Rosas

Rosas
Mostrando entradas con la etiqueta Derqui Santiago. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Derqui Santiago. Mostrar todas las entradas

viernes, 19 de agosto de 2022

La Masonería y su influencia en la Batalla de Pavón

Por el Prof. Jbismarck
El historiador masón Martín V. Lazcano, en su obra sobre las Sociedades Secretas de Buenos Aires13, informó que en una Tenida blanca del 21 de julio de 1860, posterior a la batalla de Cepeda, una logia del recientemente instalado Gran Oriente de la Masonería Argentina otorgó la distinción del grado treinta y tres de la Orden -de modo honorario- a Mitre, Urquiza, Derqui, Sarmiento y Gelly y Obes (ministro de guerra de Buenos Aires). Esa Tenida fue denominada de Unidad Nacional, dado que su propósito era superar la división territorial argentina. Obviamente, tal reunificación se haría sobre la base de la aceptación por el resto del país de la supremacía de Buenos Aires. O sea: que no habría más lucha entre ambos bandos, dado que uno de los contendientes quedaba impuesto.  Decisión que Urquiza habría aceptado eventualmente. Luego, el resultado de Pavón quedaría allí asentado.  Por si acaso, para ejecutar aquella decisión masónica, un oscuro personaje apellidado Yateman, de nacionalidad estadounidense, a mediados de setiembre de 1861, se situó en las proximidades del arroyo de Pavón. Pues, resulta que el aludido Yateman, en obvia función mediadora, fue visto yendo y viniendo de un campo al otro, en los días previos al combate. 
La deducción de esa gestión de la Orden la han colocado historiadores revisionistas como José María Rosa o Fermín Chávez. 
Esto es, que la mediación de las Logias fue la determinante de la suerte de Pavón y de la Argentina en adelante. Por si quedaran dudas, el historiador oficioso de la Masonería Argentina, Alcibíades Lappas, al tratar de Urquiza, confirma los datos sobre la Tenida de 21 de julio de 1860. A continuación apunta que tras Cepeda: (…) también el general Urquiza supo dar la victoria a las armas de la Confederación en los campos de Pavón. Pero no obstante eso, el general victorioso, en magnífico gesto de autosacrificio y renunciamiento, se retiró a Entre Ríos dejando el campo de batalla a las fuerzas opuestas comandadas por Mitre, convencido de que esa era la única manera de terminar con las disidencias y obtener la meta ideal de la pacificación definitiva
El dato más curioso lo aporta otro historiador masón, Emilio J. Corbière, al informar que: Fue el general Urquiza quien alentó la formación de logias como fórmula de entendimiento mutuo y fraternización a fin de poder enfrentar un proceso de unidad nacional en medio de un país dividido, disgregado, sometido a toda clase de presiones externas y con un partido porteñista en la búsqueda de lograr la hegemonía política y control de la Aduana. 
Otro bello gesto unificador. Claro que acá la iniciativa masónica queda de mano de Urquiza y no de Buenos Aires. Por otra parte, tanto Mitre como Derqui fueron destacados masones. 
¿Se aplicaría aquello de quien mejor masonice, mejor masonificador será?, ¿O no?... Como diría un afamado líder sindical: Ni lo uno, ni lo otro, sino todo lo contrario…
Bien. Volvamos a los hechos, en el punto donde los dejáramos.  Urquiza renunció a su cargo militar confederal, pero permaneció como Gobernador (perpetuo, democráticamente eterno) y Capitán General de Entre Ríos, no molestado por el Presidente Mitre. También subsistió como jefe del Partido Federal, aunque sus subordinados, Peñaloza, Varela y López Jordán, junto a los intelectuales de la Generación federal de 1865 (Carlos Guido y Spano, Francisco F. Fernández, Miguel Navarro Viola, José y Rafael Hernández, Olegario Víctor Andrade, Ovidio Lagos, etc.), lo consideraran un traidor. En todo caso, era la segunda vez que traicionaba  (Caseros, y también por motivos económicos; ver: misiones de Cuyás  y Sampere).  Mitre fue Gran Maestre y Gran Comendador de la Orden.  
Derqui, por su lado, presentó la renuncia al cargo presidencial el 5 de noviembre de 1861 y se exilió en Montevideo, donde vivió dos años en la pobreza. En 1867 murió en Corrientes a los 58 años de edad. Tan pobre estaba que no había con qué pagar el entierro que, en definitiva, abonaron sus amigos.
Por treinta y ocho días, siguió la Confederación de la mano del vicepresidente el Grl. Juan Esteban Pedernera, hasta el 12 de diciembre de 1861, en que renunció, previo disolver el Estado Confederal.  
Cuando Urquiza sea asesinado en abril de 1870 en su palacio de San José, José Hernández en carta a Ricardo López Jordán, del 7 de octubre de 1870, sostendrá que Urquiza era: el Gobernador Tirano de Entre Ríos, pero era más que todo, el Jefe Traidor del Gran Partido Federal, y su muerte, mil veces merecida, es una justicia tremenda y ejemplar del partido tantas veces sacrificado y vendido por él. La reacción del partido, debía por lo tanto iniciarse con un acto de moral política, como era el justo castigo al Jefe Traidor  

sábado, 1 de mayo de 2021

Santiago Derqui

 Por el Prof. Jbismarck

Fue de hecho y formalmente el primer presidente de la Nación Argentina, puesto que promulgó la reforma de 1860, con la presencia de Buenos Aires, y gobernó de acuerdo con ella.  Había nacido en la ciudad de Córdoba el 9 de julio de 1810, en el hogar formado por don Manuel Derqui y doña Josefa Rodríguez. A los 22 años se graduó de doctor en jurisprudencia en la Universidad de su ciudad natal, en la que poco después se desempeñó como catedrático. En 1835 era miembro de la Legislatura provincial, al producirse el asesinato de Juan Facundo Quiroga, hecho que se proyectó directamente en la vida política de Córdoba a través de los hermanos Reinafé.  Derqui, que venía actuando en la provincia bajo la bandera del federalismo, ocupó cargos oficiales durante la administración de José Vicente Reinafé; también se recuerda su actuación como encargado del recurso de fuerza contra el obispo Lascano, en conflicto con el gobernador. Cuando el 7 de agosto de 1835 el congreso de Córdoba dio por terminado el mandato de Reinafé, fue elegido gobernador Pedro Nolasco Rodríguez; pero el parentesco de éste con el anterior determinó su alejamiento, lo que abrió paso a un nuevo gobierno, que desempeñó el doctor Derqui, a quien le tocó designar los conjueces para juzgar a los Reinafé. Posteriormente, al ser elegido gobernador, por presión de Rosas, el coronel Manuel López (alias Quebracho), y producida la captura de tres de los Reinafé, el doctor Derqui y Pedro Nolasco Rodríguez fueron remitidos a Buenos Aires, acusados de complicidad en el crimen. Tiempo después, Derqui fue puesto en libertad y tomó el camino del exilio. En el Estado Oriental actuó al lado de Rivera, de quien fue secretario hasta el momento de ser designado en una misión ante el gobernador Ferré, de Corrientes, con quien formalizó un tratado de alianza contra Rosas. En esta provincia se desempeñó luego como secretario y auditor de guerra del general José María Paz, quien lo designó ministro.   Después de la derrota unitaria de Arroyo Grande buscó asilo en el Brasil.    Tras la caída de Rosas, en abril de 1852 el Director provisional Urquiza lo nombró en misión especial ante el gobierno del Paraguay, previa a! reconocimiento de la independencia de aquella república. Poco después, el mismo Urquiza lo distinguió con una banca al Congreso Constituyente de Santa Fe, ocupando la vacante dejada por el doctor Barros Pazos, que renunció. Durante el gobierno constitucional de Urquiza fue interventor nacional en la provincia de San Juan y ministro de Instrucción Pública y del Interior.


Cuando en 1859 surgieron las candidaturas de Mariano Fragueiro, Salvador María del Carril y Derqui para la presidencia, Urquiza se decidió por este último.   Acompañado por el general Juan Esteban Pedernera, pudo gobernar la Confederación durante dieciocho meses, es decir hasta la disolución del gobierno de Paraná, en noviembre de 1861. En los últimos meses de su presidencia, se separó políticamente de Urquiza. El 20 de octubre de 1861, hizo una delegación de poder a nombre del general Juan Saá, uno de los jefes del interior que había luchado hasta el fin en Pavón. Pero el 5 de noviembre de 1861, ante la imposibilidad de apuntalar militarmente la Confederación, se alejó del país y se radicó en Montevideo. Allí, a fines de 1863. asistió a los funerales realizados en memoria del general Angel Vicente Peñaloza, según consignan las crónicas periodísticas de la época. Vivió pobremente en Montevideo hasta 1864, año en que pasó a Corrientes. En esta ciudad lo sorprendió la invasión paraguaya de abril de 1865. En esta oportunidad, Derqui se negó a prestar toda colaboración al mariscal Francisco Solano López, pero se vio envuelto en un proceso que lo llevó a la cárcel, donde permaneció algunos meses. Tal era la pobreza en que se hallaba cuando ocurrió su muerte, el 5 de setiembre de 1867, que su viuda no pudo costear su entierro y fue necesario hacerlo, después de tres días, por suscripción popular.

jueves, 28 de febrero de 2019

Urquiza y la masonería


Por Federico Ibarguren
 Era necesario asegurarse, además, y sobre todo, el renunciamiento completo del jefe federal máximo, a los designios del Gobierno invisible. Y para esto, Mitre, que ya había ingresado en la masonería tiempo atrás, maniobró con gran tenacidad y sagacidad política. Complicó en el asunto a Dalmacio Vélez Sarsfield, a quien envió a Entre Ríos para que tuviera audiencias personales con el vencedor de Cepeda en el Palacio San José, convenciéndolo —en aras de la paz de la nación— a enrolarse en la misma logia masónica donde a la sazón militaba Mitre.    Sobre este asunto completamente desconocido, hasta hace unos años, por el público, don Antonio Castro (historiador urquicista que fue nada menos que director del Museo Sarmiento) escribió en el número 2 de la revista Historia, a cargo del académico Raúl Molina, un artículo titulado Urquiza y la masonería, en el cual da pruebas fehacientes —basándose en documentos auténticos en poder del autor— del ingreso secreto de don Justo José a la masonería (Logia Confraternidad Argentina) en la sesión porteña del 21 de julio de 1860; es decir: 14 meses antes de su derrota en Pavón a manos de Mitre.  
Resultado de imagen para urquiza y la masoneria
 Escribe a este respecto don Antonio Castro: "Después de la batalla de Cepeda, el 23 de octubre de 1859, y de la firma del Pacto de Unión, en San José de Flores, el 11  noviembre de 1859, que puso fin a la larga separación de Buenos Aires, uniéndose la Nación, y antes de la batalla de Pavón, el 17 de setiembre de 1861. donde las fuerzas de la Confederación Argentina, al mando de Urquiza, abandonaron el campo estando triunfante su caballería, en un gesto que aún no ha desentrañado la Historia, pero existiendo la documentación precisa que puede interpretar el doloroso suceso —y manifestamos que la poseemos en nuestro archivo y oportunamente la publicaremos— en el lapso de estos acontecimientos, repetimos, se produce el acto de la incorporación del general Urquiza a la orden masónica de la República Argentina, el 21 de julio de 1860. Antes de proseguir, es necesario relatar los pasos previos llevados a cabo para preparar el ambiente y disuadir a Urquiza de la conveniencia de aceptar su ingreso a la masonería, proyecto iniciado en seguida de la firma del Pacto de Unión. En el escrutinio de las elecciones efectuadas para elegir el segundo presidente constitucional de la República, realizada el 6 de febrero de 186O, resulta electo el doctor Santiago Derqui, presidente, y el general Juan E. Pedernera, vice, que son proclamados el 8 de ese mismo mes y año para el período 1860-66. en medio de general y unánime aprobación y tranquilidad. El 14 de junio llega el doctor Dalmacio Vélez Sarsfield al Palacio San José, residencia del general Urquiza en Entre Ríos, comisionado del. gobernador Mitre ante el presidente Derqui, con el pretexto de invitar a ambos personajes a visitar  Bueños Aires, pero con el exclusivo fin, oculto, secreto, de sondear el pensamiento de Urquiza y fortalecer su ánimo alarmado por las proposiciones que le habían llegado de ingresar a la masonería, ya que su fe católica le impedía tal acción. El astuto e inteligente Vélez Sarsfield debió haberlo convencido, indudablemente, arguyendo que la Iglesia no prohibía [sic] a sus fieles formar parte de esa clase de sociedades secretas, ya que, en ese momento, servían como instituciones de carácter benéfico, o por lo menos así se disfrazaban... y no las había prohibido expresamente la Santa Sede [?]. Sabemos bien de la capacidad intelectual del sabio cordobés, extraordinario dialéctico, que no se paraba en pelillo más o menos para la consecución de sus fines, demostrada en su dilatada actuación pública. Y creemos que convenció a Urquiza. El 8 de julio el presidente Derqui y el organizador Urquiza llegan a Buenos Aires como invitados especiales del gobernador, Mitre, que los agasajó muy cordialmente durante quince días. Uno de los actos más cuidadosamente preparados en honor de sus huéspedes fue el realizado el 21 de julio de ese año de 1860, es decir, el ingreso de Urquiza a la masonería, juntamente con el otorgamiento al grado 33 a Derqui, Mitre, Sarmiento y Gelly y Obes".
En efecto: el 21 de julio do 1860 ingresa Urquiza, como se verá, a la Logia Confraternidad Argentina, convencido por Mitre. Sobre esta tenida masónica, el investigador católico padre Matías E, Suárez, inteligente historiador v archivista que se maneja con documentos de la época, en su esclarecedor libro Sarmiento, ese desconocido, Buenos Aires, Ediciones Theoría, año 1964, nos relata a través de los discursos pronunciados aquel día lo siguiente: "El 21 de julio de 1860 el antiguo Teatro Colón. ubicado en el solar que hoy ocupa la casa matriz del Banco de la Nación Argentina, vestía sus mejores galas para conferir el grado 33: 'a los ilustres Hermanos Santiago Derqui, presidente de la Nación Argentina; al general Bartolomé Mitre, gobernador del Estado de Buenos Aires v a Domingo Faustino Sarmiento, ministro de Gobierno de Buenos Aires; al general Juan A. Gelly y Obes, ministro de Guerra del mismo Estado, y regularizó en el mismo grado al gobernador de Entre Ríos, general en jefe de los ejércitos de mar y tierra, Ilustre Hermano Justo José de Urquiza'.  En la oportunidad, el masón Roque Pérez, como lo recuerda el legista Fabián Onsari, pronunció 'un gran discurso que felizmente se ha conservado íntegro'. Así dijo el citado jerarca; 'Si en épocas no muy lejanas, ellos han representado ideas políticas divergentes; si en el campo de la lucha han chocado sus espadas, la hidalguía de sus corazones y la altura de sus ideas les han hecho concebir que ésas son luchas estériles para los pueblos, de las que la humanidad sólo recoge lágrimas y despojos. Sólo la concordia, la fraternidad y la libertad en él orden han podido producir bienes perpetuos. Y abrazando con fe sus leyes y principios, esos hombres y sus adictos se presentan a nuestros ojos como los Verdaderos Masones, como los obreros de la paz y los re constructores de la sociedad. . ¡Sí, felices vosotros que al fundar la Masonería en este país, dábais a su primera logia el nombre de «Unión del Plata» y a su hija primogénita el de «Confraternidad Argentina». Estos dos nombres simbolizan lo que véis hoy realizado, después de cinco años de lucha desgarradora; y esas dos logias, que desde un principio manifestaban nuestros votos por la Unión Nacional aún existen vivas y florecientes para recibir en su seno, la una al Jefe de la República, la Unión del Plata; la otra, a los dos guerreros que cruzando sus espadas en el campo de batalla, firmada la paz, se daban el abrazo de hermanos y condujeron a la República al estado de felicidad en que hoy se encuentra, estableciendo la verdadera confraternidad argentina. Es que ambos eran «hermanos» al ligar sus esfuerzos para derrocar la espantosa tiranía que oprimía a los argentinos y para alzar en alto el pendón de la ley, de la libertad, del progreso y del orden, en la sociedad que les confiere sus destinos... El acto de hoy —concluye Roque Pérez— tiene pues un alcance y una importancia solemne, que dando realce a nuestra institución, nos obliga a ser fieles cooperadores de la obra colosal de sellar para siempre la revolución de nuestros pueblos y de mantener elevado y puro él pendón de nuestros padres [?], su creencia y su fe. política, al crear una grande y poderosa República unida por el vínculo indisoluble de la Constitución Nacional. Nos impone, antes que todo, el deber de acallar nuestras pasiones, de no desmentir en ninguna ocasión los principios profesados por él verdadero masón de trabajar con constancia para conseguir el imperio de la ley, de ¡a libertad y de la concordia, sin el cual toda sociedad es un caos; todo derecho, una mentira absurda; todo ascenso, un favoritismo repugnante en que se sacrifica la virtud y el mérito a la adulación y a la bajeza".
Bueno, señores, creo que después de lo leído se explica suficientemente el famoso "misterio" que envuelve la derrota de Urquiza en Pavón. Aquí está la causa verdadera —oculta— de por qué Urquiza abandonó el campo de batalla en 1861, en favor de su "Hermano Mitre", refugiándose en Entre Ríos y entregándole en definitiva el poder político de la Argentina al jefe porteño, su enemigo —ya que Mitre era más antiguo en la masonería y probablemente así lo exigió la central de la logia que los recibió a ambos—. Ésa es la razón, por lo demás también, del asesinato posterior de Urquiza por sus parciales que él había traicionado.

martes, 28 de agosto de 2018

Pavón y sus consecuencias

Por José María Rosa

Chocan cerca de la estancia de Palacios, junto al arroyo Pavón en la provincia de Santa Fe, los ejércitos de Urquiza y Mitre. A Urquiza, a pesar de Caseros, lo rodea el pueblo entero; Mitre representa la oligarquía porteña. Aquél es un militar de experiencia, éste ha sido derrotado hasta por los indios en Sierra Chica. El resultado no parece dudoso, y todos suponen que pasará como en Cepeda, en octubre de 1859, cuando el ejército federal derrotó a los libertadores.  Parece que va a ser así. La caballería de Mitre se desbanda. Ceden su izquierda y su derecha ante las cargas federales. Apenas si el centro mantiene una débil resistencia que no puede prolongarse, y Mitre como Aramburu en Curuzú Cuatiá, emprende la fuga. Hasta que le llega un parte famoso: “¡No dispare, general, que ha ganado!”. Y Mitre vuelve a recoger los laureles de su primera –y única– victoria militar. 
¿Que ha pasado? Inexplicablemente Urquiza no ha querido coronar la victoria. Lentamente, al tranco de sus caballos para que nadie dude que la retirada es voluntaria, ha hecho retroceder a los invictos jinetes entrerrianos. Inútilmente los generales Virasoro y López Jordán, en partes que fechan “en el campo de la victoria” le demuestran el triunfo obtenido. Creen en una equivocación de Urquiza. ¡Si nunca ha habido triunfo más completo! Pero Urquiza sigue su retirada, se embarca en Rosario para Diamante, y ya no volverá de Entre Ríos.
¿Qué pasó en Pavón? Es un misterio no aclarado todavía. Se dice que intervino la masonería fallando el pleito en contra del pueblo, sin que Urquiza pagara las costas (las pagó el país), que un misterioso norteamericano de apellido Yatemon fue y vino entre uno y otro campamento la noche antes de la batalla concertando un arreglo, que Urquiza desconfiaba del presidente Santiago Derqui, que estaba cansado y prefirió arreglarse con Mitre, dejando a salvo su persona, su fortuna y su gobierno en Entre Ríos. Todo puede conjeturarse. Menos que lo que dirá en su parte de batalla: que abandonó la lucha “enfermo y disgustado al extremo por el encarnizado combate”. ¡Urquiza con desmayos de niña clorótica!

La masacre del pueblo
Derqui ingenuamente intentará la resistencia. El grueso del ejército federal está intacto y lo pone a las órdenes de Juan Saa, mientras espera el regreso de Urquiza. Lo cree enfermo y le escribe deseándole “un pronto restablecimiento para que vuelva cuanto antes o ponerse al frente de las tropas”. Pero Urquiza no vuelve, no quiere volver. A cuarenta días de la batalla, el 27 de octubre, el inocente Derqui todavía escribe al sensitivo guerrero interesándose por su salud y rogándole que “tome el mando”.   La trompetería oligárquica anuncia la gran victoria, aunque Mitre no puede mover a los suyos de la estancia de Palacios porque no tiene caballada. Sarmiento, desde Buenos Aires, le escribe el 20 de septiembre: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos” (Archivo Mitre, tomo IX, pág. 363). Para Urquiza quiere medidas radicales “o Southampton o la horca”. En Southampton pasaba su ancianidad, pobre pero jamás amargado, Juan Manuel de Rosas.
Ni uno ni otro. Urquiza no será un prófugo. Quedará en Entre Ríos y no perderá ni el gobierno de esa provincia ni una sola de sus muchas vacas. Derqui, Pedenera, Saa, el Chacho Peñaloza, Virasoro, Juan Pablo López esperan que vuelva Urquiza de Entre Ríos y en una sola carga desbarate las atemorizadas tropas mitristas. Por toda la República, de Rosario al Norte, vibra el grito ¡Viva Urquiza! en desafío a los oligarcas: todos llevan al pecho la roja divisa federal con el dístico “Defendemos la ley federal jurada. Son traidores quienes la combaten”. Urquiza tiene trece provincias consigo y un partido que es todo, o casi todo, en la República. Se lo espera con impaciencia. Derqui suponiendo que es el obstáculo para el regreso del general, opta por eliminarse de la escena y en un buque inglés se va silenciosamente a Montevideo, renunciando la presidencia. Lo reemplaza Pedernera, que tiene toda la confianza de Urquiza. Pero Urquiza no viene.
Entonces las divisiones mitristas a las órdenes de Sandes, Iseas Irrazabal Flores, Paunero, Arredondo (todos jefes extranjeros) entran implacables en el interior o cumplir el consejo de Sarmiento. Hombre encontrado con la divisa federal es degollado; si no lo llevan es mandado a un cantón de fronteras a pelear con los indios. No importa que tenga hijos y mujer. Es gaucho, y debe ser eliminado del mapa político. Todo el país debe “civilizarse”.
Venancio Flores, antiguo presidente uruguayo, a las órdenes de los porteños, sorprende en Cañada de Gómez el 22 de noviembre al grueso del ejército federal que sigue esperando órdenes de Urquiza. Ahí están sin saber a quién obedecer, ni qué hacer. Flores pasa tranquilamente a degüello a la mayoría e incorpora a los otros a sus filas. Nuestras guerras civiles no se habían distinguido por su lenidad precisamente, pero ahora se colma la medida. Hasta Gelly y Obes, ministro de Guerra de Mitre, se estremece con la hecatombe: “El suceso de la Cañada de Gómez –informa– es uno de los hechos de armas que aterrorizan al vencedor... Este suceso es la segunda edición de Villamayor, corregida y aumentada”. (En Villamayor, Mitre había hecho fusilar al coronel Gerónimo Costa y sus compañeros por el solo delito de ser federales).
Esa limpieza de criollo que hace el ejército de la Libertad entre 1861 y 1862 es la página más negra de nuestra historia, no por desconocida menos real. Debe ponerse el país “a un mismo color” eliminando a los federales. Como los incorporados por Flores desertan en la primera ocasión, en adelante no habrá más incorporaciones: degüellos, nada más que degüellos. No los hace Mitre, que no se ensucia las manos con esas cosas; tampoco Paunero ni Arredondo. Serán Flores, Sandes, Irrazabal, todos extranjeros. Y los ejecutores materiales tampoco son criollos: se buscan mafiosos traídos de Sicilia: “En la matanza de la Cañada de Gómez –escribe José María Roxas y Patrón a Juan Manuel de Rosas-, los italianos hicieron despertar en lo otra vida a muchos que, cansados de los trabajos del día, dormían profundamente“ (A. Saldías: La evolución republicana, pág. 406).
Así avanza la ola criminal, estableciendo “El reinado de la libertad“, como dice La Nación Argentina, el diario de Mitre.
Sarmiento sigue con sus aplausos: “Los gauchos son bípedos implumes de tan infame condición, que nada se gana con tratarlos mejor”, dice el apóstol de la civilización. Los pobres criollos que caen en manos de los libertadores, sólo pueden exclamar ¡Viva Urquiza! al sentir el filo de la cuchilla. Algunos consiguen disparar al monte a hacer una vida de animales bravíos.
Seguirá la matanza en Córdoba, San Luis, Mendoza, San Juan, La Rioja, mientras se oiga el ¡Viva Urquiza! en alguna pulpería o se vea la roja cinta de la infamia. Que viva Urquiza mientras mueren los federales. Y Urquiza vive tranquilo en su palacio San José de Entre Ríos, porque ha concertado con Mitre que se le deje su fortuna y su gobierno a condición de abandonar a los federales. Dentro de poco hará votar por Mitre en las elecciones de presidente.
“Pavón no es solo una “victoria militar –escribe Mitre o su ministro de Guerra– es sobre todo el triunfo de la civilización sobre los elementos de la barbarie”.

El Chacho Peñaloza
Fue entonces que se alzó la noble figura del general Ángel Vicente Peñaloza, llamado el “Chacho” por todos. Era brigadier de la Nación y jefe del III ejército nacional acantonado en Cuyo. Al ver que los libertadores proceden de esa manera, escribe a uno de ellos, el general Antonino Taboada, el 8 de febrero de 1862: “¿Por qué hacen una guerra a muerte entre hermanos con hermanos?”, contraria a la hidalguía de la raza. No hay objeto porque Urquiza ya no vuelve más y los federales han aceptado su derrota. Pero de allí a exterminarlos, va mucho “¿No es de temer que las generaciones futuras nos imitaran tan pernicioso ejemplo?”.
La carta es tomada como una provocación, y Peñaloza queda despojado de su rango militar y declarado indigno de vestir el uniforme. Las tropelías siguen: degüellos, saqueos, raptos, violaciones. En Guaja, Sandes ordena quemar la casa del Chacho, después de saquearla.  Peñaloza se revuelve como un jaguar herido. No tiene tropas de línea, ni armas, ni jefes, pero su grito de guerra resuena por todos los contrafuertes andinos, y van a reunírseles cientos, miles, de paisanos que llegan con su caballo de monta y otro de tiro, agenciado quién sabe cómo. Con media tijera de esquilar fabrican una lanza acoplándola a una caña Tacuara. Y el “Chacho” empieza sus victoriosas marchas y contramarchas de La Rioja a Catamarca, de Mendoza a San Luis. La montonera crece y se hace imbatible. Poco pueden contra ella los ejércitos de línea formados por milicos enganchados o condenados a servir las armas: las cargas de los jinetes llanistas desbaratan a los ejércitos de la libertad.  Le ofrecen la paz, y el Chacho la acepta porque es un ingenuo. Cree en la sinceridad y buena fe de los libertadores. El no pelea para imponerse a nadie, sino para defender a los suyos. En La Banderita el 30 de mayo se firma el compromiso: no se perseguirá más a los criollos, y Peñaloza desarmará su montonera. José Hernández, el autor de Martín Fierro, cuenta la entrega de los prisioneros tomados por el Chacho: “Ustedes dirán si los he tratado bien –pregunta éste– ¡Viva el general Peñaloza! fue la respuesta. Después el riojano pregunto: ‘¿Y bien? ¿Dónde está la gente que ustedes me apresaron? ¿Por qué no responden? ¡Qué! ¿Será verdad lo que se ha dicho? ¿Será verdad que los han matado a todos?’ Los jefes de Mitre se mantenían en silencio, humillados. Los prisioneros habían sido fusilados sin piedad, como se persigue y se mata a las fieras de los bosques; sus mujeres habían sido arrebatadas por los vencedores”. (Vida del Chacho, pág. 176).

La ley marcial
Todo es mentira en los libertadores. No habrá paz. Al Chacho lo han engañado valiéndose de su buena fe de caballero y de criollo. Apenas se licencia el ejército federal, que Sarmiento -ahora gobernador de San Juan y director de la guerra– incita a Mitre a no cumplir el compromiso: “Sandes está saltando por llegar a La Rioja y darle una buena tunda al Chacho. ¿Qué regla seguir en esta emergencia? Si va, déjelo ir. Si mata gente, cállese la boca”.   Recomienza la persecución de la gente. “Quiero hacer en La Rioja una guerra de policía –escribe Mitre a Sarmiento–. Declarando ladrones a los montoneros sin hacerles el honor de considerarlos partidarios políticos ni elevar sus depredaciones al rango de reacciones, lo que hay que hacer es muy sencillo.” (Domingo F. Sarmiento, Obras Completas, XIX, pág. 292). No dice lo que es sencillo, porque hay cosas que Mitre no escribe y debe ser entendido a medias palabras. Pero Sarmiento, que tiene otra pasta, reúne a los jefes militares, les lee instrucciones de Mitre y acota: “Está establecido en este documento la guerra a muerte. Es permitido quitarles la vida donde se los encuentre”.
Con todo hay en Mitre y Sarmiento un homenaje al derecho. Mitre debe dictar una cátedra para decir que debe aplicarse a la gente del Chacho la guerra de policía, Sarmiento debe aclararla que es “a muerte”, que Sandes y los suyos no tengan escrúpulos. Un siglo más tarde, la ley marcial se aplicará en la Argentina –sin retorcerla, ni interpretarla, ni valerse de subterfugio alguno– a todo prisionero vencido, aún a quienes se entregan voluntariamente, aún a los tomados antes de iniciarse las operaciones. Pero no estoy escribiendo sobre años tan estúpidamente crueles, de retroceso moral tan manifiesto, sino sobre cosas ocurridos hace un siglo cuando Sarmiento y Mitre –algo distintos a sus sucesores de 1956– debían explicar con razonamientos especiosos, pero razonamientos al fin, por qué aplicaban la ley marcial a los adversarios.
Tiempos que Chacho con su generosidad criolla temía que llegaran si los libertadores de 1861-62 encontraban quiénes los tomaran como modelo. “¿No es de temer que las generaciones futuras nos imitarán tan pernicioso ejemplo?”. ¿Imitarán?