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viernes, 12 de febrero de 2021

El Negacionismo paraguayo.

Por Deniri Jorge Enrique

Siempre me he resistido a mencionar aquella guerra como “de la Triple Alianza”, por varias razones que no por reiteradas pierden validez. En primer término, porque tácitamente refuerza ese relato del pobre indefenso solitario, enfrentado a tres monstruos perversos. La idea tiene una raíz quijotesca, de batalla desesperada contra gigantes por más que sean molinos de viento, que siempre será seductora para las mentes que son terreno fértil a los mitos y leyendas. En segundo lugar, hablar de “alianza” pone en pie de igualdad al Brasil, con Uruguay y Argentina, lo cual nunca fue cierto, ni en la proporción de soldados empeñados en batalla, ni en el equipamiento, ni, especialmente, en el poder económico, esos dineros que desde siempre han sido el alimento necesario para librar las guerras. Aparte de los préstamos que el Imperio tuvo que hacer a sus aliados, inclusive hubo de permitirles hacer pingües negocios a su costa, como bien lo diría si pudiese hablar el puerto de Corrientes, y si hubiesen dejado memoria y deseos de que se conocieran los hechos, Bartolomé Mitre, Archibaldo Lanús y tantos otros.

Tampoco creo apropiado hablar de “Guerra Grande” o “Guerra Guazú”, porque esa es una forma de evocar aquel conflicto buena para los paraguayos, que lucharon durante cuatro años en su territorio, después de haberse pasado mano sobre mano más de medio siglo, mientras el resto de la América Española batallaba desesperadamente en pos de una emancipación que a los paraguayos, salvo las participaciones individuales, no les costó prácticamente nada.
Es que mientras el Río de la Plata armaba ejército tras ejército para luchar por la libertad común, mientras Cuyo se vaciaba de hombres y de cuanta cosa resultara útil para que San Martín pudiera cruzar aquellos “inmensos montes”, mientras los chilenos se alineaban formando bajo una Bandera común, mientras las Republiquetas con Padilla y Juana se ahogaban en sangre, y los caminos se amojonaban con cabezas patriotas cortadas; mientras los peruanos proclamaban ¡Somos libres! Como arranque de su himno, mientras Venezuela, Ecuador y Colombia empuñaban sables y lanzas, y nuestra América descubría que era capaz de producir centauros como Páez, que no sabía manejar un tenedor pero era imparable empuñando una lanza, después de haber derrotado a Belgrano aprovechando una superioridad de cinco a uno, los paraguayos continuaron su bucólica existencia colonial anterior, rota sólo cuando se dieron a sí mismos su primer dictador, el temible doctor Gaspar Rodríguez de Francia. Por lo demás, tal vez esa terrible contienda por la emancipación que el resto de América del Sud hubo de librar, tiene quizá una extraña contraparte en el nombre de un equipo de fútbol paraguayo –“Cerro Porteño”- que presumiblemente recuerda la discutible gloria adquirida en Paraguarí, donde – como dijimos -, con 5 ó 6 soldados a 1 en favor de los paraguayos, tuvo lugar “la heroica resistencia guaraní” que terminó dejándolos dueños del campo de combate.
Aquel Paraguay pergeñado por Francia, estaba cerrado a cal y canto, y con una única vía de comunicación a través del territorio misionero que se iniciaba en Itapúa, mejor dicho enfrente, en un reducto, una especie de playón para el intercambio comercial conocido como “trinchera”, aunque no lo fuera (hoy es Posadas) y remataba en San Borja.
Para asegurarse su arteria económica, Francia asoló las antiguas reducciones y se mandó una “limpieza étnica” que no dejó títere (quiero decir indio), con cabeza, las cartas en que daba sus órdenes al respecto al jefe militar de Itapúa, están en el Archivo Nacional de Asunción, y empezó a formar soldaditos a lo Federico I, porque él mismo se fijaba cómo les quedaba el uniforme, se hizo una especie de guardia pretoriana.
Todo aquel que tenía la mala idea de afectar de algún modo los intereses de Francia, aunque no se diera cuenta, era capturado e internado en el Paraguay. Si había sido prendido navegando en el río, como le pasó a algunas expediciones argentinas que pretendieron explorar el Bermejo, lo prendían y le sacaban hasta los calzones. El tiempo de su prisión sólo dependía del capricho del dictador, que terminaba pagándoles lo que se le antojaba por sus bienes, y los expulsaba luego sin más trámite. Uno de sus cautivos más famosos fue Artigas, al que por cierto no trató tan mal, habida cuenta que llegó “en mantillas” como decían nuestros antepasados. Otro fue Bonpland, que tuvo la mala idea de meterse con el cultivo de la yerba, un monopolio estatal que estaba bajo la férula de “El Supremo”. Artigas murió en Paraguay, Bonpland en Corrientes, los dos dejaron descendencia del otro lado del Paraná.
Muerto Francia, que había “nivelado” a la sociedad paraguaya terminando con todo viso aristocrático, lo sucedieron otros dos dictadores, Carlos Antonio López, y su hijo, Francisco Solano López.
Carlos Antonio, -“Añá tripón” (diablo panzudo), apodo que si mal no recuerdo le habría puesto Fulgencio Yegros (y así fue lo que le costó), fue un dictador bueno, comparativamente, si es que puede haberlo, con el que Paraguay protagonizó lo que hoy llamaríamos una “Apertura”. Como la Confederación bajo Urquiza había sancionado la libre navegación de los ríos, el Paraguay se lanzó al mar y en la adquisición y prueba de la que sería su nave insignia, hizo algunas armas en Europa el joven Francisco Solano, que era tan excepcional que a los 18 años ya ostentaba galones de general.
Con ambos, padre e hijo, el Paraguay desarrolló un acusado proceso de militarización, entendiendo como tal la compra de armamento y embarcaciones para armarlas en guerra, y la puesta sobre las armas de miles de hombres. Al respecto, me viene un nombre a la mente: “Cerro León”. Para montar su aparato bélico, echaron mano de lo mejor que había en aquella época (plena revolución industrial) a nivel mundial: Los ingleses, cosa que por cierto, cuando podían hacían todas las naciones sudamericanas.
En sus relaciones con sus vecinos, el Paraguay nunca pecó de tímido. En tiempos coloniales, las rencillas entre la ciudad de Corrientes y nuestra Señora del Pilar de Ñeembucú eran frecuentes, porque las arremetidas de los paraguayos sobre Curupaití eran constantes. Las Actas del Cabildo aportan registro de ello.
Ya en 1810, antes que Belgrano iniciara su campaña, desde Pilar una escuadrilla de 4 buques al mando de José Antonio Zabala y Delgadillo tuvo a mal traer a la ciudad, y al año siguiente, en 1811, otra escuadrilla capitaneada por el catalán Jaime Ferrer asaltó la ciudad, y hasta se dio el lujo de quemar el “Contrato Social” en la plaza. En tiempo de los Virasoro, una invasión paraguaya llegó poco menos que a Monte Caseros, siendo repelida por José Antonio, que los fue “escopeteando” hasta que los obligó a repasar el Paraná.
Francia por su parte, estuvo jugando al “pégame que te pego” con Corrientes in aeternum sobre la Tranquera de Loreto, y no era inusual que los paraguayos incursionaran arramblando con ganado y mujeres en la medida de lo posible.
También atacaban los obrajes correntinos del otro lado del Paraná y se llevaban a los obrajeros después de asolarlo todo.
Carlos Antonio por su parte,una vez fue aliado de los correntinos contra Rosas, y el General Paz ha dejado testimonio en sus Memorias de la masa informe que era su ejército y del desconocimiento absoluto del joven General de los escritos de Sun Tzé, Jomini Clausewitz, o cualquier otro teórico del arte de la guerra. Con respecto a los roces y enfrentamientos con Brasil, planteados por la navegación del río hacia Matto Grosso, antes de morir parece que Carlos Antonio le recomendó especialmente a su hijo que evitase una guerra con “El Imperio”.
Y para terminar, adelantando una gragea de la próxima nota, el “negacionismo”, grosso modo, consiste en no admitir una verdad de a puños, privilegiando, si se quiere a sabiendas, una falsedad evidente.
Y, perdonen, los dejo con la intriga de cómo casan el negacionismo y la Guerra del Paraguay.

miércoles, 8 de mayo de 2019

PEDRO CAMPBELL

Por John Parish Robertson
Corrientes: 1815. Hallándome sentado una tarde bajo la galería de mi casa, llegó hasta muy cerca de mi silla un hombre a caballo: era un tipo enjuto, huesudo, de torvo aspecto y vestía como los gauchos, llevando además dos pistolas de caballería y un sable de herrumbrosa vaina pendientes de un sucio cinturón de cuero crudo. Tenía la patilla y el bigote colorados, el pelo enmarañado del mismo color y formando greñas espesas debido al sudor y al polvo que lo cubría; el rostro requemado por el sol parecía casi negro y estaba cubierto de ampollas hasta los ojos; grandes trozos de piel abarquillada pendían de los labios resecos, a punto de caer. 
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Llevaba un par de aros en las orejas y vestía gorra militar, poncho raído y chaqueta azul con vueltas rojas muy gastadas; ostentaba también un gran cuchillo con vaina de cuero, botas de potro y espuelas de hierro con rodajas de una pulgada y medio de diámetro. El caballo era un lindo animal cubierto de sudor, palpitábanle los flancos heridos por las espuelas y se le dilataba la nariz mientras mordía un enorme freno y sacudía la cabeza echando espuma que salpicaba su propio cuerpo y el del jinete. Detrás de este Orlando Furioso seguía otro hombre que el primero llamaba «paje», pero era un paje como nunca lo había visto yo. Formaba el retrato fiel de su patrón, aparte de que uno tenía el pelo rojo y el otro negro y enredado como la crin de un bagual. El paje marchaba de manera que la cabeza de su caballo tocaba la cola del que iba delante Ambos personajes, después de arrojar las riendas por sobre las cabezas de sus cansadas cabalgaduras, desmontaron. Creí que se trataba de dos de los peores bandidos de la gente de Artigas, y suponiendo que vendrían seguidos por otros de la misma calaña, dije para mí: Ave María, ora pro nobis. No estaba yo acostumbrado a recibir tales visitas y me levanté pidiendo a los huéspedes que se senfran. Verdad es que me había tocado andar en lances parecidos con otros artigueños pero jamás con dos soldados de aspecto tan feroz como éstos que tenía por delante. Me dirigí al interior de la casa para ordenar que trajeran cerveza o aguardiente y algunas monedas de plata, pero cuál no sería mi sorpresa (y también diré mi satisfacción) cuando el que hacía de superior se sacó respetuosamente la gorra, hizo una cortesía bastante desmañada y me dijo en mal español y con acento que no era de gaucho criollo:
—No se aflija señor Robertson, estamos bien aquí.
El acento con que habló en español, el rostro mismo, el pelo rojo y los ojos grises y brillantes me revelaron en seguida que se trataba de un hijo de la isla hermana (Irlanda), transformado en gaucho de aspecto más imponente que todos los nativos conocidos por mí.
Recobrado de mi sorpresa, pregunté al extraño huésped a quién tenía el honor de hablar.
—¡Por Dios!… —exclamó—. ¿No conoce a Pedro Campbell?… Canbél —agregó, acentuando mucho la última sílaba— Pedro Canbél (pronunciaba Peitro) como me dicen los gauchos. ¿Así es que nunca me oyó nombrar por ahí? Entonces… (no repetiré el juramento con que acentuó esta frase) usted es el único caballero que no me conoce en la provincia…—¡Oh! Míster Campbell —le contesté—; no solamente lo conocía de nombre, sino también por su fama, aunque ésta es la primera vez que tengo el honor de saludarlo.
—El honor es mío, señor —dijo don Pedro—, y si me permite voy a presentarle a mi amigo don Eduardo (éste era el «paje»). Don Eduardo va a llevar los caballos al corral y yo voy a ocuparme de un negocito con usted—. Don Eduardo, el asistente de don Pedro, fue presentado como un compatriota de Tipperary y como su segundo en jerarquía entre los gauchos. Dijo también que era gran allegado de don Pepe.
—Perdone —le dije—, y ¿quién es don Pepe?…
—¿Pepe?… ¡Cómo!… Pero, José Artigas… —contestó—. Somos uña y carne… amigos de ley como dicen en Purificación. Y, a propósito… ¿No estuvo usted por allí hace un mes?… ¿Y no me he venido yo cortando campo para verlo y para preguntarle —si es que puedo— ¿qué anda por hacer después que lo desterraron del Paraguay?… Es un condenado el Francia ese, ¿y quién si no yo le dije a Pepe que era una vergüenza haberlo tratado su gente en la Bajada lo mismo que lo trataron en el Paraguay?… ¿Y no los hubiera yo castigado a los cobardes esos y lo hubiera puesto a usted en su bote de este lado de Goya?… Si no que mi gente llegó con un día de atraso al pueblo y no pudimos tomar el bote para llegar a su barco La Inglesita. La verdad es que se perdió la ocasión. Pero si alguna vez lo pesco a ese ladrón de sargento que le robó sus cosas, se ha de arrepentir y usted pierda cuidado que nunca más han de asaltar a un compatriota mío. Esto mismo fué lo que le dije a don Pepe la última vez que hablé con él. Él dice siempre Dios lo ayude y que por que no ha de hacer uno lo que quiere en el campo. Pero, sin embargo, yo creo que Pepe es un caballero honrado y se ve obligado a arrear animales por ahí… ¿a quién le hace daño si todo es por el bien del país?
A esta altura de la arenga de don Pedro llego el gobernador Méndez acompañado por un ayudante y escoltado por dos milicianos de su guardia. Venía, como de costumbre, a beber algunas botellas de cerveza. El deleite con que empinaba un vaso tras otro, se traducía por un chasquido que hacía con los labios, exclamando después: «¡Qué bueno!»… Con lo que demostraba que a las puras aguas del Paraná prefería las barrosas del Támesis, siempre que tuvieran malta y lúpulo…
Tan pronto como S. E. el gobernador advirtió a mi huésped, se apeó del caballo y corrió hacia él para darle un abrazo de cordialidad y respeto. Don Pedro devolvió el saludo con unas palmadas tan fuertes en la espalda que sacudieron toda la humanidad del gobernador. El gaucho irlandés asumió entonces un tono de protección y un aire de importancia muy contrario a la deferencia con que me había tratado hasta ese momento. Sentóse en una silla y golpeando con la mano el asiento que estaba próximo invitó a sentarse al gobernador, con el tono más familiar:
—Siéntese, compadre —le dijo—, y vamos a beber por la prosperidad y larga vida de don Pepe y por su tocayo mi gauchito, el ahijado.Don Pedro recordó entonces al gobernador que debía decir: Hip, Hip, Hurra… y cómo debía repetirlo tres veces, a la inglesa. Es de observar que, si bien he dado el coloquio de don Pedro, en idioma inglés, muchas palabras las decía en español, cuando no podía, después de varios intentos, encontrar la palabra inglesa equivalente.
Pidiéndome disculpas por la libertad que se tomaba, Mr. Campbell me declaro que terminaríamos de hablar al día siguiente y difirió hasta entonces la apertura del negocio. Sin otra ceremonia, me hizo una desgarbada cortesía, llamó a su ayudante don Eduardo, le dió un vaso de cerveza, estrechó cordialmente la mano del gobernador con otra palmada en la espalda y de un salto se puso a caballo con todo su aparejo, alejándose entre los saludos amistosos de los correntinos —ya fueran de cierta categoría o de humilde condición— que le veían pasar.
—¡Hombre guapo!… —dijo el gobernador con aire de profundo respeto, levantando los ojos y meneó la cabeza pareciendo insinuar que en la bravura de don Pedro, algo había de equívoco.
Permaneció prisionero del dictador Francia durante un tiempo, y luego se lo instaló en la Villa del Pilar sobre la costa del río Paraguay, donde se dedicó a la curtiembre de cueros. Allí falleció en el año 1832

viernes, 20 de abril de 2018

José Gaspar Rodríguez de Francia

por Teodoro Boot
[El 20 de septiembre de 1840]  moría en Asunción Gaspar Rodríguez de Francia, que sin haber declarado la independencia del Paraguay puede con justicia ser considerado el padre de la misma, así como el principal artífice de su secesión de las Provincias Unidas.
El caso de este doctor en Teología y Filosofía no será raro en la historia de América. Denostado hasta la infamia y la tergiversación por las gentes decentes y principales (hasta el punto de haberse destruido el monumento que señalaba la ubicación de sus restos, cuyo paradero en la actualidad se desconoce) fue intensamente amado por los hombres y mujeres sencillos, hasta el punto de que sólo otras dos personalidades recibieron el honroso título de Karaí Guasú (Gran Señor o Señor Grande) por el que los pueblos de linaje guaraní conocieron a quienes habían sido sus líderes y benefactores: José Gervasio Artigas y Francisco Solano López.  Y por esas cosas del azar o acaso de la clarividencia popular, el destino de estos dos hombres estuvo signado por la elección que hizo Francia ante las opciones que se le presentaban al Paraguay de su época.
Paraguay en 1810 Para el momento en que tiene lugar en Buenos Aires la Revolución de Mayo, Asunción ocupaba el lugar de la última de las periferias de un sistema extractivo que tenía como embudo el puerto de Buenos Aires, gobernado por una bur­guesía intermediaria, dueña del negocio de la importación y exportación, y por intelectua­les y políticos imbuidos de la ideología de la Ilustración y seducidos por las teorías del liberalismo económico británico. Tradicionalmente satélite de Cádiz y concentradora de las riquezas producidas por el conjunto del virreinato, Buenos Aires se integra con facilidad como satélite al siste­ma del Imperio Británi­co. Desde allí se exportan las ma­terias primas producidas en el interior y se importan las manufacturas inglesas que luego se revenden en todo el ámbito de las Provincias Unidas. Y así como In­glaterra es metrópoli de Buenos Aires, ésta es, a su vez, submetrópoli de las capitales de provincia donde actúan burguesías interme­diarias asociadas a la de la gran ciudad-puerto.
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El historiador uruguayo Vivian Trías lo explicaría así: “Las capitales de provincia ope­ran según la misma ambigüedad de Buenos Aires. Son satélites de aquélla, pero submetrópolis de los pueblos y villas de la campaña. Y éstos, a su vez, son satélites de las capitales provinciales y submetrópolis de su periferia rural. De esa manera, una cadena de metrópolis-satélites y satélites-metrópolis ar­ticula los intereses de la City londinense con el trabajo de los pro­ductores rurales, los peones, arrie­ros, pastores, boyeros, etc.” Pero no se trataba únicamente de que se mantuviera constante el flujo de materias primas hacia la metrópoli de ultramar y de que, por la misma ruta, en sentido inverso, las manufacturas inglesas fueran libremente comercializadas sino de que, siguiendo a Trías, “cada economía creciera ‘hacia afuera’, especializándose en la producción de aquellas materias primas para las cuales era más apta y que podía vender más barato, de que aceptara el dominio de las finanzas inglesas, el diseño de los ferrocarriles ingleses y cumpliera religiosamente con las reglas del patrón oro”. Básicamente, lo que se ha dado en llamar “división internacional del trabajo”.
Sin embargo, aun con la complicidad de una clase domi­nante de terratenientes, comercian­tes, mineros, banqueros y políticos, no sería tan sencillo desplumar la gallina sin que chillara. Y así como el sistema colonial español había acabado por provocar las revoluciones independentistas y autonomistas, era dable esperar que este sistema neocolonial despertara resistencias, las que dieron origen en las Provincias Unidas a una larga guerra civil que no cesaría sino hasta 1880. Cabe apuntar que con la federalización del puerto y la aduana de  Buenos Aires terminaron los enfrentamientos armados pero sin que fuera suprimida la distorsión que los había provocado.
Unitarios y federales  Ya desde los primeros momentos posteriores a Mayo, Buenos Aires se arrogó la facultad de gobernar a las provincias, actuar en su nombre e imponerles sus gobiernos,  tendencia que se acentuó con la instauración del Primer Triunvirato y dio origen al unitarismo, expresión política de esa estructura dependiente. Se trataba de instaurar un gobierno centralizado del conjunto de las provincias, a las que revender las manufacturas británicas y de las que extraer las materias primas según las fuera requiriendo la metrópoli. Es así que bajo los auspicios de Rivadavia se exportan cebos y cueros y se importan botas, ponchos tejidos en los telares industriales de Manchester y hasta patines para hielo. La incipiente industria criolla, incapacitada de competir con las manufacturas británicas, quedó arruinada por la libre importación, y con ella, las provincias, ya que para los unitarios, el puerto y las rentas de aduana eran patrimonio exclusivo de Buenos Aires. De ese modo, las rentas derivadas de la riqueza que las provincias producían y de las manufacturas que compraban, quedaban en Buenos Aires.  Semejante sistema afectaba en forma tan notable los intereses y necesidades de los pueblos del interior, que éstos reaccionaron encolumnándose detrás del más lúcido caudillos argentino: José Artigas.
El programa de Artigas La reacción artiguista fue instantánea, prácticamente simultánea a los primeros intentos de instauración del sistema unitario y es Artigas quien primero advierte dónde se encuentra el origen de los males que se abaten sobre los pueblos del interior: el dominio del puerto y de los ríos por parte de una burguesía intermediaria, la apertura aduanera y el sistema en el cual medran las clases dominantes locales, que al tiempo que son esquilmadas por la metrópoli son a su vez las encargadas de esquilmar a sus propios satélites.  En consecuencia, el programa artiguista consistió en nacionalizar las rentas de aduana, proteger las artesanías y pequeñas industrias, abrir la navegación de los ríos de manera de habilitar otros puertos, distribuir la tierra entre los más humildes y organizar a las provincias en una gran nación federal dotada de un gobierno único capaz de expresar y respetar las autonomías provinciales. Su lema “naides es más que naides” tenía un doble significado, el de una nación donde rigiera la igualdad entre los hombres pero también la igualdad entre regiones, y no un país compuesto de metrópolis y satélites, submetrópolis y subsatélites.
La guerra civil provocada por proyectos tan disímiles, que comienza con el desconocimiento y encarcelamiento de los delegados orientales a la asamblea constituyente y la complicidad de los gobernantes porteños con la invasión portuguesa a la Banda Oriental, es el escenario en el cual Gaspar Rodríguez de Francia hará su opción política y desarrollará su estrategia.
II. El Dr. Francia y el aislamiento del Paraguay Probablemente ninguna otra ciudad del virreinato se opuso más terminantemente que Asunción a la pretensión hegemónica de la Junta de Mayo. Era lógico: si bien confinada en un margen del sistema español y arruinada tras la expulsión de los jesuitas, había sido desde Asunción desde donde se fundaron las ciudades del litoral argentino, incluida la veleidosa Buenos Aires, y desde donde el asunceno Hernandarias había regido los destinos de la Gobernación del Río de la Plata y el Paraguay, así como era también nacido en Asunción un nieto de Domingo Martínez de Irala y de Leonor, una de sus concubinas de origen guaraní, el cronista Ruy Díaz de Guzmán, primero en denominar Argentina a su región natal y primero entre nosotros en usar la palabra patria para referirse a ella. Por otra parte, desde sus mismos orígenes el Paraguay tenía una fuerte tradición autonomista que le venía de la temprana rebelión de Irala, la experiencia jesuítica y la revolución comunera.  Fue debido a estos antecedentes y a la situación de último satélite del sistema de exacción virreinal que tenía como principal submetrópoli a Buenos Aires, que Paraguay no se plegó al movimiento revolucionario de Mayo, fue invadida por Buenos Aires y derrotó al pequeño ejército comandado por Manuel Belgrano.  Poco después, al influjo de las conversaciones con Belgrano y de las promesas de poder comercializar libremente la yerba y el tabaco, la oligarquía asuncena ins­tauraba una Junta revolucionaria en la que Gaspar Rodríguez de Francia va cobrando preeminencia y pronto dirige en los hechos la política exterior paraguaya. En principio, el nuevo gobierno revolucionario firma un tratado con Buenos Aires que es considerado el primer antecedente del federalismo y luego, lenta y perseverantemente, Francia va imponiendo su idea aislacionista. Fiel a su lema de que “el Paraguay no quiere paz ni guerra con nadie”, hace lo imposible por no verse involucrado en la guerra civil que ya entonces anarquiza a las Provincias Unidas, impidiendo su desarrollo.
¿Qué la “anar­quía al modo de ver de Francia? No otra cosa que el choque entre el proyecto neocolonial y el independentista, que toma la forma de un enfrentamiento cada vez más violento entre las elites comerciales y terratenientes apoyadas en ejércitos de línea, y los pueblos desposeídos conducidos por sus caudillos. La consecuencia del afán aislacionista de Francia, empeñado en mantener al Paraguay a salvo de la guerra civil, es la elección de una estrategia contraria a la de los unitarios porteños, pues se tratará entonces de “crecer hacia adentro”, para lo cual se hace necesario adoptar o más precisamente llevar a la práctica el programa artiguista, aunque en el caso de Paraguay esto se hará con una sustancial salvedad que, según se mire, desencadenará a la postre la tragedia.
A la vez que Francia rechaza la invitación de Artigas a sumar al Paraguay a la Federación de los Pueblos Libres, se le hace evidente que para perseverar en el aislamiento y propiciar un desarrollo autónomo deberá enfrentar a la clase dominante local, vinculada comercialmente con la metrópoli británica o en su defecto, la submetrópoli porteña. Valido de su prestigio como distinguido abogado que nunca ha cobrado honorarios a los pobres, se apoyó en los campesinos, mayoritariamente indígenas, peones, artesanos, modestos indus­triales y comerciantes. Y no vaciló en reprimir la conjura de 1820, sancionando con el patíbulo, la cárcel, el destierro, y muy especialmente la confiscación de bienes, a lo más granado de la elite paraguaya.  Su actitud ante las diversas clases sociales no dejaba lugar a dudas. En un furibundo panfleto publicado en Buenos Aires, el opositor Fray Mariano Velazco escribía: "A vosotros consta por experiencia que cuando llega a sus puertas un rústico o torpe campesino, al punto le franquea su trato familiar y la licencia para estrecharse con él. Admira el ver a este hombre encapotado y taciturno, rebosando de alegría. ¡Con qué cariño recibe a su gran huésped! Lo toma de la mano, lo introduce en su mismo estudio, lo acaricia, lo halaga, lo palmea, lo llena de satisfacción, le sienta a su lado... Por el contrario, si pide audiencia un ciudadano culto y noble, lo veis ya transformado en una figura muy diferente y tan feroz como su genio”.
El crecimiento hacia adentro El aislamiento político tenía necesariamente que derivar en el aislamiento económico, pero la estrategia del doctor Francia no consistió solamente en “prohibir” los vínculos con el exterior sino en sustituir el “crecimiento hacia fuera” por el “crecimiento hacia adentro”, tarea que no podía ser encarada por una elite revendedora de las mercaderías europeas importadas y expor­tadora de yerba y tabaco. Sostiene el historiador Vivian Trías: "No había en el Paraguay una verdadera burguesía nacional e industrial. De ahí que para ensayar la autarquía hubiera que quebrar el espinazo a la elite asuncena y poner en manos del Es­tado, apoyado en las masas, la direc­ción de la nueva política económi­ca”.  Esa nueva política consistió en disminuir o directamente eliminar la apropiación de los intermediarios internos del Paraguay (comerciantes españoles, acopiadores, grandes hacendados y la Iglesia como propietaria, financista y cobradora de diezmos y otros beneficios) transfiriendo los beneficios a los productores primarios mediante el arrendamiento a bajo precio de las tierras expropiadas, y la eliminación de los intermediarios externos mediante el monopolio estatal del comercio exterior y el manejo de las licencias comerciales, la fijación de precios mínimos para los productos de exportación y de máximos para los de importación.  El Estado comenzó a ser un gran actor en el mercado, tanto en la compra como en la venta, utilizando las Estancias de la Patria y los Almacenes del Estado. Asimismo, intervino en la demanda de mano de obra, en la fijación de salarios, las tarifas de los arrendamientos, y para, evitar las fluctuaciones derivadas de los tiempos de escasez y la consiguiente especulación, el establecimiento de precios máximos a bienes de primera necesidad como la carne, el maíz, la mandioca y la sal. Esto provocó una importante redistribución de la riqueza hacia los campesinos y artesanos, que fueron también beneficiados con una reforma impositiva de carácter progresivo. El resultado fue la conformación de un Estado lo suficientemente fuerte como para impedir la concentración o la fuga de las riquezas.
III. La enseñanza paraguaya El aislamiento –que en rigor de verdad no fue tal, pues Francia no prohibió el comercio exterior, sino que lo nacionalizó–, supuso inevitablemente la desarticulación de la oligarquía, concitó el apoyo popular y propició el desarrollo económico autónomo. A fin de un mayor control y desconcentración, se establecieron dos puntos de comercio exterior, anteriormente concentrado en Asunción: uno en Itapúa, para el tráfico con Brasil, y el otro en Pilar, para el comercio con el litoral argentino.
El im­puesto sobre las importaciones era de un 19% sobre el precio de la mercadería, pero podía modificarse en cada caso, mientras que las exportaciones, también muy controladas a fin de reducir evasiones, eran gravadas con un 9%, prohibiéndose el pago en metales preciosos y, como modo de evitar el monopolio comercial de extranjeros y la escasez de plata, se estableció el trueque obligatorio por productos paraguayos.
Los dueños de la tierra  Una de las primeras medidas de Francia había sido la de revertir el proceso de concentración de tierras que tuvo lugar luego de la expulsión de los jesuitas, para lo que comenzó por apoderarse de las tierras que habían pertenecido a las misiones, y expropiar y multar a los grandes propietarios, incluida la Iglesia, a un ritmo tal que para 1840 más de la mitad de las tierras de la Región Oriental y la totalidad del territorio del Chaco pertenecían al Estado. Estas tierras eran arrendadas a los campesinos con la condición de ser dedicadas a cultivos decididos por el Estado tendientes a lograr el completo autoabastecimiento del país. Fue así que el arroz el maíz, las legumbres, el algodón que anteriormente debían comprarse en el exterior, al promediar el período francista se producían en el país en cantidad suficiente para cubrir las necesidades de la población y aun ser exportados. Asimismo, con la organización de las Estancias de la Patria, se impulsó la producción ganadera y se reinstauró la práctica jesuítica de hacer dos cosechas anuales.
Educación popular y desarrollo industrial La educación pública primaria se hizo obligatoria y gratuita y se extendió a todos los niveles de la sociedad. En un principio, las municipalidades locales fueron encargadas de abonar a los maestros y los jueces locales de construir nuevas escuelas de manera tal que a menos de quince años de la revolución prácticamente la totalidad de los paraguayos estaban alfabetizados. Para 1835 el Estado abonaba salarios uniformes a 140 maestros rurales, a los que también proveía de vestimenta y ganado, que enseñaban a 5000 alumnos. Durante el gobierno del doctor Francia se creó la primera Biblioteca Pública del Paraguay en base a herencias en favor del Estado, a confiscaciones a la clase ilustrada, así como a la biblioteca personal del propio Francia.
Junto al notable incremento de la producción agraria y al régimen de tenencia de la tierra que benefició básicamente a la población campesina, al cesar la importación de numerosas manufacturas, se produjo un desarrollo impensado de la producción artesanal e industrial.
A la muerte de Francia, ocurrida el 20 de septiembre de 1840, el Paraguay estaba listo para el gran salto industrializador que impulsaría Carlos Antonio López, quien profundizó y sistematizó la política económica francista.
Carlos Antonio López completó la estatización de prácticamente la totalidad de las tierras, que eran cedidas en explotación a los campesinos por ocho años renovables, dio a los pueblos indígenas la nacionalidad paraguaya, otorgándoles la igualdad de derechos, y con los recursos del comercio exterior construyó importantes obras de infraestructura, como el alto horno de Ibicuy, los astilleros desde los que se armó una importante flota fluvial, el tendido del primer ferrocarril de Sudamérica y de una amplia red telegráfica, y se financió un desarrollo industrial inusitado para época y la región.  Pero el sistema de Francia constituyó también una limitación. Como pudo comprobarse dos décadas después, la derrota de la oligarquía local en base al aumento del poder popular, la justicia social, la defensa de la soberanía y el desarrollo industrial no serían suficientes para consolidar un país independiente si simultáneamente no se construía una nación, la Patria Grande republicana y federal que proponía Artigas.   Fue así como al no llegarse a una solución justa al problema del puerto y los ríos para que dejaran de ser privilegio porteño y fueran patrimonio de to­das las provincias, el desarrollo y la independencia paraguaya serían trágicamente truncados por obra de las elites mercantiles frente a las cuales el doctor Francia había dejado solo a José Artigas.  Además de mantener una sorprendente actualidad, la experiencia paraguaya muestra de qué modo son posibles el desarrollo industrial, la igualdad social y la soberanía política mediante el fortalecimiento del Estado, el empoderamiento de los sectores populares, la destrucción de las oligarquías nativas y la apropiación por parte del conjunto de la sociedad de las rentas del comercio exterior. Pero muestra también las enormes dificultades de ese sistema para prolongarse en el tiempo si paralelamente no se lleva a cabo un simultáneo proceso de integración regional, justa y equitativa, que diluya las desigualdades y dé forma a una nación sudamericana de carácter republicano y federal. Si los pueblos, diría el Dr. Francia, no se organizan según sus aspiraciones y necesidades, serán organizados según los intereses y propósitos de las potencias.

viernes, 31 de marzo de 2017

Politica y negocios en 1820

Por Juan Carlos Serqueiros









El 28 de octubre de 1820, Nicolás de Anchorena (en realidad, Mariano Nicolás de Anchorena, aunque su segundo nombre prevalecería sobre el primero, y así se lo conoce históricamente) le escribía desde Montevideo a su hermano mayor, Juan José; una carta en la cual le detallaba sus actividades en torno a los negocios de la familia, carta esta que contiene un párrafo muy sugerente, el cual transcribo a continuación:
“… Cullen, portador de ésta, me ha dicho que ha visto una carta de persona respetable del Arroyo de la China, repitiendo que Artigas ha caído prisionero de Francia, habiendo querido refugiarse en la Candelaria; que Ramírez se lo ha pedido, y que Francia le pedía en cambio a Campbel y a Méndez, cuyo cambio cree el autor de la carta se verificaría. Deduce Cullen que Ramírez y Francia se han de componer, y de consiguiente que hemos de tener mucha yerba, por lo que él va a activar la venta. Yo no estoy conforme con esta política, porque aunque Francia esté por el cambio, este no será por disposición de convenirse con Ramírez, sino por las ganas que tiene de Campbel y de Méndez, para que le paguen los azotes que dieron a los paraguayos, porque para Francia el mismo papel hacen Ramírez y Campbel, y tan ladrón considera al primero como al segundo, porque ninguno de su cuna, educación y fibra puede conformarse con que un domador, sólo por ser atrevido y osado, sea el árbitro de tres Provincias vecinas, y que reconocido por él, mañana podrá verlo en la suya, u otro como él. Además Ramírez ha de querer continuar con el estanco de la yerba, para hacer su fortuna y la de sus ahijados: hemos visto que él ambiciona dinero y prosélitos, y que se ha propuesto adquirirlos por ese recurso. Aquí está su ayudante que ha venido habilitado por él con un corto número de tercios. Francia, pues, no ha de entrar por estas trabas, por lo mismo que Ramírez trata de ganar con ellas ...” (sic)
Es notable cómo la aguda percepción de un hombre de negocios (que Nicolás –al margen de su patriotismo, que lo tenía- era básica y fundamentalmente eso: un hombre de negocios; y las alternativas de la política interna las veía y analizaba desde esa perspectiva) lo llevaba a comprender y calibrar adecuadamente una situación determinada y los personajes que la protagonizaban; y cómo de acertada resultaría su predicción. Pero en primer lugar, aclaremos a quiénes y a qué se refería Nicolás de Anchorena, y cuál era el contexto en que se producían los sucesos:
El “Cullen” citado, era Domingo Cullen, un español de las Canarias, que después sería ministro de Estanislao López (terminaría fusilado por traidor en 1839, por orden de Rosas), y que andaba por ese tiempo radicado en Montevideo dedicado al comercio por las costas del Paraná. Debe haberle propuesto a Nicolás de Anchorena algún negocio vinculado al tráfico de yerba mate, y éste, aprovechando un viaje de Cullen a Buenos Aires, le enviaría a través suyo esta carta a su hermano mayor Juan José. El “Arroyo de la China” era la villa de ese nombre, actual ciudad de Concepción del Uruguay, en Entre Ríos. “Artigas”, obviamente está referido al general José Gervasio de Artigas; “Francia” era el doctor Gaspar Rodríguez de Francia, gobernante del Paraguay ; y “Ramírez” era Francisco Pancho Ramírez, teniente de Artigas en Entre Ríos, que acabaría traicionando al Protector. En cuanto a “Campbel” y "Méndez", se refiere a Pedro Campbell, un marino irlandés que llegó al Río de la Plata cuando las Invasiones Inglesas, desertando de las tropas británicas para quedarse aquí, convirtiéndose después en jefe de la escuadra artiguista; y a Juan Bautista Méndez, gobernador de Corrientes cuando los Pueblos Libres. Ambos habían caído prisioneros de Ramírez luego de la derrota del artiguismo a manos de éste. El general Artigas se había asilado el 5 de setiembre de 1820 en el Paraguay que gobernaba el doctor Francia; y Ramírez le reclamaba a éste su extradición, a lo que Francia no accedió; tal como en la carta supone Nicolás de Anchorena que habría de ocurrir.
A fines de junio de 1820, el otro hermano de Nicolás; Tomás Manuel de Anchorena, que había sido secretario del general Belgrano y diputado por Buenos Aires al Congreso de Tucumán, consideró conveniente pasar a la Banda Oriental en razón del curso que habían tomado las convulsiones políticas en Buenos Aires, y 4 meses después, haría lo mismo Nicolás, el menor de los Anchorena, y desde allí escribiría a su otro hermano, Juan José, que había quedado en Buenos Aires, esta carta cuyo párrafo leemos. Es injusta la carga que hace contra “Campbel” (Campbell), a quien tilda de “ladrón”, presumiendo (erróneamente) que el doctor Gaspar Rodríguez de Francia lo reputaría de igual modo. Deben haber primado ahí sus prejuicios de clase o de alguna otra índole, porque Campbell de manera alguna ni bajo ningún punto de vista podía ser considerado un ladrón; y tampoco Francia lo juzgaba así, como lo demuestra el hecho de que al ser liberado por Pancho Ramírez, Campbell se exilió justamente en el Paraguay (y fallecería allí en 1832), cosa que no habría hecho ni por asomo si desconfiase de que el doctor Francia quisiera verlo muerto (éste último se limitó a tenerlo preso un tiempo –tal como hizo con el general Artigas- y luego le dio la libertad, radicándose Campbell en Pilar, dedicado al negocio de la curtiembre). No..., suponía mal Nicolás de Anchorena en ese punto. Claro, él se guiaba por la presunción de que como Méndez y Campbell en 1815 habían combatido y expulsado junto a Andrés Guacurarí a las tropas paraguayas que por orden del doctor Francia habían invadido los pueblos de las Misiones al este del Paraná; el Dictador Perpetuo del Paraguay tendría hacia ellos un odio cerval que lo impulsaría a proponer a Ramírez entregarle al general Artigas a cambio de que éste a su vez les entregase a él a Campbell y a Méndez; y por eso Nicolás de Anchorena escribe “aunque Francia esté por el cambio”, refiriéndose con “cambio” al canje de prisioneros con miras a ultimarlos. La “carta de persona respetable del Arroyo de la China” que Cullen le refirió a Anchorena haber leído, por lo visto no era nada confiable, ya que por entonces lo que Ramírez estaba planeando, era invadir el Paraguay, y precisamente su ligereza en el cuidado de la correspondencia que éste les mandaba a los opositores del doctor Francia en el Paraguay, fue causal de la ruina y desgracia de éstos; porque Francia ahogó en sangre la revolución que contra él se tramaba
Por lo demás, es asombrosa la exactitud de la información que poseía Anchorena. Pensemos que allá por 1820 ¿cuántas serían las personas (fuera de quienes vivían en el escenario mismo de los hechos o en las cercanías, digo) que sabrían las alternativas de los combates entre las tropas artiguistas al mando de Andrés Guacurarí y las que el doctor Francia había enviado para ocupar los pueblos de las Misiones, con tanto detalle como Nicolás de Anchorena (noten que pone, refiriéndose a Campbell y Méndez, “para que le paguen los azotes que dieron a los paraguayos”)? O la acertadísima semblanza que hace de Francia, esa de "su cuna, educación y fibra" (y tener en cuenta que eso es tanto más extraordinario, si se considera que Anchorena… ¡no conocía personalmente al doctor Francia!). Asimismo, la comparación entre las características de Ramírez y Francia –independientemente de que no corresponda reducir a Ramírez a “un domador”, cosa que hace Anchorena con sectarismo refiriéndose de ese modo al entrerriano- es muy ilustrativa; porque en efecto, la distancia moral e intelectual que había entre esos dos personajes históricos, era sideral: el doctor Francia, más allá de aciertos y errores, obraba movilizado exclusivamente por la defensa de los intereses paraguayos y nada quería ni buscaba para sí mismo; mientras que Ramírez actuaba en función de las conveniencias de su provincia, pero también (de paso, cañazo) de su ambición personal y de sus intereses particulares; porque es cierto que entre otras cosas, perseguía el fin de enriquecerse con la yerba mate y que para eso había mandado a la Banda Oriental a Manuel Antonio Urdinarrain; tal como menciona Anchorena en su carta: “… ambiciona dinero y prosélitos, y que se ha propuesto adquirirlos por ese recurso. Aquí está su ayudante…”.
Y en definitiva, como consigné precedentemente, la predicción de Nicolás de Anchorena resultaría cumplida, porque Francia no entregó al general Artigas para que Ramírez lo matase, y la yerba paraguaya sería comercializada exclusivamente por el Estado paraguayo; y si Cullen, como apunta Anchorena, efectivamente “activó la venta”, debe de haberse visto después en graves problemas para cumplir los compromisos a que se hubiese obligado.
Y en todo caso, el ejemplo sirve para reflexionar acerca de cómo dos hombres de negocios poseyendo idéntica valiosa información, pueden interpretarla de distintas maneras y utilizarla conveniente o inconvenientemente: Anchorena, con los datos que poseía, no quiso entrar en el negocio de la yerba mate, y acertó plenamente en cuanto a la actitud que tomaría Francia; en cambio Cullen se involucró (o por lo menos, se aprestaba a hacerlo) en un negocio que a la postre resultaría desastroso, y a la hora de formarse un juicio, ni siquiera reparó en las diferencias de catadura moral e intelectual que había entre Ramírez y Francia.
Seguramente por “pequeños” detalles así, Anchorena sería uno de los hombres más ricos de esta parte de América; mientras que Cullen acabó sus días fusilado por traidor