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jueves, 28 de junio de 2018

El sistema militar de Rosas y la Confederación Argentina (1829-1852)


Por JORGE GELMAN Y SOL LANTERI
“Organizada la República bajo un plan de combinaciones tan fecundas en resultados, contrájose Rosas a la organización de su poder en Buenos Aires, echándole bases duraderas. La campaña lo había empujado sobre la ciudad; pero abandonando él la estancia por el Fuerte, necesitando moralizar esa misma campaña como propietario y borrar el camino por donde otros comandantes de campaña podían seguir sus huellas, se consagró a levantar un ejército, que se engrosaba de día en día, y que debía servir a contener la República en la obediencia y a llevar el estandarte de la santa causa a  todos los pueblos vecinos”  DOMINGO F. SARMIENTO
Así describía, uno de los mayores críticos del rosismo  como Sarmiento, la importancia
de la cuestión militar y el rol del Ejército en el forjamiento del poder de Rosas y del orden federal, de cara a la Confederación Argentina y a los países vecinos. De hecho, el gobierno de Juan Manuel de Rosas (1829-1832 y 1835-1852) afrontó conflictos internos con otras facciones del federalismo porteño y con los “unitarios”, con otras provincias y potencias extranjeras, hasta que fue derrocado por el Ejército Grande liderado por Justo José de Urquiza, caudillo de la provincia de Entre Ríos, en febrero de 1852.  Si bien muchos aspectos concernientes al rosismo así como a otros “caudillismos rioplatenses” han sido objeto de revisión historiográfica en las últimas décadas, es dable destacar que la militarización y la politización de base rural –comenzada en Buenos Aires desde las invasiones inglesas en 1806-1807 y profundizada a partir del proceso revolucionario de 1810 y en la década de 1820– constituyeron piezas centrales de su afianzada autoridad estatal y de su exitoso proceso de ordenamiento y disciplinamiento social.   
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En este texto nos centraremos en el entramado militar-miliciano del rosismo y de los gobiernos de la etapa “federal”, y en sus dispositivos coercitivos, aunque es necesario aclarar que los estudios que han revisado la construcción política de esta etapa han puesto de manifiesto un conjunto de elementos institucionales, discursivos, ideológicos, que estos gobiernos debieron desplegar de manera de alcanzar consensos y niveles de legitimidad, para construir un orden estable que la sola coacción no hubiera logrado imponer.  Junto con los principales ministros de gobierno, Bernardino Rivadavia y Manuel José García, Juan Manuel de Rosas –conocido propietario rural vinculado a Juan N. Terrero y Luis Dorrego y primo hermano de una de las familias de comerciantes coloniales más ricas de Buenos Aires, los Anchorena– fue adquiriendo visibilidad política mediante su inicial adhesión al Partido del Orden y su posterior filiación al federalismo. Nombrado Comandante General de Milicias de la Campaña en 1827, Rosas fue acumulando poder y relaciones personales con diferentes sectores sociales, que lo llevaron al ascenso a la gobernación provincial en 1829. En efecto, paralelamente a la revolución del 1° de diciembre de 1828, que derrocó a Dorrego, un movimiento de base rural con la intervención de soldados, paisanos de distinto origen, peones, indígenas, etc., en el que confluyen la reacción al golpe unitario y al fusilamiento del popular Dorrego, los efectos de la guerra con el Brasil, una sequía muy aguda, entre otros factores, termina siendo encauzado por Rosas hacia sus propios objetivos, quien llega así a su primer gobierno, proclamándose heredero de Dorrego.  El primer gobierno de Rosas, que asumió con “facultades extraordinarias” y que culminó en 1832, se caracterizó por la construcción de alianzas con los gobernadores de otras provincias –llegando a ser el representante de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina creada mediante el Pacto Federal de 1831.  Es dable destacar que si bien en la década de 1820 Rosas había apoyado riginalmente al Partido del Orden, dominado por personas de vocación liberal y centralista, luego se proclamó heredero del federalismo dorreguista, aunque intentando conciliar también con los sectores propietarios centralistas o unitarios, para tratar de mantener el difícil equilibrio entre las diversas facciones políticas coetáneas.  Además de estas medidas, la llamada “campaña al desierto” de 1833-1834 constituyó un hito fundamental dentro de su estrategia de poder y de acceso a su segunda gobernación provincial a partir de 1835. La expedición militar fue realizada en acuerdo con otras provincias y con el gobierno chileno de Manuel Bulnes para expandir la frontera y persiguió a los indígenas que no se aliaran al gobierno, al tiempo que generó vinculaciones relativamente duraderas y pacíficas con los que sí lo hicieron. Las tres Divisiones del Centro, Derecha e Izquierda fueron comandadas por los jefes Huidobro –en Cuyo y Córdoba–, Aldao –en Mendoza y San Luis– y el mismo Rosas en la pampa bonaerense respectivamente, implicando la movilización de 4.000 hombres de tropa y 13.000 caballos. Durante la expedición, que se extendió de marzo de 1833 a marzo del año siguiente, la relación de acercamiento y cimiento de la fidelidad entre Rosas con sus principales oficiales, soldados y caciques “amigos” fue muy importante, al punto que se refería sobre la división de vanguardia que: “Lo más notable que se advertía era la perfecta armonía entre todos y cada uno de los que componían, tanto aquella benemérita fuerza, como los que se le habían agregado”.  Varios de los jefes militares más destacados de la etapa que se abre en 1835 con la vuelta de Rosas al poder, parecen haber forjado una relación de estrecha confianza con el Restaurador en esta campaña.  La campaña militar logró consolidar los asentamientos al sur del río Salado, al tiempo que extendió el área susceptible de ser colonizada en el centro y sur de la provincia, pasando de 29.970 km2 controlados por la sociedad “hispano-criolla” en 1779 a 182.665 km2 a inicios del decenio de 1830, aunque con un retroceso importante luego de 1852.  
Paralelamente, su finalización cristalizó la relación con los principales caciques “amigos” iniciada desde la década de 1820, como los “pampas” Juan José Catriel y Juan Manuel Cachul, incorporados al “negocio conflicto rural”.  De esta manera, aquí abordaremos las principales medidas y conflictos de tipo militar, siguiendo un orden cronológico desde su ascenso al poder provincial en 1829 hasta su derrocamiento en 1852. Como veremos, su numeroso ejército de línea le permitieron mantener largas y costosas campañas extraterritoriales, a la vez que fortalecer el poder de Buenos Aires frente al resto de la Confederación, aunque las milicias y los “indios amigos” constituyeron las fuerzas principales en la frontera, articulándose al sistema mediante distintas políticas y contribuyendo a disminuir el gasto fiscal en una época de “guerra constante”.  En términos comparativos aquí hay un fenómeno clave que ayuda a entender muchos de los avatares de la historia argentina del momento y de su desarrollo posterior: los ejércitos necesitan reclutas y pertrechos y éstos se consiguen con dinero. Mientras Buenos Aires disponía de cuantiosos recursos originados en la aduana, que le permitieron costear un importante núcleo militar profesional y movilizar temporalmente a numerosos ejércitos milicianos, el resto de los Estados provinciales tenían unas finanzas en general paupérrimas, que los obligaba a descansar sobre muy modestos destacamentos fijos y sistemas de milicias movilizadas sobre la base de contraprestaciones a veces de difícil consecución. En numerosas ocasiones sus gobiernos dependieron de transferencias financieras realizadas por los gobiernos de Buenos Aires, cuando no tuvieron que acudir a recursos y armamento proveniente de gobiernos exteriores como fue el caso de la ofensiva final emprendida por Urquiza contra Rosas.  Luego de la primera década revolucionaria, cuando el Directorio porteño y su intento centralista fue derrotado por los caudillos del Litoral, la conformación política en trece provincias autónomas (catorce a partir de la separación de Jujuy de Salta en 1834), dio origen en Buenos Aires al gobierno de Martín Rodríguez, que implementó una serie de importantes reformas institucionales, religiosas y militares, que con algunos cambios continuaron durante toda la primera mitad del siglo. De hecho, la reforma militar de 1821 fue mantenida, aunque resignificada por el gobierno de Rosas. Ésta incluyó la baja de más de doscientos oficiales del ejército de línea y su pase a retiro conforme la antigüedad de su servicio y la reorganización del servicio miliciano para acompañar a las fuerzas regulares, que se orientaron a la defensa de la frontera en pleno proceso de “expansión ganadera”.  La Ley de Milicia de diciembre de 1823 estableció la distinción entre la activa y la pasiva, recayendo la primera sobre los hombres preferentemente solteros con arraigo en el país o los casados que tuvieran menos hijos, entre los diecisiete y los cuarenta y cinco años, para suplir la insuficiencia del ejército permanente en la defensa y seguridad del territorio. Su enrolamiento se efectuaría con la intervención de la justicia civil en ocho años de servicio pero sin estar obligada una misma fuerza a prestar más de seis meses de auxilio continuo, y mientras éste durase recibirían la misma paga que el ejército regular en cumplimiento del código militar. En tanto, la milicia pasiva produjo una gran movilización social de distintos sectores desde el mismo momento de su descubrimiento –en octubre de 1839– hasta principios de 1840.  Se ha podido calcular que en vísperas de la batalla de Chascomús, producida el 7 de noviembre de 1839 y que definió en gran medida la victoria para el bando federal oficial, el total de las fuerzas militar-milicianas de la provincia de Buenos Aires en la campaña y la frontera ascendía a 6.736 personas, siendo mayoría de línea pero con un importante componente de las fuerzas milicianas en los regimientos de milicias de caballería, especialmente en el 5° y el 6°, con jurisdicción en el área austral. Según estos guarismos y el total de población estimada en la campaña bonaerense para 1838, el servicio activo habría comprendido aproximadamente al 7,6% del total, aunque si sólo se considerara el conjunto de hombres en la edad requerida, la proporción sería mucho mayor; lo que muestra de forma elocuente la gran capacidad de movilización y reclutamiento que tuvo la federación rosista.  Ajustando la zona de Azul y Tapalqué, que constituyó el foco sofocador de la rebelión, comandada por el hermano del gobernador, Prudencio Rosas, revistaba a principios de noviembre de 1839 un monto de 1.809 hombres, de los cuales 967 eran regulares y 842 milicianos, que correspondería casi al 27% del total general de fuerzas militares provinciales en 1839 y al 21,6% de regulares y el 37,1% de milicianos respectivamente.  La participación armada de vecinos, soldados e “indios amigos” en defensa de la causa federal fue relevante, al sumar más de 500 efectivos en conjunto según referencias de los propios protagonistas, y constituyendo, junto con Monte, los bastiones más fieles en el resguardo de la federación durante el levantamiento.  Lo que también puso de relieve la rebelión de los Libres del Sur, es que el entramado militar del rosismo, que parecía tan imponente, no dependía exclusivamente de la disciplina de unos cuerpos militares férreamente subordinados al Estado o al gobierno, sino también –y en alta medida– de los apoyos diversos que el mismo alcanzaba en los distintos sectores de la sociedad. La profesionalización y separación de los cuerpos armados de la sociedad, aun de su máxima oficialidad, era insuficiente y su participación de un lado u otro en situaciones de crisis como ésta dependían más de su ubicación en un complejo entramado de redes sociales y políticas, que de su mera ubicación en una cadena de mandos.  La invasión de Lavalle por el norte de Buenos Aires en el año 1840 puso todavía más de relieve que la capacidad de coerción militarizada dependía en gran medida de los apoyos sociales que el gobierno de Rosas pudiera recibir. Mientras el general unitario recibía el sostén de sectores medios y de la elite rural del norte de la campaña, a medida que se avecinaba a la ciudad y tomaba asiento en las zonas más campesinas, empezaba a sentir el vacío y la hostilidad de la población. Al punto que, pese a algunas victorias militares, no lograba incorporar nuevos soldados entre los derrotados quienes, según su propia confesión, desertaban o se volvían a Santos Lugares, para reincorporarse a las tropas de Rosas.  La rebelión de los Libres del Sur y la invasión de Lavalle tuvieron como corolario un fuerte enfrentamiento del gobierno de Rosas con las elites que habían adherido mayormente a sus enemigos, una ampliación de su base social y una fuerte depuración de la oficialidad reestructurada con fieles adeptos a la causa y reforzando el peso de las tropas regulares sobre las milicianas.  La derrota de las elites parece favorecer una mayor separación del Estado y la sociedad, y la consolidación de un gran ejército federal bajo el mando de una oficialidad incondicional a Rosas, con el cual lanza a la vez una campaña de control sobre las provincias del interior que se resistían al influjo del federalismo rosista.  La trascendencia de esta fuerza militar de Buenos Aires en la coyuntura que aquí se abre es palmaria y se encuentra por ejemplo referida en el periódico federal de Córdoba, El Restaurador Federal, cuando reconoce que para enfrentar la sublevación unitaria allí producida a fines de 1840, el gobierno de esa provincia ha hecho recurso al gigantesco ejército enviado por Rosas: “son por último más de 24.000 hombres de armas los que han jurado sostener la integridad de nuestro territorio […] sin contar con más de 1.500 hombres que tiene en campaña nuestro Gobernador propietario”.  Más allá de la veracidad de la cifra de las tropas porteñas, lo que resalta este párrafo es la insignificancia relativa de las tropas cordobesas. Quedan pocas dudas de que el dominio que Rosas alcanza en la década del 40 sobre el territorio de la Confederación expresa en buena medida esta desigualdad en la capacidad de movilización militar.   De esta manera, muchos de los gobernadores de los Estados provinciales del interior van a depender cada vez menos de las redes de alianzas locales y de la capacidad de movilizar en ellas recursos propios, que del apoyo que les brinde el poderoso gobernador de Buenos Aires…Dentro de esa crítica coyuntura, signada por profundos conflictos de orden interno y externo, la Coalición del Norte significó la guerra entre varias provincias del interior –Tucumán, Salta, Catamarca, La Rioja y Jujuy– con Buenos Aires durante 1839-1841. Descontentos por la dureza del régimen y su monopolio de las relaciones exteriores, los gobernadores de esas provincias intentaron derrotar a Rosas. Tras la muerte del gobernador tucumano Alejandro Heredia (que gobernó durante 1832-1838) –que había controlado Jujuy, Salta y Catamarca con su “Protectorado”, siendo el hombre fuerte de Rosas en el norte– el ejército provincial fue reorganizado, apelándose tanto a las milicias urbanas como a las departamentales rurales, y nombrándose al general Lamadrid como jefe de las Fuerzas Armadas de la provincia. Uno de los dos “Ejércitos libertadores” de la coalición que se encontraba a su mando reunió aproximadamente 915 individuos, entre cívicos y soldados de línea, siendo el otro comandado por el general Lavalle, que venía en retroceso de su intentona fallida de Buenos Aires. Sin embargo, estos cuerpos no pudieron hacer frente al gran ejército rosista liderado por el oriental Oribe, Ibarra y Aldao, derrumbándose la coalición en 1841 y retornando el norte a la órbita rosista con la asunción del gobernador tucumano Celedonio Gutiérrez, en octubre de ese mismo año.
Conflictos externos Paralelamente a los sucesos descriptos, en 1837 la Confederación Argentina declaró la guerra a la Confederación Peruano-Boliviana creada en octubre de 1836, en respuesta a la invitación de Chile. Las causas centrales de este conflicto fueron la disputa de Tarija por la provincia de Salta y los antiguos desentendidos y enemistades entre los países beligerantes, como la contribución de armamentos que Santa Cruz había realizado a la Liga del Interior en 1831 y demás cuestiones.   La batalla de Caseros y el fin de la experiencia rosista Luego de largos años al mando del gobierno provincial y confederal y atravesando con mayor o menor éxito todos los acontecimientos narrados, el poder de Rosas fue disputado directamente desde el interior de suspropias filas. El 1° de mayo de 1851, Justo José de Urquiza, gobernador de la provincia de Entre Ríos, emitió un “Pronunciamiento” en el que expresaba la voluntad que tenía su provincia de reasumir las facultades delegadas al gobierno bonaerense hasta que se produjera la definitiva organización  constitucional de la república. A los intereses de Entre Ríos se sumaron posteriormente la provincia de Corrientes y los gobiernos del Uruguay y el Brasil, que consolidaron su alianza mediante un tratado firmado el 29 de mayo de ese año, según el cual se acordaba la consolidación de la Independencia del Uruguay y la configuración de una alianza armada contraria a los intereses de Rosas y Oribe.  Quizás no previendo acertadamente la real amenaza a su poder que esta alianza significaba, Rosas no ordenó la organización de la defensa militar de Buenos Aires sino hasta fines de 1851, cuando comenzó el  bombardeo de la costa del Paraná por parte de naves brasileras. Finalmente, ambos bandos se dieron batalla en
los campos de Monte Caseros, el 3 de febrero de 1852, saliendo victorioso el Ejército Grande. Según ha sido referido por varios autores, las guarniciones rosistas –fundamentalmente veteranas y de “no menos de 10.000 hombres” congregados desde fines del año anterior– junto con los “indios amigos”, (no llegaron a dar plena batalla frente a sus opositores Es sabido que la participación militar de los “indios amigos” no era verdaderamente deseada por Rosas, en base a experiencias pasadas como la sucedida luego del derrocamiento de los Libres del Sur, cuando produjeron desmanes y robos de hacienda en las propias estancias federales. Según ha sido referido, el mismo gobernador llegó a decir entonces: “Ya sabe usted que soy opuesto a mezclar este elemento entre nosotros, pues que si soy vencido no quiero dejar arruinada la campaña. Si triunfamos, ¿quién contiene a los indios? Si somos derrotados, ¿quién contiene a los indios?”), cuyas fuerzas estaban compuestas centralmente por cuerpos milicianos. Se ha estimado que en vísperas de Caseros, se produjo un gran reclutamiento en Entre Ríos, llegando a reunir más de 10.000 hombres entre infantería, artillería y especialmente caballería. Este reclutamiento habría comprendido entre el 60% y el 70% del total de población masculina mayor a 14 años, canalizando el oriente entrerriano per se a 1.778 individuos en 1849, que representaban el 49,66% de todos los hombres de entre 15 y 60 años de la región, de los cuales el 71% eran milicianos y sólo el 29% tropas de línea. A este núcleo de fuerzas milicianas de Entre Ríos se sumaban otros miles del Litoral, así como de los ejércitos brasileños y orientales. Y si bien el grueso de las tropas provenía de la provincia de quien dirigía la alianza, resultaba fundamental el apoyo en  infraestructura militar del Brasil (especialmente su Armada), así como los recursos económicos que el Imperio le brindaba. Por su parte, las fuerzas rosistas a fines de 1851 fueron estimadas en un total de 7.500 soldados en la División Norte, 5.800 efectivos en la División Centro, 2.800 en la Sud, 17.800 soldados en la ciudad –entre milicianos de policía y tropas veteranas– y 12.700 veteranos más alojados en Palermo y Santos Lugares.  Sin embargo, éstas no parecen haber logrado una movilización para enfrentar a la coalición enemiga con la misma energía que diez años antes, en que la federación rosista derrotó a enemigos también muy poderosos.  A partir de la derrota de Caseros, Rosas se exilió en Inglaterra hasta su muerte, acontecida en 1877, al tiempo que se inició la experiencia de la Confederación, con sede política en la ciudad de Paraná y al mando de Urquiza, hasta la definitiva organización de la república con la inclusión de Buenos Aires desde 1862. 
En las propias palabras de un oficial federal que, sobreviviendo a la batalla de Caseros, le escribía al propio Rosas durante su exilio, desde San Nicolás, más de veinte años después: Sabe Vd. que he sido militar y no político; como tal, mi adhesión siempre es profunda hacia Vd. y mi más íntimo deseo sería verlo y abrazarlo, pero ya que esto es imposible desde aquí tengo el placer de saludarlo, deseándole toda la felicidad y que cuente con el profundo cariño de su más afectísimo servidor y amigo. (Prudencio Brown Arnold)

martes, 31 de mayo de 2016

¿Para que otra vez Rosas?

Por Raúl O. Fradkin y Jorge Gelman
“No sé si Rosas
fue sólo un ávido puñal como los abuelos decían;
creo que fue como tú y yo
un hecho entre los hechos
que vivió en la zozobra cotidiana
y que dirigió para exaltaciones y penas
la incertidumbre de otros.”
“Rosas”, Jorge Luis Borges,
Fervor de Buenos Aires, 1923
¿Qué más puede decirse sobre Rosas? La pregunta puede resultarle inevitable al lector más o menos informado de los avatares de la historiografía argentina que se tope con este libro. Tanto se ha escrito y discutido al respecto que no resulta sencillo ofrecerle una nueva versión. Así, si se repasan los libros más importantes dedicados a Rosas y a la época en que se convirtió en una figura central de la política rioplatense, no sólo se registrarán las apasionadas controversias que se suscitaron; también ese lector podrá advertir que ellos nos dicen hoy en día mucho más acerca del clima de ideas y las controversias políticas y culturales imperantes cuando fueron escritos que de la historia del propio Rosas e, incluso, de su época. Las imágenes de Rosas que tendrá disponibles serán tan variadas y tan disímiles que más de una le resultará irreconocible.
Cierto es que a comienzos del siglo XXI algunas de las cuestiones referidas a Rosas que tanto dividieron y desgarraron a la sociedad argentina durante mucho tiempo no concitan las mismas pasiones. No se trata de que estén saldadas y se haya producido el veredicto de la historia, tan invocado como imposible. Tampoco que exista un consenso generalizado. Simplemente que la virulencia de esas cuestiones se ha amortiguado sensiblemente, aunque nunca podrá descartarse que vuelva a recrudecer. “Disfruta del presente, que el porvenir es nuestro / Y entonces ni tus huesos la América tendrá”: la maldición lanzada por José Mármol, ferviente antirrosista, en 1843 ha perdido, por cierto, la vigencia que tuvo por tanto tiempo.1 En todo caso, fue en 1989 cuando sus restos fueron repatriados y desde entonces su nombre integra la nomenclatura de calles y avenidas de muchas ciudades del país, se han erigido estatuas en su honor, su imagen aparece en billetes de curso legal, una estación de subterráneo lleva su nombre y hasta se ha sumado un feriado nacional dedicado a recordar la batalla de la Vuelta de Obligado de 1845, evocada como un momento clave de la épica antiimperialista o anticolonial en nuestro país y postulando a Rosas como su inclaudicable defensor.
Piénsese lo que se quiera de Rosas y de las obras de aquellos que tanto énfasis pusieron en reivindicarlo como en denostarlo postreramente, pero no podrán eludirse dos reconocimientos: Rosas fue la única figura del siglo XIX argentino en torno de la cual se forjó y se desplegó una heterogénea, multiforme y cambiante manera de ver, pensar e imaginar el pasado, el llamado revisionismo histórico. Algunos de sus tópicos más emblemáticos y característicos atravesaron los ámbitos historiográficos en que se formaron para diseminarse e impregnar en buena medida ese conjunto difuso de creencias y saberes que bien podría calificarse como el sentido común que la sociedad argentina actual tiene sobre su pasado. De esta manera Rosas, tópico y símbolo, se convirtió en parte decisiva de una batalla política y cultural que signó a la Argentina del siglo XX así como el mismo Rosas había marcado la del XIX. Pero, visto retrospectivamente el desarrollo de esa batalla por el sentido común de la sociedad, no puede dejar de reconocerse que ya había sido ganada por esa corriente de pensamiento y reflexión antes que su éxito fuera consagrado por instancias oficiales del Estado.
Nos resulta imposible tratar aquí el desarrollo de esta larga controversia que sólo parcialmente fue y es historiográfica, pues su consideración ameritaría un libro tanto o más voluminoso como el que aquí se ofrece. Pero, aun así, nos parece necesario hacer algunas puntualizaciones.
Por lo pronto, no debería deducirse de lo apuntado que exista algún tipo de consenso entre los historiadores ni que la investigación sobre “Rosas y su época” se haya detenido: paradójicamente, estos años de cierta amortiguación de la controversia pública sobre Rosas han sido quizá los más fructíferos en la producción de nuevos y más precisos conocimientos sobre su época. Rosas y su época: la expresión que habría de convertirse en un lugar común fue empleada por Adolfo Saldías para subtitular su Historia de la Confederación Argentina publicada entre 1881 y 1888, un texto disonante en el clima de ideas imperante en esa coyuntura y que aún resulta de indispensable consulta, aun cuando los trazos que ofrecía de la biografía terminaban por diluirse en una documentada narrativa de su acción política y de gobierno. Pocos años después, en 1898, Ernesto Quesada ofrecía un texto con pretensiones más sociológicas que específicamente históricas o biográficas y que llevaba por título La época de Rosas. Su verdadero carácter histórico.
Estas obras se desplegaron en un contexto en el cual primaban visiones coherentemente negativas sobre Rosas y el rosismo. Éstas habían sido moldeadas esencialmente por los intelectuales de la Generación del 37, quienes al calor del combate contra su gobierno habían forjado una visión de él en la que la barbarie rural, la violencia, la arbitrariedad y el desconocimiento de toda legalidad constituían los rasgos básicos que atribuían al régimen de caudillos y, sobre todo, al más sanguinario y consistente de todos, el de Juan Manuel de Rosas. La llegada al poder de esta generación tras la batalla de Caseros y la vindicta pública del destituido gobernador convirtieron esas interpretaciones en un canon que parecía por el momento indiscutible. La difusión de obras maestras como el Facundo de Sarmiento y de novelas comoAmalia de Mármol, o un cuento como El matadero de Echeverría, constituye quizás el mejor ejemplo de una vasta obra que incluía desde notas periodísticas hasta ensayos, libros de texto para las escuelas, obras de teatro, que fueron fijando un sentido sobre el gobierno de Rosas y sobre el llamado régimen de caudillos en general. En ese marco obras como las de Saldías o Quesada parecen ofrecer un contrapunto que no haría más que crecer en las décadas siguientes.
Ahora bien, si se quiere comprender más acabadamente el clima de ideas imperante debe considerarse que, mientras desde las elites culturales y políticas se estaba construyendo una narrativa de la historia de Rosas, el recuerdo de las tensiones sociales que incubaron al rosismo y de los temores que traían consigo estaba todavía muy presente. En tal sentido conviene recordar, por ejemplo, que la difusión pública de El matadero se produjo recién a comienzos de los años 1870 y que en ese relato Rosas no era el protagonista sino que ese rol lo tenían los grupos plebeyos y su violencia. Era, se ha dicho con precisión, una narración de la violencia de la confrontación de un modo paranoico y alucinante.2 De este modo, servía para rememorar los antagonismos sociales que habían hecho posible al rosismo y la violencia que podían desplegar las clases bajas convirtiéndose en “un banco de prueba de la representación del pueblo y sus peligros”. 3 Del mismo modo, siguiendo las líneas trazadas por Mármol en Amalia, memoriosos como Vicente Quesada recordaban que durante el gobierno de Rosas a los criados “no se podía ni reconvenirles ni mirarlos con severidad; la tiranía estaba en los de abajo”,4 y otros como José A. Wilde no dejaban de recordar que las negras se habían hecho tan altaneras e insolentes que “las señoras” llegaron a temerles tanto o más que a la Mazorca. 5
Pero no era sólo una cuestión del pasado sino también del presente y del futuro. Para 1860, por ejemplo, desde las páginas de los Anales de la Educación Común se reproducía una circular de Rosas que registraba “la opinión de los pobres por la santa causa de la Federación” para abogar acerca de la necesidad perentoria “de hacer sentir las ventajas de la educación de nuestros paisanos de la campaña”, reconociendo que esa opinión de los pobres a favor de la Federación era “una amonestación a los que tienen propiedad”. 6 Según José María Ramos Mejía, en ese mismo momento “los candombes” guardaban un discreto silencio pero conservaban, sin embargo, la oculta devoción íntima por el “grande hombre”; para entonces, decía, un “rumor sordo” solía levantarse y la “negrada federal” que ya no podía hacer sus desfiles por las calles lo hacía en un antiguo sitio, “gesticulando su admiración por el amo viejo, ausente de cuerpo pero viviente dentro del espíritu fanatizado, que no lo olvidó jamás”. 7
No era para la comunidad de afroporteños un problema menor pues el estigma de la colaboración que había prestado a Rosas la signó en los años posteriores a Caseros y, en particular, a las mujeres: así, todavía para 1878 desde las páginas de uno de sus periódicos, La Juventud, se afirmaba que “a cada ultraje recibido, sus hijos, sus hijos saben exclamar eso ya pasó”. 8 Ello explica que las nuevas generaciones afroporteñas buscaran distanciarse al mismo tiempo de Rosas y de su pasado negro y africano, abandonando el candombe y también las asociaciones9.De ese modo, cuando la elite porteña volvió legítima la festividad del Carnaval a partir de 1854 para convertirla en multiétnica y multiclasista, aparecieron algunas comparsas que ya no eran los antiguos candombes sino asociaciones musicales y cuyas denominaciones demostraban claramente la pretensión de ser aceptadas e integradas al nuevo orden: “Hijos del Orden”, “Progreso del Plata” o “Negros Liberales”. 10

Otros testimonios apuntan evidencias de que la memoria de Rosas no había desaparecido a pesar de su ostracismo político. Por ejemplo, hacia 1875 el ingeniero francés Alfredo Ebelot registraba una sugestiva anécdota entre los indios fronterizos: “¡Ah, si don Juan Manuel pudiera volver!; hemos oído la expresión en los toldos. Jamás hubo un deseo más sincero”; para Ebelot la conclusión era taxativa: los indios seguían refiriéndose a Rosas con “respetuosa simpatía” y había para ello motivos valederos: era, concluía, “el tipo cumplido del justiciero”. 11
Y en un registro muy diferente, a comienzos de los años ochenta era Eduardo Gutiérrez el que afirmaba que “esta adoración a pesar del tiempo y de los acontecimientos se conserva hoy mismo en los gauchos de esa época que aún viven. Cuando agarran una tranca de no te muevas, como ellos dicen, el primer grito que se les ocurre para expresar su alegría, es el de ¡viva Rosas! No hay hombre del pueblo de aquellos tiempos, que no emplee la mejor parte de su borrachera en hacer la apología de aquel hombre. Es que Rosas había sobrepuesto a sus paisanos sobre los hombres decentes a quienes trataba con las frases más despreciativas y humillantes”. 12
Estos indicios sugieren que la figura de Rosas no había desaparecido de la escena pública aunque él ya no fuera un actor en ella. Todavía falta una investigación que devele de qué maneras la memoria de Rosas y del
rosismo perduró en las clases populares en las décadas post Caseros, pero lo dicho alcanza para apuntar que los debates historiográficos que iban surgiendo lo hacían en un ambiente social y cultural que debe de haber estado predispuesto a prestarles atención, debates que no dejaron de ocupar recurrentemente el centro de la escena desde que Saldías diera a conocer sus estudios.
No resulta casual, entonces, que para 1907 fuera el mismo Ramos Mejía quien incursionara en un análisis sociológico y psicológico de Rosas y del rosismo signado por la preocupación que ya había demostrado años antes por prestarle preferente atención al papel que jugaron las “multitudes argentinas” en la historia nacional. Su modo de plantear el tema era distinto de algunos pocos precedentes, como aquel que en 1868 había esbozado Manuel Bilbao y que había titulado tan sóloHistoria de Rosas. Era también distinto de la mirada que sobre el tema habían ofrecido otros autores que incursionaban a su propio modo en tan controvertida cuestión, como las narraciones que ofreció Lucio V. Mansilla, sobrino de Rosas, entre 1898 y 1904, combinando testimonios de primera mano, recuerdos personales y familiares y sagaces observaciones interpretativas que le permitieron presentar en 1898 su Rosas, ensayo histórico-psicológico.
Si este repaso tiene alguna utilidad, ésta reside en mostrar que en pocos años la historia o la biografía de Rosas devino tanto en intentos de escudriñar zonas oscuras e insondables del personaje como en un modo de pensarlo, por el cual resultaba tan inseparable de la sociedad en la que había imperado que terminaba por confundirse con ella. De esta manera, el siglo XX recibió un legado que habría de demostrarse perdurable y que se expresaba en esa fórmula de enunciación que se tornaría un lugar común: “Rosas y su tiempo” o “Rosas y su época”. Y ello es importante pues desde entonces fueron mucho más persistentes los intentos de conocer y entender a Rosas que aquellos que se desplegaron para conocer y entender la sociedad de su época y sus transformaciones. Por supuesto, para que se produjera este resultado tenían franca incidencia las condiciones imperantes para la producción de conocimiento histórico hasta comienzos del siglo XX. Una de esas condiciones provenía de la fragmentación y dispersión del conjunto documental necesario, aun para esbozar aunque más no fuera una trayectoria mínimamente fundamentada de su vida y acción política. De allí el peso notable que tuvieron en estas primeras aproximaciones los archivos privados de los historiadores. Así, Bilbao había intentado infructuosamente acceder al archivo personal de Rosas, lo que en cambio sí consiguió Saldías a través de su hija Manuela, y también del conjunto de documentos que le suministrara la familia de Hilario Lagos o Ramos Mejía, que pudo emplear los que le proporcionaron los descendientes de José María Roxas y Patrón. 13
Sin embargo, para entonces la biografía de Rosas les parecía completamente clara a la mayor parte de estos ensayistas. Y ello remite a la segunda condición determinante del modo en que era pensado Rosas. Estos textos a los que hemos hecho referencia no fueron los primeros en aproximarse a su biografía sino que, por el contrario, recogían tradiciones preexistentes que se habían conformado en la misma coyuntura histórica en que se produjo su acceso al gobierno de la provincia de Buenos Aires, entre 1829 y 1830, y que se habían desarrollado profusamente durante el imperio de “su época”.
Así, no se había cumplido un año de su elección como gobernador y ya desde las mismas filas oficialistas se daban a conocer relatos de índole biográfica: uno se debía a la pluma del intelectual napolitano Pedro de Angelis y tuvo por título Ensayo histórico sobre la vida del Exmo. Dr. D. Juan Manuel de Rosas; el otro fue la “poesía biográfica” que Luis Pérez dio a conocer en entregas sucesivas desde las páginas de El Gaucho. 14 Eran muy diferentes, tanto en su factura como en los públicos a los que estaban dirigidos, pero no lo eran tanto en su contenido, y en ellos ya pueden registrarse algunos de los tópicos discursivos que serán característicos del rosismo gobernante en las dos décadas siguientes. A tal punto fue así que el esbozo de De Angelis fue reeditado en 1842, año en el cual fue la misma Sala de Representantes la que dio a conocer una compilación documental precedida por un breve relato de la vida de Rosas.
Ahora bien, estos textos fueron la respuesta a las imágenes de Rosas que había producido y estaba produciendo la prensa unitaria desde 1828, especialmente desde las páginas de los periódicos El Tiempo y El Pampero. Importa subrayarlo porque estas producciones ya contenían varios de los tópicos más repetidos por la historiografía posterior, como la imputación de que Rosas había forjado un poder y una autoridad ilegítimos en sus estancias apelando al sometimiento de sus peones y abrigando a malhechores, delincuentes e indios hasta convertirlos en el séquito que lo llevaría al poder. Y lo mismo sucedió con aquellos que siguieron al pie de la letra la réplica de la prensa rosista: Rosas era la única autoridad legítima en la campaña tras el derrocamiento y fusilamiento de Dorrego, y con el apoyo que ella concitaba iba a dedicarse a restaurar el orden social y político.
Este registro no sólo advierte lo advierte lo añejo de algunas interpretaciones todavía vigentes sino que también permite subrayar que las imágenes y los relatos sobre Rosas y su trayectoria poblaron una pluralidad de textos que circulaban en esa sociedad y que alcanzaban a los públicos más diversos. Conviene enfatizarlo: oficialismo rosista y oposición no recurrieron sólo a textos con pretensiones eruditas sino que también difundieron imágenes contrapuestas de Rosas tanto entre las elites letradas como entre el público popular. Vista la cuestión retrospectivamente, algo no puede ser obviado: fue durante la década de 1840 que se produjeron una serie abigarrada de textos de muy distintas características formales pero que contribuyeron a construir todo un relato de la figura de Rosas y de su trayectoria, y fueron ellos los que suministraron las bases para el desarrollo historiográfico posterior, al menos hasta la década de 1980.
Aunque en el cambio de siglo estas aproximaciones biográficas, históricas e interpretativas variaron y adquirieron momentáneamente un sesgo hacia el análisis sociológico y psicológico, tuvieron una consecuencia primordial: inscribir la cuestión Rosas dentro del conjunto más amplio y controvertido del caudillismo. Pero explicar el caudillismo a través de la figura de Rosas era una tarea plagada de dificultades, y bien lo había advertido Sarmiento cuando eligió, en cambio, tomar el ejemplo de Quiroga para desentrañar los secretos del inquietante fenómeno social, político y cultural que se desplegaba ante sus ojos. Dado que las condiciones históricas de Buenos Aires eran sustancialmente diferentes del contexto en que habían emergido otros famosos caudillos, la cuestión que pasó a estar en primer plano fue aquella que se les atribuía como rasgo común: desentrañar las razones de sus amplios apoyos entre las clases populares. De esta forma, antes de alumbrar su ensayo sobre Rosas, Ramos Mejía propuso en 1899 un nuevo modo de entender “la Tiranía”: estudiar las muchedumbres de donde ella había salido. Sin embargo, este llamado a reponer la “función de la plebe” en la historia argentina desplazando el interés que se había puesto “en la acción personal de los grandes hombres” constituyó un momento sociológico del análisis histórico que quedó trunco y no prosperó. Más influyente, en cambio, fue otro tipo de aproximación, como la ensayada por José Ingenieros, que haciendo suyas ideas ya formuladas por Sarmiento y Echeverría les daba nueva forma para buscar la clave explicativa en el predominio latifundista y de la herencia colonial y feudal que supuestamente portaba. 15
A partir de entonces, los ensayos sobre muy diversos aspectos de la trayectoria y el gobierno de Rosas se multiplicaron, pero las biografías y los estudios más completos y documentados aparecieron bastante después. Y, sin duda, fue de la mano de ese heterogéneo revisionismo histórico, que optaba por tomarlo como punto cardinal de su revisión de la historia nacional, que su momento fueron las décadas posteriores a 1930.
Justamente tres de las más influyentes biografías de Rosas se produjeron por entonces: en 1930, Carlos Ibarguren daba a conocer un auténtico clásico, Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama y su tiempo. Y a comienzos de los años cuarenta aparecían Vida de Don Juan Manuel de Rosas,de Manuel Gálvez, y Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, de Julio Irazusta, o Defensa y pérdida de nuestra independencia económica, de José María Rosa en 1943, que ofrecía una clave muy diferente para leer el rosismo destinada a adquirir enorme predicamento en los años venideros.
Desde el agrupamiento conocido como Nueva Escuela Histórica, y que reunía sobre todo a un grupo de historiadores provenientes en su mayor parte del derecho y que pasarían a controlar la Academia Nacional de la Historia y las principales cátedras e institutos de la materia en las universidades, las respuestas no se hicieron esperar demasiado. En 1945 José Luis Busaniche publicaba su Rosas visto por sus contemporáneos y Emilio Ravignani, fundador y director del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad de Buenos Aires, daba a conocerInferencias sobre Juan Manuel de Rosas y otros ensayos. En 1950 era Ricardo Levene, por entonces presidente de la Academia Nacional de la Historia, quien publicaba El proceso histórico de Lavalle a Rosas. Historia de un año: de diciembre de 1828 a diciembre de 1829, y en 1954 La anarquía de 1820 y la iniciación de la vida pública de Rosas. En 1951, mientras Ernesto Celesia publicaba Rosas. Aportes para su historia, Enrique Barba presentaba su Cómo llega Rosas al poder, que en 1958 completaría con una compilación significativa: Correspondencia entre Rosas, Quiroga y López.
Que el debate sobre Rosas adquiriera notable centralidad en esas décadas se explica por demasiadas razones que no podemos tratar aquí. Pero, como ha sugerido Tulio Halperín Donghi, ello estuvo relacionado con los intentos de buscar en el pasado las claves para entender la crisis que sacudía a la sociedad argentina así como orientaciones para superarla en el futuro. 16
A su vez, la voluminosa producción sobre Rosas y el rosismo –y cada vez con más asiduidad también sobre otros caudillos– alcanzaría su plenitud entre mediados de las décadas de los cincuenta y de los setenta, incluyendo textos tan diferentes como Unitarismo, federalismo, rosismo de Enrique Barba en 1972, Rosas, nuestro contemporáneo. Sus años de gobierno de José María Rosa en 1970, o La llegada de Rosas al poder de Andrés Carretero en 1972. 17 La saga es imposible siquiera de reseñar en esta apretada presentación. Sin embargo, una lectura de conjunto de esa vastísima literatura no puede eludir una constatación: la enorme distancia que se producía entre la vocación por el detalle para abordar las más diferentes facetas y momentos de la acción política de Rosas frente a lo rudimentario del conocimiento producido sobre la sociedad que produjo al rosismo. Tamaña distancia no pudo ser llenada siquiera por las variopintas contribuciones que se generaban desde la izquierda del arco político y cultural a pesar de algunas sugestivas intuiciones que podían hallarse en Rosas, el pequeño de Rodolfo Puiggrós de 1953, enEl otro Rosas de Luis Franco de 1956, en El paraíso terrateniente. Federales y unitarios forjan la Civilización del Cuero de Milcíades Peña de 1957, en Las masas y las lanzas de Jorge A. Ramos también de ese año o en Rosas. Bases del Nacionalismo Popular de Eduardo Astesano en 1960.
¿Dónde estaba la mayor de las novedades? No habría que buscarla tanto en la misma producción historiográfica sino más bien en su recepción y sus usos. Y, en especial, en un fenómeno político-cultural de enorme incidencia: la fusión que se estaba produciendo entre revisionismo y peronismo; esa fusión, nunca completa y siempre inestable, fue un fenómeno posterior a la caída del gobierno de Perón en 1955 pero resulta decisiva a la hora de entender el éxito social del revisionismo. 18
Había, más allá de valoraciones y asignaciones de sentido notablemente contrapuestas, una serie de nociones y presupuestos que eran compartidos y provenían de tradiciones mucho más antiguas. Aun así, puede considerarse que los años setenta expresaron la culminación de todo un ciclo de producción historiográfica. Bien lo demuestra una biografía gestada en esos años y que puede ser considerada la última gran biografía de Rosas, la que ofreció John Lynch al despuntar los años ochenta. 19 La obra de Lynch era tradicional y novedosa a la vez: tradicional, porque retomaba y hacía suyos buena parte de los postulados forjados por la tradición interpretativa post Caseros y en este sentido puede ser leída como la cima de esa tradición; novedosa, porque intentaba introducir en su análisis algunos de los temas para entonces en boga en la historiografía y las ciencias sociales latinoamericanistas. Así, de manera especial, Lynch venía a postular una asociación íntima e indisoluble entre caudillismo y clientelismo. Aunque intentaba eludir los peligros de lo que consideraba una interpretación demasiado estructural del caudillismo que impidiera apreciar las diferentes fases del fenómeno, esa asociación se sustentaba en un presupuesto: la “anarquía” y el presunto “vacío institucional” eran la clave que permitiría explicar su emergencia y preeminencia. Y, desde ella, se derivaban otras asociaciones de modo que el caudillismo de Rosas –como el de todos los demás caudillos– no podía ser entendido sino como resultado de la oposición entre fuerzas “nacionales” y locales y entre formaciones armadas regulares e irregulares y, por tanto, se postulaba una relación simbiótica entre caudillismo, clientelismo y bandolerismo a la hora de buscar una posible explicación de sus apoyos populares. Había mucho de Sarmiento en esa interpretación, pero en un aspecto se apartaba de ese legado interpretativo: si la clave para entender a Rosas y los caudillos había que buscarla en el tipo de relaciones forjadas en la estancia –tal como había hecho Sarmiento–, el caudillismo no era sino una reproducción ampliada del mismo tipo de poder omnímodo, personal, que venía a cubrir un vacío institucional; pero, aun así, ningún proyecto de construcción estatal podía prescindir de los caudillos pues ellos habrían jugado una función de garantes del orden social en tanto sus gendarmes necesarios. 20
Otras contribuciones de esa época también indican que se podía abrir un nuevo ciclo de investigaciones al respecto. Aunque sin afrontar el desafío de escribir una biografía de Rosas, Tulio Halperín Donghi contribuyó a situar de un nuevo modo su figura en el devenir histórico de la sociedad rioplatense posrevolucionaria. Entre las múltiples novedades que contenía su propuesta, tres no pueden ser soslayadas: por un lado, Halperín volvía a dar relevancia a un fenómeno social que Rosas y sus contemporáneos habían tenido muy en cuenta pero que el desarrollo historiográfico posterior había terminado por menoscabar o simplificar al extremo: el acceso de Rosas al poder había sido posible por lo que Halperín denominaba en 1972 “el alzamiento campesino de 1829, que cambia el destino de la provincia y el país; no el primero ni el último, pero sí el más intenso entre los que en la Argentina protagonizaron poblaciones rurales hartas de guerra”. Por otro lado, porque permitía asignar un significado histórico al rosismo que venía a superar una discusión tan intensa como estéril: para Halperín el rosismo había sido una solución política lentamente preparada por la crisis desatada por la revolución, la guerra y la ruptura del orden económico virreinal hasta transformarse “en la hija legítima de la revolución de 1810”. Por último, porque contenía una nueva manera de explicar la formación de la clase terrateniente porteña a la que en los años siguientes introduciría nuevas variaciones y que implicaba una nueva y más compleja mirada sobre sus relaciones con Rosas. 21
Sin embargo, el impacto de la contribución halperiniana tardó en manifestarse en nuestra historiografía. Y si hubiera que identificar su principal efecto, éste debe buscarse en las puertas que abrió para indagar con una renovada profundidad y precisión la economía y la sociedad de la que emergió Rosas y a la que gobernó, y sólo más tarde en la esfera específicamente política y cultural. Tantas han sido las novedades al respecto desde los años ochenta que puede decirse que ellas terminaron por revisar muchos de los postulados y de las explicaciones del propio Halperín, en particular en lo que hace a la sociedad y la economía rurales.
En realidad, se trata de una cuestión de más vastos alcances y que hace referencia a las formas que adoptaron los desarrollos historiográficos no sólo en la Argentina sino en casi toda Latinoamérica. De manera extremadamente simplificada y esquemática puede decirse que hasta los años sesenta los temas centrales de la historia social no eran desconocidos para la historiografía, pero tendía a considerárselos relativamente secundarios y, por tanto, no eran estudiados sistemáticamente. Algo parecido sucedía con la historia económica a pesar de importantes precedentes. El cambio de perspectivas comenzó a hacerse evidente en los años setenta y adquirió notable intensidad en nuestro país desde los ochenta, y en parte se debió a un efecto por cierto no deseado de la dictadura militar: mientras ésta clausuraba casi por completo las posibilidades de innovación historiográfica en la Argentina, la diáspora del exilio contribuyó decididamente a internacionalizar la historiografía argentina y a hacerla mucho más permeable a las innovaciones de métodos y temas que se producían en otros ámbitos. El resultado de estos cambios se advirtió primero para la historia colonial, pero a poco empezó a cambiar radicalmente el panorama de la producción de conocimientos sobre el siglo XIX.
A fuerza de ser sintéticos cabe señalar cuatro líneas de investigación que han enriquecido sustancialmente el conocimiento histórico sobre la llamada “época de Rosas”, y que han contribuido a hacer novedosa la forma en que hemos podido encarar esta nueva biografía. Desde nuestro punto de vista serían las siguientes. Primero, la renovación de la historia política que trajo consigo el decidido cuestionamiento del supuesto vacío institucional y los replanteos sobre los modos de explicar el caudillismo. Si en este terreno los trabajos de José Carlos Chiaramonte han jugado un papel decisivo, son numerosos los aportes que han contribuido a renovar sustancialmente los análisis sobre la transición del orden colonial al republicano en la región y en Iberoamérica en general.22 Segundo, la renovación de la historia económica y social y las nuevas imágenes que permitió construir de la economía y la sociedad agraria –y, por ende, de la estancia–, que vinieron a erosionar por completo aquellas que habían servido de sustento a las explicaciones del rosismo. Si la mayoría de ellas derivaban del poder del caudillo, y en especial de Rosas, del peso excluyente de la gran estancia en esa sociedad, la pérdida de centralidad del estanciero en el paisaje social y económico bonaerense obligaba a repensar un conjunto de supuestos sobre su gobierno. 23 Tercero, una renovación sustantiva de los estudios sobre las sociedades indígenas pampeanas que obligaron a revisar completamente el modo de explicar sus relaciones con Rosas. Y, por último y más recientemente, la renovación de las perspectivas sobre la historia de las clases populares y su protagonismo político. 24 Es en este contexto historiográfico que se sitúa este libro y define su principal interrogante: si la imagen de la sociedad en la que emergió y primó la figura de Rosas es hoy radicalmente diferente –cuando no en muchos aspectos abiertamente opuesta– a la que se tenía en mente cuando se construyeron la mayor parte de los relatos sobre Rosas, ¿cómo debe cambiar la explicación de su emergencia, su trayectoria y su significado?
En este sentido, lo que nos proponemos no es estrictamente una biografía y menos aún una biografía convencional. Por cierto, la biografía ocupa un lugar peculiar en el campo historiográfico pues, si bien es claro que se trata de una de las formas más antiguas del conocimiento histórico,25 también lo es que en los últimos años ha recuperado una notable vitalidad en la historiografía internacional, siendo uno de los “retornos” que la caracterizan. 26 Como se ha señalado, esta suerte de redescubrimiento de la biografía no es ajena a algunas utopías y está plagada de incertidumbres. 27 Sin embargo, se ha reconocido que a pesar de sus dificultades el enfoque biográfico ofrece algunas posibilidades sugestivas en la medida en que posibilita internarse en las opciones y estrategias de los sujetos, sus modos de movilizar los recursos disponibles o acrecentarlos y las maneras de moverse entre los quiebres y contradicciones de los sistemas normativos vigentes. 28 Las opciones que afrontaron los sujetos biografiados no eran ineluctables pero tampoco infinitas y, por tanto, sólo puede haber dos o más biografías idénticas en un plano de muy alta abstracción, aun cuando se trate de sujetos que portaran una herencia análoga y se movieran en un contexto compartido. Su mundo relacional habría sido diferente, y sobre todo porque lo habría sido su inserción en ese mundo relacional. Se trata, por tanto, de prestarles atención simultáneamente tanto a la especificidad con que cada individualidad se relacionaba con su entorno social como a los modos en que ese mundo social plasmaba esa individualidad con base en toda una gama de relaciones. 29 Pero no es el único desafío que se afronta, y la cuestión es tan intrincada que no osaremos siquiera intentar resolverla, pues ya ilustres y brillantes pensadores se han ocupado de ella. Al leerlos le queda claro al investigador los peligros que lo acechan de quedar aprisionado en lo que Pierre Bourdieu llamó la “ilusión biográfica”. Advertía muy claramente el sociólogo francés que tratar la vida como una narración coherente de una secuencia significante y orientada de acontecimientos sería someterse a una ilusión retórica forjada por toda una tradición literaria. Por eso sostenía que “tratar de comprender una vida como una serie única y suficiente en sí de acontecimientos sucesivos sin más vínculo que la asociación a un ‘sujeto’ cuya constancia no es sin duda más que la de un nombre propio es más o menos igual de absurdo que tratar de dar razón de un trayecto en el metro sin tener en cuenta la estructura de la red, es decir, la matriz de las relaciones objetivas entre las diferentes estaciones”.30
¿Hay algo más que pueda decirse sobre Rosas a comienzos del siglo XXI después de tanto que se ha escrito y discutido? Obviamente, los autores de este libro pensamos que sí, en la medida en que seamos capaces de inscribir al sujeto en su mundo relacional y en sus mutaciones, y reconstruir lo mejor que sea posible esa matriz de relaciones objetivas en la que estuvo inmerso. Rosas pudo tener aspiraciones, deseos, expectativas sobre su futuro, pero su vida histórica en sociedad no puede ser entendida como el producto de un plan prefijado o de un devenir inevitable que sólo se haría inteligible visto retrospectivamente.
Sin embargo, las advertencias no resuelven los problemas pues, como en su momento señalara ese gran historiador que fuera Marc Bloch, un hombre es menos hijo de su padre que de su época. Pero, ¿alcanza con conocer más y mejor una época para conocer a un hombre? Bloch no se engañaba, y subrayaba que “los exploradores del pasado no son hombres del todo libres” y, por eso, una parte de la historia tiene inevitablemente “el aspecto, algo exangüe, de un mundo sin individuos”.31
Rosas no fue siempre el mismo, como no lo fue la sociedad en la que vivió ni lo fue ese fenómeno social y político que denominamos rosismo. No fue sólo lo que quiso ser sino también lo que otros creyeron que era y quisieron que fuera. En ese sentido, quizás acertaba mucho su ilustre sobrino: para poder entender a Rosas y a su época “es siempre interesante seguirle la pista á una creencia popular, ya sea que perjudique o favorezca”.32 Quizá podamos entender mejor a Rosas si seguimos las misteriosas pistas de esas creencias.
Referencias:
1 José Mármol, Poesías, Buenos Aires, Imprenta Americana, 1854, pp. 107-108.
2 Ricardo Piglia, “Echeverría y el lugar de la ficción”, en La Argentina en pedazos, Montevideo, Ediciones de la Urraca, 1993, pp. 8-19.
3 Cristina Iglesia, “Mártires o libres: un dilema estético. Las víctimas de la cultura en ‘El Matadero’ de Echeverría y en sus reescrituras”, en Cristina Iglesia (comp.), Letras y divisas: ensayos sobre literatura y rosismo, Buenos Aires, Eudeba, 1998, pp. 25-35.
4 Citado en Gabriel Di Meglio, “La participación política popular en la provincia de Buenos Aires, 1820-1890”, en Raúl O. Fradkin y Gabriel Di Meglio (comps.), Hacer política. La participación política en el siglo XIX rioplatense, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2013, p. 286.
5 José Wilde, Buenos Aires desde setenta años atrás, Buenos Aires, Eudeba, 1960, Cap. XVIII.
6 Anales de la Educación Común, Vol. II, 1860, p. 465.
7 José María Ramos Mejía, Rosas y su tiempo, Buenos Aires, Emecé, 2001, p. 25.
8 Citado en Lea Geler, Andares negros, caminos blancos. Afroporteños, Estado y Nación Argentina a fines del siglo XIX, Rosario, Prohistoria/TEIAA, 2010, p. 179.
9 George Reid Andrews, Los afroargentinos de Buenos Aires, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1989, p. 227.
10 Oscar Chamosa, “Lúbolos, Tenorios y Moreiras: reforma liberal y cultura popular en el carnaval de Buenos Aires de la segunda mitad del siglo XIX”, en Hilda Sabato y Alberto Lettieri (comps.): La vida política en la Argentina. Armas, votos y voces, Buenos Aires, FCE, 2003, pp. 115-135.
11 Alfredo Ebelot, Recuerdos y relatos de la guerra de fronteras, Buenos Aires, Plus Ultra, 1968, p. 23.
12 Eduardo Gutiérrez, Historia de Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, J. C. Rovira Editor, 1932, p. 182.
13 Análisis al respecto en Pablo Buchbinder: “Vínculos privados, instituciones públicas y reglas profesionales en los orígenes de la historiografía argentina”, en Boletín Ravignani, No13, 1996, pp. 59-82; y Fabio Wasserman, Entre Clío y la Polis: conocimiento histórico y representaciones del pasado en el Río de La Plata (1830-1860), Buenos Aires, Teseo, 2008.
14 Ricardo Rodríguez Molas, Luis Pérez y la biografía de Rosas escrita en verso en 1830, Buenos Aires, Clío, 1957.
15 José María Ramos Mejía, Las multitudes argentinas, Buenos Aires, Kraft, 1952; José Ingenieros,Sociología Argentina, Buenos Aires, Lajouane, 1908.
16 Tulio Halperín Donghi: “Un cuarto de siglo en la historiografía argentina (1960-1985)”, en Desarrollo Económico, Vol. XXV, Nº100, 1986.
17 El lector interesado en estos temas hallará un útil compendio hasta los años sesenta del siglo XX en Hebe Clementi: Rosas en la historia nacional, Buenos Aires, La Pléyade, 1970.
18 Véanse Alejandro Cattaruzza, “El revisionismo: itinerario de cuatro décadas”, en Alejandro Cattaruzza y Alejandro Eujanián, Políticas de la historia. Argentina 1860-1960, Madrid/Buenos Aires, Alianza Editorial, 2003, pp. 143-182; Diana Quatrocci-Woison, Los males de la memoria. Historia y política en la Argentina, Buenos Aires, Emecé, 1995; y Michael Goebel, La Argentina partida. Nacionalismos y políticas de la historia, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2013.
19 John Lynch, Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Emecé, 1984 (cuya primera edición en inglés fue en 1981) y, Caudillos en Hispanoamérica, 1800-1850, Madrid, Mapfre, 1993.
20 John Lynch: “El gendarme necesario: el caudillo como agente del orden social 1810-1850”, en Revista de la Universidad Nacional, Vol. II, Nos8-9, 1986, pp. 18-30.
21 Tulio Halperín Donghi: De la revolución de independencia a la confederación rosista, Buenos Aires, Paidós, 1972, pp. 262-263; Revolución y guerra. Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla, Buenos Aires, Siglo XXI, 1972, p. 419. Para este último aspecto véase nuestra compilación de textos de Halperín y un análisis al respecto en Raúl Fradkin, La formación de la clase terrateniente bonaerense en el siglo XIX, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2007.
22 Citamos aquí apenas uno de los libros importantes de José Carlos Chiaramonte: Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina (1800-1846), Buenos Aires, Ariel, 1997.
23 La bibliografía sobre esta cuestión es abrumadora desde mediados de los años 1980. Remitimos a alguno de los balances bibliográficos: Raúl O. Fradkin y Jorge Gelman: “Recorridos y desafíos de una historiografía. Escalas de observación y fuentes en la historia rural rioplatense”, en Beatriz Bragoni (ed.): Microanálisis. Ensayos de historiografía argentina, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2004, pp. 31-54.
24 No hacemos aquí referencia a los textos que expresan estos cambios historiográficos, pues de ellos se dará cuenta en el desarrollo del libro.
25 Arnaldo Momigliano: Génesis y desarrollo de la biografía en Grecia, México, Fondo de Cultura Económica, 1986.
26 Jacques Le Goff: “Los retornos en la historiografía francesa actual”, en Prohistoria, Año I, Nº 1, 1997, pp. 35-44; Isabel Burdiel (ed.): “Dossier. Los retos de la biografía”, en Ayer, Nº 93, 2014, pp. 13-135.
27 Adriana Barreto de Souza y Fábio Henrique Lopes: “Entrevista com Sabina Loriga: a biografia como problema”, en História da Historiografía, Nº9, 2012, pp. 26-37.
28 Giovanni Levi: “Les Usages de la biographie”, en Annales. Économies, Sociétés, Civilisations, Vol. 44, Nº6, 1989, pp. 1325-1336.
29 “Antropología y microhistoria: conversación con Giovanni Levi”, en Manuscrits, Nº11, 1993, pp. 15-28.
30 Pierre Bourdieu, Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción, Barcelona, Anagrama, 1997, pp. 74-83.
31 Marc Bloch, Apología para la historia o el oficio del historiador, México, Fondo de Cultura Económica, 2001, pp. 82-83.
32 Lucio V. Mansilla, Rozas. Ensayo histórico-psicológico, Buenos Aires, La Cultura Argentina, 1925, p. 124.