Rosas

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domingo, 5 de noviembre de 2023

López Estanislao 2da parte

Por pacho o'donnell
La década de 1820 estuvo signada por una interesente gestión de López quien se empeñó en dar orden territorial, administrativo y legal a su provincia, con el consenso de sus comprovincianos. En relación a la autonomía que los jefes federales deseaban dotar a sus provincias, a las que con frecuencia se referían como “repúblicas”, la Junta de Representantes santafesina propone una bandera diferenciada de la nacional. Esta debe ser “de figura cuadrilonga, centro blanco en los dos costados celestes y un triángulo en cada extremo de color colorado”. Bandera que nunca se realizó. El 1º de agosto de 1822 López reitera su voluntad de contar con bandera propia y propone que “sea cuatricolor, blanco el medio, celeste a la derecha y en el centro un óvalo orlado con una faja amarilla donde se note: Provincia Invencible de Santa Fe. En lo inferior las armas con un sol naciente conforme al diseño que acompaño, sin perjuicio de cuantas modificaciones le parezcan mejores, análogas o más explicativas del genio valiente de sus hijos”.
En 1824, convocado por Buenos Aires, se reunió un Congreso Constituyente con el propósito de dar una organización a las Provincias Unidos. Los delegados santafesinos, trenzados en ardorosos debates contra el centralismo porteño, defendieron sin éxito las autonomías provinciales y su derecho a las regalías de la Aduana del puerto.  Durante su gobierno López sostuvo relaciones autónomas con algunos países americanos. Desde 1814 gobernaba en Paraguay el dictador Gaspar Francia con un aislacionismo tanto económico como político, instaurando medidas proteccionistas que perjudicaron el comercio santafesino que se vio privado de tabaco, yerba y maderas. López se planteó seriamente adoptar medidas similares en contra del Paraguay, como lo escribiera al gobernador de Corrientes: “Yo estoy resuelto a observar con respecto al Paraguay la misma conducta que guarda con nosotros. Todas las reflexiones que he hecho sobre el particular sólo han servido para confirmarme más en la necesidad de adoptar esta medida. Si nosotros por una política extraviada le franqueamos nuestro comercio y con él nuestros recursos, al paso que aquel gobierno por un proceder egoístico nos priva del suyo, cuando sus producciones no nos son de primera necesidad ¿no es darle a entender que nuestra suerte es precaria y que no podemos subsistir sin él, pudiendo él verificarlo sin nosotros? ¿No es esto fomentar los caprichos de aquél Directorio por una debilidad criminal de nuestra parte? Franqueándole el tráfico de nuestras provincias le proporcionamos los medios de informarse de nuestra situación política, de la debilidad de nuestro estado y de otros pormenores que ciertamente deben interesarle para su manejo, mientras nosotros estamos en la más completa ignorancia de sus recursos y planes”
Las disposiciones de Francia fueron sistemáticamente violadas por el tráfico clandestino sin duda fomentado por el gobierno santafesino. Esto se percibe en la nota enviada el 5 de enero de 1823 por Estanislao López al gobernador de Entre Ríos, Lucio Mansilla, informándole sobre el avance de una división paraguaya hacia la Candelaria con el objetivo de poner coto al contrabando: “Así es que se advierte muy bien el espíritu de aquel directorio en dirigir de tiempo en tiempo parte de sus esfuerzos a esos destinos pues su designio no es, ni puede ser, otro que impedir nos proveamos de los frutos de que su sistema monstruoso ha intentado privarnos”. Respecto de las relaciones de López con el gobierno de Chile las comunicaciones fueron escasas pero amistosas, sobre todo con el general O’Higgins. En un caso hizo un pedido especial al chileno solicitándole que intercediera para que se pudiera cobrar el legado de una tal Manso que había destinado 14.000 pesos de su herencia a beneficio del hospital santafesino.  Con San Martín el vínculo fue siempre cordial y activo. Puede decirse que don José le debió su libertad y quizás su vida cuando a mediados de octubre de 1823 pensaba viajar a Buenos Aires y recibió entonces una comunicación secreta del caudillo santafesino: “Sé de una manera positiva, por mis agentes en Buenos Aires, que a la llegada de V. E. a aquella capital, será mandado juzgar por el gobierno en un Consejo de Guerra de oficiales generales, por haber desobedecido sus órdenes en 1819 haciendo la gloriosa campaña de Chile, no invadir a Santa Fe y la expedición libertadora del Perú. Para evitar este escándalo inaudito y en manifestación de mi gratitud y del pueblo que presido, por haberse negado V. E. tan patrióticamente en 1820 a concurrir a derramar sangre de hermanos con los cuerpos del Ejército de los Andes que se hallaba en la provincia de Cuyo, siento el honor de asegurar a V. E. que, a su solo aviso, estaré con la provincia en masa a esperar a V. E. en El Desmochado, para llevarlo, en triunfo hasta la plaza de la Victoria. Si V. E. no aceptase esto, fácil me será hacerlo conducir con toda seguridad por Entre Ríos, hasta Montevideo”. Don José le agradecería el aviso y tomaría las precauciones necesarias para advertir a su enconado enemigo Rivadavia, arbitro de la política porteña, que su presencia en Buenos Aires obedecería solo a su intención de embarcarse hacia su exilio en Europa.  Dorrego es uno de nuestros próceres mayores avaramente reconocido por la historia oficial, la que sólo hace hincapié en su condición de “fusilado” pero sin ahondar en las razones de su muerte ni inculpará a su verdugo ni a los autores intelectuales. Asumió como gobernador de Buenos Aires luego de que Rivadavia renunciara ante el escándalo provocado por su emisario Manuel J. Garcia, obediente a los deseos de Gran Bretaña, al ceder a Brasil la ocupación de la Banda Oriental a pesar del triunfo de las armas argentinas en Ituzaingo. Dorrego había sido representante del caudillo federal Ibarra, gobernador de Santiago del Estero, en la Legislatura porteña y allí había denunciado las arbitrariedades y las corruptelas de don Bernardino y los suyos. Ello le ganó el favor de los sectores populares que vieron en él un representante confiable de sus intereses avasallados por la burguesía comercial, los “decentes” del puerto.
Se hace cargo del gobierno de la provincia de Buenos Aires en agosto de 1827 y encuentra al Estado en gravísima crisis financiera: la deuda acumulada llegaba a los 30.000.000 de pesos, la onza de oro desde enero de 1826 había subido de 17 a 55 pesos, la circulación de 10.250.000 pesos triplicaba el dinero en giro existente antes de la guerra con el Brasil, la Aduana recaudaba cifras insignificantes a causa del bloqueo de la escuadra brasilera, y un mercado enrarecido incrementaba paulatinamente la salida de oro al exterior.   El Banco fundado por Rivadavia y García seguiría siendo un instrumento dócil en manos del embajador inglés lord Ponsonby quien sabría extorsionar a Dorrego para que la guerra con Brasil concluyera, al menos con la independencia uruguaya. Dorrego no encontró apoyo en el directorio para continuarla ya que se le negó todo apoyo económico y estuvo obligado a la paz, pero debe reconocerse que gracias a su convicción se evitó la anexión de la Banda Oriental al Brasil como provincia “cisplatina”. El embajador británico pudo escribir entonces al primer ministro lord Dudley, sustituto de Canning: “No vacilo en manifestar a Ud. que yo creo que Dorrego está ahora obrando sinceramente en favor de la paz (…) A ello está forzado por la negativa de proporcionársele recursos salvo para pagos mensuales de pequeñas sumas”. Pero la animosidad de lord Ponsomby no se calmará y moverá los hilos para preparar un golpe contra ese gobernante tan poco predispuesto a doblegarse ante la prepotencia británica, tan diferente a don Bernardino. Entonces anuncia a Londres: “Dorrego será desposeído de su puesto y muy pronto”.  El nuevo gobernador, de profundas convicciones democráticas, había tomado medidas drásticas en favor de las clases populares: fijó precios máximos para el pan y la carne, suspendió el odiado régimen de reclutamiento forzoso y prohibió el monopolio de los productos de primera necesidad. También suspendería las faraónicas y sospechables obras públicas y prohibiría las exportaciones de oro, pese a las protestas británicas, y las nuevas emisiones de papel. Su política económica tuvo éxito y en febrero 1828, según Miron Burgin, “el peso recuperó casi todo el terreno que había perdido el año anterior”.  No será entonces casual que por primera vez una palabra con intensa significación en nuestra historia aparece escrita. Es en las “Memorias” del general Iriarte. Cuenta que cierto día, acompañado por Carlos de Alvear, se cruzaron con Dorrego en una de las calles céntricas de Buenos Aires.  “-Caballeros -les dijo el jefe federal-, les aconsejo que no se acerquen mucho… -Como quien no quiere contaminar”.
Dorrego vestía un traje ostensiblemente desaliñado y su apariencia era desprolija. Iriarte anotaba entonces: “Excusado es decir que esto era estudiado para captarse la multitud, los descamisados”.
Pero los rivadavianos no habían depuesto sus planes de regresar al poder: “No se esfuerce usted en atajarle el camino a Dorrego”, escribirá Salvador M. del Carril a uno de sus amigos, “déjelo usted que se haga gobernador, que impere aquí como Bustos en Córdoba, ­o tendrá que hacer la paz con el Brasil con el deshonor que nosotros no hemos querido hacerla; o tendrá que hacerla de acuerdo con las instrucciones que le dimos a García, haciendo intervenir el apoyo de Canning y de Ponsonby. La Casa Baring lo ayudará pero sea lo que sea, hecha la paz, el ejército volverá al país y entonces veremos si hemos sido vencidos”.
Juan Manuel de Rosas escribió a Estanislao López, doce días después de la caída de Dorrego a manos de Lavalle: “El señor gobernador (Dorrego), tenía en manos de sus enemigos los principales recursos que son las armas y el Banco (…) Sólo creo que están con ellos (los golpistas ) los quebrados y agiotistas que forman esta aristocracia mercantil”. También: “En combinación con ese establecimiento (el Banco) se fraguó el motín del 1º de diciembre y con él se contó, como lo ha acreditado la experiencia, para pagar el asesinato del jefe del Estado y un ejército de sublevados que creían volver a dominar la República”.  No fue de extrañar que la primera medida tomada por Lavalle luego de fusilar a Dorrego, además de ordenar el exterminio de todo gaucho sospechado de federal, fue permitir nuevamente la libre emisión al Banco: hemos ya señalado que el 5 de noviembre de 1828 había en circulación 10.250.000 pesos en papel según balance aprobado por Dorrego; en febrero de 1829 la circulación trepó a pesos 14.160.843. El oro saltó a 60 en diciembre, 63 3/8 en enero y llegaría a 100 1/2 en octubre con regocijo de los especuladores. El directorio del Banco se deshizo del escaso metálico conservado ( 320 onzas y 5 mil macuquinas) porque “esa cantidad es insignificante para garantir el papel circulante”. Ya no quedó una moneda de oro en el país.
El precio de ello había sido la vida de don Manuel que quizás podría haberla salvado si hubiera obedecido el consejo de su lugarteniente Juan Manuel de Rosas de retroceder hasta Santa Fe para fortalecer sus magras fuerzas con las que López le ofrecía. Antes de morir el infortunado Dorregó escribió una carta destinada a don Estanislao designándolo nuevo jefe del federalismo. La misma concluía: “Ignoro la causa de mi muerte pero de todos modos perdono a mis perseguidores. Que mi muerte no sea causa de derramamiento de sangre”. Dicho deseo no se cumpliría porque los unitarios se lanzaron a la caza de gauchos federales como lo contaría el general Iriarte, antirrosista: “Después de la ejecución de Dorrego, Lavalle asolaba la campaña con su arbitrario sistema, y el terror fue un medio de que con profusión hicieron uso muchos de sus jefes subalternos. Se violaba el derecho de propiedad, y los agraviados tenían que resignarse y sufrir en silencio los vejámenes que les inferían, porque la más leve queja, la más sumisa reclamación costó a algunos infelices la vida. Aquellos hombres despiadados trataban al país como si hubiera sido conquistado, como si ellos fuesen extranjeros; y a sus compatriotas les hacían sentir todo el peso del régimen militar, cual si fuesen sus más implacables enemigos. Se habían olvidado que eran sus compatriotas y, como ellos mismos, hijos de la tierra”. Este procedimiento se repetiría, en mayor escala, luego de la batalla de Pavón en 1861 y para ello fue creado el Ejército Nacional.
Días más tarde de aquel asesinato que marcó con sangre nuestra historia el jefe santafesino contestaría con indignación e ironía a la circular en la que se le informaba que Lavalle, el verdugo y nuevo gobernador, había sido electo por el “voto nacional y unánime”: “Sea cualquiera la propiedad con que el Sr. secretario “nacional” llame voto unánime al de los ciudadanos de una provincia como la de Buenos Aires en la expresión tumultuaria y discordante de los pocos que puede contener un templo(…)”.  La hora de la revancha llegaría para López cuando unió sus fuerzas con las de Rosas para derrotar a Lavalle en “Puente de Márquez” (muy próximo al lugar donde veintitrés años más tarde se libraría la batalla de “Caseros”) , el 26 de abril de 1829, deteniendo así el genocidio del que, entre otros, fueron protagonistas los crueles jefes unitarios Rauch y Estomba. Pero fue entonces cuando la relación entre el santafesino y Rosas corrió circunstancial peligro debido al enojo de aquél porque éste hizo privadamente las paces con el jefe unitario mediante el pacto de Cañuelas sin el conocimiento o el consentimiento de López. Pero las aguas volvieron a su cauce y ese vínculo salió fortalecido.  El libre comercio que en su momento impulsaron los juntistas de Mayo y más tarde el Primer Triunvirato de Rivadavia y el Director Supremo Carlos Alvear, con indudable beneficio para las arcas de Buenos Aires y de sus mercaderes, era severamente cuestionado por los caudillos provincianos que habían visto desmantelar las incipientes industrias de sus territorios, incapaces de competir con los productos industrializados que eran importados desde Europa. En julio de 1830 se reunieron en Santa Fe los delegados de Buenos Aires, ya con Rosas en su gobierno, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes para discutir los términos de lo que habría de conocerse como el “Pacto Federal” y ese tema no pudo estar ausente. El objetivo inmediato del encuentro era llegar a una alianza para oponerse a la poderosa unión unitaria que nucleaba a San Juan, La Rioja, Mendoza, San Luis, Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Córdoba, bajo el “Supremo Poder Militar” concedido el 31 de agosto de 1830 al eficiente general José María Paz.  En la convocatoria federal se planteó el tema del proteccionismo a la producción y a los cultivos del interior. Su principal promotor sería Pedro Ferré, gobernador de Corrientes, quien requirió a Rosas que modificara urgentemente la política de tarifas de Buenos Aires. “Tenemos otras provincias –y son varias- cuyas producciones hace mucho tiempo que dejaron de ser lucrativas; que viven exclusivamente de ellas; que no pueden tampoco, aun con capitales, abrazar otras que su territorio no permite. Más claro y más cierto: han de ser favorecidas por la prohibición de la industria extranjera, o perecer. Pero, sufrirán mucho en la privación de aquellos artículos que están acostumbrados, ciertos pueblos. Sí, sin duda alguna un corto número de hombres de fortuna padecerán, porque se privarán de tomar en una mesa vinos y licores exquisitos… las clases menos acomodadas no hallarán mucha diferencia entre los vinos y licores que actualmente beben, sino en el precio, y disminuirán el consumo, lo que no creo ser muy perjudicial. No se pondrán nuestros paisanos ponchos ingleses; no llevarán bolas y lazos hechos en Inglaterra; no vestiremos ropa hecha en la extranjería, y demás renglones que podemos proporcionar, pero en cambio empezará a ser menos desgraciada la condición de pueblos enteros de argentinos y no nos perseguirá la idea de la espantosa miseria a que hoy son condenados. Y aquí es tiempo de notar que sólo propongo la prohibición de importar artículos del comercio que el país produce, y no lo que puede producir, pero que aún no fabrica”.
En un principio el Restaurador no cedió pero luego en la “Ley de Aduanas” del 18 de diciembre de 1835 introdujo una tabla arancelaria significativamente elevada. Partiendo de un impuesto básico de importación del 17% las cifras aumentaban para dar mayor protección a los productos más vulnerables hasta alcanzar la absoluta prohibición. Las importaciones vitales, como el acero, el latón, el carbón y las herramientas agrícolas pagaban un impuesto del 5%. El azúcar, las bebidas y productos alimenticios el 24%. El calzado, ropas, muebles, vinos, coñac, licores, tabaco, aceite y algunos artículos de cuero el 35%. La cerveza, la harina y las papas el 50%. Los sombreros estaban gravados en 13 pesos cada uno. Se prohibió la importación de un gran número de artículos, incluidos los textiles y productos de cuero; también de trigo cuando el precio local cayó por debajo de los 50 pesos por fanega. Estas medidas fueron forzosamente interrumpidas durante los bloqueos europeos al puerto de Buenos Aires pero luego, derrotadas las invasoras Francia e Inglaterra, volvieron a tener vigencia.
La amenaza de la Liga Unitaria que puso en serio riesgo a la unión federal que sólo se sostenía en el Litoral terminó imprevistamente. El destino había acudido en ayuda del federalismo. Así lo relataría en sus “Memorias” José M.Paz:
“(…)Estaba casi solo (es decir, sin mis ayudantes) a la cabeza de la infantería que mandaba el coronel Larraya y al separarme, adelantándome, me siguió solamente un ayudante, que lo era de estado mayor, un ordenanza y un viejo paisano que guiaba el camino. A poco trecho me propuso el baqueano si quería acortar el camino siguiendo una senda que se separaba a la derecha; acepté, y nos dirigimos por ella; este pequeño incidente fue el que decidió de mi destino.  “El camino principal que yo había dejado por insinuación del guía iba a tocar el flanco derecho de mi guerrilla, y la senda por donde iba tocaba, sin pensarlo yo, con el izquierdo del enemigo.  “Debe también advertirse que el ejército tenía divisa punzó, y no sé hasta ahora por qué singularidad aquella partida enemiga, que sería de ochenta hombres y pertenecía a la división de Reinafé, había mudado en blanca, la misma que arbitrariamente se ponían las partidas de guerrilla mías, que eran en gran parte de paisanos armados.  “Mientras tanto seguía yo la senda, y viendo la tardanza del ordenanza y del oficial que había mandado buscar e impaciente, por otra parte, de que se aproximaba la noche y se me escapaba un golpe seguro a los enemigos, mandé al oficial que iba conmigo, que era el teniente Arana, y yo continué tras él mi camino; ya estábamos a la salida del bosque, ya los tiros estaban sobre mí, ya por bajo la copa de lo últimos arbolillos distinguía a muy corta distancia los caballos, sin percibir aún los jinetes; ya, en fin, los descubrí del todo, sin imaginar siquiera que fuesen enemigos, y dirigiéndome siempre a ellos. “En este estado vi al teniente Arana, que lo rodeaban muchos hombres, a quienes decía a voces: “Allí está el general Paz, aquél es el general Paz”, señalándome con la mano; lo que robustecía la persuasión en que estaba, que aquella tropa era mía. Sin embargo vi en aquellos momentos una acción que me hizo sospechar lo contrario, y fue que vi levantados, sobre la cabeza de Arana, uno o dos sables en acto de amenaza. Mis ideas confusas se agolparon a mi imaginación; ya se me ocurrió que podían haber desconocido los nuestros, ya que podía ser un juego o chanza, común entre militares; pero vino, en fin, a dar vigor a mis primeras sospechas las persuasiones del paisano que me servía de guía para que huyese, porque creía firmemente que eran enemigos. “Entretanto ya se dirigía a mí aquella turba, y casi me tocaba cuando, dudoso aún, volví las riendas a mi caballo y tomé un galope tendido. Entre multitud de voces que me gritaban que hiciera alto, oía con la mayor distinción una que gritaba a mi inmediación: “Párese, mi General, no le tiren, que es mi General ; no duden que es mi General”; y otra vez: “Párese, mi General”. Este incidente volvió a hacer renacer en mí la primera persuasión de que era gente mía la que me perseguía, desconociéndome quizá por la mudanza de traje.
“En medio de esta confusión de conceptos contrarios y ruborizándome de aparecer fugitivo de los míos, delante de la columna que había quedado ocho o diez cuadras atrás, tiré las riendas a mi caballo y, moderando en gran parte su escape volví la cara para cerciorarme: en tal estado fue que uno de los que me perseguían, con un acertado tiro de bolas, dirigido de muy cerca, inutilizó mi caballo de poder continuar mi retirada. Este se puso a dar terribles corcovos, con que, mal de mi grado, me hizo venir a tierra”.   Estanislao López comunica la buena nueva a Rosas el 12 de mayo de 1831 y agrega una postdata: “El soldado Francisco Zeballos a cuyo brazo debemos presa tan importante remite a U. como prueba de su estimación, aunque no tiene el gusto de conocerlo, el fiador y la manea que usaba el Protector (Paz) y las bolas con que le sujetó el caballo”.
A un enemigo de tal fuste le esperaba la muerte de acuerdo a las costumbres de la época. Sin embargo no sería esa la actitud del santafesino, quien escribió al Restaurador: “Mi estimado amigo: con la presente recibirá usted al protector supremo de los coroneles, que ha caído en nuestro poder porque así lo ha querido la divina providencia, descabezando de un modo extraordinario a esa pandilla de enemigos del sosiego público. Aquí lo hemos tratado con muchos miramientos para hacerle conocer cómo se manejan con sus prisioneros los federales, y no necesito recomendarle a usted igual conducta, pues sé que le proporcionará cuanto pueda hacerle falta. Conviene acomodarlo en la Aduana, en una habitación cómoda y decente, donde esté solo, cuidando que las personas encargadas de su custodia sean vigilantes, inaccesibles a la seducción, pero que no lo insulten”.
Rosas le responde con dureza: “Si hemos de afianzar la paz de la República, si hemos de dar respetabilidad a las leyes y a las autoridades legítimamente constituidas, si hemos de restablecer la moral pública y reparar las quiebras que ha sufrido nuestra opinión entre las naciones extranjeras y garantir ante ellas la estabilidad de nuestro gobierno; en una palabra, si hemos de tener Patria, es preciso que el general Paz muera. En el estado incierto y como vacilante en que nos hallamos, ¿qué seguridad tenemos de que viviendo el general Paz no llegue alguna vez a mandar en nuestra República? Y si aquello sucediese, ¿no seria un oprobio para los argentinos?”.  Sin embargo tampoco Rosas le daría muerte sino que lo condenó a una cómoda prisión en Luján, habiendo recabado su juramento de que no volvería a empuñar las armas en contra de la Confederación, compromiso que años más tarde el cordobés violó.
A la prisión del jefe unitario seguirá la derrota de Aráoz de Lamadrid a manos de Facundo Quiroga en “La Ciudadela” con lo que el dominio federal quedó consolidado por un largo tiempo. López insistirá ante Rosas en la oportunidad de consolidar el funcionamiento de la Comisión Representativa que él mismo ha incorporado al Pacto Federal pero el Restaurador se opondría a todo lo que pudiese conducir hacia la constitucionalización del país, según él inoportuna por el desorden en que aún se debatían las provincias. El santafesino insistiría “porque no siempre hemos de presentarnos ante el mundo civilizado como una horda; y alguna vez habríamos de comprobar que si fuimos capaces de triunfar de nuestros antiguos opresores y despedazar el cetro de fierro con que se nos oprimía, también lo somos de merecer el honroso título de hombres libres y de que sabremos constituirnos dándonos leyes justas y equitativas”. Finalmente Rosas impondrá su criterio a favor de la dependencia que Santa Fe tenía con Buenos Aires, quien la abastecía de aquello que le faltase.  La tuberculosis fue limando la salud de López y lo obligó a delegar el mando cada vez con mayor frecuencia en su cuñado Domingo Cullen. Invitado por Rosas, en una demostración de su invariable amistad, don Estanislao pasó varios días en Buenos Aires donde fue colmado de agasajos y honores. Además, de regreso en su hogar, fue atendido por el médico personal del Restaurador, el inglés Lepper, cuyos servicios no pudieron impedir que falleciera en su amada Santa Fe el 15 de junio de 1838.
El vengativo callejero de la capital argentina, como si todavía rigieran los unitarios a más de siglo y medio de Caseros, no ha destinado ninguna de sus calles a honrar a Estanislao López. Lo ha hecho en cambio con su limitado hermano, Juan Pablo, quien se pasó al unitarismo aunque ninguno de sus montoneros, que heredara de Estanislao, lo acompañó. Lucio V. Mansilla se referirá a él con su gracejo indiscutible: “Rozas, que poseía un talento gauchesco para poner sobrenombres, le puso el de “pelafustán”, y los unitarios le llamaban “mascarilla” por ser picado de viruelas. El primero no lo quería, porque era su enemigo, razón de antipatía que me parece óptima. Entre los segundos no tenía crédito, porque, con todas su camándulas de caudillo se dejó derrotar lastimosamente en Malabrigo (…) Juan Pablo tenía su fraseología y terminología peculiares, características. Una vez, por ejemplo, refiriéndose al General Urquiza, y queriendo significarme que él no era menos que otro, me decía esto: “Porque amigo, ni naides es menos nadas, ni nadas es menos naides.”  A ese personaje la capital argentina le ha dedicado la calle que le ha negado a su hermano.

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