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viernes, 15 de diciembre de 2023

EL TRANVIA QUE CAYO AL RIACHUELO

Desplegando largas banderas argentinas y luciendo enormes escarapelas en las solapas de sus sobretodos, una entusiasta multitud se lanzó a las calles de Buenos Aires a desafiar el frío. Era el 9 de julio de 1930 y, al verlos pasar por la calle Rivadavia, alguien hizo notar la inusitada expresión de patriotismo que convocaba a tanta gente: "¡Por fin las fiestas patrias se festejan como merecen!”, se regocijó uno de los radicales que solía tomar su café en la vereda del Tortoni, cerca del edificio del diario oficialista La Epoca. "Ma' que fiestas patrias... ¡Van todos a despedir al combinado argentino!", le respondió el lustrabotas del café. En ese momento empezaron a oírse los primeros estribillos que auguraban los goles de Manuel Nolo Ferreyra. "¡Ar-gen-tina! ¡Ar-gen-tina!", gritaban todos entusiasmados mientras se dirigían al puerto. Allí se embarcarían los jugadores que iban a disputar el primer campeonato mundial de fútbol en el flamante Estadio Centenario de Montevideo.

EL PUENTE. Ese entusiasmo se iba a convertir después en una gran expectativa por el debut del equipo argentino, anunciado para cinco días después. Pero en la víspera, el sábado 12 de julio, la atención sería desviada inesperadamente por el episodio más dramático del año. En esa lluviosa madrugada, Manuel José Rodríguez, un español de 58 años encargado de manejar el puente levadizo Bosch, que la Compañía de Tranvías Eléctricos del Sur había tendido sobre el Riachuelo, fue como todos los días a “tomar servicio”. Llegó a las 6 en punto, cuando aún no había aclarado y la neblina se extendía en una densa capa sobre las calles de la ciudad. A los cinco minutos de acomodarse en su garita de mando, Rodríguez recibió una señal de la chata petrolera Itaca II, reclamándole paso. “Lo primero que hice fue encender las luces de peligro —contaría después—, para evitar que algún tranvía intentara cruzar en ese momento. Luego puse en marcha el mecanismo y el puente empezó a elevarse. En ese momento me pareció escuchar el ruido de un tranvía y sentí un sudor frío. Me asomé por la ventana de mi garita y vi, entre la niebla, las luces de las ventanillas de un vehículo que acababa de entrar al puente. Medio desesperado, empecé a gritar para que el motorman me escuchara, pero fue inútil. Era el tranvía 105, que venía muy ligero. El conductor no podía escucharme; creo que tampoco tenía tiempo ya de frenar. Pasó debajo mío como una tromba y lo vi caer al vacío en forma espectacular, hasta que se hundió completamente en el río; en ese momento se apagaron los chirridos de las ruedas y se sintió claramente el ruido del impacto con el agua. Después todo fue silencio. Un silencio aterrador. Bajé de la garita y me encontré con otras personas que también habían presenciado la escena y empezamos a planear el auxilio, a pensar cómo diablos podríamos sacar a esa gente de allí dentro”.
El patético relato del guardapuentes sería recogido esa misma tarde en las columnas de Critica, donde en gruesa tipografía se anunciaba la tragedia a toda página: "Un tranvía cayó al Riachuelo. Hay 80 muertos". La noticia se apresuraba a exagerar las cifras, porque los pasajeros del tranvía eran 60. Pero es que esa tarde Critica iba a lanzar una de sus mayores tiradas y necesitaba golpear en su mejor estilo; además, como en ese momento Natalio Botana, su director, se había embarcado en una conspiración política contra el gobierno, aprovechó para culparlo de la catástrofe. “Todo esto ocurre —decía el diario— porque falla la organización de los poderes estatales y se permite que las empresas de servicios públicos estén anarquizadas. ¿Qué hace el señor Yrigoyen?”.

EL TRANVIA. "Yo viajaba sentado en uno de los asientos delanteros —contó Remigio Benadasi—, del lado de la ventanilla. Todas estaban cerradas por el frío y el pasillo estaba repleto de pasajeros. Cuando el tranvía dio vuelta para llegar al puente, vi las luces rojas de peligro y me extrañó que no se detuviera. De repente sentí una sensación parecida a la de los ascensores que bajan rápido y me encontré en el agua. Todavía no me explico como salí del tranvía. Debe haberse roto el vidrio de mi ventanilla, porque tengo una herida en la frente y otra en la mano izquierda. La cuestión es que sin saber nadar, estuve chapoteando un rato hasta que me sacaron”. El testimonio de Benadasi —un mecánico italiano de la Compañía General Fabril que había tomado el 105 en la esquina de San Carlos y Pavón, de Lanús— fue acompañado de aparatosas gesticulaciones. Aún no imaginaba cómo había salvado su vida y se sentía casi un héroe.
El manejo de ese tranvía 105, que unía Lanús con Constitución, había sido confiado a otro italiano. Se trataba de Juan Vescio, un motorman de 31 años, en quien no confiaba ni su propio acompañante, el joven guarda José Angel Rodríguez, de 23 años. “Mi hijo —explicó aquella mañana el padre del guarda— presintió lo que le iba a pasar, porque hoy, antes de salir de casa, le dijo a mi mujer que no sabía si volvería. ¿Y saben por qué dijo eso? Lo dijo porque tenía miedo de que el motorman hiciera alguna macana. Varias veces le oí decir en casa que su compañero era un potrillo manejando y que iba a pedir que lo cambiaran de turno”.
El recorrido del 105 —que había partido de Lanús a las 5 de la mañana— era clave a esa hora. En Gerli primero y en Avellaneda después, el tranvía se llenó de obreros que Iban a trabajar, en su mayoría a Barracas. La fina llovizna hizo que todos se apretujaran en su interior, colmando el pasillo, para eludir la plataforma, y eso impidió que algunos pudieran salir rápido de allí dentro. “Murieron como ratas —imaginó uno de los cronistas de Crítica—, en una confusión horrorosa, en una lucha breve desesperada, en un simultáneo reventar de pulmones y corazones”.
De los 60 pasajeros sólo se salvaron cuatro: Remigio Benadasi, José Hohe, Buenaventura Arlia y Gabina Carrera. Esta última no supo explicar si había salido del tranvía antes o después de que se hundiera: estaba totalmente confundida. Arlia dijo que al quedar con los pies sobre la ventanilla, rompió el vidrio de un golpe y salió en seguida, y Hohe explicó que se sintió de pronto flotando dentro del vehículo y tocando el techo con la cabeza. Como estos dos sabían nadar un poco, pudieron zafarse de la trampa.

EL RESCATE. Las operaciones de rescate fueron confiadas al personal policial de la comisaría 32ª y a un cuerpo de bomberos, pero como ninguno de ellos podía meterse en el Riachuelo para extraer los cadáveres, hubo que recurrir a los buzos del Ministerio de Obras Públicas. Cuando la noticia de este operativo fue dada a conocer, de los suburbios de Buenos Aires comenzaron a concentrarse millares de personas. Se volvió a Juntar una multitud parecida a la que cuatro días antes había ido al puerto a despedir a los futbolistas. Todos se aglomeraron al borde del Riachuelo, para ver de cerca el trabajo de los buzos.
"Yo estaba de guardia en los talleres que el ministerio tiene instalados al borde del Riachuelo, cuando me llamaron de urgencia para esa tarea", dijo con cierta displicencia Antonio Splaguñías, un griego con suficiente experiencia en el buceo. Sin excitarse, el veterano Splaguñías se vistió de buzo y llegó con la escafandra en la mano hasta el lugar, ante la curiosa mirada de los espectadores que balconeaban la escena desde el puente Bosch. Una vez preparado para la inmersión, descendió en el lugar exacto, marcado por el trole que asomaba en la superficie.
"Al penetrar en la plataforma delantera —dice su frío relato— encontré el primer cuerpo. Después supe que se trataba del motorman Vescio. La puerta interna estaba cerrada y me costó abrirla, pero cuando lo hice se me vinieron encima varios cadáveres amontonados. Entonces empecé a atarlos uno por uno, para que se los pudiera sacar mejor. De esa forma recuperamos el primer lote. Después revisé bien el pasillo y aparecieron más, algunos enganchados entre los asientos y otros con los brazos en las ventanillas. Me di cuenta de que estos últimos habían tratado de romper los vidrios para escapar, pero seguramente en la confusión no tuvieron tiempo y se ahogaron enseguida. Estuve largo rato trabajando con el otro buzo, Anastaxis Fotis, griego como yo, con quien sacamos 28 cadáveres a la superficie".
Pero el rescate no había sido completo, porque se sabía que faltaban por lo menos unos veinte cuerpos más. En esa tarea trabajó solo Fotis, quien después contó su aventura con menos aplomo que su colega. "Antes que yo —dijo— bajó otro buzo, Pedro Kodasky, pero como se horrorizó del espectáculo, se puso nervioso y se cortó con un vidrio. Hubo que sacarlo a la superficie porque estaba muy excitado y lastimado. Después bajé yo y me encontré con varios cuerpos enredados en la plataforma trasera, tal vez por la desesperación de salir de allí a tiempo. Colaboré un rato en esa tarea y saqué todos los cadáveres que pude, pero después empecé a sentirme mal y me descompuse. Entonces pedí que me alzaran. Recuerdo que el primer cuerpo que toqué estaba con los brazos extendidos y el agua lo movió hacia adelante de tal manera que se me colgó prácticamente del cuello, como si estuviera aún con vida. Jamás olvidaré ese instante tan terrible para mí”.
Al día siguiente, cuando los ojos de los argentinos volvían a entornarse hacia Montevideo, con la esperanza puesta en el gran equipo de fútbol, todavía quedaba gente en los alrededores del puente Bosch. Eran los que querían presenciar el último acto del drama: el rescate del tranvía 105. A la una y media de la tarde, la gigantesca grúa del Ministerio de Obras Públicas hundió su brazo en el Riachuelo y extrajo el desvencijado vehículo, con sus ventanas rotas y sus ruedas colgando. El peritaje determinó, poco tiempo después, que la responsabilidad del accidente era totalmente de la empresa tranviaria, porque su personal no era idóneo. Las culpas recaían sobre el motorman Vescio, quien dejaba en el desamparo a cuatro hijos y a una viuda embarazada. Sólo hubo una controversia: ¿había sonado la campana de alarma del puente? Nadie la escuchó. Pero las luces rojas estaban encendidas y eso no eximía de culpas al conductor del tranvía.
El único saldo positivo de aquella tragedia fue el dividendo económico que obtuvieron los vendedores ambulantes de pizza y caramelos, quienes trabajaron "como en un día de fiesta" —según sus propias palabras—, y la propaganda que hizo la fábrica de anilinas Sirio al obsequiar a los familiares de las víctimas con 150 paquetes de colorante negro para sus ropas, “como una contribución desinteresada".
Copyright Panorama, 1970.


miércoles, 1 de marzo de 2017

6 de Septiembre de 1930

Por el Prof. Jbismarck
Para mediados de 1930 el gobierno popular de don Hipólito Yrigoyen estaba muy desprestigiado. A la feroz oposición de los conservadores y los socialistas se sumaban los “galeritas” radicales. El periodismo acusaba al ejecutivo nacional de procurar el arrasamiento de las autonomías provinciales, e invitaba a apretar filas contra “el nuevo Rosas”. En el congreso nacional un senador afirmaba que “el estandarte de Urquiza volverá a flamear victorioso en los campos de Caseros”.  El teniente general José Félix Uriburu, que había recorrido con brillo todos los grados del escalafón militar, activaba los planes revolucionarios con el apoyo decidido de los conservadores y las agrupaciones nacionalistas, envalentonadas por el ejemplo de Mussolini en Italia. El jefe militar manifestaba a sus camaradas de conspiración que se proponía “hacer una revolución verdadera, que cambie muchos aspectos de nuestro régimen institucional, modifique la constitución y evite que se repita el imperio de la demagogia que hoy nos desquicia. No haré –agregaba- un motín en beneficio de los políticos, sino un levantamiento trascendental y constructivo con prescindencia de los partidos”.   Pero otro sector de conspiradores, dirigido por el general Agustín P. Justo, sostenía por el contrario la tesis de que la revolución debía limitarse a desalojar del poder al yrigoyenismo, manteniendo el régimen institucional establecido por la constitución; este sector contaba con el apoyo de los partidos políticos opositores y el del propio antipersonalismo de la UCR. 
El 9 de agosto los diputados representantes de las fuerzas conservadoras de Salta, Tucumán, Córdoba, San Luis, Corrientes y Buenos Aires, junto con los socialistas independientes, publican una declaración -conocida como Manifiesto de los 44 por el número de firmantes- por la que “resuelven coordinar en las cámaras la acción parlamentaria para exigir al poder ejecutivo el cumplimiento de la constitución nacional y la correcta inversión de los dineros públicos”, al tiempo que declaran coordinar la acción opositora extraparlamentaria “para difundir en el pueblo y ante el electorado de los respectivos partidos el conocimiento de los actos ilegales del poder ejecutivo y del oficialismo, y crear un espíritu cívico de resistencia a esos abusos y desmanes”; no declaran abiertamente estar en connivencia con la conjura militar, pero expresan la decisión de “proyectar un plan de acción encaminado al logro de los propósitos enunciados”, invitando a la “adhesión de todos los ciudadanos que quieran para la república un gobierno constitucional y democrático”. En términos similares se pronuncian las derechas en un manifiesto publicado en La Nación el 10 de agosto, y en otro aparecido el 20 los antipersonalistas postulan la “defensa de la democracia amenazada”. El 21 Uriburu organiza la Legión de Mayo, que de inmediato se lanza a la calle y promueve disturbios, proliferando los choques con el clan radical. El último domingo de agosto se inaugura la Exposición nacional de Ganadería en las instalaciones de la Sociedad Rural Argentina, y en ese acto el ministro de Agricultura, Juan B. Fleitas, es recibido con una ensordecedora rechifla.
Hasta el momento los demócratas progresistas se mantienen a la expectativa. El 26 de agosto Uriburu visita a Lisandro de la Torre, a quien invita a participar de la revolución que prepara “con el fin de deponer al presidente, reformar la constitución, reemplazar al congreso por una entidad gremial y derogar la Ley Sáenz Peña”. Espera el general culminar la operación “sin derramar una sola gota de sangre”, y ofrece al político santafecino “una cartera en su futuro gabinete”. Los demócratas progresistas, sin embargo, postulan la consigna “votos sí, armas no”. Pero, al mismo tiempo, el diputado socialista Nicolás Repetto enjuicia muy severamente al radicalismo yrigoyenista y auspicia la tranquilidad en los espíritus ante los cada vez más vehementes rumores de revolución.  Por esos días, Yrigoyen cae enfermo de gripe y los accesos febriles le obligan a guardar cama. Su ministro de Guerra, el general Luis Dellepiane, le denuncia el inminente estallido de una revolución, pero resultan inútiles sus esfuerzos para sofocar el movimiento, pues el presidente desautoriza las medidas represivas que aquél dispone. El presidente, apoyado por su ministro del Interior, Elpidio González, considera también inoportuno decretar el estado de sitio como propone Dellepiane. La Juventud Universitaria se pronuncia contra Yrigoyen, y anuncia que “el desquicio de las instituciones ha de acabar pronto”. En todas partes se habla de revolución, y la pluma ágil y mordaz del diario opositor La Fronda incita continuamente a precipitar el fin de “la tiranía sangrienta”.  
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La enfermedad del Presidente no cede. A la fiebre se suma un ictus congestivo que aumenta su malestar y por consejo de sus partidarios el día 5 de septiembre delega el mando, por decreto, en el vicepresidente doctor Enrique Martínez, quien establece el estado de sitio. Ya los estudiantes resultan incontenibles; el decano de Derecho, doctor Alfredo Palacios, pide la renuncia del presidente, al tiempo que en toda la Universidad se suspenden las clases. El vicepresidente en ejercicio ensaya un cambio total de gabinete, y designa presidente de la Corte Suprema de Justicia al doctor José Figueroa Alcorta. Ya nadie duda que la revolución estallará de un momento a otro. Pocas horas después se producen violentísimos disturbios promovidos por los estudiantes de la facultad de Medicina, que exigen el fin del gobierno.
En la tarde del 5 se ha acordado modificar el manifiesto revolucionario redactado por Leopoldo Lugones llamando a la hora de la espada, imponiéndose el criterio de que debe asegurarse el imperio de la constitución y la vigencia de la Ley Sáenz Peña.  Al amanecer del 6 de septiembre de 1930 el general Uriburu llega al Colegio Militar con un grupo de partidarios. Pequeños destacamentos militares de la Capital se declaran en rebelión y se concentran en Colegiales, mientras en Belgrano y en Flores se reúnen grupos de civiles. Un avión, salido de El Palomar, sobrevuela la Capital y arroja propaganda revolucionaria. Muy pronto le siguen otras máquinas aéreas, que en número de 24 recorren distintas zonas de la ciudad, y amenazan con bombardear los regimientos de infantería de Palermo si no se pliegan a la revolución. La policía realiza detenciones de civiles y militares sorprendidos con armas en concentraciones. A las 10 de la mañana cruza la ciudad el estridente sonido de la sirena de Crítica, con el anuncio de la revolución. En esos momentos se pone en marcha sobre la Capital el Colegio Militar. A la cabeza va Uriburu, quien cursa el siguiente mensaje al vicepresidente Martínez: “En este momento marcho sobre la Capital a la cabeza de las tropas de la primera, segunda y tercera división de ejército. Esperamos encontrar a nuestra llegada su renuncia de vicepresidente, como también la del presidente titular. Los hacemos a los dos responsables por cualquier derramamiento de sangre para sostener un gobierno unánimemente repudiado por la opinión pública”.
Al mediodía la revolución está en la calle. Aviones amenazantes cortan el cielo de la ciudad, mientras una manifestación de civiles recorre la avenida de Mayo con exteriorizaciones de repudio contra el presidente y su gobierno. La policía carga contra los manifestantes en las calles céntricas, donde se producen algunos tiroteos. Las fuerzas policiales disponen allanamientos en busca de armas, entre ellos en la sede de la Liga Patriótica Argentina. Algunos piquetes de la policía desertan y se dispersan, y las autoridades encargadas de la defensa resuelven abandonar la Casa de Gobierno y establecer el comando en el regimiento 3º de Infantería, vecino al Arsenal de Guerra.
Los revolucionarios se aproximan a la Capital por Villa Urquiza y Liniers, y a su paso copan las comisarías. Se sabe que la guarnición aérea de Paraná se ha sublevado, en momentos en que el general Severo Toranzo, Inspector general del Ejército, regresa de una gira por el interior y toma el mando en jefe de las fuerzas leales para la defensa de la ciudad. Mientras los suburbios comienzan a ser ocupados por tropas sublevadas, se pliega a la revolución el regimiento de Granaderos y por vía aérea se gestiona el levantamiento de la guarnición de Mercedes. Algunos tiroteos suburbanos son el único índice de resistencia por el momento, y la aviación rebelde cobra su primera víctima al estrellarse un aparato.
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Poco después de las 3 de la tarde el almirante Abel Renard se presenta a bordo de la cañonera Rosario con el objeto de sublevar la Marina. Las tropas revolucionarias siguen su avance, engrosadas por elementos civiles armados. En el comando de las tropas leales circulan versiones confusas. La Casa de Gobierno es abandonada por los efectivos militares, y el vicepresidente ordena colocar bandera de parlamento. El edificio es parcialmente ocupado por civiles revolucionarios, al tiempo que el regimiento de Granaderos aparece en la plaza de Mayo y Uriburu, con la columna del Colegio Militar, llega a las proximidades del congreso. Desde el diario La Epoca se ataca a tiros a los revolucionarios, y otro tanto ocurre en torno del congreso, desde el café La Sonámbula. La bandera de parlamento aparece también en el Cuartel de Policía, e Yrigoyen, cediendo a instancias de sus íntimos, abandona su domicilio de la calle Brasil y, acompañado del canciller Oyhanarte, se dirige a la ciudad de La Plata.  En Campo de Mayo, sin embargo, la situación es favorable al gobierno, y todo se halla preparado para iniciar la contraofensiva asaltando El Palomar a las 4 de la mañana del día siguiente. Pero a las 6 de la tarde del día 6, por la avenida de Mayo y la calle Victoria avanzan las tropas revolucionarias, después de silenciar la resistencia en el congreso. El edificio del diario La Epoca arde en llamas. Los generales Uriburu y Justo entran en la Casa de Gobierno, donde permanece aún el vicepresidente Martínez, en el comedor de la presidencia. Allí se presentan los militares y le exigen perentoriamente la renuncia, que éste entrega a los jefes victoriosos y luego se retira. Pocos minutos después se entrega a los revolucionarios el Cuartel de Policía, mientras grupos civiles incendian el diario La Calle y tropas militares se apoderan del Correo. Una manifestación ruidosa asalta el Comité Nacional de la Unión Cívica Radical, situado en Avenida de Mayo y Santiago del Estero. En esos momentos, Yrigoyen, llegado a La Plata, y después de comprobar que los jefes militares no le responden, se presenta al cuartel del 7º de Infantería en calidad de detenido y suscribe su renuncia, concebida en los siguientes términos: “Ante los sucesos ocurridos, presento en absoluto la renuncia del cargo de Presidente de la Nación Argentina. Dios guarde a V. H. Yrigoyen. Al señor Jefe de las fuerzas militares de La Plata. La Plata, Septiembre 6 de 1930”. El reloj marca las 19:50.
Esa misma noche hay un banquete en el Círculo de Armas para festejar la victoria, donde habla el doctor Julio A. Roca: “Hoy –dice- he vivido uno de los momentos más emocionantes de mi vida, solo, en un profundo recogimiento, frente al espectro de mis mayores, que parecían vindicarse del caudillo oscuro que les infirió el agravio de su barbarie”.
En la madrugada del día 7 los diarios matutinos informan detalladamente sobre la jornada anterior: “Ayer -dice La Prensa-, en un movimiento popular, verdadera apoteosis cívica, Buenos Aires ha enterrado para siempre el régimen instaurado por el señor Yrigoyen”. El diario vespertino Crítica agota los adjetivos en la ponderación del movimiento revolucionario. En los días siguientes el periodismo se hace eco de la resonancia que la revolución triunfante ha tenido en el exterior, y reproduce comentarios del New York Times, The Sun y otros diarios estadounidenses, que declaran su satisfacción por el cambio producido en la dirección política de la Argentina. Por el contrario, el diario católico italiano Il Corriere lamenta que haya sido derrocado el único gobierno de la América del Sur “que estaba en condiciones de ponerse a la cabeza de las repúblicas latinoamericanas para contrarrestar las ambiciones de hegemonía de los Estados Unidos”.
En esos días el doctor Marcelo T. de Alvear, referente de los antipersonalistas, se halla en París, y al enterarse de los sucesos del 6 de septiembre declara: “Yrigoyen ha jugado con el país. Socavó su propia estatua y deshizo al partido Radical, lo que explica que los enemigos más encarnizados del jefe inepto sean los verdaderos radicales”; y con relación al gobierno provisional expresa: “Los argentinos deben tener eterna gratitud a los hombres que en un momento dado se jugaron para ponerse al frente de la reacción y producir lo que era un anhelo general y casi unánime”. El doctor Roberto M. Ortiz escribe a Alvear y le relata los detalles de la revolución, al tiempo que le pide su regreso para llevar a cabo la “reconstrucción nacional del radicalismo”; allí le aconseja pasar previamente por los Estados Unidos, para promover en ese país “una corriente de amistad cordial que repercutiría gradualmente entre nosotros”.
Sin embargo, la revolución del 6 de septiembre de 1930, que suscitó en un principio tanta esperanza, iba a inaugurar uno de los períodos más oscuros de la patria, que la historia recordará como la Década infame.
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