Rosas

Rosas
Mostrando entradas con la etiqueta Bombardeo a Plaza de Mayo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bombardeo a Plaza de Mayo. Mostrar todas las entradas

sábado, 26 de febrero de 2022

Tulio Halperín Donghi y el Peronismo

 Por Norberto Galasso

Nacido en 1925, egresa de la Universidad con los títulos de abogado y doctor en  filosofía y letras. A los 26 años, publica su primera obra: El pensamiento de  Echeverría.  En 1955, participa de la ola antiperonista y es designado profesor de Introducción a la historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad del Litoral. Poco después, se desempeña como Decano de la Facultad y luego Rector de la Universidad. Entusiasmado con la Revolución Libertadora publica “La historiografía argentina en la hora de la libertad” reproducido, después, en su libro Argentina en el callejón. Luego publica “Del fascismo al peronismo”   Sostiene que Perón impuso la máxima dosis de fascismo posible que la Argentina de  postguerra era capaz de soportar.  Critica también la conquista laboral del sistema de jubilaciones y de las licencias por enfermedades. Plegándose al axima del diputado sanmartino con su “aluvión zoológico”.  Admirador de Mitre lo compara con Perón  “Mitre, el fundador de la Argentina que el peronismo quiso abolir superó los obstáculos para hacer obra eficaz y dirigir la Nación en el sentido que se había propuesto, mientras, en cambio, Perón, no siendo estadista, resultó incapaz de abarcar la realidad en su conjunto y fracasó al apelar a un ideario, el fascismo, ajeno a esa realidad .  En 1958, ya bajo la influencia de la escuela de Los Annales:  instala la llamada “Historia Social” no sólo como alto funcionario universitario sino impulsado como gran intelectual por la señora Ocampo, estanciera y dueña de SUR, la misma que ha lanzado a Borges a la fama europea, empecinada ahora en crear un Borges en el campo de la Historia.  

  

Halperín al analizar al peronismo comete errores que llamativamente no han sido detectados.  Muchos de ellos autoproclamados “peronistas” hasta lo consagran como “el mejor historiador argentino” como Felipe Pigna, Brienza o el fallecido González.   Para Halperín el 17 de Octubre estaba previamente organizado y le adjudica a Evita el rol principal en esos sucesos.  Al mismo tiempo excluye a la oligarquía de su acción criminal.   En cuanto al bombardeo a la plaza señala “El 16 de Junio, a la protesta desarmada, siguió la tentativa de golpe militar: una parte de la marina y la aviación se alzó contra el gobierno, bombardeando y ametrallando lugares céntricos de Buenos Aires. Esa noche, sofocado el movimiento, ardieron las iglesias del centro de la ciudad, saqueadas por la muchedumbre e incendiadas por equipos especializados que actuaron con rapidez y eficacia en San  Francisco, en Santo Domingo. El fuego se llevó todo hasta dejar tan sólo el ladrillo calcinado de los muros; las cúpulas levantadas y rotas por la presión de los gases de combustión, dejaron paso a llamaradas gigantescas”.   Pero, ¿y los muertos, Halperín? ¿Los argentinos masacrados por los aviadores de la Libertad?  ¿Y la Plaza de Mayo cubierta de cadáveres? ¿Y los otros muertos, allá en el Bajo, en la tarde, cuando huían los últimos aviones y ametrallaron cerca de la CGT? ¿Dónde están, en su relato?.  Fue uno de los hechos más violentos y trágicos de nuestra historia. El Alte. Isaac F. Rojas, en sus memorias, admite que la primera estimación alcanzaba a un millar de víctimas: 156 muertos y 900 heridos . El historiador Joseph A. Page señala que La Nación, del 17 de Junio, reconoce 355 muertos y más de 600 heridos . Y el periodista Jorge Lozano, en una investigación para la revista Extra, sostiene que, en las inmediaciones de Plaza de Mayo, yacían más de dos mil muertos.   ¿Por qué oculta la tragedia, mi estimado Halperín? El bombardeo de una ciudad abierta, con ómnibus estallando en masas humanas despedazadas, en sangre y horror. Están las imágenes. Luis Gregorich, que no es peronista, las reprodujo en La República Perdida, pero lo que se le ha perdido a Halperín no es la república sino la masacre. Supongo que Victoria Ocampo habrá agradecido esta trapisonda histórica llevada a cabo por el “máximo historiador de la Argentina”, según afirma buena parte de la docencia universitaria. Ahora, uno humildemente pregunta: ¿éste es el criterio científico que la Historia Social pretende insuflar en los estudiantes? Admitamos, sin embargo, que podría no tratarse de una omisión interesada sino que, dado su antiperonismo, Halperín inconscientemente borró el hecho, más preocupado por el escenario dantesco de esa misma noche. Podría también aducirse que el fervor antiperonista se encontraba muy exaltado en 1960 y esto habría obnubilado la visión  penetrante del historiador, impidiéndole observar el espectáculo de horror que mostraba la plaza histórica. Pero, ocurre, que varios años después, Halperín publica La democracia de masas y allí, en la página 83, señala: El 16 de Junio -cinco días después de la desafiante procesión del Corpus- estallaba un alzamiento apoyado sobre todo por la marina de guerra. Luego de horas de combate en torno del edificio del Ministerio de Marina y de un bombardeo y ametrallamiento aéreo del centro de la capital por los revolucionarios, el gobierno pudo sofocar al reducido grupo de insurgentes: esa noche, tras una concentración convocada por la Confederación General del Trabajo cuando aún duraban las acciones aéreas, las iglesias del centro de Buenos Aires, fueron incendiadas; no resulta difícil comprender que, luego de ver caer a su lado a las víctimas del fuego rebelde (aquí aparecen las víctimas, aunque parece referirse a soldados muertos en combate) así, la espontánea cólera de una muchedumbre por otra parte raleada por la prudencia, no basta para explicar la uniforme eficacia que la operación mostró en todas partes.  A partir de aquí, dedica más de diez líneas al tema de los incendios de iglesias, de manera tal que los muertos -aparecidos tangencialmente- tampoco adquieren relevancia, ni la espantosa masacre alcanza a ser percibida por el lector. Cualquier análisis objetivo de este texto inevitablemente concluiría imputando al profesor Halperín una manipulación histórica dirigida a escamotear la gravísima responsabilidad de quienes masacraron por odio de clase, única explicación posible del asesinato en masa.  Pero todavía hay algo más grave en este libro de Halperín que llevaría a suponer una acción premeditada y sistemática por parte del historiador: también excluye de la historia argentina a los 7 muertos y 93 heridos , resultantes del atentado terrorista del 15 de Abril de 1953 y también, como en el caso anterior, se dedica a analizar los incendios nocturnos y las detenciones que devinieron a causa de esa tragedia: Perón es interrumpido por el estallido de varias bombas, la respuesta inmediata es el incendio oficioso de las sedes de los partidos opositores y del Jockey Club, a él siguen detenciones masivas de opositores seleccionados de modo algo errático: la de la señora Victoria Ocampo... Otra vez, Halperín nos oculta los muertos. Otra vez, el lector, el estudiante, el investigador quedan desinformados de que las bombas, colocadas por un grupo de radicales, provocaron muertes y heridas en militantes peronistas que  participaban del acto.  De nuevo Halperín nos informa acerca de los muros calcinados e incluso que doña Victoria Ocampo fue detenida (permaneció treinta días en la cárcel), suceso desgraciado y verdadero padecimiento para una exquisita intelectual como ella pero que -suponemos- ni Halperín ni nadie puede juzgar más importante que la muerte de varias personas.  De esto se concluye que la clase dominante puede reprimir sin vacilaciones mientras haya historiadores del tipo de Halperín, cuyo rigor histórico se aplicará a cualquier tema o suceso salvo cuando sean asesinados los hombres y mujeres del pueblo.  “Los muertos que vos matasteis” -se le podría señalar a la clase dominante- gozan de buena salud en los libros de Halperín. 

    

Respecto a sus trabajos sobre el peronismo (La democracia de masas y La larga agonía del peronismo) ya se ha destacado la perspectiva reaccionaria que prevalece a su análisis. Esta se quiebra insólitamente en el segundo de estos libros donde sostiene, al pasar, que el peronismo fue una revolución social y que ello sólo puede parecer discutible a quienes creían blasfemo dudar que revolución social -y aún revolución- hay una sola: bajo la égida del régimen peronista, todas las relaciones entre los grupos sociales se vieron súbitamente redefinidas y para advertirlo bastaba caminar las calles o subirse a un tranvía. Esta afirmación demuestra -por izquierda- el desconocimiento de Halperín respecto a los procesos de liberación nacional ocurridos en América Latina que quiebran la dependencia respecto al imperialismo, pero que -salvo en el caso cubano- no constituyen revoluciones sociales sino revoluciones nacionales o antiimperialistas producidas en el marco del capitalismo. Por otra parte, inmediatamente desvaloriza su propia calificación al sostener que esa sociedad no tenía modo de perdurar y que ya, hacia 1946/48, Perón sólo se había sumado con muy escaso entusiasmo... a la oleada reformadora y nacionalizadora.   Luego, en varios reportajes, insistirá en descalificar la experiencia peronista -es decir, descalificar esa Revolución Social- pues se realizó sobre bases muy endebles queriendo, construir una sociedad que tenía que durar medio siglo sobre una situación económica favorable que duró tres años . 

Estas reflexiones acerca del peronismo cierran su círculo cuando Halperín señala poco después: El menemismo es el peronismo que hubiera querido Perón. En el mismo reportaje, reivindica al General Justo y señala que el peronismo apenas modificó en algo lo que Justo había armado.  Halperín va aún más allá en su rol de portavoz de la clase dominante. Así, celebra el triunfo del neoliberalismo económico y brinda por su perennidad: En la medida en que eso (la economía peronista con gran participación del Estado) está siendo demolido, Canning se llamará eternamente Scalabrini Ortiz, pero merecería llamarse Canning.   Halperin como portavoz de la clase dominante -legitimándola con el prestigio que ella misma se ha encargado de construirle- se ratifica en diversos reportajes. En ellos, una y otra vez reaparece el desdén por las masas populares y sus representantes, la glorificación del mitrismo, el escepticismo y el mensaje de resignación ante el neoliberalismo económico y la dependencia, la perennidad del modelo y tantos otros mitos con los cuales la clase dominante intenta someter al resto de la sociedad reasegurando el orden, es decir, sus privilegios. Si Romero (p.) entendía a la historia como una guía para la acción, en Halperín el mensaje se transforma en guía para la resignación: Lo más alarmante es que las soluciones de Reagan o Tatcher no fueron exitosas pero, al parecer, su único mérito es que son las únicas posibles.  Un periodista le pregunta: ¿O sea que el liberalismo no es ni siquiera una elección ideológica?, a lo cual contesta: Simplemente, no hay alternativa.  Asimismo,  cuando se trata de la dependencia, no la niega -como procedía antes la clase dominante- sino que la reconoce pero rechaza toda posibilidad o conveniencia de quebrantarla: No es necesario explicar porqué no hablamos más de dependencia. No porque no crea que haya dependencia sino porque las recetas para escapar de la dependencia resultaron todas malas y quejarse de la dependencia es más o menos como quejarse del régimen de lluvias. De tal manera, los pobres deben convencerse de que siempre serán pobres y los argentinos que siempre seremos dominados. Porque, además, aunque cierta conciencia nacional es necesaria, considerando los usos que la idea de lo nacional tuvo en la Argentina, cuantos crímenes sirvió para justificar, no me parece una desgracia que en este momento se haya mandado a guardar. En la Argentina ha sido más cierto que en cualquier otro lado aquello que decía Samuel Johnson de que el patriotismo es la última excusa de una canalla. De este modo, Halperín es, a la nueva clase dominante, lo que Mitre y sus discípulos fueron a la vieja oligarquía: portavoz ideológico y constructor de un pasado histórico que legitima los intereses del privilegio presente y propende a resguardarlo para el futuro.   

domingo, 19 de mayo de 2019

Yo los ví: el bombardeo a la Plaza de Mayo de 1955..hace 64 años...

Por Miguel Angel De Renzis
 A un mes y un día de cumplir once años, los vi volar rumbo al exilio. Eran los pilotos asesinos y además ladrones, porque se iban a otro país con los aviones que había pagado el pueblo argentino.
Que aunque Canicoba Corral tenga en su juzgado una causa con veinte cuerpos que no mueve, lo ocurrido el 16 de junio de 1955 fue un crimen de lesa humanidad, porque fueron integrantes del Estado con armas y aviones del Estado, masacrando a un pueblo indefenso.
Con el bombardeo alemán a Guernica, el mundo se horrorizó. Pero no eran españoles matando españoles, sino alemanes que participaban del lado de Franco, así como ingleses, franceses, rusos y yanquis participaban del lado de la república.
Era una guerra civil pero había extranjeros mezclados.
Aquí no.
Aquí solamente los ingleses financiaron el golpe de estado, pero lo ejecutaron supuestos argentinos. 
Resultado de imagen para bombardeo plaza de mayo 1955   Resultado de imagen para bombardeo plaza de mayo 1955  
Y digo supuestos, porque la falta de coraje para matar a Perón se disfrazó con una lesión al pueblo para inmovilizarlo, tal cual después ocurrió el 16 de septiembre de ese año.
Los pilotos asesinos de Aeronáutica y Marina tuvieron activa participación de civiles como Miguel Angel Zavala Ortiz, que cuando fue canciller de Illia se encargó de frustrar el retorno de Perón.
Podría decir, como en aquellos diálogos de Mordisquito, “a mí no me la contaron; yo los vi”.
No conforme con esto en 1956 fusilaron y tuvieron la pretensión de llamarse a sí mismos, revolución libertadora.
Un día como hoy de 1955 comenzaba a gestarse la involución fusiladora.
En algún rincón y en soledad, alguien todavía llorará a alguno de los caídos.
Dr. Canicoba Corral, aunque usted no haga nada, son asesinos de lesa humanidad.
A mí no me lo contaron. Yo los vi.
MIGUEL ANGEL DE RENZIS

sábado, 30 de mayo de 2015

El bombardeo sobre Plaza de Mayo de junio de 1955: la antesala del terrorismo de Estado en Argentina

Por Salvador Ferla
Hace apenas 60 años hubo un Buenos Aires muy distinto del actual. La cabeza de un hombre muerto que cuelga por la abertura sin vidrio de la puerta del trolebús de la línea 305 y los cadáveres de dos mujeres tendidas en el empedrado, conforman una de las fotos más terribles de aquel 16 de junio de 1955, cuando oficiales de la Aviación Naval bombardearon Plaza de Mayo en un intento por terminar con el gobierno del presidente constitucional Juan Domingo Perón que había sido reelegido sólo tres años atrás con el 68% de los votos. Hasta hoy nunca se conocieron cifras precisas sobre el número de masacrados por la metralla y las bombas lanzadas desde los aparatos de la aviación naval. El propio Perón, según algunos de los que vivieron aquella circunstancia trágica para la Argentina y su gente, se negó a que se diera a conocer el balance de muertos y heridos. 
El día había amanecido lluvioso; la temperatura no superaba los 4 grados y la rutina de la ciudad era la normal. A las 12.40 se arrojaron 10 toneladas de bombas que provocaron más de 350 muertos entre mujeres, trabajadores y niños. 
Muchos más de 50 fueron reconocidos en las morgues por sus delantales blancos. Entre quienes allí cayeron había peronistas, antiperonistas, católicos, creyentes de todo credo, ateos, todos argentinos asesinados en nombre de Cristo, de la libertad y de la democracia.
Cuarenta minutos pasado el mediodía de aquel jueves encapotado y laborable, 20 aviones de la armada (14 cazabombarderos monomotores biplaza North American y 6 bombarderos bimotores Beechcraft, que llevaban más de dos horas y media en el aire, sobrevolando el Río de la Plata, mientras esperaban un plafond más alto), iniciaron el bombardeo y ametrallamiento por sorpresa de la Plaza de Mayo, con epicentro en la Casa Rosada.

Estaba programado un acto de homenaje a San Martín y desagravio a la bandera en la Catedral, e incluía un desfile aéreo, por lo que el ruido de las naves en formación no alarmó a nadie hasta los estampidos de las dos primeras bombas arrojadas por el entonces teniente de navío Néstor Noriega, jefe de la flotilla.
Esas bombas cayeron sobre la hilera de autos estacionados sobre Hipólito Irigoyen, entre Balcarce y Paseo Colón, y mataron entre tres y cuatro personas; las primeras de alrededor de 350 muertes, casi todas de civiles, en que resultó la jornada: casi enseguida otra atravesó el techo de un trolebús repleto, en el Bajo entre Irigoyen y Rivadavia, y aunque su carga incendiaria no deflagró -solo, en apariencia, el detonante -el desplazamiento de aire de sus cien kilos de peso alcanzó para matar a 58 de 60 personas a bordo, muchos de ellos chicos de escuela.

Los estallidos sirvieron de señal para que dos compañías de Infantes de Marina, unos 300 hombres, se desplegaron, partiendo del Ministerio del arma, en Cangallo y Madero, y del Arsenal Naval de Puerto Nuevo, hasta alcanzar Plaza Colón, a menos de 100 metros de la Casa Rosada, y desde allí la atacaron por dos flancos con fuego de ametralladoras y fusiles. Desde la sede de gobierno sostuvieron y contestaron el embate cuarenta granaderos y unos pocos empleados civiles.
Otros infantes aerotransportados habían copado el Aeropuerto Internacional de Ezeiza para garantizar el reaprovisionamiento, y un grupo de comandos civiles y marinos a cargo del teniente de navío Siro de Martín tomaron Radio Mitre, desde donde comenzó a irradiarse una "proclama revolucionaria". El primer ataque aéreo duró poco menos de una hora.
Cuando arreciaba, a las 13:12, el Secretario General Adjunto de la CGT, Hugo Di Pietro, convocó a los trabajadores de capital y conurbano con un llamado general: "Compañeros, el Golpe de Estado ha comenzado. Todos los trabajadores deben reunirse en los alrededores de la CGT, donde recibirán instrucciones. ¡Demos la vida por Perón! "
Los trabajadores, efectivamente, comenzaron a llegar a la zona poco después, en camiones fletados por los sindicatos y por la Fundación Eva Perón y en ómnibus requisados por ellos mismos, congestionando los accesos al centro. Otros resistentes espontáneos detuvieron ómnibus y troles para cruzarlos en la General Paz y sus principales intersecciones, de modo de prevenir avances terrestres.
Los primeros trabajadores en llegar a la zona recibieron unas pocas armas de puño, con las que se desparramaron por las recovas de Paseo Colón para hostigar a los infantes de marina. Otros manifestantes se dedicaron a atender a los heridos y otros, por fin, asaltaron una armería en Constitución y otra en Tucumán y San Martín.
El plan de los sublevados incluía, como objetivo central y evidente, el asesinato del presidente de la Nación, pero Perón no estaba en la Rosada; se había trasladado al Ministerio de Guerra -Edificio Libertador, actual Comando en Jefe del Ejército -alertado por el ministro, General Franklin Lucero de "ciertos rumores" y montado allí un comando centralizado.
Entre quienes lo rodeaban estaba allí el General Justo Leon Bengoa, titular de la III Brigada de Ejército con asiento en Paraná, de quien se supo después que la asonada lo había encontrado desprevenido, lejos de su comando, con el que pensaba unirse a la sublevación.  Por parecidas razones también estaba allí el Capitán Luciano Benjamín Menéndez, hijo del golpista de 1951. En cambio, el ministro de Marina, contralmirante Aníbal Olivieri, se había hecho internar en el Hospital Naval a la espera de los acontecimientos, acompañado de dos de sus tres edecanes: Eduardo Emilio Massera y Horacio Mayorga. El tercero era Oscar Montes, inhallable ese día. Los tres alcanzaron el máximo grado de su escalafón y fueron juzgados años después por crímenes contra la humanidad.
Uno de los hermanos de Massera, Carlos, piloteaba un North American. Poco después de la una de la tarde, una veintena de oficiales de la aeronaútica tomó las instalaciones de la Séptima Brigada Aérea de Morón y las fuerzas legales se quedaron sin base para operar.
La Fuerza Aérea había entrado en acción con sus cazas a reacción Gloster Meteor, rivales imbatibles para los lentos aviones navales; habían alcanzado a derribar dos aparatos en el aire y averiado otros dos o tres en tierra, al ametrallar Ezeiza mientras se reabastecían; ahora, media docena de cazas Gloster y Fiat quedaron en manos de los atacantes.
Aquel, y no Malvinas, fue el bautismo de fuego del arma. Los aparatos de la aeronaútica efectuaron varias pasadas ametrallando la Avenida de Mayo, desde Congreso hasta el puerto y a la inversa.
A las 14, la Guarnición Motorizada Buenos Aires llegó en auxilio de las tropas de la Casa de Gobierno y con el auxilio de algunos blindados empujó a los infantes de Marina hasta sitiarlos en el edificio del que habían partido.
Olivieri había tomado por fin su decisión y estaba allí dentro, con sus ayudantes. A pesar de las indicaciones de Perón a la CGT tratando de circunscribir la lucha a los militares, los militantes peronistas caminaban en masa detrás de las tanquetas.
A las 15:10, el ministerio alzó bandera blanca, pero antes de que una comisión integrada entre otros por el General Sosa Molina y el General Valle -asesinado casi exactamente un año más tarde, el 12 de junio de 1956, por los "libertadores"- llegara al edificio, se inició la segunda gran ola de bombardeos, más prolongada y nutrida que la anterior.
Mientras que los sublevados de la aeronaútica seguían su propio plan con incursiones individuales, la Marina sumó tres grandes hidroaviones Catalina.
Todos volvieron a machacar la casa de gobierno, cuyo segundo piso se derrumbó en gran parte, pero agregaron otros objetivos: el Departamento de Policía, en Belgrano y Virrey Cevallos, la CGT, en Independencia y Azopardo, y la residencia presidencial de capital, situada en Austria entre Las Heras y Libertador, en el predio que hoy ocupa la Biblioteca Nacional, en éste último caso con pésima precisión: cayeron bombas desde Pueyrredon y Las Heras hasta Plaza Vicente López y la calle Guido. Los marinos sitiados en el ministerio retiraron la bandera de rendición y ametrallaron la delegación que se acercaba, matando a varios de los civiles espontáneos que la acompañaban.
El bombardeo metódico duró hasta pasadas las 16:30, cuando los ocupantes de Ezeiza alertados por las caídas en manos el ejército de las bases navales de Punta Indio -de donde había partido el grueso de los atacantes- Puerto Belgrano y Mar del Plata, por la inmovilidad de secciones del ejército cuyo apoyo habían esperado y por la cercanía amenazante del regimiento III de La Tablada, huyeron en masa al Uruguay, en algunos aviones de transporte. Los pilotos que aún se hallaban en el aire hicieron lo propio.
Los ocupantes de Morón tomaron la misma decisión algo más tarde; 122 oficiales de ambas armas y un civil -Miguel Angel Zavala Ortiz, líder del radicalismo "unionista" y jefe de los comandos civiles que no habían llegado a entrar en acción -y 36 aparatos diversos, con los flancos pintados con una cruz sobre una "V" llegaron a la otra orilla.
En el comité de recepción estaban Carlos Suarez Mason, exiliado allí desde 1951 y futuro jefe de asesinos seriales del primer cuerpo de Ejército, y el socialista de ultraderecha Américo Ghioldi, futuro embajador de Videla, identificado con una de las supervillanas de la literatura universal, Lady Macbeth, a partir de 1956, cuando citó su línea "se acabó la leche de la clemencia" para justificar el asesinato de civiles y militares.
Entre quienes llegaban estaba Osvaldo Cacciatore, quien a partir de 1976 sería intendente "de facto" de la misma ciudad indefensa que había bombardeado. El presidente Luis Batlle Berres devolvió más tarde los aviones, pero agasajó informalmente a los hombres.
 El Ministerio de Marina volvió a rendirse a las 17:10, esta vez en serio. Como única condición Olivieri, que mantenía una actitud ambigua entre la de jerarca de los alzados y la de negociador del gobierno, pidió al ejército que "retirara a los partisanos (sic) que hacen fuego desde la recova".
El edificio moderno y muy vidriado mostraba toda clase de destrozos, pero dentro no había ni una baja mortal. La hubo enseguida; Benjamín Gargiulo, uno de los oficiales jefes del alzamiento, se disparó con su pistola reglamentaria, encerrado en un despacho.
El otro, Samuel Toranzo Calderón, no. A las 17: 40, cuando Perón llevaba unos 10 minutos hablando al país por la cadena oficial de radiodifusión y la Plaza de Mayo se había llenado nuevamente de personas, un Fiat G-6 de la Fuerza Aérea rezagado efectuó un último vuelo, rasante y disparando sobre la multitud, antes de perderse en el Río de la Plata.
En su mensaje, el Presidente no ahorró denuestos a la Armada ni elogios y agradecimiento al Ejército. Erraba por optimismo, como se vería en setiembre. El Secretario General de la CGT, Eduardo Vuletich, tuvo un fugaz regreso al rol que en la práctica desempeñaba Di Pietro, y cargó las tintas sobre la responsabilidad de la Iglesia, que por cierto apadrinaba ostensiblemente a los golpistas.
Por la noche, multitudes no identificadas quemaron una decena de templos católicos céntricos, incluyendo la curia, en un costado de la catedral, a la que se voló previo desempotrar y llevarse la caja de caudales. Pío XII, que se había negado tozudamente a excomulgar a Mussolini incluso después de su caída, lo hizo con Perón en solo tres días.
Vuletich, dirigente de la Asociación de Farmacia, fue rápidamente renunciado. Perón nunca confió plenamente en él: prefería manejarse con Di Pietro -que ocupó por fin la Secretaría General- e incluso con José Espejo, aunque este había sido empujado a la renuncia por la multitud, que le reprochaba su obsecuencia, en 1953.
 Lo cierto es que el incendio de los templos nunca estuvo del todo claro: la calle estaba llena de trabajadores autoconvocados, pero también de "comandos civiles" que no habían alcanzado a entrar en acción.
Y no hubo quema de templos en los barrios perisféricos de Buenos Aires, donde el peronismo era dominante. En cambio sí la hubo -fue el único otro lugar del país, al menos en esa proporción-en Bahía Blanca, una ciudad muy influida por la próxima base de Puerto Belgrano.
El conflicto con la iglesia derivó de la creación del Partido Demócrata Cristiano de Argentina como símil del impulsado por el Vaticano en Italia, y del desagrado de Perón, a cuyo juicio el Partido Justicialista ya ocupaba ese lugar.
El peronismo hizo votar una avanzada ley de divorcio, eliminó la enseñanza religiosa en las escuelas del Estado y promovió el debate alrededor de la separación de la Iglesia y el Estado.
La iglesia identificó crecientemente al régimen con una dictadura "inmoral" contra el que predicó desde todos los púlpitos y prohijó en declaraciones y hechos a los golpistas. Socialistas, demoprogresistas y Radicales del Pueblo vieron con agrado las medidas anticlericales -y votaron a favor de las que llegaron a legislarse- pero se hicieron los osos cuando la oposición comenzó a reunirse alrededor de la Santa Madre.
Innegablemente autoritario, el del General Perón seguía siendo el gobierno constitucional del país, su titular había sido reelecto con el 68% de los sufragios solo tres años antes, los salarios de los trabajadores seguían participando en el Producto Bruto Interno en una proporción próxima al 50%; se estaba cerca de una alfabetización del 100%, habían desaparecido enfermedades endémicas, no había déficit de viviendas, ni de escolarización, ni de camas de hospital, ni deuda externa.
El terrorismo antiperonista databa de tiempo atrás. No comenzó el 16 de junio de 1955 con el bombardeo a los manifestantes en la Plaza de Mayo. Algo más de dos años antes, el 15 de abril de 1953, con motivo de un acto oficialista, con Perón como orador, un "comando civil" hizo explotar dos bombas, una de ellas en el andén de la también estación "Plaza de Mayo" de la Línea "A" de los subterráneos porteños.
Como resultado de la misma murieron seis personas, otras 19 quedaron lisiados a perpetuidad y " más sufrieron heridas de diferentes consideraciones.
El principal responsable de ello fue el dirigente radical Roque Guillermo Carranza, quién fue detenido el 11 de mayo de ese año y sigue homenajeado llevando su nombre una estación de subte.
Los rasgos del intento de magnicidio del 16 de junio fueron tan groseros que recordaron la humorada de Chesterton respecto a que la mejor forma de ocultar un homicidio es generar una guerra en la esquina y arrojar el cadáver allí, pero interpretada por alguien que no acabó de entender la sutileza.
El odio contra la persona de Perón se había transferido con facilidad a -o había empezado por- el pueblo que, en mayoría, aún sentía ese proyecto de país como propio.
Los diarios del 17 de junio se refirieron con amplitud a los daños y publicaron listas parciales de muertos y heridos, pero comenzaron a diluir la información a partir del día siguiente; el régimen advirtió su propia debilidad y los mensajes del Presidente se volvieron tibios y conciliatorios, lo que resultó en la progresiva desaparición de los nombres de los caídos, que se completó con el golpe de Estado del 16 de setiembre.
El documento liminar de la "Revolución Libertadora" inauguró el recurso de culpabilización de la víctima: el "tirano" era responsable por las muertes -que nunca se nominaron ni enumeraron- porque habría convocado a los trabajadores, a sabiendas del riesgo.
Perón no hizo ningún llamado a la ciudadanía a lo largo de esa tarde, pero el argumento se repitió con éxito en la prensa oficial y hasta en los libros escolares durante las siguientes dos décadas.
Varias generaciones fueron informadas del vandalismo ateo de las masas peronistas con el mismo cuidado con que se nos ocultó y decrecieron bajo la oclusión oficial y el goteo clandestino de un relato tan monumental que, aún prescindiendo de su monstruosidad pareciera inocultable.
Durante medio siglo los terroristas de Plaza de Mayo gozaron de un aura romántica basada en una acción cuya infamia solo sería comparable a la destrucción de Guernica si los pilotos de la Legión Cóndor hubieran sido vascos y no alemanes

De "Mártires y verdugos", Salvador Ferla

viernes, 29 de mayo de 2015

Hace 61 años....bombas sobre Plaza de Mayo

Por Roberto Bardini

En la mañana del 16 de junio de 1955, efectivos de la marina de guerra y "comandos civiles" intentan sin éxito copar la Casa Rosada y tomar prisionero al presidente Juan Perón. El mandatario busca refugio en el edificio del ministerio de Guerra y se dispone a sofocar la rebelión. A mediodía, aviones Gloster Meteor de la Armada bombardean y ametrallan la sede del gobierno y la Plaza de Mayo. Una de las primeras bombas estalla en el techo de la Casa Rosada. Otra, le pega a un trolebús lleno de pasajeros y mueren todos. Los aviadores subversivos lanzan nueve toneladas y media de explosivos.
Hay 350 muertos y 2 mil heridos. Setenta y nueve personas quedan lisiadas en forma permanente. Los agresores huyen hacia Uruguay, donde solicitan asilo político.

Al día siguiente, el diario Clarín –que no se caracteriza por sus simpatías peronistas– escribe: "Las palabras no alcanzan a traducir en su exacta medida el dolor y la indignación que ha provocado en el ánimo del pueblo la criminal agresión perpetrada por los aviadores sediciosos que ayer bombardearon y ametrallaron la ciudad".
Fue la segunda vez en toda la historia argentina que la ciudad de Buenos Aires era bombardeada. La primera ocurrió a principios del siglo diecinueve, durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807. En esta ocasión, a mediados del siglo veinte, no existía un estado de guerra, quienes atacaron por sorpresa vestían uniformes militares argentinos y las víctimas fueron civiles desarmados, también argentinos. 



El ataque a traición de los aviadores navales subversivos produce un terrible impacto emotivo en la población. Durante meses no se habla de otra cosa en los hogares de todo el país. En "Dossier Secreto - El Mito de la Guerra Sucia", el periodista norteamericano Martin Andersen cita el informe de un analista de la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires, quien describe este estupor generalizado en un mensaje enviado a Washington a las tres semanas del sangriento acontecimiento:
"Este tipo de hecho es enteramente ajeno a la historia de la Argentina moderna (...). El bombardeo del 16 de junio de 1955 explotó con una fuerza cataclísmica, por tanto, sobre una población civil condicionada por un siglo de paz y que tenía la confirmada creencia de que semejantes cosas no ocurrían en la Argentina. Se detecta en la gente no sólo el sentimiento de escándalo, sino de vergüenza de que semejante matanza de civiles inocentes pudiera haber ocurrido en el corazón de Buenos Aires".
Perón no quería enfrentamiento entre las fuerzas armadas y, mucho menos, entre militares y trabajadores. Aquel 16 de junio de 1955, después del primer bombardeo a la Casa de Gobierno, el general le ordenó a un mayor del ejército que fuera a hablar con el secretario general de la CGT:

– Ni un solo obrero debe ir a la Plaza de Mayo –le dijo al oficial. Y refiriéndose a los aviadores navales, agregó: –Estos asesinos no vacilarán en tirar contra ellos. Ésta es una cosa de soldados. Yo no quiero sobrevivir sobre una montaña de cadáveres de trabajadores.

El relato de este hecho tiene una dimensión mayor porque su autor es Pedro Santos Martínez, un historiador insospechado de simpatías peronistas (citado en "1"6-1955 - La Nueva Argentina", La Bastilla, Buenos Aires, 1988).

Los obreros salieron a la calle igual, al grito de "¡Perón, Perón!" Muchos fueron masacrados desde el aire o al quedar atrapados entre dos fuegos. Sus cadáveres permanecieron dispersos en la Plaza de Mayo, mientras tropas leales y rebeldes se tiroteaban en el triángulo formado por la Secretaría de Marina, la de Ejército y la Casa Rosada.

Martínez describe otro episodio que da una idea de las convicciones morales de los golpistas. Por la tarde, los subversivos atrincherados en la Secretaría de Marina desplegaron una bandera blanca que, de acuerdo a las reglas militares, sólo podía significar dos cosas: diálogo o rendición. 
El general peronista Juan José Valle y otros oficiales leales se dirigieron al lugar para parlamentar, con instrucciones de ser tolerantes con los rebeldes. Cuando la comisión se acercó al edificio, la bandera blanca fue arriada y una ametralladora los recibió con ráfagas de plomo. 
Perón narra en su libro "Del Poder al Exilio", citado por Martínez, que cuando una multitud enardecida se concentró con garrotes frente a la Secretaría de Marina, el almirante golpista que estaba al mando envió un "dramático" mensaje al jefe del ejército: "Intervenga. Mande hombres. Nos rendimos, pero evite que la muchedumbre armada y enfurecida penetre en el edificio".

Ese mismo día, después de recuperar el edificio, el general Valle le dijo a Perón:

– Mi general, este ejército no le va a servir para la revolución popular. Arme a la CGT.
El militar ignoraba que con esas palabras firmaba su propia sentencia de muerte. El ejército nunca le perdonaría su lealtad a Perón.
En la noche, como reacción popular a los bombardeos, fueron saqueadas e incendiadas la Catedral Metropolitana y las iglesias de Santo Domingo, San Francisco, San Ignacio, San Miguel, La Merced, del Socorro, San Nicolás de Bari, San Juan Bautista, la capilla San Roque y templos de Olivos y Vicente López. Poco después, trascendió que el Papa Pío XII ha excomulgado al general Perón.
(Nota al pasar: curiosamente, Pío XII siempre se negó a tomar idéntica medida con Benito Mussolini y Adolfo Hitler. Según algunos historiadores, el Papa le debía a Mussolini el reconocimiento del Vaticano como un Estado soberano de dos kilómetros cuadrados de superficie, con inmunidad diplomática y exención de impuestos. Investigaciones periodísticas de postguerra evidenciaron, asimismo, que el Vaticano organizó –a cambio de ciertas compensaciones económicas– una muy eficaz red de escape de los nazis hacia Estados Unidos y América del Sur).

Durante años, los antiperonistas repetirán que los incendiarios de los templos contaban con la complicidad de policías y bomberos. Y los historiadores oficiales pondrán más énfasis en la quema de las iglesias que en la masacre de civiles perpetrada horas antes por la aviación naval. Años después, muchos jóvenes repetirán lo que escucharon de chicos en sus casas. Desconocerán que antes los antiperonistas habían matado, herido o mutilado a más de 2 mil personas.

El 6 de julio de 1955, Buenos Aires amanece con nieve por primera vez en muchos años. Algunos agoreros se empeñan en interpretar la novedad como una señal de que vendrán tiempos difíciles. Los acontecimientos posteriores confirmarán las sombrías predicciones.

Luego del bombardeo de la aviación naval a la Plaza de Mayo, Perón no sólo no toma revancha –contrariando el sentimiento de sus propios seguidores– sino que busca la pacificación interna. En julio, levanta el estado de sitio, deja en libertad a varios detenidos políticos y elimina algunas restricciones políticas. El 31 permite utilizar la radio, el principal medio de comunicación de la época, a dirigentes opositores.

Perón ofrece renunciar a la jefatura del movimiento peronista y mantener sólo el cargo de presidente de la nación. En búsqueda de la reconciliación, el general cambia a integrantes de su gabinete, sustituye al jefe de policía y se desprende de Raúl Apold, su jefe de propaganda. Al mismo tiempo, designa a Cooke como interventor del partido en la Capital Federal.

Sin embargo, la situación ha llegado a un punto sin retorno. Conservadores, radicales, comunistas y socialistas exigen la renuncia del presidente. El Ejército, la Marina y la Aeronáutica conspiran abiertamente y los "comandos civiles" se organizan.

El 31 de agosto, Perón ofrece su dimisión. Una concentración en Plaza de Mayo, organizada por la CGT, lo obliga a retirarla. En ese mismo acto, el general cambia su tono de voz y rectifica el rumbo: "Por cada uno de los nuestros que caiga, caerán cinco de ellos", promete a la muchedumbre. (Dos décadas más tarde, miles de muchachos peronistas corearán: "¡Cinco por uno / no va a quedar ninguno!").

En su libro "45", el historiador Félix Luna sostiene: "La oratoria de Perón era fresca, original, feliz en sus ocurrencias y hasta en sus ocasionales chabacanerías. Expresaban una personalidad arrolladora, sanamente agresiva, nutrida de una sabiduría suburbana que su auditorio comprendía inmediatamente. Los discursos de 1955, en cambio, fueron ululantes convocatorias al odio".