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sábado, 8 de diciembre de 2018

Juan Bautista Túpac Amaru, el ocultado

Por Alberto J. Lapolla
Entre los varios hechos que oculta la historia oficial argentina -una de las más mentidas del planeta- la propuesta de la restitución de la Monarquía Inca efectuada por el General Manuel Belgrano en el Congreso de Tucumán, el 6 de Julio de 1816 y aprobada por el mismo el 31 de julio del mismo año, es en general tratado como un disparate, una boutade del Gran General. A diferencia de otros aspectos de nuestra historia que permiten diferenciar claramente a liberales probritánicos de revisionistas prohispánicos, el caso del proyecto de la monarquía constitucional encabezada por un Rey Inca, constituye un escándalo para ambas corrientes en general. Todos descalifican la intención expresa de Don Manuel de devolver el poder americano a los dueños originarios y legítimos del mismo: los indios americanos y a la cultura mas importante producida en Sud América hasta hoy; los Incas, los constructores del Incario. El caso más nítido se produce con quien sería el mayor divulgador del proyecto, Don Bartolomé Mitre, quien explica minuciosamente en su Historia de Belgrano las razones y profundas convicciones que alentaban la idea en nuestros próceres. ‘Pero la monarquía incásica era todavía algo más que un ideal: era un modo convencional, y según el consenso universal, el único modelo humano digno de admirarse y de imitarse como lo es racionalmente hoy la democracia americana(..)”    Los Incas” de Marmontel, habían generalizado en el mundo que el imperio del Cuzco era la realización del sueño de la edad de oro, el asilo de la inocencia primitiva, el tipo ideal de civilización humana, y los conquistadores europeos eran los bárbaros que la habían ahogado en sangre, y este era el libro del vulgo de los lectores.   La “Historia de la Filosofía” de Raynal, haciendo la exposición aparentemente científica de sus leyes, sus costumbres y su organización política deducía de ellas reglas fundamentales para el gobierno eterno de las sociedades, y este era el libro de los sabios de la época. No es extraño que Belgrano participara de las ideas y de los sentimientos convencionales de sus contemporáneos.(..) El proyecto de restauración de la antigua monarquía de los Incas, como coronación de la revolución americana, fue promovido por Belgrano y acogido por el Congreso de Tucumán. 
Resultado de imagen para Juan Bautista de América Era una idea que estaba en la cabeza de muchos pensadores y tenía su razón de ser, sino en los hechos, por lo menos en la imaginación, que a veces gobierna a los pueblos más que el juicio. Entrañaba empero un plan político, que tenía su filiación histórica, y que encontraba eco así en las poblaciones indígenas, como en las ideas que en aquella época circulaban respecto de la identidad de causa entre los antiguos ocupantes del suelo y los nuevos revolucionarios hijos de la tierra. La revolución americana, radical en sus propósitos y orgánicamente democrática por la índole misma de los pueblos, fue no sólo una insurrección de las colonias hispanoamericanas contra su metrópoli sino principalmente de la raza criolla contra la raza española.(..) En sus proclamas en sus boletines, en sus bandos, en sus manifiestos, en los artículos de su prensa periódica, en sus cánticos guerreros, los patriotas de aquella época invocaban con entusiasmo los manes de Manco Cápac, de Moctezuma, de Guatimozín, de Atahualpa, de Siripo, de Lautaro, de Caupolicán y de Rengo, como a los padres y protectores de la raza americana. Los Incas, especialmente, constituían entonces la mitología de la revolución.   Su Olimpo había reemplazado al de la antigua Grecia: su sol simbólico, era el sagrado de Prometeo, generador de patriotismo. Manco Cápac, el Júpiter americano que fulminaba los rayos de la revolución y Mama Ocllo, la Minerva indígena que brotaba de la cabeza del padre del nuevo Mundo fulgurante de majestad y gloria.(..)     En 1816, en medio del polvo del combate y el delirio sagrado de la lucha a muerte entre dos razas, no es de extrañar que el ideal fuese la continuación o la renovación del antiguo imperio del Cuzco.’  Pese a este despliegue argumental y erudito explicando el alto valor de la propuesta de Belgrano, Mitre agrega: ‘A este plan es imposible concederle sentido práctico, ni siquiera sentido común, ni aun en su tiempo; extravagante en la forma e irrealizable en los medios, concebido sobre falsas ideas, con más inocencia que penetración política y con tanto patriotismo como falta de sentido práctico,(..)   El Congreso había perdido la noción de la realidad, en cuanto a límites y vivía en una región poco menos que fantástica, puramente fantasmágorica, respecto a la unidad territorial que representaba en teoría, hacía más vagas sus fronteras, al intentar fundir un vasto imperio sudamericano en el hecho de designar al Cuzco como capital.’ 17 Mitre abandona su rol de historiador para entrar al de ideólogo de la oligarquía porteña vencedora de la larga guerra civil iniciada en 1810 y en la cual Belgrano era uno de los derrotados por el partido de Mitre.   Se exaspera, pierde la línea, apela a su racismo habitual, habla de ‘monarquía en ojotas’, ‘este es un rey de patas sucias’ para terminar denostando al General Belgrano de la manera más ruin: ‘Era una risa homérica cuyos ecos llegaban hasta Tucumán. El nombre de Belgrano, el más puro de todos, quedó tiznado.’  Mitre no puede disimular su odio contra esta propuesta americanista y popular, que intentaba quebrar el control hegemónico de Buenos Aires, eliminando su rol balcanizador sobre la unidad continental. Rol en el que el mismo Mitre jugó un papel determinante al servicio de los imperios británico y brasileño.
Si la historia la escriben los que ganan, eso… Cosas parecidas dirán Paul Groussac, Ricardo Levenne y Vicente Fidel López. Pero no menos escribirán los revisionistas Ibarguren, Irazusta, Palacio y ni que hablar de Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría). Sólo Don Pepe Rosa verá con agrado la idea. Y es que una cosa es mirar la historia desde otra perspectiva de la construcción burguesa -fuera esta probritánica o proespañola o incluso independiente ‘pero sin los salvajes’ al estilo norteamericano como proponían el ‘demócrata’ Sarmiento o el nacionalista Palacio- y una muy distinta es mirarla desde la perspectiva de las masas oprimidas y desear que esas masas ocupen el poder en forma igualitaria como propusieron Moreno, Castelli, Belgrano Artigas y Güemes.   Como muy bien dice Eduardo Astesano fundador de la corriente historiográfica de la izquierda nacional: ‘La historiografía liberal argentina se fue fijando en sus trabajos, por imperio de los hechos políticos que le dieron vida, un límite territorial reducido: reconstruir el pasado de la nación Argentina. A su vez el revisionismo, acentuó el contenido unitario americanista del hispanismo, defendiendo el nacionalismo español en su enfrentamiento a los portugueses e ingleses. Esta saludable polémica histórica se ha venido desarrollando estrictamente dentro de los límites de la Cultura Occidental, considerando al Imperio Incaico como precivilizado. Otro panorama mental encontramos en el Perú, Bolivia y, a veces en el Norte argentino. Allí la presencia de la numerosa población indígena, más la fuerte tradición de la cultura incaica, superior en la época de la conquista a la europea que trajeron los españoles -revitalizada posteriormente por las misiones Jesuíticas- constituyen la base para una revisión indigenista que rectifique algunos de los acontecimientos pasados. El continentalismo español había sido precedido por un continentalismo quichua, que debía necesariamente pesar en el nacimiento de la nueva nación americana planteado en 1780 y en 1810.’   De allí que a Don Manuel le cayeran críticas por igual de liberales y revisionistas, acusándolo de ‘iluso’, de ‘poco serio’, de ‘propuesta disparatada’, de ‘monárquico’. De ‘conspiración de generales’ lo llamó la prensa probritánica porteña capitaneada por Manuel de Sarratea usando la pluma mercenaria de Pazos Silva -en realidad Pazos Kanki, un escriba a sueldo de los intereses porteños – dado que los involucrados en la idea eran los Generales Belgrano, San Martín y don Martín Miguel de Güemes.  El mismo ex secretario de don Manuel en el ejército del Norte, Tomás Manuel de Anchorena lo acusará de monárquico cuando Belgrano proponga la monarquía Inca, pero aceptará de muy buen grado -como el resto de los directoriales porteños- la propuesta de coronar al príncipe De Luca o a algún miembro de la familia real española. Posición que alentaba desde Londres el espantado don Bernardino, desconsolado ante la perspectiva de tener ‘un rey de la casta de los chocolates’ un ‘cuico’2
Nosotros ‘somos gente decente’  La historia oficial esconde que el Congreso aprobó esta medida ‘por aclamación’, pero por mayoría simple y no por los dos tercios necesarios, debido al fuerte boicot de los diputados porteños que no podían concebir ‘tamaño disparate: ¿Un Indio en el trono? Finalmente Buenos Aires logrará destruir el proyecto trayendo el Congreso a Buenos Aires, cambiando la voluntad de algunos diputados y reemplazando a los que no querían mudar de opinión. Tomás Manuel de Anchorena no deja dudas sobre como cayó el planteo de Belgrano sobre los hombres de Buenos Aires y qué pensaba la ‘gente decente’ al respecto. ‘Los diputados pues,… estaban en la creencia de que si juzgaban conveniente al fijar la suerte del país al proclamar y establecer una monarquía constitucional… podían hacerlo en cumplimiento de su deber.(..) Por esto fue que habiéndose llamado al General Belgrano a la sala de sesiones, para que informase cual era el juicio que él había traslucido en su viaje a Europa y tuviesen formados los gabinetes europeos sobre la clase de forma de gobierno que más conviniera los nuevos estados de América, contestó que estaban, a su vez decididos por la forma monárquica constitucional. Y habiéndole respuesto que con respecto a nosotros, ¿en quién creía él que a juicio de esos mismos gobiernos podríamos fijarnos?, contestó que a su juicio particular debíamos proclamar la monarquía de un vástago del Inca que sabía existía en el Cuzco…. Al oír esto los diputados de Buenos Aires y algunos otros nos quedamos atónitos por lo ridículo y extravagante de la idea, pero viendo que el general insistía en ella, sin embargo de varias observaciones que se le hicieron de pronto, aunque con medida, porque vimos brillar el contento en los diputados cuicos del Alto Perú, en los de su país asistentes a la barra y también en otros representantes de las provincias, tuvimos por entonces que callar y disimular el sumo desprecio con que mirábamos tal pensamiento, quedando al mismo tiempo admirados de que hubiese salido de boca del Gral. Belgrano. El resultado de esto fue que al instante se entusiasmó la cuicada y una multitud considerable de provincianos congresales y no congresales. Pero, con tal calor, que los diputados de Buenos Aires tuvimos que manifestarnos tocados de igual entusiasmo por evitar una dislocación general en toda la república’.  Anchorena ‘aclara que no le molesta la idea de la monarquía constitucional, pero sí en cambio que se pusiese “la mira en un monarca de la casta de los chocolates, cuya persona si existía, probablemente tendríamos que sacarla borracha y cubierta de andrajos de alguna chichería para colocarla en el elevado trono de un monarca’.    El Plan Inca aporta a una nueva línea fundante de un nuevo revisionismo, el de mirar a la historia americana desde la perspectiva de las masas indias, es decir de los pueblos masacrados, esclavizados y sojuzgados por el imperio español. Esta línea debía necesariamente hacer partir la emancipación americana desde la gran rebelión de Túpac Amaru. Así lo reseña Astesano y lo señalan nuestros próceres liminares en particular Castelli, Moreno y Belgrano, quienes ven en la gran revolución del Inca descuartizado, en los cien mil indios sublevados asesinados por los ‘civilizados’ españoles, el origen de nuestra gesta liberadora y no en las invasiones inglesas, como pretende el liberalismo probritánico de Rivadavia, Mitre, Sarmiento y Vicente Fidel López; pero también el nacionalismo hispánico de Palacio, Irazusta o Ibarguren. Los propios españoles tenían claro de qué se trataba y de cuándo había comenzado todo: la policía política imperial llamaba a nuestros revolucionarios de 1810-25 los tupamaros, no dejando dudas respecto de cuando España comenzó a temer la pérdida de sus colonias. Plantear la historia desde los indios es un hecho fuertemente, subversivo. Es plantear la historia desde los malditos, desde el abajo. Desde los más pobres, los mayoritarios, la plebe más plebe. Para una historia que se basa en la ‘gente decente’, al decir de los rivadavianos, directoriales, unitarios y liberales, ellos son lo maldito. Serán la chusma, los salvajes, los infieles, la negrada, los cabecitas, los grasitas, los descamisados, los negros de mierda, los piqueteros. Mirar desde allí y darle el lugar del componente mayoritario y principal de nuestro pueblo y de nuestra historia -en 1816 en Buenos Aires no había más de 60.000 habitantes. Desde Córdoba a Lima habitaban 2.5 millones de americanos, claro que mayoritariamente indios. También es negar la ‘superioridad’ europea, fuera ella hispana o franco-británica. Es negar la razón de los genocidios fundantes a través del slogan exterminador de ‘civilización o barbarie’. No por casualidad la línea que terminará difundiéndose de esta corriente francamente revolucionaria, no será la de Astesano, sino la de Abelardo Ramos, que más allá de sus grandes aportes a la historia hispanoamericana terminará reivindicando a Roca como fundador del estado nacional, negando o justificando el genocidio araucano y pampa. Astesano profundizando lo señalado por José Carlos Mariátegui, ubicará al indio como el eje central de la emancipación y al socialismo del Incario como base de una nueva sociedad en América. Así lo habían pensado nuestros próceres que soñaban en una revolución popular, india gaucha, mestiza y negra. Con el pueblo que había, no con otro traído de Europa. Si la revolución debía liberar y democratizar la vida de las masas, en primer lugar debía ser la de las masas indias, negras y mestizas. Ese era el pensamiento liminar de Moreno, de Castelli, de Belgrano, de San Martín, de Monteagudo, de Güemes y de Artigas. De allí que ellos sean los grandes derrotados de la emancipación americana, hecho por supuesto negado por la historia mitrista. De allí nuestra revolución inconclusa, vaciada de contenido, transformada en una nueva dominación imperial, primero Británica y luego norteamericana. Causa y efecto de la fragmentación de la nación hispanoamericana. 
Juan Bautista Túpac Amaru  ‘Parecía tener por objeto propiciar la candidatura al fantástico trono de un descendiente de José Gabriel Túpac Amaru, que con el mismo nombre hacía treinta y cuatro años yacía cautivo en las mazmorras españolas.(..) Este candidato vino a Buenos Aires en 1822 a la edad de 80 años, después de 40 años de cautiverio, donde por orden del Gobierno que le señaló una pensión, escribió una relación de sus padecimientos bajo el título “El dilatado cautiverio bajo el gobierno español de Juan Bautista Túpac Amaru, 5º nieto del último emperador del Perú.’ 18 La propuesta de Belgrano no era ociosa. En Ceuta -el África colonial española- estaba preso desde hacía casi cuarenta años el hermano menor del gran Condorcanqui, el único sobreviviente de la destrozada familia tupamara: Don Juan Bautista Túpac Amaru. Un anciano ya. Juan Bautista estaba al tanto de los avatares de la causa americana, hacía unos años había caído a su prisión africana su tocayo, nuestro héroe Don Juan Bautista Azopardo -preso de los españoles desde 1810, cuando la derrota en el primer combate naval en San Nicolás-. Azopardo alegró el corazón del anciano Inca llevándole noticias de la nueva revolución que sacudía el continente y se inspiraba en la iniciada por su hermano 30 años antes. El marino maltés tuvo más suerte: cuando estalló la revolución de Riego en 1820 y los liberales españoles tomaron el poder, decidieron que ningún preso político americano podía seguir en prisión y fue liberado volviendo a luchar a nuestro país. La excepción fue para don Juan Bautista Túpac Amaru que siguió en prisión porque si bien era un preso político, era… indio y hermano de José Gabriel. Se cumplía la profecía que el otro candidato Inca al trono de Belgrano, había estampado en las cortes españolas allá por diciembre de 1810, señalando las limitaciones de los liberales españoles: ‘ningún pueblo puede ser libre si oprime a otro pueblo’, les estampó Don Dionisio Inca Yupanqui, fundando la teoría política moderna sin saberlo. Juan Bautista llegará a Buenos Aires recién en 1822 no podrá volver al Cuzco ni a sus montañas sagradas. Morirá en Buenos Aires en 1827 y está sepultado en una tumba sin nombre, ni identificación en el cementerio de la Recoleta de Buenos Aires….
El plan de los Generales: Belgrano, San martín y Güemes  La propuesta de Belgrano era la propuesta estratégica de la Logia Lautaro luego de la derrota de Napoleón en Waterloo que dificultaba las opciones republicanas y salía al encuentro de la sublevación general de masas en armas que había encendido la Revolución Americana en el continente. La propuesta del Rey Inca encierra la idea de la nación continental que Mayo había alumbrado en el Plan Revolucionario de Moreno, que Castelli intentó con su marcha al Norte. Retomado luego por la Logia Lautaro en la Revolución de octubre de 1812 -San Martín, Guido, Manuel Moreno, Monteagudo- que depuso al contrarrevolucionario Primer Triunvirato. El Plan Continental es la piedra angular de la estrategia sanmartiniana y de su estrecha alianza con Belgrano, Güemes y O’ Higgins. El Plan se inscribe en el tono sudamericano de la Declaración de la Independencia que fue hecha a nombre de las ‘Provincias Unidas en Sud América’ y no ‘del Río de la Plata’ como tergiversará el mitrismo. (El mismo Director Supremo, fue designado Director Supremo de las Provincias Unidas en Sud América. No sólo Pueyrredón, el corrupto Rondeau también sufrirá esa designación.) El Plan de Belgrano, San Martín y Güemes está en perfecta sintonía con la Carta de Jamaica de Simón Bolívar de setiembre de 1815. No otro era el pensamiento que Miranda -preso en Cádiz- insistía en los mensajes a sus discípulos, en particular a su más querido O´Higgins, por entonces en Mendoza con el Libertador. El Precursor también insistía en la necesidad perentoria de declarar la independencia. En julio de 1816 el único territorio en América no reconquistado por España era el de la Provincias Unidas del Río de la Plata. Tucumán -lejos de Buenos Aires y más cerca del Cuzco- era el lugar donde en 1812 Belgrano había salvado la Revolución. Era lógico entonces que todo intento libertador Continental partiera de allí. Como hecho estratégico el plan del Rey Inca, permitía sublevar e incorporar a la revolución a las grandes masas del Perú y del Alto Perú -2.5 millones de personas versus el ‘desierto argentino’- demoliendo al poder español en su bastión peruano. También permitía incorporar a la nación artiguista que bajo la bandera de la federación y la república ocupaba ya la mitad del territorio de las Provincias Unidas. Por eso la Monarquía Inca propuesta era constitucional, con una cámara vitalicia de Caciques y otra de diputados electos. La propuesta del Rey Inca debía ser bien tomada por las masas indias guaraníes y charrúas que componían la mayoría de las tropas artiguistas y que estaban emparentadas desde tiempos inmemoriales con el Incario, cuya esencia solidaria habían revivido bajo los jesuitas en las misiones. La cuestión de Rey Inca resolvía también de un solo golpe el problema de todos los problemas que cargaría de manera insoluble la Revolución Americana: la distribución igualitaria y democrática de la tierra.   Pese a la opinión de Anchorena y la feroz oposición de Sarratea y el partido británico -que sería el vencedor- la idea caló hondo en el terreno concreto donde se jugaba la Revolución: el Norte argentino y el Alto Perú. El 9 de julio, Belgrano ya reasumido como jefe del Ejército del Norte por expreso pedido de San Martín, presidió en San Miguel el acto popular de celebración de la declaración de la independencia y dejó muy en claro qué se jugaba allí y que su planteo nada tenía de ilusorio. ‘Un pueblo innumerable concurrió en estos días a las inmensas llanuras de San Miguel. Más de cinco mil milicianos de la provincia se presentaron a caballo armados de lanza, sable y algunos con fusiles, todos con las armas originarias del país, lazos y boleadoras.(..) Todo se desarrolló con un orden y una disciplina que no me esperaba. Después que el gobernador de la provincia dio por terminada la ceremonia, el general Belgrano tomó la palabra y arengó al pueblo con mucha vehemencia prometiéndole el establecimiento de un gran imperio en la América meridional, gobernado por los descendientes de (que todavía existen en el Cuzco) de la familia imperial de los incas. (..) Los indios están como electrizados con este nuevo proyecto y se juntan en grupos bajo la bandera del sol. Están armándose y se cree que pronto se formará un ejército en el alto Perú de Quito a Potosí, Lima y Cuzco. Doña Inés Azurduy y Padilla, una hermosa señora de ventiséis años, que manda un grupo de mil cuatrocientos indios en la comarca de Chuquisaca, ganó el mes pasado una victoria sobre los realistas, tomando una bandera y cuatrocientos prisioneros.’   El General Güemes a cargo de cuidar la frontera Norte, que soportó y venció nueve invasiones realistas, que estaba al mando por orden de San Martín pese a la oposición de Rondeau y los directoriales, fue más claro aún. El 6 de agosto de 1816 expidió una proclama a los pueblos del Perú para incitarlos a la rebelión: ‘No lo dudéis un instante, guerreros peruanos. Los pueblos están armados en masa y enérgicamente dispuestos a contener los ambiciosos amagos de la tiranía. Si estos son los sentimientos generales que nos animan, con cuanta más razón lo serán cuando restablecida la dinastía de los Incas, veamos sentado en el trono y antigua Corte al legítimo sucesor de la corona.’ Juan Martín de Pueyrredón Director Supremo de las Provincias Unidas en Sud América a pesar de ya haber traicionado a Artigas y entregado la Banda Oriental a los portugueses, todavía en marzo de 1817 decía: ‘Yo deseo un soberano para nuestro Estado, pero lo quiero capaz de corresponder a la honra que recibió en mandarnos; es decir quiero alguno más grande que don Juan (rey de Portugal.AJL), y lo quiero para sólo nosotros.9 Para no dejar dudas respecto de la opinión del estado mayor de la revolución y la emancipación americana en ese glorioso año 1816, el General San Martín desde Cuyo -preparando el ejército libertador argentino-chileno- decía: ‘Yo le digo a Laprida lo admirable que me parece el plan de un Inca a la cabeza, las ventajas son geométricas, pero por la patria les suplico no nos metan en una regencia de personas (..) He visto el juicio que usted pasa al Cabildo sobre la dinastía de los Incas, todos los juiciosos entran en el tema(..) La masa general está por la afirmativa de las razones de usted.’ Mostrando que la propuesta en principio fue bien vista por todos los delegados y que el General no tenía un pelo de tonto, el mismo Belgrano afirmaba: ‘Yo hablé, me exalté, lloré e hice llorar a todos al considerar la situación infeliz del país. Les hablé de monarquía constitucional con la representación de los incas: todos aceptaron la idea’ No dejando dudas sobre su carácter de reparación indígena la declaración de la independencia de las Provincias Unidas en Sud América del 9 de julio de 1816 fue publicada simultáneamente en tres idiomas: Castellano, Quechua y Aymará. Hasta hubo una versión en la escritura jeroglífica de los pueblos de Tihuanako.   El Plan pensaba en la gran nación americana, la Patria Grande. Dicha nación tenía como sustrato esencial y aglutinante de la americanidad, los 1000 años del Incario. Una nación organizada en base a un socialismo de estado con propiedad estatal de la tierra, el agua, las simientes, las herramientas, los recursos y los productos. Estado que se extendió durante esos mil años entre Panamá y Mendoza abarcando el grueso de Sud América y constituyendo la mayor cultura extendida por el continente y base real de la idea de una sola nación americana. Mucho más aun, si se considera que dicha cultura fue la más justa conocida hasta hoy en la humanidad. La única que sació el hambre de todos sus miembros, destinando su organización social para atender a los ancianos, los huérfanos, las viudas y los inválidos. La única basada en la solidaridad y la propiedad común que permitió el florecimiento de una cultura que desconocía el hambre y la necesidad, que distiribuía sus recursos entre todos sus habitantes en función de sus necesidades. Cultura infinitamente superior a la precapitalista y esclavista, -luego capitalista y esclavista- que trajeron los españoles, portugueses e ingleses a América, esclavizando y exterminando a las nueve décimas partes de la población originaria. El mayor genocidio que conoce la historia.  Sobre los mil años del Incario y su extensión territorial continental construyeron nuestros próceres fundantes la idea de la gran nación americana. Una nación extendida desde México hasta el Cabo de Hornos, tal cual soñara Miranda. En particular una nación que abarcara casi toda Sud América con capital en el Cuzco, como planteó Belgrano en Tucumán. Porque la otra parte de la propuesta de Don Manuel que la tornaba insoportable para Buenos Aires, consistía en que dicha nación -que incluía las actuales Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay, podían adherir también Venezuela y Colombia- tendría por capital a la ciudad sagrada de los Incas: el Cuzco. Casi la misma propuesta de Moreno en su Plan Revolucionario. La misma de Castelli antes de marchar a Lima y ser derrotado en Huaqui por la traición saavedrista. La que propondrá San Martín desde Lima en 1822, cuando envíe infructuosamente a Antonio Gutiérrez de La Fuente a negociar con Buenos Aires, luego de entrar victorioso en el Perú. La misma propuesta que hará Simón Bolívar cuando culmine la obra iniciada por Don José. Toda América sabe que fue Rivadavia -es decir el jefe del partido probritánico porteño; el Cavallo de entonces- quien saboteó a San Martín primero y a Bolívar después, impidiendo que la América española fuera una sola nación. Es hora que los argentinos lo sepamos y lo asumamos.   Algo quedó sin embargo de tamaña epopeya y sueño tan maravilloso: el escudo nacional y nuestra bandera exhiben orgullosas -aunque lo desconozcan la mayoría de los argentinos y argentinas- el Sol de los Incas, el sol de Túpac Amaru, el sol de Manco Cápac.
Tal vez todavía puedan ser ciertas las coplas escritas en las paredes de Oruro y de la Audiencia de Charcas, cuando la rebelión del Gran Túpac, nuestro padre fúndante, en 1780:
Ya en Cuzco con empeño
quieren sacudir, y es ley,
el yugo de ajeno rey
y reponer al que es dueño.
El general Inca viva,
jurémosle por rey
porque es muy justo y de ley
que lo que es suyo reciba
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sábado, 26 de mayo de 2018

Congreso de Tucumán: Las dificultades de la Patria. Sus congresales.

Por Carlos Pistelli

Al inaugurarse el Congreso el 24 de marzo de 1816, las Provincias Unidas eran un berenjenal de conflictos; un quilombo de la san madre.

  Artigas en Purificación, amenazado por los portugueses, mandando sobre la Provincia Oriental, Corrientes, las Misiones y Entre Ríos; Gaspar de Francia separado con Paraguay; Rondeau vs Güemes y los españoles bajando. El Congreso tucumano, mediando en todo, y sin resolver entre José Moldes o Pueyrredón; San Martín en Cuyo; Díaz con Córdoba y La Rioja; Santa Fe dividida y en guerra; Buenos Aires sacudida; Belgrano y su ilustre porte poniendo los puntos sobres las íes..
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  El Congreso fue convocado a instancias del Director Interino Ignacio Álvarez Thomas, precisamente para declarar la independencia, que duda cabe. Se eligió Tucumán, como recompensa al patriotismo de sus fieles luchadores, como el lugar central de la República, y como punto equidistante de Buenos Aires, pa’ que Artigas convergiera de una puta vez hacia una Unión “Nacional”.

  Los diputados electos que inauguraron las sesiones fueron 33. Un número bastante masónico. Se sorteó la Presidencia de las deliberaciones, uno por mes. Al sanjuanino Laprida, le tocaba presidir, el mes de julio.
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Los Congresales. 

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  • Por Buenos Aires:Tomás Manuel de Anchorena (nacido en 1783), doctor en leyes de Chuquisaca, miembro de una familia muy importante, ligada a don Juan Manuel de Rosas, participó en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo de 1810. Secretario de Belgrano en la Campaña al Norte de 1812-1813. Sus hermanos Nicolás y Juan José cumplieron su rol en el rosismo. Él también. Era uno de los exponentes principales del Congreso.
    José Darragueira (1771), nacido circunstancialmente en Perú, vivió en Buenos Aires, donde estudió en el Real Colegio San Carlos, actual Colegio Nacional, como Anchorena. Se recibió de doctor en leyes en Chuquisaca. Participó activamente en la Semana de Mayo, cumpliendo rol como jurista. Vinculado al grupo ‘morenista’ y luego unitario, tendría duros debates con los diputados provinciales ‘federalistas’. Fue asesor de Pueyrredón hasta su temprana muerte en mayo de 1817.
    Esteban Gascón (Oruro, 1764), otro que estudia en el San Carlos, colega de Castelli, y doctor en Leyes en Charcas. Participa en la Revolución altoperuana de 1809, liberado por Castelli de la cárcel en 1811. Participa en la batalla de Salta, y se vincula a la Logia Lautaro en el grupo adicto a Pueyrredón, tenaz artiguista.
    Pedro Medrano (Isla Gorriti, frente a Punta del Este, 1769), estudió en el Colegio Monserrat de Córdoba, y se doctoró en Leyes en el Alto Perú. Participó del Cabildo del 22, y tiene distintos puestos públicos. Terminó sus días como diputado rosista.
    Cayetano Rodríguez (San Pedro, 1761), cura y profesor de las órdenes franciscanas, amén de poeta. Vinculado a Mariano Moreno, primer director de la Biblioteca Pública, confrontó con Rivadavia por sus leyes de reforma religiosa.
    Antonio Sáenz (Buenos Aires, 1780), otro egresado del San Carlos, bachiller en Leyes en Chuquisaca, donde tomó las órdenes religiosas. Participó del Cabildo del 22, fue colega de don Bernardo de Monteagudo, se le acusa de haber matado al obispo Lué, con quien le unían viejas querellas. Presidente del Congreso tras su traslado a Bs. As., vinculado a Rivadavia, fue promotor de la Universidad porteña.
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  Juan José Passo (1758), nacido en Buenos Aires, el taimado y patriota Jota Jota fue actor principal de cuanto congreso se realizó en aquellos años. Estudió en el colegio Monserrat, donde entabló amistad con Castelli, recibiéndose de doctor en Leyes en la casa de estudios cordobesa, como Gaspar Rodríguez de Francia. Profesor del San Carlos, amigo del rector Chorroarín. Salvador del debate del Cabildo del 22, no concurre con su voto con el resto de la representación patriota. Así y todo, fue electo Secretario de la Junta. Tuvo papel preponderante en esos años, miembro de los Triunviratos. Al tener conocimiento de una Logia llamada Lautaro, Passo, o al menos sus hermanos, intentaron hacer una asonada para desprenderse de una logia a la que interpretaban como proinglesa. Electo congresal, Passo tiene el honor de leer para su juramento, el Acta de la Independencia. Seguirá jodiendo, jeh, fiel a su personalidad, muchos años más.

paso
Guiño de Passo.
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  • Por Catamarca:.
    Manuel Acevedo (Salta, 1770), cura y abogado egresado del Colegio Monserrat. Realizó carrera eclesiástica, y elegido al Congreso de Tucumán, donde abogó por la Monarquía Incaica, y presidente del Congreso en Bs. As. Cumplió rol político preponderante en Catamarca. Luego sería congresal en 1824,
    José Colombres (Tucumán, 1778), cura y doctor en leyes de la Universidad de Córdoba, adalid de la instalación de ingenios en su provincia. Por prestar servicios en Catamarca, fue electo diputado. Corriendo el tiempo, participaría de la Coalición del Norte.
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  • Por Córdoba:.
    José Antonio Cabrera (Córdoba, 1768), descendiente del fundador de Córdoba, y sobrino del Deán Funes, licenciado en jurisprudencia en la Universidad de su Ciudad. Tiene el honor de haber participado en los dos congresos independentistas. Vinculado al grupo federal del Congreso, del cual era su líder ‘parlamentario’, y vinculado a los federales de su provincia, se negó al traslado del Congreso a Bs. As. y fue expulsado.
    Eduardo Pérez Bulnes (Córdoba, 1785), egresado del Colegio Monserrat. Su hermano es Juan Pablo, caudillo artiguista. A diferencia de su hermano, que se mantuvo federal, don Eduardo penduló desde su enfrentamiento al grupo logista en Tucumán, defensor de Díaz contra el levantamiento de Juan Pablo, primero bustista y luego junto a Paz, congresal cordobés en 1826 pero liado al grupo rivadaviano.
    Miguel Calixto Del Corro, (Córdoba 1775) egresado del Colegio Monserrat, doctor en teología, rector de su Universidad, el cura Del Corro fue pieza fundamental en su pcia. Fue electo al Congreso en reemplazo del Deán Funes y fue enviado para conciliar términos con los artiguistas. Rodeó a Artigas largo tiempo. No firmó el acta independentista, y fue expulsado del Congreso. Tuvo alguna actuación posterior junto al ‘Manco’ Paz.
    Jerónimo Salguero Cabrera y Cabrera (Córdoba, 1774), egresado del Colegio Monserrat, doctor en jurisprudencia, miembro del equipo del Gobernador federal José Javier Díaz. Salguero prefirió ir a Buenos Aires. Luego sería colaborador de Bustos y compañero de bancadas de Dorrego en el Congreso de 1826.
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  • Por Charcas:  (la provincia de Charcas se refiere al actual departamento de Chuquisaca, en donde se encuentra Sucre, la actual capital legislativa de Bolivia, y la famosa Universidad donde egresaron varios de los patriotas mencionados).
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    José Severo Malabia (Charcas, 1787), Doctor en jurisprudencia de su ciudad, participa de la Revolución de 1809, junto a su colega y amigo Bernardo de Monteagudo. Personaje, que a la par de don Bernardo, era rápido para el entrevero dialéctico, polémico y complicado. Difamó a Montes, otro trigo limpio, y fue fervoroso partidario de la Monarquía Incaica. Pasó el resto de sus días de aquí pa’ya haciendo de las suyas,
    Mariano Sánchez de Loria (Chuquisaca, 1774), doctor en jurisprudencia en su ciudad, y luego clérigo. Apoyó la Revolución de 1809 y la instalación del monarca inca en Tucumán.
    Mariano Serrano (Potosí, 1788), Redactor del Acta de la Independencia. Fue la figura principal del Congreso según los historiadores. Partidario de la monarquía, pero no de la incaica, arrastrando viejos recelos. Abogado y partícipe de la Revolución de 1809, y luego hombre de Pueyrredón. Finalmente participó de la vida política altoperuana, firmante y presidente del congreso independentista boliviano. Raro privilegio el del mocito Serrano.
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  • Por Chichas: (provincia del sur boliviano, cuya capital era Tupiza, reclamada por los argentinos largos años)
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    José Andrés Pacheco de Melo (Salta, 1779), cura y amigo de Martín Güemes. A él le debe haber sido electo.
    Juan José Fernández Campero, Marquez de Yavi o del Valle del Toxo (Javi, actual pcia. de Jujuy, 1777), uno de los prohombres de la Guerra Gaucha, primo de Güemes y otros capitanes de la guerra, como los Pérez Uriondo. Es de los pocos con títulos nobiliarios al servicio patriótico. No llegó a participar del Congreso, estando en combate, donde fue tomado prisionero, torturado y enviado a Lima. Falleció entre los tantos traslados, quebrantada su salud. San Martín, Belgrano y Güemes pidieron por él, pero los realistas hicieron oídos sordos.
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  • Por Jujuy:.
    Teodoro Sánchez de Bustamante (Jujuy, 1778), doctor en leyes en Chuquisaca, participó de la Revolución de 1809. Como jujeño realizó una sorda oposición a Güemes, quien igualmente lo hizo elegir diputado. Perteneció a la bancada ‘belgraniana’, del cual fue estrecho colaborador.
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  • Por La Rioja:.
    Pedro Castro Barros (Chuquis, La Rioja, 1777), Chusquis es una pequeña población riojana que tiene el honor de tener a su hijo ilustre como nacido en sus tierras. Doctor en Teología en Córdoba, donde es cura. Miembro de la Asamblea del Año XIII, es elegido al Congreso. Tuvo actuación política posterior como principal consejero de Facundo Quiroga, a pesar de estar vinculado a los unitarios de las provincias. Rector de la Universidad de Córdoba, opuesto a las reformas rivadavianas, expulsado del país por orden de López y Rozas. Se dice que no se caracterizaba por la prudencia.
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  • Por Mendoza:
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    Tomás Godoy Cruz (Mendoza, 1791), se graduó de Bachiller en Leyes y Filosofía en Chile. Fue el hombre de San Martín en el Congreso. En 1820 será Gobernador Provincial.
    Juan Agustín Maza (Mendoza, 1784), docto en Derecho Civil en Chile. Se dice que era republicano, y combatió en el bando federal, donde encontró la muerte traicioneramente por indios que respondían a los Pincheira.
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  • Por Mizque:  (ubicada en las cercanías de Cochabamba, era una ciudad importante en su tiempo)
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    Pedro Ignacio Rivera (Mizque 1753) El “veterano” del Congreso. Abogado en 1793 en Chuquisaca, participa en la Revolución de 1809, de la que dejó unas memorias. Proclamó en el Congreso por los auxilios al Alto Perú, por la Independencia y por la erección de una Monarquía Temperada, bajo la dinastía inca.
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  • Por Salta:.
    Mariano Boedo (Salta, 1782), Abogado en Chuquisaca, es amigo de Mariano Moreno. Se vinculó a Pueyrredón y luego a Güemes, quien lo hace elegir diputado. Venía de familia de alcurnia, y cumplió cierto papel en la política.
    José Ignacio Gorriti (Jujuy, 1770), notable exponente de la ciudad de Jujuy, como sus dos hermanos, el “Lancero” de Güemes ‘Pachi’ y el cura unitario Juan Ignacio, reacio a don Martín, hombres de la Guerra por la Independencia y la Guerra Gaucha. José tuvo destacada actuación junto a Güemes y en el propio Congreso, en los debates políticos; Tras renunciar para seguir las luchas independentistas, será tres veces gobernador de Salta, del bando más bien unitario. Fue doctor en el Derecho Canónigo.
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 José Moldes (Salta, 1785), era hijo de uno de los tipos más ricos de Sudamérica. Eso le dio un status para desenvolverse en la política. Moldes fue uno de los pilares revolucionarios de Salta y América y, como fugaz intendente de Mendoza, precursor de la bandera azul y blanca. Tenía un carácter brioso que le terminaba jugando en contra, altanero dada su posición social. En España luchó contra los franceses en compañía de otro salteño importante como Gurruchaga. Anduvo en las tertulias para la conformación de una Logia Independendista con Pueyrredón. Peleó en la batalla de Tucumán, pero debió ser separado del mando de tropa por el rechazo que generaba. Fue el candidato de Güemes y los cordobeses a Director Supremo. Pero no pudo participar del Congreso separado del mismo (no llegó a actuar) por los grupos que reconocían el liderazgo de Buenos Aires.

Moldes
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  • Por San Juan:.
    Fray Justo Santa María de Oro, (San Juan, 1772), sacerdote domínico al que se lo presenta como crítico de la monarquía elegida por los congresales. Impulsó la declaración independendista pero era adversario de la preponderancia porteña. Era tío de Domingo Faustino Sarmiento.
    Francisco Narciso de Laprida, (San Juan, 1786), presidió la Jura de la Independencia. Licenciado en Leyes en Chile. Laprida se vinculó al partido unitario y fue muerto en las guerras civiles argentinas. Borges, que era lejano descendiente, le dedicó el “Poema Conjetural”, en 1943:
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Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre,
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me acecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca
con jinetes, con belfos y con lanzas.
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.
Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí… Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.
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  • Por San Luis:.
    Juan Martín de Pueyrredón (Buenos Aires, 1777), San Martín hace elegir a Pueyrredón congresal, pues había padecido destierro en San Luis unos años. Pueyrredón figura entre los principales políticos y revolucionarios de su tiempo. Fue electo Director Supremo, y ya describiremos su actuación en notas siguientes.
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  • Por Santiago del Estero:.
    Pedro León Gallo (Santiago, 1782), Cura del Colegio Monserrat, donde cursó estudios, recibiéndose de Maestro de Filosofía. Cumplió destacado papel en el Congreso y luego como asesor del Gobernador y Caudillo Felipe Ibarra.
    Pedro Uriarte (Santiago, 1758), cura y Doctor en Derecho Canónigo por la Universidad de Córdoba. Fue representante de su ciudad en la Junta Grande, y luego se volcó al partido unitario. Ibarra lo metió en cana y luego lo rajó de Santiago.
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  • Por Tucumán:.
    Pedro Aráoz (Tucumán, 1759), miembro de esa poderosa familia tucumana. Era tío de Gregorio Aráoz de Lamadrid y de don Bernabé, caudillo tucumano. Se ordenó de sacerdote y doctor en teología en Córdoba. El “padre perico” fue un reconocido colaborador de Belgrano y sus sobrinos en política. Y logró mediar, junto a Gallo y Pacheco de Melo en los conflictos con Santiago en 1821. Su sobrino Lamadrid lo recuerda cariñosamente en sus Memorias.
    José Ignacio Thames (Tucumán, 1762), Doctor en teología y Cura recibido en Córdoba. Fue partidario de la Revolución y de la Monarquía Incaica, pues a su pedido, precisamente se trató el tema.
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  Las provincias altoperuanas ocupadas o en guerra con España no mandaron congresales, como algunas lo harán luego (Cochabamba, ejemplo). Y tampoco participaron las provincias del Litoral (Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, Misiones) ni la Banda Oriental, dentro de los Pueblos Libres. Como tampoco el Paraguay, donde la muñeca de Rodríguez de Francia aíslo a la región. Trataremos a continuación porque las provincias artiguistas no participaron del Congreso.


viernes, 7 de octubre de 2016

El Congreso, la Logia y la Unidad Continental

Por A. J. Pérez Amuchástegui
Desde los días mismos de la Independencia ha existido una duplicidad de criterios respecto de los contenidos específicos de la solemne declaración de Tucumán. Para unos, el 9 de julio de 1816 se quiso proclamar la emancipación rioplatense; para otros, la intención fue continental.El mismo 9 de julio firmó Pueyrredón en Tucumán una circular a los pueblos por la que comunicaba la buena nueva, y de allí, seguramente, nace la confusión, pues dice:
 

“El soberano Congreso de estas Provincias Unidas del Río de la Plata ha declarado en esta fecha la independencia de esta parte de la América del Sur de la dominación de los Reyes de España y su Metrópoli, según la Augusta resolución que sigue:
El Tribunal Augusto de la Patria acaba de sancionar en Sesión de este día por aclamación plenísima de todos los Representantes de las Provincias y Pueblos Unidos de la América del Sud juntos en congreso, la independencia del País de la dominación de los Reyes de España y su Metrópoli. Se comunica a V.E.esta importante noticia para su conocimiento y satisfacción, y para que la circule y haga pública en todas las Provincias y Pueblos de la Unión. Congreso en Tucumán a nueve de julio de mil ochocientos del diez y seis años. Francisco Narciso de Laprida, Presidente. Mariano Boedo, Vicepresidente, José María Serrano, Diputado Secretario, Juan José Passo, Diputado Secretario.
Lo comunico a V.E. para que determine la solemne publicación y celebración de este dichoso acontecimiento, y circule sus órdenes al mismo efecto a todos los puelos y Autoridades de esa Provincia”.
A la vista de esta circular y del Acta, resulta que “el congreso de estas Provincias Unidas del Río de la Plata” declaró la Independencia de “las Provincias Unidas en Sudamérica”; y de allí algunos han inferido rápidamente que la expresión continental tuvo valor de mera referencia, sin otra implicación de tipo político. Es del caso analizar el problema a la luz de estos y otros testimonios. Toda acción humana es intencionada, y la historiografía aspira, precisamente, a mostrar la realidad ocurrida con las intencionalidades que le proveen su peculiar significación. En 1966 realizamos un trabajo en equipo con Irene Calvo, María Rosa Mateos y Aurora Ravina, que presentamos al Cuarto Congreso Internacional de Historia de América, sobre los Contenidos americanos de la Declaración de Tucumán, con el propósito de aclarar debidamente el sentido de esa declaración. Aquí expondremos sucintamente sus conclusiones.
La línea lautarina
El 26 de marzo de 1816 se iniciaron las sesiones del Congreso con la presencia de las dos terceras partes de los diputados electos. El litoral y la Banda Oriental no enviaron representantes y quedaron, así, marginados de las Provincias Unidas cuya soberanía asumió el Cuerpo.
Buen número de diputados presentes pertenecían a la Logia Lautaro, o simpatizaban con ella en los propósitos de auspiciar la unidad política continental, comforme a los ideales postulados por la Gran Reunión Americana. Por lo mismo, veían con honda desconfianza las pretensiones localistas que enarbolaban las banderas federales.
Este federalismo estaba muy lejos de la ortodoxia doctrinaria que a su hora fijaron Hamilton, Madison y Jay. Tal vez Artigas haya tenido una conciencia clara de los puntos de vista que correspondían al federalismo. Los demás, solo sabían por mentas que el régimen federal respetaba las autonomías locales, y entendían a su manera el significado de federación. Y nada tiene de raro que ello ocurriera en toda Hispanoamérica, cuyas instituciones tradicionales eran básicamente distintas de las norteamericanas. Allá las autonomías han tenido desde los comienzos de la colonización una significación concreta tanto en lo político como en lo económico, mientras que en el Río de la Plata esas autonomías representaban regímenes patriarcales que procuraban defender los intereses económicos internos de la voracidad hegemónica de Buenos Aires.
Ante la experiencia vivida, la Logia entendía que la unidad continental que auspiciaba solo podía lograrse a través de una centralización del poder político, y estimaba -conforme al criterio imperante en la época de la Restauración- que la solución más adecuada se lograría mediante una monarquía constitucional. La otra alternativa era una dictadura fuerte que impusiera el orden homologando intereses y obtuviera la paz interior necesaria para el desenvolvimiento nacional. La monocracia se consideraba indispensable para la unidad continental, pues entendían que la indiscriminada deliberación de los pueblos iba a engendrar secesión.
Conforme a ese criterio, es claro que la “monarquía temperada” resultaba inmejorable, ya que el afán parlamentario de los federalistas podía tener su salida en la representatividad de las Cámaras, mientras se aseguraba la concentración de la fuerza militar y el poder político e, incluso, se evitaba todo resquemor de los soberanos europeos por el establecimiento de repúblicas.

El Acta de Independencia
Pero de cualquier manera, y antes de establecer la forma de gobierno, entendían los lautarinos que era preciso denunciar la existencia de un país soberano, cuya estabilidad política estuviera avalada por suficientes recursos económicos, indudable cohesión nacional y firme fuerza militar. Así lo había señalado Miranda cuando proyectó la unidad sudamericana, entidad que, por sus condiciones potenciales, podía ser garantía de un régimen institucional sólido y duradero. Y así lo entendieron los lautarinos, que presionaron fuertemente para cristalizar los proyectos de Miranda.
Por esos motivos, el Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata extendió sus atribuciones para asumir la representatividad de las Provincias Unidas en Sudamérica. Quien recorra las páginas de El Redactor observará que de pronto, desde comienzos de julio de 1816, se eliminan las referencias a lo rioplatense y se comienza a ponderar lo sudamericano. Y el Acta de la Independencia, por supuesto, no está referida sólo al Río de la Plata, sino a todas las Provincias Unidas en Sudamérica.

El cambio de denominación
No se trata, pues, de un accidente, ni de un error, ni de una simple referencia geográfica. El cambio de denominación -Sudamérica en vez de Río de la Plata- tiene su fundamentación en indudables propósitos de unidad continental. En el momento, esa aspiración política estaba respaldada por una concepción estratégica que apuntaba a asegurar la unidad continental mediante la fuerza militar. Ya el Director Supremo había aprobado, el 24 de junio, la célebre Memoria de Tomás Guido, en que mostraba las efectivas posibilidades de libertar a Chile y al Perú, y desde entonces la política directorial apuntó a consolidar la unidad sudamericana mediante la liberación de distritos oprimidos que pasarían a constituir con el Río de la Plata un solo cuerpo político. El Acta de la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica hacía posible que cualquier distrito continental, con sólo adherir a la declaración y enviar sus diputados al Congreso soberano, quedara de hecho y de derecho comprendido entre las provincias independizadas. Y fuera acreedor al apoyo económico y militar de sus hermanas, pues todas constituían el mismo Estado. La campaña militar que se preparaba tenía la intención, ya enunciada por los jacobinos de la primera hora, de extirpar del cuerpo nacional todo enemigo de la causa, mediante una guerra de conquista que asegurara la tranquilidad exterior necesaria para el ordenamiento interno.
La proyectada guerra contra el Brasil se trocaba ahora en acuerdos dinásticos que tendían a la unidad y a la pacificación; y en cambio se llevaba la acción bélica contra el irreconciliable enemigo que había abortado la Revolución en todo el resto de Hispanoamérica. Porque es del caso tener en cuenta que, el único lugar no reconquistado para el imperio hispánico era el Río de la Plata. Y de allí, forzosamente, tendría que salir la fuerza capaz de iniciar la liberación del continente y de promover la unidad política sudamericana que, simultáneamente reclamaba Bolívar desde Kingston, en su famosa Carta de Jamaica del 6 de septiembre de 1815. En esa misma línea intencional se halla la designación de Santa Rosa de Lima como patrona de la América del Sur, la aprobación de la bandera celeste y blanca como símbolo de independencia y soberanía sudamericanas, y el cambio de designación del jefe del Ejecutivo que comenzó a firmar documentos públicos como Director Supremo de las Provincias Unidas de Sud América. Y por eso mismo San Martín, en cumplimiento de la circular que ordenaba hacerla conocer “en todas las Provincias y Pueblos de la Unión” envió a Chile el Acta de la Independencia que Marcó del Pont hizo incinerar en acto solemne.
Con estos antecedentes, que suelen omitirse no siempre por olvido, resulta muy coherente el proyecto de restablecer la dinastía incaica en el restaurado imperio sudamericano e, incluso, las peligrosas tramitaciones ante la Corte lusitana para coronar un emperador de la América del Sur que invulara la sangre de Braganza con la de los Incas. No es del caso analizar aquí si eso estaba bien o mal; si era un disparate o una sensata medida política. Basta comprender esas tramitaciones, y ellas sólo son comprensibles si se atiende a la intencionalidad americanista de quienes las auspiciaron, volviendo en ese aspecto a los lineamientos del Plan Revolucionario de Operaciones.

Mito y realidad
La anacrónica posición de algunos historiadores, que creen poco “patriótico” señalar la similitud de contenidos intencionales de la Declaración de julio y la Carta de Jamaica, ha pretendido minimizar la importancia de la corriente continentalista. Así hasta se ha expresado un “dictamen”, formado por doce miembros, que afirmaron en tono apodíctico.
“… Nadie ignora que el anhelo de todos los habitantes de este suelo era el de constituir una nación independiente con las provincias que integraban el antiguo virreinato del Plata y no con los demás Estados de Sudamérica. A lo sumo, un reducido número de visionarios coincidía con el pensamiento de Bolívar en cuanto a una Confederación de Estados”.
Y como remate de esa aseveración, lanzada sin otra prueba que la hipotética auctoritas de los ínclitos opinantes, se agrega con un dejo de ironía:
“… Habría que preguntar si nuestros congresales de Tucumán creyeron alguna vez que en ese momento estaban representando también a Chile, Perú, Paraguay, Colombia, etcétera”. 
Al margen de que en nuestros días ni los niños de pecho se conforman buenamente con el “criterio de autoridad”; al margen también de que no se es “autoridad” por el mero hecho de creerse tal; y pasando por alto, en fin, que en 1816 nadie podía creer nada de Colombia porque esa república fue proclamada por Bolívar en 1819, es bueno señalar en qué medida el chauvinismo incontrolado puede llevar a la formulación de aseveraciones gratuitas, incapaces de resistir el menor embate de una crítica objetiva.
No deja de ser curioso que quienes se dicen seguidores de Bartolomé Mitre se esfuercen por negar hasta las evidencias que surgen de la obra de dicho historiógrafo. Ni siquiera advierten que, entre multitud de otros documentos muy elocuentes, las Instrucciones reservadas impartidas a San Martín para su campaña sobre Chile, expedidas por el Director Supremo el 21 de diciembre de 1816, señalan de manera categórica e indudable la intencionalidad que sustenta la denominación Provincias Unidas en Sudamérica. El apartado 14° del “Ramo político y administrativo” de esas Instrucciones dice textualmente:
“Aunque, como va prevenido, el general no haya de entrometerse, por los medios de la coacción o del terror, en el establecimiento del gobierno supremo permanente del país, procurará hacer valer su influjo y persuasión, para que envíe Chile su diputado al Congreso General de las Provincias Unidas, a fin de que se constituya una forma de gobierno general, que de toda la América unida en identidad de causas, intereses y objeto, constituya una sola nación; pero sobre todo se esforzará para que se establezca un gobierno análogo al que entonces hubiese constituido nuestro congreso, procurando conseguir que, sea cual fuese la forma que aquel país adoptase, incluya una alianza constitucional con nuestras provincias”.
La directiva no tenía nada de asombrosa para San Martín; por el contrario, coincidía plenamente con su pensamiento, expresado de manera categórica al diputados mendocino Tomás Godoy Cruz en carta del 24 de mayo de 1816, donde a propósito de las advertencias que él haría al Congreso si fuera diputdo, decía: “1°) Los Americanos o Provincias Unidas no han tenido otro objeto en su Revolución que la emancipación del mando de fierro Español y pertenecer a una Nación”. La conjunción o denota allí indudablemente idea de equivalencia, e indica que para San Martín era indistinto decir Americanos que decir Provincias Unidas; y esos americanos querían pertenecer a una sola Nación. Lo mismo pensaba Manuel Belgrano cuando auspiciaba coronar al Inca en el imperio sudamericano que tendría por sede el Cuzco; lo mismo también Güemes, que recibió alborozado el proyecto; lo mismo Acevedo, Serrano, Sánchez de Bustamante y, en fin, la inmensa mayoría de los diputados que apoyaron las gestiones tendientes a establecer una monarquía continental.
A la luz de las transcriptas Instrucciones de muchísimos otros testimonios concomitantes, resulta pues, que ese “reducido número de visionarios” que “coincidía con el pensamiento de Bolívar en cuanto a una Confederación de Estados”, estaba integrado por los principales jefes militares, los diputados de los pueblos representados en el Congreso y, como si ello fuera poco, también por el Director Supremo, a quien el Congreso confió la dirección política de las Provincias Unidas para que ejecutara las disposiciones del Cuerpo Soberano. Y es claro que dicho funcionario, vocero natural del Congreso, tenía que entender -a pesar de la académica ironía- que los diputados reunidos en Tucumán querían representar a “toda la América unida en identidad de causas, intereses y objeto”, razón por la cual los pueblos sudamericanos debían constituir “una sola Nación” o, en su defecto, vincularse políticamente por una “alianza constitucional”, lo que equivale a formar una Confederación de Estados similar a la que auspiciaba Simón Bolívar en la Carta de Jamaica, sin que, al efecto, importe demasiado si esa unidad política se lograría con una monarquía o una república. Para quien sepa leer -y lo haga libre de prejuicios y sin segundas intenciones- queda incontrastablemente demostrado que la campaña sobre Chile llevaba implícito el proyecto de organización política continental de las Provincias Unidas en Sudamérica.                                
El transcripto apartado de las Instrucciones entregado a San Martín no tiene, ni mucho menos, carácter de inédito ni de poco conocido. Lo reprodujo in extenso Bartolomé Mitre en su Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, apareció íntegro en el Tomo III, páginas 402 a 416 de los Documentos del Archivo de San Martín, y ha sido agregado también en el Tomo IV, páginas 571 a 575 de los Documentos para la historia del Libertador General San Martín publicados conjuntamente por el Museo Histórico Nacional y el Instituto Nacional Sanmartiniano. Por poco dedicado y perspicaz que sea un investigador, parece que resulta demasiado gruesa la omisión heurística y no puede aducirse olvido por parte de quienes todavía niegan los contenidos americanos del movimiento emancipador.
Sin duda, tuvo razón Eulalio Astudillo Menéndez cuando, en la Revista Militar, afirmó hace 29 años que “el Congreso de Tucumán fijó el plan de operaciones de San Martín”. Y es también indudable que la Declaración de la Independencia, hecha al molde de la Logia Lautaro, retomó el plan jacobino (y mirandino) de constituir el Estado Americano del Sur, y fijó la magnitud continental de la Revolución