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jueves, 14 de junio de 2012

El Ermitaño de Burgess Farm

Por Raúl Lima

Hace hoy 134 años, el 14 de marzo de 1877, moría en Southampton (Inglaterra) don Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas, próximo a cumplir 84 años.  Hacía un cuarto de siglo que vivía allí. Vencido por Urquiza en la batalla de Caseros, tomó el duro camino del exilio, junto a su hija Manuelita, a su hijo Juan Bautista, a su nuera y a su nieto Juan Manuel.  Resultado de imagen para exilio de rosas  Resultado de imagen para exilio de rosas
Embarcados en el “Centaur”, trasbordaron al “Conflict”; después de un largo y accidentado viaje arribaron al puerto de Plymouth, donde las autoridades inglesas recibieron a Rosas con honores de jefe de Estado (lo que motivó una interpelación en el Parlamento inglés).
La familia se estableció en Southampton, primero en el hotel “Windsor” y luego en una gran casa alquilada: “Rockstone Place”, Carlton Crescent.. Al tiempo don Juan Manuel quedó solo, ya que Manuelita se casó con Máximo Terrero y se fue a vivir a Londres, su hijo Juan Bautista se fue con su esposa al Brasil y su nieto Juan Manuel quedó pupilo en París. (En Buenos Aires habían quedado su amante Eugenia Castro y los cinco hijos habidos con ella -Nicanora, Angela, Justina, Joaquín y Adrián-, a los que, si bien trató afectuosamente, nunca reconoció).
Casi agotado el escaso dinero que había llevado con él, decidió arrendar una pequeña chacra de 60 hectáreas, “Burgess Farm”, en las cercanías de Southampton, para establecerse en ella y ganarse la vida como agricultor, ya que era extremadamente ducho en las tareas rurales.
La inicua confiscación de sus cuantiosos bienes (y hasta los de sus hijos), obtenidos con duro trabajo antes de ingresar en la función pública (que Urquiza no pudo evitar debido a la segregación de Buenos Aires), lo sumió en la mayor pobreza. Gracias a la generosidad de Urquiza había logrado vender la estancia “San Martín” y parte de la platería de su casa, pero una nueva confiscación puso fin a los pagos que aún debía percibir. Desdeñó la casa principal con techo de paja que se encontraba en ruinas, y con el dinero percibido y su trabajo personal puso en condiciones los pobres “ranchos” que complementaban la granja; encaró una explotación en pequeña escala, modificando el terreno hasta que éste semejó un trocito de pampa argentina en tierra inglesa. Asombraba a los peones con su habilidad para el lazo y las boleadoras, y domaba sus potros.
Los primeros años, la aristocracia rural inglesa se desvivía por invitarlo a cacerías de zorro y carreras de caballo (enlazaba los ciervos por las astas y, una vez que rodó su caballo, salió caminando); las “ladies” admiraban a este maduro general a quien sólo su amigo Lord Palmerston se comparaba en gallardía. Pero, una vez agotados sus escasos fondos, su orgullo no le permitió aceptar más invitaciones que no podía retribuir. A partir de allí sus únicos y muy esporádicos visitantes fueron el cardenal Wiseman, el reverendo Mount (cura párroco), su médico Wibblin y lord Palmerston. También algún viajero argentino, que no podía resistir la tentación de ver a quien tan sobresaliente papel jugara en la historia de la América del Sur (tal la conocida visita de Vicente Quesada y su hijo Ernesto, y antes, en la casa urbana que no pudo mantener, la del célebre poeta Ventura de la Vega, quien elogió calurosamente su cultura literaria).  Trabajaba de sol a sol, y a los ochenta años seguía subiendo a su “oscuro” sin tocar los estribos. En un carretón sin toldo iba al pueblo a buscar las provisiones. Salvo ocasiones especiales, se cubría la cabeza con un viejo sombrero de paja de ala ancha.
 File:Rosas memorial.JPG
De este largo tiempo de anacoreta, queda su copiosa correspondencia con su amiga Josefa Gómez, en Buenos Aires (hoy en el museo de Luján): “No fumo, no tomo rapé, ni vino, ni licor alguno, no hago visitas, no asisto a comidas ni a diversiones...Me afeito cada siete u ocho días para economizar. Mi ropa es la de un hombre común. Mis manos y mi cara son bien quemadas y bien acreditan cuál y cómo es mi trabajo diario incesante. Mi comida es un pedazo de carne asada y mi mate. Nada más”.
También de esta época es su “Dicionario y gramática de la lengua Pampa” (elogiado por Renán) y sus escritos sobre la ley pública, las religiones, y la ciencia médica.
A veces lo visitaba Manuelita con sus dos nietos ingleses, Manuel y Rodrigo, y el sol salía para el viejo solitario. (En el último tiempo, cuando su pobreza fue extrema y debió comer sus últimas gallinas y vender las dos únicas vacas que le quedaban, se acentuó su misantropía y pidió a su yerno que no lo visitaran).
Lo que más placer le producía era revisar sus legajos, cuidadosamente atesorados, ya que a ellos confiaba el juicio de la historia.
Conmueve leer el testamento de este Señor de la Pampa que, antes de entrar en la vida pública contaba sus peones por cientos, su ganado por decenas de miles y sus estancias por leguas (fruto de su trabajo, ya que la herencia paterna la renunció en beneficio de su madre).

En él figuran las cientos de miles de cabezas de ganado que le debía el gobierno de Buenos Aires. En contraste, lega a su amigo Roxas y Patrón la bandera que lo acompañó en la expedición al desierto y la espada con puño de oro que le obsequió la Sala de Representantes, pero aclara que “esa espada está sin la vaina, que he vendido para atender a mis urgentes necesidades”. Sobre su cadáver, dispone: “Será sepultado en el cementerio católico de Southampton hasta que en mi Patria se reconozca y acuerde por el Gobierno la justicia debida a mis servicios”. El 30-9-1989 fueron repatriados sus restos, con todos los honores.
Por fin, la Visitante que no podemos dejar de atender, toca a su puerta. Manuelita, avisada, llega desde Londres.
-¿”Cómo le va, Tatita”? -“No sé, niña...”. Y expiró.
En la mañana neblinosa, rumbo al cementerio católico de Southampton, corto es el cortejo y sencillo el féretro. Pero sobre éste luce una bandera argentina y un objeto al que un rayo de sol mortecino arranca un destello dorado: es el corvo glorioso que le legó San Martín.

jueves, 9 de junio de 2011

Homenaje al Dr. Raúl Lima

El HCD de la Ciudad de Santiago del Estero distinguió al Dr. Raúl Lima

Durante la 5ta sesión ordinaria del Concejo Deliberante se rindió sendo homenaje al Dr. Raúl Jorge Lima.

El Dr. Raúl Jorge Lima fue declarado mediante Ordenanza "Ciudadano Distinguido” por las obras realizadas en bien de la cultura de nuestra provincia.

El Dr. Lima, quien estuvo acompañado por su esposa, hijos, familiares y amigos, recibió de manos de la concejal, Cecilia López Pasquali, plaqueta recordatoria y copia de ordenanza.
El prestigioso escritor resaltó la labor desarrollada por este Concejo Deliberante, agradeciendo además la distinción otorgada.

También se hicieron presentes en el Recinto, la Comisión Directiva, jugadores y simpatizantes del Club Atlético Estudiantes, que el próximo 1 de abril cumplirá 98º años de su fundación.

El Cuerpo de concejales declaró de Interés Municipal los actos conmemorativos por este acontecimiento.

NUESTRAS FELICITACIONES AL QUERIDO AMIGO Y COLABORADOR Y LE PEDIMOS QUE CONTINÚE CON SU INMENSA TAREA.

lunes, 16 de mayo de 2011

El Rey José

Por Raúl Lima

Se cumplen 233 años del nacimiento del Gral. José de San Martín, en Nuestra Señora de los Reyes Magos de Yapeyú, bautizado al día siguiente con el nombre de Francisco Joseph.
Con el estudio de los próceres suele suceder que, cuanto más se lo profundiza, más asoman los pies de barro bajo el pulido bronce que apoya en el pedestal (a Carlos de Alvear, cuya estatua ecuestre es la más bella del país, sólo su facilitada entrada en Montevideo y la batalla de Ituzaingó, evitan que el barro lo cubra por completo).
No ocurre lo mismo con San Martín; su figura se agiganta en la medida que aumenta el conocimiento que de él se tiene. Hoy es el Padre de la Patria, el prócer indiscutido (salvo algún ocasional infundio ya desbaratado). Pero no siempre fue así, y durante su vida tuvo que soportar calumnias que pesaron sobre su ánimo, al punto de obligarlo a vivir su último cuarto de siglo fuera del país, donde poco a poco fue recibiendo el reconocimiento que le era debido.
Uno de los cargos que más lo indignó fue el de haber pretendido coronarse Rey en el Perú, a la manera en que Itúrbide lo hizo en Méjico. Los propios oficiales de su ejército (entre ellos Juan Galo de Lavalle) lo llamaban, a sus espaldas, “el Rey José”. Muchos años después, aún se hicieron caricaturas al respecto (como la que ilustra esta nota, atribuida a Alvear, en la que se lo presenta como un tigre que pierde su corona; entre sus garras y a sus pies, las cabezas de sus supuestas víctimas).

¿Monárquico o Republicano?
Republicano en principio (“Amo
el gobierno republicano y nadie lo es más que yo”, afirmó en carta a Guido), consideró que estos jóvenes Estados nacientes eran proclives a caer en la anarquía, y creyó que la Monarquía constitucional era la forma de gobierno más indicada para evitarla.
En 1816 apoyó a Belgrano con su proyecto de monarquía incaica.
Ya en Perú, pocos días antes de entrar en Lima, en las negociaciones de Punchauca (2-6-1821) propuso al Virrey La Serna, previo reconocimiento de la independencia del Perú, la venida de un príncipe español para gobernarlo (Muchos opinan que esta propuesta no fue más que un modo de ganar tiempo para afianzarse militarmente y ganar el apoyo de la opinión pública).
Como Protector del Perú, el 24-12-1821 convocó a sesión a su Consejo de Estado. En ella se otorgaron facultades a dos de los consejeros, Juan García del Río y el Coronel Diego Paroissien, para que, trasladándose a Europa y previo reconocimiento de la independencia, pase a “coronarse Emperador del Perú”, un miembro de la Casa real de Inglaterra, o de Rusia, o de Alemania, o de Francia, o de Portugal (en ese orden); en su defecto, podía admitirse hasta al príncipe De Luca, de la Casa de España (este último con la condición de no ser acompañado por ninguna fuerza armada). Firman San Martín y los demás consejeros. Esta reunión fue secreta y el acta está escrita en clave, la que fue descifrada oficialmente por orden del Congreso del Perú, al año siguiente.
Los dos emisarios también estaban encargados de contraer un empréstito en Londres. Antes de viajar a Europa, y de acuerdo a las instrucciones recibidas, pasaron por Chile, a fin de intentar igual iniciativa de parte de su gobierno. Luego debían pasar por el Río de la Plata –-adonde envió a Toribio Luzuriaga-, lo que demuestra su deseo de integrar en una gran monarquía todo el Sur de la América hispana. San Martín escribió a su amigo O’Higgins, Director de Chile: “Al fin (y por si acaso o bien dejo de existir o dejar este empleo) he resuelto mandar a García del Río y a Paroissien a negociar, no sólo la independencia del Perú, sino también dejar puestas las bases del gobierno que debe regirlo: marcharán a Inglaterra, y desde allí, según el aspecto que tomen los negocios, proseguirán a la Península. A su paso, le instruirán verbalmente de mis deseos; si ellos convienen con los suyos y los intereses de Chile, podrán ir diputados por ese Estado, que unidos con los de éste, harían mucho mayor peso en la balanza política, e influirían mucho más en la felicidad de ambos Estados. Estoy persuadido que mis miras serán de su aprobación, CONVENCIDO DE LA IMPOSIBILIDAD DE ERIGIR ESTOS PAÍSES EN REPÚBLICAS. Al fin, yo no deseo otra cosa sino que el establecimiento del gobierno que se forme sea análogo a las circunstancias del día, EVITANDO POR ESTE MEDIO LOS HORRORES DE LA ANARQUÍA”.
O’Higgins, prudentemente, contestó a los emisarios que “lo mejor era dejar las cosas en el estado en que se hallaban”.
Mitre critica lo que llama esta “idea fija” de San Martín con respecto a la monarquía, y dice que tanto él como su ministro Monteagudo “estaban ciegos y sordos”. Escribe el gran biógrafo de San Martín: “El acto más trascendental, que decidió fatalmente del protectorado y del Protector, fue el malhadado plan de monarquizar al Perú, que le enajenó hasta la opinión del mismo país libertado, y aflojó más los vínculos de la disciplina militar ya relajados”. “El protectorado estaba moralmente perdido a los ocho meses de nacer, y no le quedaba (a San Martín) más salida que la abdicación o el despotismo”.
Luego vendría el “desencuentro” de Guayaquil, en cuyo resultado tuvo no poco que ver la postura de San Martín a favor de una monarquía.

Conclusión
¿Se equivocó San Martín en este aspecto, como sostiene Mitre? Es probable, pero jamás pretendió coronarse él, por lo que el mote de “Rey José” fue injusto. Bolívar mismo quedó persuadido de ello.
Procuró lo más conveniente para el pueblo que había liberado, según su leal saber y entender (y atento a la experiencia vivida por las Provincias Unidas del Río de la Plata).
Muchos años después le escribió al General chileno Pinto (26-9-1846): “Su afortunada patria ha resuelto el problema -confieso mi error, yo no lo creí- de que SE PUEDE SER REPUBLICANO HABLANDO LA LENGUA ESPAÑOLA”.