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- Emiliano Zapata fue el líder del
movimiento campesino en la Revolución Mexicana. Se levantó en armas contra
la dictadura de Porfirio Díaz por una razón principal, darles tierra a los
campesinos del Estado de Morelos. En los tres decenios del
Porfirato(1887-1880;1884-1910), los terratenientes—un 5% de la población—se
apoderaron de todas las tierras, las de los campesinos, las de los
indígenas, las de los pequeños propietarios, en el norte, en el sur, en el
centro, en todo México, hasta poseer el 97% de la propiedad de las tierras
cultivables. En manos de los extranjeros había más de 15 millones de
hectáreas.
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Emiliano Zapata
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Por eso, la lucha por
la tierra se fue convirtiendo en el objetivo de todos los levantamientos,
de todas las luchas, de todas las campañas en el proceso de la Revolución.
No hubo manifiesto, ni programa, ni asamblea, que no reivindicara una
reforma agraria, no importa que unas veces fuera más radical que otras, que
apareciera como objetivo programático estratégico o como señuelo para
atraer a las masas campesinas. Siempre estuvo ahí. En mucho, la revolución
mexicana fue una revolución campesina, no obstante la vinculación de un
proletariado industrial incipiente que también se unió allí donde florecía
el obrerismo. Zapata y Villa eran campesinos, vincularon los campesinos a
la revolución y formaron ejércitos de soldados campesinos. Ninguno de los
dos consiguió en vida la ansiada reforma agraria. México tuvo que esperar
el gobierno de Lázaro Cárdenas para que se lograra la repartición de 18
millones de hectáreas a los campesinos en cuatro años, de 1936 a 1940. En
la década del veinte pudieron haberse repartido casi 8 millones de
hectáreas, repartición que no alcanzó a ver Zapata ni pudo liderarla.
John Steinbek, el
famoso novelista y cineasta estadounidense, premio Nobel de Literatura, le
dedicó años a explorar la vida y trayectoria revolucionaria de Emiliano
Zapata. Su película ¡Viva Zapata! hizo época, ganó premios y dejó huella en
la historiografía de la Revolución Mexicana. También levantó polémica.
Actuaron en ella dos actores de fama, Marlon Brando en el papel de Zapata y
Anthony Quinn en el de Eufemio, hermano de Emiliano. Quinn ganó el premio
de Holywood por mejor actuación. Zapata en la película es el luchador
incansable que defiende los campesinos, que no se rinde, que no se entrega,
que no vacila, que encuentra siempre el camino de la lucha en defensa de
sus ideales. Steinbek convierte a Zapata en mito. Como dice un comentarista
de la obra: “Muchos de los habitantes de Morelos se negaron a creer que
Zapata había muerto, unos insistían en que ese no era el cadáver y otros en
que habían visto galopar a su caballo en las montañas del sur…su caballo no
era blanco sino alazán. La idea del caballo blanco está inspirada en el
mural de Zapata pintado por Diego Rivera.
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Zapata por Diego Rivera, muralista mexicano
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Zapata siempre
consideró el Plan de Ayala de 1911 como “estandarte y guía de la
Revolución” y, en todo el proceso de su lucha, se constituyó en el
principio revolucionario fundamental. Y a él se refirieron todos los demás
programas o planes del movimiento. Tres años después de su proclamación
Zapata lo reafirmaba así: “la única bandera honrada de la Revolución ha
sido y sigue siendo la del Plan de Ayala, complemento y aclaración
indispensable del Plan de San Luis Potosí, pues sólo aquel Plan consigna
principios, condensa con claridad los anhelos populares y traduce en
fórmulas precisas las necesidades económicas y materiales del pueblo
mexicano…” Definía y ratificaba los objetivos programáticos de la lucha. A
los campesinos se les devolverían los terrenos usurpados por los “opresores”,
fueran terratenientes, políticos o extranjeros, los cuales serán llevados a
los tribunales revolucionarios. Se expropiará a los poderosos propietarios
de los terrenos para devolverle a “los pueblos y ciudadanos de México” los
ejidos, colonias, fundos legales, campos de sembradura o de labor, “en
virtud de que la inmensa mayoría de los pueblos y ciudadanos mexicanos, no
son más dueños del terreno que pisan, sufriendo los horrores de la miseria
sin poder mejorar su condición social sin poder dedicarse a la agricultura
o la industria por estar monopolizados en unas cuantas manos las tierras,
montes y aguas…” Además, se aplicará la desamortización de los bienes
eclesiásticos. Benito Juárez ya había iniciado a mediados del siglo XIX la
desamortización, o sea la expropiación de los bienes donados a la Iglesia a
perpetuidad por los fieles como garantía de salvación eterna, tal como lo
había impuesto Tomás Cipriano de Mosquera en Colombia, después de la
derrota de los conservadores en la guerra civil de 1860. Pero Porfirio Díaz
la había revertido, devolviéndoles las tierras a sus antiguos poseedores y
abriéndoles el camino a los terratenientes yanquis. Así sucedió en varias
partes de América Latina como en Colombia, con la devolución de las tierras
a la Iglesia por Rafael Núñez en 1887. El Plan de Ayala era la esencia del
carácter democrático de la Revolución Mexicana que encarnaba Emiliano
Zapata.
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El ejército de
Emiliano Zapata
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Con
Zapata la revolución agraria se constituía en la esencia de la Revolución
Mexicana y el Plan de Ayala en su programa revolucionario. Así se constituía
en una revolución democrática, en favor de los campesinos desposeídos de sus
tierras por los terratenientes feudales, el poder eclesiástico y el recién
estrenado imperialismo estadounidense en América con la toma de Cuba y el
robo de Panamá. En 1914, el plan no tenía sino una conclusión estratégica,
que las reivindicaciones agrarias fueran elevadas a rango constitucional. La
declaración firmada ese año en San Pablo Oxtotepec veía el triunfo de la
revolución algo de cuestión de días y, por esa razón, todos los firmantes se
comprometían a sostener estas “declaraciones” con el esfuerzo de su brazo “si
es preciso a costa de su sangre y de su vida.” Zapata había iniciado su
movimiento con las ideas del Plan de San Luis Potosí sobre una reforma
agraria radical. Y en cada nuevo manifiesto se hacía referencia a sus
planteamientos. Eso mismo establecía la declaración de San Pablo. Había partido
del apoyo a Madero por poco tiempo una vez quedó claro que, ya en la
Presidencia, no se le mediría a la reforma del campo. Así le sucedió con lo
demás hasta su muerte. Ninguna modificación de los planes y programas cedió
en el programa agrario radical que le había dado inicio al levantamiento
zapatista, ni siquiera en su alianza con Villa, con el que se comprometieron
a batallar conjuntamente una vez zanjaron sus diferencias sobre el Plan de
San Luis. Y lo que Zapata tuvo siempre presente, que Estados Unidos era el
enemigo externo que acechaba para atacar y dominar, lo logró entender Villa
en el proceso de la lucha hasta su aventura de Columbus adentro de la
frontera. Es increíble el número de
batallas que libró Zapata en su trajinar revolucionario. Fue con un ejército
de campesinos, organizado, sin máscaras, sin terrorismo, a campo abierto, a
la vista de todo el país. Sus batallas fueron innumerables. Resulta asombrosa
la capacidad de lucha, de constancia y de liderazgo de Zapata. En un recuento
de las batallas libradas por Zapata sólo en 1912, por ejemplo, se enumeran
más de sesenta, unas a favor y otras en contra, es decir, una cada seis días
(ver, Rebanadas de realidad, cronología de 1912). Era la rebelión contra el
gobierno de Madero, al que le había declarado la guerra por haber traicionado
los objetivos del programa agrario de la revolución. Pero siguió luchando
hasta el día en que fue asesinado en 1919. No dejó de hacerlo de 1910 a 1919.
Se hizo famoso en México desde el principio del movimiento, como lo testifica
un congresista de los primeros años: “Emiliano Zapata no es un bandido ante
la gleba irredenta que alza sus manos en señal de liberación. Zapata asume
las proporciones de un Espartaco; es el reivindicador, es el liberador del
esclavo, es el prometedor de riquezas para todos; ya no está aislado, ha
hecho escuela, tiene innumerables prosélitos.”
Nadie más que Zapata
representa el significado de la Revolución Mexicana. Para Zapata la
revolución era la lucha por la tierra. Pero un movimiento de esa naturaleza
necesitaba mucho más. Se trataba del poder, del poder político. Pancho Villa
tampoco llegó a descifrar el propósito real, ni sobre la lucha por la tierra
ni sobre el poder político. Que ambos hubieran llegado a la conclusión de que
no estaban listos para tomarlo, como lo demuestra la anécdota de haber
abandonado un día el Palacio Presidencial de Ciudad de México que estaba en
sus manos, sin definir el poder, y que Zapata ni siquiera hubiera aceptado
sentarse en la silla presidencial, simboliza en el fondo su lucha heroica y
su desvío histórico. Zapata interpretaba la esencia de la revolución, como
una revolución agraria, como una revolución campesina. No llevó a sus
consecuencias necesarias una alianza con la clase obrera o con la burguesía
nacional, ambas en pleno desarrollo, para lograr el programa de la revolución
que quedó definido en el famoso Plan de Ayala que defendería hasta su muerte.
La historia ha convertido
a Zapata en un mito de los campesinos, de los desposeídos, de los expropiados,
de los demócratas, de quienes defienden la tierra para los que la trabajan.
En el Manifiesto de 1914 al pueblo mexicano Zapata clamaba por las razones de
su movimiento: “el campesino tenía hambre, padecía miseria, sufría
explotación y si se levantó en armas fue para obtener el pan que la avidez
del rico le negaba; para adueñarse de la tierra que el hacendado
egoísticamente (sic) guardaba para sí; … se lanzó a la revuelta … para
procurar el pedazo de tierra que ha de proporcionarle alimento y libertad, un
hogar dichoso y un porvenir de independencia y engrandecimiento.” Hasta ahí
llegó la Revolución Mexicana. Eso fue lo que hicieron sus grandes luchadores.
Después, fue progresivamente renunciando a sus propósitos, devolviendo las
tierras a los latifundistas, al capital financiero y a los extranjeros. Ni la
reforma agraria, ni el control a los monopolios, ni el rechazo al dominio del
capital extranjero, ni las limitaciones al control religioso de la Iglesia
Católica, ni el programa político democrático perdurarían. El neoliberalismo
se apoderaría del país a finales del siglo XX, el dominio del libre mercado
se apoderaría de la economía, el poderío gringo se haría dueño de la economía
nacional y el partido político de la tradición eclesiástica llegaría al poder.
Zapata estaría hoy apoyando el movimiento popular campesino de protesta
masiva contra una política imperialista que se tomó a México.
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