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jueves, 30 de septiembre de 2021

Roque Sáenz Peña en la Presidencia

 Por Natalio Botana ("El Orden Conservador")

Figueroa Alcorta —escribe Miguel Angel Cárcano— «no tenía en el círculo de sus amigos una personalidad de tanta notoriedad y relieve como Sáenz Peña». La sucesión estaba en marcha. Ya habíamos subrayado —adrede— el papel de Sáenz Peña en el autonomismo pellegrinista. Pero su antirroquismo venía de antigua data. Se había formado en su juventud en el viejo alsinismo; defensor de Avellaneda, luego «Juarista» (uno de los últimos ministros del presidente derrotado en el noventa), Sáenz Peña encabezó el movimiento modernista, impulsado desde la provincia de Buenos Aires por el gobernador Julio Costa, que lo hizo candidato firme en las elecciones presidenciales de 1892 y que sólo pudo desbaratar Roca, logrando la adhesión del P. A. N. y del mitrismo a la candidatura de su padre. Elegido senador por la provincia renunció poco tiempo después. Retomó a la actividad pública para participar en la coalición opositora que alentó la política de las paralelas en 1898. Cuatro años más tarde, Sáenz Peña encabezó la lista «demócrata» de 1902; acompañó a C. Pellegrini en la Convención de Notables de 1904 y en 1906 fue electo diputado por la «Coalición Popular». No asumió la banca y aceptó un cargo diplomático de ministro plenipotenciario ante los gobiernos de España, Portugal, Suiza e Italia, prolongando así una exitosa carrera en el campo de las relaciones exteriores, que alcanzó momentos culminantes hacia fines de la década del ochenta con motivo de la Conferencia Panamericana en 1889.

La trayectoria de Sáenz Peña evoca, en gran medida, el perfil de un opositor interno frente al predominio de la fracción roquista en la política nacional: una actitud de distanciamiento y de intentos frustrados durante los veintiséis años que transcurrieron entre 1890 y 1916. Dentro de la clase gobernante, Sáenz Peña rompía lanzas con la hegemonía gubernamental sin emigrar jamás hacia las fuerzas políticas que, al situarse fuera del cuadro establecido, impugnaban la legitimidad del régimen desde la oposición externa. Más bien, su acción pública revela las reglas no escritas del control institucional que un grupo gobernante, percibido como oligárquico, ejercía sobre aquéllos dispuestos a participar en un hipotético juego competitivo.

Sáenz Peña programó su candidatura desde Europa.  Allí se puso de acuerdo con Indalecio Gómez, viejo colega en el movimiento modernista del 91, acerca de la estrategia del próximo gobierno. Gómez era también un consecuente antirroquista. Una fiel amistad con J. M. Estrada, a la cual no eran ajenas convicciones comunes, motivó su incorporación, en 1889, a la Unión Católica. En 1892 Gómez fue electo diputado por Salta, su provincia natal; obtuvo su reelección en 1896 y a caballo entre ambos períodos llegó a ocupar la vicepresidencia segunda de la Cámara entre 1894 y 1897. Permaneció, pues, en el parlamento hasta el filo del siglo. En 1904, I. Gómez era ferviente pellegrinista; un año después, M. Quintana, le confió la representación diplomática, con sede en Berlín, ante Alemania, Austria-Hungría y Rusia.   Modernismo, política de las paralelas, pellegrinismo: tres momentos opositores compartidos por un antiguo juarista y un militante católico. El movimiento reformista del centenario cobraba cuerpo en Roque Sáenz Peña e Indalecio Gómez: juntos en la ciudad de Lucerna, el futuro presidente y su ministro del Interior trazaron los lineamientos de la reforma política de 1912.

La campaña electoral se organizó en torno de la «Unión Nacional», un movimiento que en poco tiempo cubrió todo el país sin sufrir fisura alguna. Frente a esta coalición de origen bonaerense, bien apoyada, de inmediato, por los gobiernos de provincia, apenas despuntó la simbólica oposición de los republicanos-mitristas que levantaron la candidatura de E. Udaondo.   El clima de la campaña, los discursos y las propuestas que se desgranaron en los actos públicos, poco desmintieron el sesgo optimista del centenario. La candidatura de Sáenz Peña nacía como un intento, de cuyo éxito nadie dudaba, que tenía el «sugestivo poder de borrar /…/ las líneas divisorias que nos habían dejado las antiguas luchas». El candidato arrastraba consigo el apoyo de los que «desde hace largos años concentran a su alrededor los prestigios de la intelectualidad, de la fortuna y del trabajo»; su figura, engarzada con una larga tradición venía a redimir de males una peculiar época oscura, hecha a la medida de personajes reprochables como «el general Roca ha sido precisamente después de realizada la Unión Nacional, el más ilustre enemigo de la democracia argentina». (A. Beccar Varela. La reforma electoral. Contribución a su estudio. Bs. As. Imprenta de la Prisión Nacional, 1911)

Para hacer más eficaz el contraste, se resaltaba la presencia en la Unión Nacional de los «sobrevivientes de la junta revolucionaria de 1890», de Romero, Goyena y Demaría que, lejos esta vez de las lilas de la Unión Cívica pretendidamente alineada tras Udaondo, desmentían las críticas provenientes del bando republicano acerca del pasado juarista de Sáenz Peña.

La justificación de la candidatura exime de mayores comentarios. La propaganda electoral proponía a Sáenz Peña como un conciliador de tendencias, cobijadas bajo la percepción de una Argentina «favorecida por un clima privilegiado, con los frutos óptimos de todas las zonas, regida por leyes sabias y con una constitución admirable, dirigida por gobernantes mancomunados en un solo propósito patriótico…». Exultaciones que, sin embargo, no debían favorecer excesos en un país amparado, «hasta que llegue el mayor grado de su desarrollo, por una política que basada en los principios e inspirada en los fines liberales de nuestra constitución liberal, reúna todas las características de una democracia conservadora». Entre los prolijos análisis de la política económica que efectuaba Federico Pinedo (padre) y algún devaneo retórico inspirado en una visión cósmica del desarrollo constitucional, la campaña afrontaba la oposición de importantes diarios porteños y no eludía advertencias para precaverse de enemigos amenazantes.

Esas amenazas se encamaban en el radicalismo, formado por los restos de aquel gran partido que ha veinte años fundaron Del Valle y Alem …que proclama la revolución, levantando un programa de sufrimiento y de muerte», cuya dirección interna, irresponsable y absoluta, es una triste muestra de lo que sería su gobierno real.  La lectura de los discursos electorales y las formas de organización y de reclutamiento, califican a la Unión Nacional con el signo de una fuerza política de carácter tradicional. Como el P. A. N., la Unión Nacional constituía un eficaz vehículo para comunicar oligarquías locales y gobiernos provinciales bajo la protección de una presidencia que no escatimaba recursos —la intervención federal, la clausura del Congreso, el estado de sitio— para hacer efectivo su poder y su influencia electoral. Pero mientras los viejos arreglos, que gestaban candidaturas, manipulaban una ideología funcional con la estructura política, la Unión Nacional reorientó, con un brusco golpe de timón, ese mensaje ideológico y contradijo el sistema electoral vigente mediante un proyecto reformista, que Sáenz Peña proclamó en su discurso-programa pronunciado en la plaza Retiro en el mes de agosto de 1909. Allí manifestó sus propósitos institucionales y los tradujo en un lenguaje que mucho recuerda la profesión de fe de un creyente. «Dejadme creer —dijo en aquella circunstancia— que soy pretexto para la fundación del partido orgánico y doctrinario que exige la grandeza argentina; dejadme la confianza de que acabaron los personalismos y volvemos a darnos a las ideas».

Sáenz Peña regresó a Europa desde donde impuso la candidatura de Victorino de la Plaza para la vicepresidencia. A fin de año tuvo lugar la proclamación oficial. El resto de los cargos, en el orden nacional y en las provincias, se adjudicaron sin consultar a las asambleas o a las convenciones de las agrupaciones de distritos. Tres meses después, en abril de 1910, las listas de la Unión Nacional se impusieron en todo el país sin atisbo alguno de resistencia electoral, pese a la participación del P. Socialista (en la Capital) y de la fracción cívica-republicana que apoyó la candidatura de Udaondo. Los radicales permanecieron en la abstención.

Acallados los festejos del Centenario, no decrecieron los signos inquietantes. El temor de una conspiración radical, presentida por los gobernantes, acompañó el regreso de Sáenz Peña, ya electo presidente. Desembarcó en Buenos Aires de noche, sin pública acogida y fuertemente custodiado. De inmediato rompió la incomunicación y buscó entrevistarse con el personaje que despistaba los servicios de seguridad y evocaba las mayores amenazas: Hipólito Yrigoyen y Roque Sáenz Peña conversaron días antes que tuviera lugar la asunción del mando.  Yrigoyen rechazó la propuesta de integrar un gabinete de coalición en el próximo gobierno y mantuvo invariable su exigencia acerca de la modificación del registro y de la ley electoral, decisiones, ambas, que debían implementarse con intervenciones federales en todas las provincias para garantizar los nuevos comicios. Sáenz Peña no aceptó el temperamento intervencionista, pero ambos coincidieron en la necesidad impostergable de la reforma electoral.

Juró el cargo de Presidente el 12 de Octubre de 1910. Ausente la legitimidad de origen, Sáenz Peña justificó el proceso electoral que lo llevó a la primera magistratura, magnificando la participación de votantes en la Capital Federal: «son pocos, lo reconozco, pero nunca se vieron más ciudadanos». Casi una excusa, como él mismo lo reconoció, «que he necesitado hacer para fundar mi autoridad de gobernante, autoridad que procede de esa fuente democrática de imperfección universal, discutida eternamente bajo todos los sistemas representativos».   Los reformadores emprendían un plan que poco desmentiría el ritmo vertiginoso, o la velocidad de los cambios a los cuales estaba habituada la Argentina de ese entonces. Inmersos en una sociedad distinta, aquejados por la mala conciencia derivada de una política distante de los valores que hacía suyos la crítica moral, los nuevos gobernantes asumían la tarea de reparar una fórmula y un régimen. Buscaron un método: la reforma deliberada; quizá, definieron una meta: la conservación del poder y de su posición social, ambas cosas reconciliadas, esta vez, con una práctica institucional menos imperfecta o más coherente con los principios proclamados. En todo caso, se apresuraron a materializar las intenciones y emprendieron los estudios para reformar la ley electoral. Conocían estos menesteres; entendían de antecedentes y de legislación comparada y sabían que, desde hacía ya una década, el país había penetrado, a tientas y con frustraciones sucesivas, en un territorio donde la inocencia de los propósitos debía chocar, necesariamente, con la predicción estratégica acerca de los resultados.

sábado, 22 de febrero de 2020

Roque Sáenz Peña Presidente: La Nueva Ley Electoral

Por Ernesto Palacio
No se habían apagado los ecos de las celebraciones del Centenario cuando regresó a Buenos Aires, en agosto de 1910, el presidente electo. Se temía un nuevo levantamiento radical y Figueroa Alcorta había tomado precauciones para evitarlo. Más que éstas, sin embargo, contribuyó a disipar los rumores y a aquietar los espíritus la gestión conciliatoria que realizó Sáenz Peña ante el jefe radical para llegar a soluciones comunes y que revelaba que no eran vanas palabras sus promesas de candidato.
Sáenz Peña celebró, a raíz de esa gestión, dos entrevistas con Hipólito Yrigoyen, en las cuales se definieron los principios y se trazó el plan de la reforma de los procedimientos electorales, en el sentido auspiciado por el movimiento popular.
Roque Sáenz Peña: “Quiera el pueblo votar” - El Historiador
La personalidad de Sáenz Peña justificaba la confianza que inspiró desde el comienzo. Hijo de don Luis y de estirpe federal, por consiguiente, había sido compañero de Yrigoyen en las filas del autonomismo, combatiendo en el 74 contra el alzamiento mitrista. Poco después, siendo teniente coronel de guardias nacionales, se opuso al primer “acuerdo” y pidió la baja. 
En un rapto romántico, se enroló más tarde en las filas del ejército peruano para resistir la agresión chilena, combatiendo heroicamente en el Morro de Arica, donde cayó herido y prisionero. Luego había acompañado a Pellegrini en la redacción de “Sud-América”, había desempeñado tareas diplomáticas en conferencias panamericanas y un efímero ministerio con Juárez. Su actuación posterior lo mostró en oposición a Roca y Pellegrini, como jefe de la fracción llamada “modernista”, que manifestaba propósitos de renovación de prácticas gubernativas en el sentido del autonomismo tradicional; y esta actuación lo había prestigiado hasta el punto de hacerlo candidato serio para la presidencia en el 92, lo que el “acuerdo” sólo pudo conjurar levantando la candidatura de su padre. 
Estos antecedentes, así como su nueva vinculación estrecha con Pellegrini cuando éste se convirtió en campeón de la libertad electoral, lo acercaban espiritualmente al radicalismo. Lo acercaban igualmente la dignidad moral de su conducta, no comprometida en ios intereses espurios del régimen; su rechazo de la corrupción y el escepticismo roquista; su tradicionalismo españolista, que en 1898 lo llevó a fundar un comité Pro-España, cuando la guerra de ésta con Estados Unidos, y cierto idealismo fundamental en suma, que reconocido por sus contemporáneos, hizo que alguien calificara de “quimera de un romántico” sus propósitos reformadores. El diálogo pudo establecerse sobre una base de entendimiento consistente en el uso de un idioma común a los dos ilustres interlocutores, que aseguraba la coincidencia patriótica en los fines.
No se limitó el presidente electo a garantizar el cumplimiento de sus promesas, sino que pidió al radicalismo su colaboración en el gobierno para ponerlas en práctica. El 5 de octubre, Yrigoyen llevó al seno del Comité Nacional del partido la palabra de Sáenz Peña. El Comité Nacional resolvió rechazar la participación en el gobierno (que, por lo demás, la “carta orgánica” vedaba), pero aceptó colaborar en la elaboración de la ley de elecciones, que abriría al pueblo la vía del comicio, sobre la base de los principios ya aceptados en las entrevistas de Yrigoyen con el presidente: padrón militar, intervención de la justicia federal, representación de las minorías, voto secreto y obligatorio.
El 12 de octubre asumió el mando Sáenz Peña. En el discurso que pronunció en la ocasión, declaró que se consideraba “asentido” por la mayoría de sus conciudadanos (que, por cierto, no lo habían votado), con lo que aludía a los pactos pendientes con la oposición radical; y después de hacer el elogio de su predecesor, reiteró su propósito reformista.
Apenas integrado el gobierno, se iniciaron los trabajos preparatorios de la legislación anunciada, por obra del ministerio del Interior a cargo del doctor Indalecio Gómez, político salteño de origen autonomista y católico, y con la prometida colaboración opositora. A mediados de 1911 se dictaron las primeras leyes: la de padrón militar y la de enrolamiento general, votadas respectivamente el 4 y 10 de julio.
A continuación se envió al Congreso la ley electoral, con las características de la lista incompleta, que daba participación en el gobierno a las oposiciones, y el voto secreto y obligatorio, que aseguraba la libertad del votante y su concurrencia a los comicios. El trámite de esta ley fue más largo y engorroso, por la resistencia de los núcleos políticos que veían en ella el fin de su poder usurpado. La presión de la opinión pública pudo, no obstante, más que las maniobras obstruccionistas y la ley fue aprobada el 12 de febrero de 1912.
Se había intervenido la provincia de Santa Fe a raíz de un conflicto entre la Legislatura y el gobernador Crespo. El interventor, doctor don Anacleto Gil, anunció el propósito de convocar a elecciones: las primeras que habrían de realizarse bajo la nueva presidencia y la ocasión esperada del cumplimiento de las promesas presidenciales. La Unión Cívica se movilizó de inmediato. La Convención Nacional se reunió en Buenos Aires del 28 al 31 de mayo, celebrando prolongadas sesiones secretas en las que se resolvió, en definitiva, autorizar a los radicales de Santa Fe para concurrir a la convocatoria.
El radicalismo de Santa Fe respondía a una vieja tradición criolla y federal y se había caracterizado por su carácter combativo en 1893 y 1905. La autorización fue recibida con enorme entusiasmo, y no obstante los obstáculos puestos por el oficialismo local y la circunstancia de celebrarse las elecciones bajo el imperio de la ley provincial (con el solo recaudo del padrón militar), triunfó la fórmula del radicalismo Menchaca-Caballero, por gran mayoría. Sus contendientes se dividían en dos fracciones: la “coalición” oficialista y la llamada “Liga del Sur”, partido fundado sobre los intereses comerciales e industriales de la ciudad de Rosario, cuyo jefe era un disidente de los primeros tiempos del radicalismo, el doctor Lisandro de la Torre.
El triunfo de Santa Fe provocó un gran entusiasmo en las filas radicales y la convicción (que en adelante sería una de las notas características del partido) de constituir la indudable mayoría del país. La cohesión interna se resistió un tanto con ello, al acentuarse en su seno la tendencia electoralista apresurada, con mengua del rígido principismo del jefe.
En abril se autorizó la concurrencia a las elecciones de diputados nacionales en la Capital y Santa Fe. En ambos comicios triunfó igualmente el radicalismo. En la capital entraron igualmente dos diputados socialistas.
Ante estos resultados auspiciosos, el Comité nacional del radicalismo efectuó una amplia reorganización en todo el país, abriendo sus filas a los nuevos ciudadanos. En el manifiesto en que dio cuenta de esta reorganización, aludía a la “jubilosa esperanza” que representaba la posibilidad de alcanzar la paz interior y el perfeccionamiento de las prácticas gubernativas La realidad no respondería de inmediato a dicha esperanza, porque los usufructuarios vitalicios de los gobiernos locales pondrían en juego inmediatamente toda clase de recursos para violar la ley.   En Córdoba, Salta y Tucumán hubo fraudes descarados, con apresamiento de fiscales en los comicios y cambio de los votos en urnas, previamente preparadas para la maniobra.
El presidente Sáenz Peña careció de la energía necesaria para intervenir previamente las provincias en que debían realizarse convocatorias electorales, a fin de asegurar la legalidad de los resultados: sentíase trabado, sobre todo, por la consecuencia con quienes habían hecho triunfar su propia candidatura y cuyas mentirosas declaraciones de prescindencia estaba obligado a creer, hasta prueba de lo contrario. A causa de ello sufrió “muchas amarguras y desvelos” según lo declaró a Yrigoyen. Por lo demás, su salud se hallaba seriamente resentida desde mediados de 1913, por lo cual en octubre debió delegar el mando en el vicepresidente doctor de la Plaza.
Además de la promulgación de la ley electoral, que es su título de gloria, la presidencia de Sáenz Peña se caracterizó por su preocupación moralizadora, manifestada en las intervenciones que decretó en la Dirección de Tierras y en la Aduana. En junio de 1914 se realizó el tercer censo nacional, que dio la cifra de 7.885.237 habitantes (cuatro millones más que el anterior de 1895), de los cuales 1.575.000 en la Capital Federal. Se pronunciaba ya la tendencia al aumento en el desequilibrio de la población, a favor de la metropolitana, que iría acentuándose en el futuro.
Las esperanzas de mejoría del presidente que, a mediados de ese año, hicieron creer que reasumiría el mando, se desvanecieron ante una recaída que lo obligó a pedir la prolongación de su licencia. Se agravó a principios de agosto y murió el 9 de ese mes. Sus funerales dieron lugar a una gran manifestación de duelo público La sesión de homenaje que realizó la Cámara de Diputados fue una verdadera apoteosis. “Los prestigios cívicos del presidente Saenz Peña son de los que perduran, sobreviviendo victoriosos a la acción del tiempo’’, dijo el diputado radical Vicente C. Gallo.
El doctor Roque Sáenz Peña ha sido un constructor, un creador -dijo el diputado socialista Juan B. Justo-. Lo colocamos al mismo nivel de los hombres que, en el arte y en la ciencia, en la economía y en la técnica, propulsan el progreso humano”.

domingo, 28 de enero de 2018

Roque Sáenz Peña

Por el Licenciado Carlos Pistelli

Don Roque ha nacido en 1852, en medio de una familia “rosista”. Su vida plagada de aventuras lo lleva en sus años mozos a pelear del lado peruano en la guerra contra Chile por las salitres y la salida al mar boliviana. En Perú le consideran héroe. Recorre Europa y finalmente recae en Argentina donde se pone del lado del juarizmo contra Roca, fundando el “Modernismo”. Ministro en varios congresos “panamericanos”, en su fobia hacia los Estados Unidos y su “América para nosotros, los americanos”, pronunciará su célebre “América para la humanidad”.  Figueroa Alcorta busca presidente. Pudo ser Estanislao Zeballos si hubiera sido más prudente cuando fue su canciller. Cuando los rivales se le adelantan queriéndole imponer candidato, Alcorta recurre a un viejo amigo: don Roque.  Eran viejos juaristas antiroquistas que las tenían todas consigo. Cárcano, Julio Costa, Indalecio Gómez auspician al candidato. Los republicanos, como se llamó el viejo partido mitrista, liderado por Guillermo Udaondo, ex gobernador bonaerense en 1894, y el diario La Nación son crueles con don Roque: “el general peruano” no puede presidir la República.  Figueroa impone todos los recursos presidenciables e interviene los distritos donde la candidatura “no encuentra calor”. Udaondo recorre el país y la propia capital, vitoreado por propios y extraños: Se lo tiene como a un candidato “popular”. Pero el 6 de marzo de 1910, en las elecciones que se elige senador porteño, pierde su candidato inexplicablemente. Decide la “abstención”. El triunfo de don Roque fue canónigo, y un elector amigo votando por otra persona le ahorró el hecho de ser electo de “forma unánime” en el Colegio de Electores. Estuvo cerca de emular al Mitre de 1862.  

Roque Sáenz PeñaSáenz Peña tendrá la chance que Roca le había escamoteado en 1892, cuando haciendo elegir a su padre don Luís, le cortó las piernas.   Formó un primer gabinete de renovación:  .Interior: Indalecio Gómez, salteño y su amigo personal; .Cancillería: Ernesto Bosch, porteño y también su amigo; .Instrucción pública: Juan Mamerto Garro, cordobés, radical “bernardista”, candidato a vicepresidente en 1892.  .Hacienda: José Ma. Rosa, uno de los fundadores del Banco Nación y de brillante desempeño en el 2do gobierno de Roca.  .Obras Públicas, Ezequiel Ramos Mexía, miembro prominente de la oligarquía, continuaba en el cargo que ocupó con Figueroa, y era amigo de Peña también.  .Agricultura: Eleodoro Lobos, porteño, seguía en la cartera donde tuvo deslucido desempeño.

.Guerra: general Gregorio Vélez, salteño.
.Marina: alte. Juan P. Sáenz Valiente, porteños, estos dos de la confianza del Presidente. Programa de Peña,       El nuevo Presidente proviene del círculo político que reconocía en Carlos Pellegrini a su líder natural. La mirada política de este grupo “progresista” del Régimen, era el que el “Gringo” había expresado en las discusiones de 1906. Había que adecuarse al hecho que los inmigrantes estaban produciendo en el país, y evitar que la nación se desbordara siguiendo a los radicales y a los anarquistas. Dando elecciones libres, le quitarían a Yrigoyen sus mañas, y el pueblo, agradecido, se volcaría al oficialismo.    Sáenz Peña creía, como sus correligionarios Figueroa Alcorta, Ramón Cárcano, Estanislao Zeballos, Indalecio Gómez y Victorino de la Plaza, que Yrigoyen se había ganado el favor popular haciendo el papel de víctima y de perseguido, que en la multitud, siempre genera simpatías. Quitándole los motivos de su retraimiento pondrían al Radicalismo en una difícil disyuntiva.    Pero ante todo, Peña creía que los radicales no eran muchos más que Yrigoyen y su grupezco. Dando la ley electoral que garantice los comicios limpios, el pueblo se volcaría agradecido hacia las eminencias del Régimen, que tanto habían labrado para ubicar al país en el sendero del progreso y las relaciones internacionales. Acaso Yrigoyen mismo pensara similar.    Sáenz Peña asume el 12 de octubre de 1910, en medio del sigilo porque parece que los radicales quieren darle un golpe revolucionario. Ha tenido que reunirse con Yrigoyen asegurándole que la Ley Electoral va ir por los canales ordinarios. Don Hipólito, su amigo de otros tiempos, le ofrece el concurso radical si desaloja a los gobiernos provinciales mediante intervenciones nacionales y ratifique su postura popular. El Presidente prefirió mantener todo como estaba, si íbamos tan bien, y el dirigente radical abandonó la reunión, dando un manifiesto saludando la llegada del nuevo gobierno. Era una tregua en tiempos difíciles,    La gestión de Peña se vio entorpecida por tres hechos: Las vicisitudes del programa electoral, la gran Guerra y la frágil salud del Presidente. La honradez de don Roque acompañó una etapa de crecimiento económico, acompañada por buenos balances del comercio exterior, persiguiendo los episodios de corruptela oficial siempre presentes en los gobiernos del régimen. El descubrimiento del petróleo en 1907 le dio también una chance para definir su nacionalismo económico creando la “Dirección General de Explotación del Petróleo”, antecesora de YPF. Llamó a realizar el tercer censo nacional, y cuatro mil maestros impartían clases a un millón de jóvenes. Pero había algunos rasgos oligárquicos que lo perdían: Su ministro Carlos Saavedra Lamas quiere reformar la política educativa, mandando a los pobres a formarse como obreros especializados y a los hijos de la gente bien a las Universidades para recibirse como profesionales.     Al mismo tiempo, heredaba de la gestión de Figueroa, el conflicto con Brasil propiciado por la torpeza de Zeballos. ¿A quién mando a recomponer relaciones, tomando en cuenta que ‘todos los míos’ son antibrasileros?, se habrá preguntado el Presidente.  Al general Roca. Hondas diferencias los separaban desde siempre, pero en primer lugar estaba la Nación. Y deponiendo viejas querellas, el anciano Zorro se prestó al ofrecimiento presidencial, solucionando un conflicto que pudo empantanar la gestión de Roque. Un aplauso patriótico a ambos.  La ley electoral, El Presidente consiente que deben existir dos grandes partidos, que deben cumplir el papel de oficialismo y oposición, alternándose en el gobierno. Descree del papel de las minorías, no siempre representativos de los intereses generales del país. Para él, los dos grandes partidos sabrán absorber las iniciativas de los pequeños. Se maneja como un Presidente por encima de las diferencias partidarias, por el bien de todos, como decía su querido José Martí. La vía electoral era su obsesión, aunque las eminencias del régimen le hacen la vida imposible:  La oligarquía, fiel a su soberbia social acostumbrada, no quiere darle el brazo a torcer: Al país lo deben gobernar sus mejores pensantes y de alta ubicación social. Cederle el voto a las grandes masas ignorantes e incultas, era poner al país en la senda del desquicio. Lo mismo que se piensa hoy en día, pero por parte de la clase media, que quiere negarle el voto a los negros de las villas, que por el pan y el vino, y algo más también, siempre votan mal. En aquella época, votar mal era votar a Yrigoyen; Hoy al seudo-peronismo que pulula en el país,  Se dirigen despectivamente contra el Radicalismo: “El encumbramiento de la hez y de la chusma, la supremacía de los analfabetos sobre el hombre instruido”; “El imperio de los inferiores con los consecuentes peligros que surgen de sus defectos morales”    Yrigoyen, parece hacerles el juego a los oligarcas. Él era un revolucionario, más que un demócrata en el sentido electoral de la palabra; Se debían remover de su seno, todos los elementos que causaban el pesar de las instituciones constitucionales. Por eso les insiste a Figueroa y a Peña con intervenir armadamente las provincias, llamar a elecciones limpias (que les darían el triunfo a sus correligionarios) y renovar al Estado con la inclusión de las capas medias y populares de la Nación. Peña era reformista, pero no radical. Y si quiere la Reforma Electoral, es porque es un hombre de bien, y confía en que los nuevos y limpios votantes dejarán varado a los radicales para volcarse al Saenzpeñismo. Así los tantos, se fue al Congreso a ratificar sus promesas electorales:    Su ministro del interior, Indalecio Gómez, debe lidiar con el troche y moche de la oligarquía. El diario de los Mitre, La Nación, le hace la vida imposible; La Prensa, órgano liberal y progresista, le da su apoyo desde sus páginas. Saca con lo justo las Leyes de Enrolamiento General y Padrón Electoral. Empiezan los debates por la Ley Electoral, que pretende establecer el voto secreto y obligatorio y la representación de las minorías.     Empiezan los riflazos, Marco A. Avellaneda, pariente del ex presidente, denuncia a la ley como antidemocrática e inconstitucional: “significa una ofrenda de paz a un partido que vive conspirando”. Y no quieren dar el voto obligatorio, prefieren el calificado, que se expresa en la Constitución alberdiana.    Gómez mueve cielo y tierra. Sáenz Peña llama uno por uno a los legisladores amigos, y les obliga a personalizar el voto. El debate se alarga y la barra del Congreso presiona a los que votan en disidencia. Gana el gobierno, y el Presidente podrá decir, con orgullo: La nueva ley aporta dos innovaciones substanciales: la ley incompleta y el voto obligatorio. No nos equivoquemos, sin embargo. Ni la ley, ni el sistema son una finalidad: son apenas un medio. He dicho a mi país todo mi pensamiento, mis convicciones y mis esperanzas. Quiera mi pueblo escuchar la palabra y el consejo de su primer mandatario. Quiera votar”. Los radicales se relamen, y el oficialismo se rompe en dos:    Al calor gubernamental, se forma el Saenzpeñismo, conducido por el ministro Gómez, aunque herido de guerra tras los debates. Son los juaristas y pellegrinistas del pasado en el presente. Los ‘roquistas’ se sustentan en las provincias, manteniendo su fortaleza, pero sin dirigentes nacionales de altura. Se habla ya, de las elecciones presidenciales de 1916.  En el Radicalismo,  a oportunidad se presenta plausible para las boinas blancas, pero Yrigoyen se opone. Inexplicablemente, se opone, generando un durísimo debate interior.  No quiere abandonar la abstención, porque el ingreso en el campo electoral, es un truco del Régimen para sobornar el temperamento de los radicales. Pero las mayorías quieren participar en las elecciones porque ven la posibilidad de gobernar y cambiar las cosas desde adentro del sistema. El grupo azul encabezado por Melo, Ortiz, Gallo, Alvear, y conspicuos yrigoyenistas como Caballero, Crotto y otros lo presionan para que acepte. E Yrigoyen acepta, no muy del todo convencido, saliendo en campaña[1]. Sus apariciones, congregan multitudes. Pero él no aparece, y apenas muestra la cara. Es el “escondido”, el animal pampeano oculto de la humanidad: el “Peludo”. El apodo despectivo le quedará para siempre, como mote de guerra.    En Santa Fe, obierna la provincia del Brigadier, el anciano Ignacio Crespo, un hombre de bien, que cede la administración del gabinete en el nieto del fundador provincial, también llamado Estanislao López, y abogado de profesión. Se alineaban con el Saenzpeñismo. Pero los caudillos provinciales del Roquismo, Freyre, Leiva y Echagüe, le hacen la vida imposible desde la legislatura. Crespo clausura ésta, y solicita la intervención nacional. El Presidente nombró a Anacleto Gil interventor y se llamaron a elecciones bajo la vigencia de la nueva ley.   Los radicales, presentan candidatos, recién levantada la abstención. Su fórmula es Menchaca-Caballero, dos médicos de prestigio local. Don Hipólito no confiaba en los radicales de Santa Fe, desaparecidos físicamente los Candiotti, Núñez y Chiozza, sus lugartenientes mejores, y prefería acompañar la candidatura de De la Torre, quien rechazó altivamente. El rosarino de difícil trato, había fundado la Liga del Sur para defender los derechos rosarinos, e iba con fórmula propia a la gobernación. Los roquistas forman el partido de la Coalición. Estanislao López, el Constitucionalista, pero se vuelca a favor de los radicales.  De la Torre denuncia que el interventor violenta la campaña a favor de los radicales. Freyre acompaña su queja. Yrigoyen, en Rosario haciendo campaña, denuncia parecido y al revés. Peña los manda callar cruzándole las denuncias a los tres, aconsejando al interventor Gil no haga lo más perfecto jurídicamente, sino lo más honesto verídicamente. Buena frase que merece mi felicitación al Presidente. Don Lisandro levanta “la bandera de Alem” y de la patria gringa del sur santafesino, que acabará por dar el Grito de Alcorta. Aunque su programa era el mejor de todos, el pueblo santafesino se vuelca masivamente al cuarto oscuro para sostener a los radicales, que deliran de entusiasmo.  Yrigoyen, desahuciado, deja decir Me venció el ensayo y denuncia el comicio como al más indigno de los tiempos (¿?)  En Buenos Aires se deben votar senador y diputados. La Convención Radical porteña le ofrece a don Hipólito las candidaturas que quiera. Pero el “Peludo de calle Brasil” rechaza la distinción, porque las reglas de conducta personal que al respecto he exteriorizado en todas las formas, desde el primer día de la obra a la cual he consagrado la vida le impedían aceptar un cargo para que no se sospechase que su militancia tenía esos móviles. En realidad, se reservaba para el premio mayor.   Elecciones distritales de 1912,  Una semana después de la elección santafesina, y bajo su auspicio, se eligen diputados en Capital, Santa Fe y provincia de Buenos Aires. Además los porteños votaban a un Senador. El roquismo ganó la provincia y los radicales reiteran en Santa Fe,  El país audible y visible espera el ensayo de la política presidencial en la capital, que siempre adelanta lo que pasará en las presidenciales. Las listas porteñas incluyen los nombres más prestigiosos de la política argentina de la historia: acaso en las épocas de Dorrego y Rivadavia; o cuando “crudos” contra “cocidos”; o en los ’90 Alem, del Valle, Mitre y Pellegrini, o la década del ’60 del siglo XX,  la superaban en nombres populares pero ninguna como la de 1912 donde se ponía toda la carne en el asador del pasado, el presente y el futuro:   esulta electo José Camilo Crotto (radical) como Senador Nacional: ¡Desde los tiempos de Alem que los radicales no contaban con uno! Diputados Vicente Gallo, José Luis Cantilo, Delfor del Valle, Luis Rocca, Fernando Saguier, Marcelo Alvear, Ernesto Celesia y Antonio Arraga, por los radicales vencedores; Luís María Drago, el de la Doctrina del mismo nombre, por la Unión Cívica mitrista, Zeballos por el saenzpeñismo, Alfredo Palacios y Juan B. Justo por los socialistas. Las listas estaban integradas también por el escritor Manuel Ugarte, socialista, Honorio Pueyrredón y Octavio Pico, el derechista Manuel Carlés; Mario Bravo, Nicolás Repetto, Enrique Dickmann, Enrique del Valle Ibarlucea, entre los socialistas, que no resultaron electos. a oligarquía va en tropel a quejarse con el Presidente. Que ganasen los radicales, vaya y pase: la mayoría tiene buena alcurnia (Gallo, Alvear, Saguier) pero permitirle a los socialistas inmiscuirse… Sáenz Peña parece darles la razón, porque no culmina el año sin que el oficialismo, con las mañas del pasado, gana el resto del país.   El Congreso se llena de bochinche y se producen los debates parlamentarios más extraordinarios de la Historia Argentina. Y encima, en elecciones complementarias, los socialistas les ganan hasta a los radicales en Capital Federal, el otro senador porteño (Enrique del Valle Ibarlucea a Leopoldo Melo) y suma dos diputados más a su bancada (Nicolás Repetto y Mario Bravo).El país elegante que se hace rico con aroma a bosta se agarra la cabeza. Del Palacio Gubernamental los calman con que nunca la barriada llegará a la Rosada, pero los ricachones están asustadísimos… Ja, ja, ja.[1] Al rosarino Ricardo Caballero, uno de sus pocos amigos, le dirá una de esas verdades maestras de la política: El movimiento de reparación nacional al que ha consagrado sus esfuerzos la UCR, fue concebido para imponerlo y realizarlo por una fuerza selecta y auténticamente argentina. Por eso hemos vivido predicando ese ideal entre grupos escogidos de correligionarios, a los que podríamos haber denominado más bien amigos; cualquier finalidad práctica, cualquier deseo de medro personal, no tenía hasta ayer cabida entre nosotros.Ahora que ustedes han obtenido autorización para concurrir a comicios, transformando la abstención y la conspiración en militancia política, sepan que la manera de actuar es totalmente distinta. La necesidad de triunfar requiere desde luego el número, y no podemos elegir los hombres como lo hemos hecho hasta aquí. Ya no podremos reposar nuestro pensamiento en el regazo de comunes sueños, porque en las reuniones que van a realizarse en adelante, encontraremos hombres movidos por finalidades prácticas, por recónditas ambiciones personales y tendremos que marchas por las calles llevando de un lado al hombre de intención más pura y del otro a algún pillo simulador y despreciable. Esto lo impone, lo exige, la lucha electoral en la que van a mezclarse. Pero no dejen que en las apasionadas luchas de interés, se consuma del todo la idealidad que nos ha mantenido hasta hoy: Trancen lo menos que puedan con la realidad. Con esa claridad meridiana que lo caracterizaba, había dado en la tecla del significado de la militancia política y la contienda electoral.