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jueves, 3 de agosto de 2023

EL REVISIONISMO NACIONALISTA CATÓLICO

 Por el Prof. Julio R. Otaño

La crisis económica mundial, el auge del fascismo en Europa y el triunfo yrigoyenista en las elecciones de 1928 se conjugan para provocar el debilitamiento del pensamiento liberal -conservador en los sectores dominantes-. Ello facilita el avance, al primer plano, del nacionalismo católico y elitista. Aparece y se desarrolla de una nueva corriente: antiliberal, conservadora, corporativista.  Carlos Ibarguren, se constituya en el iniciador de esta corriente historiográfica. Lo siguen, en esta tarea, Julio Irazusta y Ernesto Palacio.  Carlos Ibarguren partidario de las jerarquías sociales, la tradición y el catolicismo, Ibarguren en 1930 participa del golpe militar y publica "Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo”, punto de partida del revisionismo nacionalista católico. "Es verdad que Rosas no actuó en contra del movimiento separatista de España, pero no pudo ocultar su protesta contra el desorden social y político producido por la revolución”. Privilegia el orden y la tradición: "Su acción pública se aplica enérgicamente para defender el orden y la disciplina... (Rosas) Representa en nuestro pasado la encarnación más eficaz y potente del espíritu realista y conservador”.. "Fiel a su visión medioeval y reaccionaria, consecuente con las convicciones que siempre Rosas fue el arquetipo del patrón” “El patrón era caudillo, gobernante, diplomático y guerrero. Debía comprender a los paisanos e interpretar su alma para dominarlos, administrar hasta la extrema minucia para obtener el mayor provecho de la explotación, observar profundamente a las gentes y a los ganados, mirar a los ganados como si fueran hombres y manejar a los hombres como si fuesen ganado”El Rosas que le interesa y al cual brinda su elogio es el Rosas Dictador. No el LíderJefe de la Confederación que resiste a las mayores potencias del mundo en 1838 y 1845.

Julio Irazusta Es junto con Pepe Rosa y Galvez los mayores reivindicadores de Rosas…cada uno con características propias. Escribe "Vida política de Juan Manuel de Rosas, a través de su correspondencia” 30 años de estudios y 8 tomos. Es incorporado a la Academia Nacional de la Historia gracias a su antiperonismo y a su relación con Victoria Ocampo.  Irazusta rescata la labor del Restaurador evitando la disgregación territorial con el Pacto Federal y sobre todo la Política Exterior nacionalista y americanista. Buscando la reconstrucción del antiguo virreinato. También su defensa de la soberanía que originará la legación del Sable sanmartiniano.  El 5 de agosto de |1938 se crea el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, con la participación de los hermanos Irazusta, Alberto Ezcurra Medrano, Manuel Gálvez, Díaz de Vivar, Carlos Steffens Soler, Ramón Doll, Ernesto Palacio, Carlos Ibarguren, Vicente Sierra etc. Son muy importantes Manuel Gálvez, quien en su biografía sobre Rosas realizada en 1940 alcanza las 50 ediciones y considera a Rosas como un “César Democrático” es decir un líder popular. Vicente D. Sierra (1893-1982) Se trata de otra importante figura de aquel revisionismo. De posición marcadamente católica, Historiador laborioso, Sierra ha publicado una "Historia de la Argentina” en 10 tomos. Se ataca el apoyo francés a los unitarios en su lucha contra Rosas y en especial, la relación del Gral. Lavalle con los jefes invasores, la violencia desplegada por los unitarios en diversas circunstancias, especialmente después del golpe del 1° de diciembre de 1928, quebrando el mito de que la violencia era patrimonio exclusivo de los federales, la heroica defensa de la soberanía en la Vuelta de Obligado, por parte de los soldados de la Confederación , ante la invasión anglo-francesa en 1845, la honestidad de Rosas en el manejo de los fondos públicos, la amistad entre Rosas y San Martín, así como la decisión del Libertador de legar su sable al Jefe de la Confederación. 

En general, la línea histórica sustentada por el revisionismo católico es: Saavedra (Mayo lo hizo el ejército y no el pueblo), San Martín (conservador y alineado junto al nacionalismo ganadero de Rosas) y Rosas (expresión de orden y nacionalismo).

miércoles, 30 de noviembre de 2022

Manuel Gálvez escribe acerca del coronel Perón

El artículo de Manuel Gálvez, que se reproduce por significado y perdurabilidad, había sido publicado primitivamente en el diario El Pueblo. El retrato que el gran escritor revisionista —a quien en España se compara con Benito Pérez Galdós— realiza del coronel Perón y la pintura del momento político del país hacen de este artículo, verdaderamente, una pieza de antología.   Soy uno de los pocos argentinos que pueden elogiar a los gobernantes con la conciencia tranquila. Nadie, salvo que no me conozca o que sea un perverso,
puede creer que lo hago por adulación. A nada aspiro, y por dos razones: una sordera terrible, que me impediría desempeñar cargo alguno, y mis trabajos literarios e históricos, que no me permiten perder el tiempo. Es un lugar común, en el ambiente literario, que soy el único escritor que sólo ha querido ser escritor. Otros fueron, o son, universitarios, o periodistas, o políticos. Mi única ambición terrena es vivir lo suficiente para escribir los quince libros que aún me faltan escribir.  Esto establecido, diré que voy a elogiar entusiastamente al coronel Perón por su obra social. No lo conozco ni siquiera de vista. No he tenido el placer de estrechar su mano. Tampoco conozco a amigos suyos. Mi opinión sobre él y su obra, que
daré con toda serenidad, es la opinión de un patriota.  Es también la opinión de quien, desde su adolescencia, ha sentido agudamente la justicia social. Fui a los veinte años tolstoiano y después simpaticé con otras doctrinas revolucionarias. No me llevaron a ellas ni el esnobismo, ni el propósito de llamar la atención, ni la envidia, ni la venganza. Fui hacia ellas empujado por una
honda piedad hacia los proletarios y hacia obreros.
Tiempos brutales aquellos! He visto con mis ojos cargar a la policía montada y dejar en la calle muertos y heridos, sólo porque eran huelguistas que iban en manifestación. Esto sucedía en los años en que gobernaba Roca. En 1913, a principios del año, publiqué un libro titulado La inseguridad de la vida obrera. Es una obra muy documentada sobre el paro forzoso. Tres años atrás, al partir para Europa, el Gobierno me designó delegado a una conferencia que iba a celebrarse en París sobre ese grave mal. No tenía obligación de presentar ese informe de 436 páginas, pero el asunto me apasionó. Ni un centavo me pagó el Gobierno por mi labor. Publicado en uno de los boletines del Departamento de Trabajo, obtuvo repercusión. El doctor Justo, jefe del Partido Socialista, me citó en el Congreso y dos proyectos sobre agencias de colocación o bolsas de trabajo, basados en mi libro, fueron presentados a la Cámara de Diputados: uno del socialista Alfredo L. Palacios, que leyó varios párrafos míos, y  otro de los Diputados católicos Bas y Cafferata. Hace cuarenta, treinta años, las palabras “justicia social” tenían un sentido revolucionario. Ni los gobernantes, ni los ricos, se interesaban por los sufrimientos del pueblo que trabaja. Debo exceptuar a Joaquín V. González, que en 1903, siendo Ministro del Interior —¡Ministro de Roca!—, presentó al Congreso un proyecto de ley del trabajo, que nunca fue siquiera considerado por las Cámaras.  Todo cambió con el advenimiento de Yrigoyen al poder. Sea que lo hiciese con espíritu harto sentimental o paternal, y que en su obra no hubiese contenido alguno, el hecho es que, por primera vez, un presidente argentino demostraba amor al 
pueblo. Él también propuso una ley del trabajo, ciertamente notable, y que tampoco trató el Congreso. Yo ignoraba la obra de Yrigoyen a favor del obrero y el desheredado en general, cuando pensé en escribir su biografía. Al enterarme de lo que hizo, y que ahora nos parece poco, lo admiré de veras.  He traído a colación estos recuerdos, algunos de carácter personal, porque deseo que los lectores que sólo me juzgan como novelista o literato sepan que no hablo de cosas que ignoro, sino de asuntos que estudié y conozco. En diversos libros he mostrado cómo siento la inquietud y padecimientos del pueblo. La Revolución del 4 de Junio significa para los proletarios, y en cuanto proletarios, el más grandioso acontecimiento imaginado. Y dentro de la Revolución de Junio,nada tan maravilloso para esos hombres como la obra del coronel Perón. 
Es enorme cuanto se ha hecho y no voy a enumerarlo aquí. Basta con recordar los beneficios que han logrado, en pocos meses, numerosos gremios obreros. Los mismos trabajadores lo han dicho, y de modo elocuente. Otras obras que se han comenzado y han de realizarse. Y todo esto, ¿se habría logrado si existiera el Congreso? ¡Jamás! No hay hombres más egoístas, más sensuales, que buena parte de nuestros politiqueros. La clase proletaria debe abrir los ojos. Lo que no 
consiguieron Joaquín V. González ni Hipólito Yrigoyen, porque las Cámaras no consideraron siquiera las grandes leyes obreras que proponían, lo van dando al pueblo, mediante decretos, rápidamente puestos en práctica, los hombres que nos gobiernan desde el 4 de junio.  El coronel Perón es un nuevo Yrigoyen. Pero, además de la grandeza de corazón tiene méritos que no tuvo Yrigoyen: una actividad asombrosa, la despreocupación de la politiquería, el don de la palabra y un sentido panorámico y profundo de la cuestión obrera. Y a esos dones se debe agregar la suerte de no tener un Congreso de egoístas y politiqueros que lo obstaculice.  Veo al coronel Perón como a un hombre providencial. Creo que las masas —que ya lo adoran— así lo van comprendiendo en su formidable instinto. Es un conductor de hombres, un caudillo y un gobernante de excepción. Aquí, donde faltan los hombres de gobierno, pues la verdad es que ningún partido tiene hoy una gran figura, la aparición inesperada de este soldado, que posee la intuición maravillosa de lo que el pueblo necesita, es un acontecimiento trascendental. Quiera Dios inspirarle siempre, guiarle por el buen camino, para bien de la Patria y del Pueblo.
Ningún gobernante de esta tierra ha dicho jamás palabras tan bellas, tan penetradas de humanidad como las que pronuncia con frecuencia el coronel Perón.Nadie habla como él de la justicia social. Yo he leído con emoción muchos de sus párrafos. En Rosario dijo: “Queremos que desaparezca de nuestro país la explotación del hombre por el hombre, y que cuando este problema desaparezca, igualemos un poco las clases sociales para que ya no haya, como he dicho ya, en este país, hombres demasiado pobres ni hombres demasiado ricos”. Y en este mismo estupendo discurso declaró que para él la justicia superior a las demás justicias era la justicia social. Las palabras y la obra del coronel Perón colman mis esperanzas de que ha de organizarse en esta Patria un mundo mejor. ¡Sí!, no debe haber hombres ni demasiado ricos ni demasiado pobres. Las grandes fortunas son tan injustas como las grandes pobrezas. Todos somos iguales ante la muerte y ante Dios, pero también debemos serlo, dentro de lo posible, en las realidades de la vida. Las palabras del coronel Perón son verdaderamente cristianas, patrióticas y salvadoras.  No obstante, habrá que luchar para establecer la justicia social como él la quiere. Los poderosos, las empresas capitalistas, los ricos, los serviles ante toda riqueza,
los hombres sin corazón y hasta algún gobierno extranjero, se han de oponer a nuestra justicia social. Las clases privilegiadas no se conformarán con perder uno solo de sus privilegios, y calumniarán y mentirán y pretenderán burlarse, como ya empiezan a hacerlo, con sus estúpidos chistes. Pero todos los patriotas y todo el pueblo estaremos con este gobierno, que defiende con tanta energía y coraje los fueros de la soberanía en el orden externo; y en el interno la justicia social.   Manuel Gálvez

Fuente: Revista Primera Plana Nº 489, 13 de junio de 1972.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Década de 1930: Nacionalismo y Revisionismo Histórico Argentino

Por el Prof. Jbismarck 

Los nacionalistas que algunos autores llamarán nacionalismo «de derecha», «clerical», «aristocrático», «oligárquico» (para compararlos con los nacionalistas “populares” “democráticos” etc) se afianzan en los tiempos previos al golpe de setiembre de 1930. Entre los nombres importantes estarán el poeta Leopoldo Lugones, lejos de su socialismo de principios de siglo, y Carlos Ibarguren, y una influencia externa a destacar será la del francés Charles Maurras.  Ibarguren, hombre de confianza de Uriburu al igual que Juan E. Canilla (otro nacionalista septembrino de trayectoria inusitada), ha dejado en sus memorias testimonios valiosos sobre los nacionalistas. Así, con respecto a la herencia del movimiento encabezado por Uriburu, Ibarguren manifiesta: «La revolución significó un salto detenido por la acción de los grupos políticos que impidieron se realizara el programa que su jefe quiso darle, lo que no se pudo alcanzar por la falta de una poderosa fuerza cívica organizada y coherente que apoyara el nuevo orden proclamado por el general Uriburu. Pero esta revolución engendró una consecuencia fundamental: la corriente ideológica nacionalista que consiguió marcar, diez años después, una línea nueva en la evolución histórica argentina. El jefe de la revolución de setiembre lo vaticinó como un presentimiento, cuando se retiró del gobierno, al periodista señor Espigares Moreno: “Yo creo y espero —dijo— que el germen de la revolución no se perderá y que irá a la historia, más allá de los intereses puramente políticos”». (Extraido de “La Historia que he vivido”)

 

Existe una crítica dura al Estado liberal y a los partidos tradicionales. «los partidos políticos no representan los valores nacionales y que se apoderan del Estado por intermedio del sufragio universal ciego e irresponsable” La influencia de Mussolini, y luego de la guerra civil española también la de Franco son evidentes.   Marcelo Sánchez Sorondo dice: «Así, nuestra convicción comenzó siendo religiosa. Después, fuimos fascistas, acérrimos fascistas”.  Por supuesto fundamental la formación católica, y resulta conocida la actitud adoptada por la Iglesia Católica —después del pacto de Letrán— frente al fascismo de Mussolini: encíclica Quadragesimo anno, Acción Católica, etc.   Para Jorge Abelardo Ramos: «Poseídos de un fervor ultramontano, los nacionalistas condenaban al liberalismo agonizante en nombre del feudalismo sepultado». Algunos se incorporarán al peronismo donde de alguna manera se diluirá su «nacionalismo» de élites. Alguno de ellos, como el historiador Ernesto Palacio, llegará a diputado nacional por la conjunción de fuerzas triunfantes en 1946.  Otros como el gran historiador Vicente D. Sierra ocupan cargos fundamentales en cultura y educación.

La Nueva República organo principal del nacionalismo contó con Rodolfo Irazusta como director, Ernesto Palacio como jefe de redacción y Juan E. Carulla, Julio Irazusta, Mario Lassaga, César Pico y Tomás Casares como colaboradores. También desde la revista Criterio, que se lanzó en 1928 con la dirección de Atilio Dell’ Oro Maini, se expresaron las plumas nacionalistas católicas. A los citados Casares, Pico y Palacio, se agregaron Ignacio Braulio Anzoátegui, Manuel Gálvez, Enrique Pedro Osés, y los sacerdotes Leonardo Castellani y Julio Meinvielle, entre otros.  Las consecuencias del Pacto Roca-Runciman, no pasaron desapercibidas para el revisionismo católico. Al año siguiente a la firma del Pacto se editó La Argentina y el imperialismo británico, de Julio y Rodolfo Irazusta. Allí se analizaban las características coloniales del acuerdo y cómo se repetía la dependencia desde la época de Rivadavia. Del lado de los clérigos revisionistas se destacaron los sacerdotes Guillermo Furlong y Leonardo Castellani, notable escritor, quien tuvo presente a Rosas en sus cancioneros y escritos periodísticos. Pero hubo sacerdotes y laicos cuya preocupación se centró más en la amenaza del comunismo, la Guerra Civil Española, el III Reich y la cuestión judía.  Los más representativos fueron los sacerdotes Julio Menvielle y Virgilio Filippo y el escritor Gustavo Martínez Zuviría, en sus novelas El kahal (1935), Oro (1935), y 666 (1942), abordó la revisión de la influencia judía en nuestro país.

 

El 16 de junio de 1938, se reunieron en el restaurante Edelweiss de Buenos Aires Alberto Contreras, Juan Bautista Ithurbide, Ernesto Palacio, los hermanos Irazusta, Evaristo Ramírez Juárez, Pedro Vignale, Alberto Ezcurra Medrano, Isidoro García Santillán, Raúl de Labougle y Roberto de Laferrere. Su idea era “provocar un movimiento de revisión histórica”, y para eso crearon una entidad destinada a investigar sobre el período rosista. Unas semanas después, el 6 de agosto, se creó el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, con el general Ithurbide como primer presidente. Fue un momento rutilante, con reediciones de obras de Carlos Ibarguren y difusión de la producción de Ernesto Palacio, Julio Irazusta, Vicente Sierra y Manuel Gálvez. Ernesto Palacio publicó Catilina (1935), La Historia falsificada (1939) y, muy posteriormente, su Historia de la Argentina (1954). Julio Irazusta, en paralelo, emprendió la edición de Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia, de ocho tomos, en 1941.  Vicente Sierra comenzó su producción revisionista con El descubrimiento de América ante la conciencia católica (1944), El sentido misional de la conquista de América (1942) y Rosas (1943). Manuel Gálvez, por su parte, se destacó con La vida de Don Juan Manuel de Rosas (1940), que llegó a ser un éxito de ventas.

En general los nacionalistas no se han referido a los obreros más que para ubicarlos en alguna concepción corporativa que permitiese a las élites un manejo más descansado de la cosa política. Por eso su rechazo al proyecto de Juan D. Perón «Las ideas que preocupaban a Perón eran, por una parte, constituir una gran fuerza política y, por la otra, atraerse a los sectores obreros dificil concebir que un coronel sin experiencia en la vida civil pudiera constituirse en leader de las masas proletarias” (Carlos Ibarguren op. Cit).  Los nacionalistas son «antimarxistas». Las críticas al liberalismo se trasladan al marxismo, y califican a cualquier idea o a cualquier persona de liberal-marxista sin distinciones ideológicas.   El «nacionalismo», pues, adviene formalmente apoyando a una revolución que muy pronto deja de ser suya (la del 6 de setiembre de 1930), y se desarrolla durante el período que va desde 1931 a 1943 multiplicando las publicaciones periódicas (algunos nombres: Baluarte, Nuevo Orden, Crisol, La Nueva República, Sol y Luna, Nueva Política, El Fortín, Nuestro Tiempo, Balcón, los diarios El Pampero y El Federal…) y desarrollando una eficaz campaña proselitista en algunos medios (militar, universitario). Para el 4 de junio de 1943, en ocasión del golpe castrense, los nacionalistas ven llegar su segunda oportunidad. Participan como ideólogos del movimiento contra Castillo, una vez que las tropas han derrocado al anciano presidente. Marcelo Sánchez Sorondo aconseja en el «Discurso a los militares»: “El cuatro de junio es la fecha decisiva de un año decisivo. Ya está jugado el país. O se logra la unidad nacional o nos consume la anarquía. Vosotros, militares, tenéis ahora todos los mandos. Vosotros, militares, que hacéis de vuestra vida profesión de honor, habéis hecho, el cuatro de junio, profesión de fe»

Los nacionalistas consolidarán sus posiciones en el campo de la enseñanza, la administración pública, las relaciones exteriores, los nacionalistas mantuvieron puestos claves en la administración y particularmente en la docencia. A ella habían entrado pisando fuerte.  Apoyaron las medidas de obligatoriedad de la enseñanza religiosa en las escuelas, la disolución de los partidos políticos y el mantenimiento de la neutralidad Hombres como Baldrich, Genta, Olmedo u Obligado, cuyas características eran la reivindicación de Rosas como “Señor de horca y cuchillo”, asi como los tiempos de la conquista y colonización hispánica y su respeto por valores tradicionales y religiosos.  También se formarán grupos de choque, dedicados a la acción directa, entre los que podemos mencionar a la Legión Cívica Argentina y a la Alianza Libertadora Nacionalista, uno en los primeros tiempos del período, el otro sobre los años cuarenta y cinco y siguientes.   La Legión Cívica Argentina llegó a contar con reconocimiento oficial de las autoridades (20 de mayo de 1931), y obtuvo además personería jurídica (11 de enero de 1932). Ibarguren, la vincula con Mariano Moreno, el Congreso de Tucumán, el Directorio y la Confederación, y rechaza con energía los presuntos orígenes mussolinianos. Según sus estatutos, la Legión Cívica estaba compuesta por «hombres patriotas» que condensaban «el espíritu de la revolución de setiembre y que moral y materialmente estaban dispuestos a cooperar a la reconstrucción institucional del país»; el gobierno autorizaba a sus integrantes para que «concurran los días domingos y feriados a los cuarteles a recibir instrucción militar y prácticas de tiro». El organismo fue denunciado públicamente en numerosas ocasiones por diversos sectores de opinión, lo mismo que otros grupos análogos de más reducido ámbito.

Ibarguren nos recuerda la existencia de otros nucleamientos: «Además de las agrupaciones existentes desde la revolución de 1930: “Liga Republicana”, “Legión Cívica” y “Legión de Mayo”, formáronse otras nuevas: “Acción Nacionalista Argentina”, dirigida por el destacado escritor y profesor Juan P. Ramos; “Guardia Argentina”, organizada por el poeta ilustre y gran patriota Leopoldo Lugones; “Legión Colegio Militar”. “Milicia Cívica Nacionalista” y muchas otras más. Estas distintas entidades no pudieron concertar firmemente un acuerdo que las unificara, a pesar de perseguir los mismos propósitos inspirados en idéntica ideología. La agrupación con mayor número de afiliados era, acaso la “Legión Cívica Argentina”, que derivó luego en “Alianza de la Juventud Nacionalista”, cuyo conductor inicial fue el general Juan Bautista Molina».[118] De ésta a la Alianza Libertadora Nacionalista —Juan Queraltó, más adelante Guillermo Patricio Kelly— hay sólo un paso.   La Alianza se constituirá en cierto modo como un grupo de choque del peronismo, actuará en el campo político y universitario, gozará del patrocinio oficial y se caracterizará en esa época como fuertemente xenófoba y racista. La A.L.N. fue precursora, a su modo, de «Tacuara» y otros núcleos activistas del nacionalismo desde fines del cincuenta.

 

Hernández Arregui, dice que el nacionalismo se apoyó en la historia pasada pero se anquilosó en la historia del presente. El presente como retorno a lo viejo, le cerró a la filosofía conservadora del nacionalismo el entronque con un porvenir que se despliega ante un mundo estremecido por la revolución.  En la década de 1940, la figura del coronel Juan Perón fue tomando distancia del resto. Los nacionalistas vieron en él a un defensor de la Doctrina Social de la Iglesia y a alguien emparentado con la obra de los sindicatos católicos. Aunque también notaban el pulso modernista, plebeyo y herético del peronismo. Ambas características estallarían con los años en un conflicto inusitado. 

 

Bibliografía

 

BUCHRUCKER, Cristian. Nacionalismo y Peronismo

 

DEVOTO Fernando - Barbero María Inés. Los Nacionalistas

 

HERNÁNDEZ ARREGUI Nacionalismo y Liberación

 

IBARGUREN, Carlos, La Historia que he vivido

 

IRAZUSTA, Julio, Balance de siglo y medio

 

NAVARRO GERASSI, Marysa, Los nacionalistas

 

PALACIO ERNESTO, Historia Argentina

 

RAPOPORT, Mario. Historia Económica, política y social de la Argentina

 

ROCK, David, La Argentina autoritaria

 

SÁNCHEZ SORONDO, Marcelo, La Revolución que anunciamos

 

ZULETA ALVAREZ, Enrique, El nacionalismo argentino

sábado, 31 de julio de 2021

Castellani y el "Rosas de Manuel Gálvez"

POR LEONARDO CASTELLANI 

"Días pasados encontré a un muchachito de doce años leyendo precozmente la Vida de Juan Manuel de Rosas, de Manuel Gálvez; el cual me dijo: "Tío, el fruto de esta lectura es bastante triste; porque resulta que en la escuela me han engañado".

A lo cual respondí: "Dale gracias a Dios que te enterás a los doce años; yo no me enteré hasta los 35".
Pero de esto que diré ahora, recién me enteré a los 60, a saber: el eje permanente de la historia argentina es la pugna entre la tradición hispánica y el liberalismo foráneo, bajo cuyo signo nacimos a la "vida libre"; y esa pugna continuará hasta el año 2000 por lo menos..." (1956)


viernes, 30 de abril de 2021

MANUEL GALVEZ

 Por Miguel Angel Scenna

Santafecino de familia tradicional, primo de Scalabrini Ortiz, Gálvez era contemporáneo de la tercera generación historiográfica y hasta bien pasado el medio siglo de vida no se le ocurrió incursionar por la historia. Novelista de profesión, su máxima aproximación a ese campo tuvo lugar a raíz de la trilogía de novelas que escribió sobre la Guerra del Paraguay en la década del veinte, y que figuran entre lo mejor de su producción. Las tres fueron estudiadas y documentadas como para componer un libro de historia, logrando un marco rigurosamente veraz de la terrible contienda. Ello dio indudablemente a Gálvez el entrenamiento previo, cuando aún no pensaba abandonar el terreno de la ficción.    Fervoroso católico, se plegó a las filas del nacionalismo, y tras la revolución del 30 sufrió la misma decepción que los demás nacionalistas, y como ellos indagó causas en el pasado. Pero a la inversa de otros, comenzó por el pasado inmediato. Aunque poco simpatizante con el radicalismo y la figura de Yrigoyen en tiempos de auge del caudillo, es innegable que Gálvez poseía una especial sensibilidad hacia lo popular que lo distinguía de otros nacionalistas. Por ello su primera preocupación fue averiguar quién había sido ese “Peludo” tan violentamente odiado y tan profundamente amado. 

De ese modo, apenas muerto don Hipólito, el novelista pasó a ser su primer biógrafo. La obra apareció en 1938 con el título “Vida de Hipólito Yrigoyen. El hombre del misterio”. Las cosas no fueron fáciles y el ambiente poco propicio. El mismo autor ha dicho: “Escribí... trabajando reciamente, no de oídas, como dijeron algunos conservadores. Realicé una obra importante, y con imparcialidad. Tuve que luchar, para escribirlo, contra toda mi familia y contra la mayoría de mis amigos. Y contra esos incapaces que nada hacen pero intentan estorbar que otros hagan y algunos de los cuales me decían ser prematuro o perjudicial para el país escribir la vida de Yrigoyen”. Repudiado por conservadores y radicales, el libro resultó empero un éxito de librería, pues había verdadera sed popular por conocer la vida del caudillo, que Gálvez supo presentar con honestidad no exenta de equilibrio. No es el gran libro que Gálvez creyó hasta el fin de sus días que era, pero por muchos años constituyó la única reconstrucción historiográfica de la trayectoria de don Hipólito.  Yrigoyen llevó de la mano a Gálvez hasta Rosas. Estudiando los antecedentes familiares del jefe radical y sus primeros años, se encontró con los últimos del Restaurador. Formado en los preceptos de la historia liberal, Gálvez se entusiasmó con lo que fue encontrando, al punto de verse arrastrado por el urgente deseo de escribir una biografía de don Juan Manuel. Trabajando con encarnizamiento —según sus propias palabras- permaneció dos años recluido en archivos y repositorios, cumpliendo horario full time. “Trabajaba desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche. Para mí no hubo domingos ni días de fiesta. Y en los dos últimos meses llegué a trabajar diez y seis horas diarias. Era el que primero entraba en el Archivo General de la Nación... Permanecía hasta las cinco. Tomaba el té, rápidamente, por ahí cerca, y volaba a la Biblioteca Nacional... Los periódicos los recorría en la Biblioteca Nacional o en la del Museo Mitre. Revisé en el Archivo, hoja por hoja, los ciento treinta y cuatro legajos y archivos que allí se encuentran. También trabajé en el Archivo Nacional de Montevideo, y en el de la Universidad de La Plata”.   Agrega un comentario altamente sabroso: “Créase o no, pero durante los largos años en el Archivo y en las bibliotecas, rara vez vi a los ases de la historia oficial y mentirosa. Nunca encontré a Ricardo Rojas. A Levene lo vi en dos o tres ocasiones en la Biblioteca Nacional, lo mismo que a Capdevila. A quienes hallé bastantes veces fue a Gandía y Roberto Levillier. Y muchas, muchísimas veces, a José Luis Busaniche, que no pertenecía a la historia oficial y que verdaderamente sabía historia. Hace poco, un joven investigador me dijo que en la totalidad de los legajos de la secretaría de Rosas sólo figuraban como firmantes Ravignani, Julio Irazusta y yo”.  

Durante sus investigaciones, Gálvez realizó un importante descubrimiento: los originales de la proclama de Napostá, de la que muchos historiadores dudaban que fuera realmente obra de Rosas. En 1940 estuvo impresa la obra, “Vida de don Juan Manuel de Rosas”, el mejor trabajo histórico de Gálvez, donde sin ocultar su simpatía y admiración por el protagonista, logra un cuadro más completo y mejor fundado que el anterior ensayo de Ibarguren. Hecho para el gran público, fue un éxito de librería que alcanzó gran difusión. Lamentablemente, el autor despojó a su obra de todo aparato erudito. El mismo explicó las razones: “Como yo no pretendía ser historiador «de oficio», sino enterarme, no organizaba mi documentación. No hice un fichero. Tampoco estudiaba los papeles después de copiarlos. Ni se me ocurrió copiar un documento por entero... La desgracia era que, por olvido o por prisa, no escribía en cada trozo el número del legajo en donde estaba. He aquí por qué mi documentación, tan rica de pormenores, no puede ser utilizada por nadie, ni por mí mismo. .. Puede, pues, darse por perdida mi documentación. Es cosa de llorar a gritos.. La explicación de este descuido, o como Quiera llamárselo, reside en Que no me propuse escribir una obra para eruditos. Vacilé mucho antes de decidirme por el tipo de biografía que iba a realizar. Opté por un libro para el pueblo, sin notas ni citas que entorpecieran el relato”. La franqueza no justifica proceder tan ahistórico.   Gálvez persistió en el género con una serie de biografias de dispar valor, la mejor de las cuales es “Sarmiento el hombre de la autoridad”, aparecido en 1945. esta vez con una correcta bibliografía separada por capítulos. Consideramos que esta obra es superior a la que sobre e mismo tema publicó Ricardo Rojas casi en la misma época También se nos aparece basta claramente una evolución a lo largo del libro Comenzado como una biografía “en contra” destinada a desenmascarar al sanjuanino en los últimos tramos se trasunta la creciente simpatía del escritor por el personaje, aunque sin cejar un momento el tono crítico. En la última página tocando el final escribió: “Lo he tratado, pues como él deseaba que se le tratase... ”

miércoles, 4 de octubre de 2017

Manuel Gálvez.

Por Daniel Varacalli Costas

Fue un novelista central de la primera mitad del siglo XX, pero a cincuenta años de su muerte gran parte de la obra del autor de Nacha Regules brilla por su ausencia. Sus libros de recuerdos, poblados de autores que no perduraron, sugieren hoy un mundo de ficción. 
(Paraná, 1882 - Buenos Aires, 1962) Narrador argentino representante de la novela realista tradicional. De distinguida ascendencia española, estudió con los jesuitas de Santa Fe y se graduó en Leyes en Buenos Aires, pero no se dedicó al ejercicio de la profesión de abogado. Cultivó el periodismo desde que se inició en la vida literaria con la publicación de un trabajo sobre Ibsen en Nuestra Época de Santa Fe, fundó la revista Ideas y colaboró en La Nación y otros periódicos y revistas, y fue inspector de Enseñanza, lo que le permitió un intenso y amplio contacto con la vida y el ambiente del país. Pasó el Atlántico en tres ocasiones (1906, 1910 y 1926). Evolucionó con paso firme de un liberalismo ponderado a un catolicismo a lo Mauricio Barrès, es decir, de estirpe nacionalista, y tuvo un adversario decidido en el poeta Leopoldo Lugones. Se casó con Delfina Bunge en 1910. Manuel Gálvez fue un escritor realista de tendencias naturalistas e inquietudes ideológicas, que tuvo presente como novelista a Pérez Galdós y como ensayista a Ángel Ganivet para mirar por dentro a su patria argentina, en sus costumbres y en su evolución histórica; y es necesario señalar que a medida que se iba intensificando en su producción la pretensión psicológica y la preocupación religiosa, iba perdiendo la obra calidad artística.  Es perceptible la distancia entre La maestra normal por una parte y La sombra del convento, El cántico espiritual, Miércoles Santo, La tragedia de un hombre fuerte, La noche toca a su fin y Cautiverio por otra. En el plano de sus mejores novelas, junto a la ya citada (La maestra normal), se encuentran Nacha Regules (1919), premio municipal, pintura del bajo ambiente bonaerense, y su complemento Historia de arrabal (1923), en donde nos muestra el novelista singularidades de técnica y estilo.Com3nzó Gálvez como poeta con El enigma interior (1907) y siguió en el mismo plan lírico en Sendero de humildad (1909), con influencias postrománticas y simbolistas que no desdibujan su honda inquietud hispanista, cristiana y argentina. Al ensayista y crítico lo encontramos en los libros El solar de la raza (1913), La vida múltiple (1916), Amigos y maestros de mi juventud (1944) y El novelista y las novelas (1959). Publicó también biografías de Miranda, Sarmiento, Hipólito Yrigoyen, García Moreno y otros personajes; escribió para el teatro: El hombre de los ojos azules (1928), Calibán (1943); es autor de libros de tema histórico, cual Escenas de la Guerra del Paraguay (tres vols., 1928-1929) y La muerte en las calles, novela histórica sobre las invasiones inglesas de Buenos Aires (1949). 
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Obtuvo el premio Mitre con Los caminos de la muerte (1928) y el Premio Nacional de Literatura con El general Quiroga (1932). Manuel Gálvez fue un maestro del realismo argentino, que pronto fue superado, es verdad, pero con un valor de época indiscutible. Su obra a partir de los años cincuenta incluye Tiempo de odio y angustia (1951); Han tocado a degüello (1840-1842) (1951); Bajo la garra anglo-francesa (1953); Y así cayó Don Juan Manuel (1954); Las dos vidas del pobre Napoleón (1954); El uno y la multitud (1955); Tránsito Guzmán (1956); Poemas para la recién llegada (1957); Perdido en su noche (1958); Recuerdos de la vida literaria (1961); Me mataron entre todos (1962) y La locura de ser santo (1967), entre otras muchas publicaciones.
A cincuenta y cinco años de la muerte de Manuel Gálvez, ocurrida en Buenos Aires el 14 de noviembre de 1962, no es fácil encontrar nuevas ediciones de sus obras. Hecho curioso, si se tiene en cuenta que fue el novelista argentino más editado –y leído– de la primera mitad del siglo pasado. Las ediciones de esa época todavía pueblan las librerías de viejo, pero escasean las reediciones, entre las que se destacan la Vida de Hipólito Yrigoyen (El Elefante Blanco) y la reciente de Nacha Regules, en la colección Rescates (Eterna Cadencia).Claro que lo que menos soñó Gálvez es que alguna vez tuviera que ser "rescatado", y mucho menos del olvido. Él mismo se proyectó primero como el Balzac y, poco después, como el Galdós argentino. Con un plan metódico, que comenzó con La maestra normal en un momento auroral del siglo XX, aspiró desde su propia Comédie Humaine a cubrir los más diversos aspectos de la sociedad. Tras un rápido paso por el socialismo, que lo llevó a fundar la revista Ideas y una de las primeras cooperativas editoriales que fue modelo de generosidad, Gálvez desembocó en un catolicismo nacionalista que –para algunos críticos– invalidó su plataforma de observación, carente de la imparcialidad de sus referentes. En el prólogo de una edición de Historia de arrabal –una de sus novelas más breves e intensas– Jorge Lafforgue se despacha: "La confrontación entre propuesta realista e ideología católica genera más de una tensión (no resuelta) y es factor desencadenante de muchos de sus desequilibrios formales […]. De allí el escaso, cuando no nulo, espesor crítico del relevamiento social realizado por el escritor argentino…".  Pero en Gálvez el catolicismo era inseparable de su creación: por eso llegó a buscar en un momento de su carrera que sus textos tuvieran el beneplácito de algún sacerdote, una pretensión que lo enfrentaba a criterios dispares y sometía su prosa edificante a una "pureza" poco menos que utópica.Quizá por esto hacia la década de 1940, Gálvez se instala en otro campo: el de la biografía y la novela histórica, con la que cubre documentadamente períodos polémicos de nuestra historia, en particular la Guerra del Paraguay y la época de Rosas, que él consideraba, sin fanatismos, digna de revisión.
 
El éxito nunca le fue esquivo: Gálvez fue varias veces candidato al Premio Nobel, además de fundador de la Academia Argentina de Letras (de la que se excluyó por una de sus típicas rabietas) y de la filial argentina del PEN Club, entre infinidad de emprendimientos que apostaron a velar por los derechos del escritor. Sus obras fueron traducidas a la mayoría de las lenguas europeas y elogiadas por escritores como Miguel de Unamuno, Heinrich Mann o Valery Larbaud.  De la enorme obra de Gálvez, hoy se leen sus cuatro volúmenes de memorias (Amigos y maestros de mi juventud, En el mundo de los seres ficticios, Entre la novela y la historia, En el mundo de los seres reales), que abarcan más de medio siglo de vida intelectual argentina. Reeditados por Gregorio Weinberg hace una década (Taurus), están precedidos por un interesante prólogo de Beatriz Sarlo que incita aún más a su lectura. Desfilan por ellos testimonios de primera mano de un escritor que se desvivió por crear una atmósfera de intercambio intelectual entre sus colegas, innumerables fragmentos de cartas, reseñas que recopilaba con candorosa puntillosidad, chispas de las polémicas incandescentes que lo enfrentaban, por ejemplo, con Lugones, y juicios lapidarios, frutos de una vehemencia que no excluía la amabilidad ni la reconciliación. Entre tanto dato interesante, vale la pena consignar que un poeta primerizo hace cien años también tenía que regalar su edición, pero conseguía, a cambio, más de veinte críticas, algo inimaginable en el reinado de Internet.
Dos aspectos resultan imperdibles de estas memorias. El primero, el relato de un país que abandona un proyecto laico y liberal –el de la Generación del 80– para virar hacia un nacionalismo corporativo. Ese punto de inflexión, como se sabe, está en la revolución de septiembre de 1930 (cuyos protagonistas Gálvez retrata –y critica– con maestría en Hombres en soledad), pero se encarna en la propia trayectoria ideológica del novelista. Gálvez es el arquetipo del hombre antiliberal, con un sentido social preponderante (se graduó en Derecho con una tesis sobre la trata de blancas), pero que a la vez rechaza todo avance por izquierda en función de su catolicismo militante. Es por eso que, como otros intelectuales de su época, encuentra en el naciente justicialismo la posibilidad de construir un Estado social, tan alejado del comunismo como del "liberalismo materialista yanqui", de los cuales el escritor abominaba con idéntica energía. Pero el devenir de ese movimiento generó la desaprobación absoluta del escritor, que quedó así, como muchos nacionalistas de su generación, en un callejón sin salida que él mismo, sin embargo, había contribuido a producir.El segundo aspecto está dado por la visión que el mismo Gálvez tiene del mercado literario. La mayoría de los nombres que él considera relevantes hoy están olvidados, inclusive en los ámbitos académicos. Paralelamente, figuras fundamentales como Roberto Arlt (cuyas novelas fueron publicadas durante el período de esplendor de la obra novelística del autor), Leopoldo Marechal o el mismo Borges (que en la década del 50 ya había dado a la imprenta sus mejores libros de cuentos) aparecen citados de manera tangencial, producto de la escasa importancia que el autor les asignaba (incluso calificaba de esnobs a Sartre, Moravia o Faulkner). Este desenfoque es, en definitiva, el costado más apasionante de estos recuerdos, convertidos en una suerte de fantasmática de la literatura. Por momentos, se tiene la sensación de que el autor ha creado, por obra del anacronismo de su lente, un mundo de ficción en el que escritores imaginarios polemizan, compiten y se juegan su posteridad. Si no fuera, claro está, porque esos hombres y mujeres fueron tan humanamente reales como aquel que se animó a pintarlos.