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miércoles, 1 de febrero de 2023

El desencuentro entre Manuel Belgrano y Manuel Dorrego....

Por el Prof. Julio Otaño
La orden del Triunvirato liderado por su secretario Rivadavia era clara : retroceder hasta Córdoba. El Ejército del Norte, bajo las órdenes de Manuel Belgrano, intentaba contener a los realistas en Jujuy, y lo hacía con enormes dificultades, pero el General no quería abandonar su lugar, sabía que podía resistir. A regañadientes, organizó el Éxodo Jujeño, quemó todo a su paso para evitar que el enemigo pudiese abstecerse en la ciudad y se retiró. Llegado a la altura de Tucumán, uno de sus tenientes coronel, el valeroso, simpático y burlón, Manuel Dorrego, ingresó a la tienda de Belgrano junto al Coronel Díaz Vélez. “No podemos seguir retrocediendo General. He hablado con mis compañeros y todos estamos de acuerdo en que hay que presentar batalla. ¿Hasta donde vamos a seguir huyendo? Es vergonzoso seguir dándole la espalda al enemigo” dijo Dorrego con indisimulable bravura. Belgrano lo escuchó, meditó un poco, era el impulso que necesitaba para hacer lo que realmente quería: plantarse y pelear. 
Recibió respuesta desde Buenos Aires, firmada por Rivadavia: “Este Gobierno le manda por última vez…”, empezaba diciendo, exigiendo la retirada a Córdoba. La leyó cruzada Belgrano, rapidito, y la tiró. Se plantó en Tucumán. Organizó la defensa y dejo a Dorrego en la retaguardia con un batallón, los llamados Cazadores. El 24 de septiembre se dio un combate feroz, épico. La matanza fue brutal, en medio del combate, una manga de langostas azotó a los soldados de ambos bandos, al punto de ni siquiera verse unos a otros, pero estaba claro, la divisiones del Ejército de Belgrano iban retrocediendo y cayendo una a una. Holmberg se retiró herido, los grupos de Forest y Warnes, estaban rodeados por el enemigo, Díaz Vélez luchaba por su vida, aislado. Dorrego no esperó. La retaguardia requería la orden de Belgrano para entrar en acción, pero Dorrego no estaba para órdenes y arremetió bestialmente contra todo lo que se cruzara. Los Cazadores contaban con bayonetas desafiladas, cuchillos atados a la punta de los fusiles, machetes que eran usados como sables. En medio de alaridos desaforados y un coraje lindante con la locura, vencieron. Los clarines del general Tristán, tocaron urgente la retirada. La batalla de Tucumán marcó una bisagra en la lucha por la independencia. Sin ella, probablemente los realistas hubiesen llegado no solo a Córdoba sino también a Buenos Aires. El coraje de Belgrano y la endiablada y loca valentía de Dorrego, cambiaron la historia. Desde que se hizo cargo del Ejército del Norte, Belgrano mostró preferencia por Manuel Críspulo Bernabé Dorrego. Dorrego, recientemente ascendido al grado de teniente coronel, aún no había logrado curar la herida recibida en el combate de Nazareno, durante la primera Campaña al Norte, al mando de Castelli, cuando una bala le atravesó la garganta y lo obligó a usar un caño de plomo para poder ingerir alimentos y bebidas. El joven demostraba ciertas cualidades que el jefe aprobaba. Era valiente en el campo de batalla, confiable para las comisiones y trámites y además tenía una buena formación: había abandonado los estudios que lo hubieran convertido en doctor en Leyes por las urgencias de la guerra. Según el recuerdo de sus camaradas, Dorrego era tan simpático y bromista como valiente y motivador. Algunos lo tildaron de altanero y soberbio. Pero había caído en gracia con el nuevo jefe, quien lo nombró su edecán y, a la vez, secretario. Los problemas de indisciplina comenzaron cuando Belgrano envió a Dorrego a Buenos Aires, donde debía entregar informes secretos al gobierno. Amparado en el hecho de ser el emisario del jefe del Ejército del Norte, terminó exasperando a Miguel de Azcuénaga y marchó detenido al cuartel de los Granaderos a Caballo de San Martín, en Retiro. Luego de dar las debidas explicaciones, partió al norte para reincorporarse al Ejército. Belgrano conoció los pormenores del incidente de Buenos Aires, pero no le dio importancia. Dorrego continuó siendo su mano derecha. Hasta que le apareció un competidor. La llegada del barón de Holmberg (había arribado junto con San Martín y al poco tiempo fue enviado al norte para asistir a Belgrano con sus conocimientos militares) entusiasmó al jefe del Ejército. El jefe presentía que, a pesar de su carácter díscolo, Dorrego era una pieza clave en los enfrentamientos armados. Su actuación en Tucumán y en Salta confirmó su prestigio militar. Durante el avance hacia el Alto Perú resurgieron los problemas de conducta. Por empezar, se había ensañado con Holmberg y no perdía oportunidad de difamarlo. Pero el comienzo del fin tuvo lugar en una de las semanas más emotivas de aquel tiempo. Fue cuando por fin los patriotas pudieron regresar y poner pie en San Salvador de Jujuy, ciudad que habían tenido que abandonar un año antes como consecuencia del famoso éxodo. Los primeros en alcanzar esa posición fueron los Cazadores —tropas ligeras que se desplazaban a pie o a caballo, según la ocasión— dirigidos por Dorrego, seguidos por el regimiento de artillería al mando del francés Forest. Ingresando a la ciudad, los soldados de Forest se toparon con un integrante de los Cazadores de Dorrego, a quien daban por muerto o desertado. Sin aguardar ninguna explicación, lo aprehendieron y lo llevaron detenido al cuartel que ellos ocupaban. Desbordado de ira, Dorrego envió a sus hombres a patrullar las calles, conminándolos a detener a cada artillero de Forest que estuviera caminando solo. Todo esto ocurría en ausencia de Belgrano, quien avanzaba con mayor lentitud, al ritmo del grueso del Ejército del Norte. Sin el jefe para poner orden, Jujuy asistía al enfrentamiento de los dos bravos oficiales que detenían soldados del otro, como si fuera una competencia para ver quién acumulaba más prisioneros. Juan José de Arenales, gobernador interino de Jujuy, quien ya venía molesto por las actitudes altaneras del impetuoso oficial de los Cazadores, le informó a Belgrano lo que estaba sucediendo. El jefe mandó llamar a Dorrego y en el campamento mantuvieron una charla a solas. Belgrano esperaba que la amonestación a su bravo oficial lo encauzaría. Sin embargo, a partir de aquel episodio, la relación fue perdiendo fuerza. Ese fue el motivo por el cual el general no contó con el valeroso oficial en la campaña al Alto Perú donde la suerte le fue adversa. Las derrotas de Vilcapugio (1/10/1813) y Ayohuma (14/11/1813) obligaron a que el Ejército del Norte tomara el camino a Jujuy. Los hombres de Belgrano llegaron a la abnegada ciudad y allí se engrosaron las fuerzas gracias a la implacable tarea del desplazado Manuel Dorrego. Se hallaba destinado en Salta, fuera de la zona de enfrentamientos, por los motivos que comentamos. Una tradición sostiene que luego de las derrotas mencionadas, Belgrano se lamentó por la ausencia de "un Dorrego" que lo auxiliara en las filas de la Patria. Dorrego, aseguró que cuando se puso en marcha rumbo a Jujuy, por disposición impartida desde Buenos Aires, recibió una carta de Belgrano convocándolo. Por lo tanto, el castigo había llegado a su fin. El reencuentro de Dorrego y Belgrano en San Salvador de Jujuy fue muy afectuoso. Una vez más, el joven ocupaba un lugar especial en el alto mando. Más aún, San Martín y Belgrano hablaron del valiente soldado, según se advierte en la correspondencia previa al encuentro de los dos grandes jefes. Sus recientes méritos le dieron un lugar preferencial. Por decisión de los comandantes, Dorrego se convirtió en el tercer jefe de la cadena de mando, detrás de los dos grandes. Pero no estuvo a la altura de la circunstancias. Para un profesional de las armas como San Martín, una de las claves del éxito era la buena comunicación. ¿De qué servía tener jefes buenos si los mensajes no llegaban con claridad desde el fondo hasta la primera línea de combate? Por esa razón, puso en práctica un ejercicio que era habitual en Europa. Consistía en formar una ronda que respetara los rangos, de izquierda a derecha como las agujas del reloj, y ensayar el grito de una misma consigna siguiendo la estructura jerárquica. La actividad se denominaba: "Ejercicio para la uniformidad de las voces de mando" y buscaba que cada oficial repitiera las palabras dichas por su superior y usara el mismo tono. La utilidad del ejercicio se vería en el campo de batalla. Si la vía de comunicación era fluida, una orden del comandante llegaría con claridad a los oídos de cada soldado. La primera consigna fue lanzada por San Martín con su potente voz de barítono. De inmediato respondió Belgrano, pero el contraste, debido a su voz aflautada, hizo reír a Dorrego. El futuro Libertador lo fulminó con la mirada y el resto de la vuelta prosiguió sin novedades. La nueva orden partió con energía de la garganta de San Martín. Una vez más, el joven hizo una mueca al oír la respuesta de Belgrano, pero esta vez el comandante reaccionó. Tomó el candelabro de la mesa, dio un golpe seco y, sin quitarle la vista de encima, le dijo a Dorrego: "¡Coronel, hemos venido aquí a uniformar las voces de mando, no a reír!". Al día siguiente, Dorrego marchaba a Santiago del Estero. Una vez más fue alejado de los puestos de mando y de la acción. Poco tiempo después, Belgrano fue llamado a Buenos Aires para responder por las acciones en el norte. Cuando iba en camino, al pasar por Santiago del Estero, el bromista Dorrego decidió desairarlo, enviando a un loco vestido de verde (color favorito de Don Manuel) con uniforme de brigadier: que lo llamaba “General Cotorrita”…

sábado, 31 de diciembre de 2022

20 de Febrero de 1813: Batalla de Salta

Por Julio R. Otaño

El Ejército del Norte, al mando de los Generales Manuel Belgrano y Eustoquio Díaz Vélez, se enfrentó en los campos de Castañares del norte argentino a las tropas españolas del Virreinato del Perú comandadas por el brigadier Juan Pío Tristán. Sucedió el 20 de febrero de 1813, es conocida como la Batalla de Salta y El conflicto finalizó con la victoria de las Provincias Unidas del Río de la Plata.  fue una de las victorias más importantes de la independencia argentina, los realistas se rindieron completamente.   Por su parte, el General Manuel Belgrano acordó que el ejército vencido entregara sus armas, banderas e instrumentos, y juraran no volver a luchar contra la nueva patria naciente. A cambio, se les perdonaría la vida y una retirada en paz. 7 Días antes a orillas del río Pasaje, sus soldados juraron fidelidad a la bandera. Desde entonces el curso de agua pasó a llamarse Juramento.  El 19 de febrero por la mañana estaba en la hacienda de Castañares. Se sentía enfermo. Sufría de fuertes dolores estomacales y tenía fiebre alta. Tenía preparado un carruaje por si el día de la batalla no pudiese montar.

Con un marco de una lluvia copiosa, Belgrano hizo la presentación de la bandera por él creada, que llevaba su ayudante Mariano Benítez. Por primera vez flamearía en el campo de batalla. Al comienzo de las hostilidades Eustoquio Díaz Vélez, al mando del ala derecha, fue herido de bala en el muslo izquierdo y debió ser reemplazado por el teniente coronel Manuel Dorrego. Belgrano le ordenó a Dorrego llevarse por delante al enemigo, pero sin cruzarse con el fuego de la artillería patriota, quien lo apoyó en un arrollador avance que hizo desbandar el ala izquierda española. Totalmente en caos, huyeron hacia la ciudad, perseguidos por los cuerpos de Dragones y Decididos de Salta.  El centro realista quedó rodeado y tenía poca capacidad de maniobra por un profundo zanjón. Recibieron violentas cargas de Dorrego, de Forest y de Superí. También huyeron a la ciudad, abandonando la artillería.  Los españoles irrumpieron en la ciudad, escondiéndose en casas particulares y en iglesias, y los soldados no hacían caso a las órdenes dadas por sus superiores.  El combate había durado cerca de tres horas.   Belgrano sorprendió con su decisión: decidió dejar en libertad a 2776 prisioneros. Les ofreció pasarse de bando y a los que se negasen, deberían jurar no volver a tomar las armas contra las armas de la Revolución. Quiso diferenciarse de los realistas en el trato al enemigo, a fin de ser bien recibido en el Alto Perú.  Rechazó la espada que le entregó Tristán y lo abrazó delante de todos. Ordenó abrir una fosa común en el campo de batalla, donde fueron enterrados los muertos de ambos bandos.  Muchos de ellos volverían a tomar las armas, ya que un obispo español no tardó en liberarlos de ese juramento.   Cuando la noticia llegó a Buenos Aires, todo fue fiesta. Salvas de artillería, repiques de campanas, la ciudad estuvo iluminada tres noches seguidas y sin importar el primer día de cuaresma, se organizó un baile en plena plaza Mayor.  Por sus resonantes victorias, el gobierno premió a Belgrano con 40 mil pesos, algo así como ocho kilos de oro. Dividió esa fortuna en cuatro para la construcción de cuatro escuelas a construirse en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero. Tan entusiasmado estaba Belgrano que el 25 de mayo de 1813 elaboró un reglamento para dichas escuelas, en donde no dejó ningún detalle al azar. No llegaría a verlas. La de Tarija se construiría en 1974, la de Tucumán, en 1998 y la de Jujuy, en 2004, mientras que la de Santiago del Estero se habría levantado con fondos provinciales.  

El saldo en las filas enemigas fue devastador. Quedaron cuatrocientos sesenta muertos en el campo de batalla, unos ciento treinta heridos y el resto del ejército realista había capitulado. Nunca se había logrado semejante resultado en una batalla por la Guerra de la Independencia. Fue entonces cuando se dio la situación que generaría tantas críticas.  Belgrano autorizó que el enemigo se marchase con la condición de que sus jefes jurasen que no volverían a luchar contra el ejército de Buenos Aires. Además, los vencidos se comprometían a entregar el armamento y devolver a los prisioneros. También se determinó que partirían cuanto antes de Salta y de Jujuy.    A los críticos, Belgrano les respondió que era muy fácil considerar opciones desde escritorios alejados del campo de batalla. Estaba convencido de que la mejor idea era que cada soldado regresara a su casa con una nueva percepción acerca de Buenos Aires y su ejército: los vencedores no eran demonios, no eran salvajes. Los porteños los trataban como hermanos. Tal vez también en esto se inspiró en Tacuarí. Porque Cabañas los tuvo a su merced y, a pesar de la ventaja, los dejó ir. Claro que en aquella oportunidad Belgrano cumplió su palabra. Pero en este caso, cuando Tristán reunió a los hombres en Potosí, les explicó que tenían el perdón del obispo y que el juramento que habían hecho no tenía ninguna validez.  Por su parte, el virrey José de Abascal había dicho que la rendición no tenía ninguna validez porque sus generales carecían de autoridad para firmar ese tipo de armisticio. ¿Entonces Belgrano tendría que haberse quedado con ese grupo de prisioneros? ¿Sería posible con sus tres mil hombres mantener a otros tantos cautivos? Debía alimentarlos, vigilarlos, curarlos. Ya había descartado ejecutarlos.    Igualmente menos de 300 (de un numero de 3000) no cumplió su juramento ese grupo se hacía llamar “El escuadrón de la muerte”. Porque estaba más que claro que cualquiera de ellos, en caso de ser tomado prisionero por Belgrano, sería ejecutado en forma inmediata. (en las invasiones inglesas tenemos el ejemplo de dennis Pack).    Cabe hacer algunas consideraciones sobre la índole de la guerra que se estaba desarrollando en nuestra América, Levene sostenía con firmeza que América nunca fue una colonia de España, sino que sus partes eran provincias del imperio, reinos de ultramar, integrados por vasallos libres de la corona, como proclamo Isabel la Católica desde el Descubrimiento a los indios y luego súbditos, que tenían sus representantes en las Cortes o sea el Parlamento de España.   Pero Roberto Marfany y luego Vicente Sierra sostienen que la guerra de la independencia, tanto en España como en América, fue una guerra civil, en la que se enfrentaron dos concepciones: la absolutista de Fernando VII y la liberal de la Junta de Cádiz y demás juntas constituidas.  En ambos bandos había españoles y americanos. Prueba de ello es que el liberal General Pío Tristán, vencido en Tucumán y Salta, fue en su país, Perú, el último Virrey in pectore y Ministro de Guerra en el Perú independiente en el 1830.  Igualmente, varios presidentes peruanos revistaron y combatieron en el ejército real en el sector liberal, y luego presidieron brillantemente la nación peruana, entre ellos La Mar, Castilla, Santa Cruz y Salaverry.  El tremendo e inteligente esfuerzo de Manuel Belgrano logró en tan solo un año, sin recursos, sin apoyo del gobierno central, disciplinando y ordenando un ejército devastado, darnos bandera, victorias y territorio. Logrando asegurar el único movimiento revolucionario de América que tuvo continuidad y permanencia. El cual luego sería catapultado por San Martín. Salta fue el reaseguro de todo ese movimiento revolucionario, he ahí su gloria imperecedera


jueves, 30 de mayo de 2019

Manuel Dorrego: El Ronco de Nazareno (Salta)

Por el Prof. Bismarck
Luego de la derrota de Huaqui (junio de 1811) el ejercito del Norte pudo recomponerse en Jujuy y bastante más en Salta. Pueyrredon, quien había tomado el mando, envió fuerzas al Alto Perú al mando de Eustoquio Díaz Vélez con ochocientos hombres, entre ellos su ayudante de campo, el joven porteño de 23 años Manuel Dorrego.  La vanguardia al mando de Dorrego se posesiona del pueblo de Nazareno, a orillas de dicho río, tras un tiroteo con el destacamento enemigo que lo ocupa.  En esta ocasión Dorrego recibe un balazo en el brazo derecho y un golpe en el pie izquierdo.  
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Al dia siguiente 12 de enero de 1812,  se produjo un gran combate  en condiciones críticas: Se largó a llover,  y originó una gran crecida del río y las cabezas de los hombres que envió Díaz Vélez se transformaron en una especie de tiro al blanco para que las huestes de Francisco Picoaga (a cargo de las tropas del Rey) se entretuvieran.  El rengo y manco Dorrego quedó tendido en la playa.  Jóvenes promesas perdieron la vida en ese contraataque irracional. Los primos Francisco y Lucas Balcarce, pertenecientes a una de las principales familias porteñas, murieron ese domingo.  El parte de guerra de Díaz Vélez anunció veintiséis muertos y ciento siete heridos. El de Picoaga hablaba de ochocientos muertos y setecientos tomados prisioneros.
Dorrego recibió un balazo en la garganta y le rompió el esófago, cayendo sin sentido.  Los soldados lo creen muerto, más él, reaccionando, les pide que no lo abandonen, y lo transportan en la creencia de que con esto están complaciendo el deseo de un moribundo.   Su conducta en la batalla y la gravedad de su herida provocan elogiosos comentarios de sus compañeros.  Los médicos del ejército lo curaron. Pero había un problema. Era imposible alimentarlo porque, como explicó en una carta Tomás de Anchorena, “se halla gravemente herido en la garganta, pues se le salía por la herida el alimento que tomaba”. ¿No murió en Nazareno y se iba a morir de hambre? Los médicos le colocaron un tubo de plomo en la herida, desde donde le pasaban el alimento al estómago.  
Recuperó la voz, aunque quedó ronco (tres años más tarde se burlaría de la voz aflautada de Belgrano). Pero lo más notorio era el cuello, que le había quedado bandeado y esto hacía que la cabeza estuviera torcida.     Pero los cuidados y su juventud le permiten por fin recobrarse    Manuel Dorrego disimulaba un poco su cabeza torcida, portando un latiguillo bajo su brazo e inclinándose hacia el costado. De todas maneras, las cicatrices estaban a la vista. Esas fueron sus principales condecoraciones. 
El gobierno del primer Triunvirato, sensible seguramente a los informes que le llegan sobre su comportamiento, expide un decreto, con fecha 10 de marzo de 1812, por el que le confiere, el grado militar ganado con su sangre.  Por dicho decreto lo designa teniente coronel, “con abono de los sueldos de capitán, desde que está en el servicio, cuyo desempeño ha sido de la entera satisfacción de esta superioridad”.  Gracias a esta medida Dorrego pasa a revistar regularmente en el escalafón.  

sábado, 14 de agosto de 2010

Acta de Defunción de Manuel Dorrego: Brown y Díaz Vélez intentaron salvar su vida....

POR EL PROF. JBISMARCK
Mientras Lavalle escribía el parte al Almirante Brown, a 300 metros suyos el cuerpo de Manuel Dorrego yacía tirado en el campo. Hay indicios ciertos que luego de la ejecución, hubo ensañamiento con el cadáver. Así lo indica el testimonio de la Comisión Oficial, que por orden de Rosas, ni bien asumió el Gobierno se trasladó de Buenos Aires a Navarro con el fin de exhumar los restos de Dorrego, tarea que se llevó a cabo el 13 de diciembre de 1829, es decir al año justo de su muerte.El informe firmado por el camarista don Miguel de Villegas dice en parte:
"Que encontraron el cadáver entero, a excepción de la cabeza que estaba separada del cuerpo en parte, y dividida en varios pedazos, con un golpe de fusil al parecer, en el costado izquierdo del pecho..."
Luego del fusilamiento el acongojado pariente de Manuel Dorrego, el clérigo Juan José Castañer, se hace cargo del cadáver, ya que ni siquiera se permitió a los más cercanos deudos llegarse hasta Navarro para ver los restos, no obstante los ruegos de los familiares que hicieron llegar al Sr. Ministro Díaz Vélez con tal fin. En cambio el recinto sagrado de nuestra histórica Parroquia, el mismo día 13, abrió de par en par sus puertas para recibir el cuerpo del infortunado Gobernador de Buenos Aires. Luego que fuera velado toda la noche, con la presencia escasa de algunos vecinos asombrados, que esporádicamente se acercaron al féretro.
El día 14, Manuel Dorrego fue enterrado en el Cementerio de Navarro, que entonces estaba junto a la Iglesia. El lugar de su sepultura dice el mismo parte de Villegas que estaba:
"a cinco y media varas de su frente y puerta principal, con la diferencia de dos tercios en que daba hacia su parte lateral izquierda..."
Concluido el sepelio, el párroco de Navarro, de puño y letra, dejó labrada la siguiente acta de Defunción, que está guardada como reliquia histórica de gran valor en nuestra iglesia y dice así:
"Manuel Dorrego- En el día 14 de diciembre de 1828, yo, el abajo firmado, teniente cura de esta Capilla de Navarro, sepulté con oficio y misa de cuerpo presente, todo cantado de primera clase, el cadáver del coronel don Manuel Dorrego, natural de Buenos Aires, esposo de doña Angela Baudrix. Recibió los Sacramentos de que doy fé.
Firmado: Juan José Castañer."
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Carta del Almirante Brown, delegado en Buenos Aires a Lavalle
                                                                                    12 de diciembre de 1828
Señor gobernador don Juan Lavalle:
Mi apreciado señor:
La carta original de Dorrego que incluyo a usted le informará de sus deseos de salir a un país extranjero, bajo seguridades: mi opinión a este respecto, como particular, está de conformidad, pero asegurando su comportamiento de no mezclarse en los negocios políticos de este país… Esta es mi opinión privada, mas usted dispondrá lo que considere mejor, para asegurar los grandes intereses de la provincia; quedando su muy atento amigo y servidor
                                                                                                            W. Brown

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Carta de las frustradas gestiones de Eustaquio Díaz Vélez frente al embajador de Estados Unidos para permitir la salida de Dorrego
                                                                                          15 de diciembre de 1828
Señor don Juan Lavalle
Mi querido general y amigo de toda mi estimación:
[…] En esta misma posición, es en la que llego como amigo suyo y de Dorrego, a interponer mi mediación, para que él vaya a Estados Unidos, y explicaré cómo debe ser en mi opinión… Dorrego debe salir inmediatamente sin toca en el pueblo, extrañado perpetuamente, dando garantías que podrán prestarlas los mismos mediadores, y privado también de la ciudadanía, etc. Esto es digno, más que fusilarlo, aun después de un juicio muy dudoso, si se han de consultar los ápices de la justicia
Díaz Vélez
P.D.: en caso que Dorrego vaya a Estados Unidos, Forbes dará buque al instante.

nOTA: Forbes era el embajador de USA en las Provincias Unidas