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martes, 1 de agosto de 2023

Las Corrientes Historiográficas


por el Prof. Julio R. Otaño

La reconstrucción histórica se sostiene en dos artes o métodos:

Heurística: es el conjunto, recopilación y organización de testimonios que prueban la veracidad de los hechos que se relatan. Los documentos o pruebas pueden ser: Públicos: leyes, manifiestos; Privados: correspondencia, contratos, objetos (casas, ropas, armas,etc.).

Hermenéutica: es la interpretación. Aquí pesa la ideología, el juicio, la escala de valores del historiador. Detrás de su relato, aun descartando su honestidad intelectual, está presente su cosmovisión ideológica. Es evidente que no existe una única y absoluta verdad.
 
Las corrientes historiografías Debido al enfrentamiento de diversas ideologías, surgen las corrientes historiográficas. Son diferentes interpretaciones del pasado y no se debe denostar a los historiadores por parciales o tendenciosos por ello….pero sí éstos deben reconocerlo. El engaño no consiste en que Bartolomé Mitre o Tulio Halperín Donghi interpreten la historia desde su concepción liberal, o de la “historia Social”, sino que lo hagan pretendiendo que sus visiones son neutras, no obedecen a ideología alguna. Y en estos casos tienen la ventaja que sus visiones se eneseñan en las escuelas como la única y verdadera historia. El estudiante y el ciudadano deben tener bien claro que no hay una historia objetiva y que detrás de cada versión histórica y de cada ideología se encuentran grupos sociales con intereses enfrentados. Por ende, no hay una historia neutra, así como tampoco hay un periodismo objetivo. Son diversas interpretaciones, las que a su vez responden a distintas ideologías. Corrientes historiográficas:


1)la Historia Oficial

2)El mitro marxismo

3)el Revisionismo Nacionalista católico

4)Rev. Forjista: Nacional y Popular

5)Revisionismo Federal-Provinciano-Iz.Nac.

6)La Historia social

 

sábado, 26 de febrero de 2022

Tulio Halperín Donghi y el Peronismo

 Por Norberto Galasso

Nacido en 1925, egresa de la Universidad con los títulos de abogado y doctor en  filosofía y letras. A los 26 años, publica su primera obra: El pensamiento de  Echeverría.  En 1955, participa de la ola antiperonista y es designado profesor de Introducción a la historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad del Litoral. Poco después, se desempeña como Decano de la Facultad y luego Rector de la Universidad. Entusiasmado con la Revolución Libertadora publica “La historiografía argentina en la hora de la libertad” reproducido, después, en su libro Argentina en el callejón. Luego publica “Del fascismo al peronismo”   Sostiene que Perón impuso la máxima dosis de fascismo posible que la Argentina de  postguerra era capaz de soportar.  Critica también la conquista laboral del sistema de jubilaciones y de las licencias por enfermedades. Plegándose al axima del diputado sanmartino con su “aluvión zoológico”.  Admirador de Mitre lo compara con Perón  “Mitre, el fundador de la Argentina que el peronismo quiso abolir superó los obstáculos para hacer obra eficaz y dirigir la Nación en el sentido que se había propuesto, mientras, en cambio, Perón, no siendo estadista, resultó incapaz de abarcar la realidad en su conjunto y fracasó al apelar a un ideario, el fascismo, ajeno a esa realidad .  En 1958, ya bajo la influencia de la escuela de Los Annales:  instala la llamada “Historia Social” no sólo como alto funcionario universitario sino impulsado como gran intelectual por la señora Ocampo, estanciera y dueña de SUR, la misma que ha lanzado a Borges a la fama europea, empecinada ahora en crear un Borges en el campo de la Historia.  

  

Halperín al analizar al peronismo comete errores que llamativamente no han sido detectados.  Muchos de ellos autoproclamados “peronistas” hasta lo consagran como “el mejor historiador argentino” como Felipe Pigna, Brienza o el fallecido González.   Para Halperín el 17 de Octubre estaba previamente organizado y le adjudica a Evita el rol principal en esos sucesos.  Al mismo tiempo excluye a la oligarquía de su acción criminal.   En cuanto al bombardeo a la plaza señala “El 16 de Junio, a la protesta desarmada, siguió la tentativa de golpe militar: una parte de la marina y la aviación se alzó contra el gobierno, bombardeando y ametrallando lugares céntricos de Buenos Aires. Esa noche, sofocado el movimiento, ardieron las iglesias del centro de la ciudad, saqueadas por la muchedumbre e incendiadas por equipos especializados que actuaron con rapidez y eficacia en San  Francisco, en Santo Domingo. El fuego se llevó todo hasta dejar tan sólo el ladrillo calcinado de los muros; las cúpulas levantadas y rotas por la presión de los gases de combustión, dejaron paso a llamaradas gigantescas”.   Pero, ¿y los muertos, Halperín? ¿Los argentinos masacrados por los aviadores de la Libertad?  ¿Y la Plaza de Mayo cubierta de cadáveres? ¿Y los otros muertos, allá en el Bajo, en la tarde, cuando huían los últimos aviones y ametrallaron cerca de la CGT? ¿Dónde están, en su relato?.  Fue uno de los hechos más violentos y trágicos de nuestra historia. El Alte. Isaac F. Rojas, en sus memorias, admite que la primera estimación alcanzaba a un millar de víctimas: 156 muertos y 900 heridos . El historiador Joseph A. Page señala que La Nación, del 17 de Junio, reconoce 355 muertos y más de 600 heridos . Y el periodista Jorge Lozano, en una investigación para la revista Extra, sostiene que, en las inmediaciones de Plaza de Mayo, yacían más de dos mil muertos.   ¿Por qué oculta la tragedia, mi estimado Halperín? El bombardeo de una ciudad abierta, con ómnibus estallando en masas humanas despedazadas, en sangre y horror. Están las imágenes. Luis Gregorich, que no es peronista, las reprodujo en La República Perdida, pero lo que se le ha perdido a Halperín no es la república sino la masacre. Supongo que Victoria Ocampo habrá agradecido esta trapisonda histórica llevada a cabo por el “máximo historiador de la Argentina”, según afirma buena parte de la docencia universitaria. Ahora, uno humildemente pregunta: ¿éste es el criterio científico que la Historia Social pretende insuflar en los estudiantes? Admitamos, sin embargo, que podría no tratarse de una omisión interesada sino que, dado su antiperonismo, Halperín inconscientemente borró el hecho, más preocupado por el escenario dantesco de esa misma noche. Podría también aducirse que el fervor antiperonista se encontraba muy exaltado en 1960 y esto habría obnubilado la visión  penetrante del historiador, impidiéndole observar el espectáculo de horror que mostraba la plaza histórica. Pero, ocurre, que varios años después, Halperín publica La democracia de masas y allí, en la página 83, señala: El 16 de Junio -cinco días después de la desafiante procesión del Corpus- estallaba un alzamiento apoyado sobre todo por la marina de guerra. Luego de horas de combate en torno del edificio del Ministerio de Marina y de un bombardeo y ametrallamiento aéreo del centro de la capital por los revolucionarios, el gobierno pudo sofocar al reducido grupo de insurgentes: esa noche, tras una concentración convocada por la Confederación General del Trabajo cuando aún duraban las acciones aéreas, las iglesias del centro de Buenos Aires, fueron incendiadas; no resulta difícil comprender que, luego de ver caer a su lado a las víctimas del fuego rebelde (aquí aparecen las víctimas, aunque parece referirse a soldados muertos en combate) así, la espontánea cólera de una muchedumbre por otra parte raleada por la prudencia, no basta para explicar la uniforme eficacia que la operación mostró en todas partes.  A partir de aquí, dedica más de diez líneas al tema de los incendios de iglesias, de manera tal que los muertos -aparecidos tangencialmente- tampoco adquieren relevancia, ni la espantosa masacre alcanza a ser percibida por el lector. Cualquier análisis objetivo de este texto inevitablemente concluiría imputando al profesor Halperín una manipulación histórica dirigida a escamotear la gravísima responsabilidad de quienes masacraron por odio de clase, única explicación posible del asesinato en masa.  Pero todavía hay algo más grave en este libro de Halperín que llevaría a suponer una acción premeditada y sistemática por parte del historiador: también excluye de la historia argentina a los 7 muertos y 93 heridos , resultantes del atentado terrorista del 15 de Abril de 1953 y también, como en el caso anterior, se dedica a analizar los incendios nocturnos y las detenciones que devinieron a causa de esa tragedia: Perón es interrumpido por el estallido de varias bombas, la respuesta inmediata es el incendio oficioso de las sedes de los partidos opositores y del Jockey Club, a él siguen detenciones masivas de opositores seleccionados de modo algo errático: la de la señora Victoria Ocampo... Otra vez, Halperín nos oculta los muertos. Otra vez, el lector, el estudiante, el investigador quedan desinformados de que las bombas, colocadas por un grupo de radicales, provocaron muertes y heridas en militantes peronistas que  participaban del acto.  De nuevo Halperín nos informa acerca de los muros calcinados e incluso que doña Victoria Ocampo fue detenida (permaneció treinta días en la cárcel), suceso desgraciado y verdadero padecimiento para una exquisita intelectual como ella pero que -suponemos- ni Halperín ni nadie puede juzgar más importante que la muerte de varias personas.  De esto se concluye que la clase dominante puede reprimir sin vacilaciones mientras haya historiadores del tipo de Halperín, cuyo rigor histórico se aplicará a cualquier tema o suceso salvo cuando sean asesinados los hombres y mujeres del pueblo.  “Los muertos que vos matasteis” -se le podría señalar a la clase dominante- gozan de buena salud en los libros de Halperín. 

    

Respecto a sus trabajos sobre el peronismo (La democracia de masas y La larga agonía del peronismo) ya se ha destacado la perspectiva reaccionaria que prevalece a su análisis. Esta se quiebra insólitamente en el segundo de estos libros donde sostiene, al pasar, que el peronismo fue una revolución social y que ello sólo puede parecer discutible a quienes creían blasfemo dudar que revolución social -y aún revolución- hay una sola: bajo la égida del régimen peronista, todas las relaciones entre los grupos sociales se vieron súbitamente redefinidas y para advertirlo bastaba caminar las calles o subirse a un tranvía. Esta afirmación demuestra -por izquierda- el desconocimiento de Halperín respecto a los procesos de liberación nacional ocurridos en América Latina que quiebran la dependencia respecto al imperialismo, pero que -salvo en el caso cubano- no constituyen revoluciones sociales sino revoluciones nacionales o antiimperialistas producidas en el marco del capitalismo. Por otra parte, inmediatamente desvaloriza su propia calificación al sostener que esa sociedad no tenía modo de perdurar y que ya, hacia 1946/48, Perón sólo se había sumado con muy escaso entusiasmo... a la oleada reformadora y nacionalizadora.   Luego, en varios reportajes, insistirá en descalificar la experiencia peronista -es decir, descalificar esa Revolución Social- pues se realizó sobre bases muy endebles queriendo, construir una sociedad que tenía que durar medio siglo sobre una situación económica favorable que duró tres años

Estas reflexiones acerca del peronismo cierran su círculo cuando Halperín señala poco después: El menemismo es el peronismo que hubiera querido Perón. En el mismo reportaje, reivindica al General Justo y señala que el peronismo apenas modificó en algo lo que Justo había armado.  Halperín va aún más allá en su rol de portavoz de la clase dominante. Así, celebra el triunfo del neoliberalismo económico y brinda por su perennidad: En la medida en que eso (la economía peronista con gran participación del Estado) está siendo demolido, Canning se llamará eternamente Scalabrini Ortiz, pero merecería llamarse Canning.   Halperin como portavoz de la clase dominante -legitimándola con el prestigio que ella misma se ha encargado de construirle- se ratifica en diversos reportajes. En ellos, una y otra vez reaparece el desdén por las masas populares y sus representantes, la glorificación del mitrismo, el escepticismo y el mensaje de resignación ante el neoliberalismo económico y la dependencia, la perennidad del modelo y tantos otros mitos con los cuales la clase dominante intenta someter al resto de la sociedad reasegurando el orden, es decir, sus privilegios. Si Romero (p.) entendía a la historia como una guía para la acción, en Halperín el mensaje se transforma en guía para la resignación: Lo más alarmante es que las soluciones de Reagan o Tatcher no fueron exitosas pero, al parecer, su único mérito es que son las únicas posibles.  Un periodista le pregunta: ¿O sea que el liberalismo no es ni siquiera una elección ideológica?, a lo cual contesta: Simplemente, no hay alternativa.  Asimismo,  cuando se trata de la dependencia, no la niega -como procedía antes la clase dominante- sino que la reconoce pero rechaza toda posibilidad o conveniencia de quebrantarla: No es necesario explicar porqué no hablamos más de dependencia. No porque no crea que haya dependencia sino porque las recetas para escapar de la dependencia resultaron todas malas y quejarse de la dependencia es más o menos como quejarse del régimen de lluvias. De tal manera, los pobres deben convencerse de que siempre serán pobres y los argentinos que siempre seremos dominados. Porque, además, aunque cierta conciencia nacional es necesaria, considerando los usos que la idea de lo nacional tuvo en la Argentina, cuantos crímenes sirvió para justificar, no me parece una desgracia que en este momento se haya mandado a guardar. En la Argentina ha sido más cierto que en cualquier otro lado aquello que decía Samuel Johnson de que el patriotismo es la última excusa de una canalla. De este modo, Halperín es, a la nueva clase dominante, lo que Mitre y sus discípulos fueron a la vieja oligarquía: portavoz ideológico y constructor de un pasado histórico que legitima los intereses del privilegio presente y propende a resguardarlo para el futuro.   

sábado, 31 de julio de 2021

Antonio J. Pérez Amuchástegui (1921-1983): su interpretación del Congreso de Tucumán 1816

Por el Profesor Jbismarck

Antonio J. Pérez Amuchástegui (1921-1983), fue director entonces del Departamento de Historia de la Facultad de Filosofía de la UBA y responsable histórico de la obra.

El aparato de los Halperín Donghi, Romero y secuaces de la llamada historia social borraron su nombre de la historiografía argentina y es difícil encontrar hoy muchas referencia biográficas, incluso en la biblioteca de Alejandría que es la Internet.

Fue el liberalismo, detrás del mito del antagonismo entre Bolívar y San Martín, para desvirtuar el carácter verdaderamente continental de la empresa revolucionaria y, además, para desvirtuar la profunda amistad que unía a San Martín con Bolívar, tema que aclaró tan luminosamente el profesor Pérez Amuchástegui, que fue director del Departamento de Historia de esta Facultad, quien curiosamente también goza del olvido intencional de las actuales autoridades del Departamento de Historia de la Facultad y esta actitud impide que los estudiantes lean obras historiográficas de Pérez Amuchástegui en donde se revelan, con una gran precisión de datos y con una aguda visión histórica, algunos episodios del pasado argentino que son puestos a la luz a partir de una documentación fidedigna y de un trabajo sistemático. Y Pérez Amuchástegui no puede ser ubicado dentro de la fogosa tendencia revisionista, como diría el Sr. Halperin Donghi; y, sin embargo, es desconocido y es denigrado cuando se lo menciona. En una universidad no deberían existir autores malditos y autores permitidos. Tendrían que estar todos en igualdad de condiciones. 
El profesor Antonio Pérez Amuchástegui no pertenecía ni a la cofradía liberal masónica de la Academia de la Historia, ni al nacionalismo- clerical, ni formó parte del sistema de prestigio de la izquierda cipaya. Se enfrentó a la rosca profesoral de Halperín Donghi, Romero e Hilda Sábato, monopolizadores del saber histórico académico durante los últimos cuarenta años. Ello significó su expulsión del parnaso oficial dice Fernández Baraibar.

Escribio Pérez Amuchástegui : En 1968, en coincidencia con la publicación de Historia de la Nación Latinoamericana de Jorge Abelardo Ramos, este profesor de historia, ex cadete del Colegio Militar de la Nación, hijo de militares, casado con la hija de un militar, escribía en una publicación de amplia difusión comercial, la siguiente interpretación del 9 de Julio de 1816. Adentrarse en su lectura será explicación suficiente del silencio que hay alrededor de su autor. Y será también un homenaje a los que en la soledad y la indiferencia constituyeron una visión que hoy es conciencia política en millones de compatriotas de la Patria Grande, entre ellos el Papa Francisco.

Los congresales de Tucumán no eran argentinos. Eran americanos y el continente era la Patria cuya Independencia proclamaban al mundo entero.
Desde los días mismos de la Independencia ha existido una duplicidad de criterios respecto de los contenidos específicos de la solemne declaración de Tucumán. Para unos, el 9 de julio de 1816 se quiso proclamar la emancipación rioplatense; para otros, la intención fue continental.El mismo 9 de julio firmó Pueyrredón en Tucumán una circular a los pueblos por la que comunicaba la buena nueva, y de allí, seguramente, nace la confusión, pues dice:

“El soberano Congreso de estas Provincias Unidas del Río de la Plata ha declarado en esta fecha la independencia de esta parte de la América del Sur de la dominación de los Reyes de España y su Metrópoli, según la Augusta resolución que sigue:
El Tribunal Augusto de la Patria acaba de sancionar en Sesión de este día por aclamación plenísima de todos los Representantes de las Provincias y Pueblos Unidos de la América del Sud juntos en congreso, la independencia del País de la dominación de los Reyes de España y su Metrópoli. Se comunica a V.E.esta importante noticia para su conocimiento y satisfacción, y para que la circule y haga pública en todas las Provincias y Pueblos de la Unión. Congreso en Tucumán a nueve de julio de mil ochocientos del diez y seis años. Francisco Narciso de Laprida, Presidente. Mariano Boedo, Vicepresidente, José María Serrano, Diputado Secretario, Juan José Passo, Diputado Secretario.
Lo comunico a V.E. para que determine la solemne publicación y celebración de este dichoso acontecimiento, y circule sus órdenes al mismo efecto a todos los puelos y Autoridades de esa Provincia”.

A la vista de esta circular y del Acta, resulta que “el congreso de estas Provincias Unidas del Río de la Plata” declaró la Independencia de “las Provincias Unidas en Sudamérica”; yalgunos  de allí han inferido rápidamente que la expresión continental tuvo valor de mera referencia, sin otra implicación de tipo político. Es del caso analizar el problema a la luz de estos y otros testimonios. Toda acción humana es intencionada, y la historiografía aspira, precisamente, a mostrar la realidad ocurrida con las intencionalidades que le proveen su peculiar significación. 
El 26 de marzo de 1816 se iniciaron las sesiones del Congreso con la presencia de las dos terceras partes de los diputados electos. El litoral y la Banda Oriental no enviaron representantes y quedaron, así, marginados de las Provincias Unidas cuya soberanía asumió el Cuerpo.
Buen número de diputados presentes pertenecían a la Logia Lautaro, o simpatizaban con ella en los propósitos de auspiciar la unidad política continental, comforme a los ideales postulados por la Gran Reunión Americana. Por lo mismo, veían con honda desconfianza las pretensiones localistas que enarbolaban las banderas federales.
Este federalismo estaba muy lejos de la ortodoxia doctrinaria que a su hora fijaron Hamilton, Madison y Jay. Tal vez Artigas haya tenido una conciencia clara de los puntos de vista que correspondían al federalismo. Los demás, solo sabían por mentas que el régimen federal respetaba las autonomías locales, y entendían a su manera el significado de federación. Y nada tiene de raro que ello ocurriera en toda Hispanoamérica, cuyas instituciones tradicionales eran básicamente distintas de las norteamericanas. Allá las autonomías han tenido desde los comienzos de la colonización una significación concreta tanto en lo político como en lo económico, mientras que en el Río de la Plata esas autonomías representaban regímenes patriarcales que procuraban defender los intereses económicos internos de la voracidad hegemónica de Buenos Aires.
Ante la experiencia vivida, la Logia entendía que la unidad continental que auspiciaba solo podía lograrse a través de una centralización del poder político, y estimaba -conforme al criterio imperante en la época de la Restauración- que la solución más adecuada se lograría mediante una monarquía constitucional. La otra alternativa era una dictadura fuerte que impusiera el orden homologando intereses y obtuviera la paz interior necesaria para el desenvolvimiento nacional. La monocracia se consideraba indispensable para la unidad continental, pues entendían que la indiscriminada deliberación de los pueblos iba a engendrar secesión.
Conforme a ese criterio, es claro que la monarquía temperada” resultaba inmejorable, ya que el afán parlamentario de los federalistas podía tener su salida en la representatividad de las Cámaras, mientras se aseguraba la concentración de la fuerza militar y el poder político e, incluso, se evitaba todo resquemor de los soberanos europeos por el establecimiento de repúblicas.
Por esos motivos, el Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata extendió sus atribuciones para asumir la representatividad de las Provincias Unidas en Sudamérica. Quien recorra las páginas de El Redactor observará que de pronto, desde comienzos de julio de 1816, se eliminan las referencias a lo rioplatense y se comienza a ponderar lo sudamericano. Y el Acta de la Independencia, por supuesto, no está referida sólo al Río de la Plata, sino a todas las Provincias Unidas en Sudamérica.
No se trata, pues, de un accidente, ni de un error, ni de una simple referencia geográfica. El cambio de denominación -Sudamérica en vez de Río de la Plata- tiene su fundamentación en indudables propósitos de unidad continental. En el momento, esa aspiración política estaba respaldada por una concepción estratégica que apuntaba a asegurar la unidad continental mediante la fuerza militar. Ya el Director Supremo había aprobado, el 24 de junio, la célebre Memoria de Tomás Guido, en que mostraba las efectivas posibilidades de libertar a Chile y al Perú, y desde entonces la política directorial apuntó a consolidar la unidad sudamericana mediante la liberación de distritos oprimidos que pasarían a constituir con el Río de la Plata un solo cuerpo político. El Acta de la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica hacía posible que cualquier distrito continental, con sólo adherir a la declaración y enviar sus diputados al Congreso soberano, quedara de hecho y de derecho comprendido entre las provincias independizadas. Y fuera acreedor al apoyo económico y militar de sus hermanas, pues todas constituían el mismo Estado. La campaña militar que se preparaba tenía la intención, ya enunciada por los jacobinos de la primera hora, de extirpar del cuerpo nacional todo enemigo de la causa, mediante una guerra de conquista que asegurara la tranquilidad exterior necesaria para el ordenamiento interno.
La proyectada guerra contra el Brasil se trocaba ahora en acuerdos dinásticos que tendían a la unidad y a la pacificación; y en cambio se llevaba la acción bélica contra el irreconciliable enemigo que había abortado la Revolución en todo el resto de Hispanoamérica. Porque es del caso tener en cuenta que, el único lugar no reconquistado para el imperio hispánico era el Río de la Plata. Y de allí, forzosamente, tendría que salir la fuerza capaz de iniciar la liberación del continente y de promover la unidad política sudamericana que, simultáneamente reclamaba Bolívar desde Kingston, en su famosa Carta de Jamaica del 6 de septiembre de 1815. En esa misma línea intencional se halla la designación de Santa Rosa de Lima como patrona de la América del Sur, la aprobación de la bandera celeste y blanca como símbolo de independencia y soberanía sudamericanas, y el cambio de designación del jefe del Ejecutivo que comenzó a firmar documentos públicos como Director Supremo de las Provincias Unidas de Sud América. Y por eso mismo San Martín, en cumplimiento de la circular que ordenaba hacerla conocer “en todas las Provincias y Pueblos de la Unión” envió a Chile el Acta de la Independencia que Marcó del Pont hizo incinerar en acto solemne.
Con estos antecedentes, que suelen omitirse no siempre por olvido, resulta muy coherente el proyecto de restablecer la dinastía incaica en el restaurado imperio sudamericano e, incluso, las peligrosas tramitaciones ante la Corte lusitana para coronar un emperador de la América del Sur que invulara la sangre de Braganza con la de los Incas
La anacrónica posición de algunos historiadores como Halperín, Romero o la señora Sábato, que creen poco “patriótico” señalar la similitud de contenidos intencionales de la Declaración de julio y la Carta de Jamaica, ha pretendido minimizar la importancia de la corriente continentalista. 

San Martín; coincidía plenamente con su pensamiento, expresado de manera categórica al diputados mendocino Tomás Godoy Cruz en carta del 24 de mayo de 1816, donde a propósito de las advertencias que él haría al Congreso si fuera diputdo, decía: 1°) Los Americanos o Provincias Unidas no han tenido otro objeto en su Revolución que la emancipación del mando de fierro Español y pertenecer a una Nación”. La conjunción o denota allí indudablemente idea de equivalencia, e indica que para San Martín era indistinto decir Americanos que decir Provincias Unidas; y esos americanos querían pertenecer a una sola Nación. Lo mismo pensaba Manuel Belgrano cuando auspiciaba coronar al Inca en el imperio sudamericano que tendría por sede el Cuzco; lo mismo también Güemes, que recibió alborozado el proyecto; lo mismo Acevedo, Serrano, Sánchez de Bustamante y, en fin, la inmensa mayoría de los diputados que apoyaron las gestiones tendientes a establecer una monarquía continental.

lunes, 2 de mayo de 2016

Corrientes interpretativas de la Revolución de mayo de 1810


Por Cecilia González Espul, 
La revolución de Mayo de 1810 es uno de los fenómenos más complejos de nuestra historia, y por eso el más difícil de interpretar. Tan es así que ha dado origen a diversas y contrapuestas corrientes interpretativas. Según sea la que adoptemos será también cómo enfocaremos todo nuestro pasado y por ende nuestro presente.
En esta charla trataremos de clasificar las diferentes interpretaciones que a lo largo de nuestra historia y de acuerdo a las diversas posturas ideológicas se han dado sobre este hecho tan caro para nosotros, los argentinos, y que ha quedado registrado en nuestra memoria infantil a través de los actos escolares, con las imágenes del lluvioso día del cabildo abierto y el pueblo en la plaza de la Victoria con sus paraguas, pidiendo saber de qué se trata.
Pérez Amuchástegui, en Más allá de la Crónica, sintetiza los diferentes enfoques historiográficos sobre la Revolución de Mayo, de la siguiente manera:
1.- Los románticos de la Generación del 37 y sus epígonos: Sarmiento, Mitre, Vicente F. López, y la Generación del 80.
2.- Los liberales modernos. y
3.- Los revisionistas
La primera corriente historiográfica sobre el 25 de mayo fue la de los románticos de la Generación del 37, (Esteban Echeverría, Juan María Gutiérrez) que se caracterizaron por:
- impugnar la herencia hispánica,
- despreciar lo multitudinario y
- desconocer lo autóctono en sus valores prístinos (1).
Consideraban que el punto de partida de la nacionalidad argentina era el 25 de mayo de 1810, negando todo valor al pasado colonial. Según ellos el pensamiento de mayo rector de la argentinidad, convertido en dogma patriótico, consistía en:
 1.- obtener la independencia,
2.- organizar una nación soberana, democrática, basada en la libertad, igualdad y fraternidad y
3.- a través de un sistema republicano y representativo.
De Esteban Echeverría dice Amuchástegui: desarraigado de la tierra y de la tradición, culturalmente colonizado. (2)
Esta interpretación se retomó después de Caseros por Sarmiento, Mitre y Vicente Fidel López. Sostuvo que
1.-La revolución de Mayo fue consecuencia del pensamiento iluminista,
2.-fue popular,
3.- exaltó la acción de los jacobinos como únicos líderes: Moreno, Castelli,
4.- vio sólo una intención independentista a pesar del reconocimiento expreso de la soberanía real,
5.-vio en el Cabildo Abierto del 22 de mayo los gérmenes del régimen constitucional republicano, representativo y federal.
 La tradición de Mayo según Bartolomé Mitre tenía como programa:
la independencia, la libertad y la justicia. Se eclipsa en el año 20. Fue por los caudillos de aquella federación salvaje que viola las tradiciones de Mayo, atando sus caballos al pie de la pirámide erigida en honor de aquel día memorable. (...) Así como la revolución del 25 de Mayo fue origen de la independencia, de la democracia y la libertad; así la reacción de los caudillos fue el punto de partida de la guerra civil".
Luego del interregno de Rivadavia, el Mesías de libertad y justicia que retoma la tradición de mayo, se cayó en un segundo eclipse del partido de la libertad, fue en la época de Rosas. Dice:
"De un lado han estado Rosas, y los bárbaros y sanguinarios caudillos descendientes de Artigas, servidos por inteligencias prostituidas al oro o subyugadas por el miedo vergonzoso, que enseñaban al pueblo que la revolución de Mayo era una farsa, los revolucionarios de Mayo unos locos, y la tradición de mayo, indigna de equipararse con el Corán de la Santa Federación. Del otro lado estaban Lavalle, Paz, Lamadrid, Avellaneda, Castelli, Cramer, y tantos otros que han rendido noblemente su vida, fieles al dogma, a la bandera, a la tradición de Mayo."
Y por supuesto aunque lo expresa con una interrogación, la tradición de Mayo es retomada por los triunfadores de Caseros. (3) Está así claramente expuesta la tan remanida línea Mayo- Caseros.
 Los hombres de la Generación del 80 consideraron que el 25 de mayo fue el triunfo del pensamiento liberal y el origen de nuestra nacionalidad. Esta concepción fue impuesta en las escuelas como la historia oficial.
 Jaime Delgado, el historiador español, en su libro "La Independencia Hispanoamericana" coincide en la caracterización de esta interpretación, que no se dio solo en Argentina sino en toda Hispanoamérica. Nos dice:
"Como es sabido, la primera interpretación histórica de la Independencia de Hispanoamérica fue hecha por la historiografía decimonónica de inspiración liberal. Según ella, la América española había vivido sojuzgada por la opresión del gobierno metropolitano, aislada del resto del mundo, culturalmente atrasada y bajo el mando despótico y tiránico de la Corona y de la Iglesia. Tal esclavitud duró hasta 1810 en que el pueblo se dio a sí mismo la libertad, tras cruenta y triunfal lucha, mediante la revolución de la Independencia, realizada a imagen y semejanza y con el mismo significado que la revolución norteamericana y la Revolución francesa." Aunque sostiene tal interpretación ha sido totalmente desechada. (4)
 
En la segunda corriente interpretativa, la de los liberales modernos, Amuchástegui prefiere obviar los nombres. Estaría representada con los trabajos de la Academia Nacional de la Historia y de su director Ricardo Levene. En general sostuvieron que:

1.-las nuevas ideas de la ilustración y de la revolución francesa inspiraron las posturas criollas sobre la soberanía popular, descartando cualquier influencia de las doctrinas del padre Francisco Suárez.
2.- Fue un movimiento independentista, republicano, en el que estaba en germen el régimen representativo y federal.
 3.- La fórmula a nombre de Fernando VII fue solo un pretexto para lograr la adhesión de los tibios y pusilánimes, de ahí su apoyo a la teoría de la máscara de Fernando VII, que en el momento propicio se arrancaría para proclamar la independencia.
4.- Convicción de la continuidad Mayo- Caseros. Los constituyentes del 53 retomaron el pensamiento de mayo.
5.- España es considerada oscurantista medieval, atrasada con respecto a la ilustrada Europa.
La otra corriente historiográfica es la de los revisionistas que ateniéndose a los textos de las actas capitulares sostiene que:
1.- los movimientos de 1810 instalaron juntas provisionales de gobierno para preservar en cada lugar la soberanía de Fernando VII.
2.- No existía una postura independentista sino la más clara lealtad para con el rey y con España.
3.- La formación de juntas proviene de una larga tradición española y niegan por ende la influencia de los filósofos de la ilustración y de Rousseau.
4.- La teoría política que sirvió a la formación de las Juntas hispanoamericanas fue la del jesuita Francisco Suárez, (su doctrina establece que la soberanía, cuyo único detentador es Dios, ha sido depositada en el pueblo por El creado, y éste la delega en el rey) no la del liberalismo francés e inglés.
5.- Destacan la ausencia de las masas populares el 25 de mayo, y la frialdad de las provincias ante las ideas de los jacobinos porteños que quisieron volcar el movimiento a la independencia.
6.- La tesis de la máscara de Fernando VII es una burda invención de los liberales.
El primero que enunció tesis semejantes fue Juan Manuel de Rosas. En un discurso en el aniversario del 25 de mayo correspondiente a 1836, Rosas sostuvo que el movimiento de mayo había sido totalmente ajeno a las ideas liberales predominantes en Europa, y había carecido de toda intencionalidad separatista, simplemente se había llevado a cabo para evitar la anarquía que podría haberse producido por el despojo llevado a cabo por Napoleón.
Lejos de buscar la separación de la madre patria, los revolucionarios de 1810, habían querido fortalecer aún más los vínculos con los españoles,
"poniéndonos en disposición de auxiliarlos con el mejor éxito en su desgracia".
Tal actitud de fidelidad al rey fue calificada por Rosas de acto heroico, pero a raíz de la persecución por el gobierno español, cuando Fernando VII retorna al poder, nos declaramos independientes de España y toda dominación extranjera en 1816. (5)
 Federico Ibarguren, uno de los representantes del revisionismo histórico sostuvo esas mismas tesis:
 "Patriotismo, hispanismo, anti-jacobinismo, anti-bonapartismo, fidelidad al legítimo rey y, subsidiariamente, independencia de toda dominación forastera. Tal sería (...) el auténtico repertorio de temas que propagó la Revolución de Mayo en el Virreinato del Río de la Plata, al día siguiente de la caída del Virrey. Con respecto a considerar la Revolución de Mayo a favor de un sistema republicano representativo sostiene lo siguiente: La mayoría de los actores de la Revolución de Mayo profesaban ideas reformistas en cuanto a la transformación del sistema virreinal en América. Pero ninguno de ellos renegó en Buenos aires de la monarquía, forma de gobierno que les era tradicional a todos, ni se manifestó en público partidario de la implantación de una democracia en el Plata.

El cambio querido, a la sazón, por los revolucionarios criollos coincidía en forma notable con la aspiración de los liberales españoles de su tiempo. Vale decir: implantar la monarquía constitucional en lugar de la absoluta que ya entonces se juzgaba anacrónica y perjudicial al desarrollo de los pueblos hispánicos (afrancesadas sin remedio sus clases dirigentes, como lo estaban, por el liberalismo dieciochesco cuyo pontífice institucional era Montesquieu)". (6)

Roberto Marfany en "El Cabildo de Mayo" va a sostener que la Revolución de Mayo no fue propiamente revolucionaria, porque no estaba dirigida contra la monarquía, sino que estuvo desde el vamos en la línea del gran levantamiento español de 1808 contra el invasor francés y el rey intruso José Bonaparte.
 Los argumentos del Cabildo Abierto del 22 de mayo, a cargo de Castelli y Paso estaban tomados del viejo derecho hispano y no de Rousseau ni Montesquieu, y carecieron de real contenido revolucionario.
 La independencia de los pueblos hispanoamericanos presentábase como un hecho consumado casi inmediato, consecuencia de la, al parecer, derrota definitiva metropolitana en marzo de 1810. La independencia no fue buscada por los dirigentes criollos de Buenos Aires, antibonapartistas declarados los mas, que solo pretendía defenderse con un gobierno propio de emergencia, legalmente dependiente de Fernando VII, y no mediante el separatismo total, lírico, que los dejaría a merced del enemigo francés y del no menos ambicioso rival lusitano.
 Pérez Amuchástegui en Más allá de la crónica, critica esta línea interpretativa al considerar que no puede negarse todo propósito separatista en los revolucionarios de mayo basándose exclusivamente en la lectura de las actas capitulares.

"La intencionalidad no surge, por cierto, de documentos comprometidos por eventos circunstanciales."(...) "Entre los gestores de los movimientos hispanoamericanos - uno de los cuales fue la revolución del 25 de mayo- había sin duda alguna, tendencias conservadoras y radicales, que iban desde el afán independentista hasta la sincera adhesión al rey, y desde el mantenimiento de la monarquía hasta la instalación de un régimen republicano y popular." (7)

Otro historiador que podríamos incluir dentro de la corriente del revisionismo histórico, es Enrique de Gandía, que en su libro "Orígenes desconocidos del 25 de mayo de 1810" sostiene tesis muy similares, y otras no tanto pero que nos muestran las contradicciones en que cayeron los actores de ese momento. Y en las que cae también, a mi entender, De Gandía. Sostiene lo siguiente:

1.- rechaza la existencia de ideas de independencia o separatistas. La creación de una junta era para el autogobierno, pero reconociendo la autoridad de Fernando VII y no para la creación de un nuevo estado.

2.- Hubo dos posturas: liberal y demócrata versus absolutista o contraria al poder del común. En la primera ubica al Cabildo, al alcalde de 1er. voto y comerciante monopolista Martín de Álzaga, a su aliado y amigo en la asonada del 1º de enero de 1809, Mariano Moreno.

En la misma se intentó crear una junta popular de gobierno, con dos representantes por cada Cabildo del interior, bajo la hegemonía de Buenos Aires, siendo el pueblo la fuente del poder.

En la segunda postura ubica a la Audiencia, al virrey Santiago de Liniers, a Saavedra, que con su regimiento de Patricios evitó su caída en enero de 1809, partidarios del derecho divino de los reyes, a quienes el pueblo debe obedecer ciegamente. Aceptarían el cambio de dinastía, con tal de conservar sus puestos. (Es contradictorio colocar a Saavedra con su voto en el Cabildo del 22 de mayo, quien sostuvo que es el pueblo el que confiere la autoridad y mando.)

3.- los fundadores de nuestra nacionalidad siguieron en sus ideas políticas a pensadores españoles ilustrados como Jovellanos. (8) Niega la influencia de las ideas de la revolución francesa. El espíritu jurídico y político del 25 de Mayo se remonta a agosto de 1806 cuando el pueblo depuso al Virrey Sobremonte y sigue la más pura tradición española. Fue Benito González Rivadavia, padre de Bernardino, quien justificó el hecho, basándose en las leyes de las partidas de Alfonso el sabio. Sostuvo que el pueblo podía tomar las medidas que creyese conveniente para su defensa, en momentos en que corría riesgo inminente su conservación. Buenos Aires estaba a punto de ser invadida por segunda vez por los ingleses.

4.- No existió la imaginaria división de criollos y españoles. La ciudad estaba dividida en bandos de ideas y no de razas.

5.-Álzaga, según De Gandía, no sería sólo representante de los comerciantes españoles monopolistas. Defensor del Cabildo cordobés y de los Funes y demás criollos de la ciudad, estaba más unido a los criollos que a los españoles. Quería instalar en Buenos Aires una junta de gobierno democrática y liberal como las de España.

6.- Liniers, pésimo general, amigo de los anglófilos, sospechoso de ser partidario de Napoleón. Enemigo de los Cabildos. Saavedra, Goyeneche y otros militares eran igualmente enemigos del sistema de juntas.

Es una contradicción más, difícil de entender. La interpretación más aceptada es sostener que Saavedra, defensor del derecho local y popular, de los criollos o mancebos de la tierra, apoyó a Liniers en contra de Álzaga para evitar la creación de una junta en manos de los godos. Caeríamos entonces en considerar como una causa de la Revolución la división tajante de dos bandos rivales: criollos y españoles, cuando no fue así. Pío Tristán y Goyeneche, dos jefes realistas, eran criollos.

El filósofo Alberto Buela en su artículo "Historiadores, historia y memoria nacional" distingue cuatro grandes corrientes historiográficas: la liberal u oficial, la revisionista o rosista, la liberal de izquierda o escolar, equiparable a los liberales modernos de Amuchástegui, y la izquierda nacional o sincretista. Con respecto al revisionismo sostiene que:
 "...como corriente historiográfica nace con el trabajo de Ernesto Quesada, La época de Rosas (1898) que es cuando por primera vez se denunció la necesidad de superar el método lineal-positivista de la historiografía liberal. Tanto Bilbao como Saldías tienen un propósito reivindicatorio, pero su método histórico es liberal, pues "ninguno de los dos consiguió desaferrarse de la sujeción estricta a la letra escrita", en cambio Quesada establece la diferencia metodológica entre la explicación liberal-positivista y la comprensión historicista. De modo que el aporte de la corriente revisionista no se agota en lo reivindicatorio sino que se extiende a lo metodológico". (9)
 Por ello atenerse sólo a las actas capitulares para interpretar el 25 de mayo no permite una comprensión profunda del fenómeno, como bien lo explica Amuchástegui.
 Nos queda entonces por analizar las dos últimas.
 La liberal de izquierda o escolar cuyos representantes máximos son José Luis Romero y Tulio Halperin Dongui, y continuada por Luis Alberto Romero, de marcada influencia en los nuevos libros para la enseñanza media. Buela nos dice sobre ella:

tiene su fluorit después del golpe de Estado de 1955 que derroca a Perón. Sus principales mentores se caracterizan por su marcado antiperonismo. Sus análisis históricos están signados por una diarquía de origen, pues aplican categorías marxistas pero entendidas sub specie política liberal. (10)

Y la de la izquierda nacional o sincretista, porque sigue la tradición liberal, aggiornada con elementos del revisionismo, y que se volcó al peronismo. Sus representantes más conspicuos son Rodolfo Puiggros y Jorge Abelardo Ramos.

José Luis Romero, en la más pura tradición liberal sostiene que hubo un enfrentamiento entre criollos y peninsulares. Para los criollos

"había llegado la ocasión de alcanzar la independencia política, y con ese fin constituyeron una sociedad secreta Manuel Belgrano, Nicolás Rodríguez Peña, Juan José Paso, Hipólito Vieytes, Juan José Castelli, Agustín Donado y muchos que, como ellos, habían aprendido en los autores franceses el catecismo de la libertad." (11)

Vemos entonces dos de los principios básicos de la interpretación liberal: la idea de la independencia, y la influencia de las ideas de la revolución francesa. Otra consideración, cara a una interpretación marxista, es sobre el régimen económico y la rivalidad entre comerciantes monopolistas españoles, proclives al proteccionismo y los hacendados criollos a favor del libre cambio.

Dentro de la corriente de la izquierda nacional, Jorge Abelardo Ramos desarrolla su tesis sobre la Revolución de Mayo "Las masas y las lanzas (1819-1862)". Retoma una interpretación de corte liberal, iniciada por José León Suárez, quien a comienzos del siglo XX, sostuvo que existía una comunidad de ideales entre los revolucionarios criollos y los liberales españoles, opuestos ambos al absolutismo.

Ramos viene a sostener que había dos Españas. La España negra de la reacción feudal encarnada por Fernando VII, el rey felón, desleal y ultramontano, y la España revolucionaria defensora del liberalismo borbónico de Carlos III y IV. Carlos III, representante del despotismo ilustrado intentó introducir el espíritu de la modernidad en España, a través de sus grandes ministros, el conde de Aranda, Floridablanca, Campomanes, jefes de la masonería española. Los obstáculos a la difusión de las ideas liberales, las más avanzadas de la época, fueron la Iglesia y los nobles. Ramos tiene una interpretación ambivalente: la masonería y el liberalismo de la burguesía moderna cumplieron una función revolucionaria y progresista, al principio. Luego la masonería cae en nuestros días bajo el control del imperialismo y la burguesía se convierte en reaccionaria.

Es un prejuicio de origen marxista contra la edad media y el feudalismo el caracterizar a la España negra encarnada en Fernando VII, un rey absolutista, como una reacción feudal.

Ramos considera al levantamiento nacional del 2 de mayo de 1808 contra el invasor francés como una de las más heroicas páginas de la historia moderna, y que de este levantamiento arranca la existencia histórica de los americanos del sur. Dice así:

"El pueblo en armas reproducía a su manera la revolución francesa y se plegaba con un instinto profundo al siglo XIX.". (12)

Por lo tanto sostiene Abelardo Ramos:

"El levantamiento revolucionario en toda América no fue sino la prolongación en el Nuevo mundo de la conmoción nacional de la vieja España que pugnaba por remozarse. Nuestra Revolución de Mayo, que adquiere casi simultáneamente un carácter continental, no fue un levantamiento contra España. ¡Dos Españas había y luchamos con una de ellas contra la otra! No fue para desasirnos de España que Mayo nació sino para liberarnos juntos del yugo absolutista. Americanos y españoles combatieron mezclados en los dos campos. (...) El regreso de Fernando VII y la derrota de la revolución ibérica fueron nuestra derrota. La victoria fernandina acarreó a España un siglo y medio de frustración del que aún no se ha repuesto y nos lanzó a la independencia, para no capitular ante la reacción absolutista." (13)

Observamos que toma algunos de los postulados revisionistas como el de sostener que no fue un levantamiento contra España. Y que americanos y españoles combatieron mezclados en los dos campos. En cuanto a considerar el levantamiento español del 2 de mayo, como el de reproducir a su manera la revolución francesa, retoma la corriente liberal. El pueblo se levanta contra Napoleón en defensa de la patria, el rey y la religión. No tienen nada que ver, sino todo lo contrario, las ideas liberales ni la revolución francesa. La minoría ilustrada afrancesada, la jerarquía de la Iglesia, la alta nobleza, los mandos superiores del ejército, no participaron de ese levantamiento.

Ramos va a sostener que los hombres de Mayo se hicieron revolucionarios en las fraguas españolas, y que leyeron los autores de la ilustración en traducciones españolas. Rodolfo Puiggros en cambio sostiene en su libro "La época de Mariano Moreno", que las fuentes ideológicas de la revolución de mayo deben buscarse solamente en los enciclopedistas franceses y en los revolucionarios de 1789. (14) Ambos coinciden en exaltar la figura de Mariano Moreno como el númen de la Revolución. No así la de Cornelio Saavedra. Dice:

"La caída de Moreno por obra de los liberal-conservadores se adaptará perfectamente a las necesidades de la burguesía comercial porteña pro-británica." Y más adelante: Al caer Moreno, comienza la crisis monetaria...Ya en el primer Triunvirato, cuyo inspirador es su secretario Rivadavia, heredero político del saavedrismo, se permitirá el ingreso al país del carbón europeo. (15)

Esta postura anti saavedrista, la vimos ya en De Gandía.

José María Rosa dice sobre Saavedra:

Heredero del prestigio de Liniers... como éste, no atinaría a madurarlo en auténtica jefatura. Se quedó con la apariencia del poder, porque le faltó imaginación para conducirse y conciencia de su lugar y su hora. La noche del 25 debió meterse a la Junta en un puño y reducir a los abogados a una función de asesores; si lo hubiera hecho, la revolución habría mantenido, tal vez, el calor popular del primer día. (...) Envanecido por las exterioridades del poder, Saavedra dejaría que otros le birlasen el gobierno.

Y con respecto a Moreno, tan ensalzado por los historiadores liberales como por los liberales de izquierda, sostiene Rosa:

Moreno -que se hizo de la Revolución- no era hombre de multitudes, ni siquiera como Castelli o como Paso de la pequeña multitud de una peña de café. Antes de 1810 vivía retraído en su bufete, y lo siguió estando en su despacho de la Fortaleza. Era un intelectual, del tipo de quienes tratan de amoldar la realidad a los libros (...) Un político de biblioteca, y más de un solo autor o corriente de ideas, es la forma más cruel y deshumanizada del revolucionario". (16)

Sostiene además que Moreno fue colocado como secretario de la Junta por influencia de comerciantes ingleses.

Vemos entonces como también en la valoración de Saavedra y Moreno se enfrentan las diferentes corrientes historiográficas.

Ramos, al contrario de la historiografía liberal, y más afín con el revisionismo destacará que la Revolución de Mayo formó parte de un proceso iberoamericano, fue uno de los movimientos que se produjeron en toda la América española.

Norberto Galasso, desde el peronismo de izquierda, considera la interpretación revisionista, como una concepción reaccionaria que simpatiza con la época colonial, cuyos miembros provienen de la clase alta. Pero se basa mas que nada en Hugo Wast. Coincidiendo con Ramos sostiene que la revolución de mayo fue una revolución democrática dirigida contra el absolutismo,...los antagonistas en 1810 no son americanos pro-británicos contra españoles, sino españoles, criollos y mestizos, que componen la mayoría de la población, influidos por las banderas democráticas desplegadas en Francia (1789) y España (1808), quienes embisten contra el funcionariado virreinal y sus protegidos (nobles, monopolistas, alto clero), defensores de los principios absolutistas. (17) Es guerra civil, inicialmente no separatista sino democrática. Fernando VII expresaba en ese momento a las fuerzas democráticas que se levantaron contra la invasión francesa y el absolutismo. Por eso las Juntas tanto en España como en América asumieron el poder en nombre del rey cautivo.

Galasso, sin embargo, cae en la interpretación liberal igual que Ramos, al considerar determinante la influencia de las ideas de la Revolución francesa.

Como conclusión y a manera de síntesis trataremos de dar una explicación de este magno acontecimiento tomando como punto de partida los estudios del historiador español Jaime Delgado.

Dice el autor que los hechos ocurridos en España: la invasión napoleónica y la crisis monárquica que produjo, la reacción absolutista de Fernando VII y la revolución liberal de 1820, tuvieron una esencial misión americana y unas repercusiones directísimas en el proceso histórico emancipador. No podía ser de otra manera, pues no en balde la España europea y los territorios americanos constituían una unidad espiritual y política, y también fueron españoles, aunque españoles-americanos, quienes protagonizaron la separación de América de la Corona hispana. (18) Recalca la similitud entre los procesos históricos español e hispanoamericano.

Por ello para entender qué se produjo el 25 de mayo de 1810, debemos comprender primero qué ocurría en España. Los hechos son por todos conocidos. Hubo españoles afrancesados que apoyaron a José Bonaparte, "Pepe Botella", que eran en realidad una minoría. La masa del pueblo, en cambio, se levantó el 2 de mayo de 1808 contra el francés invasor, contra los gabachos como los siguen llamando, iniciando la heroica guerra de la independencia.

En esa histórica jornada que se inició al grito de "Vivan las cadenas" murieron 409 españoles entre los cuales hubo cinco americanos, 1500 fueron fusilados por los franceses al día siguiente. Murieron por Dios, la Patria y el Rey, que sería después emblema del carlismo. Pero el rey Fernando VII, llamado "El Deseado", se convirtió en el más canalla, bellaco, ruin y miserable de todos los monarcas que en España han sido, según expresión de Fernando Díaz Villanueva (19), cuando regresó al trono.

Se crearon, ante la situación del rey cautivo, juntas de gobierno en toda España para luchar contra el vil invasor ansioso de la rapiña y el botín. Se denominaban, siguiendo la antigua tradición medieval de los fueros, Juntas Provinciales Supremas de Armamento y Defensa, cada una de las cuales se hizo depositaria de la soberanía local a nombre del rey. (20) Las que poco tiempo después, delegaron sus poderes soberanos en la Junta Central de Sevilla, que el 6 de junio declaró la guerra a Napoleón.

Una proclama a los españoles de las autoridades de Granada es un ejemplo del sentido de la lucha y del rechazo a los franceses y al Príncipe francés. Dice así:

"... las duras leyes ya trazadas para trastornar vuestra religión, saquear vuestras iglesias, escandalizar vuestra piedad, pervertir vuestras costumbres, despoblar vuestras provincias, y hacer de vuestros padres, de vuestros hijos y hermanos, murallas de carne contra las Potencias del Norte y del Oriente, para poner nuevos laureles sobre las sienes de Napoleón, del enemigo de la humanidad, del que pospone a su gloria la felicidad y la sangre de sus pueblos, y de aquellos que se le someten. (...)

"Ea españoles; a las armas; sed fieles a Dios, al Rey y a la Patria(...) el Dios de los exércitos está a vuestro favor; clamadle confiados, y veréis a las águilas francesas caer a vuestros pies, confundido el orgullo que las exalta: decid todos a una voz, VIVA FERNANDO VII, y mueran los franceses; y sea la señal del combate::: SAN FERNANDO CONTRA ELLOS." (21)

La cuestión es que para lograrlo buscaron la alianza con el enemigo histórico, Inglaterra, en guerra contra Napoleón. En el convenio Apodaca-Canning del 14 de enero de 1809 la Junta tuvo que otorgar facilidades al comercio con Inglaterra.

Los reinos o provincias americanas también expresaron su repudio al invasor francés y a Napoleón. Juraron fidelidad a Fernando VII y quedaron de hecho y de derecho sometidas a la Junta Central. Pero también tenían derecho a reasumir la soberanía y crear juntas como en España, y a estar representadas en la Junta Central y en las Cortes Generales.

La creación de una junta de gobierno no significaba la independencia ni la creación de un nuevo Estado, la fidelidad al rey Fernando VII no estaba en duda. Si el rey legítimo estaba preso, América podía gobernarse como lo hacía España, con juntas en cada ciudad autónoma. Expresa Jaime Delgado:

Tanto en España como en América, las Juntas encarnan y encauzan la repulsa de la comunidad contra la agresión napoleónica, que implicaba la destrucción de los dos pilares básicos de la conciencia hispanoamericana: la Iglesia Católica y la Monarquía." (22)
 
La Junta Central de Sevilla tuvo en cuenta a las provincias americanas y declaró que las mismas eran reinos en igualdad de condiciones que los peninsulares.

Se retoma por lo tanto la posición de los Austrias, que partía de la existencia de un pacto monárquico, donde hay obligaciones recíprocas entre el rey y los vasallos, los reinos están representados en las cortes, las provincias americanas son reinos no colonias. América es patrimonio del rey no de España.

Con los Borbones en cambio se establece un absolutismo monárquico, Carlos III representante del déspota ilustrado. Se debe obediencia incondicional al rey, los vasallos pasan a ser súbditos. Los reinos de Indias pasan a ser considerados colonias, territorios que sólo existían para beneficio económico de la metrópoli. El concepto de estado patrimonial fue reemplazado por el concepto moderno de Estado nacional y unitario.

La Junta de Sevilla retoma la tradición de los Austrias. Sin embargo la igualdad política entre la metrópoli y las provincias no se verificó porque en la Junta los reinos peninsulares estaban representados por 26 diputados y los americanos por sólo nueve, y en las Cortes, España 250 diputados y América 30.

Para Jaime Delgado

la creación del Consejo de Regencia y la reunión de las Cortes fueron expresiones ambas de la fundamental tendencia a la unidad (...) que muestra hasta qué punto había calado en la conciencia de los españoles europeos la obra del reformismo carlotercista en su empeño de sustituir el viejo concepto patrimonial del Estado por el moderno de un Estado nacional unitario. Pero en América se opuso viva resistencia a este cambio, (...) y triunfó la antigua idea patrimonial y se rechazó la pretensión unificadora de la Junta Central, primero, y después, de la Regencia y de las Cortes de Cádiz. Allí triunfó entonces el viejo criterio divisor de reinos iguales, pero separados entre sí y sólo unidos en la persona del monarca, y al faltar éste, las distintas comunidades populares que esos reinos representaban optaron por resolver el problema constitucional mediante nuevos pactos sociales con el monarca, y en tanto éste recobraba el trono, conservando sus derechos a través de las Juntas, que por eso se apellidaron conservadoras de los derechos de Fernando VII. (23)

Esta diferente concepción política de los americanos frente a los peninsulares los predispuso a la separación, la que se vio aumentada por incomprensión de los organismos de gobierno españoles. Los liberales españoles no comprendieron ni a los tradicionalistas americanos que siguieron las doctrinas tradicionales en la erección de las Juntas ni a los liberales americanos, que procedían del liberalismo español, y compartían los ideales de los constitucionalistas de Cádiz. ...los liberales americanos acusaron de inconsecuencia a los liberales españoles y afirmaron que éstos sólo eran liberales para cuanto se refería a los problemas internos de la España peninsular, pero olvidaban su ideario en cuanto dirigían su mirada a los reinos de América. (24)

Esta aseveración vendría a refutar la idea de que liberales españoles y liberales americanos estaban tan de acuerdo como sostiene Ramos.

Cuando se estableció el Consejo de Regencia, luego de caída Sevilla en poder de los franceses, en América hubo quienes reconocieron al Consejo de Regencia: Nueva España, América Central y Perú. Y las Juntas de América del Sur, de Caracas a Buenos Aires, que lo desconocieron, por considerarlo ilegal y en el que no tenían representación los americanos, y según José María Rosa, formado y controlado por Inglaterra (25).

Los primeros recibieron el nombre de realistas, y los segundos de patriotas. Fue así que se inició la guerra civil que llevó finalmente a la emancipación, guerra entre realistas y patriotas, y no entre españoles y criollos, pues tanto unos como otros participaron en los dos bandos.

El retorno de Fernando VII al trono y su reacción absolutista e intransigencia favoreció la separación política de América. Lo que coincide con la interpretación que dio Juan Manuel de Rosas en su discurso con motivo de la celebración del 25 de mayo en 1836.

Notas:

(1) Pérez Amuchástegui, A.J: "La revolución de Mayo y la historiografía", p. LIII, en Crónica Argentina, Bs.As., Ed. Códex, 1979
(2) Pérez Amuchástegui, A.J.: "La sociedad argentina. Génesis del Estado Argentino",Bs.As., La ley, 1973, pág.216
(3) Los Debates, 26 y 27 de mayo de 1957, en Biblioteca Ayacucho: Proyecto y construcción de una Nación. Selección, prólogo y cronología de Tulio Halperin Donghi, pág.170, Caracas, 1980.
(4) Delgado, Jaime: "La Independencia hispanoamericana". Colección Nuevo Mundo. Instituto de Cultura hispánica. Madrid 1960. Pág.38
(5) A.J. Pérez Amuchástegui: La sociedad Argentina. Génesis del Estado Argentino, págs. 219 y 220.
(6) Federico Ibarguren: "Así fue Mayo" (1810-1814), Bs.As., Ediciones Teoría, 1956, pág. 61
(7) Pérez Amuchástegui, A.: Más allá de la Crónica, pág LV y LVI
(8) También debe tenerse presente a Benito Feijó y su teatro como gran difusor de las ideas de la ilustración en España y América. Cfr. Alberto Buela: "Pensamiento de ruptura" Despliegue del pensamiento americano, Bs.As., Ed.Teoría, 2008.
(9) Buela, Alberto: "Historiadores, historia y memoria nacional en Argentina" en Revista del Inst.de Investigaciones históricas Juan Manuel de Rosas Nº44,julio-septiembre 1996, pág.34
(10) ibm. Pág.35
(11) Romero, José Luis: "Breve historia de la Argentina"Bs.As. Ed. Huemul, 3º edición, 1979, págs. 56/57.
(12) Ramos, Jorge Abelardo: "Las masas y las lanzas" (1810-1862) Bs.As., Hyspamérica, 1986, p.23
(13) Ramos, Jorge Abelardo: ibdm., p.24 y 25.
(14) Puiggros, Rodolfo: "La época de Mariano Moreno", Bs.As., ED.Partenón, 1949, págs.17/18.
(15) Ramos, Jorge Abelardo: "Las masas y las lanzas" (1810-1862) Bs.As., Hyspamérica, p.31/32
(16) Rosa, José María: Historia Argentina, tomo Bs.As., Ed. Granda, 1965, págs. 199 a 201.
(17) Galasso, Norberto: La revolución de Mayo y Mariano Moreno, Bs.As., Centro cultural E.S.Discépolo, 1999, pág.11/12.
(18) Delgado, Jaime: La independencia hispanoamericana, pág. 105/106.
(19) Aguinaga, Enrique de: Gesta del Pueblo español, Altar Mayor, Nº 123, septiembre-octubre 2008, pp.1179
(20) Pérez Amuchástegui, A.J.: "Más allá de la crónica" El Juntismo, en Crónica Argentina, Tomo I, p.XLIII, Bs.As., Ed.Códex, 1972
(21) Mayo Documental: Tomo I, Universidad de Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, 1962, p.198.
(22) Delgado, Jaime: op.cit. pág. 107
(23) Delgado, Jaime: op.cit. pág. 107/108