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viernes, 26 de febrero de 2021

LA ZANJA DE ALSINA

 Por el Profesor Jbismarck1

La zanja ideada por el doctor Adolfo Alsina para contener los malones indios debía cubrir la frontera desde Fortín Cuatreros, en Bahía Blanca, hasta la laguna La Amarga, en el sur de Córdoba. Fue proyectada para una extensión de más de 600 kilómetros, de los cuales llegaron a construirse 374. La zanja tenía un ancho de tres metros por dos de profundidad (medidas que variaban según la naturaleza del terreno) y estaba completada con un talud.

La construcción fué dirigida por el ingeniero francés Alfred Ebelot, cuyos recuerdos reunidos en sus libros La pampa y La guerra de fronteras son vivaces y valiosos documentos. Ebelot se manifiesta entusiasmado con su obra. Sus trabajadores y los de las compañías concesionarias de la obra —dice— trabajan alegremente, bien alimentados, confortablemente instalados y recibiendo puntualmente buena paga: “En un momento escaseó el dinero, ahora tenemos más del necesario; siempre gracias al gobierno de la provincia que no se cansa... La regularidad de las raciones y la paga les causaba (a los zapadores) una alegre sorpresa Estanislao Zeballos, adversario de la zanja, ve las cosas de otro modo. Para construirla, dice, Alsina se vio “obligado a movilizar centenares de vecinos (gauchos) de Buenos Aires para que trabajaran en el foso y la muralla, desnudos, mal alimentados y constantemente a la intemperie... La deserción de estos infelices era una consecuencia natural y cuando terminaban, después de largos meses de angustia, eran licenciados, mal remunerados y a pie en medio del desierto!... Obra tan costosa, empapada con el sudor de millares de parias argentinos resultó inútil".

La zanja fue vituperada por los partidarios de la política ofensiva y total contra el indio. La llamaron “muralla china”, con clara intención peyorativa, asimilándola al estéril esfuerzo de pueblos débiles y acobardados que se refugian para no combatir. Negaron que fuera una obra nacional, ya que solamente defendía a la provincia de Buenos Aires.

Si bien la zanja no impidió por completo el paso de los indios, fue un obstáculo tremendo para sus retiradas. Tratando de recruzarla, con la impedimenta de sus saqueos, los malones eran alcanzados por las fuerzas militares y allí perdían sus arreos de ganados robados. Los malones se volvieron infructuosos porque la clave de su éxito era la sorpresa en el ataque y la velocidad en la fuga. La zanja debilitó las posibilidades de resistencia de los indios, los desalentó y fue, además, base y punto de partida seguro para el avance sobre el desierto

lunes, 13 de mayo de 2019

A ORILLAS DEL RIO COLORADO (1833)

Por Carlos Darwin
El campamento del general Rosas estaba cerca del río [Colorado], Consistía en un cuadrado formado por carros, artillería, chozas de paja, etcétera. Casi todas las tropas eran de caballería, y me inclino a creer que jamás se reclutó en lo pasado un ejército semejante de villanos seudobandidos. La mayor parte de los soldados eran mestizos de negro, indio y español. No sé por qué, tipos de esta mezcolanza, rara vez tienen buena catadura. Pedí ver al secretario para presentarle mi pasaporte. Empezó a interrogarme con gran autoridad y misterio. Por fortuna llevaba yo una carta de recomendación del gobierno de Buenos Aires para el comandante de Patagones.  Presentáronsela al general Rosas, quien me contestó muy atento, y el secretario volvió a verme, muy sonriente y afable. Establecí mi residencia en el rancho o vivienda de un viejo español, tipo curioso que había servido con Napoleón ea la expedición contra Rusia.  Estuvimos dos días en el Colorado; apenas pude continuar aquí mis trabajos de naturalista porque el territorio de los alrededores era un pantano que en verano [diciembre] se forma al salir de madre el río con la fusión de las nieves en la cordillera. Mi principal entretenimiento consistió en observar a las familias indias, según venían a comprar ciertas menudencias al rancho donde nos hospedábamos. Supuse que el general Rosas tenía cerca de seiscientos aliados indios. Los hombres eran de elevada talla y bien formados; pero posteriormente descubrí sin esfuerzo, en el salvaje de la Tierra del Fuego, el mismo repugnante aspecto, procedente de la mala alimentación, el frío y la ausencia de cultura.

El general Rosas insinuó que deseaba verme, de lo que me alegré mucho posteriormente. Es un hombre de extraordinario carácter y ejerce en el país avasalladora influencia, que parece probable ha de emplear en favorecer la prosperidad y adelanto del mismo.  Se dice que posee setenta y cuatro leguas cuadradas de tierra y unas trescientas mil cabezas de ganado. Sus fincas están admirablemente administradas y producen más cereales que las de los otros hacendados. Lo primero que le conquistó gran celebridad fueron las ordenanzas dictadas para el buen gobierno de sus estancias y la disciplinada organización de varios centenares de hombres para resistir con éxito los ataques de los indios.  Corren muchas historias sobre el rigor con que se hizo guardar la observancia de esas leyes. Una de ellas fue que nadie, bajo pena de calabozo, llevara cuchillo los domingos, pues como en estos días era cuando más se jugaba y bebía, las pendencias consiguientes solían acarrear numerosas muertes por la costumbre ordinaria de pelear con el arma mencionada. En cierto domingo se presentó el gobernador con todo el aparato oficial de su cargo a visitar la estancia del general Rosas, y éste, en su precipitación por salir a recibirle, lo hizo llevando el cuchillo al cinto, como de ordinario. El administrador le tocó el brazo y le recordó la ley, con lo que Rosas, hablando con el gobernador, le dijo que sentía mucho lo que le pasaba, pero que le era forzoso ir a la prisión, y que no mandaba en su casa hasta que no hubiera salido. Pasado algún tiempo, el mayordomo se sintió movido a abrir la cárcel y ponerle en libertad; pero, apenas lo hubo hecho, cuando el prisionero, vuelto a su libertad, le dijo: «Ahora tú eres el que ha quebrantado las leyes, y por tanto debes ocupar mi puesto en el calabozo».
Rasgos como el referido entusiasmaban a los gauchos, que todos, sin excepción, poseen alta idea de su igualdad y dignidad.   El general Rosas es además un perfecto jinete, cualidad de importancia nada escasa en un país donde un ejército eligió a su general mediante la prueba que ahora diré: metieron en un corral una manada de potros sin domar, dejando solo una salida sobre la que había un larguero tendido horizontalmente a cierta altura; lo convenido fue que sería nombrado jefe el que desde ese madero se dejara caer sobre uno de los caballos salvajes en el momento de salir escapados, y, sin freno ni silla, fuera capaz no sólo de montarle, sino de traerle de nuevo al corral.
El individuo que así lo hizo fue designado para el mando, e indudablemente no podía menos de ser un excelente general para un ejército de tal índole. Esta hazaña extraordinaria ha sido realizada también por Rosas.
Por estos medios, y acomodándose al traje y costumbres de los gauchos, se ha granjeado una popularidad ilimitada en el país y consiguientemente un poder despótico. Un comerciante inglés me aseguró que en cierta ocasión un hombre mató a otro, y al arrestarle y preguntarle el motivo respondió: «Ha hablado irrespetuosamente del general Rosas y por lo mismo le quité de en medio».   Al cabo de una semana el asesino estaba en libertad. Esto, a no dudarlo, fue obra de los partidarios del general y no del general mismo. En la conversación [Rosas] es vehemente, sensato y muy grave. Su gravedad rebasa los límites ordinarios; a uno de sus dicharacheros bufones (pues tiene dos, a usanza de los barones de la Edad Media) le oí referir la siguiente anécdota: «Una vez me entró comezón de oír cierta pieza de música, por lo que fui a pedirle permiso al general dos o tres veces, pero me contestó: “¡Andá a tus quehaceres, que estoy ocupado!”. Volví otra vez, y entonces me dijo: “Si vuelves, te castigaré”. Insistí en pedir permiso, y al verme se echó a reír. Sin aguardar, salí corriendo de la tienda, pero era demasiado tarde, pues mandó a dos soldados que me cogieran y me pusieran en estacas. Supliqué por todos los santos de la corte celestial que me soltaran, pero de nada me sirvió; cuando el general se ríe no perdona a nadie, sano o cuerdo».
Darwin describió a Rosas como “un hombre de extraordinario carácter, que ejerce la más profunda influencia sobre sus compañeros”  El túnel del tiempo: cuando Darwin conoció a Rosas y a Sarmiento
El buen hombre ponía una cara lastimosa al solo recuerdo del tormento de las estacas. Es un castigo severísimo; se clavan en tierra cuatro postes, y, atada a ellos la victima por los brazos, y las piernas tendidas horizontalmente, se le deja permanecer así por varias horas. La idea está evidentemente tomada del procedimiento usado para secar las pieles. Mi entrevista terminó sin una sonrisa, y obtuve un pasaporte con una orden para las postas del gobierno, que me facilitó del modo más atento y cortés.

Carlos Darwin

martes, 14 de agosto de 2018

Un gran libro de Sol Lanteri: Un vecindario federal.

Por  Agustina Vaccaroni
La renovación de los estudios rurales ha discurrido por diversas líneas de investigación que incluyen los análisis de las estructuras productivas,sociodemográficas y económicas rioplatenses, las condiciones y relaciones sociales de producción, la implantación de diferentes derechos de usufructo y propiedad de los recursos o de la tierra, la heterogeneidad de sus actores y, más recientemente, las formas de politización. El libro de Sol Lanteri, merecedor del premio a la mejor tesis doctoral del Centro de Estudios Históricos Prof. Carlos S. A. Segreti, logra interconectar los distintos ejes problemáticos mencionados para reconstruir, desde una perspectiva microanalítica centrada en la zona sur de Buenos Aires, un proceso más vasto, esto es, la construcción de la hegemonía rosista.

Figura 1. Frontera sur bonaerense (Argentina). Avances criollos en el área de estudio durante las décadas de 1820-1830.Resultado de imagen para sol lanteri 
La autora se aboca al estudio de un caso específico: la frontera sur, reflejada a través de Azul y Tapalqué, que posee características diferenciales y específicas, fundadas especialmente en su particular política de colonización de tierras. Lanteri las analiza mediante el relevamiento y examen de una extensa y variada cantidad de fuentes que incluyen padrones, censos de población, registros parroquiales, registros de enfiteusis, correspondencia, padrones electorales, actas y decretos.  El trabajo realizado por la autora se divide en dos partes: la primera está dedicada al estudio de la materialidad, esto es, las formas de producción, el uso de los recursos y la estructura
sociodemográfica, mientras que en la segunda se focaliza sobre las herramientas institucionales y políticas que utilizó el régimen rosista para lograr la adhesión de los habitantes situados al sur de la provincia. Así, se inserta en una renovada visión sobre el sistema político rosista como  construcción que combina la coerción con un andamiaje institucional particular y con relaciones basadas en diversas contraprestaciones, no siempre materiales.  En la primera parte del libro, entonces, Lanteri se propone examinar las características de la población, sus relaciones y actividades económicas, en definitiva, la estructura agraria predominante en Azul y Tapalqué, considerados como parte del “frente colonizador” por excelencia, en el cual se produce la implementación de singulares políticas públicas. Se refiere a las “donaciones condicionadas”, así denominadas por Infesta, las cuales se enmarcan en  el asentamiento de población criolla en la campaña bonaerense. Dichas políticas públicas se producen en estrecha relación con dos elementos fundamentales de las iniciativas desarrolladas durante el rosismo: en primer lugar, el establecimiento del negocio pacífico de indios y en segundo lugar, aunque no menos importante, la campaña militar al Río Colorado. Estas políticas iniciadas en 1832 constituyeron una premisa vital para la pacificación de la frontera. Así, los modos punitivos estuvieron lejos de ser la única forma de acción del régimen. Estos se combinaron con la monopolización del gobierno provincial sobre los contactos con las comunidades indígenas, estableciéndose relaciones de contraprestación y reciprocidad.  Asimismo, lo dicho fue conjugado y complementado con la instalación de población criolla, inmigrante y miliciana, que desarrolló diversas actividades productivas en el marco de la expansión de la frontera ganadera. En su mayoría se conformaron como pequeños y medianos productores, a partir de ser beneficiados con una “suerte de estancia”.
Los elementos mencionados se insertan en un marco más amplio: el “unanimismo” territorial conforma la problemática que es abordada en el segundo capítulo. Como plantea la autora “no fue sólo un conjunto de medidas realizadas para el beneficio de los grandes propietarios vinculados con él [Rosas], sino que estuvo planificada de antemano y orientada también a los pequeños-medianos como una formar de ampararlos y de ampliar su base social. De hecho, como veremos, el rosismo creó exitosamente un unanimismo territorial en la zona de estudio” (p. 113). Específicamente para ello, desarrolló el proceso de donación de “suertes de estancia”, práctica realizada sobre campos enfitéuticos. Para ahondar en los modos en que discurre esta política, Lanteri profundiza sobre el perfil político y socioeconómico de los beneficiados, para luego detallar las modalidades de transferencia. En estos últimos observa que las formas en que se produjeron dichas transferencias exceden el marco legal, abonando a los aportes más prístinos de Raúl Fradkin sobre la importancia de la costumbre como reguladora y configuradora de las relaciones sociales. Dice el autor que “el peso de las normas, las costumbres y los vínculos personales en la estructuración de las relaciones entabladas entre pobladores (…) parecen haber estado basadas en vínculos de parentesco, vecindad y paisanaje”.  En definitiva la autora, mediante un trabajo heurístico exhaustivo, observa la  materialidad de la política económica rosista en la frontera sur a partir de la combinación de diferentes medidas que se interconectan. A la campaña al Río Colorado, se suma el negocio pacífico de indios y el establecimiento de población criolla que es beneficiada con una singular política de tierras, la donación de suertes de estancia en contraprestación a la defensa regional. De esta manera, aporta a combatir aquella visión que hacía pie en las formas coercitivas del régimen rosista en beneficio de las grandes unidades de explotación, matizando esto último con formas de reciprocidad y subordinación que establece con pequeños y medianos productores.
En la segunda parte, Lanteri pasa a indagar sobre las formas y configuraciones políticas. Su intención es vislumbrar al vecindario federal en acción, para lo cual se propone observar las herramientas que utiliza el rosismo con el fin de construir una hegemonía provincial. Así, el tercer capítulo pone el foco en la relación de Rosas con las autoridades locales, complementándolo con las prácticas políticas concretas de los habitantes de Azul y Tapalqué. De esta manera, sostiene que “pese a la constitución político-electoral autoritaria y 'unanimista' rosista, para afianzar la instauración del Estado provincial en la frontera sur fue necesario establecer consensos a nivel local, donde ciertas autoridades y reciprocidades entabladas con la sociedad rural fueron centrales en su construcción” (p. 182).  Con esta directiva teórica, la autora analiza a las autoridades políticas, militares y religiosas, en donde observa una gran continuidad en el elenco, por un lado, y un amplio espectro de atribuciones, por otro. Seguidamente, se aboca a la deconstrucción de las prácticas y costumbres de los pobladores en el marco de diferentes fiestas y rituales. Así, observa que dichas celebraciones, de corte republicano son utilizadas por el rosismo para instalar pautas y hábitos en la estructura sociopolítica. Un dato a tener en cuenta es la participación indígena en estos eventos. A esto se agrega la participación electoral cuyo éxito, no obstante la continuidad de la ley  electoral de 1821 y del establecimiento de la lista única a partir de 1835, reside especialmente en la acción de las autoridades intermedias. La capacidad reclutadora de las mismas es verificada por Lanteri en la gran cantidad y heterogeneidad de los votantes. Discute, una vez más, con las ideas más tradicionales que homologaban al rosismo solo con los grandes terratenientes.  Se desentraña, entonces, un elemento medular de la constitución del orden rosista, esto es la articulación entre gobierno y sociedad local a partir de las reciprocidades establecidas, no sólo con las autoridades intermedias, sino también con los propios productores.
En el cuarto capítulo la autora se aboca al análisis del rol de las milicias y los militares en la formación del régimen en Azul y Tapalqué, para comprender la articulación y coexistencia de
componentes coercitivos y de intervención civil.  Se apoya en la distinción que realiza Ricardo Salvatore al hablar de “federales de bolsillo” y “federales de servicio”. La participación de los habitantes en pos de la mantención del orden  público, entonces, discurre por dos caminos que muchas veces se entrecruzan y que implican contribuciones en forma de dinero o bienes, o contribuciones en forma de participación miliciana.  Lanteri saca a la luz los aspectos y elementos que profundizan la relación entre autoridades y población rural, y que hacen del rosismo un régimen exitoso en este sentido, a partir de la combinación de la reciprocidad y la subordinación para abrir las puertas a la expansión ganadera y su defensa miliciana.  Luego de esta clasificación, Lanteri especifica la acción de las tropas durante las coyunturas críticas, estas son, el levantamiento de 1829, la campaña la Río Colorado durante 1833 y 1834, los malones de 1836 y 1837 y el levantamiento de los Libres del Sud. Aquí Lanteri se apoya en Gelman para afirmar que este último constituye la expresión más dramática de la crisis de las bases de poder rosista, poniendo de manifiesto que la capacidad coercitiva militar del gobierno reside en su apoyo social, y no en un cuerpo sujeto al Estado. Lanteri finaliza la segunda parte sosteniendo la “gran afección de este 'vecindario federal' al régimen inclusive hasta su caída”.   Las conclusiones retoman todos los elementos analizados por Lanteri para plantear uno de los principales problemas políticos de los Estados post independentistas en construcción; la conformación de nuevas comunidades en áreas de frontera. La necesidad de configurar una hegemonía estatal se vislumbra en la frontera sur durante el período rosista. La campaña al Río Colorado, el negocio pacífico de indios, el establecimiento de población criolla, la distribución de pequeñas y medianas extensiones de tierra en carácter de suertes de estancia, las relaciones de reciprocidad establecidas y el despliegue miliciano regional conforman los elementos que dan al régimen rosista la matriz de construcción hegemónica, cuyo éxito se confirma en el apoyo del vecindario, incluso luego de Caseros.
El libro de Sol Lanteri se destaca, en primer lugar por su trabajo heurístico de excelencia que le permite desarrollar un estudio cuanti-cualitativo a escala micro-regional que abarca todos los aspectos de la vida en la frontera sur. Con el objetivo de desentrañar las formas en que se construye la hegemonía rosista se aboca a entrelazar e interconectar la materialidad con los aspectos subjetivos. La contribución realizada por la autora emerge de los aportes realizados por la renovación de los estudios rurales acontecida en 1980 y continuada hasta la actualidad, que a su vez ha despejado el camino para la problematización de las construcciones políticas que se asentaron sobre el espacio rioplatense. A la profundidad de los debates con las conceptualizaciones más tradicionales sobre la campaña y el rosismo se adjunta una novedosa visión sobre el caudillismo, en donde encontramos la conformación de un orden social a partir de la yuxtaposición de elementos institucionales que se asientan en prácticas anteriores para lograr una relación recíproca pero a la vez, de subordinación en vistas a la construcción de un régimen político en particular. 

sábado, 30 de septiembre de 2017

¿Quién se quedó con el desierto? Las familias “bien” de la Argentina

Por Gabriel O. Turone

“Lejos de asegurar tierra a sus protagonistas criollos y gauchos estableciendo una distribución justa y adecuada de la misma, pasará a manos de agiotistas, acaparadores, viejos y nuevos latifundistas que acrecentarán su poderío político y económico y les asegurarán el connubio de intereses externos”.


Tras la sangrienta “Conquista del Desierto” fue tal el escándalo por el vergonzoso reparto de tierras en favor de un grupo reducido de especuladores, que hasta los militares protestaron por el atropello.
Manuel Prado, que participó en la campaña con el grado de comandante incorporado a la columna de Villegas, escribió: “los soldados habían conquistado veinte mil leguas de territorio. Y más tarde, cuando esa inmensa riqueza hubo pasado a manos del especulador que la adquirió, sin mayor esfuerzo ni trabajo, muchos de ellos no hallaron rincón mezquino en que exhalar el último aliento de una vida de heroísmo, de abnegación y de verdadero patriotismo. Al verse después, en muchos casos, despilfarrada la tierra pública, marchanteada en concesiones fabulosas de treinta y más leguas, al ver la garra de favoritos audaces clavadas hasta las entrañas del país, y al ver cómo la codicia les dilataba las fauces, y les provocaba babeos innobles de lujurioso apetito, daban ganas de maldecir la gloriosa conquista, lamentando que todo aquel desierto no se hallase aún en manos de Reuque o Sayhueque. Pero así es el mundo, los tontos amasan la torta y los vivos se la comen”. En la imagen, mujer Aónikenk pintada magistralmente por el artista Diego Greco Moreyra.
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miércoles, 30 de marzo de 2016

LA VIDA EN UN FORTÍN (1876)


En su informado libro La conquista del Desierto, el coronel Juan Carlos Walther expresa: “Nada mejor para ilustrar cómo transcurría la vida en un fortín de entonces (se refiere a la conquista del desierto en la época de la expedición de Roca, hacia 1876) que recordar algunos detalles de sus actividades y servicio interno: 
Diana: siempre dos o tres horas antes de aclarar.   Pasada la lista de ordenanza. Luego que regresaban las descubiertas comunicando que no había novedad en el campo, se soltaba el ganado a pastoreo, luego de haberlo rasqueteado y revisado los cascos.  Se tocaba luego a trabajo y carneada; al primero iban todos menos los aspirantes que formaban la guardia de prevención.  
En el trabajo se hacía lo siguiente:
Pisadero para hacer adobe.
Zanjeo en los reductos y en las chacras.
Corte de juncos en las lagunas para los techos.
Roturación de tierra para la siembra del forraje, etc.
A las siete se daba un descanso de media hora para el desayuno, consistiendo éste en té pampa sin azúcar.  La carneada, era tarea más breve y se reducía al sacrificio de algunas yeguas flacas y viejas, que se cocían sin sal al calor del fuego hecho con estiércol.  La galleta y el arroz eran artículos de lujo o no llegaban.   A las 11 de la mañana, descanso y comida alrededor de los fogones, comiendo la no muy abundante ración y rociándola con mates.  A las 12,30 horas, trabajo otra vez hasta la lista de la tarde, después de la cual se reforzaba la guardia con los trabajadores del día, se organizaban las rondas, las descubiertas, las avanzadas, y las patrullas encargadas de cuidar la caballada.   Sueldo: En cuanto a lo que el Estado daba como retribución al soldado como sueldo, era de seis pesos por mes pagados a razón de un mes cada veinte.   Vestuario: Una blusa y un pantalón calculados para seis meses de uso, que alcanzaba hasta dos o más años.  Un par de botas sin medias, calzoncillos de lienzo, dos camisas de lienzo, para la eternidad.  Un kepis, un poncho y una manta.

Obligadas las tropas a mantenerse listas para acudir sin pérdida de tiempo a las formaciones de alarma, que se producían casi todas las noches, transcurrían las semanas sin que ni el Jefe ni el último soldado se pudieran sacar las ropas para dormir.  Dando lugar a la formación de plagas graves. Un día, cuando el servicio lo permitía, la tropa se dedicaba al lavado de la ropa. Racionamiento diario: Tres libras de carne, ocho onzas de galleta, dos onzas de arroz y media de sal.   Racionamiento mensual (vicios), dos y media libras de yerba, diez onzas de tabaco y cuatro onzas de jabón, dos pliegos de papel de fumar.   Si estos víveres hubieran llegado, hubiera sido jauja, pero por desgracia no era así”.

lunes, 29 de febrero de 2016

Centauros de la Pampa: Calfucurá, Namuncurá, Pincén, y Catriel

CALFUCURÁ, JUAN   Cacique araucano chileno que entró a nuestro territorio por el año 1830 en carácter de invasor y se instaló en las Salinas Grandes cercano a un lugar llamado Massallé (actual Provincia de La Pampa, muy cerca del límite con la Provincia de Buenos Aires, a la altura de Carhué) y pidió asilo y protección a otro cacique araucano conocido como Mariano Rondeau que era el principal jefe de la nación borogana.   Dado los hábitos belicosos de Cufulcurá, que participaba en malones y asaltos sobre las tierras de los cristianos, hubo discrepancias con el cacique Rondeau que vivía en paz y amistad con los cristianos, por cuanto en 1833 había participado de la columna expedicionaria de Rosas como auxiliar de la misma , para pacificar a los ranqueles.     El 13 de agosto de 1834, Cafulcurá con la cooperación de otros caciques araucanos, asesina en un parlamento al Jefe Borogano Rondeau y a varios de sus lugartenientes que se negaban a participar en malones contra el cristiano. Quienes no mueren son reducidos a prisión y Calfucurá se hace proclamar Emperador de la Pampa dando nacimiento a un gobierno indígena y a una dinastía que recién en el año 1884, sería derrotada como poder político entre los aborígenes.    Cafulcurá se antepone el nombre de Juan y manda a confeccionar un sello con la siguiente leyenda: "General Juan Cafulcurá-Salinas Grandes", con el cual sella toda correspondencia oficial.    También designa un ministro que efectúa las veces de secretario, leguaraz y confidente, llamado Manuel Acosta o Manuel Freyre, de origen chileno, muy inteligente, taimado y cruel. La influencia de Acosta sobre Cafulcurá es decisiva, dado que el cacique no sabía leer ni escribir. Para afianzar su dominio político y militar sobre las demás tribus del desierto Cafulcurá hace cruzar la cordillera a numerosos caciques araucanos de su confianza, quienes entran a territorio argentino al frente de sus nutridos escuadrones de lanceros. Entre estos caciques se encontraban hombres como Mayquín cuyo nombre equivale al envidioso, cruel y valiente guerrero y junto con éste, los caciques Quillapán Calkvucoy, Mari-hual y Calvuén.   Con estas aguerridas fuerzas, Cafulcurá unifica por las buenas y las malas, todas las tribus indígenas dispersadas en el vasto territorio de la llanura pampeana que abarca de la cordillera al Atlántico y de la Patagonia hasta el sur de Córdoba y Santa Fe.  Para este tiempo y luego en años posteriores, las naciones indígenas piensan constituir una Confederación Indígena Americana que agrupan a todas las parcialidades aborígenes del continente, pero la carencia de comunicaciones, los intereses dispares, la falta de instrucción, la barbarie en que vivían muchos de ellos, tornan imposibles esos planes.    En realidad Juan Cafulcurá, alentaban ideas de un gran imperio que sólo puede mantener su vida y unos escasos años a través de su hijo Namuncurá.    El día 14 de junio de 1873, Calfucurá, el gran jefe indio, soberano de Salinas Grandes, moría casi centenario en sus toldos de Chiloé, al oeste de Salinas, repitiéndole como una alucinación a su hijo Manuel Namuncará:  "no entregar Carhué al Huinca". Poco tiempo antes de morir había luchado en San Carlos de Bolivar contra las fuerzas militares, en un combate de épicas resonancias, donde el triunfo casi estuvo de su lado, a pesar que debió ser ayudado a montar su caballo, porque sus casi cien años ya le impedían hacerlo.
NAMUNCURÁ, MANUEL  Cacique principal de origen araucano chileno, hijo de Juan Cafulcurá, 
llamado el Emperador de Salinas Grandes. Heredó el mandato total de su padre, al morir este guerrero casi centenario el 14 de junio de 1873. La traducción de su nombre significa pie de piedra y era sobrino del cacique Reuque-Curá, un araucano chileno afincado en Neuquén que casi sobrepasaba a Cafulcurá en número de guerreros.    Namuncurá vivió en el paraje llamado Chiloé, cerca de las Salinas Grandes, entre los años 1830-1835. Las tribus de Manuel Namuncurá eran de origen pampa y ranquel y se integraban en el año 1873, con la cantidad de 25 caciques, 100 capitanejos y más de 2500 guerreros valerosos y arrogantes.   Si la situación de tensión en la frontera no había aflojado en ningún momento después de la muerte de Calfucurá, la gota que colmó el vaso fue la decisión de Alsina de enviar una comisión a hacer un estudio topográfico de los campos de Guaminí, Carhué y Puán, para adelantar hasta allí los fuertes.   La amenaza de Namuncurá será terrible. Dando origen a lo que fue el formidable malón grande de fines de 1875.   En la Navidad de diciembre de 1875, Azul, Olavarría y otros departamentos vecinos son asolados por un malón que llega hasta Benito Juárez, Tapalqué, que se llama el Malón Grande por su magnitud.   Los indios permanecen 12 o 13 días en la zona del Azul saqueando estancias, quemando y tomando cautivos, y Namuncurá logra que Juan José Catriel, que es el cacique porque a Cipriano lo asesinaron en noviembre del `74, se subleve contra el gobierno -en ese momento era presidente Avellaneda.   Las cifras hablan de 5.000 lanzas que se llevaron 300.000 cabezas de ganado, 500 cautivos y dejaron 200 muertos. El fuego, el saqueo y el degüello fue la feroz respuesta de Namuncurá a los planes del gobierno. El último contraste que tuvo este malón fue el combate en la Laguna Paragüil    Se enfrentaron 3.000 indios acaudillados por Namuncurá, Catriel y Pincén con el Tte. Cnel. Levalle que marchó al encuentro y bajo una densa niebla se libró el enfrentamiento. Peleando cuerpo a cuerpo. Cinco horas después y cuando se despeja la niebla, se comprueba que los indios, numéricamente muy superiores, rodean a las fuerzas de Levalle. La difícil situación pudo ser salvada por la reserva de Levalle (Regimiento 1º de Caballería), al mando del Coronel Maldonado, que cargando contra los indios, los lancea, matando a muchos, en tanto que los demás huyen dejando hacienda robada.   En abril de 1876 las fuerzas del coronel Levalle ocupaban Carhué, para siempre.   Hacia el año 1877, varios caciques cansados de persecuciones y matanzas, se entregan, entre ellos Tripailao y Manuel Grande que lo hacen en Carhué. Namuncurá queda solo con 1000 guerreros armados de lanza y cuchillo, contra las fuerzas nacionales que los ametrallan con grandes krupp y fusiles de repetición. Para esos tiempos el Gran Imperio de las Pampas ya se ha derrumbado.   En 1878/79 tiene lugar la Campaña del Desierto comandada por el Gral. Roca.  El cacique Namuncurá se entrega finalmente en la localidad neuquina de Ñorquín un 24 de marzo de 1884.   Un hijo de Namuncurá y nieto de Calfucurá, llamado Ceferino, alcanza notoriedad al convertirse a la religión católica y pasar a Buenos Aires a estudiar.
PINCÉN
Cacique pampa que operaba a las ordenes del araucano chileno Cafulcurá, pero a la muerte de este jefe indígena, se independizó; raras veces escuchaba los pedidos de Namuncurá, en su carácter de heredero de la Confesión Salinera.
Vivió muchos años en las cercanías de la laguna de Malalcó, aproximadamente a unos 50 kilómetros de Trenque-Lauquen. Pincén o Pinthén como en ocasiones le llamaban, tenia tan solo 150 guerreros, pero debido a su prestigio y audacia muchos caciques y capitanejos se ponían a sus ordenes para maloquearen tierras del criollo argentino. Con sus aliados, Pincén llegaba a las 600 lanzas; entre ellos figuraban caciques como Melideo y otros de menor importancia. Sus malones fueron famosos por la crueldad, astucia y valentía de que hacía gala. Nunca jamás quiso firmar tratados ni compromisos con el Huinca y si alguna vez otro cacique aceptaba la paz, Pincén se encargaba de romperla llevando sus malones al corazón de la tierra del cristiano blanco. Era un verdadero y autentico guerrero pampa; el propio Alsina lo retrata diciendo “...indio indómito y perverso, azote del norte y oeste de la provincia . Jamás se entregará a no ser que un golpe de la fortuna lo haga nuestro prisionero. Pincén se conservará rebelde, dado el sometimiento de las otras tribus hostiles. Para mí, es el tipo del hijo del desierto: indómito y salvaje.”
Cuando lo hicieron prisionero tenía 70 años de edad y vivía con 4 mujeres, una de ellas era blanca y, según noticias, sobrina del militar Arredondo.


CATRIEL, JUAN
Cacique principal de la nación pampa, caracterizado por su amistad y aprecio hacia los hermanos criollos. En muchas oportunidades la tribu de Juan Catriel colaboro con las autoridades para evitar el pillaje de los aucas chilenos y de grupos cristianos alzados y renegados que inundaban la campaña argentina.
Este cacique vivió en sus tierras conjuntamente con los cristianos, hasta que falleció en un combate librado contra indígenas maloqueadores, luchando junto al coronel Barros y al cacique Quentrel. El cacique Catriel fue colaborador y auxiliar en la expedición de Rosas al desierto en el año 1833 y junto con él colaboraron los caciques Fracamá, Reilet, Venancio Cayupán, Llanquelén, Chacul y otros más. Años antes, en 1827, había colaborado con el coronel en Rauch, secundado por el cacique Negro y sus tehuelches. Podemos decir que el Gran Cacique Juan Catriel, colaboró con Juan Manuel de Rosas, hasta su caída del gobierno en 1852. Fue muy amigo también de los caciques Cachul y Lucio que tenían sus tribus en las costas del arroyo Tapalquén, al noroeste de la población del Azul. A su muerte le sucedió en el mando de su tribu su hijo Cipriano. Los indígenas conocidos posteriormente como catrieleros, viven en nuestros días en pequeñas propiedades que mantiene cerca de la localidad de Los Toldos en la provincia de Buenos Aires.
 

sábado, 31 de enero de 2015

Las tierras del Sur del Salado II

Por José Luis Muñoz Azpiri (H)

En 1828 se fundaron los fuertes de Federación, en Junín y los de 25 de mayo y Bahía Blanca. En 1833 se realizó la expedición de Rosas que permitió poblar Azul, asegurar Carmen de Patagones y ocupar la isla de Choele-Choele, 70 leguas más arriba de la desembocadura del río Negro. Sin embargo, los efectos de la expedición se estimaron como momentáneos porque se logró el repliegue de los aborígenes pero no se afirmó la posición, determinando que frenado el avance y tras el regreso a Buenos Aires, los territorios nuevamente desguarnecidos, fueron tomados otra vez por los salvajes sin que el anterior esfuerzo tuviera resultados duraderos.
            Caído el gobierno unitario, durante el de Manuel Dorrego, que le siguió, y bajo la inspiración del Comandante de Campaña, Juan Manuel de Rosas, la frontera pudo expandirse, finalmente, hasta el centro de la provincia de Buenos Aires, llegándose hasta la fundación de Bahía Blanca en 1828. Con posterioridad al motín de Juan Lavalle, el 1º de diciembre de ese año, y luego del fusilamiento de Manuel Dorrego, los araucanos volvieron a la ofensiva, acompañando a los gauchos que seguían a Rosas, y podría decirse que por primera vez existieron montoneras en la Pampa bonaerense, así como, por primera vez, los indios araucanos participaron en nuestras luchas civiles, actitud que más tarde habría de ser norma, casi hasta la total conquista del Desierto.

            Llegado al gobierno en 1829, Juan Manuel de Rosas mantuvo su política de “negocio pacífico con los indios”, proporcionándoles sueldos militares y raciones, con tal de mantenerlos en actitud amistosa…Sin embargo, no todos la aceptaban; en primer término los ranqueles y los que habitaban las regiones cordilleranas, así como muchas tribus llegadas de la Araucanía, especialmente las que acompañaban a los famosos hermanos Pincheira, caudillos chilenos que enarbolaban el pendón del rey de España y por largos años fueron el azote tanto del sur de Chile como de las fronteras del desierto argentino.

            Durante el año 1831, los indios atacaron poblaciones de las provincias de Cuyo - Mendoza, San Luis y San Juan - y del sur de buenos aires. La peligrosidad y frecuencia de estos malones decidieron a varios gobernadores a una acción conjunta. Juan Manuel de Rosas, comandante general de las milicias bonaerenses, obtuvo la aprobación de la Cámara de Representantes provincial para organizar y dirigir una expedición al Desierto. El plan general era ambicioso: llegar hasta el último reducto de los indígenas para destruirlos u obligarlos a  rendirse.

            La expedición se organizó sobre la base de tres columnas: la de la izquierda, a las órdenes de Rosas, operaría en la zona de los ríos Negro y Colorado, hasta Neuquén; la del centro, a las órdenes de Pascual Ruiz Huidobro, partiría del sur de Córdoba; y la de la derecha, comandada por Félix Aldao, actuaría en la región andina, para unirse con Rosas en Neuquén, luego de pasar los ríos Diamante y Atuel.

            Jefe de la expedición fue nombrado el caudillo riojano Juan Facundo Quiroga, pero se excusó de participar en la misma alegando que “no conocía la guerra con los indios” y que si no se nombraba a Rosas al mando de la misma, la operación estaría condenada al fracaso. Se solicitó, a su vez, la cooperación del gobierno del Chile, pero afortunadamente el estallido de la revolución dirigida por el comandante general de Armas de aquel país, Don José S. Centeno, impidió su participación en la campaña. Y decimos afortunadamente, porque la ocupación - definitiva, sin duda - de Neuquén por parte de Chile hubiera significado a la Argentina la pérdida posterior de toda la franja de cordillera sureña, que siempre fue pretendida por nuestros vecinos. El hecho fortuito de este conflicto político trasandino impidió que Chile tomara intervención activa en esta campaña, con resultados imprevisibles en el futuro conflicto diplomático de límites, como demostrara la ocupación chilena de “Puerto Hambre” que le permitió posesionarse en el estrecho de Magallanes y la Tierra del Fuego.

            El 22 de marzo de 1833, Rosas partió con 2.000 hombres desde aquí, de la Guardia del Monte; incorporó, a poco de andar, a 500 indios de pelea, los de Catriel y Cachul y llegó a Bahía Blanca. En el río Colorado estableció, luego, un campo fortificado donde recibió la visita de un personaje peculiar: el naturalista Charles Darwin, recién desembarcado de la fragata “Beagle”, la que sin duda cumplía funciones de espionaje tras la mascarada de inocentes tareas hidrográficas. Rosas fue sumamente amable con él - tal como se destaca en el “Diario” del propio viajero - pero un funcionario argentino de ese entonces, el coronel Crespo, opuso reparos fundados a las investigaciones patagónicas y fueguinas de Fitz Roy, y el joven naturalista fue celosamente vigilado por nuestras autoridades, según se halla expreso en un documento que conserva nuestra Cancillería. No fue el único. Hombres como Pacheco, Guido y Rosas miraron con desconfianza esta expedición que supuestamente llegaba al culo del mundo solamente para ver pajaritos. El viaje del “Beagle” fue un eficaz instrumento para los objetivos geopolíticos británicos, según se desprende de las memorias del propio Darwin. Ese mismo año se consumó el despojo de nuestras Malvinas.

            Rosas envió al general Ángel Pacheco al río Negro y a la isla de Choele Choel, donde sorprendió a la tribu del cacique Chocory. Otros destacamentos fueron enviados a Valcheta y a las nacientes del Colorado.

            La expedición no dio los frutos previstos debido a que no hubo una real coordinación de fuerzas. Aldao llegó hasta Malargüe donde se detuvo por falta de caballos; Ruiz Huidobro derrotó al cacique Yanquetruz en el lugar denominado Las Acollaradas y también debió detenerse, por falta de víveres. La columna de Rosas obtuvo los mejores frutos: fueron puestos  fuera de combate más de 6.000 indios y rescatados 2.000 cautivos; en un año se conquistó un extenso territorio hasta la cordillera de los Andes, y se instalaron varios fortines y guarniciones en el sur: Río Negro, Colorado, Bahía Blanca, Torquinst, Cnel. Suárez, Gral. Lamadrid, Laprida, Olavarría, Tapalqué, Gral. Alvear, 25 de Mayo, 9 de julio, Gral. Viamonte, Junín y Gral. Arenales.


            Además, se efectuaron observaciones astronómicas y meteorológicas de la zona, se levantaron cartas náuticas y se reconocieron los ríos Negro y Colorado; estas últimas operaciones estuvieron a cargo de la goleta San Martín al mando del capitán Juan B. Thorne, el que posteriormente se cubriría de gloria en la Vuelta de Obligado, a cuyo bordo viajaban el astrónomo Nicolás Descalzi y el agrimensor Feliciano Chiclana. Desgraciadamente, la trascendencia de la campaña de 1833 ha sido relegada a un segundo plano por muchos escritores de historia; otros sólo han destacado su aspecto militar que era notable desde el punto de vista estratégico y táctico. Pero en la faz científica tan solo los trabajos pioneros de S. Fernández Arlaud, a quién tuve el honor de tener de profesor en el secundario, y algunos pocos más han escrito algunas líneas para destacar el trabajo realizado por quienes acompañaron la expedición. (10)

            El 25 de Mayo de 1834 Rosas licenció a sus tropas, quienes habían cumplido su misión tras indecibles padecimientos, mal equipados y abrigados, siempre al borde de la sed o el hambre. Temporalmente los indígenas dejaron de ser un problema: sobrevivieron los sometidos, a quienes Rosas mantuvo en el negocio pacífico de intercambio de artículos elementales e, incluso, sometió a una campaña de vacunación masiva contra la viruela, que hacía estragos en las tolderías, lo que le aportó la distinción de la Sociedad Jenneriana. Dato sospechosamente escamoteado, aún hoy, en las páginas de ciertos escritores que presumen de libertad de criterio.

            Esta expedición consolidó definitivamente el dominio de un territorio sometido a la permanente incursión de los nómades del desierto y lo incorporó al sistema productivo nacional, un territorio perteneciente en el plano del derecho pero en dominio político mera ficción hasta 1833. Debe tenerse en cuenta que en la llanuras pampeanas, a la natural e irreversible hostilidad inicial del entorno geográfico debe sumarse el carácter irreductible de sus habitante quienes - si tomamos en cuenta la tipología de Lewis H. Morgan - aún transitaban la etapa de "salvajismo" (11) y otros factores tales como:

- La pugna en torno a la tenencia de los bienes surgidos a raíz del arribo de los españoles tales como el ganado cimarrón.

- El ansia de venganza de los grupos humanos precedentes a la colonización y las pautas culturales inherentes al nomadismo (vida de caza y recolección).

- Arrinconamiento de estos grupos en áreas cada vez más inhóspitas y marginales.

            Es frecuente leer, sobre todo en los autores de los tiempos iniciales de la Escuela del Revisionismo Histórico, que en 1810 el territorio argentino tenía una superficie de 4.800.000 km2 y que al segregarse varias naciones que ahora son nuestras vecinas, esa extensión se redujo a 2.800.000 Km2 En consecuencia, los protagonistas de la emancipación tendrían la responsabilidad y la negligencia de haber perdido nada menos que 2.000.000 de km2. Sin embargo, otros autores consideran que los 2.800.000 km 2 que componen el actual territorio continental (hacemos hincapié en la característica de continental refiriéndonos a la porción austral de América, dado que la Argentina fue declarada país bicontinental por Ley N° 26.651) fueron conquistados partiendo de la nada a través de una continua lucha armada de más de siglo y medio enfrentando todo tipo de enemigos y adversidades.

            La construcción de los estados nacionales en América se basó en la ocupación efectiva del territorio y en la necesidad de pensar una identidad nacional que sustentara ideológicamente al estado en formación. La anexión de tierras bajo control estatal significaba por un lado, potenciar la estructura productiva en un momento de fuerte demanda de los mercados internacionales; por otro, el avance sobre las fronteras indígenas en un estado evolutivo "diferente" (y somos bondadosos, dado que el atraso de estos grupos era indiscutible más allá de cierta leyendas bellas en lo poético, pero descontextualizadas o inexistentes en lo histórico) representaba la eliminación de esa diferencia en pos de la cohesión nacional. En países poseedores de grandes extensiones territoriales interiores, como son los casos de Estados Unidos, Brasil y la Argentina, uno de los acontecimientos más importantes de ese período fue la ocupación de las mismas en vistas de su incorporación al mercado exterior. Ese movimiento en dirección a áreas de poca densidad demográfica y su integración a la economía exportadora se hizo nítido a partir de 1850, cuando se incrementó notablemente el área geográfica económicamente productiva. En Estados Unidos esta ocupación del espacio fue central, no solo desde el punto de vista económico, sino también porque la imagen de la frontera sirvió de mito fundador de la nacionalidad norteamericana. En el Brasil el imaginario geográfico de esta ocupación, dividida en el litoral atlántico y el Sertao, sirvió para la conformación de una originalísima literatura de raíces profundamente nacionales, originales e integradoras de los territorios fronterizos. En nuestro país, por razones que habría que indagar en una sociología de la cultura o directamente en tratados de psiquiatría, el meollo de las políticas culturales dominantes - sobre todo a partir de la traumática experiencia de Malvinas, pero aún antes - se fue estructurando, en muchos casos, en torno a ideologías desvalorizadoras del territorio - nación y el espacio geográfico. Así, es frecuente escuchar definiciones como "Nacionalismo territorialista" o directamente "Nacionalismo patológico" por parte de ciertos integrantes de ONGs y lo que es peor, de académicos de organismos públicos como la UBA y el CONICET.

            Por cierto, son declaraciones que carecen de inocencia y más en un momento de alta vulnerabilidad tanto en el plano económico-social y defensivo y en pleno debate respecto a nuestra política hacia los territorios insulares y la Antártida. El avance hacia la frontera Sur que ahora se cuestiona desde un "indigenismo de mercado" fue una epopeya signada por la tenacidad y la abnegación, en condiciones de penuria inenarrable y mezquindad suprema, como lo relatan los partes militares y nuestro poema nacional, similar a la ocupación de la regiones más inhóspitas del orbe, como en su momento lo fue Siberia, Alaska o la Manchuria, de la cual destacamos algunas de su más importantes dificultades:

1- La extensión del frente de operaciones. Al estallar la Revolución de Mayo, se estiraba a lo largo de 1.100 km., desde la boca del Salado hasta las faldas de la cordillera de Mendoza. Esta línea dejaba, al sur de la misma, 1.400.000 km2 del actual territorio argentino, dominada exclusivamente por tolderías y grandes caballadas.

2- La extremada escasez de milicias protectoras de la frontera. Apoyada en fortines considerablemente alejados unos de otros, ese frente se asemejaba a una muralla de papel; el indígena, sin ningún inconveniente, podía reunir sus fuerzas en un punto cualquiera y cruzarlo velozmente en pos de su objetivo o botín.

3- La dificultad de las milicias afectadas al servicio de la frontera  para emprender persecuciones exitosas. La profundidad enorme de los dominios del indio y su acabado cono cimiento del terreno, le permitían distanciarse prestamente sobre el lomo de sus excelentes equinos. El "huinca" tenía que alejarse de las poblaciones - sus puntos de apoyo - dificultando así las posibilidades de abastecimiento y de reemplazos de personal y cabalgaduras; internarse en lo desconocido, exponiéndose a contraataques sorpresivos; y, en fin, sufrir los rigores del clima y mechas veces la falta de agua, persiguiendo a un adversario escurridizo que le resultaba poco menos que inasible.

4- La constante política de apaciguamiento, expediente al que recurrieron generalmente los gobiernos, en razón de la escasez de medios para emprender operaciones militares de envergadura.

5- La participación frecuente de las tribus en las guerras interprovinciales, ora conducida por sus propios caciques o bien, ocasionalmente, por caudillos blancos.

6- La intervención - en numerosas oportunidades - de caciques o indios amigos como aliados de los blancos en la lucha contra sus congéneres étnicos.

7- La existencia de caudillos inteligentes que, en el siglo XIX, dieron probadas muestras de audacia y capacidad. El caso más notable fue el de Calfucurá, que llegó a erigirse como un auténtico monarca del territorio pampeano.(12)
           
            Tras la caída del Restaurador, y reforzados por los araucanos que provenían de Chile, los habitantes del Desierto volvieron a convertirse en una amenaza para los estancieros y hacendados y las poblaciones fronterizas, razón por la cual, sumada a los imperativos del esquema económico internacional en el que la Argentina se había insertado, se decidió la Campaña de 1879. Entonces sí, quienes después de Caseros enterraron a Rosas en una fosa de tinta, atribuyéndole crímenes que ni la Biblia se atrevería a nombrar, no trepidaron en proclamar el exterminio liso y llano del aborigen esgrimiendo la religión profana del positivismo. “Inmoral e inicuo era proclamar el extermino de los indios” - decía Vicente G. Quesada en la “Revista de Buenos Aires” en la época en que aún el problema de la frontera no había sido resuelto (1870) - “¡Los indios son al fin hombres y no puede impunemente proclamarse que es preciso destruirlos porque codiciemos sus tierras“.

            Hoy, una suerte de revisionismo de kiosco, de indigenismo de mercado, condena la campaña de Rosas identificándola acríticamente con la de Roca, de la misma forma que se mimetiza al Imperio Español con el imperialismo norteamericano. En estos tiempos posmodernos de consignas vacías y del “sé igual”, no se hace distingo de mentalidades, concepciones ideológicas o tiempos históricos.

            “Huincas” y “Aucas” no escamotearon coraje ni ferocidad en un enfrentamiento varias veces centenario. Hubo en ambos una idéntica necesidad de vencer; en uno, para ganar todo, en otros para conservar su libertad y su mundo. Ambos lucharon con lo que podían, sin desdeñar recursos ni crueldades, sin límites ni regateos en el esfuerzo. Es fácil hacer juicios morales desde la poltrona de un gabinete universitario o desde la exaltación de la tribuna política, pero difícil imaginar con juicio sereno las peripecias de una época signada por un continuo estado de peligrosidad y zozobra.

             "El mal que cometen los hombres les sobrevive; el bien, a menudo queda enterrado con sus huesos"



(1) Muñoz Azpiri (h), José Luis "La comisión científica de exploración al Río Negro de 1879" Buenos Aires. Revista "Vida Silvestre" N°112. Julio-septiembre 2010

(2) Triviño, Luis "Antropología del Desierto" Buenos Aires. FECIC. 1977

(3) Fernández Carrión, Miguel Héctor "Incidencia de la frontera entre las poblaciones autóctonas americanas: el caso de Argentina y Chile" Madrid. Universidad Nacional de Educación a Distancia de España (UNDEP).2006.

(4) Johan Rudolf Kjellén ( Torsö, 13 de junio de 1864 - Upsala, 14 de noviembre de 1922) fue un geógrafo, politólogo y político sueco. Acuñó el término Geopolítica, en 1899.
Su trabajo fue influido por el afamado geógrafo Friedrich Ratzel. Con Alexander von Humboldt, Karl Ritter y Friedrich Ratzel, Kjellén lanzó las bases de la geopolítica alemana, que más tarde serían aprovechadas por Karl Haushofer.
Siendo un político conservador, fue miembro de la segunda cámara del parlamento sueco, entre 1905 y 1908, y de la primera cámara, entre 1911 y 1917.
Kjellén fundó una nueva ciencia política, dedicada a describir el Estado: «el Estado en toda su totalidad, tal como se manifiesta en la vida real». Enumeró, así, los atributos del poder:
La geografía -analizada por la geopolítica-, establece la relación entre el Estado y su territorio;
La economía - analizada por la geoeconomía-, establece la relación entre el Estado y la economía;
La sociología - analizada por la sociopolítica-, establece la relación entre el Estado y la sociedad nacional;
La política define la forma, el poder y la vida del Estado.
Se trata de un desarrollo muy próximo al determinismo. Afirmó que: «Los Estados son seres sensibles y razonables, como los hombres»

(5) Clementi, Hebe "La frontera en América. Una clave interpretativa de la historia americana" Buenos Aires. Editorial Leviatán. 1987

(6) Sulé, Jorge Oscar "Rosas y sus relaciones con los indios" Buenos Aires Colección Estrella Federal. Instituto Nacional de Investigaciones Históricas "Juan Manuel de Rosas". 2003

(7) Villar, Daniel Jiménez, Juan Francisco "Rebelión y poder en la Araucanía y las Pampas (segunda mitad del siglo XVIII)" En: "Ciencia Hoy" volumen 13 N° 75 junio-julio. Buenos Aires. 2003

(8) Palermo, Miguel Angel "Reflexiones sobre el llamado complejo ecuestre en la Argentina" En: "Runa" volumen XVI. Buenos Aires 1086

(9) Pico, José María "Francisco Ramos Mexía. El confinado de Los Tapiales" En: "Fundación. Política y Letras" Año II N° 2 Buenos Aires abril 1994.

(10 )Fernández Arlaud, S. "Aspectos científicos de la Campaña de Rosas al Sur (1833-1834)" En: "Nuestra Historia. Revista del Centro de Estudios de Historia Argentina" N° 1 Buenos Aires. Enero 1968

(11) Morgan, Lewis Henry (1818-1882) Etnógrafo, autor de tres importantes obras: The League of the Iriquois (Liga de los Iroqueses, 1851).Systems of Consanguinity and Affinity of the Human Family (Sistemas de consanguinidad y afinidad de la familia humana, 1864)Ancient Society of Research in the Lines of Human Progress from Savagery through Barbarium to Civilization (1881; existe traducción al español: La sociedad antigua).

(12)Menéndez, Romualdo Félix "Las conquistas territoriales argentinas" Buenos Aires. Círculo Militar. 1982


(*) Comunicación presentada el 23 de abril de 2015 en el "15° Congreso de Historia de los Pueblos" organizado por el Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires y realizado en el Teatro Argentino de la Ciudad de La Plata.

(**) Coordinador Académico del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas "Juan Manuel de Rosas". Miembro de Número