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sábado, 31 de diciembre de 2022

Rosas y la población negra....

 Por Omer Freixa

Durante su gobierno, Juan Manuel de Rosas mantuvo con los negros una muy buena relación. Las procesiones y otros actos gubernamentales contaron siempre con la presencia de ellos. Rosas siempre mantuvo una actitud amistosa hacia negros y mulatos. De hecho, muchos escapados del Brasil, le pidieron la libertad al Restaurador y los morenos lo veían con afecto por considerarlo libertador de los africanos.  Los candombes, entre otras manifestaciones, mostraron las dimensiones del rosismo y un próspero momento entre los negros y el poder.  El candombe, baile por antonomasia de los negros, tuvo su apogeo en la época rosista y se mantuvo en alza hasta su final, tras la batalla de Caseros, en 1852.  Existen varias menciones sobre la importancia de los bailes de negros en el período. "El pueblo bajo, compuesto en buena parte por negros y mulatos, está conforme con Rosas como lo estuvo en la Roma de los Césares con Claudio, con Nerón o con Calígula" expresó un unitario contemporáneo: Valentín Alsina.  La relación entre Rosas y sus seguidores morenos marcó a sus enemigos, los unitarios. Sarmiento, uno de sus más acérrimos críticos, señaló la importancia de esa relación: "Rosas se formó una opinión pública, un pueblo adicto en la población negra de Buenos Aires, y confió a su hija, doña Manuelita, esta parte de su gobierno. La influencia de las negras para con ellas, su favor para con el Gobierno, han sido siempre sin límites...".  

Rosas, pragmático y hábil, entendió desde temprano la conveniencia de movilizar a un sector numéricamente importante, los negros, y para ello contó con la ayuda de su influyente esposa, Encarnación Ezcurra, quien organizó candombes por cuenta propia, por más que su marido la alentara, según lo atestigua una carta. En ésta Rosas le escribe: "Ya has visto lo que vale la amistad de los pobres, y por ello cuánto importa el sostenerla y no perder medios para atraer y cultivar sus voluntades. No cortes, pues, su correspondencia. Escribe les frecuentemente, mándales cualquier regalo sin que te duela gastar en esto. Digo lo mismo respecto de las madres y mujeres de los pardos y morenos que son fieles".  Como se ve, el matrimonio en el poder y su hija, Manuelita, tendieron un lazo muy fuerte con la colectividad negra de la ciudad de Buenos Aires y esa relación quedó reflejada en los candombes. Así lo entendió el Dr. Ramos Mejía al evocarlos como "...algo así como las nupcias del amo con la plebe...'.  En genuinos actos de provocación, Manuelita bailaba con hombres negros suscitando el escándalo entre las filas unitarias, como se plasma en la siguiente observación: "Y hela ahí danzando cuatro o seis horas con ebrios, con asesinos y hasta con negros una vez. Danzando no los bailes de la sociedad culta, porque eran unitarios, sino los bailes de la plebe, con codos esos movimientos repugnantes y lascivos que llaman 'gracia'". Lo hacía al ritmo de las comparsas negras, las reuniones de las "Naciones', comunidades de afrodescendientes de Buenos Aires.  No obstante, haber recibido criticas y quejas abiertas por eso, don Juan Manuel hizo oídos sordos.  Por otra parte, tuvo varios defensores: en 1843, un partidario expresó en el diario oficialista La Gaceta:  "El general Rosas aprecia tanto a los mulatos y morenos que no tiene inconveniente en sentarlos en su mesa y comer con ellos...".  Los candombes, según sus adversarios, mostraban la parafernalia del régimen rosista y probaban su demonización. En ellos los negros sacaban a relucir las insignias federales rojas, la divisa punzó. El baile despertaba los peores temores en los respetables blancos frente a los excesos de los rosistas negros. Ramos Mejía, quien trazó un perfil psiquiátrico de Rosas, escribió:  "...la extraña mascarada sugería el presentimiento de que serían aquellas pobres bestias una vez enceladas por la acción de su chicha favorita o por el cebo apetitoso del saqueo, consentido y protegido por la alta tutela del Restaurador". La sensación que se repite en los testimonios es la de miedo. Muchos percibían en los candombes el siniestro peligro de una invasión de tribus africanas desnudas, un trasfondo ideal para la proliferación de la lujuria y el crimen al ritmo del tambor. Esas fiestas, se argumentaba con preocupación, alentaban la insumisión de los esclavos y eran interpretadas como una transgresión muy seria a la tradición hispánica y católica. Saludo de mujeres. Las esclavas negras del Buenos Aires se presentan con pancartas ante Rosas.

 ¿Cómo eran los candombes, los bailes populares, en época de Rosas? Comenzaban con loas al Restaurador, versos escritos por los negros mismos o por sus propagandistas. Más de 6.000 negros participaron del acto, según registran las fuentes. Juan Manuel, Encamación y Manuelita presidieron el candombe, desde su posición de reyes, acompañando a los jefes de cada uno de los tambos.  jomada especial y demostración de las fuerzas populares.  Incluso, en uno de los peores gestos de provocación de los que se recuerda, Rosas utilizó a dos mulatos como introductores de embajadores extranjeros, Biguá y Eusebio, dos "locos" que lo entretenían en Palermo.  Rosas se fundía entre la multitud, aunque al comienzo se presentaba vestido con uniforme y revistaba las filas de alegres bailarines. Más tarde se hacía ver como soldado, engañando y entreteniendo a los negros que al comienzo lo veían desaparecer y, preguntándose dónde estaría, luego lo reencontraban vestido como uno más, tras la pequeña broma. Finalmente, se mostraba ataviado como paisano, y a caballo.  los negros temían dejar de contar con el apoyo de Rosas, pero eso no aconteció; por el contrario, esas manipulaciones encubiertas mostraban que tras el aspecto lúdico y la aparente disipación de las fronteras étnicas, había una fidelidad digna, pero acompañada por una advertencia sobre su poder. Durante su extenso gobierno, el candombe tuvo su momento de mayor difusión, tras varias prohibiciones, como la de 1820. Rosas ordenó bailarlo hasta los domingos, además de las fechas especiales en que ya se acostumbraba y reemplazó la procesión cívica de días patrios por desfiles de negros. En suma, muchas veces la ciudad devino una fiesta, porque tras cada victoria federal, desfilaron bandas de músicos negros por sus calles. Además del candombe, los negros gozaron de otras ventajas tangibles. Por ejemplo, se abolió el tráfico de esclavos y fueron frecuentes donativos a las sociedades africanas de ayuda mutua. La buena relación entre Rosas y sus adeptos negros también se mostró en el servicio de las armas; si bien el servicio militar más de las veces no era voluntario y el tiempo de conscripción se hizo muy prolongado (10 a 15 años), los hombres de color respondieron de buen modo al llamado en defensa de la Federación. Como en épocas pasadas, también Rosas contó con batallones formados exclusivamente por negros: la Guardia Argentina y el Batallón Restaurador.  Lo negro fue asociado con lo feo y por ello los críticos del régimen atacaron a la esposa del Restaurador apodándola "mulata Toribia".  El año 1852 quedó registrado como una bisagra tras la derrota en Caseros, muchos volvieron y se dispusieron a construir un país cuyo modelo mirara a Europa, pero no a la tradición hispánica, ni mucho menos a la indígena o africana.  La adhesión de los negros a Rosas tuvo varios motivos pero no se pone en duda su autenticidad. Ahora bien, su participación en las filas del caudillo afectó la reputación social de los de rostro de bronce tras 1852.  Para los unitarios, de ahora en más dueños de la situación, los negros habían sido callados mientras el rosismo quedaba como un recuerdo desagradable del pasado. El escritor José Wilde lo resume así: "Vino el tiempo de Rosas que todo lo desquició, que todo lo desmoralizó y corrompió, y muchas negras se revelaron contra sus protectores y mejores amigos. En el sistema de espionaje establecido por el tirano, entraron a prestarle un importante servicio delatando a varias familias y acusándolas de salvajes unitarios; se hicieron altaneras e insolentes y las señoras llegaron a temerlas tanto como a la Sociedad de Marzorca".  Entonces, en el espíritu de la nueva era inaugurada a partir de 1852 se quiso erradicar el pasado salvaje, con una operación simbólica, derrumbando en 1899 el antiguo caserón de Rosas ubicado en Palermo, nombre del barrio actual que coincide con el santo más venerado por los negros de Buenos Aires. Así acabó el último vestigio del período de gloria para los morenos en su relación con el poder, momento en que el negro se convertía en poco más que un recuerdo difuso y horroroso del pasado.

sábado, 27 de junio de 2020

Juan Manuel de Rosas y la población Negra en la visión de un antirrosista

Por José María Ramos Mejía
Rosas era Presidente y Rey de todos los Tambores de la ciudad. Las negras celebraban su presencia en las grandes tenidas, con recep­ciones de gala y besamanos, con gritos que pertenecían a sus ritos religiosos, saludos y piruetas que revelaban la desenfrenada alegría. Las excitaciones se van agru­pando como para aumentar su eficacia; la luz. el humo y el hedor de la carne en ebullición, el continuo provocar de la desnudez torácica, el espasmo de los brazos, las danzas de vientre con sus variadas y cínicas localizaciones abdo­minales, acaban de enloquecer a la negrada.  Es un tango infernal, y peculiar de ellos, el que se baila y que se inicia con un ¡Viva el Restaurador! ¡Viva la Federación entonado por el negro más ladino y de mejor pulmón. Es el baile más lascivo que conoce la co­reografía de las razas primitivas. Su localiza­ción, sin dejar de ser dorsal como la flamenca, desciende hasta hacerse postero pelviana. El juego de caderas se generaliza a «con­tracciones abdominales que lo aproximan a la danza de vientre y la representación total es un simulacro erótico». 
Parecían sibilas de algún antiguo culto lúbrico y sangriento. Las fiestas tenían lugar desde el día de Natividad, 25 de diciembre hasta el de Reyes, el 6 de enero.  Al lado de la negra obesa, montaña de fuerza y de lujuria, existía la de matices menos subidos y tolerantes, las negras Venus esbeltas, que el candombe ofre­cía a las familias para el servicio doméstico, entonces múltiple y variadísimo.  Para explicarse esta influencia de las muje­res plebeyas de color, la razón consistía en que eran agentes de averiguación íntima, es menes­ter decir que ella constituía una pieza impor­tante en el mecanismo del viejo hogar. Y como estaba tan íntimamente arraigada en él, la trai­ción podía producir efectos tan seguros como desastrosos.  Pero la mulata era aún más peligrosa que la negra pura. Generalmente nacida en la casa, y procedente de alguna morena en­cariñada con los niños o tolerante con los amos mayores, solía contar con toda la benevolencia del ambiente. Vivaracha e insinuante, disponía de halagos que brindar para apoderarse de los secretos y complicar la infidelidad conyugal, de que Rosas sacaba discretamente buen provecho político. La confidencia iba a la madre de esta, al oído de la ama mayor, y de allí adonde correspondiera para la final ejecución «del castigo o la simple amonestación preven­tiva.  La fidelidad de la negra madre no tenía más que un deber imprescindible: el de ser consecuente y grata al amo grande. Cuando el conflicto entre dos cariños, el de aquel y el del hogar en donde había nacido, surgía en el turbio espíritu, la solución se buscaba en la mentira, cuya comprobación costaba azotes o el destierro a Bahía-Blanca, o en la alteración de los datos para no hacer graves denuncias.  Por la equidistancia en que la colocaba el cruzamiento, la mulata se insinuaba más ínti­mamente en el corazón, no sólo de los varones sino de las niñas siempre ingenuas. Creía tener derechos que las negras nunca se atrevieron a reclamar. Mientras que ésta no pasaba general­mente del «tercer patío» en el desempeño de sus humildes oficios, aquella era dueña de la casa: abría las gabelas, registraba los cajones con franca insolencia y hasta conocía los no muy recónditos secretos de aquellas viejas casas. Como dije antes, el mundo entero de la vagabundez y de la delincuencia urbana, su­frió un verdadero drenaje con el reclutamiento militar hasta en las mismas mujeres de la plebe. 
Dice Sarmiento que la población de color, en su parte femenina, constituía para Rosas, un poder formidable. La influencia de todas ellas, sobre las mujeres de la familia del amo federal que las manejaban y les distribuían el servicio político, era enorme. Un joven sanjuanino, agrega el autor de  Ci­vilización y Barbarie, estaba en Buenos-Aires cuando Lavalle llegó a Merlo en 1840. Había pena de la vida para el que saliese del recinto de la ciudad. «Una negra vieja, que en otro tiempo pertenecía a su familia y fue vendida después en Buenos Aires, lo reconoce; sabe que está detenido y le dice: amito, como no me ha­bía avisado, en el momento voy a conseguirle pasaporte. ¿Tú? Yo, amito, la señorita Manuelita no me lo negará». Un cuarto de hora des­pués, la negra volvía con el pasaporte firmado por Rosas con orden a las partidas de dejarlo salir sin molestarlo.  Como se comprenderá fácilmente, esta ­adhesión no fue en todas las mujeres tan plató­nica y oficiosa. El dinero corría en abundancia bajo la forma de generosas propinas y de pre­mios.  La sirvienta «que delataba a sus patrones, obtenía la liber­tad si era esclava, crecidas recompensas, si libre».  La plebe femenina, negra, inculta, pendenciera y en demo­crática rebeldía contra la aristocracia de los patrones, oprimidos a su vez, había llegado a constituir, en el suburbio, pequeñas republiquetas autónomas y libres en donde la policía tenía que entrar, algunas veces, a palos para poner orden. Bueno era que sirvieran devota­mente a la federación, retribuyendo así a la Santa sus servicios libertadores, pero también era preciso que guardaran los respetos debi­dos al sueño y pudor de los buenos vecinos, cuyas familias solían ser poco respetadas por el desborde de la prostitución ebria y en re­beldía.  Ensoberbecidas con la protección de Rosas, se le animaban demasiado a la autori­dad de la gente aristocrática, culta y unitaria-