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viernes, 15 de diciembre de 2023

EL TRANVIA QUE CAYO AL RIACHUELO

Desplegando largas banderas argentinas y luciendo enormes escarapelas en las solapas de sus sobretodos, una entusiasta multitud se lanzó a las calles de Buenos Aires a desafiar el frío. Era el 9 de julio de 1930 y, al verlos pasar por la calle Rivadavia, alguien hizo notar la inusitada expresión de patriotismo que convocaba a tanta gente: "¡Por fin las fiestas patrias se festejan como merecen!”, se regocijó uno de los radicales que solía tomar su café en la vereda del Tortoni, cerca del edificio del diario oficialista La Epoca. "Ma' que fiestas patrias... ¡Van todos a despedir al combinado argentino!", le respondió el lustrabotas del café. En ese momento empezaron a oírse los primeros estribillos que auguraban los goles de Manuel Nolo Ferreyra. "¡Ar-gen-tina! ¡Ar-gen-tina!", gritaban todos entusiasmados mientras se dirigían al puerto. Allí se embarcarían los jugadores que iban a disputar el primer campeonato mundial de fútbol en el flamante Estadio Centenario de Montevideo.

EL PUENTE. Ese entusiasmo se iba a convertir después en una gran expectativa por el debut del equipo argentino, anunciado para cinco días después. Pero en la víspera, el sábado 12 de julio, la atención sería desviada inesperadamente por el episodio más dramático del año. En esa lluviosa madrugada, Manuel José Rodríguez, un español de 58 años encargado de manejar el puente levadizo Bosch, que la Compañía de Tranvías Eléctricos del Sur había tendido sobre el Riachuelo, fue como todos los días a “tomar servicio”. Llegó a las 6 en punto, cuando aún no había aclarado y la neblina se extendía en una densa capa sobre las calles de la ciudad. A los cinco minutos de acomodarse en su garita de mando, Rodríguez recibió una señal de la chata petrolera Itaca II, reclamándole paso. “Lo primero que hice fue encender las luces de peligro —contaría después—, para evitar que algún tranvía intentara cruzar en ese momento. Luego puse en marcha el mecanismo y el puente empezó a elevarse. En ese momento me pareció escuchar el ruido de un tranvía y sentí un sudor frío. Me asomé por la ventana de mi garita y vi, entre la niebla, las luces de las ventanillas de un vehículo que acababa de entrar al puente. Medio desesperado, empecé a gritar para que el motorman me escuchara, pero fue inútil. Era el tranvía 105, que venía muy ligero. El conductor no podía escucharme; creo que tampoco tenía tiempo ya de frenar. Pasó debajo mío como una tromba y lo vi caer al vacío en forma espectacular, hasta que se hundió completamente en el río; en ese momento se apagaron los chirridos de las ruedas y se sintió claramente el ruido del impacto con el agua. Después todo fue silencio. Un silencio aterrador. Bajé de la garita y me encontré con otras personas que también habían presenciado la escena y empezamos a planear el auxilio, a pensar cómo diablos podríamos sacar a esa gente de allí dentro”.
El patético relato del guardapuentes sería recogido esa misma tarde en las columnas de Critica, donde en gruesa tipografía se anunciaba la tragedia a toda página: "Un tranvía cayó al Riachuelo. Hay 80 muertos". La noticia se apresuraba a exagerar las cifras, porque los pasajeros del tranvía eran 60. Pero es que esa tarde Critica iba a lanzar una de sus mayores tiradas y necesitaba golpear en su mejor estilo; además, como en ese momento Natalio Botana, su director, se había embarcado en una conspiración política contra el gobierno, aprovechó para culparlo de la catástrofe. “Todo esto ocurre —decía el diario— porque falla la organización de los poderes estatales y se permite que las empresas de servicios públicos estén anarquizadas. ¿Qué hace el señor Yrigoyen?”.

EL TRANVIA. "Yo viajaba sentado en uno de los asientos delanteros —contó Remigio Benadasi—, del lado de la ventanilla. Todas estaban cerradas por el frío y el pasillo estaba repleto de pasajeros. Cuando el tranvía dio vuelta para llegar al puente, vi las luces rojas de peligro y me extrañó que no se detuviera. De repente sentí una sensación parecida a la de los ascensores que bajan rápido y me encontré en el agua. Todavía no me explico como salí del tranvía. Debe haberse roto el vidrio de mi ventanilla, porque tengo una herida en la frente y otra en la mano izquierda. La cuestión es que sin saber nadar, estuve chapoteando un rato hasta que me sacaron”. El testimonio de Benadasi —un mecánico italiano de la Compañía General Fabril que había tomado el 105 en la esquina de San Carlos y Pavón, de Lanús— fue acompañado de aparatosas gesticulaciones. Aún no imaginaba cómo había salvado su vida y se sentía casi un héroe.
El manejo de ese tranvía 105, que unía Lanús con Constitución, había sido confiado a otro italiano. Se trataba de Juan Vescio, un motorman de 31 años, en quien no confiaba ni su propio acompañante, el joven guarda José Angel Rodríguez, de 23 años. “Mi hijo —explicó aquella mañana el padre del guarda— presintió lo que le iba a pasar, porque hoy, antes de salir de casa, le dijo a mi mujer que no sabía si volvería. ¿Y saben por qué dijo eso? Lo dijo porque tenía miedo de que el motorman hiciera alguna macana. Varias veces le oí decir en casa que su compañero era un potrillo manejando y que iba a pedir que lo cambiaran de turno”.
El recorrido del 105 —que había partido de Lanús a las 5 de la mañana— era clave a esa hora. En Gerli primero y en Avellaneda después, el tranvía se llenó de obreros que Iban a trabajar, en su mayoría a Barracas. La fina llovizna hizo que todos se apretujaran en su interior, colmando el pasillo, para eludir la plataforma, y eso impidió que algunos pudieran salir rápido de allí dentro. “Murieron como ratas —imaginó uno de los cronistas de Crítica—, en una confusión horrorosa, en una lucha breve desesperada, en un simultáneo reventar de pulmones y corazones”.
De los 60 pasajeros sólo se salvaron cuatro: Remigio Benadasi, José Hohe, Buenaventura Arlia y Gabina Carrera. Esta última no supo explicar si había salido del tranvía antes o después de que se hundiera: estaba totalmente confundida. Arlia dijo que al quedar con los pies sobre la ventanilla, rompió el vidrio de un golpe y salió en seguida, y Hohe explicó que se sintió de pronto flotando dentro del vehículo y tocando el techo con la cabeza. Como estos dos sabían nadar un poco, pudieron zafarse de la trampa.

EL RESCATE. Las operaciones de rescate fueron confiadas al personal policial de la comisaría 32ª y a un cuerpo de bomberos, pero como ninguno de ellos podía meterse en el Riachuelo para extraer los cadáveres, hubo que recurrir a los buzos del Ministerio de Obras Públicas. Cuando la noticia de este operativo fue dada a conocer, de los suburbios de Buenos Aires comenzaron a concentrarse millares de personas. Se volvió a Juntar una multitud parecida a la que cuatro días antes había ido al puerto a despedir a los futbolistas. Todos se aglomeraron al borde del Riachuelo, para ver de cerca el trabajo de los buzos.
"Yo estaba de guardia en los talleres que el ministerio tiene instalados al borde del Riachuelo, cuando me llamaron de urgencia para esa tarea", dijo con cierta displicencia Antonio Splaguñías, un griego con suficiente experiencia en el buceo. Sin excitarse, el veterano Splaguñías se vistió de buzo y llegó con la escafandra en la mano hasta el lugar, ante la curiosa mirada de los espectadores que balconeaban la escena desde el puente Bosch. Una vez preparado para la inmersión, descendió en el lugar exacto, marcado por el trole que asomaba en la superficie.
"Al penetrar en la plataforma delantera —dice su frío relato— encontré el primer cuerpo. Después supe que se trataba del motorman Vescio. La puerta interna estaba cerrada y me costó abrirla, pero cuando lo hice se me vinieron encima varios cadáveres amontonados. Entonces empecé a atarlos uno por uno, para que se los pudiera sacar mejor. De esa forma recuperamos el primer lote. Después revisé bien el pasillo y aparecieron más, algunos enganchados entre los asientos y otros con los brazos en las ventanillas. Me di cuenta de que estos últimos habían tratado de romper los vidrios para escapar, pero seguramente en la confusión no tuvieron tiempo y se ahogaron enseguida. Estuve largo rato trabajando con el otro buzo, Anastaxis Fotis, griego como yo, con quien sacamos 28 cadáveres a la superficie".
Pero el rescate no había sido completo, porque se sabía que faltaban por lo menos unos veinte cuerpos más. En esa tarea trabajó solo Fotis, quien después contó su aventura con menos aplomo que su colega. "Antes que yo —dijo— bajó otro buzo, Pedro Kodasky, pero como se horrorizó del espectáculo, se puso nervioso y se cortó con un vidrio. Hubo que sacarlo a la superficie porque estaba muy excitado y lastimado. Después bajé yo y me encontré con varios cuerpos enredados en la plataforma trasera, tal vez por la desesperación de salir de allí a tiempo. Colaboré un rato en esa tarea y saqué todos los cadáveres que pude, pero después empecé a sentirme mal y me descompuse. Entonces pedí que me alzaran. Recuerdo que el primer cuerpo que toqué estaba con los brazos extendidos y el agua lo movió hacia adelante de tal manera que se me colgó prácticamente del cuello, como si estuviera aún con vida. Jamás olvidaré ese instante tan terrible para mí”.
Al día siguiente, cuando los ojos de los argentinos volvían a entornarse hacia Montevideo, con la esperanza puesta en el gran equipo de fútbol, todavía quedaba gente en los alrededores del puente Bosch. Eran los que querían presenciar el último acto del drama: el rescate del tranvía 105. A la una y media de la tarde, la gigantesca grúa del Ministerio de Obras Públicas hundió su brazo en el Riachuelo y extrajo el desvencijado vehículo, con sus ventanas rotas y sus ruedas colgando. El peritaje determinó, poco tiempo después, que la responsabilidad del accidente era totalmente de la empresa tranviaria, porque su personal no era idóneo. Las culpas recaían sobre el motorman Vescio, quien dejaba en el desamparo a cuatro hijos y a una viuda embarazada. Sólo hubo una controversia: ¿había sonado la campana de alarma del puente? Nadie la escuchó. Pero las luces rojas estaban encendidas y eso no eximía de culpas al conductor del tranvía.
El único saldo positivo de aquella tragedia fue el dividendo económico que obtuvieron los vendedores ambulantes de pizza y caramelos, quienes trabajaron "como en un día de fiesta" —según sus propias palabras—, y la propaganda que hizo la fábrica de anilinas Sirio al obsequiar a los familiares de las víctimas con 150 paquetes de colorante negro para sus ropas, “como una contribución desinteresada".
Copyright Panorama, 1970.


jueves, 30 de septiembre de 2021

Roque Sáenz Peña en la Presidencia

 Por Natalio Botana ("El Orden Conservador")

Figueroa Alcorta —escribe Miguel Angel Cárcano— «no tenía en el círculo de sus amigos una personalidad de tanta notoriedad y relieve como Sáenz Peña». La sucesión estaba en marcha. Ya habíamos subrayado —adrede— el papel de Sáenz Peña en el autonomismo pellegrinista. Pero su antirroquismo venía de antigua data. Se había formado en su juventud en el viejo alsinismo; defensor de Avellaneda, luego «Juarista» (uno de los últimos ministros del presidente derrotado en el noventa), Sáenz Peña encabezó el movimiento modernista, impulsado desde la provincia de Buenos Aires por el gobernador Julio Costa, que lo hizo candidato firme en las elecciones presidenciales de 1892 y que sólo pudo desbaratar Roca, logrando la adhesión del P. A. N. y del mitrismo a la candidatura de su padre. Elegido senador por la provincia renunció poco tiempo después. Retomó a la actividad pública para participar en la coalición opositora que alentó la política de las paralelas en 1898. Cuatro años más tarde, Sáenz Peña encabezó la lista «demócrata» de 1902; acompañó a C. Pellegrini en la Convención de Notables de 1904 y en 1906 fue electo diputado por la «Coalición Popular». No asumió la banca y aceptó un cargo diplomático de ministro plenipotenciario ante los gobiernos de España, Portugal, Suiza e Italia, prolongando así una exitosa carrera en el campo de las relaciones exteriores, que alcanzó momentos culminantes hacia fines de la década del ochenta con motivo de la Conferencia Panamericana en 1889.

La trayectoria de Sáenz Peña evoca, en gran medida, el perfil de un opositor interno frente al predominio de la fracción roquista en la política nacional: una actitud de distanciamiento y de intentos frustrados durante los veintiséis años que transcurrieron entre 1890 y 1916. Dentro de la clase gobernante, Sáenz Peña rompía lanzas con la hegemonía gubernamental sin emigrar jamás hacia las fuerzas políticas que, al situarse fuera del cuadro establecido, impugnaban la legitimidad del régimen desde la oposición externa. Más bien, su acción pública revela las reglas no escritas del control institucional que un grupo gobernante, percibido como oligárquico, ejercía sobre aquéllos dispuestos a participar en un hipotético juego competitivo.

Sáenz Peña programó su candidatura desde Europa.  Allí se puso de acuerdo con Indalecio Gómez, viejo colega en el movimiento modernista del 91, acerca de la estrategia del próximo gobierno. Gómez era también un consecuente antirroquista. Una fiel amistad con J. M. Estrada, a la cual no eran ajenas convicciones comunes, motivó su incorporación, en 1889, a la Unión Católica. En 1892 Gómez fue electo diputado por Salta, su provincia natal; obtuvo su reelección en 1896 y a caballo entre ambos períodos llegó a ocupar la vicepresidencia segunda de la Cámara entre 1894 y 1897. Permaneció, pues, en el parlamento hasta el filo del siglo. En 1904, I. Gómez era ferviente pellegrinista; un año después, M. Quintana, le confió la representación diplomática, con sede en Berlín, ante Alemania, Austria-Hungría y Rusia.   Modernismo, política de las paralelas, pellegrinismo: tres momentos opositores compartidos por un antiguo juarista y un militante católico. El movimiento reformista del centenario cobraba cuerpo en Roque Sáenz Peña e Indalecio Gómez: juntos en la ciudad de Lucerna, el futuro presidente y su ministro del Interior trazaron los lineamientos de la reforma política de 1912.

La campaña electoral se organizó en torno de la «Unión Nacional», un movimiento que en poco tiempo cubrió todo el país sin sufrir fisura alguna. Frente a esta coalición de origen bonaerense, bien apoyada, de inmediato, por los gobiernos de provincia, apenas despuntó la simbólica oposición de los republicanos-mitristas que levantaron la candidatura de E. Udaondo.   El clima de la campaña, los discursos y las propuestas que se desgranaron en los actos públicos, poco desmintieron el sesgo optimista del centenario. La candidatura de Sáenz Peña nacía como un intento, de cuyo éxito nadie dudaba, que tenía el «sugestivo poder de borrar /…/ las líneas divisorias que nos habían dejado las antiguas luchas». El candidato arrastraba consigo el apoyo de los que «desde hace largos años concentran a su alrededor los prestigios de la intelectualidad, de la fortuna y del trabajo»; su figura, engarzada con una larga tradición venía a redimir de males una peculiar época oscura, hecha a la medida de personajes reprochables como «el general Roca ha sido precisamente después de realizada la Unión Nacional, el más ilustre enemigo de la democracia argentina». (A. Beccar Varela. La reforma electoral. Contribución a su estudio. Bs. As. Imprenta de la Prisión Nacional, 1911)

Para hacer más eficaz el contraste, se resaltaba la presencia en la Unión Nacional de los «sobrevivientes de la junta revolucionaria de 1890», de Romero, Goyena y Demaría que, lejos esta vez de las lilas de la Unión Cívica pretendidamente alineada tras Udaondo, desmentían las críticas provenientes del bando republicano acerca del pasado juarista de Sáenz Peña.

La justificación de la candidatura exime de mayores comentarios. La propaganda electoral proponía a Sáenz Peña como un conciliador de tendencias, cobijadas bajo la percepción de una Argentina «favorecida por un clima privilegiado, con los frutos óptimos de todas las zonas, regida por leyes sabias y con una constitución admirable, dirigida por gobernantes mancomunados en un solo propósito patriótico…». Exultaciones que, sin embargo, no debían favorecer excesos en un país amparado, «hasta que llegue el mayor grado de su desarrollo, por una política que basada en los principios e inspirada en los fines liberales de nuestra constitución liberal, reúna todas las características de una democracia conservadora». Entre los prolijos análisis de la política económica que efectuaba Federico Pinedo (padre) y algún devaneo retórico inspirado en una visión cósmica del desarrollo constitucional, la campaña afrontaba la oposición de importantes diarios porteños y no eludía advertencias para precaverse de enemigos amenazantes.

Esas amenazas se encamaban en el radicalismo, formado por los restos de aquel gran partido que ha veinte años fundaron Del Valle y Alem …que proclama la revolución, levantando un programa de sufrimiento y de muerte», cuya dirección interna, irresponsable y absoluta, es una triste muestra de lo que sería su gobierno real.  La lectura de los discursos electorales y las formas de organización y de reclutamiento, califican a la Unión Nacional con el signo de una fuerza política de carácter tradicional. Como el P. A. N., la Unión Nacional constituía un eficaz vehículo para comunicar oligarquías locales y gobiernos provinciales bajo la protección de una presidencia que no escatimaba recursos —la intervención federal, la clausura del Congreso, el estado de sitio— para hacer efectivo su poder y su influencia electoral. Pero mientras los viejos arreglos, que gestaban candidaturas, manipulaban una ideología funcional con la estructura política, la Unión Nacional reorientó, con un brusco golpe de timón, ese mensaje ideológico y contradijo el sistema electoral vigente mediante un proyecto reformista, que Sáenz Peña proclamó en su discurso-programa pronunciado en la plaza Retiro en el mes de agosto de 1909. Allí manifestó sus propósitos institucionales y los tradujo en un lenguaje que mucho recuerda la profesión de fe de un creyente. «Dejadme creer —dijo en aquella circunstancia— que soy pretexto para la fundación del partido orgánico y doctrinario que exige la grandeza argentina; dejadme la confianza de que acabaron los personalismos y volvemos a darnos a las ideas».

Sáenz Peña regresó a Europa desde donde impuso la candidatura de Victorino de la Plaza para la vicepresidencia. A fin de año tuvo lugar la proclamación oficial. El resto de los cargos, en el orden nacional y en las provincias, se adjudicaron sin consultar a las asambleas o a las convenciones de las agrupaciones de distritos. Tres meses después, en abril de 1910, las listas de la Unión Nacional se impusieron en todo el país sin atisbo alguno de resistencia electoral, pese a la participación del P. Socialista (en la Capital) y de la fracción cívica-republicana que apoyó la candidatura de Udaondo. Los radicales permanecieron en la abstención.

Acallados los festejos del Centenario, no decrecieron los signos inquietantes. El temor de una conspiración radical, presentida por los gobernantes, acompañó el regreso de Sáenz Peña, ya electo presidente. Desembarcó en Buenos Aires de noche, sin pública acogida y fuertemente custodiado. De inmediato rompió la incomunicación y buscó entrevistarse con el personaje que despistaba los servicios de seguridad y evocaba las mayores amenazas: Hipólito Yrigoyen y Roque Sáenz Peña conversaron días antes que tuviera lugar la asunción del mando.  Yrigoyen rechazó la propuesta de integrar un gabinete de coalición en el próximo gobierno y mantuvo invariable su exigencia acerca de la modificación del registro y de la ley electoral, decisiones, ambas, que debían implementarse con intervenciones federales en todas las provincias para garantizar los nuevos comicios. Sáenz Peña no aceptó el temperamento intervencionista, pero ambos coincidieron en la necesidad impostergable de la reforma electoral.

Juró el cargo de Presidente el 12 de Octubre de 1910. Ausente la legitimidad de origen, Sáenz Peña justificó el proceso electoral que lo llevó a la primera magistratura, magnificando la participación de votantes en la Capital Federal: «son pocos, lo reconozco, pero nunca se vieron más ciudadanos». Casi una excusa, como él mismo lo reconoció, «que he necesitado hacer para fundar mi autoridad de gobernante, autoridad que procede de esa fuente democrática de imperfección universal, discutida eternamente bajo todos los sistemas representativos».   Los reformadores emprendían un plan que poco desmentiría el ritmo vertiginoso, o la velocidad de los cambios a los cuales estaba habituada la Argentina de ese entonces. Inmersos en una sociedad distinta, aquejados por la mala conciencia derivada de una política distante de los valores que hacía suyos la crítica moral, los nuevos gobernantes asumían la tarea de reparar una fórmula y un régimen. Buscaron un método: la reforma deliberada; quizá, definieron una meta: la conservación del poder y de su posición social, ambas cosas reconciliadas, esta vez, con una práctica institucional menos imperfecta o más coherente con los principios proclamados. En todo caso, se apresuraron a materializar las intenciones y emprendieron los estudios para reformar la ley electoral. Conocían estos menesteres; entendían de antecedentes y de legislación comparada y sabían que, desde hacía ya una década, el país había penetrado, a tientas y con frustraciones sucesivas, en un territorio donde la inocencia de los propósitos debía chocar, necesariamente, con la predicción estratégica acerca de los resultados.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Natalio Botana y "Crítica"

Por Alvaro Abós Hace noventa años, el 15 de septiembre de 1913, salió el primer número del diario Crítica. Tan sólo ocho páginas tamaño sábana y una tirada de cinco mil ejemplares. Pero a poco de su nacimiento se transformaría en el fenómeno mediático más importante, exitoso y poderoso de América latina.
El uruguayo Botana fue su mentor, fundador y primer director. Hijo de un hacendado, Natalio Félix Botana nació en 1888 en Sarandí del Yí, departamento de Durazno, en el seno de una familia de tradición blanca que habría de interesarlo tempranamente en la política. A los quince años estudiaba en un colegio jesuita de Montevideo cuando se fugó con su fiel mucamo negro, Cipriano Arrué, para sumarse en 1904 a las tropas de don Aparicio Saravia. Tras la muerte del caudillo retomó sus estudios, compartió la bohemia del 900 y colaboró con los diarios Tribuna Popular y La Noche; y cuando su tío abuelo Basilio Muñoz se alzó contra el presidente Claudio Williman, volvió a tomar las armas para conocer una nueva derrota. Convertido en un intelectual de acción y expulsado a la provincia de Corrientes, vivió aventuras mercenarias en Paraguay y hacia 1911 arribó a Buenos Aires, donde se vinculó con los sectores letrados de la ciudad.  Frecuentador de las tertulias de “Los Inmortales” y vinculado al partido conservador, Botana transitó por las redacciones de varios periódicos hasta fundar su propio diario a los 25 años de edad, orientado a combatir dos enemigos: el avance de “la chusma radical” -reclamando la derogación de la ley del voto secreto-, y el del imperio germano en Europa.  De las ocho páginas de la primera edición de Crítica, la sección de turf ocupaba tres, porque la cobertura del deporte era una de sus innovaciones, igual que las caricaturas de su primera plana y el fuerte destaque sensacionalista de las noticias policiales. Identificado como “Diario ilustrado de la noche, impersonal e independiente”, Crítica no alcanzó su apogeo hasta 1927 –en que llegó a vender alguna vez casi un millón de ejemplares diarios (¡en una ciudad de menos de tres millones y un país de menos de diez millones de habitantes!), impresos en rotativas de última generación a razón de más de cien mil por hora, lo que lo hacía el diario más importante de América latina y, en proporción a la población nacional, tal vez el más importante del mundo-, pero ya en los inicios Botana puso a rodar las ideas que le darían singularidad, connotarían su sensacionalismo y revolucionarían la presentación de las noticias en los diarios de la región: fuerte ilustración de sus páginas, con caricaturas, fotografías e historietas, gran despliegue de títulos, nutrida información deportiva y policial, y un singular y magnífico talento. A lo largo de los años, Botana envió a poetas y escritores a cubrir deportes, hacer crónicas policiales, columnas festivas, sueltos satíricos de la vida política y popular, reuniendo las plumas del grupo Martín Fierro con los más secretos rincones de la cultura popular. A principio Crítica no pudo consolidarse en el mercado, y la urgencia de no perder el diario lo hizo pensar a Botana en un cambio de rumbo con un objetivo bien claro: llegar al público de masas. La nueva política dio resultados: en 1920 la redacción se mudó a una casa de tres plantas en Sarmiento 1546, al año siguiente lograron instalar talleres propios y sumaron la tirada de la quinta edición y de la tercera. De a poco se despertaba el gigante. Para 1925 el diario largó la sexta. En la era de oro de los periódicos, aún sin la competencia con la información instantánea de la radio, Crítica salía a la mañana, al mediodía, a la tarde, a la noche, y a veces, cuando los acontecimientos lo merecían, sacaba la séptima a la medianoche. Resultó un espectacular medio de comunicación que innovaba constantemente y marcaba el camino del nuevo periodismo.
 
Crítica fue el precursor en muchos aspectos que hacen al oficio periodístico: el primero que envió a cronistas y fotógrafos como corresponsales de guerra al conflicto entre Paraguay y Bolivia; el que destacó al primer cronista deportivo que acompañó a un club de fútbol en gira, cuando cubrió la campaña de Boca Juniors por Europa en 1927; el que realizó el primer reportaje telefónico trasatlántico con motivo de la inauguración de la agencia del diario en Berlín. Roberto Arlt, fascinado al conocer el hecho, vaticinó que pronto se podrían transmitir fotografías a largas distancias y establecer comunicaciones telefónicas desde un aeroplano.  Además de sus cinco ediciones normales, el diario implementó numerosos suplementos y secciones como La Buena Cocina, Cultura Física, Para gordos y flacos, relacionado con los regímenes dietéticos, Moda, La música, los autores y las obras, y el suplemento infantil a todo color. Mientras creaba, no perdía de vista, sin embargo, a sus competidores, y editó, al igual que el diario La Razón, libros a precios muy accesibles. Así nació la Biblioteca Crítica. El diario le brindaba a sus lectores un rol activo, organizaba espectáculos públicos, ciclos de cine barriales y concursos de cuentos. En una ocasión, se llevó a cabo un certamen de mujeres feas, a cuyas ganadoras se les regalaba un tratamiento de belleza.  Pero los comienzos fueron penosos: día a día se andaba a las corridas para pagar la edición y rara vez sus periodistas cobraban; y cuando lo hacían, Botana sabía recuperar el dinero en largas partidas de naipes con sus empleados, y regresarlo a su bolsillo. Lo admiraban, sin embargo, por su saber enciclopédico, su talento para conducir la empresa y abrirse camino a golpes de ingenio como si fueran puñetazos, generando fuertes y progresivos lazos con los canillitas y los dueños de la reventa de periódicos en las playas de distribución, dominada por una mafia variopinta, con personajes de pasado tan oscuro como capaces de responder a la lealtad de los gestos. Supo ganárselos y le abrieron muchas puertas que jalonaron su progresivo ascenso, cuando la redacción dejó de mudarse de oficina en oficina porque el diario sólo pagaba el primer mes del contrato de alquiler y ocupaba el local hasta el próximo desalojo.  Pese al logo con que se inició, de impersonal el diario no tenía nada. Tenía la conducción de un periodista que oficiaba de condottiero moderno, al modo de Hearst en Estados Unidos, y su independencia lo llevaba a alternar tanto con los conservadores, como con los radicales y los anarquistas. Cuando William Randolph Hearst (1866-1951) compró el New York Journal, se propuso competir sin tregua contra el inmigrante húngaro Joseph Pulitzer, entonces dueño de New York World, que luego modificó su nombre por The World. Todos los recursos eran válidos para ganar el favor de las nuevas masas lectoras, en aquella carrera que emprendieron el World y el Journal; entre ellos la contratación de los mejores periodistas. Richard Outcault había creado en el suplemento de historietas en color del World un personaje que se hizo célebre: un chico peladito bautizado Yellow Kid (pibe amarillo). Hearst le robó el dibujante y el personaje para su diario en 1896. La historieta dio origen a la expresión “prensa amarilla”, que desde entonces designó a los periódicos populares, de los que se sospechaba que eran corruptos.  Botana se inició con los conservadores pero apoyó a los anarquistas, conspiró en el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen, pero tras el golpe de Uriburu de 1930 protegió a sus amigos radicales en su propia casa. Cultivó una sincera amistad con el futuro presidente Agustín P. Justo y apoyó la formación y crecimiento del Partido Socialista Independiente. Cuando la guerra civil española, tuvo actitudes de espectacular generosidad con los refugiados republicanos, desafiando todas las prohibiciones de socorrerlos.

A partir de 1927 Crítica inauguró su propio edificio art decó sobre la Avenida de Mayo 1333, donde actualmente funciona una dependencia policial, obra del genial arquitecto húngaro –inmigrante y refugiado- Andrés Kálnay, que también construyó, entre otras magníficos edificios porteños, el cine Florida y el Munich de la Costanera Sur. El diario por entonces ya vendía cientos de miles de ejemplares, contaba con modernas impresoras gráficas y su contacto con las masas de lectores era vibrante. El edificio tenía la particularidad de utilizar una sirena estridente que le anunciaba a la población los acontecimientos más importantes. “¡Está sonando la sirena de Crítica! Algo está pasando en Buenos Aires”, decían los vecinos. Los ventanales que se ubicaban sobre la Avenida de Mayo se utilizaban para colocar pizarras con las últimas noticias y se actualizaba cada hora. Allí se reunían los transeúntes muchas veces para comentar y opinar sobre la información.  Convertido en magnate millonario, Botana incursionó también en la radio y en el cine, y prodigó a sus empleados y lectores toda clase de favores, ayudas personales y sociales. Mantuvo a decenas de ganapanes y malandrines que conectaban la redacción con el pulso de la ciudad. Allí se reunieron las mejores plumas del país: los hermanos Enrique y Raúl González Tuñón, Ulyses Petit de Murat, el Malevo Muñoz, Roberto Arlt, Jorge Luis Borges, Roberto Payró, Alfonsina Storni, Conrado Nalé Roxlo; en sus páginas colaboraron Gómez de la Serna, Norah Lange, Eduardo y Enrique Mallea, Leopoldo Marechal, Carlos Mastronardi, Enrique Pichón Rivière y entre ese número impresionante de firmas, los uruguayos Onetti, Espínola, Amorim, Falco, Blanca Luz Brum, Pereda Valdés, entre otros. A Botana puede reconocérsele el impulso que llevó a Borges a aventurarse en la prosa, cuyo primer libro en el género, “Historia universal de la infamia”, reunió sus crónicas aparecidas en Crítica Revista Multicolor, suplemento sabatino que dirigió junto a Petit de Murat.  La vida íntima de Botana estuvo marcada por su relación con Salvadora Medina Onrubia, una militante anarquista fogosa, luchadora, madre soltera, poetisa y dramaturga, a quien conoció en 1915. Personaje de furias implacables, amiga de Alfonsina Storni y de Roberto Arlt -con quien compartió búsquedas teosóficas y esotéricas-, además de un amplio número de celebridades que abarcan desde famosos anarquistas hasta don Hipólito Yrigoyen, Salvadora le dio tres hijos, la felicidad y una tragedia. Botana amaba locamente a su hijo adoptivo, “Pitón”, y el muchacho lo había convertido en su héroe. En un oscuro episodio de celos, cuando Pitón tenía diecisiete años, la madre le reveló que en realidad era hijo de otro hombre. Desgarrado por la revelación, el muchacho reunió a sus hermanos, se despidió y delante de ellos, se disparó un tiro en el corazón.   El drama familiar malogró la dicha y abrió una distancia irrecuperable en la pareja. Salvadora buscó consuelo en el éter y el espiritismo, Botana en el opio y el periodismo, pero ambos continuaron juntos y protagonizaron grandes vicisitudes entre el glamour, el frenesí político, la cárcel y ríspidos escándalos, como personajes de una rocambolesca novela.
La identidad del diario no sólo estuvo construida por las grandes redacciones, la astucia en las interpretaciones de los acontecimientos y la enorme capacidad de Natalio Botana. También se caracterizó por la cantidad de personajes pintorescos que acrecentaron la magia de Crítica. Uno de ellos fue el jefe de la reventa Eduardo Dughera, El Diente, que jugó un papel fundamental en la lucha que se entabló entre La Razón y Crítica, cuando esta última salió a competirle con la quinta edición. El espectacular incremento de la tirada de Crítica fue debido a un conflicto gremial. Los canillitas, agrupados en la Federación de Trabajadores de Diarios, entraron en guerra con La Razón. Le reclamaban, entre otros puntos, fijar un precio de venta, la devolución de los ejemplares no vendidos, descanso dominical y el reconocimiento de su gremio. Las autoridades del diario no aceptaron y los canillitas, en enero de 1922, comenzaron una huelga que duró 10 meses. Para tratar de evadir el conflicto, La Razón contrató revendedores que según lo denunciaron los diarios socialistas y anarquistas de la época eran miembros de la Liga Patriótica, una agrupación nacionalista de derecha.
A tres meses de huelga y con un canillita muerto por los revendedores de La Razón, Botana se aprovechó del conflicto y sacó la quinta edición. Crítica entregaba el 50 por ciento de ganancia de la reventa, mientras que otros diarios no superaban el 30 por ciento. La guerra, que se trasladó a las calles, entre los canillitas y “los carneros” de La Razón, fue aguerrida y muchas veces llegaron a enfrentamientos con armas de fuego. El Diente Dughera fue el estratega de los procedimientos. La huelga finalizó en noviembre de ese año, con la unificación del horario de salida del periódico, el reconocimiento de la Federación y la fijación del precio pedido. Dughera llegó a ser uno más del equipo de Crítica, mantuvo una estrecha amistad con los periodistas y con Natalio Botana. Cuando el diario sacó una sexta edición, otra apuesta fuerte, Botana le preguntaba al Diente cómo iban las ventas, y siempre obtenía la misma respuesta: “Metalé, don Natalio, la sexta se vende como el pan”. Más tarde se dio a conocer que era el propio Diente quien compraba los números hasta que se lograra la aceptación del público.  Otro personaje de Crítica fue Carlos de la Púa, el Malevo Muñoz, cuyo verdadero nombre era Carlos Muñoz del Solar; le dedicó su libro de poemas lunfardos “La crencha engrasada”, de 1928, “a todos los canillitas de Buenos Aires y con especial devoción a la figura histórica del Diente, don Eduardo Dughera”. El Malevo era gran amigo de Botana. En el diario tenía a cargo la página de cine y fue autor de varios guiones cinematográficos, entre ellos “Tango”. Sin embargo, debido a un distanciamiento con el director, al tiempo lo remplazó en su cargo Roberto Tálice.  En pleno apogeo de su trayectoria, Natalio Botana sufrió un accidente automovilístico mientras viajaba en uno de sus Rolls Royce color caramelo por la provincia de Jujuy, el 6 de agosto de 1941. Internado en el hospital bajo observación y sin correr mayor peligro, su capricho pudo más. Sin obedecer las recomendaciones del médico, se sentó en la cama y las costillas quebradas le perforaron un pulmón. Estaba por casarse en segundas nupcias con María del Carmen Vernacci, una viuda española que Margarita Xirgu acercó al clan Botana. Don Natalio murió al día siguiente, a los 53 años de edad.  A partir de entonces Crítica conocería una turbulenta historia de censuras, clausuras, expropiaciones, juicios y querellas entre los sucesores que acabaron en el cierre definitivo del diario en 1963, cuando todavía lucía bajo el logo la célebre frase atribuida a Sócrates que lo acompañó desde 1921: “Dios me puso sobre vuestra ciudad como a un tábano sobre un noble caballo para picarlo y tenerlo despierto”. Pero el tábano se había ido dejando una polémica y extraordinaria leyenda. Y ya el diario nunca sería el mismo.
En el 41 Eduardo Bedoya asumió la dirección, Helvio “Poroto” Botana quedó como subdirector, mientras que Jaime, su hermano, asumía la presidencia de la Sociedad Poligráfica Argentina. Con menor influencia, también estaba la hija, Georgina -La China-, casada con el legislador Raúl Damonte Taborda, al que le decían “el diputado por la China”. Al poco tiempo comenzaron los conflictos familiares. Por un lado Salvadora Medina Onrubia, la viuda de Botana, y su hija, y por el otro sus dos hijos varones. Finalmente una resolución judicial dejó el diario en manos de la madre. En esa redacción contestaria que estableció Salvadora, junto con anarquistas y socialistas, participaban algunos que ocupaban los puestos directivos del Partido Comunista, como Ernesto Giudici (editorialista durante toda la Segunda Guerra), el ensayista Héctor P. Agosti, el economista Paulino González Alberdi y Rodolfo Puigróss. Este último luego abandonaría el PC para adherir al peronismo en 1948; en 1973 Puigróss fue el rector de la Universidad de Buenos Aires.  Cómo no podía ser de otra manera, Crítica también fue noticia el 17 de octubre de 1945. Al terminar el acto en el que Perón fuera repuesto por el pueblo en el gobierno, de la Plaza de Mayo se desprendió una columna de la Alianza Nacionalista que, según la versión de Crítica, agredieron al edificio del diario: como estaba la puerta cerrada, juntaron en el frente una pila de sillas y de mesas de los cafés de la cuadra, le prendieron fuego e hicieron una inmensa hoguera. El fuego empezó a tomar los cortinados de los pisos de arriba. Entonces, desde el interior del edificio sacaron las mangueras por la ventana, para apagarlo. Ahí los aliancistas, que estaban armados –sigue la versión del diario-, empezaron a disparar. También un pelotón de la policía montada se sumó a los atacantes, y tiró contra el diario con carabinas. Huelga decir que a esa fecha Crítica, dirigida por Damonte Taborda, era decididamente antiperonista. Al final desde el diario también dispararon, dicen que en defensa propia, y murió un pibe nacionalista de la Alianza, Darwin Passaponti.  Ese mismo día, cuando Perón pareció caer en desgracia y quedar sepultado en la historia, en la víspera del pronunciamiento del 17 de octubre de 1945, Crítica sacó en tapa una foto de los partidarios de Perón con un epígrafe que buscaba la denigración: “¡Descamisados!”. Sin embargo, el término fue inmediatamente adoptado con orgullo por los peronistas.  Cuenta la leyenda que después Perón presionó a Salvadora para producir un viraje en la política del diario y lograr su apoyo. Se dijo que la viuda vendió las acciones a Miguel Miranda, el ministro de Economía, y que éste a su vez le cedió las acciones a la Editorial Alea, de Eva Perón. Así, el peronismo finalmente evitó la confrontación de la poderosa Crítica en la campaña del 46. En 1951 Crítica pasó a pertenecer a la cadena oficial de medios.  Después del 55 Aramburu ordenó la devolución de los medios de comunicación integrados a la cadena oficial a sus antiguos dueños. Sin embargo, el diario de la familia Botana no fue incluido porque habían vendido las acciones, y además ésta no contaba con el apoyo de las autoridades militares. La titularidad de Crítica comenzó una larga agonía. La empresa fue dividida en dos partes y se llamó a licitación. Una de ellas quedó en manos de Francisco “Paco” Manrique, fundador de El Correo de la Tarde. La otra parte llegó a las manos de Santiago Nudelman, miembro de la Unión Cívica Radical, que reabrió las puertas del diario. El cometido fue darle una nueva orientación hacia un público más formal. El lema original fue reemplazado por otro que lo decía todo: “Crítica, nueva por fuera y nueva por dentro”. La tirada disminuyó.  Hacia 1958, con la llegada al gobierno de Arturo Frondizi, hay nuevamente un cambio de directores y, como casi siempre, el diario quedó cerca del poder. Cuando Frondizi fue derrocado, se reiteró el cambio de propietarios, acompañado por una incesante reducción del tiraje.  A comienzos de la década del 60 el diario agonizaba. El académico e historiador Fernando Sabsay quiso poner nuevamente a Crítica de pie, pero fracasó. En noviembre de 1963 Crítica dejó de aparecer  definitivamente “por problemas financieros”. La sirena se escuchó por última vez en junio de 1963, al paso de los recién elegidos Arturo Illia y Carlos Perette. Desde los balcones y ventanas del edificio del diario, hasta el subsuelo, más de 400 empleados saludaban a las nuevas autoridades que se dirigían del Congreso a la Casa Rosada. Antes de fin de ese mismo año se habían quedado sin trabajo.   El tábano sobrevoló la ciudad y durante cinco décadas la mantuvo despierta. Aquel sueño que nació en el espíritu aventurero e innovador de Natalio Botana hace hoy noventa años marcó a fuego, definitivamente, al periodismo argentino.

Los Granados  Durante la época dorada, Natalio Botana decidió construir una mansión en unas tierras en Don Torcuato, que fueron loteadas por el ex presidente y amigo personal, Marcelo T. de Alvear (de quien deriva el nombre de la zona). Allí se levantó una majestuosa mansión que pasaría a ser parte de la historia íntima y social de los Botana. Se la bautizó con el nombre Los Granados. La casona era puro derroche. En la planta baja estaba el living, infinito, con un piano de cola fantástico, que a ninguno de los habitantes le interesaba tocar. Cada dormitorio tenía su propio baño revestido de mármoles de varios colores. Amplios jardines, pileta de natación y diversas arboledas, que rodeaban la casa. Pablo Neruda fue uno de los tantos concurrentes que pasaron por la mansión al igual que políticos, artistas, periodistas y escritores. El poeta chileno recordó su estadía y definió así a su propietario: “Habíamos sido invitados una noche por un millonario de esos que sólo la Argentina o los Estados Unidos podían producir. Se trataba de un hombre rebelde y autodidacta que había hecho una fortuna fabulosa con un periódico sensacionalista. Su casa, rodeada por un inmenso parque, era la encarnación de los sueños de un vibrante nuevo rico”.  Los Granados, al poco tiempo de su inauguración, iba a atesorar una obra de arte que más tarde se convertiría en un misterio. David Alfredo Siqueiros fue uno de los integrantes del movimiento muralista mexicano junto a José Clemente Orozco y Diego Rivera. Siqueiros y Rivera, miembros del Partido Comunista mexicano, fundaron un sindicato de artistas plásticos. Desde su militancia política y su pintura, Siqueiros recorrió el mundo. Victoria Ocampo lo invitó a la Argentina en 1933, para presentarlo en la Sociedad Amigos del Arte, pero fue expulsado a la segunda conferencia: sus opiniones irritaron a los concurrentes. “Hay que sacar la obra de arte de las sacristías aristocráticas y llevarlas a la calle, para que despierte y provoque, para libertar a la pintura de la escolástica seca, del academicismo y del cerebralismo solitario del artepurismo, para llevarla a la tremenda realidad social que nos circunda y ya nos hiere de frente”.  Botana no se lo podía perder: admiraba al pintor. Le propuso hacer un mural en el sótano de Los Granados, que poseía una extensión de 200 metros cuadrados. Siqueiros aceptó y de inmediato formó su equipo: mandó a llamar a Antonio Berni, Lino Enea Spilimbergo, Juan Carlos Castagnino, más el escenógrafo uruguayo Enrique Lázaro, a cargo de proyectores y aerógrafos. Se dio comienzo a la obra en agosto de 1933 y culminó en noviembre de ese mismo año. El mural se extendía por el techo, las paredes y el suelo del sótano; en todos esos lugares Siqueiros dibujó el cuerpo desnudo de su amada, la uruguaya Blanca Luz Brum, que escribía en Crítica. Ese magnífico cuarto subterráneo, luego de la gran inauguración, Botana lo utilizaba como bodega y salón de póker, un juego que lo apasionaba.  Los Granados pertenecieron a los Botana hasta 1948, cuando se remataron las dieciocho hectáreas. Las adquirieron la familia Alsogaray. Se comenta que cuando la señora de Alvaro Alsogaray bajó al sótano y observó el mural, mandó a rociarlo con ácido argumentando que contenía imágenes demasiado fuertes para su pequeña hija María Julia. Sin embargo, la técnica que había utilizado Siqueiros se resistió al ataque; por lo tanto, la señora ordenó que se lo tape con cal y cerró el sótano con llave.
En los años 50 la casona pasó a manos de una familia que le encargó al pintor Juan Carlos Castagnino la restauración del mural. Los años y distintos dueños pasaron, hasta que en 1988 una sociedad compró el lote de la casa con un objetivo: desmontar el mural y convertirlo en una muestra itinerante. Sin embargo, las idas y vueltas no pudieron con las trabas jurídicas y burocráticas. El mural permaneció oculto por muchos años y hasta se le perdió el rastro. Estaba (y sigue estando) fraccionado en bloques en unos enormes contenedores.  Los Granados aún sigue siendo noticia. Fue en una parte de esa casa, hoy perteneciente al empresario Armando Gostanian, donde el ex presidente Carlos Menem, procesado por contrabando de armas, cumplió arresto domiciliario en el año 2001.

El mural de David Siqueiros de 1933 en la quinta Los Granados de Natalio Botana