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viernes, 1 de febrero de 2019

La Masonerìa en España

Por el Prof. Jbismarck
Luego de la Paz de Utrech y la llegada de los Borbones a España , se origina la llegada de la masonería en España En España se abrió la logia filial de Inglaterra en 1728. La figura más saliente de la masonería española fue el conde de Aranda, ministro del rey Carlos III y agente principal de la expulsión de los jesuitas en combinación con el marqués de Pombal, primer ministro y Gran Maestre de 1a masonería en Portugal. El masón D'Alembert había dicho: "Los jesuitas son la tropa de línea bien disciplina que bajo el estandarte de la "superstición", forman la falange macedónica, cuyo exterminio importa sobremanera". En Francia los había expulsado, en 1762, en número de 1.000, el primer ministro de Luis XV, el duque de Choiseul. Pombal los había desterrado de Portugal en 1759; en número de 1.100, descuartizando, además, a cinco y dejando morir en la cárcel un centenar.
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Los reinos borbónicos de Nápoles, Sicilia y Parma harán otro tanto en 1768, siguiendo el ejemplo de Aranda, que había expulsado, en 1767, a 7.000 de España y América, por las burdas calumnias y ridículas fábulas que configuraron el complot urdido por el duque de Alba.  Sus mismos autores, antes de morir, confesaron su perfidia; y la historia se ha encargado de demostrar hasta la evidencia la falsedad de sus acusaciones. El cerebro de esta conjura masónica era Pombal, principal "punto" del triángulo masónico: Pombal - Aranda - Choiseul.
Los masones aseguran que con tal expulsión y supresión de los jesuitas ganaron la principal batalla del siglo, pues ellos eran los que más se oponían a su penetración. Los llamaban ‘jenízaros del Papa’ y ‘granaderos del fanatismo y la intolerancia’.  El ministro de Gracia y Justicia, Manuel de Roda, escribía Choiseul, el 17 de diciembre de 1767: "Hemos matado al hijo; ya no nos queda más que hacer otro tanto con la madre, Nuestra Santa Iglesia Romana". Aranda cambió el rito inglés por el escocés filosófico primitivo y fundó, en 1780, con el ministro Campomanes, la primera Gran Logia Española, de la que fue Gran Maestre. El 24 de junio de 1780 fundó el Gran Oriente Español, que dependió de Francia.  Terminadas las guerras de la independiente se disolvieron estas logias, quedando tan sólo las nacionales masónicas.  Las filiales españolas de los carbonarios recibieron también el nombre de "ventas", o sea, mesones o posadas de leñadores y carboneros. En 1824 -después de la siniestra experiencia del gobierno masónico de 1820 - 1823 - el rey Fernando VII decretó la disolución de todas las logias y exigió la declaración jurada a todos sus súbditos de que no pertenecían a la masonería: pues, el ser masón, era delito de lesa majestad. Los masones españoles emigraron entonces a Londres y París, como lo han hecho bajo el régimen de Franco. Al morir Fernando VII, en 1833, se organizaron nuevamente las logias; provocando, en 1834 y 1835, las históricas matanzas de sacerdotes y frailes. De 1840 a 1854 las logias españolas sufren la triple influencia masónica de Inglaterra, Francia y Portugal. A sus sicarios se debió el atentado de la reina Isabel 1, que había clausurado las logias, y el conjunto de leyes antirreligiosas del primer ministro judío y masón Juan Mendizábal. Después de la revolución de 1868 se organizaron nuevamente y ejecutaron en 1870, el asesinato del ministro Juan Prim, que quiso restaurar la monarquía.

viernes, 21 de diciembre de 2018

San Roque González de Santa Cruz

Por Dr. Jorge Mario Bergoglio, S.J.
Dice el P. Del Valle, uno de los tantos que trabajan con ellos: “Todo en esta reducción: iglesia y baptisterio, es construcción hecha por los mismos misioneros. Todo esto se ha levantado mediante los  increíbles trabajos del P. Roque González. Él mismo en persona es carpintero, arquitecto y albañil; maneja el hacha y labra la madera, y la acarrea al sitio de construcción, enganchando él mismo, por falta de otro capaz, la yunta de bueyes. Él hace todo solo”. Aparece aquí el genio organizador de estos hombres orientado hacia la promoción humana, y ésta llevada hasta la última consecuencia: la afirmación consciente de la dignidad del indio como hijo de Dios. Y, si con la energía de la denuncia y el coraje de poner límites, pudo librarlos de manos de encomenderos inescrupulosos, su actividad no se queda en esto, corriendo el riesgo de un cierto nominalismo de denuncia. Va al indio, a su persona, a su dignidad: se inserta, pero sin jugar a la inserción. Y así los vemos, metidos en las mil y una dificultades creadas por la pobreza, las sequías, las enfermedades. Leemos en una carta del P. Provincial Diego de Torres: “Fue servido Nuestro Señor que la enfermedad de las viruelas viniese al Paraguay y su comarca, tan apresurada y de golpe, que fue forzoso que el P. Roque fuese a ayudar... y fue la enfermedad tan grande en nuestra reducción, que las casas de los indios eran hospitales; y lo que más afligía y con razón era el no tener qué darles de comer, porque el mayor regalo que había era una espiga o dos de maíz, que ni aun para nosotros lo tenemos. No parábamos de noche ni de día, visitándolos y ayudándolos como podíamos, y porque la pobreza de estos indios es grande, y por marzo estaba la enfermedad en su punto, y el frío es grande, nosotros les buscábamos leña para que hiciesen lumbre y se calentasen de noche; y a los más necesitados prestábamos nuestras frazadas. Hemos bautizado hasta ahora de los que han muerto hasta cincuenta”. Y también el hambre: “Redújose luego mucha gente, a la cual afligió Nuestro Señor con un hambre tan cruel, que decía el P. Roque no la haber visto jamás tan grande” cuenta el P. Provincial Nicolás Durán Mastrilli. Allí estaban: junto al hambre y a la peste. Ayudando con la propia pobreza... “porque es preciso -dice el Provincial en las Anuas- no sólo ser el maestro de los indios, sino también su padre”.   Aquí, y con palabras anacrónicas, podríamos planteamos el problema pastoral llamado del asistencialismo. 


 Ellos no hacían dicotomías, no separaban el trabajo de ‘reforma de las estructuras’ del trabajo manual, del trabajo de la predicación, e incluso, del trabajo de andar haciendo de enfermeros, sirvientes de los indios. Desde el corazón habían comprendido que el proyecto exigía inserción, y bajo esa luz descubren la trascendencia a la que está orientado el simple curar una llaga de viruelas. Para ellos, lo que hoy algunos -despectivamente- llaman ‘asistencialismo’ era parte orgánica de un todo en su misión, im-plicaba un “estar junto” a los indios, un “adstare” como María al pie de la Cruz. En la misma llaga que curaban descubrían la del despojado que bajó de Jerusalén a Jericó… y esa misma llaga, y el trabajo que dedicaban a ello -por la concepción católica que los inspiraba- les señalaba el camino de la trascendencia. Curar un enfermo, darle de comer, bautizarlo y catequizarlo, enseñarle a labrar, danzar o tallar... todo era trascendente: en primer lugar, de la acción misma hacia la dignidad de la persona; en segundo lugar, hacia Dios. Realzar la dignidad del indio también lleva a Roque a edificar chozas para cada familiar: se crea conciencia de familia como base sólida de la sociedad, frente a la costumbre concubinaria.  En el trabajo de promoción humana hay una “ceremonia” curiosa: estos Padres procuraban cuidadosamente expresar ceremonialmente (no necesariamente en ceremonia religiosa) hechos que significarían progresos en esta promoción. Es, p. ej. el caso de las “cuñas”. La señal de que un indio o una tribu se reducía era la entrega de las cuñas. La cuña era una herramienta de hierro, parte hacha y parte pala. Ellos eran nómades y si sembraban algo lo hacían en algún claro del bosque, y luego -al andar de los meses- volvían por la cosecha. No tenían herramientas como para talar y hacer claros aptos para la siembra. Sus instrumentos de guerra o de labranza eran de madera pasada por el fuego, piedra o hueso tallado. Con la entrega de las cuñas, los Padres introducen a estos hombres en la edad de hierro: ellos vivían en la edad de piedra. Bien hace notar un historiador contemporáneo que, cuando los jesuitas fueron expulsados, los indios no vuelven al monte, no podían volver, porque “quien ha sido vacunado por el hierro no puede volver a la selva”.   La dignidad del indio alcanzaba su expresión más acabada en el bautismo. Oigamos una de las tantas descripciones del mismo San Roque al Provincial Diego de Torres: “Para nuestro servicio se construye la habitación y el templo.  Muy cómodo todo, cerrado con tapia, los edificios con viguería de cedro, muy abundantes en estas regiones. Mucho hemos trabajado en el arreglo de todo esto, pero con mucho más entusiasmo y aplicación, y con todas nuestras fuerzas en construir a Dios nuestro Señor, templos, no hechos a mano, sino espirituales, cuales son las almas de estos indígenas. Los domingos y en las fiestas se predica durante la santa misa, precediendo a ella la explicación del catecismo.  No mucho después del almuerzo... se les enseña por espacio de dos horas a leer y escribir. Asisten los catecúmenos, los cuales después de la salida de los muchachos reciben su instrucción por una hora más sobre todo lo que se refiere al bautismo ... Por lo tanto se escogen cada mes los más preparados para el bautismo y siempre queda un buen número de atrasados. Entre los que han sido bautizados este año, unos 120, estaban unos antiguos hechiceros”.  No siempre se podía preparar con cuidado el bautismo: a veces urgía la necesidad. Leemos en una de las Anuas: “Pero aún más raro caso fue el de cuatro niños que iban enfermos en una canoa que el P. Roque topó, pasando por un pantano grande... y al pasar la canoa bautizó los dichos cuatro niños, que iban muy enfermos, con las aguas del Paraná donde estaban, que fue para ellos el Jordán de su bautismo; y uno de ellos expiró en bautizándole; y de estos lances se ofrecieron muchos... “ La ceremonia del bautismo era central en toda la vida de una Reducción, pero no se trataba de algo separado, como ajeno. Todo iba unido, y sin embargo- no se confundía. Estos hombres habían sentido a fondo el misterio de la Encarnación del Verbo, lo contemplaban “ansí nuevamente encarnado”:  labraban, embarraban, construían, daban de comer, enseñaban oficios, cuidaban enfermos, adoctrinaban, bautizaban... En todo buscando hacer salir a luz la dignidad del indio. Todas estas actividades iban juntas, pero no las confunden: en el bautismo hay algo cualitativamente distinto: “Cuando se trata de bautizar a algunos y su desnudez pudiera ser obstáculo para ello -dice el Provincial en una Anua- es necesario que de parte de los nuestros se les dé gustosamente hasta la camisa”. La ceremonia del bautismo, por su misma importancia, es narrada de manera singular: “Entraron los catecúmenos en la iglesia con palmas en las manos y señales de gran regocijo... Nuestra pobre Iglesia estaba profusamente adornada con flores y ramos, en especial el baptisterio... Duró la solemnidad toda la tarde, hasta anochecer. Estaban colocados los catecúmenos en dos filas, y yo con los ornamentos sagrados en medio de ellos. Apenas comencé... cuando me sobrevino tal emoción que a duras penas y entre lágrimas podía proseguir las ceremonias. Terminados los bautismos arreglé el orden de la procesión del siguiente modo: delante marchaban los niños, siguiendo a ellos los hombres, después las mujeres y al fin los recién bautizados. Salió afuera la procesión, dio una vuelta por el pueblo y volvió a la iglesia, donde se concluyó la solemnidad con el Te Deum”, cuenta el P. del Valle.   El bautismo es, para todos ellos, realidad. Para el enemigo, será el símbolo que habrá de destruir con más celeridad. Por ello, el único rito que el cacique Ñezú practica en la conjura contra los tres santos es el “desbautizar”, como lo veremos enseguida. El P. Roque sabe que está sembrando para Cristo, que está liberando para Cristo... y no puede eludir de su conciencia la clave de interpretación de la historia que le ofrece la meditación de las Dos Banderas, que tantas veces rumió su corazón jesuita. Y, en medio de estos acontecimientos, sabe descubrir la presencia de Satanás. Sigamos su propio relato: “pero el demonio, temeroso de salir de su antigua posesión, procuraba todos los estorbos posibles, moviendo los ánimos de los indios contra mí...”, “... y así porque no quedase parte alguna por donde no intentase romper portillo, para desencasillar aquel tirano que tantos siglos había sin contradicción gozado de aquella provincia...” Llama la atención el verbo que usa: desencasillar, es decir, sacar de su castillo, romper la fortaleza. Hay todo un talante bélico en el proyecto de libertad, pero Roque, en esta guerra, no confunde al enemigo: sabe bien quién es. En otra parte dice: “pues con haber hecho todo lo que pude, y haber arriesgado mi vida por dos veces, por no desamparar aquellas pobres almas, todo cuanto yo trazaba se deshacía, y se armó todo el infierno contra mí, de tal suerte que puedo decir con verdad que mis trabajuelos y peregrinaciones nunca han sido tan apretados como en ésta del Ibicuité y Tapé”. Expresiones del estilo aparecen continuamente en sus escritos. Más todavía, la batalla se da dentro de su corazón mismo. Roque era, temperalmente, un depresivo. Escribe a su Provincial Diego de Torres, e1 26 de noviembre de 1614: “Yo he quedado con mis afligimientos del corazón tan continuos ... y me aprietan tanto, que me veo y deseo y tan apique de perder la vida, o dar en algún disparate ... y así digo, que puesto que vivo muriendo aquí y temo perder el juicio, según tengo la cabeza cansada y quebrada con la continua guerra que siempre tengo con tantos escrúpulos y tanta soledad y melancolías: con todo digo estar resuelto a estarme aquí, aunque muera mil muertes y pierda mil vidas, que no serán para mí pérdidas sino ganancias...”.  Siempre que una empresa de promoción y libertad humanas es bien llevada, provoca conflicto. El signo, para distinguir si el conf1icto está enfrentado según Dios o según el mal espíritu, hay que buscarlo en el corazón del apóstol: cuando un conflicto es fruto de una guerra contra Satanás, ese conflicto pasa necesariamente por el corazón del apóstol, lo crucifica. Y esto, porque así se dio la Encarnación del Verbo, porque “el Verbo es venido en carne”, porque se quiere llevar -hasta las últimas consecuencias de dignidad- todo el trabajo de promoción y libertad integral del hombre. Los conflictos que no son crucificantes del corazón del apóstol son conflictos sin corazón, sin ternura, son cruz sin carne, redención sin Madre, Bandera de combate sin los estandartes inclaudicables de la Cruz y de La Virgen.  Roque y los suyos van a la guerra, y lo hacen con estos estandartes. La cruz como victoria y promesa de nuevas victorias. Así nos cuenta él mismo la fiesta de San Ignacio de 1615: “En el cual día dijimos la primera misa, procurando celebrar aquella santa fiesta con la renovación de votos y con otros regocijos exteriores, según los pocos posibles de la tierra.... Y lo que fue de mucha devoción es que los indios levantaron una cruz delante de la Iglesia y habiéndoles dicho la razón porque los cristianos la adoramos, nosotros y ellos la adoramos todos de rodillas; y aunque es la última que hay en estas partes, espero en Nuestro Señor ha de ser principio de que se levanten otras muchas... “Resultado de imagen para roque gonzalez de santa cruz
“Entre los objetos sagrados, había yo traído -dice el Provincial- una imagen de la Virgen Santísima, pintada, para que fuera colocada en el templo. Al saber esto los indios resolvieron en su alegría, recibirla con la mayor solemnidad posible ... Todavía no habíamos llegado al pueblo, cuando todos en solemne procesión salieron al encuentro de la imagen, saludándola los niños y las niñas cantando, los demás a son de música, tocando flautas y timbales a su usanza y el sacerdote recitando las preces del ritual; puesta la imagen bajo palio de seda la sostuvieron cuatro caciques hasta llegar al pueblo... “. Esa imagen de la Limpia Concepción acompañó desde entonces a San Roque quien, por atribuirle todos sus triunfos, la llamaba “La Conquistadora”. A este cuadro “lo harán jirones” los conjurados de Ñezú minutos después del martirio de los PP. Roque y Alonso; y el Provincial Vázquez Trujillo relata así cómo termina la historia de esta imagen: “Recogieron los indios todas las cenizas y con grande veneración las trajeron a la Candelaria: pero el principal tesoro que allí se halló fue el lienzo de la devotísima imagen de Nuestra Señora, la Conquistadora, rasgada por medio en aquellos campos. Juntaron los dos lienzos y por triunfo del buen suceso de la victoria, los pusieron en la bandera del ejército... “  Roque va a la guerra: ve el conf1icto, lo siente en su corazón y no se amilana. Sabe leer los signos de los tiempos, así como supo entender “las intenciones de Dios”. Sabe que Satanás está encaramado en una “cátedra de fuego y humo”, en la persona de los hechiceros, y desde allí domina a ese pueblo que quiere liberar. Todo gobierno despótico (ilegítimo no sólo por su origen sino aún siendo legítimo su origen- porque no cuida de su pueblo) fomenta sus bajos instintos. Los hechiceros les permitían vivir como quisieran porque sabían que así los iban a tener sojuzgados. No les solucionaban el problema del hambre ni de la peste porque no los querían. Tampoco les exigían trabajar. Toda autoridad que no enmarca, que no conduce, sino que deja librado todo a sus pasiones es una autoridad criminal. Con este crimen paga el que no se ponga en tela de juicio el hecho de su autoridad. Es una autoridad que se autoref1eja en un narcisismo contemplativo: es una autoridad fundamentalmente vanidosa, y de ahí que no sea paternal sino permisiva, disgregante.Disolvente, des-edificante. Y así era la autoridad de los hechiceros. Roque quiere liberar a sus hijos de esta esclavitud, y con los estandartes de la Cruz y de la Virgen toma su decisión.   El Capitán Santiago Guarecupí, testigo, cuenta así los antecedentes del desenlace: “... y la verdad del caso fue que los indios hechiceros que se hacían dioses entre aquellos indios siempre tuvieron odio mortal a aquellos Padres,  por ver que les quitaban ser adorados y sus muchas mujeres y vicios carnales; y que lo que le predicaban era contrario a sus malas costumbres, diciendo que no era bien dejar el ser de sus pasados y el dios que ellos sabían ser verdadero, por el que los Padres predicaban que era dios de los españoles y no más: y que siempre procuraban estorbar se extendiese la predicación evangélica. Hasta que un indio hechicero llamado Ñezú, que era tenido por dios, y le temían mucho los demás indios, caciques y hechiceros, hizo junta en el pueblo de Yjuhí donde él asistía y estaba el Padre Castillo doctrinando a los indios de él: y allí junto a los demás indios que convenía matasen a aquellos Padres todos y quemasen y consumiesen aquellas cruces e imágenes que traían; y los que se habían bautizado se volviesen a su ser antiguo y gentilidad, porque él lo quería y mandaba así. Y para que viesen el modo que había de tener para borrar el bautismo, llamó a unos niños bautizados y con una agua que sacaba de debajo de sí, diciendo que era sudor o licor que él destilaba de su cuerpo, les lavó la cabeza, pecho y espaldas y rayó la lengua diciendo que así se quitaba el bautismo, y lo haría quitar a los demás cristianos del Uruguay: y a los dichos niños los bautizó y puso nombres gentiles diciendo: ésta, sí, es nuestra ley perfecta; y no la que estos Padres enseñan... Y les mandó que no temiesen; que él, como dios que era, les favorecería y pondría tinieblas muy oscuras a los que quisiesen defender a los Padres, y les enviaría tigres que los comiesen; que si ellos no hacían aquello que les mandaba, los haría comer por los tigres, y enviaría diluvio de aguas que los anegase, y criaría cerros sobre sus pueblos, y se subiría al cielo y volvería la tierra lo de abajo arriba. Con que todos los indios creyeron y temieron, como temían siempre”. Al proyecto de libertad integral de los tres Santos se oponía éste, grandilocuente, fascinante  porque -como todo proyecto inhumano- tenía una apoyatura ideológica que lo justificaba: el mantenerse en el ser de los mayores.  El final ya lo conocemos. El martirio fue un paso más en el camino de amplios horizontes que se habían impuesto estos hombres. Se animaron a superar los límites en busca de la libertad cristiana, de la justicia evangélica, para esos indios que amaban como hijos; soportaban con paciencia mil y una  contradicciones... pero ellos estaban más allá, convencidos íntimamente de que el tiempo era de ellos. Hombres de tiempo, con la sabiduría de superar coyunturas.  El P. Durán Mastrilli, en una Anua, indica esta direccionalidad de grandeza: “...Sólo el P. Roque osó emprender esta hazaña de colocar el estandarte de nuestra salud donde no llegaron las banderas de España, fundando en una parte de esta Provincia la reducción de la Concepción... Mas aunque estuvo el P. Roque con el P. Alonso de Aragona, siete años enteros con increíble paciencia aguardando sazón de penetrar más adentro, nunca lo pudieron tener, antes parece mostraba Dios no haber llegado la hora de su misericordia para esta provincia, pues afligió por tres años continuos los nuevamente reducidos en el dicho lugar, con una cruelísima peste, que hizo tal estrago que apenas quedaron sesenta familias pasado el azote, y mientras duró no se oía otra cosa en todo el pueblo, de día y de noche, que miserables lamentos y alaridos. Estuvo el Padre tentado de desistir de la empresa, pues veía tan poca medra de sus grandes trabajos, y cometer alguna otra, digna de su apostólico celo en las demás naciones no convertidas... “. Sin embargo, Roque no se deja vencer por esta tentación: su corazón sabía que en el tiempo se maduran las cosas, y que el sólo esperar, aguantar, mirando más allá de la coyuntura, es lo que posibilita transformar el límite en horizonte. Para Roque, la constancia en la espera significaba ya poner fundamento a un pueblo. Esto sólo lo entiende quien tiene corazón de padre.   Dije, al comenzar, que inspirando el trabajo de estos tres santos estaba el proyecto de un corazón: el de Ignacio de Loyola, Isabel de Castilla... había una concepción de dignidad del indio. Esto hace comprender mejor el modo que tienen de manejarse frente a las dificultades, la “pietas” que empapaba la actitud misionera. Era una guerra, lo dije, pero una guerra peculiar. Las grandes guerras de conquista y anexión las ganaron siempre quienes dominaron el mar; las grandes guerras en pro de la consolidación de los pueblos las ganaron -en cambio- quienes se atrevieron a dejar las costas y se adentraron en la tierra, aquellos hombres de alma mediterránea. Contemporáneo al proyecto de Roque había otros que no se preocupaban por dar fuerza de pueblo, p. ej. a sus posesiones asiáticas, sino que -de modo fenicio- establecían una serie de fortalezas y factorías en lugares estratégicos sin penetrar en el interior. Estos tres hombres se adentraron en el monte y en el alma del indio, por eso consolidaron pueblos.  El martirio es -humanamente hablando- una derrota. Y. en este caso, también una suerte de profecía sobre derrotas futuras, que la Providencia de Dios fue permitiendo. Un año después de la glorificación de estos tres hombres, en 1629, se da la primera gran maloca en la zona de Guayrá, y en 1639 en la zona de Tapé. Las bandeiras destruirían progresivamente esas fronteras vivas buscando llegar al “mineral de Bolivia” (llámase la plata del Potosí o el hierro del Mutún). España, debilitada en ese entonces, no podía hacer fortificaciones... y poco más de un siglo después, en 1750, se llega así al ‘Tratado de Permuta”, en el que el príncipe se olvida de su pueblo, y España entrega lo suyo a cambio de lo que ya era suyo. Las cortes ilustradas borbónicas culminan su proceso de consolidación en Europa. El Codicilo de Isabel I sería suplido por las instrucciones de S.M. Don Carlos III al visitador José Galvez: “responder a la noble intención de organizar este gran reino y uniformar su sistema político y económico con el de la metrópoli, de lo cual resultaría, entre otras muchas ventajas reveladas por el tiempo, que su gobierno estaría calibrado según el interior gobierno residente en España, y que aquellos que vinieren a desempeñar cargos no tendrían que aprender reglas contrarias, o. al menos muy diferentes a las observadas en su país de origen...”. La universalidad fecunda que integra y respeta las diferencias e idiosincrasias es suplida por una hegemonía metropolitana absorbente, de tipo dominador. Estas tierras, que eran “Provincias” del Reino pasan a ser “Colonias”. Aquí no cabía lugar para proyectos de corazones: era la época de la ilustración de la mente. En 1767 (ciento cuarenta años después del martirio), inspirado por el Conde de Aranda, se da el extrañamiento de los jesuitas de estas tierras, y ya en 1773 las cortes borbónicas logran, gracias a la habilidad diplomática del embajador Moñino y a la codicia y ambición desmedida de Bontempi, la disolución de la Compañía. Podríamos completar la tríada con el hechicero Ñezú. Para el caso es lo mismo. Se destruía el proyecto de un corazón.  Los testimonios de la época nos dicen que -al día siguiente del martiriolos indios “volvieron sobre sus pasos” y “acercándose a contemplar los restos del incendio, escucharon voces que les hablaban y distinguieron con claridad ser la del Padre Roque González que, después de muerto les anunciaba su propia suerte... y les decía: ‘Aunque me matáis, no muero; porque mi alma va al cielo, y yo me apartaré de vosotros, pero volveré; mas no tardará el castigo’.  Se acercaron a los cuerpos que no se habían quemado, y arrastrando fuera de las cenizas al Padre Roque, del cual salían aquellas proféticas palabras, viendo que sus labios deshechos no podían proferirlas, mandó Caarupé a Maranguá, que le abriera el pecho, y le arrancara el corazón, pues con él evidentemente les hablaba. El mismo Maranguá confesó después cómo ejecutó este mandato. Abrióle el pecho, arrancóle el corazón, atravesólo con una saeta, y viéndole entonces callar, lo arrojó de nuevo a las llamas avivadas, para que se consumiera con los cuerpos”. Y el corazón no se consumió. Lo hemos venerado aquí, en la Iglesia del Salvador, hasta 1960, en que fue llevado a Asunción, donde está ahora. Consta la pericia médica que se hizo en 1928, a los 300 años del martirio.  El corazón habló... y lo hizo en guaraní. La lengua imperial de Nebrija no se sintió ofendida por ello, más bien creo que -orgullosa- habrá saltado de gozo por haber posibilitado que la santa fe fuera proclamada en otra lengua.  Al comenzar hablé de una gesta nacida del proyecto de un corazón. Nos hemos introducido en la maraña de aventuras y acontecimientos, un poco como lo harían estos santos, en una canoa, por los riachos del Guayrá y del Tapé. Han pasado 55 minutos... y han pasado los siglos. De aquella gesta, un positivista podría decimos que quedan ruinas, y si además es liberal, que queda consignada una utopía... Para un marxista quizá quedaría la frustración de una clase social... Para nosotros, ha permanecido la dignidad de un pueblo, que profesa su fe, que bautiza a sus hijos, que confiesa sus pecados y se alimenta con el Cuerpo de Cristo. Un pueblo que aprendió a ser digno de su trabajo. Existió el proyecto de un corazón... ahora nos habla el Corazón de un proyecto, que todavía tiene vigencia y nos despierta a la memoria... y “tener memoria” es la garantía de que se puede ser fecundo yy tener descendencia “como las estrellas del cielo y las arenas del mar”.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Proyección cultural y evangelizadora de los mártires rioplatenses

Por Dr. Jorge Mario Bergoglio, S.J. (Obispo auxiliar de Buenos Aires) Hoy Papa Francisco
"Los campos del Paraguay serán testigos de tres plantas de gloriosísimos mártires (primer fruto de aquellas vegas) se presentan ante V.M. como ante su Señor natural, esperando que se dignará de que lleguen a sus manos, a la manera que gusta V.M. alguna mañana tomar por su mano propia las primeras flores del verano de sus reales jardines. Guarde Nuestro Señor la católica y real persona de V.M. como la cristiandad ha menester”.  Así escribía el P. Juan Bautista Ferrufino, Procurador General de la Provincia del Paraguay, al Rey de España, para informarle sobre el martirio de los Padres Roque González de Santa Cruz, Alonso Rodríguez y Juan del Castillo.
La carta del P. Ferrufino al Rey aflora la memoria de un encuadramiento histórico: no resulta difícil leer entre líneas el texto del Codicilo de Isabel I de Castilla: ..... nuestra principal intención fue ... de procurar inducir e traer los pueblos dellas e los convertir a nuestra Santa Fe Cathólica, e enviar a las dichas Islas e Tierra Firme, Prelados e Religiosos e otras personas doctas e temerosas de Dios, para instruir los vezinos e moradores dellas en la Fe Cathólica, e los enseñar e doctrinar buenas costumbres, e poner en ello la diligencia de vida: ... por ende suplico al Rey mi Señor muy afectuosamente, y encargo y mando a la dicha Princesa mi fija e al dicho Príncipe su marido, que ansí lo fagan e cumplan e que este sea su principal fin, e que en ello pongan mucha diligencia, e no consientan ni den lugar que los indios vezinos e moradores de las dichas Indias e Tierra Firme, ganadas e por ganar, resciban agravio alguno en sus personas ni bienes, mas manden que sean bien e justamente tratados, e si alguno agravio han rescevido lo remedien e provean por manera que no se exceda en cosa alguna... “.
Lucha espiritual embebida del espíritu de los Ejercicios, y fiesta de gloria en el anonadamiento de estas tres espigas cargadas de fruto... proyecto de dignidad. Se trata del proyecto de un corazón, no sólo del de Ignacio de Loyola, Isabel de Castilla, o del de su nieto Don Carlos I;  Es también el proyecto del corazón de un pueblo que lleva el Evangelio y sabe abrirse -porque es justicia- a la cultura de los pueblos a quienes evangeliza ... y -a la vez- el proyecto del corazón de otro pueblo que -por su parte- abre su cultura a la semilla del Evangelio, el cual -en esas latitudes- florecerá igual y distinta: será trigo ... pero de tierra rojiza. 
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 El asunceño Roque González de Santa Cruz como los dos españoles, Juan del Castillo y Alonso Rodríguez (estos dos, ex alumnos de nuestro Colegio Máximo), evocan proyecto.  El proyecto se encuadra en la realidad y en la misión de estos hombres. Reina Felipe III. Hernandarias, el hijo de la tierra, y el Provincial Diego de Torres, avalados por el oidor Alfaro (padre del jesuita Diego de Alfaro que morirá mártir de los bandeirantes en 1639) se ponen de acuerdo en tres puntos:  fundar pueblos (fronteras vivas: no olvidemos que ésta era la interpretación que de facto daba Portugal al Tratado de Tordesillas): salvar a esas gentes para devolverles la dignidad de hijos de Dios (quienes, con otros colonizadores serían esclavos); mandar los seis primeros misioneros, entre los que va Roque González, todavía novicio: “Llegando a la Asunción me pidió el Gobernador
Hernando Arias, con parecer del Obispo, que enviase seis padres a las provincias del Guayrá, Paraná y Guaycurúes ... Yo los envié luego ... Los seis religiosos son siervos de Dios ... y han ido con grande celo ... “ escribe el Provincial Diego de Torres a Felipe III
. El Provincial conocía el sistema de las Reducciones porque había estado en la misión del Julí, en Perú. Allí se hizo la primera experiencia de hacer un pueblo exclusivamente de indios. Al hablar del proyecto tampoco olvidemos que estamos en el gran momento de Suárez, y probablemente alguno de esos jesuitas haya sido alumno de él.... y todo el derecho de gentes de Suárez y Vitoria pondrá su cuota de inspiración a esta experiencia: el poder viene de Dios. El problema se plantea en el depositario del poder. Ellos sostienen que es el pueblo quien lo delega en el príncipe (en cuanto princeps, principal). Más adelante América, en el Tratado de Permuta, será testigo del trastoque de este derecho: el príncipe no buscará el bien común, y -desde las esferas de la ilustración- quedará traicionada la vida y la cultura del pueblo.   Roque González entra en este proyecto de manera natural. Se había criado allí, era un lenguaraz, poseía la lengua guaraní como la suya nativa. Se había criado entre españoles e indios, y el trato con el indio lo llevó a penetrar tan hondamente en su alma, que aprendió “su admiración por lo maravilloso (fundamento de la autoridad de sus hechiceros), el influjo que sobre sus imaginaciones
tenía la audacia y elocuencia, resorte autoritario de sus caciques; sus supersticiones, causa de las depresiones y levantamiento de sus espíritus veleidosos; y su egoísmo pueril, que con tanta frecuencia los seducía con bagatelas.  El corazón del indio, tímido, receloso, aparentemente sumiso, pero que con frecuencia oculta bajo las aguas tranquilas de esa sumisión, verdaderas tormentas de odios y de pasiones, cuando le parece que se encuentra bajo la tiranía de los vejámenes; abierto y dado hasta el heroísmo, cuando se siente prendado por la bondad que ha engendrado en su pecho el amor...Llegó a amarlos como hermanos y ellos le correspondieron con la sinceridad del amor de los hijos para con su padre”. (P. Blanco). Esta última afirmación
no es retórica: entraña el núcleo mismo de la actitud de estos tres hombres.  Sabían de ternura y de cariño para conocer el alma de un pueblo ... Hacia el fin de la historia sonará desgarradora la respuesta de los indios al P. Romero, quien fue a cerciorarse del martirio y les preguntó por los Padres: “ya no tenemos padres, que los han muerto” ... un sentimiento del corazón filial de esos
hombres y mujeres que revolvían entre los restos de la hoguera buscando reliquias mientras decían a quienes se mostraban aprensivos: “¿Cómo siendo nuestros padres habremos de tener asco?”.  García Céspedes lo expresa así: “Se ordenó de sacerdote: y luego subió a la Provincia del río arriba del Paraguay, a predicar y enseñar el Santo Evangelio en la Provincia del Maracayú, adonde estuvo algún tiempo convirtiendo aquellos indios a nuestra santa fe, y ocupándose en obras de caridad entre ellos, que le amaban tanto que hasta hoy día vive en ellos la memoria de dicho Padre”. Estoy convencido que para comprender la proyección cultural y evangelizadora de los Santos Mártires, es necesario adentrarse en esta actitud de su corazón: la paternidad. Si quisiéramos decirlo en lenguaje corriente
afirmaríamos que se jugaron a tener hijos, y eso implica cariño, ternura, capacidad de dar la propia vida. Son los Santos Mártires, porque fueron (y son) los padres de un pueblo. Todo proyecto de paternidad entraña necesariamente una dimensión de grandeza, cuya raíz es la aceptación del autotrascenderse. El proyecto de estos hombres es un proyecto de grandeza, distinto de cualquier
proyecto de tipo inmanente, mezquino en sí mismo. Partiendo de esta realidad: la paternidad que les confiere grandeza; tiende necesariamente a dar vida, a hacer crecer en libertad. Es un proyecto de libertad, de liberación cristiana... y no creo falsear la historia si -anacrónicamente- digo que es un proyecto de liberación. La pregunta viene sola: ¿qué teología de libertad, y qué teología de liberación,
subyacen en este proyecto? Puesto que la médula es la paternidad, se trata de un proyecto definitivamente opuesto a los proyectos ilustrados de cualquier signo, los cuales, prescinden del calor popular, del sentimiento, y de la organización y trabajo del pueblo. No implementaron un proceso de repliegue sobre la propia cultura (en este caso la de los indios) olvidando el destino de universalidad de todo proyecto cultural: éste sería, p. ej., el papel jugado por los marxismos indigenistas que reniegan de la importancia de la fe en el sentido trascendente de la cultura de los pueblos, y reducen la cultura a un campo de confrontación y lucha, en el cual, la dimensión manifiesta del ser, adquiere un valor meramente mundano y materialista, desprovisto de todo sentido de
integración y trascendencia.
Tampoco se trata de un proyecto que facilite la absorción fácil de estilos de vida ajenos, y que por tanto rechaza el conf1icto tan fundamental de ser uno mismo y -a la vez- confirmar las diferencias. Este tipo de proyecto marca una postura claudicante que niega la riqueza de lo diverso. El proyecto de los tres Mártires es un proyecto de libertad cristiana, de
hacer libres a los hombres, y que tendrá su centro en las Reducciones. Estas llegarán a ser 30. De ellas, 15 caían en el actual territorio argentino, 7 en Brasil y 8 en Paraguay.
Libertad que implica crecer en capacidad de librarse, zafarse, de todo tipo de esclavitud. El pecado no mira al color de la piel sino al color del alma, y en este caso era tan opresor un bandeirante, un encomendero venal o un hechicero. Esclavizaba tanto el yugo de una servidumbre humillante, como la superstición de una brujería o el hambre o la peste de viruelas. En todas estas direcciones se movió el trabajo de liberación.   Roque, siendo cura en Asunción, atiende tanto a indios como a españoles.
Y no le faltará coraje para -luego ya en sus correrías por el monte- detener una guerra de indios como frenar la ambición de los encomenderos (recuérdese el incidente con el Gobernador Céspedes). Ruiz de Montoya se refiere al problema de los encomenderos, e indicaba: “los efectos de estos agravios... El uno no querer los naturales recibir el Evangelio... El otro sea, los ya cristianos detestarlo; porque si por el oído oyen la justificación de la ley divina, por los ojos ven la contradicción humana ejercitada en obras. En muchas Provincias hemos oído a los naturales este argumento, y visto retirarse de nuestra predicación, infamada por los malos cristianos”. Roque no era un revoltoso, y -si bien debía enfrentar conflictos muy serios- no se dejaba enredar en ellos. Sabía decir las verdades como padre cuando se refiere a la defensa de sus hijos.  Roque libera al indio de la usura de los encomenderos. Escribe a su hermano, Don Francisco González de Santa Cruz, Gobernador interino de Asunción: “No es de ayer sino muy antiguo a esos señores encomenderos y soldados quejarse contra la Compañía (de Jesús) por volver por los indios y por la justicia que tienen de ser libres. Y estos debates crecieron más después que los de la Compañía como vasallos de Su Majestad apoyaron lo que justísimamente mandó por su visitador (Alfaro), que los indios fuesen libres de la servidumbre. Y como los indios fuesen entendiendo la libertad en que el Rey les ponía, pagando su tributo, temiéronse los encomenderos que les habíamos de ser de graves daños los de la Compañía. Nuestro Señor, que lo sabe todo, enviara remedio, y no está lejos el día en que se castigarán agravios, particularmente hechos contra los pobres. Verá V.M. cómo se han informado mal los encomenderos (quizás engañados de su pasión) diciendo que no tienen los indios con qué pagarles los muchos años de tributos que les deben. Lo cual no ha causado en mí pequeña admiración, porque sé cierto que con cuanto tienen, aunque se queden en camisa, no pudieran satisfacer lo mucho que deben a los indios. Y el estar en esta ceguedad tan grande los encomenderos, es la causa de que no los quiere confesar gente que sabe, y de mí digo que no confesaré ninguno, porque han hecho el mal y aún reconocerlo no quieren, cuanto más restituir y enmendarse. Allá lo verán por su mal, si no se componen antes con los indios, delante del que, por ser infinitamente sabio, no hay (caso de) echarle dado falso”. Expresiones fuertes, una teología de la confesión sólida y  una referencia al juicio de Dios. Llama la atención cómo San Roque da vuelta el argumento: no son los indios quienes deben a los encomenderos, sino éstos a aquéllos. La exigencia de conversión del corazón es el momento espiritual de liberación del pecado propio y liberación del mal que sufren los indios. A través de esa conversión, se da el cambio de estructura pecaminosa de la relación económica: no son los indios los que deben pagar lo que han trabajado, sino el encomendero valorar el sujeto trabajador que acrecienta su riqueza.  El endeudamiento no puede ser mirado en relación al producto objetivo en juego, sino a los sujetos afectados. Es la misma paternidad quien le inspira este camino distinto, la paternidad que atiende las heridas de la injusticia
tanto para los que la sufren como para el que las comete, la paternidad que induce a los indios a asumir en su cultura la conciencia de justicia y libertad. Desde su corazón sacerdotal, celoso de la conversión de las almas, cambia las estructuras mismas de la injusticia e incultura los valores evangélicos.  Y junto a esta re-pristinación de la justicia, los tres santos trabajan incansablemente
en un proyecto de promoción humana. Porque conocían el alma del indio sentían sus necesidades. De ahí que pongan manos a la obra en la construcción de las Reducciones.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Situación del aborigen durante el período hispano.

Por el Dr. Julio R. Otaño
Al llegar de su primer viaje, Colón vendió a los indios que lo acompañaban como esclavos. Esto originó el disgusto de la reina Isabel quién ordenó la libertad de los indios y su reintegro al nuevo mundo.
La imposición del pueblo dominador al dominado se hizo con la prédica religiosa: el catolicismo era la base de la unidad española y debía ser también el factor de unidad con las Indias. El indígena adoctrinado en el cristianismo dejaba de ser un enemigo; la doctrina impedía el aniquilamiento de los vencidos haciéndoles aceptar resignada y voluntariamente el dominio de los vencedores; que de no ser ahí, habría ocurrido inexoradamente como pasó en la América Anglosajona, francesa y portuguesa es decir el exterminio casi total de la población primitiva. Los indios cristianados estaban considerados como "vasallos" de la corona al igual que los blancos. Pero necesitaban tutela........surgiendo así la encomienda.
Mediante ésta un grupo de caciques, tribus etc. era "encomendado" a la protección de un "encomendero". Variaron mucho con el tiempo las características y formalidades de la encomienda: en un principio fueron temporales, reintegrándose los indios a la corona vencido el plazo. Luego adquirieron carácter vitalicio, más tarde el carácter fue hereditario.
Las Casas enemigo de las encomiendas (pero partidario de la esclavitud de los africanos) criticaba los excesos de algunos encomenderos y los defensores de las mismas argumentaban con la imposibilidad de establecer otro régimen más apropiado al trabajo indígena y cuidado de los naturales.
Las Leyes Nuevas, dictadas en Barcelona en 1542, establecieron un conjunto de reformas dedicadas a la administración de un espacio que, tras las conquistas de México y Perú, había adquirido unas enormes dimensiones.
Uno de sus puntos más destacados fue el relacionado con el tratamiento del indígena: Las Leyes Nuevas dispusieron con respecto a la encomienda su desaparición en el paso de una generación y ello ocasionó muy fuertes enfrentamientos en Perú y en México entre los afectados y la Corona, ya que suponía al mismo tiempo un ataque directo al poder casi feudal adquirido por los conquistadores.
En 1543 fue nombrado primer virrey de Perú Blasco Núñez Vela y a él le correspondió hacer cumplir el contenido de estas leyes. Su llegada provocó el enfrentamiento con los encomenderos y con la mayoría de las autoridades o particulares que estaban vinculados a las encomiendas.
La autoridad real controló la situación pero el sistema de encomiendas no desapareció en su totalidad; Con esta actitud se dio paso a una fórmula, empleada de forma habitual por los funcionarios españoles en América, conocida como "obedecer y no cumplir", que suponía aceptar la orden pero no cumplirla hasta que no se dieran las condiciones adecuadas.
Después de 1609 las encomiendas personales se empezaron a abolir y quedaron extinguidas 100 años después. En el Perú los indios que cultivaban la tierra (los yanaconas) entregaban al encomendero una parte de lo producido como tributo al Rey. El trabajo aborigen en las minas se llamaba mita (significa turno) y los aborígenes trabajaban durante 8 hs rotando las 24 hs del día. El bien común era la finalidad última del Estado en la doctrina tomista. El bien común no era el bienestar de la mayoría, ni el beneficio de una clase, ni el predominio absoluto de la raza española. Si bien esto último fue un resultado notorio y querido;
El principio fundamental de la legislación fue considerar a los indios como seres libres, esta categórica declaración no excluía por cierto, los casos en que a raíz de una guerra justa se autorizaba el cautiverio de los prisioneros. Pero estos casos fueron excepcionales (caribes, araucanos). La libertad de los indios no podía desde luego ser total y absoluta. A ello se oponían los objetivos mismos de la conquista, que aspiraba a evangelizarlos y a procurar su gradual incorporación a la vida civilizada.
Para lograr ambos objetivos era fundamental reunirlos en pueblos y reducciones, obligarlos al trabajo y someterlos a una disciplina que les impidiera retornar a su primitiva vida selvática, a sus costumbres . El pago del tributo al Emperador podía ser hecho en dinero o en especies, pero generalmente lo hacían los indios trabajando en beneficio de su encomendero, lo cual significó una mayor limitación de su libertad. Su fundamento es preciso buscarlo en la teología católica, que al considerar a los indios como seres racionales, aptos para la vida política y para la fe católica se llegó a la conclusión que debían ser tratados con humanidad para lograr su paulatina incorporación a la vida civilizada.
Con la llegada de los borbones estos objetivos religiosos se perdieron; la justicia hacia el aborigen también y el buen tratamiento de los indios quedó subordinado a las conveniencias políticas y económicas El cambio fundamental de los objetivos se rebela en el tratado de 1750; allí se permutaba a los portugueses la Colonia del sacramento por 7 pueblos de las misiones guaraníes, ubicados al oriente del río Uruguay. Las necesidades estratégicas y mercantiles prevalecieron sobre la conveniencia de mantener esas misiones que funcionaban con tanto beneficio para los indígenas y éstos fueron obligados (después de una cruenta guerra) a trasladarse al occidente de aquel río, constituyendo un atentado al derecho natural despojando de sus tierras a quienes las habían adquirido y explotado. Además el convenio violaba una de las leyes fundamentales del sistema político, porque cedía territorios que al ser incorporados a la corona de Castilla habían sido declarados inalienables. Luego vendría la expulsión de los jesuitas originando el abandono o decadencia de las misiones. El estado ya no se preocupó por conservar la pureza de la fe ni por seguir difundiendo la religión y la cultura entre los indios