Rosas

Rosas
Mostrando entradas con la etiqueta López Estanislao. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta López Estanislao. Mostrar todas las entradas

domingo, 5 de noviembre de 2023

López Estanislao 2da parte

Por pacho o'donnell
La década de 1820 estuvo signada por una interesente gestión de López quien se empeñó en dar orden territorial, administrativo y legal a su provincia, con el consenso de sus comprovincianos. En relación a la autonomía que los jefes federales deseaban dotar a sus provincias, a las que con frecuencia se referían como “repúblicas”, la Junta de Representantes santafesina propone una bandera diferenciada de la nacional. Esta debe ser “de figura cuadrilonga, centro blanco en los dos costados celestes y un triángulo en cada extremo de color colorado”. Bandera que nunca se realizó. El 1º de agosto de 1822 López reitera su voluntad de contar con bandera propia y propone que “sea cuatricolor, blanco el medio, celeste a la derecha y en el centro un óvalo orlado con una faja amarilla donde se note: Provincia Invencible de Santa Fe. En lo inferior las armas con un sol naciente conforme al diseño que acompaño, sin perjuicio de cuantas modificaciones le parezcan mejores, análogas o más explicativas del genio valiente de sus hijos”.
En 1824, convocado por Buenos Aires, se reunió un Congreso Constituyente con el propósito de dar una organización a las Provincias Unidos. Los delegados santafesinos, trenzados en ardorosos debates contra el centralismo porteño, defendieron sin éxito las autonomías provinciales y su derecho a las regalías de la Aduana del puerto.  Durante su gobierno López sostuvo relaciones autónomas con algunos países americanos. Desde 1814 gobernaba en Paraguay el dictador Gaspar Francia con un aislacionismo tanto económico como político, instaurando medidas proteccionistas que perjudicaron el comercio santafesino que se vio privado de tabaco, yerba y maderas. López se planteó seriamente adoptar medidas similares en contra del Paraguay, como lo escribiera al gobernador de Corrientes: “Yo estoy resuelto a observar con respecto al Paraguay la misma conducta que guarda con nosotros. Todas las reflexiones que he hecho sobre el particular sólo han servido para confirmarme más en la necesidad de adoptar esta medida. Si nosotros por una política extraviada le franqueamos nuestro comercio y con él nuestros recursos, al paso que aquel gobierno por un proceder egoístico nos priva del suyo, cuando sus producciones no nos son de primera necesidad ¿no es darle a entender que nuestra suerte es precaria y que no podemos subsistir sin él, pudiendo él verificarlo sin nosotros? ¿No es esto fomentar los caprichos de aquél Directorio por una debilidad criminal de nuestra parte? Franqueándole el tráfico de nuestras provincias le proporcionamos los medios de informarse de nuestra situación política, de la debilidad de nuestro estado y de otros pormenores que ciertamente deben interesarle para su manejo, mientras nosotros estamos en la más completa ignorancia de sus recursos y planes”. 
Las disposiciones de Francia fueron sistemáticamente violadas por el tráfico clandestino sin duda fomentado por el gobierno santafesino. Esto se percibe en la nota enviada el 5 de enero de 1823 por Estanislao López al gobernador de Entre Ríos, Lucio Mansilla, informándole sobre el avance de una división paraguaya hacia la Candelaria con el objetivo de poner coto al contrabando: “Así es que se advierte muy bien el espíritu de aquel directorio en dirigir de tiempo en tiempo parte de sus esfuerzos a esos destinos pues su designio no es, ni puede ser, otro que impedir nos proveamos de los frutos de que su sistema monstruoso ha intentado privarnos”. Respecto de las relaciones de López con el gobierno de Chile las comunicaciones fueron escasas pero amistosas, sobre todo con el general O’Higgins. En un caso hizo un pedido especial al chileno solicitándole que intercediera para que se pudiera cobrar el legado de una tal Manso que había destinado 14.000 pesos de su herencia a beneficio del hospital santafesino.  Con San Martín el vínculo fue siempre cordial y activo. Puede decirse que don José le debió su libertad y quizás su vida cuando a mediados de octubre de 1823 pensaba viajar a Buenos Aires y recibió entonces una comunicación secreta del caudillo santafesino: “Sé de una manera positiva, por mis agentes en Buenos Aires, que a la llegada de V. E. a aquella capital, será mandado juzgar por el gobierno en un Consejo de Guerra de oficiales generales, por haber desobedecido sus órdenes en 1819 haciendo la gloriosa campaña de Chile, no invadir a Santa Fe y la expedición libertadora del Perú. Para evitar este escándalo inaudito y en manifestación de mi gratitud y del pueblo que presido, por haberse negado V. E. tan patrióticamente en 1820 a concurrir a derramar sangre de hermanos con los cuerpos del Ejército de los Andes que se hallaba en la provincia de Cuyo, siento el honor de asegurar a V. E. que, a su solo aviso, estaré con la provincia en masa a esperar a V. E. en El Desmochado, para llevarlo, en triunfo hasta la plaza de la Victoria. Si V. E. no aceptase esto, fácil me será hacerlo conducir con toda seguridad por Entre Ríos, hasta Montevideo”. Don José le agradecería el aviso y tomaría las precauciones necesarias para advertir a su enconado enemigo Rivadavia, arbitro de la política porteña, que su presencia en Buenos Aires obedecería solo a su intención de embarcarse hacia su exilio en Europa.  Dorrego es uno de nuestros próceres mayores avaramente reconocido por la historia oficial, la que sólo hace hincapié en su condición de “fusilado” pero sin ahondar en las razones de su muerte ni inculpará a su verdugo ni a los autores intelectuales. Asumió como gobernador de Buenos Aires luego de que Rivadavia renunciara ante el escándalo provocado por su emisario Manuel J. Garcia, obediente a los deseos de Gran Bretaña, al ceder a Brasil la ocupación de la Banda Oriental a pesar del triunfo de las armas argentinas en Ituzaingo. Dorrego había sido representante del caudillo federal Ibarra, gobernador de Santiago del Estero, en la Legislatura porteña y allí había denunciado las arbitrariedades y las corruptelas de don Bernardino y los suyos. Ello le ganó el favor de los sectores populares que vieron en él un representante confiable de sus intereses avasallados por la burguesía comercial, los “decentes” del puerto.
Se hace cargo del gobierno de la provincia de Buenos Aires en agosto de 1827 y encuentra al Estado en gravísima crisis financiera: la deuda acumulada llegaba a los 30.000.000 de pesos, la onza de oro desde enero de 1826 había subido de 17 a 55 pesos, la circulación de 10.250.000 pesos triplicaba el dinero en giro existente antes de la guerra con el Brasil, la Aduana recaudaba cifras insignificantes a causa del bloqueo de la escuadra brasilera, y un mercado enrarecido incrementaba paulatinamente la salida de oro al exterior.   El Banco fundado por Rivadavia y García seguiría siendo un instrumento dócil en manos del embajador inglés lord Ponsonby quien sabría extorsionar a Dorrego para que la guerra con Brasil concluyera, al menos con la independencia uruguaya. Dorrego no encontró apoyo en el directorio para continuarla ya que se le negó todo apoyo económico y estuvo obligado a la paz, pero debe reconocerse que gracias a su convicción se evitó la anexión de la Banda Oriental al Brasil como provincia “cisplatina”. El embajador británico pudo escribir entonces al primer ministro lord Dudley, sustituto de Canning: “No vacilo en manifestar a Ud. que yo creo que Dorrego está ahora obrando sinceramente en favor de la paz (…) A ello está forzado por la negativa de proporcionársele recursos salvo para pagos mensuales de pequeñas sumas”. Pero la animosidad de lord Ponsomby no se calmará y moverá los hilos para preparar un golpe contra ese gobernante tan poco predispuesto a doblegarse ante la prepotencia británica, tan diferente a don Bernardino. Entonces anuncia a Londres: “Dorrego será desposeído de su puesto y muy pronto”.  El nuevo gobernador, de profundas convicciones democráticas, había tomado medidas drásticas en favor de las clases populares: fijó precios máximos para el pan y la carne, suspendió el odiado régimen de reclutamiento forzoso y prohibió el monopolio de los productos de primera necesidad. También suspendería las faraónicas y sospechables obras públicas y prohibiría las exportaciones de oro, pese a las protestas británicas, y las nuevas emisiones de papel. Su política económica tuvo éxito y en febrero 1828, según Miron Burgin, “el peso recuperó casi todo el terreno que había perdido el año anterior”.  No será entonces casual que por primera vez una palabra con intensa significación en nuestra historia aparece escrita. Es en las “Memorias” del general Iriarte. Cuenta que cierto día, acompañado por Carlos de Alvear, se cruzaron con Dorrego en una de las calles céntricas de Buenos Aires.  “-Caballeros -les dijo el jefe federal-, les aconsejo que no se acerquen mucho… -Como quien no quiere contaminar”.
Dorrego vestía un traje ostensiblemente desaliñado y su apariencia era desprolija. Iriarte anotaba entonces: “Excusado es decir que esto era estudiado para captarse la multitud, los descamisados”.
Pero los rivadavianos no habían depuesto sus planes de regresar al poder: “No se esfuerce usted en atajarle el camino a Dorrego”, escribirá Salvador M. del Carril a uno de sus amigos, “déjelo usted que se haga gobernador, que impere aquí como Bustos en Córdoba, ­o tendrá que hacer la paz con el Brasil con el deshonor que nosotros no hemos querido hacerla; o tendrá que hacerla de acuerdo con las instrucciones que le dimos a García, haciendo intervenir el apoyo de Canning y de Ponsonby. La Casa Baring lo ayudará pero sea lo que sea, hecha la paz, el ejército volverá al país y entonces veremos si hemos sido vencidos”.
Juan Manuel de Rosas escribió a Estanislao López, doce días después de la caída de Dorrego a manos de Lavalle: “El señor gobernador (Dorrego), tenía en manos de sus enemigos los principales recursos que son las armas y el Banco (…) Sólo creo que están con ellos (los golpistas ) los quebrados y agiotistas que forman esta aristocracia mercantil”. También: “En combinación con ese establecimiento (el Banco) se fraguó el motín del 1º de diciembre y con él se contó, como lo ha acreditado la experiencia, para pagar el asesinato del jefe del Estado y un ejército de sublevados que creían volver a dominar la República”.  No fue de extrañar que la primera medida tomada por Lavalle luego de fusilar a Dorrego, además de ordenar el exterminio de todo gaucho sospechado de federal, fue permitir nuevamente la libre emisión al Banco: hemos ya señalado que el 5 de noviembre de 1828 había en circulación 10.250.000 pesos en papel según balance aprobado por Dorrego; en febrero de 1829 la circulación trepó a pesos 14.160.843. El oro saltó a 60 en diciembre, 63 3/8 en enero y llegaría a 100 1/2 en octubre con regocijo de los especuladores. El directorio del Banco se deshizo del escaso metálico conservado ( 320 onzas y 5 mil macuquinas) porque “esa cantidad es insignificante para garantir el papel circulante”. Ya no quedó una moneda de oro en el país.
El precio de ello había sido la vida de don Manuel que quizás podría haberla salvado si hubiera obedecido el consejo de su lugarteniente Juan Manuel de Rosas de retroceder hasta Santa Fe para fortalecer sus magras fuerzas con las que López le ofrecía. Antes de morir el infortunado Dorregó escribió una carta destinada a don Estanislao designándolo nuevo jefe del federalismo. La misma concluía: “Ignoro la causa de mi muerte pero de todos modos perdono a mis perseguidores. Que mi muerte no sea causa de derramamiento de sangre”. Dicho deseo no se cumpliría porque los unitarios se lanzaron a la caza de gauchos federales como lo contaría el general Iriarte, antirrosista: “Después de la ejecución de Dorrego, Lavalle asolaba la campaña con su arbitrario sistema, y el terror fue un medio de que con profusión hicieron uso muchos de sus jefes subalternos. Se violaba el derecho de propiedad, y los agraviados tenían que resignarse y sufrir en silencio los vejámenes que les inferían, porque la más leve queja, la más sumisa reclamación costó a algunos infelices la vida. Aquellos hombres despiadados trataban al país como si hubiera sido conquistado, como si ellos fuesen extranjeros; y a sus compatriotas les hacían sentir todo el peso del régimen militar, cual si fuesen sus más implacables enemigos. Se habían olvidado que eran sus compatriotas y, como ellos mismos, hijos de la tierra”. Este procedimiento se repetiría, en mayor escala, luego de la batalla de Pavón en 1861 y para ello fue creado el Ejército Nacional.
Días más tarde de aquel asesinato que marcó con sangre nuestra historia el jefe santafesino contestaría con indignación e ironía a la circular en la que se le informaba que Lavalle, el verdugo y nuevo gobernador, había sido electo por el “voto nacional y unánime”: “Sea cualquiera la propiedad con que el Sr. secretario “nacional” llame voto unánime al de los ciudadanos de una provincia como la de Buenos Aires en la expresión tumultuaria y discordante de los pocos que puede contener un templo(…)”.  La hora de la revancha llegaría para López cuando unió sus fuerzas con las de Rosas para derrotar a Lavalle en “Puente de Márquez” (muy próximo al lugar donde veintitrés años más tarde se libraría la batalla de “Caseros”) , el 26 de abril de 1829, deteniendo así el genocidio del que, entre otros, fueron protagonistas los crueles jefes unitarios Rauch y Estomba. Pero fue entonces cuando la relación entre el santafesino y Rosas corrió circunstancial peligro debido al enojo de aquél porque éste hizo privadamente las paces con el jefe unitario mediante el pacto de Cañuelas sin el conocimiento o el consentimiento de López. Pero las aguas volvieron a su cauce y ese vínculo salió fortalecido.  El libre comercio que en su momento impulsaron los juntistas de Mayo y más tarde el Primer Triunvirato de Rivadavia y el Director Supremo Carlos Alvear, con indudable beneficio para las arcas de Buenos Aires y de sus mercaderes, era severamente cuestionado por los caudillos provincianos que habían visto desmantelar las incipientes industrias de sus territorios, incapaces de competir con los productos industrializados que eran importados desde Europa. En julio de 1830 se reunieron en Santa Fe los delegados de Buenos Aires, ya con Rosas en su gobierno, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes para discutir los términos de lo que habría de conocerse como el “Pacto Federal” y ese tema no pudo estar ausente. El objetivo inmediato del encuentro era llegar a una alianza para oponerse a la poderosa unión unitaria que nucleaba a San Juan, La Rioja, Mendoza, San Luis, Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Córdoba, bajo el “Supremo Poder Militar” concedido el 31 de agosto de 1830 al eficiente general José María Paz.  En la convocatoria federal se planteó el tema del proteccionismo a la producción y a los cultivos del interior. Su principal promotor sería Pedro Ferré, gobernador de Corrientes, quien requirió a Rosas que modificara urgentemente la política de tarifas de Buenos Aires. “Tenemos otras provincias –y son varias- cuyas producciones hace mucho tiempo que dejaron de ser lucrativas; que viven exclusivamente de ellas; que no pueden tampoco, aun con capitales, abrazar otras que su territorio no permite. Más claro y más cierto: han de ser favorecidas por la prohibición de la industria extranjera, o perecer. Pero, sufrirán mucho en la privación de aquellos artículos que están acostumbrados, ciertos pueblos. Sí, sin duda alguna un corto número de hombres de fortuna padecerán, porque se privarán de tomar en una mesa vinos y licores exquisitos… las clases menos acomodadas no hallarán mucha diferencia entre los vinos y licores que actualmente beben, sino en el precio, y disminuirán el consumo, lo que no creo ser muy perjudicial. No se pondrán nuestros paisanos ponchos ingleses; no llevarán bolas y lazos hechos en Inglaterra; no vestiremos ropa hecha en la extranjería, y demás renglones que podemos proporcionar, pero en cambio empezará a ser menos desgraciada la condición de pueblos enteros de argentinos y no nos perseguirá la idea de la espantosa miseria a que hoy son condenados. Y aquí es tiempo de notar que sólo propongo la prohibición de importar artículos del comercio que el país produce, y no lo que puede producir, pero que aún no fabrica”.
En un principio el Restaurador no cedió pero luego en la “Ley de Aduanas” del 18 de diciembre de 1835 introdujo una tabla arancelaria significativamente elevada. Partiendo de un impuesto básico de importación del 17% las cifras aumentaban para dar mayor protección a los productos más vulnerables hasta alcanzar la absoluta prohibición. Las importaciones vitales, como el acero, el latón, el carbón y las herramientas agrícolas pagaban un impuesto del 5%. El azúcar, las bebidas y productos alimenticios el 24%. El calzado, ropas, muebles, vinos, coñac, licores, tabaco, aceite y algunos artículos de cuero el 35%. La cerveza, la harina y las papas el 50%. Los sombreros estaban gravados en 13 pesos cada uno. Se prohibió la importación de un gran número de artículos, incluidos los textiles y productos de cuero; también de trigo cuando el precio local cayó por debajo de los 50 pesos por fanega. Estas medidas fueron forzosamente interrumpidas durante los bloqueos europeos al puerto de Buenos Aires pero luego, derrotadas las invasoras Francia e Inglaterra, volvieron a tener vigencia.
La amenaza de la Liga Unitaria que puso en serio riesgo a la unión federal que sólo se sostenía en el Litoral terminó imprevistamente. El destino había acudido en ayuda del federalismo. Así lo relataría en sus “Memorias” José M.Paz:
“(…)Estaba casi solo (es decir, sin mis ayudantes) a la cabeza de la infantería que mandaba el coronel Larraya y al separarme, adelantándome, me siguió solamente un ayudante, que lo era de estado mayor, un ordenanza y un viejo paisano que guiaba el camino. A poco trecho me propuso el baqueano si quería acortar el camino siguiendo una senda que se separaba a la derecha; acepté, y nos dirigimos por ella; este pequeño incidente fue el que decidió de mi destino.  “El camino principal que yo había dejado por insinuación del guía iba a tocar el flanco derecho de mi guerrilla, y la senda por donde iba tocaba, sin pensarlo yo, con el izquierdo del enemigo.  “Debe también advertirse que el ejército tenía divisa punzó, y no sé hasta ahora por qué singularidad aquella partida enemiga, que sería de ochenta hombres y pertenecía a la división de Reinafé, había mudado en blanca, la misma que arbitrariamente se ponían las partidas de guerrilla mías, que eran en gran parte de paisanos armados.  “Mientras tanto seguía yo la senda, y viendo la tardanza del ordenanza y del oficial que había mandado buscar e impaciente, por otra parte, de que se aproximaba la noche y se me escapaba un golpe seguro a los enemigos, mandé al oficial que iba conmigo, que era el teniente Arana, y yo continué tras él mi camino; ya estábamos a la salida del bosque, ya los tiros estaban sobre mí, ya por bajo la copa de lo últimos arbolillos distinguía a muy corta distancia los caballos, sin percibir aún los jinetes; ya, en fin, los descubrí del todo, sin imaginar siquiera que fuesen enemigos, y dirigiéndome siempre a ellos. “En este estado vi al teniente Arana, que lo rodeaban muchos hombres, a quienes decía a voces: “Allí está el general Paz, aquél es el general Paz”, señalándome con la mano; lo que robustecía la persuasión en que estaba, que aquella tropa era mía. Sin embargo vi en aquellos momentos una acción que me hizo sospechar lo contrario, y fue que vi levantados, sobre la cabeza de Arana, uno o dos sables en acto de amenaza. Mis ideas confusas se agolparon a mi imaginación; ya se me ocurrió que podían haber desconocido los nuestros, ya que podía ser un juego o chanza, común entre militares; pero vino, en fin, a dar vigor a mis primeras sospechas las persuasiones del paisano que me servía de guía para que huyese, porque creía firmemente que eran enemigos. “Entretanto ya se dirigía a mí aquella turba, y casi me tocaba cuando, dudoso aún, volví las riendas a mi caballo y tomé un galope tendido. Entre multitud de voces que me gritaban que hiciera alto, oía con la mayor distinción una que gritaba a mi inmediación: “Párese, mi General, no le tiren, que es mi General ; no duden que es mi General”; y otra vez: “Párese, mi General”. Este incidente volvió a hacer renacer en mí la primera persuasión de que era gente mía la que me perseguía, desconociéndome quizá por la mudanza de traje.
“En medio de esta confusión de conceptos contrarios y ruborizándome de aparecer fugitivo de los míos, delante de la columna que había quedado ocho o diez cuadras atrás, tiré las riendas a mi caballo y, moderando en gran parte su escape volví la cara para cerciorarme: en tal estado fue que uno de los que me perseguían, con un acertado tiro de bolas, dirigido de muy cerca, inutilizó mi caballo de poder continuar mi retirada. Este se puso a dar terribles corcovos, con que, mal de mi grado, me hizo venir a tierra”.   Estanislao López comunica la buena nueva a Rosas el 12 de mayo de 1831 y agrega una postdata: “El soldado Francisco Zeballos a cuyo brazo debemos presa tan importante remite a U. como prueba de su estimación, aunque no tiene el gusto de conocerlo, el fiador y la manea que usaba el Protector (Paz) y las bolas con que le sujetó el caballo”.
A un enemigo de tal fuste le esperaba la muerte de acuerdo a las costumbres de la época. Sin embargo no sería esa la actitud del santafesino, quien escribió al Restaurador: “Mi estimado amigo: con la presente recibirá usted al protector supremo de los coroneles, que ha caído en nuestro poder porque así lo ha querido la divina providencia, descabezando de un modo extraordinario a esa pandilla de enemigos del sosiego público. Aquí lo hemos tratado con muchos miramientos para hacerle conocer cómo se manejan con sus prisioneros los federales, y no necesito recomendarle a usted igual conducta, pues sé que le proporcionará cuanto pueda hacerle falta. Conviene acomodarlo en la Aduana, en una habitación cómoda y decente, donde esté solo, cuidando que las personas encargadas de su custodia sean vigilantes, inaccesibles a la seducción, pero que no lo insulten”.
Rosas le responde con dureza: “Si hemos de afianzar la paz de la República, si hemos de dar respetabilidad a las leyes y a las autoridades legítimamente constituidas, si hemos de restablecer la moral pública y reparar las quiebras que ha sufrido nuestra opinión entre las naciones extranjeras y garantir ante ellas la estabilidad de nuestro gobierno; en una palabra, si hemos de tener Patria, es preciso que el general Paz muera. En el estado incierto y como vacilante en que nos hallamos, ¿qué seguridad tenemos de que viviendo el general Paz no llegue alguna vez a mandar en nuestra República? Y si aquello sucediese, ¿no seria un oprobio para los argentinos?”.  Sin embargo tampoco Rosas le daría muerte sino que lo condenó a una cómoda prisión en Luján, habiendo recabado su juramento de que no volvería a empuñar las armas en contra de la Confederación, compromiso que años más tarde el cordobés violó.
A la prisión del jefe unitario seguirá la derrota de Aráoz de Lamadrid a manos de Facundo Quiroga en “La Ciudadela” con lo que el dominio federal quedó consolidado por un largo tiempo. López insistirá ante Rosas en la oportunidad de consolidar el funcionamiento de la Comisión Representativa que él mismo ha incorporado al Pacto Federal pero el Restaurador se opondría a todo lo que pudiese conducir hacia la constitucionalización del país, según él inoportuna por el desorden en que aún se debatían las provincias. El santafesino insistiría “porque no siempre hemos de presentarnos ante el mundo civilizado como una horda; y alguna vez habríamos de comprobar que si fuimos capaces de triunfar de nuestros antiguos opresores y despedazar el cetro de fierro con que se nos oprimía, también lo somos de merecer el honroso título de hombres libres y de que sabremos constituirnos dándonos leyes justas y equitativas”. Finalmente Rosas impondrá su criterio a favor de la dependencia que Santa Fe tenía con Buenos Aires, quien la abastecía de aquello que le faltase.  La tuberculosis fue limando la salud de López y lo obligó a delegar el mando cada vez con mayor frecuencia en su cuñado Domingo Cullen. Invitado por Rosas, en una demostración de su invariable amistad, don Estanislao pasó varios días en Buenos Aires donde fue colmado de agasajos y honores. Además, de regreso en su hogar, fue atendido por el médico personal del Restaurador, el inglés Lepper, cuyos servicios no pudieron impedir que falleciera en su amada Santa Fe el 15 de junio de 1838.
El vengativo callejero de la capital argentina, como si todavía rigieran los unitarios a más de siglo y medio de Caseros, no ha destinado ninguna de sus calles a honrar a Estanislao López. Lo ha hecho en cambio con su limitado hermano, Juan Pablo, quien se pasó al unitarismo aunque ninguno de sus montoneros, que heredara de Estanislao, lo acompañó. Lucio V. Mansilla se referirá a él con su gracejo indiscutible: “Rozas, que poseía un talento gauchesco para poner sobrenombres, le puso el de “pelafustán”, y los unitarios le llamaban “mascarilla” por ser picado de viruelas. El primero no lo quería, porque era su enemigo, razón de antipatía que me parece óptima. Entre los segundos no tenía crédito, porque, con todas su camándulas de caudillo se dejó derrotar lastimosamente en Malabrigo (…) Juan Pablo tenía su fraseología y terminología peculiares, características. Una vez, por ejemplo, refiriéndose al General Urquiza, y queriendo significarme que él no era menos que otro, me decía esto: “Porque amigo, ni naides es menos nadas, ni nadas es menos naides.”  A ese personaje la capital argentina le ha dedicado la calle que le ha negado a su hermano.

sábado, 4 de noviembre de 2023

Estanislao López 1ra parte

por Pacho O'Donnell
La ciudad de Santa Fe fue fundada por Juan de Garay el 1º de noviembre de 1573 y su jurisdicción abarcaba las actuales provincias de Santa Fe, Entre Ríos y parte de la provincia de Buenos Aires. Allí estalló en el milseiscientos la revolución de “los siete jefes”, una sublevación de criollos contra el despotismo de los españoles que fue reprimida sangrientamente. Durante la colonia su principal riqueza vendría de ser el monopolizador de la distribución de la yerba mate paraguaya en el resto del Virreinato. Los asaltos de los charrúas, abipones y guaraníes obligaron a cambiar la ciudad de lugar. En su proximidad se fundaron otras ciudades, como las actuales Rosario y Coronda. La industria del cuero se desarrolló con vigor a favor de la abundancia de pasturas aptas para la cría del ganado. En territorio santafesino se dieron, en los primeros tiempos de las luchas por nuestra independencia, dos hechos históricos: la creación de la bandera y el combate de San Lorenzo.  El compromiso de la provincia con la insurrección colonial fue grande desde el principio: cuando Belgrano pasó por la ciudad de Santa Fe camino al Paraguay se lo proveyó de reclutas, de fondos, de animales y de alimentos a expensas de algunos de sus habitantes como fue el caso del comerciante Francisco Candiotti quien donó toda su fortuna.  Estanislao López nació en Santa Fe el 22 de noviembre de 1782, hijo natural de Juan Bautista Roldán y María Antonia López. Se incorporó, apenas adolescente, al Cuerpo de Blandengues en el que su padre era capitán. Eran agrupaciones de caballería ligera que debían repeler las incursiones de los indios y proteger los caminos. En sus escaramuzas contra los indios mocovíes y abipones el joven López aprendió de ellos tácticas montoneras que más tarde utilizaría contra los ejércitos regulares porteños.  Tomó parte en la reconquista de Buenos Aires, en 1806, contra los británicos, y luego de Mayo, enrolado a las órdenes de Manuel Belgrano en la campaña del Paraguay, participó de las batallas de Campichuelo y Paraguarí, siendo apresado por los realistas en la derrota patriota en Tacuarí. Enviado a Montevideo logró escapar a nado y a su regreso a Santa Fe fue ascendido a oficial de su regimiento.
En la disputa, iniciada ya en tiempos de la colonia, entre un Buenos Aires que pretendía imponer sus intereses a las provincias y una Santa Fe que se consideraba con derecho a la autonomía, se dio que el Director Supremo, el porteño Carlos de Alvear, en abril de 1815 atacó Santa Fe en el intento de destruir la incipiente reunión en su contra de las provincias litoraleñas con el caudillo de la Banda Oriental José Gervasio Artigas. Instituyó a Eustaquio Díaz Vélez como gobernador santafesino, pero poco después éste fue desalojado por la insurrección popular del 23 de abril de 1815. En su lugar se nombró al citado Candiotti.  Buenos Aires no se conformó y su nuevo Director Supremo, Ignacio Alvarez Thomas, envió otro poderoso ejército al mando de Juan José Viamonte quien, luego de variadas alternativas, debió ceder ante los insurrectos que nombraron a Mariano Vera como gobernador bajo el auspicio del llamado Protector de los Pueblos Libres, Artigas. Luego de una victoriosa expedición contra los indios en el norte de la provincia que lo colmó de prestigio, Estanislao López retornó a la capital de Santa Fe para asumir el gobierno provincial el 23 de julio de 1818 en sustitución de Vera, considerado demasiado pro porteñista, hasta su muerte, veinte años más tarde.  El 17 de diciembre de 1819 casó con la joven de la alta sociedad santafesina María Josefa Rodríguez del Fresno con quien tuvo siete hijos. La burguesía librecambista de Buenos Aires no se conformó con la autonomía santafesina y envió tropas para devolverla a la situación anterior pero los Dragones, con sus tácticas guerrilleras, rechazaron los intentos porteños.  Aliado con el jefe oriental Artigas y con el caudillo entrerriano Francisco Ramírez formó ejércitos para resistir la prepotencia de Buenos Aires. Los dirigentes porteños se sintieron amenazados por los provincianos y su Director Supremo, Martín de Pueyrredón, sustituido luego por José Rondeau, ordenó el regreso del Ejército de los Andes, a lo que San Martín se negó. En cambio Manuel Belgrano, jefe del Ejército del Norte, quizás para cubrir la desobediencia del Libertador y apoyar su expedición al Perú, acató la instrucción de marchar sobre Santa Fe. Pero en Arequito sus fuerzas se rebelaron bajo las órdenes de destacados oficiales como Juan Bautista Bustos, luego gobernador de Córdoba y uno de los más inteligentes y patrióticos caudillos federales, y José María Paz, quien más tarde tomaría partido por el bando unitario erigiéndose en un temible rival de la Confederación.  El conflicto entre las provincias y Buenos Aires dificultaba y demoraba la organización del Ejército de los Andes. Para San Martín era esencial poner fin o por lo menos postergar esa guerra civil. Con ese propósito el Libertador, quien también lo hizo con Artigas, escribió a Estanislao López, dando muestras de que no consideraba a los caudillos “bárbaros” con quienes era imposible dialogar: “Paisano y muy señor mío: el que escribe a usted no tiene más interés que la felicidad de la Patria. Unámonos, paisano mío, para batir a los maturrangos que nos amenazan; divididos seremos esclavos, unidos estoy seguro que los batiremos. Hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares y concluyamos nuestra obra con honor. La sangre americana que se vierte es muy preciosa y debía emplearse contra los enemigos que quieren subyugarnos. Unámonos, repito, paisano mío. El verdadero patriotismo en mi opinión consiste en hacer sacrificios; hagámoslos, y la Patria sin duda alguna es libre, de lo contrario seremos amarrados al carro de la esclavitud. Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas.  En fin, paisano, transemos nuestras diferencias; unámonos para batir a los maturrangos que nos amenazan, y después nos queda tiempo para concluir de cualquier modo nuestros disgustos, en los términos que hallemos por convenientes, sin que haya un tercero en discordia que nos esclavice”.
En esta mediación se evidencia la preponderancia que San Martín otorga a la liberación y unión de la Patria Grande. Además escribe al caudillo con respeto y consideración. Pero el planteo no es aceptable unilateralmente:: la política de aduana, puerto único y libre cambio por parte de los intereses portuarios en perjuicio de las economías interiores constituye el principal impedimento para la unión confederal y la convicción de los jefes provinciales es que no existe posibilidad de superar el escollo a través de acuerdos voluntaristas sino estableciendo por la fuerza el predominio del interés nacional por sobre los localismos portuarios.
La actitud del Libertador frente a la elite porteña fue siempre clara y contundente: les enrostró que estaban más preocupados por imponer su dominio sobre las provincias que en contribuir a la emancipación del continente. Eso era evidente en que los recursos que Buenos Aires decía no disponer para el ejército acantonado en Cuyo y luego en Chile, sobraban en cambio para armar a los ejércitos que embestían contra la confederación provincial. En el capítulo dedicado a Artigas hemos conocido que Pueyrredón se negó a la propuesta de intermediación que ofreció San Martín y sus emisarios chilenos ni siquiera fueron recibidos por el Director Supremo.  Fue la respetuosa relación del Libertador con los caudillos y su resistencia “desenvainar su espada en nuestras guerras civiles”, es decir a combatir en su contra , lo que decidió al doctor Juan Gregorio Tagle, ministro directorial, a sustituirlo en el mando del ejército de Cuyo por Marcos Balcarce.
El l° de febrero de 1820, en la batalla de Cepeda, López y Ramírez derrotaron a las fuerzas de Buenos Aires comandadas por Rondeau, poniendo fin temporariamente al dominio de los directoriales. Allí también fenecieron las tratativas monarquistas por lo que el republicanismo votado en 1816 en Tucumán quedó a salvo. Las alternativas del Tratado de Pilar, su texto completo y las vicisitudes posteriores han sido descriptas en el capítulo dedicado a Francisco Ramírez.  Ante la renuencia porteña a cumplir con lo pactado en Pilar de llamar a una Convención Constituyente y de castigar a los directoriales que habían llevado adelante las negociaciones para entronizar al duque de Lucca, Carlos de Borbón, en el Río de la Plata, el santafesino avanza sobre Buenos Aires, derrota a las fuerzas que le salen al paso y le pone sitio.  La gravedad de la situación obliga al nuevo gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez, a llegar a un acuerdo que iniciará una persistente alianza entre Santa Fe y Buenos Aires y que excluirá a Ramírez, quien al derrotar a Artigas y quedar dueño de las provincias del Litoral emergía, autodesignado “Presidente de la República de Entrerríos”, con un poder envidiable y amenazante. El escenario del pacto fue la estancia de don Tiburcio Benegas firmándose el 24 de noviembre de 1820 y estableció el compromiso del fuerte estanciero y carismático comandante de milicias Juan Manuel de Rosas a proveer, de sus propias haciendas, 25.000 cabezas de ganado vacuno que permitieron repoblar los campos de la provincia de López devastada por las continuas guerras contra Buenos Aires. Desde entonces se estableció una vigorosa relación personal y política entre el porteño y el santafesino. En comunicación al gobernador Martín Rodríguez el futuro Restaurador explicaría: “Santa Fe en armonía, paz y amistad es una columna de orden en nuestra provincia. Ante tal conflicto medité que para que la paz fuera sólida sería un arbitrio proporcionar cómo hacer propietarios en la campaña de Santa Fe y dar ocupación a sus habitantes”(Chiaramonte, Cussianovich, Tedeschi).
Desde entonces Buenos Aires gozaría de lo que la historia oficial recuerda como “la feliz experiencia”, casi una década de paz y crecimiento del puerto a favor del drama del caudillaje federal: Guemes asesinado, Artigas asilado en Paraguay y sus aliados portugueses dominando la Banda Oriental, López y Ramírez enfrentados rabiosamente entre sí, Buenos Aires desentendido de San Martín y su ejército como represalia por no haber regresado a Buenos Aires para luchar contra los caudillos. Esos años, que Vicente López y Planes, en carta a San Martín, llamase “el período de la contrarrevolución”, dio a pie a que los ministros de Rodríguez, Bernardino Rivadavia y Manuel García, dieran forma política y conceptual al unitarismo, importando fórmulas europeizadas que serían confundidas con lo civilizado, cavando siderales distancias culturales con el federalismo provincial consustanciado con lo criollo y las tradiciones hispánicas.
En 1821 López se negó a conceder a Ramírez el permiso para cruzar su provincia con el objeto de luchar contra su aliado Juan Bautista Bustos en Córdoba y ello hizo que el entrerriano se lanzara a una guerra despareja contra sus ex aliados reforzados por fuerzas porteñas. El “Supremo Entrerriano” hallaría la muerte en Río Seco a manos de una partida de montoneros de López. Esos hombres quisieron hacerle un regalo al gobernador. Para ello le encargaron la tarea a Manuel Rodríguez quien luego extendió una factura cuyo original está en el Archivo de la provin­cia de Santa Fe y de allí lo rescató Félix Luna:

Pesos  
“Por doze pesos de estrato de Vino ratificado
12
Más de diez pesos de iodo alcanforado
10
Por veinte pesos de mi trabajo personal por las operaciones que he executado con la expresada Caveza, como son la del Trépano i demás Cirúrgicas cuyo valor es sumamente ínfimo como lo descontará qualesquiera Facultativo en el dicho Ramo
20
IMPORTA PESOS
42
Por manera que según la Cuenta que precede asciende esta a la cantidad de cuarenta y dos pesos y por ser así firmo el presente documento en la Ciudad de Santa Fe a 23 de julio de 1821.
Manuel Rodríguez.”

¿Para qué servía esta extraña fórmula? Nos lo aclara el encabezamiento:
“RELACION DEL GASTO OCASIONADO PARA PRESERVAR DE CORRUPCION LA CAVEZA DEL FINADO SUPREMO DE ENTRE RÍOS FRANCO RAMIREZ, EL QUE HE VERIFICADO POR MANDATO DEL GOBERNADOR SUBSTITUTO DE ESTA PROVINCIA.”
Estanislao López conservó la cabeza de su anterior aliado Fran­cisco Ramírez dentro de una jaula y son mentas que cuando recibía a algún montonero redomón la ponía sobre su escritorio.

martes, 30 de noviembre de 2021

Francisco Antonio Candioti (1743-1815)..un Gobernante Federal..... fascinante y poco conocido

Por el Prof. Jbismarck

Nacido en Santa Fe el 25 de agosto de 1743; época de dura lucha para consolidar la situación de la provincia. En ese ambiente tenso por las penurias, sacrificios y perseverancia por la consolidación de la ciudad, nació y fue creciendo; su padre que descubre en el hijo ese temperamento inquieto sin ser enfermizo, no le desagrada porque lo hereda de él: Ya desde los 6 a 7 años, su única preocupación es el caballo que aprende a jinetear perfectamente, deciden enviarlo al Perú a los 9 años de edad, por ser el centro más adelantado de enseñanza. Años después de la muerte de su padre, cuando regresa del Perú en 1762, hecho ya todo un hombre fuerte, de excelente salud, de una constitución a toda prueba y con una cultura más sólida adquirida con sus estudios y la vida social en Perú con parientes y amigos, se hace cargo de inmediato de los comercios y estancias de Santa Fe heredados de su padre; impulsando acertadamente sus negocios con Buenos Aires, las Provincias del Nordoeste, la Banda Oriental, Paraguay, etc. Experto en estos viajes y recordando siempre la importancia del Perú como plaza comercial, donde había observado una gran demanda de ganado caballar y mular como medio de transporte para esas regiones áridas y montañosas, intensifica la cría de mulas y caballos, con el propósito de realizar su sueño dorado. Con este motivo se ha dedicado más a sus estancias trabajando a la par de sus peones, con el afán de hacerse más gaucho; lo que en corto tiempo consigue hasta superar a sus mejores peones; pues se ha hecho buen jinete, domador como el mejor y sumamente diestro en el manejo del lazo y las boleadoras; Se le ve constantemente a caballo hasta en la ciudad. Planea con todo cuidado un viaje al Perú conduciendo un arreo o caravana y un día a fines de mayo de 1764, monta ágilmente en su caballo, bayo cabos negros, pelo de su preferencia y tranquilamente, se dirige a reunirse con sus arrieros que han quedando rondando la tropa compuesta de más de mil mulas chúcaras, otro gran número de cargueras, varias tropillas de caballos seleccionados, entre las que se cuentan las de su silla, numerosos potros, suficiente ganado para la alimentación y gran cantidad de bueyes para el tiro de las carretas, etc. 

Es tal el entusiasmo despertado en él por su primer viaje al Perú, que una vez reorganizado su comercio de la ciudad, un tanto descuidado debido a su ausencia, otorga poderes a personas amigas, para cobrar lo que se le adeuda en todo el territorio del Virreinato.  Año tras año, sigue repitiendo esas hazañas hasta contar más de 17 excursiones hasta el Alto Perú, Lima, Chile, etc. Así continúa con esas caravanas tan numerosas que parecen verdaderos ejércitos en marcha (ruda tarea, en que persiste hasta avanzada edad, en que sus compromisos políticos y sociales, le absorben casi todo el tiempo); en sus estancias, según los hermanos Robertson, Candioti tiene más de 300.000 caballos y mulas y 250.000 vacunos y lanares; considerándolo como el más fuerte ganadero de las Provincias Unidas del Río de la Plata y el primer exportador de ganado en pie. 

Los 10.000 pesos producto de su primer viaje al Perú, que constituyen ya en esa época una fortuna, los emplea conjuntamente con lo que va adquiriendo en los sucesivos viajes, en la adquisición de campos en Santa Fe y especialmente en Entre Ríos, donde llega a poseer más de 300 leguas cuadradas con la población ganadera citada. Bien es cierto, como dice Cervera, que la tierra como el ganado entonces, se adquiría fácilmente; pues era suficiente declarar la extensión de campo que se desea obtener y la cantidad de ganado con que lo va a poblar; y como en la Pampa abundan por millares los yeguarizos y vacunos salvajes, sólo era necesario rodearlos y arreándolos, encajonarlos en una ensenada del campo, en que parando rodeo, se procedía a marcarlos como propios, sin que con ello se defraudara a nadie.

Don Francisco Antonio Candioti, hombre de gran fortuna y fuerte comerciante de Santa Fe, fue siempre de trato afable y acariciador, tanto con el rico como con el pobre, no haciendo diferencia alguna entre uno y otro; era generoso y magnánimo, siempre dispuesto a la ayuda sobre todo del estudiante pobre para continuar sus estudios Universitarios; daba amplias garantías a algunos empleados y otras personas que merecían su confianza.  Era miembro de varias Hermandades y con tal motivo el año 1807, destinó la suma de 200 pesos fuertes anuales, como padrino, para la construcción de las iglesias de Paraná y la de Santo Domingo de Santa Fe y como tradicional recuerdo, dice Cervera: "fue gran benefactor de su pueblo y amante de su terruño, que defendió a todo trance para mantener su autonomía dentro de un cabal federalismo”.

A la erección del Virreinato del Río de la Plata en 1776, siguen otras creaciones, como el Reglamento de Libre Comercio de 1778, que posibilita en el año 1794 la instalación del Real Consulado de Buenos Aires. Éste reúne un doble aspecto, como tribunal del fuero mercantil y de cuerpo colegiado destinado a fomentar las artes, la agricultura, la industria y el comercio del Plata. En él hará sus primeras armas un abogado llamado Manuel Belgrano.  Diputado del Comercio por Santa Fe será designado por dos años Francisco Antonio Candioti, con uso de armas en la ciudad para su auxilio, pidiéndosele desde Buenos Aires que informara sobre la agricultura, comercio e industria santafesina. Lo llevó a vislumbrar posibles salidas políticas y económicas para la jurisdicción santafesina, tan menoscabada por la disminución de la actividad minera en el Alto Perú, con la menor demanda de mulas. Esta interacción sin duda le permitió estar al tanto de la distribución de los grupos económicos dominantes de la capital y de las ciudades del interior.  La relación de Francisco Antonio Candioti con Manuel Belgrano se mantuvo a lo largo de los años. Producida la revolución de Mayo de 1810, Candioti auxilió con sus bienes a la expedición comandada por Belgrano que marchó hacia el Paraguay.  Le entregó una primera ayuda de doscientos pesos fuertes. Lo acompañó luego hasta sus estancias de Arroyo Hondo y lo auxilió con 1.350 caballos y con todo el ganado vacuno que habría de necesitar el ejército para mantenerse durante el viaje; también con 12 carretas para conducir una partida de yerba del Paraguay y Salto.

Previo a la Revolución, surgieron sospechas en 1809 en torno a su probable conexión desde Santa Fe con el movimiento conspirativo de Martín de Álzaga en Buenos Aires, situación que no pudo ser comprobada. Durante las guerras desatadas a partir de la Revolución su participación política no fue permanente, sin embargo, se requería su presencia para la decisión de asuntos claves de la ciudad.  Hay que destacar que Santa Fe se vio envuelta en el clima de violencia general del Río de la Plata. Desde Buenos Aires se sospechaban alianzas contrarias a la revolución y con los años se incrementó el control sobre los santafesinos. Cuando se estableció la Junta en Buenos Aires el 25 de mayo de 1810 y se fija desde la elite porteña como prioridad lograr el acatamiento en todo el virreinato, el cabildo santafesino tomó conocimiento de la obligación de nombrar un diputado para la Junta. Candioti fue considerado como uno de los candidatos que pudiera garantizar ‘seguridad, tranquilidad y felicidad general’ aunque finalmente la votación recayó sobre Juan Francisco Tarragona. En octubre de ese año Santa Fe adhirió de forma activa a la causa revolucionaria y nombró a Pedro Aldao, sobrino de Candioti, como diputado para recibir a Belgrano destinado como jefe de expediciones a la banda oriental del río Paraná y demostrar el patriotismo del vecindario”, describió. A fin de ese año fue convocado como sargento mayor de milicias urbanas de la ciudad para conformar la Junta de Guerra para mayor servicio al gobierno. Fue propuesto en 1811 como alternativa local al gobernador militar porteño designado luego de la instalación del Primer Triunvirato en un ambiente de tendencias antirrevolucionarias en Santa Fe. Luego de estos en varias oportunidades más Candioti fue señalado como el hombre idóneo para asumir las responsabilidades que la coyuntura exigía para definir y defender la posición de la ciudad.

En 1813 recibe una carta de Belgrano, desde la Quebrada de Humahuaca, que lo torna desalentado y la entrega para que la lean; dice así: “ Mi amigo: no conseguí victoria en Vilcapugio, un contraste, sí, que aunque no destruidor, todavía me dejó capaz de una otra acción, en fin, que fue en las Pampas de Ayohuma; el contraste ha sido terrible y necesitamos mucho para reponernos. Por fortuna los pueblos han tomado con empeño rehacer el ejército y veo el mayor anhelo para la salvación de la Patria. Necesito caballos y mulas mansas en cantidad de cuatro a seis mil, por mitad unos y otros; si Vd. quiere entrar en ese contrato con el Ejército y conducirlos al punto que sea necesario, a saber: Tucumán, Salta o Jujuy, no sólo hará Vd. un gran servicio a la Patria, sino a mí también, advirtiéndole que los satisfaré a los precios corrientes. Espero que Vd. haga todo esfuerzo y tome con empeño que consiga este auxilio, seguro de mi agradecimiento; acaso Vd. no pueda solo y en tal caso propóngale a otros, en la inteligencia de que la paga será efectiva y pronta. Quiera Vd. volver las expresiones a su digna familia y amigos y mandar francamente a su servidor. Manuel Belgrano. Humahuaca 15 de diciembre de 1813.— La actitud de Candioti es como siempre espontánea, resuelve inmediatamente se reúnan los animales y dinero que se les pide; siendo también en este caso, el mayor contribuyente.  Así, en los primeros días de febrero entra en la ciudad de Tucumán al frente de su arreo, el caballero anciano con más de 70 años.  Su amigo Belgrano se encuentra en la ciudad; pero tristemente comprueba, que no como General en Jefe del Ejército del Norte, sino como simple subalterno y procesado por su Gobierno. Candioti que ha recorrido más de 200 leguas, se enfrenta al cuadro más desolador:  la tristeza de un hombre sin tachas, que quieren humillar y a quien debieran guardar suma gratitud. El efecto producido en el anciano amigo por este hecho, fue desastroso; ni siquiera entra en Santa Fe a su regreso, pasa de largo a su estancia de Arroyo Hondo donde se recluye desengañado y sin querer hablar con nadie.  Esta enorme decepción y la vejez, lo torna triste y nada comunicativo; dedicado a sus tareas de campo y aparejando siempre sus tropillas de caballos bayos cabos negros, que son su debilidad y orgullo de buen gaucho.                                                                          No quiere asistir al derrocamiento del Gobernador Montes de Oca de funesta actuación para Santa Fe; quien fue reemplazado por el Coronel Alvarez Thomas, bajo la protesta silenciosa del pueblo santafesino, porque en lugar de nombrar al Gobernador que hace años reclaman, después de soportar un español y varios porteños, todavía le nombran un peruano.  Si la actuación de Candioti fue buena o mala, no se puede aseverar; su política consistió en tratar de conseguir la armonía y la autonomía de Santa Fe; pero a raíz de órdenes emanadas de Buenos Aires de organizar una fuerza para luchar contra el caudillo Hereñú de Entre Ríos, los santafesinos le niegan su apoyo; pues el poderío de Artigas se extiende rápidamente hacia el litoral y Candioti que es amigo de Artigas, que no interviene en los asuntos de Santa Fe, sostiene que esa política puede ser de graves consecuencias y trata de prevenirlas negándose a toda colaboración con Alvarez Thomas.

A su vez, el centralismo porteño incide en el cercenamiento del control que los santafesinos ejercen sobre su jurisdicción y que hará crisis a partir de 1812, cuando tal accionar se traduce en la desprotección de las fronteras, lo que permite el avance indígena; a lo que se suma la desprotección militar, ya que Santa Fe colabora con hombres y armas en las campañas independentistas; y el elevado costo de los impuestos que Buenos Aires exige.   Este ahogo económico obliga a los estamentos santafesinos a buscar apertura con Artigas, que le ofrece soluciones de mayor plasticidad en el orden económico y seguridad de poder efectivo sobre su autonomía.  La incorporación de Santa Fe a la Liga Federal provoca la reacción de Buenos Aires, que somete a la provincia a sucesivas invasiones que deterioran aún más su situación.  José Luis Busaniche, en “Santa Fe y el Uruguay”, relata que en marzo de 1815 llegaba a Santa Fe la primera fuerza artiguista, y el gobernador Eustaquio Díaz Vélez se entregaba sin combatir, siendo embarcado para Buenos Aires junto a oficiales y soldados allegados.

El 2 de abril de 1815 eligió el Ilustre Cabildo a D. Francisco Antonio Candioti, Gobernador de Santa Fé, y El día 13 de abril llegó a esta ciudad el General D. José Artigas con una escolta de veinticinco hombres.  José Rafael López Rosas, en “El Pronunciamiento Federal de Santa Fe”, referencia un acta firmada por Francisco Antonio Candioti, los miembros del Cabildo, los de la Junta Representativa y el diputado de la Villa del Rosario don Tiburcio Benegas, los que reunidos el 17 de mayo de 1815 resuelven, en atención a las distintas solicitudes presentadas por el representante sureño, dictar diversas medidas de gobierno en pro del adelantamiento de la Villa. Así disponen que se establezca una escuela de primeras letras “costeada con los derechos del nuevo impuesto para propietarios establecidos…”. 

 El flamante Gobernador enarbola en el Cabildo la bandera de la libertad de Artigas, que es la argentina de Belgrano, cruzada en diagonal por una franja roja, de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo.  El Gobernador que tanto había anhelado el pueblo, lleno de achaqües por su edad y enfermo, pero lo que más lo preocupa y teme, es una reacción de Buenos Aires, sobre todo por la ayuda prestada por el Jefe Oriental; por ello, se decide a organizar fuerzas armadas para la defensa; consiguiendo ésto en parte, al requisar un cargamento de armas al pasar por el puerto de Santa Fe, que conducía su amigo Robertson al Paraguay, por encargo de Francia.  Esta prevención del Gobernador era bien justificada; por cuanto el General Alvear, que sucedió como Director Supremo a Posadas, era considerado allí como arbitrario y pretencioso; Derrotado Alvear, el nuevo Director Coronel Alvarez Thomas, suplente de Rondeau, por enfermedad, rompe su pacto con Artigas y con el pretexto de ayuda solicitada por intermedio de Mariano Vera, para evitar las invasiones de indios, pero con el evidente objeto de cerrar el paso del Paraná a las fuerzas de Artigas, envía tropas a Santa Fe, bajo el título de Ejército de Observación, al mando del Coronel J. J. Viamonte y algunos buques de guerra. 

Artigas convoca a los pueblos de su protectorado con el propósito de deliberar sobre la política a seguir en el futuro. Atento a la convocatoria, el 29 de junio se reúnen en Concepción del Uruguay los diputados de la Banda Oriental, Córdoba, Corrientes, Misiones y Pueblos de Entre Ríos.  Santa Fe envía en carácter de Diputado al Dr. Pascual Diez de Andino.  En las instrucciones otorgadas al Diputado por Santa Fe, se resume el pensamiento federal de la época y las ideas políticas de las provincias litoraleñas: la soberanía de los Estados particulares frente a la soberanía de la Nación.   El 25 de junio de 1815, sintiéndose enfermo, don Francisco Antonio Candioti, se dirige al Cabildo y a la Junta Representativa en los siguientes términos: “El Gobernador de la Plaza se halla bastante enfermo y no puede ya fijarse en las atenciones que demanda el gobierno; por esto, lo pone en manos de V.S. para que ínterin se restablece lo encarguen a la persona que corresponda; sin que este sea motivo de tropiezo, pues ruego a V.S. la buena armonía y concordia que exigen las circunstancias presentes”.

El 27 de junio, el pueblo de Santa Fe es sorprendido por la noticia de que su patriarca y Gobernador acaba de delegar el mando, en el Alcalde de Primer Voto, Don Pedro Tom ás de Larrechea, porque se encuentra muy enfermo. El vecindario que cree que el Alcalde simpatiza con el Gobierno de Buenos Aires, se niega a obedecerle como Gobernador aunque sea interino y se reúne en la plaza gritando "que si Candioti está enfermo, que gobierne desde la cama”.   Es tan resuelta la actitud del pueblo, que el Cabildo rechaza la renuncia del Príncipe de los Gauchos; Cuando el Director avisó a Candioti del envío de tropas que iba a hacer a Santa Fe, éste contestó en términos enérgicos oponiéndose a esa medida cuyos resultados podían ser funestos, de los que él no podía responder. El 27 de agosto de 1815, el pueblo entero de Santa Fe se aglomera frente a la casa de Candioti, al conocerse la noticia de la muerte del Príncipe de los Gauchos. Al día siguiente el pueblo entero llorando esa pérdida irreparable para Santa Fe conduce su ataúd hasta la iglesia de Santo Domingo; mientras que las tropas invasoras de Viamonte, que si el patriarca hubiera tenido energías habría luchado contra ellas, antes de avasallar la autonomía de su provincia, le rinden los honores correspondientes a Gobernador. 

Al dar su poder para testar a su legítima esposa, doña Juana Ramona de Larramendi, pide ser sepultado en la Iglesia de Santo Domingo y amortajado con el hábito de la Orden. Finalmente, instituye como legítimas, únicas y universales herederas a sus hijas María de los Dolores y Petrona Ramona.  María de los Dolores se casó con don Antonio Crespo (1818) y Petrona Ramona se casó con Urbano de Iriondo (1827).  Antonio Crespo fue gobernador de Entre Ríos, y Urbano de Iriondo, padre y abuelo a su vez de dos gobernadores santafesinos: Simón de Iriondo y Manuel María de Iriondo.

No menciona la vasta descendencia de hijos tenidos fuera del matrimonio, aunque pudiera ser que diera instrucciones respecto de ellos. Robertson afirma que comió con Candioti y con cuatro hijos que presentó como tales al inglés; y le dio cartas para otros dos hijos que le cuidaban sus estancias en “el Entre Ríos”. Candioti tenía, a más de los hijos naturales, un hijo de su primer matrimonio.

Un recorrido vital plagado de peripecias le permitieron conquistar ese lugar como uno de los hombres más conocidos de la historia santafesina virreinal e independentista. Un liderazgo que forjó en base a su habilidad para los negocios y el cultivo de las relaciones interpersonales, que extendieron su fama hasta Chile, Asunción, el Atlántico y el Perú. Que inclusive le granjeó el respeto de próceres como Manuel Belgrano y José Gervasio de Artigas. Además del apelativo de “Príncipe de los Gauchos”, impuesto por el viajero inglés John Parish Robertson en sus escritos. Aunque como bien lo aclaró José Luis Busaniche, no un gaucho, sino “un criollo principesco” que despertaba admiración, no sólo por su apostura, sino por las relevantes condiciones personales y morales que lo adornaban, por ser extremadamente generoso y cordial con sus hombres y modesto a pesar de su inmensa riqueza.   

El General Juan José Viamonte, al mando del Ejército de Observación arribado a la ciudad el día 25, enviado desde Buenos Aires por Álvarez Thomas para vigilar a Artigas y someter a Santa Fe, le rindió con sus tropas “todos los honores militares”; El pueblo en masa concurrió a dar el último adiós a su primer Gobernador Independiente.  El entonces Teniente Estanislao López en combinación con Mariano Vera y las fuerzas auxiliares de Artigas, comandadas por José Francisco Rodríguez, harán capitular al General Viamonte el 31 de marzo de 1816.

Bibliografía

Busaniche  José Luis “Historia Argentina”

Candioti Agustín “Francisco Antonio Candioti y Zeballos”

Cervera Manuel “Historia de la Ciudad y provincia de Santa Fé”

Cutolo, Vicente Osvaldo – Nuevo Diccionario Biográfico Argentino

Milano Adriana “Candioti Un liderazgo local entre el virreinato y la revolución (Santa Fe, 1743-1815)

Montenegro de Arévalo Liliana “Candioti primer Gobernador Autónomo de Santa Fé”

 


jueves, 12 de agosto de 2021

Juan Manuel de Rosas hablando de los Congresos....

Por el Prof. Jbismarck

El Pacto Federal de 1831 tiene toda la influencia de Don Juan Manuel.  Enviará una carta al Gobernador de Santa Fé Estanislao López convenciéndolo para no constituir un Congreso. Y lo hizo de esta manera: 

“Congreso, Congreso, ¡Hasta cuándo tendrá lugar entre nosotros esos delirios con que han logrado llenar nuestras cabezas ciertos hombres que no han pensado sino en esclavizarnos! 

En medio de las grandes revoluciones y aún inmediatamente después de ellas ¿Qué han hecho los congresos de Francia, España, Inglaterra y toda la América?¿Han hecho más que aumentar la masa de combustibles, incendiarlos por todas partes, comprometer los pueblos, dividirlos más y más y anegarlos en sangre? “Desengañémonos todo lo que no se haga pacíficamente por tratados amistosos en que rebose la buena fe, el deseo sincero de la unión y un conocimiento exacto de los intereses generales aplicado con prudencia a las circunstancias particulares, será siempre efímero, nulo para el bien, y sólo propio para multiplicar nuestros males.

El señor Roxas bien dijo, y dijo la verdad, cuando aseguró que él no tenía instrucciones para tratar sobre semejantes puntos; pues procediendo este Gobierno como debía, no podía darle otras que las que le ha dado “¿Qué diría de mí y de la presente Administración esta Provincia, su Legislatura y cuántos lean nuestros papeles públicos, si después de haber anunciado por el conven.° preliminar el objeto preciso del Tratado, saliese presentándoles un Tratado que abrazaba otros mil puntos diferentes? “Dirían que se había querido engañar y sorprender, y que yo me había presentado a esta intriga. Eso sería lo menos que dirían ¿Y cuáles serían las terribles consecuencias que resultarían de esta opinión? Dios lo sabe, los hombres no la podemos calcular. “Es preciso pues mi querido amigo que Ud. ponga mano en esto, y que obre con decisión y firmeza para alejar a los Diputados de tales empeños, que por ahora son imprudentes, inoportunos y muy perjudiciales, porque si esto no se consigue y pronto, el país se pierde para siempre.   “La amistad debe ser ingenua, franca y generosa; pero como su principal base es la buena fe, debe ser intolerante sobre todo cuanto pueda desviarla de su objeto” . 

 Las palabras alusivas impactaron en el general López quien, en una carta, contestó a Rosas mostrándose de acuerdo con los argumentos esgrimidos. Además, el santafesino también intentó convencer a su par correntino expresando que “debemos contentarnos con lo principal aun cuando no consigamos el todo de lo que obedecemos”. Mientras Corrientes y otras provincias reclamaban las pautas para una convocatoria de un Congreso Constituyente, Rosas dilataba la cuestión.

La explícita postura asumida por el gobernador de Buenos Aires estaba argumentada en que las provincias no estaban preparadas aún para constituirse y se debía gozar de una paz generalizada.  Existen quienes en la interpretación de la postura de Buenos Aires justifican la decisión de postergar la organización nacional en aquellos años, dando razón a la medida tomada por Juan Manuel de Rosas de oponerse a la convocatoria de un Congreso Nacional. 

Hay que recordar que los Congresos y las Constituciones sancionadas NO TRAJERON NI LA PAZ NI LA UNIDAD DE LOS ARGENTINOS....

jueves, 31 de diciembre de 2020

Estanislao López y el federalismo del litoral, de José Luis Busaniche (uno de los primeros reivindicadores)

 La obra de Busaniche es concebida como respuesta a lo que, en reiteradas ocasiones, denomina historiografía “unitaria” y “oficial”. En una suerte de declaración de principios y de acusación contra aquella, señalaba que “…no es posible seguir considerando nuestra historia como una galería de cuadros gloriosos, fuente de inspiración para cierto patriotismo bullanguero, y motivo de vanidad para nuestro nacionalismo…” Además, señala que la producción histórica ha evolucionado gracias al “estudio detenido y metódico de los documentos”.  Su opción por la figura de Estanislao López, entonces, está justificada en tanto representa a los “caudillos primitivos” que dirigieron y encauzaron aquellas energías sociales, los “grandes conductores de muchedumbres”.

Para Busaniche, la figura de Bernardino Rivadavia era doblemente condenable: por un lado, por haber desalentado a las provincias a prestar ayuda al pueblo uruguayo, tras la ocupación portuguesa de la Banda Oriental, en 1817; por el otro, por su proyecto unitario, en contra de los deseos populares, que terminó siendo en la década siguiente una “presidencia ficticia”.   Para el autor, Artigas lejos estuvo de haber sido “la columna de la desorganización” a la que López siguió producto del “egoísmo” de los gobernantes de Buenos Aires.  Por el contrario, sostenía que el caudillo oriental había sido un pionero en la promoción de muchos de los principios vigentes en la república argentina desde la constitución de 1853, con sus Instrucciones del año XIII. Así, luego de citar el artículo que establecía que las provincias fundantes del nuevo estado deberían adoptar, a partir de un pacto recíproco, el sistema de la confederación, señala el verdadero motivo por el cual fueron rechazados los diputados orientales, acusados de “malas formas”: “…Fue una estratagema de los hombres de Buenos Aires para destruir la tendencia artiguista y el espíritu autonómico de los pueblos, porque debe reconocerse que las instrucciones de Artigas eran las que contenían en forma más franca, precisa y sistemática los principios fundamentales del credo federal, y demuestran un conocimiento suficientemente meditado de los textos constitucionales norteamericanos…”.

Estanislao López es representado como el hombre que, desde 1818 en la gobernación provincial, se puso al frente tanto de la defensa de la autonomía de Santa Fe, como de la causa americana. Uno de los puntos más destacados por Busaniche, en línea con el objetivo de su obra, es el Estatuto Provisorio de 1819, al que califica como una constitución, credo de fe republicana y federal, adelantada para la época. Esto demuestra que Estanislao López comprendía los principios básicos de la democracia representativa y que el pueblo santafesino tenía aspiraciones más altas que la “libertad inorgánica” de la que hablaron “ciertos historiadores” (en referencia a Vicente Fidel López).   Respecto a la invasión de López y Ramírez a Buenos Aires, sostiene que estaba totalmente fundamentada en tanto buscaba “justicia” frente a los abusos del Directorio y no “venganza”, como lo demuestra el hecho de que el caudillo santafesino enviara a los vecinos y habitantes de la campaña una proclama en donde los invitaba a elegir “libremente” de sus autoridades. Además, y siguiendo con la misma lógica argumentativa, los sucesos del año 1820 representaban para Busaniche un avance institucional: el tratado del Pilar, por ejemplo, era “…el primero de los pactos preexistentes, en cuyo cumplimiento se dictaría más tarde la constitución federal argentina en la ciudad de Santa Fe…”

Otro aspecto importante es que para Busaniche este accionar de los caudillos estaba legitimado porque se hacía en representación de las aspiraciones populares de los pueblos,  “… ¡La barbarie gaucha, junto a la Pirámide de Mayo, la chusma campesina en la plaza de la Victoria! No era la barbarie, era el pueblo en cuyo nombre se hacía la revolución, era un soplo profundo y democrático de la pampa virgen y salvaje donde habría de gestarse más tarde la riqueza de la Nación al amparo de las instituciones republicanas y federales cuyos principios defendían con sus lanzas los caudillos del litoral. ¿Dónde está el pueblo? había preguntado diez años antes uno de los cabildantes de Mayo. Ahí estaba el pueblo por primera vez en toda su palpitante realidad, junto a la Pirámide de la revolución, para afirmar con un gesto bravío, por medio de sus grandes caudillos, cuál era la verdad de la Revolución de Mayo…”.

Además, señala que el gobernador santafesino fue posteriormente uno de los primeros y más fervientes americanos que apoyaron la gesta libertadora hacia el Perú, mientras Buenos Aires se negaba.  En segundo lugar, “defiende” a López al mostrar el juicio negativo de San Martin sobre Rivadavia, evidenciando su concepción antinómica entre los caudillos que representaban al pueblo y los porteños oligárquicos alejados de este: “…Ellos [se refiere a los caudillos] concentran en su personalidad la fuerza de una multitud. Casi nunca vacilan en sus designios porque se sienten hombres representativos. No ocurre lo mismo con otra especie de políticos. Rivadavia vivió siempre divorciado del pueblo, en medio del cual le tocó representar una tendencia política. Sus vacilaciones, sus renunciamientos, sus fracasos, se explican por su falta de fe en aquellas democracias representativas, cuyos impulsos pretendió subordinar arbitrariamente a su rígida y exótica ideología de estadista…”  De esta manera, Busaniche sostiene que aquellos caudillos, en tanto representaban al pueblo, se acercaban más a la idea de democracia que aquellos personajes “cultos” que “creyeron improvisar en Buenos Aires la civilización europea”, según los términos pronunciados por San Martin en una carta en que juzgaba a Rivadavia. Democracia y Pueblo eran, para Busaniche, términos que no se podían disociar-  Hacia el final se detiene en el período que va desde 1827 a 1831, marcado por el fin de la presidencia de Rivadavia y la firma del Pacto Federal, ya que fue allí donde el gobernador de Buenos Aires Manuel Dorrego y los “caciques del interior” (así llamados por los “historiadores oficiales”) forjaron una nueva convención nacional para regir los destinos del país. En este sentido, para Busaniche es digno de destacar que tanto Dorrego (al que define como “demócrata inspirado y patriota”) como López hayan dejado de lado los antiguos rencores, poniendo por encima los intereses de la nación.

La Convención comienza a funcionar en Santa Fe y, hacia 1828, además de reconocer la paz con el Brasil y la independencia del Uruguay, busca sancionar una constitución para otorgarle un marco legal y un Ejecutivo estable al nuevo orden político. “…En la crisis del año XX, que trajo el derrocamiento del Directorio, los caudillos campesinos habían observado después de la victoria de Cepeda una prudencia ejemplar y su actitud compromete el respeto de la historia. En 1828, generales de la independencia y políticos que creían monopolizar la cultura y la civilización, dan al país el desastroso ejemplo del crimen político…”.

A partir de ese momento, será Estanislao López la principal figura de la escena “nacional” encargada de la organización política, al ser nombrado general en Jefe del Ejército de las Provincias Unidas. Su proceder estará marcado por la búsqueda de acuerdos pacíficos, pero no consigue la colaboración del líder unitario José María Paz, ni del caudillo federal Facundo Quiroga. Sí, en cambio, de Juan Manuel de Rosas.  

Esto lo demuestra el apoyo del caudillo bonaerense a la iniciativa del gobernador santafesino y del correntino Pedro Ferré por comenzar a organizar la nación a partir de una alianza entre las cuatro provincias del litoral, expresada en la firma del Pacto Federal en 1831. Progresivamente se irán sumando las adhesiones del resto de las provincias argentinas, cimentando a la Confederación Argentina sobre bases legales. Este tratado fue para el historiador santafesino “…fundamento y razón de la constitución federal argentina dictada veinte años más tarde en la misma ciudad…”   


Por último, cabe señalar que lo que Busaniche define como historiografía “oficial” y “unitaria”, se nutre a lo largo de la obra de ciertos nombres propios. Entre ellos se puede mencionar al doctor Carlos Aldao, historiador nacido en Santa Fe en la década de 1860, perteneciente a una de las más importantes familias terratenientes de la zona; Antonio Zinny, intelectual de origen gibralteño cuya obra más importante fue su Historia de los gobernadores de las provincias argentinas, publicada por primera vez en 1879; el propio Domingo F. Sarmiento, a quien no califica como historiador pero sí como un ferviente unitario que con sus obras interesadas por el pasado ha establecido juicios perdurables en el tiempo y; el más importante, Vicente Fidel López, al que consideraba como uno de los “dioses mayores” que “…acomodaba brillantemente la historia a los altibajos de su pasionismo político…”. Todos ellos habían contribuido a forjar y reproducir la mirada porteño-unitaria que condenaba a López y al resto de los caudillos provinciales a calificativos que remitían al supuesto “salvajismo”, la “incultura” y el “localismo” de aquellos líderes federales.

 

martes, 29 de diciembre de 2020

Carta de López a Quiroga, poco conocida, y que constituye también un apunte sobre Rosas visto del natural y por un contemporáneo

 EN ROSARIO (1831)

… Todo lo relativo a la guerra que, según el tratado de 4 de enero debía ser del resorte de la Comisión Representativa, no puede convenirse con ella a causa de que, habiéndose retirado el diputado de Buenos Aires, ha más de seis meses, pretextando enfermedad, aquel gobierno no ha llenado este déficit, y esto ha ocasionado que hoy no exista más diputado que el de esta provincia. El relato que acabo de hacer, persuadirá a usted de la justicia con que he solicitado abdicar el mando del Ejército y lo convencerá de la exactitud de mi cálculo cuando he dicho que siempre juzgué que tal nombramiento era puramente nominal, como que en realidad lo es. Protesto a usted, que la principal razón que me decidió a pasar por todo, fue el convencimiento de que ésta era la oportunidad más favorable para llenar los constantes y suspirados votos de los pueblos y sacarlos de la espantosa miseria y degradación en que ha tanto tiempo están sumidos:  La organización de nuestra patria. Pero, cuál no habrá sido mi asombro y desaliento, mi buen amigo, cuando, llamado a Rosario con instancia por el señor Rosas y cuando yo juzgaba que el objeto de esa entrevista debía ser allanar los obstáculos que pudiera haber a la asecución[11] de aquel sagrado e importantísimo objeto, me dice el señor Rosas, la primera vez que allí hablamos sobre este negocio: Éste no es tiempo de constituir el país y es preciso, compañero, que prescindamos de Comisión Representativa…

Aseguro a usted que, hasta la fecha, no se ha separado de mí el estupor que aquellas expresiones causaron en mi ánimo, y que lo primero que en aquel desagradable momento me ocurrió, fue que esto causaría más males a la República que los que le han originado los unitarios mismos. Después que oí este modo de opinar del señor Rosas, me retiré a mi casa, llamé a su secretario, le manifesté lo que había ocurrido, le signifiqué mi desagrado, la irrevocable resolución en que estaba de no pasar por tal cosa y de no separarme absolutamente del voto tan pronunciado por los pueblos, de constituir el país, encargando comunicase todo esto al señor Rosas, de mi parte.

Tal explicación hizo que aquel amigo tuviese muy luego una entrevista conmigo en la que convino que nombraría sin demora el diputado por Buenos Aires y lo mandaría a Santa Fe; en que también mandaría sin ninguna postergación al señor Corvalán, nombrado diputado por Mendoza y en que si logobiernos del interior, a quienes yo había escrito a este respecto, estaban por la constitución del país, y en consecuencia porque siguiese la Comisión hasta llenar las atribuciones estipuladas en el tratado del 4 de enero, él secundaría el voto de los demás en igual sentido. Esto fue lo único de que allí hablamos de importancia y quedó convenido. Mas usted conocerá que, desde que el señor Rosas opinó por la no constitución del país y desde que tengo motivo para creer que en este mismo sentido se ha escrito al interior para que obre de igual modo, yo no puedo dejar de estar alarmado y extremadamente disgustado, al ver una cosa que nunca pude ni debí esperar, y al contemplar cuán estériles e infructuosos han si do todos los esfuerzos y sacrificios que tan heroicamente han prodigado los pueblos, hasta ponerse en actitud de pensar en lo único útil que les resta que alcanzar, como único medio de reparar sus pasadas desgracias.  En medio de todo esto, observo con sentimiento que en el interior se tiene una idea equivocada respecto a mi posición, y que en lo general se cree que me hallo con bastante poder para evitar los males que nos amenazan; mas usted conocerá, por todo lo comprendido en esta carta, que «te juicio es inexacto, y sentiría que él diese lugar a conjeturas desagradables, partiendo (yo) del invariable principio de que todo aquello que se depare de la organización de nuestra patria, es ajeno de mí y que jamás prestaré mi deferencia a tales ideas.  Después del bosquejo que hago a usted del estado actual de nuestros negocios, réstame hacerle una observación que no puede usted desconocer y que espero confiadamente no desatenderá: usted, por su posición y mil poderosas razones que sería cansado detallar, aparece con justicia a la cabeza de los negocios del interior. Mientras usted permanezca en esta posición, no creo difícil que arribemos a la suspirada organización; pero si usted se separa, va infaliblemente a resultar una espantosa divergencia en las opiniones, y de aquí partirá el pretexto de que en otras ocasiones se han valido nuestros antagonistas para cruzar los empeñosos esfuerzos que se han hecho para organizamos.

Dije a usted, al principio, que le hablaría con toda franqueza de mi carácter. Reproduciendo ahora lo mismo y en la confianza que me inspira su amistad, le diré: Que juzgo que usted no debe absolutamente dejar el mando del ejército que está a sus órdenes, ni abandonar los pueblos a su política particular. Usted conoce el desquicio espantoso en que ellos han quedado y no es fácil calcular los graves males que van a pesar sobre ellos si no hay un punto de dirección. Es usted únicamente quien en el interior puede darlo. En fin, espero lleno de confianza, que, haciendo usted un gran esfuerzo, querrá hacer al país el bien de continuar siquiera hasta que hayamos puesto el primer plantel a nuestra organización, la cual, prestando usted su cooperación, no presentará grandes dificultades, porque a pesar de todo lo anterior dicho, estoy penetrado que nuestro común amigo el señor Rosas es un buen hijo de la tierra y un buen amante de las libertades públicas, y lo único que yo juzgo que puede haber en sus opiniones, es: o extravíos en sus ideas, sin conocerlo, o sugestiones hábilmente manejadas por los que nunca podrían ser amigos de la prosperidad de los pueblos, por considerarla incompatible con la de Buenos Aires.

Estanislao López

Muy mal correspondió Quiroga a la confianza de López porque hizo llegar la carta a manos de Rosas, que debió de agradecer de corazón aquel testimonio de amistad… Quiroga ejercía gran influjo en el interior y Rosas pudo estar seguro de que la organización federal sería combatida por el caudillo riojano dentro de una extensa zona política. Por eso envió nuevamente sin muchos recelos, el diputado a la Comisión Representativa de Santa Fe. Pero apenas se dejó sentir en el seno de la misma Comisión una política de principios y se hicieron algunas gestiones en el interior, Rosas calificó de anárquicas aquellas ideas, retiró al diputado, y Quiroga amenazó al delegado de Córdoba con hacerlo aparecer «colgado». Ya se había firmado el pacto de 1831. Después de este golpe político en el orden nacional, Rosas rehusó ser reelegido gobernador, porque la Legislatura no le dio las facultades extraordinarias que apatecía (diciembre de 1832). Elegido gobernador el general Juan Ramón Balcarce, Rosas llevó a cabo la expedición al desierto en 1833 con el fin de ampliar las fronteras y asegurar la tranquilidad de los pobladores del sur.