Rosas
domingo, 5 de noviembre de 2023
López Estanislao 2da parte
miércoles, 1 de febrero de 2023
El desencuentro entre Manuel Belgrano y Manuel Dorrego....
sábado, 31 de diciembre de 2022
20 de Febrero de 1813: Batalla de Salta
Por Julio R. Otaño
El Ejército del Norte, al mando de los Generales Manuel Belgrano y Eustoquio Díaz Vélez, se enfrentó en los campos de Castañares del norte argentino a las tropas españolas del Virreinato del Perú comandadas por el brigadier Juan Pío Tristán. Sucedió el 20 de febrero de 1813, es conocida como la Batalla de Salta y El conflicto finalizó con la victoria de las Provincias Unidas del Río de la Plata. fue una de las victorias más importantes de la independencia argentina, los realistas se rindieron completamente. Por su parte, el General Manuel Belgrano acordó que el ejército vencido entregara sus armas, banderas e instrumentos, y juraran no volver a luchar contra la nueva patria naciente. A cambio, se les perdonaría la vida y una retirada en paz. 7 Días antes a orillas del río Pasaje, sus soldados juraron fidelidad a la bandera. Desde entonces el curso de agua pasó a llamarse Juramento. El 19 de febrero por la mañana estaba en la hacienda de Castañares. Se sentía enfermo. Sufría de fuertes dolores estomacales y tenía fiebre alta. Tenía preparado un carruaje por si el día de la batalla no pudiese montar.
Con un marco de una lluvia copiosa, Belgrano hizo la presentación de la bandera por él creada, que llevaba su ayudante Mariano Benítez. Por primera vez flamearía en el campo de batalla. Al comienzo de las hostilidades Eustoquio Díaz Vélez, al mando del ala derecha, fue herido de bala en el muslo izquierdo y debió ser reemplazado por el teniente coronel Manuel Dorrego. Belgrano le ordenó a Dorrego llevarse por delante al enemigo, pero sin cruzarse con el fuego de la artillería patriota, quien lo apoyó en un arrollador avance que hizo desbandar el ala izquierda española. Totalmente en caos, huyeron hacia la ciudad, perseguidos por los cuerpos de Dragones y Decididos de Salta. El centro realista quedó rodeado y tenía poca capacidad de maniobra por un profundo zanjón. Recibieron violentas cargas de Dorrego, de Forest y de Superí. También huyeron a la ciudad, abandonando la artillería. Los españoles irrumpieron en la ciudad, escondiéndose en casas particulares y en iglesias, y los soldados no hacían caso a las órdenes dadas por sus superiores. El combate había durado cerca de tres horas. Belgrano sorprendió con su decisión: decidió dejar en libertad a 2776 prisioneros. Les ofreció pasarse de bando y a los que se negasen, deberían jurar no volver a tomar las armas contra las armas de la Revolución. Quiso diferenciarse de los realistas en el trato al enemigo, a fin de ser bien recibido en el Alto Perú. Rechazó la espada que le entregó Tristán y lo abrazó delante de todos. Ordenó abrir una fosa común en el campo de batalla, donde fueron enterrados los muertos de ambos bandos. Muchos de ellos volverían a tomar las armas, ya que un obispo español no tardó en liberarlos de ese juramento. Cuando la noticia llegó a Buenos Aires, todo fue fiesta. Salvas de artillería, repiques de campanas, la ciudad estuvo iluminada tres noches seguidas y sin importar el primer día de cuaresma, se organizó un baile en plena plaza Mayor. Por sus resonantes victorias, el gobierno premió a Belgrano con 40 mil pesos, algo así como ocho kilos de oro. Dividió esa fortuna en cuatro para la construcción de cuatro escuelas a construirse en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero. Tan entusiasmado estaba Belgrano que el 25 de mayo de 1813 elaboró un reglamento para dichas escuelas, en donde no dejó ningún detalle al azar. No llegaría a verlas. La de Tarija se construiría en 1974, la de Tucumán, en 1998 y la de Jujuy, en 2004, mientras que la de Santiago del Estero se habría levantado con fondos provinciales.
El saldo en las filas enemigas fue devastador. Quedaron cuatrocientos sesenta muertos en el campo de batalla, unos ciento treinta heridos y el resto del ejército realista había capitulado. Nunca se había logrado semejante resultado en una batalla por la Guerra de la Independencia. Fue entonces cuando se dio la situación que generaría tantas críticas. Belgrano autorizó que el enemigo se marchase con la condición de que sus jefes jurasen que no volverían a luchar contra el ejército de Buenos Aires. Además, los vencidos se comprometían a entregar el armamento y devolver a los prisioneros. También se determinó que partirían cuanto antes de Salta y de Jujuy. A los críticos, Belgrano les respondió que era muy fácil considerar opciones desde escritorios alejados del campo de batalla. Estaba convencido de que la mejor idea era que cada soldado regresara a su casa con una nueva percepción acerca de Buenos Aires y su ejército: los vencedores no eran demonios, no eran salvajes. Los porteños los trataban como hermanos. Tal vez también en esto se inspiró en Tacuarí. Porque Cabañas los tuvo a su merced y, a pesar de la ventaja, los dejó ir. Claro que en aquella oportunidad Belgrano cumplió su palabra. Pero en este caso, cuando Tristán reunió a los hombres en Potosí, les explicó que tenían el perdón del obispo y que el juramento que habían hecho no tenía ninguna validez. Por su parte, el virrey José de Abascal había dicho que la rendición no tenía ninguna validez porque sus generales carecían de autoridad para firmar ese tipo de armisticio. ¿Entonces Belgrano tendría que haberse quedado con ese grupo de prisioneros? ¿Sería posible con sus tres mil hombres mantener a otros tantos cautivos? Debía alimentarlos, vigilarlos, curarlos. Ya había descartado ejecutarlos. Igualmente menos de 300 (de un numero de 3000) no cumplió su juramento ese grupo se hacía llamar “El escuadrón de la muerte”. Porque estaba más que claro que cualquiera de ellos, en caso de ser tomado prisionero por Belgrano, sería ejecutado en forma inmediata. (en las invasiones inglesas tenemos el ejemplo de dennis Pack). Cabe hacer algunas consideraciones sobre la índole de la guerra que se estaba desarrollando en nuestra América, Levene sostenía con firmeza que América nunca fue una colonia de España, sino que sus partes eran provincias del imperio, reinos de ultramar, integrados por vasallos libres de la corona, como proclamo Isabel la Católica desde el Descubrimiento a los indios y luego súbditos, que tenían sus representantes en las Cortes o sea el Parlamento de España. Pero Roberto Marfany y luego Vicente Sierra sostienen que la guerra de la independencia, tanto en España como en América, fue una guerra civil, en la que se enfrentaron dos concepciones: la absolutista de Fernando VII y la liberal de la Junta de Cádiz y demás juntas constituidas. En ambos bandos había españoles y americanos. Prueba de ello es que el liberal General Pío Tristán, vencido en Tucumán y Salta, fue en su país, Perú, el último Virrey in pectore y Ministro de Guerra en el Perú independiente en el 1830. Igualmente, varios presidentes peruanos revistaron y combatieron en el ejército real en el sector liberal, y luego presidieron brillantemente la nación peruana, entre ellos La Mar, Castilla, Santa Cruz y Salaverry. El tremendo e inteligente esfuerzo de Manuel Belgrano logró en tan solo un año, sin recursos, sin apoyo del gobierno central, disciplinando y ordenando un ejército devastado, darnos bandera, victorias y territorio. Logrando asegurar el único movimiento revolucionario de América que tuvo continuidad y permanencia. El cual luego sería catapultado por San Martín. Salta fue el reaseguro de todo ese movimiento revolucionario, he ahí su gloria imperecedera
domingo, 9 de octubre de 2022
GALO (1797-1841), sus dos caras: de granadero bizarro a fusilador
domingo, 28 de febrero de 2021
EL ASESINATO DE DORREGO
Por A. J. PÉREZ AMUCHÁSTEGUI
Dorrego dio a los unitarios la oportunidad que les faltaba
para llevar a cabo sus proyectos de reivindicación. La figura del gobernador
había adquirido alto prestigio en todo el país. Tanto, que el deán Gregorio
Funes, representante de Bolívar en Buenos Aires, en carta al mariscal Sucre,
después de señalar la bien merecida influencia que ejercía Dorrego a raíz de
sus atinadas medidas de gobierno, apuntaba: “Es muy probable que, formalizada la Convención, suba a presidente de
la República”.
Esa perspectiva era gravísima para los unitarios, pues con
ella se aventaban absolutamente sus esperanzas de retomar jamás al poder. Como
ha señalado Tomás de Iriarte en sus Memorias, en la gobernación de Buenos Aires
no se comportó Dorrego como el muchacho alocado de otras horas, sino como un
estadista en toda la línea. Los primeros
sorprendidos fueron los unitarios, que advirtieron entonces que, para ellos, el
gobernador representaba un peligro permanente. Con él se acababan los turbios
negociados, las especulaciones financieras, las generosas “bonificaciones” de
inversores aprovechados, los “beneficiosos” préstamos de la banca extranjera.
Con él se quitaba de raíz el empaque culterano de quienes se creían, como dice
Saldías, “los únicos llamados a dirigir las cosas del gobierno, poseídos de
absolutismo y orgullo tradicionales”. Con él accedía al plano político la
multitud, es decir los jornaleros, los artesanos, los campesinos, esa chusma
que, para los hombres de levita, carecía de derechos para regir sus propios destinos.
Y la logia unitaria de rancia estirpe rivadaviana estaba dispuesta a todo antes
que a perder sus pretendidos privilegios. Dorrego la había desenmascarado, y
tendría que purgar ese “delito”.
Además, la ira de Ponsonby contra Dorrego se había aflojado ahora sensiblemente pues, a la postre, el representante inglés había logrado el objetivo que se había propuesto; y su reemplazante en Buenos Aires, Woodbine Parish, respetaba al gobernador. Entretanto, Rivadavia había caído en desgracia con sus antiguos compinches financistas de Londres, a quienes, tal vez muy a su pesar, llevó a la quiebra. Todo se daba a favor de Dorrego en la puja política que se avecinaba tras la paz. Y esos habilísimos maestros de la artimaña política sabían bien que con Dorrego estaban destinados al fracasó. Si la paz con el Brasil les daba la oportunidad inmediata para desacreditarlo y quizá, incluso, para hacerlo caer, era indudable que muy pronto su prestigio volvería a adquirir la relevancia que merecía su conducta de estadista, sobre todo porque, a pesar de las circunstancias, había logrado ya aliviar en alguna medida las estrecheces económicas a que el país había quedado constreñido a raíz de la guerra. No; la caída debía producirse de inmediato, y ser tan violenta que evitara su eventual resurgimiento. Y como no había alternativa posible, el grupo de Rivadavia dictó la sentencia: Dorrego tenía que morir...
Juan Lavalle fue sólo el instrumento, por cierto que muy
bien elegido. Ese soldado valiente, decidido, corajudo, temerario, irreflexivo,
era proclive a ser convencido de que Dorrego habla traicionado al ejército de
operaciones negociando una paz infamante. Y tras ello, todo cuanto se le dijera
de Dorrego sería aceptado sin análisis por el ofuscado y tozudo general. La
sublevación del 1 de diciembre fue incruenta, pero de inmediato llovieron al
enardecido Lavalle los “sanos consejos” de quienes lo habían llevado a
subvertir el orden institucional.
Salvador María del
Carril, Juan Cruz y Florencio Varela, Agüero, Gallardo y algún otro “hombre de
bien” cursaron sendas cartas a Lavalle para convencerlo de la imperiosa
necesidad de fusilar al depuesto gobernador. A propósito, ha de señalarse que
del Carril no firmó la carta, aunque Lavalle conocía quién era el remitente;
Juan Cruz Varela fue más lejos, pues después de valerse del nombre del pueblo
para exigir la sentencia, agregó muy suelto de cuerpo: “Cartas como estas se
rompen11... Afortunadamente Lavalle no las rompió. Y allí han quedado, signados
por la infamia, los nombres de quienes, al decir de Saldías, “con una
convicción que abruma y una frialdad que aterra” convencieron a Lavalle de que
“todo quedará esterilizado si el gobernador Dorrego no sucumbe inmediatamente”
...
Lavalle confió al remanido “juicio de la historia” el
dictamen sobre su decisión. La historia
no juzga, ni condena, ni perdona: se limita a comprender. El juicio corre por
cuenta de cada historiador, es decir de quien investiga con seriedad hasta
conocer suficientemente las intencionalidades que sustentan los hechos. Sobre
esa base, y sin pretender que nuestro juicio sea “el de la historia” en tanto
negamos semejante pretensión, creemos, a
la luz de nuestro entendimiento, que Dorrego fue fusilado por el general
vencedor Juan Lavalle en virtud de una discutible, pero en la época usual,
decisión castrense. Pero esa decisión no fue un acto aislado ni contingente,
sino la cristalización formal de una sentencia de muerte decretada mucho antes
por la logia unitaria, que no hallaba otra solución para asegurar sus
aspiraciones al poder.
Y esa planificación fría, esa resolución calculada, esa
decisión categórica de quitar la vida al adversario que representa un obstáculo
insalvable, es un crimen político cuyos gestores no merecen otro nombre que el
de asesinos. Hora es ya, a nuestro modo de ver, de modificar las etiquetas a
que nos ha acostumbrado la historiografía interesada en salvar el insalvable
honor del grupo rivadaviano, y dejar de referimos al fusilamiento de Dorrego.
El plomo de los fusiles fue sólo el medio (como pudo haber sido el veneno o el
'puñal si Lavalle no se hubiera cruzado en el camino) por el cual la logia
unitaria llevó a cabo lo que sólo puede calificarse como asesinato de Dorrego.
jueves, 30 de mayo de 2019
Manuel Dorrego: El Ronco de Nazareno (Salta)
Luego de la derrota de Huaqui (junio de 1811) el ejercito del Norte pudo recomponerse en Jujuy y bastante más en Salta. Pueyrredon, quien había tomado el mando, envió fuerzas al Alto Perú al mando de Eustoquio Díaz Vélez con ochocientos hombres, entre ellos su ayudante de campo, el joven porteño de 23 años Manuel Dorrego. La vanguardia al mando de Dorrego se posesiona del pueblo de Nazareno, a orillas de dicho río, tras un tiroteo con el destacamento enemigo que lo ocupa. En esta ocasión Dorrego recibe un balazo en el brazo derecho y un golpe en el pie izquierdo.
Al dia siguiente 12 de enero de 1812, se produjo un gran combate en condiciones críticas: Se largó a llover, y originó una gran crecida del río y las cabezas de los hombres que envió Díaz Vélez se transformaron en una especie de tiro al blanco para que las huestes de Francisco Picoaga (a cargo de las tropas del Rey) se entretuvieran. El rengo y manco Dorrego quedó tendido en la playa. Jóvenes promesas perdieron la vida en ese contraataque irracional. Los primos Francisco y Lucas Balcarce, pertenecientes a una de las principales familias porteñas, murieron ese domingo. El parte de guerra de Díaz Vélez anunció veintiséis muertos y ciento siete heridos. El de Picoaga hablaba de ochocientos muertos y setecientos tomados prisioneros.
Dorrego recibió un balazo en la garganta y le rompió el esófago, cayendo sin sentido. Los soldados lo creen muerto, más él, reaccionando, les pide que no lo abandonen, y lo transportan en la creencia de que con esto están complaciendo el deseo de un moribundo. Su conducta en la batalla y la gravedad de su herida provocan elogiosos comentarios de sus compañeros. Los médicos del ejército lo curaron. Pero había un problema. Era imposible alimentarlo porque, como explicó en una carta Tomás de Anchorena, “se halla gravemente herido en la garganta, pues se le salía por la herida el alimento que tomaba”. ¿No murió en Nazareno y se iba a morir de hambre? Los médicos le colocaron un tubo de plomo en la herida, desde donde le pasaban el alimento al estómago.
Recuperó la voz, aunque quedó ronco (tres años más tarde se burlaría de la voz aflautada de Belgrano). Pero lo más notorio era el cuello, que le había quedado bandeado y esto hacía que la cabeza estuviera torcida. Pero los cuidados y su juventud le permiten por fin recobrarse Manuel Dorrego disimulaba un poco su cabeza torcida, portando un latiguillo bajo su brazo e inclinándose hacia el costado. De todas maneras, las cicatrices estaban a la vista. Esas fueron sus principales condecoraciones.
El gobierno del primer Triunvirato, sensible seguramente a los informes que le llegan sobre su comportamiento, expide un decreto, con fecha 10 de marzo de 1812, por el que le confiere, el grado militar ganado con su sangre. Por dicho decreto lo designa teniente coronel, “con abono de los sueldos de capitán, desde que está en el servicio, cuyo desempeño ha sido de la entera satisfacción de esta superioridad”. Gracias a esta medida Dorrego pasa a revistar regularmente en el escalafón.
martes, 5 de marzo de 2019
Acta de defunción de Manuel Dorrego
El General Lavalle, que había constituido en el tribunal único, supremo e inapelable, luego de las horas más largas de su vida en que se paseó incesantemente por la sala de El Talar (la tercera mirando desde el norte), cuando sintió la descarga se sobresaltó. Se tiró sobre un sillón de Don Juan Pedro Almeyra y le dijo a su edecán Elías: “Amigo mío, acabo de hacer un sacrificio doloroso que era indispensable...” Aún la sangre caliente de Dorrego corría por la tierra navarrense cuando Lavalle se sienta sobre una mesa “ratona” que se conserva en el Museo Histórico Nacional y escribe asumiendo la responsabilidad de lo ocurrido.
“Navarro, diciembre 13 de 1828 Sr. Ministro: Participo al Gobierno Delegado que el Coronel Manuel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden, al frente de los regimientos que componen esta división. La historia, señor Ministro, juzgará imparcialmente si el Coronel Dorrego ha debido o no morir. Si al sacrificarlo a la tranquilidad de un pueblo enlutado por él, puedo haber estado poseído de otro sentimiento que el del bien público. Quiera persuadirse el pueblo de buenos Aires que la muerte del coronel Dorrego es el sacrificio mayor que puedo hacer en su obsequio. Saludo al señor Ministro con toda atención. Juan Lavalle.”
Mientras Lavalle escribía el parte al Almirante Brown, a 300 metros suyos el cuerpo de Manuel Dorrego yacía tirado en el campo.
Hay indicios ciertos que luego de la ejecución, hubo ensañamiento con el cadáver. Así lo indica el testimonio de la Comisión Oficial, que por orden de Rosas, ni bien asumió el Gobierno se trasladó de Buenos Aires a Navarro con el fin de exhumar los restos de Dorrego, tarea que se llevó a cabo el 13 de diciembre de 1829, es decir al año justo de su muerte.
El informe firmado por el camarista don Miguel de Villegas dice en parte: “ Que encontraron el cadáver entero, a excepción de la cabeza que estaba separada del cuerpo en parte, y dividida en varios pedazos, con un golpe de fusil al parecer, en el costado izquierdo del pecho...”
Luego del fusilamiento (si así se lo puede llamar) el acongojado pariente de Manuel Dorrego, el clérigo Juan José Castañer, se hace cargo del cadáver, ya que ni siquiera se permitió a los más cercanos deudos llegarse hasta Navarro para ver los restos, no obstante los ruegos de los familiares que hicieron llegar al Sr. Ministro Díaz Vélez con tal fin.
En cambio el recinto sagrado de nuestra histórica Parroquia, el mismo día 13, abrió de par en par sus puertas para recibir el cuerpo del infortunado Gobernador de Buenos Aires. Luego que fuera velado toda la noche, con la presencia escasa de algunos vecinos asombrados, que esporádicamente se acercaron al féretro.
El día 14, Manuel Dorrego fue enterrado en el Cementerio de Navarro, que entonces estaba junto a la Iglesia. El lugar de su sepultura dice el mismo parte de Villegas que estaba: ” a cinco y media varas de su frente y puerta principal, con la diferencia de dos tercios en que daba hacia su parte lateral izquierda...”
Concluido el sepelio, el párroco de Navarro, de puño y letra, dejó labrada la siguiente acta de Defunción, que está guardada como reliquia histórica de gran valor en nuestra iglesia y dice así:
“ Manuel Dorrego- En el día 14 de diciembre de 1828, yo, el abajo firmado, teniente cura de esta Capilla de Navarro, sepulté con oficio y misa de cuerpo presente, todo cantado de primera clase, el cadáver del coronel don Manuel Dorrego, natural de Buenos Aires, esposo de doña Angela Baudrix. Recibió los Sacramentos de que doy fé. Firmado: Juan José Castañer.“
