Rosas

Rosas
Mostrando entradas con la etiqueta Palacio Ernesto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Palacio Ernesto. Mostrar todas las entradas

jueves, 3 de agosto de 2023

EL REVISIONISMO NACIONALISTA CATÓLICO

 Por el Prof. Julio R. Otaño

La crisis económica mundial, el auge del fascismo en Europa y el triunfo yrigoyenista en las elecciones de 1928 se conjugan para provocar el debilitamiento del pensamiento liberal -conservador en los sectores dominantes-. Ello facilita el avance, al primer plano, del nacionalismo católico y elitista. Aparece y se desarrolla de una nueva corriente: antiliberal, conservadora, corporativista.  Carlos Ibarguren, se constituya en el iniciador de esta corriente historiográfica. Lo siguen, en esta tarea, Julio Irazusta y Ernesto Palacio.  Carlos Ibarguren partidario de las jerarquías sociales, la tradición y el catolicismo, Ibarguren en 1930 participa del golpe militar y publica "Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo”, punto de partida del revisionismo nacionalista católico. "Es verdad que Rosas no actuó en contra del movimiento separatista de España, pero no pudo ocultar su protesta contra el desorden social y político producido por la revolución”. Privilegia el orden y la tradición: "Su acción pública se aplica enérgicamente para defender el orden y la disciplina... (Rosas) Representa en nuestro pasado la encarnación más eficaz y potente del espíritu realista y conservador”.. "Fiel a su visión medioeval y reaccionaria, consecuente con las convicciones que siempre Rosas fue el arquetipo del patrón” “El patrón era caudillo, gobernante, diplomático y guerrero. Debía comprender a los paisanos e interpretar su alma para dominarlos, administrar hasta la extrema minucia para obtener el mayor provecho de la explotación, observar profundamente a las gentes y a los ganados, mirar a los ganados como si fueran hombres y manejar a los hombres como si fuesen ganado”El Rosas que le interesa y al cual brinda su elogio es el Rosas Dictador. No el LíderJefe de la Confederación que resiste a las mayores potencias del mundo en 1838 y 1845.

Julio Irazusta Es junto con Pepe Rosa y Galvez los mayores reivindicadores de Rosas…cada uno con características propias. Escribe "Vida política de Juan Manuel de Rosas, a través de su correspondencia” 30 años de estudios y 8 tomos. Es incorporado a la Academia Nacional de la Historia gracias a su antiperonismo y a su relación con Victoria Ocampo.  Irazusta rescata la labor del Restaurador evitando la disgregación territorial con el Pacto Federal y sobre todo la Política Exterior nacionalista y americanista. Buscando la reconstrucción del antiguo virreinato. También su defensa de la soberanía que originará la legación del Sable sanmartiniano.  El 5 de agosto de |1938 se crea el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, con la participación de los hermanos Irazusta, Alberto Ezcurra Medrano, Manuel Gálvez, Díaz de Vivar, Carlos Steffens Soler, Ramón Doll, Ernesto Palacio, Carlos Ibarguren, Vicente Sierra etc. Son muy importantes Manuel Gálvez, quien en su biografía sobre Rosas realizada en 1940 alcanza las 50 ediciones y considera a Rosas como un “César Democrático” es decir un líder popular. Vicente D. Sierra (1893-1982) Se trata de otra importante figura de aquel revisionismo. De posición marcadamente católica, Historiador laborioso, Sierra ha publicado una "Historia de la Argentina” en 10 tomos. Se ataca el apoyo francés a los unitarios en su lucha contra Rosas y en especial, la relación del Gral. Lavalle con los jefes invasores, la violencia desplegada por los unitarios en diversas circunstancias, especialmente después del golpe del 1° de diciembre de 1928, quebrando el mito de que la violencia era patrimonio exclusivo de los federales, la heroica defensa de la soberanía en la Vuelta de Obligado, por parte de los soldados de la Confederación , ante la invasión anglo-francesa en 1845, la honestidad de Rosas en el manejo de los fondos públicos, la amistad entre Rosas y San Martín, así como la decisión del Libertador de legar su sable al Jefe de la Confederación. 

En general, la línea histórica sustentada por el revisionismo católico es: Saavedra (Mayo lo hizo el ejército y no el pueblo), San Martín (conservador y alineado junto al nacionalismo ganadero de Rosas) y Rosas (expresión de orden y nacionalismo).

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Década de 1930: Nacionalismo y Revisionismo Histórico Argentino

Por el Prof. Jbismarck 

Los nacionalistas que algunos autores llamarán nacionalismo «de derecha», «clerical», «aristocrático», «oligárquico» (para compararlos con los nacionalistas “populares” “democráticos” etc) se afianzan en los tiempos previos al golpe de setiembre de 1930. Entre los nombres importantes estarán el poeta Leopoldo Lugones, lejos de su socialismo de principios de siglo, y Carlos Ibarguren, y una influencia externa a destacar será la del francés Charles Maurras.  Ibarguren, hombre de confianza de Uriburu al igual que Juan E. Canilla (otro nacionalista septembrino de trayectoria inusitada), ha dejado en sus memorias testimonios valiosos sobre los nacionalistas. Así, con respecto a la herencia del movimiento encabezado por Uriburu, Ibarguren manifiesta: «La revolución significó un salto detenido por la acción de los grupos políticos que impidieron se realizara el programa que su jefe quiso darle, lo que no se pudo alcanzar por la falta de una poderosa fuerza cívica organizada y coherente que apoyara el nuevo orden proclamado por el general Uriburu. Pero esta revolución engendró una consecuencia fundamental: la corriente ideológica nacionalista que consiguió marcar, diez años después, una línea nueva en la evolución histórica argentina. El jefe de la revolución de setiembre lo vaticinó como un presentimiento, cuando se retiró del gobierno, al periodista señor Espigares Moreno: “Yo creo y espero —dijo— que el germen de la revolución no se perderá y que irá a la historia, más allá de los intereses puramente políticos”». (Extraido de “La Historia que he vivido”)

 

Existe una crítica dura al Estado liberal y a los partidos tradicionales. «los partidos políticos no representan los valores nacionales y que se apoderan del Estado por intermedio del sufragio universal ciego e irresponsable” La influencia de Mussolini, y luego de la guerra civil española también la de Franco son evidentes.   Marcelo Sánchez Sorondo dice: «Así, nuestra convicción comenzó siendo religiosa. Después, fuimos fascistas, acérrimos fascistas”.  Por supuesto fundamental la formación católica, y resulta conocida la actitud adoptada por la Iglesia Católica —después del pacto de Letrán— frente al fascismo de Mussolini: encíclica Quadragesimo anno, Acción Católica, etc.   Para Jorge Abelardo Ramos: «Poseídos de un fervor ultramontano, los nacionalistas condenaban al liberalismo agonizante en nombre del feudalismo sepultado». Algunos se incorporarán al peronismo donde de alguna manera se diluirá su «nacionalismo» de élites. Alguno de ellos, como el historiador Ernesto Palacio, llegará a diputado nacional por la conjunción de fuerzas triunfantes en 1946.  Otros como el gran historiador Vicente D. Sierra ocupan cargos fundamentales en cultura y educación.

La Nueva República organo principal del nacionalismo contó con Rodolfo Irazusta como director, Ernesto Palacio como jefe de redacción y Juan E. Carulla, Julio Irazusta, Mario Lassaga, César Pico y Tomás Casares como colaboradores. También desde la revista Criterio, que se lanzó en 1928 con la dirección de Atilio Dell’ Oro Maini, se expresaron las plumas nacionalistas católicas. A los citados Casares, Pico y Palacio, se agregaron Ignacio Braulio Anzoátegui, Manuel Gálvez, Enrique Pedro Osés, y los sacerdotes Leonardo Castellani y Julio Meinvielle, entre otros.  Las consecuencias del Pacto Roca-Runciman, no pasaron desapercibidas para el revisionismo católico. Al año siguiente a la firma del Pacto se editó La Argentina y el imperialismo británico, de Julio y Rodolfo Irazusta. Allí se analizaban las características coloniales del acuerdo y cómo se repetía la dependencia desde la época de Rivadavia. Del lado de los clérigos revisionistas se destacaron los sacerdotes Guillermo Furlong y Leonardo Castellani, notable escritor, quien tuvo presente a Rosas en sus cancioneros y escritos periodísticos. Pero hubo sacerdotes y laicos cuya preocupación se centró más en la amenaza del comunismo, la Guerra Civil Española, el III Reich y la cuestión judía.  Los más representativos fueron los sacerdotes Julio Menvielle y Virgilio Filippo y el escritor Gustavo Martínez Zuviría, en sus novelas El kahal (1935), Oro (1935), y 666 (1942), abordó la revisión de la influencia judía en nuestro país.

 

El 16 de junio de 1938, se reunieron en el restaurante Edelweiss de Buenos Aires Alberto Contreras, Juan Bautista Ithurbide, Ernesto Palacio, los hermanos Irazusta, Evaristo Ramírez Juárez, Pedro Vignale, Alberto Ezcurra Medrano, Isidoro García Santillán, Raúl de Labougle y Roberto de Laferrere. Su idea era “provocar un movimiento de revisión histórica”, y para eso crearon una entidad destinada a investigar sobre el período rosista. Unas semanas después, el 6 de agosto, se creó el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, con el general Ithurbide como primer presidente. Fue un momento rutilante, con reediciones de obras de Carlos Ibarguren y difusión de la producción de Ernesto Palacio, Julio Irazusta, Vicente Sierra y Manuel Gálvez. Ernesto Palacio publicó Catilina (1935), La Historia falsificada (1939) y, muy posteriormente, su Historia de la Argentina (1954). Julio Irazusta, en paralelo, emprendió la edición de Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, de ocho tomos, en 1941.  Vicente Sierra comenzó su producción revisionista con El descubrimiento de América ante la conciencia católica (1944), El sentido misional de la conquista de América (1942) y Rosas (1943). Manuel Gálvez, por su parte, se destacó con La vida de Don Juan Manuel de Rosas (1940), que llegó a ser un éxito de ventas.

En general los nacionalistas no se han referido a los obreros más que para ubicarlos en alguna concepción corporativa que permitiese a las élites un manejo más descansado de la cosa política. Por eso su rechazo al proyecto de Juan D. Perón «Las ideas que preocupaban a Perón eran, por una parte, constituir una gran fuerza política y, por la otra, atraerse a los sectores obreros dificil concebir que un coronel sin experiencia en la vida civil pudiera constituirse en leader de las masas proletarias” (Carlos Ibarguren op. Cit).  Los nacionalistas son «antimarxistas». Las críticas al liberalismo se trasladan al marxismo, y califican a cualquier idea o a cualquier persona de liberal-marxista sin distinciones ideológicas.   El «nacionalismo», pues, adviene formalmente apoyando a una revolución que muy pronto deja de ser suya (la del 6 de setiembre de 1930), y se desarrolla durante el período que va desde 1931 a 1943 multiplicando las publicaciones periódicas (algunos nombres: Baluarte, Nuevo Orden, Crisol, La Nueva República, Sol y Luna, Nueva Política, El Fortín, Nuestro Tiempo, Balcón, los diarios El Pampero y El Federal…) y desarrollando una eficaz campaña proselitista en algunos medios (militar, universitario). Para el 4 de junio de 1943, en ocasión del golpe castrense, los nacionalistas ven llegar su segunda oportunidad. Participan como ideólogos del movimiento contra Castillo, una vez que las tropas han derrocado al anciano presidente. Marcelo Sánchez Sorondo aconseja en el «Discurso a los militares»: “El cuatro de junio es la fecha decisiva de un año decisivo. Ya está jugado el país. O se logra la unidad nacional o nos consume la anarquía. Vosotros, militares, tenéis ahora todos los mandos. Vosotros, militares, que hacéis de vuestra vida profesión de honor, habéis hecho, el cuatro de junio, profesión de fe»

Los nacionalistas consolidarán sus posiciones en el campo de la enseñanza, la administración pública, las relaciones exteriores, los nacionalistas mantuvieron puestos claves en la administración y particularmente en la docencia. A ella habían entrado pisando fuerte.  Apoyaron las medidas de obligatoriedad de la enseñanza religiosa en las escuelas, la disolución de los partidos políticos y el mantenimiento de la neutralidad Hombres como Baldrich, Genta, Olmedo u Obligado, cuyas características eran la reivindicación de Rosas como “Señor de horca y cuchillo”, asi como los tiempos de la conquista y colonización hispánica y su respeto por valores tradicionales y religiosos.  También se formarán grupos de choque, dedicados a la acción directa, entre los que podemos mencionar a la Legión Cívica Argentina y a la Alianza Libertadora Nacionalista, uno en los primeros tiempos del período, el otro sobre los años cuarenta y cinco y siguientes.   La Legión Cívica Argentina llegó a contar con reconocimiento oficial de las autoridades (20 de mayo de 1931), y obtuvo además personería jurídica (11 de enero de 1932). Ibarguren, la vincula con Mariano Moreno, el Congreso de Tucumán, el Directorio y la Confederación, y rechaza con energía los presuntos orígenes mussolinianos. Según sus estatutos, la Legión Cívica estaba compuesta por «hombres patriotas» que condensaban «el espíritu de la revolución de setiembre y que moral y materialmente estaban dispuestos a cooperar a la reconstrucción institucional del país»; el gobierno autorizaba a sus integrantes para que «concurran los días domingos y feriados a los cuarteles a recibir instrucción militar y prácticas de tiro». El organismo fue denunciado públicamente en numerosas ocasiones por diversos sectores de opinión, lo mismo que otros grupos análogos de más reducido ámbito.

Ibarguren nos recuerda la existencia de otros nucleamientos: «Además de las agrupaciones existentes desde la revolución de 1930: “Liga Republicana”, “Legión Cívica” y “Legión de Mayo”, formáronse otras nuevas: “Acción Nacionalista Argentina”, dirigida por el destacado escritor y profesor Juan P. Ramos; “Guardia Argentina”, organizada por el poeta ilustre y gran patriota Leopoldo Lugones; “Legión Colegio Militar”. “Milicia Cívica Nacionalista” y muchas otras más. Estas distintas entidades no pudieron concertar firmemente un acuerdo que las unificara, a pesar de perseguir los mismos propósitos inspirados en idéntica ideología. La agrupación con mayor número de afiliados era, acaso la “Legión Cívica Argentina”, que derivó luego en “Alianza de la Juventud Nacionalista”, cuyo conductor inicial fue el general Juan Bautista Molina».[118] De ésta a la Alianza Libertadora Nacionalista —Juan Queraltó, más adelante Guillermo Patricio Kelly— hay sólo un paso.   La Alianza se constituirá en cierto modo como un grupo de choque del peronismo, actuará en el campo político y universitario, gozará del patrocinio oficial y se caracterizará en esa época como fuertemente xenófoba y racista. La A.L.N. fue precursora, a su modo, de «Tacuara» y otros núcleos activistas del nacionalismo desde fines del cincuenta.

 

Hernández Arregui, dice que el nacionalismo se apoyó en la historia pasada pero se anquilosó en la historia del presente. El presente como retorno a lo viejo, le cerró a la filosofía conservadora del nacionalismo el entronque con un porvenir que se despliega ante un mundo estremecido por la revolución.  En la década de 1940, la figura del coronel Juan Perón fue tomando distancia del resto. Los nacionalistas vieron en él a un defensor de la Doctrina Social de la Iglesia y a alguien emparentado con la obra de los sindicatos católicos. Aunque también notaban el pulso modernista, plebeyo y herético del peronismo. Ambas características estallarían con los años en un conflicto inusitado. 

 

Bibliografía

 

BUCHRUCKER, Cristian. Nacionalismo y Peronismo

 

DEVOTO Fernando - Barbero María Inés. Los Nacionalistas

 

HERNÁNDEZ ARREGUI Nacionalismo y Liberación

 

IBARGUREN, Carlos, La Historia que he vivido

 

IRAZUSTA, Julio, Balance de siglo y medio

 

NAVARRO GERASSI, Marysa, Los nacionalistas

 

PALACIO ERNESTO, Historia Argentina

 

RAPOPORT, Mario. Historia Económica, política y social de la Argentina

 

ROCK, David, La Argentina autoritaria

 

SÁNCHEZ SORONDO, Marcelo, La Revolución que anunciamos

 

ZULETA ALVAREZ, Enrique, El nacionalismo argentino

martes, 30 de noviembre de 2021

Ernesto Palacio (1900-1979)

 Por el Prof. Jbismarck

Nació en 1900 en la provincia de Buenos Aires, en el seno de una acomodada familia. Se recibió en 1926 en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires y ejerció la docencia de geografía e historia antigua y argen tina en distintos institutos de enseñanza secundaria hasta comienzos de la década del 40. En la función estatal fue ministro de Gobierno e Instrucción Pública en la intervención nacional a la provincia de San Juan (1930-31), diputado nacional por la Capital Federal (1946-52) y presidente de la Comisión Nacional de Cultura (1946-47).  Anarquista en su juventud universitaria y partidario de la reforma del 18, luego se vinculó a las vanguardias literarias y en 1924 se contó entre los fundadores de la revista Martin Fierro. Más tarde su pensamiento político se transformó, en nacionalista.  Prestó colaboraciones como periodista en el diario La .Nación y en las revistas El Hogar, Caras y Caretas y Criterio, y se destacó particularmente su papel como jefe de redacción de La Nueva República, dirigida por Rodolfo Irazusta. Esta publicación fue de gran trascendencia ya que logró nuclear y darle 'expresión a un grupo de nacionalistas de elite que adquirió una fuerza insospechada como oposición a la segunda presidencia de Yrigoyen. De carácter más tradicionalista que nacionalista, la revista hacía una clara defensa del hispanismo, el elitismo, el catolicismo y una furibunda crítica a la democracia y el liberalismo y entre sus colaboradores se encontraban conservadores, católicos, maurrasianos, filofascistas, etc. En ese contexto, Palacios fue una de las plumas más brillantes del grupo, dando cuenta de su preocupación en torno a la defensa del orden y las jerarquías, la religión católica y el espíritu clásico, en oposición a la Revolución Francesa.  Distinguido miembro de la corriente historiográfica revisionista, fue miembro de la Comisión Directiva de la Revista del instituto de Estudios Históricos "Juan Manuel de Rosas".  A diferencia de los hermanos Irazusta, terminó vinculándose con el peronismo, por el cual fue electo representante legislativo.Otros libros del autor son La inspiración y la gracia (1928), Catilina. La revolución contra la plutocracia en Roma (1935), El espíritu y la letra. La historia falsificada (1939), Teoría del Estado (1940), entre otros. Murió en 1979.   

Su Historia de la Argentina 1515-1943, publicada por primera vez en 1954, tuvo una repercusión muy amplia convirtiéndose en uno de los grandes best-sellers de la historiografía nacional. Sin miedo a la controversia y con características polémicas (aunque notablemente más moderada que otros trabajos anteriores), en esta obra Palacio intenta discutir con buena parte de la historiografía liberal previa, particularmente con Vicente Fidel López. Por un lado, busca demostrar que no existió en la Revolución de Mayo una división entre un partido de criollos y otro de españoles y, por otro lado, da cuenta de las resistencias de los pueblos del interior, justificándolos frente a una Buenos Aíres que confundía frecuentemente el ánimo independentista con la imposición centralista. Subraya el papel jugado por Inglaterra sin caer en una denuncia moral así como destaca la importancia de la invasión portuguesa y el conflicto con la Banda Oriental. Llama la atención la defensa y recuperación de Mariano Moreno (mientras que rechaza la figura de Rívadavia), frente a su ferviente desdén por todo lo que fuera vínculable con el jacobinismo.  La verdad es que en ese momento de precipitación de los sucesos, aquí se estaba a obscuras, dependiendo de las gacetas y comunicaciones que llegaban con dos meses de atraso, cuando había cambiado ya todo. En este rincón remoto del mundo —tan remoto como no pueden ni siquiera imaginario los contemporáneos del telégrafo y el avión— se especulaba sobre realidades muertas y se vivía de cavilaciones y conjeturas sobre datos fhsuficientes: situación propicia a la fabricación de fantasmas. Todo ello, reflejado en un ambiente aldeano, explica las reacciones excesivas, las desconfianzas, los temores, la singular zozobra que caracterizó a estos años. No es exacto que se tratara de una división entre criollos y españoles nativos, pues había criollos entre los enemigos de Liniers, y españoles entre sus partidarios. Esa división, que originaba pleitos locales por los asientos de los cabildos, no tenía categoría suficiente para convertirse en bandera, en momentos en que la idea de la nacionalidad se hallaba en germen todavía. No es exacto tampoco que estuviera en juego la mayor o menor fidelidad al rey legítimo, pues este sentimiento lo compartían, en diversas graduaciones personales, los dos bandos. Ni era mucho menos cuestión de puja ideológica entre liberales y absolutistas, como también se ha dicho. El pensamiento dominante en ambos sectores (entre los que pensaban) era el progresismo reformista dentro del programa de la 'ilustración', con diversos matices . de acentuación regalista o masónica, que se compadecía ; bien con el absolutismo siempre que estuviera unido a las luces. La influencia sobre unos pocos del pensamiento revolucionario apenas si pesaba entre el conjunto. Mucho menos todavía influía ia cuestión del gobierno propio. Ni uno ni otro bando, como tales, pujaban por la emancipación con respecto a España, en la que pensaban eventualmente los dos.  La divergencia entre los partidos se fundaba en razones circunstanciales, de personas, de temperamentos y de intereses. Había cuestiones que resolver y Liniers no las resolvía. Había que obrar y Liniers esperaba. Había guerra contra Francia y Liniers era francés. Pero Liniers estaba en el gobierno; era el Virrey. Era además el héroe a quien el pueblo había adamado y redamado. Y después de todo —aquí en este extremo del mundo lejos de toda información—, ¿quién sabía lo que estaría ocurriendo en Europa?"  Resulta sintomático que la 'caducidad del Virrey fuera provocada por el joven letrado de 'los hacendados", que había acompañado a Alzaga el 1 de enero de 1809. Esto demuestra una continuidad revolucionaria, que entronca con los sucesos de ese año en Chuquisaca y La Paz, Moreno había estudiado en Chuquisaca, tenía allí a sus amigos y no olvidaba la sangrienta represión de la que Cisneros era el principal responsable."

El Congreso de tucumán había en efecto declarado la independencia de las Provincias Unidas de ía América del Sud con respecto a 'la dominación de los reyes de España'. Daba con ello estado legal a una situación de hecho ya existente, que respondía al anhelo general de los pueblos. El acto muestra el cambio de espíritu provocado por la restauración española en el énfasis con que se habla de América y lo americano, por oposición a lo europeo. El tema, ya insinuado en Moreno y Monteagudo, pero hasta entonces minoritario, se hace general. La guerra empezada como simple discordia civil se convierte en continental americana contra las armas opresoras del Rey, iniciándose a.sí la hispanofobia que alcanzaría su cénit con la generación romántica, cuyos prohombres (Echeverría nacido en 1805, Alberdi en 1810, Sarmiento en 1811) en esos momentos deletreaban el alfabeto y respiran ese ambiente en sus casas. Se maldice con encono al 'godo' y al 'chapetón'. Lo cual deriva en idealización del elemento indígena, cuya tradición se invoca (tesis ele guerra, falsa pero estimulante) y tendrá manifestaciones tan curiosas como el proyecto de monarquía incásica.  Si bien mera expresión de voluntad, sin efectos materiales, la declaración asumía una enorme importancia moral, decisiva para tonificar los ánimos y prepararlos para el esfuerzo supremo. San Martín la juzgaba indispensable para el éxito de la expedición a Chile; quería cruzar los Andes y vencer como soldado de una nación libre.

sábado, 22 de febrero de 2020

Roque Sáenz Peña Presidente: La Nueva Ley Electoral

Por Ernesto Palacio
No se habían apagado los ecos de las celebraciones del Centenario cuando regresó a Buenos Aires, en agosto de 1910, el presidente electo. Se temía un nuevo levantamiento radical y Figueroa Alcorta había tomado precauciones para evitarlo. Más que éstas, sin embargo, contribuyó a disipar los rumores y a aquietar los espíritus la gestión conciliatoria que realizó Sáenz Peña ante el jefe radical para llegar a soluciones comunes y que revelaba que no eran vanas palabras sus promesas de candidato.
Sáenz Peña celebró, a raíz de esa gestión, dos entrevistas con Hipólito Yrigoyen, en las cuales se definieron los principios y se trazó el plan de la reforma de los procedimientos electorales, en el sentido auspiciado por el movimiento popular.
Roque Sáenz Peña: “Quiera el pueblo votar” - El Historiador
La personalidad de Sáenz Peña justificaba la confianza que inspiró desde el comienzo. Hijo de don Luis y de estirpe federal, por consiguiente, había sido compañero de Yrigoyen en las filas del autonomismo, combatiendo en el 74 contra el alzamiento mitrista. Poco después, siendo teniente coronel de guardias nacionales, se opuso al primer “acuerdo” y pidió la baja. 
En un rapto romántico, se enroló más tarde en las filas del ejército peruano para resistir la agresión chilena, combatiendo heroicamente en el Morro de Arica, donde cayó herido y prisionero. Luego había acompañado a Pellegrini en la redacción de “Sud-América”, había desempeñado tareas diplomáticas en conferencias panamericanas y un efímero ministerio con Juárez. Su actuación posterior lo mostró en oposición a Roca y Pellegrini, como jefe de la fracción llamada “modernista”, que manifestaba propósitos de renovación de prácticas gubernativas en el sentido del autonomismo tradicional; y esta actuación lo había prestigiado hasta el punto de hacerlo candidato serio para la presidencia en el 92, lo que el “acuerdo” sólo pudo conjurar levantando la candidatura de su padre. 
Estos antecedentes, así como su nueva vinculación estrecha con Pellegrini cuando éste se convirtió en campeón de la libertad electoral, lo acercaban espiritualmente al radicalismo. Lo acercaban igualmente la dignidad moral de su conducta, no comprometida en ios intereses espurios del régimen; su rechazo de la corrupción y el escepticismo roquista; su tradicionalismo españolista, que en 1898 lo llevó a fundar un comité Pro-España, cuando la guerra de ésta con Estados Unidos, y cierto idealismo fundamental en suma, que reconocido por sus contemporáneos, hizo que alguien calificara de “quimera de un romántico” sus propósitos reformadores. El diálogo pudo establecerse sobre una base de entendimiento consistente en el uso de un idioma común a los dos ilustres interlocutores, que aseguraba la coincidencia patriótica en los fines.
No se limitó el presidente electo a garantizar el cumplimiento de sus promesas, sino que pidió al radicalismo su colaboración en el gobierno para ponerlas en práctica. El 5 de octubre, Yrigoyen llevó al seno del Comité Nacional del partido la palabra de Sáenz Peña. El Comité Nacional resolvió rechazar la participación en el gobierno (que, por lo demás, la “carta orgánica” vedaba), pero aceptó colaborar en la elaboración de la ley de elecciones, que abriría al pueblo la vía del comicio, sobre la base de los principios ya aceptados en las entrevistas de Yrigoyen con el presidente: padrón militar, intervención de la justicia federal, representación de las minorías, voto secreto y obligatorio.
El 12 de octubre asumió el mando Sáenz Peña. En el discurso que pronunció en la ocasión, declaró que se consideraba “asentido” por la mayoría de sus conciudadanos (que, por cierto, no lo habían votado), con lo que aludía a los pactos pendientes con la oposición radical; y después de hacer el elogio de su predecesor, reiteró su propósito reformista.
Apenas integrado el gobierno, se iniciaron los trabajos preparatorios de la legislación anunciada, por obra del ministerio del Interior a cargo del doctor Indalecio Gómez, político salteño de origen autonomista y católico, y con la prometida colaboración opositora. A mediados de 1911 se dictaron las primeras leyes: la de padrón militar y la de enrolamiento general, votadas respectivamente el 4 y 10 de julio.
A continuación se envió al Congreso la ley electoral, con las características de la lista incompleta, que daba participación en el gobierno a las oposiciones, y el voto secreto y obligatorio, que aseguraba la libertad del votante y su concurrencia a los comicios. El trámite de esta ley fue más largo y engorroso, por la resistencia de los núcleos políticos que veían en ella el fin de su poder usurpado. La presión de la opinión pública pudo, no obstante, más que las maniobras obstruccionistas y la ley fue aprobada el 12 de febrero de 1912.
Se había intervenido la provincia de Santa Fe a raíz de un conflicto entre la Legislatura y el gobernador Crespo. El interventor, doctor don Anacleto Gil, anunció el propósito de convocar a elecciones: las primeras que habrían de realizarse bajo la nueva presidencia y la ocasión esperada del cumplimiento de las promesas presidenciales. La Unión Cívica se movilizó de inmediato. La Convención Nacional se reunió en Buenos Aires del 28 al 31 de mayo, celebrando prolongadas sesiones secretas en las que se resolvió, en definitiva, autorizar a los radicales de Santa Fe para concurrir a la convocatoria.
El radicalismo de Santa Fe respondía a una vieja tradición criolla y federal y se había caracterizado por su carácter combativo en 1893 y 1905. La autorización fue recibida con enorme entusiasmo, y no obstante los obstáculos puestos por el oficialismo local y la circunstancia de celebrarse las elecciones bajo el imperio de la ley provincial (con el solo recaudo del padrón militar), triunfó la fórmula del radicalismo Menchaca-Caballero, por gran mayoría. Sus contendientes se dividían en dos fracciones: la “coalición” oficialista y la llamada “Liga del Sur”, partido fundado sobre los intereses comerciales e industriales de la ciudad de Rosario, cuyo jefe era un disidente de los primeros tiempos del radicalismo, el doctor Lisandro de la Torre.
El triunfo de Santa Fe provocó un gran entusiasmo en las filas radicales y la convicción (que en adelante sería una de las notas características del partido) de constituir la indudable mayoría del país. La cohesión interna se resistió un tanto con ello, al acentuarse en su seno la tendencia electoralista apresurada, con mengua del rígido principismo del jefe.
En abril se autorizó la concurrencia a las elecciones de diputados nacionales en la Capital y Santa Fe. En ambos comicios triunfó igualmente el radicalismo. En la capital entraron igualmente dos diputados socialistas.
Ante estos resultados auspiciosos, el Comité nacional del radicalismo efectuó una amplia reorganización en todo el país, abriendo sus filas a los nuevos ciudadanos. En el manifiesto en que dio cuenta de esta reorganización, aludía a la “jubilosa esperanza” que representaba la posibilidad de alcanzar la paz interior y el perfeccionamiento de las prácticas gubernativas La realidad no respondería de inmediato a dicha esperanza, porque los usufructuarios vitalicios de los gobiernos locales pondrían en juego inmediatamente toda clase de recursos para violar la ley.   En Córdoba, Salta y Tucumán hubo fraudes descarados, con apresamiento de fiscales en los comicios y cambio de los votos en urnas, previamente preparadas para la maniobra.
El presidente Sáenz Peña careció de la energía necesaria para intervenir previamente las provincias en que debían realizarse convocatorias electorales, a fin de asegurar la legalidad de los resultados: sentíase trabado, sobre todo, por la consecuencia con quienes habían hecho triunfar su propia candidatura y cuyas mentirosas declaraciones de prescindencia estaba obligado a creer, hasta prueba de lo contrario. A causa de ello sufrió “muchas amarguras y desvelos” según lo declaró a Yrigoyen. Por lo demás, su salud se hallaba seriamente resentida desde mediados de 1913, por lo cual en octubre debió delegar el mando en el vicepresidente doctor de la Plaza.
Además de la promulgación de la ley electoral, que es su título de gloria, la presidencia de Sáenz Peña se caracterizó por su preocupación moralizadora, manifestada en las intervenciones que decretó en la Dirección de Tierras y en la Aduana. En junio de 1914 se realizó el tercer censo nacional, que dio la cifra de 7.885.237 habitantes (cuatro millones más que el anterior de 1895), de los cuales 1.575.000 en la Capital Federal. Se pronunciaba ya la tendencia al aumento en el desequilibrio de la población, a favor de la metropolitana, que iría acentuándose en el futuro.
Las esperanzas de mejoría del presidente que, a mediados de ese año, hicieron creer que reasumiría el mando, se desvanecieron ante una recaída que lo obligó a pedir la prolongación de su licencia. Se agravó a principios de agosto y murió el 9 de ese mes. Sus funerales dieron lugar a una gran manifestación de duelo público La sesión de homenaje que realizó la Cámara de Diputados fue una verdadera apoteosis. “Los prestigios cívicos del presidente Saenz Peña son de los que perduran, sobreviviendo victoriosos a la acción del tiempo’’, dijo el diputado radical Vicente C. Gallo.
El doctor Roque Sáenz Peña ha sido un constructor, un creador -dijo el diputado socialista Juan B. Justo-. Lo colocamos al mismo nivel de los hombres que, en el arte y en la ciencia, en la economía y en la técnica, propulsan el progreso humano”.

jueves, 3 de agosto de 2017

Ernesto Palacio

Por César Tiempo
Formado como Jorge Luis Borges o Leopoldo Marechal en la incubadora literaria de la revista Martín Fierro de los años 20, Ernesto Palacio (1900-1979) abandonó el espíritu socarrón y malcriado de la publicación para volcarse a la búsqueda de la identidad nacional. Impulso éste que lo llevó desde el nacionalismo hispanista y católico hasta las filas del primer peronismo, del que llegó a ser diputado nacional entre 1949 y 1955.  Su sorprendente prosa produjo algunos textos muy recomendables, entre los que se cuentan La historia falsificada (1939), Catilina contra la oligarquía(1945), Teoría del Estado (1973) o Historia de la Argentina (1954).Cosa curiosa: son muy pocas las fotos que registran las reuniones del grupo Martín Fierro en las que aparece Ernesto Palacio. ¿Indiferencia a la notoriedad, a la promiscuidad del catálogo, a la poesía de lo inservible? Todavía no lo sé. Palacio era el más chisporroteante, el más alegre y desaprensivo de todos, doctor en sornas y facecias, y además dueño de un pintón de latín lover o de paseante distinguido de la Ring Strasse de Viena, cuya presencia en los chitones literarios ayudaba a rasgar las horas forradas de tedio, mientras otros se empeñaban en fabricarse una soledad de consumo para afrontar la obra maestra que no llegaría nunca. Creo haberlo visto de bastón y polainas tomarse a trompadas con Juan de Dios Filiberto en la puerta del Tortoni después de haberse reído de un actor de la compañía de Pirandello que había recitado macarrónicamente estrofas del Martín Fierro. ¿Lo estaré soñando? Su agudeza era deslumbrante, como lo recordó hace poco Petit de Murat, el más joven pero no el de menos agallas del plantel. Ernesto Palacio, que nunca le dio importancia a su importancia, a la importancia de llamarse Ernesto, prefirió en sus primeras escaramuzas ser Héctor Castillo(un castillo es siempre un palacio más moderado) y con ese nombre escribió páginas agudas y divertidas sobre las que el tiempo quiere pasar su esponja y no puede. Por supuesto que el Ernesto Palacio de Catilina y de la Historia Argentina, se reveló sin disputa maestro mayor de obras maestras, demostrando que entendía como pocos el mundo en que se movía y en el que se movieron otros congéneres —ilustres o no— antes que el.  La madurez le enseñó que ya no había necesidad de tomarle el pelo a nadie, si bien en su Historia se mete con alguna gente empingorotada cuyos apellidos ilustran difundidas calles de nuestra ciudad, actitud que le valió algunos pleitos memorables Por otra parte, cuando publicó Catilina un humorista de reata dijo no sé dónde, glosando al tango —No te aflijas, Catilina— ya vendrán tiempos mejores, que nos hizo recordar la inclinación de Ernesto a la dicacidad y que en sus buenos tiempos de sagitario lanzó rehiletes punzantes a diestra y siniestra desde las columnas de Martín Fierro como éste dedicado al poeta Alfredo R. Bufano, nacido en la bella Nápoles: Vengo de Mantecón y voy en casa 
donde me espera mi adorada esposa, 
rodeada de los nenes, sonrosada, 
propio como una rosa. 
O este comentario dedicado a Ricardo Rojas, después de asistir a una conferencia suya:
Teatralmente leíste tu grave Infundio, 
y entre música y ripios de la comparsa, 
acabóse la triste, solemne farsa 
de tus bodas de plata con el gerundio. 
También le dedicó un epitafio a Manuel Gálvez:
Bajo esta losa pesada 
libre de malos momentos 
tiene Gálvez su morada. 
Sus versos no fueron nada, 
sus novelas fueron cuentos. 
Gálvez, que ya había tratado a Ernesto en Amigos del Arte y de quien anduvo distanciado precisamente por los chistes que le hacía desde las troneras de Martín Fierro, terminó haciéndose muy amigo suyo. Gálvez, a quien hacíamos bromas estúpidas sobre su sordera, sobre sus accesos de autosobrevaloración, perfectamente justificados, anduvo siempre sobre pistas seguras y quería a quien merecía su afecto.
Ernesto se reía de los escritores envarados y de los poetas moquillentos, pero llegó un momento en que supo amainar sus burletas y respetar a quien merecía ser respetado. Ya se dijo que el humorista verdadero llorará en silencio por las desgracias que no puede evitar pero será generoso llegado el momento de enjugar los déficit de justicia.
Cierta vez que Gálvez nos invitó a compartir un té en el Jockey Club a Blombergy a mí, nos contó que Ernesto Palacio, siendo diputado nacional, presentó aManuel Ugarte a Perón, que acababa de asumir la Presidencia. Ugarte, que estaba pasando serias dificultades, después de haber recorrido el Continente en tren de conferencias defendiendo el sagrado derecho de América a su autodeterminación, fue designado Embajador en Nicaragua, donde le cupo en suerte inaugurar la estatua de Rubén Darío, su fraternal amigo, donada por el gobierno argentino a iniciativa suya.
    No fue ese el único gesto panadélfico de Palacio. Intervino, además, en el nombramiento de Pedro Juan Vignale, finísimo poeta y arqueólogo, como Embajador ante el gobierno de Venezuela y anduvo haciendo gestiones en favor de Arturo Cerretani, el gran novelista, que debía radicarse en Londres, gestiones que frustró la revolución del 55.  Ernesto Palacio es un auténtico filántropo, un gaucho, y no sé si esa bella cualidad deriva del hecho de haber nacido en San Martín, cerca de los pagos deJosé Hernández, que fue la bondad personificada. Abogado, profesor, traductor, ministro, diputado nacional, presidente de la Comisión Nacional de Cultura, Ernesto Palacio es esencialmente un poeta que escribe en prosa y actúa como Dios manda.
Anduvo en los grandes bailes y bailó bien todas las piezas con un talento que no se aguaba en las acedas madejas de las contradicciones. Siempre supo lo que quiso, siempre quiso lo que hizo.  Como testimonio de la seriedad de su labor no están sólo sus libros originales sino la excelente versión de los poemas insólitos de Alejandro Korn, publicada por el instituto de Estudios Germánicos de la Facultad de Filosofía y Letras, en 1942.
Lo veo poco a pesar de admirarlo tanto. Antes solía encontrarlo en la imprenta de los Porter en los tiempos de Martín Fierro, en algún bar de la Avenida de Mayo, en el subsuelo de "La Peña", en alguna conferencia, en el vaivén de la calle Florida, siempre cordial. Ultimamente nos dejamos de ver. La vida está conflagrada de problemas, de vicisitudes. El tuvo un accidente, un cruel accidente, yo tuve otro, otros.
Amigos comunes me traen noticias suyas. No hace mucho me encontré con un hijo suyo, con quien lo estuvimos recordando, lo mismo que con la señora viuda de Bermúdez Franco, el dibujante genial de quien Ernesto fue noble amigo. Me traen noticias del alto escritor, del originalísimo historiador, desterrado de las historias literarias, olvidado de las antologías al uso.  Claro está que detrás de su nombre queda su obra, dechado de elegancia y preciosa y deslumbrante escritura. Su sátira y sus jácaras descubrieron una juventud cuya poesía participaba de la Gracia, cuya gracia participaba de la poesía. Sabemos que ha construido realmente una obra. Una obra difícil de demoler.
Ernesto Palacio tiene ahora la edad que tenía Galileo cuando demostró la oscilación del globo. Sabe como aquel que el mundo se mueve constantemente y que ese mundo —el nuestro— embellecido y enriquecido por sus sueños seguirá viviendo gracias a los hombres frontales como él, preocupados por los demás, obreros de un quehacer singular, creadores sonrientes y empeñosos, enseñándonos siempre a ser persona, cultivando un arte que es la justa e intransferible afirmación del arte, ajeno a los majaderos de la bulla, al tarantín de los amoladores de lisonjas.

*Ernesto Palacio fue un docente, abogado, periodista y escritor argentino. Formó parte de la generación de intelectuales nacionalistas que comenzaron a escribir en la década de 1920.