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sábado, 31 de julio de 2021

Julio Argentino Roca: según su biógrafo Alfredo Terzaga

Por el Prof. Jbismarck

Este autor de origen cordobés y de temprana influencia marxista, acompañará críticamente al gobierno de Perón, afiliándose al partido oficialista.   Entabla una larga relación cultural con el colorado Ramos y a través de éste, Terzaga se liga aún más estrechamente a la militancia de la izquierda nacional.    Después del golpe de estado de Juan Carlos Onganía en 1966, comienza a interesarse cada vez más en la época del roquismo y comienza el extenso trabajo encaminado a la elaboración de una biografía del general. Además de ser, la producción más extensa y específica sobre Roca del revisionismo histórico, el texto tiene además la peculiaridad de adentrarse en la geopolítica, permitida por la visión dialéctica que el materialismo histórico le proporciona a la visión de Terzaga.

La obra de Terzaga quedaría inconclusa al fallecer en 1974, al igual que Jauretche, Hernández Arregui y el General. Perón.   Terzaga realiza un recuento de las complejas relaciones familiares de Roca, en particular de su línea materna, los Paz. En el mismo, se destaca a Juan Bautista de Paz, amigo del caudillo federal Alejandro Heredia, y de sus hijos, Gregorio, general de Rosas y Marcos, quien sufriría una “conversión de federal tucumano a rosista bonaerense” antes de desembocar finalmente en vicepresidente de Mitre.  Terzaga argumenta el carácter federal de la familia Paz a la cual se integraría José Segundo Roca al contraer matrimonio con Agustina Paz. 

En la visión del autor, la argentina post-Caseros estaría marcada por el enfrentamiento del interior, federal por naturaleza a pesar militancias ocasionales en el bando “unitario”, en oposición a la provincia de Buenos Aires que continuaría siendo, en su esencia, unitaria. Los provincianos, en consecuencia, se alinearían detrás del caudillo entrerriano Justo José de Urquiza, al ver en él la oportunidad de llevar a cabo el postergado programa federal. En este esquema, José segundo vería ligados a la Confederación la causa de su provincia y el destino de sus hijos. En base a ello, Terzaga encuentra la explicación del envió de tres de los hijos (entre los que se destaca Julio Argentino) de José Segundo al Colegio de Concepción del Uruguay, en Entre Ríos, donde gobernaba el vencedor de Caseros.  Según Terzaga, de entre esta generación de alumnos es que saldría un elenco que, años más tarde, llevaría a cabo la “revancha de Pavón” contra el centralismo porteño.  Allí los alumnos se familiarizaron con las obras de Alberdi y participaron luego en la Batalla de Cepeda, y en Pavón donde se luce el joven Julio A. Roca.   La traición de Urquiza y la destrucción de la “Confederación Argentina” tuvo, entre sus muchas repercusiones, la consecuencia de enviar al por entonces teniente Roca a reconstruir su vida en Buenos Aires.

 Roca ingresa a las filas del ejército porteño comandado por Wenceslao Paunero, ocurrido un año después de Pavón, coincide con la asunción de Marcos Paz como vicepresidente de Mitre. Esto ocurría al tiempo que el coronel José Segundo Roca, con un acentuado resentimiento contra Urquiza, retiraba a sus hijos del Colegio de Concepción y se incorporaba al Estado Mayor de Paunero.  Terzaga hace una importante diferencia entre el joven oficial tucumano cuyas demostraciones de coraje resalta y las actitudes y costumbres de sus jefes (los coroneles sangrientos uruguays de mitre) de “cínica extraversión y gusto por la sangre”.

En cuanto se refiere a la Guerra del Paraguay, Si bien la experiencia común y uniformada de la guerra le habría aportado a esa estructura militar cierta dirección común, acabaría con un ejército que no solo se tornaría en contra de sus antiguos líderes (principalmente Mitre) sino que también, ante la situación de los partidos políticos nacionales, buscaría suplantarlos, convirtiéndose a sí mismo en partido político con sentido nacional.  La imposición de Sarmiento como candidato a la presidencia habría sido su debut en el escenario político nacional.    En consecuencia, la posterior participación de Roca en la represión de Felipe Varela en el Norte y el Oeste es vista por el autor como la de un oficial actuando desde la plataforma militar de una organización que se estructuraba como nacional por su constitución, sus mandos y sus funciones. De manera similar es entendida la expedición encabezada por Roca contra Ricardo López Jordán, a pesar de ser descripto como “el último gran caudillo gaucho de la Argentina”.

Terzaga traza sus orígenes de la Liga de Gobernadores en lo que define como el “sentimiento federal” de las provincias.  La tesis de la participación de viejos federales en el roquismo es reforzada por el autor con ejemplos tales como las buenas relaciones que tejió con los Saa de San Luis cuando era todavía coronel, incorporando al hijo del General Juan Saa a su ejército.

En el tema de la Conquista del Desierto, Terzaga hace una descripción detallada tanto del plan roquista, como el de su rival, el por entonces Ministro de Guerra Adolfo Alsina. En lo referente al plan de Roca, hace referencia a la percepción del mismo de la comandancia de fronteras como sus “Galias”, es decir, como un paso necesario en su carrera antes de cruzar el Rubicon que supondría el salto a la presidencia. La concepción de Roca del problema es presentada como de una coherente acerca de la expansión y la articulación del espacio nacional, diferente de la bonaerense. En cuanto a las tribus en sí, el autor destaca la exportación de ganado robado a Chile como su principal sustento económico. La política de alianzas entre el gobierno chileno y los jefes tribales encontraría su explicación en las pretensiones de expansión oriental del país vecino, demostrada en declaraciones tales como una fechada de 1876 por la cual buscarían llevar su límite hasta la línea del Rio Negro. Al llevar a cabo la estrategia de conquista, Roca habría dado un viraje a los supuestos geopolíticos de la época, dándole continuidad real al espacio geográfico y suprimiendo una frontera en la que convivían la disolución de la antigua sociedad criolla y tribus nómades agonizantes y volcadas a la mera depredación. A esto se le agrega el hecho de que habría acabado con el juego triangular de Buenos Aires, el Litoral y el Interior que hasta entonces había dominado la política argentina. Esto le habría permitido la convergencia del Ejército Nacional, la juventud política provinciana y un reducido pero decisivo grupo de autonomistas alsinistas porteños convergiesen, en la fuerza inicial al PAN. Define a Roca como una simbiosis que adquiriría “una dimensión nacional, un carácter superlativo y una graduación refinadamente equilibrada”.

miércoles, 5 de febrero de 2020

1890: Pellegrini, Roca y la Economía Nacional...


Por Ernesto Palacio
La renuncia de Juárez Celman ante la revolución del 90, consolida la alianza Pellegrini y Roca y permite al primero volver a ser dueño de la situación política.   El alivio con que la población de Buenos Aires_recibió la noticia de la asunción del mando por Pellegrini -como si ella anunciase la terminación de todos los males- se enfrió muy pronto. La crisis económica se hallaba apenas en sus comienzos y sus consecuencias se sentirían en todo el curso de la nueva administración. Diez años de imprevisión y despilfarro no podían compensarse en un día.   Contribuyó a ese enfriamiento de la opinión pública la orientación política del nuevo mandatario. Había formado sus ministerios con el doctor don Vicente Fidel López en la cartera de Hacienda, el doctor Eduardo Costa en Relaciones Exteriores y el doctor José M. Gutiérrez en Justicia e Instrucción Pública. Conservaba en Guerra v Marina al general Levalle, vencedor militar de la revolución reciente. Pero le había encomendado la cartera del Interior al general Roca, y esto bastaba para caracterizar al gabinete, no obstante la presencia en él de los dos mitristas v uno de los próceres civiles de la Unión Cívica y padre de un miembro de la Junta Revolucionaria. El ministerio de Roca significaba el control de las situaciones del Interior y el mantenimiento de la máquina eleccionaria, contra los propositos de regeneración nacional sobre la base del sufragio libre
La banda presidencial: los gobiernos de Carlos Pellegrini, Luis ...
No obstante la amplia amnistía que se votó para los revolucionarios, y las promesas de renovación contenidas en las declaraciones presidenciales, las posibilidades de pacificación real se fueron disipando ante la evidencia de una política en que los hechos contradecían a los discursos, puesto que los principales culpables aprovechaban la coyuntura para consolidar sus situaciones disfrazados de regeneradores.  Había caído el presidente; pero su “régimen” subsistía íntegro, previa una ligera conversión hacia la situación nueva. Esa subsistencia hacía ilusoria la posibilidad de que la Unión Cívica llegara al gobierno por los medios legales; por lo cual no es de extrañar que se mantuviese viva entre sus dirigentes la convicción de la necesidad de un nuevo movimiento revolucionario, a fin de eliminar las trabas que impedían la expresión genuina de la voluntad popular. El estado de conspiración siguió latente, en la medida en que la camarilla gubernativa mostraba su decisión de perpetuarse en el poder por los medios que el poder proporciona.     Pellegrini tuvo en sus manos la posibilidad de realizar una gran reforma: era un político idealista de la juventud pero se había sobrepuesto el oportunista que cuidaba su carrera, el abogado de éxito, el político práctico que buscaba la pendiente del menor esfuerzo. Alem debía resultarles “impresentable” en los cónclaves de banqueros internacionales que decidían sobre nuestro destino. “Parecía un comisario de suburbio endomingado”, diría de él más tarde el francés Groussac, uno de los mentores del grupo.  La situación en que Pellegrini recibió el gobierno parecía desesperada: el tesoro exhausto, los Bancos oficiales en estado de quiebra, multitud de deudas impagas “y un pueblo —dice Terry— que creía que con el cambio de gobierno volverían los tiempos pasados de especulación y derroche”.   La causa principal de la catástrofe económica y financiera era el abuso del crédito. La terapéutica razonable, la aconsejada por la tradición y el buen sentido (sin excluir el propio interés de los acreedores), habría sido la declaración de una suspensión de pagos hasta que, debidamente estudiada la situación, se encontrase la posibilidad de reanudarlos en la medida en que no estorbase la reposición del organismo nacional. La cuestión previa debía ser el restablecimiento de nuestra economía.   No se hizo así, sino todo lo contrario. Más que en el esfuerzo y la potencialidad propios para salvar la crisis, Pellegrini y su ministro López creían en la ayuda inglesa; y más que la preservación del patrimonio nacional les importó la conservación del crédito. En vez de declarar la moratoria que las circunstancias exigían, se propusieron capear la crisis proyectando nuevos empréstitos y emisiones. Los millones de que dispusieron por ley para salvar la situación de los bancos Nacional e Hipotecario en estado de quiebra, los convirtieron en oro, para, enviarlos a la casa baring. que pasaba por una situación difícil, en pago del servicio de nuestra deuda externa A eso lo llamaba Pellegrini “salvar el crédito y el honor nacional”: ¡como si el honor dependiera de esas contingencias financieras y como si el crédito se conservara pagando, cuando es notorio que se otorga al que tiene y no al que cumple! Todo eso no pasaba de una emocionada adhesión a los principios morales de los acreedores. Que no sirvió, por cierto, para salvar el crédito en peligro, ya que hubo que recurrir al empréstito Morgan, por 75 millones de pesos. Los ingleses, nos prestaban dinero para cobrarse su deuda, con lo cual, iban ganando el suculento bocado de los intereses acumulativos, descontados los honorarios de los negociadores.  El agente del gobierno argentino en Londres para ese arreglo fue el doctor Victorino de la Plaza, de cuya gestión habla así el propio doctor Pellegrini; “El doctor de la Plaza presentó los documentos y dijo que la República Argentina estaba dispuesta a hacer todo lo que se le exigiera para mantener su crédito, afectado por una situación extraordinaria.   “El capital inglés —escribe Raúl Scalabrini Ortiz— consiguió aumentar la deuda pública del Estado, que era de 115 millones de pesos oro en 427 millones en 1893. Los títulos radicaban casi exclusivamente en Inglaterra. Los de la deuda externa por aceptación directa; los de la deuda interna obtenidos en pago de cauciones. Consiguió, además, la posesión de 4.045 Km. de vías férreas.  Ferrocarril del Oeste. 1.150_Km, la linea Villa Mercedes a Villa -Dolores. 145 Km. y la línea de Villa Mercedes a Mendoza v San Juan, llamada el Andino. 660 Km.: el F.C. de la Provincia de Sante Fe, 800 Km. v el F.C. de la Provincia de Entre Ríos, 605 Km. Además consiguió el capital inglés la posesión de todas las cédulas hipotecarias a oro; la hipoteca de casi todas las tierras cedidas en garantía de préstamo v extensiones inconmensurables de tierra, adquiridas muchas veces a veinte centavos la hectárea.   El capital inglés ferroviario pasó de 93 millones oro en 1884ª 473 en 1893. En poder del Estado quedaron los ferrocarriles que atravesaban desiertos”.  Es decir, el despojo y la servidumbre, el patrimonio nacional trasladado a manos de los prestamistas. Tal era la política de los “proteccionistas” Pellegrini y López, que resultaban protegiendo exclusivamente a los acreedores extranjeros. La creación de la Caja de Conversión y del Banco de la Nación —simples medios de regulación monetaria interna— aprovechaba sobre todo a quienes de ese modo se convertían en dueños del país. Al mismo tiempo se lo exprimía a éste en toda forma con economías destruidas y con impuestos exorbitantes.  La evidencia de esa política antinacional, que amenazaba perpetuarse por medio del fraude instituido por la “liga de gobernadores” —al mismo tiempo que cerraban los Bancos y las actividades comerciales se paralizaban—, debía provocar una gran agitación, agravada por la defraudación de las esperanzas puestas en el cambio presidencial. La negativa de Pellegrini a intervenir las provincias para destruir la maquinaria electoralista, según la exigencia de Alem, había definido claramente las posiciones.    Era evidente que el régimen se preparaba a resistir, mediante el mantenimiento de los gobiernos del interior cohonestado con el argumento farisaico del “respeto a las autonomías” que le aseguraba la mayoría en los comicios electorales. El general Roca era el dueño de estas situaciones

miércoles, 14 de agosto de 2019

Revolución de 1880 y federalización de Buenos Aires


Por el Prof. JBismarck
Las tensiones entre las autoridades nacionales y las de la provincia de Buenos
Aires comenzaron, en realidad, algunos años antes de los sucesos de 1880. El
gobernador Carlos Tejedor había abierto hostilidades al considerar huéspedes de su provincia a las autoridades nacionales residentes en la ciudad de Buenos Aires. Al mismo tiempo, en 1879, un serio conflicto entre el Banco Nacional y el Provincia, con motivo de la inconversión, se había resuelto en favor de este último, poniendo al descubierto las debilidades del poder central.
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El desafío del gobierno provincial era claro y resuelto: Tejedor comenzó abiertamente a equipar a las milicias locales y formó una poderosa institución paramilitar (reunida en el llamado Tiro Nacional) en la que enroló a sus más ardientes partidarios. Una vez más, Buenos Aires estaba en pie de guerra contra las autoridades nacionales.  Las últimas esperanzas de paz se desvanecieron el 10 de mayo de 1880 con el fracaso de la entrevista conciliatoria entre Roca y Tejedor. El 2 de junio se produjo el primer incidente armado de proporciones cuando la milicia porteña rechazó intentos de las fuerzas nacionales destinados a impedir el desembarco de armamentos para el gobierno rebelde.  Al día siguiente el presidente Avellaneda, cuyo control sobre la ciudad de Buenos Aires era prácticamente nulo, decidió retirarse a la Chacarita con las fuerzas que le eran leales. En el entonces pueblo de Belgrano fijó su residencia el Ejecutivo nacional, y el Congreso nacional con los legisladores adictos al gobierno se trasladó a dicho paraje. Entre el 3 y el 17 de junio se sucedieron febriles tratativas conciliadoras que fracasaron rotundamente. El Ejecutivo nacional, mientras tanto, comenzó a concentrar fuertes contingentes del ejército nacional que provenían de sus cuarteles en las provincias del Interior. El mismo día 17 se abrieron las hostilidades. 
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Las fuerzas nacionales se anotaron la primera victoria cuando el general Racedo obligó a Arias (que había levantado fuerzas en la campaña bonaerense) a refugiarse dentro del recinto de la ciudad. El 21 Racedo atacó a Arias en Corrales y Puente Alsina, al tiempo que tropas al mando del general Levalle y la escuadra nacional bloqueaban la ciudad. El 22 de junio Mitre asumió el mando de las fuerzas sitiadas, siendo evidente que lo hizo con la expresa decisión de iniciar negociaciones.  Con la intervención del cuerpo diplomático, el 25 de junio, se iniciaron las tratativas que finalizaron en una solución transaccional: renuncia de Tejedor al gobierno de Buenos Aires, asunción del vicegobernador Moreno y plena vigencia de la legislatura provincial. La transacción fue enteramente repudiada por el bando triunfante. La Liga de Gobernadores y el ejército presionaron sobre el Congreso de Belgrano para su rechazo. La resistencia de Avellaneda, que apoyaba la transacción, fue efímera. Luego de breves forcejeos, que incluyeron la presentación de su renuncia, el presidente accedió a las demandas de los roquistas. El 21 de agosto las tropas del ejército disolvieron la Legislatura provincial, el gobernador Moreno renunció y el 1° de setiembre el interventor designado por el Ejecutivo nacional (Bustillo) se hizo cargo del gobierno provincial. El 20 de setiembre se sanciona la federalización de Buenos Aires y el 12 de octubre Julio A. Roca asume la primera magistratura con todos los atributos del poder en sus manos.

viernes, 27 de julio de 2018

Julio A. Roca según Alfredo Terzaga

Por Francisco Taiana
Este autor de origen cordobés y de temprana influencia marxista, se estructura su trabajo a partir de 1940 con el teórico trotskista antinacional Héctor Raurich, cuyas enseñanzas tiempo después abandona. Más tarde, Terzaga acompañará críticamente al gobierno de Perón,afiliándose al partido oficialista, sin ser ideológicamente peronista. Este gesto no resultaparticularmente excepcional al considerarse que dos corrientes de la naciente Izquierda Nacional –el grupo “Frente Obrero” de Aurelio Narvaja y el grupo “Octubre” de Ramos- habían brindadosu apoyo al peronismo. 
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A pesar de ello y manteniendo su independencia teórica, Terzaga funda en 1947 la revista Crisis  Debido a su larga relación con Ramos y a través de éste, Terzaga seliga aún más estrechamente a la militancia de la izquierda nacional y al PSIN (Partido Socialista de la Izquierda Nacional), en la década de 1960 Después del golpe de estado de Juan Carlos Onganía en 1966, este autor comienza a interesarse cada vez más en la época del roquismo ycomienza el extenso trabajo encaminado a la elaboración de una biografía del general tucumano. Además de ser, probablemente, la producción más extensa y específica sobre Roca del revisionismo histórico, el texto tiene además la peculiaridad de adentrarse en la geopolítica, permitida por la visión dialéctica que el materialismo histórico le proporciona a la visión de Terzaga.  Lastimosamente, la obra de Terzaga quedaría inconclusa al fallecer en 1974, al igual que Jauretche, Hernández Arregui y el General. Perón  Terzaga realiza un recuento de las complejas relaciones familiares de Roca, en particular de su línea materna, los Paz. En el mismo, se destaca a Juan Bautista de Paz Concebat yFigueroa, presidente del Cabildo tucumano de 1810 y amigo del caudillo federal Alejandro Heredia, y de sus hijos, Gregorio, general de Rosas y Marcos, quien sufriría una “conversión de Ferrero, federal tucumano a rosista bonaerense” antes de desembocar finalmente en vicepresidente de Mitre. Este recuento es utilizado por Terzaga para argumentar el carácter federal de la familia Paz a la cual se integraría el “unitario” (las comillas son del autor) José Segundo Roca al contraer matrimonio con Agustina Paz. En su narración acerca de la vida del padre del futuro presidente, Terzaga se detiene especialmente en el episodio del desplazamiento del traslado de José Segundo hacia fines de la década de 1830 a la provincia de Buenos Aires. Sobre este punto, el autor rebate la afirmación de Leopoldo Lugones en su Historia de Roca que califica el destino de Roca padre en Buenos Aires como “confinamiento” o “prisión”. Según Terzaga, esto constituye un mito, que sostiene que fue la voluntad del gobernador de Buenos Aires la principal causa de la salida de Roca de Tucumán. Por el contrario, el autor liga la relocalización de Roca padre a Buenos Aires más bien al asesinato de su protector Alejandro Heredia en noviembre de 1838 y presenta el nacimiento de algunos de los hijos de Roca, como Celedonio y Marcos, por esos años como muestra de la falta de rigor impuesto por el supuesto “destierro” (este argumento se vería reforzado por el hecho de que Tucumán pasaría rápidamente a manos del bando liberal opositor a Heredia que acabaría por integrar a la provincia a la alianza antirrosista conocida como la Coalición del Norte en 1840.  En función de ilustrar la relación de José Segundo con Rosas, el autor cita una carta del primero a su cuñado Gregorio Paz de enero de 1843 en la que no solo hace referencia al gobernador como “nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes” sino que además hace muestras de su devoción almismo, afirmando su voluntad de combatir al Gral. Ángel Vicente Peñaloza, al cual se refiere como el “salvaje unitario Chacho”. 
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En la visión del autor, la argentina post-Caseros estaría marcada por el enfrentamiento del interior, federal por naturaleza a pesar militancias ocasionales en el bando “unitario” (comillas del autor), en oposición a la provincia de Buenos Aires que continuaría siendo, en su esencia, unitaria. Los provincianos, en consecuencia,  se alinearían detrás del caudillo entrerriano Justo José de Urquiza, al ver en él la oportunidad de llevar a cabo el postergado programa federal. Eneste esquema, José segundo vería ligados a la Confederación la causa de su provincia y el destino de sus hijos. En base a ello, Terzaga encuentra la explicación del envió de tres de los hijos (entre los que se destaca Julio Argentino) de José Segundo al Colegio de Concepción del Uruguay, en Entre Ríos, donde gobernaba el vencedor de Caseros   El Colegio de Concepción del Uruguay, al concentrar jóvenes de distintos y variados rincones del país bajo un mismo techo y sometiéndolos a una misma formación, habría establecido los cimientos de una incipiente conciencia nacional, contrarrestando los efectos de años de aislamiento provinciano. Según la visión del autor, de entre esta generación de alumnos es que saldría un elenco que, años más tarde, llevaría a cabo la “revancha de Pavón” contra el centralismo porteño. Otro punto destacado de la influencia del Colegio sería el hecho de haber sido un ambiente en el cual los alumnos se familiarizaron con las obras de Alberdi. Otro hecho que Terzaga destaca como prueba del carácter nacional es la exitosa participación que tuvieron algunos alumnos en 1852 como milicias comandadas por el caudillo federal Ricardo López Jordán contra las fuerzas invasivas del correntino Madariaga, al servicio de Buenos Aires. El valor que el autor le adjudica al periodo que el joven Roca pasó en Entre Ríos deriva también de las experiencias a las que pudo acceder el futuro presidente por fuera de los claustros escolares. Terzaga hace especial mención a las guardias que rutinariamente debía realizar en el Palacio San José, la residencia de Urquiza. Difiriendo nuevamente con respecto al relato de Lugones, el autor sitúa el primer encuentro del joven Roca con el indio dentro del contexto de una embajada presidida por Manuel Namuncura, en 1859. En cuanto a la Batalla de Cepeda, el autor no sólo destaca la participación del joven oficial sino que además se detiene en un acontecimiento bibliográficamente obscuro ocurrido en esa contienda: la captura por parte de las fuerzas porteñas del joven Roca. Si bien afirma que ningún autor anterior que haya tratado el tema lo menciona, por otro lado señala la falta de evidencia documental del suceso. La certeza del autor acerca de la veracidad del suceso parte de dos pilares centrales. El primero consiste en la réplica que le haría el oficial uruguayo José Miguel Arredondo en las vísperas de la batalla de Santa Rosa, en el contexto de la así llamada Revolución de l874. El 4 de diciembre de ese año, el entonces coronel Roca le haría llegar a su antiguo jefe una notificación de la rendición de Mitre junto con una exhortación para deponer las armas. Frente a este mensaje, Arredondo contesta “no recibo consejos de un prisionero de Cepeda”. La segunda evidencia presentada se halla en una carta pública de Sarmiento del año1886 en la que recuerda que Roca fue hecho prisionero en la batalla de Pavón, equivocándose, según el autor en el nombre de la batalla pero no en lo “sustancial. En función de reforzar la idea del compromiso partidario del joven Roca, el autor hace especial mención de una sanción disciplinaria impuesta al mismo por Urquiza en marzo de 1860. La impermeabilidad de la conducta del joven oficial frente a este hecho, al que se le suma la posterior prisión de su tío en Córdoba, es presentada por Terzaga como muestra de su “fidelidad federal”, en su accionar posterior en la Batalla de Pavón. La derrota sufrida por la Confederación Argentina tuvo, entre sus muchas repercusiones, la consecuencia de enviar al por entonces teniente Roca a reconstruir su vida en Buenos Aires. Frente a las críticas de diversos autores que ven en esta mudanza de Roca una defección, Terzaga relativiza el accionar del oficial que tantas veces había catalogado como federal. En primer lugar, el autor no interpreta aquellos eventos como los de un oficial abandonando sus filas sino, más bien, el de un observador que, al contemplar la disolución de la Confederación, ve una dirigencia que al claudica y abandona a aquellos individuos que habían luchado y militado por ella. En segundo lugar, señala que el ingreso de Roca a las filas del ejército comandado por Wenceslao Paunero, ocurrido un año después de Pavón, coincide con la asunción de Marcos Paz como vicepresidente de Mitre. Esto ocurría al tiempo que el coronel José Segundo Roca, con un acentuado resentimiento contra Urquiza, retiraba a sus hijos del Colegio de Concepción y se incorporaba al Estado Mayor de Paunero. Esta contextualización de la situación familiar cuando se contempla, además, con los apenas dieciocho años del teniente Roca en el momento, le sirve a Terzaga para relativizar la capacidad de decisión autónoma del joven oficial frente a las disposiciones patriarcales  A pesar de hacer un extenso y detallado retrato de las campañas mitristas contra las montoneras federales en las que participo Roca, el autor hace una importante diferencia entre el por entonces joven oficial tucumano cuyas demostraciones de coraje resalta y las actitudes y costumbres de sus jefes de “cínica extraversión y gusto por la sangre” Terzaga argumenta además que, si bien Roca habría cumplido su papel dentro de la maquinaria militar a la que pertenecía, ésta no podría ni destacarse particularmente ni ser juzgada en sentido político, a diferencia del caso de sus jefes, como Arredondo o Paunero  En cuanto se refiere a la Guerra del Paraguay, el autor hace hincapié en el efecto transformador de esta guerra tanto en los soldados como individuos como en el ejército en tanto un todo. A la vez que Terzaga argumenta en contra de las tesis que ven en el Ejército Argentino una continuidad desde su independencia hasta la contemporaneidad, subraya la heterogeneidad de clase, ideología y procedencia tanto de oficiales como de soldados durante la contienda, la cual resume al emplear la definición de ese ejército como “la expresión “organizada” (comillas del autor) de la disolución de la vieja sociedad argentina”. Si bien la experiencia común y uniformada de la guerra le habría aportado a esa estructura militar cierta dirección común, esta de ninguna manera habría desactivado los conflictos de la sociedad argentina, que en ese entonces incubarían dentro de las propias fuerzas armadas. Este proceso acabaría por expresarse con un ejército que no solo se tornaría en contra de sus antiguos líderes (principalmente Mitre) sino que también, ante la situación de los partidos políticos nacionales, buscaría suplantarlos, convirtiéndose a sí mismo en partido político con sentido nacional. La imposición de Sarmiento como candidato a la presidencia habría sido su debut en el escenario político nacional  En consecuencia, la posterior participación de Roca en la represión de Felipe Varela en el Norte y el Oeste es vista por el autor como la de un oficial actuando desde la plataforma militar de una organización que se estructuraba como nacional por su constitución, sus mandos y sus funciones. De manera similar es entendida la expedición encabezada por Roca contra Ricardo López Jordán, a pesar de ser descripto como “el último gran caudillo gaucho de la Argentina”  Terzaga traza sus orígenes de la Liga de Gobernadores en lo que define como el “no domeñado sentimiento federal” de las provincias en conjunto con algunos trabajos de Urquiza y sus aliados que posteriormente serian retomados por Avellaneda y luego Roca. La tesis de la participación de viejos federales en el roquismo es reforzada por el autor con ejemplos tales como las buenas relaciones que tejió con los Saa de San Luis cuando era todavía coronel, incorporando al hijo del General Juan Saa a su ejército  El autor también intenta relativizar las teorías que le adjudican la exitosa carrera de Roca a los caprichos del azar, al argumentar que desde temprana edad mostraba “gran previsión y buen sentido”, como lo demostraría en su rechazo a la candidatura de Ministro de Guerra en 1874, cuando contaba con 30 años Respecto de la fracasada revolución mitrista del año 1874, el autor critica el tratamiento del suceso en la historiografía argentina, tanto liberal como revisionista, a las cuales acusa de quitarle la importancia que merece. Frente a definiciones como las de Ernesto Palacio que describen los años entre Caseros y 1874 como los de la “Republica liberal y mercantil”, Terzaga ve en el triunfo del Ejército Nacional (y en las sucesivas derrotas mitristas en el ’80 y en el ’90) la prueba de que la corriente nacional representada por el viejo liberalismo habría encontrado un nuevo camino en el cual afianzarse, a pesar de haber sufrido algunas alteraciones determinadas por las nuevas condiciones político-económicas del país  El autor también hace mención a la anécdota de Carlos D’Amico respeto de la batalla de Santa Rosa, citado anteriormente en el texto de Rosa. Sostiene que, aun concediendo que Roca pudo haber dicho que esté empleó sus cañones contra los combatientes mitristas en retirada para aumentar el número de bajas y la importancia de la batalla, esa actitud no condice con lo que se conoce acerca del personaje. Por otro lado, aduce que de haberlo hecho realmente, no lo habría contado y presenta la posibilidad de que Roca haya querido “hacer gala de cinismo” durante la conversación como una explicación a su parecer viable En el tema de la Conquista del Desierto, Terzaga hace una descripción detallada tanto del plan roquista, como el de su rival, el por entonces Ministro de Guerra Adolfo Alsina. En lo referente al plan de Roca, hace referencia a la percepción del mismo de la comandancia de fronteras como sus “Galias”, es decir, como un paso necesario en su carrera antes de cruzar el Rubicon que supondría el salto a la presidencia. La concepción de Roca del problema es presentada como de una coherente acerca de la expansión y la articulación del espacio nacional, diferente de la bonaerense. Asimismo, Roca habría entendido a la cuestión del indio y la del desierto como un mismo problema, distanciándose de la visión de Alsina, que veía en ambas temas opuestos. En cuanto a las tribus en sí, el autor destaca la exportación de ganado robado a Chile como su principal sustento económico. A su vez describe la cultura indígena en un proceso de significante regresión, a causa de dos elementos que en principio habrían visto como salvadores: el uso del caballo y la posesión de ganado vacuno, los cuales los habrían llevado al saqueo y al nomadismo casi permanente. A esto se le sumaria, además del carácter chileno de los propios araucanos, la protección de importantes sectores de la sociedad chilena que, según el autor, habrían organizado malones y comercio clandestino, otorgado protección oficial y provisto armamento. La política de alianzas entre el gobierno chileno y los jefes tribales encontraría su explicación en las pretensiones de expansión oriental del país vecino, demostrada en declaraciones tales como una fechada de 1876 por la cual buscarían llevar su límite hasta la línea del Rio Negro. Los argumentos anteriores son presentados de manera explícita en el texto en función de enfatizar la problemática de la Conquista del Desierto alrededor de cuestiones de soberanía nacional amenazada  Al llevar a cabo la estrategia de conquista, Roca habría dado un viraje a los supuestos geopolíticos de la época, dándole continuidad real al espacio geográfico y suprimiendo una frontera en la que convivían la disolución de la antigua sociedad criolla y tribus nómades agonizantes y volcadas a la mera depredación. A esto se le agrega el hecho de que habría acabado con el juego triangular de Buenos Aires, el Litoral y el Interior que hasta entonces había dominado la política argentina. Esto le habría permitido la convergencia del Ejército Nacional,la juventud política provinciana y un reducido pero decisivo grupo de autonomistas alsinistas porteños convergiesen, en la fuerza inicial al PAN. Finalmente, el autor vuelve a intentar refutar el papel de la buena fortuna en la consagración de Roca como caudillo nacional al afirmar que fueron las condiciones objetivas de la historia nacional las que lograron formar el carácter político y militar de Roca como una simbiosis que adquiriría una dimensión nacional, un carácter superlativo y una graduación refinadamente equilibrada.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

LOS PARADIGMAS DE LA GENERACIÓN DEL “80” Y EL PRIMER CENTENARIO

Por José Luis Muñoz Azpiri (h) *

Contrariamente a la América morena que se extiende desde el sur del Río Bravo hasta el Cabo de Hornos, desde 1870 el predominio de la burguesía en Europa y Norteamérica era absoluto. La Gran Nación latinoamericana, que en los albores de la emancipación pretendía proyectarse como un sueño colectivo, constituía a mediados del siglo XIX una anfictionía de pequeños estados que rivalizaban entre si y que apenas superaban la categoría de feudos familiares. En Europa y los Estados Unidos, la clase social surgida de los escombros del antiguo Régimen, impondrá sus criterios en todos los aspectos de la vida por más de tres generaciones. La razón de su éxito no se apoya únicamente en la prosperidad de los negocios, sino también en la conciencia de ser una clase social benéfica, defensora de la libertad individual dentro de un orden: positivo en Europa y puritano en los Estados Unidos. Esta burguesía, que se enriquece de un modo extraordinario y defiende el capitalismo como único sistema económico que permite el progreso dentro de la libertad individual, construirá una falsa teoría antropológica para legitimar su dominación sobre el Tercer Mundo: el evolucionismo spenceriano y un edificio teórico que formule una “ciencia social” para justificar la defensa del capitalismo de libre competencia: el positivismo.
Fue precisamente en Francia, con Augusto Comte (1798-1857) donde se funda esta corriente filosófica y se da comienzo al desarrollo de la sociología, pero fundamentada como una ciencia exacta, fuertemente influenciada por el sistema de Newton, que intentaría formular las leyes tendientes a conservar el orden social, gravemente cuestionado por sucesos como la Comuna de París. El núcleo de esta filosofía lo constituye la ley de los tres estados en el desarrollo de la Humanidad: el teológico, el metafísico y el positivo. Comte procuró desarrollar un sistema de ideas generales de caracteres definitivos, que basó en esta ley de los tres estadios sucesivos, concebida a través de la experiencia histórica y de observaciones realizadas en el terreno de los procesos biológicos del hombre. Intentó asimismo sistematizar el desarrollo social con el aporte de todos los conocimientos científicos de la época, concibiendo de esta forma a la sociología como una ciencia “dura”, colocándola en el estadio supremo del saber y elaboró la doctrina del orden y el progreso. Revisionistas de Gral San Martín: REUNIÓN ANUAL DE CAMARADERIA ...  

Augusto Comte.  Alejandro Korn, positivista en sus primeros años pero más tarde crítico severo de esta corriente, fue quién mejor definió el credo que intentó convertirse en una religión laica. Consideraba que esta orientación filosófica había nacido y se había definido bajo el imperio de la situación histórica dada en Europa desde mediados del siglo XIX y que reemplazaba al clima de ideas propio del romanticismo. Constituía una teoría del saber y una doctrina de la ciencia. Esta corriente, más consagrada a los problemas científicos y sociales que a la especulación metafísica pura, nutrió a la generación que gobernó al país entre 1880 y 1900 así como también a las clases dominantes del resto del subcontinente. En el marco de la balcanización mencionada al comienzo, se modelan los Estados o mejor dicho los fallidos estados Nacionales de la década del 80: Rafael Núñez en Colombia, el general Roca en la Argentina, el coronel Latorre en el Uruguay, Porfirio Díaz en México, Santa María en Chile, Alfaro en el Ecuador, Guzmán Blanco en Venezuela y Ruy Barbosa en el Brasil instauran el reinado de la prosperidad agraria o minera y la hegemonía del positivismo.
Pero también la otra orilla del Canal de la Mancha nutrió con maestros al positivismo, tales como Herbert Spencer (1820-1903) y John Stuart Mill (1806-1873), cuya preocupación, basada en la tradición utilitarista del pensamiento británico, fue realizar la síntesis del pensamiento evolucionista. Ambos aplicaron las teorías de Carlos Darwin quién elaboró su famosa doctrina tras su conocido viaje por nuestro país y otras zonas del mundo a bordo de la fragata “Beagle”. Sería en la Argentina donde Darwin habría observado por primera vez el proceso de selección artificial de las razas ovinas – paradójicamente no lo había advertido en Inglaterra, uno de los países pioneros en el tema, ya que en esa época no estaba interesado en tales problemas. Según Sarmiento, “los inteligentes criadores de ovejas son unos darwinistas consumados y sin rivales en el arte de variar las especies. De ellos tomó Darwin sus primeras nociones, aquí mismo, en nuestros campos, nociones que perfeccionó dándose a la cría de palomas (…). (1)
Spencer se interesó particularmente por transportar a la sociología las categorías biológicas del concepto darwiniano de la evolución, tal como el de la “lucha por la supervivencia”, y no tardó en ser entusiastamente adoptado por Sarmiento. Al respecto hay que destacar que este clima de ideas favoreció la expansión imperialista europea en Asia y África y estadounidense en el Pacífico y el Caribe. En el caso de las repúblicas latinoamericanas donde los positivistas tuvieron larga influencia, sirvió asimismo para justificar el desarrollo desigual de las regiones del continente y el sistema político de gobierno no precisamente burgués, sino de castas parasitarias embebidas en veleidades aristocráticas.
El positivismo fue en la Argentina la expresión filosófica de un modelo de vida concebido para usufructo de sus sectores dirigentes, políticos e intelectuales; dado que hacia fines del siglo XIX las bases estructurales de la formación económico-social de nuestro país estaban prácticamente delineadas. Las mismas se asentaban en el atraso y la dependencia nacional que, a su vez, conformaban los fundamentos de un original “bloque histórico” comúnmente conocido como “factoría agro-exportadora”.
En lo esencial, ese modelo de nación ideado por los integrantes de la llamada “Generación del 80” sólidamente se asentaba en dos clases de pilares. Por un lado, la importación de capitales, de mano de obra barata y de productos industriales europeos mientras, por otra parte, en el plano interno se reforzaba el régimen latifundista de inspiración semi-feudal con el monopolio de grandes extensiones de tierra y de la renta agraria, por parte de una clase social hegemónica asociada estrechamente al imperialismo inglés: la oligarquía terrateniente.
Ahora bien: la conformación de una Argentina terrateniente y dependiente de las potencias imperialistas también suponía – y de manera especialmente significativa – la necesidad de proponer al conjunto de la sociedad nacional una ideología legitimizadora del “nuevo orden” impuesto. Y a tal fin, la doctrina positivista venía como anillo al dedo.   Era “la” ideología “para” el momento; que servía para justificar tanto el colonialismo interno con la llamada consolidación de las fronteras interiores, como legitimar el orden interno que comenzaba a ser cuestionado por las expresiones ideológicas que también desembarcaban de Europa, pero con los contingentes de los desahuciados del Viejo Mundo.   El positivismo, como “orden contrapuesto a la anarquía”; de aquí el lema del gobierno de Roca: “Paz y administración” y el lema de la bandera de la república del Brasil: “Orden y progreso”, y la idea de un “progreso indefinido” habían servido, no solo para liquidar las últimas resistencias populares, sino también para justificar de allí en más, el dominio oligárquico como necesario y expresivo de toda la sociedad. “En esa tarea de conformar la nación y consolidar la modernidad del Estado, la filosofía positivista resultó una poderosa herramienta ideológica. Sirvió para explicar las consecuencias del proyecto, señalar los obstáculos, delimitar el campo de lo moderno y disciplinar a los sectores renuentes – por atrasados o contestatarios – a incorporarse al proceso. Acorde con el espíritu positivista, a la ciencia se le acometió un contenido central…” (2).

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Dentro de ese contexto ideológico, el “europeísmo” y el “racismo” fueron elementos permanentes del pensamiento “oficial” y los instrumentos más adecuados para justificar la dominación imperialista como forma de integración de la Argentina al “progreso” (ahora, en estos tiempos globalizados cambiamos el término “progreso” por “mundo”, es decir, un nuevo artilugio semántico con que disimular el sometimiento) y a la “prosperidad capitalista”, a través de su integración al mercado mundial. La ideología cientificista y la utopía del progreso indefinido estaban presentes en el conjunto de la vida intelectual y política argentina; en los cuadros intelectuales del régimen conservador y en los profesionales que integraban los equipos con que los gobiernos finiseculares buscaban modernizar la acción del estado en la sociedad civil. También en las vanguardias obreras (socialismo, anarquismo) influenciadas por las tendencias racionalistas de la izquierda europea y que comulgaban con un cierto cientificismo crítico en su lectura de la realidad, pero con un criterio transformador: “La izquierda en la Argentina –escribió David Viñas – aparece como resultado mediato del impacto inmigratorio: con la entrada masiva de obreros europeos, y el proceso correlativo de concentración urbana, se darán las condiciones para la formación de partidos que a través de sus voceros formulen la necesidad de modificar la estructura social en su totalidad”.(3) Tanto más cuanto que a esta semejanza infraestructural se une el que los inmigrantes traían ya las ideas proletarias de Europa, siendo no pocas veces ellos líderes obreros voluntaria o forzosamente exiliados.
Concretamente, existe una relación ineludible entre la dominación cultural y el racismo, siempre – claro está – en perjuicio de los sojuzgados. Así, enmascaradas por el prestigio de las ciencias naturales; que a partir de las grandes clasificaciones y del reordenamiento del saber efectuado en el siglo XVIII habían perfeccionado sus métodos hasta alcanzar resultados notables, las potencias imperiales construyen el sofisma de “la pesada carga del hombre blanco” quién asume voluntariamente la “sagrada misión” de elevar a los pueblos colonizados de la “infancia de la humanidad a la cima del progreso social y tecnológico”. Cuando, en realidad, este falso “progreso” se reproduce gracias a la super explotación de las masas oprimidas y al irracional saqueo de los recursos naturales, que son las materias primas indispensables para asegurar la continuidad de la expansión imperialista.
A partir del siglo XIX y de la mano con la generalización del colonialismo europeo en todo el mundo, la cultura occidental desarrolló una ideología abiertamente racista y ampliamente aceptada, a la que Ernst Nolte llegó a definir como una «rama del pensamiento europeo», y George Mosse como “el lado oscuro de la Ilustración“. A mediados del siglo XX, L’Encyclopedia Universalis incluyó un artículo denominado “Razas”, escrito por De Coppet que finaliza con la siguiente conclusión:
“A fines del siglo XIX, la Europa ilustrada es consciente que el género humano se divide en razas superiores e inferiores.”
El racismo europeo recurrió a la ciencia y en especial a la biología para jusificar la superioridad de los propios europeos, o de algunas de sus etnias, germanos, anglosajones, celtas, etc. sobre el resto de los seres humanos, así como la necesidad de que éstos fueran gobernados por aquellos. Este modelo de racismo seudocientífico fue luego repetido también en algunos países extraeuropeos como Estados Unidos para imponer el dominio anglosajón, Japón para colonizar Corea, China y otros pueblos del sudeste asiático, Australia para impedir la inmigración asiática, y en América Latina con las políticas implementadas para “reducir el factor negro“, a través del mestizaje y otros mecanismos de “limpieza” étnica…
Más clara aún es la adopción del racismo como defensa de su clase por la oligarquía más tradicional de la Argentina, es decir, la terrateniente y dentro de ella a la que menos mano de obra necesitaba, la ganadera. La inmigración, en afecto, servia para fortalecer a sus competidores de clase y amenazaba con crear una nuava clase proletaria que la derrocara.
Contra esta inmigración se adujeron, pues, múltiples argumentos y se estrellaron las protestas de los grupos más tradicionalistas que denunciaban “las hordas apátridas” o las “masas iletradas” que “ya no saben servir”. Ya antes, incluso, los conservadores se replegaron en clanes, ofreciendo un sistema endogámico rígido como defensa de sus intereses económicos. Nadie lo dijo más claro que Cané: “Nuestro deber sagrado, primero, arriba de todos, es defender nuestras mujeres contra la invasión tosca del mundo heterogéneo, cosmopolita, híbrido, cómodo y peligroso…. Salvemos nuestro predominio legítimo, no solo desenvolviendo y nutriendo nuestro espíritu cuando es posible, sino colocando a nuestras mujeres a una altura a que no lleguen las bajas aspiraciones de la turba”. Santiago Calzadilla recuerda nostálgico “aquellos lindos cuerpos de mujeres… productos de la raza española sin mezcla de gringo, o gringa. Eran criollas pur sang, como se dice hoy” y Julián Martel, indignado y decepcionado, anota: “da pena ver la facilidad con que estos aventureros encuentran aceptación entre las muchachas porteñas… Ellas posponen a cualquier hijo del país cuando se les presenta uno de esos caballeros de la industria que al venir a nuestra tierra se creen con los mismos derechos que los españoles de tiempos de la conquista”. (4)
Para intentar clarificar este panorama, Oscar Bosetti, en un artículo publicado en los albores del período democrático iniciado en 1983, remarca que este “corpus” de ideas y conceptos que él denomina “el concreto de pensamiento” se dio, efectivamente, en el plano de la realidad objetiva (el concreto real): la oligarquía terrateniente y sus más ilustres “intelectuales orgánicos” (abogados, dirigentes políticos de la partidocracia demo-liberal, escritores y, en fin, el grueso de los cuadros superiores de las Fuerzas Armadas) se sintieron social y culturalmente identificados con las élites metropolitanas y transfirieron, por ejemplo, el “racismo” de éstas a las poblaciones indígenas, mestizas y criollas del Interior y, más tarde, a los españoles, italianos y centroeuropeos que conformaban la mayor parte de la ola inmigratoria producida entre 1870 y 1890. (5) 
Y esto se inserta en uno de los puntos difíciles del nacimiento de la Antropología Argentina, con hombres preocupados por la cultura material de los pueblos originarios pero no tan preocupados por el aniquilamiento de los portadores de esa cultura. Así, algunos epígonos del “progreso” saludaron al alcoholismo y las enfermedades, como una forma “incruenta” de despejar los territorios que serían ocupados por los brazos laboriosos de una inmigración que, suponían, estaría compuesta por los arquetipos idealizados del conde de Gobineau. Al respecto, de una verdad insoslayable nos parecen las palabras de Miguel Cané, pronunciadas el 29 de agosto de 1899 en ocasión de debatirse la concesión fiscal a los salesianos de aquella misión, expresando: “Yo no tengo, señor Presidente, gran confianza en el porvenir de la raza fueguina. Creo que la dura ley que condena los organismos inferiores ha de cumplirse allí, como se cumple y se está cumpliendo en toda la superficie del globo…”
Aunque hay que reconocer que este período también produjo voces disidentes, aunque no lo suficientemente reconocidas. Tal, la de un gran argentino, un olvidado, Adán Quiroga (1863-1904) quién, desde una actitud apegada a lo telúrico y empeñada en la revalorización de las razas que poblaban nuestro territorio en el momento de la conquista, advertía sobre los peligros de un exagerado cosmopolitismo. Dice Quiroga en su obra “Calchaquí”: “los acontecimientos históricos han de hacer resaltar la virilidad de la nación calchaquí y la importancia del suelo catamarcano (sic) por sus recuerdos clásicos en la lucha de las dos civilizaciones y de las dos madres razas” Y agrega: “Apartar al indio de nuestra historia es desdeñar nuestra tradición, renegar de nuestro nombre de americanos.”
Hay que recordar que en ese momento histórico el pensamiento positivo había alcanzado una validez universal y sus concepciones abarcaban todas las disciplinas. A partir de 1860 las ciencias biológicas ganaron terreno sobre los estudios físicos y matemáticos: parecía que, de algún modo, los biólogos estaban en posesión de las leyes que rigen la vida, así como los sociólogos aparentaban señorear el desarrollo del cuerpo social. Así lo creyeron, al menos, hombres como Sarmiento quién, a lo largo de su obra plantea el modelo biocultural spenceriano de la irredimibilidad de las razas criollas hispanoamericanas para alcanzar el progreso, tal como está de manifiesto en el contexto de la teoría del hombre blanco, o en los textos de Carlos Octavio Bunge y José María Ramos Mejía.
Para la “oligarquía paternalista”, expresión que pertenece a Pérez Amuchástegui, son tiempos de optimismo, de fe profunda en el progreso indefinido. Y a medida que la naturaleza va dejándose arrancar sus secretos y la clave de su evolución, va creciendo en forma paralela el intento fáustico de llegar al estadio positivo de Comte, donde el poder espiritual pasa a manos de los sabios y el poder temporal a manos de los industriales. De ahí el afán fundacional de Museos, que oficiarían como “catedrales profanas” del saber y el científico ejercería la función de sumo sacerdote.
En la Argentina había honrosos antecedentes en este campo. En 1872 se constituyó la Sociedad Científica Argentina en el Departamento de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, por inspiración del entonces estudiante Estanislao S. Zeballos. Zeballos había expuesto la necesidad de “fundar una sociedad que sirviera de centro de unión y de trabajo para las personas que desearan servir al desarrollo de las ciencias y sus aplicaciones. Fue, como lo recuerda el matemático e historiador de la ciencia José Babini, la única tribuna científica argentina y el único centro de consultas sobre cuestiones de este tipo para los gobiernos de la Nación y de la provincia de Buenos Aires. La Sociedad Científica creó un Museo, organizó cursos y conferencias, promovió expediciones y viajes a territorios a un no sometidos al Estado nacional – Como los de Francisco P. Moreno y Ramón Lista a la Patagonia – y desde 1876 publicó sus Anales, que continúan apareciendo en la actualidad.
Pero, ya que de paradigmas hablamos, estos estudios se realizaron en el marco de un acentuado etnocentrismo, anterior aún al desembarco del positivismo en nuestras playas. Las terribles palabras de Alberdi son la prueba elocuente: “El salvaje del Chaco, apoyado en el arco de su flecha, contemplará con tristeza el curso de la formidable máquina que le intima el abandono de aquellas márgenes. Resto infeliz de la criatura primitiva: decid adiós al dominio de vuestros antepasados. La razón despliega hoy sus banderas sagradas en el país que no protegerá ya con asilo inmerecido la bestialidad de las razas” (6) Este párrafo, escrito en los años 50 se arraigará con fuera en el escenario político argentino de treinta años después. Ante la imagen didáctica de un indígena que observa pasar un ferrocarril, Alberdi desarrolla magistralmente toda la teoría cientificista desarrollada en 1880, cuyos máximos exponente fueron los intelectuales positivistas ya nombrados y en el campo de la literatura los representantes de otro paradigma de la época: el naturalismo.
Este género literario, cuyas fórmulas lograron la mayor precisión en las novelas y los ensayos teóricos de Emilio Zola, se introdujo en la Argentina en los mismos ambientes en que pudo prosperar el liberalismo librepensador, anti-clerical y cientificista, que alcanzaba en esos años una difusión considerable en las grandes ciudades. Más que una corriente política clásica el librepensamiento criollo fue un movimiento intelectual y cultural. Una verdadera subcultura que abarcó a gran cantidad de hombres y mujeres en la Argentina cosmopolita y devota del progreso de la transición entre dos siglos. En esta subcultura convivían distintos grupos con una identidad doctrinaria propia (masones, espiritistas, positivistas comtianos, teósofos, etc.) pero que encontraban un punto de convergencia alrededor de algunas ideas eje: laicismo anticlerical, la aplicación de criterios científicos para la solución de todos los problemas de la sociedad y una ingenua fe en una reforma racionalista de la conducta humana. (7). No por casualidad Antonio Argerich (1862-1924) fue quién llevó más lejos los supuestos del naturalismo zoliano al convertir a su novela “¿Inocentes o culpables?” (1881) en una verdadera novela de tesis, con la exposición de un diagnóstico y la elaborada descripción de pretendidos morbos sociales. Médico como el naturalista Holmberg y Ramos Mejía, Argerich acepta algunos conceptos polémicos de la ciencia de su tiempo, sobre la presunta superioridad o inferioridad de las diversas razas, y pasa a demostrar en su novela que la inmigración de procedencia europea, que por entonces empieza a romper el equilibrio demográfico del país, será desastrosa para la sociedad argentina.
Prevenciones similares encontramos, tras la crisis del 90, en el llamado “Ciclo de la Bolsa” y su incipiente antisemitismo en el libro de Julián Miró. Eugenio Cambaceres, Segundo Villafañe y Carlos María Ocantos son los otros exponentes de este período literario. En realidad, la obra de estos autores reflejaba la desilusión del ideario forjado por Sarmiento, Julio A. Roca o José Ingenieros dado el escaso aporte cultural y científico de los obreros, artesanos y campesinos inmigrantes que no se compadecía con los técnicos e ingenieros que no llegaron a estos puertos, o que vinieron solo como gerentes o especialistas de las empresas europeas y, ciertamente, poco contribuyeron para la imperiosa transformación social y cultural del pueblo.
De ahí que la glorificación liberal del extranjero manifestada por Alberdi, que la burguesía asumía contra el conservatismo xenófobo, se pase después, cuando la burguesía esté en el gobierno, a un antiliberalismo contra la inmigración y los movimientos contestatarios ligados a ella. El tránsito de Leopoldo Lugones del mayor radicalismo a la extrema derecha no es sino otra manifestación de esta evolución de la élite burguesa; y lo mismo, en sentido parcialmente contrario, la de Ingenieros.
Dado que la población exigía cada vez más su participación en el manejo de los asuntos de gobierno y no quería ya una democracia cosmética sino real, la burguesía renegó – como la francesa de principios del XIX – de tan peligrosa doctrina y se fue entregando a las dictaduras militares, en un ejército ya blanco, como diría orgulloso Ingenieros, que la libre de la “chusma” que rodeaba a Yrigoyen. Cuando a partir de 1916, los sectores dominantes advirtieron el fracaso del liberalismo y se asustaron ante la corporización de la participación popular, volvieron a equivocar el camino, “en lugar de replegarse hacia la tierra y reivindicar la nacionalidad junto al pueblo, buscó la adopción de modelos europeos: renegaron de Rousseau y admiraron a Maurras, denostaron el plebeyismo de Yrigoyen y se embelesaron ante la rusticidad de Mussolini, denigraron a Marx y aceptaron a Goebbels”. (8)
Coherentemente, el esquema liberal positivista adoptado por la oligarquía terrateniente nativa es la base misma de la elaboración histórico-cultural argentina, que afirma el principio de dependencia como ineludible camino para “transitar el desarrollo hacia el progreso” y, en ese intrincado recorrido, ayer la industria inglesa y la cultura francesa y en nuestros días el poderío y la “modernización” de las transnacionales de la globalización; aparecen, según algunas corporaciones, como las metas a alcanzar mientras se mantengan abiertas las puertas del país a las corrientes económicas, políticas y culturales provenientes de estos nuevos “centros de civilización”.
No obstante, en el 80 se concreta para la Nación un proyecto que a muchos puede no gustarle, aunque en su momento pudo ser aceptable. Un proyecto cuyos representantes no fueron un grupo homogéneo sino un conjunto que el historiador Jorge E, Sulé definió como “Los heterodoxos del 80” caracterizado por sus contradicciones y, a la vez, por la riqueza de sus expresiones. Si bien se definió por su tendencia europeizante, albergó al mismo tiempo un entrañable amor por el terruño (Lucio V. Mansilla). Existió, como dijimos, adhesión al naturalismo de Zola, pero sus expresiones en el Plata (Cambaceres, Martel, Sicardi) no fueron dóciles remedos de postulados científicos ni de la ley de la herencia. Cierto es que muchos fueron injustos con el gauchismo y con su desdén al Martín Fierro, pero otros como el nombrado Quiroga, también censuraron la inmigración masiva que menoscababa las esencias nacionales. Se habla de un descreimiento religioso, por haberse entonces sancionado la educación laica y el registro y matrimonio civil. Pero existía en muchos un deísmo, quizá no ajustado a dogmas, pero sincero y vivencial. En Wilde y Cané se advierte cierta nostalgia de Dios, así como en Estrada y Goyena hay fervorosa adhesión a la libertad de la mente.
La Argentina que nace en el 80, se proyecta en el siglo XX y XXI, se renueva en 1916, entra en crisis en el 30, estalla en la década del 40 (tiene una fecha liminar en el 17 de octubre de 1945), se empantana en el 55, sufre su hecatombe en el 76 y eclosiona en el 2001. En suma, hemos recorrido un tortuoso camino para llegar al Bicentenario, pero los acontecimientos que se avecinan auguran ser venturosos, con una Argentina tajantemente insertada en Hispanoindoamérica, que rompa definitivamente con la colonización cultural y la dependencia económica. Solidaria con el dolor y la esperanza de todas las naciones de la América morena “que aún reza a Jesucristo y aún habla el español.”
Notas:
(1) Orione, Julio y Rocchi, Fernando A. “El Darwinismo en la Argentina”. En: “Todo es Historia” N° 228. Bs. As. 1986
(2) Pérez Gollán, José A. “Mr. Ward en Buenos Aires”. En: “Ciencia Hoy” V. 5 N° 28 Bs. As. 1995
(3) Viñas, David “Literatura argentina y realidad política” Jorge Álvarez. Bs. As. 1964
(4) Onega, Gladys “La inmigración en la literatura argentina: 1880-1890” Ed. Galerna Bs. As. 1969.
(5) Bosetti, Oscar “Las variables del pensamiento dependiente”. En “Crear en la Cultura Nacional” Nº 15 Bs. As. 1983
(6) Alberdi, J.B. “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina” En: Alberdi, J.B. “Organización política y económica de la Confederación Argentina”. Bezanzon, 1856, p.54
(7) De Lucía, Daniel Omar “Buenos Aires 1900. Imaginario cientificista y utopía de progreso”. En: “Desmemoria” Año 7 Nº26 Bs. As. 2.000
(8) D´Atri, Norberto “Del 80 al 90 en la Argentina”. A. Peña Lillo Editor. Bs. As. 1973.
(*) Prosecretario y Académico de Número del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas “Juan Manuel de Rosas”
(**) Comunicación para el Segundo Encuentro de Historia Revisionista “José
Gervasio de Artigas” realizado en la Universidad Nacional de Lanús el 12 de noviembre de 2011.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Roca caudillo del ejército

Por Arturo Jauretche

En la revolución del 74, el Ejército Nacional liquida definitivamente los restos del ejército de facción de (Bartolomé) Mitre y en la Revolución del 80, la oligarquía porteña es derrotada y el Ejército Nacional impone, conjuntamente con la capitalización de Buenos Aires, un concepto de unidad del país frente a la hegemonía porteña.
Con la presidencia de (Nicolás) Avellaneda se insinúa la formación de la oligarquía nacional que sustituirá a aquélla; ésta tendrá la misma adhesión que los vencedores de Caseros al liberalismo de importación, a las doctrinas económicas detrás de las cuales avanza el interés británico, y tal vez una mayor venalidad caracteriza su gestión.
Pero representando en cierta manera la unidad del país, no puede estar del todo ajena a los intereses del interior y a las tentativas industrialistas que comienzan a recobrarse, y de una manera imprecisa y discontinua comienzan a aparecer las primeras tentativas defensoras de un posible desarrollo nacional autónomo. (…)    La gravitación ejercida por el ejército trae de nuevo una preocupación de Política Nacional incompleta y parcial, pero que es ya algo: la preocupación de las fronteras. La conquista del desierto, la integración de la Patagonia, la formación de la marina, las contingencias limítrofes con Chile y la ocupación militar de los chacos y Formosa aseguran los límites a que nos ha reducido la “victoria” de Caseros.(…) En los esteros del Paraguay se hundió la conducción mitrista del ejército, con la estrategia y la táctica de las guerras policiales y punitivas de los generales brasileristas uruguayos, hechas al desprecio de la vida humana, que empieza por las del adversario y termina por las del propio cuadro.
 
Casi todos los “orientales” de Mitre fueron sacados del frente y pasaron a seguir las guerras interiores contra las provincias sublevadas; ¡eran sólo expertos en degollar gauchos desarmados! En esa desastrosa experiencia se aprendió de nuevo la ciencia de la guerra, y un nuevo ejército comenzó a surgir de entre las ruinas. La esterilidad del sacrificio y la convicción de haber servido a una política extranjera, en perjuicio de la nacional, se hizo carne en los nuevos jefes, y se perfiló una figura que habría de restaurar el sentido de la política nacional de la milicia.
Su constructor fue el general (Julio Argentino) Roca -que perdió allí a su padre, guerrero de la independencia, y a un hermano-, cuyas primeras armas se habían hecho en el ejército de la Confederación.
(…) La revolución del 74 es decisiva; enfrenta por fin al ejército de fracción con el nuevo ejército nacional. En Roca se define el Ejército Nacional que ya tiene un conductor y una Política Nacional que aún falta en el gobierno. La aventura revolucionaria de Buenos Aires termina ridículamente en La Verde con la rendición de Mitre, que agrega una más a la cadena de sus batallas perdidas. (La única que ganó fue Pavón y ya se sabe cómo).

El ejército de Mitre termina como había vivido, matando indefensos; el asesinato del general (Teófilo) Ivanowski, por las fuerzas sublevadas de (José Miguel) Arredondo, representa la última demostración de una técnica. La campaña de Roca, ganando tiempo, ante las urgencias de Sarmiento que lo apremia, ignorante de que el general construye su ejercito sobre la marcha, disciplinándolo y acondicionándolo como un ejército moderno, termina en la batalla de Santa Rosa donde el ejército nacional entierra definitivamente al ejército de facción.
Hay ahora en el ejército un sentido elemental de la política nacional que se irá perfilando con la marcha de su conductor. También hay otro estilo que no es el de los degolladores. El general Francisco Vélez refiere cómo el general Roca hizo fusilar, bajo la presión de sus consejeros, a un supuesto espía, que después resultó que era verdaderamente agente de enlace de su amigo (Francisco) Civit.
Agrega Vélez: “Es fama que Roca sintió entonces profundo horror y que formo el propósito de no firmar otra pena de muerte, propósito cumplido religiosamente durante su larga actuación en la jefatura del ejército y del Estado… imputándose tal vez debilidad al haber cedido ante incitaciones de algunos de esos irresponsables que alardean energía aconsejando el sacrificio de seres humanos que otros han de ejecutar”.
(…) Sólo Avellaneda, con la modificación de la tarifa de avalúos, reinicia la política proteccionista. Allí están los dos Hernández, el autor de Martín Fierro y su hermano; Vicente Fidel López, Roque Sáenz Peña, Estanislao Zeballos, Nicasio Oroño, Carlos Pellegrini, Amancio Alcorta, Lucio V. Mansilla, según enumera (Jorge Abelardo) Ramos.
Es Pellegrini el que dice: “No hay en el mundo un solo estadista serio que sea librecambista, en el sentido que aquí entienden esta teoría. Hoy todas las naciones son proteccionistas y diré algo más, siempre lo han sido y tienen fatalmente que serlo para mantener su importancia económica y política. El proteccionismo industrial puede hacerse práctico de muchas maneras, de las cuales las leyes de aduana son sólo una, aunque sin duda, la más eficaz, la más generalizada y la más importante. Es necesario que en la República se trabaje y se produzca algo más que pasto”.
No es todavía política nacional en lo económico, pero es una rectificación, una atenuación del pensamiento de Caseros. Compárense esas palabras de Pellegrini con las que siguen de (Faustino) Sarmiento: “La grandeza del Estado está en la Pampa pastora, en las producciones del norte y en el gran sistema de los ríos navegables cuya aorta es el Plata”. (De paso perdieron la soberanía hasta en la aorta). “Por otra parte los españoles no somos ni industriales ni navegantes y la Europa nos proveerá por largos siglos de sus artefactos a cambio de nuestras materias primas”.
¿Ignoraba el señor Sarmiento eso que el señor (Raúl) Prebisch llama los términos del intercambio y que consiste en que año por año aumenta el valor de las manufacturas con relación a las materias primas y que en esa carrera hay que entregar cada vez más carne y más cereales por menos máquinas y menos artículos? ¿Ignoraba también que lo que aumenta el valor de la materia prima es la técnica y la mano de obra ante cuyo precio el valor de esta última representa un por ciento insignificante? ¿Sospechaba siquiera que la lana de un traje no representa ni el dos por ciento del valor del tejido? ¿Sospechaba acaso que sin industrias el mayor valor de la mercadería queda en el exterior, es poder de compra restado al propio país e incorporado al país importador?
(…) Martín de Moussy señalaba los electos de la libertad de comercio que Mitre había inscripto en las banderas del ejército según su arenga: “La industria disminuye día a día a consecuencia de la abundancia y baratura de los tejidos de origen extranjero que inundan el país y con los cuales la industria indígena, operando a mano y con útiles simples no puede luchar de manera alguna”.
Dice José María Rosa: “Los algodonales y arrozales del norte se extinguieron por completo. En 1869 el primer censo nacional revelaba que provincias enteras apenas si mal vivían madurando aceitunas o cambalacheando pelos de cabras” (Defensa y pérdida de nuestra Independencia Económica).
Ramos, de quien extraigo esta cita (Revolución y contrarrevolución), nos informa que en 1869 había 90.030 tejedores sobre una población de 1.769.000 habitantes y en 1895 sólo quedaban 30.380 tejedores en una población de 3.857.000. Lejos de importar máquinas de producción, el capitalismo europeo en expansión nos enviaba productos de consumo. No venía a contribuir, a nuestro desarrollo capitalista sino a frenarlo.
Primeros pasos hacia una economía nacional
Esa nueva promoción que tiene a Roca como conductor careció de una teoría nacional de la política y de la economía. Sólo le fueron dados atisbos parciales de la realidad; no así liberarse de las supersticiones ideológicas, pero con todo, su carácter nacional la hizo contrabalancear a los agiotistas y especuladores del puerto de Buenos Aires y posibilitar algún desarrollo industrial.
A ellos debemos la modernización y crecimiento de las industrias azucareras y vitivinícolas, a las que por cierto la metrópoli británica no opuso mayores dificultades, porque el azúcar significaba un golpe al comercio rival de carnes, el saladero, que abastecía a los mercados azucareros del Brasil y Cuba, y la industria vitivinícola contribuía a eliminar otro competidor del mercado de exportación: Francia, abastecedora de vinos.
Pero de todos modos se tonificaron las economías de dos centros fronterizos -Cuyo y el Norte-, y se paró la emigración de sus habitantes al litoral pastoril. Esta época y la de sus continuadores fue también de enajenación de los ferrocarriles nacionales y de concesiones leoninas al capital privado. Pero cumplió, en cambio, una política ferroviaria de sacrificio a cargo del Estado, que tuvo en cuenta las fronteras y estabilizó el norte argentino y la conexión con Bolivia.
(…) Pero lo fundamental es que con Roca vuelve al país el concepto de una política del espacio. Vuelve con un auténtico hombre de armas y vuelve porque ya hay un ejército nacional y la demanda mínima de este, la elemental, es la frontera.

Está la frontera con el indio, abandonada desde Caseros, cuando éste vuelve a rebalsar y hasta interviene en nuestras luchas civiles: Mitre ha traído a los indios a La Verde como los llevó a Pavón seguramente para replantear el dilema de Civilización y Barbarie a favor de la civilización, del mismo modo que Brasil llevó sus esclavos a la lucha por la libertad de los paraguayos.
La primera tarea que realiza el ejército nacional es la conquista del desierto. El plan de operaciones repite el de la Confederación, con medios más modernos pero con la misma visión nacional. Lleva implícita la ocupación de la Patagonia -que se realiza- y la definición de la frontera con Chile que obtiene solución favorable, salvo en el estrecho de Magallanes, y definitiva por la Política Nacional de las fuerzas armadas que representa el fundador del nuevo Ejército Nacional.
Ella no hubiera sido posible sin la construcción del mismo, por encima de las facciones y sometimiento al mitrismo; la extensión vuelve a formar parte de la Política Nacional que se irá complementando hacia el norte, con los expedicionarios del desierto que en Chaco y Formosa consolidan, con la ocupación hasta la frontera del Pilcomayo.
 
Toca también al ejército nacional resolver la cuestión Capital que algo aliviará al gobierno argentino de la presión constante del círculo de la oligarquía porteña. Frente a Avellaneda vacilante ante la insolencia de (Carlos) Tejedor y los demás mitristas, Roca expresa la posición firme de lo nacional y la decisión del Ejército Nacional de no aceptar más retaceos a la República.
Este es el momento decisivo y es bueno señalar lo que destaca Ramos: al lado de Roca está Hipólito Yrigoyen, jefe del futuro gran movimiento nacional. En cambio, (Leandro) Alem, está del otro lado. Los clásicos al lado de los clásicos, los concretos al lado de los concretos, los realistas al lado de los realistas. Del otro lado los declamadores, románticos arrastrados por el influjo de las palabras huecas, y las ideologías.
Es confusa la historia como que es cosa de hombres. Digamos glosando a (Georges Louis Leclerc, conde de) Buffon que el estilo define las corrientes históricas mejor que las palabras.
Hasta 1916 el pueblo es ajeno a todo el drama histórico desde Caseros. Desde entonces hemos carecido de una verdadera política nacional; pero señalemos los grados: durante el período del mitrismo no fue carencia: hubo política antinacional consciente y deliberada, que se sostuvo en la inexistencia del Ejército Nacional, reemplazado por una milicia de facción.
Con Roca y la reconstrucción del Ejército Nacional empieza a definirse una Política Nacional, zigzagueante entre la comprensión parcial de los hechos y el adoctrinamiento antinacional de los ideólogos (…) hay por lo menos una Política Nacional, la del Ejército, expresada por su fundador, el general Roca, que tiene una Política Nacional de las fronteras y una política económica a la que falta mucho para ser nacional, pero ya retacea el librecambio impuesto por los vencedores de Caseros en obsequio de los “apóstoles del comercio libre”.
No llega con todo a constituir sino un mero atisbo de Política Nacional: ella sólo se integrará por la presencia del pueblo en el Estado.
Jauretche "Ejercito y Política"

miércoles, 30 de septiembre de 2015

“ROCA Y LA MASONERÍA EN LA DÉCADA DEL ‘80"

Por Federico  Ibarguren
 

L
a mentalidad liberal parece agarrarse de la generación del ’80, como único vínculo con la Historia Argentina –alabándola con retórica pueril-, porque rompió todo contacto con el pasado remoto, a través de una ideología (la ideología que repudia la historia como experiencia, por falsos prejuicios antitradicionalistas) y fue reemplazada con utopías sin raíces o por meras certidumbres positivistas. Evidentemente, al perder contacto y  desentenderse  de la antigua cultura heredada, los liberales se han quedado huérfanos, y ahora han descubierto a la generación del ’80 como único vínculo con nuestro pretérito. La elemental historia que saben y repiten es la prefabricada por los unitarios; o sea: la leyenda de los próceres oficiales  ‘buenos’, según ellos. Y nada más.
     

      Pero vamos a ver hoy cual es la verdadera radiografía de la generación del ’80 en este terreno, así como los efectos producidos –a largo plazo- por la masónica revolución laicista.
     
      Desgraciadamente no puedo tocar todos los temas que se deben tocar, cuando se habla de una generación; sobre todo cuando ella ha tenido gran predicamento político. Me voy a referir solamente a la lucha religiosa desatada por  Roca en 1880, en su primer gobierno, cosa insólita en nuestro país, puesto que –exceptuando el fracasado intento rivadaviano- ni en la época del virreinato y mucho menos en los siglos anteriores, existió un cisma religioso anticatólico o  un movimiento francamente de ese signo entre nosotros. Era algo que no tenía vigencia; al parecer imposible de prosperar en la Argentina de antaño.
     
      Roca, plagiando a Rivadavia, importa a través de la masonería aquel problema –esta vez en el ámbito nacional- y provoca una especie de ruptura con la Iglesia, una insólita agresión; desatándose la lucha religiosa en todo el país que concluye con el triunfo parcial del equipo gubernamental (en aquel tiempo estaba constituido por hombres de la masonería). En realidad, Roca no hizo otra cosa que cumplir sumisamente el plan masónico en el aspecto cultural de su política.

EL PLAN MASÓNICO.

E
ste plan para el Río de la Plata era bastante sencillo y consistía en cuatro logros escalonados, de los cuales el roquismo consiguió la mitad. A saber: Educación laica; Ley de Matrimonio Civil; ley de Divorcio y Separación de la Iglesia del estado.
     
      El gobierno de Roca en 1884 sancionó la ley de Educación Laica (la escuela sin Dios), y Juárez Celman en 1888 hizo aprobar la ley de Matrimonio Civil (es decir, el matrimonio sin Iglesia). Era una manera de descristianizar paulatinamente al pueblo argentino en forma solapada; pero ya vamos a ver con qué argumentos y con qué agresividad los masones atacaron la tradición religiosa del catolicismo argentino de cepa española.

      Citaré testimonios de historiadores veraces y documentos de la época, que eso es lo más importante para un historiador, pues la historia no puede inventarse como hacen los novelistas y literatos. No puede crearse ‘ex-nihilo’ una versión que no esté de acuerdo exactamente con los testimonios de los tiempos que se estudian; tiene que basarse en documentos, y eso es lo que quiero dejar bien establecido. No son cosas mías las que voy a decirles a ustedes en esta sumaria relación; no son inventos míos ni historias mías en absoluto. Por otra parte, no  pretendo aquí hacer el proceso definitivo contra la celebérrima generación del ’80, tan alabada por el liberalismo argentino en general; no soy Juez, y aunque lo fuera, en historia no existe la ‘cosa juzgada’. Los liberales, por supuesto, tienen abierto el derecho de apelación. Pero los documentos que voy a citar creo que hablan por sí mismos.

      Desde mi lejana juventud he abrazado el catolicismo por convicción y me debo a mi fe tradicional; “soy amigo de mis amigos, pero más amigo soy de la Verdad”. He aquí mi planteo en pocas palabras. Descontando retóricos lugares comunes de circunstancias. Y rectificando arraigados ‘mitos’ oficialistas que se van repitiendo a través de los años sin análisis críticos serios.


UNA GENERACIÓN AGNÓSTICA.

D
ebo reconocer en cierto modo el señorío de algunas de las personalidades humanas de la generación de mis abuelos, que actuaron en una sociedad todavía jerarquizada (sociedad que aún no había entrado en los pródromos de la masificación democrática de este tiempo), más sus clases gobernantes, con honrosas excepciones –fueron desgraciadamente liberales a ultranza; vale decir: agnósticos en religión, positivistas- a veces ingenuas, ilusionadas con el ‘programa’ de gobierno o la ‘plataforma’ partidaria-, cuando no escéptica en su filosofía de la vida y déspotas ilustrados a la francesa, eso sí, en política (ingredientes del faccioso individualismo finisecular). El grupo de la ‘Unión Católica’ aparte, algunos se salvan de estos calificativos, como por ejemplo, un ilustre salteño: estadista, diplomático y gran parlamentario de aquella generación, el Dr. Indalecio Gómez. Y en el terreno de la investigación histórica: Adolfo Saldías y acaso, también, el iconoclasta Paul Groussac. Olvidaba nombrar a Wenceslao Escalante en la función pública (la excepción confirma la regla). De ‘Los  que pasaban’, el implacable tiempo olvidará a muchos.

      Con supina ingenuidad, además, los promovidos hombres del ’80 en general, creyeron en el ‘Progreso Indefinido’ como motor del futuro, que nos conduciría fatalmente a la ‘Civilización’ mediante el libre pensamiento y la ciencia experimental, que eran importaciones europeas. Renegaron así de sus profundos ancestros culturales, convenciéndose (jóvenes inmaduros durante la primera presidencia de Roca) de que plagiando lo europeo no español, en sus ideas, creencias, usos y costumbres familiares, alcanzarían en poco tiempo el grado de adelanto material que anhelaban. Y la masonería anticatólica los enroló en sus filas y les dio poder político, instrumentándolos ideológicamente desde las logias a partir de 1860, a fin de que realizaran el gran ‘aggiornamento’ argentino a contrapelo  de nuestra tradición genuina. Digo a partir de 1860, porque en ese año se concreta la famosa tenida masónica del 21 de julio en el entonces Teatro Colón de Buenos Aires (actual emplazamiento del Banco de la Nación frente a Plaza de Mayo), en la cual tenida alcanzaron el grado 33 de la masonería los siguientes personajes (próceres oficiales, por otra parte,  de nuestra historia); Bartolomé Mitre, Sarmiento, Urquiza, Santiago Derqui y Gelly y Obes –ministro de Mitre-. Los jóvenes del  ‘80 recibieron esa herencia extranjerizante ‘sin beneficio de inventario’.

      El aguerrido Padre Castañeda con su característico gracejo propagandístico, retrataba así satíricamente a los políticos europeístas de su época: “Echa usted una ojeada rápida sobre la conducta de nuestros políticos en la década anterior (anterior a 1820) y verá que en vez de fomentarlo todo lo han destruido: todo nomás que porque no están en Francia, en Londres, en Norte América o en Flandes. ¿Cómo hemos de tener espíritu nacional, si lo que menos pensamos  es en ser lo que somos? Nos hemos ido alejando de la  verdadera virtud castellana que era nuestra virtud nacional, y formaba nuestro verdadero, apreciable y celebrado carácter… Empezaron (los políticos) a revestir un carácter absolutamente antiespañol, ya vistiéndose de indios para  ser ni indios ni españoles, ya aprendiendo el  francés para ser parisienses de la noche a la mañana, o el inglés para ser ‘misteres’ recién desembarcaditos en Plymouth. Estas despreciables gentes –termina Castañeda- avanzaban al teatro, para desde las tablas propinar al pueblo, ya el espíritu británico, ya el espíritu gálico, ya el britano-gálico; pero nunca el espíritu castellano o el hispanoamericano, o el iberocolombiano, que es todo nuestro honor, y forma nuestro carácter, pues por Castilla somos gente”. 

EN CONFLICTO CON LA IGLESIA.

A
nálogamente, pienso yo, los próceres oficiales del ’80, dejando de lado sus condiciones humanas –recordemos la excepcional gracia periodística de Manuel Lainez-, quisieron independizarse de la milenaria Iglesia Católica, y entraron (durante el primer gobierno de Roca, sobre todo) en conflicto con la misma, llamando en auxilio de su rebelión ideológica nada menos que a la masonería internacional, condenada repetidas veces por la Santa Sede: desde el año 1738 en una encíclica de  Clemente XII. E impusieron contra viento y marea la Enseñanza Laica (la escuela sin Dios) a las nuevas generaciones argentinas mediante la funesta ley 1420, que aún está en vigencia; y la ley de Matrimonio Civil, que desacraliza por completo la uniones conyugales a espaldas de la Iglesia Católica. Olvidaron el célebre apotegma de Lord Acton que dice: “La religión es la clave de la historia”. Acotando Joseph de Maistre: “Todas las instituciones imaginables, sin no reposan sobre una idea religiosa, son efímeras”.

      Tal es la verdad inconcusa brillantemente clarificada por Foustel de Coulanges en su clásica obra “La Cité Antique”, cuando se refiere a la religiosidad del mundo precristiano; religiosidad que todavía hoy mantiene una actualidad impresionante. En este orden de ideas, Hilaire Belloc y Cristopher Dawson han remozado el concepto en el siglo XX, afirmando el primero: “Nuestra cultura fue hecha por una religión, las modificaciones de esa religión o las desviaciones de las normas que impone, afectarán necesariamente nuestra civilización en su conjunto”. Y Dawson, a su vez, como anunciando la quiebra cultural provocada por  el laicismo finisecular que conduce a la democracia de masas, nos enseña que ninguna cultura puede sostenerse mucho tiempo si repudia sus raíces religiosas y morales, y la ratifica así con estas lucidas palabras: “Una sociedad que ha perdido su religión, se convierte más tarde o más temprano en una sociedad que ha perdido su cultura”.

“LO QUE NO ES TRADICIÓN ES PLAGIO.”

E
sto fue lo que ignoraron nuestros estadistas librepensadores, a partir de 1880, con Roca a la cabeza, impactados por los, en su tiempo, ‘slogans’ propagandísticos de Sarmiento y Alberdi; los ideólogos máximos de la generación del ’37. “Civilización o Barbarie”, pregonaba el agresivo sanjuanino. La barbarie, por supuesto, estaba en nosotros, hombres de cepa española y cultura latino-católica, mientras que la “civilización” había que importarla de afuera; de Inglaterra o Norteamérica protestantes. En tanto que el tucumano Alberdi pretendía no tanto cambiar las leyes de la República, sino la misma raza criolla de su cosmopolitismo a ultranza: “gobernar es poblar” . Poblar con anglosajones necesariamente, según él.

      Desde entonces Roca quedó atrapado por la masonería anticatólica y el internacionalismo alberdiano en política -”Paz y Administración” fue su lema de gobierno-; tanto  fronteras adentro como fronteras afuera. Rifándose así la suerte de la República Argentina afirmada años atrás frente a Chile a raíz de la Campaña del Desierto. Y las decisiones ajenas y siempre interesadas de árbitros extranjeros, redujeron en miles de kilómetros  cuadrados las fronteras del país, con el beneplácito de presidentes, ministros y parlamentos nacionales, dando satisfacción plena al negocio especulativo del capital británico en lo económico: o sea, la total apertura a las masivas importaciones “made in England”, a cambio de venderle nuestras carnes y cereales transportados siempre en barcos ingleses y comercializados, por supuesto, a través de intermediarios ingleses. Sin perjuicio de copiar las modas “que nos exportaba París: en arte, literatura y rastacuerismo. Quedando bien a salvo la elegancia en el estilo de Miguel Cané, de Lucio Vicente López y del no tan joven entonces Lucio V. Mansilla. Como así también los interesantes planteos sociológicos de un Eugenio Cambaceres o de un Carlos Damico.

      Peo no por casualidad un talentoso pensador español que visitara Buenos Aires en plena década liberal de hace medio siglo, Eugenio D’Ors, refutando indirectamente las tesis desnacionalizadotas de Sarmiento y Alberdi, acunó para nuestro consumo interno la siguiente lapidaria frase: “En los pueblos, lo que no es Tradición es plagio”. Y precisamente de ese plagio yo les voy a hablar ahora; plagio en nuestra patria del siglo XX (instituciones traídas de afuera para descristianizar y  desmoralizar a las juventudes criollas, hijas o nietas de la generación que logró la Independencia de nuestro católico país, blandiendo la Cruz y la Espada). En suma; descastamiento implícito y vuelta a un coloniaje de hecho (subdesarrollo mental  en lo ideológico puro y ateísmo importado en lo religioso), sin contar el totalitario enfeudamiento económico cuya secuela histórica aún subsiste hoy.

MATERIALISMO  DE DERECHA.

L
a masonería, a través de sus personeros nativos, declaró aquí la guerra al catolicismo en 1880, a cara descubierta. Y Roca, pese a sus condiciones de gran político, a su intuición y a su oportunismo –aptitudes que debe tener todo estadista de raza para triunfar (que Roca las tenía)-; pese a eso, carecía de convicciones morales: pecado este de los políticos hispanoamericanos a partir de la Independencia. Y aunque Roca  personalmente no era ideólogo ni desarraigado, su filosofía de vida –agnóstica y escéptica- era contraria a las tradiciones nuestras. Su ideal fue el “progreso” a cualquier costo: un “progreso” de signo materialista, claro está. Materialismo de derecha. Influencias victorianas de la época…

      Y bien. Roca no tenía convicciones profundas, pero se manejaba políticamente con mucha eficacia, mediante maniobras maquiavélicas, con la idea de perpetuarse en el poder. No voy a hacer aquí el proceso de cómo Roca llegó a la presidencia, porque en cualquier libro de texto puede leerse eso. La revolución del ‘80, por otra parte, derrotando al porteñista Tejedor –apoyado por Mitre- representó el triunfo de las provincias. Sin embargo Roca, al querer congraciarse con los grupos dirigentes porteños que le hacían una enorme oposición desde que tomó la presidencia de la república, por razones estrictamente electorales cayó en la trampa que le tendió la masonería. Porque aquí todos los dirigentes mitristas eran miembros de las logias masónicas que se había establecido en Buenos Aires después de Caseros.

      Voy a citar a continuación, algunas páginas del libro de Néstor Tomás Auzá –“Católicos y Liberales en la generación del ‘80”-; lo más completo que se ha escrito desde el punto de vista documental respecto de esta lucha de hace un siglo, entre católicos y liberales (es decir entre católicos y la masonería). Porque al hablar de liberales estoy nombrando a la masonería.

      Dice del año ’80 el profesor Auzá, refiriéndose al progreso de las sectas anticatólicas en Buenos Aires, en cuyas logias Roca se apoyó políticamente: “En el  seno de la masonería en todas las épocas se libraron diversas luchas de predominio, de mando, de organización y de formas estatutarias; el hombre que se distinguía en la conducción masónica de Buenos Aires (se refiere Auzá a los prolegómenos del año ’80), sin tener una figuración política y visible fue Barlotomé Victory y Suarez. Este masón escribió en cierta oportunidad: “La masonería ha realizado en varios países revoluciones sociales en secreto, sin usar pertrechos de guerra; ¿porqué no ha de realizarla también aquí, donde la libertad brinda para hacer el bien sin recelos?”. Cierto, comento yo, esa es la democracia electoralista (la mitad más uno de los votos) que abre las puertas a todos los aventureros, incluso al peor elemento humano; y el enemigo entonces, bajo cuerda y sin necesidad de violar el domicilio, aprovecha la oportunidad para entrar por la puerta grande de nuestra casa, accediendo al gobierno de una Nación anarquizada e inerme.

LAS LOGIAS MASÓNICAS EN  1880.

E
n 1873 –escribe Auzá- la masonería rioplatense poseía en Uruguay un colegio donde se educaban 300 hijos de masones; en Buenos Aires (gobernando Sarmiento), el masón Antonio Castro dirigió un Colegio en la calle Venezuela esquina Solís, y Semra y Rial dirigió otro en la calle Chile. En el año 1880 se inició un período distinto para la historia de la masonería, a esta fecha tenían prácticamente organizados sus cuadros: el solo Supremo Consejo y Grande de Oriente, abarcando en su organización, las logias de Corrientes, Paso de los Libres, Santa Fe, Goya, Concordia, Rosario, San Fernando, San Nicolás, Buenos Aires, Mendoza, San Juan, San Luis, Ceres, Tandil y Azul. Vale decir, abarcaba los principales núcleos de población. En el mismo Buenos Aires existían entre otras las siguientes logias de actuación pública; logia de Progreso, logia Primera Argentina, logia Igualdad,  logia Hijos del Trabajo, logia Obediencia de la Ley, logia Cruz del Sur, logia Teutónica, logia Estrella de Oriente, logia Stella del Sur, logia Amitè des Naufragès, logia Comitato Masónico Directivo Italiano del Río de la Plata, logia Hijos de Italia, logia Egalité et Humanité. En el interior la masonería de Córdoba publica el periódico titulado “El Sol de Córdoba”. Esta somera enumeración nos da prueba de la expansión y el desarrollo obtenido. Según estadísticas masónicas también de la  organización para la América Central y Sud, alcanzaron la cifra de 10.000 afiliados activos. Es preciso tener en cuenta que en la mayoría de los casos  ese número de afiliados estaba  integrado por personas de múltiples vinculaciones y de actuación pública destacada.  Ello se puede apreciar en las listas masónicas, en donde junto al nombre se colocaba la profesión o actividad. Las logias argentinas contaron en sus filas con políticos, escritores, periodistas, maestros, marinos, militares, profesores universitarios, comerciantes, propietarios, hacendados (y no pocos sacerdotes). Entre los médicos fue muy importante el número de afiliados (el positivismo hizo tabla rasa, sobre todo en la carrera de médico, donde realmente la espiritualidad no contaba para nada)”.

      “Los conflictos en el seno de la masonería eran frecuentes –agrega Auzá-. (La logia italiana Proganda 2” lo prueba en 1981, comento yo). En el decenio que va desde el ’80 al ’90 esos conflictos afloraron de vez en cuando en las páginas de los periódicos. Pensando en ellos el propio Sarmiento, al prestar juramento de Gran Maestre de la masonería en 1882, pronunciaba estas conocidas palabras: “El secreto gana batallas, asegura la buena dirección de los negocios cuando tiene enemigos implacables, envidiosos o rivales, y yo os aseguro ‘Hermanos’, en virtud de los supremos poderes que me habéis conferido, que hagáis de manera que vuestra almohada ignore lo que pase esta noche en esta solemne tenida, y que vuestra mano izquierda no sepa nunca que la derecha ha jurado guardar el secreto masónico. Los diarios dirán mañana que hay malos masones en este Valle, o lobos rapaces que se han introducido en el templo bajo la piel de cordero”.

      “Durante la presidencia del General Roca –sigo citando a Auzá- las logias porteñas tuvieron una actuación vasta y activa. Sus trabajos estaban dirigidos a sostener y apoyar el gobierno y a los elementos liberales del mismo. Era razonable que así sucediera  dado que el presidente necesitaba el apoyo de los núcleos porteños que hasta tiempo después de asumida por Roca la presidencia, se habían mostrado hostiles a su persona. Cuando se produjo el distanciamiento de católicos con la política del presidente, se inició inmediatamente una labor de acercamiento al gobierno de los hombres de la masonería. Una vez que el doctor Eduardo Wilde se instaló en el Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública (en reemplazo del católico Manuel Pizarro), se desató la lucha que estudiaremos. El gobierno tuvo en las logias sus más firmes sostenedores y sus más diestros ejecutores. El programa masónico universal se llevó a cabo contando con el apoyo ejecutivo del liberalismo argentino. Las logias en tal eventualidad ofrecían al liberalismo una base rígida y organizada de sustentación. A su vez, y por medio del liberalismo, la masonería podía sancionar programas que de otra manera le hubieran resultado imposible convertir en realidad”. Hasta aquí el profesor Auzá.

CONDENAS PONTIFICIAS  Y  DESCRISTIANIZACIÓN.

A
hora vamos a hacer un resumen de las condenas pontificias a la masonería y al liberalismo. Es bueno repetirlas.

      De Clemente XII, en 1738, fue la primera condena papal a los ideologismos u mentalidad racionalista de la llamada ‘Ilustración’. Luego Benedicto XIV en 1751; Pío VII en 1821. Y ya avanzado  el siglo XIX, el Papa Pío IX en su ‘Syllabus Errorum’ (1866); León XIII fundamentalmente en la ‘Inmortale Dei’ en 1886 y León XIII otra vez en ‘Humanum Genus’ en 1884 (el año en que se sancionó precisamente entre nosotros, la Ley de Educación Laica). En 1888 nuevamente León XIII en ‘Libertas’; y en 1891 –como es conocido- la famosa y tan discutida Encíclica ‘Rerum Novarum’.

      Ahora bien, nuestra ley 1420 que instituye la Escuela sin Dios (1884), apuntaba y apunta todavía a descristianizar y desmoralizar a las juventudes, preparándolas a contrapelo de la católica tradición familiar, el vuelco hacia la izquierda o –en último término- apuntando al gobierno internacional que propicia la masonería, contra el atraso de los llamados ‘reaccionarios’ y a favor del ‘Progreso’; de un futuro sin injusticias y sin clases: una especie de cielo en la tierra. Esta utopía modernizante es característica de todas las izquierdas: el futuro feliz. “Ah no, el pasado no sirve para nada –exclaman- porque…  la historia no se repite; entonces, ¿Para qué continuar practicando las obsoletas costumbres de nuestros padres? ¡Pero el ‘Futuro’, hay, si; hay que avanzar! Hay que olvidar el pasado. Hay que progresar.

      Y tanto se ha repetido: “Hay que olvidar el pasado’, que le país se ha quedado sin memoria, como esos viejos que pierden la cabeza y entonces necesitan un tutor o curador de bienes. Desgraciadamente eso es cierto; y no porque yo lo diga. Así estamos hoy.

ROCA  Y  LA  UNIDAD  NACIONAL.

P
or otra parte, cuando fue capitalizada la ciudad de Buenos Aires, Roca tuvo que optar entre la política federal de Rosas concertando acuerdos multilaterales con las provincias menos favorecidas, sin mengua de su prestigio de caudillo, en atención al ‘Bien Común’ argentino de la época, o seguir la política unitaria de Mitre posterior a Pavón, centralizando sin asco el poder en Buenos Aires con el propósito de obtener la mayor ventaja la capital porteña, enriquecida con el comercio de ultramar, dando la espalda en definitiva a casi todo el interior del país (las provincias pobres). Así el ‘Bien Común’ en el caso de la política porteñista o unitaria de Mitre, brillaba por su ausencia. Don Bartolo empleó la fuerza militar  para imponerse,  con el apoyo eficaz de Sarmiento. Roca, en cambio, continuaría de algún modo dicha política, pero buscando la alianza con el capitalismo inglés –propiciada en ‘Las Bases’ de Alberdi-, además emplear su innata astucia de ‘zorro’ ya consagrado como tal, telúrica cualidad de la que carecía Mitre.

      Así pues, entre la política de Rosas de UNIDAD NACIONAL y la política de Mitre de UNIDAD NACIONAL, Roca tuvo que decidirse en 1880. Al principio pareció que iba a retomar la línea federal, en cierto modo como heredero y sucesor del que fue del viejo partido Autonomista después de la muerte de Alsina. Sin embargo Roca, de hecho, optó en definitiva por la política de Mitre; por el unitarismo mitrista (aunque disimulado por meras razones electoralistas), el cual unicatismo de Roca se impondrá en toda la línea una vez sancionada la ley de Capitalización de Buenos Aires transformando su primitiva tendencia federalista en unitarismo crudo; en ‘roquismo’ a secas. Tal vuelco a cuento ochenta grados habría de favorecer en gran medida las miras hegemónicas de la masonería internacional, en su momento y, -¡cuándo nó!- a la política comercial de Inglaterra. Entonces Buenos Aires, rápidamente transformada en ‘sociedad de consumo’, irá creciendo hasta nuestros días como muy bien lo señaló Martínez Estrada en su conocido libro “La Cabeza de Goliat”. Proceso patológico, desarrollo canceroso de la Capital del país, que todavía lo estamos soportando. Para desgracia nuestra y de nuestros hijos.

LA  LUCHA  RELIGIOSA  DE  1881-82.

C
asi de inmediato, el conflicto religioso propiamente dicho estalló en 1881 en la provincia de Córdoba. Lo relata con todo pormenor el Dr. Ramón Cárcano en sus memorias. Cárcano era un aventajado estudiante universitario cordobés y uno de los líderes  de la juventud izquierdista (digamos así), extremista, liberal, anticlerical, antitradicionalista. En fin, lo que hoy llamaríamos la extrema izquierda ideológica.  Bueno, en Córdoba estalló el conflicto cuando se discutían los estatutos de la Universidad, en el primer año de la presidencia de Roca.

      La tendencia anticlerical se manifestó con la insólita designación de profesores ‘libre pensadores’ en las vacantes para ocupar las cátedras de teología –nada menos-; materia ésta que se dictaba en la vieja Universidad de Trejo y Sanabria fundada por los jesuitas. Y ello provocó un estampido de indignación en toda Córdoba, cuyo eco también recogió Buenos Aires; produjéronse manifestaciones en las calles porteñas, llegando a ocupar, un grupo católico enfervorizado, la Cátedra metropolitana como reacción contra el insolente desafío cordobés. El Arzobispo Mons. Aneiros se solidarizó con los manifestantes. El Nuncio Apostólico Mons. Matera también lo hizo, y así quedaron rotas las relaciones –en una primera instancia- entre la Iglesia y el Gobierno.

      Pero el pleito religioso agravose a raíz de la convocatoria al ‘Congreso Pedagógico’ en el mes de agosto de 1882. Este Congreso, en un principio, no tenía ninguna filiación ideológica aparente. Convocado con propósitos de mejorar la enseñanza, el mismo fue integrado no sólo por liberales sino también por católicos, quienes al advertir la clara orientación anticlerical, abandonaron el recinto de sesiones y se retiraron del Congreso.

      En cuanto al brillante grupo de jóvenes pertenecientes al grupo liderado por el Dr. José Manuel Estrada, en materia de ideas políticas era de tendencia moderadamente liberal, como lo fuera su generación toda en las postrimerías del siglo XIX. Influenciado por los ‘proscriptos’ antirrosistas y románticos europeos de la época siendo muchachos comenzaron admirando el planteo social-cristiano de Lamennais y Lacordaire, pero nunca, a pesar de ello, dejaron de obedecer fielmente las enseñanzas del Sumo Pontífice reunidas en las Encíclicas ‘antimodernistas’ que a la sazón difundían como doctrina de la Iglesia, los Papas desde Roma.

      Al retirarse engañados de las sesiones del ‘Congreso Pedagógico’ a fines del invierno de 1882, recién entonces la ‘elite’ católica movilizada a fondo, jugóse valientemente contra el gobierno agnóstico de Roca quien declaró cesantes de sus cátedras universitarias –obra del Ministro Eduardo Wilde- por lo menos a los profesores Estrada y Emilio Lamarca: ambos docentes distinguidos que quedaron sin empleo de la noche a la mañana. Consumábase así, el primer acto arbitrario, odioso, del ‘unicato’ presidencial.

      Al partido UNIÓN CATÓLICA creado enseguida para combatir la política educacional de Wilde y el tartufismo de Roca, lo presidió el Dr. José Manuel Estrada, a quienes secundaban :Pedro Goyena (que era Diputado Nacional a la sazón); el Dr. Tristán Achábal Rodriguez (también Diputado por la ‘docta’ en el Congreso); el Dr. Emilio Lamarca (fundador de los ‘Cursos de Cultura Católica’ de Buenos Aires); Santiago Estrada (hermano de José Manuel); Miguel Navarro Viola; el cordobés Manuel Pizarro (que había sido Ministro de Roca, sustituido ahora por Wilde); Emilio de Alvear (hijo del general ) y una pléyade de jóvenes porteños y provincianos batalladores y entusiastas. Comenzaba ya, una guerra que duraría más de diez años, incluyendo el corto período legal de Juárez Celman y la revolución del ’90 con su secuela de sangre y anarquía, hasta el segundo gobierno del general Roca, a quien la UNIÓN CATÓLICA nunca perdonó su apostasía.

EL ‘CONGRESO PEDAGÓGICO’ ANTICLERICAL.

L
 os masones del ‘Congreso Pedagógico’, promovidos y motorizados por un denominado ‘Club Liberal’ hacía propaganda atea en los periódicos, transformando ese club en una especie de comité político donde se cocinaban todas las candidaturas que triunfaban electoralmente, por supuesto, en los atrios de las Iglesias de Buenos Aires y el interior del país; muchas veces a balazos. La corriente librepensadora fue apoyada por el diario ‘El Nacional’ que dirigía Domingo F. Sarmiento.

      Como si ello no fuera poco, en el ‘Congreso Pedagógico’ de 1882, copado por la masonería, se dijeron cosas tremendas contra la enseñanza religiosa, lo que determinó el retiro en masa de toda la representación católica. Como reacción subsiguiente, el Dr. Estrada fundó el 1º de agosto del mismo año, el diario ‘La Unión’. Mediante ese medio de comunicación masiva –como se diría hoy- empezaron los católicos a torpedear y refutar las intervenciones y debates del ‘Congreso’, con gran eficacia, comenzando de este modo la batalla por la Fe.

      Ahora bien, la generación del ’80 fue una generación polarizada, es decir, contradictoria, porque había personalidades de un bando y grupos opuestos partidarios que chocaban entre sí. Como en las monedas la efigie (o la cara) correspondía a la falange liberal; y la seca (o la cruz: valga el símbolo) era asumida por los católicos  que escribían en el diario ‘La Unión’ y después fundaron la UNIÓN CATÓLICA como partido político argentino.

      En efecto, era tan contradictoria la generación del ’80 que voy a nombrar algunos de sus personeros de primera línea para que se vea hasta que punto había disidencias hondas entre los propios contemporáneos. Veamos por ejemplo: ¿Qué afinidad en el enfoque ideológico podía haber entre Eduardo Wilde y José Manuel Estrada; entre Carlos Pellegrino y Leandro N. Alem; entre Torcuato de Alvear e Hipólito Irigoyen? ¿Entre Roque Sáenz Peña y Aristóbulo del Valle? Ninguna, en apariencia, al menos. Por lo que se intuye la división de bandos, cada uno atrincherado en su facción beligerante irreductible que anunciaba el inminente conflicto próximo, como se produjo en los años siguientes.

ROCA  CON  LOS  PROTESTANTES.

La campaña de oposición de los católicos en el ‘Congreso Pedagógico’ de 1882, afectó al Presidente de la República quien no tuvo inconveniente en demostrarlo en público, contrariando su natural reservado y paciente. El hecho ocurrió con motivo de la Semana Santa de 1883.

“Según la tradición –nos refiere el profesor  Auzá- el presidente solía visitar las Iglesia el Jueves Santo, acompañado de los empleados de las reparticiones nacionales, a quienes se invitaba a concurrir. El hecho sin dejar de ser criticado, era práctica que venía ejerciéndose normalmente. Cuerpos del Ejército solían hacerlo también por compañías y sin armas, en tanto que otras fuerzas hacían  guardia de honor en las procesiones. Las autoridades hacían, pues, pública profesión de fe y se asociaban a los actos del culto católico. El acercamiento del Sr. Roca al sector liberal que lo acompañaba, así como su distanciamiento de los grupos católicos que combatían su política, lo llevó naturalmente a dar prueba de su  resentimiento, impulso que no podía ser contenido por su innata y habitual  prudencia. En la Semana Santa de 1883 decidió no concurrir a la ceremonia, como era tradicional, en tanto ‘La Tribuna Nacional’ dirigida por Sarmiento, anunciaba que visitaría en esos días un establecimiento de campo situado en Pergamino. Se trataba de una medida premeditada y no casual, destinada a demostrar su encono hacia los católicos que, sin duda, como ocurrió, se sentirían desairados por el gesto del presidente. Los diarios católicos calificaron de escándalo la actitud presidencial, mientras que el diario oficialista ‘La Tribuna Nacional’, cosa rara esta vez, opinó en sentido contrario al presidente, entendiendo que éste debía concurrir a las ceremonias religiosas. ‘La Nación’, el diario de Mitre, se permitió aconsejar a los fieles que no se reunieran en lugares de aglomeración, para evitare ‘contagio de viruelas’. Poco después, el presidente mismo ratificaría su nueva posición asistiendo a la ceremonia del culto protestante, confundiéndose entre los fieles presentes. El pastor evangelista, según dicen las crónicas, advirtiendo la presencia del Gral. Roca, cambió el tema del discurso para alabar la misión del Poder Ejecutivo en el Congreso, ante la reacción católica. Ello, siempre según las crónicas, permitió al pastor Mr. Thompson, acreditar ‘sus reconocidas virtudes de propagandista’. Su sermón concluyó formulando abrumadoras acusaciones contra el catolicismo. Esta  fue la actitud de Roca frente a la fuerte oposición del diario católico ‘La Unión’. Pero en 1884, Roca da un paso más adelante en Córdoba, Entre Ríos, San Juan Mendoza y Catamarca. Eduardo Wilde designa como maestras de escuelas secundarias existentes en esas provincias –estaban vacantes los cargos, tradicionalmente ocupados por profesores católicos-, a un equipo de trece pedagogas protestantes importadas de los Estados Unidos. Esto provocó evidentemente una reacción, sobre todo del  Vicario Capitular cordobés Gerónimo Clara; actitud que le valió la destitución por parte del Gobierno Nacional. El que andaba en estos enjuagues era Juárez Celman, el concuñado de Roca, que era gobernador de la provincia de Córdoba (estamos en el año 1884). El Vicario Capitular Clara es destituido, y el Nuncio Apostólico Mons. Matera, solidarizándose con la posición de Clara, es expulsado del país”. Se le dan los pasaportes y se concreta así la ruptura total del gobierno argentino con el Vaticano, ruptura que duró hasta el segundo período presidencial de Roca.
L

EL DIARIO  “LA UNIÓN”  Y EL PARTIDO  “UNIÓN CATÓLICA”.

P
ero esta ruptura realmente insólita, determinó la guerra a muerte entre los católicos y los liberales.

“Sólo a partir de la fundación del diario ‘La Unión’ funcionará la acción organizada de los católicos –escribe Auzá-. Con anterioridad, en 1881, los católicos que actuaban en el partido gobernante con Achával Rodríguez y Goyena, que eran diputados, venían efectuando una resistencia de tipo individual a la política del presidente. El partido propiamente católico nacerá en 1884 y se llamará ‘UNIÓN CATÓLICA’. Este intento de clasificar a las tendencias liberales y católicas en dos partidos, ese propósito de crear bandos, no fue obra de los católicos sino precisamente de la trenza de los cenáculos liberales. Estos se sentían ufanos con la denominación, pues equivalía como tenemos dicho, a un signo de cultura, a la vez que significaba pertenecer al partido del ‘Progreso’. Los católicos, en cambio,  resistían a la denominación que consideraban  no sólo arbitraria sino también contraria a la realidad sociológica del país. Se ve aquí un signo más de ese espíritu de imitación que guiaba a los hombres autodenominados liberales. Ellos querían asimilar el país a una realidad política que sólo se daba en Europa. No había en la República condiciones  para la existencia del partido clerical con el programa de reivindicaciones que podrían propiciar aquellos partidos europeos. En la historia del país no había existido nunca un partido clerical o liberal, y ni siquiera un intento de constitución de los mismos: así lo hacía notar el dr. Achával Rodríguez en el Congreso al debatirse la Ley de Enseñanza. Se solía llamar también a los católicos ‘ultramontanos’, como a los católicos europeos que se oponían a la reforma regalista. Esta denominación había sido ya usada contra Félix Frías, pero no alcanzó a popularizarse. Esa misma prensa que usaba el calificativo importado, en ciertas ocasiones un poco jocosamente, llamaba a los católicos con esta expresión: ‘católicos pur sang’, mezclando la picardía criolla y la sal francesa. Los católicos, a su vez devolvían el epíteto llamando a los liberales ‘clerófagos pur sang’.

LA  LEY  1420.

I
ronías aparte, la lucha no fue simplemente de motes y adjetivos entre el partido UNIÓN CATÓLICA y los masones. El año ’84 fue fatal porque como  tenían evidente mayoría en el Congreso los liberales, no les costó demasiado trabajo, salvo la oposición del Senado, aprobar la ley de Educación Laica: la ley 1420 que aún subsiste a pesar de todo.

      El debate de esta funesta ley masónica está resumido por el padre Furlong en el libro ‘La Tradición Religiosa en la Escuela Argentina’, cuando dice: “Es vergonzosa y hasta bochornosa la génesis de la ley 1420, al menos en lo que respecta al art. 8, que era a la postre lo único que interesaba, y no menos vergonzoso y hasta increíblemente hilarante el ‘Congreso Pedagógico’ que precedió a aquella ley y que se celebró en 1882 y del cual se vieron constreñidos a retirarse todos los hombres de bien… Tan patente era su falsía y su mistificación. Aquella ley, la 1420, fue una copia servil de una ley extranjera. Se copió a la letra lo que en 1880, había hecho en Francia el entonces ministro de Instrucción Pública de aquel país, Julio Ferry (socialista). Este, como documentalmente ha expuesto M. Weill, profesor de la Universidad de Caen en su ‘Historia de la idea laicista en Francia’ fue respaldado cuando no empujado a la laicización de la escuela francesa por la Masonería, la cual, tres años antes, en 1877, se había laicizado a sí misma, ya que en ese año el Gran Oriente francés había acordado suprimir al Gran Arquitecto en todos los documentos masónicos (eran más papistas que el Papa –digo yo-; eran más arquitectos que el Gran Arquitecto, por lo visto), Y así lo hizo a pesar de la oposición del Supremo Consejo Escocés. Las logias inglesas, indignadas, rompieron con sus ‘hermanos’ de Francia a raíz de este atentado a la verdad, a la dignidad humana y aún al sentido común… El 4 de julio de 1883, se dio comienzo al debate en las Cámaras. Se discutió la ley 1420 de Educación Común, que según el proyecto de la comisión de Culto e Instrucción Pública exigía en su art. 3º, un mínimo de tiempo para la ‘moral y la religión’ y por el inc. 9º se reconocía –hipocresía mediante- como ‘necesidad primordial la de formar el carácter de los hombres por la enseñanza de la religión’. Es decir, que se declaraba que los profesores de religión  que hasta ese entonces habían enseñado a las juventudes, no estaban preparados suficientemente según Sarmiento, y entonces se los retiró para que se instruyeran de acuerdo a las consignas masónicas del propio Sarmiento. Esta ley fue tremendamente atacada en las Cámaras por los diputados católicos Pedro Goyena, Tristán Achával Rodríguez, Emilio de Alvear (que también pertenecía al grupo católico), el Pbro. Rainiero Lugones y el Sr. Dámaso Centeno. Por parte de los liberales, Onésimo Leguizamón, Luis Lagos García, el católico nominal Delfín Gallo, Emilio Civit y el Dr. Eduardo Wilde, Ministro de Justicia e Instrucción Pública –añade el padre Furlong-. Fuera del Parlamento bregó en contra: José Manuel Estrada; y a favor de la proyectada ley, Domingo F. Sarmiento. Fue aprobada la ley en la Cámara de Diputados pero fue rechazada en la de Senadores. Al año volvió a la Cámara inferior, y el 23 de junio de 1884 fue aprobada sobre tablas en forma sorpresiva. Nicolás Avellaneda, quien con el sanjuanino Rafael Igarzábal, sostuvo en la Cámara alta y denodadamente los derechos de Cristo en la Escuela argentina, calificó a la nueva ley como ‘la ley de la desgracia nacional’; y hoy, al cabo de siete decenios –concluye Furlong- podemos asegurar que ha sido la ley de las desgracias nacionales”.

SARMIENTO:   EL  “GRAN MAESTRE”.

V
amos ahora a Sarmiento, que está absolutamente retratado en este discurso que voy a citar enseguida. En 1882, nuestro ‘prócer’ asume el más alto grado de la Masonería en la Argentina.

      Para Sarmiento –“ídolo” escolar de mi infancia-, estimulado con semejante título directivo:  “… ya la ambigüedad no cabe y por más que él se aferre a sostener que no es contrario ni enemigo de la Iglesia Católica, sus actos lo van a demostrar claramente como un enemigo encarnizado de la fe de sus mayores” –escribe Pedro de Paoli en su libro:  “Sarmiento, se gravitación en el Desarrollo Nacional”- . ¿Es la masonería la que exige esta actitud? ¿La asume él, Sarmiento, por obediencia a esta Institución? Sarmiento, que jamás perteneció en verdad a ningún partido, porque él, como realmente lo ha sostenido siempre ha sido en todo momento DON YO. ¿Ahora es carne y alma de la masonería y obedece como fiel hijo de ella a sus mandatos? ¿O es que ese sentimiento en contra de la Iglesia Católica ha venido incubando desde su juventud y ahora hace eclosión, al mismo tiempo que se lo ordena la logia? Sea lo que fuere, el caso es que ahora, sin cortapisas y sin reticencias, Sarmiento, a la luz del día, es un encarnizado enemigo de la Iglesia Católica Y es a partir de ese año de 1882 en que él consagra los más de sus esfuerzos a esa lucha. Toda otra actividad suya hasta el día de su muerte carece de mayor relieve. Como ya lo hemos reseña, desde ‘El Nacional’, diario que él dirigía atiza el fuego contra los católicos del ‘Congreso Pedagógico’ presidido por el masón prominente Onésimo Leguizamón. Deslígase (Sarmiento) de toda actividad política y personal, y se dedica exclusivamente a la campaña anticatólica; ya no está en ‘maestro’ ni en político, ahora está en masón. Se da al cumplimiento de esa misión, su misión (yo diría que desde ese momento  no es Sarmiento el ‘gran maestro’ como se nos ha enseñado en el colegio, sino más bien el GRAN MAESTRE). La Masonería, institución internacional, tiene tentáculos en todos los países del mundo, así como los tiene en Uruguay, o los tenía; país que por ser fronterizo con el nuestro conviene unirlo en la campaña anticatólica. Por eso, la Masonería organiza en Montevideo un acto con la invitación especial de Sarmiento, quien tendrá a su cargo en discurso central. Y así ocurre. Lo invita la Escuela Normal de Mujeres. Este es el verdadero motivo de la invitación. Y Sarmiento aprovecha, pues, para cumplir con su misión; a saber: un bárbaro( porque bárbaro es) ataque a la enseñanza religiosa y a las Hermanas Religiosas Educacionistas como las de la  Santa Unión del Sagrado Corazón . Ahora bien, en 1883, año de esta conferencia de Sarmiento, es el año de la cúspide de la parábola que el liberalismo traza en su lucha contra todo lo que formó la educación tradicional de la sociedad cristiana, católica por antonomasia. Al decir liberalismo decimos masonería. Pero es también la época en que la Iglesia católica, acosada en todas partes por la masonería, retempla su vigor y sale a la palestra en defensa de sus principios evangélicos. Es época de misiones educacionales; de propagación de la fe por medio de las congregaciones de la Santa Unión, de las Hermanas del Huerto, de la Misericordia, de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, de los Salesianos, etc. Hombres y mujeres, Hermanos y Hermanas cuya misión inmediata en la vida de evangelización es la educación de la niñez y la juventud según la sagrada doctrina moral y divina de Cristo. De Francia, de España y de Italia, sobre todo, salen continuamente estas misiones hacia todo el mundo, una de cuyas partes es nuestro país. La Masonería argentina nota enseguida esta expansión  de la educación religiosa y le sale al cruce. Tal, el verdadero motivo de Sarmiento en Montevideo. Da su conferencia en la Escuela Normal de Mujeres”.

      “¿Y de qué ha de hablar un maestro de maestros, el educador de América, en un acto de tal naturaleza? –sigo citando a De Paoli-. Pues ¿de métodos pedagógicos, de didáctica, de metodología? Pues no, Sarmiento no ha de hablar de nada de eso. Primero porque de eso no entiende nada. Y segundo, porque su misión verdadera no es esa, sino la de combatir la enseñanza religiosa católica. Y como no es capaz de hacerlo en forma elevada, con sabiduría, lo hará como es su estilo: chabacanamente, en forma gruesa y hasta soez, concretándose a un ataque inconcebible por lo insultante contra las Hermanas Religiosas educacionistas. Y así dice que- ahora vienen las comillas, que es lo interesante_ :”Se están introduciendo de Europa compañías de mujeres (‘compañías de mujeres’ ¿Qué les parece? Como si se tratase de un negocio ilícito de tratantes de blancas). Las Hermanas de las Congregaciones Religiosas –añade el sanjuanino blasfemo- para explotar comercialmente el ramo de la educación. Mi deber es indicar ese peligro que amenaza esterilizar las Escuelas Normales. Estas Congregaciones docentes son la filoxera de la educación y el cardo negro de la pampa que es necesario extirpar. ¿Qué vienen a enseñar a nuestras niñas, esas figuras desapacibles, Hermanas de caras feas, aldeanas y labriegas en su tierra? ¿Qué pueden enseñarle a nuestras niñas estas ignorantes? Así se mata la Civilización”

“Aquellas formas de mortaja no pueden servir para educar damas y señoritas –continúa Sarmiento-. Vienen de todos los rincones de Europa donde están barriendo y echando a la calle las basuras. Las Hermanes que van llegando han dejado de embrutecer chicuelas en las aldeas de Francia y vienen ahora a cumplir esta triste misión entre nosotros”. (Bueno, este es el prócer argentino de los liberales, ahora el ‘gran’ Sarmiento). Otra vez escribe: “¿Dónde está el criadero de estos enjambres de abejas machorras, las Hermanas educacionistas que vienen a comerse la miel de la enseñanza?” Y continúa: “…banda de mujeres emigrantes confabuladas que se apoderan de todas nuestras mujeres. En Francia les han quitado la enseñanza porque no valían nada fuera de bordar escapularios. Recua de mujeres contratadas en Europa, hermandades de extranjeros, de machos y especuladores tonsurados y de hembras neutras. Todas estas comunidades deben ser desconocidas por el Congreso y alejadas de la educación, porque en diez años más estarán en su poder todas las escuelas del país. Hermanas y Hermanos emigrantes, lavanderas y mozas de labor, enganchadas en Irlanda para venir a enseñar a nuestras hijas lo que no saben, en lugar de ser mucamas, para lo que tampoco sirven gran cosa. Las Hermanas son intrusas, falsarias, mujeres colectadas en Europa a pretexto de religión, para ganar plata en América”.

      “Estas arremetidas de Sarmiento –comenta De Paoli- en contra de todo lo que fuese culto católico, no eran acciones aisladas y de francotiradores. Al contrario, obedecían a un plan masónico buen organizado y buen meditado. Era la preparación del clima psicológico para el gran ataque que bien pronto se llevaría contra la enseñanza religiosa, y el medio de probar cuánta era la fuerza católica con la que se iba a tener que combatir. Cada ataque de Sarmiento era contestado por el diario ‘La Unión’ de los católicos. Escribían ese diario: Estrada, Goyena, Frías, Achával, Lamarca y otros de la misma altura intelectual. Frecuentemente se hacía reuniones católicas, las que eran tenidas en cuenta por los liberales masones para calcular el caudal cualitativo y cuantitativo del adversario”.

EL  ‘PROGRAMA SOCIAL’  DE  EMILIO LAMARCA  EN  1884.

D
el primer ‘Congreso Católico Argentino’ contra la política masónica de Roca, convocado en Buenos Aires por el grupo católico en 15 de agosto, día de la Virgen (¡ojo!), del año 1884, sólo citaré su programa social muy interesante, redactado por el Dr. Emilio Lamarca –destacado economista y profesor de la Universidad-, que seguía al  pié de la letra (con justicia) la doctrina de las Encíclicas papales de la época; la Doctrina Social de la Iglesia.

      Por primera vez en el país se debatía en un Congreso político este PROGRAMA SOCIAL, pero antisocialista, en la Argentina del ’80. Es importante señalarlo. Quedará, sin embargo –pese al intenso sabotaje del liberalismo individualista desde las esferas del gobierno y desde el extranjero –como un valioso antecedente a la Argentina católica de hoy. El programa dice:

“ 1) Organización nacional de las asociaciones Católicas, se difusión y desarrollo en las provincias. (En plena era liberal-masónica, digo yo, cuando las sociedades modernistas estaban absolutamente atomizadas por leyes y decretos, y no se permitía la formación legal de grupos organizados –lo que se ha dado en llamar los ‘grupos intermedios’-, nuestros católicos de hace un siglo volvían, no obstante, a esta doctrina de la Iglesia que es de gran actualidad).

“ 2) Convocatoria periódica de Asambleas Católicas nacionales.

“ 3) Fomento de la prensa católica, su sostenimiento; lucha contra la prensa irreligiosa. (¡Qué actualidad tiene esto en 1981! Porque el ateísmo periodístico no solo se da entre nosotros en la prensa diaria; se propaga ahora y desde hace tiempo por la radio y canales privados de televisión, según nos consta a todos).

“ 4) Propaganda por el cumplimiento de los preceptos divinos y particularmente la santificación de los días de fiesta. Difusión de las verdades religiosas. (Mal que le pese a Borges).

“ 5) Conveniencia y aún necesidad  de organizar en la República la Alianza de los católicos.

“6)  Inscripción de todos los católicos en los registros cívicos nacionales, provinciales y municipales.

“ 7) Participación directa concurriendo  a los comicios públicos.  (Las elecciones de entonces, comento yo, se ganaban no pocas veces  con el Remington).

“ 8) Creación de Escuelas Católicas, protección de las ya existentes, combatiendo las llamadas laicas y ateas. (Que tome nota de esto el ministro Burundarena).

“ 9) Establecimiento de Talleres para obreros, de Escuelas de Artes y Oficios, de Oficinas de colocación y Círculos de obreros. (Esta obra la llevaron a cabo, desde entonces, sólo los Padres Salesianos en nuestra patria)”

      “Los católicos uruguayos –dice el profesor Auzá para finalizar- acompañaron a los católicos argentinos en sus deliberaciones en este Congreso. Integraban la delegación: Juan Zorrilla de San Martín (a quien, entre paréntesis, rindo yo aquí un homenaje, porque es un prócer uruguayo olvidado y era uno de los pocos representantes intelectuales de la generación del ’80 uruguaya, profundamente católico, apostólico y romano); el Dr. Joaquín Requena y el Dr. Francisco Bauzá. Fueron designados como autoridades del Congreso, por los delegados presentes, las siguientes personas: Presidente: José Manuel Estrada. Vicepresidentes: Dr. Manuel Pizarro; Dr. Juan M. Garro y el Sr. Félix Avellaneda.

      En la sesión de apertura hizo uso de la palabra el Arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Federico Aneiros” .

      Este programa social-práctico del Dr. Lamarca cuyo texto completa acabo de transcribir, que hizo suyo el “Congreso Católico Argentino” del año 1884, de haber sido aplicado en su totalidad por los gobiernos argentinos que sucedieron al del presidente Roca, nos habría ahorrado sin lugar a dudas, tanto las luchas sangrientas de clase, cuanto las explosiones extremistas obreras de 1910 y 1919 en adelante, que afectaron profundamente la paz interna de la República (sin mencionar aquí el contemporáneo ‘Cordobazo’, estallado una década atrás, y su luctuosa secuela ‘guerrillera’ sofocada de momento, apenas, a partir de 1976). Por supuesto. Y el sindicalismo criollo de entonces, no habría necesitado valerse –habida cuenta de su lamentable orfandad político-cultural anterior a 1943- de las habilidades demagógicas de ningún Perón para redimirse de su condición de paria, al servicio del Socialismo Internacional y del Marxismo Ateo, como ocurrió históricamente entre nosotros hasta hace muy poco tiempo.

LA NUEVA  GENERACIÓN  DEL  ’80.

A
hora termino mi exposición con el siguiente mensaje, que dedico en especial, a la nueva GENERACIÓN DEL OCHENTA. A nuestros muchachos de hoy: gobernantes acaso en el próximo futuro tan incierto de la República. He aquí mi mensaje:

      Vivimos tiempos trágicos en el mundo, y Uds. –muchachos nuestros de veinte y treinta años cumplidos o por cumplir- movilícense pronto (es urgente) en defensa de nuestra Fe, dando insobornable testimonio en todos los terrenos del quehacer nacional, en procura de una profunda restauración espiritual –y por añadidura política en orden al Bien Común católico- en la Argentina de los próximos lustros. Porque la Masonería no se duerme. Y la Izquierda marxista tampoco.

      Triunfaréis, es cierto, muchachos tradicionalistas del ’80, si estáis unidos; pero sin acomodos equívocos ni complejos de inferioridad frente al inicuo mundo moderno, que niega la Verdad revelada e, incluso –a veces- la verdad a secas.

      Nadando sí, contra la corriente turbia del escepticismo criollo; del ‘no te metás’ famoso; del materialismo ateo contemporáneo – no únicamente del comunista- y de la frivolidad que corrompe tantas conciencias jóvenes con promesas de una ganancia  crematística fácil.

      ¡Basta ya, en 1981 de complacencias narcisitas; de sexualismos freudianos fomentados artificialmente mediante la droga o el alcohol! ¡Basta ya de idolatrar ídolos de barro promovidos por una  propaganda masiva que adormece las almas! ¡Basta ya de mentiras demagógicas y de pacifismo liberal!  “Sursum Corda.

      No se dejen robar ingenuamente, compatriotas de la novel generación del ’80, los frutos del trabajo nacional con el cuento viejo de la ‘eficiencia’ y la ‘competencia’ económicas. ¡Cuidado con los lobos rapaces ‘tecnocráticos’ disfrazados de inocentes corderitos! ¡A proteger, pues, el patrimonio comunitario nuestro, toda vez que la verdadera caridad empieza por casa!

      Evitad  caer a toda costa en las redes de la ‘sociedad de consumo’ que nos animaliza a todos.  “La juventud ha sido hecha no para el placer sino para el heroísmo”. Hagamos de esta bella consigna de Claudel, nuestra invicta bandera de guerra. Preparemos desde ya el espíritu de nuestros nietos. Ahora mismo, con presteza. Pero atención: no se equivoquen otra vez el rumbo con utopías de cualquier tipo, los inmaduros púberes argentinos de la nueva generación. Sepan por anticipado, que en todos los tiempos: Milicia es la vida del hombre contra la malicia del hombre, al decir de Gracián.

      ¡Ya basta de cobardías disfrazadas! Bien está que sean tolerantes con el prójimo equivocado, pero férreamente intransigentes con el error. Nunca pierdan de vista la realidad que nos rodea, muchachos argentinos, pero sin bajar la guardia ni resignarse ante los embates del enemigo poderoso; aunque les cueste la vida a algunos en la demanda. Y aunque, en definitiva –Dios no lo quiera- acaso tengan que defender (solos y acorralados) el honor de Cristo Rey en nuestra patria: desde una catacumba o desde una trinchera.

      ¡Sin jamás renunciar a la lucha! +

FEDERICO  IBARGUREN.