Rosas

Rosas
Mostrando entradas con la etiqueta Uriburu José Félix. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Uriburu José Félix. Mostrar todas las entradas

martes, 15 de agosto de 2017

La caída de Hipolito Yrigoyen

POR MANUEL GÁLVEZ                               La revolución está en la calle. Se la espera de un día para otro. La gente adquiere provisiones. Un comerciante vende canastas que llama “Revolución”. Se ha visto a adolescentes transportar fusiles. Crítica y otros diarios predican a cara descubierta la revuelta. Se organizan legiones. En Entre Ríos, un senador pronuncia estas palabras que corren por todo el país: “Estamos al borde de la revolución. Falta la chispa engendradora. Que se atrevan a asaltar a Entre Ríos, y la bandera de Urquiza volverá victoriosa a flamear en los campos de Caseros”. 

Efemérides RadicalesEl nueve de agosto, el gobierno acuartela todas las tropas de la guarnición.   ¿Quiénes organizan el movimiento? Puede afirmarse que, hasta ahora, y salvo excepciones, no son los hombres del Régimen los revolucionarios. Tampoco los socialistas, que contemplan sin pasión esta novedad en la “política criolla”. Sabemos que el general Uriburu, a quien la policía vigila, dirige la sublevación militar. En Crítica se incuba una de las direcciones de la revolución civil. Cuando después de los sucesos de septiembre Crítica afirme que la revolución “se gestó” en su casa, dirá la verdad. Con sus trescientos mil ejemplares diarios, sus títulos sensacionales, sus verdades  y sus mentiras, su animación, su colorido, constituye una fuerza formidable. Cada día hace varios millares de revolucionarios. 
Y en su edificio de avenida de Mayo se reúnen a conspirar los diputados socialistas, algunos conservadores, diversas personas apolíticas y el general Justo y otros militares. Crítica es, en aquellos días de agosto, el principal foco de subversión   
Detengámonos un momento, antes que los acontecimientos se desboquen. Meditemos con serenidad, colocándonos al margen de las pasiones políticas y de los intereses en juego. Como todos, yo también creí en la necesidad de la revolución. Me alegré de su triunfo y asistí al juramento de Uriburu. Ahora me pregunto: ¿era necesaria y justa?
Entre las causas del movimiento, algunas eran falsas y otras insuficientes. Ni la baja del peso, que posteriormente bajará mucho más; ni los incidentes sangrientos, que siempre los hubo y los habrá;
Ha amanecido el 6 de septiembre. (…) Se espera algo sensacional. Los empleados van a su trabajo. Las calles están llenas de gente. En cada balcón hay dos o tres cabezas que miran hacia abajo. En las puertas y en las esquinas los hombres conversan. Hay cierto temor. Y a las nueve, Crítica publica en sus pizarras: “Se han sublevado las tropas del Campo de Mayo al mando del general Uriburu”. Estallan las bombas que anuncian el boletín. Suenan las sirenas de otros diarios. ¡Revolución! Cuarenta años hemos vivido en paz. La noticia produce escalofríos de emoción. Las gentes se abrazan y se felicitan sin conocerse. Hay lágrimas en millares de ojos. Los estudiantes abandonan las aulas.
La entrada de las dos columnas revolucionarias, que en la proximidad del centro se unen en una sola, constituye un espectáculo jamás visto entre nosotros. En algunos trechos van las tropas entre dos filas de automóviles, ocupados por estudiantes. Flores desde las ventanas y desde las aceras. Hombres y mujeres se rompen las manos aplaudiendo y se enronquecen vitoreando a Uriburu, a la revolución y a la Patria. Toda la ciudad se ha echado a la calle para ver el paso de las tropas. En un automóvil abierto, en pie, rodeado de fieles que ocupan hasta los guardabarros, va el general Uriburu. Le siguen otros automóviles, atestados de muchachos con sus fusiles.
Y ahora, mientras las turbas revolucionarias saquean e incendian el diario en donde tantas alabanzas se le dijeron a él, y surge en ellas la idea de incendiar y saquear su modesta casa, lo que sucederá horas después, allá va Hipólito Yrigoyen, en aquel atardecer doloroso, hacia la ciudad de La Plata. Uno de sus fieles, que lo ha encontrado casi solo, lo arranca, en un automóvil, de los tremendos peligros que allí corre su vida, sin esperar la respuesta de la Embajada de Chile. En dos automóviles se reparte la escasa comitiva. Una hora y media dura el triste viaje. Al principio, el automóvil corre casi todo lo que puede, pero es preciso aminorar la marcha porque los barquinazos hacen daño al enfermo. Los dos fieles que lo acompañan están consternados. Apenas se atreven a hablar, a comentar esos sucesos increíbles. Temen, con razón, hacer sufrir al pobre viejo. Y él tampoco habla casi nada.
Porque es su amor a la Libertad lo que le ha arrancado del poder. Él permitió que los diarios formaran la conciencia revolucionaria. No hubiera habido revolución si él, menos respetuoso de la Libertad, menos demócrata, hubiera clausurado los diarios adversos, enviado a Ushuaia –como lo harán después los triunfadores de hoy- a los conspiradores, y encarcelado a doscientas personas. O si, menos respetuoso de la vida humana –“¡los hombres deben ser sagrados para los hombres!”- hubiera ordenado al ejército, que casi íntegramente le era fiel, defender al gobierno. Pero él no ha querido que sea violado ni uno solo de sus principios. Él no ha querido, como en cien ocasiones de su vida rectilínea, que se derrame una sola gota de sangre.
Y allá va, enfermo, con peligro de morir en el camino, como lo ha dicho uno de sus médicos, silencioso, pensativo, el pobre viejo vencido, más grande en el dolor y en la derrota que en el gobierno. Allá va, en su soledad espiritual, rumiando su tragedia, este Rey Lear de América. Allá va, expulsado por el pueblo, él, que dedicó a su liberación cuarenta años de su vida; expulsado por los proletarios, él, el único presidente que hizo obra para el pobre; expulsado por los patriotas, él, que defendió como nadie la independencia espiritual de la patria; expulsado por los católicos, él, el único presidente que invocó sin cesar a Dios y a la Divina Providencia y colocó a la Iglesia en el lugar de respeto y de jerarquía que nunca tuvo;

martes, 2 de mayo de 2017

Los Uriburu, "La Familia Afortunada"

por Diego Cornejo Castellanos
 Los orígenes de esta familia se remontan a las tierras situadas en el Señorío de Vizcaya (Reino de España), y más precisamente de Mendata, de donde fueron oriundos los primeros Uruburu. Allí contrajeron matrimonio don Francisco de Uruburu y Ajuria Auxocoa con María Cruz de Lamiquiz Beterrechea y Goira, cuoyo primer vástago se llamó Joseph, quien vino al mundo en septiembre de 1757, y a partir de él se trocará la denominación del apellido de Uruburu en Uriburu.
Aquél joven junto a su connacional, don José Ignacio Benguria, emprendieron su viaje a América, como muchos en busca de perspectivas más favorables de índole  económicas, y en medio del esplendor del siglo XVIII, arribaron a Salta, que por entonces gozaba de gran predicamento entre las ciudades del Virreinato, no sólo por su desarrollo comercial, sino social y cultural.
Tanto Uriburu como Benguria, a medida que se integraron y  construyeron sus incipientes patrimonios, de manera gradual, procuraron entablar vínculos con damas pertenecientes a las viejas familias salteñas, y ambos hechos serán determinantes -- en particular para el joven Joseph -- para fundar, quizás sin pensarlo una familia que hizo historia y tuvo profunda gravitación en la vida de Salta y de nuestra República.
Joseph contrajo matrimonio con doña Manuela de Hoyos y Aguirre, y tuvieron por hijos a: Manuela, Dámaso, Evaristo, Vicente, Pedro, Juan Nepomuceno, Casimiro, Camilo, José María, y Juana.
A medida que evolucionaron favorablemente sus ingresos pecuniarios, y presencia social, don Joshep, adquirió su hogar. Como describe el historiador salteño, doctor Bernardo Frías “levantó su morada con el lujo de entonces, que era colocarle el altillo con grande balcón sobre la calle, defendido por baranda de hierro vizcaíno y alero sostenido por férreas columnas para resguardo de la lluvias, a pocos pasos del convento de San Francisco, donde acomodó tienda y familia”. Por entonces, a fines del siglo XVIII, Salta, contaba con una población de aproximadamente cinco mil habitantes.
¿Por qué se la denominó como "la familia afortunada"? Fue el doctor Frías, quien le acordó ese apelativo, porque a su juicio, no se hacía referencia sólo a sus logros pecuniarios, “Redondeando, redondeando se ha ido esta familia, hasta llegar a la cumbre de la perfección de la Fortuna” y concluyó a modo de definición: "Y agarraderas vienen para sostenerla en las alturas a que ha trepado, no diremos por años y años, sino por siglos; cosa que la caprichosa Fortuna no lo ha realizado tan grande ni tan sólidamente con ninguna otra familia que sepamos. Habrá pues, razón para llamarla: “La Familia Afortunada”."
En enero de 1831, falleció don Joseph Uriburu, contando tan sólo con 64 años de edad, y al momento de su partida iba acrecentándose su numerosa familia, cuya mayor gravitación la alcanzaría, durante un extenso período del siglo XX.
Los Uriburu, fueron actores de procesos político-militares, que dejaron su impronta hasta nuestros días, participaron en ambos grupos, unos apoyaron la Revolución de Mayo en Salta, y otros miembros de la familia, encabezados por don Joshep, se unieron al grupo que respondía al depuesto Rey de España, luego se enfrentaron con el estilo político implementado por el General don Martín Miguel de Güemes, primordialmente cuestionaron medidas implementadas por su gobierno.
Durante la etapa de confrontación con la gestión gubernamental del Gral. Güemes como gobernador de Salta, el mayor de los Uriburu, fue un tenaz opositor al héroe gaucho, y por esa causa decidió formar una nuevo partido político denominado la Patria Nueva. Entre sus miembros se contaron el doctor Facundo de Zuviría (izquierda)y José Marcos Zorrilla. La disparidad de criterio con el caudillo, se basó por haber establecido un aporte pecuniario a toda la población, dado que Güemes, careció de ayuda alguna del gobierno nacional, para hacer frente a las tropas realistas, y proveer de sustento a sus tropas. Tales demandas eran legítimas, pero sectores intolerantes y con solvencia económica interpretaron, que ya no podían continuar aceptando tales requerimientos.
En mayo de 1821, encontrándose ausente el Gral. Martín Miguel de Güemes, la oposición depuso al mandatario mediante una mera disposición del Cabildo, rubricada por todos los  miembros del grupo opositor. En junio de 1821, fallece el caudillo salteño, y sus contendientes deciden dar término a las hostilidades, entre ellos se destacó el novel abogado Facundo de Zuviría, don Baltasar Usandivaras, Juan F. Valdez, y Dámaso Uriburu. Entre medio de estas escaramuzas, Dámaso contrajo matrimonio con doña Teresa de Póveda e Isasmendi, de cuyo retoño nació su hijo José.
Cuando arriba a Bolivia, exiliado por primera vez, se abocó a formalizar una sociedad minera, y viudo de Teresa Póveda, y en virtud de los numerosos vínculos sociales, casó nuevamente con doña María Rita Cabero, hija de una tradicional familia de La Paz. Al tiempo, que conformó con don Gregorio Beeche y Máximo Zamudio, una sociedad para la explotación minera. Frías, los describe risueñamente: “Ahora los de la Patria Nueva llamábanse Unitarios. Seguían a Rivadavia como la modista al patrón para cortar sus trapos.” Fueron recurrentes ausencias de don Dámaso de Salta, en virtud de luchas políticas locales, y llegó o¿a permanecer exiliado por un lapso de nueve años, residiendo en Bolivia. Desde allí, y en virtud de de sus dotes diplomáticas, el presidente del vecino país, el Mariscal Sucre, lo envío como representante de Bolivia para oficiar como negociador ante el gobierno chileno, para poner término a un diferendo entre ambas naciones.
Luego de sus incruentos intentos por el ambiente comercial, la fecunda y controvertida existencia de don Dámaso, se extinguió en la localidad de Cinti, Bolivia, el 1º de mayo de 1857.
Al abordar a los hermanos Evaristo y Juan de Uriburu, se aprecia en ambos, una afinidad sobre las motivaciones a las que fueron afectos, vale el acrecentamiento de su poder político y económico. Don Evaristo, se volcó al bando unitario, al parecer, tal postura la adoptó, por ser yerno del Brigadier General don José Antonio Álvarez de Arenales, su mujer fue doña Josefa Arenales, más conocida por su apodo, doña Pepa.
Pese a la influencia de su cónyuge, don Evaristo, nunca disimuló sus simpatías por el bando federal, dicho en buenos términos, mantuvo al principio una posición ambivalente desde 1830, (Rosas, accedió al poder en 1829), pero cuando recién se comenzaban las contiendas, hasta que llegó la ocasión de manifestarse como federal de pura cepa.
Evaristo Uriburu (izquierda), se inició militarmente, primero en el ejército del Norte, bajo las órdenes del general Manuel Belgrano, y actuó en batallas como las de Salta, Tucumán, Vilcapujio y Ayohuma, y luego formó parte de las tropas del general don José de San Martín, en su campaña para el cruce de los Andes. En Salta provincia prestó servicios junto a unidades militares “Decididos”, ”Dragones”, “Cívicos del Orden”, "Patricios" e "Infernales" comandados por el general Güemes.
Fue gobernador interino de Salta en 1837. Fue en aquella  ocasión en que designó, según lo expresó el historiador Frías, “que el Señor y la Virgen del Milagro serían, de ahí en adelante, patronos de la Santa Causa de la Federación”, por entonces se desarrollaba la guerra peruano-boliviana, y su rango militar le fue reconocido primero por el brigadier don Juan Manuel de Rosas y luego por el general Justo José de Urquiza.
Entre exilios, intrigas y luchas por mantener intacta la hegemonía uriburista en Salta, el coronel Evaristo Uriburu, se mostró decidido a derrocar al gobernador salteño don Manuel Antonio Saravia, a quien su antecesor don Miguel Otero, le hizo entrega del mando, hasta su regreso, pero como don Miguel no regresó, y la Sala de Representantes, hubo de  renovarle su confianza para un nuevo período, “así seguidito, sin intervalo ni para respirar” afirmó irónicamente Frías.
El coronel Uriburu, por su temperamento severo, si bien aliado de Rosas, en más de una oportunidad, produjo importantes divisiones en el seno de partido federal, y cuando esto ocurría, Rosas no trepidaba en retacearle su apoyo, así lo atestigua la correspondencia entre ambos. En la fracción unitaria, la figura de mayor predicamento, fue el general don Manuel Solá, hombre respetado por su trayectoria militar, como también, por  la seriedad con que desarrolló sus actividades comerciales
Ya sexagenario el don Evaristo, que hubo de servir a los generales Belgrano y San Martín, tomó parte de la llamada “Revolución de los Uriburu”, que se inició por 1864, junto a hijos, nietos y sobrinos y a sus hermanos, particularmente don Juan Nepomuceno, para luego radicarse en Buenos Aires, junto a doña Pepa Arenales. Falleció el 28 de julio de 1885.
Pero no menos prolífica y recordada, fue la personalidad de don Juan Nepomuceno Uriburu (derecha), que le tocó vivir cuando un nuevo orden político reinaba la Argentina, a partir del derrocamiento de Rosas, tras triunfo del general Justo José de Urquiza, la sanción de la Constitución Nacional, y el advenimiento de las presidencias de Santiago Derqui, y a quien sucedió el general don Bartolomé Mitre.
La acción de gobierno de Uriburu, se basó por la adopción de medidas administrativas que propendieron al crecimiento de la provincia de Salta, y por otro lado, en 1864, próximo a concluir con su mandato, su sobrino José Uriburu, se levantó en armas con miras a derrocarlo y así llegar a la primera magistratura salteña. Esta lucha político-familiar, generó un sinfín de contiendas en donde hubo muertos y heridos. Lo cierto es que la llamada “farsa de los Uriburu”, diezmó el poder y presencia de la Diosa Fortuna, que en pocos años más, los volvería a acompañar. Por entonces, se comunicó a Salta, que el doctor José Evaristo Uriburu, había sido electo como diputado nacional. 
Don José Evaristo Uriburu, comenzó sus lides parlamentarias con un proyecto sobre la federalización de Buenos Aires. En 1867, es convocado por el Presidente Mitre, para desempañarse como Ministro de Justicia e Instrucción Pública, con el presidente Sarmiento, colaboró como Procurador del Tesoro de la Nación, luego fue Juez Federal de Salta, hasta que es designado Ministro Plenipotenciario en Bolivia.
De la vecina República fue comisionado a Chile en análogas funciones, y al culminar la guerra del Pacífico, ambas naciones en disputa, le solicitaron su arbitraje, el fallo del doctor Uriburu, fue acatado por las naciones en litigio. También representó a nuestra nación, ante el gobierno del Perú, en donde residió viudo, de su primera mujer Virginia Uriburu Cabero, para luego contraer matrimonio con la peruana Leonor de Tezanos Pinto y Segovia.
Proclamada la fórmula presidencial Luis Sáenz Peña- José Evaristo Uriburu, en Asamblea legislativa, y reunidos los colegios electorales, el flamante Presidente, presentó su dimisión, como prenda de paz, por las múltiples luchas que estallaban en diferentes lugares del país, y ello dio lugar a que lo sucediera su Vicepresidente. 
A lo largo de sus cuatro años en el ejercicio de la Presidencia, don José Evaristo (izquierda), mostró un carácter mesurado pero fuerte, a la hora de tomar decisiones en horas decisivas, y su extensa obra de gobierno, no es pasible de enumerarse en estas líneas. A fines de la década de 1880, el país crecía en lo económico, pero existían grupos que requerían imperiosamente su participación a nivel popular, mediante el sufragio popular con el objeto de   ese fue motivo central de la Revolución del 90, entre los salteños, que participaron de la contienda, figuró el subteniente José Félix Uriburu.
Su persona continúa siendo hasta el presente, motivo de opiniones controvertidas, a tal punto, que su sola mención se transformó en un estigma, para gran parte de los historiadores, por haber sido él, quien rompió con casi sesenta años de vida institucional argentina, al derrocar en connivencia con grupos civiles, al presidente constitucional don Hipólito Yrigoyen el 6 de septiembre de 1930. Pero este episodio que marca un antes y un después en la vida de los argentinos, no es materia de estas líneas.
Es de justicia evocar la estampas, de otros Uriburu, que descollaron en diferentes ámbitos de la vida argentina, como a don Pío Uriburu, senador nacional y gobernador de Salta, a los doctores Francisco Uriburu Gómez, legislador y defensor del petróleo en la Argentina,  otro homónimo Francisco Uriburu, hombre de gran fortuna que  residió en Buenos Aires, a toda su existencia, quien junto a su mujer Dolores Uriburu, donaron el dinero necesario para la construcción del viejo Hospital de Niños de Salta. Al doctor Carlos Ibarguren Uriburu, político, escritor, jurista, académico, Francisco “Pancho” Uriburu, periodista y escritor de fuste, cuyo periódico La Fronda, signó una etapa en la prensa nacional, a Oliverio Girondo Uriburu, poeta y escritor, al doctor Julio Cornejo Uriburu, legislador y gobernador salteño, la lista sería interminable, y al enumerarla, sin duda se incurría en omisiones no deseadas.

miércoles, 1 de marzo de 2017

6 de Septiembre de 1930

Por el Prof. Jbismarck
Para mediados de 1930 el gobierno popular de don Hipólito Yrigoyen estaba muy desprestigiado. A la feroz oposición de los conservadores y los socialistas se sumaban los “galeritas” radicales. El periodismo acusaba al ejecutivo nacional de procurar el arrasamiento de las autonomías provinciales, e invitaba a apretar filas contra “el nuevo Rosas”. En el congreso nacional un senador afirmaba que “el estandarte de Urquiza volverá a flamear victorioso en los campos de Caseros”.  El teniente general José Félix Uriburu, que había recorrido con brillo todos los grados del escalafón militar, activaba los planes revolucionarios con el apoyo decidido de los conservadores y las agrupaciones nacionalistas, envalentonadas por el ejemplo de Mussolini en Italia. El jefe militar manifestaba a sus camaradas de conspiración que se proponía “hacer una revolución verdadera, que cambie muchos aspectos de nuestro régimen institucional, modifique la constitución y evite que se repita el imperio de la demagogia que hoy nos desquicia. No haré –agregaba- un motín en beneficio de los políticos, sino un levantamiento trascendental y constructivo con prescindencia de los partidos”.   Pero otro sector de conspiradores, dirigido por el general Agustín P. Justo, sostenía por el contrario la tesis de que la revolución debía limitarse a desalojar del poder al yrigoyenismo, manteniendo el régimen institucional establecido por la constitución; este sector contaba con el apoyo de los partidos políticos opositores y el del propio antipersonalismo de la UCR. 
El 9 de agosto los diputados representantes de las fuerzas conservadoras de Salta, Tucumán, Córdoba, San Luis, Corrientes y Buenos Aires, junto con los socialistas independientes, publican una declaración -conocida como Manifiesto de los 44 por el número de firmantes- por la que “resuelven coordinar en las cámaras la acción parlamentaria para exigir al poder ejecutivo el cumplimiento de la constitución nacional y la correcta inversión de los dineros públicos”, al tiempo que declaran coordinar la acción opositora extraparlamentaria “para difundir en el pueblo y ante el electorado de los respectivos partidos el conocimiento de los actos ilegales del poder ejecutivo y del oficialismo, y crear un espíritu cívico de resistencia a esos abusos y desmanes”; no declaran abiertamente estar en connivencia con la conjura militar, pero expresan la decisión de “proyectar un plan de acción encaminado al logro de los propósitos enunciados”, invitando a la “adhesión de todos los ciudadanos que quieran para la república un gobierno constitucional y democrático”. En términos similares se pronuncian las derechas en un manifiesto publicado en La Nación el 10 de agosto, y en otro aparecido el 20 los antipersonalistas postulan la “defensa de la democracia amenazada”. El 21 Uriburu organiza la Legión de Mayo, que de inmediato se lanza a la calle y promueve disturbios, proliferando los choques con el clan radical. El último domingo de agosto se inaugura la Exposición nacional de Ganadería en las instalaciones de la Sociedad Rural Argentina, y en ese acto el ministro de Agricultura, Juan B. Fleitas, es recibido con una ensordecedora rechifla.
Hasta el momento los demócratas progresistas se mantienen a la expectativa. El 26 de agosto Uriburu visita a Lisandro de la Torre, a quien invita a participar de la revolución que prepara “con el fin de deponer al presidente, reformar la constitución, reemplazar al congreso por una entidad gremial y derogar la Ley Sáenz Peña”. Espera el general culminar la operación “sin derramar una sola gota de sangre”, y ofrece al político santafecino “una cartera en su futuro gabinete”. Los demócratas progresistas, sin embargo, postulan la consigna “votos sí, armas no”. Pero, al mismo tiempo, el diputado socialista Nicolás Repetto enjuicia muy severamente al radicalismo yrigoyenista y auspicia la tranquilidad en los espíritus ante los cada vez más vehementes rumores de revolución.  Por esos días, Yrigoyen cae enfermo de gripe y los accesos febriles le obligan a guardar cama. Su ministro de Guerra, el general Luis Dellepiane, le denuncia el inminente estallido de una revolución, pero resultan inútiles sus esfuerzos para sofocar el movimiento, pues el presidente desautoriza las medidas represivas que aquél dispone. El presidente, apoyado por su ministro del Interior, Elpidio González, considera también inoportuno decretar el estado de sitio como propone Dellepiane. La Juventud Universitaria se pronuncia contra Yrigoyen, y anuncia que “el desquicio de las instituciones ha de acabar pronto”. En todas partes se habla de revolución, y la pluma ágil y mordaz del diario opositor La Fronda incita continuamente a precipitar el fin de “la tiranía sangrienta”.  
image003.jpg
La enfermedad del Presidente no cede. A la fiebre se suma un ictus congestivo que aumenta su malestar y por consejo de sus partidarios el día 5 de septiembre delega el mando, por decreto, en el vicepresidente doctor Enrique Martínez, quien establece el estado de sitio. Ya los estudiantes resultan incontenibles; el decano de Derecho, doctor Alfredo Palacios, pide la renuncia del presidente, al tiempo que en toda la Universidad se suspenden las clases. El vicepresidente en ejercicio ensaya un cambio total de gabinete, y designa presidente de la Corte Suprema de Justicia al doctor José Figueroa Alcorta. Ya nadie duda que la revolución estallará de un momento a otro. Pocas horas después se producen violentísimos disturbios promovidos por los estudiantes de la facultad de Medicina, que exigen el fin del gobierno.
En la tarde del 5 se ha acordado modificar el manifiesto revolucionario redactado por Leopoldo Lugones llamando a la hora de la espada, imponiéndose el criterio de que debe asegurarse el imperio de la constitución y la vigencia de la Ley Sáenz Peña.  Al amanecer del 6 de septiembre de 1930 el general Uriburu llega al Colegio Militar con un grupo de partidarios. Pequeños destacamentos militares de la Capital se declaran en rebelión y se concentran en Colegiales, mientras en Belgrano y en Flores se reúnen grupos de civiles. Un avión, salido de El Palomar, sobrevuela la Capital y arroja propaganda revolucionaria. Muy pronto le siguen otras máquinas aéreas, que en número de 24 recorren distintas zonas de la ciudad, y amenazan con bombardear los regimientos de infantería de Palermo si no se pliegan a la revolución. La policía realiza detenciones de civiles y militares sorprendidos con armas en concentraciones. A las 10 de la mañana cruza la ciudad el estridente sonido de la sirena de Crítica, con el anuncio de la revolución. En esos momentos se pone en marcha sobre la Capital el Colegio Militar. A la cabeza va Uriburu, quien cursa el siguiente mensaje al vicepresidente Martínez: “En este momento marcho sobre la Capital a la cabeza de las tropas de la primera, segunda y tercera división de ejército. Esperamos encontrar a nuestra llegada su renuncia de vicepresidente, como también la del presidente titular. Los hacemos a los dos responsables por cualquier derramamiento de sangre para sostener un gobierno unánimemente repudiado por la opinión pública”.
Al mediodía la revolución está en la calle. Aviones amenazantes cortan el cielo de la ciudad, mientras una manifestación de civiles recorre la avenida de Mayo con exteriorizaciones de repudio contra el presidente y su gobierno. La policía carga contra los manifestantes en las calles céntricas, donde se producen algunos tiroteos. Las fuerzas policiales disponen allanamientos en busca de armas, entre ellos en la sede de la Liga Patriótica Argentina. Algunos piquetes de la policía desertan y se dispersan, y las autoridades encargadas de la defensa resuelven abandonar la Casa de Gobierno y establecer el comando en el regimiento 3º de Infantería, vecino al Arsenal de Guerra.
Los revolucionarios se aproximan a la Capital por Villa Urquiza y Liniers, y a su paso copan las comisarías. Se sabe que la guarnición aérea de Paraná se ha sublevado, en momentos en que el general Severo Toranzo, Inspector general del Ejército, regresa de una gira por el interior y toma el mando en jefe de las fuerzas leales para la defensa de la ciudad. Mientras los suburbios comienzan a ser ocupados por tropas sublevadas, se pliega a la revolución el regimiento de Granaderos y por vía aérea se gestiona el levantamiento de la guarnición de Mercedes. Algunos tiroteos suburbanos son el único índice de resistencia por el momento, y la aviación rebelde cobra su primera víctima al estrellarse un aparato.
image004.jpg

Poco después de las 3 de la tarde el almirante Abel Renard se presenta a bordo de la cañonera Rosario con el objeto de sublevar la Marina. Las tropas revolucionarias siguen su avance, engrosadas por elementos civiles armados. En el comando de las tropas leales circulan versiones confusas. La Casa de Gobierno es abandonada por los efectivos militares, y el vicepresidente ordena colocar bandera de parlamento. El edificio es parcialmente ocupado por civiles revolucionarios, al tiempo que el regimiento de Granaderos aparece en la plaza de Mayo y Uriburu, con la columna del Colegio Militar, llega a las proximidades del congreso. Desde el diario La Epoca se ataca a tiros a los revolucionarios, y otro tanto ocurre en torno del congreso, desde el café La Sonámbula. La bandera de parlamento aparece también en el Cuartel de Policía, e Yrigoyen, cediendo a instancias de sus íntimos, abandona su domicilio de la calle Brasil y, acompañado del canciller Oyhanarte, se dirige a la ciudad de La Plata.  En Campo de Mayo, sin embargo, la situación es favorable al gobierno, y todo se halla preparado para iniciar la contraofensiva asaltando El Palomar a las 4 de la mañana del día siguiente. Pero a las 6 de la tarde del día 6, por la avenida de Mayo y la calle Victoria avanzan las tropas revolucionarias, después de silenciar la resistencia en el congreso. El edificio del diario La Epoca arde en llamas. Los generales Uriburu y Justo entran en la Casa de Gobierno, donde permanece aún el vicepresidente Martínez, en el comedor de la presidencia. Allí se presentan los militares y le exigen perentoriamente la renuncia, que éste entrega a los jefes victoriosos y luego se retira. Pocos minutos después se entrega a los revolucionarios el Cuartel de Policía, mientras grupos civiles incendian el diario La Calle y tropas militares se apoderan del Correo. Una manifestación ruidosa asalta el Comité Nacional de la Unión Cívica Radical, situado en Avenida de Mayo y Santiago del Estero. En esos momentos, Yrigoyen, llegado a La Plata, y después de comprobar que los jefes militares no le responden, se presenta al cuartel del 7º de Infantería en calidad de detenido y suscribe su renuncia, concebida en los siguientes términos: “Ante los sucesos ocurridos, presento en absoluto la renuncia del cargo de Presidente de la Nación Argentina. Dios guarde a V. H. Yrigoyen. Al señor Jefe de las fuerzas militares de La Plata. La Plata, Septiembre 6 de 1930”. El reloj marca las 19:50.
Esa misma noche hay un banquete en el Círculo de Armas para festejar la victoria, donde habla el doctor Julio A. Roca: “Hoy –dice- he vivido uno de los momentos más emocionantes de mi vida, solo, en un profundo recogimiento, frente al espectro de mis mayores, que parecían vindicarse del caudillo oscuro que les infirió el agravio de su barbarie”.
En la madrugada del día 7 los diarios matutinos informan detalladamente sobre la jornada anterior: “Ayer -dice La Prensa-, en un movimiento popular, verdadera apoteosis cívica, Buenos Aires ha enterrado para siempre el régimen instaurado por el señor Yrigoyen”. El diario vespertino Crítica agota los adjetivos en la ponderación del movimiento revolucionario. En los días siguientes el periodismo se hace eco de la resonancia que la revolución triunfante ha tenido en el exterior, y reproduce comentarios del New York Times, The Sun y otros diarios estadounidenses, que declaran su satisfacción por el cambio producido en la dirección política de la Argentina. Por el contrario, el diario católico italiano Il Corriere lamenta que haya sido derrocado el único gobierno de la América del Sur “que estaba en condiciones de ponerse a la cabeza de las repúblicas latinoamericanas para contrarrestar las ambiciones de hegemonía de los Estados Unidos”.
En esos días el doctor Marcelo T. de Alvear, referente de los antipersonalistas, se halla en París, y al enterarse de los sucesos del 6 de septiembre declara: “Yrigoyen ha jugado con el país. Socavó su propia estatua y deshizo al partido Radical, lo que explica que los enemigos más encarnizados del jefe inepto sean los verdaderos radicales”; y con relación al gobierno provisional expresa: “Los argentinos deben tener eterna gratitud a los hombres que en un momento dado se jugaron para ponerse al frente de la reacción y producir lo que era un anhelo general y casi unánime”. El doctor Roberto M. Ortiz escribe a Alvear y le relata los detalles de la revolución, al tiempo que le pide su regreso para llevar a cabo la “reconstrucción nacional del radicalismo”; allí le aconseja pasar previamente por los Estados Unidos, para promover en ese país “una corriente de amistad cordial que repercutiría gradualmente entre nosotros”.
Sin embargo, la revolución del 6 de septiembre de 1930, que suscitó en un principio tanta esperanza, iba a inaugurar uno de los períodos más oscuros de la patria, que la historia recordará como la Década infame.
image006.jpg