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lunes, 4 de noviembre de 2019

Sucedio en las Crujías de los Santos Lugares de Rosas


Por Elisa Corina Bacigaluppi
La diligencia devoraba distancias. Recorría huella tras huella, sorteaba pajonales, vados y parlanchines charcos, pues las ranas croaban sin cesar. En días anteriores la lluvia había dejado sentir su bendición, después de un estío caluroso y agobiante.  El cochero, un moreno vivaz y baquiano junto al postillón, guiaban el carruaje con rumbo noroeste. Habían partido de Palermo de San Benito y se dirigían hacia los Santos Lugares de Rosas. De pronto, las caballerías se detuvieron. La otoñal mañana mostraba árboles que se iban desnudando lentamente y dejaban lucir los barrocos y caprichosos ramajes. Los pastos iban perdiendo su auténtico color y resplandecían humedecidos por el sereno de la noche anterior. El perezoso sol despuntaba por el oriente y ya no ofrecía su febril brillo y calor y las primeras golondrinas revoloteaban en el firmamento, rumbeando hacia regiones boreales para que San Juan de Capistrano las recibiera con sus mejores galas. Cuando se abrió la portezuela, descendió un  hombre de elegante porte, rubio, con unos ojos celestes que difundían una decidida y vibrante personalidad.
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Gentilmente ayudaba a la otra pasajera a que abandonara el coche. Joven dulce y serena, con una sonrisa amable que atrapaba a aquel que estuviera en su grata compañía. El punto elegido era estratégico por su gran altura e importante cruce de caminos reales. En el lugar había una casona con techo de tejas, un portal de entrada de gruesa y fragante madera, ventanas enrrejadas y una galería con celestiales glicinas y perfumados jazmines que embalsamaban el aldeano ambiente.
Próxima a la entrada principal había una fuente de varios niveles, trabajada en hierro fundido, traída de la Galia, con unas imágenes mitológicas que recobraban vida cuando las cantarinas y cristalinas aguas descendían distraídas y al salpicar cada gota se mimetizaba con los rayos solares y se convertían en verdaderos prismas policromados.   Era una delicia ver a los pajarillos acercarse tan decididos, a beber su natural aguamiel.
En el fondo, un emparrado con troncos retorcidos que dejaban ver sus postreras hojas.   Juntos recorrieron las habitaciones, donde no faltaban los sahumadores de bronce de exquisita composición en las que ardían las brasas aromando ya sea con incienso, benjuí o bergamota. En una de ellas se observaba una biblioteca, cuyo mueble del más puro nogal, dejaba ver en los lomos obras de filosofía, arte y todo lo relacionado con la formación de una cultura general. Luego pasaron a los exteriores de la vivienda, donde los faroles labrados por delicados artesanos del país, se destacaban junto a las columnas terminales de la galería. Todo encerraba un paisaje mezcla de bucólico y ciudadano. Además, en las proximidades había restos de antiguas edificaciones que eran "Las Crujías del Convento de los Mercedarios; que se habían radicado antiguamente en la zona. Todo el conjunto formaba, en ese momento, un verdadero campamento militar. No faltaba el arsenal, un lugar de instrucción, remonta, reclutamiento y un taller del Ejército Federal. A consecuencia de esto empezaron a surgir radicaciones de chacras, quintas, tambos, hornos de ladrillos y por consiguiente aparecieron pulperías, tahonas, almacenes de ramos generales, un verdadero asiento poblacional. El horizonte se extendía por doquier y todo era un canto al trabajo. Idas y venidas. Civiles y uniformados. Voces de mando, diálogos serenos y cuchicheos misteriosos. Ruidos de metales y de briosos corceles, la maza sobre el yunque y las bigornias sacaban chispas irisadas desde el amanecer hasta el Angelus que lo señalaba el tañido del convento cercano.
Mientras el gentilhombre ultimaba detalles, la joven ambulaba por los alrededores y vio que un soldado de distinguida presencia la observaba. Ambas miradas se cruzaron encerrando una atracción singular. El joven cautelosamente se acercó, medió un corto diálogo y luego el saludo final. Ella quedó extasiada, perdiendo la noción de todo lo que la rodeaba. El también, embelesado al oír la dulce voz de la niña era como si hubiese interpretado las bellas prendas morales que la adornaban.
Llegó la hora de la partida y abordaron el carricoche, pero ella, con sus ojos puestos en la traslucida ventanilla, miraba hacia el infinito sin dejar de pensar en él  grato y casual encuentro. Cada vez que su progenitor volvía al lugar se las ingeniaba para acompañarlo Y así fueron sucediendo los furtivos y amorosos
En oportunidades, él también, se llegaba hasta la residencia de Palermo y en discretos momentos disfrutaban del romance.  No para menos, ella cautivaba al que la descubría y él lucía una distinguida presencia y sus maneras sumamente agradables  mostraban una jovial sonrisa y a través de sus ojos una mirada clara e inteligente.
Pero sucedió que en una de las tantas visitas al mencionado pago llegó raudamente un chasqui patriota anunciando que en el encuentro de "Obligado" en la guerra del Paraná, todos se defendieron como héroes, a pesar de los escasos recursos con que contaban frente a la escuadra anglofrancesa, dueña de los mares del mundo y que habían sufrido muchas bajas. En la lista de los muertos se mencionaba al teniente Carlos Alvarez Rúa.  Al escuchar esto, ella palideció, pero tuvo que ocultar su sentimiento, pues aún la situación era desconocida, salvo para algún hábil entendido que la supo intuir. La mayoría ignoraba la novel historia de amor.
Grande fue su desconsuelo, no había nada ni nadie que la distrajera. A partir de ahí para ella no hubo placer ni alegría. Hasta que el tiempo que mitiga todos los dolores, hizo que se disiparan sus angustias y nuevamente continuara colaborando en todo lo concerniente a los destinos de su querida patria. Palermo de  San Benito la vio sonreir nuevamente rodeada de sus cálidas amigas, caminar y jugar con ellas al “Gallito Ciego” en esos jardines que, como el de Las Hespérides ofrecían una lujuria a lo ojos de los numerosos visitantes nativos y extranjeros que allí acudían.

lunes, 30 de enero de 2017

¿Porque Gral. San Martín es la "Ciudad de la Tradición? 2da parte



Por el Dr. Julio R. Otaño
IV - Posta que recuerda el paso del Gral. San Martín     Hasta 1770 la campaña de Buenos Aires no contaba más que con algunas rutas reales que conducían de la Capital al interior.   Es de tener en cuenta que en esos años las estancias y chacras no estaban alambradas y toda la llanura era un inmenso camino.  Los viajes,  a caballo, diligencia o carreta, únicos medios de traslado debían hacerse con grandes penurias por la falta de albergues y sitios poblados en muchas leguas de distancia.   Por ello entre 1807 y 1811 se establece la posta de Santos Lugares.   En Abril de 1807 ejercía el maestrazgo don Juan Pedro Coronel.   Fue así como en torno a la posta y a las chacras de los Franciscanos y de los Mercedarios se fue poblando de españoles y mestizos que se dedicaban al cuidado del ganado en las chacras vecinas.   Establecieron allí sus ranchos de paja, barro y palo, rodeados de algarrobos, ombúes y sauces, y vivían sin otra atracción que la pulpería y algunas reuniones en chacras y estancias.  El 28 de Enero de 1813, a las doce de la noche, había partido de los Cuarteles de Retiro, al frente de su flamante regimiento de granaderos a caballo, el genio militar de la Independencia Nacional, Coronel José de San Martin, su objetivo era la Posta de los Santos Lugares, adonde llegó en la madrugada del 29 de enero; debía hallar allí 250 caballos para que montaran  sus granaderos. Debió llegar tarde a la posta, y además el Maestro de la misma no había recibido orden para tener pronta la caballada, tanto para los granaderos como para el Regimiento de Infantería.   Por esa causa descansa unas horas en la casa del Coronel De la Serna y posteriormente parte hacia la localidad de San Lorenzo en la provincia de Santa Fé donde el 3 de febrero de 1813 se libra el combate homónimo.   El mural escultórico monumental en técnica de esgrafiado "San Martín y su paso por el pueblo de San Martín- primera posta" realizado por la artista plástica Pina Poggi recuerda estos acontecimientos.
V - Museo Juan Manuel de Rosas. Alrededor de 1840 el Gobernador y Encargado de las Relaciones Exteriores Juan Manuel de Rosas establece e1 Celebre Cuartel General de los Santos Lugares de Rosas, con base en las antiguas construcciones del convento de los Mercedarios, lIamadas "Las Crujias", y el que al poco tiempo se convirtió en el más importante centro militar de la Confederación.La irradiación de las actividades colaterales del Cuartel General, de artesanos, profesionales y  asistentes de diversa orden, más el caudal humano especifico del ejército, contándose en formapermanente con efectivos de las distintas armas que oscilaba entre los dos mil y cinco mil hombres,produjeron un acentuado crecimiento poblacional y comercial del pueblo, que se mantuvo constante hasta 1852.  El Cuarte1 General en su apogeo, ocupaba los terrenos que hoy corresponden a San Andrés, comenzando desde su asentamiento principal en el edificio de La Crujia que estaba ubicado aproximadamente sobre la intersección de las actuales Avenida Presidente Perón y Ayacucho y sus construcciones complementarias y carpas para la tropa hacia el otro edificio que fue de los Mercedarios y también cuartel, en parte del hoy Liceo Militar General San Martin.  Rosas ordenó la construcción de una casa para su exclusivo alojamiento y que funcionó como Comandancia; esta casa, conservada afortunadamente como único testimonio físico de las antiguas construcciones del Cuartel General, es la actual "Casa de Rosas", ahora convertida en Museo Histórico sita en la calle Diego Pombo 3324 de San Andrés, adquiriéndola el Municipio por decisión del Intendente y los Concejales que aprobaron la Ordenanza pertinente.  La presencia habitual del Jefe de la Confederación en esta casa, posibilitó que aquí se escribiera gran parte de nuestra historia, aquí se ratificó la Convención Arana-Mackau, fechada en los Santos Lugares de Rosas el 31 de octubre de 1840 y luego entre 1845 y 1846, Rosas desde aquí asumió la dirección estratégica de la "Guerra del Paraná" sostenida contra la Intervención Armada Anglo-Francesa. A unos 100 metros entre las calles Ayacucho y La Crujía fueron fusilados Camila y el Sacerdote Gutiérrez víctimas de una sociedad rígida, inflexible y con el agravante de una guerra civil.
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