas del liberalismo anglosajón. Pero como tampoco es posible una Constitución que no fuera liberal anglosajona, el problema lo resuelve con la eliminación de los argentinos como factor eficiente en la nueva Argentina, y su reemplazo por anglosajones.
“Es utopía, es sueño, es paralogismo puro el pensar que nuestra raza hispano - americana, tal como salió formada de su tenebroso pasado colonial, pueda realizar hoy la república representativa... No son las leyes lo que precisamos cambiar: son los hombres, las cosas. Necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces de libertad por otras gentes hábiles para ella”
Había que hacer el cuerpo para el traje, y no el traje para el cuerpo; reemplazar a los argentinos por las “razas viriles" – los anglosajones – aptas para vivir un sistema constitucional anglosajón:  “Con tres millones de indígenas, cristianos y católicos, no realizaréis la República ciertamente. No la realizaréis tampoco con cuatro millones de españoles peninsulares porque el español puro es incapaz de realizarla allá o acá. Si hemos de componer nuestra población para el sistema de gobierno; si ha de sernos más posible hacer la población para el sistema proclamado, que el sistema para la población, es necesario fomentar en nuestro suelo la población anglosajona. Ella está identificada al vapor, al comercio, a la libertad, y nos será imposible radicar estas cosas entre nosotros sin la cooperación activa de esta raza de progreso y de civilización”.    La libertad "liberal", que no la otra; libertad del extranjero para obrar sin trabas, autolimitación de la sociedad para no intervenir en el despotismo de los fuertes sobre los débiles. Libertad del individuo frente al Estado; no libertad del individuo frente el individuo. Libertad con predominio de pocos; no como igualdad de posibilidades para todos. Junto a esa libertad, el desprecio a la raza nativa incapaz de ser liberal de esa manera:
“La libertad es una máquina que como el vapor requiere maquinistas ingleses de origen. Sin la cooperación de esa raza es imposible aclimatar la libertad en parte alguna de la tierra”  Racista, fuertemente racista, era el libro. Racismo a la inversa, que enaltecía a los de afuera en detrimento de la raza del escritor; que quería las prevalencia de lo foráneo sobre lo autóctono:
“Haced pasar el roto, el gaucho, el cholo, unidad elemental de muestras masas populares por todas las transformaciones del mejor sistema de educación: en cien años no haréis de él un obrero inglés que trabaja, consume, vive digna y confortablemente”
No eliminaba al criollo por su poca instrucción. Nada de eso; el criollo instruido no valía un inglés analfabeto: no era un problema de educación sino de estirpe:
“En Chiloé y en el Paraguay saben leer todos los hombres del pueblo y, sin embargo, son incultos y selváticos al lado de un obrero inglés o francés que muchas veces no conoce ni la o” .
Se eliminaba al criollo por no ser extranjero; o mejor por ser extranjero a la nueva Argentina. La Patria de 1852 no estaría en el pueblo, ni en la historia; ya no sería, “la tierra y los muertos”: ahora exclusivamente la tierra, pero sin los muertos ni los vivos; la tierra usada por otros.
“La patria es la libertad, es el orden, la riqueza, la civilización, organizadas en el suelo.nativo bajo su enseña y su nombre”.
Empezaba una nueva Argentina sin argentinos; suelo habitado por “razas viriles” donde todo sería civilización. Gobernar es poblar exigía despoblar de criollos previo a la población con las razas superiores. Alberdi escribía “civilización”, y a su pensamiento acudía el “confort” material, los adelantos de la industria, el vapor, la electricidad. Veía todo eso en la Argentina de mañana, pero como lo habían inventado los extranjeros consideraba justo no arrebatárselo.

viernes, 30 de noviembre de 2018

1840...el Ejército libertador de Lavalle frente a la Ciudad de Bs As...

Por José María Rosa
Voy a una grande empresa con un puñado de hombres... Vos y la patria ocupan mi lugar siempre”, escribe a su esposa el 8 de julio de 1839 al salir para Martín García. El cóndor remontaba vuelo, ya ciego, sin ver la bandera francesa al tope de la isla, sin notar los estragos del bombardeo de octubre, sin advertir que su éxito dependía del transporte francés, de la vigilancia que las fragatas de Dupotet hicieran en el Paraná, que el dinero y las armas que mandaba la Comisión Argentina, donde todos eran pobres de solemnidad por lo menos hasta elmomento de su partida, tenían que tener una procedencia extraña. Apenas iniciada la campaña, llegaron las inevitables críticas de los mariscales de café de la Comisión. Le señalaban planes de estrategia, o reconvenían porque tal o cual contraste habría ocurrido “por no haber seguido mi consejo”. Era enorme el montón de cartas que llegaban todos los días: Julián Segundo de Agüero, Florencio Varela, Salvador María del Carril, Juan Andrés Gelly, Madero, Thompson, todos, todos dirigían el Ejército Libertador y planeaban en papel afiligranado maravillosos movimientos militares que aniquilaban infaliblemente “las hordas de esclavos de Rosas”.  “Tengo una inmensa correspondencia abierta que me ocupo en contestar –escribía Lavalle angustiado a Julián Segundo de Agüero – y tengo el ejército enemigo y el nuestro a veinte cuadras de distancia, y nada de esto se tiene presente, cuando se me exige que olvide todo para escribir con regularidad.  ¿Dónde estaba el pueblo? En Entre Ríos desde luego que no. “La deserción es diaria y numerosa – escribe a Ferré –. Ha habido días, mi amigo, en que he tenido doscientos desertores”.   En Buenos Aires sería otra cosa. 
 
Si consiguiera cruzar el río “la guerra terminará en 30 días”, le dice a su esposa poco después de derrotado en Sauce Grande por Echagüe. Los entrerrianos podían haberlo combatido por un espíritu localista, pero los gauchos portentos que sufrían la suma del poder, tenían que pronunciarse unánimemente por la libertad. Ya no lo avergüenza recibir dinero francés. Ahora lo exige en perentorias cartas al almirante Leblanc y al Encargado de Negocios Bouchet de Martigny: ‘Yo encuentro que los auxilios que se han prestado hasta ahora no son suficientemente eficaces, y en consecuencia exijo:
lº) Un millón de francos para los gastos de guerra, que entrará en caja del ejército. 2º) La destrucción de la batería del Rosario y la ocupación del Paraná” ¡Cómo no exigirlo, si los franceses como aliados, servían solamente para proveer francos! Porque en cuanto a pelear tenían un terror pánico a los “gauchos”. Juan Nepomuceno Madero, destacado en la Expeditive frente “a la Bajada” (Paraná) le escribía a su pariente Florencio Varela queera imposible acercar botes a la costa o a las islas porque “he observado que (los franceses) tienen un miedo cerval a los de tierra”. ¿Qué hacer con tales aliados, que no se animaban ni a detener las chalanas que cruzaban el río? “Son unos cag...”.
FRENTE A BUENOS AIRES
El Ejército Libertador, transportado por la escuadra francesa, desembarcó en San Pedro a principios de agosto de 1840. Eran cuatro mil hombres perfectamente pertrechados, contra los cuales nada podrían las pocas milicias que Rosas alcanzara a reunir.  Alentaba a Lavalle y los suyos el total convencimiento de la popularidad de su causa. Tanto habían dicho que Rosas era un tirano “que oprimía al pueblo”, que acabaron por creerlo ellos mismos. Es lo corriente en estos casos. Rosas se mantenía en pie por un milagro, y su desmoronamiento era cuestión de días, de horas tal vez. En la campaña de Entre Ríos habían tenido que depender de la ayuda y el transporte francés, lo que daba mala apariencia a una empresa buena. Ahora sería otra cosa: desde San Pedro a la plaza de la Victoria sería una marcha triunfal, y solamente de argentinos. Escribe a Lamadrid, el día del desembarco: "La opinión del país está muy pronunciada en nuestro favor. Mis paisanos esperaban con impaciencia la venida del Ejército Libertador, y nuestras filas se engrosarán muy considerablemente en poco tiempo, porque los más están hoy con nosotros. Esta favorable disposición me hace esperar que venceré en breves días al tirano.”  ¡Qué pocos días duró este optimismo! Es cierto que en su marcha hacia BuenosAires se le había plegado Esteban Echeverría que estaba en “El Tala”, pero la gente de campo le hacía el vacío, cuando no le hostilizaba. La sola noticia favorable recibida era la llegada del almirante Baudin con 3.000 infantes franceses para “terminar la guerra en pocos días”. Su desilusión fue grande: “Esta carta te va a hacer derramar lágrimas – le escribe a su esposa al llegar a Giles –. No he encontrado sino hordas de esclavos, tan envilecidos como cobardes y muy contentos con sus cadenas. Es preciso que sepas que la situación de este ejército es muy crítica. En medio de territorios sublevados e indiferentes, sin base, sin punto de apoyo, la moral empieza a resentirse, y es el enemigo que más tengo que combatir. Es preciso que tengas un gran disimulo, principalmente con los franceses, pues todavía tengo esperanzas.”  ¡Estaba junto a Buenos Aires, veía las torres de sus iglesias desde su campamento, y la gran ciudad parecía lejana y hostil! Inútilmente escribió a Martigny: “Insisto en que la fuerza del almirante Baudin se reúna a este ejército, que sería lo mejor, haga un desembarco y tome un punto de la Capital: la Recoleta o los cuarteles del Retiro.” Inútilmente porque no había llegado el almirante Baudin con los 3.000 soldados de infantería: quien había llegado era el almirante Mackau, con plenipotencias de Thiers para hacer inmediatamente la paz con Rosas sin importarle “los auxiliares que hemos encontrado en las riberas del Plata, que no han querido o no han podido cumplir sus promesas; para cuyo éxito han pedido y recibido de nosotros socorros, sin retribuirnos, ni aun en leve proporción, los servicios recibidos” decían las instrucciones de Mackau. Únicamente, por la “naturaleza delicada” de las relaciones entre el gobierno francés y sus auxiliares, podía “ofrecerles. su intervención amigable, y salvarlos de la guerra civil provocada por ellos”.
Nada sabía Lavalle de la llegada de Mackau en esos primeros días de septiembre, acampado en Merlo a pocas leguas de Buenos Aires. La gran ciudad simulaba una indiferencia que era como para crispar los nervios: nada advertía que estuviera en guerra, que un largo bloqueo la había agotado económicamente, que de un momento a otro desembarcarían los marinos franceses en la Recoleta y el Ejército Libertador llevaría su ataque por el lado de tierra. LaGaceta Mercantil y el British Packet que llegaban hasta Merlo, hablaban de la gran función en el teatro Argentino, donde se había estrenado “Muérete y verás”, de bretón de los Herreros,o del drama “El Trovador”, dado en el Victoria, excusada la inasistencia del Restaurador, “ocupado en el campamento de Santos Lugares”, con la presencia sonriente de Manuelita “ya pasado el luto que la agobió”.  El Circo de Gallos de la calle Venezuela seguía con su público de costumbre; las casas de José Julián Arriola o de Daniel Gowland, publicaban los habituales avisos de remate. La vida parecía deslizarse tranquila, sencilla, cotidiana, si no fuera porque se daban noticias de que “el salvaje, inmundo, traidor” estaba en Merlo y era inminente un ataque, y que resultó falso “la llegada reciente de un ejército francés de desembarco, como seanunció”. ¡La verdad es que el tirano tenía sus agallas! Cuatro días quedó Lavalle frente a Buenos Aires, esperando el pronunciamiento popular indudable. El Ejército Libertador se corrió hasta Navarro en el sur, volvió a Giles en el norte: eran amagos para buscar el sitio preciso donde dar el golpe. Pero 1as milicias de campaña (¿de donde habían salido, Dios mío?) no se movieron de Santos Lugares: estaban mal armadas y no recibían pago alguno, pero supo Lavalle que eran numerosas y absolutamente decididas. También supo que en la plaza de la Victoria estaban concentrados dos mil milicianos de infantería, con los generales Mansilla, Soler, Guido y Ruiz Huidobro, con dos piezas de artillería. Y que en las azoteas de toda la ciudad había muchachos con tercerolas, a falta de fusiles. Todos con la misma resolución que en 1807, cuando quisieron venirse los ingleses. ¡Qué distinto a 1828 cuando Rosas era el sitiador y Lavalle el sitiado! Entonces tuvo que recurrir a los extranjeros para simular una defensa que no pudo mantener: la ciudad se le escapaba de entre los dedos para irse al campamento de Rosas.  Ahora, en 1840, tenía que vigilar la deserción constante de los sitiadores. Cada día se le iba un batallón entero a tomar la insignia federal en Santos Lugares.  El 4, Lavalle creyó que desembarcaban los franceses. El 6, desengañado una vez más, emprendió lentamente la retirada hacia el norte.
EL PREMIO   "No hay una persona, una sola, General, incluso sus hermanos de usted y aun su sensatísima señora, que no haya condenado ese funestísimo movimiento - escribíaleFlorencio Varela al conocer la retirada de Buenos Aires -. No comprendo, General, cómo se justificará usted ahora ni nunca. Ese ha sido, General, el defecto capital de usted: no pedir consejo ni oírlo de nadie, decidir por sí solo. Y por desgracia no decide usted lo mejor”.¡Era tan fácil hacer la guerra desde Montevideo! ¿Cómo explicarles a los doctores de la “Comisión” cosas que nunca entenderían, que no querían entender? Hablaban y escribían muy bien; razonaban maravillosamente, podían demostrarlo todo; se expresaban en axiomas que no admitían réplica porque vivían en un mundo ideal sin experiencias ni realidades. Eran enfáticos en el ademán e inmutables en el pensamiento como el señor Rivadavia, pero estaban más acá de las cosas. ¡Lástima que hubieran cosas además de ellos!
Los había admirado y seguido. En 1828 le dijeron que Dorrego era un traidor, que había firmado una paz vergonzosa con el Brasil, y sublevó el ejército para sacarlo del gobierno. Le dijeron que había que fusilarlo, y lo fusiló. Lo convencieron de que con quinientos coraceros se haría la unidad a palos, y en cambio brotaron del suelo las montoneras federales, que corrieron hasta Puente de Márquez a los veteranos de Ituzaingó. Cuando las cosas se pusieron difíciles, Rivadavia y Agüero escaparon de Buenos Aires y lo dejaron solo frente a Rosas.  Tuvo que capitular. Entonces le echaron la culpa y hasta llegó a creerlo así.  Ahora no quiso entenderse más con la Comisión que, como Varela, atribuía a un inexplicable capricho no haber seguido la “marcha triunfal” hasta la plaza de laVictoria. Escribió a su mujer: “Tú no concibes muchas esperanzas porque el hecho es que los triunfos de este ejército no hacen conquistas sino entre la gente que habla: la que no habla y pelea nos es contraria, y nos hostiliza como puede. Este es el secreto origen de tantas y tantas engañosas ilusiones sobre el poder de Rosas, que nadie conoce hoy como yo.” Empezó a comprender por qué la gente que no habla y pelea estaba con latiranía y contra la libertad: no había tal tiranía, ni tal libertad. Había solamente la patria, y quienes están contra ella. Afuera y adentro. Seguiría la lucha sin esperanzas de vencer y sin fe en la causa que emprendió,sostenido solamente por su impulso de acero. Sin poder hacer pie en parte alguna, como el cóndor ciego. Ya no podía volver atrás: ya tampoco podía ver la luz.