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martes, 28 de febrero de 2023

En 1967 LA REVISTA "SIETE DIAS" interroga: ¿Deben repatriarse los restos de Juan Manuel de Rosas?

AÑO 1967...PLENA DICTADURA DE ONGANÍA; Un insistente rumor rondaba la semana pasada por los pasillos de la Casa de Gobierno: las autoridades proyectarían entronizar en el Salón Blanco el busto del brigadier general Juan Manuel de Rosas, reparando un largo "olvido" histórico y produciendo sin duda una petit revolución.Sea o no cierta, la versión insinúa la posibilidad de que a breve plazo puedan repatriarse los restos del discutidísimo brigadier general. Al parecer, para que deje de ser un símbolo virulento y lejano, y se lo acepte como lo que es: un hecho irrevocablemente recortado en la historia. De paso, se clausuraría así uno de los "pro" y "anti" más dramáticos de la vida argentina. Que no es el único, a juzgar por el intencionado comentario de un parroquiano, en un café de Congreso: "¡Muy bien! Que los traigan a los dos: a Rosas muerto, y a Perón vivo. . ."   La figura de Rosas sigue siendo un mito nacional. 
Un mito cargado de pólvora. Contribuyen a ello su compleja personalidad y sus treinta y dos años de actuación política (desde 1820, en que se volcó a esas lides, hasta 1852 cuando se derrumbó en Caseros). El vapor Centaur lo llevó entonces a Inglaterra. En 1877, tras haber sido declarado "reo de lesa patria", muere en el exilio. Se abre entonces una puja insólita entre las imágenes que quieren representarlo: ¿Tirano o héroe de la ciudad y soberanía patrias? ¿Terrateniente feudal o paladín del federalismo?
SIETE DIAS recogió la versión. Y pregunta a seis destacadas personalidades: ¿Debe volver Rosas al país? (1967)
Si es así, ¿quién debe traerlo? Las que siguen son sus respuestas exclusivas, de indudable interés y actualidad.  
"En mi próximo libro 'Manual de Zonceras Argentinas' me refiero a aquella de José Mármol: . .Como hombre te perdono mi cárcel y cadenas. . .Arturo Jauretche se pone peleador de entrada; quiere diluir la imagen de Rosas como "Señor de horca y cuchillo", que degollaba a sus enemigos o los clavaba en el cepo. Y recuerda un relato de Bernardo de Irigoyen publicado en la revista del Instituto "Juan Manuel de Rosas":
"Eran los tiempos en que Rosas gobernaba. .. Mi padre me encargó fuese a interesarme ante el jefe de Policía por la suerte del poeta don José Mármol, que había sido detenido. Concurrí a entrevistarme con el jefe. Se me dijo que estaba muy ocupado.. . ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando vi que la ocupación era un partido de ajedrez que sostenía con José Mármol!"
La anécdota se cierra con las palabras que el jefe machacó socarronamente: "Vaya, amigo, y dígale a su padre que Mármol está conmigo por calavera, pues se ha metido en amoríos con una dama y los parientes lo buscan con malas intenciones En la primera oportunidad saldrá para el extranjero, a Río de Janeiro, adonde está el señor general Guido." Los bigotes de Jauretche se agitan cuando carraspea: "Para los que saben que Mármol era hijo natural del general Guido, su condición de demorado que juega al ajedrez mientras se le prepara el viaje al lado de su padre lo explica todo, desde que Guido era el embajador del tirano en el Brasil. . ." Lo que pasa, para A. J., es que "la repatriación de los restos de Rosas es incompatible con la continuidad de los mitos de todo orden en que se apoya la pedagogía colonialista. Tenemos la obligación de repatriar sus restos, pero también la obligación de repatriar al país. Ello no será un punto de partida, sino "el remate de un triunfo, de un pensamiento nacional: Cuando esos restos hayan salido de Southampton y la bandera de la nave que los conduzca tremole en las brisas del río de la Plata, Rosas entrará por la puerta ancha de la Argentina como triunfador y no como indultado". 
En este espinoso terreno, los académicos liberales y mitristas son frecuentemente vapuleados por los activistas del libro o de la tribuna, como Jauretche. Pero ellos también tienen mucho que decir. Y "con fundamento", como quería Fierro.
José A. Oria es categórico: Juan Manuel no fue desterrado inicialmente por sus compatriotas, sino que los abandonó a su suerte cuando la fuerza de las armas no le permitió seguir gobernándolos como él mismo lo describiera: "... a este pueblo yo lo he montado, le he apretado la cincha, le he clavado las espuelas..."  "No eran estas fórmulas de gobierno groseramente gauchas las que harían desear con mayor gratitud la reaparición, en la escena nacional, del personaje que las pronunciaba. Pero alguna vez —enfatiza Oria— conviene conjurar para siempre los espectros de las contiendas fratricidas."  Por tal motivo, la justicia en torno al difícil problema radica, para el equilibrado juicio de José Oria, en estos puntos: "La cuestión planteada a propósito de la repatriación de los restos de Rosas no es puramente académica ni exclusivamente legal. Tiene alcance histórico y contornos políticos palmarios. . ." Sería responsabilidad del poder sobre el cual recayera tal decisión cuidar que ese retorno póstumo contribuyera "a la consolidación y unidad espiritual de la familia social argentina, en paz y libertad", en vez de coadyuvar a "dividirla y enconarla". Entonces, sí: "Bien venido el regreso que trajera consigo el primero de esos resultados. . ."
Con Jauretche coinciden, en cambio, el cirujano Raúl Matera y el historiador José María Rosa:  Matera diagnostica: "El problema de Rosas es un problema de autoconciencia nacional: de creación de conciencia, como base espiritual para toda empresa argentina soberana. Si hoy, en 1967, las nuevas generaciones del país se vuelcan hacia los más definidos protagonistas de nuestra historia —y Rosas entre ellos—, es no sólo porque han dejado de creer en la mitología de la historia oficial, sino también porque anhelan la consolidación de esa autoconciencia a través de las lecciones máximas que nos vienen del pasado." Y agrega:
"Recientemente, el R. P. Dr. Mariano N. Castex decía: 'Negar la posibilidad del encuentro entre la inteligencia y la montonera es afirmar en forma lisa y llana la escisión del país". Por eso, para el neurocirujano Matera "la vuelta de Rosas con todos los honores sería un hecho de afirmación de necesarios valoras, políticos y culturales. Y el principio de la integración de la inteligencia argentina al ser nacional."
"Pepe" (José María) Rosa hace una aclaración inicial: no hay ninguna disposición legal que impida traer los restos de Rosas al panteón de la Recoleta, donde descansan su esposa y sus padres. No han sido traídos porque Rosas puso una cláusula en su testamento que debe cumplirse previamente: "Mi cadáver será depositado en el cementerio católico de Southampton hasta que en mi patria se reconozca, y acuerde por el gobierno, la justicia debida a mis servicios. "Entonces serán enviados a ella, y colocados en una sepultura moderada a la par de las de mi compañera Encarnación, de mi padre y mi madre".
La argumentación de "Pepe" Rosa es ésta: previo a la repatriación está el problema de la justicias. Aunque es una verdad innegable que en la patria de Rosas —llamando "patria" al pueblo— se reconocen y admiran sus servicios, el gobierno no ha producido un acto definitorio, quizá porque ello significaría una conmoción nada fácil de afrontar. Estamos madurando como nación, pero no somos aún una nacionalidad.  Estoy seguro de que Rosas retornará. Pero no para conciliar lo inconciliable. Vendrá cuando la Argentina no sea colonia. Cuando sea de los argentinos. Entonces, "los otros estarán de más".
Cuando el ex presidente Arturo Frondizi llegó a la India y visitó al entonces premier Nehru en el palacio de gobierno de Nueva Delhi, se asombró: en sus salones colgaban grandes cuadros con los retratos de los antiguos virreyes británicos. Los mismos que habían sojuzgado a la vieja nación asiática, encarcelando y persiguiendo a Gandhi y al propio Nehru. Preguntó entonces cómo no habían descolgado esos retratos. La respuesta era de las que hacen pensar: "Ellos también forman parte de la historia de la India". El recuerdo de Félix Luna (en su libro "Diálogos con Frondizi") precede a la opinión que A. F. brinda ahora a SIETE DIAS: "Los restos de Juan Manuel de Rosas deben reposar en tierra argentina. Cuando este hecho se produzca tendremos más clara conciencia de haber integrado y asumido todo nuestro pasado". Lo contrario —el olvido y la abominación— constituye un verdadero agravio al alma nacional. Vale recordar lo que ocurre en Chile con la figura de Portales, el dictador del país hermano. Su estatua se levanta en el palacio de La Moneda y no queda pueblo en toda la extensión de su patria que no lleve su nombre inscripto en una escuela o una plaza. Las pasiones que desató su vida concluyeron con el acto de su muerte; pocos lustros después, su memoria era reivindicada. La unidad espiritual del país reclama un acto de justicia póstuma para con el dictador argentino, cuya acción de gobierno obró como elemento de fusión de las fracciones y aspiraciones de las provincias y del pueblo."
Eso, aparte de un derecho "de la condición humana": vivir y morir en la propia patria. Y Frondizi instala aquí un recuerdo: durante su presidencia se preparó el decreto que ordenaba la colocación del busto de Rosas en la Casa Rosada. La repatriación vendría después. Pero aquello no pudo cumplirse: la historia dijo no. Entretanto, el problema —candente, multifacético— seguirá transitando sus instancias polémicas. Que ahora se vuelcan a un interrogante: ¿Volverá Rosas al país"?
Revista Siete Días Ilustrados
12.12.1967

viernes, 30 de junio de 2017

Balbinismo y frondizismo

Por el Dr. Abelardo Gerez Rojas
A los catorce meses de producirse el golpe de Septiembre de 1955, estaba agotado. Las divergencias entre Rojas y Aramburu reproducían, en cierto modo, el antagonismo entre Lonardi y Aramburu o entre el Ejército y la Marina. Aramburu representaba, en ese período posterior a los fusilamientos, el ala moderada, frente a la sed de revancha de la oligarquía, cuyos intereses reflejaba más directamente
el Almirante Rojas. Mediante una maniobra de palacio, Aramburu se desembarazó, en enero de 1957, del control de la Junta Militar, que era su poder detrás del trono, y buscó una vinculación con el radicalismo balbinista de la Provincia de Buenos Aires. De ese modo, llega a ser Ministro del Interior de la dictadura, el Dr. Alconada Aramburu, dirigente radical bonaerense, mano derecha del Dr. Balbín y consuegro de Raúl Alfonsín. El dilema era claro: o encontraba una salida electoral con cierta base política, o podrían sobrevenir acontecimientos que pusiesen en peligro a todos los responsables de innumerables crímenes. Así es como se planea una Convención Constituyente que permita un «recuento globular», según la expresión de Américo Ghioldi, «el socialista».
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 ¿Existía el peronismo todavía? Había que comprobarlo en una elección que lo proscribiese y que al mismo tiempo permitiera, por la representación proporcional, el acceso de todos los partidos «democráticos» a la misma, incluido el Partido Comunista, que era el más «democrático» de todos.  En el seno del radicalismo se habían producido, en tanto, importantes acontecimientos. La vieja Unión Cívica Radical se había escindido en dos alas: el radicalismo intransigente, cuyo jefe notorio era Arturo Frondizi y el radicalismo del Pueblo, un complicado sistema de alianzas sostenido en ese momento por el balbinismo agrario de la Provincia de Buenos Aires, el sabattinismo de Córdoba y los unionistas liberales de todo el país, fuertes sobre todo en la Capital Federal. Importantes corrientes de la pequeña burguesía vinculadas a la economía industrial o a los sectores agrarios más modernos se agrupaban en el «Frondizismo».  La caída de Perón y la Revolución Libertadora, con sus atrocidades, habían liberado a vastos sectores de la clase media tanto de su antiguo odio hacia el peronismo como de sus ilusiones sobre el 16 de septiembre. Se esbozaba un proceso de «nacionalización ideológica» de la pequeña burguesía, que al parecer Frondizi podía canalizar en el futuro. Concluida la Convención Constituyente con el retiro de los convencionales de la UCRI y el voto en blanco del peronismo que, como correspondía a un comicio democrático, había sido proscripto, el radicalismo
del Pueblo, convertido en partido oficial, estimó posible su triunfo en comicios libres. Frondizi fue proclamado candidato a presidente en Tucumán muchos meses antes de las elecciones, que finalmente se fijan para el 23 de febrero de 1958. Esa decisión de los intransigentes divide en dos sectores a la Unión Cívica Radical. Por su parte, se funda la Unión Cívica Radical del Pueblo, que proclama candidato a presidente a Ricardo Balbín.  Para ambos contendientes, se trataba de obtener dos cosas de naturaleza opuesta: para Balbín, lograr la abstención electoral del peronismo; para Frondizi, su concurrencia. En este último caso, la opción por su candidatura era inevitable. A Balbín lo apoyaban la clase media agraria, la oligarquía terrateniente y comercial y los más enconados enemigos del peronismo. Por gestión del periodista Ramón Prieto y de John William Cooke, el
radicalismo dirigido por Frondizi llega a un acuerdo con el General Perón. Se trataba de formalizar un pacto entre el caudillo exiliado y el candidato radical a Presidente. Frondizi se comprometía a promulgar una Ley de Asociaciones Profesionales, dar garantías de legalidad progresiva al peronismo y avanzar en la perspectiva de una política económica nacional.  El apoyo de Perón a Frondizi se expresó por medio de una carta autógrafa que circuló profusamente en los días anteriores a las elecciones del 23 de febrero de 1958. Al mismo tiempo, el gobierno y los enemigos de Frondizi hacían circular otra carta autógrafa de Perón, en la que recomendaba el voto en blanco. De todos modos, un sector importante del peronismo procedió de ese modo. Pero bastó que sólo una parte del gran movimiento se inclinara por Frondizi, como medio de condenar a la Revolución Libertadora que aparecía simbolizada por Balbín, para que el triunfo de la UCRI fuese categórico. La caída de Perón había dejado sin representación a los intereses del empresariado nacional. Para la clase obrera, la proscripción del peronismo equivalía a su propia exclusión. El gobierno de Frondizi apareció como una alianza de los sectores nacionales de la burguesía, la pequeña burguesía y el proletariado.
Ese fue el sentido que Perón asignó a su apoyo a Frondizi. Pero en esa alianza, donde la clase obrera –sin otra opción–, se movilizaba una vez más para decidir el curso de los acontecimientos, faltaba un ingrediente fundamental: el Ejército. La milicia de 1945 había sido aniquilada en 1955,  la burguesía no puede enfrentar por sí misma al Ejército y desenvolver sin él su programa. El «pacto nacional» de 1958 nacía así herido de muerte. Derrotados en las urnas, los oficiales facciosos del 16 de septiembre rodearían con un cerco de hierro al gobierno triunfante y lo transformarían en un espectro de sí mismo, arrancándole poco a poco los últimos jirones de su arrogante programa. Recuperado de su agotamiento bélico de 1945, el imperialismo mundial  iniciaba su pleno restablecimiento. En el orden local, el resurgimiento político  de la oligarquía muestra su poder económico intacto. El Ejército se transforma en una guardia pretoriana del viejo orden. Tal es el cuadro nacional e internacional en
cuyos límites deberá actuar el gobierno de Frondizi.

martes, 29 de noviembre de 2016

Arturo Frondizi: "De Petróleo y Política" a "Laica o Libre"


Por el Prof. Jbismarck 
Arturo Frondizi nació en Paso de los Libres, Corrientes, el 28 de octubre de 1908.  Era el decimotercer hijo de Julio Frondizi, constructor de caminos y puentes, y de Isabel Ercoli; ambos habían llegado al país a comienzos de la década de 1890 provenientes de la región de Umbría, Italia.    Resultado de imagen para frondizi frases
En 1927 ingresó a la Facultad de Derecho. Tras una brillante carrera se graduó en 1930 con diploma de honor, que se negó a recibir porque le sería entregado por el dictador general José Félix Uriburu.  Frondizi tomó contacto en la clandestinidad con jóvenes radicales y en marzo de 1931 fue detenido por miembros de la temida sección Orden Social de la Policía Federal, a cargo del comisario Leopoldo Lugones hijoPasó veinte días en la cárcel de Villa Devoto. A poco de salir de prisión se afilió formalmente a la UCR.  El 5 de enero de 1933 se casó con Elena Faggionato, hija también de inmigrantes italianos de Umbría. Seis meses después, el 6 de julio, moría Hipólito Yrigoyen.   “El día del sepelio, todavía enfermo, fui junto con mi mujer a formar parte como un joven anónimo, de la gran columna popular. Desde la esquina de Tucumán y Callao vi pasar a miles de argentinos que acompañaban al gran caudillo. El espectáculo era imponente no solo por la multitud sino por su composición humana. Me emocionó profundamente ver a la gente humilde sollozante, y una nota totalmente inesperada para mí, la presencia de una multitud de negros…El caudillo era ya un mito de la Patria.     En diciembre del 33, Frondizi hizo su debut como abogado penalista defendiendo a los 300 detenidos por la fallida revolución radical originada en su pueblo natal, Paso de los Libres, aquella sublevación narrada magistralmente por don Arturo Jauretche en su libro que lleva el prólogo de Jorge Luis Borges.  Tras el golpe del 4 de junio de 1943 que puso fin a la «década infame», el radicalismo intentó una reorganización. Los sectores más progresistas del partido propusieron un replanteo programático que se expresó en la «Declaración de Avellaneda» de abril de 1945, redactada por Moisés Lebensohn y Arturo Frondizi.   En ella planteaban la «organización de una democracia económica […] al servicio del pueblo y no de minorías» la «nacionalización de los servicios públicos —energía, transportes, combustibles— y de los monopolios»   En las elecciones de febrero de 1946 que le dieron el triunfo a Perón, Frondizi fue electo diputado nacional. La derrota de la Unión Democrática produjo un profundo debate en el radicalismo y la renuncia de toda su conducción. En agosto del año siguiente, nuevamente en Avellaneda, se reunió el primer Congreso de la corriente interna radical Movimiento de Intransigencia y Renovación (MIR). Frondizi y Crisólogo Larralde redactaron las conclusiones, en las que reaparecen principios básicos del yrigoyenismo, como sus conceptos antiimperialistas.   Es evidente la necesidad de industrializar al país. Debemos industrializarnos para elevar técnica y culturalmente al hombre que vive al amparo del país. Solo pueden oponerse a la industrialización de nuestro país los sectores terratenientes regresivos interesados exclusivamente en vender al exterior sus productos agropecuarios. Resuelto el problema de la necesidad de la industrialización, se plantea un segundo interrogante que se refiere al alcance de esa industrialización.   A comienzos de 1948 fue reelecto diputado y el MIR se impuso en los comicios internos de la capital. Fue el vicepresidente del célebre bloque de los 44 diputados radicales desde donde desarrolló una intensa tarea legislativa. En ella se destacan los proyectos de Plan Siderúrgico, la construcción de la represa de Salto Grande, la nacionalización de la Unión Telefónica y muy particularmente el proyecto de monopolio estatal de la industria del petróleo.   En 1951 fue elegido por la Convención Nacional del radicalismo para acompañar a Ricardo Balbín en la fórmula presidencial en los comicios de ese año. A partir de entonces, la relación con Balbín y los sectores más recalcitrantemente antiperonistas se fue enfriando.  En enero de 1954 Frondizi fue elegido presidente del Comité Nacional de la UCR y escribió su famoso libro Petróleo y política, en el que se adelantaba al fuerte debate de ese año en torno a los contratos petroleros con la Standard Oil de California propuestos por Perón.  En su libro, Frondizi pone al petróleo en el centro de la dependencia imperialista de la Argentina, tema planteado en la introducción bajo el título «La lucha antiimperialista. Etapa fundamental del proceso democrático en América Latina». Ubicaba a la Argentina como un país dependiente que debía transformar la estructura agraria tradicional a través de la industrialización, en la que el Estado tendría un rol fundamental junto con factores de poder que se distinguían de los clásicos y que centraba en un partido nacional y popular, el movimiento obrero y las Fuerzas Armadas.  Gracias a los votos peronistas, Frondizi asumió la presidencia el 1ro de mayo de 1958, con 49 años de edad y 38 grados de fiebre, rodeado de una enorme expectativa popular y la sospecha de los factores de poder y de buena parte de las Fuerzas Armadas.   Entre los invitados especiales se destacaban el vicepresidente de los Estados Unidos, Richard Nixon (futuro presidente de su país y genocida del pueblo vietnamita); el presidente del Perú, Manuel Prado, y el de Uruguay, Carlos Fischer.    En el clave y flamante Ministerio de Defensa fue designado Gabriel Del Mazo, uno de los líderes de la Reforma Universitaria de 1918.    En el Ministerio de Hacienda, que en junio pasó a llamarse de Economía, fue designado el radical Emilio Donato del Carril. Para su principal socio político, Rogelio Frigerio, Frondizi creó el cargo de secretario de Relaciones Socio-Económicas en la Casa Rosada, algo así como un superministerio.  Durante la campaña electoral, Frondizi había dicho que «para corregir el estado actual de la educación y la cultura» era «necesario reconocer a los distintos sectores nacionales el derecho de enseñar y aprender». Y para ello tendría «que modificarse la estructura universitaria para ponerla al servicio del país».     La comisión de «notables» para analizar la cuestión, creada por Frondizi antes de asumir, apuntaba en el mismo sentido: estaba integrada por Aristóbulo Aráoz de la Madrid, de la UCRI, el peronista cercano a la Iglesia Raúl Matera y el rector del Instituto Superior de Filosofía del Salvador, padre Ismael Quiles. El triunvirato se expidió el 11 de junio de 1958 favorablemente al impulso de la actividad privada.   El Consejo Superior de la Universidad de Buenos Aires, cuyo rector era Risieri Frondizi, hermano menor del presidente, emitió un comunicado señalando que las universidades públicas eran la mejor garantía para la enseñanza «libre» y oponiéndose al otorgamiento de títulos habilitantes por las que calificaba acertadamente como «empresas privadas».

 Muy pronto, lo que parecía una simple medida de carácter educativo se convirtió en motivo de debate nacional. La sociedad argentina se dividió entre los defensores de la «laica» educación estatal y los de la llamada «enseñanza libre», partidarios del funcionamiento de establecimientos privados con facultad de otorgar títulos habilitantes. Y no faltaron quienes consideraban que la reglamentación del decreto era una cortina de humo lanzada por Frondizi para distraer a los sectores medios mientras se firmaban sin el debido control parlamentario los contratos petroleros.   La protesta no se limitó a emitir comunicados. Hubo multitudinarias marchas y ocupaciones de facultades, como las de Medicina y Ciencias Económicas, y colegios como el Nacional Buenos Aires, el Carlos Pellegrini, el Mariano Moreno y el Manuel Belgrano. En todos los casos la policía actuó con total brutalidad usando palos y gases lacrimógenos para desalojar a los estudiantes.  Mientras el proyecto de ley pasaba de una Cámara a otra, crecía la movilización de los partidarios de una y otra postura. La Iglesia movilizó a todos los estudiantes de sus colegios, a los que se les computaba doble falta si no concurrían a la «espontánea» demostración, y a los feligreses de sus parroquias, traídos en micros y trenes fletados por el gobierno nacional. Tras los discursos, los defensores de la universidad privada marcharon a la Plaza de Mayo en apoyo de Frondizi al grito de «Laika perra rusa» y «U U U / Risieri a Moscú». El presidente salió gentilmente a saludar a sus ocasionales simpatizantes. Parecía el mundo del revés.     Los partidarios de la enseñanza laica concretaron su mayor movilización marchando masivamente al Congreso. Iban encabezados por el rector de la Universidad de Buenos Aires y por el vicerrector, el reconocido pediatra y escritor Florencio Escardó. A pesar de todos los esfuerzos, la ley fue aprobada y la iniciativa privada pudo de ahí en más crear universidades con la oferta de otorgar títulos académicos. La habilitación profesional se obtendría a través de un examen en organismos estatales y se establecía que estos establecimientos no podrían recibir subsidios del Estado.     Al romper el histórico monopolio estatal en la enseñanza superior, Frondizi obtuvo un relativo respaldo de la Iglesia Católica pero perdió la simpatía de los sectores medios de tradición liberal y anticlerical y de la mayoría del movimiento estudiantil. Su hermano Risieri lo acusó de haber abandonado «el programa democrático, progresista y popular”    Las «62 Organizaciones» tienen la obligación de pronunciarse en favor de la enseñanza Estatal de acuerdo a los postulados de la Doctrina Peronista y convalidando los pronunciamientos ya realizados por la CGT de Córdoba, de La Plata, por el Movimiento Universitario Peronista de Santa Fe y por la Junta Coordinadora Provisoria Nacional de la Juventud Peronista. Deben también hacerlo porque vastos sectores estudiantiles, actualmente dirigidos por liberales y comunistas, esperan la solidaridad de los trabajadores en la lucha que están librando. Los trabajadores Peronistas no pueden dejarlos abandonados a merced de los comunistas. Debemos ganarlos para la causa de la Revolución Nacional demostrándoles que solo el Peronismo es capaz de luchar hasta el fin en defensa de una enseñanza Nacional abierta al Pueblo.  La realidad demostraría que las universidades privadas, en su mayoría propiedad de la Iglesia, no estaban a la altura de las circunstancias. Contrariamente a lo que pensaba Frondizi, no se dedicarán a producir los técnicos que el país necesitaba, que seguirán proviniendo de la universidad pública, sino a carreras humanísticas o empresariales.  Desgraciadamente las universidades privadas proliferaron como hongos tras la lluvia y todos pretendieron la propia. La situación hizo crisis durante el gobierno de Onganía por la falta de fondos disponibles y el consiguiente descenso de la calidad de enseñanza y de investigación, favoreciéndose la creación de carreras humanísticas —sin futuro real en el país— en desmedro de los cursos de alta tecnología de demanda efectiva y urgente. Arturo Frondizi falleció el 18 de abril de 1995 a los 86 años en el Hospital Italiano de la ciudad de Buenos Aires por causas desconocidas. Su muerte pasó tan desapercibida, que hasta hoy en día es muy difícil averiguar la causa exacta de ello. Sus restos fueron inhumados en el cementerio de Olivos . 

«Creo que Frondizi fue uno de los últimos grandes presidentes que tuvo la Argentina... Cuando algunos retrógrados querían volver al modelo económico agroexportador, Frondizi impulsó la integración productiva entre los distintos sectores y potenció la siderurgia, la industria pesada y la petroquímica dando protagonismo a las inversiones de capital y las tecnologías intensivas». 
Roberto Lavagna