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domingo, 3 de enero de 2021

Adolfo Saldías, Mitre y Juan Angel Farini

Por el prof. Jbismarck

En su trabajo histórico, como hasta el mismo Mitre tuvo que admitir, Adolfo Saldías dio mucha importancia a la búsqueda de fuentes que fundamentaran sus argumentos y juicios 

Bartolomé Mitre su maestro le contesta hablando de "los nobles odios" (como si el odio fuese noble..)   “Si por tradiciones partidistas entiende usted mi fidelidad a los nobles principios porque he combatido toda mi vida, y creo haber contribuido a hacer triunfar en la medida de mis facultades, debo aclararle que concientemente los guardo, como guardo los nobles odios contra el crimen que me animaron en la lucha.” 

En un viaje a Londres visitó a Manuela Rosas y a su marido Máximo Terrero, y trabó con ellos una amistad, en parte, porque el padre de Saldías había sido federal y muy amigo del exgobernador de Buenos Aires. Esto le facilitó el acceso al archivo de Rosas quien, tras el exilio, se llevó consigo una ingente cantidad de cartas y de documentos. En la Introducción a los Papeles de Rozas, Saldías expresa su reconocimiento a Manuelita: “[…] todo este archivo cuidadosamente lo conservó en su casa de Londres la señora Manuela Rozas de Terrero, a quien su padre lo legó y hasta el año 1881, cuando después de haberlo yo compulsado dicha señora gentilmente me dio la parte de él que necesité […].”    El archivo constaba de varios cajones con correspondencia recibida por Juan Manuel de Rosas de José de San Martín, Carlos de Alvear, el Vizconde Palmerston - quien fuera su albacea testamentario - , Manuel Isidoro Belzú, Manuel de Sarratea, Manuel Oribe y otros, además de notas diplomáticas, mensajes e informes de sus ministros en Londres, París, Washington y Río de Janeiro. Poco antes de que Saldías regresara al país, Manuelita le obsequió numerosas piezas documentales que posteriormente fueron publicadas. En su casa de Rodríguez Peña 1464 quedó su archivo con más de 100.000 documentos ordenados y una selecta biblioteca. Dentro de la documentación que logró reunir, merecen destacarse los documentos originales sobre el coronel Hilario Lagos, que obtuvo gracias a la cesión del hijo de éste, de quien había sido compañero de armas y amigo; y otra cantidad de manuscritos que adquirió en negocios de antigüedades y librerías de Buenos Aires. Más tarde, la mayor parte de estos documentos pasaron a formar parte de la colección particular de Juan Ángel Farini. Como casi todos los intelectuales de su época, Farini (1867-1934) se destacó en muchos campos. Fue humanista, filántropo, médico, historiador y coleccionista de libros y documentos. Por espacio de más de 50 años consiguió agrupar una importante colección procedente tanto del país como del extranjero, desempeñándose además en el Museo Mitre. En 1915 fue nombrado miembro de la Junta de Historia y Numismática Americana. Historia archivística y forma de ingreso Juan Ángel Farini había acumulado una notable colección bibliográfica y documental a lo largo de su vida. Poco después de su muerte en 1935, el senador Antonio Santamarina presentó un proyecto de ley, promulgado por Agustín P. Justo, para adquirir la colección con el propósito de que se conservara en la Biblioteca Pública de la Universidad de La Plata evitando, así, que se vendiera en el extranjero. La compra se concretó durante la gestión del Dr. Ricardo Levene como Rector de la Universidad. Este repertorio estaba formado por 17.000 volúmenes, en su mayoría correspondientes a historia y geografía argentina y americana, más de tres mil (3.000) folletos y unos trescientos (300) periódicos. Con respecto a la documentación histórica, pasó al Archivo General de la Nación en 1958, mediante la compra de los papeles a los descendientes del Dr. Farini. Tras el estudio del fondo y de la colección, se pudo determinar que un gran porcentaje de las piezas había pertenecido a Adolfo Saldías, motivo por el cual se resolvió denominarlo fondo y colección Adolfo Saldías - Juan Ángel Farini. Área de contenido y estructura Alcance y contenido La colección Adolfo Saldías - Juan Ángel Farini está formada por ciento once (111) unidades de conservación que abarcan un extenso período histórico de casi 400 años entre 1552 y 1916. Puntualmente, la Sección Saldías está integrada por la colección, que se compone de un total de sesenta y seis (66) unidades, cuyas fechas extremas van desde el año 1790 a 1911. Destaca en ella, la documentación de Juan Manuel de Rosas que le fuera obsequiada en Londres por Manuelita. Incluye mensajes, correspondencia entre el caudillo federal, su hija, José María Roxas y Patrón, Juan Bautista Alberdi y Justo José de Urquiza. La conforman, además, documentos sobre los antecedentes históricos de los cuerpos de línea del Ejército Nacional entre 1911 y 1912; documentos diplomáticos sobre las relaciones con Brasil, Colombia, México, Paraguay, Bolivia, Uruguay, España, Estados Unidos de Norte América, Inglaterra y Países Bajos entre 1811 y 1863; documentos de Guillermo Miller (por ejemplo, la relación de los servicios de éste y apuntes sobre la Guerra entre la Gran Colombia y el Perú); una copia del Diccionario de la lengua pampa y el escrito titulado Gramática y Diccionario de la lengua pampa (pampa – ranquel- español) de autoría de Juan Manuel de Rosas; diez y seis (16) unidades con documentación de Hilario Lagos entre 1808 y 1878; e impresos, periódicos y folletos. Testamento de San Martín escrito por su yerno Mariano Balcarce. París, 29 de septiembre de 1850. Colección Juan Ángel Farini. Sala VII Nº 191. 198 Con respecto a los papeles que conforman el fondo producido por Adolfo Saldías, se conservan la correspondencia particular, transcripciones de discursos, nombramientos para diferentes cargos políticos y culturales, comentarios sobre sus libros, tarjetas de felicitaciones, invitaciones, agradecimientos, recortes periodísticos y recibos varios. Finalmente la Sección Farini, que es exclusivamente una colección, contiene cuarenta y cinco (45) unidades de conservación con originales y copias de la correspondencia de José de San Martín, de Vicente y Martiniano Chilavert, del obispo Mariano Medrano, de Juan José Castelli, de Guillermo Miller, de Juana Azurduy, de Camila O’Gorman, de Manuel Oribe, de Justo José de Urquiza y de Domingo Faustino Sarmiento; artículos periodísticos sobre estas personalidades y referencias a su fallecimiento; la copia de la testamentaria de José de San Martín y numerosos poemas, loas y canciones a sus hazañas militares; documentación sobre el Río de la Plata entre 1552 y 1812; documentos oficiales sobre las provincias de Catamarca, Corrientes, La Rioja, Mendoza, Salta y San Juan entre los años 1754 y 1874; documentación de relaciones exteriores, correspondencia oficial e impresos sobre la Confederación Argentina entre 1842 y 1852; y documentos de Eugenio Necochea, Juan E. Pedernera y Jerónimo Espejo entre 1861 y 1918. La colección se completa con artículos de periódicos como “La Gaceta” y “El Araucano” de Chile, recortes periodísticos y periódicos completos entre 1824 y 1927; documentación sobre culto, copias de bulas, libros de oraciones, artículos de revistas católicas; detalles de las acciones militares y navales de la Vuelta de Obligado, listado de soldados, inventarios de naves con la mención de sus tripulantes, documentación de hacienda, aduana y una unidad con papeles reunidos por Pedro de Angelis, así como copias de documentos de la Banda Oriental datados en 1811. 

Fuente:

Archivo General de la Nación

jueves, 30 de abril de 2020

Correspondencia entre Manuelita Rosas y Antonino Reyes: contra las infamias de la Historia Oficial

Por el Prof. Jbismarck
La casa de la familia Terrero - Rosas en el barrio de Hampstead (50, Belsize Park Gardens, London, N.W., dirección que lucía en letras rojas de relieve en el papel de carta que empleaba Manuelita) era una sólida construcción de tres pisos que no sabemos si sigue existiendo; la planta baja muestra en las fotografías un porche con escalinata a la izquierda y una "bow-window" a la derecha, mientras que cada uno de los pisos superiores parece revelar en su frente una habitación pequeña con una sola ventana y otra mayor con tres ventanas juntas. Ese era el reino casero desde donde "la duquesa", como la llamaba su padre, mantuvo fielmente su correspondencia con el otro exiliado en su casa montevideana de la calle Agraciada N° 45 (numeración antigua),Antonino Reyes.                            Manuelita Rosas sobre reclinatorio. 1877. Toma de W.E. Debenham, Londres. Colección Museo Histórico Cornelio Saavedra.
    En el diario "La Razón" de Montevideo (11 y 13 de agosto de 1892), el historiador argentino Mariano Pelliza publicó unos artículos en que repetía los infundios de José Rivera Indarte sobre las relaciones incestuosas entre Rosas y su hija. A ello se refiere Manuelita en carta a Reyes del 15 de noviembre: "mi honor tan infamemente calumniado".          Reyes contestó, por lo cual "el señor Pelliza juzgó prudente batirse en retirada, en una carta que el señor Reyes no ha querido publicar íntegra por exquisita hidalguía, dice "La Razón" ("Historicus" en "El Siglo" de Montevideo, 13 de enero de 1893). Pero en el mismo artículo el desconocido "Historicus" - que acaso fuera el joven Daniel Martínez Vigil -, aunque toma distancia en lo referente a la vida privada de Manuelita, insiste en atribuirle un rol político.   Tal fue el origen del desmedido de la hija del Restaurador en carta destinada a la publicidad y fechada el 16 de noviembre.                              Esta polémica, en la que echaron su cuarto a espadas "Martín de Chacabuco" en defensa de Reyes y de Rosas y un cierto Victorino José Cabral en contra ("La Razón" de 15 y 17 de enero de 1893, respectivamente), se cerró el 2 de febrero con la carta de Reyes que transcribimos a continuación CUESTION HISTORICA. 
Señor Director de LA RAZON.- Muy señor mío.- A causa de mis ocupaciones retardaba la contestación que me había propuesto dar a un señor "Históricus" que publicó un largo artículo en El Siglo del 13 del mes ppdo., en defensa de don Mariano Pelliza, a quien comuniqué yo por intermedio de La Razón una carta de la señora doña Manuela de Rozas de Terrero, negando su participación oficial en la despedida hecha al general don Manuel Oribe cuando marchó de Buenos Aires en expedición a las provincias del interior. Pronta ya mi respuesta, recibí una carta del doctor Saldías, opinión autorizadísima, que sintetiza nuestra idea. Por esta razón la echo al cesto de los papeles viejos, no crea el anónimo "Históricus" que por prudencia, sino porque no es mi ánimo entrar en aclaraciones respecto a su elucubración, sino sobre lo que el distinguido historiador don Mariano Pelliza tomó de los panfletos de Rivera Indarte.   La carta del doctor Saldías dice así: "Buenos Aires, Enero de 1893.- Señor don Antonino Reyes.- Distinguido señor y amigo.-......Entre los diarios que he recibido de Montevideo, he visto una rectificación muy larga y muy deshilachada de un señor "Historicus" y referente a la participación oficial que este señor se empeña en darle a doña Manuela de Rozas de Terrero en los actos del gobierno de Rozas. "Entre los comprobantes que aduce entran algunos párrafos de la antigua edición de mi libro sobre esa época. "Lo curioso es que la propia cita condena al Sr. "Historicus" porque allí se muestra como Rozas puso en ridículo la intentona de gobierno hereditario.  "Si condujera a algo yo le mostraría al Sr. "Historicus", cuya hilacha creo conocer, como no se puede ni se debe tomar truncos párrafos de un libro para pretender acreditar extremos históricos con espíritu preconcebido; es una mala acción, una ligereza, bien que a la larga comulguen con esos extremos los tontos de solemnidad. "Pero a nada conduce discutir historia nacional con el señor "Historicus" "Las cosas han de quedar en su lugar aunque él quiera tergiversarlas valiéndose de cartas que se contienen en "la Historia de las Repúblicas del Plata" y en la "Efemeridografía" que son sus autores favoritos. "Soy de opinión que los deje usted en paz en el consorcio híbrido con las preocupaciones estériles que ya no hacen camino" "Queda de usted affmo. amigo". - Adolfo Saldías. Hasta aquí la carta y repito, aceptando sus juiciosas indicaciones que dejo en paz al señor "Historicus". Saludo al señor Director.- Antonio (sic) Reyes. 
UNSAM - UNIVERSIDAD NACIONAL DE SAN MARTÍN
En 1895 otro amigo de la causa federal, el coronel Prudencio Arnold, recopilo y editó en Rosario varios artículos que Reyes había escrito para el periódico "El Argentino".   En respuesta a los "Apuntes de otro tiempo", de Vicente Fidel López, trata sobre las relaciones de Rosas con Facundo Quiroga y Estanislao López y la expedición del desierto, con una reivindicación global del gobierno del Restaurador y de quienes sirvieron bajo su mando. Mereció las felicitaciones de Manuelita (carta del 18 de julio de 1895): "la buena tunda que has dado a don Vicente con tus explícitos desmentidos". Como dice la hija de Rosas en una de sus cartas a Reyes, una íntima amistad los había "ligado desde nuestros primeros años". 
Hay una carta que se encuentra en el tomo 1854 del Museo Histórico Nacional de Montevideo  de Manuelita a su amiga Petrona Villegas, en copia mecanografiada remitida a Reyes Thévenet en 1926 por Carlos Ibarguren (que no la incluyó en el apéndice de su "Manuelita Rosas"). Esa carta está fechada en Southampton el 6 de julio de 1852, o sea antes de la boda de Manuelita con Máximo Terrero, que se efectuó el 22 de octubre. En hoja separada decía lo siguiente. "Reservado ¿Y Reyes? ¿Cree Ud. que piensa aún en mí? De veras: es la única persona que deseo saber si me quiere siempre, y cuya amistad sentiré muy de veras perder. Dígame Ud. algo de ese amigo mío tan querido en mi época pasada, y jamás olvidado en mi futuro. Por Máximo supe algo de él, pues fue el primer hombre por quien le pregunté. Después nada he sabido, y aunque no dudo de sus buenos sentimientos hacia mí, quiero tener la certitud.   Dirigiéndose a la misma corresponsal el 3 de noviembre le encarga: "Si lo ves salúdalo con un abrazo por mí, y asegúrale mi constante amistad". De aquí cabe deducir que las primeras cartas entre ambos cruzaron el océano en fechas posteriores, e indudablemente por iniciativa directa o indirecta de Manuelita. 
De su matrimonio con Máximo Terrero, Manuelita tuvo dos hijos nacidos en Londres: Manuel Máximo Juan Nepomuceno (20/ V/1856), casado con Janie Thompson, de nacionalidad inglesa, y Rodrigo Tomás (22/IX/1858), que contrajo enlace con Ina Michalovsky, de origen ruso (su madre murió en ese país y una hermana vivía en Dresden, Alemania). De esta pareja nació el 17 de agosto de 1890 la primera nieta de Manuelita, Vera Manuela Helena Terrero.  Una presencia muy destacada en este epistolario es la de Agustina de Rozas de Mansilla, hermana del Restaurador y viuda del general Lucio Mansilla (1792-1871); nacida en 1816, era apenas un año mayor que su sobrina Manuelita, que siempre la nombra con el apodo de "Tinita". En lo que se refiere a Antonino Reyes, hacía ya años había perdido a su esposa Carmen Olivera. 
Prácticamente en todas las cartas dirigidas por la hija de don Juan Manuel a su amigo Reyes aparece, a veces extensamente,  el ilustre historiador Adolfo Saldías; los datos de que ellas surgen acerca de las fuentes de la Historia de la Confederación Argentina son de positivo interés. Lo mismo ocurre con el fidelísimo subordinado de Rosas coronel Prudencio Arnold, a quien ha devuelto notoriedad la reedición de su obra "Un soldado argentino" realizada por EUDEBA en 1970. La correspondencia directa de Manuelita con Saldías y Arnold parece haber sido copiosa; no así con "Don Pedrito", a quien permanentemente enviaba sus recuerdos. Se trata de Pedro Regalado Rodríguez (1818-1903), que fue secretario de despacho de Rosas entre el 12 de setiembre de 1835 y el 3 de febrero de 1852. Estaba junto a Rosas, Manuelita y la amiga de ésta Telésfora Sánchez el 28 de marzo de 1841, cuando a todos pudo costarles la vida la apertura de la famosa "máquina infernal" enviada por los unitarios al Restaurador. Pedro Rodríguez, que durante el juicio contra Reyes testimonió en su defensa, había quedado ciego en 1870.

bibliografía:  Manuela Rosas y Antonino Reyes: olvidado epistolario

miércoles, 15 de abril de 2020

Documentos sobre el Restaurador

Por Gonzalo V. Montoro Gil
-DOCUMENTACIÓN ENCONTRADA EN LA ACTUALIDAD- LUGAR DONDE SE ENCUENTRA-
En estos últimos años se ha conocido fehacientemente que Rosas tenía en el exilio un enorme archivo con documentación que había tenido la precaución de llevarse a Inglaterra. Incluía tanto documentos personales propios y de Encarnación Ezcurra y su familia, como otros relativos a su gestión de gobierno.
Parte de dicha documentación había quedado en Buenos Aires. Existe una carta manuscrita de Máximo Terrero que explica el derrotero la misma.
Según consta en la esquela, en el año 1857 el Gobierno del Escribano Victorino Cabral retiró todos los expedientes, sin conocerse su localización hasta 1883 cuando llegaron sin saber cómo a manos de Terrero, quien los conservó en su propia oficina.  En 1881, Manuelita le envió una parte de la documentación que estaba en Inglaterra a Adolfo Saldías, que se la había solicitado para su enjundiosa obra sobre la Confederación Argentina.
Ese material incluía no solo la documentación original producida en las épocas en que Rosas estaba en el país, sino también la que se acumuló durante los 25 años del exilio (cartas, órdenes políticas y de manejo administrativo de sus propiedades, los títulos que acreditan la propiedad de J.M. de sus bienes y sobre todo del predio de Palermo, que le había sido entregado por el Virrey Liniers. Propiedades que fueron confiscadas vilmente por el Estado Gobernado por el Odio de Mitre, Avellaneda, Sarmiento... a lo largo de los años.
Cuando murió Manuelita, su marido Máximo Terrero remitió a Saldías todos los baúles, que contenían 20 cajas con los documentos faltantes del Archivo de J.M.   Posteriormente, toda la documentación quedó en manos de J. M. León Ortiz de Rozas, nieto de Rosas.   Al fallecer J. M. León, todo recayó en sus hijos: primero en Ricardo Ortiz de Rozas; luego en Sara Ortiz de Rozas (casada con Alejandro Cesar Fernández Sáenz). Después, llegó a manos de la hija mayor de ésta, Ana Rosa Fernández Sáenz de Abriani y posteriormente a sus descendientes Alejandro Fernández Sáenz Ortiz de Rozas y Arturo Abriani.
Todos ellos vivieron en departamentos ubicados en el edificio de la calle Juncal 2100/70 en la ciudad de Buenos Aires

Entre los años 2000 y 2002 al conocerse donde se encontraba toda esa voluminosa documentación, tomó intervención una comisión ad-hoc presidida por el Gral. Oscar R. Chinni, que procedió a evaluarla y contabilizarla. Asimismo, sugirió dónde entregar todo, sin tener en cuenta que se trataba de documentación privada y no pública.    Entre otros documentos, allí se encuentran, tal como se adelantó, el testamento de Encarnación Ezcurra, cartas públicas y privadas de J.M. de Rosas y de su familia, detalles precisos de la rendición de cuentas durante su gestión de gobierno, entre otros escritos personales.
La familia Abriani, sin autorización del resto de los herederos de Rosas, procedieron a fin del año 2016 a donar inconsultamente a la Academia Nacional de Historia, todo el material en cuestión. De este modo, se perdió irremediablemente la posibilidad de hacer visible, en forma documentada, los derechos y los actos de J.M. tanto en el país como en el exilio.
Otro elemento que influyó en contra de la exposición al público de ese gigantesco material, por calidad y volumen, y de altísimo valor histórico, fue la postura contraria a la persona y la actuación de Rosas y la Confederación, que siempre ha mantenido la Academia.
Ese error o desinterés por parte de los Abriani al elegir esa institución como depositaria, ha imposibilitado ver o estudiar los documentos tanto antes como después de su entrega. Situación que sigue vigente actualmente en el año 2018.
La citada Academia ha informado en Julio de 2019 que hasta que no se “pongan en orden” (sic) todos esos documentos, el público-ni siquiera su familia- podrá acceder a su lectura y estudio. Culminada la organización y ordenamiento del material, no habría inconvenientes para exponerlos.
Con el tiempo se sabrá si esto es verdad….
“Y LA HISTORIA JUZGÓ”…(G.V.M.G.) 
“Si la historia es la que juzga
pues que juzgue como es debido:
quienes nos inculcaron
el renegar de nuestro hispanismo
y quien elevó ese valor íntimo
que a nuestros hijos ha ennoblecido!
Quienes quisieron con parricida instinto
que fuera de Bs.As. no hubiera argentinos
y quien unió a las provincias
y dio a la patria, su digno sentido!
Para quienes juego de salón era
con reglas de afuera, patria y destino
y quien venció a los anglo-franceses
a fuerza de sangre y diez cañoncitos!
Quien se unió al extranjero
allá en Caseros, mi amigo
y quien luchó junto a un criollo
que solo a traición pudo ser vencido!

Así es que la historia juzgó
Juzgó como era debido
a un Brigadier General, y a su sable
que heredó con honor altísimo
con el que restauró a la bandera, el sol
y su orgullo de haber nacido!”

extraido de "Revisionistas"

sábado, 22 de febrero de 2020

Rosas hombre de Trabajo: Orígenes del Saladero "las Higueritas" y de la Estancia "los Cerrillos"

Por Adolfo Saldías
El primer negocio de Rosas y Terrero fué el de salazón de pescado y acopio de frutos del país. Pero la actividad y el constante afán de Rozas perseguían ventajas mayores que las que le proporcionaba este negocio. Su amigo  don Luis Dorrego, que conocía sus aptitudes, le ofreció su compañía y su dinero. Con esta ayuda, de Terrero, Rozas estableció el primer saladero que hubo en la Provincia, en el lugar denominado «Las Higueritas», partido de Quilmes. Su audacia emprendedora arrancaron al negocio pingües resultados; el tal punto que, en dos años, no solo se dobló el capital, sino que la casa Rozas, Terrero y Cia. se propició relaciones de primer orden en América, debido al comercio de exportación que directamente hacía con negociantes de Río Janeiro y de la Habana en particular.

Tan importantes eran estas transacciones, y tan vasta la esfera que abrazaban las faenas de carnes y demás frutos beneficiados en el saladero de Rozas, que algunos hacendados de poca monta y algunos particulares, creyeron ver en estos establecimientos la causa de la disminución de los ganados en la Provincia; é interpusieron su influencia cerca del Director Supremo para que se suspendieran los saladeros — « á fin de que no escasee la hacienda para el abasto público».
Charqui y tasajo, de la subsistencia a la gran industria - LA NACION

Estas influencias no fueron vanas. El Director Pueyrredón, dando un plazo equitativo, ordenó la suspensión de los saladeros, á partir del 31 de mayo de 1817; y el de Rozas cerró en consecuencia sus trabajos, juntamente con otros dos que había en la Provincia. Con este motivo se originó una de las discusiones más singulares y prolongadas que jamás haya habido en Buenos Aires, por la clase de personas que la sostuvieron;  por el calor con que tomó parte en ella la prensa de todos los colores; y por las ideas económicas adelantadísimas que se ventilaron. En agosto de ese año, los hacendados más fuertes de la Provincia, amigos y comitentes de Rozas, representaron al Director del Estado sobre el «Restablecimiento de los saladeros, exportación libre de todos los frutos del país, arreglo del abasto de carnes, y otros puntos de economía política».    Esta Representación, redactada por el Dr. D. Mariano Zavaleta, es un documento importante en el que, con buenas razones, se alega la injusticia de privar á los hacendados el vender sus ganados con estimación á los saladeros « no dándoles otra salida que la muy mezquina del resero » ; se considera la infundada creencia de que esos establecimientos motivan la escasez de hacienda para el abasto público; y se refuta de paso un manifiesto publicado en esos días por don Antonio Millán, que fué uno de los principales agitadores contra los saladeros.  La prensa, por su parte, movida por los afanes de Terrero y Rozas, de Trápani y Capdevila (saladeristas también) tomó el partido de los hacendados; y haciendo mérito de la necesidad de dar amplitud y libertad á la industria ganadera, que era la principal de nuestro país, argumenta en contra de los ilusos: «para disuadirlos « del error económico que los llevaba á querer limitar el comercio de los frutos de esa industria, en nombre de « peligros tanto más imaginarios cuanto que era inmensa

la cantidad de ganado vacuno y yeguarizo que campeaba «en la Provincia.»  
El abandono en que estuvieron las dilatadas campañas de Buenos Aires durante dos siglos, á pesar de las grandes concesiones de tierras que se hicieron, aumentó de una manera prodigiosa los ganados.
Azara, agrega que « el espacio ocupado en aquellos tiempos por los ganados, casi todos cimarrones, pasaba de cuarenta y dos mil leguas cuadradas.» — Y multiplicando, en seguida, este número de leguas por el de 2.000 (que era. término medio, el número de cabezas de ganado que pacían cómodamente en una legua cuadrada, según los datos que le dieron ganaderos á quienes consultó al efecto). Azara deduce que había más de cuarenta y ocho millones de cabezas de ganado en el territorio de Buenos Aires.   


Estancia Los Cerrillos hacendado Ortiz de Rozas Juan Manuel de ...

Los indios de Chile y de Corrientes, los vecinos de Mendoza, Tucumán, Santa Fe y todos cuantos se proponían hacerlo, declararon una verdadera guerra de exterminio á esos ganados; organizándose al efecto en caravanas, provistos de chuzas afiladas con las que desgarretaban á los animales, por el interés de los cueros y del sebo, que vendían después en gruesas cantidades á los contratistas de este género de comercio. 
Estos bárbaros, estimulados por la ganancia de un real por cada res desgarretada, y de un real por cada cuero, esperaban la primavera para entregarse á las correrías, precisamente cuando tiene lugar la parición del ganado vacuno ; « de donde resulta, agrega Azara, que los terneritos, no pudiendo seguir á las madres en una corrida tan dilatada, quedaban abandonados y perecían, y que las vacas preñadas abortaban con la fatiga... »  Los datos con que Azara explica la pérdida de cuarenta millones de cabezas de ganado, sacrificados en aras de la rapacidad y de la avaricia, están acreditados por la palabra oficial de los virreyes: « Siendo los ganados el principal nervio del comercio de este vecindario  decía don Pedro de Ceballos en su Memoria de 12 de agosto de 1778 á su sucesor (Vertiz). y refiriéndose á los de la otra banda del Plata: « se recela con Justísimos fundamentos que continuando « el desorden con que se ha procedido en la matanza de estas «especies, haya de llegar el caso de arruinarse enteramente este puso de manifiesto los principios liberales que la revolución había difundido en todas las clases sociales; así como las aspiraciones al engrandecimiento industrial, que esperaban realizarlo por medio del desenvolvimiento natural de las riquezas del país, al amparo de una libertad que no tuviera más límites que la propia concurrencia de todos los que llevaran sus esfuerzos á la obra comun.
Los políticos de ese tiempo, — recelosos de la energía con que condenaban la supresión de los saladeros los poderosos y activos hacendados de Buenos Aires, quienes habían comprometido sus fortunas y su porvenir para fomentar la que será siempre la principal riqueza del país.  —trataron de paliar la dificultad, proponiendo confidencialmente á los señores Rozas y Terrero que comisionaran cerca del Gobierno á una persona de cierta respetabilidad, para arbitrar un medio honorable de cortar esta cuestión, que ya se hacía demasiado enojosa. A este efecto, Rozas y Terrero, Trápani y Capdevila dieron pleno poder al señor don León Ortiz de Rozas, quien, á pesar de todo su empeño y de sus relaciones, no pudo obtener buen suceso, porque los saladeros no se toleraron sino después de la caída del Directorio. 
Entre tanto. Rozas. Terrero y Dorrego. compraron los campos de don Julián del Molino Torres en la Guardia del Monte, que era entonces la extrema frontera en esa dirección; y se asociaron para explotar el negocio de pastoreo. En estas tierras del interior y exterior del Salado se poblaron los primeros establecimientos de la sociedad  O cuya cabeza de lugar se llamó Los Cerrillos. Aquí comenzó Rozas á labrarse su influencia y su fortuna. Dando el ejemplo de la severidad de sus costumbres y de su amor al trabajo, llevaba, la vida común con sus empleados. Él atacaba el primero las faenas más rudas, como que pasaba por el jinete más apuesto y por el gaucho más diestro para vencer á fuerza de habilidad y de pericia las dificultades que entonces se presentaban diariamente á los que vivían en la Pampa, fiados en su propia fortaleza.   Sus estancias se convirtieron en verdaderos centros de población, sometidos á la disciplina rigorosa del trabajo que educa y ennoblece. Los gauchos y los que no lo eran, hacían méritos para trabajar en ellas, fiados en el módico bienestar y en la esperanza de mejora que alcanzaron cuantos se distinguieron por sus aptitudes y por su constancia. 
Su reputación de hombre de empresa y de trabajo; la confianza de que gozaba entre los principales hacendados así por la invariable rectitud de sus procederes, como por la serie de negocios felices que con ellos hacía; y la simpatía que despertaba entre los sencillos campesinos un trabajador opulento descendiente de los antiguos gobernadores del país, proporcionáronle á Rozas al cabo de algunos años la dulce satisfacción de ser el poderoso señor de la grande área de tierra donde había caído su incesante sudor, y, con esto, la facilidad de acometer en el sur de Buenos Aires cualquiera empresa, por magna que fuese, con mayores probabilidades de éxito que ningún otro argentino.
Pero por eficaz que fuese la vigilancia y grandes los recursos de Rozas, sus estancias, situadas sobre la extrema frontera suroeste, no estaban á cubierto de las depredaciones de los indios; y eso que los viejos caciques le llamaban con orgullo «Juan Manuel», porque vivían gratos á don León y á su familia; y le recomendaban sus parientes para que les diese colocación en «Los Cerrillos», lo que digo, escribía D. Calixto Bravo, cincuenta y más años después (1882): «...puedo dar razón de todo lo que se ha hecho en esos establecimientos, pues yo fui en tiempo en que existían muchos de los « dependientes y capataces, de esos que hacían gala de haber asistido « á trabajos como no se han visto nunca en la República. Y es la « verdad: sesenta arados! funcionando al mismo tiempo, sólo se ha « visto en el establecimiento modelo « Los Cerrillos ». — Buenas fueron las lecciones que nos dejó el entendido y rígido administrador « (Rozas) y por eso progresaron todos los establecimientos que él « fundó. Lástima que haya muerto nuestro buen amigo el Sr. Manuel José de Guerrico, que él mejor que nadie sabía cuál era el orden que allí se observaba... » (M. S., original en mi archivo.)
Más expuestos que Rozas estaban los hacendados de las inmediaciones, que eran víctimas de robos frecuentes, ya por mano de los indios, ó por la de malhechores que vagaban por entonces en las campañas. Los principales hacendados se dirigieron á Rozas para que insistiese acerca de las medidas que éste había sometido á la consideración del Director Supremo, las cuales tendían á cortar esos males que amenazaban arruinar los grandes intereses de la Provincia.  Es de advertir que por ese tiempo se aprestaba en la Península la expedición de 25.000 soldados realistas con el objeto de ahogar la revolución en el río de la Plata; y que ante la inminencia del peligro, el Gobierno
del Directorio había nombrado á don Juan Manuel de Rozas para que en unión de don Juan José de Anchorena y el doctor Vicente Anastasio Echeverría, detallasen en una Memoria el modo y forma de realizar la internación á la campaña de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires, á los primeros amagos de aquella invasión.  Cuando simultáneamente las Provincias Unidas luchaban por desalojar á los realistas de sus posesiones del Pacífico, para no ser invadidos nuevamente por el norte, era obra de romanos eso de dar seguridades á la campaña de Buenos Aires y de ponerla en condiciones favorables como para que prosperaran sus riquezas abundantes.
Esta fué la obra que acometió don Juan Manuel de Rozas, circunscribiendo sus ideas al límite de los recursos con que se contaba. Con tal objeto Rozas elevó en febrero de 1819 una memoria al Directorio, en la que proponía la fundación de un establecimiento denominádo Sociedad de Labradores y Hacendados para el auxilio de la policía de campaña.
Esta memoria es un documento notable en su género. A fuera de hombre práctico que ha visto de cerca los males y estudiado sus causas, Rozas comienza diciendo que para asegurar la propiedad y la vida en la campaña, es indispensable, antes de todo, poner el sur al abrigo de los ataques de los perturbadores del orden y cuantos vagabundos recorren en unión de los indios «la gran zona de tierra comprendida entre la línea exterior del Salado, frente al fortín de Lobos y la sierra; ocupando el campo vacío entre la línea de las estancias y la de las Tolderías.» ,  «El contacto con las primeras, agrega, les hace fácil el pillaje: el contacto con las segundas, les facilita protección en cualquier caso adverso. Aquí está, pues, el punto donde debe desenvolverse el plan de operaciones, y es ese campo vacío el que debe acordonar el gobierno, formando defensas sobre la verdadera línea de frontera por ahora. » Y mostrando gráficamente su plan, que se realizó con el tiempo, Rozas proponía que en el centro del gran trapecio comprendido entre la línea de las estancias y la Sierra, se formase un establecimiento para acantonar las tropas, distribuidas convenientemente en fortines, en una extensión de sesenta leguas; y fijaba como puntos más aparentes, la laguna de Caquel, á veinte leguas de los Toldos; la laguna del Sermón, á la misma distancia de éstos, ó la laguna de los Hinojales. Para defender esta línea, Rozas creía que bastaban 500 soldados; y aseguraba que en cada acantonamiento se formarían centros, los cuales se convertirían en otros planteles de defensa, á la vez que en nuevas y más fuertes poblaciones. Y para costear los gastos del establecimiento, propuso la creación de un impuesto indirecto de cuya recaudación y administración se encargaría una Junta de Hacendados, nombrada por el Director del Estado. Las diíicultades de la situación postergaron la realización del plan con que Rozas iniciaba, en 1819, la obra que consumó en 1833-1834. La borrasca revolucionaria del año 20, que ha hecho época en la historia argentina, estaba ya encima: y pueblos y gobiernos se preocupaban principalmente de conjurar como pudieran los peligros interiores y exteriores que los amenazaban.  

jueves, 10 de mayo de 2012

Adolfo Saldías: el Padre del Revisionismo Argentino

Por Julio R. Otaño

Nació en Buenos Aires, el 6 de septiembre de 1849.
Se recibió de abogado en 1875 y realizó su tesis sobre el tema del Matrimonio civil. Comenzó a actuar en política a través del popular Partido Autonomista de Buenos Aires, liderado por Adolfo Alsina, enfrentado a Bartolomé Mitre, junto con Aristóbulo del Valle, Leandro Alem y Bernardo de Irigoyen, entre otras personalidades con las que formará en el futuro la Unión Cívica Radical.
Al subir Roca al poder, se cumplían casi treinta años de la caída de Rosas y hacía tres que el Restaurador había muerto en Southampton. Sólo los que andaban arriba de los cuarenta podían recordar de primera mano su gobierno. En ese treintenio se impuso dentro de la enseñanza un cuadro negativo de dicha etapa histórica, sobre la que todos parecían estar de acuerdo.
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La Historia de Domínguez impuso el tono, que sólo se modificó para cargar las tintas en los posteriores libros de López, Es­trada y Pelliza.
En cuanto a Mitre, si bien no escribió espe­cíficamente sobre Rosas, su actitud y su modo de pensar no diferían para nada de aquéllos, a los que apoyaba con su autoridad.  Sería en 1881, y a través de la pluma de un joven de treinta y un años de familia unitaria, que Rosas entraría de lleno en la historiografía bajo una nueva luz, mucho más histórica en estructura. En ese año Adolfo Saldías publicó el primer tomo de su “Historia de Rosas”, basado en enorme caudal de documentos y en un riguroso método heurístico.  Prácticamente sin an­tecedentes, la autoría de este libro lo consagró, no sólo en su tiempo, sino en la posteridad. Como señala Julio Irazusta: "Aunque dejó muchos escritos y publicó antes de morir una obra de aliento, Adolfo Saldías ha quedado como el hombre de un solo libro: su Historia de Rosas. Y este hecho es tan­to más significativo cuanto que nada, en los antecedentes del autor, permitía esperar esa armonía entre el escritor y su tema de la que surge, por lo general, la obra maestra"
Resultado de imagen para adolfo saldias  Con la aparición del tercer tomo en 1887, quedó com­pletado el trabajo de Saldías sobre el Restaurador. En las primeras páginas afirmaba: "... estoy habituado a ver cómo se derrumban en mi espíritu las tradiciones fundadas en la palabra autoritaria que, atando el porvenir al presente, echan al cuello de las generaciones un dogal inventado por el demonio del atraso. Pienso que aceptar sin beneficio de in­ventario la herencia política y social de los que nos prece­dieron, es vivir de prestado a la sombra de una quietud que revela impotencia. La prédica de los odios constituye, por otra parte, un verdadero peligro para el porvenir de las ideas, cuyo desenvolvimiento retarda, lanzando en senderos extra­viados a la juventud, en vez de iniciarla en la experiencia saludable de la libertad, o en las lecciones moralizadoras que presentan los propios infortunios políticos". Y termina con estas palabras: "He escrito lo que tengo por verdad a la luz de los documentos, y lo que pienso que es conveniente se sepa para ejemplo y experiencia".  Tan pronto como apareció la obra, Saldías se apresuró a enviarle un ejemplar al venerado maestro, Bartolomé Mitre, del que era irreductible adversario político, pero al que ad­miraba intelectualmente sin retaceos.  Esperaba la palabra crítica pero alentadora que consagrara su largo trabajo.  Lo que recibió fue un baldazo de agua fría, con el balde incluido.
La carta de don Bartolo lleva fecba 5 de octubre de 1887, y comienza con un verdadero elogio: "He pasado parte del día y casi toda la noche leyéndolo", lo cual, teniendo en cuenta las 920 páginas del grueso volumen, es casi un aplauso ce­rrado.  Pero de inmediato venía el descuento: "Es un libro que debo recibir y recibo, como una espada que se ofrece galantemente por la empuñadura; pero es un arma del adver­sario en el campo de la lucha pasada, y aun presente, si bien más noble que el quebrado puñal de la mazorca que simboli­zaría, por cuanto es un producto de la inteligencia".
Y con­testando al prólogo de la obra, le descarga: "Si por tradi­ciones partidistas entiende usted mi fidelidad a los nobles principios porque he combatido toda mi vida, y que creo haber contribuido a hacer triunfar en la medida de mis fa­cultades, debo declararle que conscientemente los guardo, como guardo los nobles odios contra el crimen que me animaron en la lucha".Ya estaba todo dicho.
Como señala Irazusta, la actitud de Mitre "asombra por su voluntad de incomprensión". En esa carta, rapsodia a la intolerancia, está ausente el historia­dor.  Sólo habla el irreductible político que se niega a bajar las banderas de guerra.  No hay una sola crítica a la heurís­tica, ni una palabra sobre el método, no se rebate un solo punto, no se discute nada, es pura y simplemente un ¡NO! cerrado.  Saldías no intentó polemizar con Mitre, ni disminuyó su respeto hacia el que consideraba maestro indiscutido.  Cuan­do en 1892 reeditó el trabajo, le cambió el nombre, en lo que algunos quieren ver una concesión al ambiente poco propicio a la reivindicación de Rosas; de ese modo el libro pasó a lla­marse “Historia de la Confederación Argentina”.
La actitud de Saldías la explica Irazusta: "No fue por ninguna razón subalterna que don Adolfo prodigó en libros posteriores sus elogios (matizados con discretas reservas) al vencedor de Pavón y organizador de la nación reunifícada; sino por firme convicción. Su silencio ante las censuras del maestro respon­dían al respeto, pero también al hecho de que compartía con Mitre, más que con el caudillo por él historiado, el pensa­miento de fondo sobre la realidad nacional".
Lo cual es perfectamente exacto. Saldías era un liberal neto, cuyas diferencias con Mitre podrían ser de matiz, pero no de fondo.
Por ello, si destaca con vigor la acción política externa de Juan Manuel de Rosas, su defensa de la soberanía y su gallardo enfrentamiento con Francia e Inglaterra; si es el primer historiador que, al decir de Ricardo Rojas, intro­duce la simpatía federal en la historiografía nacional y al mismo tiempo intenta comprender a las masas del Interior y sus caudillos, nada de lo anterior disminuye en un ápice su admiración por Rivadavia y los unitarios, a los que empalma con don Juan Manuel en un mismo plano de elogio y respeto.
En ello Saldías es canónicamente liberal.
Aparte el valor intrínseco de la obra, Saldías alcanzó un notable éxito de público por la agilidad y vigor del estilo li­terario.
Señala Irazusta: "... el arte de la composición, más importante para la gran literatura que el don del estilo, Saldías lo poseía en un grado extraordinario. En él radica el secreto de su éxito, porque es lo que más ayuda a hacerse leer". Pero además Saldías tenía estilo, un estilo que luego perdió en libros posteriores, cuya prosa fría y precisa,, im­personal, hace echar de menos el picante sabor de la Historia de la Confederación”.
Tras la andanada de Mitre había callado La Nación; calló también el Quijote, callaron todos.
El joven promisorio de 1877 era el fracasado de 1887.
Debieran serle un gran consuelo las cartas entusiasmadas de Manuelita escritas con sus trémulas manos de anciana: "Realmente esa obra es ¡colosal! Estamos leyendo el primer tomo, yo en alta voz para que mi pobre Máximo no pierda el hilo, la comprenda bien y no fatigue su cabeza. Las verídicas referencias a los antecedentes y hechos gloriosos de mi finado padre, bien me han conmovido" le escribe desde Londres. O el apoyo efusivo del viejo coronel Prudencio Arnold de Rosario, el aliento de Antonino Reyes desde Montevideo o la simpatía con que Bernardo de Irigoyen le hablaba, en su salón privado (pintado de rojo punzó), del extraordinario valor histórico de su libro, y el más extraordinario coraje de su autor al editarlo.
Nadie comentaba en público el Rosas, pero desaparecía de los anaqueles.
Al año de ponerse a la venta el tercer tomo, ya no quedaba un solo ejemplar. ¿Éxito genuino o maniobra de algunos para hacerlo desaparecer?
Lentamente se iba conociendo la verdad sobre Rosas; Pero el mayor efecto de la Historia de la Confederación se producía fuera del país. Aquí resultaba difícil romper la barrera de intereses que impedía conocer o juzgar al pasado. Saldías tuvo un éxito completo y perdurable. En sus páginas comprendió la verdad el mejicano Carlos Pereyra, que inicia su Rosas y Thiers con esta frase apoyada en el libro de Saldías: "A Rosas no se lo ha historiado ; se lo ha novelado. Y se lo ha novelado en folletín. Otros hombres públicos odiados y maldecidos, han tenido la fortuna de no merecer en tan alto grado la atención preferente de las comadres de ambos sexos, amantes de explicarlo todo por la fístula".
Saldías participó activamente en la Revolución del 90 y fue uno de los primeros en entrar al Parque de Artillería, junto a Leandro Alem, siendo detenido y desterrado a Uruguay.
Uno de los fundadores de la Unión Cívica Radical en 1891, volvió a ser parte de una insurrección armada en la Revolución de 1893, siendo nuevamente detenido, encarcelado en Ushuaia y nuevamente desterrado a Uruguay.
En 1898 fue Ministro de Obras Públicas y en 1902 Vicegobernador de Buenos Aires, junto a Bernardo de Irigoyen.
Falleció en La Paz, Bolivia el 17 de octubre de 1914. Su Obra es Inmortal.

Bibliografía:

Irazusta, Julio “Adolfo Saldías”
Rosa, José María “Historia Argentina”
Scenna, Miguel Angel “Los que escribieron nuestra Historia”

lunes, 16 de enero de 2012

Guerra del Paraná: Combate de San Lorenzo (16/01/1846)

Por Adolfo Saldías

Luego del combatir con la escuadra anglo-francesa en el Paso del Tonelero, Mansilla colocó ocho cañones ocultos bajo montones de maleza, 250 carabineros y 100 infantes en los barrancos de la costa comprendida entre el convento de San Lorenzo y la punta del Quebracho.
A mediodía del 16 de enero de 1846 aparecieron el vapor Gorgon, la corbeta Expeditive, los bergantines Dolphin, King y dos goletas armadas en la Colonia, los cuales montaban 37 cañones de grueso calibre y acompañaban 52 barcos mercantes. Al enfrentar a San Lorenzo, la Expeditive y el Gorgon hicieron tres disparos a bala y metralla sobre la costa para descubrir la fuerza de Mansilla. Los soldados argentinos permanecieron ocultos en su puesto, según la orden recibida. Cuando todo el convoy se encontraba en la angostura del río que se pronuncia en San Lorenzo arriba, Mansilla mandó romper el fuego de sus baterías dirigidas por los capitanes José Serezo, Santiago Maurice y Alvaro de Alzogaray. El ataque fue certero; los buques mercantes rumbeaban desmantelados hacia dos arroyos próximos, aumentando con el choque de los unos con los otros las averías que les hacían los cañones de tierra.

A las cuatro de la tarde el combate continuaba recio todavía, y el convoy no compensaba lo andado con sus grandes averías. Favorecido por el viento de popa y tras los buques que vomitaban sin cesar un fuego mortífero, se aproximó al Quebracho. Aquí reconcentró sus fuerzas Mansilla y batalló hasta la caída de la tarde, cuando desmontados sus cañones y neutralizados sus fuegos de fusil por el cañón enemigo, el convoy pudo salvar la punta del Quebracho, con grandes averías en los buques de guerra, pérdidas de consideración en las manufacturas y 50 hombres fuera de combate. El contralmirante Inglefield, en su parte oficial al almirantazgo británico dice que “los vapores ingleses y franceses sostuvieron el fuego por más de tres horas y media; y apenas un solo buque del convoy salió sin recibir un balazo”.

La pérdida de los argentinos fue esta vez insignificante, y Mansilla pudo decir con propiedad que habíale tocado el honor de defender el pabellón de su patria en el mismo paraje de San Lorenzo que regó con su sangre San Martín al conducir la primera carga de sus después famosos Granaderos a Caballo