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domingo, 5 de noviembre de 2023

López Estanislao 2da parte

Por pacho o'donnell
La década de 1820 estuvo signada por una interesente gestión de López quien se empeñó en dar orden territorial, administrativo y legal a su provincia, con el consenso de sus comprovincianos. En relación a la autonomía que los jefes federales deseaban dotar a sus provincias, a las que con frecuencia se referían como “repúblicas”, la Junta de Representantes santafesina propone una bandera diferenciada de la nacional. Esta debe ser “de figura cuadrilonga, centro blanco en los dos costados celestes y un triángulo en cada extremo de color colorado”. Bandera que nunca se realizó. El 1º de agosto de 1822 López reitera su voluntad de contar con bandera propia y propone que “sea cuatricolor, blanco el medio, celeste a la derecha y en el centro un óvalo orlado con una faja amarilla donde se note: Provincia Invencible de Santa Fe. En lo inferior las armas con un sol naciente conforme al diseño que acompaño, sin perjuicio de cuantas modificaciones le parezcan mejores, análogas o más explicativas del genio valiente de sus hijos”.
En 1824, convocado por Buenos Aires, se reunió un Congreso Constituyente con el propósito de dar una organización a las Provincias Unidos. Los delegados santafesinos, trenzados en ardorosos debates contra el centralismo porteño, defendieron sin éxito las autonomías provinciales y su derecho a las regalías de la Aduana del puerto.  Durante su gobierno López sostuvo relaciones autónomas con algunos países americanos. Desde 1814 gobernaba en Paraguay el dictador Gaspar Francia con un aislacionismo tanto económico como político, instaurando medidas proteccionistas que perjudicaron el comercio santafesino que se vio privado de tabaco, yerba y maderas. López se planteó seriamente adoptar medidas similares en contra del Paraguay, como lo escribiera al gobernador de Corrientes: “Yo estoy resuelto a observar con respecto al Paraguay la misma conducta que guarda con nosotros. Todas las reflexiones que he hecho sobre el particular sólo han servido para confirmarme más en la necesidad de adoptar esta medida. Si nosotros por una política extraviada le franqueamos nuestro comercio y con él nuestros recursos, al paso que aquel gobierno por un proceder egoístico nos priva del suyo, cuando sus producciones no nos son de primera necesidad ¿no es darle a entender que nuestra suerte es precaria y que no podemos subsistir sin él, pudiendo él verificarlo sin nosotros? ¿No es esto fomentar los caprichos de aquél Directorio por una debilidad criminal de nuestra parte? Franqueándole el tráfico de nuestras provincias le proporcionamos los medios de informarse de nuestra situación política, de la debilidad de nuestro estado y de otros pormenores que ciertamente deben interesarle para su manejo, mientras nosotros estamos en la más completa ignorancia de sus recursos y planes”. 
Las disposiciones de Francia fueron sistemáticamente violadas por el tráfico clandestino sin duda fomentado por el gobierno santafesino. Esto se percibe en la nota enviada el 5 de enero de 1823 por Estanislao López al gobernador de Entre Ríos, Lucio Mansilla, informándole sobre el avance de una división paraguaya hacia la Candelaria con el objetivo de poner coto al contrabando: “Así es que se advierte muy bien el espíritu de aquel directorio en dirigir de tiempo en tiempo parte de sus esfuerzos a esos destinos pues su designio no es, ni puede ser, otro que impedir nos proveamos de los frutos de que su sistema monstruoso ha intentado privarnos”. Respecto de las relaciones de López con el gobierno de Chile las comunicaciones fueron escasas pero amistosas, sobre todo con el general O’Higgins. En un caso hizo un pedido especial al chileno solicitándole que intercediera para que se pudiera cobrar el legado de una tal Manso que había destinado 14.000 pesos de su herencia a beneficio del hospital santafesino.  Con San Martín el vínculo fue siempre cordial y activo. Puede decirse que don José le debió su libertad y quizás su vida cuando a mediados de octubre de 1823 pensaba viajar a Buenos Aires y recibió entonces una comunicación secreta del caudillo santafesino: “Sé de una manera positiva, por mis agentes en Buenos Aires, que a la llegada de V. E. a aquella capital, será mandado juzgar por el gobierno en un Consejo de Guerra de oficiales generales, por haber desobedecido sus órdenes en 1819 haciendo la gloriosa campaña de Chile, no invadir a Santa Fe y la expedición libertadora del Perú. Para evitar este escándalo inaudito y en manifestación de mi gratitud y del pueblo que presido, por haberse negado V. E. tan patrióticamente en 1820 a concurrir a derramar sangre de hermanos con los cuerpos del Ejército de los Andes que se hallaba en la provincia de Cuyo, siento el honor de asegurar a V. E. que, a su solo aviso, estaré con la provincia en masa a esperar a V. E. en El Desmochado, para llevarlo, en triunfo hasta la plaza de la Victoria. Si V. E. no aceptase esto, fácil me será hacerlo conducir con toda seguridad por Entre Ríos, hasta Montevideo”. Don José le agradecería el aviso y tomaría las precauciones necesarias para advertir a su enconado enemigo Rivadavia, arbitro de la política porteña, que su presencia en Buenos Aires obedecería solo a su intención de embarcarse hacia su exilio en Europa.  Dorrego es uno de nuestros próceres mayores avaramente reconocido por la historia oficial, la que sólo hace hincapié en su condición de “fusilado” pero sin ahondar en las razones de su muerte ni inculpará a su verdugo ni a los autores intelectuales. Asumió como gobernador de Buenos Aires luego de que Rivadavia renunciara ante el escándalo provocado por su emisario Manuel J. Garcia, obediente a los deseos de Gran Bretaña, al ceder a Brasil la ocupación de la Banda Oriental a pesar del triunfo de las armas argentinas en Ituzaingo. Dorrego había sido representante del caudillo federal Ibarra, gobernador de Santiago del Estero, en la Legislatura porteña y allí había denunciado las arbitrariedades y las corruptelas de don Bernardino y los suyos. Ello le ganó el favor de los sectores populares que vieron en él un representante confiable de sus intereses avasallados por la burguesía comercial, los “decentes” del puerto.
Se hace cargo del gobierno de la provincia de Buenos Aires en agosto de 1827 y encuentra al Estado en gravísima crisis financiera: la deuda acumulada llegaba a los 30.000.000 de pesos, la onza de oro desde enero de 1826 había subido de 17 a 55 pesos, la circulación de 10.250.000 pesos triplicaba el dinero en giro existente antes de la guerra con el Brasil, la Aduana recaudaba cifras insignificantes a causa del bloqueo de la escuadra brasilera, y un mercado enrarecido incrementaba paulatinamente la salida de oro al exterior.   El Banco fundado por Rivadavia y García seguiría siendo un instrumento dócil en manos del embajador inglés lord Ponsonby quien sabría extorsionar a Dorrego para que la guerra con Brasil concluyera, al menos con la independencia uruguaya. Dorrego no encontró apoyo en el directorio para continuarla ya que se le negó todo apoyo económico y estuvo obligado a la paz, pero debe reconocerse que gracias a su convicción se evitó la anexión de la Banda Oriental al Brasil como provincia “cisplatina”. El embajador británico pudo escribir entonces al primer ministro lord Dudley, sustituto de Canning: “No vacilo en manifestar a Ud. que yo creo que Dorrego está ahora obrando sinceramente en favor de la paz (…) A ello está forzado por la negativa de proporcionársele recursos salvo para pagos mensuales de pequeñas sumas”. Pero la animosidad de lord Ponsomby no se calmará y moverá los hilos para preparar un golpe contra ese gobernante tan poco predispuesto a doblegarse ante la prepotencia británica, tan diferente a don Bernardino. Entonces anuncia a Londres: “Dorrego será desposeído de su puesto y muy pronto”.  El nuevo gobernador, de profundas convicciones democráticas, había tomado medidas drásticas en favor de las clases populares: fijó precios máximos para el pan y la carne, suspendió el odiado régimen de reclutamiento forzoso y prohibió el monopolio de los productos de primera necesidad. También suspendería las faraónicas y sospechables obras públicas y prohibiría las exportaciones de oro, pese a las protestas británicas, y las nuevas emisiones de papel. Su política económica tuvo éxito y en febrero 1828, según Miron Burgin, “el peso recuperó casi todo el terreno que había perdido el año anterior”.  No será entonces casual que por primera vez una palabra con intensa significación en nuestra historia aparece escrita. Es en las “Memorias” del general Iriarte. Cuenta que cierto día, acompañado por Carlos de Alvear, se cruzaron con Dorrego en una de las calles céntricas de Buenos Aires.  “-Caballeros -les dijo el jefe federal-, les aconsejo que no se acerquen mucho… -Como quien no quiere contaminar”.
Dorrego vestía un traje ostensiblemente desaliñado y su apariencia era desprolija. Iriarte anotaba entonces: “Excusado es decir que esto era estudiado para captarse la multitud, los descamisados”.
Pero los rivadavianos no habían depuesto sus planes de regresar al poder: “No se esfuerce usted en atajarle el camino a Dorrego”, escribirá Salvador M. del Carril a uno de sus amigos, “déjelo usted que se haga gobernador, que impere aquí como Bustos en Córdoba, ­o tendrá que hacer la paz con el Brasil con el deshonor que nosotros no hemos querido hacerla; o tendrá que hacerla de acuerdo con las instrucciones que le dimos a García, haciendo intervenir el apoyo de Canning y de Ponsonby. La Casa Baring lo ayudará pero sea lo que sea, hecha la paz, el ejército volverá al país y entonces veremos si hemos sido vencidos”.
Juan Manuel de Rosas escribió a Estanislao López, doce días después de la caída de Dorrego a manos de Lavalle: “El señor gobernador (Dorrego), tenía en manos de sus enemigos los principales recursos que son las armas y el Banco (…) Sólo creo que están con ellos (los golpistas ) los quebrados y agiotistas que forman esta aristocracia mercantil”. También: “En combinación con ese establecimiento (el Banco) se fraguó el motín del 1º de diciembre y con él se contó, como lo ha acreditado la experiencia, para pagar el asesinato del jefe del Estado y un ejército de sublevados que creían volver a dominar la República”.  No fue de extrañar que la primera medida tomada por Lavalle luego de fusilar a Dorrego, además de ordenar el exterminio de todo gaucho sospechado de federal, fue permitir nuevamente la libre emisión al Banco: hemos ya señalado que el 5 de noviembre de 1828 había en circulación 10.250.000 pesos en papel según balance aprobado por Dorrego; en febrero de 1829 la circulación trepó a pesos 14.160.843. El oro saltó a 60 en diciembre, 63 3/8 en enero y llegaría a 100 1/2 en octubre con regocijo de los especuladores. El directorio del Banco se deshizo del escaso metálico conservado ( 320 onzas y 5 mil macuquinas) porque “esa cantidad es insignificante para garantir el papel circulante”. Ya no quedó una moneda de oro en el país.
El precio de ello había sido la vida de don Manuel que quizás podría haberla salvado si hubiera obedecido el consejo de su lugarteniente Juan Manuel de Rosas de retroceder hasta Santa Fe para fortalecer sus magras fuerzas con las que López le ofrecía. Antes de morir el infortunado Dorregó escribió una carta destinada a don Estanislao designándolo nuevo jefe del federalismo. La misma concluía: “Ignoro la causa de mi muerte pero de todos modos perdono a mis perseguidores. Que mi muerte no sea causa de derramamiento de sangre”. Dicho deseo no se cumpliría porque los unitarios se lanzaron a la caza de gauchos federales como lo contaría el general Iriarte, antirrosista: “Después de la ejecución de Dorrego, Lavalle asolaba la campaña con su arbitrario sistema, y el terror fue un medio de que con profusión hicieron uso muchos de sus jefes subalternos. Se violaba el derecho de propiedad, y los agraviados tenían que resignarse y sufrir en silencio los vejámenes que les inferían, porque la más leve queja, la más sumisa reclamación costó a algunos infelices la vida. Aquellos hombres despiadados trataban al país como si hubiera sido conquistado, como si ellos fuesen extranjeros; y a sus compatriotas les hacían sentir todo el peso del régimen militar, cual si fuesen sus más implacables enemigos. Se habían olvidado que eran sus compatriotas y, como ellos mismos, hijos de la tierra”. Este procedimiento se repetiría, en mayor escala, luego de la batalla de Pavón en 1861 y para ello fue creado el Ejército Nacional.
Días más tarde de aquel asesinato que marcó con sangre nuestra historia el jefe santafesino contestaría con indignación e ironía a la circular en la que se le informaba que Lavalle, el verdugo y nuevo gobernador, había sido electo por el “voto nacional y unánime”: “Sea cualquiera la propiedad con que el Sr. secretario “nacional” llame voto unánime al de los ciudadanos de una provincia como la de Buenos Aires en la expresión tumultuaria y discordante de los pocos que puede contener un templo(…)”.  La hora de la revancha llegaría para López cuando unió sus fuerzas con las de Rosas para derrotar a Lavalle en “Puente de Márquez” (muy próximo al lugar donde veintitrés años más tarde se libraría la batalla de “Caseros”) , el 26 de abril de 1829, deteniendo así el genocidio del que, entre otros, fueron protagonistas los crueles jefes unitarios Rauch y Estomba. Pero fue entonces cuando la relación entre el santafesino y Rosas corrió circunstancial peligro debido al enojo de aquél porque éste hizo privadamente las paces con el jefe unitario mediante el pacto de Cañuelas sin el conocimiento o el consentimiento de López. Pero las aguas volvieron a su cauce y ese vínculo salió fortalecido.  El libre comercio que en su momento impulsaron los juntistas de Mayo y más tarde el Primer Triunvirato de Rivadavia y el Director Supremo Carlos Alvear, con indudable beneficio para las arcas de Buenos Aires y de sus mercaderes, era severamente cuestionado por los caudillos provincianos que habían visto desmantelar las incipientes industrias de sus territorios, incapaces de competir con los productos industrializados que eran importados desde Europa. En julio de 1830 se reunieron en Santa Fe los delegados de Buenos Aires, ya con Rosas en su gobierno, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes para discutir los términos de lo que habría de conocerse como el “Pacto Federal” y ese tema no pudo estar ausente. El objetivo inmediato del encuentro era llegar a una alianza para oponerse a la poderosa unión unitaria que nucleaba a San Juan, La Rioja, Mendoza, San Luis, Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Córdoba, bajo el “Supremo Poder Militar” concedido el 31 de agosto de 1830 al eficiente general José María Paz.  En la convocatoria federal se planteó el tema del proteccionismo a la producción y a los cultivos del interior. Su principal promotor sería Pedro Ferré, gobernador de Corrientes, quien requirió a Rosas que modificara urgentemente la política de tarifas de Buenos Aires. “Tenemos otras provincias –y son varias- cuyas producciones hace mucho tiempo que dejaron de ser lucrativas; que viven exclusivamente de ellas; que no pueden tampoco, aun con capitales, abrazar otras que su territorio no permite. Más claro y más cierto: han de ser favorecidas por la prohibición de la industria extranjera, o perecer. Pero, sufrirán mucho en la privación de aquellos artículos que están acostumbrados, ciertos pueblos. Sí, sin duda alguna un corto número de hombres de fortuna padecerán, porque se privarán de tomar en una mesa vinos y licores exquisitos… las clases menos acomodadas no hallarán mucha diferencia entre los vinos y licores que actualmente beben, sino en el precio, y disminuirán el consumo, lo que no creo ser muy perjudicial. No se pondrán nuestros paisanos ponchos ingleses; no llevarán bolas y lazos hechos en Inglaterra; no vestiremos ropa hecha en la extranjería, y demás renglones que podemos proporcionar, pero en cambio empezará a ser menos desgraciada la condición de pueblos enteros de argentinos y no nos perseguirá la idea de la espantosa miseria a que hoy son condenados. Y aquí es tiempo de notar que sólo propongo la prohibición de importar artículos del comercio que el país produce, y no lo que puede producir, pero que aún no fabrica”.
En un principio el Restaurador no cedió pero luego en la “Ley de Aduanas” del 18 de diciembre de 1835 introdujo una tabla arancelaria significativamente elevada. Partiendo de un impuesto básico de importación del 17% las cifras aumentaban para dar mayor protección a los productos más vulnerables hasta alcanzar la absoluta prohibición. Las importaciones vitales, como el acero, el latón, el carbón y las herramientas agrícolas pagaban un impuesto del 5%. El azúcar, las bebidas y productos alimenticios el 24%. El calzado, ropas, muebles, vinos, coñac, licores, tabaco, aceite y algunos artículos de cuero el 35%. La cerveza, la harina y las papas el 50%. Los sombreros estaban gravados en 13 pesos cada uno. Se prohibió la importación de un gran número de artículos, incluidos los textiles y productos de cuero; también de trigo cuando el precio local cayó por debajo de los 50 pesos por fanega. Estas medidas fueron forzosamente interrumpidas durante los bloqueos europeos al puerto de Buenos Aires pero luego, derrotadas las invasoras Francia e Inglaterra, volvieron a tener vigencia.
La amenaza de la Liga Unitaria que puso en serio riesgo a la unión federal que sólo se sostenía en el Litoral terminó imprevistamente. El destino había acudido en ayuda del federalismo. Así lo relataría en sus “Memorias” José M.Paz:
“(…)Estaba casi solo (es decir, sin mis ayudantes) a la cabeza de la infantería que mandaba el coronel Larraya y al separarme, adelantándome, me siguió solamente un ayudante, que lo era de estado mayor, un ordenanza y un viejo paisano que guiaba el camino. A poco trecho me propuso el baqueano si quería acortar el camino siguiendo una senda que se separaba a la derecha; acepté, y nos dirigimos por ella; este pequeño incidente fue el que decidió de mi destino.  “El camino principal que yo había dejado por insinuación del guía iba a tocar el flanco derecho de mi guerrilla, y la senda por donde iba tocaba, sin pensarlo yo, con el izquierdo del enemigo.  “Debe también advertirse que el ejército tenía divisa punzó, y no sé hasta ahora por qué singularidad aquella partida enemiga, que sería de ochenta hombres y pertenecía a la división de Reinafé, había mudado en blanca, la misma que arbitrariamente se ponían las partidas de guerrilla mías, que eran en gran parte de paisanos armados.  “Mientras tanto seguía yo la senda, y viendo la tardanza del ordenanza y del oficial que había mandado buscar e impaciente, por otra parte, de que se aproximaba la noche y se me escapaba un golpe seguro a los enemigos, mandé al oficial que iba conmigo, que era el teniente Arana, y yo continué tras él mi camino; ya estábamos a la salida del bosque, ya los tiros estaban sobre mí, ya por bajo la copa de lo últimos arbolillos distinguía a muy corta distancia los caballos, sin percibir aún los jinetes; ya, en fin, los descubrí del todo, sin imaginar siquiera que fuesen enemigos, y dirigiéndome siempre a ellos. “En este estado vi al teniente Arana, que lo rodeaban muchos hombres, a quienes decía a voces: “Allí está el general Paz, aquél es el general Paz”, señalándome con la mano; lo que robustecía la persuasión en que estaba, que aquella tropa era mía. Sin embargo vi en aquellos momentos una acción que me hizo sospechar lo contrario, y fue que vi levantados, sobre la cabeza de Arana, uno o dos sables en acto de amenaza. Mis ideas confusas se agolparon a mi imaginación; ya se me ocurrió que podían haber desconocido los nuestros, ya que podía ser un juego o chanza, común entre militares; pero vino, en fin, a dar vigor a mis primeras sospechas las persuasiones del paisano que me servía de guía para que huyese, porque creía firmemente que eran enemigos. “Entretanto ya se dirigía a mí aquella turba, y casi me tocaba cuando, dudoso aún, volví las riendas a mi caballo y tomé un galope tendido. Entre multitud de voces que me gritaban que hiciera alto, oía con la mayor distinción una que gritaba a mi inmediación: “Párese, mi General, no le tiren, que es mi General ; no duden que es mi General”; y otra vez: “Párese, mi General”. Este incidente volvió a hacer renacer en mí la primera persuasión de que era gente mía la que me perseguía, desconociéndome quizá por la mudanza de traje.
“En medio de esta confusión de conceptos contrarios y ruborizándome de aparecer fugitivo de los míos, delante de la columna que había quedado ocho o diez cuadras atrás, tiré las riendas a mi caballo y, moderando en gran parte su escape volví la cara para cerciorarme: en tal estado fue que uno de los que me perseguían, con un acertado tiro de bolas, dirigido de muy cerca, inutilizó mi caballo de poder continuar mi retirada. Este se puso a dar terribles corcovos, con que, mal de mi grado, me hizo venir a tierra”.   Estanislao López comunica la buena nueva a Rosas el 12 de mayo de 1831 y agrega una postdata: “El soldado Francisco Zeballos a cuyo brazo debemos presa tan importante remite a U. como prueba de su estimación, aunque no tiene el gusto de conocerlo, el fiador y la manea que usaba el Protector (Paz) y las bolas con que le sujetó el caballo”.
A un enemigo de tal fuste le esperaba la muerte de acuerdo a las costumbres de la época. Sin embargo no sería esa la actitud del santafesino, quien escribió al Restaurador: “Mi estimado amigo: con la presente recibirá usted al protector supremo de los coroneles, que ha caído en nuestro poder porque así lo ha querido la divina providencia, descabezando de un modo extraordinario a esa pandilla de enemigos del sosiego público. Aquí lo hemos tratado con muchos miramientos para hacerle conocer cómo se manejan con sus prisioneros los federales, y no necesito recomendarle a usted igual conducta, pues sé que le proporcionará cuanto pueda hacerle falta. Conviene acomodarlo en la Aduana, en una habitación cómoda y decente, donde esté solo, cuidando que las personas encargadas de su custodia sean vigilantes, inaccesibles a la seducción, pero que no lo insulten”.
Rosas le responde con dureza: “Si hemos de afianzar la paz de la República, si hemos de dar respetabilidad a las leyes y a las autoridades legítimamente constituidas, si hemos de restablecer la moral pública y reparar las quiebras que ha sufrido nuestra opinión entre las naciones extranjeras y garantir ante ellas la estabilidad de nuestro gobierno; en una palabra, si hemos de tener Patria, es preciso que el general Paz muera. En el estado incierto y como vacilante en que nos hallamos, ¿qué seguridad tenemos de que viviendo el general Paz no llegue alguna vez a mandar en nuestra República? Y si aquello sucediese, ¿no seria un oprobio para los argentinos?”.  Sin embargo tampoco Rosas le daría muerte sino que lo condenó a una cómoda prisión en Luján, habiendo recabado su juramento de que no volvería a empuñar las armas en contra de la Confederación, compromiso que años más tarde el cordobés violó.
A la prisión del jefe unitario seguirá la derrota de Aráoz de Lamadrid a manos de Facundo Quiroga en “La Ciudadela” con lo que el dominio federal quedó consolidado por un largo tiempo. López insistirá ante Rosas en la oportunidad de consolidar el funcionamiento de la Comisión Representativa que él mismo ha incorporado al Pacto Federal pero el Restaurador se opondría a todo lo que pudiese conducir hacia la constitucionalización del país, según él inoportuna por el desorden en que aún se debatían las provincias. El santafesino insistiría “porque no siempre hemos de presentarnos ante el mundo civilizado como una horda; y alguna vez habríamos de comprobar que si fuimos capaces de triunfar de nuestros antiguos opresores y despedazar el cetro de fierro con que se nos oprimía, también lo somos de merecer el honroso título de hombres libres y de que sabremos constituirnos dándonos leyes justas y equitativas”. Finalmente Rosas impondrá su criterio a favor de la dependencia que Santa Fe tenía con Buenos Aires, quien la abastecía de aquello que le faltase.  La tuberculosis fue limando la salud de López y lo obligó a delegar el mando cada vez con mayor frecuencia en su cuñado Domingo Cullen. Invitado por Rosas, en una demostración de su invariable amistad, don Estanislao pasó varios días en Buenos Aires donde fue colmado de agasajos y honores. Además, de regreso en su hogar, fue atendido por el médico personal del Restaurador, el inglés Lepper, cuyos servicios no pudieron impedir que falleciera en su amada Santa Fe el 15 de junio de 1838.
El vengativo callejero de la capital argentina, como si todavía rigieran los unitarios a más de siglo y medio de Caseros, no ha destinado ninguna de sus calles a honrar a Estanislao López. Lo ha hecho en cambio con su limitado hermano, Juan Pablo, quien se pasó al unitarismo aunque ninguno de sus montoneros, que heredara de Estanislao, lo acompañó. Lucio V. Mansilla se referirá a él con su gracejo indiscutible: “Rozas, que poseía un talento gauchesco para poner sobrenombres, le puso el de “pelafustán”, y los unitarios le llamaban “mascarilla” por ser picado de viruelas. El primero no lo quería, porque era su enemigo, razón de antipatía que me parece óptima. Entre los segundos no tenía crédito, porque, con todas su camándulas de caudillo se dejó derrotar lastimosamente en Malabrigo (…) Juan Pablo tenía su fraseología y terminología peculiares, características. Una vez, por ejemplo, refiriéndose al General Urquiza, y queriendo significarme que él no era menos que otro, me decía esto: “Porque amigo, ni naides es menos nadas, ni nadas es menos naides.”  A ese personaje la capital argentina le ha dedicado la calle que le ha negado a su hermano.

miércoles, 1 de febrero de 2023

El desencuentro entre Manuel Belgrano y Manuel Dorrego....

Por el Prof. Julio Otaño
La orden del Triunvirato liderado por su secretario Rivadavia era clara : retroceder hasta Córdoba. El Ejército del Norte, bajo las órdenes de Manuel Belgrano, intentaba contener a los realistas en Jujuy, y lo hacía con enormes dificultades, pero el General no quería abandonar su lugar, sabía que podía resistir. A regañadientes, organizó el Éxodo Jujeño, quemó todo a su paso para evitar que el enemigo pudiese abstecerse en la ciudad y se retiró. Llegado a la altura de Tucumán, uno de sus tenientes coronel, el valeroso, simpático y burlón, Manuel Dorrego, ingresó a la tienda de Belgrano junto al Coronel Díaz Vélez. “No podemos seguir retrocediendo General. He hablado con mis compañeros y todos estamos de acuerdo en que hay que presentar batalla. ¿Hasta donde vamos a seguir huyendo? Es vergonzoso seguir dándole la espalda al enemigo” dijo Dorrego con indisimulable bravura. Belgrano lo escuchó, meditó un poco, era el impulso que necesitaba para hacer lo que realmente quería: plantarse y pelear. 
Recibió respuesta desde Buenos Aires, firmada por Rivadavia: “Este Gobierno le manda por última vez…”, empezaba diciendo, exigiendo la retirada a Córdoba. La leyó cruzada Belgrano, rapidito, y la tiró. Se plantó en Tucumán. Organizó la defensa y dejo a Dorrego en la retaguardia con un batallón, los llamados Cazadores. El 24 de septiembre se dio un combate feroz, épico. La matanza fue brutal, en medio del combate, una manga de langostas azotó a los soldados de ambos bandos, al punto de ni siquiera verse unos a otros, pero estaba claro, la divisiones del Ejército de Belgrano iban retrocediendo y cayendo una a una. Holmberg se retiró herido, los grupos de Forest y Warnes, estaban rodeados por el enemigo, Díaz Vélez luchaba por su vida, aislado. Dorrego no esperó. La retaguardia requería la orden de Belgrano para entrar en acción, pero Dorrego no estaba para órdenes y arremetió bestialmente contra todo lo que se cruzara. Los Cazadores contaban con bayonetas desafiladas, cuchillos atados a la punta de los fusiles, machetes que eran usados como sables. En medio de alaridos desaforados y un coraje lindante con la locura, vencieron. Los clarines del general Tristán, tocaron urgente la retirada. La batalla de Tucumán marcó una bisagra en la lucha por la independencia. Sin ella, probablemente los realistas hubiesen llegado no solo a Córdoba sino también a Buenos Aires. El coraje de Belgrano y la endiablada y loca valentía de Dorrego, cambiaron la historia. Desde que se hizo cargo del Ejército del Norte, Belgrano mostró preferencia por Manuel Críspulo Bernabé Dorrego. Dorrego, recientemente ascendido al grado de teniente coronel, aún no había logrado curar la herida recibida en el combate de Nazareno, durante la primera Campaña al Norte, al mando de Castelli, cuando una bala le atravesó la garganta y lo obligó a usar un caño de plomo para poder ingerir alimentos y bebidas. El joven demostraba ciertas cualidades que el jefe aprobaba. Era valiente en el campo de batalla, confiable para las comisiones y trámites y además tenía una buena formación: había abandonado los estudios que lo hubieran convertido en doctor en Leyes por las urgencias de la guerra. Según el recuerdo de sus camaradas, Dorrego era tan simpático y bromista como valiente y motivador. Algunos lo tildaron de altanero y soberbio. Pero había caído en gracia con el nuevo jefe, quien lo nombró su edecán y, a la vez, secretario. Los problemas de indisciplina comenzaron cuando Belgrano envió a Dorrego a Buenos Aires, donde debía entregar informes secretos al gobierno. Amparado en el hecho de ser el emisario del jefe del Ejército del Norte, terminó exasperando a Miguel de Azcuénaga y marchó detenido al cuartel de los Granaderos a Caballo de San Martín, en Retiro. Luego de dar las debidas explicaciones, partió al norte para reincorporarse al Ejército. Belgrano conoció los pormenores del incidente de Buenos Aires, pero no le dio importancia. Dorrego continuó siendo su mano derecha. Hasta que le apareció un competidor. La llegada del barón de Holmberg (había arribado junto con San Martín y al poco tiempo fue enviado al norte para asistir a Belgrano con sus conocimientos militares) entusiasmó al jefe del Ejército. El jefe presentía que, a pesar de su carácter díscolo, Dorrego era una pieza clave en los enfrentamientos armados. Su actuación en Tucumán y en Salta confirmó su prestigio militar. Durante el avance hacia el Alto Perú resurgieron los problemas de conducta. Por empezar, se había ensañado con Holmberg y no perdía oportunidad de difamarlo. Pero el comienzo del fin tuvo lugar en una de las semanas más emotivas de aquel tiempo. Fue cuando por fin los patriotas pudieron regresar y poner pie en San Salvador de Jujuy, ciudad que habían tenido que abandonar un año antes como consecuencia del famoso éxodo. Los primeros en alcanzar esa posición fueron los Cazadores —tropas ligeras que se desplazaban a pie o a caballo, según la ocasión— dirigidos por Dorrego, seguidos por el regimiento de artillería al mando del francés Forest. Ingresando a la ciudad, los soldados de Forest se toparon con un integrante de los Cazadores de Dorrego, a quien daban por muerto o desertado. Sin aguardar ninguna explicación, lo aprehendieron y lo llevaron detenido al cuartel que ellos ocupaban. Desbordado de ira, Dorrego envió a sus hombres a patrullar las calles, conminándolos a detener a cada artillero de Forest que estuviera caminando solo. Todo esto ocurría en ausencia de Belgrano, quien avanzaba con mayor lentitud, al ritmo del grueso del Ejército del Norte. Sin el jefe para poner orden, Jujuy asistía al enfrentamiento de los dos bravos oficiales que detenían soldados del otro, como si fuera una competencia para ver quién acumulaba más prisioneros. Juan José de Arenales, gobernador interino de Jujuy, quien ya venía molesto por las actitudes altaneras del impetuoso oficial de los Cazadores, le informó a Belgrano lo que estaba sucediendo. El jefe mandó llamar a Dorrego y en el campamento mantuvieron una charla a solas. Belgrano esperaba que la amonestación a su bravo oficial lo encauzaría. Sin embargo, a partir de aquel episodio, la relación fue perdiendo fuerza. Ese fue el motivo por el cual el general no contó con el valeroso oficial en la campaña al Alto Perú donde la suerte le fue adversa. Las derrotas de Vilcapugio (1/10/1813) y Ayohuma (14/11/1813) obligaron a que el Ejército del Norte tomara el camino a Jujuy. Los hombres de Belgrano llegaron a la abnegada ciudad y allí se engrosaron las fuerzas gracias a la implacable tarea del desplazado Manuel Dorrego. Se hallaba destinado en Salta, fuera de la zona de enfrentamientos, por los motivos que comentamos. Una tradición sostiene que luego de las derrotas mencionadas, Belgrano se lamentó por la ausencia de "un Dorrego" que lo auxiliara en las filas de la Patria. Dorrego, aseguró que cuando se puso en marcha rumbo a Jujuy, por disposición impartida desde Buenos Aires, recibió una carta de Belgrano convocándolo. Por lo tanto, el castigo había llegado a su fin. El reencuentro de Dorrego y Belgrano en San Salvador de Jujuy fue muy afectuoso. Una vez más, el joven ocupaba un lugar especial en el alto mando. Más aún, San Martín y Belgrano hablaron del valiente soldado, según se advierte en la correspondencia previa al encuentro de los dos grandes jefes. Sus recientes méritos le dieron un lugar preferencial. Por decisión de los comandantes, Dorrego se convirtió en el tercer jefe de la cadena de mando, detrás de los dos grandes. Pero no estuvo a la altura de la circunstancias. Para un profesional de las armas como San Martín, una de las claves del éxito era la buena comunicación. ¿De qué servía tener jefes buenos si los mensajes no llegaban con claridad desde el fondo hasta la primera línea de combate? Por esa razón, puso en práctica un ejercicio que era habitual en Europa. Consistía en formar una ronda que respetara los rangos, de izquierda a derecha como las agujas del reloj, y ensayar el grito de una misma consigna siguiendo la estructura jerárquica. La actividad se denominaba: "Ejercicio para la uniformidad de las voces de mando" y buscaba que cada oficial repitiera las palabras dichas por su superior y usara el mismo tono. La utilidad del ejercicio se vería en el campo de batalla. Si la vía de comunicación era fluida, una orden del comandante llegaría con claridad a los oídos de cada soldado. La primera consigna fue lanzada por San Martín con su potente voz de barítono. De inmediato respondió Belgrano, pero el contraste, debido a su voz aflautada, hizo reír a Dorrego. El futuro Libertador lo fulminó con la mirada y el resto de la vuelta prosiguió sin novedades. La nueva orden partió con energía de la garganta de San Martín. Una vez más, el joven hizo una mueca al oír la respuesta de Belgrano, pero esta vez el comandante reaccionó. Tomó el candelabro de la mesa, dio un golpe seco y, sin quitarle la vista de encima, le dijo a Dorrego: "¡Coronel, hemos venido aquí a uniformar las voces de mando, no a reír!". Al día siguiente, Dorrego marchaba a Santiago del Estero. Una vez más fue alejado de los puestos de mando y de la acción. Poco tiempo después, Belgrano fue llamado a Buenos Aires para responder por las acciones en el norte. Cuando iba en camino, al pasar por Santiago del Estero, el bromista Dorrego decidió desairarlo, enviando a un loco vestido de verde (color favorito de Don Manuel) con uniforme de brigadier: que lo llamaba “General Cotorrita”…

sábado, 31 de diciembre de 2022

20 de Febrero de 1813: Batalla de Salta

Por Julio R. Otaño

El Ejército del Norte, al mando de los Generales Manuel Belgrano y Eustoquio Díaz Vélez, se enfrentó en los campos de Castañares del norte argentino a las tropas españolas del Virreinato del Perú comandadas por el brigadier Juan Pío Tristán. Sucedió el 20 de febrero de 1813, es conocida como la Batalla de Salta y El conflicto finalizó con la victoria de las Provincias Unidas del Río de la Plata.  fue una de las victorias más importantes de la independencia argentina, los realistas se rindieron completamente.   Por su parte, el General Manuel Belgrano acordó que el ejército vencido entregara sus armas, banderas e instrumentos, y juraran no volver a luchar contra la nueva patria naciente. A cambio, se les perdonaría la vida y una retirada en paz. 7 Días antes a orillas del río Pasaje, sus soldados juraron fidelidad a la bandera. Desde entonces el curso de agua pasó a llamarse Juramento.  El 19 de febrero por la mañana estaba en la hacienda de Castañares. Se sentía enfermo. Sufría de fuertes dolores estomacales y tenía fiebre alta. Tenía preparado un carruaje por si el día de la batalla no pudiese montar.

Con un marco de una lluvia copiosa, Belgrano hizo la presentación de la bandera por él creada, que llevaba su ayudante Mariano Benítez. Por primera vez flamearía en el campo de batalla. Al comienzo de las hostilidades Eustoquio Díaz Vélez, al mando del ala derecha, fue herido de bala en el muslo izquierdo y debió ser reemplazado por el teniente coronel Manuel Dorrego. Belgrano le ordenó a Dorrego llevarse por delante al enemigo, pero sin cruzarse con el fuego de la artillería patriota, quien lo apoyó en un arrollador avance que hizo desbandar el ala izquierda española. Totalmente en caos, huyeron hacia la ciudad, perseguidos por los cuerpos de Dragones y Decididos de Salta.  El centro realista quedó rodeado y tenía poca capacidad de maniobra por un profundo zanjón. Recibieron violentas cargas de Dorrego, de Forest y de Superí. También huyeron a la ciudad, abandonando la artillería.  Los españoles irrumpieron en la ciudad, escondiéndose en casas particulares y en iglesias, y los soldados no hacían caso a las órdenes dadas por sus superiores.  El combate había durado cerca de tres horas.   Belgrano sorprendió con su decisión: decidió dejar en libertad a 2776 prisioneros. Les ofreció pasarse de bando y a los que se negasen, deberían jurar no volver a tomar las armas contra las armas de la Revolución. Quiso diferenciarse de los realistas en el trato al enemigo, a fin de ser bien recibido en el Alto Perú.  Rechazó la espada que le entregó Tristán y lo abrazó delante de todos. Ordenó abrir una fosa común en el campo de batalla, donde fueron enterrados los muertos de ambos bandos.  Muchos de ellos volverían a tomar las armas, ya que un obispo español no tardó en liberarlos de ese juramento.   Cuando la noticia llegó a Buenos Aires, todo fue fiesta. Salvas de artillería, repiques de campanas, la ciudad estuvo iluminada tres noches seguidas y sin importar el primer día de cuaresma, se organizó un baile en plena plaza Mayor.  Por sus resonantes victorias, el gobierno premió a Belgrano con 40 mil pesos, algo así como ocho kilos de oro. Dividió esa fortuna en cuatro para la construcción de cuatro escuelas a construirse en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero. Tan entusiasmado estaba Belgrano que el 25 de mayo de 1813 elaboró un reglamento para dichas escuelas, en donde no dejó ningún detalle al azar. No llegaría a verlas. La de Tarija se construiría en 1974, la de Tucumán, en 1998 y la de Jujuy, en 2004, mientras que la de Santiago del Estero se habría levantado con fondos provinciales.  

El saldo en las filas enemigas fue devastador. Quedaron cuatrocientos sesenta muertos en el campo de batalla, unos ciento treinta heridos y el resto del ejército realista había capitulado. Nunca se había logrado semejante resultado en una batalla por la Guerra de la Independencia. Fue entonces cuando se dio la situación que generaría tantas críticas.  Belgrano autorizó que el enemigo se marchase con la condición de que sus jefes jurasen que no volverían a luchar contra el ejército de Buenos Aires. Además, los vencidos se comprometían a entregar el armamento y devolver a los prisioneros. También se determinó que partirían cuanto antes de Salta y de Jujuy.    A los críticos, Belgrano les respondió que era muy fácil considerar opciones desde escritorios alejados del campo de batalla. Estaba convencido de que la mejor idea era que cada soldado regresara a su casa con una nueva percepción acerca de Buenos Aires y su ejército: los vencedores no eran demonios, no eran salvajes. Los porteños los trataban como hermanos. Tal vez también en esto se inspiró en Tacuarí. Porque Cabañas los tuvo a su merced y, a pesar de la ventaja, los dejó ir. Claro que en aquella oportunidad Belgrano cumplió su palabra. Pero en este caso, cuando Tristán reunió a los hombres en Potosí, les explicó que tenían el perdón del obispo y que el juramento que habían hecho no tenía ninguna validez.  Por su parte, el virrey José de Abascal había dicho que la rendición no tenía ninguna validez porque sus generales carecían de autoridad para firmar ese tipo de armisticio. ¿Entonces Belgrano tendría que haberse quedado con ese grupo de prisioneros? ¿Sería posible con sus tres mil hombres mantener a otros tantos cautivos? Debía alimentarlos, vigilarlos, curarlos. Ya había descartado ejecutarlos.    Igualmente menos de 300 (de un numero de 3000) no cumplió su juramento ese grupo se hacía llamar “El escuadrón de la muerte”. Porque estaba más que claro que cualquiera de ellos, en caso de ser tomado prisionero por Belgrano, sería ejecutado en forma inmediata. (en las invasiones inglesas tenemos el ejemplo de dennis Pack).    Cabe hacer algunas consideraciones sobre la índole de la guerra que se estaba desarrollando en nuestra América, Levene sostenía con firmeza que América nunca fue una colonia de España, sino que sus partes eran provincias del imperio, reinos de ultramar, integrados por vasallos libres de la corona, como proclamo Isabel la Católica desde el Descubrimiento a los indios y luego súbditos, que tenían sus representantes en las Cortes o sea el Parlamento de España.   Pero Roberto Marfany y luego Vicente Sierra sostienen que la guerra de la independencia, tanto en España como en América, fue una guerra civil, en la que se enfrentaron dos concepciones: la absolutista de Fernando VII y la liberal de la Junta de Cádiz y demás juntas constituidas.  En ambos bandos había españoles y americanos. Prueba de ello es que el liberal General Pío Tristán, vencido en Tucumán y Salta, fue en su país, Perú, el último Virrey in pectore y Ministro de Guerra en el Perú independiente en el 1830.  Igualmente, varios presidentes peruanos revistaron y combatieron en el ejército real en el sector liberal, y luego presidieron brillantemente la nación peruana, entre ellos La Mar, Castilla, Santa Cruz y Salaverry.  El tremendo e inteligente esfuerzo de Manuel Belgrano logró en tan solo un año, sin recursos, sin apoyo del gobierno central, disciplinando y ordenando un ejército devastado, darnos bandera, victorias y territorio. Logrando asegurar el único movimiento revolucionario de América que tuvo continuidad y permanencia. El cual luego sería catapultado por San Martín. Salta fue el reaseguro de todo ese movimiento revolucionario, he ahí su gloria imperecedera


domingo, 9 de octubre de 2022

GALO (1797-1841), sus dos caras: de granadero bizarro a fusilador

Por el Dr. Julio R. Otaño
“Todo estaba en su mano y lo ha perdido/ Lavalle, es una espada sin cabeza. / Sobre nosotros, entretanto, pesa / su prestigio fatal, y obrando inerte / nos lleva a la derrota y a la muerte! / Lavalle, el precursor de las derrotas. / Oh, Lavalle! Lavalle, muy chico era / para echar sobre sí cosas tan grandes”. Esteban Echeverría
Juan Galo Lavalle nació en Buenos Aires el 17 de octubre de 1797. Era el cuarto hijo de Manuel José de la Valle y Mercedes González. Lavalle ingresó como cadete en el Regimiento de Granaderos a Caballo en 1812. La influencia del General San Martín en la modelación espiritual de los jóvenes oficiales habría de ser de decisiva gravitación. 19 generales salieron de sus filas, sus escuadrones lucharon en San Lorenzo, Montevideo, Tucumán, Chacabuco, Talcahuano, Maipú, Río Bamba y Ayacucho. Los Granaderos a Caballo fueron en sí mismos, una epopeya en su dimensión Americana. En mayo de 1813 pidió al general Alvear ser enviado al frente. Ascendido a teniente en 1813, pasó en 1814 al ejército sitiador de Montevideo, a órdenes de Alvear. Luchó contra Artigas, y al mando de Dorrego combatió en la batalla de Guayabos. 
En 1816, con su regimiento, ingresó al Ejército de los Andes que San Martín preparaba en Mendoza. Allí, en uno de los convites organizados por Remedios de Escalada de San Martín, la joven esposa del Libertador, Lavalle conoció a su futura esposa, María de los Dolores Correas. El 4 de febrero de 1817, tuvo destacada actuación en Achupallas donde una patrulla de Granaderos venció a fuerzas realistas superiores que trataban de impedir la marcha de las tropas argentinas. En Chacabuco fue ascendido a capitán. En Maipú mandó una compañía de Granaderos que con los regimientos de Zapiola y Freire pusieron fuera de combate a la caballería realista. Combatió en el sur contra los restos del ejército español. En Nazca, Perú, el 15 de octubre de 1820, al frente de la caballería patriota avanzó a todo galope sobre el campo realista, causando una completa sorpresa. En 1822, Bolívar se halla con sus fuerzas detenido y en inactividad, 4.000 realistas se encuentran desplegados en el área general de Quito, Cuenca y Pasco, entre aquél y las fuerzas de San Martín, a su mando está el nuevo Virrey de Nueva Granada, el General Juan de Cruz Mungeón, compañero de San Martín en la Batalla de Bailén. En tales circunstancias el Libertador refuerza con una división a Sucre, permitiéndole de esa manera iniciar operaciones hacia el Norte, a fin de facilitar el acceso de Bolívar, desde esa dirección. Dicha división fue puesta al mando del Coronel Santa Cruz en reemplazo del Coronel Arenales a la sazón enfermo. La integraron con el Batallón II Trujillo, a las órdenes de Olazábal, el Batallón IV Piura, a las órdenes del Teniente Coronel Villa; dos escuadrones de Cazadores a Caballo bajo el mando del Teniente Coronel Antonio Sánchez; y un escuadrón de Granaderos a caballo a las órdenes del Comandante Juan Lavalle. En total 1.500 hombres a las órdenes de jefes argentinos. Es el 21 de abril de 1822, que se inicia el drama de la acción de Río Bamba. Los 96 Granaderos al mando de Lavalle atravesaron sin inconvenientes la Villa de Río Bamba y al alcanzar una altura al norte de ésta, descubren caballería enemiga avanzando hacia el Sud en amplio frente. Esa fue, la oportunidad en la que Lavalle lanza sus granaderos a la carga y sorprende y bate totalmente a los enemigos que encabezaban el franqueo del callejón, los que al huir desorganizan y arrastran en la fuga a las propias fuerzas que le seguían en el pasaje. Lavalle y sus granaderos los persiguen sable en mano hasta las posiciones que ocupa en la retaguardia, la infantería realista, a cubierto de la cual el enemigo en derrota buscó reunirse y reorganizarse. Lavalle regresó con sus fuerzas al trote hacia Río Bamba. Durante el trayecto se le reunieron 30 Dragones de Colombia, a los que destacó como seguridad en el flanco. La caballería realista ya reorganizada y animada por la comprobación de los escasos efectivos patriotas avanza ahora sobre los Granaderos. Lavalle fría la sangre y firme el corazón, continúa al trote con sus fuerzas. Ahora, cuando ya ha alejado a los realistas de la protección de su Infantería y están a menos de cien metros de distancia manda: GRANADEROS, vuelvan caras y luego... ¡¡ a la carga!! El choque con los Húsares y Carabineros reales fue terrible y el entrevero sangriento. Empero la suerte se inclina rápidamente en favor de los Granaderos de Lavalle. La caballería enemiga huyó en desorden, abandonando en el Campo de Combate 92 jinetes muertos o heridos; los Granaderos por su parte sufrieron 22 bajas, de éstos 20 heridos. En Pasco, el 6 de diciembre, cargó poniendo en fuga a la caballería enemiga. En Jauja se le entregó prisionero el teniente coronel Andrés de Santa Cruz, futuro presidente de la Confederación peruano- boliviana. Intervino en Pichincha, en el desastre de Torata y en la retirada de Moquegua, donde con 300 Granaderos contuvo a un ejército varias veces superior. Juan Lavalle retornó a las Provincias Unidas en 1823, y tras un breve paso por Mendoza, donde visitó a su prometida, emprendió la marcha hacia la capital del antiguo Virreinato. El gobierno de Martín Rodríguez lo recibió con honores. Lavalle cumplió su promesa y regresó a Mendoza, donde contrajo matrimonio con María de los Dolores en abril de 1824. Regresó a Buenos Aires junto con su esposa y fue nombrado jefe del Cuarto Regimiento de Infantería, cuyo objetivo era cubrir la frontera sur del río Salado, con el fin de avanzar sobre el territorio dominado por los indígenas, un problema que comenzaba a inquietar fuertemente al gobierno. Se pretendía demarcar una nueva línea de frontera que debía estar comprendida entre las costas del mar y las orillas del río Las Flores, pasaría por Balcarce y Tandil y avanzaría hacia el oeste, hacia el límite con Santa Fe. Allí trabajó codo con codo con Juan Manuel de Rosas. En febrero de 1826, Bernardino Rivadavia fue designado presidente de las Provincias Unidas, por una farsa de congreso dirigido por la Logia Unitaria y desconocido por las provincias. En tanto, comenzó a destacarse entre los opositores la figura de Manuel Dorrego, que desde las páginas del diario El Tribuno hostigaba continuamente al poder Ejecutivo representado por Rivadavia y criticaba su proyecto de ley electoral en estos términos: «…Y si se excluye a los jornaleros, domésticos asalariados y empleados también, ¿entonces quién queda? “ Juan Lavalle fue enviado a integrarse al ejército en la guerra con el Brasil, donde nuevamente se destacó por sus dotes militares. En febrero de 1827 venció a una columna de 1.200 hombres en Bacacay. En ltuzaingó, en audaz y calculaba maniobra, arrolló a las fuerzas del general Abreu, siendo ascendido a general. 
En tanto, en Buenos Aires en 1826, las gestiones diplomáticas para concluir la guerra con Brasil, nada favorables para las Provincias Unidas, y la sanción de una Constitución unitaria y centralista, pusieron en jaque al gobierno de Rivadavia, quien debió renunciar. El fracaso unitario facilitó la llegada a la gobernación de Buenos Aires del federal Manuel Dorrego, lo cual produjo una fuerte inquietud en el círculo oligárquico de la ciudad, que apoyaba al sistema unitario. Así escribía el unitario Julián Segundo de Agüero a Vicente López en ocasión de la asunción de Dorrego: «No se esfuerce usted en atajarle el camino a Dorrego: déjelo usted que se haga gobernador, que impere aquí como Bustos en Córdoba: o tendrá que hacer la paz con el Brasil con el deshonor que nosotros no hemos querido hacerla; o tendrá que hacerla de acuerdo con las instrucciones que le dimos a García, haciendo intervenir el apoyo de Canning y de Ponsonby. La Casa Baring lo ayudará pero sea lo que sea, hecha la paz, el ejército volverá al país y entonces veremos si hemos sido vencidos.». Dorrego tuvo que firmar la paz con Brasil aceptando la mediación inglesa que impuso la independencia de la Banda Oriental. Así nacía la república Oriental del Uruguay en agosto de 1828. La derrota diplomática de la guerra con el Brasil y el descontento de las tropas que regresaban desmoralizadas fueron utilizados como excusa por los unitarios para conspirar contra el gobernador Dorrego. El 1º de diciembre de 1828, un golpe de estado encabezado por el General Lavalle derrocó a Dorrego. Salvador María del Carril le escribía a Lavalle el 12 de diciembre de 1828: «La prisión del General Dorrego es una circunstancia desagradable, lo conozco; ella lo pone a usted en un conflicto difícil. La disimulación en este caso después de ser injuriosa será perfectamente inútil al objeto que me propongo. Hablo del fusilamiento de Dorrego. Hemos estado de acuerdo en ella antes de ahora. Ha llegado el momento de ejecutarla. Prescindamos del corazón en este caso. La Ley es que una revolución es un juego de azar, en la que se gana la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella. Nada queda en la República para un hombre de corazón.”  La nefasta influencia de Del Carril se aprecia en esta carta de Lavalle a Brown: «Desde que emprendí esta obra, tomé la resolución de cortar la cabeza de la hidra…….y al sacrificar al coronel Dorrego, lo hago en la persuasión de que así lo exigen los intereses de un gran pueblo. Estoy seguro de que a nuestra vista no le quedará a vuestra excelencia la menor duda de que la existencia del coronel Dorrego y la tranquilidad de este país son incompatibles».  
Por su parte Brown y Díaz Vélez escriben a Lavalle interesándose por Dorrego: aquél da su opinión de aceptarle la fianza ofrecida y desterrario a Norteamérica; Díaz Vélez, que algo sabe de lo tramado en la logia, dice a Lavalle “estoy persuadido, mi amigo, que Dorrego no debe morir”. Lavalle contesta a Brown con palabras que toma a Carril: “Yo, mi respetado general, en la posición que estoy colocado no debo tener corazón” (“¡Desdichado! —acota Irazusta—, se privaba de lo único qne tenía”).
EL general Lavalle decide fusilar a Dorrego el 13 de diciembre. El gobernador derrocado se despedía de sus seres queridos: «Mi querida Angelita: En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro por qué; más la Providencia Divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí. De los cien mil pesos de fondos públicos que me adeuda el Estado, sólo recibirás las dos terceras partes; el resto lo dejarás al Estado. Mi vida, educa a esas amables criaturas, sé feliz, ya que no has podido ser en compañía del desgraciado».
Lavalle para evitar toda reacción federal, impone el terror (ocultado por los escribas de la historia oficial liberal, que es totalmente “tuerta” al analiza esta época). El Pampero aconsejaba a Lavalle "degollar por lo menos cuatro mil federales”. Una locura homicida se apoderó de los más dignos militares. Dorrego fue fusilado por orden de Lavalle el 13 de diciembre; Juan Apóstol Martínez, un héroe de la Independencia, recorre la campaña matando gauchos a los que hace cavar sus propias fosas; Estomba, otro héroe, mata tantos federales que acabará enloquecido, dejándose morir de hambre en el manicomio. "Comisiones especiales" de civiles se encargan de eliminar a la chusma federal. Era el general don Juan Lavalle el tipo del soldado caballero, que se había creado fama singular con su sable corvo de granaderos a caballo, batallando por la independencia de América desde las riberas del Paraná hasta las montañas de Ecuador. Distinguíase por el orgullo que tenía de su valor, y por la altivez. El entusiasmo fácil se apoderaba de su espíritu impresionable, y se diría que actuaba como un explosivo. Cuando Bolívar estaba en el apogeo de su gloria, Lavalle, mayor entonces, osó replicarle con entereza. “Estoy habituado a fusilar generales insubordinados”, díjole colérico el libertador. “Esos generales, exclamó Lavalle, no tenía espada como ésta.” En la persecución de Chacabuco, trabóse en singular combate con un arrogante granadero español; y en Río Bamba, repelido tres veces por un enemigo muy superior, llevó todavía otra carga hasta quedar vencedor. Tal era el hombre que, utilizado por la logia unitaria, por primera vez en su vida debía mandar a sus gloriosos soldados a derramar sangre de los hermanos y a morir a manos de éstos.     Son tantos los crímenes ese año trágico, que 1829 es el único en la demografía de Buenos Aires donde las defunciones superaron a los nacimientos: hubo 4.658 muertes, cuando en 1827 fueron 1.904 y en 1828, 1.788. La expresión salvajes unitarios no fue antojadiza. Pero la reacción unitaria fracasa. Los unitarios tratan vanamente que San Martín, que está en Montevideo, acepte el gobierno y los cubra con una amnistía. "En el estado de exaltación a que han llegado las pasiones – explica el general a O'Higgins – ... no queda otro arbitrio que el exterminio de uno de los dos partidos".
Lavalle acaba por capitular con Rosas, a quien las circunstancias han convertido en jefe del partido federal porteño. Quedará en el poder Viamonte, apolítico, para llamar a elecciones. A partir de entonces, la situación de Lavalle en Buenos Aires se volvió insostenible y debió exiliarse en la Banda Oriental. Allí lo encontró la noticia del ascenso de Rosas a la gobernación, como consecuencia de una fuerte campaña de prensa en la cual Don Juan Manuel hablaba de Manuel Dorrego como un mártir de la patria y de Lavalle como un salvaje asesino. Éste desde Colonia, promovió dos fracasadas insurrecciones en Entre Ríos. Tomó partido por Rivera en su campaña contra Lavalleja, sublevado, y rechazó el nombramiento de brigadier general diciendo que "no había dejado ni dejaría de ser general argentino. En 1839, con apoyo de los emigrados unitarios y de los franceses, pasó con una división a Entre Ríos, donde combatió con suerte varia. Derrotado por Echagüe en Sauce Grande, cruzó el Paraná en embarcaciones francesas y con 1.100 hombres estuvo en 15 días en Luján. Rosas había organizado un ejército de 12.000 hombres, y Lavalle, sin apoyo, se retiró, tomando a Santa Fe en setiembre de 1840. Perseguido por tres ejércitos, trató de reunirse con La Madrid. A marchas forzadas Oribe lo alcanzó el 28 de noviembre en Quebracho Herrado, en donde quedó liquidado el ejército de Lavalle. Trató de organizar la guerra de partidas. Fracasó y, con menos de 1.000 hombres para contener a los 5.000 de Aldao, se dirigió a Chilecito, tratando de atraer sobre él a los federales, dando así tiempo a La Madrid para organizarse en Tucumán. Lo consiguó por algunos meses, y el 10 de junio de 1841, ante la proximidad de Aldao, buscó a La Madrid en Catamarca. Pasó luego a Tucumán, uniéndose a Marco Avellaneda, gobernador allí desde marzo de 1841, marchando ambos a Salta. Oribe, desde Río Hondo, amagó entonces sobre Tucumán. Marco Avellaneda había sido el primero en iniciar el desbande, había ido con su fuga más pronto hacia la muerte, porque su misma escolta acabó por traicionarlo entregándolo a los federales.  Lavalle, con un puñado de hombres, se dispuso a vender cara la derrota. Reorganizó sus efectivos, abandonó Tucumán, donde había llegado, pero donde no podía sostenerse, y cuando la prudencia le aconsejaba retirarse se decidió por la ofensiva, atacando al poderoso ejército de Oribe. En la noche del 19 de setiembre de 1841 cruzó el río Famaillá, amaneciendo formado en batalla a espaldas del enemigo. Después de una hora de combate, el ejército de Lavalle se desbandó. La derrota de Famaillá concluyó con la coalición del norte, y Lavalle regresó a Salta, pensando aún en resistir. Su plan consistía en atraer a Oribe, alejarlo de su teatro principal de operaciones para que, en su ausencia, desarrollaran libremente su acción los generales Paz y La Madrid.
El general Juan Esteban Pedernera, dejo unas memorias muy interesantes “Han pasado más de 40 años de los hechos que voy a referir, y con todo siento gran pena en declarar hoy, libre de todo prejuicio, que a Lavalle se le había pasado el momento. No es lo mismo mandar que obedecer: una cosa es maniobrar con una Compañía, con un Escuadrón, con un Cuerpo de un arma combatiente, y otra cosa es mandar una División, y aún más difícil es organizar y mover un cuerpo de Ejército; y las dificultades son aún mayores si a esto se agregan los trabajos de la preparación de una campaña, en la que se deben tener presentes factores muy diversos y cada uno con sus menores detalles, cualquiera de los que desatendidos, fácilmente puede conducirnos a un terrible fracaso. Aquel «León que se debía tener en la jaula y soltarlo el día del combate» ya no era el mismo, ya no era el joven impetuoso y ágil de los tiempos pasados. Todo había cambiado: esa estrella se hallaba en el ocaso. Durante nuestro viaje, o retirada de La Rioja, Córdoba, Catamarca, Santiago del Estero, en diferentes pequeñas acciones de las avanzadas, como finalmente en los preparativos para el Combate de Famaillá, se cometieron errores muy graves que yo no detallaré pues no quiero censurar desde el borde de la tumba la memoria de mi querido Jefe y amigo. La disciplina estaba olvidada en la tropa y no se guardó el respeto debido a los moradores de la campaña atravesada. Después del desastre, mientras nos dirigíamos a Jujuy, en una rinconada del río Juramento, Lavalle sintió silbar las balas sobre su cabeza, pero las miraba tranquilamente con desprecio, pues jamás perdió ni decayó su valor legendario.” En Salta abandonarían a Lavalle sus viejos compañeros, los comandantes Ocampo y Hornos ya resueltos a cruzar el Chaco e ir a Corrientes para ponerse a las órdenes de Paz. Fue el “sálvese quien pueda” para los unitarios de Salta. El poderoso Ejército Libertador había quedado reducido a doscientos hombres: Lavalle dejaba Salta para intentar una imposible resistencia en las quebradas de Jujuy. Lavalle no quería dejar la guerra mientras Paz luchaba en Corrientes y Lamadrid en Mendoza (nada sabía, nada supo jamás de la completa derrota de éste en Rodeo del Medio): “debemos de ser los últimos en abandonar la tierra Argentina” Félix Frías, su secretario. cuenta que el natural taciturno de Lavalle, y melancólico después de la retirada de Buenos Aires, cambió súbitamente al acercarse a Jujuy. “Me llamó varias veces para reírse de algunas ocurrencias de esos días. Esta alegría tan extraña en esos momentos tan críticos, era para mí el anuncio de una grandísima desgracia”. Cabalgaba triste y abatido al frente a sus hombres, que no llegaban a 200. Estaba enfermo de paludismo y lo atacaban vómitos de sangre que los provocaba el polvo de corteza de quina que tomaba para esa enfermedad. La tradición oral asegura que lo acompañaba Damasita Boedo, una joven de 23 años de ojos azules que había abandonado el hogar federal solo para seguirlo. Era sobrina de Mariano Boedo, congresista de Tucumán y su hermano, el coronel federal José Francisco Boedo, había sido fusilado en Campo Santo por orden del propio Lavalle. Se piensa que decidió acompañar al general solo para encontrar la oportunidad de vengar la muerte de su hermano pero que terminó enamorándose de él. El 7 de octubre de 1841 a la altura del río del Sauce, hizo adelantar al comandante Lacasa, su ayudante de campo, para que le comunicase al gobernador de su llegada. Pero Lacasa volvió con la novedad de que todas las autoridades y militares habían huido a Bolivia ante la proximidad de los federales. Le insistieron rumbear directamente hacia la Quebrada de Humahuaca, sin detenerse en la ciudad. Era demasiado peligroso. Pero Lavalle insistió y se hizo acompañar de su secretario Félix Frías, su ayudante de campo Pedro Lacasa y de ocho hombres al mando de Celedonio Alvarez a la ciudad a buscar una casa para pasar la noche.  Eligieron la vivienda que pertenecía a Ramón Alvarado y que la alquilaba el doctor Andrés Zenarrusa, quien ya había partido al exilio. Hasta el día anterior la había ocupado Elías Bedoya. Un centinela quedó en el portón de entrada. En las habitaciones se alojaron Frías y Lacasa y en el patio los soldados. Luego de la sala había otra habitación, que fue la que ocupó Lavalle. En el amanecer del 9 de octubre, el centinela sorprendió con un “quién vive” a una partida al mando del teniente coronel Fortunato Blanco. Eran cuatro tiradores y nueve lanceros. Al escuchar los gritos, el edecán Lacasa se asomó por la ventana. El jefe federal lo intimó a rendirse. Lacasa corrió hacia adentro gritando “¡Tiradores! ¡A las armas!”. Alertó a Lavalle de que los enemigos estaban frente a la casa. Cuando le dijeron que eran una veintena de paisanos, los tranquilizó. Mandó ensillar y se propuso abrirse paso. Lavalle no imaginó que en la calle un piquete de soldados enemigos, pie a tierra, apuntaban hacia la puerta. Y cuando cruzaba el primer patio hacia la calle, se produjo una descarga de fusiles. Fueron tres disparos contra la puerta, apuntando hacia la cerradura. Un proyectil que habría rebotado en el filo de la puerta o que ¿tal vez entró por el agujero de la cerradura? fue a dar a su garganta. Lavalle cayó al piso y trató de arrastrarse unos metros. Y quedó ahí. Sus acompañantes fugaron por los fondos de la casa. Su supuesto matador, José Bracho, entró a la casa, vio el cuerpo de Lavalle pero no lo reconoció. Volvió a salir para sumarse a buscar a los soldados que acampaban en las afueras. José María Rosa, el gran historiador revisionista, desarrolla una atrapante investigación sobre la muerte de Lavalle y contradice puntillosamente la versión oficial sobre la misma. En "El cóndor ciego" expone su análisis sobre las condiciones anímicas y políticas en las que Lavalle llegó a su hora suprema, y aventura su propia y sorprendente interpretación sobre lo ocurrido en la noche de Jujuy. Acosado por la culpa de sus desvíos Lavalle fue cayendo en un profundo estado depresivo. Pesaba sobre su alma el fusilamiento de Dorrego; también el haber conducido un ejército y matado compatriotas al servicio de los intereses de la logia de notables con el pretexto de luchar por la "libertad" (auxiliado por el Imperio Francés económica y bélicamente). Pero Lavalle, tan pronto ingresa al territorio argentino advierte que, a despecho de lo que le decía la Comisión Argentina en Montevideo, la opinión pública era favorable a Rosas y no iba a acompañar revolución alguna. Esta comprobación, el recuerdo de Dorrego y la humillación del dinero francés le atravesaron el alma. Fue por todo ello que, finalmente, en la jujeña casa de Zenarruza, el cóndor ciego plegó las alas y se dejó caer hacia la muerte, suicidándose. En el patio quedó el cuerpo del general, con su cabello rubio, rizado, barba larga y canosa. Sus ojos azules estaban abiertos. Sus soldados rescataron su cuerpo. Un grupo fue hasta la casa, donde muchos curiosos se habían acercado para contemplar al muerto. Le quitaron las botas, le taparon el rostro con un lienzo y lo subieron a un caballo, con la cabeza y los brazos colgando hacia un lado y las piernas al otro. 
Lo taparon con un poncho azul y se fueron del pueblo. Para evitar que su cadáver fuera profanado, sus compañeros de armas, al mando del general Juan Esteban Pedernera, decidieron proteger sus restos. El trágico cortejo, acechado y perseguido, esquivando y burlando a sus enemigos. Al cadáver lo subieron al tordillo de pelea de su jefe y lo cubrieron con la bandera argentina que las damas de Montevideo habían bordado. Con esa bandera soñaba Lavalle entrar un día a Buenos Aires. Sus restos comenzaron a descomponerse y el calor contribuyo a eso... Había que salvar lo que se podía salvar... Danel era un francés que había perdido un ojo -se lo conocía como “el tuerto”- y además de militar había estudiado medicina en su país. Llegó al Río de la Plata en la campaña de reclutamiento que hizo Bernardino Rivadavia para incorporar a oficiales europeos experimentados al ejército. En un rancho ocupado por la familia Salas pidió un cuero y salmuera, y solo con su cuchillo emprendió la tarea. Fue a orillas del arroyo Huancalera y mientras separaba carne y vísceras, el cabo Segundo Luna lavaba los huesos que acomodó en una caja con arena fina. La cabeza fue envuelta en un pañuelo blanco y su corazón fue puesto en un frasco con aguardiente. El 23 la urna con sus huesos, la cabeza y el corazón fueron sepultados en la catedral de Potosí. El general Oribe mandó una partida a perseguirlos. Quería el cadáver de Lavalle para hacerse del trofeo más preciado, su cabeza. Un mes después de su muerte, la noticia se supo en Buenos Aires y Rosas dispuso salvas de cañones disparados desde el Fuerte, repique de campanas de las iglesias y muchos vivas a la santa federación. El soldado José Bracho, el que dijo que lo había matado, tuvo su premio. Era un pardo soltero que vivía en Buenos Aires, en el barrio de La Piedad. El 13 de noviembre de 1842 Rosas lo declaró benemérito de la Patria en grado heroico, teniente de caballería de línea, con goce de 300 pesos mensuales y 3 leguas cuadradas de terreno, 600 cabezas de ganado vacuno y 1000 lanares. Rosas dispuso que el arma que usó fuera al museo de la ciudad, y no se sabe qué pasó con ella. Dicen que Damasita Boedo no pudo o no quiso regresar a su hogar. Vivió en distintas ciudades de Bolivia, Perú y Ecuador y cuando conoció a Guillermo Billinghurst, ministro peruano, fueron a vivir juntos a Chile. Finalmente regresó a Salta donde falleció el 5 de septiembre de 1880. Se fue con su historia de misterios, que comenzó cuando una bala -vaya uno a saber cómo- atravesó una puerta y mató a un general enfermo, triste y derrotado. El 19 de enero de 1861 fueron inhumados en el Cementerio de la Recoleta, en lo que fuera la bóveda de Bernardino Rivadavia, donde en 1950 se construyó el mausoleo donde descansa el Teniente General Pablo Riccheri en el centro del cementerio. Desde abril de 1918 sus restos descansan en su mausoleo en la parte final del cementerio, decorado con una escultura de bronce de un granadero, obra del escultor Luis Perlotti
   

Bibliografia

Carranza Angel J. “El general Lavalle ante la justicia póstuma”

Levene Ricardo “Historia Argentina”

Palacio Ernesto “Historia Argentina”

Pasquali Patricia “Juan Lavalle. Un guerrero en tiempos de revolución y dictadura”

Quesada, Ernesto, Lavalle y la batalla de Quebracho Herrado

Rosa, José María. El cóndor ciego. La extraña muerte de Lavalle

Rosa José maría “Historia Argentina”

Sabato Ernesto “Sobre héroes y tumbas: romance de la muerte de Juan Lavalle”

Saldías Adolfo “Historia de la Confederación Argentina”

Sierra Vicente “Historia Argentina”

Sosa de Newton, Lily, “Lavalle”

domingo, 28 de febrero de 2021

EL ASESINATO DE DORREGO

 Por A. J. PÉREZ AMUCHÁSTEGUI

Dorrego dio a los unitarios la oportunidad que les faltaba para llevar a cabo sus proyectos de reivindicación. La figura del gobernador había adquirido alto prestigio en todo el país. Tanto, que el deán Gregorio Funes, representante de Bolívar en Buenos Aires, en carta al mariscal Sucre, después de señalar la bien merecida influencia que ejercía Dorrego a raíz de sus atinadas medidas de gobierno, apuntaba: “Es muy probable que, formalizada la Convención, suba a presidente de la República”.

Esa perspectiva era gravísima para los unitarios, pues con ella se aventaban absolutamente sus esperanzas de retomar jamás al poder. Como ha señalado Tomás de Iriarte en sus Memorias, en la gobernación de Buenos Aires no se comportó Dorrego como el muchacho alocado de otras horas, sino como un estadista en toda la línea. Los primeros sorprendidos fueron los unitarios, que advirtieron entonces que, para ellos, el gobernador representaba un peligro permanente. Con él se acababan los turbios negociados, las especulaciones financieras, las generosas “bonificaciones” de inversores aprovechados, los “beneficiosos” préstamos de la banca extranjera. Con él se quitaba de raíz el empaque culterano de quienes se creían, como dice Saldías, “los únicos llamados a dirigir las cosas del gobierno, poseídos de absolutismo y orgullo tradicionales”. Con él accedía al plano político la multitud, es decir los jornaleros, los artesanos, los campesinos, esa chusma que, para los hombres de levita, carecía de derechos para regir sus propios destinos. Y la logia unitaria de rancia estirpe rivadaviana estaba dispuesta a todo antes que a perder sus pretendidos privilegios. Dorrego la había desenmascarado, y tendría que purgar ese “delito”.

Además, la ira de Ponsonby contra Dorrego se había aflojado ahora sensiblemente pues, a la postre, el representante inglés había logrado el objetivo que se había propuesto; y su reemplazante en Buenos Aires, Woodbine Parish, respetaba al gobernador. Entretanto, Rivadavia había caído en desgracia con sus antiguos compinches financistas de Londres, a quienes, tal vez muy a su pesar, llevó a la quiebra. Todo se daba a favor de Dorrego en la puja política que se avecinaba tras la paz. Y esos habilísimos maestros de la artimaña política sabían bien que con Dorrego estaban destinados al fracasó. Si la paz con el Brasil les daba la oportunidad inmediata para desacreditarlo y quizá, incluso, para hacerlo caer, era indudable que muy pronto su prestigio volvería a adquirir la relevancia que merecía su conducta de estadista, sobre todo porque, a pesar de las circunstancias, había logrado ya aliviar en alguna medida las estrecheces económicas a que el país había quedado constreñido a raíz de la guerra. No; la caída debía producirse de inmediato, y ser tan violenta que evitara su eventual resurgimiento. Y como no había alternativa posible, el grupo de Rivadavia dictó la sentencia: Dorrego tenía que morir...

Juan Lavalle fue sólo el instrumento, por cierto que muy bien elegido. Ese soldado valiente, decidido, corajudo, temerario, irreflexivo, era proclive a ser convencido de que Dorrego habla traicionado al ejército de operaciones negociando una paz infamante. Y tras ello, todo cuanto se le dijera de Dorrego sería aceptado sin análisis por el ofuscado y tozudo general. La sublevación del 1 de diciembre fue incruenta, pero de inmediato llovieron al enardecido Lavalle los “sanos consejos” de quienes lo habían llevado a subvertir el orden institucional.

Salvador María del Carril, Juan Cruz y Florencio Varela, Agüero, Gallardo y algún otro “hombre de bien” cursaron sendas cartas a Lavalle para convencerlo de la imperiosa necesidad de fusilar al depuesto gobernador. A propósito, ha de señalarse que del Carril no firmó la carta, aunque Lavalle conocía quién era el remitente; Juan Cruz Varela fue más lejos, pues después de valerse del nombre del pueblo para exigir la sentencia, agregó muy suelto de cuerpo: “Cartas como estas se rompen11... Afortunadamente Lavalle no las rompió. Y allí han quedado, signados por la infamia, los nombres de quienes, al decir de Saldías, “con una convicción que abruma y una frialdad que aterra” convencieron a Lavalle de que “todo quedará esterilizado si el gobernador Dorrego no sucumbe inmediatamente” ...

Lavalle confió al remanido “juicio de la historia” el dictamen sobre su decisión. La historia no juzga, ni condena, ni perdona: se limita a comprender. El juicio corre por cuenta de cada historiador, es decir de quien investiga con seriedad hasta conocer suficientemente las intencionalidades que sustentan los hechos. Sobre esa base, y sin pretender que nuestro juicio sea “el de la historia” en tanto negamos semejante pretensión, creemos, a la luz de nuestro entendimiento, que Dorrego fue fusilado por el general vencedor Juan Lavalle en virtud de una discutible, pero en la época usual, decisión castrense. Pero esa decisión no fue un acto aislado ni contingente, sino la cristalización formal de una sentencia de muerte decretada mucho antes por la logia unitaria, que no hallaba otra solución para asegurar sus aspiraciones al poder.

Y esa planificación fría, esa resolución calculada, esa decisión categórica de quitar la vida al adversario que representa un obstáculo insalvable, es un crimen político cuyos gestores no merecen otro nombre que el de asesinos. Hora es ya, a nuestro modo de ver, de modificar las etiquetas a que nos ha acostumbrado la historiografía interesada en salvar el insalvable honor del grupo rivadaviano, y dejar de referimos al fusilamiento de Dorrego. El plomo de los fusiles fue sólo el medio (como pudo haber sido el veneno o el 'puñal si Lavalle no se hubiera cruzado en el camino) por el cual la logia unitaria llevó a cabo lo que sólo puede calificarse como asesinato de Dorrego.


jueves, 30 de mayo de 2019

Manuel Dorrego: El Ronco de Nazareno (Salta)

Por el Prof. Bismarck
Luego de la derrota de Huaqui (junio de 1811) el ejercito del Norte pudo recomponerse en Jujuy y bastante más en Salta. Pueyrredon, quien había tomado el mando, envió fuerzas al Alto Perú al mando de Eustoquio Díaz Vélez con ochocientos hombres, entre ellos su ayudante de campo, el joven porteño de 23 años Manuel Dorrego.  La vanguardia al mando de Dorrego se posesiona del pueblo de Nazareno, a orillas de dicho río, tras un tiroteo con el destacamento enemigo que lo ocupa.  En esta ocasión Dorrego recibe un balazo en el brazo derecho y un golpe en el pie izquierdo.  
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Al dia siguiente 12 de enero de 1812,  se produjo un gran combate  en condiciones críticas: Se largó a llover,  y originó una gran crecida del río y las cabezas de los hombres que envió Díaz Vélez se transformaron en una especie de tiro al blanco para que las huestes de Francisco Picoaga (a cargo de las tropas del Rey) se entretuvieran.  El rengo y manco Dorrego quedó tendido en la playa.  Jóvenes promesas perdieron la vida en ese contraataque irracional. Los primos Francisco y Lucas Balcarce, pertenecientes a una de las principales familias porteñas, murieron ese domingo.  El parte de guerra de Díaz Vélez anunció veintiséis muertos y ciento siete heridos. El de Picoaga hablaba de ochocientos muertos y setecientos tomados prisioneros.
Dorrego recibió un balazo en la garganta y le rompió el esófago, cayendo sin sentido.  Los soldados lo creen muerto, más él, reaccionando, les pide que no lo abandonen, y lo transportan en la creencia de que con esto están complaciendo el deseo de un moribundo.   Su conducta en la batalla y la gravedad de su herida provocan elogiosos comentarios de sus compañeros.  Los médicos del ejército lo curaron. Pero había un problema. Era imposible alimentarlo porque, como explicó en una carta Tomás de Anchorena, “se halla gravemente herido en la garganta, pues se le salía por la herida el alimento que tomaba”. ¿No murió en Nazareno y se iba a morir de hambre? Los médicos le colocaron un tubo de plomo en la herida, desde donde le pasaban el alimento al estómago.  
Recuperó la voz, aunque quedó ronco (tres años más tarde se burlaría de la voz aflautada de Belgrano). Pero lo más notorio era el cuello, que le había quedado bandeado y esto hacía que la cabeza estuviera torcida.     Pero los cuidados y su juventud le permiten por fin recobrarse    Manuel Dorrego disimulaba un poco su cabeza torcida, portando un latiguillo bajo su brazo e inclinándose hacia el costado. De todas maneras, las cicatrices estaban a la vista. Esas fueron sus principales condecoraciones. 
El gobierno del primer Triunvirato, sensible seguramente a los informes que le llegan sobre su comportamiento, expide un decreto, con fecha 10 de marzo de 1812, por el que le confiere, el grado militar ganado con su sangre.  Por dicho decreto lo designa teniente coronel, “con abono de los sueldos de capitán, desde que está en el servicio, cuyo desempeño ha sido de la entera satisfacción de esta superioridad”.  Gracias a esta medida Dorrego pasa a revistar regularmente en el escalafón.  

martes, 5 de marzo de 2019

Acta de defunción de Manuel Dorrego

Por Martín Graciano Duhalde 
El General Lavalle, que había constituido en el tribunal único, supremo e inapelable, luego de las horas más largas de su vida en que se paseó incesantemente por la sala de El Talar (la tercera mirando desde el norte), cuando sintió la descarga se sobresaltó. Se tiró sobre un sillón de Don Juan Pedro Almeyra y le dijo a su edecán Elías: “Amigo mío, acabo de hacer un sacrificio doloroso que era indispensable...” Aún la sangre caliente de Dorrego corría por la tierra navarrense cuando Lavalle se sienta sobre una mesa “ratona” que se conserva en el Museo Histórico Nacional y escribe asumiendo la responsabilidad de lo ocurrido.
“Navarro, diciembre 13 de 1828 Sr. Ministro: Participo al Gobierno Delegado que el Coronel Manuel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden, al frente de los regimientos que componen esta división. La historia, señor Ministro, juzgará imparcialmente si el Coronel Dorrego ha debido o no morir. Si al sacrificarlo a la tranquilidad de un pueblo enlutado por él, puedo haber estado poseído de otro sentimiento que el del bien público. Quiera persuadirse el pueblo de buenos Aires que la muerte del coronel Dorrego es el sacrificio mayor que puedo hacer en su obsequio. Saludo al señor Ministro con toda atención. Juan Lavalle.”

Mientras Lavalle escribía el parte al Almirante Brown, a 300 metros suyos el cuerpo de Manuel Dorrego yacía tirado en el campo.
Hay indicios ciertos que luego de la ejecución, hubo ensañamiento con el cadáver. Así lo indica el testimonio de la Comisión Oficial, que por orden de Rosas, ni bien asumió el Gobierno se trasladó de Buenos Aires a Navarro con el fin de exhumar los restos de Dorrego, tarea que se llevó a cabo el 13 de diciembre de 1829, es decir al año justo de su muerte.
El informe firmado por el camarista don Miguel de Villegas dice en parte: “ Que encontraron el cadáver entero, a excepción de la cabeza que estaba separada del cuerpo en parte, y dividida en varios pedazos, con un golpe de fusil al parecer, en el costado izquierdo del pecho...”
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Luego del fusilamiento (si así se lo puede llamar) el acongojado pariente de Manuel Dorrego, el clérigo Juan José Castañer, se hace cargo del cadáver, ya que ni siquiera se permitió a los más cercanos deudos llegarse hasta Navarro para ver los restos, no obstante los ruegos de los familiares que hicieron llegar al Sr. Ministro Díaz Vélez con tal fin.
En cambio el recinto sagrado de nuestra histórica Parroquia, el mismo día 13, abrió de par en par sus puertas para recibir el cuerpo del infortunado Gobernador de Buenos Aires. Luego que fuera velado toda la noche, con la presencia escasa de algunos vecinos asombrados, que esporádicamente se acercaron al féretro.
El día 14, Manuel Dorrego fue enterrado en el Cementerio de Navarro, que entonces estaba junto a la Iglesia. El lugar de su sepultura dice el mismo parte de Villegas que estaba: ” a cinco y media varas de su frente y puerta principal, con la diferencia de dos tercios en que daba hacia su parte lateral izquierda...”
Concluido el sepelio, el párroco de Navarro, de puño y letra, dejó labrada la siguiente acta de Defunción, que está guardada como reliquia histórica de gran valor en nuestra iglesia y dice así:
“ Manuel Dorrego- En el día 14 de diciembre de 1828, yo, el abajo firmado, teniente cura de esta Capilla de Navarro, sepulté con oficio y misa de cuerpo presente, todo cantado de primera clase, el cadáver del coronel don Manuel Dorrego, natural de Buenos Aires, esposo de doña Angela Baudrix. Recibió los Sacramentos de que doy fé. Firmado: Juan José Castañer.“