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sábado, 23 de marzo de 2019

Don Vicente D. Sierra: un paradigma de la Hispanidad

Por Carlos Pesado Palmieri
El Tata Sierra a quien le rindo vasallaje intelectual y con el que me he sentido ligado desde mi juventud a su magisterio católico, hispánico y nacionalista, en el enriquecedor y caudaloso cauce de la tradición argentina.   Me place frente a ustedes afirmar, y a en retiro efectivo del magisterio, que el más antiguo de mis alumnos, como el último de ellos, en todas mis cátedras superiores de Historia Argentina y Americana, al cabo de 54 años de docencia, ha tenido como bibliografía obligatoria al silenciado arquetipo de la Hispanidad: Don Vicente Sierra Como miembro de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina, del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, y como viejo docente de Historia en la Universidad del Salvador ,instituciones en las que se destacaron sus aportes historiográficos, enaltecido participo hoy aquí, brindándoles mis aproximaciones  a su personalidad y algunas confidencias personales sobre el querido e inolvidable maestro.  Mis palabras vienen pues a confiar en altavoz, ante amigos comprometidos con la Fe cristiana y el honor patrio, el justo reconocimiento a quien los sirviera con insobornable lealtad. 
 
Vicente Dionisio Sierra, porteño de vida y muerte, nació en esta ciudad que hoy pese a seguir siendo nuestra Capital Federal no es conocida ya  como de la “Santísima Trinidad y puerto de Santa María del Buen Ayre”, sino como Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el 9 de enero de 1893, y murió en ella, treinta y cinco años atrás, a los 89 años de edad, el 29 de julio de 1982.  Sus padres eran Vicente Sierra y Francisca Quintana, su esposa María Luisa Larotonda, su hija, María Luisa, y el domicilio último donde lo visitábamos: Billinghurst  al 1700.-  Tiempo ha dejé inconcluso un trabajo que me encomendara oportunamente la Fundación Nuestra Historia, sobre la Bibliografía de Vicente Sierra, tarea que inicié, cuando en ocasión del Quinto Centenario, le hicimos un homenaje en el muy querido Instituto de Cultura Hispánica, dirigido entonces por el Dr. Ángel Centeno. Mis manuscritos de entonces no los he hallado más, dado mi Archivo-Biblioteca anárquico y mis limitaciones temporales de siempre, pero recuerdo que abandoné aquel esfuerzo, un poco por las tareas docentes, entonces multiplicadas y por la numerosa cantidad de contribuciones que hasta  con seudónimos Sierra había efectuado como articulista, en infinidad de medios, a la vez que como conferencista y expositor en cursos y seminarios en cenáculos diversos. 

Lo recopilado ocupaba muchas carillas pero toda labor inconclusa es inútil, y está destinada desgraciadamente a perecer. En las biografías sumarias expuestas en la publicación de la Galería de Directores de la Biblioteca Nacional leemos: 1973-1976: “ VicenteD.Sierra(1893-1982), historiador y autor de una vasta historia de la Argentina, escrita desde una perspectiva católica y revisionista, fue director del Instituto de Investigaciones Históricas de la UBA durante la primera presidencia de Perón; en el transcurso de su tercer gobierno, fue designado como Director de la Biblioteca Nacional en reemplazo de Jorge Luis Borges”. En otra apostilla de autor desconocido, señalando su procedencia ideológica juvenil se destaca fuera militante socialista, autor de la mejor biografía del líder de ese partido, Juan B. Justo. Norberto Galasso, en su trabajo De la Historia Oficial al Revisionismo Rosista, le dedica a nuestro protagonista breve líneas: “Se trata de otra importante figura de aquel revisionismo. De posición marcadamente católica, Sierra rechaza la leyenda negra de la colonización española, pero, llevado de su fervor religioso, cae en el error simétrico idealizándola en el “Sentido misión al de la conquista. ”Lo califica sencillamente de historiador laborioso. Bueno, aceptémoslo ante tanta omisión desde nuestras propias filas, algo fue al menos el Tata Sierra, para el polémico publicista de orientación marxista. Pero bien se señala en el Nº204 de El historiador maldito de mayo de 2004: “que ignorado y menospreciado por la historiografía oficial, su obra constituye, sin embargo, un fenomenal aporte al estudio y la interpretación de nuestra historia”. Una digresión agrego aquí: Aquella individualizada historiografía oficial, nacida de las plumas liberales hoy merece desafectársela de ser la responsable única de dañar la verdad histórica. La Historia falsificada como bien la calificara Ernesto Palacio casi 80 años atrás, debiera tener un correlato justiciero: Se construyeron en el lapso transcurrido, tantas historias oficiales como regímenes hemos concebido. Prosigo ahora, la cita textual: “Autodidacta ejemplar inició su carrera académica como profesor en colegios secundarios del Gran Buenos Aires, privilegiando durante muchos años la tarea docente por sobre otras actividades. Luego, fue convocado para desempeñarse como director del Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y como profesor de Introducción a la Historia en la misma Facultad. Además, fue, profesor titular de la cátedra de Historia de la Ideas Políticas Argentinas en la Facultad de Ciencias Políticas de la USAL, siendo inicialmente profesor en el Colegio del Salvador. ”En el Quién es Quién en la Argentina, edición de 1968, se especifica su labor como funcionario público desde el año 1946 en que se hizo cargo de la Secretaría de Servicios Públicos, Abastecimientos y Limpieza de la Ciudad de Buenos Aires. Más tarde, fue secretario de la Comisión de Construcciones Universitarias y después Director Nacional en el Ministerio de Transporte de la Nación entre 1948 y 1957. Aportemos algunos datos biográficos más. Entre 1960 y 1966 presidió la Junta de Historia Eclesiástica. Dos palabras para ese estadio de nuestra JHEA. Del tomo 5° de enero/diciembre de 1961, de su clásica publicación: Archivum, extraigo,-no sin confesado pudor, la constitución de su Junta Directiva, y lo hago porque soy actual vocal de la misma en un segundo período y observo estos nombres: Presidente de Honor Excmo. Sr. Cardenal Antonio Caggiano, Presidente Vicente D. Sierra, Secretario R .P. Leopoldo J. Palacio, Pro Secretario Carlos Romero Sosa, Tesorero Prof. Junta de Historia Eclesiástica Argentina Boletín Digital Número 2-20176 Adolfo Ribera, Director de Publicaciones R.P. Guillermo Furlong S.J.; Vocales: Mons. José Alumni, Dr. José María Mariluz  Urquijo, R.P.Pedro Grenón, Mons. MiguelVergara, Sr.Enrique Udaondo, Pbro. Federico Compañy, Pbro. Ramón Rosa Olmos, Sr. Guillermo Gallardo. Dios mío! Que nombres de la intelectualidad católica argentina se aunaban medio siglo atrás en esta misión.  Y no leo la nómina de todos sus socios porque me empequeñecería aún más. Sierra termina el 23 de mayo de 1966, pasando a presidir la Junta Don Guillermo Gallardo, ésta crece en un número significativo de miembros activos y correspondientes en el interior del país y en el exterior aún denominados socios. Desde el número octavo de Archivum, la dirección de Publicaciones la comparte el Padre Furlong con el  aún llorado Prof. Don Enrique Mayocchi.   En la Crónica de ese año Don Guillermo Gallardo hizo un cálido elogio de sus predecesores en la presidencia: Mons. Fasolino, Tomás Solari y Vicente D. Sierra. Durante el período presidencial de Sierra, los articulistas de la Revista, siempre bajo la prolija supervisión del Padre Furlong, fueron entre otros autores: Pascual Paesa, Cayetano Bruno, Néstor Auza,  Manuel Cárdenas, Alfredo Díaz de Molina, Rubén P. González, Orestes Di Lullo, Guillermo Gallardo, Jorge María Ramallo,  Américo Tonda, Nicolás Fasolino, Ludovico García de Loydi, Pedro Santos Martínez, Emilio Breda, Guillermo Furlong, José Brunet, Raúl de Labougle y Oscar L.Ensick.   El 18 de octubre de 1973, Sierra sucedió a Jorge Luis Borges en el cargo de Director de la Biblioteca Nacional, que ejerciera hasta el 4 de marzo de 1976. Fue además miembro del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas desde sus inicios, e integró el Consejo Honorario de la Fundación Nuestra Historia. La Universidad del Salvador le otorgó el título de Dr. en Historia Honoris Causa y fallecido impuso al Aula Magna del rectorado su nombre.  Su bibliografía principal Razones de síntesis nos llevan a destacar sólo sus principales obras entre las que sobresalen : El sentido  misional de la conquista de América (1942) obra fundamental ésta que casual o causalmente cumple también 75años de existencia, firma su primera edición Don Vicente en Olivos, febrero del 42. Carlos Ibarguren hace un breve pero sustantivo  prólogo. El ejemplar que poseo es la 3ª edición y es de septiembre de 1944, en los primeros meses de ese año había aparecido la 2ª, fue una obra que conmovió entonces y se constituyó en el pilar del hispanismo lúcido de fuerte cosmovisión católica; Historia de las ideas políticas en la Argentina (1950); Así se hizo América (1952), que recibiera el Premio “Reyes Católicos”; Historia de la Argentina (en10 tomos, publicados entre 1956 y 1972), Los Reyes Católicos; En torno a las Bulas Alejandrinas de1493 (1953); La expansión de la Hispanidad en el s.XV y El hombre argentino y su historia, publicada en 1966. Merecen también ser recordados, sus trabajos sobre: Las doctrinas sociológicas de Echeverría; Los jesuitas germanos en la conquista espiritual de Hispano-américa (1944); El hombre, la sociedad y el estado en la doctrina peronista (1948, y Filiación ideológica de la Revolución de Mayo (1960).


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Este notable escritor de profunda y sincera religiosidad e historiador de fuste, hace años es sujeto de la conspiración del silencio que afecta también a las más relevantes plumas del revisionismo histórico tradicional argentino, por su raíz católica e hispánica. Ni se lo estudia, ni se lo discute. Es otro más de los “desaparecidos” intelectuales. No hay reediciones de sus obras y está ausente hasta de nuestros mismos círculos universitarios. La Argentina plural es un engaño y el pensamiento único su amo. Sabido es que esa obra fundamental de la que escribiera los 10 tomos iniciales, en un proyecto inconcluso de 12 volúmenes, fue dedicada “A mi Patria”, siendo su primera edición de julio de 1956, y la segunda que poseo, editada ocho años después en diciembre de 1964, año en que iniciara mi profesorado en Historia, en el Instituto del Obispado de Lomas de Zamora, “Pbro. Dr. Antonio Sáenz”, del que fui su director a partir de 1983 hasta2012.   En oportunidad que visitara a Don Vicente en su domicilio, siendo novel profesor con veinticincoaños, acercándole el trabajo histórico de Oscar Alende, vecino de Banfield y ex gobernador de Buenos Aires, “Marcha al Sur”, con su dedicatoria personal, llevé mi atesorado y marcado primer tomo y le pedí la suya.  El maestro, con su bonhomía proverbial, ojeó primero el ejemplar marcado en varios de sus capítulos sonriendo, y luego confirme, clara y elaborada caligrafía, en tinta azul de lapicera pluma dejó asentado: A Cárlos (con ese acento decimonónico que sigo usando), Pesado Palmieri, con el deseo que en su labor pedagógica trabaje para fortalecer la conciencia histórica de sus alumnos. Con el afecto de Vicente Sierra. Aunque bien se sabe he sido yo ajeno a todo contagio de materialismo histórico, vaya plusvalía que esas páginas encierran, para quiénes a mi muerte, no sepan qué hacer con la biblioteca que les dejo. En cambio, yo rescato en esta jornada de reminiscencias, destacada sin citaciones de su memorable Prólogo en la referida obra cumbre suya: “Los argentinos de hoy tienen un que hacer que no es el mismo del pasado; necesitan dominar su historia en función de ese que hacer con objeto de que les ilumine el futuro, para lo cual han de comprenderla con su mentalidad actual y no con la de sus compatriotas de ayer“   Hasta ayer eran vitales las fórmulas políticas; ahora lo vital es fortalecer la nacionalidad. ” “La vida es una unidad(...)No es concebible la auténtica historicidad sin la temporalidad; lo histórico necesitad el tiempo porque, como hemos dicho, viene a ser permanencia del pasado en el presente y proyección del presente en el futuro”. “Confiamos esta obra al amor del pueblo argentino por su pasado, el orgullo por su presente y a su fe en el porvenir”.  En ese primer tomo agradece en especial Sierra las colaboraciones de Luis Miracle(h), del R.P.Guillermo Furlong, del Dr. Raúl A. Molina y del Dr. Roberto H. Marfany.   

Al Tata Sierra lo había leído mucho y detenidamente antes de mis estudios sistemáticos de la disciplina.  Lo hacíamos, en reunión de amigos de la Juventud Católica Argentina a fines de la década de los ’50, lectura y discusión de los temas abordados en su monumental Historia de la Argentina.  De aquellos “convivium” en nuestra adolescencia proviene la adhesión al revisionismo histórico clásico, bien ajeno a las imposturas de mutantes ideológicos, ajenos al método y a la recta intención.  Luego asistimos a varias de sus conferencias y fuimos inicialmente presentados por un grupo de sus alumnos en el SaLvador.  Catolicismo e Hispanidad eran los núcleos fuertes vinculantes con su magisterio.  Mi primera visita a su domicilio llevándole el libro Marcha al Sur, ya la he relatado.   Recuerdo también nítidamente su conferencia en el Colegio Euskal Echea de Llavallol, cuando presentándole algunos de mis alumnos que me acompañaban a escucharlo, al querer halagarlo citándolo como un “padre de la Hispanidad”, nos contestó risueño: “No soy el padre sino el abuelo de la Hispanidad”.

Junto al Dr.MatíasSuárez,al que reemplacé en su cátedra de Historia de América en la Facultad de Historia y Letras de la USAL y fui su adjunto en igual materia en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata, pude años más tarde tratarlo más íntimamente, y ya fallecido, accedí a leer algunos de los capítulos originales del tomo XI, que Matías trabajaba y de cuya suerte final, no supe más nada, luego del  accidente en que perdiera la vida mi querido colega y amigo. Me hago un deber recordar aquí las evocaciones sensibles del maestro en pláticas con su hija María Luisa junto al Dr. Suárez y aquella Comisión de Homenaje a su figura y trayectoria, que convocara y presidiera el Ministro de Cultura y Educación. Prof. Antonio Salonia. De aquellos reconocimientos y reuniones recuerdo al menos un logro perdurable: el primer establecimiento educativo que llevó su nombre fue un Colegio de enseñanza secundaria ubicado en el Barrio San José del Partido de Lomas de Zamora.   Años después su hija donó la Biblioteca del querido maestro a la Pontificia Universidad Católica “Santa María de los Buenos Aires”, cuando aún estábamos en la sede de Bartolomé Mitre, con la Facultad de Filosofía y Letras y su Biblioteca. E importante legado lo recibió en nombre de la facultad el profesor del claustro Dr. Juan Carlos Zuretti, quien citó nuestras palabras “in memoriam”, que pronunciáramos en nombre de la Fundación Nuestra Historia, en la necrópolis de la Chacarita el 30 de junio de 1982. Fue sin duda ello, una decisión de sus descendientes. He sido profesor de ambas casas de altos estudios, pero sabido es la fuerte vinculación que Don Vicente Sierra tenía con la Universidad del Salvador, que a su fallecimiento, impuso al Aula Magna del Rectorado su nombre. Razones suficientes hubo, seguramente, para su destino final en la UCA. Es de lamentar la pobre valoración efectuada por terceros, años más tarde, del rico repositorio recibido, tanto como la omisión voluntaria de las obras de Vicente Sierra en varios de los programas analíticos pertinentes de la carrera en esta Casa, tanto como en la USAL, quizá para confirmar aquel aserto de “nadie es profeta en su tierra”.  Don Julio Irazusta fallecía en mayo, ondeando el pabellón nacional en las Islas y el Tata Sierra moría a fines de julio en medio de la impotencia y el dolor de la derrota, del escarnio y la vergüenza, precisamente en el Día de la Cultura Nacional que propiciara Julio César Gancedo en homenaje a Ricardo Rojas. Termino recordando valoraciones disímiles en nuestra crucificada Patria a la espera de su Resurrección, de la sociedad reflejada en sus medios de comunicación. La muerte de Vicente D. Sierra y la de Alcibíades Lappas, historiador de la Masonería argentina, censadas por los avisos fúnebres de La Nación, de la familia Mitre. No más de cinco para el primero, y el resto de la página para el segundo. Ciertamente no estuve en el sepelio de este último, recuerdo en cambio el medio centenar de argentinos que nos congregamos en la Chacarita donde efectuó el responso el Padre Sánchez Abelenda, pronunció palabras el Profesor Jorge M. Ramallo por la Junta de Historia Eclesiástica Argentina, recogidas en Archivum XIV, Buenos Aires, 1984, e hizo lo propio por la Fundación Nuestra Historia quien les habla, insertas en Nuestra Historia, Revista de Historia de Occidente, Nº30, de diciembre de 1982. Con ellas cierro esta corta pero sincera evocación de Don Vicente Sierra, un paradigma de la Hispanidad. Vicente D. Sierra: in Memoriam Oración fúnebre pronunciada por el miembro del Consejo Directivo de lo Fundación Nuestro Historia, Prof. Carlos Pesado Palmieri, en las exequias del Profesor Doctor Vicente D. Sierra, el 30 de julio de 1982. Venimos a despedir los restos mortales de Don Vicente Sierra en nombre de la Fundación Nuestro Historia, a cuyo Consejo Honorario perteneciera el maestro de la Hispanidad, desde los inicios de la institución El pensamiento nacional y la América católica, última posibilidad de sustantivar a Occidente, han perdido uno de sus más preclaros hombres. El maestro Sierra fue el argentino que en el campo historiográfico efectuó los aportes más lúcidos para la afirmación de la personalidad del mundo hispánico en la cultura occidental. Pensó e hizo la Patria por sobre      sus noches y derrotas, y supo enseñarnos que la Argentina forjada al través de la patria originante: España, plasmó su identidad nacional con dolorosos sacrificios. Que conoció la traición; el desarraigo y el egoísmo; que padeció a los débiles y a los tibios y que supo de odios y venganzas infecundos, y que aún signado su destino por eventuales vencedores, también supo el carácter nacional, cobijar el llanto del vencido. Cuando aún el corazón llora ausencias memorables,-noble Julio Irazusta-nos sorprende su ida para probar, aún más nuestra fortaleza.

El "tata” Sierra cavó los dentros de nuestra identidad, negada o mancillada; forjó discípulos con la grandeza del maestro, conocedor que tan sagrado ministerio requiere la colaboración del tiempo con la heroicidad. Y esa fue su nobleza. Fue un hombre de ejemplo que es de todos los apostolados, el de mayor fidelidad   evangélica y su conciencia de eternidad le permitió obrar, vocado por la unidad de destino de nuestro continente cultural, que supo desentrañar en sus esencias constitutivas. No estuvo tentado por los pecados de esta sociedad de provecho, que algunos todavía pretenden signarla como arquetípica. Fue protagonista e intérprete de la Argentina doliente, cuyos estadios históricos analizó con propiedad, seguro, como supo afirmarlo que “la Historia no es un proceso estático y que las definiciones no son posibles en las ciencias‘ empíricas como no son en las ideales". Solía repetir que“ podía definirse un triángulo, pero no la Revolución de Mayo. La Teología puede definir, la Historia no”. Nervio motor y clara inteligencia sumó su infatigable labor intelectual para el renacimiento del “sentido de una cultura que tiene la categoría de lo humano porque se fue constituyendo-en el decir de Carlos Pereyra por virtud del esfuerzo, la sangre y el espíritu de un pueblo, que tuvo a Dios por preocupación esencial y a la Gracia como el más alto de los dones”. Y lo hizo con esa sencillez ajena a todo desliz de soberbia, que se enraiza sólo en los grandes espíritus sabedores del mensaje dorsiano: “Todo pasa, pompas y vanidades, la nombradía como la oscuridad. Nada quedará de lo que ayer fue la dulzura o el dolor de nuestras horas, su fatiga o su satisfacción. Una sola cosa nos será contada y es la obra bien hecha. ”Quienes hoy nos sentimos conmovidos por su temporal alejamiento, damos fe que ha ganado la paz de su descanso eterno por su Obra Bien Hecha. Deudores de su magisterio y amistad lo despedimos, hasta que la Voluntad de Dios decida, nuestro postrer y definitivo encuentro. Posdata Requerido a entregar estas sencillas páginas el año pasado como introducción a trabajos de Don Vicente a ser nuevamente editados por la Fundación Hernandarias, y habiendo fallecido unos meses atrás nuestro querido amigo el Prof. Jorge M. Ramallo, creo justo evocar a ambos con el fragmento final de las palabras de despedida de este último al gran maestro, que se publicara como anteriormente hiciera referencia en la Revista Archivum de nuestra Junta de Historia Eclesiástica Argentina en el año 1984: “Sabemos todos los que aquí estamos y los que forman la legión de los que piensan como nosotros identificados en igual amor a Dios y a la Patria, que la pena que hoy nos embarga irá haciéndose respetuoso recuerdo, homenaje de veneración, afectuosa memoria. Recordaremos siempre a Vicente Sierra con admiración y reverencia, pero si su obra, como creemos firmemente, no ha pasado en vano, también la recordará el país, al que dedicó sus afanes con inteligencia, con patriotismo, con honrado corazón, desentrañando su origen y avizorando su destino, que quiso, como nosotros, que fuera de grandeza inmarcesible”.

lunes, 1 de agosto de 2016

José de San Martín y Juan Manuel de Rosas: Sus tres ejes de coincidencia

Por Jorge María Ramallo
San Martín y Rosas no se conocieron personalmente. Tuvieron Una relación estrictamente epistolar que podemos ubicar cronológicamente entre el 5 de agosto de 1838 y el 15 de agosto de 1850, es decir, durante el lapso de doce años.
Los temas tratados en esa correspondencia giran en torno de tres ejes de coincidencia:
Alejandro Biondini na Twitteru: "San Martín legó su sable a Rosas ...
1o La situación personal de San Martín, por entonces exiliado en Francia.
2o La situación de la Confederación Argentina, acosada por las dos primeras potencias del mundo en aquella época.
3o La situación europea, conmovida por los comienzos de la revolución social.
1. La situación personal de San Martín:
Con respecto al primer eje de coincidencia, vinculado con la situación personal de San Martín, éste le confía a Rosas en carta desde Gran Bourg, cerca de París, del 5 de agosto de 1838 -con la que inicia la correspondencia- las causas de su ostracismo en 1824, que atribuye  al "gobierno que, en aquella época, mandaba en Buenos Aires", " y a los hombres de la oposición que "hacían circular la absurda idea que mi regreso del Perú no tenía otro objeto que el de derribar la administración de Buenos Aires"; y, posteriormente, en 1829, porque a su regreso a Buenos Aires se encontró con la guerra civil;  “preferí un nuevo ostracismo -le dice- a tomar ninguna parte en sus disensiones, pero siempre con la esperanza de morir en su seno".
En la misma carta, San Martín también le refiere a Rosas las precarias condiciones de salud en que se encontraba: "seis años de males no interrumpidos han deteriorado mi constitución, pero no mi moral, ni los deseos de ser útil a nuestra patria".   En consecuencia, le ofrece sus servicios en el conflicto iniciado con Francia en marzo de ese año "para servir a la patria honradamente, en cualquier clase que se me destine".
Rosas con su respuesta, de fecha 24 de enero de 1839, procura satisfacerlo. A tal efecto le propone "prestar en lo sucesivo a esta República sus buenos servicios en Inglaterra o Francia". Y le agrega: "Al hacer a usted esta franca manifestación, sólo me propongo darle una prueba del alto aprecio que me merece la importancia de su persona, recordando lo mucho que debe a sus afanes y desvelos la independencia de esta República, como las de Chile y Perú, más no exigir a usted ninguna clase de sacrificio que sea penoso, ni menos que se prive del placer que podrá tener en volver cuanto antes a su patria, en donde su presencia nos sería muy grata a todos los patriotas federales".   Al respecto, San Martín le contesta el 10 de julio siguiente: "que destinado a las armas desde mis primeros años, ni mi educación, instrucción ni talentos no son propios para desempeñar una comisión de cuyo éxito puede depender la felicidad de nuestro país" . Por lo cual, no acepta el ofrecimiento.
 Blog Archive » El sable de San Martín
En ese mismo año 1839, Rosas lo designa ministro plenipotenciario en el Perú (17 de julio de 1839), cargo que San Martín, por las mismas razones, tampoco acepta.
Posteriormente, en 1848, en otra manifestación de su deseo de ayudar a San Martín, Rosas nombra a su yerno, Mariano Balcarce oficial de la Legación Argentina en París, a quien después autoriza a acompañarlo si tuviera que retirarse de esa ciudad por los graves acontecimientos revolucionarios de que era escenario, como efectivamente ocurrió despues.
Además, desde 1844, le rinde homenaje en todos los mensajes anuales que dirige a la Legislatura,  lo que conforta espiritualmente a San Martín, según se lo hace saber expresamente en varias misivas

2. La situación de la Confederación Argentina.
En cuanto al segundo eje de coincidencia, referente a la situación de la Confederación Argentina, San Martín se pronuncia categóricamente por la defensa de la soberanía y del honor de la República, "contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla", como lo expresa claramente en su testamento del 23 de enero de 1844, al legarle a Rosas el sable que lo había acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sud
Entiende, además, como lo expresa en carta del 10 de mayo de 1846, que la contienda con las dos primeras potencias de Europa "es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de la España".
En consecuencia le ofrece nuevamente sus servicios a Rosas.  Este le contesta el 20 de mayo de 1847, diciéndole que: "La influencia moral de los votos patrióticos americanos de usted importa un distinguido servicio a la independencia de nuestra patria y del continente americano, a la que ud consagró con tan glorioso honor sus florecientes días".   Hecho que se había puesto en evidencia en 1845 en la famosa carta que San Martín le dirigió al cónsul general de la Confederación Argentina en Londres, Jorge Federico Dickson, que fue publicada en los periódicos ingleses. Y, posteriormente, en 1849, en otra carta dirigida al ministro Binau en Francia.
A su vez, San Martín, en una extensa carta del 2 de noviembre de 1848 le manifiesta que "A pesar de la distancia que me separa de nuestra patria, usted me hará la justicia de creer que sus triunfos son un gran consuelo a mi achacosa vejez. Así es que he tenido una verdadera satisfacción al saber el levantamiento del injusto bloqueo con que nos hostilizaban las dos primeras naciones de Europa; esta satisfacción es tanto más completa cuanto el honor del país no ha tenido nada que sufrir, y por el contrario presenta a todos los nuevos Estados Americanos un modelo que seguir".
Y en marzo de 1849, Rosas le contesta: "Aprecio intensamente las benévolas expresiones en cuanto a mi conducta administrativa sobre el país en la intervención anglofrancesa, en los asuntos de esta República. La noble franqueza con que Usted me emite sus opiniones da un gran realce a la justicia que Usted hace a mis sentimientos y procederes públicos. Nada he tenido más a pecho en este grave y delicado asunto de la intervención, que salvar el honor y la dignidad de las Repúblicas del Plata, y cuanto más fuertes eran los enemigos que se presentaban a combatirlas, mayor ha sido mi decisión y constancia para preservar ilesos aquellos queridos ídolos de todo americano". Y concluye con estas precisas palabras de homenaje al General San Martín: "Usted nos ha dejado el ejemplo de lo que vale esa decisión y no he hecho más que imitarlo".

3 La situación europea:
En lo que se refiere al tercer eje de coincidencia, sobre la alterada situación europea, ante la revolución social iniciada en Francia con los graves sucesos de febrero de 1848 en París y su amenaza de extenderse al resto de Europa, San Martín, en carta a Rosas del 2 de noviembre de 1848, escrita desde Boulogne Sur Mer -que ya hemos citado- se pronuncia por la defensa de los valores tradicionales contra la acción subversiva de los revolucionarios, según afirma: "por las predicaciones diarias de los clubes y la lectura de miles de panfletos". Cabe agregar que en correspondencia paralela al mariscal Ramón Castilla, San Martín se refiere concretamente a "los desorganizadores partidos de terroristas, comunistas y socialistas, todos reunidos al sólo objeto de despreciar no sólo el orden y civilización, sino también la propiedad, religión y familia" (15 de abril de 1849).
Rosas le responde en consonancia, en carta de marzo de 1849 -también citada- atribuyendo los males del momento a que "los clubes, las logias y todo lo que ellas saben crear de pernicioso y malo, tienen todo predominio", por lo cual, continúa: "no es posible atinar qué resultados traigan, y si la parte sensata y juiciosa triunfará al fin de sus rapaces enemigos y cimentará el orden en medio de tanto elemento de desorden".
Finalmente, en su última carta a Rosas, del 6 de mayo de 1850, a tres meses de su desaparición, San Martín lo felicita: "Por tantos bienes realizados [...] como igualmente a toda la Confederación Argentina". Y le agrega, con palabras de honda gravitación y trascendencia: "Que goce Usted de salud completa, y que al terminar su vida pública sea colmado del justo reconocimiento de todo argentino, son los votos que hace y hará siempre a favor de Usted su apasionado amigo y compatriota".
Rosas le contesta el 15 de agosto de 1850, en carta que ya no llegará a su conocimiento, en los siguientes términos: "Sólo me resta devolver a usted, a nombre de la Confederación Argentina y mío, las felicitaciones que nos dirige, deseando que el viejo soldado de la independencia pueda vivir largos años en salud, para que veamos nuestra querida patria independiente, tranquila, libre y feliz".

Así quedó rubricada esta relación, tan singular como trascendente, de la cual el sable del Libertador es un símbolo Imperecedero.

miércoles, 29 de junio de 2016

Hilario Lagos: Un Soldado Leal a la Causa Nacional de la Federación

POR JORGE MARIA RAMALLO
“Mi Patria y el ilustre general Rozas deben contar con mi lealtad... yo no soy de aquellos que no cumplen lo que prometen a su Patria y a su gobierno; no soy de los que traicionan y se venden...”
Formado en la cruenta disciplina de la lucha constante por la integridad de la Patria, fue Hilario Lagos uno de los más brillantes oficiales que militaron en los Ejércitos de la Confederación Argentina durante la época de Rosas, y en el período inmediatamente posterior a Caseros. 
Nació este bizarro militar en Buenos Aires, el 22 de octubre de 1806, bajo los auspicios de la ciudad recién liberada de los herejes invasores. Desde muy temprana edad se inició en el ejercicio de las armas. Contaba sólo 18 años cuando fue dado de alta como sargento distinguido de la 1º compañía del 2º escuadrón del Regimiento de Húsares de Buenos Aires. A poco fue destinado a la lucha contra los indígenas que asolaban a la Provincia y así participó en los combates de Arroyo Pelado y Arroyo de Luna, a las órdenes del coronel Federico Rauch; y en otras acciones posteriores, bajo el mando del teniente coronel Francisco Sayos y del teniente coronel Juan Izquierdo.
El 27 de octubre de 1825 recibió los despachos de teniente. Poco después, el 31 de agosto de 1826, participó en las operaciones contra los aborígenes en el Puesto del Rey, cerca del Salto. En esa ocasión, el coronel Rauch, en el parte destinado al Comandante General de Armas, se expresaba de esta manera: “Los oficiales subalternos... dieron nuevas pruebas de acreditado valor, distinguiéndose de un modo brillante el porta-estandarte con grado de teniente D. Hilario Lagos...”.
Desde entonces, en menos de un año obtuvo el grado de Capitán. En ese lapso participó en la primera y segunda Campaña de la Sierra de la Ventana, y al regreso de esta última, fue enviado al frente de la primera guerra con el Brasil, donde tuvo oportunidad de asistir al combate de Camacuá, librado el 27 de abril de 1827, en el cual el general Alvear venció al general Barreto.
Luego fue destinado al Salto, de donde se lo remitió al Fuerte Federación (hoy Junín) y, posteriormente, —ya estando Dorrego en el Gobierno de la Provincia—, al Ejército de Operaciones que se aprestaba a reanudar la guerra con el Brasil. Pero no tuvo la fortuna de tomar parte en ninguna acción por cuanto a su llegada al Cuartel General se había firmado la Convención de Paz.  Pasó entonces al Regimiento 3 de Caballería. El 12 de junio de 1829 fue ascendido al grado de sargento mayor y el 9 de febrero de 1830, al de teniente coronel. Meses después, el 10 de abril de 1830, al frente del 1° de Caballería, y bajo las órdenes del coronel Angel Pacheco, asistió al combate del Salado contra los indios de la frontera.
En 1833, cuando el general Juan Manuel de Rosas llevó a cabo, al frente de la División Izquierda su proyectada Campaña al Desierto, Lagos participó de la misma, formando parte de la Plana Mayor del Ejército, luciéndose por su valentía y audacia en las numerosas operaciones que le fueron encomendadas. A tal punto que el historiador Vicente Fidel López ha podido afirmar: “En la Campaña del Desierto realizó proezas increíbles pero indudables y dignas de los héroes legendarios. Era de una bravura tal, que en esta tierra, y en aquellos tiempos de hombres bravos, se comentaban sus hazañas con verdadera admiración. Su honradez y caballerosidad igualaban a su valor’’. Particularmente debe destacarse su participación en la destrucción del famoso cacique Payllarén, que fue el primer gran triunfo de la División Izquierda; y la memorable carga que llevó a cabo contra el cacique Pitrioloncay, el que cayó prisionero luego de un duro combate librado cuerpo a cuerpo.
Al finalizar esta Campaña, de tan importantes consecuencias para la vida de la Provincia, siguió revistando en la Plana Mayor del Ejército, y en 1838, durante el segundo Gobierno de Rosas, fue elevado al gradó de coronel y destinado al Departamento Norte, con asiento en el Fuerte Federación, a las órdenes del general Pacheco. Por esta época participó en la represión de una incursión de los indígenas, al sur de Santa Fe.
Al producirse la invasión del general Lavalle a la Provincia de Buenos Aires, con la protección de los franceses, el coronel Lagos fue incorporado al denominado Ejército de Vanguardia de la Confederación Argentina, bajo el mando superior del general Manuel Oribe. Así estuvo presente en la batalla de Quebracho Herrado, el 28 de noviembre de 1840, en la que el ejército unitario fue completamente derrotado. Vicente Fidel López dice al respecto: “En la batalla de Quebracho Herrado él fue quien decidió la victoria de las fuerzas federales, saltando a caballo en medio del cuadro que había formado el coronel Díaz, desbaratándolo, tomando prisionero a este Jefe y tendiéndole al propio tiempo los brazos, felicitándolo por su valor y asegurándole así la vida'’. El coronel Pedro José Díaz, que tal era el aludido, posteriormente se radicó en Buenos Aires, y en ocasión de librarse la batalla de Caseros, se incorporó al ejército de la Confederación, a pesar de ser unitario, batiéndose heroicamente contra los aliados.
De acuerdo con las órdenes de Oribe, a principios de 1841, se dirigió Lagos a La Rioja, Catamarca y Tucumán, en seguimiento de Lavalle, al frente de un ejército de 1.700 hombres, volviendo a reunirse con Oribe en setiembre de ese año. Pocos días después, el 19, se libró la célebre batalla de Monte Grande o Famaillá, en la que Lavalle fue nuevamente vencido, debiendo huir precipitadamente hacia Jujuy. En esta acción, Lagos, que luchó bravamente comandando el ala derecha federal, que debió enfrentar el ala izquierda unitaria a las órdenes del general Pedernera, fue herido (de bala en un pie, por lo cual regresó a Buenos Aires, donde fue recibido por Rosas, quien le facilitó, por medio de su edecán, el general Corvalán, lo necesario para su curación, ofreciéndole inclusive ayuda pecuniaria.
Habiéndose restablecido, a mediados de 1844, fue enviado a Entre Ríos, con una división de ejército, para apoyar a Urquiza, con quien colaboró en todas sus campañas contra los unitarios y sus aliados extranjeros. Así estuvo presente en las sangrientas batallas de India Muerta (27/3/1845), Laguna Limpia (4/2/1846) y Vences (27/11/1847).
En 1850 fue nombrado Jefe Político de Paraná, pero al defeccionar Urquiza de las filas del Ejército de Operaciones, para aliarse con el Brasil en la guerra contra la Confederación Argentina, Lagos en una actitud de insobornable lealtad, se rehusó a seguirlo y presentó su renuncia, pidiendo su pasaporte para trasladarse a Buenos Aires, fundado en “.. .los sagrados deberes en que estoy para con la Patria, y para con el general Rosas, y porque así me lo imponen mis 'sentimientos y mi honor de Americano”.
Una vez en Buenos Aires, recibió el mando do una división de 3.000 hombres, con sede en el Bragado, “...con buenos oficiales y aunada del espíritu que supo imprimirle su jefe prestigioso” al frente de la cual se opuso con todas sus energías al avance del ejército aliado.    Frente a la inacción de Pacheco, o ante sus órdenes contradictorias, Lagos se desespera por oponer una valla al ejército enemigo. “En la expectativa de un enemigo cuya posición no se conocía de fijo, y del probable desembarco de los brasileros que se anunciaba, —escribe Saldías— el coronel Lagos reconcentró en su campo las fuerzas situadas un poco al oeste. Inmediatamente Pacheco le ordenó que las hiciera retirar a sus respectivos acantonamientos. Al día siguiente le ordenó lo contrario, y Lagos, al comunicarle que procedía nuevamente a reconcentrar las fuerzas, no puede menos que decirle con franqueza militar: “Mi Patria y el ilustre general Rozas deben contar con mi lealtad... yo no soy de aquellos que no cumplen lo que prometen a su Patria y a su Gobierno; no soy de los que traicionan y se venden: soy otra cosa: yo sé lo que soy”.
El 31 de enero de 1852, se empeñó en combate con la vanguardia aliada en la cañada de Alvarez. A pesar de la diferencia de fuerzas “dio una brillante carga que contuvo al enemigo, y se retiró en orden sobre el Puente de Márquez”, (Saldías). 
En la noche del 2 de febrero asistió a la Junta de Guerra que convocó Rosas y de la que también formaron parte el general Pinedo y los coroneles Chilavert. Pedro José Díaz, Jerónimo Costa, Sosa, Bustos, Hernández, Cortina y Maza. Al día siguiente, en la batalla de Caseros, el coronel Lagos mandó tres divisiones de caballería del ala izquierda del ejército de la Confederación Argentina.    Después de la revolución del 11 de setiembre de ese mismo año fue desterrado, pero en noviembre regresó al país y fue nombrado Jefe del Departamento del Centro de la Provincia. Se pronunció entonces contra el Gobierno de Buenos Aires, separado del resto de la Confederación, el 1 de diciembre, y puso sitio a la capital. Sobre el sentido de este pronunciamiento, tiempo después afirmaba Antonino Reyes —que actuó a su lado en esa emergencia—. que: “Tocó al coronel Lagos levantar en oposición al aislamiento y a las invasiones del gobierno la Bandera de la nacionalidad y de la concordia argentina”.
Para explicar su conducta, Lagos emitió la siguiente proclama  “Habitantes de la Capital: Tenéis en frente de vuestras calles un ejército de compatriotas, que sólo quieren la paz y la gloria de nuestro país. Son vuestros hermanos, y no dirijáis contra ellos el plomo destructor. No enlutéis vuestras propias familias. Venimos a dar a nuestra querida Buenos Aires, la gloria y la tranquilidad que /c habían arrebatado unos pocos de sus malos hijos. Nada temais de los patriotas que me rodean: el ejército de valientes que tengo el honor de mandar, no desea laureles enrojecidos con la sangre de hermanos. Sólo quiere paz y libertad. El glorioso pabellón de Mayo es nuestra divisa, y nuestros estandartes serán siempre lemas venturosos de fraternidad, y de unión sincera de todos los' partidos. Basta de males y desgracias para los hijos de una misma tierra. Patria y libertad sea nuestro premio.”
Lagos exigió la renuncia del Gobernador Valentín Alsina, el que dimitió el 6 de diciembre, siendo nombrado con carácter interino el Presidente de la Sala, general Manuel Guillermo Pinto, iniciándose de inmediato las negociaciones. El sitio continuó, no obstante, hasta que Urquiza puso fin a las hostilidades, merced a la autorización que le había conferido para el caso el Congreso reunido en Santa Fe.
 El 9 de marzo de 1853 se firmó un tratado que fue ratificado el 14 por el Gobierno de Buenos Aires, pero rechazado por el Director Provisorio, porque contrariaba lo resuelto en el Acuerdo de San Nicolás. El 27 del mismo mes, el general Urquiza instaló su campamento en San José de Flores y asumió el mando en jefe del Ejército Federal Revolucionario, en tanto que las fuerzas sitiadoras quedaban al mando inmediato de Lagos, quien dos días más tarde fue promovido al grado de coronel mayor (general de brigada) de los Ejércitos de la República.
Se reiniciaron de inmediato las acciones de guerra. El coronel John Halstead Coe, al frente de la escuadra de la Confederación destruyó el 17 de abril de 1853 a la escuadrilla porteña, que estaba al mando del coronel Floriano Zurowski. El 25 de Mayo se promulgó la Constitución Federal sancionada en Santa Fe el l9 de ese mes, y Lagos ordenó por un decreto que todos los Jueces de Paz de los distritos provinciales convocasen a los ciudadanos para la elección de diputados a la Convención que debía tratar las leyes dictadas por el Congreso General y al mismo tiempo sancionar la Constitución provincial. Efectuadas las elecciones, el 30 de junio se realizó la sesión inaugural de la Convención, en la que se dio lectura a una extensa nota del general Lagos.
El 8 de julio la Comisión encargada de pronunciarse sobre la Constitución produjo despacho exponiendo el modo viable para restablecer la unidad del país, pero a todo esto, y cuando era ya de suponer la derrota definitiva del círculo oligárquico porteño, el 20 de junio había tenido lugar la vergonzosa traición del jefe de la escuadra federal, quien entregó todas las naves bajo su mando por la suma de 26.000 onzas de oro que recibió, según parece, de manos de Juan B. Peña.     Este hecho fue de fatales consecuencias para los sitiadores, pues redujo considerablemente sus posibilidades de éxito. Por otra parte, el ánimo había decaído entre las tropas al saberse que la nueva Constitución establecía que la ciudad de Buenos Aires sería la Capital de la Confederación, con lo cual la provincia perdía su territorio más importante. A esto se debió principalmente que algunos jefes federales se retiraran de la lucha. El coronel Laureano Díaz entregó su regimiento a los porteños el l9 de julio, y el coronel Eugenio Bustos, que se había batido en Caseros formando parte de las filas de la Confederación, también defeccionó.
Por último, otro acontecimiento contribuyó a hacer aún más crítica la situación para las fuerzas revolucionarias. Al norte de la provincia desembarcó el general oriental José María Flores, quien, en connivencia con el gobierno porteño instó a los habitantes de la campaña a someterse a las autoridades del Estado de Buenos Aires.
Obligado por las circunstancias adversas, Urquiza aceptó entonces la mediación que, a principios de julio, le ofrecieron los representantes diplomáticos de Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos. El 10 de julio firmó el tratado de San José de Flores con el Estado de Buenos Aires, y el mismo día otorgó a los mediadores la libre navegación de nuestros ríos interiores. El 13 se levantó el sitio. El general Lagos debió exilarse. En represalia fue despojado por el gobierno de Buenos Aires de sus grados militares y se le embargaron todos sus bienes, para responder “a los gravísimos males que ha causado a la Patria.”
El año siguiente, en noviembre de 1854, Lagos luchador infatigable, participó en la intentona de otro denodado jefe federal, el general Jerónimo Costa, el legendario héroe de Martín García, quien invadió la Provincia de Buenos Aires, siendo completamente derrotado en El Tala, el 8 del mismo mes, por el general Manuel Hornos.   Seguidamente Urquiza inició negociaciones de paz que culminaron con el tratado que se firmó en Paraná el 8 de enero de 1855. Pero en el Ínterin, Costa llevó a cabo una nueva campaña en la que fue otra vez abatido, siendo ejecutado ignominiosamente, junto con un número considerable de sus camaradas, en Villamayor.
El 30 de diciembre de 1856, por decreto del general Urquiza, entonces Presidente constitucional de la Nación, le fueron extendidos a Lagos los despachos de coronel mayor de los ejércitos de la Confederación —a los cuales se había hecho acreedor con anterioridad —, con antigüedad al 28 de marzo de 1853.  Un año después, al pasar por la ciudad de Buenos Aires, el gobierno del Estado porteño le ofreció la restitución de su grado, el levantamiento del embargo que pesaba sobre sus bienes, y el pago de los sueldos que se le adeudaban, con la condición de que aceptara ponerse al frente de un ejército destinado a combatir a los salvajes que asolaban con sus depredaciones a los pueblos fronterizos de la Provincia. Pero el general Lagos, con la integridad de conducta y acrisolada lealtad que le caracterizaban, rehusó altivamente al tentador ofrecimiento, “declarando que su suerte estaba vinculada a la de todos los porteños emigrados, sus compañeros de infortunio”.
Por esa época se radicó en Rosario, probablemente con la esperanza de descansar de tantas fatigas acumuladas, pero al enfrentarse nuevamente las fuerzas de la Confederación y el Gobierno de Buenos Aires, Lagos participó en la batalla de Cepeda, el 23 de octubre de 1859, al mando de una división del ejército federal, que concluyó con el completo triunfo de las fuerzas del general Urquiza.
Después de firmado el Pacto de San José de Flores, el 11 de noviembre de ese año, Lagos pudo regresar finalmente a la ciudad de Buenos Aires, donde pocos meses más tarde, el 5 de julio de 1860, fue arrebatado por la muerte, que le llegaba al cabo de una vida consagrada al heroico sostenimiento, sin claudicaciones, de una convicción inconmovible.



viernes, 8 de enero de 2016

Falleció el Historiador Jorge María Ramallo

En el día de ayer, 7 de enero de 2016 a los 87 años, falleció el Historiador Jorge María Ramallo.  La docencia ha sido su constante vocación. Fue profesor emérito de la Universidad Católica Argentina. Ha sido catedrático en la Facultad de Historia y Letras de la Universidad del Salvador, de Historia Americana y Argentina y de Metodología de la Enseñanza de la Historia; de HistoriaEconómica Universal y Argentina en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires; de Historia Política, Económica y Social Argentina en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Católica Argentina; y de Historia de la Educación Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras, en la misma Con una franca vocación por el estudio y la investigación de los problemas históricos, se dedicó a ellos como complemento invariable a su interés por la reflexión pedagógica. Su fecunda labor y vasta trayectoria ha sido reconocida por diferentes institutos y academias. Por ello ha sido reconocido como miembro de número de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina de la Academia Nacional Sanmartiniana, al igual que en el Instituto Nacional de InvestigacionesHistóricas Juan Manuel de Rosas. Entre sus libros pueden citarse: Los grupos políticos en la Revolución de Mayo (1983).); El Colegio y la Universidad de Buenos Aires en la época de Rosas (1992); Historia argentina fundamental: los ciclos y los hechos (1992), Historia del sable de San Martín (1995); Los ciclos históricos argentinos (1999); San Martín y las Sociedades Secretas (2000); Etapas históricasde la educación argentina; La religión de nuestra Tierra. Testimonios Históricos (1727-1902) (2006).
QEPD.

martes, 9 de octubre de 2012

La Universidad de Buenos Aires en la época de Rosas

Por Jorge María Ramallo 1. — HISTORIA RETROSPECTIVA La Universidad de Buenos Aires fue erigida el 12 de agosto de 1821 —siendo Gobernador de la Provincia el general Martín Rodríguez y Ministro de Gobierno Bernardino Rivadavia-, gracias al empeño del Pbro. Dr. Antonio Sáenz, que fue su verdadero fundador y su primer Rector; y organizada por decreto del 8 de febrero de 1822 en seis Departamentos, a saber: el de Primeras Letras, que comprendía las escuelas de la ciudad, los suburbios y la campaña; el de Estudios Preparatorios, constituido en un principio por el Colegio de la Unión del Sud; y los de Cien­cias Exactas, Medicina, Jurisprudencia, y de Ciencias Sa­gradas, que eran propiamente las facultades. Sobre la dirección y organización administrativa nada se dispuso. “El decreto de erección había creado una Universidad con fuero y jurisdicción académica, dotándola de prefectos, Rector y Cancelario y Tribunal Literario, pero, las funciones no habían sido determinadas, vacío que tampoco llenó el decreto del 8 de febrero”. El Rector “quedó reducido a ser un simple canal de comunicación entre la Universidad y el Ministro, de quien dependía”. La Universidad no tuvo autonomía directiva ni económica, “pues el presupuesto de la Universidad quedó supeditado al general de la provincia, a pesar de que exis­tían propiedades y rentas afectadas al sostenimiento de los estudios”. En semejante situación, la Universidad fue una rama administrativa, que se agregó a las ya existentes, muy conforme con la tendencia centralizadora del Minis­terio de Gobierno. (1) Los Departamentos iniciaron sus funciones en marzo de 1822, pero recién en 1823 se reglamentaron las condicio­nes de ingreso en las facultades mayores. “Durante los años 1822 a 1824, el doctor Sáenz se dio a la tarea de organizar bajo su dirección el funcionamiento de las aulas, de mejorar el Departamento de primeras letras y de fundar nuevas escuelas, especialmente en la campaña, cumpliendo su misión con tanto amor y entusiasmo que la enseñanza primaria adquirió su máximo esplendor. Entre tanto el Ministro se daba a la tarea de decretar, nuevas fun­daciones, sin reparar en que las existentes necesitaban ser apuntaladas para no precipitarse en el derrumbe tan pronto como les faltase su apoyo personal”. (2) En octubre de 1824, a raíz de la situación de abandono en que se encontraban algunas cátedras, el Rector se vio obligado a elevar una extensa nota al Gobernador Las Heras, expresando que si no se arbitraban serias medidas, la Universidad amenazaba convertirse en “una reunión de farsantes”.
Esta situación se agudizó con el fallecimiento del Dr. Sáenz, acaecido el 23 de julio de 1825, que fue reemplazado por el Pbro. Dr. José Valentín Gómez, después de las su­cesivas renuncias del mismo Gómez, Diego Estanislao Zavaleta, Julián Segundo de Agüero y Mariano Zavaleta. Esto da una idea de la crisis por la que se atravesaba. El Dr. Gómez asumió el cargo con carácter provisorio, y el 10 de abril de 1826 fue confirmado. Valentín Gómez llevó a cabo, entre 1826 y 1827, una serie de reformas que modificaron parcialmente la organi­zación anterior. En el orden administrativo fueron supri­midas las prefecturas, y sus funciones concentradas en el rectorado. Se creó luego el cargo de Vicerrector y se con­fió al cuerpo de catedráticos la representación de la Uni­versidad. En el orden científico, los estudios universitarios se dividieron en generales y especiales. Los generales se subdividieron a su vez en preparatorios y de ciencias funda­mentales. Y los especiales, que comprendían a los Depar­tamentos de Ciencias Exactas, Medicina, Jurisprudencia, y Ciencias Sagradas, sufrieron algunas modificaciones sola­mente en el primero. En cuanto al gobierno interno, se fijó el período de clases entre el 19 de marzo y el 12 de diciembre, se creó el cargo de Bedel General, y los de Bedeles de aulas, con obli­gación de llevar la asistencia de profesores y alumnos. El 7 de febrero de 1828, siendo Gobernador entonces el coronel Manuel Dorrego, se produjo la separación del De­partamento de Primeras Letras, después de lo cual presentó el Rector un proyecto de reorganización total de los estudios universitarios que no pudo considerarse a causa de la situación caótica en que se encontraba la provincia pro­vocada por la revolución de Lavalle del 12 de diciembre. Pese a ello, no se dejó de lado la idea de reformar la Universidad, y el 12 de octubre de 1829, el Gobernador interino Juan José Viamonte nombró una Comisión en­cargada de estudiar el problema y proponer las medidas necesarias, que estuvo integrada por Diego Estanislao Za­valeta, José León Banegas, Mariano Andrade, Justo García Valdés y Vicente López y Planes.
2. — PRIMER GOBIERNO DE ROSAS En tal estado se encontraba la Universidad de Buenos Aires cuando se recibió del cargo de Gobernador de la Pro­vincia el coronel Juan Manuel de Rosas, el 8 de diciembre de 1829, por el término de tres años. La comisión designada por Viamonte presentó un in­forme el 10 de marzo de 1830, que lleva las firmas de Pedro Vidal, Vicente López y Planes, Avelino Díaz y Pedro de Angelis. Este último “fue a todas luces el mentor de la co­misión”. “El proyecto presentaba un vicio insanable, señalado por el Doctor Valentín Gómez como error que debía evi­tarse. Suponía la Universidad en condiciones de elevarse a la categoría de las europeas y que el país se encontraba en condiciones para hacer esa brillante equiparación. Hacía abstracción total del estado real de la Universidad y en lugar de propender al mejoramiento de la enseñanza creaba un complicado mecanismo, cuyo funcionamiento, no sin tropiezos a veces, sólo ha sido posible sobre la base de una extensa cultura universitaria y de inteligencia directiva. Es innegable que el proyecto fue aprobado por el Ministro de Gobierno. Basta para demostrarlo su asiento en el libro de acuerdos, del cual ha sido tomada la copia co­nocida, y la firma del Ministro puesta al pie del documento. Por otra parte, en el diario oficial se dio noticia de su aprobación. ¿Por qué entonces se hizo un silencio absoluto en torno al proyecto, que en principio estaba aprobado? La clave del problema no encierra para nosotros nin­gún misterio, ni es atribuible tampoco a causas fortuitas que impidieran a Rosas realizar durante su primer gobierno la reforma universitaria, La causa única por la cual el proyecto quedó archivado débese exclusivamente a la opo­sición del doctor Gómez…”. (3) Pocos meses después, el 20 de agosto de 1830, el Dr. Gómez renunció a su cargo de Rector. El Gobierno nombró en su reemplazo al Pbro. Dr. Santiago Figueredo, natural de la Banda Oriental y egresado de la Universidad de Cór­doba, quien era un gran orador y tuvo a su cargo la oración fú­nebre en la Catedral en honor de Dorrego. En calidad de Vicerrector, fue designado el Pbro. Dr. Paulino Gari; pero debido al mal estado de salud del primero, el segundo se hizo cargo de la Rectoría interinamente. Al finalizar el año 1832, Rosas deja el poder sin haber tomado ninguna medida de importancia con respecto a la Universidad durante todo el curso de su primer Gobierno. Ésta conserva su estructura anterior, tal como venía fun­cionando hasta entonces. Al año siguiente, por fallecimiento del Dr. Figueredo, el Dr. Gari es nombrado Rector de la Universidad, cargo que desempeñó durante la mayor parte de la administra­ción de Rosas. En ese año se procede a la postergada reorganización “en la forma en que subsistió hasta 1852, para lo cual fue necesario rever toda la organización administrativa y docente desde 1821″. En tanto se procedía a esta reforma, Rosas se hallaba en plena campaña del Desierto. La reforma fue realizada por una comisión que inte­graron los doctores José Valentín Gómez, Diego Estanislao Zavaleta y Vicente López y Planes, y está contenida en el “Manual o Colección de decretos orgánicos de la Universi­dad”, que fue aprobado por el Gobernador Viamonte por decreto del 17 de diciembre de 1833. Posteriormente fue pu­blicado por Pedro de Angelis. Según lo dispuesto en el “Manual”, los estudios uni­versitarios comprendían un ciclo preparatorio o de ciencias y letras, y una etapa superior que debería efectuarse en las facultades mayores. En consecuencia, la Universidad fun­cionó a partir de ese momento en base a cinco Departamen­tos: el de Estudios Preparatorios, y los de Ciencias Exactas, Medicina y Cirugía, Jurisprudencia y Ciencias Sagradas. Prácticamente mantenía su estructura, pero introducía en cambio un reordenamiento de las cátedras que integraban cada Departamento, agregando algunas y quitando otras. El gobierno de la Universidad estaría a cargo de un Consejo de la Enseñanza y Administración, integrado por el Rector y un profesor por cada Departamento, nombrados todos por el Gobierno. A este Consejo le correspondería re­solver todos los asuntos de enseñanza, administración y economía, nombrar por mayoría de votos los catedráticos y empleados mientras no pudieran realizarse concursos, for­mar el presupuesto, revisar las cuentas anuales, publicar anualmente una exposición del estado de la Universidad y representar a la institución en los actos públicos. El Rector concentraba la autoridad administrativa y ejecutiva. Como quedaba suprimido el Vicerrector, en caso de necesidad debía ser reemplazado por el catedrático del Departamento de Jurisprudencia que fuese miembro del Con­sejo. Había además un Secretario de la Universidad, que desempeñaba igual función en el Consejo. Esta reforma comenzó a regir desde el siguiente perío­do lectivo, es decir, a partir del 1º de marzo de 1834. 3. — SEGUNDO GOBIERNO DE ROSAS a) Organización: De modo que, al llegar Rosas por segunda vez al poder, el 13 de abril de 1835, la Universidad de Buenos Aires con­taba solamente con un año de experiencia en su nueva or­ganización. Al poco tiempo, por decreto del 11 de mayo de ese año, el Consejo fue suprimido a instancias del Rector, Dr. Gari, quien sostuvo que entorpecía el funcionamiento de la Uni­versidad y reducía al Rector a un simple ejecutor. Posteriormente, por decreto del 14 de diciembre, se fi­jó definitivamente la organización estructural de la Univer­sidad, cuyo personal administrativo debía ser el siguiente: un Rector, un Secretario, un Prosecretario y un Bedel Gene­ral; el docente se reducía en algunas cátedras que fueron suprimidas, y el de servicio, quedaba constituido por un por­tero y un ordenanza. Todas estas modificaciones obedecían a la necesidad de a justar el presupuesto al plan de econo­mías que había comenzado a aplicarse, para cubrir el défi­cit que afectaba a la Provincia y que se iba acumulando año tras año. Por esa época se toma una medida interesante, por la cual los graduados en Medicina que habían cursado estudios a expensas del Estado, fueron obligados a prestar servicios en el ejército durante tres años o en tres campañas, y los practicantes, empleados en servir en los hospitales durante dos años. h) Funcionamiento: En los tres primeros años del segundo Gobierno de Ro­sas la Universidad desarrolló sus actividades sin inconve­nientes, pero al llegar el año 1838, el grave conflicto a que se vio sometido el país determinó la adopción de serias me­didas que perturbaron su funcionamiento, pero sin que por ello tuviese que cerrar sus puertas un solo día. “El bloqueo francés —escribe Salvadores— paralizó en 1838 las operaciones mercantiles y la provincia perdió su única fuente de recursos, mientras era necesario defender la Capital, levantar ejércitos para sostener la guerra con­tra Bolivia, auxiliar a las provincias, cubrir los compromi­sos administrativos y aprestarse para la defensa interior. Entonces Rosas, dice un autor, (se refiere a Ernesto Quesada), acudió sin vacilar a la más estricta economía, suprimió primero lo superfluo, desprendiéndose él mismo de sus co­modidades de gobernante, después lo útil y por último lo necesario, para conservar únicamente lo indispensable. Entre lo útil y necesario estaban la instrucción pública y las instituciones de asistencia social. No existió decreto de supresión de las partidas del pre­supuesto, pero las notas que se remitieron al Rector de la Universidad, Presidenta de la Sociedad de Beneficencia e Inspector General de escuelas, fueron publicadas en el Re­gistro Oficial. Si a partir desde esa fecha los establecimientos hubie­ran quedado suprimidos, los libros de la Universidad apa­recerían en blanco y en los archivos no existiría un solo pa­pel que se refiriese a las escuelas. Por el contrario, tanto la Universidad como las escuelas para varones y para niñas continuaron abiertas”. (4) “El presupuesto de la Universidad —anota Gálvez—, fijado en más de treinta y cinco mil pesos anuales para 1838, baja a dos mil novecientos…” A partir de entonces, privada la Universidad de sufi­ciente apoyo económico, —solamente recibió pequeñas par­tidas para su sostenimiento—, los alumnos debieron abonar una cuota mensual de treinta pesos, que fue aumentando progresivamente hasta 1852, en que llegó a setenta y cinco. Aunque es preciso destacar que los alumnos notoriamente pobres podían concurrir libremente, sin cargo. Para sobrellevar esta situación algunos profesores se avinieron a dictar gratuitamente sus clases, con un despren­dimiento y abnegación que les honra. El Gobierno promovió la realización de suscripciones públicas que prosperaron merced al patriotismo de muchos hombres distinguidos. “Entre los suscriptores por fuertes cantidades —afirma Saldías— figuraban los Anchorena, Te­rrero, Suárez, Zimmerman y los capitalistas más conocidos de Buenos Aires”. De esta manera Rosas hacía contribuir a las personas más adineradas. La inscripción no disminuyó sensiblemente, y con el co­rrer de los años fue aumentando en forma progresiva hasta equilibrar y aun superar las cifras anteriores. En la Facul­tad de Jurisprudencia, por ejemplo, entre 1831 y 1837 se graduaron de 11 a 12 por año, luego fue describiendo una curva, y en 1850 se recibieron 18, y en 1852, 17. Cabe recor­dar que entre 1826 y 1830, las tesis no fueron más que 14. En la Facultad de Medicina, entre 1824 y 1837, egresó un promedio de 5 alumnos por año, en tanto que, entre 1838 y 1852, el promedio se elevó a 11. Debiéndose destacar que en 7 cursos los graduados fueron más de 11, y en 1847 lle­garon a 23. “La única facultad que dejó de existir fue la de ciencias exactas, que podía considerarse inexistente desde su funda­ción. En cuanto a la de ciencias sagradas, no produjo más de una decena de graduados hasta 1848″. Resulta interesante consignar aquí que no sólo la Uni­versidad de Buenos Aires pudo superar los inconvenientes propios de la guerra que trajeron al Plata las naciones euro­peas aliadas de los unitarios, sino que en la otra margen del Río, el brigadier general Manuel Oribe, segundo Presidente del Uruguay, funda por decreto del 27 de marzo de 1838 la Universidad Mayor de Montevideo. Esta no pudo iniciar sus actividades por la revolución de Rivera y las intrigas de los unitarios. Recién en 1850, en la Villa de la Restauración, localidad situada dentro del campo sitiador de Montevideo, se instala la Academia de Jurisprudencia, cuyas autorida­des fueron el Dr. Francisco Solano Antuña y el Dr. Joaquín Requena, este último egresado de la Universidad de Córdoba. c) Requisitos: En su primer Gobierno, Rosas había dispuesto que los que aspirasen a desempeñar empleos públicos debían ser adictos a la causa nacional de la Federación. Las propuestas para nombramientos de maestros debían acompañarse de una nota con detalle de las cualidades del aspirante y un certi­ficado de que llenaba las calidades exigidas. Igual proce­dimiento se aplicó en la Universidad para la designación de catedráticos. A partir del 3 de febrero de 1832 se impuso la divisa punzó como distintivo obligatorio para los empleados civi­les y militares, los catedráticos de la Universidad y todos los que por la naturaleza de sus ocupaciones pudiesen ser considerados empleados públicos. Ya en el segundo Gobierno se reafirmaron las anterio­res disposiciones que habían caído en desuso, a las que se agregaron luego otras. El 2 de junio de 1835, el Rector “… se dirigió al minis­tro de Gobierno manifestando encontrarse persuadido de la necesidad de inculcar a los jóvenes el sistema de gobierno adoptado, encontrando conveniente que en la fórmula de ju­ramento que se prestaba para recibir los grados, a continua­ción de la frase “bajo el régimen republicano representativo” se agregase “federal” a fin de que los que violasen fuesen tratados como traidores. Rosas mandó dar las gracias al Rector y el 20 de junio expidió un decreto, por el cual todo individuo que debiese prestar juramento en el desempeño de algún cargo, agregaría en la fórmula hasta entonces em­pleada el de ser “constantemente adicto y fiel a la causa nacional de la Federación y que no dejará de sostenerla y defenderla en todos los tiempos y circunstancias, por cuan­tos medios estén a su alcance…” Las disposiciones mencio­nadas, algunas de las cuales tuvieron sus inspiradores en los dirigentes de la instrucción pública, culminaron en el decreto del 27 de enero de 1836, por el cual se dispuso que nadie recibiría título universitario sin producir información sumaria de haber sido obediente y sumiso a las autoridades y adicto a la causa federal. Desde entonces, todos los títu­los que expidió la Universidad fueron acompañados de la in­formación correspondiente”. (5) Estas medidas se adoptaron para lograr la seguridad del Estado amenazada por la reacción unitaria. Al respecto es importante destacar, como lo hace Julio Irazusta, que: “La dictadura fue sólida y duró, porque se inició con medi­das defensivas, y las siguió adoptando cuantas veces lo con­sideró necesario”. Como veremos más adelante, estos requisitos no impi­dieron que los profesores dictasen normalmente sus clases, y que se graduasen gran número de estudiantes. Por último, completando esta serie de disposiciones, de­bemos citar el decreto del 25 de mayo de 1844, por el que se fijaron las condiciones requeridas para enseñar. “Los considerandos hablan de que la educación pública no sólo debe perfeccionar la razón, sino también garantizar el orden religioso, social y político; que ello echa los cimientos del espíritu nacional y el gobierno debe velar porque no se en­señen doctrinas contrarias a las costumbres, principios polí­ticos y tranquilidad del Estado, y porque “se formen ciuda­danos capaces de desempeñar con buen éxito los empleos públicos”; que cualquier desvío de esa línea “viene a ser más funesto por el abuso mismo de la ilustración adquirida sin la dirección conveniente”; y para eso los educacionistas debían reunir condiciones de sólida virtud, sana moral re­ligiosa, buenas costumbres y patriotismo inequívocamente acreditado”. El párrafo final daba la razón decisiva, válida ayer y hoy para explicar, si no justificar, las tentativas bien intencionadas del monopolio estatal de la enseñanza: “estas consideraciones son más importantes en el país que ha establecido su sistema político después de oscilaciones profun­das, y aún defiende con gloria la independencia nacional”. La reglamentación no imponía exigencias contrarias al derecho natural, ni nada que no fuese sensato y lógico”. (6) d) Rectores: Como hemos adelantado, fue Rector durante la mayor parte de esta época el Pbro. Dr. Paulino Gari, teólogo y ci­vilista de nota que se desempeñó desde 1833, hasta su falle­cimiento acaecido a fines de 1849, “actuó durante casi toda la administración de Rosas, de quien fue un servidor incon­dicional”. En el momento de su muerte era canónigo de la Catedral y miembro de la Junta de Representantes por la sexta sección electoral de la ciudad de Buenos Aires. A Gari le sucedió el Pbro. Dr. Miguel García, canónigo diácono de la Catedral, quien conservó el cargo hasta el 26 de junio de 1852, —cuatro meses después de Caseros—, en que fue declarado cesante —según expresa Cutolo— “ante la resistencia que le ofrecían los estudiantes derivada por la defensa del reglamento de la Universidad, y por el aumento de las cuotas y su consiguiente pago de multas”. Aunque la verdadera causa debe verse en su actuación prominente du­rante la época federal. El Dr. García actuó además como Presidente de la Junta de representantes desde 1840 hasta la caída de Rosas; y como deán de la Catedral y vicario en ejercicio después de la muerte del Obispo Medrano en 1851, hasta el año siguien­te en que se llenó la vacante con el nombramiento de Monse­ñor Escalada. En el Rectorado de la Universidad se nombró en su reemplazo al Dr. Francisco Pico, quien renunció al mes si­guiente, y luego al Dr. José Barros Pazos. Era la primera vez, desde la fundación de la Universidad, que llegaba un lai­co a cargo tan eminente. e) Profesores: Durante esta época se desempeñaron en calidad de pro­fesores, brillantes personalidades, cuyos nombres permanecen desconocidos en muchos casos, por el manto de tinieblas con que se ha pretendido cubrir este período de nuestra historia. No fueron “curanderos” y “pleitistas”, como afirma ligeramente Ramos Mejía, sino verdaderos catedráticos de enver­gadura. En el Departamento de Medicina y Cirugía fueron pro­fesores: de Materia Médica y Patología, el Dr. José Fuentes Arguibel, desde 1829 hasta 1852; de Anatomía y Fisiología, el Dr. Saturnino Pineda, desde 1835 hasta 1836, en que fue separado; el Dr. Ireneo Portela, que era miembro de la Le­gislatura, hasta 1843, en que emigró a Montevideo, y el Dr. Claudio Mamerto Cuenca, médico y poeta, hasta 1852 en que fue muerto cobardemente en la batalla de Caseros (7); de Partos, el Dr. Francisco Javier Muñiz, eminente hombre de ciencia cuyo nombre lleva hoy un policlínico de nuestra ciu­dad; de Clínica Quirúrgica, el Dr. Martín García, que “dota­do de un espíritu evangélico hizo de su profesión un verda­dero apostolado descollando por sus virtudes cristianas”; de Clínica y Nosografía, el Dr. Miguel Rivera, que estudió en Francia donde fue discípulo del célebre cirujano Guillermo Dupuytren y a su regreso a Buenos Aires se casó con Mer­cedes Rosas, hermana de Juan Manuel, fue profesor hasta 1836 en que fue reemplazado por el Dr. Francisco de Paula Almeira, que fue también Presidente del Tribunal de Medi­cina y se desempeñó como médico militar. En la Facultad de Jurisprudencia revistaron: en la cá­tedra de Derecho Civil y Derecho Natural y Público de Gen­tes, el Dr. Rafael Casagemas, desde 1832 hasta 1857, espa­ñol de origen, y en la de Derecho Canónico, el Pbro. Dr. Jo­sé León Banegas, teólogo. El Dr. Casagemas, llegado a Buenos Aires en 1825, se dedicó al ejercicio de su profesión de abogado. En 1832 fue nombrado profesor de la Universidad, por renuncia del Dr. Lorenzo Torres. Fue miembro del Consejo de la Enseñanza y Administración en 1834, y en 1844 recibió “una de las distinciones más hermosas que se le acordó en vista de sus relevantes cualidades de jurisconsulto”, y fue la designación de miembro suplente del Excelentísimo Tribunal de Recur­sos Extraordinarios por nulidad e injusticia notoria. El nom­bramiento le fue renovado anualmente, hasta 1848. Después de Caseros siguió dictando sus clases hasta 1857 en que re­nunció. En cuanto al Dr. Banegas, fue además profesor de Filo­sofía en el Departamento de Estudios Preparatorios. En el Seminario tuvo a su cargo las cátedras de Filosofía y Teo­logía. Después de la caída de Rosas renunció a sus cátedras y fue designado canónigo de la Catedral, luego fue fiscal eclesiástico y más tarde provisor y vicario general durante el obispado del Dr. Mariano José Escalada. Falleció en 1856. Fueron también profesores, en el Departamento de Es­tudios Preparatorios: Saturnino Salas, Martín Pedralves, José María Vayo, Pedro Parra, Ignacio Ferros, etc. Todos ellos fueron patriotas sinceros, que mantuvieron encendida la llama de la cultura en la Universidad, en una época difícil, en que los enemigos de afuera y las acechan­zas de adentro no hacían el clima más propicio por cierto, para que la juventud se inclinase a los estudios universi­tarios. Lamentablemente no se cuenta con una lista completa de los catedráticos de este período, pues se tropieza con la falta de constancias en los libros de la Universidad, señala­da por los investigadores.
f) Estudiantes: En torno a estos profesores se formaron los hombres que habrían de distinguirse más tarde en las distintas es­feras de la actividad pública nacional. “Educados en las escuelas que mantuvo el rosismo —es­cribe Gras— pudieron completar, sin obstáculos, su cultura universitaria, sin que los detuviera aquel juramento de fidelidad al régimen federal que no era, en el fondo, más que un mero formalismo burocrático. Esa juventud, criada y educada en Buenos Aires durante el gobierno de Rosas, se instruyó lo suficiente como para poder gravitar, después, en los destinos del país, cuando Urquiza la llamó a colabo­rar en su reorganización republicana. La dictadura no les impidió asociarse en cenáculos literarios ni coartó sus acti­vidades culturales. “De esos muchachos de entonces —ha escrito un enemigo de Rosas— (se refiere a Vicente G. Quesada), han salido muchos que se han distinguido en la ad­ministración, en la política, en las finanzas, en las letras, en la medicina, en la abogacía…”( 8) Citaremos, entre los graduados en Jurisprudencia, a Marcos Paz, Miguel Cané, Carlos Eguía, José Roque Pérez, Miguel Estévez Seguí, Vicente Fidel López, Carlos Tejedor, Santiago Viola, Pedro Parra, Rufino de Elizalde, Bernardo de Irigoyen, Federico Pinedo, Luis Sáenz Peña, José B. Gorostiaga, Pastor Obligado, Juan J. Álvarez, Miguel Nava­rro Viola, Eusebio Ocampo, José M. Vayo, Juan Agustín García, Juan F. Monguillot, Marcelino Ugarte, Benjamín Victorica, Alfredo Lahitte, Vicente G. Quesada, Juan F. Seguí, Adolfo Alsina, José Evaristo Uriburu. etc.; y entre los egresados de Medicina, a Claudio M. Cuenca, Teodoro Álvarez, Guillermo Rawson, Luis M. Drago, Carlos Durand, Federico Mayer, Manuel Láinez, José Malaver, etc. Y no sólo cursaron libremente sus estudios estos jóve­nes, sino que hasta constituyeron entidades estudiantiles, como refiere Gras, a través de las páginas de las “Memorias de un viejo”, de Vicente G. Quesada. En efecto, existió “una asociación estudiantil llamada: Sociedad de Murciélagos o de Vampiros que se reunía en el cuarto de Manuel Fluchi, sacristán de la Catedral, y en la que predominaban los es­tudiantes de medicina, alumnos de Claudio Mamerto Cuenca”. 4. — CONCLUSIONES A través del examen realizado, en base a las investiga­ciones que existen de ese período, —debidas en su mayor parte a historiadores poco afectos a la figura de Rosas—, arribamos a las siguientes conclusiones: 1. — La Universidad de Buenos Aires en la época de Rosas no dejó de funcionar un solo día, a pesar de los gra­ves inconvenientes apuntados, que no fueron provocados por el Restaurador, sino por sus enemigos. 2. — El número de estudiantes no disminuyó sino que, por el contrario, alcanzó su mayor índice en 1850. 3. — Las “fórmulas humillantes” a que aluden los de­tractores de Rosas, no impidieron que enseñaran los profe­sores y se recibieran regularmente los alumnos. 4. — Los Rectores fueron eminentes sacerdotes, que merecen el homenaje de las nuevas generaciones por el ce­lo con que mantuvieron el prestigio de la Universidad. 5. — Los profesores fueron tan ilustrados como los an­teriores, y no sufrieron persecuciones ni vejaciones porque, o fueron respetados y aun distinguidos, o se manifestaron como ardientes sostenedores del régimen federal. 6.— En la Universidad “rosista” se graduaron la mayor parte de “los hombres que actuaron en la vida pública ar­gentina después de Caseros”. (i) y (2) Antonino Salvadores, La Universidad de Buenos Aires, págs. 47-50. (3) Antonino Salvadores, ob. cit, pág. 70. (4) Antonino Salvadores, ob. cit., pág. 145. (5) Antonino Salvadores, ob. cit., pág. 138. (6) Julio Irazusta, Vida política de Juan Manuel de Rosas, t. IV, pág. 244. (7) Ante la proximidad de las fuerzas aliadas, fue nombrado Cuen­ca, Cirujano Mayor del ejército federal. “El día de la batalla instaló el hospital de sangre en el Palomar de Caseros. En momentos en que cumplía su noble y humanitaria tarea, hicieron irrupción en aquel lugar, los jefes españoles al servicio de los colorados uruguayos, Palleja y Larragoristía, los que sin respetar lo solemne de aquel sitio le inmolaron bicoloramente”. (Boletín del Instituto Juan Manuel de Rosas de Investigaciones Históricas, N° 4). (8)Mario César Gras, La cultura en la época de Rosas, pág. 52. BIBLIOGRAFÍA a) Obras fundamentales: Juan María Gutiérrez, Origen y desarrollo de la enseñanza pública y superior en Buenos Aires, Buenos Aires, 1868. Norberto Piñero y Eduardo L. Bidau, Historia de la Universidad de Buenos Aires, en Anales de la Universidad de Buenos Aires, tomo I, Buenos Aires, 1888. Antonino Salvadores, La Universidad de Buenos Aires desde su fundación hasta la caída de Rosas, en Biblioteca Humanidades, to­mo XX, La Plata, 1937. b) Obras auxiliares: José María Ramos Mejía, Rosas y su tiempo, Buenos Aires, 1907. Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina, tomo III, Buenos Aires, 1911. Emilio Ravignani, Un proyecto para organizar la instrucción pública durante el primer gobierno de Rosas, en Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas, tomo I, Buenos Aires, 1922. Enrique Udaondo, Diccionario Biográfico Argentino, Bs. As., 1938. Julio Irazusta, Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, tomos II y IV, Buenos Aires, 1943-50. Vicente Osvaldo Cutolo, La enseñanza del Derecho Civil del Profesor Casagemas durante un cuarto de siglo, Buenos Aires, 1947 y La Facultad de Derecho después de Caseros, Buenos Aires, 1951. Manuel Gálvez; Vida de Don Juan Manuel de Rosas, Bs. As., 1949. Carlos Alberto Acevedo, La enseñanza de la ciencia de las Finanzas en la Universidad de Buenos Aires, desde su fundación hasta 1830, en Revista del Instituto de Historia del Derecho, Nº 2, Buenos Aires, 1950. Mario César Gras, La Cultura en la época de Rosas, en Revista del Instituto Juan Manuel de Rosas de Investigaciones Históricas, Nº 15-l6, Buenos Aires, 1951. Boletín del Instituto Juan Manuel de Rosas de Investigaciones His­tóricas, Año IV, Nº 4, Buenos Aires, 1951. Juan O. Collazo, Verdadera fecha de la fundación de la Universidad Mayor, diario El Debate, Montevideo, 19 de julio de 1949. Aquiles B. Oribe, La Academia de Jurisprudencia, Montevideo