Por Jorge Enrique Deniri y Dardo Ramírez Braschi
Rosas
jueves, 31 de marzo de 2022
1859. Solano López: La forja de un agresor.
viernes, 24 de diciembre de 2021
Fuego contra fuego: Corrientes y el Paraguay
Por Junta de Historia de la Pcia. de Corrientes: Dr. Jorge Enrique Deniri (Presidente): Dr. Dardo Ramírez Braschi (Secretario).
Desde el mes de mayo de este año, venimos
desgranando una serie de notas englobadas a partir de septiembre bajo el título
de “Fuego contra fuego”, que aspiran no sólo a dar respuesta, sino
especialmente a hacer docencia sobre la verdadera Historia de las duras
relaciones entre el Paraguay y Corrientes, desde su mismo origen en los tiempos
coloniales, pero en particular a partir del año 1810 y hasta la agresión,
invasión y ocupación paraguaya de la provincia, perpetrada por el ejército
paraguayo cumpliendo las órdenes del tirano paraguayo Francisco Solano López,
el 13 de abril de 1865.
El disparador de las notas, que como tales se constituyeron en ajustadas investigaciones semanales incluso de contiendas poco menos que desconocidas, como la guerra de los Virasoro en 1849, fue lo que ya entonces calificamos de “demanda absurda”, perpetrada ante tribunales argentinos por un ignoto “Instituto Paraguayo Amigos de los Niños, Adolescentes y Jóvenes “I.P.A.N.” a través de un abogado ¿argentino? llamado Juan Carlos Muro Segovia, con asistencia de algunos letrados paraguayos, todos residentes en Asunción. El absurdo parte del reclamo de ciento cincuenta billones de dólares ¡150 billones!, pero sobre todo de la naturaleza misma de la demanda, que arranca de la exégesis de hechos que se pretenden ocurridos, desde la misma entraña del pasado colonial, hasta una actitud de victimización unilateral y absoluta del Paraguay, como “víctima inocente” de una guerra que habría sido querida y declarada no por Paraguay sino por otras tres naciones que se unieron para aplastarlo gracias a la sumatoria de sus ejércitos, llevando a cabo un verdadero “genocidio”. Muy sintéticamente, ya dijimos meses atrás que esa demanda constituye “una formulación negacionista. Novedosa, porque acopia y desarrolla todos los argumentos según los cuales Paraguay fue una víctima de sus vecinos poco menos que indefensa, y hace de Francisco Solano López, en vez de un déspota sanguinario que no dudó en asesinar incluso a sus familiares más cercanos, un héroe de leyenda”. Allí germinó el encabezamiento reiterado de nuestra labor periodística, “para establecer cuáles deberían ser las bases de una contra demanda un “fuego contra fuego” de Corrientes, por los indescriptibles daños y perjuicios sufridos durante la ocupación paraguaya, entre mediados de abril y fines de octubre del año 1865”. Abundamos entonces, destacando que aunque el “relato” impuesto por la historia novelada paraguaya y sus simpatizantes, corifeos y crédulos de la Argentina, “insiste y persiste una y otra vez en que nuestro país no sólo devolvió los trofeos conquistados con su sangre por nuestros soldados en aquella infausta guerra no provocada por nosotros, sino en que condonó al Paraguay la deuda de guerra que libremente había aceptado pagar”, esa es simplemente la siempre falsa “historia oficial”, porque “la deuda del Paraguay con los correntinos, con los “privados” que fueron requisados, saqueados, robados, violados y demás, en aquellos meses infernales en que el invasor paraguayo holló con su bota el suelo de nuestra provincia, esa deuda nunca se menciona, no aparece por ningún lado, se la omite a tal punto que es prácticamente desconocida no sólo de los correntinos, sino de todos los argentinos, y, peor aún, de todos los habitantes de las otras naciones que integran nuestra cultura, el Mundo Occidental, que creen ciegamente que sólo el Paraguay sufrió, y que ese sufrimiento fue totalmente inmerecido, gratuito, e impuesto por la crueldad de los vencedores”.
Pero… ¿a qué nos referimos cuando hablamos de
“historia novelada” y en qué difiere y cuánto se aproxima a la “novela
histórica”. El problema es en qué medida estamos hablando de la historia como
ciencia o como literatura: Años atrás, el doctor Carlos María Vargas Gómez
dedicó largo tiempo a identificar claramente cuándo estamos en presencia de una
novela histórica y cuándo enfrentamos una historia novelada. Muy escuetamente,
concluyó en que la novela histórica rellena los vacíos históricos documentales
con conjeturas creíbles pergeñadas por el escritor, que hacen más entretenida o
atractiva la narración, mientras que la historia novelada persigue una
finalidad, busca alcanzar un fin a
través de la invención de eventos, motivaciones y personajes, tiene una
intención demasiadas veces inconfesada.
Por eso, aseveramos que luego de la
contienda, el Paraguay, atraviesa historiográficamente una prolongada etapa
revulsiva, en que la figura del déspota Francisco Solano López es ampliamente
investigada y durísimamente enjuiciada por los mismos historiadores paraguayos.
“El estado de postración y abatimiento en que cayera el Paraguay como
consecuencia de la guerra, potenció en los sobrevivientes, junto al sentimiento
de humillación por la derrota, un odio visceral a la figura de Francisco Solano
López”.
Luego, con el nuevo siglo, el llamado
“novecentismo”, desarrolla un proceso histórico reivindicador, por obra de un
hijo del déspota, Enrique Solano López (vuelto al Paraguay en 1885), partiendo
de su periódico, “La Patria”, con el auxilio erudito aunque mercenario de Juan Emiliano
O’ Leary, cabeza de un revisionismo tan potente y exitoso que sería llamado “El
Reivindicador”.
La vindicación final de Solano López es obra
de un nuevo dictador, Alfredo Stroessner, con lanzamiento oficial el 1 de marzo
de 1970, cuando en horas de la mañana todo el Paraguay guarda “un minuto de
silencio en homenaje a la memoria de Francisco Solano López, muerto exactamente
un siglo atrás”.
Ese revisionismo reivindicador, Stroessner lo asocia a la figura de
Bernardino Caballero, “un general de Solano López que, caso excepcional, logró
sobrevivir a las sangrientas purgas del déspota, y luego de caer prisionero, se
transformó prontamente en agente brasileño y fundador del Partido Colorado
paraguayo”.
El relato elaborado por O’ Leary y los
intelectuales asunceños identificados como “los novecentistas”, es asumido como
emoliente primero y como exaltación después de una nueva épica paraguaya, capaz
de restañar las heridas producidas por la guerra en la autoestima nacional,
partiendo de la apoteosis de Francisco
Solano López. Reivindicado el tirano y repuesto como figura paradigmática,
héroe epónimo del patriotismo ultramontano paraguayo, las izquierdas
antiimperialistas de la guerra revolucionaria cubana lo proponen después,
falsamente como paladín antibritánico.
De la compleja trama que ofrece tan extenso
proceso histórico, sólo, desarrollamos hasta ahora los episodios que evidencian
el carácter de agresor sistemático que el Paraguay asume respecto a Corrientes,
desde que se inicia el proceso emancipador en 1810, – gesta revolucionaria
continental de la cual Paraguay no participa - , hasta el año 1865.
Así, primero con Gaspar Rodríguez de Francia,
luego con Carlos Antonio López, finalmente con Francisco Solano López, el
Paraguay, una y otra vez, contra lo que aduce la fábula, - el “relato”
negacionista de su revisionismo -, invade Corrientes una y otra, y otra vez, y
debe ser repelido y expulsado por la fuerza de las armas, aunque en definitiva
termina ocupando y manteniendo “manu militari”, una franja del suelo del Norte
de Corrientes, entre los ríos Paraná y Uruguay, desde la Tranquera de Loreto
hasta el Aguapey. La Guerra del Paraguay devuelve ese espacio a Corrientes,
hasta que los dislates negacionistas del revisionismo paraguayo reciente,
vuelven a ponerlo sobre el tablero, como está sucediendo ahora en relación con
los continuos incidentes en torno a la isla Apipé.
No cabe ninguna duda que con lo expuesto hasta ahora, fundamentamos apropiadamente aseverar que Solano López fue quien atacó a la provincia de Corrientes sin excusa ni justificación alguna, por más que haya pretendido después culpar al gobierno argentino de entonces por no haber accedido a sus demandas de cederle soberanía para atravesar el territorio nacional. En todos los hechos que analizamos, el agresor, el atacante y siempre por sorpresa, “a traición” como se dice vulgarmente, fue, por turno, uno de los dictadores paraguayos.......
miércoles, 11 de mayo de 2016
José de San Martín y la unidad política de Sudamérica
Las perspectivas de análisis del pensamiento y accionar sanmartiniano tienen múltiples facetas, pero se puede asegurar sin hesitación que uno de los principales objetivos de la obra del
Libertador de América fue su lucha por la independencia y unidad de los pueblos del continente. Desde los albores mismos de la Patria, los esfuerzos abundaron para lograr las metas políticas
propuestas. Con escasos recursos materiales, pero con gran temple que sólo poseen los emprendedores de las grandes realizaciones, los americanos comenzaron a surcar los caminos de la libertad.
Al principio de ese trayecto surge la figura de José de San Martín.
El motor inspirador de aquella gran empresa ha sido la búsqueda de la independencia, idea directamente relacionada con la unidad continental; por esa razón, el Libertador bregó por los dos objetivos de igual manera, ya que no se podía comprender y desarrollar uno sin el otro. No visualizó José de San Martín la lucha por la emancipación sin el contexto continental. La lucha que se gestó por la independencia fue en un marco continental, no pensando jamás en ficciones, como el fraccionar en países el territorio, situación que se inventaría con posterioridad. Independencia y unidad eran objetivos que debían realizarse en conjunto, jamás separados, porque de lo contrario no se lograrían, y el vencedor de los Andes lo sabía desde el primer momento. Para obtener la independencia, la organización política se tornaba indispensable, debiendo
garantizarse, simultáneamente, la emancipación, unidad territorial y homogeneidad política del antiguo Reino de Indias. Por tal razón, en distintas oportunidades San Martín propuso una monarquía constitucional, no como una estructura de privilegios nobiliarios sino como una forma de gobierno que, en poco tiempo, podía garantizar la independencia, la organización y la unidad territorial simultáneamente. Propulsor del Tratado de Unión, Liga y Confederación para asegurar la independencia americana entre Perú y Colombia, gestionó ante los demás Gobiernos de la América -antes española-, para su ingreso en ese Pacto de unión perpetua.
A. J. Pérez Amuchástegui puntualmente refiere al respecto: “No se trataba de una lírica hermandad espiritual, sino de una confederación activa y ejecutiva”, y agrega: “De esta manera quedó sellado formalmente el propósito de construir una Confederación de Estados soberanos de la América meridional, ligados por pactos multilaterales que comprometieran a
las partes para siempre” (Pérez Amuchástegui, “Ideología y acción de San Martín”, Eudeba, 1966, p. 52).
Pero de los objetivos propuestos, sólo se alcanzaría la independencia sin integración. Diversos fueron los factores que -aislados o simultáneos-, conspiraron para la fragmentación territorial hispanoamericana: la inmensa extensión; las débiles y precarias comunicaciones terrestres o marítimas; la falta de desarrollo de las fuerzas productivas regionales; la no construcción de un epicentro político, que pueda unir y consensuar a las distintas y diferentes regiones de Sudamérica, entre otros. Una de las alternativas que rápidamente podía haber garantizado la independencia conjuntamente con la integración territorial era una monarquía constitucional, proyecto que contaba con la conformidad de los dos prohombres de la nacionalidad argentina: José Francisco de San Martín y Manuel Belgrano.
Pero el triunfo de las armas, desde San Lorenzo a Ayacucho, no alcanzó para obtener los objetivos finales. Al mismo tiempo que se lograba la independencia de España, se producía también la temida fragmentación, creándose incipientemente los pequeños Estados que hoy conforman la división política de la América hispana.
José San Martín fue uno de los impulsores de la conformación y desarrollo de la emancipación y unidad americana, y hoy no hace falta que expliquemos nuestra realidad política para observar
que aquellos proyectos no fueron concluidos. Fueron los intereses que combatieron a San Martín los mismos que interrumpieron la
construcción continental. Así, Buenos Aires, por ejemplo, sin importarle lo que pasase más allá de su puerto, deja a las provincias altoperuanas desprotegidas y en libertad de acción, a través del voto de los Representantes locales, bajo la influencia y amparo del Congreso General constituyente del año 1825.
Hay que recordar que, desde el Acta de Rancagua, de 1820, en el que se desestimaba que el Ejercito de los Andes regresase a Buenos Aires para combatir a las provincia litorales, Buenos Aires no sólo quitó apoyo logístico a la campaña sanmartiniana, sino que también incursionó en reacciones revanchistas contra la propia persona del Libertador, tal fue el caso del impedimento de ingreso de éste a la ciudad de Buenos Aires, en 1823, cuando Remedios de Escalada pasaba los últimos días de su vida, pudiendo regresar San Martín a Buenos Aires cuando su esposa ya había fallecido. También en aquel año le retiran la pensión vitalicia que se otorgó a María Mercedes Tomasa de San Martín por el triunfo de Chacabuco, no figurando más en los Registros de pensionistas de la Tesorería de Buenos Aires (ASM, TIX, p. 125). Es así que “la ciudad tentacular”, al decir de Manuel Gálvez, fue implacable contra los
intereses y el decoro de San Martín.
Su partida definitiva a Europa, en 1824, y la muerte sin gloria de Simón Bolívar en 1830, son finales no deseados pero previsibles en la evolución política, en el período postrevolucionario, teniendo en cuenta los intereses sectoriales de la época. A los intereses portuarios, que miraban con mayor simpatía hacia el mar, hacia Europa, antes que al territorio de las provincias, poco le podía interesar la construcción de una unidad territorial compacta, tal como se configuró en la etapa virreinal. Inmediatamente a la muerte de Bolívar y al alejamiento de San Martín, la Nación de repúblicas diseñada en el Congreso Anfictiónico de Panamá, en 1826, se derrumbó indefectiblemente antes de nacer. De la Gran Colombia sólo quedaron rastros en la conformación fragmentaria de Venezuela, Colombia y Ecuador, donde José Antonio Páez modeló a la actual Venezuela; Francisco de Paula Santander instauró una débil Colombia; y Juan José Flores inventó al
Ecuador. Así se fue conformando el mapa multicolor de la América del Sur, que es el reflejo cabal que el proyecto sanmartiniano quedó inconcluso y que el sueño de aquel yapeyuano que forjó la construcción de la Hispanoamérica independiente, sólo quedó en eso: un sueño.