Rosas

Rosas
Mostrando entradas con la etiqueta Arroyo Grande. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Arroyo Grande. Mostrar todas las entradas

jueves, 20 de octubre de 2016

Don Manuel Oribe y "Arroyo Grande"

Por el Profesor Jbismarck

Manuel Oribe había nacido en Montevideo en 1792. Su vida estuvo estrechamente vinculada a la Argentina, como que en su territorio transcurrieron 10 de los 45 años de su vida pública. 

El Segundo Jefe de los Treinta y Tres Orientales participó de un sinnúmero de combates y batallas: el Cerrito, Sarandí, El Cerro, Embú, Bacacay, Ituzaingó, Sauce Grande, Quebracho Herrado, Famaillá.  Pero  ninguna tan importante como Arroyo Grande.  En Arroyo Grande se alinearon, de un lado, el Ejército Unido de la Confederación Argentina, integrado por Orientales y Argentinos, y del otro lado el Ejército Aliado comandado por Fructuoso Rivera, también integrado por Orientales y Argentinos (El ejército correntino de 2500 hombres, las fuerzas Santafesinas de "Mascarilla" López, de 1.000 hombres y las entrerrianas de Hornos, unos 1500).     
 Es decir que en Arroyo Grande no se enfrentaron Argentinos y Uruguayos, como puede desprenderse de una interpretación con pautas contemporáneas, sino dos bandos -Federales y Unitarios o Blancos y Colorados-, que encarnaban proyectos distintos, que eran como dos visiones contrapuestas de la patria. Por una parte el sentimiento americano, el país hispano criollo, alimentado por la tierra y las tradiciones nacionales, defensor del crecimiento autonómico, y por otra parte el unitarismo centralista, porteño, con sus modismos europeos, apoyados por las escuadras inglesa y francesa andadas en el Plata.  Sin esta aclaración no se entiende nada.  La historia todavía era una y la vida de nuestros pueblos estaba entrelazada.   Oribe, como Rosas, y al igual que San Martín, Bolívar y Artigas, nacieron y se criaron en el espacio hispánico, poseían una visión continental. Sin embargo, 1a fragmentación de América en una veintena de repúblicas terminó por encerrar a estos héroes de la Patria Grande en sus países de nacimiento. Y así, San Martín es un Argentino a secas; Bolívar, un venezolano solamente; y Artigas, un Uruguayo y nada más. Lo mismo pasó con Oribe, convertido en héroe Uruguayo, cuando es un prohombre americano.  Oribe llegó a Buenos Aires en 1838 después de ser desalojado del poder en la República Oriental por una Alianza de Unitarios y Colorados acaudillada por Lavalle y Rivera y respaldada por la intervención francesa; que en 1839 llega a Entre Ríos y reorganizó sus fuerzas expatriadas al servicio de la Confederación y su causa; que en 1840 Rosas lo designó Comandante en Jefe Interino de Ejército Unido de Vanguardia de la Confederación Argentina; que durante ese año 1841 persiguió a Lavalle hasta Jujuy, donde muere el Jefe unitario, quedando pacificado el interior; y que, en 1842, ante el estallido de otra intentona revolucionaria en el litoral a manos del General Paz, que triunfa sobre Echagüe en Caaguazú, retorna a estas tierras y sorprende a Rivera, al frente ahora de la formidable coalición unitaria, y que en 1843 pone sitio en Montevideo para reconquistar su gobierno. Oribe recorrió más de 1000 leguas en esta campaña, más de 500 km. a caballo, a pie, en carro... del Plata a Los Andes, de Buenos Aires a Tarija en los confines con Bolivia, de Tucumán a Arroyo Grande, de Jujuy a Montevideo ... Verdadera epopeya épica. Desde las campañas de la Independencia no se asistía a semejante esfuerzo, que se puede explicar únicamente porque aquellos varones poseían una visión continental y consideraban a América como su Patria.  l general José María Paz se puso al frente del ejército correntino y venció al gobernador entrerriano, brigadier Pascual Echagüe en la batalla de Caaguazú. A continuación invadió Entre Ríos y, mientras su nuevo gobernador, brigadier Justo José de Urquiza, se refugiaba en Buenos Aires, se hizo nombrar gobernador.  Pero el gobernador correntino, brigadier Pedro Ferré se negó a apoyarlo y se marchó a Corrientes. El presidente Rivera invadió Entre Ríos, pero se quedó junto al río Uruguay. Mientras tanto, el gobernador de la provincia de Santa Fe, brigadier Juan Pablo López, se pronunció contra Rosas y enfrentó (sin ayuda exterior alguna) la invasión de Oribe. Fue derrotado y huyó hacia Entre Ríos.  Falto de apoyo, Paz se retiró hacia el este y puso su pequeño ejército a disposición de Rivera, yendo después a Montevideo. Rivera se puso al mando de una alianza entre el gobierno uruguayo, el de Corrientes, el expulsado de Santa Fe, y el de Paz en Entre Ríos. Como se puede ver, la participación de Paz y de López era simplemente nominal, fuera de unos pocos oficiales emigrados.
De todos modos, Rivera dominaba el este de la provincia de Entre Ríos, y hacia allí se dirigió Oribe. Poco antes de que Oribe comenzara a moverse, las vanguardias de ambos ejércitos chocaron sobre un paso del río Gualeguay, quedando los entrerrianos de Urquiza vencidos por los santafesinos emigrados de Juan Pablo López.
Para unir sus tropas a las correntinas, Rivera las trasladó hacia el noreste de la provincia. Allí recibió un fuerte apoyo del ejército correntino, al mando del general Manuel Ramírez, en el que figuraban el general José Domingo Ábalos y los coroneles Joaquín y Juan Madariaga, Benjamín Virasoro y Manuel Hornos.  El ejército aliado colorado-unitario estaba formado por más de 7.500 hombres (2.000 infantes y 5.500 jinetes), orientales en su mayoría y 16 piezas de artillería (14 cañones y 2 obuses). Sus soldados provenían en su mayoría de las provincias argentinas de Corrientes (2.500-2.900 hombres), Santa Fe (1.000) y Entre Ríos (1.500). A los que se sumaban cerca de 2.000 orientales.7 Su jefe de estado mayor era el coronel Elías Galván.  Por su parte, el ejército de Oribe estaba compuesto por 9.000 hombres (2.500 infantes, porteños en su mayoría, 6.500 jinetes porteños y entrerrianos) y 18 piezas de artillería.2 De estos unos mil eran orientales.
La artillería de Rivera era ligeramente superior en número, pero caería rápidamente en manos enemigas. La caballería de Oribe era bastante más numerosa, mientras su infantería era casi el doble de la enemiga. El jefe de estado mayor de Oribe era su sobrino, coronel Francisco Lasala, quien reemplazaba al coronel mayor Eugenio Garzón, que se había separado del ejército por desavenencias con el general en jefe. Rosas llamó a su edecán Antonino Reyes y le dijo:

- “Dentro de poco vendrá Mr. Mandeville, usted entrará a darme cuenta de que las divisiones del ejército de Vanguardia están a pie, que no se ha empezado a pasar por el Tonelero los pocos caballos que hay, que por esto y la falta de armas el ejército no puede iniciar operaciones. Yo insistiré para que usted hable en presencia del Ministro".   Media hora después entró Mr. Mandeville. Asegurábale a Rosas que se esforzaría para que terminase dignamente la cuestión entablada, cuando se presentó Reyes a dar cuenta de lo que, con carácter urgente, avisaban del ejército de Vanguardia.

- “Diga Ud. -ordenóle Rosas-, el señor Ministro es un amigo del país y hombre de confianza.”

Reyes habló, y Rosas se levantó irritadísimo, exclamando:    -“Vaya Ud., señor, y dirija una nota para el jefe de las caballadas haciéndole responsable del retardo en entregar los caballos para el ejército de Vanguardia, y otra en el mismo sentido al jefe del convoy. Tráigame pronto sus notas, para firmarlas...”  Y como Mr. Mandeville quisiera calmarlo, arguyendo que quizás a esas horas ya todo había llegado a su destino:

-“¡No señor, no puede haber llegado todavía!... y si el "pardejón" supiera aprovecharse... ¡así es como vienen los contrastes, así es como vienen!”, decía Rosas cada vez más agitado.

Mr. Mandeville pidió licencia para retirarse. Inmediatamente Rosas ordenó al capitán del puerto que vigilase los movimientos de la rada. Esa misma noche tuvo parte de que salía para Montevideo un lanchón en el cual iba un hombre de confianza de Mr. Mandeville. Transmitiría lo que el diplomático inglés había escuchado “de boca del Restaurador".
la falsa información de Mendeville, Rivera eligió mal el campo de batalla. En las condiciones en que iba a luchar, debería haber anulado la diferencia numérica eligiendo un campo estrecho. Pero eligió un área bien abierta, donde la caballería pudiera maniobrar. Por otro lado, tuvo que luchar prácticamente con el río Uruguay a su espalda, ya que el gobernador Ferré había prohibido a sus fuerzas cruzarlo hacia el Uruguay, donde Rivera hubiera tenido amplias ventajas.  Otro de sus errores fue dejar como reserva a la caballería correntina, la única que mantenía alta la moral, ensoberbecida después de Caaguazú.    En la mañana del 6 de diciembre la caballería de Rivera se lanzó al ataque, siendo inmediatamente contenida por la artillería e infantería federales. El extremo derecho de la caballería federal, al mando del coronel Ignacio Oribe (hermano del general en jefe), rodeó a los unitarios que tenía enfrente, al mando del general Juan Pablo López, y apoyó el ataque del ala derecha federal, compuesta por las fuerzas entrerrianas del general Urquiza, gobernador de la provincia. Tras algunas indecisiones, el gobernador entrerriano logró llevar de nuevo sus hombres al ataque. En sus filas figuraban los futuros generales Miguel Galarza, José Miguel Galán y Ricardo López Jordán.   Al mismo tiempo, la extrema izquierda federal, mandada por el coronel Servando Gómez, apoyó el avance del ala izquierda, mandada por el coronel José María Flores, contra las fuerzas orientales del coronel Pedro Mendoza.   Si bien la caballería unitaria de este lado logró hacer retroceder a los federales, la herida y posterior muerte de Mendoza desorientó a sus hombres, que abandonaron el campo de batalla. En las filas de Flores estaban los coroneles porteños Cayetano Laprida, Vicente González, Nicolás Granada y el futuro caudillo federal Juan de Dios Videla.  Si bien la caballería federal logró ventajas evidentes, fue el centro el que decidió la batalla.  La infantería del general Ángel Pacheco atacó a la artillería oriental, mandado por el coronel Santiago Lavandera (sobrino de Rivera) y dividida en dos fracciones, al mando de los coroneles unitarios Martiniano Chilavert y José María Pirán. Las divisiones federales de los coroneles Mariano Maza, Pedro Ramos, Jerónimo Costa, Cesáreo Domínguez y Marcos Rincón avanzaron hasta los cañones a paso rápido y desplazaron a los artilleros. Este ataque estuvo apoyado por la artillería del coronel Juan Bautista Thorne y del teniente coronel José María Francia.
La reserva unitaria, formada por los correntinos del general Ramírez “chico”, tuvo que lanzarse a la lucha muy temprano para defender las posiciones de las alas de caballería, por lo que no pudo ser utilizada más tarde. La reserva federal, en cambio, al mando del coronel Manuel Urdinarrain, tuvo la oportunidad de apoyar alternativamente a Urquiza y a Gómez.
La infantería y artillería de Rivera, separadas de las alas de caballería, se retiraron lentamente, perdiendo en su marcha varios oficiales, como los coroneles Francisco Sayós, Joaquín de Vedia, Bernardo Henestrosa y Nicolás Tedeschi, quien se suicidó para no rendirse.   Los vencidos tuvieron 2.000 muertos y 1.400 prisioneros, perdiendo, además, la artillería, la munición y 24.000 caballos.1 Toda la artillería y la infantería cayeron en poder del enemigo; mientras los soldados se incorporaron al ejército de Oribe. En particular, los blancos uruguayos se ensañaron con los colorados, ya que los consideraban traidores por haber derrocado al gobierno legal con ayuda extranjera. Las bajas de los federales sumaron 300 entre muertos y heridos.   La caballería vencida, en cambio, logró retirarse sin demasiadas pérdidas. Por supuesto, se dividió entre los orientales (y los santafesinos de López), que cruzaron el río hacia Montevideo, y los correntinos que regresaron a su provincia. En el mando de los primeros se destacaron los coroneles Anacleto Medina y Manuel Olazábal, que reorganizaron relativamente las fuerzas.
"Todo se perdió", relata Díaz, "hasta el honor." Engañado y completamente vencido, don Fructuoso Pardejón Rivera escapó "arrojando su chaqueta bordada, su espada de honor y sus pistolas". Nadando…... ("Pardejón": Apodo dado por Rosas a Fructuoso Rivera. En La Gaceta Mercantil del 22 de junio de 1843, se explicó el sentido del mote, tan conocido por entonces, que Rosas aplicó al caudillo uruguayo. “Pardejón – dice el redactor - , significa el macho toruno que llega a encontrarse en algunas crías tan malísimo y perverso que muerde el y corta el lazo, se viene sobre él y atropella a mordiscones y patadas, que jamás se domestica, y que si alguno de ellos llega a ser amansado, a lo mejor traiciona y pega una o dos patadas al jinete que lo carga, que lo ensilla o que lo monta. Así es que siendo tan de malas mañas, para designar un hombre perverso lo llaman los paisanos pardejón”. El 1° de noviembre de 1839, el comandante del Fuerte 25 de Mayo, José Maria Plaza, le expresaba al coronel Corvalán, edecán de Rosas, en una nota: “Muera el asesino agonizante parduzco pardejón Rivera, que se metió de puro bestia a declararnos la guerra”)
 Resultado de imagen para oribe y rivera
Esta batalla marcó el final de la guerra iniciada en la Argentina en 1839, y significó el comienzo de la llamada Guerra Grande en Uruguay. En realidad, en la visión de Oribe y sus partidarios, ésta fue la continuación de la que había desatado a partir de 1836 Rivera contra Oribe. Sólo que, entre medio, habían pasado cuatro años.  Rivera se retiró rápidamente hacia el sur, pensando que sería perseguido de cerca por Oribe. Algunos jefes colorados mantuvieron la defensa durante algunas semanas en el norte del país, pero fueron barridos hacia el sur.   Esta batalla venció y destruyó el plan del uruguayo Rivera, quien quería formar la llamada «Federación del Uruguay, Uruguay Mayor» o «Estado Oriental del Paraná» anexando al Uruguay las Provincias de Entre Ríos, Corrientes pertenecientes a Argentina y la de San Pedro al Sur Río Grande que dependía del Imperio del Brasil y con el tiempo anexar Paraguay, contando disimuladamente con el apoyo de Inglaterra y Francia que pretendían el domino de los ríos Paraná y Uruguay.   Oribe comenzó la persecución con notable atraso, y perdió semanas solucionando problemas menores lo que dió al gobierno colorado la oportunidad de reunir un ejército de 5.000 hombres. Para cruzar el río con toda su infantería y artillería tuvo que ser trasladado por las naves de la flota de Rosas. Sólo después de completado este traslado, comenzó la lenta marcha hacia Montevideo, al paso de los bueyes que trasladaban los cañones. Llegó el 16 de febrero de 1843 frente a la capital, donde la defensa había sido preparada por el general Paz.
En lugar de tomar la ciudad por asalto, cosa que hubiera causado grandes daños a la población, decidió sitiarla. Tras varios choques en los alrededores, las posiciones quedaron prácticamente fijas por los siguientes ocho años. La razón de tan larga resistencia estuvo en el apoyo prestado a la ciudad sitiada por las flotas francesa e inglesa (y después la brasileña) a los sitiados; una gran cantidad de los defensores, incluso, eran franceses.
Además, desde 1845 en adelante, las flotas europeas bloquearon el puerto de Buenos Aires y atacaron el río Paraná. El sitio, con sus combates, y las operaciones que hicieron los jefes colorados por el interior del país fueron lo que se suele llamar la “guerra grande”.
El gobernador Urquiza apoyó el cruce del río por Oribe y luego se lanzó, al frente de 1.200 hombres, sobre Corrientes. La caballería correntina no atinó a ofrecer una resistencia eficaz, y muchos de sus jefes huyeron al Brasil o se pasaron a las fuerzas de Urquiza. Ferré abandonó el país hacia Paraguay, y como acababa de terminar su período de gobierno, fue elegido en su lugar Pedro Cabral, jefe del partido federal. 
El 6 de diciembre de 2012 a 170 años de esa gloriosa contienda se hace un distinguido acto patriótico donde se convocan las comunidades de San Salvador, Gral. Campos y público general para revalorizar esta olvidada gesta de la Patria.
Junto al monumento Histórico a los «Caídos de la Batalla de Arroyo Grande», erigido el 6 de diciembre de 1972 por el Centro de Estudios Históricos Regionales San Salvador.
Campo y Monumento Histórico Provincial por Decreto 4185/72, anhelando sea declarado Patrimonio Histórico Nacional.

lunes, 29 de febrero de 2016

La importancia de Arroyo Grande (6/12/1842)

Por Julio Irazusta
Hecho decisivo en el delineamiento de las fronteras nacionales, la batalla fue trascendental para la grandeza de la patria. Como la historia oficial —que en estos días se pretende estereotipar en dogmas teológicos defendidos con pretensiones inquisitoriales— ha tergiversado su esencia, su recuerdo se hará para honrar a los vencidos que no querían su fruto y denostar a los vencedores, que lo fertilizaron con su sangre. En la corriente versión banderiza, la batalla de Arroyo Grande habría sido un episodio de la lucha entre la civilización y la barbarie, entre la libertad —simbolizada por los antirrosistas—, y la tiranía de Rosas; en suma, problema interno, mero aspecto de la lucha por el desarrollo institucional del país. Pero en la realidad de los hechos el sangriento combate en que se enfrentaron los rioplatenses repartidos en los dos campos adversarios, fue la culminación de la campaña por el afianzamiento de la soberanía argentina en la Mesopotamia y el rechazo de la invasión extranjera; y el principio de otra contra la intromisión europea en el Río de la Plata.   Ante todo, aclaremos la anécdota. Exaltado al gobierno del Uruguay por los franceses que necesitaban el puerto de Montevideo como base para seguir el bloqueo de Buenos Aires, Rivera había declarado la guerra a Rosas el 10 de febrero de 1839, después de firmar una alianza secreta con el gobernador de Corrientes, Berón de Astrada, el 31 de diciembre de 1838.  Prometiendo su ayuda a todos los antirrosistas, el caudillo oriental no se la había prestado eficazmente a ninguno, dejando derrotar a Berón de Astrada en Pago Largo, y a Lavalle en Entre Ríos y Buenos Aires, sin enviar un soldado a este lado del Uruguay. Pero cuando Paz derrotó a Echagüe, entonces general en jefe del ejército nacional, se apresuró a cruzar el río limítrofe a la cabeza de sus tropas, para ocupar Entre Ríos y reclamar el primer puesto en la dirección de la guerra contra Rosas, que le correspondía por el tratado uruguayo-correntino de la fecha citada, cuya vigencia refirmó Ferré, primer sucesor liberal de Berón de Astrada, después de un nuevo pronunciamiento de Corrientes contra Rosas en 1840.  Las ambiciones alentadas por Rivera, de engrandecer el Uruguay a expensas de la Argentina, eran conocidas no sólo de Rosas, sino también de los caudillos liberales que lo combatían, como Lavalle y Paz. Y a ese conocimiento, y a la desconfianza que ellas suscitaban en los auxiliares argentinos de Rivera, se debieron las disensiones que trabajaron a la coalición antirrosista, para llevarla a fines de 1842 al desastre de Arroyo Grande.   Desde que se insinuó la pretensión del caudillo oriental de dirigir la guerra, el gobernador entrerriano Seguí, que había sucedido al derrotado Echagüe y entregaría poco después el mando al general Paz, la había rechazado como “un crimen de traición en el gobierno que consintiera en ella”. La autoridad nacional argentina, proyectada por Derqui con la segunda intención de depositarla en su comprovinciano, fracasó por oposición de Ferré. Y la candidatura del vencedor de Caaguazú a la gobernación de Entre Ríos no fue sino el rodeo que los antirrosistas más esclarecidos creyeron indispensable para sortear el obstáculo que la miopía de Ferré, partidario de la jefatura militar de Rivera, oponía a los planes de nacionalizar la lucha contra Rosas.  Fracasada esa combinación, al retirarse el ejército correntino a Corrientes y caer Paz de la gobernación entrerriana, el antirrosismo perdió una oportunidad magnífica de atravesar el Paraná antes de que Oribe y Pacheco volviesen de Tucumán y Cuyo respectivamente, y de rematar en Buenos Aires la campaña tan brillantemente iniciada en Caaguazú. 
Una nueva tentativa de Rivera por arrastrar al jefe cordobés en su estela no tendría mejor éxito que la primera, debido a los mismos motivos. Paz se retiró de las conferencias de Paisandú, a las que fuera invitado en octubre, como los demás cabecillas, por creer que la jefatura del caudillo oriental amenazaba los objetivos nacionales en la lucha. Y el conglomerado antirrosista, sobre ser heterogéneo, perdió así el único hombre que hubiese podido equilibrar probabilidades con los vencedores de Lavalle y Lamadrid, o llevarlo a la victoria.    A las torpezas políticas seguirían las militares. La coalición liberal esperó a Oribe en el este de Entre Ríos, en vez de obligarlo a dividir sus fuerzas contra Corrientes y el Uruguay, en invasión simultánea, o de invadir a cualquiera de las dos teniendo un flanco amenazado por la que no fuera invadida. Valentín Alsina, que aconsejaba esta última estrategia, señalaba que la superioridad del propio bando en Entre Ríos consistía en poseer todas las caballadas de la provincia y la inferioridad del enemigo en tener que recibir de Buenos Aires 60.000 caballos para mover 10.000 hombres del occidente al oriente del Uruguay, donde hasta la diferencia de los pastos perjudicaría ni hipotético invasor. Al mismo tiempo advertía que Rosas no descansaba, organizando el envío por tierra y agua de abastecimientos al ejército de Oribe, mientras los liberales se lo pasaban disputando entre ellos la dirección de la guerra.    En tales condiciones el resultado era previsible, felizmente, Y así, Oribe, al mismo tiempo que se tomaba un desquite del rival que lo había derrocado con ayuda de los franceses, daba a las ambiciones antiargentinas de Rivera un golpe de muerte, derrotando el 6 de diciembre de 1842.  
 La soberanía nacional quedaba a cubierto de un grave peligro en la Mesopotamia y el orden asegurado en Argentina. El tremendo sacudimiento interno provocado en nuestro país por la agresión francesa y que no había cesado con ella era definitivamente aquietado después de 4 años de lucha, para no repetirse sino al cabo de una década, cuando la peor amenaza implícita en las intromisiones  europeas contra la soberanía de los Estados rioplatenses había sido disipada, gracias a la solidez que el régimen establecido  adquirió en la campaña terminada por la batalla de Arroyo Grande.
El carácter político del militar que mandaba las tropas de Rosas permitía augurar de su triunfo frutos mayores de los que dio.  El “general en jefe interino del ejército unido de vanguardia de la Confederación Argentina” era a la vez pretendiente a la presidencia oriental, con títulos infinitamente más válidos que los de Rivera, exaltado al gobierno por los franceses, o los de Paz, gobernador in partibus de Entre Ríos. Además de justa, la guerra que la Argentina llevaría al Uruguay era altamente política. Pues, sobre contestar a una agresión no provocada, aspiraba a basar la armonía rioplatense en la amistad de los estadistas que representaban a ambos lados del Río de la Plata la restauración de la ley, el respeto de las tradiciones comunes y la independencia americana de toda dominación extranjera. Pero en razón de esas mismas circunstancias las fuerzas foráneas empeñadas en impedir el afianzamiento de esa soberanía en los nuevos Estados sudamericanos, para someter estos territorios a un vasallaje similar al de los países colonizables del globo, en Asia o en África, se pusieron en movimiento en cuanto vieron probabilidad de éxito a la maniobra que Rosas ideaba para responder a la intromisión europea que debió enfrentar a partir de 1838.
Mucho antes de que Oribe pasara siquiera el Paraná, mucho antes de que el invasor del territorio argentino hubiese desistido de sus propósitos anexionistas, mucho antes de que Rivera estuviese derrotado, los agentes de Francia y de Inglaterra se agitan para evitar el choque en la Mesopotamia. Ofrecen su mediación en el conflicto argentino-uruguayo a principios de 1842, cuando Rivera ocupaba todavía la mitad de Entre Ríos y el alzamiento correntino apoyado en la acción antiargentina de los franceses y los uruguayos no había sido sofocado. 
¿Cómo podía Rosas aceptar la mediación en aquel momento? No sólo se lo impedía su lealtad hacia Oribe, cuyas pretensiones legítimas apoyaba. Conocía demasiado a Rivera para saberlo incapaz de quedarse mucho tiempo sin intrigar, y, sobre todo, de resistir la intromisión europea en el Uruguay, a la cual estaba enfeudado. Y dado el espíritu antiargentino de las potencias mediadoras, una negociación iniciada cuando el invasor ocupaba aún Entre Ríos y los opositores internos estaban aún con las armas en la mano no podía sino dar por consumada de hecho la separación de la Mesopotamia, que todas las fuerzas antinacionales aspiraban a erigir en Estado soberano e independiente. Decentemente, la mediación debió ser ofrecida cuando Rivera se hubiese retirado al Uruguay. El ofrecimiento formulado seis meses antes de Arroyo Grande revela a las claras los fines divisionistas que perseguía.   Esta vez la potencia europea que dirigía la maniobra no era Francia sino Inglaterra. La primera recordaba todavía lo que le había costado entrometerse en nuestras cosas. Y Guizot había aprendido prudencia. Pero la segunda creía llegado el momento de imitar los métodos de intromisión que a los franceses les habían fracasado tan lamentablemente. Y como el nuevo jefe del gabinete francés quería reconciliarse a toda costa con la terrible rival que en 1840 la humillara, y en todo el globo no había lugar en el cual los intereses de ambos países pareciesen más afines en la época, se dejaría arrastrar a una política prepotente que los conversadores ingleses, sucesores de Palmerston, habían ideado no ya por meras razones de prestigio o de expansión política, sino en procura de un Nuevo sistema económico consistente en la apertura de todos los mercados consumidores posibles y la transformación de las islas británicas en país exclusivamente productor de manufactura industrial. La política librecambista simbolizada en el nombre de Peel, perfeccionada en 1846, se inauguraba en 1842. Y los conservadores parecían dispuestos a abrir a cañonazos el mercado ultramarino que aspirara a cerrarse, fuera en la India, en la China o en Sudamérica.  Desde principios de ese año Inglaterra había echado el ojo al mercado paraguayo, Y no se puede creer ajena su influencia a la declaración de independencia hecha entonces por primera vez en la provincia secesionista.  Al Brasil lo extorsionaba para imponerle la renovación de los tratados de comercio y de la trata que el gabinete de Río quería rever. A la Argentina le había arrancado, valiéndose del conflicto franco-argentino, un tratado sobre represión del comercio de negros que Rosas se había resistido durante cinco años a concederle sino a cambio de la revisión del convenio del 25. Y así de lo demás.   ¿No era demasiado? ¿No había un deber en resistir a la intromisión, aun en beneficio de todos los poderes sudamericanos culpables de ella? La influencia argentina en el Uruguay, fundada en la sólida amistad de los dos estadistas rioplatensos más conocedores de los intereses materiales de la región y los espirituales de la común tradición era la única valla que se le podría oponer. Y ése pudo ser el más legítimo resultado de Arroyo Grande. Los obstáculos que la operación halló en la voluntad de las potencias europeas que lo estorbaron no habrían sido invencibles, si no hubiesen existido argentinos y uruguayos que por “indigno espíritu de partido”, como dijo San Martín, se unieron al extranjero “para humillar a su patria”.

Los diez años de valor rioplatense que siguieron a la victoria argentina del 6 de diciembre de 1842 no pudieron casi nada contra el extravío de muchos compatriotas influyentes. Y por eso hoy se honrará más la memoria de los extraviados y de los vencidos, que la de los esclarecidos vencedores.

lunes, 13 de abril de 2015

Brigadier General Angel Pacheco


Por el Dr. Julio R. Otaño

Nació en Buenos Aires el 13 de abril de 1793, aunque algunos autores, como Carlos Calvo, lo dan como nacido en Santiago de Chile.  Fue hijo de Don JUAN PACHECO NEGRETE, español, y de Doña TERESA CONCHA DARREGRANDE, chilena.  Recibió una educación esmerada y realizó estudios de filosofía en el Colegio de San Carlos.  En el año 1811 se incorporó como cadete al Regimiento de Milicias  “Patricios de Buenos Aires”.   El 22 de noviembre de 1812 pasó a formar parte del Regimiento de Granaderos a Caballo. En vista del Combate de San Lorenzo, se desempeñó como astuto observador sobre la escuadra realista. Y su actuación heroica en la contienda lo hizo acreedor del ascenso de Portaestandarte Alférez del primer escuadrón, el 26 de febrero de 1813. Con un piquete de cuarenta hombres permaneció en el Convento de San Carlos, rechazando un desembarque realista en las proximidades de Zárate.
En 1815 fue ascendido a Ayudante Mayor y, un año después, atravesó La Rioja con rumbo a Mendoza para incorporarse al Ejército de Los Andes. Intervino en el Encuentro de las Coimas y luego en la Batalla de Chacabuco. También luchó con coraje en la contienda de Cancha Rayada.
Más tarde, en 1817, fue comisionado para traer a Buenos Aires los trofeos de la Batalla de Chacabuco y, el 10 de marzo de aquel año, Pueyrredón lo ascendió a Sargento Mayor. Participó en la Campaña de Talcahuano y más tarde en la decisiva Batalla de Maipú.
Durante los años 1818 y 1819 prestó sus servicios en la campaña del sur de Chile, al mando del Coronel Manuel de Escalada.
En el año 1822, contrajo enlace con Dolores Reynoso. El matrimonio tuvo nueve hijos: Ángel, José Felipe, Julio, Román, María Elvira, María Dolores, Águeda, Eduardo y Pablo.
Ya por aquel entonces Teniente Coronel, en 1825 se le confió el mando del reciente Regimiento III de Caballería. Con él, Pacheco abrió la Campaña contra el Imperio del Brasil. 
Fue jefe de un batallón de caballería en la Guerra contra el Imperio del Brasil, y se destacó en la victoria de Ituzaingó. Era el segundo jefe del Regimiento Nro. 3 de Caballería, cuyo jefe era el coronel Brandsen, que murió en combate.  Luchó también en las pequeñas batallas finales de la guerra, incluyendo la de Ombú y Camacuá.  Después de esta última, el 1 de mayo de 1827 recibió los despachos de Coronel efectivo, y el 7 de septiembre es nombrando comandante en jefe del Departamento Norte de Buenos Aires
Se negó a secundar a Lavalle en la revolución de diciembre de 1828 y quiso ayudar a Dorrego, pero éste fue derrotado antes de que se le pudiera unir, y terminó refugiado en el regimiento de Pacheco. Su segundo jefe, Acha, se pasó a las fuerzas de los sublevados, arrestó a ambos y entregó a Dorrego a Lavalle, que lo fusiló. Se refugió en Santa Fe y regresó con el Restaurador, con el que hizo la campaña que terminó con la derrota de Lavalle, después de Puente de Marquez.   De regreso a Buenos Aires, en 1830, sirvió en la frontera oeste y participó en el ejercito de la Confederación Argentina en la Campaña del Interior contra el sedicioso unitario General Paz.
En 1831, como parte del Ejército federal y a las órdenes del General Estanislao López, derrotó en Fraile Muerto a la vanguardia del General Paz, la que se encontraba a las órdenes del Coronel Pedernera. Como mérito por su actuación lo promueven a Coronel Mayor.
En 1833 fue nombrado Mayor General en la Campaña del Desierto, comandado por Don Juan Manuel de Rosas.  Constituyéndose en uno de los militares más adictos al Brigadier General (
Era amigo personal de Rosas )  Nombrado Jefe del Estado Mayor, ocupó el Río Negro y derrotó al Cacique Paylloven. Más tarde alcanzó la isla Choele Choel y por asalto tomó ese territorio, haciendo prisioneros a todos los indios.
En 1839, por ley y en reconocimiento a su sobresaliente servicio a la Patria, se le entregaron tierras en El Talar, de aproximadamente 7.600 hectáreas.
, y llegó a ser un importante estanciero, en parte debido a premios otorgados por el gobierno.  En agosto de 1840, el general Lavalle invadió Buenos Aires, desembarcando en San Pedro. Pacheco no tenía fuerzas suficientes para enfrentarlo, de modo que le dispersó sus caballos y lo cercó.  Lavalle avanzó hasta cerca de Buenos Aires, pero quedó encerrado entre las fuerzas de Pacheco y las de Rosas, de modo que finalmente retrocedió. Pacheco lo persiguió hacia Santa Fe.  Quedó bajo el mando del general Oribe, el ex presidente oriental, y a sus órdenes luchó en Quebracho Herrado como jefe de la caballería. Su acción decidió la victoria federal.   Cuando Lavalle retrocedió envió a Mendoza al coronel Vilele con sus mejores fuerzas; Pacheco lo persiguió con fuerzas menores y lo venció gracias a la sorpresa nocturna en San Calá.    Regresó a Córdoba, desde donde salió meses más tarde hacia Cuyo: hacia allí se dirigía el ejército unitario de Lamadrid. Después de haber tomado San Juan, éste se retiró hacia Mendoza. Pacheco asumió el mando de un ejército que incluía a los mendocinos de Aldao y Benavídez, con el cual destrozó a Lamadrid en la sangrienta Rodeo del Medio. Allí terminó la guerra civil empezada más de dos años antes.
 En la Batalla de Arroyo Grande el 6 de diciembre de 1842, mandó la infantería del ejército coligado de la Confederación y los "blancos" uruguayos — cuyo comandante en jefe era el depuesto presidente oriental Manuel Oribe — contra las fuerzas de los "colorados" uruguayos y los unitarios argentinos comandadas por Don Frutos.   La actuación de las tropas de Pacheco fue decisiva, logrando arrollar el centro y la artillería del enemigo. Durante 1843 y 1844 intervino en el sitio de Montevideo.  Durante el sitio de Montevideo (1844), al lograr salir el General Paz con el propósito de abrir una brecha, Oribe y Pacheco, luego de una cruenta batalla, rechazaron a Paz el 24 de Abril en el combate de Tres Cruces.   En 1845 fue nombrado jefe de la Frontera del Centro de la provincia de Buenos Aires; repelió tentativas de incursión de los indígenas ranqueles, y mandó a fundar a los fuertes de Bragado y Mulitas (actualmente, la ciudad de 25 de Mayo). En 1850 fue elegido Diputado para la Legislatura de Buenos Aires.
En 1851, al levantarse Urquiza (aliado del Imperio del Brasil) contra Rosas, fue nombrado Comandante en Jefe de las Fuerzas Argentinas.
Por primera vez, Pacheco y Rosas no estuvieron de acuerdo en la estrategia a seguir, y el gobernador desconfiaba de su general.  Se reunieron en la Comandancia de los Santos Lugares-….se ignora lo que hablaron pero Pacheco salió visiblemente molesto, retirandose a su estancia.  Rosas no realizó ninguna acción contra su amigo y subordinado, asumiendo personalmente el mando del ejército Nacional, pero era en vano, ya que las tropas de Urquiza no sólo eran muy superiores sino que contaban con la artillería del Imperio del Brasil, quien realmente fue el verdadero triunfador de Caseros.
Pacheco también abandonó su país y viajó por el continente americano, deteniéndose especialmente en La Habana.  Regresó a Buenos Aires después del 11 de septiembre de ese mismo año, en que Buenos Aires quedó dominada por los antiguos unitarios y se separó del resto del país. Organizó la defensa de la capital durante el Sitio que le impuso el general federal Hilario Lagos.    Pasó a retiro militar a mediados de 1853. Durante  años siguientes fue ministro de guerra del Estado de Bs As, y enviado especial ante el gobierno del Brasil.     Permaneció el resto de sus días en su estancia del Talar, que hoy es conocida como "Talar de Pacheco".  Fue posiblemente uno de los más brillantes generales de la historia argentina, y nunca perdió una batalla en que mandara en jefe.
 Dijo de él Ernesto Quesada "Era cultísimo, galante con las damas, tenía el raro don de que todos se sentían bien con él, desde el más humilde soldado hasta el mas encopetado personaje."
"Era una figura singularmente severa, de estatura mediana, tieso de cuerpo, erguida la cabeza, siempre irrevocablemente vestido de uniforme, y habían cimentado su pasión ferviente, dominante, absoluta, por la carrera militar. Era la síntesis del caudillo y del jefe de milicianos.
"no quiso ser político ni antes, ni durante, ni después de Rosas. Su timbre de honor, su gloria, era haber sido soldado de San Martín: no quería aspirar a otra cosa. Nació con la vocación militar y con ella murió, sin haber claudicado una sola vez en su vida ".
Murió en Buenos Aires en 1869. En el acto del sepelio de sus restos hablaron entre otros, el poeta Carlos Guido y Spano.  Sus restos descansan en el  Cementerio de la Recoleta