Rosas

Rosas
Mostrando entradas con la etiqueta Heredia Alejandro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Heredia Alejandro. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de junio de 2022

La muerte de C. Alejandro Heredia ¿Robles? ¿Avellaneda? ¿Ibarra?

Por Martiniano El Inmortal
Nació en Tucumán en 1788. Fue una de las figuras más cultas del federalismo del interior, doctor en derecho por la Universidad de Córdoba, que conocía literatura clásica y hablaba el latín. Fue él quien le enseñó los primeros rudimentos del latín a su protegido Juan Bautista Alberdi.   Como militar, se distinguió en las batallas de Tucumán (1812) y Salta (1813), con el grado de teniente, y después en la acción de Sipe Sipe (1815). En el ejército del Norte alcanzó el grado de coronel, y figuró entre los protagonistas de la histórica sublevación de Arequito (1820), que dio por tierra con el proyecto de monarquia del Directorio. Luego de este hecho se dirigió a Salta, para ponerse a las órdenes de Güemes, en guerra con los godos.Alejandro Heredia es una gran figura. Ocupa un sitio muy destacado entre los gobernantes del interior durante la época de Rosas. Además, fue hombre de cultura y de ideas independientes, dentro de sus simpatías por la Confederación.  En 1806, logró por concurso una cátedra de latín en la Universidad de Córdoba. Después, los imperativos de la Revolución lo alejaron a él —como a tantos otros— de la cátedra. 
Su actuación fue destacada en ambas batallas, y mereció recomendaciones de Belgrano y de Rondeau, respectivamente. En 1816 era ya teniente coronel cuando el Congreso de Tucumán lo designó Comisionado con motivo de una Revolución ocurrida en La Rioja. En 1820 era coronel en el Regimiento que mandaba Paz en el Ejército del Norte, y tuvo intervención en la aún hoy discutida Sublevación de Arequito (Heredia pensaba, como los del Norte, en la necesidad de defender las fronteras amenazadas). Posteriormente, fue Diputado por Tucumán al Congreso General Constituyente reunido en Buenos Aires en 1824 (si bien ya no era Diputado cuando se dictó la Constitución unitaria de 1826). Y en 1831 fue Diputado ante la Junta de Representantes de Salta, como una consecuencia del reciente triunfo de Quiroga sobre Lamadrid en el Campo de Ciudadela. Al amparo de la hegemonía de Quiroga en el Norte, sube la importancia política de Heredia. 1832 es un año decisivo en su vida política, ya que ese año fue elegido Gobernador de Tucumán. Y en el cargo se mantendrá, a través de elecciones sucesivas, hasta el momento de su muerte. El gobierno o, mejor, los gobiernos de Heredia se caracterizaron por su irradiación e influencia en casi todo el Norte. En el ámbito provincial, por una serie de iniciativas fecundas, particularmente de carácter cultural, pero no menos por sus gestiones administrativas, jurídicas, etcétera. Una idea que singulariza a Heredia (y que le da curiosa individualidad entre los gobernantes de la Confederación, al mismo tiempo que perturba a hombres como Rosas e Ibarra) es la idea de la "Fusión de los partidos". En Heredia, tal intención no se reducía a simples palabras, sino que tomaban estado activo en su conocida protección a jóvenes capaces, aunque éstos no simpatizaran abiertamente con la causa de la "federación" (Alberdi, Marco Avellaneda, Marcos Paz y muchos otros, son testimonios fehacientes de lo que digo). En 1837, la guerra de la Confederación con Bolivia obliga a Heredia a dirigir las fuerzas argentinas contra el General Santa Cruz. Y, en fin, terminada sin pena ni gloria la lucha, el 12 de noviembre de 1838, en Tucumán, Heredia encontró la muerte, asesinado por una partida de sus propios soldados.
MARCO AVELLANEDA Y LA MUERTE DE HEREDIA Los comentarios determinados por la muerte de Heredia pueden servir de ejemplo para mostrar cómo la pasión política suele desvariar y cómo la bandería suele acomodar los sucesos a determinados puntos de vista. Claro que si en los momentos cercanos al hecho la actitud no se justifica, cabe por lo menos una explicación. Lo que ya resulta realmente insostenible es que hoy, a más de cien años del suceso, cierta historiografía repita, sin mayor análisis, determinados alegatos, acusaciones y vituperios. La muerte de Heredia se nos aparece, a la distancia, terrible y misteriosa. Muerte en un ámbito solitario, sobre un fondo rústico, verde y húmedo a la vez. El asesinato del "indio" Heredia constiuye aún un apasionante caso "policial", y lo de policial creo que, sin quitar jerarquía al hecho histórico, sirve para revelar las extrañas resonancias que rodean al hecho. Pero vayamos por parte. En la mañana del día 12 de noviembre de 1938, Alejandro Heredia, Gobernador de Tucumán, fue asesinado en Lules, cerca de la capital, cuando en una galera se dirigía a su finca de Arcadia, acompañado de su hijo. Heredia fue muerto por una partida dirigida por Gabino Robles y completada por los oficiales Juan de Dios Paliza, Vicente Neirot, José Hermenegildo Casas y Gregorio Uriarte Una breve acotación. Posiblemente por la coincidencia de la galera, la partida, la emboscada, etc., Juan María Gutiérrez, al conocer el episodio, lo calificó de Nueva Barranco Yaco 2. Y la coincidencia es más llamativa si tenemos en cuenta la amistad que había unido en vida a Quiroga y Heredia. Por otro lado, no era esa la primera vez que se conspiraba o se atentaba contra la vida de Heredia, aunque fue ésta —claro está— la circunstancia fatal. Con respecto al autor material de la muerte de Heredia, no cabe duda (puesto que múltiples testimonios lo refirman) que el ejecutor principal fue Gabino Robles, el jefe de la partida. Robles era comandante en el ejército de Heredia. Había sido abofeteado por el Gobernador en Salta, y desde ese momento juró matar a quien así lo lo había agraviado. Robles se presentó siempre como único matador. Reparemos, con todo, que el cadáver de Heredia ofrecía varios "balazos y lanzadas", tal como atestiguó Manuel de Yrigoyen, Oficial Mayor de Relaciones Exteriores, el día 14 de noviembre. Manuel de Yrigoyen atribuye el crimen, en ese primer momento, a los cinco oficiales de la partida Teniendo en cuenta la disímil jerarquía de las personas, una venganza personal pareció bien pronto motivo poco consistente para apoyar en él el asesinato. La posterior actuación de Marco Avellaneda, las acusaciones de Ibarra y, más adelante, las contingencias de La Liga del Norte, hicieron que, sobre todo, en el bando rival, creciera la sospecha de que Marco Avellaneda había sido el instigador de la muerte de Heredia. Pero la pasión partidaria y el ardor de la lucha no se contentaba sólo con eso. El interés estaba en mostrar que Marco Avellaneda era, no ya el instigador, sino el "autor" material. Saldías dio posteriormente una versión semejante, recogida —según decía— de labios del propio Robles. Durante su •permanencia en Salta, embriagado según era su costumbre, dio de bofetones al comandante don Gabino Bobles. Este devoró la afrenta, pero juró vengarla. Apenas regresó a Tucumán, Bobles se afilió entre los adversarios del Gobernador. Una noche hubo de sacrificar a Heredia en el teatro a no haber intervenido varias personas que probablemente no conceptuaron oportuno el momento para llevar las cosas a tal extremo. Por las referencias que me hizo el mismo Robles en Tucumán, tengo para mí que, a partir de tal noche, este hombre desgraciado fue el brazo que hicieron suyo los revolucionarios para realizar lo que venían persiguiendo. Todos los antecedentes de este episodio ruidoso lo ponen así de manifiesto. El 12 de noviembre de 1838, Heredia se dirigía en su galera a su hacienda La Arcadia, acompañado de su hijo.  
Al llegar a la altura de Lules salieron de una emboscada los comandantes Gabino Robles, Juan de Dios Paliza, Vicente Neyrot, Gregorio üriarte y el teniente José Casas, montado en el propio caballo que le prestó él día anterior don Marco Avellaneda [se refiere a la Declaración de Metán]. Heredia sacó la cabeza por la portezuela de la galera y con voz angustiosa le preguntó al primero que se le adelantó: ¿Qué hay, Robles? Todo lo que üd, pida le daré...—Hay los bofetones de Salta, y sólo quiero tu vida, tirano, repuso Robles descerrajándole tres tiros [Beferencia de don Gabino Bobles]. Inmediatamente Robles se dirigió a la ciudad con sus compañeros. En el tránsito encontró a don Marco Avellaneda y a don Lucas Zaváleta, y alargándole la mano aquél gritó: ;Ta sucumbió el tirano! (Ver ADOLFO SALDÍAS, Historia de la Confederación Argentina, III, Buenos Aires, 1911, págs. 55-56). Marco Avellaneda (cuando se defiende de Ibarra) no era necesario esperar a su famosa Confesión de Metán para que sus enemigos encontraran en él rastros de culpabilidad. En efecto, es sabido que un documento comunmente utilizado para ligarlo al crimen es la Confesión de Metán, del 3 de octubre de 1841, hecha por Avellaneda ante Mariano Maza en momentos previos a su degüello.  Ahora bien, ¿qué afirmó en esa declaración Marco Avellaneda?  En relación al episodio que nos ocupa, es decir, la muerte de Heredia, leemos lo siguiente: que había conocido a Heredia y que éste fue asesinado por Gabino Robles, Juan de Dios Paliza, Vicente Neirot, un  Uriarte y un Casas..., y que pensaba que el asesinato no había sido más que una venganza personal que, al mismo tiempo, esperaba encontrar también eco favorable en el pueblo de Tucumán. Al preguntársele con qué fin el teniente Casas llevaba un caballo rosillo propiedad de Avellaneda, éste había respondido que, en efecto, Casas, el día anterior -al hecho, le había pedido un caballo para realizar un paseo hasta Los Lules. Por último, Avellaneda se refirió a su encuentro casual con los asesinos el mismo día del hecho, cuando iba hacia El Manantial acompañado de su pariente Lucas Zavaleta. Gabino Robles se había declarado allí como único autor (Robles le dijo que él, con sus propias manos, había asesinado al Gobernador Heredia...) En fin, Avellaneda se refiere a unas apremiadas palabras de aprobación.
Esto es lo fundamental de la declaración, vinculada al episodio de la muerte de Heredia, sin quitar ni agregar nada a lo que realmente interesa, vale decir, al hecho en sí, circunstancias y autor o autores. La declaración se publicó en La gaceta mercantil de Buenos Aires, del 2 de noviembre de 1841. Veamos ahora derivaciones pintorescas (y, algunas, increíbles) de esta confesión. En primer lugar, veamos cómo sintetizó Adolfo Saldías los párrafos publicados en LA GACETA MERCANTIL:
Interrogado respecto del asesinato del general Heredia, refirió igualmente los detalles que sabía, confesando que había prestado su caballo al teniente Casas, uno de los asesinos; que encontrándose con éstos en seguida del asesinato había aplaudido su conducta, y que a solicitud de los mismos había convocado la legislatura para que ésta nombrase el gobernador reemplazante de aquel General...
Que Avellaneda tuvo participación en el asesinato de Heredia y que como uno de los jefes de la Coalisión del Norte habíase envuelto en el torbellino sangriento de la época, sublevando contra sí las iras de sus enemigos que lo acusaban de crueldades y fusilamientos análogos a los que él les echaba en cara, eran hechos ciertos y conocidos tanto de los unitarios como de los federales.. Y da la casualidad de que para salirle al encuentro en el camino donde se consumó el crimen, Robles va en un caballo de Avellaneda...
Es sugestivo que el comandante Gabino Robles montara un caballo de Marco Avellaneda...Pedro Ramos, edecán de Rosas, sostiene que la muerte de Heredia fue para Tucumán el comienzo de una época de anarquía, cuyo desenlace, por las personas que podían prevalecer, no prometía nada favorable para Rosas. Lo mismo podemos decir en relación a Salta, cuyo gobernador era Felipe Heredia, hermano de Alejandro. En fin, la situación de Catamarca, protegida por el gobernador de Tucumán.
Rosas defiénde al finado Heredia de las acusaciones de Ibárra. En lo que se refiere a los unitarios tucumanos, sólo menciona concretamente a ese don Salustiano Zavália. Heredia era aliado del Restaurador y su alianza se extendía, a través de su poderío, a gran parte del norte argentino. La muerte de Heredia, a fines de 1838, trajo un vuelco político inmediato en algunas de dichas provincias perdiendo Tucumán su hegemonía. En esta se designa gobernador a don Bernabé Piedrabuena, que no era rosista. El gobernador de Salta, Felipe Heredia, hermano de Alejandro, ante el alzamiento de algunos jefes departamentales, tiene que resignar el poder en una Comisión Gubernativa, hasta que se nombra mandatario legítimo a don Manuel Solá, primo de Piedrabuena. Y en Jujuy se depone al gobernador don Pablo Alemán, ahijado de Heredia... Sólo don José Cubas, tachado antes de poco federal, sigue gobernando en Catamarca; como en La Rioja, el general Brizuela, su dueño y señor. No hablemos de Santiago... isla política donde —igual que el coyuyo—reinaba imperturbable e inconmovible don Felipe Ibarra, "bombero" de Rosas en el Norte". Escribe Ibarra al Gobernador de Catamarca, José Cubas: Con el amigo Recalde he hablado bastante sobre la perniciosa influencia que puede ejercer en Ud. el malvado Marco Avellaneda, hijo de esa provincia y vecino de Tucumán. Este descarado aspirante, a quien el público acusa de ser el principal autor del horrendo asesinato de Heredia, sólo trata de enredar estos pueblos unos con otros...La carta de Avellaneda a Cubas tiene como fecha el 4 de mayo de 1839. Marco Avellaneda: ibarra Me llama el asesino de Heredia. Le agradezco esta calumnia. Soy bastante republicano para desdeñar la gloria de Bruto... Los que en nuestro siglo han escrito sobre el tiranicidio no han vivido en nuestros países ni han sufrido el yugo de los Quiroga y de los Heredias. No han vivido en un país desmoralizado y sin virtudes públicas, donde una revolución era tan necesaria y justa como imposible. Pero, lo repito, yo no estoy obligado a contestar a una acusación tan calumniosa como vaga. Si se hubiesen citado hechos, si se hubiesen presentado las pruebas, yo las habría refutado. Yo habría confundido a mis calumniadores; pero hubiera empezado protestando que estaba lejos de considerar culpables a los heroicos tiranicidas, que han salvado a mi patria de la más bárbara expresión que se haya conocido jamás.
Un año después (el 30 de mayo de 1840) el hecho de que Marco Avellaneda, como presidente de la Sala de Representantes de Tucumán comunique al Gobernador que la Legislatura ha votado el sobreseimiento de los autores y cómplices del homicidio perpetrado en la persona del ex Gobernador Alejandro Heredia. Confirma la posibilidad que significó la muerte de Heredia para luchar abiertamente contra Rosas y para contribuir a la organización general de la República. No olvidemos que estaba ya en marcha la Liga del Norte y que un episodio como el que cito era la natural consecuencia de afirmaciones y proclamas del momento
En conclusión, y para apoyarme en el dato firme, el asesino concreto de Heredia fue Gabino Robles. Con la complicidad de la partida que él dirigía. La razón fundamental que lo impulsó al crimen parece haber sido una venganza personal. Sin descartar que intereses políticos, al tanto del resentimiento de Robles y sus deseos de venganza, actuaran para decidir el hecho ¿Qué intereses políticos? los de Marco avellaneda y la Coalición del Norte , por fin, la auténtica historia.
Ernesto Palacio: "El mártir de Metán es ejecutado, no por su actividad revolucionaria, sino por su participación en el asesinato de Heredia, según consta en el proceso que expresamente le hizo instruir el general Oribe..." (La verdadera historia de la Coalición del Norte, en Estudios, de Buenos Aires, 1940, n» 350, págs. 123-124).
BIBLIOGRAFÍA:
BUSANICHE JOSÉ LUIS #HISTORIA ARGENTINA"
GALASSO NORBERTO "HISTORIA ARGENTINA"
MENDEZ AVELLANEDA TIBURCIO "EL MARTIR DE METÁN"
PALACIO ERNESTO "HISTORIA ARGENTINA"
SALDÍAS ADOLFO "HISTORIA DE LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA"
SIERRA VICENTE D. "HISTORIA DE LA ARGENTINA"

viernes, 17 de abril de 2020

Rosas frente al Imperio Francés y sus aliados Santa Cruz y Fructuoso Rivera

Por Julio Irazusta
Con motivo de las incesantes intrigas del gobierno boliviano para anarquizar el norte argentino y favorecer a los unitarios separatistas partidarios de anexar la región a la Confederación Peruano-Boliviana creada por el general Santa Cruz, el Restaurador, Encargado de las Relaciones Exteriores decidió aprovechar la ocasión que le ofrecía un conflicto chileno-peruano-boliviano para cortar el peligro de una nueva desmembración. Firmó una alianza con el gobierno trasandino y le declaró la guerra a Santa Cruz en magnifico manifiesto que enrostraba al caudillo del Altiplano su tardía incorporación a la causa de la independencia americana y la violación de los principios del derecho público establecido por los libertadores. 
 Andrés de Santa Cruz - Patrizia - Posts | Facebook
En la oportunidad, pasó una circular a las provincias diciendo a sus colegas que si ya tenía por su encargo las facultades necesidades para declarar la guerra y hacer la paz, convenía que ellos le refirmaran la delegación de poderes, para hacer patente ante el mundo la unidad argentina consolidada definitivamente al cabo de tanto desorden institucional. Y su pedido fue satisfecho por todos los gobiernos provinciales. 
Entonces fue cuando asumió otra función de la soberanía nacional, al dictar un decreto prohibiendo la exportación del oro y la plata, facultad que hasta entonces había ejercido en su jurisdicción provincial, pero que en adelante se incorporaba al Encargo de las Relaciones Exteriores. Y más adelante, en respuesta a una mediación ofrecida por la Gran Bretaña, que como Francia apoyaba al caudillo boliviano (por su condescendencia con los capitales europeos) estableció una doctrina argentina de derecho internacional, admirablemente expresada por su redactor, el general Guido, según la cual pugnaría con el buen sentido que la renuncia hecha en 1824 a una parte opulenta del territorio patrio fuese a engrosar el poderío de un ambicioso cuyas usurpaciones podían alterar el equilibrio del continente.
La guerra entre la Confederación Peruano- Boliviana y la Argentina y Chile, ofreció a los europeos una ocasión dorada para el cumplimiento de sus designios sobre la América Hispana. Los desafueros cometidos por los agentes de todo el cuerpo diplomático contra los Estados de la América Austral a favor de Santa Cruz fueron enormes e hicieron todo lo posible para estorbar la acción chileno-argentina. Uno de ellos llegó a acusar a los soldados chilenos de asesinos y ladrones. 
Las escuadras europeas estaban al servicio de las fuerzas de Santa Cruz como si le obedecieran legalmente. Así le pagaban todas las concesiones que el Protector de Bolivia concedía a los capitalistas extranjeros y el increíble vasallaje con que el triste personaje negó a sus hermanas de América la cláusula de la nación más favorecida mientras, beneficiaba al comercio europeo con la exclusividad de ese derecho. 
Fue asimismo entonces cuando Inglaterra propuso a la Argentina negociar sobre la trata de negros:  Inglaterra sufría las consecuencias de la revolución industrial, creadora de la desocupación y el empobrecimiento de las clases obreras, según lo expuso Federico Engels en un libro publicado en 1844 sobre la situación social de las islas británicas en aquel año, enjuiciamiento confirmado por Carlyle cuando escribió: “A mi ver, rara vez se mostró bajo el sol un país en estado más lamentable que el nuestro en la actualidad. Me parece que estamos cerca de la anarquía, de cosas sin nombre…”. Movido por ese horror, redactó su obra Pasado y presente, en la que comentó los asilos de pobres, en donde se albergaban millones de seres humanos, prisiones: según el autor donde se desarrollaban “escenas de amargura, abandono y desolación, tales como seguramente nunca vio el sol en las más bárbaras regiones del orbe”. Como la ley de pobres se votó cuando se limitaba la trata de negros, Chesterton dijo, en su libro sobre Cobbett, que se libertaba a los negros mientras se encarcelaba a los blancos. Por eso desplegaba Inglaterra una acción expansionista que le dio un imperio colosal, que vimos desaparecer en nuestro tiempo.
La situación era más acuciante para Francia. Al mismo fenómeno social, aunque en menor escala, debíase sumar un belicismo reprimido desde la derrota de Napoleón l.
La opinión ilustrada quería una guerra en Europa. El rey Luis Felipe –“el Napoleón de la paz” lo llamó Heine– no deseaba, en el aislamiento de sus primeros años de reinado, alarmar a Europa con bravatas para evitar que se coaligara de nuevo ante la recuperación francesa, lograda por Borbones y Orleáns en las dos décadas transcurridas desde 1815.  Luis Felipe era demasiado listo para no comprender que aquel belicismo de los súbditos haría explosión en el interior si no se le daba alguna válvula de escape en una acción hacia ultramar. Distrajo a la opinión europea con la promesa de expediciones de conquista en tierras lejanas. Mignet, historiador y vocero oficioso de esa política, decía que para afianzar el establecimiento de los franceses “en la costa opuesta del Atlántico” y su “inmenso desarrollo útil para nuestros intereses y ventajoso a la vez para nuestra gloria”, convendría “una ostentación más frecuente de nuestras fuerzas navales que nos eximirá en muchos casos de tener que emprender una acción efectiva”.   Añadía creer que Hispanoamérica era civilizable, pese al retroceso de esos “gauchos que viven a caballo y sin camisa, hijos degenerados de los héroes de la conquista española, que casi ya no tienen de cristianos sino el nombre y de hombres, la forma únicamente”; para esa regeneración, nuestro continente necesitaba “una continua infusión de las luces y de la actividad de la vieja Europa”, que Francia se prestaba generosamente a procuramos. Por las buenas, si nos allanábamos a sus menores exigencias, o a cañonazos, si tomábamos en serio la independencia que los europeos nos habían reconocido.
Con instrucciones escritas en tal sentido llegó a Buenos Aires Aimé Roger, sucesor como cónsul de Vins de Payssac, en momentos en que el dictador Rosas se hallaba rodeado de dificultades: guerra con Bolivia, rozamientos con Brasil, divergencias entre los aliados contra Santa Cruz, sorda disconformidad de los constitucionales del partido federal contra el Encargado de las Relaciones Exteriores por su política dilatoria de una convocatoria a constituyente.  En su protesta reclama por el juicio seguido a algunos compatriotas por la justicia bonaerense, con la evidente pretensión de sustraerlos a su fuero y llevarlos a tales efectos al consulado francés. El propio Vicente Fidel López, nada sospechoso de parcialidad hacia el régimen dictatorial, dice que ninguno de los casos por los que reclamaba Roger era defendible.
La respuesta argentina no sólo rechazaba esas pretensiones, sino que se negaba, además, a tratar una cuestión diplomática con un simple agente consular, no facultado especialmente por su gobierno para tal negociación. Roger, frente a la negativa, recurrió al almirante Leblanc, jefe de la estación naval en el Atlántico sur, quien no tardó en apoyar esas demandas con medidas de fuerza. El éxito debió parecerle aún más fácil debido a las gestiones del cónsul inglés MandevilIe, quien hizo lo posible para que Rosas cediera a las exigencias de Roger. El bloqueo del puerto de Buenos Aires y de todo el litoral argentino fue decretado el 28 de marzo de 1838. Sin ceder un ápice en su posición, el caudillo aceptó entablar correspondencia con Leblanc. En una de las numerosas cartas que Rosas escribió a Berón de Astrada para retenerlo al borde del abismo, decía: “Ya debe usted reconocer la firme resolución en que estoy de no retrogradar una sola línea de lo que ya se ha visto en mi correspondencia. Más fácil será que perezca, que suscribir a la ignominia y baldón que recibiría nuestra cara Patria después de tan heroicos esfuerzos en la honrosa lucha de nuestra independencia”. Y se manifiesta encantado de que el cónsul y el almirante franceses le den al país la ocasión “de inmortalizar el nombre argentino”.
Así ocurrió y la Argentina demostró su fuerza durante la larga década siguiente de conflicto con las potencias marítimas. Para hacer pie en el Plata y tener un punto desde el cual continuar el bloqueo (según lo confesó más tarde Thiers en el parlamento francés), los agresores hostilizaron al presidente uruguayo Oribe y, en combinación con el rebelde Rivera, lo derrocaron para sustituirlo por el aventurero que después de figurar en las filas de los libertadores de su país, no le molestó en lo más mínimo sentarse en el senado imperial brasilero y recibir de Pedro I el título de barón de Tacuarembó. Desde ese cuartel general en Montevideo, tramaron en el litoral y en el interior de la Argentina una vasta sublevación que levantó a medio país. Cullen, ministro de Estanislao López y pariente político de la esposa del caudillo, se hizo dar por su jefe una misión en Buenos Aires, en la que trató con los bloqueadores, pasando por encima del Encargado de las Relaciones Exteriores. Que sobrepasó sus instrucciones quedó hace poco probado por una investigación de Guillermo Saraví, de la que resulta que el caudillo santafesino, pese a lo que lo preocupaba el conflicto franco-argentino, nunca pensó separar la Causa de su provincia de la causa nacional, representada por Rosas.
Historia Argentina - Período de Juan Manuel de Rosas - 2º ...
En suma, la intromisión francesa, que en un comienzo alarmó a todos los emigrados en el Uruguay -Lavalle y los hermanos Juan Cruz y Florencio Varela, entre otros-, los arrastró a todos. Para anarquizar a la Confederación, contaban con una carta de triunfo: un tratado uruguayo-correntino por el cual Berón de Astrada, gobernador de Corrientes, se comprometió a pronunciarse contra Rosas en cuanto Rivera le declarase la guerra a la Confederación Argentina. Y así, a poco de instalado Rivera en su presidencia usurpada, decreta aquella declaración que precipitará al correntino a la lucha que le resultó fatal. Entretanto, Rosas había reconocido a Oribe como presidente legal del Uruguay, no sólo como protesta al atentado al derecho internacional, sino por lo que él afectaba los intereses de la Confederación. Berón de Astrada es derrotado por Echagüe, gobernador de Entre Ríos, en Pago Largo y muere peleando el 31 de marzo de 1839. Cullen, entregado por Ibarra, es fusilado en junio siguiente, después de una fugaz gobernación en Santa Fe, a la muerte de López.
En el ínterin, Santa Cruz había sido derrotado a principios de 1839. Pero la noticia no llegó a la capital argentina sino hacia la misma época de Pago Largo. La derrota del protector boliviano en Yungay y la de los correntinos en Pago Largo afianzaron la posición de Rosas, aunque sus enemigos en el Norte incubaban otra liga, a raíz del asesinato de Heredia, gobernador de Tucumán y de la instalación en esa provincia y en Salta de gobiernos que trataron con Bolivia, dejando de lado al Encargado de las Relaciones Exteriores.
 Por su parte Lavalle desconcierta a los conspiradores porteños y a los conjurados del sur de Buenos Aires, pues, vacilante, opta por embarcarse con la escuadra francesa e intentar una campaña en Entre Ríos. Esa diversión mesopotámica de Lavalle resultó fatal para el coronel Maza (del círculo íntimo del dictador) descubierto y ejecutado el 28 de junio de 1839, mientras su padre era asesinado; y para los estancieros del sur, derrotados el 7 de noviembre siguiente en Chascomús. Lavalle es obligado, después de Sauce Grande, a partir hacia Buenos Aires, y desembarcado por los franceses en San Pedro. Este acto de la nueva escuadra francesa cuyos objetivos podían considerarse hostiles, crea una situación que pudo ser la más crítica para Rosas; el caudillo exclama al enterarse de la entrada de Lavalle: “el hombre se nos viene y lo peor es que se nos viene sin que podamos detenerlo”, pero no se amilana. Organiza la resistencia, apelando a medidas extremas. Es entonces que se desencadena el “terror”, el que según Manuel Gálvez no cobró más de veinte víctimas, pero que para sus detractores sirvió de base a una leyenda roja, sobre una tiranía sanguinaria que habría durado tres lustros largos por mero impulso de locura homicida en el gobernante, tolerada por un pueblo salvaje.
Historia Argentina - Unitarios y Federales - Gobernacion de ...
Ante la sorpresa de los unitarios de adentro y de afuera, Lavalle se había retirado a Santa Fe un mes antes de estos sucesos. Tal vez dudó del éxito, ante el descabezamiento de las conspiraciones que lo aguardaban el año anterior, o tal vez abrigaba el propósito de unir sus fuerzas con las de la Liga del Norte, que ya para entonces habían llegado hasta Córdoba. Días más tarde, el almirante Mackau, que mandaba la escuadra recién llegada al Plata, traía poderes para tratar diplomáticamente el asunto promovido por Roger y Leblanc, que no los tenían. El 19 de octubre se firmaba con nuestro ministro Arana el tratado que lleva su nombre y el de Mackau, ministros contratantes. Ambos cedían parte de sus pretensiones. El francés lograba compensaciones económicas y la cláusula de la nación más favorecida, antes negada, pero abandonaba la pretensión de un fuero especial para sus compatriotas, residentes o transeúntes. El argentino cedía en tales puntos, pero retaceaba la concesión más importante, logrando que la citada cláusula no se extendiera a las ventajas que el gobierno argentino otorgara a algunos o a todos los países hermanos de América. Por lo demás, en términos generales, las ventajas que se concedían ambas naciones para el futuro eran de reciprocidad perfecta. Un historiador norteamericano nada favorable al caudillo comenta: “Aunque Mackau estaba entusiasmado con su obra, es perfectamente evidente que el arreglo fue una victoria de Rosas. El gobernador había desafiado durante más de dos años a una potencia europea y hecho la paz voluntariamente en términos considerablemente menos desfavorables que las exigencias originales de Roger” Por otra parte, sus enemigos locales quedaban desacreditados por su alianza con el extranjero y “él en libertad de acción para determinar hasta qué punto intervendría en el Uruguay. El art. 6º sugería una intención definida por su parte de atraer a aquel Estado a una relación política más o menos directa con la República Argentina. Era algo más: el derecho a esbozar una especie de Zollverein de la América Austral. La paz con Francia no puso término a la guerra civil desencadenada por la intervención de ese país, ya que no resultó más que una tregua. 
Lavalle fue derrotado en Quebracho Herrado antes de reunirse con sus correligionarios del interior y los unitarios no pudieron sostenerse en Córdoba; desencontrados los jefes, se retiraron, los unos hacia el oeste y los otros hacia el norte. Los primeros, dirigidos por Lamadrid, fueron perseguidos por Pacheco y los segundos, comandados por Lavalle, lo fueron por Oribe, el que, como aliado de la Argentina, fue designado por Rosas general en jefe interino del ejército unido de vanguardia. Ambos jefes unitarios fueron derrotados a fines de 1841, en las batallas de Rodeo del Medio y de Famaillá, respectivamente. 

jueves, 1 de diciembre de 2016

Alejandro "El Indio" Heredia (1788-1838) Brigadier General y Doctor.


Por el prof. Jbismarck


No era malo el indio Heredia 
Que sabía perdonar: 
Que lo diga si no Alberdi,
Que lo diga Marcos Paz 
Y hasta el mismo Avellaneda 
Lo podría atestiguar
Doctorcitos unitarios
Lo mandaron a matar, 
Mal hicieron los doctores
Y caro lo pagarán.
Era el 12 de noviembre del año 1838, cuando fue asesinado Alejandro Heredia, héroe de la Independencia y Gobernador de Tucumán.   Había nacido en 1788 en San miguel de Tucumán; Doctor en Teología y Leyes, General de la Independencia, diputado y gobernador de la provincia de Tucumán; protector por las provincias de Salta, Catamarca y Jujuy; fundador de pueblos y escuelas; autor de reglamentos y leyes a la vanguardia de la justicia de la época; fue sin duda Alejandro Heredia uno de los hombres más pre claros que diera la Patria en esos tiempos difíciles.  Al no contar por entonces Tucumán con un centro de estudios avanzados, sus padres lo enviaron a Córdoba donde primero ingresa al colegio Nuestra Señora de Loreto, revelando un talento sin igual entre sus pares.   Al poco tiempo se presenta en concurso abierto en la Universidad de Córdoba y obtiene la cátedra de Latín, corre el año 1806. El 14 de Julio de 1808 se gradúa de Doctor en Derecho y Teología.  Luego de 1810, Heredia, será soldado de la patria.  Hay dudas acerca de en cual batalla fue su bautismo de guerra, si Suipacha o Huaqui, es el mismo Balcarce quien el 12 de Marzo de 1811 lo designa como teniente del Cuerpo de Dragones Ligeros, también llamado Dragones de línea.  Integró el ejercito de Belgrano y luego será uno de los jefes en la que se conoce como la “Sublevación de Arequito”, comandada principalmente por el General Bustos y Paz, quienes se niegan a sofocar el avance de los federales del litoral.  Bustos le da una parte de la tropa y Heredia se dirige al Norte, justamente a Salta, con el claro objetivo de apoyar a Güemes en su desigual lucha contra los realistas. Al llegar el año 1824, y luego de contraer matrimonio con doña María Josefa Cornejos Medeiros en su provincia natal; participa como diputado del Congreso Constituyente.  Al producirse el Golpe de estado y asesinato del Encargado de las Relaciones Exteriores Manuel Dorrego, Heredia se incorpora a las tropas federales.  Luego de la batalla de La Ciudadela, en que Quiroga derrota a Lamadrid y a lo que quedaba del ejército Unitario, Heredia es nombrado “libre y espontáneamente”, gobernador propietario de Tucumán.  Toda su administración se caarcterizará por llamadas a la Conciliación y medidas progresistas. En 1834 hay un complot unitario contra su vida que fracasa y en lugar de una dura represión Heredia los indulta….otorgándole  a dos jóvenes adversarios políticos la autorización para ejercer su profesión en la Provincia, estos jóvenes eran los abogados don Marcos Avellaneda y don Juan Bautista Alberdi.                                 Resultado de imagen para alejandroheredia Fascio, teniente gobernador de Jujuy, deseoso de separarse de Salta, la invade el 13 de Diciembre y derrota completamente a Latorre en el Campo de Castañares, haciéndolo prisionero.  En el acto Fascio le comunica a Heredia, quién tenía apostado su ejército de 4000 hombres en la frontera con Salta, el resultado de la contienda y la detención de Latorre.  Acto seguido, Heredia le ordena la entrega de Latorre y le rememora los méritos de este en la guerra de la Independencia y los múltiples servicios prestados a la causa federal, solicitándole el respeto por sus bienes, su familia y su persona. Es en vano Latorre será asesinado en la cárcel. A principios de 1836 se produjo la última invasión de Javier López y su sobrino Ángel, acompañados por Segundo Roca Heredia los venció en Monte Grande, cerca de Famaillá y los tomó prisioneros; al día siguiente escribía a su ministro  "acabo de fusilar al general López y a su sobrino don Ángel, porque no he encontrado un punto seguro en la tierra para que en lo sucesivo no continúen haciendo males."   Fue la única vez que usó sus facultades extraordinarias para ejecutar a alguien. El coronel Roca fue indultado a pedido de la hija de su ministro, que se casaría con él y serían los padres del futuro presidente Julio Argentino Roca.  A mediados de 1836, las cinco provincias del noroeste (excepto Santiago del Estero) lo nombraron su protector.  En realidad era una especie de dictador sin título alguno para esa región.  En Setiembre de 1836 soldados bolivianos incursionan reiteradamente en suelo argentino.  Ante esta situación límite Alejandro Heredia ordena reforzar las posiciones de La Quiaca y otras zonas fronterizas en previsión de nuevos ataques. Informa a los otros gobernadores y comienza a prepararse para la guerra.  El 13 de Febrero de 1837 la Confederación declara oficialmente la guerra, dejando claro que esta no era “contra el pueblo boliviano”, sino contra el tirano Santa Cruz.   En carta enviada por Rosas, el 8 de Mayo de 1837, en su carácter de Encargado de las Relaciones Exteriores, nombra jefe de operaciones al Exmo. Señor Brigadier General Don Alejandro Heredia, gobernador de la provincia de Tucumán y protector de las provincias de Salta, Jujuy y Catamarca y lo declara JEFE DEL EJÉRCITO CONFEDERADO DE OPERACIONES CONTRA EL TIRANO SANTA CRUZ.   El peso humano y económico de la contienda recae fundamentalmente sobre las provincias del Norte.  Heredia organiza hasta los más mínimos detalles y vence al general Braun en Santa Bárbara y Rincón de la Casilla.  Decide pasar unos días junto a su hijo en su estancia de La Arcadia, al sur de la provincia de Tucumán.  Corría el 12 de Noviembre de 1838, hacía solo cinco días que Alejandro Heredia había sido reelecto por tercera vez gobernador de Tucumán y en ese acto uno de los más elogiosos discursos, fue precisamente pronunciado por Marcos Avellaneda, el instigador de su muerte.   Mientras Heredia se dirigía en coche a su casa de campo, fue asaltado en Los Lules por una partida al mando del comandante Gabino Robles,  y Heredia, que en cierta ocasión había insultado de hecho a Robles, comprendió sus intenciones, y se dice que ofreció cuanto pidiese, contestándole Robles que sólo quería su vida y descerrajándole tres tiros.  ¿Se trataba, como se ha dicho, de una simple venganza personal, o fue un crimen político? La “vox populi” sindicó como instigador del hecho al doctor Marco Avellaneda, y esta creencia se perpetuó  en romances populares que Juan Alfonso Carrizo ha recopilado en su Cancionero de Tucumán.  El acta del consejo de guerra que se le formó a Avellaneda en 1841, cuando cayó prisionero de Oribe y fue condenado a muerte. Los dos incisos referentes a su participación en el hecho dicen así:
“Preguntado: Con qué objeto le prestó su caballo rosillo al teniente Casas, asesino del finado General Heredia, el día que se perpetró el hecho dijo: que el día antes del asesinato le pidió el referido asesino Casas el mencionado caballo al que declara para ir a dar un paseo al punto de Los Tules y que en éste cometió el hecho. 
“Preguntado: Con qué objeto salió el mismo día que se asesinó al General Heredia y se vio con uno de los asesinos llamado Robles en circunstancias que éstos entraban al pueblo, dijo: que su hermano político don Lucas Zabaleta lo había invitado para que lo acompañase a pasar el día en su chacra del Manantial: que en su camino a esta chacra y a muy poca distancia de la Capital, se encontró con los asesinos que tenían una partida de quince a veinte hombres: que al verlo desde alguna distancia lo mandaron hacer alto: que el declarante obedeció y que al instante se adelantaron tres o cuatro de los asesinos, entre ellos, el mencionado Robles: que éste último, ya completamente ebrio, le alargó la mano gritando “ya sucumbió el tirano”, cuyo grito fue repetido por los otros dos o tres que lo acompañaban: que el declarante atemorizado por esta escena, no atinaba con lo que significaba ella, hasta que el mismo Robles le dijo que él con sus propias manos había asesinado al gobernador Heredia: que el declarante más atemorizado entonces procuró balbucir algunas palabras aplaudiendo su conducta y concluyó pidiéndole permiso para continuar su camino. Que Robles preguntó entonces al declarante si él no era Presidente de la Honorable Cámara de Representantes:  que a la contestación afirmativa del declarante replicó Robles: “hoy no es día de pasear, sino de trabajar por la patria: vuelva usted a la ciudad y reúna la Sala de Representantes: que nosotros por nuestra parte no queremos nada”: que el declarante se separó entonces a galope largo y que, sin embargo de haber andado a éste a la ciudad, no consiguió llegar sino tres o cuatro minutos antes que ellos”.    De esta declaración se deducen varios hechos: que Avellaneda prestó su caballo a uno de los asesinos, que se encontró con ellos después del crimen y que les aprobó su conducta. Las coincidencias…. Por otra parte, sobre el asesinato de Heredia se levantó la Coalición del Norte, de la cual Avellaneda es el alma. A la semana de haber sido asesinado Heredia, fue nombrado gobernador Bernabé Piedrabuena, que se pronunció contra Rosas, y de quien fue ministro general en 1840 el propio Avellaneda, para sucederle luego en 1841.                El 21 de Diciembre de 1838, Rosas organiza imponentes exequias en la Catedral, imponiendo dos días de luto para civiles y militares y la inscripción del nombre del Caudillo en la Pirámide de Mayo.  Por eso Rosas, en carta a Ibarra, comenta su muerte con palabras duras y amargas, pero que revelan, una vez más, su clarividencia política.  “El general finado  abrigaba muchos disparates en su cabeza, pero no era un malvado. Antes su candor y demasiada credulidad, es preciso repetirlo, lo precipitaban en juicios erróneos, lo inducían a ser indulgente con los unitarios, quienes lo hacían enredarse a cada paso con los lazos que le tendían, porque se había empeñado en esa maldita idea de la fusión de partidos, que ha puesto al país en el fatal estado en que lo vemos. Esa credulidad, no me cansaré de repetirlo, esa indulgencia excesiva con los unitarios y esa idea de fusión de partidos sobre que tanto le predicaba yo en mis cartas (y como le dije usted  en 1835, para que también lo advirtiese, “que era preciso consagrar el principio de que estaba contra nosotros el que no estaba del todo con nosotros”), han sido las verdaderas causas de su desgracia”