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miércoles, 4 de abril de 2018

JOSÉ MARTÍ. EL HÉROE DE LA INDEPENDENCIA CUBANA QUE FUE CÓNSUL ARGENTINO EN NUEVA YORK

Por Juan Carlos Serqueiros
Se cumplieron este 19 de mayo, 123 años desde la muerte en combate de José Martí, héroe de la independencia de Cuba, poeta, escritor, periodista y pensador.  La mayoría de los argentinos ignora que Martí se desempeñó, entre junio de 1890 y octubre de 1891, como cónsul de nuestro país en Nueva York -que en la práctica, significaba ser cónsul general-. En efecto, fue designado en tal cargo por el presidente Miguel Juárez Celman, a iniciativa de su ministro de Relaciones Exteriores, Roque Sáenz Peña. 
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Ocurría que este último había sido nombrado, en 1889 y conjuntamente con Manuel Quintana, delegado argentino a la Conferencia Panamericana en Washington. Dicho evento respondía a la intención del gobierno yanqui de establecer una unión aduanera con los países latinoamericanos, estipular la creación de un tribunal arbitral para los diferendos y conflictos, y, de paso; pedirles que intercedieran ante España a fin de que ésta accediera a vender Cuba a los Estados Unidos.  Llegado en octubre de ese año a Washington, Sáenz Peña entabló una relación de amistad con José Martí -quien se encontraba exiliado allí y era corresponsal del diario "argentino" (de alguna manera tengo que llamarlo, sabrán ustedes comprender) La Nación-.   No escapaban a la sagacidad de Sáenz Peña -ni a la de su colega Quintana ni a la del canciller (Estanislao Zeballos)- los designios que perseguían los yanquis en la Conferencia, los cuales eran absolutamente contrapuestos a los intereses argentinos. Su desempeño, al igual que el de Quintana, fue brillante y entrambos lograron dar por tierra con las pretensiones norteamericanas. En el tratamiento del Zollverein, Sáenz Peña opuso a la tesitura yanqui "América para los americanos", su célebre y recordada "América para la humanidad"; y la oratoria de Quintana rebatió magistralmente la propuesta norteamericana de tribunal arbitral obligatorio. Martí saltaba de contento. Sus cartas de esos días reflejan la profunda admiración que sentía por los integrantes de la delegación argentina.
Nombrado Sáenz Peña ministro de Relaciones Exteriores, ni bien llegó a Buenos Aires y se hizo cargo de la cartera, pidió a Juárez Celman que designara a Martí cónsul en Nueva York.
Posteriormente, a mediados de 1891, las protestas españolas por el accionar de Martí en pro de la independencia cubana, llevaron a que el ministro argentino (hoy sería embajador) en Estados Unidos, Vicente G. Quesada, solicitara a la cancillería (y al propio Martí) la renuncia de éste al consulado, la cual el prócer cubano formalizó el 17 de octubre de ese año.

viernes, 14 de julio de 2017

“El Indio Solari es el artista argentino más relevante de los últimos treinta años”

Juan Carlos Serqueiros es responsable del blog “Esa vieja cultura frita”, en el que interpreta canciones del ex líder de Los Rendondos. ¿De qué habla el Indio?
    Por Enrique de la Calle
    Todo ricotero de ley debería haber recorrido, por lo menos alguna vez, el blog de Juan Carlos Serqueiros: “Esa vieja cultura frita (café virtual)”. En la página, Serqueiros hace lo que tantos hemos hecho a lo largo del tiempo. Esto es, jugar con las letras del Indio Solari (¿De qué hablan?). Pero este rosarino lo hace con una maestría particular. Si bien asegura que abandonó las interpretaciones de la lírica solariana (por ahora...), en su portal se pueden encontrar todavía una treintena de lecturas. Todas imperdibles. Viaje al corazón de la poesía del rock del país.  APU: En su blog se pueden encontrar muchas interpretaciones de las letras del Indio Solari. Va la primera pregunta, para romper el hielo. Supongo que no voy a ser muy original: ¿Cuáles son los grandes tópicos de su lírica?
    Juan Carlos Serqueiros: No creo que deba asignarse a la lírica solariana la característica de abordar determinadas temáticas, sean estas cuales fueren; con preferencia a todas las demás que puedan haber (y aquí, elegí cualquiera, la que se te ocurra).
    El Indio puede crear tanto una letra festiva, anecdótica y hasta humorística, como -por ejemplo-, las de “Ñam fi frufi fali fru”, “Pierre, el vitricida” y “Masacre en el puticlub”; y ser asimismo capaz de plantear su descreimiento respecto a que haya eso que llaman vida eterna una vez arribados al fin de la terrenal, cuando llega el momento de entregar el sachet y no se ha tenido el consuelo de la fe, como lo hace en “La muerte y yo” y “No es Dios todo lo que reluce”.
    O de tratar acerca de chamanismo y mancias, cuestiones esas que acomete en “Caña seca y un membrillo”, “Gran lady” y “Scaramanzia”. O de la coexistencia del bien y el mal en el hombre, postulada en “El árbol del Gran Bonete” y “Cruz diablo!”. O, de pronto, pararse en la referencia que marca una obra de arte de trascendencia universal, ya sea literaria (1984, de George Orwell, en “Divina T.V. führer”) o cinematográfica (Sacrificio, de Andrei Tarkovskij, en “Canción para naufragios”). O incluso, en un alarde de creatividad, de patear el tablero y sorprendernos escribiendo una conmovedora e inconmensurablemente bella poesía de amor cual lo es “Y mientras tanto el sol se muere”.
    APU: Además están las letras dedicados a viejos amigos...
    JCS: Por supuesto, no debemos perder de vista que hasta un genio como él “cae”, llegado el caso, en eso tan humano de satisfacer en forma de pulsión el deseo de vendetta. Puede perfectamente asestarle a quien se haya hecho acreedor al mismo, un mandoble como esos que a diestra y siniestra repartió en “¡Es hora de levantarse, querido! (¿dormiste bien?)”, “Blues de la artillería”, “Salando las heridas” y “Murga purga”. O la factura presentada a sus ex socios (Skay y Poli) en “Amnesia”…
    En fin, me parece que en lo atinente a los tópicos que aborda en su lírica, Solari sólo reconoce un límite: el situado al “final del arco iris”. Final ese que, como sabemos, no existe; sencillamente porque el arco iris no es otra cosa que un fenómeno óptico-meteorológico.
    ¿Toda poesía es política?
    APU: Muchas de las letras del Indio han propuesto una lectura política. Desde "Aquella solitaria vaca cubana", “Todo preso es político” hasta "Vencedores vencidos", para citar algunas. Sin embargo, Solari muchas veces ha intentado mantener cierta distancia con esa lectura. ¿Cómo analiza esa relación entre poesía solariana y política?
    JCS: En efecto, es como muy certera y perspicazmente señalaste. No debe verse una manifiesta toma de posición político-partidaria en su poesía. Y lo bien que hace el Indio en observar estrictamente tal detalle, pues como decía el mismísimo Carlos Gardel (que de eso, algo sabía, ¿no?): “El artista se debe solamente a su público, y no debería tener, creo yo, ningún matiz político”.
    Pero antes de entrar en materia, permitime, por favor, el atrevimiento de formular un pequeño reparo: no me parece que haya en la letra de “Aquella solitaria vaca cubana” el propósito de identificarse con el esquema castrista y ni siquiera la intencionalidad de aludir al mismo; más bien creo que esos versos surgieron en Solari al leer en un diario la noticia de la desintegración de un satélite, un trozo del cual cayó cerca de donde pastaba una vaca que, por mirar el cielo justo a tiempo, se salvó así del motor eterno. La considero una letra sin más pretensión que la de ser anecdótica (lo cual, desde luego, no invalida en absoluto la calidad de esa canción, la cual me encanta y escucho muy a menudo, por otra parte).
    APU: Vale la aclaración: la mencioné porque en su momento se hizo esa lectura y de hecho se lo interrogó al Indio sobre esa letra. “Vencedores vencidos”, “Nuestro amo juega al esclavo” o “Todo preso es político” proponen una lectura “política” más clara.
    JCS: Sí, concuerdo contigo en que hay letras como la de “Vencedores vencidos” (y podría agregar: “Nuestro amo juega al esclavo”, “Nuotatori professionisti”, “Blues de la libertad” y “Sheriff”, entre otras), en las cuales, a la hora de interpretar qué quiso decir el artista, resulta imposible soslayar la lectura política. Pero eso sí: sin perder de vista aquello tan explícito y contundente que expresara el Indio en una nota que le concedió a la revista Rolling Stone: “Independientemente de lo que mucha gente cree, nunca traduzco de maneras ideológicas lo que hago. Si alguien lo quiere leer así, que lo lea; pero yo sólo trato de transmitir una visión”.
    Y es tal cual. Se trata de viñetas descarnadas, ácidas, tales como “Queso ruso”, “Nueva Roma” o “Nike es la cultura”, en cuyos versos Solari pinta magistralmente su visión sobre las guerras que emprenden las potencias rectoras del mundo, con el “auxilio” (¿o complicidad?) de los cipayos y ladrones que ejercen el poder en los países periféricos -como cierto delincuente de Anillaco que da asco mencionar por sus nombre y su apellido execrables, famoso por sus vicios, su estulticia, su miserabilidad y sus traiciones-; contra naciones más débiles, bajo la hipócrita excusa de defender la “democracia” y la “libertad”, y en realidad, con el propósito de expoliar sus recursos, todo al amparo de la abundante propaganda a cargo de los megamedios de (in)comunicación.
    O sobre el accionar del imperialismo, potenciado por el desarrollo de tecnologías que le posibilitan aún mayor eficacia en el coloniaje que ejerce, sin que los oprimidos de las naciones que son las víctimas de esos países poderosos, acierten a tomar consciencia de que ¡Nueva Roma ya está! O la actividad de las transnacionales de la vestimenta en  los países pobres, con esquemas de producción sostenidos por mano de obra cuasi esclava con salarios de hambre -en el mejor de los casos- o por un tazón de arroz, fabricando esas zapatillas que los adolescentes salen a robar porque sus papis no dan más, no bancan; mientras se los bombardea con MTV latina yMasturburger, porque es sabido: Nike es tu cultura, hoy.
    No hay forma de no hacer una lectura política de esos temas, pero reitero: teniendo presente en todo momento que eso no implica que el Indio asuma una postura ideológica y/o partidaria. Lo cual, por cierto, ha observado invariablemente con especial celo: si echamos una ojeada retrospectiva a su poesía, comprobaremos que ya en “Fuegos de Octubre” ponía en claro dicho propósito, al homenajear a todas las revoluciones trascendentales del mundo en la Rusia de 1917; pero consignando taxativamente con aquel inequívoco sin un estandarte de mi parte, que no se embanderaba en ella.
    Por otra parte, debo decir que siempre me ha llamado la atención que la gente que cree ver en la lírica de Solari una traducción ideológica de su pensamiento, no haya reparado en la esencia indubitablemente política de Momo Sampler, cuyas letras precisamente describen en detalle personajes que son íconos de aquella pólis (del griego πόλις) -esto es, ciudad, ciudadanía- que constituía la travestida y espantable sociedad argentina del 2000, que hizo eclosión en 2001 concluyendo con el “gobierno” de la nefasta dupla Pepeto de la Ruta-Chacho Hábil.
    Etapas solarianas
    APU: Usted sigue el recorrido del Indio desde sus comienzos con los Redondos hasta la actualidad. Hay análisis de temas muy viejos y otros muy nuevos, de su versión solista. ¿Ve virajes en su poética entre una etapa y otra? ¿El Indio se volvió más "intimista" (más volcado a su vida privada) en la etapa solista, para decirlo de algún modo?
    JCS: Es un muy buen interrogante el que planteás. Particularmente, distingo en Solari tres clivajes: uno, en 1986, cuando renunció a su empleo estable en el Hogar Falcón para dedicarse por entero al arte; otro, a fines de los 80, cuando decidió alejarse de la bohemia; y por último, el del período 2000-2001, cuando nació su hijo Bruno, primero, y después, al año siguiente, cuando se produjo la ruptura con sus hasta allí socios y la consiguiente disolución de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
    Y desde luego, todo eso es claramente distinguible en su lírica, como no podía ser de otro modo; pues necesaria e inevitablemente un poeta deja traslucir de algún modo en sus versos los estados de ánimo por los cuales va atravesando, y exorciza ciertos fantasmas, fobias y demás…
    Sin embargo, y si bien hay un notorio incremento en el contenido intimista de su poesía a partir de El tesoro de los inocentes (Bingo fuel) y, fundamentalmente, en El perfume de la tempestad; entiendo que no deberíamos perder de vista que ese era ya un sendero que el Indio comenzó a transitar desde Oktubre, con aquella alusión a ser promovido para Navidad en “Divina T.V. führer”, y continuó recorriendo después, con el recuerdo a su amigo Luis María Canosa en “Toxi taxi”; los palazos a Symns (que cité precedentemente) en “Blues de la artillería” y “Salando las heridas”, de La mosca y la sopa; y también con aquella “pequeña venganza” traducida en el K.O. a “Carlitos de Sur” (Polimeni) en “¡Es hora de levantarse, querido! (¿dormiste bien?)”, de Cordero atado. Pasando por ese verdadero himno al esplín: la desgarradora y bellamente triste (pero con final feliz) poética de “Espejismo”, en Lobo suelto,  y por la dualidad ontológica Indio Solari-Carlos Alberto Solari enunciada en “Alien Duce”, de Último bondi a Finisterre.
    Hasta llegar, en Momo Sampler, a esa suerte de exacerbación del intimismo en “Dr. Saturno”, cuya poética trasunta el hartazgo que experimentaba Solari por entonces (hartazgo ese que, dicho sea de paso, atiné a percibir como un anticipo del final de PR y en razón de ello hice todo lo que hice para poder llegar a aquella misa en el Chateau Carreras de Córdoba, peripecias esas que algún día te contaré…).
    Pero mejor hagamos aquí un punto y aparte en eso del intimismo y lo autorreferencial, porque no sea cosa que nos vayamos de mambo con la indiscreción, nos lea Virginia (la compañera del Indio) y de resultas de ello, le decrete al Indio la prohibición de concurrir a cierto negocio de videos (risas).
    En su blog, usted abarca a otros poetas, no solo al Indio. ¿Cómo analiza esa lírica con relación a otras, sean del rock, del tango o del folklore?
    JCS: Vayamos por partes, dijo Jack The Ripper. Principiemos por definir a Solari como lo que es: un bicho intrínsecamente citadino (“jamás fui un hippie bucólico”, expresado en sus propias palabras).
    A partir de allí, creo que se hace estéril cualquier intento de establecer relación alguna entre la lírica solariana, con el amplísimo abanico de tópicos que abarca, vinculados siempre al habitante de las grandes urbes; con las de los más importantes y trascendentales poetas del folclore argentino, tales como -por ejemplo y entre otros- Buenaventura Luna, Pablo Raúl Trullenque, Jaime y Arturo Dávalos, José Larralde, Marta Mendicute y Ariel Petrocelli, quienes principalmente abordan temáticas ligadas al hombre de campo y su entorno: la naturaleza, las pequeñas comunidades rurales de los pueblos de campaña o, a lo sumo, las capitales de provincia. Desde luego, dicho esto sin que implique juicio de valor, porque conmueven mis sentidos tanto “Esa estrella era mi lujo” del Indio; como “Vallecito” de Luna, “La pucha con el hombre” de Trullenque, “Trago de sombra” de Jaime Dávalos, “Del tiempo verde” de Arturo Dávalos, “Galpón de ayer” de Larralde, “Que seas vos” de Mendicute y “El antigal” de Petrocelli. Más aún: de hecho, siempre he escuchado muchísimo más folclore (incluso de otros países), que rock.
    Pero en cambio; si procuramos establecer una relación entre la lírica del Indio y las de algunos poetas urbanos -prefiero emplear urbanos con preferencia a “del tango”, porque no acierto a encontrar puntos de contacto ni paralelismos entre Solari y (por citar algunos de los más relevantes en ese género) Homero Manzi, Enrique Cadícamo, José María Contursi y Cátulo Castillo-; entonces la cosa varía y no poco. Ahí ya alcanzo a distinguir ciertas coincidencias notables con Carlos de la Púa (Carlos Muñoz y Pérez en el documento de identidad), cuya obra -magistral, sin dudas- también versa en torno a la marginalidad, el arribismo, las putas, el lancero, el suburbio, el buchón y la droga. O con Julián Centeya (Amleto Enrico Vergiati en la libreta de enrolamiento), amante circunstancial del oxímoron, bohemio impenitente y de poesía crudelísima, pletórica de metáforas muy altas y disimuladas bajo el disfraz reo del lunfardo callejero. Por último, con Horacio Ferrer, cultor del neologismo y refinado aristócrata del verso elegante y piantao. Y los tres de una cultura superlativa, al igual que el Indio. Por todo eso y por más que no haya similitud alguna entre ellos y Solari en cuanto a estilo, ritmo, métrica, rima y demás; si yo tuviera que definir la poesía de Monsieur Sandoz  en apretadísima síntesis, diría que es el up-grade, una especie de evolución lisérgica, de las de Centeya, De la Púa y Ferrer.
    Implacable rocanrol
    APU: ¿Cómo analiza la relación del Indio con sus pares del rock?
    JCS: En cuanto a la relación de la lírica solariana con las de otros autores del rock nacional, no la encuentro, directamente. Las poesías del Indio -otra vez: sin la pretensión de emitir juicios de valor; porque todos los que seguidamente voy a mencionar resultan de mi total admiración- son sustancialmente distintas a las letras de Moris, Litto Nebbia, Javier Martínez y Miguel Abuelo; e incluso distintas a las de Luis Alberto Spinetta, Charly García y Miguel Cantilo.
    Aún sólo leyéndolos, sus versos resuenan en mis sentidos con una musicalidad que les es propia y laburan planos muy altos de mi psique; porque tranquilamente podría ir en un bondi leyendo a Solari, de la misma manera en que podría ir leyendo a Marechal o a Borges. Y cuatro aspectos no menores: Solari tiene un poder de síntesis extraordinario para abarcar hasta una obra literaria en un par de palabras (celo moro, en “Etiqueta negra”, es un ejemplo de ello: significar nada menos que Otelo, el moro de Venecia de Shakespeare en dos palabras, no lo hace cualquiera, ¿no?); mucho de su poética puede perfectamente versionarse en otro género que no sea el rock; sus canciones están escritas de un modo en el cual no podría alterarse un solo término sin romper todo el esquema poético; y su tremenda capacidad para inventar neologismos toda vez que no exista la palabra adecuada para lo que busca expresar (onambólicos en “Lavi-rap” y anarcotizados en “Ropa sucia”, por ejemplo, son vocablos creados expresamente por él para lo que pretendía significar en cada caso; y resulta imposible imaginar o concebir unos más justos que esos).
    APU: El lenguaje de Solari, sin dudas, forma parte de la cultura popular argentina. ¿Cómo analiza su influencia en otras líricas?
    JCS: El Indio es el artista argentino más relevante de los últimos treinta años, lo cual en un país como el nuestro, que aún está en la adolescencia y sin tener todavía su nacionalidad consolidada, no es poco decir. A partir de allí, su influencia en lo lírico -y también en lo musical, en lo estético, en lo relativo al modo de auto gestionarse y hasta en lo ético y en lo que hace a la coherencia (porque nadie que no sea un miserable puede discutirle a Solari su honestidad intelectual y su coherencia)- sobre otros artistas, es innegable y hasta palpable.
    Sólo que algunos se empeñan hipócritamente en no reconocerlo; mientras que otros lo admiten francamente y sin ambages, seguramente por tener el ego bien equilibrado en el justo medio y el alma sana, y por descansar tranquilos en la certeza de su propia valía y en la calidad de su obra. Entre estos últimos -que son en definitiva los que interesan (por lo menos; a quien suscribe)- citaría a Horacio Acho Estol y Dolores Lola Solá, de La Chicana, con muy buen suceso tanto acá como en Europa; y a los chicos de la Orquesta Típica Ciudad Baigón, que son unos músicos de puta madre y han concretado un proyecto tremendamente ambicioso.
    Ya a esta altura te habrás percatado de que percibo como inevitable a corto y mediano plazo una confluencia entre el tango y el rock (obviamente, entendidos ambos como culturas y no como meros géneros musicales, y asimismo; entendida dicha confluencia como una síntesis resultante del mutuo enriquecimiento y complementación de elementos y no como una simple fusión).
    Y en ese esquema, el “prócer” lírico-musical que reverencien tanto la actual generación como la próxima, es y será, a no dudarlo, el Indio.
    APU: Sus interpretaciones de las letras combinan varios elementos: la lectura más ideológica, la cultural, la personal. Incluso usted suma uno más que tiene que ver con (casi) el género de investigación para saber sobre quiénes y qué hablan algunas canciones. Como dice, lo anecdótico tiene mucha presencia en la poesía solariana. En ese contexto: ¿Usted conoce a Solari o a su entorno? ¿O como conoce la intimidad de esas historias?
    JCS: Con el Indio, desgraciadamente, nunca tuve oportunidad de charlar; sí con Skay y Poli en un par de oportunidades: la primera vez, en la misa de Huracán, en el 93, y después; en Unión de Santa Fe. Con Quiquito Symns hablé varias veces, en el París y en el Británico. También conocí a Santiago “el Negro Cañón”, y a muchos otros especímenes de la variopinta fauna redonda, muy cercanos a la banda. Y por supuesto, está… no sé si llamar milagro o tragedia a esto de la web, pero que en todo caso posibilita estar en contacto con esos grandes tipos tan queridos todos como lo son los músicos que han integrado los Redondos a través del tiempo; con Deborah, que es una divina; con Pelusa, un groso de verdad; con los músicos que forman los Fundamentalistas, y así…
    De esa manera, a lo largo de los años, uno se ha ido nutriendo con muchas cosas y anécdotas, hasta transformarse en un disco rígido que almacena terabytes de información inútil (risas). Pero quiero suponer que vos, que sos periodista, no me estarás pidiendo que revele mis fuentes, ¿no? (más risas).
    APU: No aparecieron en la entrevista esos personajes que construyó el Indio a lo largo del tiempo (uno supone que pueden haber hecho referencia a alguien real, pero luego tomaron "vida propia"). ¿Qué importancia les da a esos personajes?
    JCS: Les doy una capital importancia, porque como dijo el propio Indio, a la hora de crear un personaje, “ahí está el nombre o el apodo de un amigo”, de manera que ellos son parte de los entresijos mismos de la lírica solariana.
    Son de carne y hueso, con identidad en la vida real, aunque claro; no hay que perder de vista que los hechos y las situaciones que el artista les atribuye protagonizar, no siempre están concatenados con la realidad efectiva. Algunas veces sí y otras no. Por ejemplo, el Morta existe: es un amigo del Indio acerca del cual nos cuenta que “en una época tenía un papeo interesante", que "no se cuece en un hervor” y que “tiene un tío en Nueva Jersey”; pero obviamente, eso no implica que de verdad sea un consumidor compulsivo de pornografía y un reventador de guita en cabarets como aparece retratado en “Morta punto com”, o alguien dedicado a negocios non sanctos como se lo representa en Lavi-rap. Pero por otro lado, sí es verdad que al Negro Cañón le propinaron esa buena faena de tajo y talón en forma de patada karateca que le hizo rodar los dientes y arrojar entrañas por todo el salón, como narra el Indio en “Masacre en el puticlub”.
    Y también, desde ya, hay ocasiones en las que uno debe forzosamente resignarse a no saber quiénes serán el Negro Burgundy y el Flaco Merlín, por ejemplo. O quedarse con las ganas de comprobar si verdaderamente era tan espectacular como decían el culo de la muy concheta señorita Mariposa Pontiac. O asumir que indefectiblemente quedará por siempre sin develar (a menos que lo haga en su autobiografía, las memorias que está redactando ese notable escritor que es Marcelo Figueras) uno de los mejor guardados secretos indios: la identidad de Roxana porchelana. Y el Zumba: ¿es (o era, quizá) en la vida real un testaferro que dejó todo colgado y piró a Finisterre detrás de un beso nuevo y rajando del amor, para terminar crepando en un terrible palo que se pegó con su vieja pick-upChi lo sa

    EXTRAIDO DE AGENCIA PACO URONDO

    viernes, 31 de marzo de 2017

    Politica y negocios en 1820

    Por Juan Carlos Serqueiros









    El 28 de octubre de 1820, Nicolás de Anchorena (en realidad, Mariano Nicolás de Anchorena, aunque su segundo nombre prevalecería sobre el primero, y así se lo conoce históricamente) le escribía desde Montevideo a su hermano mayor, Juan José; una carta en la cual le detallaba sus actividades en torno a los negocios de la familia, carta esta que contiene un párrafo muy sugerente, el cual transcribo a continuación:
    “… Cullen, portador de ésta, me ha dicho que ha visto una carta de persona respetable del Arroyo de la China, repitiendo que Artigas ha caído prisionero de Francia, habiendo querido refugiarse en la Candelaria; que Ramírez se lo ha pedido, y que Francia le pedía en cambio a Campbel y a Méndez, cuyo cambio cree el autor de la carta se verificaría. Deduce Cullen que Ramírez y Francia se han de componer, y de consiguiente que hemos de tener mucha yerba, por lo que él va a activar la venta. Yo no estoy conforme con esta política, porque aunque Francia esté por el cambio, este no será por disposición de convenirse con Ramírez, sino por las ganas que tiene de Campbel y de Méndez, para que le paguen los azotes que dieron a los paraguayos, porque para Francia el mismo papel hacen Ramírez y Campbel, y tan ladrón considera al primero como al segundo, porque ninguno de su cuna, educación y fibra puede conformarse con que un domador, sólo por ser atrevido y osado, sea el árbitro de tres Provincias vecinas, y que reconocido por él, mañana podrá verlo en la suya, u otro como él. Además Ramírez ha de querer continuar con el estanco de la yerba, para hacer su fortuna y la de sus ahijados: hemos visto que él ambiciona dinero y prosélitos, y que se ha propuesto adquirirlos por ese recurso. Aquí está su ayudante que ha venido habilitado por él con un corto número de tercios. Francia, pues, no ha de entrar por estas trabas, por lo mismo que Ramírez trata de ganar con ellas ...” (sic)
    Es notable cómo la aguda percepción de un hombre de negocios (que Nicolás –al margen de su patriotismo, que lo tenía- era básica y fundamentalmente eso: un hombre de negocios; y las alternativas de la política interna las veía y analizaba desde esa perspectiva) lo llevaba a comprender y calibrar adecuadamente una situación determinada y los personajes que la protagonizaban; y cómo de acertada resultaría su predicción. Pero en primer lugar, aclaremos a quiénes y a qué se refería Nicolás de Anchorena, y cuál era el contexto en que se producían los sucesos:
    El “Cullen” citado, era Domingo Cullen, un español de las Canarias, que después sería ministro de Estanislao López (terminaría fusilado por traidor en 1839, por orden de Rosas), y que andaba por ese tiempo radicado en Montevideo dedicado al comercio por las costas del Paraná. Debe haberle propuesto a Nicolás de Anchorena algún negocio vinculado al tráfico de yerba mate, y éste, aprovechando un viaje de Cullen a Buenos Aires, le enviaría a través suyo esta carta a su hermano mayor Juan José. El “Arroyo de la China” era la villa de ese nombre, actual ciudad de Concepción del Uruguay, en Entre Ríos. “Artigas”, obviamente está referido al general José Gervasio de Artigas; “Francia” era el doctor Gaspar Rodríguez de Francia, gobernante del Paraguay ; y “Ramírez” era Francisco Pancho Ramírez, teniente de Artigas en Entre Ríos, que acabaría traicionando al Protector. En cuanto a “Campbel” y "Méndez", se refiere a Pedro Campbell, un marino irlandés que llegó al Río de la Plata cuando las Invasiones Inglesas, desertando de las tropas británicas para quedarse aquí, convirtiéndose después en jefe de la escuadra artiguista; y a Juan Bautista Méndez, gobernador de Corrientes cuando los Pueblos Libres. Ambos habían caído prisioneros de Ramírez luego de la derrota del artiguismo a manos de éste. El general Artigas se había asilado el 5 de setiembre de 1820 en el Paraguay que gobernaba el doctor Francia; y Ramírez le reclamaba a éste su extradición, a lo que Francia no accedió; tal como en la carta supone Nicolás de Anchorena que habría de ocurrir.
    A fines de junio de 1820, el otro hermano de Nicolás; Tomás Manuel de Anchorena, que había sido secretario del general Belgrano y diputado por Buenos Aires al Congreso de Tucumán, consideró conveniente pasar a la Banda Oriental en razón del curso que habían tomado las convulsiones políticas en Buenos Aires, y 4 meses después, haría lo mismo Nicolás, el menor de los Anchorena, y desde allí escribiría a su otro hermano, Juan José, que había quedado en Buenos Aires, esta carta cuyo párrafo leemos. Es injusta la carga que hace contra “Campbel” (Campbell), a quien tilda de “ladrón”, presumiendo (erróneamente) que el doctor Gaspar Rodríguez de Francia lo reputaría de igual modo. Deben haber primado ahí sus prejuicios de clase o de alguna otra índole, porque Campbell de manera alguna ni bajo ningún punto de vista podía ser considerado un ladrón; y tampoco Francia lo juzgaba así, como lo demuestra el hecho de que al ser liberado por Pancho Ramírez, Campbell se exilió justamente en el Paraguay (y fallecería allí en 1832), cosa que no habría hecho ni por asomo si desconfiase de que el doctor Francia quisiera verlo muerto (éste último se limitó a tenerlo preso un tiempo –tal como hizo con el general Artigas- y luego le dio la libertad, radicándose Campbell en Pilar, dedicado al negocio de la curtiembre). No..., suponía mal Nicolás de Anchorena en ese punto. Claro, él se guiaba por la presunción de que como Méndez y Campbell en 1815 habían combatido y expulsado junto a Andrés Guacurarí a las tropas paraguayas que por orden del doctor Francia habían invadido los pueblos de las Misiones al este del Paraná; el Dictador Perpetuo del Paraguay tendría hacia ellos un odio cerval que lo impulsaría a proponer a Ramírez entregarle al general Artigas a cambio de que éste a su vez les entregase a él a Campbell y a Méndez; y por eso Nicolás de Anchorena escribe “aunque Francia esté por el cambio”, refiriéndose con “cambio” al canje de prisioneros con miras a ultimarlos. La “carta de persona respetable del Arroyo de la China” que Cullen le refirió a Anchorena haber leído, por lo visto no era nada confiable, ya que por entonces lo que Ramírez estaba planeando, era invadir el Paraguay, y precisamente su ligereza en el cuidado de la correspondencia que éste les mandaba a los opositores del doctor Francia en el Paraguay, fue causal de la ruina y desgracia de éstos; porque Francia ahogó en sangre la revolución que contra él se tramaba
    Por lo demás, es asombrosa la exactitud de la información que poseía Anchorena. Pensemos que allá por 1820 ¿cuántas serían las personas (fuera de quienes vivían en el escenario mismo de los hechos o en las cercanías, digo) que sabrían las alternativas de los combates entre las tropas artiguistas al mando de Andrés Guacurarí y las que el doctor Francia había enviado para ocupar los pueblos de las Misiones, con tanto detalle como Nicolás de Anchorena (noten que pone, refiriéndose a Campbell y Méndez, “para que le paguen los azotes que dieron a los paraguayos”)? O la acertadísima semblanza que hace de Francia, esa de "su cuna, educación y fibra" (y tener en cuenta que eso es tanto más extraordinario, si se considera que Anchorena… ¡no conocía personalmente al doctor Francia!). Asimismo, la comparación entre las características de Ramírez y Francia –independientemente de que no corresponda reducir a Ramírez a “un domador”, cosa que hace Anchorena con sectarismo refiriéndose de ese modo al entrerriano- es muy ilustrativa; porque en efecto, la distancia moral e intelectual que había entre esos dos personajes históricos, era sideral: el doctor Francia, más allá de aciertos y errores, obraba movilizado exclusivamente por la defensa de los intereses paraguayos y nada quería ni buscaba para sí mismo; mientras que Ramírez actuaba en función de las conveniencias de su provincia, pero también (de paso, cañazo) de su ambición personal y de sus intereses particulares; porque es cierto que entre otras cosas, perseguía el fin de enriquecerse con la yerba mate y que para eso había mandado a la Banda Oriental a Manuel Antonio Urdinarrain; tal como menciona Anchorena en su carta: “… ambiciona dinero y prosélitos, y que se ha propuesto adquirirlos por ese recurso. Aquí está su ayudante…”.
    Y en definitiva, como consigné precedentemente, la predicción de Nicolás de Anchorena resultaría cumplida, porque Francia no entregó al general Artigas para que Ramírez lo matase, y la yerba paraguaya sería comercializada exclusivamente por el Estado paraguayo; y si Cullen, como apunta Anchorena, efectivamente “activó la venta”, debe de haberse visto después en graves problemas para cumplir los compromisos a que se hubiese obligado.
    Y en todo caso, el ejemplo sirve para reflexionar acerca de cómo dos hombres de negocios poseyendo idéntica valiosa información, pueden interpretarla de distintas maneras y utilizarla conveniente o inconvenientemente: Anchorena, con los datos que poseía, no quiso entrar en el negocio de la yerba mate, y acertó plenamente en cuanto a la actitud que tomaría Francia; en cambio Cullen se involucró (o por lo menos, se aprestaba a hacerlo) en un negocio que a la postre resultaría desastroso, y a la hora de formarse un juicio, ni siquiera reparó en las diferencias de catadura moral e intelectual que había entre Ramírez y Francia.
    Seguramente por “pequeños” detalles así, Anchorena sería uno de los hombres más ricos de esta parte de América; mientras que Cullen acabó sus días fusilado por traidor

    miércoles, 30 de diciembre de 2015

    ¿CÓMO, CUÁNDO Y DÓNDE MURIÓ SOLÍS?

    Escribe: Juan Carlos Serqueiros

    ¿Se acuerdan cuando en la primaria, allá por quinto o sexto grado, la maestra nos “enseñaba” quién “descubrió” el río de la Plata, y cómo murió? Bueno, yo como buen jovato, sí me acuerdo: “aprendíamos” historia según algunos manuales homologados para la sacrosanta escuela pública sarmientina en la cual supuestamente todos éramos “iguales”; porque el “gran maestro sanjuanino” así lo había dispuesto con ese corazón tan noble de “padre del aula Sarmiento inmortal” que tenía. Pero claro, eso sí: algunos eran más “iguales” que otros… por ejemplo, mi compañerito de banco, el Angelito Pelusso (flor de hijo de puta, dicho sea de paso, cómo sería de turro el muy guacho, que un día tanto me hinchó las guindas, que en la clase de “Trabajo Manual” le pasé papel de lija por la cara… le quedó la trompa hecha un primor jejeje), era más “igual” que yo, sencillamente porque él tenía –entre otras muchas cosas que yo no- el consabido (y caro) Manual del Alumno Santafesino: un libraco de tapas duras color rosa pálido e ilustrado con unos dibujos que daban envidia, mire vea… Mientras que yo tenía que andar peludeando con el popular, barato y democrático Manual Graf: un mamotreto de tapas blandas, con páginas encuadernadas como el orto, ilustradas con dibujos y fotos en colores, una berretada total.

    Pero me estoy yendo por las ramas; mejor vayamos a los bifes: con esos “textos”, la seño nos daba Historia, y así nos metían en la marota que el ilustrísimo y arrojado marino Juan Díaz de Solís llegó a las costas del “Mar Dulce”, que en una isla enterró a un marinero que se llamaba Martín García, que pobre, se le ocurrió morirse (qué tipo inoportuno ese García, che, mirá que venir a morirse justo en ese momento tan trascendental), y que como Solís era tan valiente como caritativo; bautizó a esa isla pedorra con el nombre del tipo que había palmado. Y la completaba informándonos que después de eso, el Juancito Díaz de Solís desembarcó en algún lugar -que por más preguntas que le hicimos a la seño, nunca pudimos saber dónde carajo quedaba-, y que allí los indios charrúas (que parece ser que eran una gente de lo peor, che; atendían como el culo a visitantes tan distinguidos), los cagaron a flechazos y después, pa’ completarla, se los lastraron, dejando vivo a uno solo (qué sé yo… sería pa’ usarlo de muestra, ¿no?).
    Claro, uno terminaba de “aprender” todo eso, salía de ese templo del saber que era la escuela, y después del paso obligado por el campito pa’ jugar un rato a la pelota, llegaba a su casa, donde nos esperaba nuestra abnegada madre, que después de cagarnos convenientemente a cintazos por venir con el guardapolvo hecho un desastre; nos mandaba a bañar (ufa, mamá, si ayer me bañé) como preliminar de la consabida cena familiar. Y mientras comía, uno pensaba en la suerte que tenía, al contar con ese morfi tan rico que nos había hecho la vieja; mientras que los charrúas, pobres, se ve que no tenían mamás que les cocinaran; porque si se los habían morfado a Solís y sus muchachos, seguramente sería porque tenían hambre, qué joder…
    Y uno se dormía pensando en el chabón que había quedado vivo entre los charrúas, pobre... y encima, sin siquiera tener al vigilante de la esquina como pa’ preguntarle qué bondi había que tomar para ir “hasta el barrio La Guardia, Pasaje Turín al 46, diga” (porque los rosarinos no decimos "al cuatro mil seiscientos", no, ni en pedo; decimos “al cuarenta y seis”, como debe ser).
    Después, uno ya se iba haciendo más grande, y si por esas putas casualidades de la vida descubría que después de todo, la historia le gustaba; aprendía que si era cierto que los indios se habían comido a Solís y sus compinches, no debían haber sido los charrúas, porque hete aquí que los charrúas no eran antropófagos, entonces entrabas a buscar brolis y más brolis, y así te enterabas por el Pepe Rosa, por ejemplo, que los guachos que se habían manducado a Solís no eran los charrúas, sino los guaraníes, que también eran terribles y que practicaban la antropofagia ritual; pero que después, educados por los jesuitas, aprendieron modales, dejaron de morfar yoyegas y se volvieron tan buenitos, que hasta ayudaron a San Martín, Belgrano y Artigas a sacarnos de encima a los realistas (que a esas alturas, ya no eran más valientes y emprendedores como sus antepasados conquistadores; sino que se habían vuelto unos redomados hijos de puta de la mano de un reyezuelo cretino y medio maricón que no había caso que quisiera entender que nosotros ya éramos lo suficientemente creciditos como para valernos por nuestros propios medios).
     
    Todo liso entonces, ya podíamos dormir tranquilos y ser felices por siempre jamás. Estaba clarísimo: a Solís no lo habían matado los charrúas, sino los guaraníes, y se lo habían morfado ritualmente “para apropiarse de su fuerza e inteligencia”.
    El lugar preciso donde había desembarcado el valiente marino seguía sin saberse dónde mierda quedaba; pero bueno, después de todo, kilómetro más, kilómetro menos ¿a quién le importa? Una última cosita, don Pepe: el marinero que dejaron vivo los guaraníes, ¿qué pasó con ese? Ah bueno, sí, se llamaba Francisco del Puerto el hombre, y vivió entre los indios, que lo habían adoptado, hasta que once años después, llegó Sebastián Gaboto y lo rescató. ¡Qué bueno, qué suerte tuvo el hombre! Y dígame, don Pepe, ¿por qué fue que los guaraníes lo dejaron vivo? ¿No era que practicaban la antropofagia ritual “para apropiarse de la fuerza e inteligencia” de los enemigos? Y que yo sepa, el Francisco del Puerto ese, era enemigo –y mal agradecido además, porque en cuanto pudo, los dejó de garpe a los indios, se fue con Gaboto, le alcahueteó todo, y también se mandó unas cuantas cagadas, ¿no, don Pepe? ¡Ufa, Juank! Dejate de joder ¿Qué sos, Juan el Preguntón? ¡Qué plomazo viejo, qué plomazo! Y se levantó y se tomó el espiante. Pero no hay drama, don Pepe, después de todo, como bien decía el General, para un peronista no hay nada mejor que otro peronista; así que vaya nomás, que los fecas y los ginebrones los garpo yo.
    En eso, cayó el inefable Georgie ¿Eh? ¿Cómo “qué Georgie”? El único Georgie que tenemos por estos pagos de Dios: el Georgie Borges, ¿o qué otro Georgie va a ser? Hay gente que pregunta cada huevada, mirá (no Georgie, lo de “mirá” no lo dije por vos; como buen peroncho, soy mersún y grasa, pero no tanto como para llegar a ser tan maleducado, viste). Se sentó parsimoniosamente, colocó el bastón entre las gambas, apoyó ambas manos en la empuñadura, y mientras la Kodama pedía un agua sin gas para él y un té chino con scons para ella; el Georgie impertérrito, me recitó su Fundación mítica de Buenos Aires:
    Pensando bien la cosa, supondremos que el río
    era azulejo entonces como oriundo del cielo
    con su estrellita roja para marcar el sitio
    en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron

    Bárbaro Georgie, una lírica sublime; ahora, vos que sabés de todo, ¿dónde joraca queda el sitio en que “ayunó” Solís, y cuáles eran los indios que “comieron”? Sin perder su británica flema, como con lástima, me dijo: “Usted es peronista, ergo; es incorregible. Vamos, María”. Y se rajaron también... ‘ta que lo tiró ‘e las patas.
    Y bueno, como don Pepe se chivó conmigo y perdió la paciencia, y el Georgie y la ponja no me dieron ni la hora; recurrí a don Jorgito Caldas, que me dijo: “Mirá Juank, a Solís y los suyos los mataron los guaraníes; pero no es cierto que después se los comieron. Yo disiento con los que afirman eso, porque ya establecí fehacientemente que los guaraníes no eran antropófagos”. OK, don Jorge, pero ¿y los cómpli… digo, los otros que venían con Solís y que vieron todo desde el barco y afirmaron unánimemente que sí se los comieron, ¿qué pasó con esos, sufrieron una alucinación colectiva, que todos dijeron lo mismo? Esteee… Juank, no es que yo sea materialista, viste, pero la hora de la sesión de hoy ya se terminó; te doy un turno para la semana que viene y charlamos, ¿sí?
    Y así, se piró por la tangente don Jorgito también, de modo que no me quedó otra que rumbear para la zona guaranítica, pa’l litoral que le dicen: Misiones, Corrientes y el Chaco; a ver cómo había venido la mano con ese asunto de la antropofagia ritual, Solís y toda la bola…
    En Resistencia, me junté a tomar un feca en La Biela con el Ertivio Acosta, que de cultura guaranítica la sabe lunga, y que cuando le saqué el tema de la antropofagia me miró entre espantado y horrorizado, y que luego de darme una sesuda charla sobre el Payé, el Pombero, San la Muerte y la receta para hacer chipá; me despachó, quedando yo más en bolas todavía que antes.
    Pero como siempre fui un tipo de múltiples recursos, se me prendió la lamparita y me dije: “Ah, ya sé, me pego una vuelta por El Fogón de los Arrieros, que ahí en la biblioteca seguro que tienen info sobre el tema". Llegué, y resulta que era Jueves de Tango en el Fogón, así que me agarraron unos amigotes que me dijeron “¿Eh, cuál Solís, el que cantaba boleros? Dejate de joder, boludo, vení tomate unos vinos con nosotros y cantate unos tanguitos”. Conclusión: salí de allí a las 2 de la matina, con un pedo cósmico y sin poder recordar muy bien a qué cuernos había ido.
    Me crucé a Corrientes y me tragué todo el plomazo de Crónica histórica de la Provincia de Corrientes, de Manuel Florencio Mantilla, que como buen mitrista, cada vez que en sus páginas mencionaba a un guaraní, su elitista prosapia correntina lo llevaba a tener que andar buscando en el diccionario términos insultantes nuevos para endilgarles a los pobres indios, porque los que sabía de memoria, se ve que los había agotado. En fin…
     
    Llegué a Posadas y ahí me enteré de que los rituales que implicaban antropofagia no eran práctica habitual entre los guaraníes; pero que algunos historiadores, allá por el siglo XVII, habían mencionado algo al respecto, consignando que habían presenciado hechos de esa naturaleza y que la cosa era así: durante cierto tiempo, engordaban al quía que iban a sacrificar con ricos manjares, le daban doncellas para que el tipo se solazara, y por último, lo despachaban y se lo manducaban. Como puede apreciarse, nada que ver con el caso de Solís, al que inmediatamente después de haberlo cosido a flechazos, se lo lastraron sin más; nada de tiempo, nada de engorde y nada de doncellas para que se las garchara.
    En eso estaba, leyendo el tomo Nº 25 de Obras Completas de Félix de Azara, cuando de pronto aparecieron cuatro paraguayos que me espetaron: “Che, curepí, ¿qué ta é lo que te pasa a vos con los guaraníes? Te manda a decir el general Stroessner que si seguís jodiendo, vas a aparecer flotando en el río. Coiná”, y que como primer aviso nomás, me dejaron mormoso a palos.
    Y como nunca falta un roto para un descosido, encima, para agrandarme el bolonqui que tenía en el balero; se me agregó el irlandés… Sí, el irlandés, ya saben: un tipo de esos colorados como culo de pacaá, de ojos celestes y que se chupan hasta el agua de los floreros, bueno, uno de esos. Lucas Marton se llamaba el ñato, que era un jesuita que había aparecido por los pueblos de las Misiones allá por mediados del siglo XVIII y que la sabía lunga de todo: era historiador, políglota, arquitecto, botánico, geólogo, geógrafo, médico, astrónomo, filósofo y no sé cuántos títulos y maestrías más tenía encima… Aparentemente, por lo que pude enterarme, el tipo se había acollarado con una guaraní que se llamaba Maymboré, con la cual había tenido un hijo, que le decían el Antoñito (sic) Lazo; y en 1751, se declaró en rebeldía contra la Compañía de Jesús, largó los hábitos de jesuita, se internó en la selva con un puñado de guaraníes que lo idolatraban y lo llamaban Pay Guazú, y fundó un pueblo que se llamó Nazareno donde vivió unos años. Siendo ya de muy avanzada edad, se fue a vivir a Paso de las Toscas, junto al arroyo Solís Chico, en la Banda Oriental, donde falleció.
    Pero resulta que el tipo guardaba celosamente una punta de documentos y un par de códices antiquísimos a los cuales parece que quería más que a su propia vida; así que le había encargado a sus guaraníes la fabricación de un arca primorosamente labrada, en la cual guardó todo eso, y que no ha podido ser encontrada. Pero sí se halló un libro de su autoría, titulado Yumaranei, en el cual sostiene una muy peculiar versión de lo que pasó con Solís: según Marton, Solís llegó a una isla, pero no desembarcó porque estaba enfermo; y en su lugar, lo hizo Martín García con otros seis marineros. Como en esa isla no encontraron alimentos, Solís les ordenó que se dirigieran a la tierra firme que se avistaba desde la isla (que era la costa de Colonia). Llegaron en un bote a tierra, y los guaraníes los recibieron amablemente y los agasajaron, pero Martín García y los otros mataron al grupo de guaraníes y violaron a sus mujeres, ante lo cual llegaron más guaraníes y los hicieron percha a todos, alcanzando sólo Martín García, malherido, a llegar al bote y remar hasta la isla donde esperaba Solís, muriendo a las pocas horas. Solís lo hizo sepultar allí y llamó a la isla con el nombre del muerto, es decir, Martín García, y decidió volver a España. Pero Solís había estafado a la corona española en favor de la corona portuguesa, de la cual era informante; y en una borrachera, su cuñado, Francisco de Torres, se fue de boca y le contó eso a la tripulación, de resultas de lo cual hubo un motín a bordo, que Solís consiguió sofocar, cediendo todo lo que había ganado a sus marineros (mirá vos de dónde viene la coima, che). Éstos lo dejaron en la costa y volvieron a España, donde inventaron la historieta de que Solís había sido muerto y devorado por los indios. Y terminaba Marton afirmando que Solís, que estaba en connivencia con Portugal y que por eso había traicionado a España, vivió treinta y cinco años más, durante los cuales se casó con una charrúa y tuvo un hijo, muriendo de muerte natural en 1552, con más de ochenta años, cerca del cerro Cono. ¿Qué tal te queda el moño? Pavadita de historia se mandó Lucas Marton, ¿no?
    Conocí en Uruguay el arroyo Solís Chico, el cerro Cono y el Paso de las Toscas; pero nada más pude averiguar acerca de la muerte de Solís y las circunstancias de la misma.
    Por supuesto, todo lo que escribí sobre los encuentros con Pepe Rosa, Borges y Caldas Villar es joda; sí es cierto que leí y releí hasta el cansancio todo lo que pude encontrar sobre el asunto de Solís, y sí es cierto que hurgué y rebusqué todo lo que había en Misiones, en Corrientes, en el Chaco y en el Uruguay.
    Y como da la casualidad que estoy preparando un material sobre Andrés Guacurarí (que era bisnieto de Lucas Marton), pintó el recuerdo de la duda que en aquel momento (hacen ya de todo esto más de 30 años) me surgió respecto de la suerte que habían corrido Solís y sus hombres; duda esta que aún tengo.
    Por eso pregunto: ¿alguien sabe en verdad cómo, dónde y cuándo murió Solís?