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viernes, 30 de abril de 2021

Mariano Acha: traidor y entregador de Dorrego...su muerte.

Por el Prof. Jbismarck

Era hijo de Nicolás Antonio de Acha y de Juana Ventura Salomón y Ramírez.  En 1818 era alférez del Regimiento de Dragones de la Patria. Participó en los combates de Cepeda y Arroyo del Medio contra los caudillos federales, y cayó prisionero en la batalla de Gamonal (1820). Era sargento mayor en 1828, cuando el gobernador Manuel Dorrego se refugió en el fuerte de Salto, después de la derrota de Navarro. Acha y su jefe, el coronel Bernardino Escribano, tomaron presos a su superior, el coronel Ángel Pacheco y también a Dorrego, a quien envió al campamento de Juan Lavalle. Aunque no tuvo participación en su fusilamiento, seguramente sabía de antemano que sería fusilado. Lavalle lo ascendió a coronel de caballería por este "mérito".  Tras la derrota unitaria en Buenos Aires, se dirigió a Córdoba para unirse a las fuerzas de José María Paz, comandante militar de la Liga del Interior. Participó en las batallas de La Tablada y Oncativo.  Tras la captura del general Paz, se retiró con Lamadrid hacia el norte, donde después de derrotar a los hermanos Reynafé, combatió en las derrotas de Capayán y La Ciudadela. Finalmente emigró a Bolivia.   había regresado y se hallaba en Tucumán, en 1840, al formarse la Coalición del Norte contra Juan Manuel de Rosas, a la que se adhirió, incorporándose a las fuerzas del gobernador salteño Manuel Solá. Éste le confió la organización y adiestramiento de los contingentes que se formaban en su provincia, donde no había oficiales capaces, al menos en el bando unitario. Atacó al caudillo Juan Felipe Ibarra en Santiago del Estero, pero éste lo venció con su táctica favorita de "tierra arrasada".   Tras unirse a las fuerzas de Lavalle y Lamadrid, éstos lo mandaron a invadir por segunda vez Santiago del Estero. Pero le fue peor aún, porque desertó la mayor parte de sus fuerzas. Con lo que le quedaba pasó a La Rioja, donde fue derrotado en Machigasta (1841) por José Félix Aldao. Catamarca y La Rioja cayeron en manos de los caudillos federales, y Acha huyó a Tucumán.   Allí se unió al ejército del general Lamadrid en la marcha hacia Cuyo, como jefe de su vanguardia. Derrotó a las fuerzas de Nazario Benavidez primero y a las de José Félix Aldao después en Angaco — a las puertas de la ciudad de San Juan — el 16 de agosto de 1841, en la batalla más sangrienta de las guerras civiles argentinas.  Pero enseguida malogró el éxito, olvidándose de las fuerzas que aún tenía el gobernador Benavidez, que lo atacó poco después en la llamada Batalla de La Chacarilla. No tuvo Acha más remedio, previo un consejo de guerra con el mayor Agüero, capitán Viera y teniente Martínez, que reconcentrar sus fuerzas en las torres de la Catedral de San Juan.

Por fin, el mayor Gallardo, a la cabeza de 24 infantes, y el teniente Moreno, con 40 Jinetes, penetran en la plaza y se apoderan de los cañones unitarios, que Acha no tuvo tiempo de clavar. Benavidez le hace intimar rendición por medio del coronel Ramírez, pero ante la contestación soberbia del jefe unitario, hizo enfilar los cañones contra la iglesia y principió a derribar la torre.  Habría sido entonces insensatez el no rendirse. Acha levantó la bandera de parlamento; pero al oficial que le pedía su espada, dijo : “Vuelva Vd. donde está su superior y dígale de mi parte que si Mariano Acha ha sido vencido, en la derrota no ha perdido ni su rango ni su dignidad, y que su espada no será entregada sino a su igual”. La capitulación fué, pues, hecha vino Benavidez en persona, subió a la torre, donde se hallaba Acha, recibió su espada, lo tomó del brazo y lo condujo a su propia casa. Este quedó preso en la propia casa del vencedor. Junto con el general Acha cayeron prisioneros el coronel Crisóstomo Alvarez — postrado en cama, — los comandantes Ciríaco Lamadrid, el hijo mimado del caudillo militar, y Rufino Ortega.  Tal fué la acción de San Juan, perdida por Acha, debido a su incalificable falta de disciplina y a los celos personales con Lamadrid.  Oribe llamaba .socarronamente a Lamadrid “general de vidalitas”; era, por lo menos,, Un “libertador” algo singular, pues, cómo los condottieri de los tiempos medios italianos, parecía preferir se perdiera la causa que representaba, cuando la casualidad no le deparaba el papel prominente.

El vencedor de San Juan era un hombre generoso. Hasta sus mismos enemigos lo han reconocido su carácter era bondadoso, dúctil. Durante su larga dominación en San Juan, “la provincia no fue ensangrentada, y sirvió de refugio en muchos casos; había paz y tranquilidad” Los recuerdos que se conservan de Benavides son tan gratos, que contrastan con las épocas “civilizadas” posteriores, como la de Sarmiento. 

Nada tiene de extraño que concediera a los rendidos la capitulación con garantía de la vida  y que mereciera estas palabras en una comunicación oficial del mismo Lamadrid: “El general Acha, el capitán Ciríaco Lamadrid, que fue el último en deponer su espada, y algunos otros oficiales, existen hoy prisioneros en poder del señor Benavidez; este general los trata hasta hoy con una generosidad no acostumbrada”.  Por otra parte, no hay que olvidar que Benavidez no era más que un jefe divisionario del “ejército de Cuyo”, que mandaba en jefe el general Aldao, por eso su primer medida fue, remitir los prisioneros importantes directamente a Aldao. ¿Podía acaso ignorar que Aldao, despechado por su reciente y vergonzosa derrota, irritado con la conducta demasiado autónoma de su subalterno, dejaría de aprovechar la oportunidad de vengarse de su vencedor y, a la vez, desautorizar a su segundo, desconociendo la capitulación y disponiendo de los prisioneros como rendidos a discreción? Era difícil que Benavides pudiese abrigar esa duda: tan es así, que remitió a Aldao sólo parte de sus prisioneros (Acha y otros), prefirió dejar en San Juan los que más estimaba (Crisóstomo Alvarez, Vieira y otros) y conservó consigo algunos que deseaba salvar (Ciríaco Lamadrid y otros).

Benavidez remitió, pues, la plana mayor rendida, pero con una escolta reducida, mandada por el comandante Fonfrías, a fin de que la entregase a Aldao, como general en jefe del ejército de Cuyo, del cual él no era sino segundo. El general Lamadrid entró a San Juan el día 24; encontró allí la familia de Benavidez y la tomó prisionera de guerra, en calidad de rehenes, haciendo que la señora escribiera una carta a su marido, para que entregara a Acha y el hijo de Lamadrid. en cambio de su familia. Pero Benavides contestó que “no canjeaba prisioneros de guerra por mujeres y niños inocentes”.  Lamadrid demoró aun tres días en San Juan, para mandar al comandante Peñaloza, con la mira de rescatar los prisioneros, que llevaban una marcha anticipada de dos días. Pero Lamadrid, tranquilo respecto de la suerte de su hijo Ciriaco, que quedó con Benavidez, pareció no preocuparse mayormente de Acha y sus acompañantes ... Se llega aquí al nexo del problema histórico estudiado.

El día 15 de septiembre de 1841 cerca de la localidad puntana de Posta de Cabra el teniente Marín, por órdenes de José Félix Aldao, hizo poner de rodillas al general Acha y le disparó por la espalda, castigo destinado a los traidores ya que le imputaban tal calidad por haber entregado al gobernador Manuel Dorrego a Juan Lavalle quien lo ejecutó en 1828.  Ya muerto Acha le cortaron la cabeza y la colocaron en la punta de una pica, exponiéndola.   Nazario Benavídez afianzó su prestigio militar y su poder político en todo Cuyo transformándose en el hombre más respetado y temido de la década que comenzaba.  Al día siguiente, 16, Pacheco comunicaba el hecho a Rosas, desde su campamento del Desaguadero. Y desde entonces los unitarios le atribuyeron el hecho….Indudablemente, Rosas no podía mirar con ojos simpáticos a Acha, causante inmediato de la tragedia de Navarro, trece años antes, cuando, siendo oficial del cuerpo que escoltaba a Dorrego, sublevó A los soldados, traicionó a sus jefes y entregó maniatado al mártir, para que se cometiera el funesto error de sacrificarlo. De ahí habían nacido las guerras civiles que ensangrentaban a la confederación, y era natural que al gobierno no le pareciera un prisionero común el amotinado de 1828.
Casi dos siglos después de la muerte de Acha, no hay acuerdo unánime sobre quién dio la orden de matarlo de esa manera. Apenas fue derrotado en la Catedral, el general Acha fue trasladado en persona por el gobernador (y vencedor) Benavídez, quien lo alojó en su propia casa en calidad de prisionero de guerra. El sanjuanino le mostró respeto en todo momento, lo trató como el militar de alto rango que era y le prometió que respetarían su vida. En esas condiciones fue que se inició el traslado, con un fuerte operativo en el que Acha y otros oficiales eran vigilados por una escolta de 50 hombres. La orden era entregarlo con vida al general Ángel Pacheco, el nuevo comandante del ejército federal designado por el Brigadier General Juan Manuel de Rosas.
Pero Acha nunca llegó a manos de Pacheco. El recuerdo de su pérfida traición y su castigo posterior cerraba un capítulo de venganza y se cobraba la vida de Mariano Acha, el hombre fuerte de la más dura batalla de las guerras civiles argentinas en suelo sanjuanino.

Fusilan a un hijo de Lamadrid....

El general Nazario Benavides dominaba San Juan en tiempos en que un hijo del general Lamadrid fue fusilado. Dicen las Memorias del atribulado padre: “Al poco tiempo de mi llegada [a Copiapó, Chile], ya fui impuesto de haber llevado preso Benavides a mi querido hijo el sargento mayor don Ciríaco La Madrid, pues el coronel don Lorenzo Alvarez lo había acomodado de capitán en su cuerpo de cazadores, cuando marcharon para San Juan, y como por la espléndida victoria de Angaco concedí un grado a todos los jefes y oficiales que se hallaron en ella, habiale tocado el grado de mayor.   Algunos de los prisioneros que había tomado Benavides en Mendoza, los enfermos que habían quedado en San Juan a mi pasada, hablan llegado ya a Copiapó, los unos con pasaporte de ese malvado ingrato, y los otros fugados; y tanto aquellos como éstos habíanme dicho que mi hijo andaba en libertad, que paseaba en los caballos de Benavides, y que vivía con él y comía en su mesa como un hijo de la familia; pero sin embargo de esto, algunos de éstos al venirse le habían propuesto traerlo y esperándolo ya hasta con caballo ensillado, pero el joven se había resistido a dar aquel paso, fiado en el tratamiento que recibía y en las promesas del general, por cuya razón le chocaba dar aquel paso.  Habíanme dicho también que a la pasada del Chacho para Guandacol, un pueblo situado del otro lado de la Cordillera, a inmediaciones de San Juan, Benavides había acordado la petición de todos los prisioneros que allí habían, de mi ejército, pertenecientes a las provincias, a los cuales había conservado en libertad; que con este motivo se había ocultado mi hijo en el pueblo, temeroso de alguna tropelía; que Benavides había practicado las más escrupulosas averiguaciones por descubrirlo, pero que todo había sido inútil, y que marchándose para los Llanos en busca del Chacho, mi hijo habíale dirigido desde su escondite una carta manifestándole las razones que había tenido para ocultarse, pero sin pensar de ninguna manera en fugarse, porque no juzgaba propio de él corresponder con un acto semejante a las consideraciones que le habían dispensado. ¡Que en esta virtud estaba pronto a presentársele, si le permitía no perjudicarlo por haberse ocultado!

Si ese malvado de Benavides hubiese sido capaz de una acción noble, como debió hacerlo en justicia, aunque no fuese más que por gratitud a las consideraciones que yo había dispensado a toda su familia, y aun a él mismo, pues le había puesto en libertad estando en la cárcel de San Juan, cuando entré a dicha ciudad a principios del año 1831 y me encargué de su gobierno por instancias de todo el pueblo, ¿no pudo haberle contestado que se mandase mudar furtivamente y aun proporcionándole auxilios secretos para ello? ¡Pero no! ¡Que no es propio de un malvado el efectuar un acto de nobleza! ¡Respondió a mi inocente hijo que fuese a presentársele sin el menor cuidado ni recelo! Fue, ese inocente y desventurado joven, confiado en la promesa de ese bárbaro, y apenas lo alcanzó mandó ponerle una barra de grillos y lo hizo conducir encadenado con otros presos que llevaba, entre ellos un oficial Frías, santiagueño, y seguir las marchas con las fuerzas que llevaba.  En San Juan había quedado enfermo de una fiebre un paisano catamarqueño, joven de buena familia, llamado Cándido, cuyo apellido no recuerdo. Era hijo de un comandante de la sierra del Alto que había ido en mi alcance hasta La Rioja llevándome un hermoso caballo, pidiéndome le permitiera acompañarme a la campaña. Como después de estar yo en Mendoza hubo una revolución en San Juan, al aproximarse Pacheco con Benavides, este mozo quedó prisionero y había sido puesto en libertad por Benavides a su vuelta de Mendoza.   Pues este mozo, así que supo que a mi hijo lo llevaban preso, vendió cuanto tenía y se fue en alcance de él llevándole algunas cobijas que pudo conseguir, con el sólo objeto de servirle como de asistente, y lo consiguió...Siguió el noble Cándido acompañándolo hasta La Rioja. El Chacho se había marchado para Catamarca poco antes de entrar Benavides a La Rioja. Llegado que fue éste a dicha ciudad y dispuesta ya la marcha de Benavides en persecución de Peñaloza, estando los presos a caballo en ancas de la guardia, díjome el fiel Cándido cuando se me presentó en Copiapó a los pocos días de la muerte de mi hijo, lo siguiente: El mayor o teniente coronel Domínguez, puntano, que era el segundo de Benavides, lo quería mucho al niño Ciríaco (así lo llamaban a mi desgraciado hijo), lo mismo que todos los jefes y oficiales; estando ya toda la división a caballo para marchar y lo llamó el general y le dijo:

Deje usted al hijo de La Madrid y demás presos, que eran tres, me parece, al gobernador, para que los tenga seguros en su cuartel hasta mi vuelta y dígale usted que él me responde de ellos." El comandante, para que no le dejaran al niño, temiendo que lo mandasen matar después que se marchara el general, le dijo al general: —“Si no tiene cuartel, ¿dónde quiere usted que los acomode?" Entonces el general le dijo al comandante Domínguez "pues que los ponga en la cárcel y que allí los cuiden". —"Si no tiene cárcel, señor", le contestó. —"Pues que los tenga entonces en su casa". —"Si no tiene casa el gobernador, pues cuando marchamos nosotros se va para los Llanos."

Entonces el general, incomodado con estas contestaciones del comandante, le dijo: —"Pues entonces que los fusilen ahora mismo", y cerró de golpe la puerta del cuarto en que estaba y le echó llave por dentro. Yo, que estaba escuchando esto, como quien no hace la cosa, corrí a la guardia que estaba montada, con el niño, el oficial Frías y otro preso en ancas. Cuando yo llegué, ya el ayudante del general había dado la orden, y a tirones los bajaron de las ancas, los sacaron un poco aparte y, parándolos juntos, les hicieron una descarga. Uno de los presos disparó sin que le tocaran y saltó un cerco; el niño, con un balazo, corrió unos pasos y se paró diciendo: -—“¿Así se mata al hijo del general La Madrid? ¡Yo tengo la culpa que me fié de sus promesas!" Los soldados lo voltearon a bayonetazos y allí lo degollaron.

No recuerdo si el que saltó el cerco escapó o si me dijo que lo alcanzaron y mataron también. ¡Este es el modo bárbaro con que acabó mi pobre hijo sus días, el 30 ó 31 de junio del año 1842, sin haber cumplido los 19 años! 

Escribí carta a Benavides, o más propiamente me resolví a mandarla, pues hacía muchos días que la tenía escrita, proponiéndole olvidar el hecho de la muerte de mi hijo, en obsequio a la causa pública, si él se prestaba a obrar contra el tirano en favor de los pueblos, pues yo sabía bien que no era él el asesino de mi hijo, sino su bárbaro padrino. (Rosas y Encarnación eran los padrinos de Ciriaco)

Este paso lo había dado animado sólo de los más nobles sentimientos en favor de los pueblos, porque estaba persuadido que ese crimen sólo era que lo contenía a Benavides para no pronunciarse contra el tirano, juzgando que yo no se lo perdonaría.

Muchos me han reprochado semejante, paso pero estoy persuadido que, lejos de ser reprensible, es el paso más noble que puede dar un verdadero patriota en favor de su país. Si pudiera uno conseguir a costa de un semejante sacrificio o indulgencia, el libertar a su patria de un tirano como Rozas, ¿sería justo, para vengarse, dejar perecer a su país, y a todos sus compatriotas? i Si hay quien crea esto justo, yo no lo creo! Si no tuvo lugar mi pensamiento, fue sólo porque no tuve con qué pagar a un hombre que condujera esta carta, y me vi precisado a comunicar a un compatriota mi pensamiento, y el secreto del mensaje, para que hiciera por la patria un pequeño sacrificio de dar un par de onzas al conductor de la carta.’